CRÓNICAS , NARRATIVA, Y RELATOS SOBRE LOS HIJOS

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Mayo  2.020  nº 31  

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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

 

COLABORAN:  Leonor Ase D´Aloisio (Argentina)…Carlos Benitez Villodres (Málaga-España)…Lidia Dellacasa de Bosco (Argentina)…Adrián N. Escudero (Argentina)…Dr. Antonio Las Heras (Argentina)…Elsa Lorences (Argentina) …Gustavo Paez Escobar(Colombia)…Jaime Solís Robledo (México)…Jaime Suárez ( Méxi

 

CARTA A NUESTROS HIJOS CUANDO VOLARON DEL NIDO
De Leonor Ase de D´Aloisio
Argentina – BS. AS.  – Pergamino

Hola Hijos:
“Las  palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma.”
No son palabras mías las tomé de JULIO CORTAZAR

En realidad no sé cómo empezar a desplazarme en este tema ahora les tengo que hablar a mis hijos adultos,  estos hijos que ya partieron en su propio vuelo.     A  conformar su nido,  seguro que pronto, vendrán también  los polluelos  y con ellos  tendrán que afrontar los nuevos desafíos;  estoy intentando hablarles de nuestra experiencia matrimonial la que vivimos nosotros, sus padres. El Fin para nada es que UDS. tengan que vivir lo mismo.

Cada  matrimonio tiene su propia idiosincrasia  aunque  los valores son los mismos,   se pueden vivir de diferentes maneras sin alterar su esencia. 

              Les  quiero hablar de los valores porque  en lo cotidiano a veces van quedando a un costado y nosotros nos dimos cuenta que debían  caminar a nuestro lado, son las herramientas que  apuntalan la unión matrimonial.

               Los valores nos ayudaron a mantener el diálogo en los momentos difíciles.  Frente  a las adversidades lo fundamental,  es hablar dialogar amorosamente, no perder la calma,  hasta llegar a la decisión más conveniente.    En  todos los órdenes, especialmente con los hijos que son  lo más valioso que tenemos y los primeros en sufrir frente a las desavenencias entre sus padres.

               Ustedes y sus respectivas/os conyugues tienen la ventura de contar con  el modelo de padres y esposos en sus respectivos padre, pero saben una cosa, ellos como nosotros,  en el caminar juntos hemos tenido muchos choques,  pero los abollones no llegaron a romper la unión y saben porque, porque estaban Uds. y eran prioridad, por Uds., hemos sacrificados muchos gustos, hemos perdonado muchas afrentas, no crean que todos nuestros días fueron de sol.

               No,   chicos ha llovido,  hubo fuertes vientos, nieve, sol intenso, nubarrones, relámpagos, truenos pero nunca rayos, ni piedras que nos pudieran lapidar, siempre hablamos, a veces gritamos pero llegábamos  a un acuerdo,  cuando nos serenábamos y hablábamos, hasta hemos intentado estar cerca cuando discutíamos estar cerca para tocarnos, para no pronunciar palabras hiriente y tener que arrepentirnos luego.

Les  voy a contar algo por si les sirve, cuando las discusiones llegaban a un tope y no encontrábamos la salida, nos dábamos,  la mano y rezábamos un padre nuestro y nos acordábamos del sacramento del matrimonio que nosotros mismos nos habíamos dado delante de Dios,  de nuestras familias y amigos.

              Por  último les voy a decir que también aprendimos que los valores del matrimonio hay que cultivarlos, regarlos  todos los días,  con el cariño y esos mimos que tanto abundaban cuando éramos  novios.

            Las  crisis a veces se producen por la acumulación de acciones que responden al individualismo, aislamiento, independencia o autonomía en exceso. Todos estos adjetivos afectan  para construir,  un buen matrimonio.

               Bueno no quiero extenderme demasiado, espero que esto,  no lo pierdan de vista   no es una receta  es  una  experiencia para mantener la felicidad y la armonía, enramando en el día a día el árbol propio de su preciada familia.

Mamá y Papá

LOS HIJOS
Carlos Benítez Villodres
Málaga (España)

En mi libro “Guirnaldas de esencias”, escribí: “Quien tiene hijos cobija y nutre en su alma toda la luz de las alegrías y todas las sombras de los miedos que pululan por el mundo”. Ciertamente, todos los padres, vivan en el país que vivan, quieren tener hijos admirables. Que de niños sean cariñosos y de adultos se comporten como gente responsable y beneficiosa para la sociedad. Sin embargo, se pone mucho más empeño en pensar en el futuro de sus hijos que en sembrar sus bases durante el presente.

            El resultado es que cada vez tenemos más niños inconformes y más adultos desdichados. Cuando no hay criterio para la crianza consistente, racional y asentada, aumenta la probabilidad de que los hijos muestren comportamientos indóciles y/o introvertidos. Quizás veleidosos, quizás imperiosos y, en todo caso, inestables. Así, los hijos no logran establecer un vínculo cordial o cariñoso y estrecho con sus padres, sino que, por el contrario, viven en una contienda insensible o expedita con ellos. “El problema, refiere Robert Braul, con el aprendizaje de ser padres es que los hijos son los maestros”

            Una de las partes más importantes de nuestra vida es la infancia. Es, en ella, donde se construyen los basamentos de una mente sana y de un corazón puro. De este modo, algunas actitudes de los padres dejan una impronta para siempre: a veces positiva, a veces negativa, pero la mayoría de las veces honda y extensa. En el libro, ya mencionado, escribí: “Cada generación necesita un nuevo credo, unas nuevas fuentes, unos nuevos horizontes”.

