MUJER CRÓNICAS Y NARRATIVA

 

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EDICIÓN ESPECIAL DIA DE LA MUJER
Marzo 2.020  nº 29

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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

 

 

COLABORAN: Dr.Carlos Benítez Villodres (Málaga-España)…Lola Benítez Molina (Málaga- Prof.Adrián N. Escudero (Argentina)España)…Liana Friedrich (Argentina)…Dr Antonio Las Heras (Argentina)…Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón (Argentina)…Elsa Lorences  de Llaneza (Argentina)…Teresita Morán Valcheff (Argentina)…Miriam Noce (Argentina)…Prof Gustavo Páez Escobar (Colombia)…María Sánchez Fernandez (Úbeda-España)…Silvia Mabel Vázquez (Argentina)

MUJER
(DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER)
Carlos Benítez Villodres
Málaga (España)

La mujer es el tesoro más valioso, más sublime, más luminoso, que posee la Humanidad. Desde la noche de los tiempos hasta nuestros días, la actitud del varón hacia la mujer ha cambiado 180º. La bondad y la inteligencia, la sensibilidad y la ternura, el ánimo positivo y constructivo y la capacidad de diálogo…, en definitiva, la belleza interior, hacen que la mujer posea una calidad humana sumamente abierta y hábil y flexible. Esta riqueza intrínseca de la mujer contribuye a impregnar de amor su esencia. Amor, pues, hacia ella y hacia los demás seres humanos más y menos cercanos, desde su propia paz, tolerancia y armonía. “En todo momento de mi vida, refiere Gabriel García Márquez, hay una mujer que me lleva de la mano en las tinieblas de una realidad que las mujeres conocen mejor que los hombres y en las cuales se orientan mejor con menos luces”. Ciertamente, la mujer sabe caminar y desenvolverse en la vida mejor que el hombre. Por consiguiente, ella debe de ser nuestro mar, nuestro faro y nuestro puerto. Si el varón consigue que para él la mujer sea lo anteriormente expuesto, su nave saldrá indemne de cualquier peligro.

            El hombre de hoy y de mañana debe ensalzar y dignificar a la mujer. Asimismo, debe continuar trabajando constante y enérgicamente con ella para que esta ocupe en la sociedad actual el lugar que le corresponde. En él, desempeñará su labor como cualquier hombre, pues ambos son iguales, excepto en los aspectos anatomo fisiológicos y psicológicos propios de cada sexo. Es verdad que se han conseguido muchos objetivos con respecto a la igualdad de hombres y mujeres, pero aún hay que seguir caminando en pos de otros, que todavía no se han logrado, porque “nuestra sociedad aún es masculina, dice Henrik Johan Ibsen, y hasta que no entre en ella la mujer no será humana”. Sí, entrar en ella con todos los derechos y deberes que tiene el hombre del siglo XXI, para humanizar a las poblaciones no solo de nuestro país, sino también de las demás naciones del mundo.

La mujer de espíritu infatigable y mente feraz es vida con sentido para el caminante que marcha hacia el horizonte, donde el amor verdadero vive, alentándole para continuar, desde sus convicciones de paz y justicia, de libertad y fraternidad, en el fragor de esa lucha diaria de la que siempre debe salir victorioso, pero, aunque a veces sea derrotado, no debe desfallecer, ya que su deber es proseguir, tras el fracaso, combatiendo, con denuedo y firmeza, para implantar el gozo por vivir en todos los corazones y la luz de la sabiduría en todas las mentes. En su camino hacia delante, siempre encontrará el apoyo vital de la mujer, como único referente para sus pasos y sus ideales, para sus sueños y sus aspiraciones… Mujer esta que fascina a la persona honesta, noble, sincera…, y exaspera al villano, al facineroso, al injusto…, porque la mujer es tan inmensa como el cosmos, sumamente tierna como cualquier flor, fuerte como un roquedal, dulce y apasionada como la mutua entrega de los amantes y bella como la naturaleza. Ella es así, simplemente, por ser mujer.

La mujer es para el hombre el sol que jamás se oculta, porque constantemente lo ilumina y le da vida total, vida impoluta y fecunda, vida que lo fortalece, lo anima a cada instante y lo colma de bondad y de sensibilidad y de savia creadora. Víctor Hugo concluye su poema “El hombre y la mujer” con estos dos versos: “En fin: el hombre está colocado donde termina la tierra. / La mujer donde comienza el cielo”. Con estas palabras, el literato francés dejó grabado a fuego en el intelecto del ser humano del pasado, del presente y del futuro la grandeza y la maravilla de ser mujer.

El día 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer, un momento para recordar la lucha por la igualdad de género. Aunque a lo largo de los años la mujer ha ganado en derechos y libertades, aún queda mucho por hacer. La violencia de género, por ejemplo, es una de las lacras que arrastra la sociedad, o los techos de cristal en las profesiones. El 8 de marzo es un día para condenar el machismo y reivindicar que todos tenemos los mismos derechos y libertades.

La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) declaró, en el año 1972, que en 1975 sería el Año Internacional de la Mujer. Esto fue un reconocimiento a los 25 años de trabajo de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer. Una comisión que luchó por eliminar la discriminación contra la mujer en 1967. Además, la ONU incluyó en los objetivos del segundo decenio la plena integración de la mujer.

El 8 de marzo de 1875, cientos de mujeres trabajadoras de una fábrica de textiles de Nueva York marcharon por las calles contra los bajos salarios, menos de la mitad de lo que cobraban los hombres. Esa jornada acabó con la vida de 120 mujeres debido a las brutales cargas policiales. Este hecho motivó que las trabajadoras fundaran el primer sindicato femenino.

El 28 de febrero de 1909 Nueva York y Chicago ya acogieron un acto que bautizaron con el nombre de “Día de la Mujer”, organizado por destacadas mujeres socialistas, como Corinne Brown y Gertrude Breslau-Hunt. Congregó a más de 15.000 mujeres en una marcha por la ciudad de Nueva York, exigiendo una reducción de la jornada laboral, mejores salarios y derecho al voto.

 En Europa, fue en 1910 cuando durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague con la asistencia de más de 100 mujeres procedentes de 17 países, se decidió proclamar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Detrás de esta iniciativa estaban defensoras de los derechos de las mujeres como Clara Zetkin o Rosa Luxemburgo. No fijaron una fecha concreta, pero sí el mes: marzo.

El objetivo estaba claro: promover la igualdad de derechos. Paralelamente, el 8 de marzo 1910 fue un momento histórico para España. Ese año supuso el acceso a la universidad, en igualdad de condiciones, bajo una real ordenanza. Como antecedente cabe destacar la figura de Emilia Pardo Bazán, nombrada, en 1910, Consejera de Instrucción Pública por Alfonso XIII

Con la fecha ya fijada, en 1911 se celebró el primer Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Pese a la fecha acordada, en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza se celebró el 19 de marzo, con importantes mítines. Días después, el 25 de marzo se incendió la fábrica de camisas Shirtwaist de Nueva York. Un total de 123 mujeres y 23 hombres murieron, mientras trabajaban. La mayoría eran jóvenes inmigrantes que tenían entre 14 y 23 años

A partir de 1920, la consigna fue cambiando, haciendo referencia al Día Internacional de la Mujer. Con la celebración del centenario el 8 de marzo de 2011, esta fecha cobró mayor importancia.

            Coincidiendo con la primera guerra mundial, la fecha se aprovechó en toda Europa para protestar por las consecuencias de la guerra.

            La mujer a través de la historia ha tenido que combatir muchos problemas, como ya expuse. Con los siglos, los derechos, roles y estereotipos de las mujeres han evolucionado desde la Edad Media hasta el Siglo XXI.

