TEXTOS EL PODER DE LA PALABRA

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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

 

COLABORAN . Ines Arribas de Araujo (Argentina).- Leonor Ase (Argentina).- Guillermo Bazán Becerra (Cajamarca-Perú ).-Juan Gustavo Benítez Molina (Málaga-España).- Antonio Camacho Gómez (Argentina).-Lidia Dellacasa (Argentina).- Eugenio de Sá (Portugal).-Andrea Kíperman (Argentina).-Jorge Lobo Aragón (Tucumán-Argentina).-Elsa Lorences de Llaneza (Argentina).- Amanda Patarca (Argentina).-Gustavo Pérez Escobar (Colombia).-María Sánchez Fernández (España ).-Jaime Solís Robledo (México) Gladys Semillán Villanueva (Argentina)

DEVALUACIÓN
Inés Arribas de Araujo
Argentina

Los vocablos, van dejando huellas en el camino de los seres. Cuando son “dichos”, puede llevárselos el viento, o afirmar que no se los manifestó, generando dudas en el interlocutor o destinatario.
Si se trata de “vocablos escritos”, prueban que el emisor los pronunció.
Allí, adquieren relativo valor. Antiguamente expresábamos: “la palabra es un documento”; así
era para la mayoría de las personas, hasta que poco a poco fue desvirtuando la frase.
Hoy, somos víctimas de estafas morales y materiales, aun con documentación que certifique hechos delictivos.
Jueces corruptos desaparecen pruebas y niegan verdades, en connivencia con autoridades, narcotraficantes y otros personajes nefastos, a fin de sobreseer o condenar a alguien.
La desconfianza, se aposentó en nuestro interior y así como hay avances en cuanto a comunicaciones y tecnología, el hombre ha retrocedido en lo referente a su manera de actuar. Ética y moral no se tienen en cuenta y proliferan “vivezas” para engañar al otro, denigrarlo o fabular sobre su proceder.
Sólo importa el “yo”, el enriquecimiento ilícito, el sobresalir a costa de hundir a quien esté mejor posicionado o merezca destacarse. La ambición de poder y riquezas, carcome la mente de las personas, llevándolas a negar hechos y verdades.
Esas actitudes, han “devaluado” la palabra, instrumento de inusitada fuerza si está bien esgrimida y fundamentada.
Que obre yo correctamente y hable con la verdad, para que pueda manifestarse de mí: “es una mujer de palabra”. Significaría ser digna de confianza, respeto, aprecio…
Dios me ayude a vencer dificultades y afrontar hechos adversos con entereza, sin faltar a la verdad.
Que todos los seres adquiramos convicción de la importancia de la palabra para quienes nos rodean y para la juventud, que está ávida de buenos ejemplos; guiémoslos con el decir y el obrar correcto. (No caigamos en el uso del “lenguaje inclusivo”, del que está en desacuerdo la “Real Academia Española de la Lengua”, por las deformaciones en que incurre.)
Si todos tenemos la conciencia tranquila, podremos pronunciar junto a Walt Disney: …”no duermo para descansar; duermo para soñar…”
La ensoñación, satisfaga el insaciable apetito de superación a costa de los demás.
Que nos contente el pensamiento de Mahatma Gandhi: …”El fracaso es la experiencia que precede al triunfo”… Apostemos al futuro sin traicionar las aseveraciones y negaciones en que hayamos incurrido.
Se ha dicho: “Habla de tal modo, que cuando hables, sea medicina tu voz.” Aspiremos que nuestro decir refleje lo positivo del vivir y enseñe a desplegar alas. Nos gratifique siempre la sencillez de una gavilla de vocablos dulces, sonoros, veraces, convocantes…”
Que inviten a la superación y aquilaten lo noble, bueno y valedero del vivir.
(En este tema, transcribí algunos párrafos de mi libro de narrativa “En Búsqueda de la Felicidad”, editado en el año 2.010. La reflexión se titula: “El poder de la Palabra”)

El Valor de la Palabra
Leonor Ase de D´Aloisio
Argentina

Vaya tema para ir desglosando, los que ya peinamos cabellos  plateados, tuvimos la suerte de conocer  este valor  tan importante,  tiempos en que para dar  la palabra había que asegurarse  a si mismo poder llegar a cumplirla, sino más bien rehusar a darla. La palabra era un documento era la firma de quién la daba y  seguridad para quién la recibía. En este momento es un valor perdido.
Recuerdo haber escuchado de mis abuelos y más tarde de mis padres frases como estas:
“Yo ya di mi palabra, no puedo volverme atrás”
“Cuando doy mi palabra es como haber puesto mi firma”,
“La  palabras está dada”
En esa época poco se utilizaban los currículos de haber sido así,  el valor de la palabra  figuraría en el  primer renglón.
En la actualidad no se la tiene en cuenta para nada, por bien o por mal la palabra, va y viene. Va de un modo y vuelve completamente distinta,
No  hay mucho más para reflexionar,  solo un gran dolor por otro valor perdido. Les voy a comentar el triste suceso que vive un familiar mío. El hecho ocurrió en el transcurso de  estos dos años de pandemia en que  algunas empresas automotrices  tratando de salvarse ante la falta de ventas  ofrecía,  por Wassap planes de ahorro para la compra de un determinado modelo de automóvil, de marca internacional  con amplias ventajas; una era el congelamiento de las cuotas. (Planes de 80 cuotas) Además  descuentos tentadores al abonar por ejemplo la quinta  o sexta  cuota  se  podía  licitar la unidad. Llegado este momento de licitar y aun estando de por medio el compromiso firmado de dichos descuentos, en un cambio de agencia y otros  agregados  desparecieron los descuentos,  la cuota ya había aumentado el 40 por ciento. Este es un claro ejemplo del valor de la palabra en este siglo XXI.
Lamentablemente  mi familiar debe esperar el transcurso de las 80 cuotas  para comenzar el trámite de devolución de las cuotas abonadas.

EL PODER DE LA PALABRA LO DICHO O LO ESCRITO…
Guillermo Bazán Becerra
Cajamarca, Perú

No soy perfecto, sin ninguna duda, y nadie lo es; pero hubo un tiempo que traté de ser lo mejor posible… y, con el inconcebible espejismo que lo era, me atreví a exigir que el resto también hiciera lo propio, sin darme cuenta que no me preocupaba de llenar mis vacíos o corregir mis errores. Ese desajuste provocó choques e infelicidad, pues, si no lo volcaba verbalmente, lo escribía, más movido por el orgullo, despecho o amargura que por defender el amor, la paciencia, comprensión o el afán de subsanar lo que prejuzqué o que me pareció apropiado. Así ocurrió lo que sucede con muchísimas personas: la soberbia y la intransigencia cierran los caminos a un mañana pleno y cavan el foso de la merecida soledad en que batalla cada quien, aprendiendo cada vez más, aunque tarde.

