NARRATIVA Y POESÍA RELIGIOSA

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Julio 2.020  nº 33

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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

LA ESCUDILLA DE BARRO EN LA VIDA DEL ALFARERO
Néstor Barbarito de Cervantes
-Argentina-

Hoy se me ocurre que es válido formularme una vez más la pregunta: ¿al fin de cuentas, qué es el hombre para que Dios se ocupe de él; para que lo ame tanto?
Se ha dicho, y estoy convencido de ello, que Dios es más grande que mi razón, más grande que mi conciencia. ¡Es más grande que mi pecado! (Cf. 1 Jn 3, 20)
También se dice que el corazón es la cuna de los sentimientos: lo más bello y valioso de cuanto Él nos dotara. Y aunque Dios es infinitamente más grande que mi corazón, sin embargo, quiere habitar en él (Cf. Jn 14,23).
Creo que el más enorme misterio del amor que siente Dios por el hombre es que haya creado en él un corazón capaz de albergar sentimientos tan hondos (para el bien y para el
mal), y que lo haya creado con el propósito y fin de vivir en él; de tener su “refugio” en él, como vos y yo tenemos un amigo querido en quien descansar de preocupaciones y
desvelos.
Ya desde un comienzo hallaba Dios, nos dice la Biblia, un gozo en estar con el hombre. «Lo buscaba paseando por el jardín a la hora de la brisa» (Cf. Gen 3,8-9). Y en el libro de Sofonías leo: «Yahvéh, tu Dios, está en medio de ti. ¡Un poderoso salvador! Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo» (So 3, 17). Ése es el sentimiento de Dios por nosotros.
Cabe que nos preguntemos: ¿habría en la Naturaleza divina una necesidad profunda, recóndita y misteriosa? ¿Un deseo esencial e íntimo que atenazaba el divino Corazón, y lo impulsaba a la aventura de dar vida a una criatura, que –Él bien lo sabía-, le iba a ser tan esquiva y problemática?
Las condiciones síquicas, y espirituales de que lo dotara, únicas entre todos los demás seres del planeta (y quizás del universo), dan cuenta de la enorme predilección que tuvo Dios para con su creación más amada.
Dirigir la mirada a nuestro alrededor, al escenario en el que se desenvuelve la vid del hombre cotidianamente, nos da cuenta de la delicadeza y dulzura que Dios ha tenido para con nosotros. Porque el hombre, por un exclusivo y singular privilegio, es el único ser de su entorno que puede apreciar, gozar y aprovechar tantas maravillas y riquezas como nos ofrece este mundo al que, sin dudar, podríamos llamar, como lo hace la misma Biblia, jardín o paraíso terrenal, aunque el mismo hombre se empeñara luego en transformarlo en un páramo, como está sucediendo en nuestros días.
Tengo para mí que, si Dios, en su infinita sabiduría, soñó y decidió emprender la aventura de crearnos, sabiendo lo que le costaríamos a su Hijo, ha de haber sido sin duda porque no pensaba hacer del hombre un ser pequeño e intrascendente; uno más de entre tantos seres que crearía, sino alguien capaz de dar cabida a los sentimientos más profundos y enormes, engendrados y nacidos de la matriz de los suyos propios.
Si cualquiera de nosotros tuviera el poder de hacer a sus hijos según su voluntad, no dudo de que pondría en ellos las más importantes virtudes. Los haría honestos, valientes, generosos, fieles en la amistad, sin dobleces…y por supuesto, los haría libres, y pondría en sus corazones puertas que pudieran cerrarse al mal, para preservar esas virtudes,
Y así, con el corazón de una madre que sueña a sus hijos, creó Dios al hombre, y le sembró la semilla de esos sentimientos, con aspiraciones de Cielo y eternidad para sí mismo y para sus hermanos, que luego el mismo hombre podría llevar a su expresión más elevada.
Pero como nosotros no atinamos a cerrar a tiempo aquellas puertas para impedir que el pecado se adueñara de los corazones, para rescatarnos de la insensatez y locura en que habíamos llegado a caer, optó Dios por enviar al mundo lo mejor de Sí: el Hijo de sus entrañas, «para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga vida eterna» (Jn3,16). Así ponía el sello definitivo a su obra maestra. Aquél que Él creara para ser su amigo, su hijo: el hombre, era recuperado para Sí, por su Hijo, el Cristo.
