NARRATIVA RELIGIOSA

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Noviembre   2.019  nº 25
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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

 


CORRECCIÓN FRATERNA 
Adrián N. Escudero

(Un intento de reflexión al respecto)

«HAGAN PROPIA LA ALEGRÍA DE AMAR A JESÚS EN LA INTIMIDAD DE SU CORAZÓN Y EN CADA PERSONA, Y COMPARTAN ESTA ALEGRÍA CON TODOS AQUELLOS QUE SE CRUCEN EN SU CAMINO».

Beata Madre Teresa de Calcuta (Cristo Hoy -04/11/02).-

   El cumplimiento recto del deber no puede concebirse sin la observancia estricta de los valores o principios que le dan origen. Si alguien toma una decisión equivocada, de buena fe y es fraternalmente corregido a tiempo para que la revierta, y no lo hace, se vuelve a equivocar y hace equivocar a los que de él dependen. La necedad del soberbio sólo puede equipararse a la astucia de los que persisten en sus errores, con el objeto de alcanzar oscuros intereses personales. Y Dios, que lee el corazón de cada uno, en su momento, hará justicia. Porque con Dios no podemos jugar a suerte o verdad como en un partido de truco: el ama al justo y limpio de corazón, y lo protegerá del malvado. A los ojos del impío, la batalla parecerá ganada: pero, ¿qué pueden ver los ojos de un ciego? Consecuencia: reconocer los errores a tiempo no nos humilla, sino que nos dignifica como hombres dispuestos a crecer en la verdad y la justicia. El que pueda entender, que entienda…

   Agradezcamos entonces a quienes alienten y sepan comprender este punto de vista, para bien de todo hombre atribulado y ofendido injustamente –en realidad, toda ofensa es injusta-, y en busca de superar barreras y construir puentes de efectiva hermandad. Ese aliento y apoyo amoroso será para la herida abierta y su congoja, como un aceite, como un bálsamo consolador que sana y restaura lo que el pecado, el error o la ignorancia han roto o descartado (porque sólo el Amor tiene el poder de restaurar o resucitar lo que está fracturado o muerto). Ello, en tanto devuelve la Paz –al ofensor y al ofendido, ya reconciliados- en una suerte de gentil armonía entre lo físico y lo anímico, entre la carne y el espíritu…

   … Paz que, en verdad, nunca se pierde si uno sabe y está seguro, en conciencia, de que lo que piensa, siente, dice y obra ha pasado, libertad, voluntad e inteligencia racional y emocional mediante, por el tamiz, la fragua o el parámetro del bien encaminar con Él -Sendero, Verdad y Vida-… Lo contrario, implicará distanciarnos de Sus sentimientos y acucio redentor del hombre todo, rechazarlo, y, en lugar de juntar y potenciar con Él, optar por desparramar y limitar nuestros dones y talentos, plantándolos por fuera de terreno fértil (donde se siembra y cosecha la mies del Reino de los Cielos), y sepultándolos en el valle aciago de los arrebatos y la soberbia ególatra –violenta y/o murmuradora- de los mediocres, ansiosos, quejosos, iracundos y malquistados…

   Esa es la Paz del justo. Pues sólo la Verdad (verdadera) predicada a tiempo o a destiempo (san Pablo) evangeliza («No se enciende un farol para ponerlo bajo una mesa» – JC). Más, cuando uno ha sabido -con propiedad intelectual y emotiva- ceder a la cerrazón del Otro –en una apuesta sensata de humildad y hospitalidad, y más allá de las razones que le asistan en el pleito a dilucidar-, y lo ha convocado fraternalmente a «barajar y dar de nuevo», a “volver a empezar”, y éste, el Otro, obnubilado aún por un orgullo purulento y asociado al mal por el que, entiende, ha sido injustamente sometido –reacción anti sinérgica en ocasiones impulsada por un falso ascetismo mesiánico o un inimputable narcisismo individualista, que lo encierra en el laberinto de su propio ego-, rechaza toda posibilidad de acercamiento y se irrita en desmesura de juicio, y hasta pega portazos frente al Uno (como un niño malcriado que no está dispuesto a conceder el beneficio de la duda a su interlocutor), entonces…

