NARRATIVA RELIGIOSA EN ESPAÑOL

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Marzo 2.020  nº 29

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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

COLABORAN: Leonora Acuña de Marmolejo…(EUA)…Néstor Barbarito… (Argentina)…Favio Ceballos (Argentina)…Adrián N. Escudero (Argentina)…Jorge Bernabé Lobo Aragón (Argentina)…Elsa Lorences (Argentina)…

MI  VIEJO  ROBLE
Por: Leonora Acuña de Marmolejo IWA & Peace Activist

     Ocurrió en una dorada mañana de marzo 28, de 1997 en un día de Viernes Santo. Ya habían florecido los famosos cerezos en Washington llenando la ciudad de un esplendor vernal digno de verse; la primavera había llegado aquí a Long Island, con pujanza en brillante renacimiento de dramatismo cromático, cual regalo de Natura tras el triste y algente invierno, que muchas veces por la opacidad de sus paisajes, sume a muchos en un estado anímico soporoso y depresivo, llamado S.A.D. (Season Afective Disorder) o desorden afectivo por la temporada.

     Acababa de pasar el equinoccio y una luminosidad transparente y una tibieza acogedora reinaban en el ambiente. Ya habían brotado los cólquicos, los jazmines, los nardos, los narcisos, y los tulipanes, y flotaba en el aire un aroma de frescura y de renovación. Todo, como un milagro empezaba a reverdecer tras un letargo de aparente muerte. Los pajarillos alborozados dejaban oír de nuevo sus trinos cerniendo y picoteando ansiosos los tiernos y rosados brotecillos del cerezo que cual portero fiel está entronizado en el antejardín de mi casa, al pie de la caja postal como para saludar cotidianamente al gentil cartero. Los tordos, los zorzales, y los petirrojos habían comenzado a aovar en los nidos (que en casitas construídas con cortezas de árbol tengo por doquier), y en silencios rumorosos esperaban el divino milagro de ver nacer a sus polluelos.

     Eran las diez de la mañana de aquel viernes, cuando la cuadrilla de alacres mozos de la “Compañía Forever Spring” llegó diligente con sus máquinas y sierras a cortar el viejo roble. Troncharon su vida cuando todavía se empinaba altivo y orgulloso, y aún majestuoso izando las ramas que el pasado otoño había desnudado en el deshoje de su ciclo y que ahora, inocentes, esperaban el nuevo vestido esmeraldino de la primavera. Los muchachos cortaron primero sus brazos que al cielo se alzaban con donaire, mientras desde mi ventana, yo observaba con cierta pesadumbre, cómo uno a uno, se los fueron cercenando con indiferencia e impiedad; mas pensé conciliatoria que ellos sólo cumplían con la misión encomendada.

     Al escuchar los golpes de los primeros hachazos y de las ramas cayendo abatidas al suelo, experimenté un raro pesar, pero me sentí aún más apesadumbrada, y casi insensata e ingenuamente sobrecogida, cuando la sierra implacable derribó su inmenso tronco ya desprovisto de ramaje, como degradado, indefenso y sin dignidad. Hasta mis queridos vecinos se acercaron curiosos a presenciar con cierto estupor, el derribo del que aún se mostraba orgulloso como el más pujante árbol del entorno.

     Parecía como si le estuvieran quitando la vida a alguien que en su plenitud aún quería vivir. Vislumbré, casi horrorizada, la tala de este amado árbol asociado a tántos recuerdos de mi vida ( aquí en esta acogedora y amada tierra newyorkina), que en una retrospectiva desfilaron  con cierta melancolía por mi lienzo memorioso; y aunque yo había determinado cortarlo por razones de seguridad de mi casa, sentí su derribo como un acto abominable, agresivo y violento que mi viejo roble recibía inmerecidamente, inerme y silencioso.

     Visualicé entonces con dolor y conmiseración casi crísticas, el fatídico momento en el cual con crueldad felina, se priva de la vida a un ser humano, o en el caso dado en el que

como en un libamen de sangre,  bárbaramente se aplica la pena capital (que aún se             perpetúa pese a que estamos viviendo en una época de admirables progresos culturales y de toda índole; progresos que se supone vayan en pro del entendimiento y del mejoramiento humano).

     Como era Viernes Santo y me aprestaba a atender el servicio religioso de recogimiento al que tengo por costumbre asistir cada año (en el templo de St. Frances de Chantal localizado en la avenida Wantagh del pueblo vecino del mismo nombre), asocié el acto de la tala de mi árbol, con el cruento en que la  ciega humanidad, segó la vida de Jesucristo cuando aún estaba en plena juventud y quien en el momento supremo de su angustiosa muerte, clamó al cielo con las palabras deprecatorias: “¡Elí, Elí, ¿lama sabactani?” (Mt. 27-46), que traducidas significan: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?

     Por otra parte, en aquella retrospectiva de sentimientos en conflicto, recordé con cierta melancolía y nostalgia, cuando veinte años atrás (y llena de emoción, en compañía de mi esposo, y de nuestros cuatro alborozados hijos -que aún eran unos chiquillos-), había plantado con amor aquel fresco árbol en la esquina de mi jardín donde lo habíamos visto crecer frondoso y con feracidad. Por su parte, mi ahora viejo roble, también airoso como un noble guardián había visto crecer a mis retoños. Mas a pesar de que aún se erguía altivo y lujuriante y hacia el azurado cielo se empinaba como en un anhelo arcano de tocar las estrellas,  ahora en un mutismo impotentemente resignado, recibía una muerte sorpresiva: se le truncaba la vida con tajos aleves y certeros bajo el temor  y la aprensión de sus dueños de que pronto sería un árbol más añoso, ruinoso, rugoso, agrietado y sin follaje y por consiguiente, una amenaza de que quizás pudiera derrumbarse sobre la casa en las tempestades del estío, o en los vendavales del otoño.