Un hormiguero se haya en un lugar protegido porque se encuentra bajo tierra. Las hormigas están disponiéndose para recoger, fuera del hormiguero, alimentos para atesorarlos en su refugio. Ese es el destino para el que fue creada la hormiga, recoger y guardar alimentos para poder sobrevivir a los tiempos invernales. Dependiendo de lo que la vida le tenga reservado, podrá desviar la ruta, trazar otros caminos o buscar otros agujeros. Así son los hijos. Ellos tienen en sus padres un hormiguero seguro, pero, por más seguridad y sentimientos de protección que puedan dar los padres, todos nacimos para vivir la vida con sentido, correr nuestros propios riesgos y vivir nuestros propios desafíos.

En nuestra andadura, llevaremos los conocimientos y fortalezas adquiridas en nuestro hoyo y fuera de él. Muchas veces, como padres, queremos mantener a nuestros hijos en lugar seguro, en nuestro hormiguero, pero ellos están hechos para caminar, para forjar su propio destino y seguirlo, cuando llegue el momento, y la estancia en el refugio ha de prepararlos para vivir lo mejor posible. Algunos padres no desean dejar salir del hormiguero a sus hijos, desean que se queden en el lugar seguro para siempre, y olvidan prepararlos para marchar y encontrar su propio lugar, donde podrán sentirse seguros, felices y adquirir la fortaleza necesaria para en un futuro ser guía de hormigas.

Los hijos nacieron para habitar este mundo. Los padres podemos desear la sonrisa de los hijos, pero no podemos sonreír por ellos. Podemos contribuir por la felicidad de los hijos, mas no podemos ser felices por ellos. Los hijos deben continuar desde donde los padres llegaron, así como los barcos parten del puerto para sus propios logros.

Sin embargo, para eso necesitan saberse preparados y amados, fortalecer sus valores morales, su autoconfianza, y reforzar sus virtudes y fortalezas, en definitiva, prepararlos para sus travesías. Qué difícil para los padres es que sus hijos suelten las amarras, pero algún día tienen que soltarlas y navegar, sin sus progenitores, por los mares de la vida, pero, como padres, podremos tener el orgullo de verlos partir a navegar sus propios rumbos con la seguridad de que son barcos fuertes, independientes y capaces, que están bien abastecidos de todo lo que les hemos inculcado para poder enfrentarse al mundo y capear las tormentas que se les presenten ya que los educamos para navegar, para la independencia, para solventar cualquier obstáculo que se les presenten en su dura e inimaginable travesía.

El amor del niño es: amo porque me aman o amo porque los necesito; mientras que el amor de los adultos es: los necesito porque los amo o porque los amo me aman.

En los primeros años de vida, la correlación más estrecha del niño es con la madre, pero poco a poco se va emancipando y esa relación va perdiendo su razón primaria, mientras se va robusteciendo la unión con su padre.

El amor de la madre, representa el deseo más profundo de toda persona para ser amado, sin condiciones, y no por sus méritos, tanto siendo niños como adultos.

La relación con el padre es diferente. El padre representa el orbe de las ideas, del raciocinio y del pensamiento, de las cosas, de la ley, del orden, de los acontecimientos….

El padre es el que le abre a su hijo el portón del mundo, su amor es condicional porque debe cumplir con sus expectativas, portarse bien, ser como él. El amor paterno hay que ganárselo y se puede perder, si no se hace lo que él espera, es decir, que se le obedezca y que se le trate con mucho afecto.

El amor del padre se puede conseguir haciendo algo, pero para ser amado por la madre no es necesario hacer nada.

A los seis años un niño necesita el amor del padre, su autoridad, su guía; y la madre debe favorecer esa relación. Porque la función de la madre es brindarle seguridad a su hijo y la del padre conducirlo para que aprenda a vivir en la comunidad, en que nació.

La madre debe confiar en la vida, no ser demasiado anhelosa, y desear que su hijo sea, en el futuro, un ciudadano autosuficiente.

El padre debe ser firme y condescendiente, no imperioso ni conminatorio, ayudándole, oportunamente, a su hijo para que sea bondadoso y noble, pacífico y dialogante…

En el mejor de los casos, una persona madura no tiene que ser, como su padre y su madre, sino debe ser él mismo, forjando su propio destino, su propia conciencia, su propia capacidad de discernimiento…

Una persona que considera solamente su conciencia paterna será inhumana y áspera, y si tuviera únicamente conciencia materna perdería su criterio y podría trabar su desarrollo o el de otros.

La base de la salud mental y de la madurez se logra con la síntesis de la relación con el padre y la madre; y el fracaso de este desarrollo es la causa fundamental de las neurosis.

Una de esas causas se produce cuando el niño tiene una madre amante, pero demasiado indulgente o dominante y un padre débil e indiferente.

En estas circunstancias el niño puede convertirse en alguien dependiente de su madre, con la necesidad de recibir, de ser protegido y cuidado y carecer de las cualidades paternas de independencia, de disciplina y de la capacidad para controlar su vida.

Existen actualmente niños y adultos que padecen enfermedades pasan hambre, sed, no tienen un hogar, donde vivir… En el ya nombrado libro, escribí: “¡Qué control podemos pedirle! ¡Qué leyes queremos que obedezca aquel que ve a su hijo dormir con el estómago vacío en un lecho de cardos y grava!”.

