RECUERDOS DE LA INFANCIA

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Febrero  2.019  nº 16 

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Colaboran: Carlos Benítez Villodres ( España)… 
Miriam Noce  ( Argentina)… Jaime Hoyos Forero (Colombia)…María Rosa Rzepka ( Argentina)…María Sánchez Fernández (Úbeda-España)

Carlos Benítez Villodres
Málaga (España)

RECUERDOS DE LA INFANCIA

Nací en Granada el día 7 de julio de 1947. Mi infancia transcurrió, en la década de los 50, en un ambiente familiar de felicidad, de sosiego y de seguridad. Mi padre, Ricardo Del Olmo Ramírez, trabajó, en el Hospital Virgen de las Nieves de la ciudad de la Alhambra, ya que fue médico cirujano. Mi madre, Carmen Diosdado Guzmán, y mi abuela, María Guzmán Castillo, se dedicaron a cuidar de mi hermana Noa y de mí y de todo lo concerniente al hogar.

            Cuando tuve dos años, solo un recuerdo permanece en mi memoria referente a mi tío, por parte materna, Gabriel. A los cuatro años, ya supe leer y escribir, la tabla de multiplicar y a solventar algunas sumas y restas sumamente sencillas, gracias a mi madre que nos enseñó, en casa, a mi hermana y a mí. De cinco a diez años leí libros de Emilio Salgari, Julio Verne, Robert Louis Stevenson, Daniel Defoe, Herman Melville, Walter Scott, Alejandro Dumas, entre otros muchos. Aún atesoro estos libros en mi biblioteca. Cuando llegaban mi cumpleaños y el día de mi Santo y La Epifanía de Jesús, pedía libros a los Reyes Magos (no sabía que eran mis progenitores y algunos miembros de mi familia, como cualquier niño a esa edad).

            Los niños de mis vecinos (aún hay tres portales por bloque) y yo jugábamos en la calle. Éramos unos veinte chavales. Una vía, sin salida, de suelo terroso, de tal manera, que cuando llovía se convertía en un barrizal, y había que ponerse, botas de agua (goma). A pesar de ello, cuando llegábamos a casa, hasta la ropa tenía salpicaduras de barro. En mi casa, nunca me regañaron por ello.

            Jugábamos al fútbol. al escondite, al burro, a las bolas (canicas), al trompo, al pañuelo, entre otros muchos. Jugar al fútbol se hacía de dos maneras: una, en la calle. Poníamos dos piedras grandes que hacían de portería. La pelota era de goma más o menos voluminosa. Los equipos eran igualados por dos niños mayores. Cada uno escogía a los que creía que jugaban mejor al fútbol. Los porteros eran niños patosos que no sabían jugar a este deporte infantil. La otra forma de jugar al fútbol era en casa o en la de un vecino. Por aquel tiempo, vendían en los quioscos tiras de los equipos de fútbol más sobresalientes: Barcelona, Real Madrid, Bilbao, Sevilla, entre otros. En las tiras, venían las caras de los futbolistas, que se pegaban, con una mezcla pastosa de agua y harina, a chapas de refrescos, de cerveza… Obviamente, diez chapas para cada equipo. Para hacer los porteros, teníamos unos cuadrados pequeños de madera (unos siete centímetros de lado), que cogíamos, con permiso del dueño, de la carpintería más cercana a casa. En una de las caras, se pegaba el rostro del portero. Mi equipo favorito era el Barcelona. Por eso, yo jugaba siempre con sus futbolistas. En cada portería, poníamos dos gomas de borrar, que hacía de postes.

            El juego del escondite era uno de los que más nos gustaban. Un niño se ponía mirando a la pared, mientras contaba hasta treinta o cuarenta, según se estipulara por los demás jugadores. Al primer niño que encontrara, a ese le tocaba buscar a los demás y así sucesivamente.

            Para jugar al burro, un niño se ponía de pie, con su espalda pegada a la pared del bloque, y los demás (seis u ocho niños) doblaban la cintura de tal manera que el primero tenía la cabeza junto al vientre del niño que estaba de pie. Los demás introducían su cabeza entre las piernas del niño que iba delante. El primero que saltaba sobre las espaldas de los demás, era el último que se quedaba sobre la espalda del primer niño que estaba junto al que estaba de pie. Para dar un buen salto, había que hacer “una carrerilla”. Cuando uno de los niños, tanto el que saltaba como de los que estaban con la cadera flexionada, se caía, ese perdía y se quedaba fuera del juego. El niño, que aguantaba más sobre la espalda de los flexionados, era el ganador, pero si todos caían, el juego se daba por nulo, y a empezar de nuevo.