     Es de anotar que días antes, habían pasado -como de costumbre-, los empleados gubernamentales de mantenimiento y ornato (de este mi amado pueblo de Levittown de Long Island en donde he estado afincada por casi siete lustros), cortando las ramas de los árboles viejos, a fin de que no interfirieran con el tendido de cables de la red eléctrica, y/o, plantando en su lugar otros nuevos en las verdes fajas que bordean las calzadas. 

     Una extraña melancolía de sentimientos dispersos y ambibalentes, navegó en los latidos de mi corazón transverberado al recordar que hasta ellos, respetando la imponente majestuosidad de este mi bello roble, no habían plantado cerca de él, árbol alguno aquel día de su ronda de arborización. Vino a mi mente con admiración, el simbólico acto  instaurado en mi adorado país natal Colombia, de plantar un árbol en nombre de alguien que fallece, en lugar de enviar coronas a los dolientes, como ha sido la costumbre. Ésto no sólo es una demostración de afecto y de aprecio hacia los deudos, sino también una bella manera de recordar al difunto, en un tributo místico, sublime y noble hacia el tesoro de la madre tierra a cuyo seno  han regresado sus despojos físicos.                                                                                                                                                                         No se le permitió al viejo roble echar de nuevo su ramaje (en la primavera que apenas comenzaba), que nutrido con la esperanzadora savia, sabia, le hubiese dado vida para retoñecer. Los pajarillos vocingleros no volverían a anidar amorosos ni a cerner en holgorio flirteante entre sus acogedores brazos esmeragdinos; su generosa sombra no                     volvería a amparar con su frescura a los vehículos que en el sofocante estío, eran estacionados allí cerca; su dorado follaje no adornaría más el paisaje autumnal.                                                    

     Conciliatoriamente, y buscando indulgente una razón que justificara aún más mi decisión de cortar mi viejo roble, acudí a la reflexión de que la vida es un ciclo (“sólo estamos girando en la misma constante disfrazada de cambio”, como lo expreso en el poema “Confusión” de mi libro “Poemas en mi Red”. 1992 Plaza & Janes  ), y que todo tiene su tiempo, como dice el Eclesiastés. Entonces tratando de acallar mi tardía conmiseración, pensé con indulgente filosofía: “Ya mi viejo roble cumplió casi su misión y pronto su piel se agrietará dejando al descubierto su noble carne, que cansada llorará lágrimas resineras; prefiero guardar en mi recuerdo la imagen de un lozano y pujante árbol.” Mas a pesar de todo, como un niño que se consuela con su chupete, mas con melancolía un tanto pueril y ya contradictoria, me dije dolida al escuchar cual un rugido de dolor, el crujiente estrépito del estropicio del tronco al caer derribado: “Si a mi viejo roble le hubieran dejado siquiera un muñón, él alampado por vivir, en recia exhuberancia, con tesón y bravura, hubiera echado fértiles serpollos…” Pero mi viejo amigo había sido, descuajado, talado a flor de tierra, y aún sus fuertes raíces habían sido removidas de la entraña amorosa y maternal que lo había abrigado por tántos años… De mi noble amigo sólo quedaba allí en su lugar de sacrificio, su ripio como cofre cinerario, ripio que más tarde serviría de abono y de alimento, como recursos de reciclaje que la madre natura emplea en su cíclico vivir.

     Allí en la esquina ahora vacía, en donde mi viejo roble se había levantado como un airoso monolito, más adelante como en un acto de consolación e ingenuo desagravio a la amorosa tierra de su habitáculo, yo hice un jardín lapidario mas no triste, para atraer mariposas y pajarillos. Así pues planté caléndulas, susanas, girasoles, minutisas, ásteres, lirios y lavandas.

     Como dato curioso he de decir, que al extender al jefe de los jardineros de “Forever Spring” los 300 dólares por su trabajo de tala ( lo cual deploraron mis hijos al darse cuenta, y que para mí fue como “un arboricidio”), aquel marzal día me sentí como Judas cuando desesperado, devolvió a los Sumos Sacerdotes las treinta monedas de plata que recibiera en pago por entregar en un acto traidor al Nazareno su Divino Maestro, y con las cuales ellos más tarde compraron el Campo del Alfarero (llamado Campo de Sangre por el triste simbolismo), sitio que posteriormente fue usado como lugar de sepultura para forasteros.

¡Esta es la historia de…Mi viejo roble!

AÚN HAY SANGRE ! *
Por: Leonora Acuña de Marmolejo IWA &Peace Activist

“Otra vez pondré caminos en el desierto
y ríos en la soledad”
Isaías 43:19

Hoy es abril y el campo está arropado
por el manto argentado de la diva
que aún ve deshojar el lirio sacro
¡profanando insensato el santo cáliz!