HACIA LA CIMA  (Una lección de vida)
Lidia Dellacasa de Bosco (Argentina)

De pronto sintió que no habría mañana. Así de simple y doloroso al mismo tiempo. O  mejor dicho, que el mañana seria igual al hoy, suspendido en una neblina opaca de sufrimiento y rencor. Se preguntaba reiteradamente hacia quién o quiénes tanto rencor,
sordo, constante, sin fisuras que dejaran entrar la comprensión. En seguida se respondía  siempre lo mismo: hacia la vida, el destino, hacia Dios…
De pronto también renegaba de su fe. Nada calmaba su corazón atravesado por un vendaval de resentimiento. Había soñado ese hijo durante meses en los que preparó minuciosamente todo lo que imaginaba para él. Cuando Manuel nació y se lo dijeron, se negó a creerlo. No podía tocarle esto a ella. Así lo decía en su interior, de ese modo lo personalizaba, sin pensar que el esposo compartía el dolor por el niño que no sería como los demás. Nada de carreras detrás de un barrilete, nada de saltos en rayuelas felices ni de partidos de fútbol bajo la luz brillante de las tardes estivales. Nada de subir escaleras a los saltos, con el ánimo travieso de todos los chicos… Demasiadas “nadas” para la esperanza de nueve meses que se quebraba con el crujido seco de un cristal para ella irreparable.
El dolor la llevó a recluirse en la casa familiar, a cerrar cortinas y meditar un callado sollozo junto a la cuna del niño. Algunas noches lo soñaba escalando una montaña con las piernas sanas y fuertes. Y ella acompañándolo, en la plenitud del gozo en medio de la naturaleza. ¡Ya vamos llegando a la punta, Manuel! Un poco más y estamos… Pero el día siguiente destrozaba los sueños, los hacía añicos con el peso impiadoso de la realidad.
Una noche apacible el sueño la llevó hasta un paisaje de sierras encrespadas que ellos dos trepaban jubilosos. Estaban llegando a la cima cuando la despertó bruscamente una sirena que pasó veloz por la calle silenciosa. En esa hora oscilante entre la madrugada y el día naciente, volvió a sentir el ahogo de la frustración y no pudo contener el llanto.
No había montañas para Manuel. Nunca las habría. Así lo presentía el peso de su desdicha. Aquel amanecer comenzó a odiar las montañas como si fueran un símbolo de lo que vivía. Las imaginaba áridas, envejecidas por el paso de los siglos, y después, desmoronándose abruptamente con un fragor infernal.
Hubo un largo tiempo de rehabilitación que según el pronóstico de los médicos podía durar toda la vida. Cuando cada mañana empujaba la silla hacia el centro de terapia, el sufrimiento y el rencor afloraban en un silencio hosco que se vertía sobre el niño y todo lo que los rodeaba. Él sólo la miraba desde una tristeza callada que escondía sentimientos de culpa. Mamá está mal por mí. Pero yo podré…
Si había progresos, si se estaba gestando un “podré” que crecía con la lentitud de la paciencia y el esfuerzo, la madre no los notaba. Encerrada en su universo de desdicha, evitaba compartir las sesiones con su hijo y ya nunca preguntaba nada cuando regresaba en busca de Manuel.
Hubo después en la familia un tiempo de nuevas esperanzas, cuando se anunció otro nacimiento. La llegada de Inés llenó la casa de júbilo y ella abrió las cortinas, recordó canciones de cuna que creía olvidadas y delegó la rehabilitación de Manuel a una empleada. Así recompuso una vida en la que el niño era una presencia silente, unos ojos oscuros que buscaban en los de la madre la ternura que tanto necesitaba. Pero ella la había recuperado en la hija que venía a devolverle el gozo tantas veces soñado. Ahora imaginaba nuevas montañas que podría escalar con una Inés plena de vida.
Ocurrió una tarde en la que todos habían salido. Sólo Manuel quedó en la casa silenciosa, leyendo unas revistas que el padre le había comprado hacía tiempo, cuando aún su dedicación no se había concentrado también en Inés. Entonces decidió intentarlo. Solo. Sin la ayuda de nadie…

Primero fue ponerse de pie con un temor que le llenaba el corazón de un vértigo palpitante, pero al mismo tiempo lo acercaba a la esperanza. Después dio un paso tomado de la mesa. Y otro. Vacilantes, temblorosos como sus manos. Por fin, avanzó con lentitud hacia la escalera que llevaba a los dormitorios. La torpeza de sus pasos quedaba relegada por el júbilo de estar caminando hacia una cima tan soñada en la oscura soledad de la noche, que era también la de sus días.
En eso estaba cuando resonó el grito. Con un sobresalto se volvió a mirar el rostro de su madre, transfigurado por la sorpresa y la incredulidad. En un solo y crucial instante, ella comprendió. La ráfaga de los recuerdos le produjo un temblor que pobló su mente de cada gesto de rechazo o indiferencia, del desamparo en el que había desterrado a su hijo, de la ausencia de fe… Sintió el vértigo de una turbonada de sentimientos encontrados y pidió perdón sin palabras, con la íntima certeza de haber regresado de un infierno.
Corrió a abrazarlo y justo en el momento en que el amor los enlazaba en un temblor de lágrimas, Manuel susurró quedamente las palabras que cada mañana leía en el salón de su terapia: “Sólo se alcanza la cima cuando uno se decide a escalar la montaña”.