            Con el juego de las bolas, gozábamos todos. Se hacía un hoyo pequeño en el suelo de la calle. Cada jugador tiene varias canicas (primero fueron de barro cocido, después de cristal y de hierro. Se compraban en los quioscos. Estas no debían tener un diámetro superior a 16,5 mm. El objetivo del juego era colocar las bolas propias dentro del hoyo o lo más cerca del mismo. Se tiraba la canica desde una línea situada a 7,5 metros de distancia del centro del hoyo y marcada por uno de los jugadores, previo consentimiento de los demás. A continuación, se juega a pares o nones, quien gana juaga a lo mismo con otro niño. Quien gana, es el primero en tirar con su bola hacia el hoyo. Si la introduce en él. Coge la canica y vuelve a tirar. Si no la mete, deja la bola donde haya caído y juega otro niño. Si este la hinca en el hoyo o le da a la bola que esta cerca de él, gana, llevándose la canica que estaba fuera del hoyo, y vuelve a tirar. Si en vez de una hay 5 o 7 bolas cerca del hoyo, y mete su bola en el hoyo, se las lleva todas, pero si le da a una o a dos o a tres, es decir, hace carambola, solo se lleva esas bolas, las demás se quedan allí hasta que un niño introduzca su canica en el hoyo.

            El trompo (peonza) es un objeto de madera con forma de pera que en su punta lleva incrustado un rejo de hierro. Como complemento, el trompo va siempre acompañado de una cuerda que, en un extremo lleva un círculo metálico para que se sujete dicha cuerda entre los dedos. Esta se enrolla fuertemente a la peonza desde el rejo hasta el círculo. Cuanto más afilado este el rejo mejor para el dueño del trompo. Una vez enrollada, se coloca el dedo pulgar en el rejo y los dedos índice y corazón en la parte superior del trompo. Es importante que la cuerda quede enganchada entre estos dos dedos para que al lanzarla no se escape. Una vez que se tenga el trompo listo, hay que lanzarlo contra el suelo y tirar de la cuerda hacia atrás, rápidamente, con un movimiento seco, de esta forma, el roce de la cuerda hará girar la peonza en el suelo. Pero además de “bailar” la peonza, también existían varios juegos para realizar como los malabares con el trompo o una “guerra de peonzas”. La “guerra de peonzas” consiste en dibujar un círculo en el suelo y lanzar varias peonzas sobre él. El trompo que más dure bailando dentro del círculo será el ganador. Si uno de los jugadores no consigue hacer “bailar” su trompo, los demás niños podrán picarlo o romperlo con el rejo de sus respectivas peonzas

         El juego del pañuelo era muy divertido. Se hacen dos grupos y cada niño se coloca uno al lado del otro detrás de una línea que se señala en el suelo. Al ser dos equipos, se señalan dos rayas a la misma distancia del niño que está en el centro con el pañuelo. Este dice el nombre de dos chavales de cada grupo. Estos salen corriendo para coger el pañuelo. El que lo coja antes, tiene que ir corriendo a su parte del campo para que el contrincante no lo atrape. El niño que gana es quien coge el pañuelo y sale corriendo perseguido por el otro. Si este último no lo alcanza, gana el que cogió el pañuelo y llegó a su línea de partida. Por el contrario, si logra atraparlo, gana el niño que no cogió el pañuelo. Este juego concluye cuando los niños lo dan por terminado.

            Asimismo, recuerdo las colecciones de estampas (futbolistas, artistas de cine, películas, etc.). Comprábamos, en los quioscos, sobres que traían varias estampas. Las no repetidas se pegaban en un álbum y las “repes” se cambiaban, con otros niños, por estampas que uno no tenía. Completar un álbum, era un triunfo para el niño que lo lograba.

            En casa, se jugaba al parchís, a la oca, al ajedrez, al dominó, a las cartas españolas, al guiñol, entre otros muchos juegos. Recuerdo que, como me gustaba tanto jugar al ajedrez, mi padre me compró un libro-manual para aprender a jugar bien.