Del vernal equinoccio es luna llena
y mi alma vaga estremecida así
recordando que cruento el sacrificio
fue perpetrado el plenilunio aquel,

veinte siglos atrás de oprobio humano
en que la fiera devoró al cordero,
sin comprender que el corazón sangrante
¡se derretía en dolor para salvarla!

Hoy es abril, y tras de mi ventana,
salpicada de sangre veo la alfombra:
¡aún pasan corderos perseguidos
por la fiera que no se sacia nunca…!

 

REVELACIÓN
En el bosque patagónico
Néstor Barbarito
Argentina

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura
y yéndolos mirando
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.
San Juan de la Cruz (Cántico Espiritual)

He descubierto, Señor, tu presencia soberana en la montaña. El Espíritu me quiso abrir los ojos, y en el duro rostro de la roca adiviné tu mano y tu cincel.
Entreví tu sombra fugitiva en el claroscuro de los bosques eternos, colosales, y el misterio infinito de tus ojos que aman, en los lagos diáfanos, serenos y profundos.
Los enormes coihues de brazos extendidos me hicieron presentir tu acogida paternal, y vi el signo de mi porfiada pertenencia a Vos en el ciprés que se aferraba tenaz a la piedra, y en pie resistía el embate de los vientos.
Sentí tu aliento dulce sobre mi rostro en la fresca brisa mañanera; te oí respirar entre las ramas del cobreado arrayán, y escuché tu risa alegre en el canto estridente y burlón del chucao.
Me invitaste a levantar al cielo la mirada cuando desde lo alto me chistaba la bandurria o me alertaba el tero.
Pinceladas blancas en las cumbres y la nevisca en Febrero, supieron recordarme que a veces, en medio del verano se abate el invierno y en plena bonanza estalla la tormenta, como el aguijón de mi carne me recuerda que me modelaste en barro; que toda vida es tuya y ningún don es permanente hasta que lleguemos a nuestro hogar -tu Reino-, del cual todas esas maravillas sólo son migajas; apenas un boceto del don definitivo y preciado de la vida en Vos.
Yo estaba en el bosque cuando tu brazo, generoso y fuerte, esparció con largueza las semillas desde las copas centenarias. Después las cubriste con un tibio manto: tu mano maternal se abrió despacio, las hojitas cayeron silenciosas con morosa cadencia, como pálidas mariposas de alas frágiles, y abrigaron la simiente con ternura.
Al fin tu aliento húmedo las hizo despertar en su mullida cuna. Y vi los verdes renovales: retoños de coihue, de maitén y de radales; de ciprés, de lenga y de pehuén: ¡la vida! Tan porfiada y tesonera…
La quieta y silente catedral me vio postrado ¡y te alabé, Señor, y te bendije! Te di gracias.

MARÍA, LA DE LAS ALAS DE ÁGUILA
Néstor Barbarito
Argentina

«Y apareció en el cielo un gran signo:
una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies
y una corona de doce estrellas sobre su cabeza».
(Apoc 12,1)

