NARRATIVA RELIGIOSA( CUENTOS, POESÍA,RELATOS)

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Septiembre  2.019  nº 23

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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

 

SU MAJESTAD LA ESPERANZA
Néstor Fernando Barbarito Cervantes
(Buenos Aires, Argentina)
Los caminos del enfermo hacia el amor
Durante los años  en que me fue ofrecido el regalo y la dicha de brindarme en el servicio pastoral hospitalario, fui descubriendo los diversos caminos que la gracia imagina, para llegar al corazón de los  hermanos que, muy a su pesar, “aterrizan” en una cama del aquel viejo hospital, ya sea por haber sufrido un accidente, ya por lo que se conoce como accidente cerebro vascular (ACV) o algún otro padecimiento que, en todos los casos, les impide, por lo menos,  movilizarse o valerse por sí mismos.
Así me fue dado percibir distintas etapas por las que suelen atravesar aquellos hombres y mujeres que, en su mayoría, han pasado, casi siempre de un instante para el otro y sin transición, de poseer un absoluto dominio de su cuerpo con un estado de salud plena o bastante buena, a otro en el cual no pueden ni siquiera atender a sus propias necesidades básicas, y en algunos casos tampoco expresarse.
Al comienzo de su enfermedad, en numerosos casos, el enfermo no permite que lo alcancen ni el testimonio de la fe, ni la Palabra de Dios que uno intenta transmitirle, y no pocas veces, ni siquiera los afectos. Y se revuelve lleno de rencor en su castillo interior, como un prisionero en su celda de castigo. No pocas veces fui rechazado por enfermos que recién llegaban de la calle con su pesada carga de dolor y de resentimiento. Algunos, no sólo rechazaban las palabras de pretendido aliento, sino hasta mi propia presencia al lado de su cama. Al parecer, en mí veían ellos la delegación del Dios “culpable” de todos sus males. Y en más de un caso me lo hicieron saber.
Hubo quienes jamás aceptaron su suerte. Se enfrentaban duramente con Dios y con la vida, y no permitieron el acceso a su prisión blindada y sellada por dentro. ¡Enorme misterio el de la libertad del hombre!  Por cierto, fueron los menos, gracias a Dios. No obstante, confío y oro porque el Espíritu Santo los alcance un día con su gracia y logre conmoverlos.
Otros en cambio, poco a poco fueron cediendo en sus defensas y terminaron por capitular. La compañía y el afecto que los hermanos les brindaban —amor humano con chispazos de cielo—. Ellos habían ido horadando lentamente el blindaje, y un buen día los muros se derrumbaban y el sol volvía a asomar en el alma del hermano, tímidamente al principio, y luego, poco a poco, ganaba intensidad. No pocas veces lo vi brillar a pleno.  
Amparada en el afecto humano; mimetizada con él, entra de puntillas su Majestad la Esperanza. Primero llega la expectativa de la mejoría física; cuando ella se afirma por fin en el enfermo, la batalla puede darse por ganada. La batalla por la vida, y en muchos casos el comienzo del camino hacia la fe y el amor verdadero. Porque, aunque con frecuencia la cura física no se produce u ocurre sólo parcialmente, dejando duras limitaciones, la esperanza sigue haciendo su obra callada en el alma.
Debo hacer la salvedad de que, de los sentimientos que hasta aquí he mencionado, el afecto es el único que depende del agente pastoral o ministro del alivio, o aún del familiar o el amigo que acompaña al enfermo. Éste es un sentimiento puramente humano, bellamente humano, sin dudas sostenido y alentado por la fuerza del Espíritu Santo. La fe y la esperanza, y sobre todo el definitivo amor a Dios en que ambas, asociadas, con frecuencia desembocan al final del proceso, son virtudes infundidas por Dios en su alma. De esta acción del Espíritu he solido ser meramente un espectador admirado y deslumbrado, además de agradecido.
Quiero contarte aquí el episodio de Sergio, un muchacho de unos treinta años a quien durante varios años acompañé en su rehabilitación –por cierto muy escasa en lo físico- y preparé para recibir el bautismo que el Padre Luís le administró en la capilla del hospital, ante la unción y la alegría de gran cantidad de enfermos y visitantes. Seguí llevándole la comunión regularmente y orando juntos, hasta que una tarde, al entrar en su sala, donde estaba sentado en la silla de ruedas y acompañado por su madre, me saludó con una amplia sonrisa.
—¡Hola Néstor -me dijo-  me voy a casa!
-—¡En buena hora, Sergio, y gracias a Dios! -dije, correspondiendo a su sonrisa-. Estoy seguro de que volvés enriquecido como ser humano por la experiencia vivida. ¿No te parece?
Entonces Sergio me dio una de las respuestas más luminosas y conmovedoras que he escuchado en mis años de ministro del alivio, y aún diría que de discípulo comprometido con la trasmisión de la esperanza en Cristo:
—¿¡Cómo!?¡Soy el paralítico más feliz del mundo! Yo caminaba, pero era un muerto en vida. Ahora estoy vivo. ¡Tengo a Dios!  
¡Regalos que el Señor nos hace de vez en cuando!  Al recordar estas cosas, me siento como el burro de la fábula. Creo que esos regalos son la zanahoria que Dios nos pone ante los ojos de tanto en tanto, para que caminemos tras ella con renovadas fuerzas y determinación. Para que sigamos animosos en la tarea que Él nos confía, de consolar y anunciar la Buena Noticia a todos los hombres, empezando por los más pobres y necesitados. ¿Y quién es más necesitado que quien no tiene salud, y más pobre que el que no tiene esperanza?