LA MADRE
Por Lola Benítez Molina
Málaga (España)

Una madre es lo más preciado que se puede tener. Ella es manantial de dulzura sin límites, la máxima luz que brilla por doquier. Sin su apoyo vagamos perdidos. Su fuerza nos engrandece, su mirada guía los pasos de sus hijos en el diario caminar por la vida. Una madre es bastión de reyes, entereza sobrehumana, solidez y estabilidad ante los variados y a veces persistentes laberintos, incertidumbres y avatares que nos agobian y nos colapsan, que ensombrecen nuestra existencia…

Sobre su falta no quiero hablar, pues las tinieblas se apoderan del firmamento, aunque su estrella, como aquella de Oriente, nos siga diciendo qué paso debemos dar para no errar. “Sin duda, cuando se ama de ese modo, nunca puede admitirse la muerte. Se cree que el amor protege. Incluso si no vuelve, si se extravía en la nieve…, lo esperará”. Bellas   palabras   extraídas   de   la   novela: “El   vino   de   la   soledad” (1935), de Irene Nemirovsky.  Curiosamente, esta escritora escribió dicho libro autobiográfico inspirada por la frivolidad y el rechazo de su madre hacia ella, de ahí que el dolor ante esa soledad se haga patente ante la ausencia de esa madre. Irene, además, aprovecha para describir la sociedad en la que le tocó vivir durante la revolución bolchevique.

Ser madre es un regalo de Dios, que viene a confirmarnos su existencia, pues sólo Él puede concedernos ese don, ya que una madre tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor y por la incansable solicitud de sus cuidados. Ciertamente, Dios, aunque puede estar en todas partes a la vez, creó a las madres para que le ayudarán en su tarea divina. Tengamos siempre presente que “el amor de madre, refiere Marion C. Garretty, es el combustible que le permite a un ser humano hacer lo imposible”.

Una madre es, sin duda, nuestros ojos y nuestras manos, nuestra esperanza y nuestro sustento vital. En la distancia percibe nuestro sentir. ¡Qué grandioso es ser madre! No hay energía ni aliento que la supere. Tenerla reconforta al más desdichado, y en los momentos de desconcierto, ella sabe indicarnos el camino que debemos elegir para que nuestra vida sea manantial inagotable de luz y amor. Además, una madre siempre te ofrece su regazo de paz y entrega sin condiciones.  Sabe escuchar a sus hijos como nadie lo haría en este mundo de rumbo incierto, de realidades muchas veces incomprensibles, dolorosas y opacas, que se anclan en nuestro corazón y en nuestra mente.

Obviamente, una madre amaina las tempestades que intentan arrastrar a sus hijos a los abismos de la vida; hace salir el sol cuando nos hallamos atrapados por las garras de las noches más tenebrosas; aleja de sus vástagos hasta más allá del universo la tristeza, las confusiones, la oscuridad siempre poderosa, y, con su saber estar, nos enseña que su amor es totalmente incondicional y atemporal, pues siempre está y estará velando por nosotros. “Jamás en la vida, dice Honoré de Balzac, encontraremos ternura mejor, más profunda, más desinteresada y verdadera que la de nuestra madre”. Ella es nuestra diosa terrenal, la que nos enseña, con generosidad sin límites, a vivir y a ser dichosos en nuestra vida. Sus sentimientos de amor y entrega y valentía no los marchita ni los destruye el tiempo.

Benevolencia, sinceridad, perdón… son siempre palabras que tienen cabida en el vocabulario de una madre. Si el mundo se hallase gobernado por el tipo de personas con las características de una buena madre, los caminos del mismo serían mucho mejor transitables y los problemas, que angustian y desesperan a un sinfín de personas, estarían solucionados prontamente por quienes tienen el deber y la responsabilidad de solventarlos.

Desde aquí hago un guiño a todas las madres del mundo, a esas mujeres que, gracias a su maternidad, ya son colaboradoras de Dios en el gran ministerio del amor. “Madres, manifiesta León Tolstoi, en vuestras manos tenéis la salvación del mundo”.

DESCUBRIMIENTO
Prof. Adrian N Escudero
Argentina

A mi esposa amada. Con devoción y amor pleno…

“No son las personas felices las que son agradecidas; son las personas agradecidas las que son felices” –
Rec. Alejandra Trejo, Los Ángeles , CA.

  Hoy, mirando hacia el Jardín, descubrí el susurro leve de las flores.
  Ellas, hablaban… Hasta parecían conversar animadamente…
  Pero el susurro no era la palabra. Era la brisa matinal la que ondeaba sus pétalos húmedos aún por el rocío de la noche…
  Y descubrí entonces que la verdadera voz de las flores, era el silencio…
   … Un silencio tierno y apacible que hablaba, sí, pero murmurando desde la belleza y el encanto de esas esencias pulposas y multicolores que brotaban, como pájaros vegetales, desde las entrañas mismas del insistente y fragoroso Estío santafesino…

  De pronto, una de ellas, la más bonita, fragante y altiva pareció sonreírme. Como hace cuarenta y seis años de nácar (ahora) atrás (o, quizás, cuarenta y nueve, y cercano ya a nuestras Bodas de Oro, porque el noviazgo de rubores virginales y célibes también cuenta)…
   … Y la llamé Marité, por su raíces españolas, o Teresita, simplemente y en virtud de la santa del Niño Jesús; y así fue que, con el suave roce de uno mis dedos trocado en luminosa espada de caballero andaluz, toqué sus labios rojos y trémulos, y la nombré, con la solemnidad que su alcurnia edénica demandaba: ¡Reina de mi Jardín de la vida para la Vida…!
  Sí… Fue todo un descubrimiento agradecido por tanto afecto, cariño, devoción y apego acumulado en una perenne juventud de niño siempre enamorado de lo bueno, lo bello, lo verdadero…
   Feliz Día Internacional, esposa mía, susurré al cabo, y en el silencio hecho coro de ángeles junto al perfume amable de las demás flores… Y mis lágrimas al alba se unieron al rocío nocturno para embellecer, aún más, su femenino rostro de auténtica Mujer…

ACERCA DEL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER…
Adrián N.Escudero (Argentina)

“Yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”
(V. Eunate Goikoetxea – Alicante, España)

   De hecho, vengo con estas reflexiones a adherir plenamente al sentir de los versos y prosas expresadas en esta separata especial de ARISTOS INTERNACIONAL, destinada a memorar EL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER (O del HOMBRE-Mujer: 8 de Marzo 2020); mas no precisamente a partir del frágil y limitado pensar -o filosofar- del ser humano, sobre el significado profundo que debe adquirir -en nuestro tiempo actual y eras venideras- dicha legítima efeméride en el calendario universal. Sino y por el contrario, visto desde la encendida y luminosa claridad que procede de la sabiduría de lo Alto, pues nadie procede de sí mismo excepto Dios Amor…  «Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer» (Gén. 1, 27)…

   Mujer y mujer… femenina, entonces, y con todas las connotaciones que, sobre dicha calificación, se entrevé en el quehacer literario que ilustra esta sección singular de nuestra revista; connotaciones descritas y sostenidas, con la esencialidad de la phoiesis o acto creativo, y en modo espléndido y acertado, y que encuentra sustento sólido en la indubitable calificación que, al respecto ofreció, oportunamente, ese maestro en Humanidad que fuera -y lo sigue siendo por medio de sus memorables encíclicas- el Santo Padre, San Juan Pablo II… Un concepto y una calificación en torno a la intransferible femineidad de la Mujer, ligada plenamente al Orden Natural de lo Creado por Dios, Santísima Trinidad en el Amor, y al sentido innegociable de la Familia como célula básica para la construcción de una sociedad fraterna y hospitalaria…

   Si no, veamos: Europa -y otros sitios del planetas- se avejenta (n), pues algunos hombres y mujeres -tenidos incluso por cristianos- han cedido a las tentaciones y promesas de un mundo competitivo y sagaz, sostenido por una mesa de tres patas que parece irreversible en su destino de perdición y caos: el poder, el dinero y el sexo. Poder sólo para el dominio y no para el servicio. Sexo sólo para el goce carnal y no para la procreación de la especie y el goce espiritual de quien se da, no sólo con el cuerpo, sino con el alma y por la recíproca felicidad de dar y gozar de vida, y de ser dos en uno. Y Dinero, sólo para el hedonismo y el consumismo, y no para edificar en espiritualidad, una sociedad más justa, pacífica y fraterna… Pues somos, al decir de San John Henry Newman, ni más ni menos que “espíritus encarnados”.