Esta edición de la riquísima revista que tenemos “entre manos”, cuyos valores son manifiestos y permiten a los autores expresar su pensamiento en libertad, tiene como referencia principal la figura de la mujer. Esa orientación deseada, me hizo reflexionar acerca de la que, en mi consideración y mi amor, es la más alta expresión de lo que Dios soñó al crearlas: La Santísima Virgen María, Madre de Jesús.
Aquel amor es el que me invita a compartirlo con mis amigos “aristolianos”, porque sé que, aunque algunos no compartan mi fe, son respetuosos de las grandes figuras de la humanidad. Tal Ella. Las visiones de San Juan en el Apocalipsis dicen, poco más adelante del párrafo del epígrafe, que después que ella dio a luz a su Hijo, el Dragón se lanzó en persecución de la Mujer, pero ella recibió «las dos alas del águila grande, para volar lejos de la serpiente» (Apocalipsis 12, 14).
Aunque la mayoría de los biblistas opinan que la Mujer de la visión de Juan, simboliza al pueblo de Dios, leyendo íntegramente este capítulo 12, creo entender algo más sobre el papel que la Santísima Virgen juega en la economía de la salvación. Sobre todo, acerca de por qué las generaciones inmediatas a Jesús no la tuvieron más presente en el culto, y su veneración en cambio fue creciendo luego hasta adquirir las dimensiones que hoy tiene en la Iglesia Universal.
Creo que si Ella hubiera quedado en medio de la “escena” al comienzo de la evangelización, tiempo de desconfianzas, confusión y herejías hacia todos lados, quizás hubiese sido “alcanzada por la serpiente” y utilizada para confundir al pueblo que, poco a poco y trabajosamente, iba distinguiendo el trigo de en medio de la cizaña, y aceptando en su corazón la Buena Noticia. “La Bestia; la Serpiente o el Dragón”, según las distintas traducciones, son sinónimos usados por el profeta para referirse a Satanás.
En su momento se referían quizás al poder político de Roma, que perseguía a los cristianos, y también a las religiones paganas que amenazaban contaminar y confundir a los seguidores de la fe naciente, y aun quizás la referencia abarcara a los mismos judíos fundamentalistas, que intentaban frenar la expansión del cristianismo —“la nueva herejía”—, poniendo trabas y urdiendo engaños y calumnias.
En cambio luego, cuando, gracias a la machacona predicación de los Apóstoles y sus primeros sucesores, sellada en incontables oportunidades con la rúbrica de la sangre del martirio, las comunidades fueron entendiendo con mayor claridad quién era quién en la obra de la Redención, y la presencia de la Virgen fue creciendo en la piedad popular y en el culto oficial de la Iglesia. El conocimiento de su papel en la vida de Jesús y en su obra de salvación se fue desvelando de a poco, y al fin pudo ser conocido y evaluado en su justo término sin incurrir en graves desviaciones.
Por supuesto,preciso es reconocer que, a pesar de todo, y en alguna medida por responsabilidad de nuestros propios pastores, aunque fundamentalmente por la enorme gravitación que la maternidad tiene en la vida de los seres humanos con su virtud para contener, acompañar y consolar, pudo llegar a desarrollarse entre los católicos menos advertidos o más simples, un culto que opacara o en algunos casos casi sustituyera la importancia de su Hijo en la obra de la salvación.
Está claro que el riesgo de que el Seductor confunda a los hombres, sigue existiendo, y por eso nos es imperioso perseverar en la difusión de la sana doctrina, o al menos la transmisión del kerygma 1 , ya que siempre hay hermanos poco esclarecidos que pueden caer en la trampa, y muchos otros que coquetean con el error o la superstición.
«Dios le había preparado un refugio» (Apocalipsis 12,6) para sustraerla a las acechanzas de “la Serpiente”. Pero ahora, que la Iglesia ya tiene su fundamento firme, gracias a la acción del Espíritu apuntalada por la firmeza de sus mártires, y consolidada por la fe y la perseverancia de sus confesores, “María ha vuelto del desierto”, y participa activamente en la defensa de sus hijos que son tentados y combatidos por “El gran Seductor”.
Ahora puede Ella cumplir cabalmente la tarea para la que Dios la destinó. Después de dar exitoso final a la de criar y cuidar amorosamente a su Unigénito, el Señor le encomienda ahora la misión de irradiar y hacer amar el Nombre de su Hijo y recordarnos hasta el final de los tiempos a nosotros, que también somos hijos suyos en Cristo: «Hagan todo lo que Él les diga» (cf. Juan 1,5) .
Creo que también en esto hay una regla de oro que respetar: “Si la devoción a María te retiene sólo en ella, desconfía; probablemente no es de Dios”. No existe un catolicismo ‘mario céntrico’. Es más: no existe un cristianismo mario céntrico. Eso no es de sana doctrina. Si, en cambio, además de ofrecerte su amor y protección, te arrima a Jesús -sobre todo a su palabra y a la eucaristía- esa es, sin dudas, una acción del Espíritu. Ella está cumpliendo el rol de portadora de Cristo, que Dios le confió.
María no ha sido despojada de “las dos alas de la gran águila” ni lo será ya por la eternidad. Es por eso que puede volar tan alto. Y también ayudar a hacerlo a sus hijos –hermanos en el Hermano mayor, y coherederos del Reino con Él-, guiando y protegiendo a los que se confían a su Corazón Inmaculado. Por eso me da gusto y alegría llamarla MARÍA, LA DE LAS ALAS DE ÁGUILA.

CRISTO DE LA ROSA
Favio Ceballos
Argentina

¡ay rosa de mi querer
no te voy jamás a olvidar¡
 María Regueira López

Que tus pétalos son seis y tu tallo sólo uno
Que  Saturno te ha encantado para calmar el lamento
Y por destino de cronos devenido en juramento
Tú compartes la fragancia que no hace mal a ninguno.

Ya es tu color esa gracia de tu púrpura oportuno
Como sangre suelta al aire la libertad en un intento
Tus pétalos son las alas del corazón surca viento
Agua de cielo a tu hambre, rocío de desayuno.

Vuelvo a cantar y en tu nombre retorno a lo más querido
El mal se fue y el ahora no corta tu juramento
Tu elemental en custodia
hace el color y te nombra

Vuelvo a reír y en tu centro miro…  tu ser florecido
Me enseñas a ver el mundo de otro plano de sustento
Como Jesús siendo el Cristo florece en Cruz sin la sombra.

LLEGÓ LA HORA
Favio Ceballos
Argentina

«desplegar las alas
sumergidas en rimas.»
Alicia de la Paz Ortiz Cuevas

La inocencia, presente nos rescata
Nos vuelve a nosotros sin apuro
aquel de contemplar silencio puro
y dejar atrás pronto lo que ata

la ilusión de un tiempo que nos mata.
De la rima rompe cascarón duro
y de las alas quiebra su conjuro…
aprender a volar de eso se trata.

La fuerza se ha perdido en el pasado
y en el futuro irreal que se diluye…
¡con una carcajada entra ahora

al espacio feliz, inmaculado.!
Esa Luz eternal que te construye
abrió alas de amor… llegó la hora.

TIEMPO DE TURISMO INTERIOR
Prof. Adrián N Escudero
Argentina

“Somos ciegas gargantas de la noche, nosotros, los ausentes, los insomnes”
             (Beatriz Guadalupe Camacho – Poemas “En mitad del canto”, 2014)

   Hoy día, el Tiempo sagrado de Cuaresma y de Resurrección Pascual, nos invita según los magistrales designios divinos, y mediante una forzada prueba personal y colectiva a nivel mundial, suscitada por la imprevista aparición de un virus pandémico llamado “coronavirus”, a dejar de lado las mundanas propuestas de turismo exterior, así como el narcisismo y la insensatez (o humana estupidez) con que generalmente nos movemos, acicateados por los disvalores y acuciosos de un mundo despersonalizado, promiscuo, violento y consumista.