En este tiempo en que el Espíritu me revela, a través de su Palabra que sopla suavemente en mi interior, aquello que te decía al comienzo de esta reflexión: que Dios es mayor que nuestra razón, nuestra conciencia y nuestras miserias, creo barruntar la paradoja de que Dios, que es más grande; infinitamente más grande que mi corazón, tiene sin embargo morada en él (Cf Jn 14, 23). Y porque «es amor» (1 Jn 4, 16) y tiene por mí tanta predilección y vive en mí, conoce mejor que yo mismo las intenciones que me mueven, y esa ha de ser la razón de su misericordia y su perdón para mis “aflojadas”. Sin duda es por eso que me da cada día nuevas oportunidades de rectificarme y crecer en la fe, en la esperanza y en el amor que me regaló. Yo solamente debería atesorarlos y ponerlos por obra en mi vida, para llegar a ser el hombre que el Padre soñara.
Te ruego que todos esos “mí” que me atribuyo arriba, vos los hagas tuyos. En verdad me refiero a cada uno de nosotros.
A los que aceptáramos la ofrenda que el Hijo nos había hecho, y le franqueáramos las puertas del corazón, nos tenía reservado un destino de grandeza inmerecido e impensado para la criatura: compartir su propia naturaleza divina por toda la eternidad. ¡Por un milagro de amor, la escudilla de barro podía llegar a compartir la vida de su Alfarero!
Por eso te digo hoy: ¡levantate y gritá vos también tu gozo de haber sido elegido su amigo, su hijo! Cristo te está diciendo en este mismo momento: “Te espero en la Casa de mi Padre, que es también el tuyo, para que bebamos juntos el vino nuevo” (cf. Mt 26, 29).
La idea de poder llegar a compartir con Cristo su casa, su pan y su vino, y por Él y en Él hasta la misma Naturaleza divina, fue arraigando lentamente en mi corazón, a pesar de que mi razón me decía que era una locura. Hoy estoy seguro de que es una locura. Es la locura del amor de Dios, que es la única y verdadera cordura y sensatez. «Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres» (1 Cor 1, 25).
Con esta firme convicción, quiero vivir lo que me resta, atesorando lo ya vivido –lo bello y lo feo- como una enseñanza ininterrumpida, y brindando a los hermanos lo poco
que tengo y sé.
Ahora que estoy mucho más cerca del final que del inicio, estoy firmemente convencido de que la vida no acaba con la muerte. Sé que ése es el necesario, aunque doloroso, salto para salvar el último gran escalón de la evolución, y gozar definitivamente de Dios en la gloria. Por eso la espero sin ningún temor, como la crisálida aguarda la mutación que, liberándola de sus envolturas la transformará en mariposa, y le permitirá volar en libertad.
Si acaso te sintieras desanimado por las deserciones en tu entorno, no te alarmes. La falta de fe, las crisis de desacralización en el mundo, no son nuevas. Periódicamente ocurren. ¡Coraje: Jesucristo ha vencido al mundo! (Cf. Jn 16, 33). Te animo a que confíes en que lo positivo, lo esperanzador: la fe que te regaló. Ella es más potente que el mal y sus consecuencias. Para eso es preciso que hagas tu parte en la tarea de construir el Reino desde el aquí y el ahora, arrimando tu granito de arena. Esto es: poniendo la mente, el corazón y los brazos al servicio de los hermanos. Con la enorme alegría de haber sido escogido por Dios para vivir y contagiar la esperanza en Cristo y en el destino de gloria que nos tiene prometido.
Las imágenes de la nueva tierra y el cielo nuevo que nos adelanta el Apocalipsis, enNespecial en sus capítulos 21 y 22, involucran también al hombre nuevo, que, con laaceptación de Jesucristo, nació a una Vida que no terminará jamás, porque Dios mismo sembró en él su propia semilla de eternidad, y seremos para siempre con Dios, como Dios, en Dios.
Por todo esto me regocijo, y te invito a que proclames junto conmigo ese gozo, con elBgrito de júbilo que nos propone Isaías: «¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la
gloria del Señor amanece sobre ti!» (Is 60, 1).