   Mundo competitivo que equipara falazmente a los conceptos -sentido, significado- de «igualdad» en dignidad de ser y estar como persona u hombre (esto es: ser humano como especie, con sus irrevocables e innegociables géneros, masculino y femenino, y sus roles primarios y complementarios, y más allá de los tréboles de cuatro hojas con que la Naturaleza nos prueba, desde el principio evolutivo, en misericordia)- e «igualitarismo» (con su inexorable ley inexorable del «todo vale», en una «libertad» -como expresión dinámica de la voluntad e inteligencia del hombre- saqueada en sus beneficios responsables, por la audacia y soberbia del «libertinaje» que difumina las fronteras del derecho y del deber)…

   “Igualitarismo” sustentado por la denominada «ideología de género» que está siendo diseminada en el mundo actual y a destajo, a través de un “feminismo” afiebrado y acomplejado, que como astuta maleza envuelta en pañuelos verdes, asuela sin más los campos de trigos aún sanos -todavía y por ejemplo, particularmente latinoamericanos: trigales de América Latina a los que San Juan Pablo II llamó, con profética advertencia, «la reserva espiritual cristiana en el mundo».

   Lo expuesto, centrado siempre en la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), y a cuyo  fundamento de fe católica adhiero y confieso, y cuyas enseñanzas y directrices acerca -incluso y muy especialmente- sobre los desvíos naturales  que la Humanidad debe aprender a acoger con humildad, mansedumbre y caridad, conteniendo e incluyendo con efectividad a tantos hermanos de vida carenciados y probados -como en tantas otras instancias: léase marginación migrante o insostenible pobreza de cuerpo, mente y alma- con disfunciones, distratos y disfavores genéticos, sicológicos, sociológicos, filosóficos y/o espirituales.

   ¡Feliz Día Internacional de la Mujer, pero en aquellos términos y exigencias! ¡Feliz DÍA, sí, y para TODOS LOS DÍAS; pues no hay uno solo de ellos que no sea ocasión válida para venerar, con gestos concretos de amor ofrenda, a quien es «hueso de mis huesos y carne de mi carne. (Y) se llamará Mujer, porque ha sido sacada del hombre» (Gén. 2,23)…

   Porque TODOS los DÍAS nos brindan la ocasión de demostrar a nuestras mujeres, de cualquier edad/raza/religión/estado civil y social, que son el perfecto complemento psicofísico y espiritual creado por Dios como consuelo y asistencia a su Plan Existencial de Hogar y Familia, en ecuménica (católica) clave de Humanidad.  

   Ello, sin pretender opacar para nada la gloriosa jornada que merece destacarse y en favor de aquellas trabajadoras mártires de Chicago, que dieron ejemplo de DIGNIDAD HUMANA luchando cruentamente y hasta dar su vida, contra los brutales efectos del “Capitalismo salvaje” que, de inmediato, León XIII  fustigara en su Encíclica “Rerum Novarum” (1892), inaugurando así como compendio de sabias directrices morales y éticas temporales a la ya citada DSI, anticipándose críticamente así al “Manifiesto” –también cuestionado por la Santa Iglesia, de ese otro flagelo de La Verdad a Medias (que resulta peor que una mentira), llamado “Comunismo o socialismo salvaje” –hoy con maquillado rostro de Populismo Revolucionario-.  Ideología atea que supo acusar al Cristianismo (y aún lo hace, con incesante ferocidad, al punto de merecer una reciente reprobación del actual Papa Francisco mediante su Discurso al pueblo cubano en ciudad de La Habana, 2014) como opio de los pueblos. 

   Mujer… Hombre-mujer o Cofre de la Vida Misma donde es posible advertir claramente que, tus roles específicos e intransferibles, están llamados no a competir con la varonil apostura y entrega cotidiana del Hombre-varón, sino a concurrir (es decir, a no sustituir ni abajo ni arriba, ni detrás ni adelante, sino a caminar juntos, lado a lado) al mutuo desarrollo integral de los talentos y capacidades con los que, esencial y naturalmente, el Creador, Único que Es y Hace Ser, nos dotara y en modo complementario por vía de roles principales y secundarios, a tales “dos” géneros humanos liminares. 

   Y decimos dos, porque como afirma un cercano y cuñado filosofo familiar, “desde antiguo, el toro es toro y la vaca es vaca” -risas o sonrisas, por favor-, mal que les pese a los/o las inventore/as de sofismas sexóticos dislocados, estrenados por lo general en conveniencia propia y con el “casual” apoyo de una adoctrinada y mediática Hipocresía Social ejercitada por los secuaces de la Política Corrupta Juntavotos (sin duda ellos, enemigos del Dios Amor, aunque en los hechos adopten versátiles posturas de mansos y bautismales corderos, con las que intentan disimular su inequívoca calaña de lobos voraces disfrazados).

   Hipocrecía Social que anida en la debilidad, mediocridad o malignidad supina de quienes promueven la solución de los efectos de los problemas, para no subsanar las causas de éstos, es decir, de los desvíos y situaciones desgraciadas y científicamente enfermizas, bajo el maquiavélico paradigma de que, el fin, puede justificar cualquier medio pergeñado para lograrlo.  Confundiendo de este modo, entonces, y con irremediables connotaciones, a la enfermedad con el enfermo.

   Asumir la propia condición bajo el sano y justo principio de la “unidad en la diversidad”, resulta imperioso a fin de dignificar en plenitud existencial al Hombre-mujer. Algo que el Hombre-varón de este tiempo, amasado otrora en similares, erráticos e ignorantes espacios temporales, ya debería haber aprendido, y… de una vez por todas. 

   Y esto, pues el Ciclo Virtuoso del Amor Ofrenda (te necesito porque te amo; y no, te amo porque te necesito) que promueve la igualdad entre los géneros, mas NO su “igualitarismo”, sólo se consuma en tanto Hombre-mujer y Hombre-varón se consagran al sagrado respeto de las esencias básicas, necesarias y suficientes con las que uno y otro han sido naturalmente agraciados, y para un logro intra e inter coherente: el uno con y para el otro, y el otro con y para el uno, como proyectos sinérgicos inconclusos, frágiles y falibles, de ese fin nada utópico por cierto, ya que, para Dios, Supremo Apoyo, nada es imposible. Y que consiste en lograr SER criaturas (y no empoderados dioses de barro) verdaderamente felices en su condición de tales.

   Felices el uno con el otro y el otro con el uno. El uno para el otro y el otro para el uno. Como alfareras Caras de una misma Moneda Vivencial, la de Ser Humanos, bajo el perfil unificante y fructificante del Amor Ofrenda que es feliz en la felicidad de su próximo vuelto prójimo.

   Ser lo mejor de nosotros mismos, ya hombres-varones, ya hombres-mujeres, para servir al Creador que nos ungió por igual de inteligencia, voluntad, libertad, imaginación creadora y nostalgia de Él, bajo el sello exclusivo de Ser Humanos e hijos de Su exigente Amor Ofrenda; para, desde Él, servirnos mutuamente en comunión existencial.  Calidad en conciencia de Ser Humanos que nos diferencia de otras especies cósmicas, sea aquí o en cualquier agujero negro del Universo astral y sideral todo, aunque en algunas de ellas sea previsible pensarlas, al margen de sus cinco patas y dos cabezas (otra vez, sonrisas por favor), como dotadas de un alma inmortal y trascendente.

   Con las licencias del caso entonces, y nuestra limitada racionalidad, vayan estas sentidas reflexiones que procuran favorecer el debate de ideas que nos acerquen, en rectitud de intención, pureza de corazón y humilde firmeza espiritual, a un encuentro verdadero y misericordioso (“Sólo la Verdad os hará libres” – JC), del alto sentido en dignidad humana del Hombre/mujer. Y para hacerlo concreto en los hechos, y por sobre interesadas declamaciones sobre el particular. Y teniendo en cuenta, que para dicho debate, habrá que reconocer que quien no está dispuesto a aceptar las razones del otro, no está preparado para el encuentro con la Verdad verdadera.