La palabra tiene, pues, mucho –demasiado– poder y pocos sabemos conducirla apropiadamente, usarla en su punto preciso, en su acertada hondura y con la intención de evitar o curar heridas. Eso va más allá de conocerla académicamente, porque brota empujada por las emociones y sentimientos que –imaginando demonios– no florecen en la voz y en nuestras manos sino explota como lava y quema cuanto toca. Tampoco depende solo de quien la pronuncia sino del ánimo de quien la escucha o lee. Pienso que hasta en nuestra intención y gestos los demás captan las palabras que pugnan por salir de nuestro infierno o del jardín del alma, así que esta faceta del mundo personal es compleja y difícil.

Alguien nos hace entender algo negativo de terceras personas (¡Palabras con veneno, por envidia o mil malas razones y pretextos!). Reaccionamos sin comprobar lo dicho, entonces como alacranes ofendidos convertimos a nuestra palabra en veneno castigador. ¿Por qué esa ligereza en la reacción, que ha originado incontables tragedias individuales, grupales y nacionales?

La palabra es como un corcel veloz al que montamos en pelo y sin rienda. Ese caballo no obedece más que al pensamiento y corazón de su jinete, cuyos latidos son los que le imprimen –si son motivados por el amor fiel, la bondad y demás fuego bueno– su ritmo de avance y su alegría de llegada. ¿Sabemos y podemos conducirlo?

Así como alguien dijo que Las palabras se las lleva el viento hay también los que afirman con razón que Las paredes tienen oídos. Es más, los creyentes sabemos que en la Biblia se nos precisa que quien cultiva una mala intención contra alguien ya ha cometido falta; hasta las palabras calladas resultan como dichas y constituyen motivo para arrepentirse: toda intención u omisión deja en nuestro interior una roca filuda, al mismo tiempo que son dardos dañinos o negativos contra alguien, dañándonos también a nosotros.

La Palabra (el Verbo de Dios), poderosa, grafica poéticamente la Creación, pero solemos olvidarla cuando pretendemos crear nuestro futuro solamente sobre la construcción del presente, pretendiendo olvidar que nuestra herencia a veces está llena de espinas, vacíos o traumas. La palabra, pues, podemos compararla con los palillos tejedores y las hebras de cada persona –su conducta, sus obras e intenciones– son la materia con que se harán caminos, puentes, teleféricos y hasta paracaídas en nuestra relación interpersonal.

Prefiero pensar en la palabra como instrumento de unión solidaria, de hermandad, porque se supone que debe llevar en su esencia la sinceridad y la franqueza, la transparencia de la lealtad; no toco a aquella que, a sabiendas, miente, tergiversa y traiciona para utilizar y servirse de los demás con fines egoístas y protervos: aquéllas tienen carga ligera, clara, diáfana; éstas llevan máscaras, disfraz y armas ocultas, intenciones mezquinas, egoísmos malsanos, vicios y objetivos tenebrosos.

En fin, cuando alguien me ha herido de modo grave con lo que dijo o escribió en injustos actos, entonces yo saco –después de lo aprendido en décadas de vida– una sola palabra del corazón, donde Dios me la puso y que muchísimas veces no quise tenerla en cuenta, y la convierto en un cirio que enciendo ante el Ara divino y ofrendo lo que me corresponde, repitiendo lo que dijo Jesús en el Gólgota: ¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen! Agrego, claro, un detalle que aprendí a tener presente: mis acciones u omisiones habrán tenido algo o mucho que ver para que los demás reaccionen mal, en cuyo caso comparto la “culpabilidad” de lo que estoy juzgando.

Saco a relucir, pues, esas seis letras que me recuerdan no estar exento de culpa: también herí de algún modo a otras personas, aunque sea sin mala intención, pero lo hice. Por sobre ese peso de conciencia, puedo recién estar en paz desde hace años. Una palabra para dar a los demás hizo el cambio en mí: perdón

EL PODER DE LAS PALABRAS
Juan Gustavo Benítez Molina
Málaga (España)

¿Te has detenido alguna vez a pensar en el poder que pueden tener algunas palabras? El poder que encierran es inmenso. Hay palabras que pueden curar, sanar algún mal. Otras, en cambio, pueden herir. Están las que levantan a un pueblo y las que destruyen. Los más grandes líderes y pensadores las han utilizado para transformar el curso de la vida y el destino de algunas naciones. Mahatma Gandhi, Martin Luther King o Nelson Mandela son algunos ejemplos. Pero, no solo en el buen sentido de la palabra… Otros líderes, en cambio, han sembrado injusticias, muerte y destrucción en su deambular por la vida. Son los casos de Mao Zedong, Adolf Hitler o Josef Stalin.

Gracias a las palabras nos relacionamos los unos con los otros. Con ellas tenemos el poder de hacer reír o de hacer llorar. De amar u odiar. De transmitir información y conocimiento. 

Sin embargo, no todo el mundo tiene el don de la palabra. Sin duda, un arma tremendamente poderosa. Con él podemos atacar o defendernos, convencer y disuadir.

Hay palabras que jamás se olvidan. Es, por ello, por lo que hemos de cuidar muy mucho todo aquello que decimos. Podemos herir a la persona que tenemos a nuestro lado o convertir el amor en odio en un segundo.

Los ancianos con demencia ven cómo su vocabulario se va mermando día a día. Cada vez les resulta más difícil el transmitir aquello que desean con las palabras adecuadas. Estas parecen huir de sus mentes. Vuelan tan alto que les es imposible atraparlas. Son puntos suspensivos en sus pensamientos. Agujeros negros en el espacio del lenguaje.

Cuando hablamos con positivismo, estamos profetizando victoria y éxito. En el otro extremo, las palabras pesimistas conducen al derrotismo y a la destrucción de nuestro ego, de nuestro yo imaginario, no el real.

Nuestras vidas avanzarán en la dirección de nuestras palabras. El creer es poder.

«Con nuestra lengua podemos bendecir o maldecir. Con ella alabamos a nuestro Dios y Padre, y también insultamos a nuestros semejantes, que Dios hizo parecidos a él mismo» (Santiago 3:9-10).

Llegará el día en el que comeremos el fruto de nuestras palabras.

El poder de la palabra es infinito. Y está a tu alcance. El «yo puedo» abre caminos nuevos por explorar y disipa por completo las brumas que puedan surcar nuestros pensamientos. El «yo no puedo o seré incapaz» te sume en los abismos de la mediocridad.

Hay palabras que pueden hacer cambiar el mundo. Son, sin lugar a dudas, el instrumento más preciado con el que poder abrir puertas y nuevos horizontes. 

La palabra es poder y es esperanza. Tú y solo tú eliges cómo emplearla: si en el camino de la luz o de la oscuridad, del bien o del mal.