   … Entonces, «¿Señor, cuántas veces he de perdonar a mi hermano? (Si es que retracta y repara el equívoco, debiera ser; si bien muchas veces el cristiano debe humillarse y abajarse al Otro aunque éste no repare en su error o no repare su error, y volver una y otra vez al diálogo con la esperanza de poder caminar juntos de nuevo). “¿Hasta siete veces?», plantéale Pedro. «No digo hasta siete sino setenta veces siete», aclara Jesús. Es decir, siempre; siempre -sobre todo, agrego- que quien haya sido amonestado con dulzura y corregido fraternal y cordialmente, oponiéndosele -de ese modo- fundadas y razonables pruebas de su desliz o error que ha provocado el incordio, esté dispuesto a revertirlo y a desterrar todo tipo de conducta insensata o hipócrita… De lo contrario, él mismo se condena al ostracismo (aunque parezca mínimo, la suma de las pequeñas fallas van cimentando a una conducta soberbia o hipócrita, y si uno no corrige y el Otro no cambia, resulta cómplice de su pequeña o gran maldad; así, el camino del Infierno está empedrado de buenas intenciones. No basta con salidas privadas: si el error ha sido público, pública debe ser la conversión. Hay que cambiar. Y demostrar, en los hechos, que las personas que forman parte de una comunidad –de cualquier tipo- en la que se comulgal sueños y fines, realmente nos interesan). 

    De hecho, si uno ha corregido fraternalmente, pero el Otro subsiste en su actitud, queda liberado por Dios de la carga que, ahora, sólo pesará en las espaldas del Otro. Porque después del Tiempo de Misericordia, vendrá el Tiempo de Justicia, y cada uno será tenido en cuenta según sus Obras y bajo la disciplina del Único Que Es y Hace Ser, y que conoce lo que hay en el corazón de cada persona… (“En el atardecer de la vida seremos juzgados en el Amor”, expresa San Juan de la Cruz, sacerdote y poeta místico).   

   Gracias, pues, a los que saben ponerse con caridad, es decir, con pre y ocupación, sencillez, humildad  y esperanza, en el lugar del Otro (ya ofensor, ya ofendido, ya compartiendo o disintiendo en sus objetivos o alcances). Porque de eso se trata el atributo de la libertad, voluntad e inteligencia racional y emocional concedidos al hombre, y de su ético y leal ejercicio. Un ejercicio consciente del pensamiento y su puesta en acción, pero con responsabilidad individual y social, en la tesitura de que en la dimensión espacio-tiempo de la Historia humana, todo tiene un límite: y el derecho del Uno concluye cuando comienza el del Otro, Quedando por cierto abrogado el mero arrebato impulsivo y ciego, de aquél que, por impericia (error o ignorancia) o bajeza (malignidad), arremete contra ese todo y, concomitantemente, con  todos los que se oponen a una (la suya) forma de ser o de pensar.

   El debate de ideas y posturas, ennoblece y enriquece a las partes que, en uso del libre albedrío devenido de la dignidad prometeica del ser humano, sabe acompañarlo sustantivamente con muestras sinceras de respeto y humildad, y en el decurso del concilio de ideas. Allanarse a dialogar con el Otro, no significa ceder ni conceder; sino intercambiar dones y fundamentos dirigidos al encuentro de la verdad sobre el asunto que se discute amablemente. Si bien, como afirmara Cristo, sólo con Él, la Verdad nos hará (hace) libres con certeza; también es posible que, debido a nuestra fragilidad carnal y a nuestra racionalidad y emocionalidad limitadas, la verdad abandone para quien juzga y condena ciertos comportamientos de la conducta humana –aún en el caso del más ferviente de los creyentes cristianos-  su carácter de Absoluta y se trastoque en Relativa, asemejándose entonces a la lluvia “que nos moja por partes”… Y como seres gregarios, sociales que somos, debemos estar «dispuestos a escuchar las razones de los demás, a fin de estar bien preparados para el encuentro con la Verdad (Total)» (dixit., P. Germán Saksonoff – Cristo Hoy). O bien, quien no está dispuesto a escuchar la verdad del Otro, no está preparado para el encuentro con la Verdad verdadera. Y sólo una mente y un corazón imbuidos por el arrojo del Amor (1 Cor. 13, 1-13), y la preeminencia de la Caridad, pueden otorgarnos dicha disposición interior.