    Es que para muchos, incluso para algunos creyentes, en lugar de constituir éste un sacralizador espacio de recogimiento y encuentro especial con un Dios que nos recuerda que nos ama, y que está dispuesto a sacrificarse por nosotros, enseñándonos mediante su Mandamiento de Amor Ofrenda,Fraterno y Hospitalario,a ser verdaderamente Humanos, y a encontrarnos o reencontrarnos, según el caso, con Él, con nosotros mismos y con nuestros congéneres, se trastoca inadecuadamente en un Tiempo de Disipación o de un Naturalismo despojado de la luz Crística.

   En tanto que el Tiempo Cuaresmal, tiene en verdad como objetivo fortalecernos en santidad contra el embate del mal en todas sus formas. Tiempo de particular y comunitario pésame (arrepentimiento, conversión y reconciliación) por los pecados y errores cometidos en el tráfico existencial contra el Creador y su Obra. Tiempo de volver a ser amigos de Quien ha sido, y a costa de su preciosa sangre (Cordero Pascual), el que se ha dado como ofrenda eucarística perpetua en esta tierra, y hasta el Fin de los Tiempos o Parusía, donde volverá con poder y gloria a recoger su cosecha de hombres de buena voluntad para hacerlos morar en su Casa,  tras una eternidad de delicias espirituales. Tiempo entonces de reconciliarnos con  Él (dador de toda Vida, y ungido por el Espíritu Santo en su Hijo Unigénito como Camino, Verdad y Vida Eterna) y con nuestro próximo, haciéndolo prójimo –cercano- a/en nuestras vidas (Parábola del Buen Samaritano – Lc 10, 25-37).

    Tiempo que alienta a estar centrados en la oración (que atrae y confirma en la Fe), el ayuno (que fortalece la Esperanza en un mundo mejor) y la caridad (que no llama a tender la mano a los hermanos más necesitados de la providencia y misericordia divinas, activando nuestra sacramental personalidad de profetas, apóstoles y soldados del Reino de Cristo, Nuestro Señor), para disponernos a encauzar nuestros primordiales objetivos existenciales y de administración de recursos y dones recibidos gratuitamente por Quien todo lo realiza en nosotros y conforme nuestra confianza en Él, a fin de encarar con entusiasmo fiel y fervoroso candor, lo que San Agustín diera en llamar: “turismo interior”. En tal sentido, no podemos dejar de tener en cuenta, que hay países como Uruguay, donde a la Semana Santa se la llama sólo:  Semana del Turismo.

   Sin embargo, y para quienes han sido bautizados como hijos de Dios y comprometido sus vidas a vivirla conforme Sus Mandamientos y Preceptos, dicho Tiempo calendario no es una Hora de Disipación Espiritual, sino una Hora de Conversión (dentro) y de Acciones Evangélicas (dentro y fuera del ser). Y puesto que el sendero fue, es y seguirá siendo angosto, muy estrecho (y exigente, sin tibiezas, en la responsabilidad de empleo de derechos y deberes humanos) para entrar en el goce de las primaverales primicias aún terrenas del Reino Celestial, y más todavía, en su eterna, celestial trascendencia. 

 Por otra parte, recordemos que en la ocasión, Cristo nos impele enfáticamente a amar al enemigo y a orar por el adversario. Y lo hace porque es Misericordioso. Pero también es y será justo Juez cuando finalice este Tiempo de Misericordia con Justicia. Si bien, no será propiamente Él, sino nuestros hechos y palabras las que nos juzgarán frente al Padre y en el atardecer de la vida. Ahora, Tiempo de Misericordia por supuesto, excepto para la blasfemia contra el Santo Espíritu (con Justicia): comprendiendo al hombre, pero sin justificarlo en sus andanzas (“Mujer, yo tampoco te condeno. Vete; pero no peques más” – Jn. 8, 11), sino enseñándole a anular –irrestrictamente- al pecado, al error y a la ignorancia. E instándole, a tiempo y a destiempo, a superar los verborrágicos, vacuos, voluntariosos y hasta ingenuos “ideales y proclamas” de y por la Paz, hasta bien alcanzar las auténticas Realidades del Amor Perfecto y de la Paz verdadera.

   Y no hay atajos, ni poéticos ni diplomáticos ni verborrágicos. No hay atajos. No hay atajos laicisistas ni liberticidas. No hay lugar para ciegos que guían a ciegos. No hay atajos. Lo siento por aquellos que piensan o creen de otro modo. La Verdad verdadera, que es Luz del Mundo, fue rechazada. Y lo sigue siendo. Ahondar más, ahondar más, ahondar más. Sólo cuando seamos verdaderamente humildes, y nos reconozcamos en la pobreza del Niño de Belén (que siendo grande y divino se hizo pequeño y humano) encontraremos las Gracias beatíficas del Señor, del mencionado Amor Perfecto (Ofrenda) y Paz verdadera. Será cuando Él habite en nuestros inquietos corazones transidos santamente por su ley. Porque nadie da lo que no tiene. 