» EL ENSUEÑO DE UNA MUSA»
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
Tucumán-Argentina
Todavía no puedo alzar vuelo ni desplegar mis alas a través de los milagrosos viajes astrales. Percibo que mi facultad de bilocación se encuentra contenida en busca de un objetivo especial. Lo que no  se detiene es mi deseo y avidez de estudiar, escribir o describir sobre lugares que han impactado a la humanidad. He cultivado por mis condiciones sobrenaturales de estar en lugares diferentes. De trasladarme de un lugar a otro en cuerpo y alma. Que el sueño es una de las vivencias más significativas del ser humano para viajar al mundo de los recuerdos. En los sueños es posible atravesar paredes y también como en mi caso realizar vuelos sorprendentes. Seguramente en ese estado de vigilia o semisueño y estimulado por mis experiencias pude realizar un extraordinario viaje psíquico. Mi subconsciente logró viajar en el tiempo y en mi alucinación visualice como en un viaje cósmico a quien me pareció ser mi compañera de vuelo imaginaria. Mi musa,  una gran escritora y artista la que sin conocerla personalmente se encontraba una vez más en mi sueño espiritual. Su rostro reflejaba un gran carisma y un tono de humildad desbordante. Brotaba en ella a flor de piel su enorme esencia sentimental. El escenario era sorprendente. Se respiraba un clima de confianza y armonía. Como una puerta de cristal  abierta de enorme humanidad pude distinguir en el silencio de la noche una figura envuelta en paños que trataba de escapar de la fuerza del viento y de la arenilla del mar. La mansedumbre de la mañana era su cómplice. Llegó la orilla lentamente como desplazándose sin que sus pies sintieran el suelo. Sobre una centenaria  piedra ubicó sin apuros el bolso y  sus sandalias. Sintiéndose dueña del lugar y del momento y  quizás arrebatada por viejos sonidos que le traía el viento permaneció un tiempo inamovible. La silueta se mantenía absorta, quieta, expectante como si hubiera sido trasladada al pasado y fuera testigo de  una circunstancia espiritual.  Solo recuerdo la humedad de sus pies y el borde del vestido mojado que golpeaba sus piernas como siguiendo el vaivén del agua. Alzó la vista como embelesada, casi extasiada. Aparto un papel y lápiz y sobre un caballete de finas maderas se puso a dibujar como pintando al viento un lugar inescrutable al que ella solamente podía  imaginar. Solamente pude percibir detrás del perfil de la artista un bosquejo imponente. Eran las torres de catoira. Sobre el silencio de las aguas que  desfilaban disciplinadas las imágenes se reflejaban diáfanas. En ese espejo de colores límpidos y puros se  descubrían solamente un fondo rojo de dos torres. Las quietas aguas apenas las envolvían como custodiando un cuadro intangible. La frágil pintura me elevaba en un sueño a la gran fortaleza que otrora impidiera la llegada de las tropas invasoras a Santiago de Compostela. El dibujo se elevaba  majestuoso. En ese lienzo como en un ensueño hecho realidad se irradiaba  la ciudadela defensiva que protegía la ciudad de Santiago.  El boceto mostraba las llaves y sello de Galicia formado siete torres que se encumbraban encendidas en el silencio del espacio. Al costado como una pincelada hecha al vacío una sencilla capilla de nave única se mantenía suspendida como venerando al apóstol Santiago. La ermita de las torres se elevaba gloriosa como el arco triunfal que la apoya. Detrás del  modelo se escuchan como ecos las  sombras de los peregrinos que acuden al altar después de orar ante la tumba del hijo del trueno. En  esa cadena sagrada al pie de las torres del oeste el dibujo sellaba una inscripción grabada alrededor de una  gran cruz. Una aureola boreal de manchas y columnas luminosas flotaban sobre el dintel de una gran puerta. Con  ese signo o señal de la cruz, se defiende al piadoso, con  ese mismo signo se vence al enemigo dice el epigrama. La imagen alegre y virtuosa de mi amiga, me señala con su mágico pincel la figura de un guerrero nórdico, ataviado con piel y casco con cuernos vikingos con el rostro manchado de barro y sangre. Detrás del cuadro se escucha un clamor en la inmensidad de la noche. Se percibe claramente la silueta de la nave mayor ingresando lentamente. Las caras rubicundas de los guerreros se acercan sigilosas. Los fantasmas de las tierras heladas ya son una amenaza. El clero refugiado tras la muralla de la villa de Sancti Iacobi, intentan vender caras sus almas con el fin de proteger los restos del Santo apóstol y las ofrendas que en el recinto se custodian. El bronce de las campanas no cesaba de doblar. Entre las espesas brumas  las siluetas de las naves enemigas aparecen, bajo el silencio sepulcral de las defensas. Se escucha el crujir de sus remos rompiendo con fierezas el mar embravecido. Esos guerreros de espesas barbas color del fuego y enormes hachas quedan como paralizados en una imagen que sube al infinito. La brocha de la pintora me presagia el misterio. Aquel hijo del trueno que contempló anticipadamente la gloria de Cristo y que, al fin, aprendió que para alcanzar la perfección hay primero que apurar el cáliz del dolor ningún mal los puede alcanzar. Cueste lo que cueste  es la casa de Santiago Mayor la que permanecerá inalterable hasta el final de los tiempos. Me despierto sobresaltado. Un viaje como una representación encantadora que me eleva una vez más a mi destino deseado. Santiago de Compostela. Una voz  que levanta sus  enseres y descuelga el esbozo me dice  susurrando al oído. He descubierto tu alma y nos parecemos bastante. Tu espíritu deambula en mi realidad y  en mis recuerdos. Es mi musa la de mis ensueños. La que nos encontramos a diario en vuelos que jamás olvidaremos. La que entre piedras cortadas por celtas y esculpidas por romanos nos volveremos a ver por la manos de Tata Dios al final de la tierra conocida, siguiendo la ruta de las estrellas.