   Por consiguiente, concluimos en coincidencia con el admirado San Agustín de Hipona, que nos salvamos en racimo. Nos necesitamos unos a otros para cimentar la Humanidad. El solitarismo es inconducente. Busca en definitiva su propio interés. Alardear de ello es mortal. El aislamiento sin retorno a lo comunitario, a los otros, a los demás, es una enfermedad mental o emotiva que sólo enderezada por el Amor de Dios puede superarse. “El Amor es paciente y servicial (…) se regocija en la Verdad (…) El amor todo lo disculpa” (1 Cr., ob. cit.). Y no hay Poema o Relato o Ensayo que nos ampare de semejante actitud inhumana: el desamor. En cambio “El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cr., ob. cit.)… De allí que los místicos y ascetas más famosos (vgr.: San Etilita, el viejo) se hayan destacado por su eremitismo, pero también por la devolución social del fruto de sus más íntimas reflexiones y acciones.-

 

[1]Nota: “Aunque yo (hiciera el mejor de los Poemas o Relatos) hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, sino tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo AMOR, no me sirve de nada”.
   “El amor es PACIENTE, es SERVICIAL; el amor no es ENVIDIOSO, no hace ALARDE, no se ENVANECE, no procede con BAJEZA, no busca SU PROPIO INTERÉS, no se IRRITA, no tiene en cuenta EL MAL RECIBIDO, no se alegra de la INJUSTICIA, sino que se regocija en la VERDAD. El  amor todo lo DISCULPA, todo lo CREE, todo lo ESPERA, todo lo SOPORTA”.
   “El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías limitadas. Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto. Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí. En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor” (San Pablo, 1ª. Carta a los Corintios, cap. 13, vs. 1 a 13).-  

VIGILIA
Néstor Barbarito Cervantes

La lluvia danzarina juega en los tejados.
En los charcos, la aurora se estremece,
acecha tímida en los vidrios empañados.

Amanece.

Prisionera en su celda de fino cristal,
sobre la cómoda distante,
una rosa morada, apurando su final,
se prodiga fragante.

Una mujer en vela, teme al día que nace.
En un sillón austero desgrana su rosario,
y a ratos se postra junto al niño que yace,
como ante el mismo sagrario.
Arden las mejillas y la frente suda
con rubores de ocaso encarnado.
Quema la mano de la madre, muda,
la llama del amado.
Ligera perla de cristal brillante
surca el rostro, en el regazo cae.
La mirada acaricia aquel semblante
que el recuerdo de otro rostro amado trae.
Angustiada, ve como el pecho se agita,
y la crisálida se vuelve mariposa,
mientras el esplendor de la rosa

se marchita.

Los ardores de la fiebre ceden,
el pecho breve se serena,
y al fin los ojos de la madre pueden

liberar su pena.

“Un beso en víspera de Navidad”
Jorge Bernabé Lobo Aragón

Esta noche solo te pido un beso que el otro mes será Navidad

. Es que través del milagro del nacimiento eterno, deseo revalidar una vez más, que estoy con vida. Alzo la mirada desde un caballo zaino y desde mi nido ancestral, los valles del Aconquija, rodeado de montañas que se expanden, entre laderas, vertientes y quebradas, advierto la espesa briza bajar. Percibo impetuoso el verdor de las montañas, el color de las flores, el aroma de la tierra mojada, el baile de los árboles, y el aire que trepida  entre la roca  y que hace sentir su música especial. Sentado en mi montura criolla, desde la loma alta, logro captar la melodía del viento y contemplar la danza de los halcones revoloteando en búsqueda de su presa. Así, como los pastores en aquella noche eterna, puedo  desde la sombra profunda de la alborada, escuchar, la sublime melodía de un Gloria a Dios en las alturas. Siento que la naturaleza, me envuelve, activa, enérgica, en una armonía infinita que me entrelaza con los hombres de buena voluntad.  Es que frente  a la Navidad mayúscula que se adviene, única, verdadera, olvidamos que el pino, el nacimiento y los adornos, tienen un sentido cristiano profundo, de gran recuerdo y enseñanza. Con el “muérdago” de la paz, que aprieto entre mis manos, de baya blanquecina, que se esparce serpenteando entre abetos. Desde este lugar maravilloso donde toco el cielo con las manos, deseo  brindar a mis lectores y a quienes editaron mis opiniones, un saludo adelantado de navidad. Que en esa noche de paz, mi querido  lector, cierre los ojos y pida un deseo. Sentirás entre luces de colores un nuevo repique navideño. En esa nochebuena se quedara conmigo para siempre, porque tú lector, eres el mejor regalo que me puede llegar. En esa noche  universal, solo hazme un favor, dame un tierno beso debajo del muérdago y del cielo celestial. Con tu color amarillo, rama de amor, ayúdame descubrir con mi pluma los tesoros enterrados de la creación. Arbusto predestinado, te invito a volar para ofrecer, junto con el pino o el abeto, de robles, encinas y álamos un toque de color a las fiestas de Navidad.

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