 

«LOS PADRES DEL ADOLESCENTE»
Adrián N. Escudero
-Argentina-

    Llevado por la necesidad de contribuir con la sección especial dedicada a los hijos, pergeñada por la Dirección Editorial de ARISTOS INTERNACIONAL (Alicante, España) y para el presente mes de MAYO 2020, y reconociendo que la materia amerita acudir a la contribución que, al respecto, puede (y debe) hacer la ciencia psicoanalítica, y ante la premura de alcanzar dicho objetivo, hemos pensado ofrecer a nuestros lectores y en nuestro carácter de Vicepresidente Editorial, el interesante aporte que suscribiera para el diario El Litoral (Santa Fe, Argentina) y con fecha 11 de enero de 2019 sobre el asunto de marras, el prestigioso Psicoanalista, Doctor en Filosofía y Doctor en Psicología (UBA – Universidad de Buenos Aires, Argentina), Luciano Lutereau. Especialista en la materia que coordina la Licenciatura en Filosofía de UCES, y autor del libro “Más crianza, menos terapia” (Editorial Paidós, 2018).

   En tal sentido, llevo a conocimiento su, el cual y textualmente, expresa:

    “Hoy en día es muy frecuente que se consulte por cuestiones normales, es decir, que los padres tengan dificultades para tolerar los conflictos propios de la adolescencia. ¿Por qué ocurre esto? En principio, porque vivimos en un mundo que no tiene mucho lugar para los jóvenes o, mejor dicho, que espera que estos rápidamente se adapten al mundo competitivo que excluye a quienes no puedan hacerse elegir por sobre los otros. Sin embargo, los adolescentes gustan de demorarse, de no ir tan rápido, de perder un poco el tiempo y ocuparse más bien de su crecimiento interior.

   “Un motivo habitual es la consulta por jóvenes que no tienen un buen rendimiento durante el año en el colegio y se llevan algunas o varias materias, pero ocurre que las aprueban en diciembre o marzo. Es evidente en estos casos que no se trata de problemas cognitivos, sino de la disposición al estudio que, muchas veces, si la demanda de los padres es que estudie, no hay otra manera de desasirse que descompletar esa expectativa fallando en los exámenes. En este tipo de situaciones es muy importante trabajar con los padres, para que no estén encima del joven, ya que la mayoría de las veces lo que ocurre es que ellos buscan solucionar esta disposición a través de inútiles recordatorios y una insistencia permanente que no hace más que producir la reacción contraria. La adolescencia es paradógica: más se pide algo, menos será eso lo que se obtenga. ´¿Pero algo hay que hacer?´, dicen los padres. Sin duda, lo que haya que hacer vendrá después que ellos puedan revisar su ilusión de un hijo que no falle. Un adolescente tiene derecho a fallar, sobre todo a sus padres; a sabiendas de que estos fracasos pueden no ser tales si representan un aprendizaje para una próxima ocasión.

   “Este es un punto crucial y que puede ser generalizado y extendido más allá de la situación relativa al estudio, para ubicar que a los padres de hoy en día les cuesta mucho aceptar que su hijo decepcione la ilusión de un hijo que no traiga problemas. Cuando, en realidad, un adolescente problemático es la definición misma de la adolescencia.

   “No obstante, aceptar la paradoja adolescente no quiere decir dejar al joven librado a sus decisiones. Eso sería tirar la toalla, abandonar. Mientras que, como suelo decir a los padres, lo más importante en esta época es tratar de bajar menos línea y comunicar de la mejor manera la idea que se habían formado. Lo explicaré mejor con otro ejemplo, el de los padres de una muchacha que no la dejaban ir a fiestas, por temor al consumo de alcohol, hasta que finalmente (dada la edad y la presión de que estaba quedando por fuera de los grupos) la empezaron a dejar ir y, por cierto, las primeras veces no ocurrió nada… hasta que un día terminó en un hospital con un coma alcohólico (del que, por suerte, se recuperó). A partir de esta circunstancia es que empecé –aclara el Dr. Lutereau- a recibir en entrevistas a los padres, con quienes pude trabajar la importancia de ver en ese penoso resultado otra cosa que una confirmación de que la muchacha no estaba en condiciones de ir a fiestas; no solo porque la prohibición había hecho que ese evento fuera deseado con mayor intensidad, sino porque también (cuando le habían dado permiso para ir) fue con una serie de datos objetivos acerca del consumo del alcohol (que es nocivo, que produce daño neuronal y dependencia futura, etc.) que un adolescente jamás podría entender, de la misma manera que nunca jamás conseguiremos que los adolescentes se cuiden sexualmente diciéndoles que las tasas de enfermedades venéreas han aumentado en los últimos años.

   “Recuerdo que a estos padres les dije –sostiene el citado profesional- algo muy simple, pero la verdad es que lo simple suele ser lo más difícil de hacer a veces: les pedí que no olvidaran que ellos tenían la herramienta más eficaz para acompañar a su hija. Me refiero a la palabra. Porque la palabra, cuando ésta no se reduce a dar órdenes o transmitir miedos, sino cuando confía y reconoce también la palabra del otro, es el mejor sostén; nada es más importante para un adolescente que los padres sean sinceros y le digan qué es lo que piensan. Para el caso, hoy en día es mucho más eficaz que unos padres puedan decirle a un hijo cuán doloroso sería para ellos que a él o ella les pase algo; que incluso si fuera el caso de que quieran probar algo o hacer una acción riesgosa, prefieren saberlo aunque les duela, en lugar de enterarse por otra vía y que, si así fuera, si les tomara tiempo llegar a decirlo, aun así, nunca sería tarde. No para saberlo todo, no por curiosidad o vigilancia, sino porque si los han criado desde niños y han compartido la vida en estos años, eso fue debido a un deseo que están dispuestos a reelaborar y a reconsiderar, para conocerlos tal como son y quieren más allá de su papel de hijos”.