            Las niñas también tenían sus juegos: el de la rueda (giraban y giraban cogidas de las manos, mientras cantaban cualquier canción infantil), el de la comba, el de la rayuela el del diábolo, el del hula-hoop, el de la gallinita ciega, entre otros muchos

            A los cinco años me admitieron en una escuela pública, aunque la edad legal para entrar en las escuelas era a los seis años, pero el director y un maestro le dijeron a mi madre, por lo guapo y limpio que fui, que desde ese momento ya era un alumno más de dicho Grupo Escolar. En él estuve hasta los 9 años, que me pusieron “apto” en la papeleta que daban tras el examen a ingreso en el bachillerato. Estudié bachillerato superior en el Colegio del Padre Lupiáñez. Después pase a la Universidad. Allí estudié Medicina con matriculas de honor en cada asignatura de cada curso.

            En agosto de 1957, llegó, como coadjutor de la parroquia de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, un sacerdote, D. Fernando Ruiz de la Aguilera, que fundó una congregación mariana. Por allí, pasamos casi todos los niños que vivíamos en la zona y aún más lejos de ella. A este sacerdote de debo el conocimiento de todo cuanto concierne a la religión católica. La fe de este sacerdote y sus enseñanzas religiosas son las que hicieron que anidaran en mi esencia las Virtudes Teologales y las Cardinales.

            Asevero que el amor, la placidez y la protección que disfruté en mi infancia, contribuyó a la formación de mi personalidad. La vida durante la infancia, con tus experiencias, con tus vivencias y con tus caídas y con tus subidas, te hacen valorar todo el amor que me rodea y se adentra hasta las simas más profundas de mi alma.

(*) Los nombres y apellidos de personas, así como los de lugares son ficticios. (N. del A.)

MALOS ENTENDIDOS 
María del Carmen Franco de Noce ( Argentina)

Entre los mejores recuerdos de mi infancia (creo que el mejor) figura aquella vez que con la ayuda de mi hermano menor, Guillermo, de diez años, sacamos un libro incunable de la biblioteca.
A nuestro pueblo deben conocerlo al anochecer, cuando luce sus líneas de casas blancas de tanto encalarlas. Cuando todavía el cielo conserva su color y todo él está recostado en la lenta noche que cae.

Ella se presentaba así: “Señorita Amalia, bibliotecaria titular.” Nos había contado que entre los libros de la biblioteca, algunos eran muy valiosos, reliquias de la historia de nuestro pueblo.
Cuidarlos y protegerlos de la humedad y la tierra era un mandato, y sólo ella sabía prodigar esos cuidados especiales. Como había escuchado hablar a mi padre y a mi abuelo paterno de los libros incunables, asocié que nuestra biblioteca tenía varios y por temor a los robos la señorita Amalia no les daba el nombre correcto para no despertar sospechas y tampoco los prestaba. Sólo a algunas personas. Muy pocas. No entendía cómo nosotros no podíamos ver, tocar, hojear, imaginar quién había sido el dueño o el autor de esos libros. La definición de incunables no me alcanzaba, para mis doce años era incompleta: “Dícese de las ediciones hechas desde la invención de la imprenta hasta comienzos del siglo XVI.”
El edificio de la biblioteca es el orgullo del pueblo. El único de dos pisos y un frente amplío.
Sus ventanas están enrejadas, y simulan arabescos antiguos. La señorita Amalia, alma y motor de las actividades culturales del pueblo, en las invitaciones siempre recordaba lo dicho por Macedonio Fernández: “Faltaron tantos que si faltaba uno más, no entraba.”

En nuestro pueblo no había colegio secundario. El año que viene deberé partir a la ciudad de Rafaela para vivir en la casa de la tía Elisa de lunes a viernes, y mis visitas a la biblioteca ya no serán tan seguidas. Algo tendré que organizar.