«Se decían: ¿no ardía acaso nuestro corazón,
mientras nos hablaba en el camino…?»
(Evangelio de San Lucas 24,32)

BRASAS
Néstor Barbarito de Cervantes
-Argentina-

¡Cuántas veces, Señor,
cuántas veces…!
mi corazón, angustiado y oprimido
por la pena y el temor,
te repitió aquel pedido:
¡quédate conmigo!

No era aquella una gentil invitación
sino una súplica ardiente:
¡Quédate en mi casa, dulce Hermano,
que el día se acaba, y mi coraje!
La noche está cerca,
y en las sombras acechan los fantasmas
de las culpas y el dolor.

Desnuda de sus pobres certezas
y seguridades humanas,
agobia al alma el desaliento,
y no conoce otro refugio que su Amigo,
Varón de dolores,
que supo como nadie
de angustias y quebrantos.
Y sin embargo…

tantas veces trataste
de hacerme entender,
a la luz de tu sabiduría,
el sentido de mis más duros momentos
y yo no comprendía…

¿Cuántas veces, Señor,
¡cuántas veces!,
quisiste revelarme el rumbo
de las cosas que ocurrían en mi vida?
y el corazón, sordo y ciego
para los signos del Cielo,
se cerraba a la docencia
de tu sabia pedagogía?
Sólo escuchaba las voces,
pretenciosas y engoladas
de las “sensatas razones”
que mi razón aportaba.

Hoy sé que estabas conmigo;
caminabas a mi lado,
y mis ojos -oscuros de fe-, no te veían.
Y sin embargo, ardían
brasas en mi corazón
por el camino.

Después de que para mí
partiste el pan tantas veces;
después de tanto peregrinar a tu lado,
con frecuencia sigo sordo
y ando a tientas.

Me cuesta comprender tus planes,
y más aún aceptarlos.
Abrirme a tu luz y tu verdad,
con disgusto a veces, otras con dolor.
¡Si hasta rezar el Padre Nuestro
me llena de vergüenza y miedo!:
vergüenza de no ser sincero,
y un miedo sordo, inconfesado;
miedo de ser escuchado
cuando mis labios dicen al Padre:
«hágase tu voluntad»

Quédate en mi casa, dulce Hermano,
porque es tarde, y la vida ya declina.
Demasiado tarde para hacer en ella
lo que el Padre soñara cuando me soñó;
lo que Vos deseaste para mí en la Cruz.

Acompáñame, Señor, lo que me queda por andar;
no me dejes ahora que camino lento
y me faltan fuerzas.
Quizás, después de todo,
aún no sea tan tarde.

Talvez sólo se trate
de abrir de par en par
las puertas del corazón,
ponerlo en tus manos y dejarte obrar,
porque sé que puedes
transformar las vidas en cualquier etapa.
Me lo enseñó el Buen Ladrón.

SOLDADO DEL IMPERIO
Teresita de Antueno
-Argentina-

Hombre muerto, yo te guardo
aunque de ti poco sepa
pues de aquí podrían robarte,
(¿para qué querrían eso?)
Mas, mi deber no es pensar:
no mando, sólo obedezco.
Yo (y a mucha honra lo digo)
soy soldado del Imperio.

Unos te decían “Maestro”,
Rabí, Hijo del Dios vivo.
Que hacías milagros, sanando
males del alma y del cuerpo.
Clamabas en la montaña,
y ayunabas en el huerto.
Que les devolvías la vida,
a los que ya habían muerto.