   Hasta aquí el Dr. Lutereau y sus atendibles consejos profesionales. Mas en tal sentido, y para no hacer más complejo el asunto de lo que ya es, desearía transmitirle brevemente mi experiencia particular de hijo adolescente frente a mis padres. Padres que, respondiendo quizás al ethos cultural de una época, decidieron unir sus vidas desde muy jóvenes: a los 18 años de edad. Y esto a cuento de que las estadísticas actuales demuestran palmariamente, que conforme al status quo del contexto mundial que los chicos absorben en esta sociedad globalizada por las redes sociales telemáticas, donde la administración en equilibrio de los conceptos “derechos y responsabilidades”, se esquinan peligrosamente hacia los derechos soslayando en parte o descartando incluso y de plano, el de las responsabilidades que la libertad ejercitada con inteligencia emocional demanda por cada derecho adquirido y en cada etapa evolutiva del ser humano.

    En mi caso, fue el ejemplo de mis padres el que me llevó a razonar del siguiente modo que voy a referirles y respecto al último tema tocado por el Dr. Litereau: el sexo en los adolescentes. Esto es, el haberme dado cuenta –y en esto entiendo que la temprana formación religiosa cristiana tuvo mucho que ver en la formación de mi autoconciencia sicosociológca púber- de que, en esto de la natural inclinación sexual hacia el sexo opuesto –al margen de ser un alerta de que todo funciona bien orgánicamente-,  había que tener en cuenta el por qué, el para qué y las consecuencias mediatas e inmediatas de un coito movido solo por la genética o por un ocasional deslumbramiento amoroso (1).

   Y nadie me lo dijo: mis padres solo se atuvieron a darme ejemplo, testimonio de vida fiel y casta, y hasta el último día (y luego también, en el caso de mi madre, pues mi padre partió primero) que fueron llamados al descanso eterno, habiendo su matrimonio sido bendecido por Dios y conforme nuestras creencias católicas sobre el particular. Una creencia que me llevó a poner en la balanza, al menos en mi caso, insisto, y en su justa medida, las respuestas probas a los mencionados interrogantes (1). Dije a mis padres, ayúdenme a ser fuerte. Dije a mis sacerdotes, ayúdenme a ser fuerte. Vale la pena me dijeron ellos. Verás. Adquirirás un tesoro que nadie podrá calcular en su magnitud de no haberse probado como tú intentas hacerlo: sostener el celibato hasta el sí frente a mi esposa, la sociedad y mi Dios.

   ¿Y por qué? Puesto que no podía exigir al otro lo no que no estaba dispuesto a lograr para conmigo mismo. Si ansiaba fidelidad, debía corresponder con fidelidad. Si ansiaba virginidad, debía responder con abstinencia. Si ella, virgen como la soñaba, era una porcelana exótica de incalculable valor, mi atención y cuidado por ella debía ser semejante al saber sostenerla y protegerla entre mis brazos.

   Había entendido, sin filosofía (más que la enseñanza en santidad de vida de mis progenitores) ni teología de por medio (más que unas cien preguntas del catecismo católico), que una cosa es “querer” y otra “amar” a una persona. El que “quiere” procesa emociones y acciones de posesión y dominio, incluso sin conocer al otro. El que ama se ofrenda en las esencias de la bondad, la belleza y la verdad: uno es feliz en tanto, conociendo al otro y aceptándolo como es, procura hacerlo feliz mediante pensamientos, sentimientos y gestos amatorios. Aunque al cabo, y designios inescrutables de por medio, en algunas situaciones tal fórmula fracase. Pero si de estadística se trata, solo en un bajísimo porcentaje. Quizás por ello no esté de más asimismo recordar, que no es lo mismo vencer que convencer (Miguel de Unamuno).-

 

SOY HIJO DE …
Por Dr. Antonio LAS HERAS
Argentina

Soy hijo del Mayo Francés, las canciones de Manal, de Vox Dei, de Litto Nebbia; de las búsquedas de Arco Iris, de ciertos diálogos mágicos que en diferentes días ocurrieron con Gustavo Santaolalla.

Soy hijo de gestos sugeridos por John Lennon, conductas de Jenis Joplin, el enamoramiento sublime hacia Joan Baez.

De las angustias de Martín reflejado en la mirada de Alejandra durante aquellas singulares noches en el Parque Lezama.

De aquel  Lavalle salido de las páginas de Ernesto Sábato que me llevaron una y otra vez a la Quebrada de Humahuaca.
Soy hijo de las lecturas de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir.
De la Pareja con un Amor necesario y muchos contingentes.
De las reveladoras frases dichas por Borges a los periodistas.
Del atrevido recorrido de Peter Fonda buscando su destino.
De la certeza que la Libertad se consigue con responsabilidad.
De que hay que ser constante en la lucha para alcanzar se piensa es necesario.
Del Amor Libre; más declamado que practicado, para irritación de nuestros padres.
De la Flower Power, el hipismo y la inútil guerra de Vietnam sólo valiosa para los Grandes Titiriteros de siempre.