Como que me llamo Estela Susana Aguirre, descendiente de gallegos, convencer a mi hermano fue tarea fácil. El colorete de mi mamá y unas rayas hechas con témpera sobre la rodilla de Guillermo, fue suficiente. Ensayamos cómo tropezar frente al escritorio de la señorita Amalia, cómo se quejaría del dolor y cómo se taparía con una mano la rodilla. Cuando yo con un bolso cerrado acudiera en su ayuda, él debía seguirme rápido diciendo: “¡Mamá! ¡Quiero que me cure mi mamá!”
Jamás me imaginé que podía ser tan audaz. Todo salió a la perfección. Lavé la rodilla de mi hermano y fui a mi dormitorio con mi preciosa carga. Había tenido mucho cuidado al sacarlo del armario. No hice ruido al abrir la puerta, saqué el más viejo y gastado; las tapas rojas estaban descoloridas. Lo tomé con las dos manos y lo guardé en el bolso, despacio. Un incunable estaba en mi poder. Por suerte Guillermo no hizo preguntas. Se conformó con los caramelos que le había comprado con mis ahorros para no despertar sospechas.
Mi mamá conserva una tetera de porcelana de una bisabuela y siempre nos recuerda el cuidado especial con que hay que sostenerla. A mí me dieron permiso para tocarla recién a los once años. Ese mismo cuidado tuve para sacar del bolso el libro incunable. No sé qué pasó, si me asusté de un ruido de la calle, si sentí culpa por lo que había hecho o me pareció escuchar la voz de la señorita Amalia. Cuando miré el suelo, las tapas ya no estaban en su lugar. El libro se había partido men varias partes y algunas hojas sueltas estaban desparramadas. Lo que sentí en ese momento me acompañó durante días, era como haber roto la tetera de la bisabuela. Intenté acomodarlo. Por querer ser rápida, mis manos parecían más torpes, más inútiles. No lograba armarlo nuevamente. 

No podía llorar, no podía gritar, tampoco pedir ayuda. En la cena mamá me preguntó si pasaba algo, se ve que mi cara estaba distinta. Esa noche mi cabeza pensó mil formas de arreglar “el incunable”, como ahora le decía. Ya mi cariño no era tanto. Pensé y pensé. Sólo mi mamá podía ayudarme. Mi papá y mi abuelo seguro que me retarían.
Cuando volvimos de la escuela, mi mamá me llevó al patio y en voz baja me dijo: “Quedate tranquila, ya le devolví el libro a la señorita Amalia. Ella quiere saber porqué lo hiciste. Te espera hoy a la tarde. Yo también quiero saber.” La abracé fuerte y al oído, bien bajito le dije: “Es un incunable.” Me dolió la risa de mi mamá, no sabía el por qué. “Después de comer te voy a explicar.”En cambio, la señorita Amalia no se rió de mí, ni de mi confusión. Al contrario, valoró mi amor a los libros. Guillermo no se enteró hasta varios días después de las consecuencias de aquella travesura.

La escuela se preparó con más limpieza y esmero. La directora y las maestras nos pidieron un silencio especial. Íbamos a recibir a la Señorita Amalia Pérez Almada, la bibliotecaria del pueblo. Todo un honor para la escuela, ya que ella era ex – alumna. Un respeto cariñoso y un aplauso la recibieron. Nos contó qué era un libro incunable y qué eran los libros antiguos que ella atesoraba. “Pero… todavía nuestro pueblo está esperando un “libro especial”: sería el esperado y querido libro que reuniera toda la vida del pueblo y debía ser escrito por alguien nacido y criado en
“Palo Perdido.” Aún nos falta una amplia historia de su fundación, sus primeros colonizadores, maestros, médicos, comerciantes, hombres de campo. Espero de todo corazón que de este numeroso grupo de alumnos salga ese escritor o historiador”.

Revisando una caja con fotos y recuerdos encontré esta tarjeta:

El sábado 23 de junio de 1965, a las 19.00hs, en el salón de la Biblioteca Comunal,
esperamos a Usted/s para compartir la presentación del libro:
“Conociendo la historia de Palo Perdido”
del escritor Guillermo Marcos Aguirre.
La presentación estará a cargo de las bibliotecarias:
Amalia Pérez Almada
Estela Susana Aguirre

LA LECHERITA
 Por:Jaime Hoyos Forero ( Colombia)         

No lo va a creer, querido lector. En verdad, son cosas que parecen inverosímiles; cosas que solo a mí me pasan. Y hoy le contaré, mi buen amigo, una de ellas para que no perezca en el olvido sino que quede eternamente en la memoria.

Vea usted: desde pequeño tuve afición por las mujeres. Y no me arrepiento. A los siete años me enamoré (también he sido aficionado a enamorarme) de una lecherita.

 La lechera es algo que no existe en el siglo XXI: la leche llega en botellas o cajas o tarros o bolsas  al supermercado y eso es todo. Uno toma la botella, la paga y se la lleva a casa. La leche es homogeneizada, semidescremada, con proteínas, y no demoran en fabricar leche digitalizada: hará usted clic en su computador y le aparecerá allí, sobre la mesa, un delicioso vaso de leche, no proveniente de la vaca, sino del laboratorio.