A LA DOLOROSA
Elsa Lorences de Llaneza

Hay una Mujer de pie
al costado de una Cruz,
el hombre en ella clavado,
es su hijo el buen Jesús.

¿Qué sentirá en sus entrañas
la madre que lo alumbró?
¿Qué aflicción tendrá en su alma
viviendo tan gran dolor?

Siete espadas le han clavado
en su pobre corazón.
Esa Madre por herencia
es la que Cristo nos dio.

La que abraza y nos comprende
cuando sentimos dolor.
Madre mía, mi María,
que nos perdonas y amas
a pesar de que tu hijo
fue muerto por nuestra causa.

Madre mía, Mi María,
como pedirte perdón
y arrancarte las espadas
que llevas en tu corazón.

EL HELADERO
Por. Adrián N Escudero (Santa Fe-Argentina)
A la Caída.
En especial, al amigo Rogelio Alaniz, y su esperanza sin Dios…
UNO
Zacarías era, a los ojos de Dios, un ser perfecto.
  Es decir, un ser perfecto hasta donde un hombre puede serlo. Perfecto con algún defecto.
  Y sólo Dios y Zacarías sabían cuál era ese defecto…
  … Sólo Dios, y Zacarías, y el Adversario.
  Por tanto, el Adversario hubo de vestirse de extranjero, tomando previamente condición humana, y recorrer el polvo desierto del camino que separaba a su Volcán de la Ciudad donde vivía Zacarías.
  Y extremar el ingenio.
  Dios amaba a Zacarías, y Zacarías contaba con Su segura protección y suspiros invisibles; pues, cómo anhelaba Dios la perfección de su servidor. Zacarías era el fruto más logrado desde que a Noé prometiera Alianza eterna entre Su linaje y el de los hombres creados por Él.
  Así que, por el sacerdocio, había alejado a Zacarías de doncellas y dulces, y, sin por compañía había aceptado la presencia de Isabel, esto se debía no sólo al amor demostrado por ella al servidor, sino por sus escasas dotes para descifrar las veleidades terrenales de un buen postre casero.
  Por otra parte, el incienso había eliminado en Zacarías, con el paso de los años, su capacidad para distinguir entre el aroma siseante de una tarta de manzanas y el rugoso olor a brea y grasa con que ablandaba cualquier borne oxidado en carruajes o tijeras campesinas de la comarca israelita.
   No obstante, sagaz, y en el inconsciente, un defecto habitaba las entrañas santificadas (felices) de Zacarías, como un gusano de muerte incubado (e incrustado) en su cuerpo  vivo.
DOS
Aquella mañana, el inmigrante llegó vestido de blanco. Como un rayo de sol, esquivando rocas y olivares. Radiante. Getsemaní fue su primer testigo.
  Montado en un extraño artefacto, hizo oír por el cuenco metálico de una pequeña corneta como un viento de llamado, como un sonido fresco por donde el mar rugía y la brisa del océano recorría como un bálsamo helado la atmósfera ruidosa de Jerusalén (¿de Nazareth, al mismo tiempo, también?; quizás…), seduciendo con promesas de goces invernales su ardiente mediodía.
  Nadie, excepto Zacarías que salía del Gran Templo, lo vio.
  Deslumbrado por su presencia inaudita, Zacarías se detuvo en el pórtico sagrado del edificio donde el pueblo guardaba las tablas de la Ley Mosaica, y, absorto por la blancura de aquel personaje de nieve, creyó ver en él a un ángel del Señor acampando frente a la inquietud de sus ojos sorprendidos. Desoyó por ende el alerta de Dios que prevenía…