   ¡Bendiciones! ¡Paz y Bien! ¡Conócete a ti mismo! ¡Acéptate como eres, sin dejar de crecer, y sin tentarte con odiosas, estridentes o injustas comparaciones, amadísima Mujer: pues si das lo mejor de ti (habiéndote conocido en la Verdad verdadera), lo mejor (en dignidad y felicidad) vendrá a ti. Y si Dios Amor Ofrenda contigo, ¿quién contra ti?

   ¡Feliz Día Internacional de la Mujer! Pero, insisto, desde aquellos términos y comunes exigencias para el Hombre todo. ¡Feliz DÍA, sí, y para TODOS LOS DÍAS! (Los Varones, entretanto, las esperaremos con ansias y sonrisas el próximo 19 de noviembre, para celebrar con ustedes también, nuestro particular día, y según la UNESCO: EL DÍA INTERNACIONAL DEL “HOMBRE” VARÓN…)

   Al respecto, les confieso finalmente que, a mediados de octubre de 2015, una poeta argentina me respondió, y en consonancia con unas parecidas reflexiones a las de marras, de la siguiente y frontal manera:

   “(Es cierto) Gracias. Debería haber un Día del Hombre. Es con nosotras, nos sostiene y es nuestro brazo derecho, nos hace mujeres, nos unge con su ardor y nos permite la maternidad”.

   “(Pues) ¡Qué suerte que hay un Día del Hombre! Después que tuve a mi hijo los comprendí. A algunas les martiriza el sueldo por unas cortinas sin valía en el altar del amor. Otras se quejan porque se cansan de la pasión cuando las colocan en el altar de la vida. No todo es tan lírico pero la gente madura vive el amor de otro modo donde los dos son puntales en su dimensión, los dos se glorifican con el nacimiento del hijo y las cosas humildes no buscan la figuración porque aceptan que el otro hace lo que puede, aceptan también que al hombre también se le caen los Cristos del alma y necesita el aliento poderoso de la que brinda la maternidad. El hombre maduro sabe que la mujer no es un figurín de medidas simétricas enjaezada con brillos superficiales sino que es aquella que encontrará para satisfacerlo en todos los órdenes. Un saludo cordial” – H.A.S. (Córdoba, Argentina).-

EL ESPEJO
Liana Friedrich,
Argentina

   Cada uno debiese, de vez en cuando, echar una mirada sobre su propia muerte para ser consciente de que estas simples computadoras biológicas -llamadas «seres humanos»- no son ni tan perfectas ni tan durables…Tal vez, llegando a este punto, convengamos en que «inmortalidad» rima con «vanidad»…
  En efecto, desde la noche de los tiempos, el hombre intentó inútilmente encontrar la clave de la inmortalidad (vano deseo quizás de ser como dioses…). Múltiples caminos recorrió sin poder hallar la salida.
   «Personajes de papel», tales como Frankenstein o el Dr. Jekill, lo sabían: ambos eran científicos, pero su debilidad eran los experimentos fallidos…Hoy la ciencia habla de clonación o de criogenia, como intentos no convencionales de perpetuarse. (¿Acaso el hombre post biológico sea la esperanza del futuro?). No obstante, la religión y la filosofía frenan con planteos teológicos y ontológicos la razón de ser más allá de la vida… ¿Podrían fotocopiarse las almas? ¿Existiría una duplicación de la conciencia?… ¿O se produciría un vaciamiento del ser etéreo, al interrumpirse el normal tránsito vital de evolución: nacimiento-reproducción -muerte?

  – Sangre…una navaja…Todo lo necesario para que haya ocurrido un crimen.¿No?… Sin embargo en este caso no existen evidencias visibles.
 – Eso depende de cómo se interpreten los hechos: el ático lleva años sellado, las ventanas están clavadas… Y entonces,¿cómo ingresar o salir de él?… Este es el típico caso del «cuarto amarillo»…Pero debe haber algún indicio. ¡Tenemos que hallarlo!
 – El cuerpo aparece horriblemente mutilado, como si una fuerza sobrehumana lo hubiese destrozado…Los expertos opinan que el deceso se produjo por hipotermia…
 – Sí, pero no es un caso común de ahorcamiento. Basta observar, si no, esas marcas como de aplastamiento en su abdomen…Era una mujer obesa, pero el tejido adiposo aparece desplazado de los lugares habituales, formando cúmulos amorfos y tumefactos, como si se hubiera apelmazado quizás por efecto de una fuerza descomunal…
 – Sí, y los ojos le estallaron en las órbitas…Además el forense dice que sus entrañas revelan que hacía tiempo que no probaba una comida normal…Incluso el color de la piel indica que debió haber permanecido un par de meses sumida en la absoluta oscuridad.
 – Pero lo más extraño es que su corazón fue arrancado limpiamente, ¡y aún no aparece por ninguna parte!…Creo que debemos revisar más cuidadosamente la escena del crimen…¿Acaso cree usted en los poderes del mal?
  – ¡Bah! Hace tiempo que dejé de creer en la certidumbre de lo posible, si es que a eso apuntan sus cavilaciones…Bueno dejémonos de pavadas. ¡Es necesario revelar esas fotografías cuanto antes! Tal vez en ellas encontremos una clave… -la cámara, inexplicablemente intacta, se hallaba junto al cadáver.
 (No quiero perder el control de mis actos…Debo permanecer alerta, con la mente despierta para ver, aún en la oscuridad, ese destello que brota del espejo…y me atrae, irresistiblemente, hacia su faz plateada como un lago congelado…)
  -¡Ya tengo la prueba! Esto confirma mis sospechas acerca de la existencia de algo sobrenatural. La primera toma nos pone frente a un espejo.
 -Sí, efectivamente, es el del antiguo vestidor de  cedro… Pero no hay nadie reflejado en él…
 -La segunda está borrosa…es como si una niebla enturbiara la imagen que aparece sobre el óvalo, opacando su brillo…Pero ¿quién es? ¿La anciana sin ojos?
  -Sí, pero aparece mucho más joven y delgada, hasta podría decirse…hermosa.

 La adivina consultó su oráculo de cartas gastadas y sentenció con infalible convicción:»Estás en peligro. El mal habita en el espejo…Debes destruirlo antes de que ocurra algo terrible.» Pero ya los engranajes del tiempo se habían echado a rodar… ¡era demasiado tarde! «El es el arma: sólo aguarda conquistar tu voluntad con reflejos mentirosos. Entonces sólo un relámpago del infierno bastará para aniquilarte definitivamente»…
   (Ya no le temo a la oscuridad porque puedo enfrentarme con mis pesadillas, porque al fin superé todos mis complejos del pasado… Pero… ¿Por qué no dejarte ir? Mejor perder con gracia…»Es un juego de reyes, donde hasta los peones pueden ganar si se prestan a mis leyes» -había sentenciado cual un falso profeta, esa voz desde la luna del espejo- ¿Acaso estaré paranoica? No, esta vez no voy a dejar que me inyecten…No llamaré a la dama de blanco… (tan ascéptica y circunspecta, ella). Estoy dispuesta a seguir hasta el final, pase lo que pase.)
   El aire enrarecido del desván, en donde hacía tiempo se había autoconfinado, se volvió más espeso… Y a la luz turbia del amanecer – que se colaba débilmente por las hendijas de esos maderos, que toscamente cubrían los vitrales- atravesó la faz bruñida con el corazón ardiendo entre las manos, sintiéndose arrastrada con  placer infinito hacia el vórtice mismo de la vanidad.