 

EL PODER DE LA PALABRA
Antonio Camacho Gómez
Argentina-España

Voy a entrar en el ruedo para lidiar un toro _ el tema propuesto por mi querida Eunate_ a cuerpo descubierto. O sea, sin apelar a la  computadora ni al diccionario, en el que figuran infinidad de expresiones al respecto. Tampoco remontaré la prehistoria en cuanto  a la   inicial comunicación de las ideas, prescindiendo del homo Faber y del homo sapiens. Pero sí, de memoria citaré la bíblica “al principio era el Verbo y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros”. Y a san Juan Bautista al enfatizar “ soy la voz que clama en el desierto”. Que es la de millones de personas que en todas las épocas han gritado la injusticia, y, en nuestro malhadado tiempo, son ignoradas , no sin emplear sus propios dialectos e idiomas, por potencias explotadoras de donde nacieron, en relación con gobiernos corruptos. ¿Para qué les sirve la palabra? , ¿Es siempre indispensable? Absolutamente, no. Hay silencios que valen por miles  e imágenes de similar efecto. El cine mudo es un eficaz ejemplo. Buster Keaton, Charles Chaplin y tantos otros lo demostraron encontrando en los públicos más diversos receptividad a sus gestos, ademanes y movimientos siguiendo guiones preestablecidos o improvisando con genialidades.

El Verbo revolucionario no ha sido utilizado históricamente con la finalidad de que los pueblos dejen de sufrir crueles enfrentamientos, inicuas  persecuciones; abandono de sus tierras intentando evitar, in extremis, la tortura y la muerte. Hoy , una Europa descristianizada , salvo excepciones, usa la  lengua para proveer de armamentos a naciones enfrentadas y extraer  sus recursos sin moral alguna. Refiérome al Viejo Continente porque  se erigió en cuna de la civilización, con filósofos tales Aristóteles, Platón, Séneca, Marco Aurelio, Heráclito y Parménides,  éste de la escuela de Elea, por nombrar algunos. De ella procedo, y me preocupo. El capitalismo abusivo de la competencia escapa al asunto del cual trato. Como las guerras espantosas y la pestes que padeció , obviando la actualidad.

¿Tiene poder la palabra? Sí, y mucho. Para bien y para mal, tanto en el primero cuanto en el segundo y tercer mundo. Aunque en buena medida devaluada, apócrifa, engañosa. Pero no en organizaciones de indiscutible mérito y miembros de iglesias que, no obstante defectuosos, pretenden el bien común.

Por más descreimiento que existe vinculado con la clase política, la sindical, la empresarial y la Justicia, en múltiples lugares de este atribulado planeta, todavía, inclusive excluyendo a democracias caricaturescas, la gente cree en mejores perspectivas de vida.  Esa esperanza, allende migraciones y migrantes, es muy tenida en cuenta por partidos constitucionales, dejando de lado las autarquías, para presentar proyectos de bienestar comúnmente fallados. De los que en multitud de casos hay  ricos más ricos y pobres más pobres. Latinoamérica es una vergonzosa muestra. No sale muy bien parado tampoco los Estados Unidos, y, en cuanto a Asía la autoridad del pueblo es un utopía, con cierta  salvedad; valga Corea del Sur.

No interesan aquí los adelantos económicos de unos respecto de  otros. Sin descartar los beneficios en la redes sociales, embusteras y corruptoras de menores y adolescentes en numerosas ocasiones. No ignorando  su trascendencia mediática.
Los vocablos están en el orden del día. Las pujas por el poder, también, en cualquier estrato social.
No me resisto a concluir sin mencionar a Hamlet, el de Shakespeare, claro: palabras, palabras, palabras.

DESDE LAS PALABRAS
Lidia Dellacasa de Bosco

(Argentina)

  Desde el principio de los tiempos, la palabra ha sido creadora de vida. La Palabra de Dios posee tal poder que, al decir, crea la realidad.
 A partir de aquel acto fundacional, todo aquello que pensamos y sentimos existe en el instante mismo en que lo expresamos.  Cuando decimos “amor”, echamos a volar una palabra que llega al otro y en alguna medida, a veces insondable, lo transforma y lo impulsa a dejarla andar por los caminos en busca de nuevos destinatarios.
  Ningún ser humano es dueño absoluto de las palabras. A través de ellas decimos de los otros, de la realidad que nos enriquece o nos agobia, nos estremece, nos pacifica o nos lacera. Y en ese decir, cada palabra nos describe y nos define a nosotros mismos en el misterioso acto de poseerlas y entregarlas.
  Walt Whitman afirmaba que las palabras tienen poder para cambiar el mundo. Esta condición les otorga la posibilidad de hacernos libres o prisioneros, de hablar de la vida y de la muerte, del dolor y la esperanza, las luces y las sombras…
  Las Palabras de Jesús poseen poder salvífico. Las que pronuncia el creyente en una oración se convierten en una plegaria o una acción de gracias. Las palabras del poeta llegan al lector con su capacidad de transmitir la belleza que la literatura les confiere. Quien escribe se apropia de las palabras para crear mundos reales o imaginarios que conmueven, intrigan o sorprenden. Basta pensar en los laberintos narrativos de Borges, los cuentos de Cortázar, las novelas de García Márquez y de tantos otros escritores.  
  El lenguaje refleja las diversas caras de la vida. Por eso, el uso que hacemos de las palabras constituye una forma de comunicación con nuestros semejantes que puede convocar a la paz o exhortar a la guerra, bendecir o desear el mal, transmitir misericordia o indiferencia, propiciar la justicia o desgarrar a los otros con acciones de profunda iniquidad que llegan hasta la condena y la muerte. Los propios antónimos y otros vocablos de significado opuesto dan cuenta de esa doble faz de las palabras y de las acciones que pueden desencadenar: paz/guerra, generosidad/avaricia, misericordia/indiferencia, amor/odio, presencia/ausencia, verdad/mentira…
  Allí están las palabras, en la cotidianeidad que se apropia de ellas para transmitir mensajes de paz y de justicia, para impactar en el otro a través de la ironía, el sarcasmo o el desprecio que socavan el alma y siembran semillas de destrucción y desesperanza.
  La familia y la sociedad toda tienen la responsabilidad de enseñar con ejemplos esa capacidad performativa del lenguaje. La escuela, a su vez, debe estimular en niños y jóvenes el conocimiento y el trabajo con la lectura y la escritura, el decir y el hacer a través de las palabras. Como afirmaba Gianni Rodari, no para que todos sean escritores, sino para que nadie sea esclavo. Ante los desafíos del mundo actual podríamos agregar la imperiosa necesidad de formar hablantes que conviertan el lenguaje en acciones de profundo sentido humanístico.
    Creo en el poder inasible de las palabras porque son ellas las que crean el mundo.  Por eso, guardo la certeza íntima de nuestro transitar por la vida a través del lenguaje que nos revela y representa.

LA AVENTURA DE LAS PALABRAS
Eugenio de Sá
Portugal

Desde joven comencé a trabajar con palabras. Primero en los diarios, en el desempeñé  funciones específicas, luego, poco a poco, dando vida a mis crónicas y otros textos siempre sintéticos, todos ellos fruto de mi observación de la vida, de la sociedad – portuguesa y de otros países – que, por una razón o otra, me parecía que merecían una simple nota o un análisis crítico más profundo.
Más tarde, pasados ​​los primeros años del nuevo siglo, pude dedicarme más tiempo a la poesía, que había leído de vez en cuando, pero nunca me atreví a escribirla. Recuerdo cómo nació en mí este impulso emergente. Miren cómo lo describí en un texto que realicé unos años después, a bordo de mi barco:

«Fue en el mar donde empezó todo;
La mano que pidió para escribir
los ojos llenos de brumas,
que me dictaba los versos y los vertía en el alma,
los olores del aire del mar y del pescado recién pescado,
y la quietud de la suave perturbación del agua
llegada en la brisa del norte, en susurros.