   … Y se acercó.
TRES
  El extranjero sonrió sin dejar de concentrarse en el misterio de su caja de transporte, oliendo, presintiendo la presencia cada vez más cercana del odiado enemigo… Pero, como un tigre seguro de su presa, no se inmutó. Paciente, supo esperar a que los ojos cansados y azules del viejo sacerdote brillaran por detrás de su pelambre de anciano, y, ya a su lado, le dejó preguntar…
  Pero el extranjero permaneció callado, como ausente o diluido por los rayos mortales que resecaban el aire de la Transjordania, sentado en un apéndice de su artefacto blanco como blanco su traje níveo, brillando al cabo en el desierto de las calles de una Jerusalén totalmente adormilada, ahora, por el sonido encantador de la bocina de El Heladero. Sí, apoltronado en su máquina de azúcares y colores almibarados, removiendo algo que, por algún lugar entraba y por otro salía en y de la caja blanca, aunque sólo pareciera una estela de sol desapareciendo en su secreto interior, y trasformada luego en…
  Cuentan sus discípulos que, ni aún la tierra sacudiéndose, resquebrajándose por el celo de Yavhé, pudo impedir que Zacarías probara aquel maravilloso helado de siete colores.
  Tampoco que, color a color, Zacarías fuera comiéndose (devorándolo, sin darse cuenta, claro), el Arco de la Antigua Alianza, y destruyendo así no sólo el Gran Templo (desmoronado en un solo acto a sus espaldas) que la custodiara en papiros de piedra, sino y por sobre todo, el Pacto que Dios había hecho con los hombres por medio de Noé.
   Tal vez por eso, hasta el Día del Vagido Redentor, quedo ciego luego, entre otras cosas.-
 

3 comentarios en “NARRATIVA RELIGIOSA( CUENTOS, POESÍA,RELATOS)”

  1. Su majestad, la esperanza. Un relato conmovedor y que reafirma el amor de Dios para con los seres humanos, y el de muchos humanos para con su prójimo. Según la Biblia son el resumen de los mandamientos y la ley. Felicidades.

  2. SU MAJESTAD LA ESPERANZA
    Néstor Fernando Barbarito Cervantes
    (Buenos Aires, Argentina)

    Apreciable Sr. Nestor.
    Por circunstancias especiales me ha tocado visitar con frecuencia un asilo de ancianos donde alguna ocasión me pidieron acompañar a un anciana en sus últimas oras. Realmente no sabía que decirle pero me quedo la preocupación de que para una próxima ocasión similar no desaprovecharía la ocasión de ayudar al moribundo. En este caso quien partía casa del señor, era un persona cristiana, practicante virtuosa y llena de fe. Pienso ahora de que esa persona me sobrepasaba en todos los aspectos y que con su ejemplo era yo quien era ayudado.

  3. Estimado señor José, mi experiencia me señala que es así: quien intenta hacer el bien con generosidad, siempre recibe más de lo que da. Por eso, sería muy bueno tener como lema el bello aserto del querido maestro Antonio Machado, “La monedita del alma/se pierde si no se da”.

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