   Y si Dios Uno y Trino que es Amor, Justicia y Paz, no tiene cabida cuando llama al portal de nuestra alma, ni ese Dios (ni ningún otro, digo, por las dudas y en favor de los que no son cristianos) puede (podrá) hacer nada por nosotros, por el hombre uno y por el Hombre todo, varón y mujer. La llave del corazón se abre por dentro. Y Dios (en mi caso, Abbá) jamás resignará en nosotros los dones que hacen del ser humano imagen y semejanza suya: sin nuestro permiso, jamás invadirá ni nuestra libertad, ni nuestra inteligencia, ni nuestra voluntad. Ni tan siquiera nuestra nostalgia de Él… Porque hasta los incrédulos, ¡oh grandeza celestial!, tienen impresa en su conciencia la diferencia entre lo bueno y lo malo puestos a tejer la trama de la existencia humana.-

LA VIRGEN
“CORREDENTORA”
Dr Jorge Bernabé Lobo Aragón

Es sabido que la Virgen María, junto a la Cruz, no sólo ha participado en forma eminente en el misterio redentor – corredención – sino que ha compartido, místicamente, la misma muerte de su Hijo. Así reza una oración litúrgica dirigida a la Virgen Madre: “Dichosa tú que, sin morir, mereciste la corona del martirio junto a la Cruz de tu Hijo» .En el misterio de la asunción, la Virgen María se convierte en el «icono escatológico de la iglesia peregrina», es decir: Al ser entronizada en cuerpo y alma en la gloria, todos nosotros estamos incluidos en este triunfo anticipado. Ella es actualmente todo lo que la Iglesia peregrina aspira a ser en un futuro. Es verdad que nuestra pascua o paso a la vida eterna tiene dos etapas: la muerte física y la resurrección al fin de los tiempos. Sin embargo, lo esencial es nuestra entrada en la gloria después de nuestra muerte. En efecto, en este mundo el alma necesita de las imágenes sensibles aportadas por el cuerpo para entender y gozar, pero en el cielo no conoceremos por imágenes sino que Dios mismo será a la vez la imagen, el objeto de la visión y el gozo beatíficos. Por lo tanto, la resurrección de los cuerpos al fin de los tiempos no aportará un cambio o progreso esencial a nuestra gloria sino sólo accidental. El alma que goza de la visión beatífica tiene ya una gloria perfecta y completa, ya que la raíz misma de la sensibilidad permanece en ella. Veamos, nuestra propia muerte como una participación viva, actual y fecunda en el misterio pascual de Cristo. Al detenernos, en el misterio que inmediatamente precedió a su Asunción, su pascua personal, decimos que con ocasión de la definición dogmática de la Asunción en cuerpo y alma al cielo de nuestra Madre (1º de noviembre de 1950) se multiplicó el interés de los fieles y de los teólogos por el modo puntual y concreto en que tuvo lugar esta Asunción. En otras palabras: la Virgen María fue asunta al cielo en forma directa e inmediata, sin pasar por la muerte física; o por el contrario, murió como cualquier otro cristiano y luego resucitó y fue asunta al cielo. La cuestión de la muerte (o inmortalidad) de la Virgen no es un tema menor: morir o no morir, ésa es la cuestión. Lo primero que nos interesa saber en este punto es qué dice la Iglesia. El tema fue especialmente estudiado por el Siervo de Dios Pío XII y sus asesores en la preparación de la definición dogmática de la Asunción de María. El resultado de estos estudios es curioso: a pesar de que hay una fuerte tradición sobre la muerte de la Virgen, el Papa de la Asunción decidió dejar este tema al margen de la definición dogmática. Así se expresa en la Bula Munificentissimus Deus: «… La Santísima Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta al cielo en cuerpo y alma…».Es bien sabido que el sabio Papa quiso expresamente dejar la cuestión de la muerte de la Virgen en el mismo estado en que se encontraba el día de la definición dogmática de la Asunción. Nadie, hoy por hoy, puede afirmar tajantemente en nombre de la Iglesia que la Virgen murió (o no murió).En cuanto al Concilio Vaticano II, son muy pocos los que han hecho notar que también ha querido dejar al margen el problema del fin de la vida terrena de la Virgen. Sabemos que había dos fuertes corrientes en este Concilio: la corriente llamada «cristotípica» y la «eclesiotípica». Los primeros querían que el tema de la Virgen María ocupara un documento aparte, y los segundos que se incluyera en la Constitución sobre la Iglesia. Entre los primeros, los de la corriente «cristotípica», sobresalía un grupo importante de teólogos españoles que no sólo presentaron un proyecto de Constitución mariana independiente, sino que incluían la muerte de la Virgen expresamente «en semejanza a la muerte de Cristo”. Los Padres conciliares, después de arduas y difíciles sesiones, optaron por un camino intermedio entre las dos corrientes: no habría una Constitución Mariana independiente, pero el tema de la Virgen ocuparía todo un capítulo aparte en la Constitución sobre la Iglesia (Lumen Gentium, cap. 8).He aquí una concesión a los «eclesiotípicos». Pero el gran Papa Pablo VI en discurso memorable del 21 de noviembre de 1964, con ocasión de la promulgación de la Constitución Lumen Gentium, proclamaba solemnemente a la Virgen María como «Madre de la Iglesia», título cuidadosamente evitado por los eclesiotípicos, que consideraban a la Virgen como un miembro más de la Iglesia, de ningún modo su Madre. Así se expresaba el llorado Papa: “Para gloria de la Santísima Virgen y para consuelo nuestro, proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo cristiano, tanto