SARA GALLARDO, TAL COMO LA RECUERDO
Por Dr. Antonio Las Heras
Argentina

Delgada, alta, esbelta, con ese señorío y ductilidad que sólo exhibe quien ha conseguido seguridad en sí mismo y cuenta con cabal comprensión de por qué hace aquello que se encuentra realizando. Así recuerdo a Sara Gallardo Drago Mitre; quien firmaba sus artículos y libros sólo con el primer apellido al cual Hugo Guerrero Martineitz pronunciaba con especial ritmo cada vez que ella participaba como invitada en ese programa radial – El show del minuto – que concitaba audiencias de millones de personas en todo el país, hacia la media tarde. Porque, en efecto, Sara Gallardo fue una de las primeras escritoras que aceptó el desafío de la presencia en lo que – ahora – son denominados medios masivos de comunicación. Lo más probable es que aquellos diálogos entre el controvertido conductor y la joven autora no hayan quedado registrados para la historia de las letras argentinas. Descuido tan habitual en nuestro país. Algunos memoriosos recordamos ciertos momentos, algunas ironías dichas en contrapunto, precisas descripciones de acontecimientos que entonces conmovían.

Contaba 27 años cuando publica su primera novela – “Enero” – donde ya se destaca su enorme capacidad para transmitir al lector situaciones, estados emocionales y escenarios. La obra será traducida al checo y al alemán. Exactamente diez años después “Los galgos, los galgos” recibirá el Primer Premio Municipal de Novela. Para entonces hace tiempo que practica el periodismo escribiendo columnas en el diario La Nación y las revistas Primera Plana y Atlántida.

Tal es su popularidad, que la revista semanal Confirmado (del 18 de julio de 1968) le dedica la tapa – constituida sólo por una foto de ella parada en un balcón – titulando “Sara Gallardo, ese bicho.” Algo absolutamente fuera de lo común para una escritora; aunque hubiera sido habitual tratándose de una actriz que estrenaba su nueva película. Esa fue nuestra biografiada. Alguien dispuesto a conseguir – sin perseguirlo en particular – hechos inimaginables en otros.

En esa entrevista de la revista Confirmado se autodescribió de este modo: “En mi caso escribir – y escribir mucho, aunque sea de manera imperfecta – significa un esfuerzo por desenrollar una especie de madeja interna. Llegar a ser, mediante el trabajo, uno mismo. Es decir, trascenderse a sí mismo para llegar a ser quien uno es y no sabe.” Alcanzaría con estas palabras para comprender el entramado de su vida. Es una mujer, profundamente imbuida de espiritualidad, que ha decido darle un sentido singular a su existencia terrena. Lo cual explica la gran afinidad con Héctor A. Murena tanto como la herida que su muerte ha de provocarle.

En su vida viajar fue piedra angular. Comentaba que eso le servía para entender mejor la condición humana tanto como su propia personalidad. Hizo recorridos – algunos prolongados – por el continente americano, Europa y el Cercano Oriente. En una de las travesías por esas latitudes realizó en Chipre – para la revista Atlántida – una entrevista al arzobispo Makarios III, primado de la Iglesia Ortodoxa Chipriota y primer presidente de la República de Chipre.

Sara Gallardo (nacida el 23 de diciembre de 1931, en Buenos Aires) se casó dos veces. Primero con el escritor y guionista Luis Pico Estrada. Después con Héctor A. Murena. Éste último, poeta ocupado en temas esotéricos, espirituales y de la Tradición Hermética.

Fue Sara Gallardo quien en 1977 compiló para Editorial Fraterna y realizó el prólogo de “El secreto claro” páginas en las que se transcriben algunos de los diálogos con David J Vogelmann (autor de una notable versión al castellano del I Ching) ocurridos entre 1971 y 1972 en el programa que ambos hacían en Radio Municipal (actual Radio Ciudad de Buenos Aires).

Muy afectada por la muerte de Murena (ocurrida en 1975), se radicó – junto con sus hijos – en la residencia cordobesa “El Paraíso”, propiedad de Manuel Mujica Lainez. Ello le favoreció para la necesaria reflexión sobre los momentos que atravesaba, contar con tiempo para la confección de futuras obras así como el diálogo sereno, sin apuros, no sólo con el dueño de casa sino con otras personalidades de las artes y las letras que allí acudían invitados por Manucho.

Recordaba Sara Gallardo que la hospitalidad del autor de Bomarzo le parecía excesiva a punto tal que no le permitía pagar ni siquiera las llamadas telefónicas a larga distancia – que por ese entonces tenían precios elevados – y que cuándo ella le reclamaba abonarlas, Mujica Lainez respondía gesticulando y en alta voz: “Aquí se invita así.” Dando por zanjada la discusión.

Fiel a su necesidad viajera, marchó hacia Europa recorriendo – una vez más – Suiza, Italia y España. País este último donde escribió – 1979 – el que sería su último libro “La rosa en el viento.”

Ya en Buenos Aires, el 14 de junio de 1988, debido a un ataque de asma fallecía con sólo 57 años de edad.

De su obra la que siempre me ha resultado más atrayente es una de las menos atendidas. Me refiero a “Pantalones azules” (1963), texto al que – desde mi juventud – suelo dar una lectura en los meses veraniegos.

Estaba yo con Gallardo en una edición de la feria del libro de Buenos Aires, conversando mientras ella aguardaba para ir al stand donde firmaría libros a lectores y admiradores y le dije que, para mí, “Pantalones azules” era el libro que más me atraía. Jamás olvidaré su respuesta, espontánea y sincera: “¡Ese es el libro que yo menos quiero!” Nunca estuvo dispuesta a explicarme la causa de tal sentimiento.

Me es imposible concluir estas líneas sin traer el siguiente recuerdo: El escritor, poeta y crítico Juan-Jacobo Bajarlía me había invitado a tomar un chocolate durante cierta soleada pero muy fría tarde porteña. El convite era en el Tortoni, de Avenida de Mayo, y la causa era que estaría Sara Gallardo. Bajarlía conocía bien lo importante que era para mí aprovechar toda ocasión para escuchar de cerca a la autora.

El encuentro fue muy provechoso, intelectualmente hablando. Sara se retiró antes que nosotros. Bajarlía viendo cómo seguía yo con la mirada su partida, puso una de sus manos en mi hombro para decirme: “Imposible no enamorarse de Sara Gallardo, ¿cierto?” Un sabio Juan-Jacobo Bajarlía.

DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER
Dr Jorge Bernabé Lobo Aragón
Argentina

OPINIÓN:
Bienvenido el día de la mujer -que hoy celebra todo el mundo- para rendirle con renovado fervor el homenaje que todos los días se merece.
Debemos reconocer, con dolor, compungidos y avergonzados, que estamos en deuda con ella. Este mundo moderno, que hace gala de conquistas y de liberaciones a pesar de que vivamos la angustia de la desocupación y de que el maquinismo desplace al hombre de sus tareas, es culpable, también, de un especial ensañamiento con la mujer.
La mujer muchas de las veces, está perseguida, menospreciada, relegada. Por supuesto que no me refiero a todos los ámbitos sociales ni a todos los hogares, pero sí a la tendencia general y predominante en el mundo actual. Dios la creó con idéntica dignidad que el hombre para ser su compañera; pero se pretende mostrar como que sólo alcanzaría su plenitud, su total realización, siendo su rival, su contrincante, su competidora, ya que podría realizar las tareas que el hombre realiza con similar capacidad y solvencia.De eso no hay dudas: los seres humanos, varón y mujer, están plenamente capacitados para cumplir las tareas humanas;  pero eso no justifica que se muestre como inferiores, subalternos ni denigrantes a los quehaceres que son típicamente femeninos, a las ocupaciones y funciones que a la mujer le están reservados por ser eminentemente femeniles ya que en ellos resplandecen las especiales condiciones de que las ha dotado la naturaleza: el cuidado del hogar, la crianza de la prole.
Ante ese menosprecio por las labores femeniles se ha alzado la voz del Papa en Familiaris Consortio: “Si se debe reconocer también a las mujeres, como a los hombres, el derecho de acceder a las diversas funciones públicas. La sociedad debe sin embargo estructurarse de manera tal que las esposas y madres no sean de hecho obligadas a trabajar fuera de sus casas y que sus familias puedan vivir y prosperar dignamente, aunque ellas se dediquen totalmente a la propia familia. Ese es el desafío al mundo de hoy: estructurar a la sociedad de tal modo que las mujeres no sean de hecho obligadas a salir de sus hogares para competir en el mercado laboral. La irrupción de la mujer en diversas funciones laborales ha enriquecido, sí, al mundo del trabajo con el aporte de su esfuerzo,pero al mismo tiempo, por el empuje de una duplicación de la oferta, ha influido bastante desfavorablemente sobre la demanda. Pero lo fundamental no es eso; nadie piensa en mejorar la demanda laboral mediante selecciones ni exclusiones. Debemos tener presente que como hombres políticos estamos llamados a mejorar la sociedad, para lo que debemos considerar que la mujer tiene pleno derecho a mantenerse en el ámbito del hogar, en la crianza de los hijos, siendo centro de amor, de paz, de belleza, de concordia, sin que nadie la obligue a mantenerse total ni exclusivamente en estas nobles funciones.