Fue en este mar de Portugal,
cerca de los escarpados acantilados del cabo de Roca,
donde la tierra penetra profundamente en el Atlántico,
que me sentí, por primera vez, un poeta «.

Allí comenzó lo que se convertiría en mi verdadera entrega “a la Aventura de las Palabras”.
En realidad, mientras que para escribir una crónica, un cuento, un artículo de cualquier tipo, es necesario madurar una idea ancla, para dar a luz un poema o un texto poético solo necesitamos de una palabra, una emoción, una visión, un recuerdo fugaz para que de pronto surja una inspiración que nos lleve a disfrutar de uno de los mayores placeres que puede experimentar un amante de las letras. Hablo por mí mismo, por supuesto. Después, todo depende de hacia dónde nos lleve nuestra imaginación, que hará uso de un dominio razonable del vocabulario de nuestra lengua y, sobre todo, del talento del autor para enriquecer sus versos con las metáforas más adecuadas para la comunicación pretendida, sí porque escribir buena poesía es también saber convertirla en una buena pieza de comunicación.
Cuántas veces me bastó con dar un paseo por la terraza de un departamento en Bogotá, una palabra que escuché en la radio o en la televisión brasileña, la visión de algo que sucedió en la calle frente a mi ventana, en Sintra, para alcanzarme la inspiración tan suspirada y bendita.
Pero, para que podamos equiparnos con el bagaje suficiente para llevar a cabo esta aventura, es necesario, incluso imprescindible leer poesía, aprender de los maestros, de los inmortales y también de los mejores contemporáneos, y hacer de esta práctica un hábito diario. Hice esto durante años y todavía lo sigo haciendo siempre que puedo.
Para que hoy tenga la voluntad de continuar esta aventura con las palabras, lo que aprendí sobre técnicas de comunicación, mi natural  capacidad de observar los sentimientos y comportamientos humanos, que desarrollé, junto con las reflexiones a las que me acostumbré me ha ayudado mucho. Y, por supuesto, todos estos años de experiencia y familiaridad con la escritura, sin tener que recurrir nunca a una musa artificial como hizo en el siglo XIX el gran Arthur Rimbaud, ese prodigio de la poesía que utilizó la absenta verde para vivir con más intensidad sus éxtasis creativos.
Así me despido de ustedes, queridos lectores, con uno asta siempre:
«Más allá del cristal de la ventana, la noche es indescifrable como la niebla que se cierne sobre la hierba del parque y las formas de los árboles recortados en la luna. En mí, antes que me duerma, está el miedo a revivir los recuerdos que no quiero revivir, mientras mi alma permanece arrodillada junto a la cama».

EL PODER DE LAS PALABRAS
Andrea Kiperman
-Argentina-

Que tema interesante para poder pensar el día de hoy. ¿Qué es la palabra? ¿Para qué las usamos? ¿para qué las usas?. Me hizo acordar a varios ejemplos de la utilización de la palabra, y varios pensamientos acerca de ello. Se me viene una foto, de una mujer desnuda con el impreso de varias palabras en su cuerpo. Palabras de odio, de bronca, de violencia. Es una imagen bastante fuerte a decir verdad, y me parece que esa imagen funciona como espejo de lo que mucha gente vive. Seguidme que ya explico el punto. Las palabras que se emiten tiene una gran fuerza. Las palabras pueden dañar o pueden sanar, pueden dar amor o dar odio. Pero… ¿Cómo puede ser que se utilicen así tan violentamente?.

No lo sé. Pero se utilizan. Y esas personas muchas veces son silenciadas, silenciosas, y sufren solas.
Por el otro lado, existes las palabras de amor, no se mal entienda no me refiero solamente al amor de pareja. El amor más intimo, el amor de una palabra de apoyo, de halago, de felicitaciones, de abrazo, de compañía, de entendimiento, o simplemente acompañamiento. Esas palabras que entran directamente al alma, y se siente lindo, se siente amable como un respiro, como una bocanada de aire fresco. Y ahora pienso, también qué importante son nuestras palabras, y cómo las estamos empleando. Hoy más que nunca debemos ser conscientes de qué emanamos, de qué energía mediante la palabra utilizamos. Y más aún en este momento tan especial que nos toca vivir acá, en la tierra. Y ahora queda también referirme a las palabras pero de una manera diferente. Casi todos tenemos espejos en casa, por eso qué palabras te decís a vos mismo?

Te das palabras de amor? Todos lo sabemos muy bien que nosotros podemos ser nuestros peores enemigos, entonces te invito a pensar cómo te estás tratando? Y también saber que todo empieza por casa, por uno mismo, asi que te invito a intentar al menos una vez por día decirte algo lindo, lo que quieras, lo que te salga va a estar bien. Aunque sea pensalo. Recordá que cada palabra es una energía. ¿Qué tipo de energía querés tener en tu vida? ¿Con qué tipo de personas te estás relacionando? ¿qué palabras estás recibiendo? Las palabras pueden ser puñales en el alma o abrazos sanadores. También elegí con quien compartir tus palabras. Quedo con vos

PALABRAS
Jorge B. Lobo Aragón
Tucumán-Argentina

Las palabras no son buenas ni malas. Sólo significan cosas y, esas cosas, sí, a veces son buenas, a veces malas y muchas veces ni una cosa ni la otra sino según cómo se la vea. Ciego es una palabra que puede estar cargada de ternura, como aquel “Ciego incomparable, de un verso de Carriego, que fuma, fuma y fuma, sentado en el umbral”. También se le dice ciego al que no quiere ver, o al que ve bien y de puro abriboca no se fija. A un papanatas se le dice che, no seas tan ciego, fíjate lo que estás haciendo. Eso lleva a que algunos estimen como denigrante a la palabra ciego, que simplemente nombra, y prefieran no vidente, que describe. Yo tengo amigos a los que les digo turco sin necesidad de que el término conlleve un especial aprecio, y tampoco ningún desprecio. Son turcos, lo que implica además un honor por los historiales de su estirpe, de su casta, de su ascendencia y eso es, simplemente, un dato de la realidad. Un viejo adagio castellano dice: Que hay que cuidarse de ñatos, rubios y zurdos, pues se los suponía falsos. Pero: Ser ñatos y rubios sólo indica una cierta ascendencia, y ser zurdo ni siquiera eso. Pero ñatos, rubios y zurdos son individuos que difieren de los demás, cometen la falta de ser distintos, y lo distinto se nota. Aquí en mi provincia podemos decirle negro a uno, y me lo dicen a mí, porque el negro se nota, se distingue. En un ambiente africano no vamos a decirle negro a nadie porque siendo la negrura un factor común el nombre no distingue, y los nombres sirven, precisamente, para eso, para distinguir, para discriminar, para separarlo a uno de los demás. He tenido la suerte del maravilloso acierto con que mis padres me criaron. Cuando era chico, los otros changos que jugaban conmigo, para cargarme, me quitaban la muleta, me dejaban en inferioridad de condiciones, como chicos, lo hacían con toda inocencia, sin fijarse la supuesta pillería que eso implicaba. A los grandes, de verlo, seguramente se les partía el corazón y hubieran querido intervenir en mi defensa. Mis padres acertaron. No…que se defienda él; que se dé maña; que aprenda que hay diferencias que debe superar. Y bueno, el resultado es tratar de ser siempre un hombre que quiere superarse. Si me hubieran tratado distinto, quizás se habría fomentado que me considerara un pobrecito, discapacitadito, al que hay que protegerlo y mimarlo, y habría quedado marginado. Lo que no debe confundirse con las leyes que protegen al diferente que se debe aplicar por simplemente ser una norma que  tiene que ser cumplida. En fin, amigos lo que puedo aseverar y nunca dejen de creer que las palabras a través de escritos, poemas y poesías pueden y deben cambiar al mundo.