de los fieles como de los pastores, que la llaman Madre amantísima; y decretamos que, desde ahora en adelante, con este nombre suavísimo, todo el pueblo cristiano honre todavía más a la Madre de Dios y le dirija sus oraciones”. Hoy nos parece absolutamente normal honrar a la Virgen como Madre de la Iglesia, pero esta «definición» del Papa del Concilio costó sangre, sudor y lágrimas, tanto al Papa como a los Padres conciliares. Ha sido una ocasión más en la cual el gran Papa nos dejó un ejemplo no sólo de cómo amar y servir a la Iglesia sino también de cómo sufrir por ella. En cuanto a la muerte de la Virgen, tampoco la tocó esta vez el Concilio. Dejó todo en el lugar que estaba en el momento de la Definición dogmática de la Asunción. Sin duda: el tema es importante, tanto para la Virgen como para sus amantes, pero el hecho es que no nos ha sido revelado el modo de la Asunción. Es verdad que la tradición sobre la muerte de la Virgen es muy antigua, pero cuando el estudioso del tema se sumerge en los códices originales se encuentra con una sorpresa: ningún documento oficial de la Iglesia primitiva habla del fin de la vida terrena de la Virgen. Ni los Evangelios ni los primeros Padres nos dejaron un testimonio directo y creíble sobre la muerte de la Virgen. Es más, un Santo Padre de la Iglesia primitiva, San Epifanio de Salamina, se ocupó expresamente del tema, y llegó a la siguiente conclusión: «Si murió o no murió, no lo sabemos, no nos ha sido legado». Este testimonio de Epifanio es particularmente valioso, porque es uno de los mejores conocedores de la tradición jerosolimitana, incluso llegó a ser Obispo de esta ciudad. Hoy, siglos después, la doctrina es la misma. Desde el siglo II se venera una «tumba de la Virgen» en Jerusalén (hoy custodiada por los musulmanes), pero el origen de esta tradición es enteramente apócrifo, sin ninguna autoridad eclesiástica. Por otra parte, se venera otra tumba de la Virgen en Éfeso, fruto de revelaciones privadas, sin fundamento documental alguno. Son muchos los santos predicadores que han hablado de la muerte de la Virgen, pero con la intención de ponerla como ejemplo de muerte cristiana, no porque se hayan detenido a examinar el tema. Entre ellos son dignos de mención grandes santos marianos como San Bernardo, san Alfonso María de Ligorio, San Luis María Grignon de Montfort, San Francisco de Sales, entre otros. El argumento de la Tradición no es, pues, concluyente en ningún sentido. No debe extrañarnos que una cuestión tan importante para nosotros no nos haya sido revelada. Tampoco se nos ha revelado si son muchos o pocos los que se salvan: El Evangelio da margen para varias sentencias opuestas entre sí. Ni siquiera se nos han revelado aspectos muy importantes de la vida de Jesús, que a todos nos interesaría saber. Una razón que los «mortalistas» suelen esgrimir en apoyo de la muerte de la Virgen, es la conformidad y semejanza con la muerte de Cristo. Dije antes que existe una perfecta y completa conformidad entre la muerte física de Cristo, como Redentor, y la muerte mística de la Virgen (junto a la Cruz), como socia del Redentor o corredentora. Es la espada de dolor que predijo el anciano Simeón. Urgir este paralelismo hasta los detalles físicos es un paralogismo no justificado. En efecto, todos los mortalistas afirman sin vacilar que la presunta muerte física de la Virgen fue en un acto de amor, no una muerte afrentosa, dolorosa, martirial. Como dice la oración litúrgica que citamos, la Virgen se asemejó a su Hijo junto a la cruz, con-muriendo místicamente con Él y corredimiéndonos «junto a Él y bajo Él» (la expresión es de Pablo VI).Por otra parte, precisamente desde el punto de vista físico, la muerte de Cristo no puede compararse con la (presunta) de la Virgen. Aunque el alma es espiritual y, por lo tanto, inmortal, su unión sustancial al cuerpo es real y vital: sin el alma, nuestra carne pierde su individualidad y ya no es un cuerpo sino un cadáver (Caro Data Vermibus: alimento de los gusanos).El alma no pierde su individualidad porque, como dijimos más arriba, la raíz de la sensibilidad permanece en ella. La capacidad de conocer y amar no sólo permanece intacta sino que se potencia y transfigura al ser actuada por la luz de la gloria (lumen Gloriae) y no estar condicionada por las limitaciones de la carne. En cuanto a Cristo muerto, debe hablarse propiamente de «cuerpo» de Cristo, no de cadáver, porque sigue perfecta y completamente individuado por la Divinidad, ya que la Unión Hipostática es inalterable, tanto con el Cuerpo como con el Alma de Cristo. Santo Tomás dice que tanto el Cuerpo muerto de Cristo como su Alma en estado de separación son igualmente adorables, precisamente por estar unidos a la divinidad. Los mortalistas afirman  que el «cuerpo» de la Virgen permaneció incorrupto antes de su Asunción. Pero he aquí que el cadáver no es precisamente un cuerpo sino un conglomerado informe de elementos físico- químicos. En este sentido, la muerte en sí misma es una corrupción, aunque no haya putrefacción. Pasemos ahora revista a los argumentos de los «inmortalistas», es decir, de aquellos que sostienen que la Virgen fue asunta al cielo en forma directa e inmediata, sin pasar por la muerte. Vamos a seguir en este punto a un gran maestro de la mariología contemporánea: el P. Gabriel María Roschini, O.S.M., fundador y primer presidente de la Pontificia Academia Mariana Internacional, y primer consultor del