Al rendir homenaje a la mujer, debo hacer una aclaración: dije que Dios la creó con idéntica dignidad que el hombre, para ser su compañera, pero me corrijo, ya que bien vista la dignidad de la mujer es superior a la del hombre, al que holgadamente lo supera en grandeza y noble esplendor: rindo homenaje a la madre del hombre, ya que en la maternidad y en la crianza de los hijos ella concreta en forma sublime la nobleza del papel que cumple en el género humano.

VIVENCIAS
Elsa Lorences de Llaneza
Argentina

   Escribir sobre las mujeres de hoy siendo una mujer casada hace 50 años, madre y abuela es muy difícil, porque a mi edad ya somos de otra generación.

   Empecé a trabajar a los 17 años y dejé de hacerlo a los 60. Íbamos a bailar con nuestras  madres, sin previa, sin alcohol. No había boliches. Se bailaba en los clubs de colectividades o en reuniones en las casas.

   Trabajé como Secretaria Ejecutiva de una Academia famosa en aquella época donde atendía al público y luego en un Centro de salud con médicos y residentes. Jamás recibí una insinuación o un gesto que desacreditara mi honor. Si pasaba por una obra en construcción cuando los obreros estaban almorzando juntos, recibía algún piropo, nada grosero y seguía caminando feliz de haberlo recibido.

   Nunca estuve encerrada en mi casa. Los bailes terminaban a las dos de la mañana y junto con mi madre volvíamos solas a casa, a veces caminando pero sin miedo. Jamás nos sucedió nada. Jamás nos faltaron el respeto.

   En estos momentos me pregunto qué pasó para que todo cambiara tan radicalmente. ¿Los hombres se volvieron locos o los volvió locos la droga? ¿Las mujeres quisieron independizarse y se les fue la mano? ¿Los padres, al haber tanta separación, dejaron de ocuparse de sus hijos? Realmente por más que me pregunto no sé que contestarme y me duele. Me duele ver tantas muertes, tantos abusos, tanta irracionalidad a la que nadie pone coto. Ser mujer hoy es un peligro. Caminar solas por las calles muchas veces es la muerte y no importa la edad, no importa si entregas todo igual te matan por el solo placer de matar. Por eso no tengo nada bonito que contar sobre las mujeres y prefiero poner la frase que colocó la Presidente de la Revista Internacional Aristos, la Dra. Virginia Eunate Goicoetxea,  en su llamado a los poetas para avisarnos de este tema y que a mí me fascinó:

“YO NO DESEO QUE LAS MUJERES TENGAN PODER SOBRE LOS HOMBRES SINO SOBRE ELLAS MISMAS”

¿Estará aquí tal vez el problema de todo?  ¿Quién podrá contestarlo?

LA MUJER ABORIGEN DE ABYA YALA (AMÉRICA)
Teresita Morán Valcheff (Letras del Andén)
Villa Mercedes (Argentina)

     La historia ha recogido en sus páginas el nombre de muchos hombres aborígenes, no así el de las mujeres,  abnegadas madres y compañeras que cumplían numerosos roles y trabajaban incansablemente, en duras y arduas tareas, en ese reparto desigual que ellas acataban en silencio, porque así estaba establecido por las sagradas leyes no escritas de aquellos pueblos. Hubo excepciones, que luego puntualizaremos.

     Sabemos del avasallamiento sufrido por las culturas originarias y el exterminio de naciones enteras, por parte de los invasores europeos, pero a pesar de ello la mujer acompañó al hombre apoyándolo en la resistencia y en la recuperación y reconstrucción de las tribus y comunidades, de su lengua, religión, mitología, filosofía, arte, música, ciencias, sus costumbres y la especial cosmovisión que une a todos los aborígenes que habitan Abya Yala, nuestro inmenso y bello continente, con su diversidad étnica y cultural, la que empieza a ser reconocida por los estados que surgieron posteriormente y continuaron durante siglos, con el avasallamiento y persecución sin tregua, de estos pueblos originarios que hunden sus raíces primigenias en el fondo de los tiempos.

     Las mujeres aborígenes, son portadoras de esa cultura ancestral, la trasmitida oralmente por sus madres y sus abuelas, y la que ellas trasmiten a sus hijos, que ha sufrido cambios a través del tiempo pero que es respetada por las actuales generaciones que toman de ella lo que consideran sagrado y útil para sus vidas, y se relacionan con otras culturas, sin perder su identidad ni su espiritualidad.

     Esas mujeres necesitan ser visibilizadas, reconocidas y valorizadas por su ascendencia biológica y cultural perteneciente a comunidades anteriores a la invasión europea, con miles de años de formación de una cultura y cosmovisión valiosas, antepuestas a la de los invasores foráneos, que acuñaron desde entonces la premisa de que el más pequeño de los continentes era y es superior al nuestro. Este despropósito ha sido trasmitido de generación en generación por la escuela y la iglesia y es una creencia generalizada en nuestra sociedad, porque los gobiernos no han obrado para sacarnos del error a través de reformas curriculares, en el sistema educativo, para enseñar desde la niñez cuál es nuestra verdadera identidad: nuestra primera matriz cultural fue una madre indígena y un español, que originaron el mestizaje en estas tierras, lo que confirma nuestra raigambre aborigen, como lo consignáramos anteriormente. Insistimos en que los pueblos originarios están en este suelo, en un devenir cultural de más de cuarenta mil años, en contraposición a los descendientes de europeos, de solo cinco siglos de existencia.

      Indaguemos en ese rico pasado, conozcamos y valoremos nuestras raíces pues no se puede amar lo que no se conoce.

LINEA INVISIBLE
Miriam Noce
Argentina

Éramos vecinas. Nos unía la edad, la escuela y el tapial lindero entre ambas casas. A medida que crecíamos la amistad iba en aumento. Las primeras confidencias. Dudas sobre cómo íbamos a ser o reaccionar ante el primer amor. Las escapadas a la plaza para ver un chico. Las mentiras a mi madre tapando la salida de la otra.

-¡Azul y Rosalía! que dúo de temer – repetían en nuestras casas. Sólo algo enturbió el transcurrir del tiempo.

Las vocaciones querían separarnos. Las inquietudes intelectuales abrían una brecha en los conceptos del universo juvenil.

-En declaración de principios, quiero compartir experiencias para salvar los conflictos humanos. ¡Viva la psicología! – exclamaba yo.

-Amo a los animales, seres vivientes de la naturaleza. ¡Arriba los veterinarios!-proclamaba Rosalía.

Así fue como sin plantearnos grandes interrogantes partimos, en una despedida llena de lágrimas y promesas de reencuentro. Me recibió Paraná. A Rosalía la ciudad de Esperanza. Ambas estábamos cerca de nuestra ciudad natal, pero en los primeros meses las preocupaciones académicas, más el monitorear la marcha de los estudios nos distanció un poco. Por suerte, al llegar el verano, en el clásico mes de calor y mosquitos (enero esperado); la amistad volvió a florecer, con momentos desopilantes. Reíamos al recordarnos como principiantes universitarias: perplejas, deslumbradas, atemorizadas o confundidas por el nuevo mundo.  “Rosalía ha concluido su primer año con entera satisfacción”: así lo expresaba a viva voz. Pero más aún se sentía feliz, porque estaba enamorada de un profesor.