 

EL PODER DE LAS PALABRAS
Elsa Lorences de Llaneza
Argentina

 Por mis años vividos en larga trayectoria y a través de mis escritos, me he dado cuenta que no todas las palabras tienen la misma fuerza.
 Al poco tiempo que nacemos ya estamos diciendo las dos palabras más tiernas del mundo: Mamá y Papá. Dos palabras que dejan  a los que están a tu lado con la emoción a flor de piel y que se contestan con otras dos insuperables: Hijo Querido.
  A partir de aquí el palabrerío se vuelve incansable: abuelos, tíos, primos, primeras lecturas, dictados y paroles, paroles, paroles, como decía una canción que aprendí de niña.
 Cuando uno va creciendo, se va dando cuenta que no en todos los casos debemos de usar la misma intensidad en nuestras palabras:
 El primer  “Te Quiero” tiene que ser tierno, dulce, incomparable.
 A los niños hay que hablarles de otra manera a como se habla con los adultos. Hay que contarles cuentos que los haga soñar con hadas o con soldados, y si podemos hacerlos reír más van a querer estar a tu lado.
 A los ancianos, al contrario, hay que escucharlos. Si es posible en silencio e interrumpiéndoles suavemente y únicamente con alguna pregunta especial para que vean que los estamos escuchando con atención, como ellos lo necesitan.
  En silencio también tenemos que escuchar a los enfermos, tomándoles de las manos, tratándoles de pasarles la fuerza y el  amor, para que se den cuenta que siempre podrán contar contigo.
  Creo yo que las palabras con más poder: guerra, odio, insultos, desprecios, injurias, deberían ser desterradas del vocabulario para no dañar con ellas a otras personas, o la sensibilidad de muchos.
 Usemos el poder de las palabras para amar, para conciliar, para unir.
  Que mejores palabras son las que se usan ante un altar, cuando arrodillados decimos: “Gracias Dios por darme la vida y la salud”   Amén.

 

LA MAGIA DE LA PALABRA
Por Gustavo Páez Escobar
Colombia

Si por magia se entiende la ciencia o el arte que enseña a hacer cosas extraordinarias, hemos de admi­tir que el escritor, que fabrica artifi­cios con la palabra, es un mago. Es el verbo don portentoso que Dios le otorgó al hombre para comuni­carse con sus congéneres, pero sobre todo para enno­blecer el alma y hermosear la vida.

El hombre, comunicador social por excelen­cia, aprendió desde los remotos orígenes de la huma­nidad a emitir sonidos articulados para expresar sus afanes y emociones, y más tarde implantó los primeros abecedarios que darían comienzo a la multiplicidad de lenguas que hoy permiten el entendimiento humano en todos los confines del planeta. Enhebrar palabras para crear belleza e ideas, y con las ideas armar revoluciones o pacificar los espíritus, es un milagro de la creación divina.

No creo que exista arma más poderosa que la palabra. En ella está concentrada la mayor dosis de invención de que es capaz el hombre. Su ejercicio cabal produ­ce estremecimiento. Unas veces embelesa y otras des­concierta. Su efecto tiene cierto parecido con el ra­yo, que deslumbra o fulmina.

No quiero hablar de la palabra destructora, sino de la palabra creadora. Es esta última la mano derecha del escritor y sin ella no sería posible el arte. Di­ce el novelista colombiano Fernando Soto Aparicio: «La palabra pinta, suena, abofetea, enamora, se dispara hacia el infinito o hacia el corazón, que viene a ser lo mismo; la pala­bra no tiene límites como no los tiene el nombre cuando aprende a entenderla (…) Por la palabra he en­tendido personas, injusticias, llamadas de auxilio, convulsiones sociales o plegarias».

El libro, que representa el mayor mensaje del es­píritu, no es más que un laberinto de palabras. Y es­tas, utilizadas con estrategia, harán del laberinto un edificio de ingenio y sorpresas. La fuerza del escritor reside en eso: en saber buscar y enlazar los vocablos para causar encantamiento.

El libro es un artículo hechizado. Su misterio está en ese raro encanto que determina el estilo. Todo hasta aquí parece una concatenación de fórmulas mágicas, desde aprender a leer y escribir hasta emborronar cuartillas y embarcarse en la aventura de los libros, una maravillosa andanza por los en­tresijos de la inteligencia.

Para ser escritor es indispensable ser buen lec­tor, y habrá que sospechar de quien, sin vastas lec­turas y sólida vocación, comete el atrevimiento de convertirse, por un arte de magia que aquí no es po­sible, en autor de libros. Máximo Gorki ya tenía pasión por la lectura a la edad de catorce años. Cercado por la pobreza ingresó como peón en una casa de burgueses, donde solo se respiraba ambiente de ostentación y frivolidad. Mientras otros trabajadores mataban con licor sus ratos de ocio, el futuro escri­tor, que había descubierto en su barraca una biblio­teca abandonada, devoraba libro tras libro.

Ese contacto permanente con la palabra escrita, pero sobre todo el anhelo de adquirir conocimientos, le estructuraban la mente y le ensanchaban el corazón. El primer requisito para que el escritor pueda adap­tar el espíritu a la creación de las ideas es el de ser susceptible al mensaje que otros, consagrados ya en el exigente campo de las letras, han dejado como faros de navegación intelectual.

De tanto leer, con el tiempo terminó Gorki fami­liarizado con los grandes autores de la época. Y más tarde llegó a ser el genio de la literatura rusa, cuya obra recoge el ambiente de miseria del pueblo oprimido. El verdadero escritor ha de escribir siempre sobre la tragedia del hombre, porque esa es la fuente de todos los conflictos sociales. «Los libros –dice Gorki– son el evangelio del espíritu humano y reflejan la angus­tia y el tormento de la creciente alma del hombre».