Soy hijo de Sylvie Kristel; hoy aún viva en mi alma como Emanuelle. De las escenas capaces de alterar a aquel adolescente buscador tras experiencias nuevas como las recorridas en Historia de O.
Soy hijo de las urdimbres de Jacques Bergier, la filosofía de Louis Pauwells; las reveladoras lecturas halladas en El Retorno de los Brujos y en la revista libro Planeta.
Soy hijo de las tardes de radio con Edgardo “el Negro” Suárez “¡Hola, pariente!”
Del poeta Alejandro Vignatti que con 2001 me enseñó a escribir realismo fantástico; de Carlos Riccó augurando que “¡Y seremos amigos!”, de Leonardo Favio que con voz triste regalaba una rosa.
Soy hijo de Juan-Jacobo Bajarlía con quien aprendí a hacer  poemas – ocultos por pudorosa vergüenza – sin rima y con sentido;

De Gyula Kosice creador de la Ciudad Hidroespacial cuando  ninguno siquiera había viajado al Cosmos; del atrevido Hermano Amstrong que con sus botas marcó el suelo selenita.
De amaneceres cubiertos por el fruto de grávidos sueños.
Soy hijo de la Utopía, que encarnó en mí durante la adolescencia…
Utopía que no ha muerto, que es pura sangre vital, y sigue viva… ¡todavía!

A MIS HIJOS
Elsa Lorences
Argentina)

   Hace ya muchos años, cuando era joven, leí un poema de Khalil Gibran que decía: “Tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida deseosa de si misma.”

   En aquel momento (acababan de nacer mis dos hijos un niño y una niña) yo dije ¡Qué equivocado que está este Señor! ¿Cómo que no van a ser míos?

   Pasaron aproximadamente 20 años cuando me di cuenta que era verdad, entonces escribí el poema: “Mi nido vacío”  Los hijos nacen, los criamos con todo el amor del mundo, les damos hasta lo imposible, pero ellos son de la vida, parten a hacer la suya de acuerdo a sus criterios. Muchas veces erran el camino y vuelven a la casita de los “viejos”, otros aciertan y viven felices con gran alegría de sus padres porque encontraron un buen camino.

     Hace dos o tres años escribí un poema que se titula “Cada vez más solos” donde en una parte ponía: “Los chicos están ocupados, tienen tanto para hacer en estos tiempos modernos que no los deja volver”

      Y así era, pero de una manera imprevista se desata una Pandemia en el mundo, una terrible Pandemia con cientos de miles de muertos, donde los más débiles, los que más peligro corren somos los ancianos y aquí el milagro: Aparecen los hijos, los que son de la vida pero que, a pesar de todo, son tus hijos porque llevan tus genes, porque cuando creíste que no los habías criado bien te demuestran que es mentira, que tus consejos los atesoraron y los guardaron y cuando el peligro está a la puerta aparece  el Amor  que no estaba perdido y a papá y a mamá hay que cuidarlos porque lo merecen porque los aman.

   La Pandemia es muy dolorosa. Terriblemente dolorosa, pero a veces al dolor hay que verle la parte buena y mi parte buena es haber vuelto a encontrar a mis hijos que creía perdidos.

ELOGIO DEL SOLDADO
Por: Gustavo Páez Escobar
Colombia

(Desempolvando viejos papeles en estos días de encierro provocado por el covid-19, me he encontrado con este escrito de hace 31 años, cuando el protagonista de esta historia  era menor de edad. Hoy, él va para el medio siglo de una existencia de feliz y valiente realización. El artículo no ha perdido actualidad. El tiempo ha corrido, pero el episodio es igual de vivificante ayer y hoy. El sentimiento no envejece).

                                                                                  … … … … 

Te fuiste, hijo. Todavía no has cumplido los 18 años y ya eres un soldado de la patria. Dicho así, soldado de la patria, la tristeza se amortigua. Apenas eres un niño, pero dizque el Ejército te hará hombre en volandas. Y eso es lo malo. Te hubiéramos querido tener siempre niño, como se conserva una ilusión, pero ya se troncharon nuestros sueños.

Sentimos el primer latigazo cuando esta mañana nos dijiste que te había llegado la hora. Te pusiste el peor pantalón, la peor camisa, los zapatos de goma más deslucidos, como si te fueras a mendigar por los caminos. Te ibas de campaña y te sentías vanidoso. Te quitaste el reloj y la cadena porque en adelante no los necesitabas. Las horas te llegarían mascadas, con la severidad de la milicia, y en el cuartel no llevarías lujo, sino fusil y municiones. En tu ropero quedó, con la constancia del estreno, el hermoso vestido con que te graduaste de bachiller.

Te fuiste, hijo. Con el cartón de bachillerato, que no alcanzaste a consentir, vas ahora a graduarte de soldado raso. No permitiste, como la mayoría de tus amigos, que se hiciera nada para evitar tu enganche en las filas. Los demás temblaban, mientras tú sonreías. Por ahí, en reuniones con tus condiscípulos, sabíamos de dineros clandestinos con que se iba a comprar –según la consigna común– la libreta militar. En Colombia todo es posible, hasta burlar, con billetes, lo que ha dado en llamarse servicio militar obligatorio, que sólo es para unos pocos, los que en realidad aman su patria.

Te marchaste resuelto, casi con la misma euforia de todos los días. Apenas tenías algo de nervios, y esto es natural, si todavía eres menor de edad. Cuando a última hora se presentó la opción de ser excluido para ingresar a otro en lugar tuyo, dijiste que no. Y tú, con increíble coraje (o con verraquera, que es tu palabra paisa preferida para calificar el valor), diste el salto al bus, como todo un hombre, así fuera rompiendo con dolor los sentimientos que te unen a tus padres y tus hermanas.

Se te metió en la cabeza que el Ejército te maduraría y te haría hombre. Luchaste por una convicción, y esto está bien. Mañana, cuando de verdad seas hombre, sabrás lo que vale la decisión como factor de éxito.