 Todavía no se lo había hecho saber, pero al comenzar el año lectivo, en un riguroso recuento de actitudes se encargaría de notificárselo. Estallábamos en carcajadas ante el ensayo que realizaba para orientar correctamente su amor. Esta vez al despedirnos en un prolijo mapeo detallamos día, hora y modo de relacionarnos durante el año. Nuestra amistad así lo exigía. En un decir rápido y descuidado Rosalía todas las semanas me contaba  los adelantos con el profe; de sus estudios, poco o nada. Intentaba en mis respuestas mencionar que muchas ideas pueden repensarse y aunar amor y estudios. No significaba eso que no saliera a despejarme con algún buen mozo, compañero o no de la Facultad, pero mi meta era el estudio.

Cuando enero, nos volvió a reunir en largas charlas bajo la arboleda del patio, presentí que Rosalía ya estaba en camino al matrimonio. Su carrera eran fragmentos de un simulacro para estar cerca de Daniel – el único y verdadero amor de mi vida – recitaba con emoción.

Cuando los verdes renacían  entre los  innumerables que ostenta la plaza de Esperanza  y la primavera mostraba los colores ilusión, Rosalía se casó con su profesor. Ella dice que seguirá estudiando, pero sospecho que no será así. En la fiesta me abrumó. Me presentó a todos los amigos y compañeros de Daniel. Repetía cada vez que nos cruzábamos: “En mis sueños, la próxima novia sos vos.”

Antes de partir, en un rincón sellamos un nuevo pacto de amistad reducido a mínimas expresiones: “Siempre juntas, sin tiempo ni distancias.” Rosalía era feliz. También yo. Pero  algunas lágrimas me traicionaron. Imaginaba que el estado civil y la distancia provocarían nuevas experiencias.

Pasados tres meses de la boda, recibí una sorpresa en mí correo electrónico. Uno de los tantos amigos de Daniel que conocí en la fiesta me saludaba. Casualmente el que más me impactó. Chateamos pocas veces. Una pregunta y mi respuesta lo conmovieron: “¿Es la misma emoción recibir una carta que un e-mail? Éstos se eliminan, la carta tendrá un lugar en el cofre de los recuerdos.”

             Rafael era veterinario con algunos años de trabajo especializado en el área de la reproducción de vacas lecheras. Comprendió mi postura. No quería una historia banal, aspiraba a un futuro compartido. Primero debía recibirme. Mi amistad con Rosalía fue el hilo conductor que reunió también a dos amigos.

Con el título en la mano, tuve que responder a Rafael, aquello que tantas veces había preguntado con distintos tonos de voz: “¿Vas a casarte conmigo?”

La fiesta fue una reunión de ex-compañeros míos, colegas y los veterinarios del clan de Daniel y Rafael. Una relación basada en el principio de compartir. Cuatro amigos pactamos en un fuerte apretón de manos cruzadas la promesa de que una vez al mes nos reuniríamos, sin excusas para justificar ausencias. Rosalía y yo hablábamos mucho por teléfono y durante dos años cumplimos rigurosamente los encuentros mensuales. Una madrugada el sonido del celular me sobresaltó. Era una Rosalía de voz dolida. Encontró que en el mundo de Daniel existía otra mujer. No me lo había manifestado antes, porque necesitaba estar segura de la realidad que venía de tiempo atrás.

-Quiero tus servicios de psicóloga- solicitó con voz casi imperativa.

 Con infinita paciencia y ternura traté de explicarle las normas éticas y cuestiones que entre nosotras existían. La amistad entre los cuatro coartaba mi imparcialidad. Ella insistía.

-Únicamente vos lo podes resolver.

Para tranquilizarla actué como amiga: un recuerdo de la infancia nos llevó a reír como niñas olvidando lo anterior. Al día siguiente nos encontraríamos para sacarle carga a la palabra infidelidad. Hablar de golpes, algunos duros, pero no de fracaso.

Fuimos de visita a la casa de mi madre. En antiguo ritual nos refugiamos en la sombra de la arboleda del patio. Todo era difícil. Rosalía, en su ostracismo, no entendía las argumentaciones lógicas que vanamente le expresaba. Eran más fuertes y valederas las cuestiones pasionales que anidaban en su interior. Como a la muñeca rubia de la niñez, la abracé, sequé sus lágrimas y permanecimos quietas y muy unidas pensando cada una en la maraña de sentimientos encontrados.

-Azul ¿no estás apostando por una causa perdida?- me contestó pretendiendo que vislumbrara su postura ya asumida.  

-Intentá que la cama sea tu compañera cómplice- respondí buscando sonrisas y picardías.

Al decirnos –hasta la próxima reunión de cuatro– en su guiño triste comprobé que muy poco habían servido las confesiones y coincidencias. Mi ayuda no calmó sus propósitos.

A partir de ese momento entre los cuatro algo iba a cambiar. Por sentido común no mencioné nada ante Rafael. Él había escuchado el sonido del celular a la madrugada y preguntó:

-¿Quién era?

-Una paciente en crisis, vos sabes que eso sucede.

 Pasó como un llamado más.  Hoy está presente en mí, una frase de Pichón Riviére: “Nadie puede ser mejor profesional que lo que es como persona.”

Después de aquella tarde Rosalía pasó a ser la hermana que no tenía. Escudriñaba sus sensaciones y sentimientos. Estamos más tiempo juntas. Ninguna de las dos teníamos niños. Le daba elementos para comprender la realidad y no evadirla.  Le sugerí  un viaje de segunda luna de miel.

Ellos han insistido. Aquí estamos los cuatros sumergidos en un mar agitado de planes. Por primera vez en treinta y seis años de amistad, me ha pedido una importante suma de dinero. Se lo presté feliz y confiada, pero no sé si ocultarlo o decirle la verdad a Rafael. Si bien es mi dinero, ganado con mi profesión, como matrimonio somos un contrato que debe respetarse. Sus argumentaciones al conocer la novedad fueron válidas.

-Tu amistad puede verse enturbiada, si decís no, llegar a un enojo. Es una cantidad mayor que hará tambalear su propia economía. Estoy seguro que Daniel no sabe esto.

-Rafael, es mi amiga de toda una vida, no quiero perderla.

-Más a mi favor, si no te lo devuelve, en vos nacerá un resentimiento y hasta no te atreverás a solicitar la devolución.

-Tenemos una comunicación abierta y plena confianza una en la otra. No quiero tener una pérdida material y afectiva- respondí segura de mi accionar.

 Rafael encogió sus hombros y no mencionó más el tema.

 Queríamos llegar a Chile en dos autos. El clima previo era festivo. Los preparativos llenaban los espacios vacíos de la vida cotidiana de Rosalía. Partimos en fila india pactando turnarnos para manejar, de esa manera las distancias nos permitirían disfrutar la naturaleza. Cruzar ciudades y pueblos y pernoctar tranquilos, en tren de seguir el devenir de cada día.

Rafael dormitaba a mi lado. Los cuatro habíamos almorzado en un parador cercano a la ciudad de Mendoza. Por rara coincidencia nos tocó manejar a las mujeres, bajo una llovizna tenue, pero no por eso menos molesta. Ambas nos deseamos suerte y nos dimos recomendaciones, haciendo alarde de maestría al volante. Íbamos despacio, adelante el auto de Rosalía, atrás nuestra 4×4. El ruido pese a la  lluvia se escuchó y por un momento me paralizó. Rafael gritó: “¡Frena!” Cuando reaccioné, corrí. No llegaba nunca. El auto de Rosalía había chocado frontalmente con un camión  térmico. Sólo un pensamiento me acompañaba: quería escuchar la risa de ella, su voz clara y estridente. Sus frases chispeantes o ese melange  de ironía y ternura propio de ella. Sabía que no tenía que moverla. Mis manos intentaban retorcer los hierros y abrir la puerta para tenerla junto a mí, abrazada. ¡Dios! cuánto demora Rafael en volver con los bomberos y la ambulancia.