Si escribir es un acto de humildad y de soledad, también es un deleite. Deleite esquivo, no compren­sible por las mentes prosaicas, que solo se conquis­ta con perseverancia, con disciplina, con dolor y sangre. Del sacrificio, no lo dudemos, se obtiene lo mejor del arte.

LA PALABRA
Amanda Patarca
Argentina

Si quisiéramos armar un cuadro sinóptico simple para que quede establecido dentro de él lo que consideramos prioritario en todo lo concerniente a la puesta en marcha ordenada de todo lo creado dentro del universo, deberíamos consignar en PRIMER término: La acción (soplo generador de movimiento, en primera instancia, y de vida, en la segunda instancia llamada futuro) y en SEGUNDO término, o sea a partir de la acción, deberíamos consignar: la reacción: que sería la devolución con la respuesta concerniente al movimiento de las cosas inanimadas (las sin vida. Ej. Planetas y Astros) y de los seres vivos (plantas, animales y seres humanos.

Pero, salvando las distancias y teniendo en cuenta sus características de instancia inmanente, deberíamos buscar la forma de encontrar la manera de ubicar a esta instancia, de la cual estamos hablando, en un estadio anterior a la acción primera de Dios o el Cosmos (o como quiera llamárselo). Pero es imposible por cuanto, ya lo hemos dicho: ésta instancia, anterior a la primera, detenta el carácter de inmanente. Y la explicación que podemos dar hoy es la siguiente: Sostenido en la nada, sin existencia de tiempo ni espacio (acordada, esa nada, así reconocida por los humanos para conseguir su entendimiento) estuvo EL PENSAMIENTO de eso que hoy denominamos no sólo ACCIÓN y REACCIÓN sino, también, CAUSA GENERADORA o PRINCIPIO DE TODO LO CREADO.

Y es allí, en ese punto, el correspondiente a ese colosal PENSAMIENTO (adjetivado humanamente, luego, como metafórico, para lograr su entendimiento y comprensión) donde se conjugan PENSAMIENTO, PALABRA, ACCIÓN Y REACCIÓN. Derivándose, consecutivamente,  en algo, de manera imperceptible, a partir de esa conjugación. Un algo que terminó siendo el lenguaje (o idioma). Un fenómeno extraño en cuanto al desenvolvimiento de su vitalidad (sólo concretada en el humano, por reflexión). Lenguaje que, al seguir su curso, dio lugar al pensamiento lógico y reflexivo y a la culminación de éstos en la TRASCENDENCIA de lo pensado y expresado de manera cada vez más clara, a otro ser humano. TRASCENDENCIA frente a su término antónimo: la INMANENCIA de todo eso no exteriorizado, que significa: quedar guardado dentro del ser, sin expresarse o sea sin poder ser transferido a otro prójimo receptor, por imposibilidad absoluta, cuando no se cuenta con la disposición del cómo.   

ALELUYA por LA PALABRA, entonces. La que hizo trascender el pensamiento del hombre (ser humano dotado de funciones especiales sólo a él otorgadas), dando lugar al COMPARTIR, todo lo concerniente a su duración, con vida, en la Tierra. Multiplicado por el número de los que toman parte.

Los convenios florecieron a causa del intercambio de anhelos de ideas mejoradoras de la condición de vida de aquel tiempo. Y eso fue hasta que, esas ideas de mejoramiento, se cruzaron con obstáculos que fueron empañando el buen vivir (virus anímicos; de ánimo). Obstáculos generadores de venganzas causadas por envidias y/o resentimientos relacionados con las luchas por el poder de los grupos antagonistas que idearon el funcionamiento de la violencia  como arma destructiva puesta al servicio de la búsqueda del exterminio, en su más alta potencia: La guerra.

La PALABRA, entonces. Siempre la PALABRA. Unida al ser humano para compartir con ella lo esencial de sí mismo. La que hasta este momento su uso compartido se mantiene como partido en dos: para concretar el bien o el mal. Diremos, además, que LA PALABRA, según el lenguaje cibernético global, es utilizada, también, bajo el sistema binario (de oposición).

Conclusión sobre la característica de su naturaleza:  PALABRA: Existe la perjudicial; la que trasciende lo negativo, merced al aporte de la renovada energía vital de tracción a lágrimas: tristeza, angustia, depresión, remordimiento, culpa, desasosiego, muerte… Y la del resultado opuesto: PALABRA: La que trasciende lo positivo, lo bueno: alegría, placer, gozo, comodidad, dicha…                                                                                        

LA PALABRA,CONTENEDOR DE SIGNIFICADO
Carlos Pérez de Villarreal
Escritor. Periodista
-Argentina-

La lingüística, ese “estudio científico del origen, la evolución y la estructura del lenguaje”, nos explica que “la palabra es una unidad léxica constituida por un conjunto de sonidos articulados, que se asocia a varios sentidos y que posee una categoría gramatical determinada.”, pero vayamos un poco más lejos de su estudio y tratemos de comprender el enorme significado que tiene para nosotros, los seres humanos, quienes la hemos venido desarrollando a través de toda nuestra historia.

Estimo que no hay mejor forma de interpretar un lenguaje y una cultura, sino a través de sus palabras, porque justamente estas implican la proposición de los medios que las diversas civilizaciones usan para denominar a los objetos.

Introduciéndonos en su verdadero significado, vemos que más allá de la comunicación, son símbolos, símbolos que contienen nuestra historia, el camino que hemos venido realizando en siglos de evolución y el modo de comprender la realidad que nos rodea. Por esa razón son tan esenciales.

Muchas veces, los que hablamos, no pensamos acerca de la historia de la palabra, no nos detenemos a recapacitar cuál fue su camino, ni los significados que tiene. Están ahí, al alcance de nuestra voz, las usamos como una herramienta ya conocida que dominamos; pero no son solo cadencias que emitimos, son algo más, son moldeadoras de nuestra mente para transmutarse en pensamientos y acciones. Dan cuenta de cómo somos, de esa manera particular de ser que tenemos, donde se incluye nuestra propia historia personal de ver el mundo y como se ha ido transformando a lo largo del tiempo en otras historias, en otras realidades. Son tan poderosas, que por ellas, construimos o destruimos, de allí su verdadera trascendencia.

Y si entramos en el terreno de la palabra escrita, pues tiene otra resignificación sumamente valorable, porque expresan nuestra voluntad y nuestras emociones, entonces abrimos nuestras alas y nos transportamos lejos. Volamos por lugares y situaciones que jamás pensábamos encontrar, porque con ella expresamos inquietudes, deseos, aspiraciones.

La palabra en la escritura es la necesidad de decir lo que uno piensa, lo que uno siente, para que otro comprenda y entienda ese mensaje escrito. Ese mensaje que revela, hace pensar y recapacitar.

Como corolario, expresemos que ella, “la palabra”, abre conciencias, cambia actitudes y conductas. Sepamos usarla, entonces, para darle el significado que conlleva en sí misma. Que nuestra palabra tenga sentido, expresión, fuerza y razón, es lo menos que podemos hacer.