Al pasar estos portales,
un día te dieron ramos
y a los pocos, un madero.
No sé la causa concreta,
ni qué fechoría has hecho,
pero creo que se enojaron
cuando dijiste, sin miedo,
que tú tan sólo en tres días

reconstruirías el templo.
¡Qué descaro! ¡Qué osadía!
¡Tú! ¡Un simple nazareno!

Pero algo han de haber temido
¿Una sedición del pueblo?
Te acusaron de blasfemo,
me contaron compañeros.
Supongo que será grave.
No me toca a mí saberlo.
No soy judío. Soy romano.
Soy soldado del Imperio.

Vigilando hemos estado
relevando nuestro puesto
valientes, alertas, firmes,
¡qué importa si no entendemos!
Somos fuertes, somos rudos
los soldados del Imperio.

Pero alguien se aproxima.
¿Quién viene a ti, nazareno?
Estoy yendo a interrogarla
“¿Qué buscas, mujer, adentro?
Sepultado hace tres días,
sólo verás unos huesos.”

Mas, ella no me responde
y corre con atropello.
Se aleja llorando a gritos,
no de angustia, de contento.
Sorprendido la veo irse.
Con precauciones me acerco.
Estoy listo para todo
¡soy soldado del Imperio!

La piedra yace a un costado,
y el sudario está en el suelo.
¡No me he movido de aquí!
¿Cómo el sepulcro está abierto?
Nadie ha pasado ¡lo juro,
por los dioses de mi pueblo!

Vienen ahora a mi mente
montados en fuerte viento:
los milagros, las promesas,
la rasgadura del cielo,
todo lo que me contaron…
Lo que dijiste ¡era cierto!
¡No mentiste! ¡No mintieron!
Mi armadura y mi escudo
ya son demasiado peso.
Mi corazón va cambiando.
Se me doblan las rodillas
y caigo, sin más, al suelo.
Para esto me mandaron:

Ahora sí…ahora comprendo…
Ya no soy más un soldado.
Ya no me importa el Imperio.
¡Soy tuyo, resucitado!
¡Tuyo, Jesús nazareno!

 