Pero en el siglo en que yo nací, la cosa no era tan fácil. La leche llegaba a la ciudad en cantinas enormes transportadas generalmente por borricos o mulas. La lechera, un ser de carne y hueso, humano, generalmente joven, golpeaba en cada casa para dejar la cantidad que le pidieran.

Algunas lecheras iban acompañadas de un niño, familiar, que les ayudaba. La que iba a casa, llegaba  siempre con su  pequeña hija. Era una niña  -yo diría que un sol- no mayor de nueve años, de la que  me enamoré perdidamente. Aunque fue un amor platónico y pasado por leche, pocos, muy pocos hombres pueden decir que conocieron la maravilla del beso a los siete años. Es algo así como un capullo de rosa que brota del corazón y se abre, trémulo, entre los labios.

Esa y otras precoces aventuras me sucedieron cuando niño. Se las iré relatando poco a poco, querido lector. Por hoy, lo invito a recordar –o a soñar si no tuvo mi suerte- con ese beso tan dulce y  tan puro…Con el beso de la lecherita.

Autora: Mª Rosa Rezepka ( Argentina)
El patio de mi infancia

Ya soy abuela. Tengo ocho nietos. Para que esto fuera posible, antes fui madre. Es decir la madre de dos hijas y tres hijos que, a su vez, son los padres de mis nietos.

Antes de eso, mucho antes, yo era solamente Rosita. Una niña flacucha, de flequillo, ojos celestes y un hoyuelo en el cachete que vivía en el campo.

Ahora que soy grande puedo describir mil patios diferentes. Mil patios que se convier- ten y transforman en bosques, lagos, puentes, ríos, playas, ciudades del futuro, ciudades del pasado, salones de la escuela y muchas cosas más según el juego del momento.

También están los patios donde algunas abuelas tejen un pullover y conversan sentadas en sus sillones y abuelos que fuman la pipa o leen el diario.

Pero cuando yo era solamente Rosita, jugaba en un patio que se prolongaba hasta una laguna, por lo cual nuestras excursiones “de pesca” se llevaban a cabo en lo que diría –mos el fondo del patio. Y digo “nuestras”, porque mi hermano menor y yo éramos inse- parables. El siguió siendo inseparable cuando yo a los diecisiete años me puse de novia, es decir se transformó en un vigilante, mi vigilante.

El patio de la casa en que vivíamos miraba hacia el sur.                                                      Muchas noches de cielo despejado nos sentábamos un ratito en el escalón que daba acceso al pasillo que llevaba al interior de la casa por el fondo. Mirábamos las estrellas, y sobre todo la luna.                                                                                                                   Por ese entonces los rusos y los norteamericanos enviaban cohetes con astronautas a la luna. Jugaban carreras de naves espaciales tripuladas. Nosotros, sentados en el escalón pretendíamos ver algún cambio importante, una nueva mancha en las sombras de la luna, pero nada.                                                                 

A veces empezábamos con el asunto de la luz mala, al poco tiempo corríamos para adentro muertos de miedo.

De día teníamos la sombra de los árboles, y sus troncos que nos servían para distintos objetivos. Ya fuera armar hamacas con sogas y un almohadón para sentarse, ya fuera para usarlos como escondite, o el eucaliptus que tenía un tronco tan torcido que nos permitía cabalgar sobre él.

Parte de ese patio era la bomba manual para extraer agua. Estaba junto a una pileta que dejaba caer el líquido sobrante en una zanjita, lo que hoy sería la descarga a las cloacas.

Solo que la zanjita se iba perdiendo luego de recorrer unos pocos metros. Las gallinas siempre andaban haciendo fila para tomar agua y buscar bichitos.

No puedo negar que eran muchas las veces que las espantábamos de golpe, disfrutando el alboroto que se armaba, muertos de risa.

Cuando había pollitos chicos, también ellos iban tras las gallinas para aprender a buscar manjares o darse baños de tierra suelta. Tratábamos de agarrarlos, a veces sin éxito, para acariciar esas pequeñas bolas cubiertas de pelusa amarilla antes de que emplumaran. Pocas cosas son más tiernas que el picoteo de un pollito en la palma de las manos.