 

 

EL ARTE DE LA EXPRESIÓN
María Sánchez Fernández
Úbeda – España )

 Toda persona que tiene  inquietudes sociales necesita expresarlas de muchas formas,  bien en la manera corporal como la danza, el canto, la declamación, y con forma material como  la pintura, la escultura, la arquitectura, el diseño… etc. O bien con la palabra, en esas íntimas  tertulias donde se debaten temas de política, filosofía, finanzas, deportes… etc. También están los diálogos, fructíferos  diálogos, donde cada exponente expresa su punto de vista sobre la cuestión que les interesa. Mencionaré las conferencias, donde el conferenciante se desborda en su oratoria, siempre constructiva, convencido de haber llegado con su forma de expresión a todos sus oyentes. Está el profesor, que desde su cátedra, despliega toda su elocuencia en sus alumnos, sembrando la buena semilla del saber.

 Esta es la expresión de la palabra, de la oratoria. Ahora iremos a la expresión de la palabra escrita. ¿Por qué escribimos?

Como he dicho anteriormente, toda persona necesita expresarse de alguna manera. Coger la pluma ante un folio en blanco o sentarse ante la pantalla del ordenador con el teclado rozando las manos es muy tentador. A veces la mente queda en blanco, pero por arte de magia surge una luz y estas, las ideas,  vienen  solas, se arremolinan y salen de algún rincón de nuestro interior  donde estaban muy guardadas.

De ahí sale el artículo, el ensayo, el relato, el cuento, la novela, la poesía… También la música. Todo esto es un gran tesoro almacenado que hay que dejarlo salir a la luz. Es  motivo para escribir, para expresar los sentimientos más íntimos de la persona que escribe.

Cuando el escritor se “vuelca” en su obra, sea pequeña o extensa, se inhibe por completo de su propio yo para forjarse mundos imaginados o, a veces, mundos ajenos a su íntimo interior y que han ido reflejándose en su mente hasta formar un poso o caldo de cultivo que hace germinar su creatividad.

Cuando se escribe un libro, bien sea novela, cuento o relato, éste en sí lleva un alma entera hecha palabra escrita en el papel. Este libro es un cuadro pintado con los colores mágicos de la imaginación. Es la sinfonía de frases enlazadas en la más armoniosa y bella sintaxis. Es la elevación total del alma en la forma hecha metáfora e imagen que ha sido modelada en la conciencia del hombre. Es la estructura de la composición.

Escribir poesía es totalmente opuesto a escribir narrativa. Aquí el poeta no se inhibe, se expone al completo mostrando su propio interior. No hay pudor en el poeta. Se desnuda. Todos sus íntimos sentimientos los expone en sus versos porque la poesía no tiene cuerpo, solamente tiene alma. Nunca daña, siempre eleva.

Querer definir la poesía yo diría que es algo así como querer definir el aire, definir un aroma, un color, un latido, una alegría, un dolor… La poesía es algo que no tiene cuerpo, pero, como la música, la palpamos en las fibras más profundas de nuestra sensibilidad. Leemos un poema, escuchamos una melodía, e inconscientemente, sin esperarlo, nos estremecemos hasta la exaltación porque su mensaje, con palabras o sin ellas, lo hacemos íntimamente muy nuestro. Una  palabra, una cadencia, calan, ahondan, en el interior que todos llevamos dentro hasta formar un conjunto de emotividad con ese espíritu que atesoramos y que siempre, por fortuna, es receptivo.

La poesía, como la música, todos sabemos que cantan un mismo lenguaje. Son universales y siempre van de la mano. La música tiene vibraciones, ritmo y sonidos; la poesía tiene vibraciones, ritmo y palabras. Las dos tienen alma. Un solo lenguaje.

De ahí que en la poesía, como en la música, no importan las traducciones en otros idiomas, en otras etnias, pues lo que importa es su pura esencia; su enorme mensaje que transmite vibraciones al alma receptiva.

Como colofón terminaré haciendo homenaje al “escritor” o compositor de algo tan elevado como es la música. El compositor también escribe, no con palabras reflejadas en un papel en blanco, escribe con palabras dictadas por su enorme sensibilidad hecha signos en un papel pautado. En estas palabras transmiten, como en la poesía, los más bellos sentimientos que pueda reflejar el alma humana.

Ese algo inmenso que alimenta el espíritu. Ese algo maravilloso que nació como un milagro en el mismo principio de la creación. Ese algo que tanto dice de matices y de colores; de movimiento y medida; de exaltación suprema desde la cadencia rítmica a la melodía; de la vibración al éxtasis.

Todos estos sentimientos quedan escritos, quedan plasmados, por siempre y para siempre por la mano y el alma del escritor-compositor.

¡Qué sensación más hermosa he sentido al escribir este artículo. Yo, que fui hija de un compositor, profesor y director de banda! ¡Yo, que revoloteé con alas de niña en su estudio entre partituras, grabados y bustos que representaban a genios inmortales. Yo, que revoloteé, como una alumna más, entre instrumentos de cuerda, de percusión y viento sumida en la multitud de alumnos que iban a recibir sus clases!

Por eso, en esta ocasión, quiero brindar con todo el cariño y admiración  mi más sentido homenaje a esos grandes creadores que saben transmitir el arte de la expresión. A esos escritores que plasman con su pluma los más bellos paisajes pintados con las alas de su imaginación y a ese gran hombre, amadísimo escritor, amadísimo compositor, que gozaba con escribir y modelar con su batuta los  más elevados e íntimos sentimientos. Mi padre.

EL VALOR DE LA PALABRA
Gladys Semillán Villanueva
Argentina

Pequeños grafismos mágicos que conforman la palabra.
Como deseo tomarlos entre mis manos y apretarlos contra mi pecho y convertirlos siempre en mensajes buenos.
Conciliadores esperanzados, oponiéndose fuertemente a lo que ciega, fanatiza y por fin destruye.
Ser constantemente la expresión que abarca el universo como si fuera una única y magnifica lengua desde la que partiera la comprensión el entendimiento.
La que forjara lazos comunitario
La que tuviera el privilegio de la defensa sin necesidad de jueces y como gran bandera LA VERDAD.
La que demostrara que se puede vivir sin trampas, sin egoísmo, que hay un fin común y es LA LIBERTAD SANADORA del individuo.
Esa que ejercida a conciencia demuestre que se puede construir sin esclavizar, defender al  hombre y al planeta sin necesidad de violencia pues eso no conduce a nada.
Qué realmente los niños serán los privilegiados y vean en los adultos el ejemplo necesario para que no desvirtúen TU VALOR pues lo que se dice se cumple.
Qué no confundan el sentido de las mismas que ORDEN no es decretar obediencia sino algo necesario y maravilloso y quien da nociones sabias de ello es la madre naturaleza.
A nadie daña lo mantiene a través de los tiempos.
Nos asombra con su cumplimiento y sobre todo nos beneficia en nuestro propio crecimiento y sustento
Qué AMOR no es algo trivial sino el sentido total de nuestras vidas y lo mejor que posee el hombre manifestado desde sus sentimientos.
Qué VIDA es lo que recibimos al nacer, debemos cuidarla preservarla de todo y contra todo lo que intente perjudicarla.
TRABAJO, es una forma de demostrar la dignidad de obtener el pan cotidiano y todo aquello que aporte a la necesidad equilibrada de una sociedad sin desvaríos de posesiones que no conduce ni al bien propio ni ajeno.
Qué HONOR Y MERITO no son un cuento son parte de una realdad que hace a la totalidad de un hombre que se precie y experimente el orgullo de su especie valorando su existencia y lo que ella dejará a las nuevas generaciones.
Y abrazando todo esto el RESPETO.
Mis pequeños grafismos con los que he llegado a escribir todo esto GRACIAS por permitírmelo y divulgarlo.
Ya ven los junté, armonicé, les di sentido demostré que enorme VALOR tienen cuando se convierten en PALABRAS que espero que caigan en buenos surcos y no se las lleve el viento.