Tu vacío en la casa es inllenable, bien lo sabes. Y es más grande porque ni siquiera te dejaron en Bogotá, donde nos hubiéramos hecho a la idea de sentirte más cerca. ¿Pero sabes una cosa? También somos fuertes como tú. Tu madre llora –y pronto le pasarán las lágrimas–, pero está orgullosa de ti. Puede que en el momento tu hombría sea precoz e imberbe, pero tu actitud es valerosa. Admirable.

No permitiste que nadie de la casa te acompañara a la entrega, para evitarnos la angustia y no aparecer débil. Cuando en el frío del amanecer te di el abrazo de la despedida, en silencio ahogué una lágrima y dejé que cogieras tu libre camino. Supe allí, exactamente, que ya eras un hombre, antes de que el Ejército te aplicara sus normas.

Ahora voy a hablarte un poco de Colombia, un tema que a ti y a mí nos apasiona.

La patria está destrozada, hijo. Está maltrecha por la insensatez de políticos y revoltosos. A diario se asesinan soldados y policías y campesinos, pero también doctores y potentados e hijos de papi. Es una locura colectiva que nadie entiende, pero todos fomentan. Y hay que salvar a Colombia, hijo. No la salvaremos con disparos sino con justicia y con fórmulas sociales.

Me valgo de tu ejemplo para personificar en ti a todos los soldados de Colombia que renuncian a las comodidades para prestar un servicio en hora tenebrosa. Eso es querer a Colombia, hijo. Díselo a tus compañeros. Puede que hayas madurado antes de tiempo, pero no importa. Eres una verraquera de hombre.

Para que compagine con tu decisión, este es el mensaje que te puse cuando cumpliste 15 años de edad, ayer nada más: “Cuando seas grande y de voz gruesa, recuerda que un día fuiste niño alegre y juguetón. Conserva en la vida la alegría y el buen juicio y serás feliz”.

Te fuiste, hijo. Contigo marchan hoy muchos bravos de Colombia. Tus padres y hermanas nos sentimos grandes por tener un hombre guapo –en todo el sentido de la palabra– y sabemos que pronto regresarás victorioso. El mundo es de los valientes.

NO TODOS LOS HIJOS SON INGRATOS
Jaime Solís Robledo  (México)

Los conocí a todos en Tierra Caliente, del estado de Guerrero, durante mi estancia en esos lares por casi 30 años y trabé amistad cercana con algunos(as) de ellos(as); son, hasta la fecha, cinco mujeres y cinco varones, todos hermanos de padre y madre. Ahora todos (genérico) tienen hijos, y dos o tres ya tienen nietos. 

Hijos de Antonio y de María Luisa (Malicha), tuvieron una niñez y adolescencia de muchas carencias; vivieron en carne propia las miserias de las comunidades  rurales adonde NO hay tiendas, farmacias, luz, agua entubada, ni servicios de salud y educación. Jamás supieron de juguetes que no hicieran ellos mismos, ni de la “existencia” de Santa Claus y Los Reyes Magos; en vez de zapatos, a lo que mas llegaron fue al uso de huaraches con correas. La dureza de la siembra, el riego y la cosecha del maiz, con la participación y guía de sus padres, fue la tabla de salvación para no morir de hambre. Por temporadas toda la familia emigraba al estado de Veracruz adonde se alquilaban padres e hijos para el corte de caña.

Quizá como desfogue a su frustración por la condenable injusticia social imperante en mi pais, a “don Toño” se le enraizó el vicio de la embriaguez y la violencia física en el trato cotidiano hacia su esposa e hijos; verdaderamente bestiales y despiadadas eran las golpizas y castigos hacia ellos. Muchas fueron las ocasiones en que el abuelo de sus hijos, o algunos generosos vecinos llegaron al auxilio de las víctimas para librarlos de una probable muerte o alguna lesión permanente de gravedad. Tres de los varones me enseñaron cicatrices que se llevarán hasta la tumba. En sus idas a Veracruz para trabajar en los cañaverales, sus hijos trabajaban y él cobraba; a su mujer la ponía a vender comida para los demás peones. La embriaguez y las golpizas no dejaban de ser cotidianas.

Los varones crecieron con mucho rencor acumulado y se empezó a incubar en ellos la rebeldía; en esas condiciones el mayor de ellos aprovechó la oportunidad de cruzar hacia los Estados Unidos en forma ilegal, y poco a poco fue “jalando” a sus hermanos(as). Ahora nueve de los diez viven en diferentes ciudades de la Unión Americana y seis de ellos legalizaron ya su estancia en aquel pais. Mas de tres décadas transcurrieron, y en forma natural, Toño y Malicha envejecieron viviendo gracias a los dólares que sus muchachos les enviaban periódicamente. La ley de la vida siguió su curso; la sufrida y abnegada Malicha enfermó y murió hace dos años; el incorregible Toño invertía en la embriaguez los dólares recibidos cotidianamente. Las enfermedades tenían que llegar implacables a cobrarle la factura de esa vida de vicios y el problema mayor fue que ninguno de sus hijos podía estar cuidándolo ya que todos viven fuera de Guerrero. Uno de ellos tiene una casa en Ciudad Juárez, estado de Chihuahua y decidieron trasladarlo hacia allá para tenerlo mas cerca, turnándose entre ellos para cuidarlo.

Cerca de un año estuvo don Toño agonizando, ya sin control de sus órganos intestinales y urinarios; sus muchachos prorrateaban, de acuerdo a sus posibilidades, el costo de la atención médica y los carísimos medicamentos asi como la atención de una enfermera en casa. Siempre alguno de ellos estuvo al lado de su padre; los fines de semana, casi todos. Llegaron los dias en que ya no reconocía a las personas; a fines de 2019 aquel marido y padre golpeador e irresponsable, abandonó este mundo.