Papa Pío XII en la preparación de la proclamación del dogma de la Asunción. Tenemos todos los marianos, una gran deuda de gratitud con este Padre de la mariología moderna, muerto santamente el 8 de septiembre de 1977, fiesta del cumpleaños de la Virgen. Contrariamente a los mortalistas, lo primero que afirman los inmortalistas es que la doctrina sobre la muerte (o no muerte) de la Virgen es un tema de libre discusión en la Iglesia y, por lo tanto, cualquier cristiano fiel puede optar por una u otra posición sin que su fidelidad a la Iglesia se vea afectada. De este modo se tranquiliza la conciencia de unos y otros. Ya vimos que un grupo de mortalistas españoles intentó «colar» el tema de la muerte de la Virgen en el Concilio. Sin duda que el mismo Papa podría manifestar su opinión personal, pero sin presionar a los fieles en ningún sentido. Es necesario reconocer que la tradición mortalista no tiene ningún fundamento documental. Es más, muchos mortalistas antiguos – Santo Tomás incluido – fundamentaban la muerte de la Virgen en el pecado original, que realmente es la causa fontal de la muerte física. Pero después de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción por San Pío IX (Bula Ineffabilis Deus, 1854) este argumento perdió toda su fuerza. Es verdad que Cristo, sin tener pecado original, sufrió y murió, pero no fue una muerte consecuencia del pecado sino en orden a nuestra Redención. Ya vimos que la Virgen también murió (místicamente) junto a la Cruz en orden a nuestra corredención. Ahora bien, consumada la Redención en la cruz (y la corredención al pie de la cruz), la muerte de la Virgen, sin pecado original, carece de causa eficiente y suficiente. En efecto, la Virgen al pie de la Cruz llegó a la última consumación de su misión en la tierra. Todo lo ocurrido después es consecuencia de esto, sobre todo la madrugada de Pentecostés. La Iglesia nació del costado de Cristo muerto en la Cruz. Pentecostés fue la manifestación gloriosa de este nacimiento. La vida de la Virgen después del Calvario es uno de los misterios más profundos y sublimes que a todos sus amantes nos gustaría conocer. Cumplida su misión de corredimirnos junto y bajo su Hijo, exenta del pecado original y colmada de gracia desde su Concepción, su vida oculta junto a San Juan debe haber sido una adoración, acción de gracias e intercesión incesantes por toda la Iglesia naciente. Es verdad que no tenemos datos concretos sobre el fin de su vida terrena, inmediatamente antes de su Asunción, pero lo espontáneo, natural y necesario desde el punto de vista teológico es su pascua (paso) directo a la gloria. Son los mortalistas los que deben aducir razones para justificar la presunta muerte de la Virgen, ya que al carecer de pecado original no tendría ninguna causa natural o racional. Podemos, pues, pensar sana, lúcida y piadosamente que la Virgen «consumado el curso de su vida terrena, fue asunta al cielo en cuerpo y alma» sin pasar por la muerte. Claro, sin herir ni descalificar a los muchos que piensan de otra manera. San Agustín decía así: «En lo cierto: unanimidad; en lo dudoso: libertad; en todo: caridad”. Termino recordando la antigua máxima: «Nuestros muertos gozan de buena salud», incluso los que deben pasar un tiempo en el Purgatorio purificándose, ya están salvados y pueden beneficiarse con el consuelo de nuestras oraciones y sacrificios. Como quería san Pío X, asumamos desde ahora nuestra propia muerte,ofreciéndola libre y espontáneamente por la vida del Cuerpo Místico. Ahora que estamos lúcidos hagamos un acto de generoso desprendimiento y aceptemos no sólo nuestra propia muerte, sino también todos los detalles y circunstancias físicas, psíquicas y espirituales que la acompañen. Vivamos intensa y apasionadamente nuestra vida terrena, pero en función de la vida eterna que esperamos y nos espera. Encomendemos nuestros muertos a la misericordia divina, para que ellos nos encomienden a nosotros una vez glorificados. Por último los dejo con el Apóstol: «Hermanos» Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino mejor. Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener yo el don de predicción y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa jamás. ¿El don de predicar?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará. Porque inmaduro es nuestro saber e inmaduro nuestro predicar; pero cuando venga la madurez, lo inmaduro se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice hombre, acabé con las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo de adivinar; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora inmaduro, entonces podré conocer como Dios me conoce. En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.

CUARESMA
Elsa Lorences de Llaneza
Argentina

Cuarenta días Señor de sufrimiento.
De pensar en tu muerte y en tu vida,
muerte claramente inmerecida
que te provocamos en el día a día.

Y llegará tu entrada entre los ramos,
y llegará tu prisión ya presentida,
y sentiré tu castigo en mis espaldas
y la coronación de tus espinas.
Y caminaré contigo por las calles
llevando yo también tu Cruz a cuestas,
y sentiré los clavos traspasarme
y subiré a tu Cruz
a compartir contigo los dolores
y la muerte que vendrá a buscarte.

Y en el amanecer de los tres días,
resucitaremos juntos:
Tú por la Gloria establecida,
yo para seguir amándote mi Padre,
hasta que la muerte me junte
con tu vida.

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