EL PODER DE LA PALABRA
Jaime O. Solís Robledo
(México)

Si las palabras no se hubiesen inventado, los homosapiens no hubieran conformado pequeños grupos, tribus, comunidades, pueblos, ciudades, reinos y, finalmente naciones. Mediante el poder de la palabra nuestros ancestros PUDIERON ENTENDERSE y descubrir afinidades, coincidencias en su forma de sobrevivir y, ya congregados, en su forma de INTERPRETAR los fenómenos de la Naturaleza. Por la fuerza de la palabra descubrieron también sus DIFERENCIAS RELIGIOSAS y políticas, dando inicio a las guerras hasta ahora interminables.
Por medio de la palabra se pudiera unificar al mundo… o terminar con él. El poder de la palabra es tal, que es capaz de construir y destruir el mundo interno de cada ser humano.

LA  PALABRA PUEDE:  
* Dar felicidad pero a la vez tristeza
* Alentar pero también decepcionar
* Dar dulzura a la vida pero también amargarla
* Curar, pero también abrir heridas
* Trasmitir verdades pero a la vez mentiras
* Provocar la vida pero también la muerte
* Señalar el camino correcto pero también el equivocado
* Dar calor a nuestro espíritu pero también congelarlo de frio
* Provocar risas pero también lágrimas
* Dar seguridad pero también confusión
*Ser eufónica pero también lastimar al oído
* Otorgar el perdón pero también la condena
* Elevar a las personas o hundirlas en el fango
* Unir a los seres humanos pero también separarlos
* Provocar la guerra pero también la paz
* Dar paso al amor… pero también al odio.

LA PALABRA
Dorothy Villalobos
New Jersey -USA

     La fuerza de la palabra es un tema que conocemos por muchos siglos. La palabra, aquella que puede construir o destruir, la que puede hacer el bien o el mal. Aquella que sin querer muchas veces usamos sin pensar en los efectos que en otros puedan causar. Con la palabra logramos hacer más cosas que a veces que con el trabajo y la fuerza no se pueden lograr.  

      La palabra puede destruir familias y pueblos, ciudades y países, su poder es incalculable. Una mala intención puede ser dirigida como un dardo venenoso y surte más efecto haciendo el daño que el propio veneno

    El poder de la palabra es un tema que nunca nos dejará de admirar, en la antigüedad no había libros pero la transmisión oral, los mitos, historias y leyenda fueron trayendo a cada pueblo su propia cultura aunque tenemos que destacar que el hombre desde hace muchos miles de años ha dejado muestra de su escritura fuera en letras o símbolos de muchas maneras, tanto en la piedra, en las pieles, en los papiros, papel y metales. Hoy en día la fuerza de la palabra la obtenemos muchas veces a través de los libros, las grabaciones y otros medios modernos. Siempre las civilizaciones han querido transmitir sus conocimientos, sus ideas, sus religiones, sus tradiciones.

  Nos han dejado saber de sus luchas y triunfos de algunas formas o medios. Muchos se han perdido para siempre y otros que han podido llegar hasta nuestros días y cada día se descubren más escritos para documental la historia. Esa es una de las grandes formas de llegar a todos la palabra. 

    Pero la palabra nos puede llegar como un símbolo de solidaridad, aquel apoyo que necesitamos en momentos críticos y unas palabras pueden sacarnos de las tinieblas o darnos valor perdiendo el miedo. Unas palabras bien dirigidas pueden cambiar la vida, sacando de nosotros lo bello y bueno que en los momentos de angustia habíamos enterrados dentro de nosotros sin querer verlo. 

   Un pueblo en desgracia agradece infinitamente las palabras de consuelo de sus vecinos y aliados. Sin estar cerca les dan apoyo moral y valor. La palabra bien enfocada puede cambiar vidas y hacernos entender que podemos ser mucho mejor.

   Otros usan el poder de la palabra para enfocar sus religiones, queriendo llevarnos por su forma de entender lo que otro escribió hace muchos siglos. Se niegan a ver otras forma de entender  aquello y quieren convencer a otros de sus ideas y forma como deben ser las cosas. Muchos logran llevar a otros a cultos, sectas y religiones que nunca habían creído y han seguido lo que les dicen sin hacer un análisis o investigación sobre el que los está llevando por ese camino. Muchos pierden sus cosas materiales, sus familias en manos de estos líderes y otros hasta sus propias vidas. Algunos son capaces de llevar a personas a cometer actos terribles, solamente por escuchar sin analizar aquello que se les dice y llegan a creer sin investigar lo que en verdad está ocurriendo a su alrededor, cometiendo grandes crímenes.

Los políticos son otros que con el uso de sus palabras logran convencer a multitudes de cambiar el futuro de muchos y aquellos que los oyen y siguen juran y perjuran que es la verdad.

Otra forma de usar la  palabra es la mentira que bien diseñada y expresada puede tener grandes logros en mentes débiles. Una mentira puede fácilmente destruir cualquier cosa, es por eso que tenemos que cuidarnos de ella y de quien la promueve. Una mentira que se repite muchas veces puede llegar a ser creída como una verdad.

   Nosotros mismos tenemos que tener cuidado de la forma en la cual usamos la palabra, muchas veces lo que decimos sin querer podemos dañar los sentimientos de otros, mientras si enfocamos nuestras palabras llenar de fe y hacer revivir a otros.

   Yo en particular hay veces que la usó como símbolo de rebeldía, de impotencia, de tristeza,de responsabilidad pero la gran mayoría de las veces en tono de paz y amor.

 

2 comentarios en “TEXTOS EL PODER DE LA PALABRA”

  1. Querido tocayo: Nuevamente hay coincidencias en nuestras ideas. Nos señalas los posibles efectos del uso de las palabras, así como lo que se ha conseguido hasta ahora. Te mando un abrazo.

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  2. Inés: Tienes mucha razón en lo que escribes, todo es importante, pero quiero manifestarte mi acuerdo en cuanto al llamado lenguaje inclusivo. Estoy seguro de que quienes lo apoyan, en realidad desconocen la belleza de nuestro idioma y, por otro lado, los cambios que sugieren, de ninguna manera van a contribuir a la igualdad de las personas; quienes discriminan lo seguirán haciendo, porque tiene que ver con los valores universales, o la falta de ellos.

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