Lo que a mi me conmovió y me sigue impactando, es el grado de amor filial llevado al clímax con los cuidados y el velorio y crematorio contratados para don Toño: de primerísima; podría yo escribir: de lujo. Sus cenizas serán llevadas a Guerrero en cuanto coincidan los hijos(as) en sus tiempos disponibles para tal caso, ya que todos ellos desean estar presentes. Como en varias ocasiones escuché sus amarguras y quejas contra el maltrato de su padre hacia ellos y su madre, confieso a mis lectores que llegué a suponer  una indiferencia y apatía rencorosa de ellos durante la enfermedad, agonía  muerte de don Toño, con quien varias ocasiones departí el vino  y la alegría en la Ciudad de México y en Guerrero.

¡Pero qué enorme, impactante y admirable lección de generosidad, comprensión y bondad me han dado esos muchachos(as)! Ante mi asombro y admiración, el mayor de ellos me confesó a inicios de este año: “no es tanto por amor, Jaime, como quiera fue nuestro padre, y como haya sido de maloso con nosotros, fue el que nos sacó adelante”. Este hijo dejó de ver a su padre por mas de 40 años y fue quien organizó a los demás para atender a don Toño durante sus últimos meses. Entonces concluí: Es la GRATITUD llevada elevada hasta la excelsitud.- ¿Usted qué opina?

Ciudad de México, mayo 10 de 2020.

 

LOS HIJOS
Jaime Suárez
México

“El hijo sabio alegra al padre, y el hijo necio es tristeza de su madre”. Proverbios 10:1

El proverbio anterior es una gran verdad, todos sabemos cuán grande es el sufrimiento de los padres cuando sus hijos son desobedientes y practican el mal. Conozco familias en las que los papás están peleados con los hijos, hay resentimientos entre los hermanos, no se ayudan, etc. Y toda la familia sufre.

Mi esposa y yo tenemos el privilegio de que nuestros dos hijos son personas de bien, trabajan, se divierten, se llevan bien entre ellos y se ayudan siempre que hay necesidad. Nosotros somos felices porque nuestros hijos nos cuidan y aman, siempre están atentos a nuestras necesidades.

Hace tiempo, después de poco más de dos años de feliz matrimonio seguíamos esperando que naciera nuestro primer hijo, no estábamos desesperados, pero sí anhelantes; entonces se me ocurrió componer mi primera canción para ese bebé que sólo vivía en mi corazón y mi esperanza. Entonces surgió la que escribo a continuación.

¿Dónde estás?

¿Dónde estás, dónde estás
mi pequeño, dónde estás?
¿dónde estás, dónde estás
mi pequeño, dónde estás?,

ven aquí, ven aquí,
que te quiero conocer;
ver tu rostro y escuchar tu risa
y contemplar sin prisa tu mirar;
darte un beso y platicar contigo
como dos amigos, y jugar.

 Ya verás, ya verás
qué bonita es tu mamá,
ya verás, ya verás
qué bonita es tu mamá;

yo ya sé, yo ya sé
que te quiere conocer;
ver tu rostro y escuchar tu risa
y contemplar sin prisa tu mirar;
darte un beso y platicar contigo
como dos amigos, y jugar.

Nuestro niño nació al tercer año de nuestra boda, ahora ya es todo un hombre, padre de familia y feliz esposo.
            Después de cinco años nació nuestra bebita, una niña preciosa, querida por toda la familia, por supuesto que merecía una canción (la primera para ella), y así fue como escribí lo siguiente:

ALINE ELIZBETH

Aline, Aline, Elizabeth,
te miro sonreír
y olvido mi pesar,
tus ojos me enamoran
chiquilla de mi amor.

Aline Elizabeth
ternura sin igual,
tu nombre es mi canción,
la canción que de niño soñé.

Tu voz, Aline, es musical,
cuando dormida estás
pareces de algodón,
y luego al despertar
platicas sin parar.

Aline Elizabeth
ternura sin igual,
tu nombre es mi canción,
la canción que de niño soñé.

Tu cuerpo es como un bombón,
tu cara es como un Sol,
tu boca es una flor,
pequeña que robó
mi mente y corazón.

Aline Elizabeth
ternura sin igual,
tu nombre es mi canción,
la canción que de niño soñé.

Y la niña creció; ahora es una linda mamá que se dedica a trabajar, al hogar y… sigue estudiando.
“Corona de los abuelos son los nietos, y la honra de los hijos, sus padres. Proverbios 17:6
Tenemos cuatro hermosos nietos, inteligentes, simpáticos y cariñosos. Les gustan diferentes actividades, tanto deportivas como artísticas. Para ellos escribí esta canción, que no es la única.

MI JUVENTUD

Mi juventud
se alejó poco a poco
y la vejez
callada llegó,
ustedes son
la alegría de mi vida
me gusta ver
su carita feliz.

Quiero mirar
que en su camino
puedan lograr
felicidad,
que sin dudar
siempre se esfuercen
para vivir,
para vivir
llenos de amor.

Son para mí,
nietecitos queridos,
la bendición de esta mi vejez,
pido a mis Dios
que los cuide y bendiga
para gozar su feliz juventud.

Amable lector, te ruego me dispenses la falta de modestia, pero parte de la felicidad consiste en compartirla.
Que Dios te cuide y muy pronto podamos volver a nuestras actividades habituales, pero con una nueva perspectiva llena de amor al ser humano y a la naturaleza.

 

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