¡LAS VÍSPERAS!
Dr. Jorge Bernabe Lobo Aragón
Tucumán-Argentina

Sí un año antes, que importa, lo que me mueve es estar este tiempo que pasa como soplo, cerca, anticiparme en este nuevo 25 de julio al gran acontecimiento que será el año próximo declarado AÑO SANTO. Cómo quien vela un hecho que nos ha marcado a fuego. Que ha dejado una huella como esas que El dejó en los senderos. Esas cosas de la fe que se prenden amorosamente enseñándonos a ver, oír, contar, trasmitir enseñanzas de vida que serán el sostén a los acontecimientos cotidianos. Anduve algunos de esos CAMINOS, los bosques me murmuraron historias de peregrinos, pero la gran historia la recibí de mi abuela narrada con enorme amor debajo de un pino en el que nos reuníamos a realizar nuestras labores. Pude arribar a Padrón donde comenzó parte de un acontecimiento que cambiaría la vida de Compostela. Y también mi vida. Allí estaba de pie frente a esa columna de piedra en la que encallara la barca que traía los restos del Apóstol Santiago custodiado por dos de sus discipulos.Seguí la ruta de esos restos hasta el Campo de la Estrella, sintiendo palpitar las sienes al contemplar la Catedral que protege los santos huesos, en esa arqueta de plata venerada. Cuantos años regresando y buscando tus senderos Santiago hasta que no hace mucho me presente ante ti y te dije necesito que conozcas a alguien, un amigo, con quien he compartido tus cosas, tus tiempos junto a Jesucristo, tu incesante andar llevando la luz y el amor.Entonce fue algo tan lindo pues mientras te abrazaba te dije…le pediré que vuele esta noche y mañana lo conozcas. Y en ese entendimiento de sueños, ilusiones de traslados del pensamiento y el alma muy poco comprendido a veces establecí un día una hora y un lugar. Lo esperaría en la escalinata de la Catedral. Y llegó, nos recibió el aroma de incienso de una misa que recién había terminado, la música gregoriana, la penumbra de un templo que queda suspendido en una santa paz de espíritus peregrinos como el de mi amigo y el mío. Lo conduje hasta el altar mayor para que pudiera abrazarlo y de alguna manera completar desde su alma tantas cosas que le había contado en la otra orilla. Justo nos despedimos en el momento en que el sol entraba radiante por una claraboya de vitrales en un lateral del recinto, solté su mano y partió con el sol. Ahora, le pedí que escribiera una “ofrenda” para que le llegue a Santiago, desde su corazón, desde esa vida entregada al bien, sin egoísmo y que compartimos, como lo que somos, verdaderos amigos. Acá desde mis cosas, abro las ventanas y te abrazo. Aprisiono con pasión el sonido, los aromas, la humedad que mi rostro lava. Y te digo…VEN…viajero amigo que dejaste huellas para poder hundir en ellas las mías. Que saciaste la sed de esperanza a veces perdida. Que has iluminado mi vida, desde esa fe que compartimos para transitar a mi modo las rutas que Tata Dios nos   marcó un día. Porque sabes amigo. Santiago, al igual que yo, te atrapó, en la palabra, en el color, en la música en  la vida misma. En todo aquello que emana de esta sangre que bulle con alegría, deseando que el Altísimo, nos  permita llegar una vez más antes de  nuestra irremediable partida…en el viaje hacia la salvación… De nuevo, una vez más, como siempre, aquí, estoy compañera de vuelo y de ilusiones mágicas, desde esas viejas sendas continentales es la que haces tintinear tus campanas y a través del atlántico desde esa orilla me llamas. Eres mi amiga, que cerrando los ojos me visualizo de manera incomparable en el sendero de la vida…La que predijo que bebería los vientos del destino, que  la lluvia sería mi  compañera y  las piedras mi mejor canción. La que me reveló que el Camino me envolvería con una ternura desconocida, abrazando “mis  muletas”, que se elevarían como símbolo de quienes la llevan para avanzar en la vida y no como una carga feroz que se debe desterrar. Esas mis muletas del alma y del cuerpo que debían convertirse en alas. Eres la misma que avistó que mi  figura sería la de un quijote de este lado del atlántico y mi arma principal la Fe. Es así como acariciaste mi alma como el hilo rojo de las almas gemelas. Eres mi compañera de vuelo, la que me percibió antes de que llegara a destino con un mechón de  mi frente disparado según venga el viento, con los ojos desafiantes buscando el mejor lugar para dar el paso, ignorando el esfuerzo y el cansancio.  Eres la que avistó al apóstol murmurándome suavemente…otro paso…otro más…falta menos…sigue. Y fue así, cuando el majestuoso monasterio, la Catedral de Compostela, me abrió sus puertas, me ofreció el reposo y la palabra justa. Ya nunca seré el mismo, todo impacta, una fuerza nueva nació en mi interior. Quise gritar y abrir  los brazos, al enfrentarme al botafumeiro y nunca pude. El viento me robó el grito y lo alejó a un lugar secreto que solo a tierra sabe y ese es su gran misterio. ¿Que hice para merecer esto amiga? Muy sencillo, Creer, tener Fe y Caminar como tú. Desde el amparo del silencio, a días del aniversario del Gran Santo de la Cristiandad, escuchamos a lo lejos el clamor de un guerrero que en un grito salvaje y misterioso nos  musita “Santiago, salva a España”. Hijo del trueno, te invocamos en un mismo grito protejas al mundo entero de esta pandemia que azota sin piedad.   

SAN PABLO EN NUESTRO TIEMPO
Elsa Lorences de Llaneza
-Argentina-

……”Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto……..