No faltaba ocasión de poner en práctica las escenas descriptas en los libros de la Colección Robin Hood.                                                                                                             Así, una tarde éramos aguerridos piratas con pata de palo en un galeón tratando de hacernos a la mar con un precioso tesoro. Otra, éramos émulos de Heidi con sus cabras y sus montañas, o Ivanohe librando justas batallas en nombre del honor de los caba -lleros.

Donde terminaba el piso de ladrillos continuaba la tierra, lugar más apropiado para la cancha de bolitas. No pocas veces atraídas por los colores y el movimiento, más de una bolita fue a parar al buche de las gallinas que se acercaban con sigilo y en un santiamén daban el picotazo para luego salir a toda carrera, ante nuestro disgusto.

Y ya que hablamos de gallinas. Juntar los huevos que habían puesto en el día, con un viejo balde al llegar el atardecer, era según el día, una obligación o un viaje de descubri- mientos.

En una oportunidad mi padre compró en un remate una cocina de juguete que funciona- ba “de verdad”. A leña. Tenía un horno en el que cabía una taza para desayuno de las que se usaban en el campo, de lata enlozada.  Cuantas tortas preparamos y luego comimos sin dejarlas enfriar siquiera.

No eran muchas las visitas de chicas vecinas que recibía, puesto que las viviendas en el campo, por lo general son distantes las unas de las otras. Pero no recuerdo haber estado aburrida.

Sin embargo, a pesar de tantos momentos felices vividos en el patio, recuerdo un año en que las lluvias fueron copiosas en toda la región, y el arroyo que discurría a unas diez cuadras de la casa, creció hasta que sus aguas salieron de cauce buscando lugares bajos en donde depositarse. No solo la laguna que nos producía momentos de diversión en nuestras excursiones recibió esas aguas; el mismo patio de la casa quedó convertido en un océano transitado por los marlos de los maíces desgranados,  junto con ramitas, maderitas y otros objetos con afán de navegar.

Las gallinas no se bajaban de los palos. Parecían estatuas manteniendo un forzado equilibrio.

Cuando cierro los ojos, aún puedo ver el patio de mi infancia, el universo donde aprendí tantas cosas. A veces riendo y otras veces no.

Por María Sánchez Fernández( España)
Palpando el barro

Bajar a la calle Valencia, al barrio de los alfares, es como llegar a lo más hondo de nuestra historia como seres humanos. Es llegar a nuestros propios ancestros. Allí se respira, se saborea, se palpa nuestro propio origen, pues allí está el barro que todos los días toma mil formas distintas. Juega con la propia fantasía.

¿Desde cuando la arcilla se hace forma?

Dicen que Dios, en el sexto día de la creación del mundo, tomó un pedazo de barro, lo modeló a su imagen y semejanza y dándole su aliento, su propio hálito, de ese barro nació el hombre.

Desde más allá de la historia, el homo sapiens mezclaba tierra y agua, y así surgió el barro que secaba al sol después de haberse fabricado sus propios enseres domésticos.

Pasaron milenios, y todas las culturas dejaron sus vestigios, sus formas  de vivir en bellísimas muestras creadas en arcilla.

En nuestra Úbeda, la antigua Ubbdadza, la Ubbdadza musulmana, florecieron múltiples alfares en donde el barro era trabajado con amor; era mimado y acariciado hasta darle vida, pero vida figurativa, porque ya en sí, la tierra y el agua son elementos vivos, como lo son el aire que lo seca y el fuego que calienta el horno en donde se cuece.

Así nació nuestro barrio alfarero en nuestra Úbeda baja. Baja en superficie pero…, ¡tan alta en espíritu! Así nacieron también muchas dinastías que se han ido sucediendo a lo largo de los tiempos.

Recuerdo que cuando era muy niña bajaba de la mano de mi padre por la cuesta del Losal, nos parábamos un poquito ante la imagen de la Virgen que se encuentra junto a la puerta mudéjar, tomábamos la cuesta de la Merced y al fin llegábamos a la calle Valencia, esa calle larga y larga bordeada de pequeñas casas blancas que lucen sobre el dintel de sus puertas un escudo de piedra. Escudos de piedra pertenecientes a órdenes religiosas. En la casa número doce estaba el alfar de los hermanos Ortega. Un limpísimo zaguán de suelo de barro, ya pulido y gastado por el roce de los años, nos recibía, mostrándonos sus preciosas piezas verdes y rojizas colgadas en las encaladas paredes. El olor a arcilla fresca nos penetraba y nos reconfortaba.

Paco saludaba a mi padre con el entrañable apelativo de “maestro”. Sus manos curtidas estaban, no manchadas, sino ennoblecidas por la tierra y el agua. Bajábamos al obrador y yo miraba alucinada aquel torno que giraba sin cesar y hacía surgir maravillas. Ellos, Paco y Roque, que estaban tan unidos al divino arte que es la alfarería, también lo estaban al divino arte que es la música.

Cuando salíamos del alfar y nos dirigíamos a la calle, mis manos rebosaban de juguetes relucientes en forma de pucherillos con dos asas juntas, o fuentes redondas con ribetes dorados o amarillos (a mi me parecían de oro puro), o alguna alcancía con su boca siempre abierta esperando quizás que cayera en su oronda barriga el sonido siempre agradable de alguna perra gorda. Juguetes que fueron creados con amor pensando en la ilusión y en la sonrisa feliz de cualquier chiquilla.

En ellos cociné mis primeros guisos en un imaginativo fogón sin fuego en forma de ladrillo tabiquero. Guisos que después saboreaba con mi amiga del alma, Pepita, que entusiasmada decía:

Qué ricas están tus comidas, saben mejor que las de mi madre.

El día dieciocho de mayo del pasado año, cuando Antonio Parra presentaba mi primer libro en el salón de actos de la Casa de Úbeda en Madrid, yo estaba allí sentada muy digna en el estrado, y veía, cómo mi amiga de la infancia, que estaba acompañada de su marido, secaba con su pañuelo algunas lágrimas. Seguramente se estaba acordando de aquellos ágapes nuestros guisados con productos crudos y aderezados con agua y pimentón en cazuelillas de barro hace más de cuarenta años. O cuando un día nos disputábamos la posesión de un gato blanco y gris que era hijo de su gata. Ella tiraba del rabo y de las patas traseras y yo tiraba de la cabeza y de las patas delanteras. El gato maullaba asustado hasta que mi madre vino a poner paz diciendo:

Anda, no llores, llévatelo, es tuyo.

Y se fue a su casa que estaba en el piso de abajo llevándolo en sus brazos feliz y rebosante de triunfo. A los pocos minutos el animalillo estaba jugando conmigo. A mi me quería más. ¡Qué entrañables años aquellos! Mientras escribo estas notas no puedo menos que sonreír.

Me he salido de mi cauce recordando mi niñez, pero prosigo.

Más tarde, cuando en la Escuela de Artes Aplicadas estudiaba Decoración, una de las asignaturas básicas era el modelado. ¡Qué delicia trabajar el barro! Todavía conservo algunos de los trabajos que allí realicé. En esas clases pude entablar amistad con otras familias de gran raigambre alfarera. El maestro de cerámica, don Juan Millán, y dos mocetones fuertes que entonces estudiaban y que eran los hermanos Alameda. Más tarde conocí la dinastía de los “Tito”, por la que siento un gran afecto. Paco “Tito” y su esposa son buenos amigos míos.

En mi álbum de fotos y recuerdos, guardo una fotografía muy entrañable en la que se encuentran sentados en el Salón de Sesiones del Eximo. Ayuntamiento y ante la bandera con el escudo de Úbeda, tres hombres venerables que han sido premiados y galardonados por su bien hacer y bien sentir. Los tres dedicaron sus largas vidas a la expresión de la Belleza. Don Juan de la Torre Ruiz, que fue nombrado Cronista Oficial de Úbeda por la expresión divina de la Poesía. Don Pablo Martínez Padilla fue nombrado Artesano Mayor de Úbeda por la divina expresión de la Forma. Don Emilio Sánchez Plaza, mi padre, fue nombrado Hijo Adoptivo de Úbeda por la divina expresión de la Música.

Estas tres expresiones se funden en una sola: Sensibilidad, que siempre se eleva a Dios.

3 comentarios en “RECUERDOS DE LA INFANCIA”

  1. Leí con especial agrado el relato fascinante que hace Carlos Benítez Villodres bajo el título «Recuerdos de la infancia». Es una sentida evocación de los juegos simples, y al mismo tiempo encantadores, que hacían felices nuestros días infantiles. ¿Quién no regresa con emoción a esa época maravillosa del candor, la ingenuidad y el sentimiento tierno de los primeros años? Va un abrazo de congratulación para el autor de esta exquisita crónica. Gustavo Páez Escobar, escritor y periodista colombiano.

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