    Si leyéramos esto, sin saber quien lo dijo, pensaríamos en un sacerdote de este tiempo, compartiendo su homilía. Pero no, esto fue escrito por San Pablo a los cristianos de Roma (Rom.8,18-23) ¡Hace más de 2000 años!

    ¿Qué le ha pasado a la humanidad que nos hemos quedado en el tiempo y en lo perverso? Por qué, pese a la venida de Jesucristo y a sus enseñanzas, seguimos en la esclavitud, en la corrupción, en la ganancia de unos pocos y en la miseria de muchos y en las divisiones y el odio entre hermanos.

    Parecería que Pablo hubiera escrito su carta, inspirándose en este momento

de nuestro país. ¡Qué clarividente el Santo y qué tristes y dolorosas sus palabras! ¿Alguna vez pensaremos en cambiar? ¿O todo el sufrimiento de Cristo fue en vano?

   Pero no desesperemos. Hay otra cita de la misma carta, en la que nos da esperanza. Es en la que dice: Hermanos: yo considero que los sufrimientos del tiempo presente, no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros…….

   ¡Oh San Pablo, intercede ante Dios nuestro Señor, por esta Argentina dolorida, dividida y sin futuro previsto y que la esperanza de la Gloria del Señor, nos mueva en este arduo camino que transitamos.      AMÉN

A TI MARÍA
Raquel Olay de Leanza
Argentina

Inmaculado Corazón de María,
desbordante de amor glorificado,
a tu amparo nos sentimos cobijados
desde el alba hasta la noche cada día.

Si hay dolor tenemos tu consuelo
que nos cura, nos libera y nos anima,
son tus pies a nuestro lado que caminan
elevando nuestra alma en raudo vuelo.

Siempre atenta en las dificultades
presta a dar el buen consejo,
para salir del pozo y llegar lejos
nos das fuerza en las debilidades.

En tu puro corazón de Madre
cobijas a tus hijos con esmero,
estar entre los tuyos eso espero
y me lleves al encuentro con el Padre.

El Espíritu de Dios te ha desposado
y el Hijo en tu seno encontró el nido
que abrigó su cuerpito tan querido
con tu canto se durmió acurrucado.

Llegada la hora de nacer el Niño
San José un pesebre ha preparado,
La Sagrada familia se ha formado
En torno a la pobreza y el cariño.

Con filial amor te agradecemos
María que intercedes con tus ruegos,
por los pobres, los ancianos, los enfermos…..
te decimos, Madre nuestra ¡Te queremos!

ESCLAVAS Y SOMETIDAS
Raquel Olay de Leanza
Argentina

La Virgen Madre llora , en soledad por sus hijas,
que a causa de la miseria, la ingenuidad e ignorancia
fueron empujadas a buscar una quimera fallida.
El periódico las seducía con nefastas propagandas
con promesas, con astucia y gran malicia, y
al despertar de ese sueño, convertido en pesadilla
vieron la realidad a que fueron sometidas.
Pesadas cadenas quebrantaron su alma
ultrajando su cuerpo a cambio del vil dinero
que los clientes pagaban por un placer pasajero,
en tanto ellas su juventud marchitaban .
Un día se encontrarán, miserables proxenetas y
necios prostituyentes, ante el Supremo Juez de la Vida
y tendrán que rendir cuentas por las faltas cometidas.
Al pié del Cristo Sufriente, yo me postro de rodillas
rogando que nadie más se convierta en prisionera,
en esclava sometida, que la dignidad y libertad
humana son sagradas, y nadie tiene derecho
de apropiarse y mancillarlas.

1 comentario en “NARRATIVA Y POESÍA RELIGIOSA”

  1. Teresita de Antueno: Quisiera felicitarte por tu poema. Hace muchos años que compartimos juntas la poesía y se de tus hermosos poemas en el Café del Abrazo Literario que dirigía el Padre Hernán Pérez Etchepare qpd. pero nunca te oí uno como este. Bellísimo y me sorprendió como pudiste ponerte en la piel de ese soldado. Bienvenida compañera de sueños y poemas.

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