-Rosalía, sé que me estás escuchando, es mi voz, soy yo Azul.  Estoy a tu lado. Es mi mano que te acaricia. Sé fuerte, ya llegan. Te quiero. Todos te queremos. Te necesitamos.

Dos bomberos me retiraron con fuerza, no quería separarme de ella. Nunca más verdad aquello de: doy mi vida por salvarla. Daniel logró salir por la ventanilla. Rosalía estaba apretada entre el volante,  la butaca y el airbag que funcionó en forma deficiente. Rafael me sacó a un costado, me envolvió con su saco, estaba empapada. La lluvia se confundía con mis lágrimas. Me retuvo a su lado, me inmovilizó. Ya no tenía fuerzas. Recé y recordé cuando juntas tomamos la primera comunión en la fiesta de Cristo Rey.

Me exigía una explicación: ¿Por qué? ¿El camión o Rosalía? El camión debió salirse de su mano e ir a excesiva velocidad. Sí, sin duda eso pasó.

 Cuando llegamos al hospital hubiese querido atravesar las paredes. Lo reprimido quedó en libertad y emergió en un grito de dolor al ver la cara de Daniel. Una  pregunta para una respuesta trágica.

Después, intentar una resignación que no llega. Comencé con obsesión a transitar una vida prestada, sólo recuerdos de y para Rosalía en una incierta frontera. No puedo sentir sobre mi cuerpo las manos de Rafael. Los trozos de memoria me agobian. La conciencia, las sensaciones, y el razonamiento juegan a la duda. Mi marido está preocupado. El duelo por Rosalía excede, según él los límites normales. Debo visitar a un colega.

Pienso demasiado. No en mi amiga, sino en la mujer que no alcancé a compartir. Recién ahora estoy entendiendo este universo poblado de pesadillas y me repito un fragmento del poema de Renée Vivien:

“Te amo por ser débil y estar entre mis brazos sosegada, cómo una tibia cuna donde reposases”

Todavía no ubico el factor determinante.  Sé que las circunstancias fueron actitud del tiempo. ¿En qué línea invisible terminó la amistad y comenzó el amor?

¿DE QUÉ SE QUEJAN LAS MUJERES?
Por: Gustavo Páez Escobar
Colombia

La mujer, que toda la vida ha sido la reina del uni­verso, ha dado por sentirse esclava en los últimos tiem­pos. ¿Esclava de quién? ¡Del hombre! Para liberarse, ha emprendido campañas por el mundo entero, con ímpetu, con arrojo, con gritos de guerra. Se ha rebelado contra lo que ella denomina “la milenaria explotación del hombre” y ha tratado de destituirlo y suplantarlo.

Nada tan equivocado, por supuesto. Conforme el hombre fue constituido como factor de mando, o sea, de organi­zación, la mujer es el soporte del mismo mando. Mien­tras el hombre es músculo y cerebro, la mujer es encan­to y corazón. Si el hombre es guerrero, la mujer es dio­sa. ¿Habrá necesidad de cambiar los papeles?

La mujer cree que se halla vulnerada en su sensibili­dad femenina –que a veces no es tanta– por el demasia­do vigor masculino –que a veces tampoco es tanto– y por eso levanta su clamorosa voz de rechazo. En los últimos tiempos, y como parte de una estrategia finamente urdi­da, la mujer se ha preparado para mejores posiciones, lo que debe aplaudírsele; pero ha descuidado su ofi­cio de ama de casa, lo que es deplorable. Cambió el cetro del hogar por el sillón del ejecutivo.

La naturaleza, que es sabia, le concedió al varón ma­yor poder imaginativo, y a la mujer, mayor intuición. Mientras el uno planea la acción, la otra desbroza el camino. Nunca podrán ser iguales, por ser fenómenos distintos. Son, sin embargo, fuerzas que se atraen y se necesitan, se buscan y se complementan, pero cada cual en su lugar.

«La mujer –dice Marañón– es un ser de diferente es­pecie biológica que el hombre, con encantos específicos e imbecilidades también específicas». Una de ellas, su­pongo, es la de no sentirse contenta con su papel de soberana y ambicionar el puesto de su socio, un duro destino. En su lucha antimachista, ella misma se ha vuelto machista. Y una mujer macho es algo detestable. Lo natural es que la mujer sea femenina y el hombre viril.

Una lectora de mis columnas, mujer pensante y líder de su comunidad, no participa de las actuales campañas feministas por encontrarlas equivocadas. Pregunta: “¿Có­mo podemos ser iguales a los hombres? ¿Siendo menos femeninas o haciéndolos a ustedes menos masculinos?”. Ante lo cual, como debe suponerse, ella misma contesta con un ¡absurdo!, para argumentar a renglón seguido que lo ideal es un machista inteligente, «pero estos son una piedra preciosa muy rara de encontrar».

No puede ser deseable la igualdad de los sexos por­que con ella no habría placeres ni prolongación de la raza. Y por consiguiente, no debe ser bandera femenina. Con igualdad de sexos, algo muy aburrido, la primera perdedora sería la mujer, y aquí sobran explicaciones. ¿Por qué, entonces, no quedarnos como somos?

La unión de una mujer pensante y un machista inteligente –y que los hay, los hay–, como lo recomienda mi razonadora y femenina corresponsal, crearía la pareja perfecta y le quitaría fuerza a la guerra declarada contra los hombres, contra su dominio y sus impulsos, por las fu­riosas antimachistas que piden solidaridad para su cau­sa en estos momentos de desajuste de hormonas y de rea­lidades.

Para ellas anoto estas palabras de Marguerite Yourcenar, mujer de armas tomar: «La situación de las mujeres se ve determinada por extrañas condiciones: so­metidas y protegidas a la vez, débiles y poderosas, son demasiado despreciadas y demasiado respetadas».

“La Mujer en la Poesía y el Poder de la Palabra Contra la Violencia”
María Sánchez Fernández
Úbeda-España

Siempre he tenido por cierto que el mundo de las letras es fascinante. Hay que deslizarse por las numerosas vertientes de la literatura para descubrir, con asombro y placer, que guarda un rico tesoro pleno de colorido. Este ilumina nuestra imaginación hasta llevarla por unos caminos inesperados donde la realidad se convierte en fantasía. Nos encontramos con la ficción de la novela…, la profundidad del ensayo…, la fantasía del cuento…, la opinión informativa…, la elevación de la poesía…
Todo este despliegue de comunicación es pasando por la expresión  de la palabra.
Como poeta me concentraré en la palabra escrita y hablada, teniendo como medio sublime la Poesía
La Palabra en la poesía es el arma blanda, sin filos, que sabe combatir con amor y sabe vencer con honor a la violencia. La violencia se repliega en sí misma, agacha su cerviz y se hace pequeña ante una frase dicha con delicadeza y amor.
A través de los siglos, la mujer siempre se destacó, por su enorme sensibilidad, en este hermoso campo de la palabra. Nos remontaremos al s. VI antes de Cristo en el que la famosa poeta griega Safo de Lesbos creó su propia Academia enseñando a sus alumnas retórica, declamación y sobre todo expresión poética. Después, hasta situarnos en nuestros días, mencionaremos a Sor Juana Inés de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Gabriela Mistral, Rosalía de Castro, Rosa Chacél, María Zambrano… y tantas y tantas más. Todas combatieron la violencia como valientes soldados con la sabiduría de la palabra.
La palabra en la poesía está ahí; para ayudarnos a vivir. Para revelarnos las cosas maravillosas que pueden brotar del alma humana transmitiendo constantes himnos a la no violencia.
La palabra en la poesía no es hiriente. Lleva tintes de paz…, de amor…, de fraternidad… Por eso cuando hay tiempos conflictivos, cuando el mundo quiere cambiar su vestido floral por una túnica gris, maloliente y hecha jirones; cuando el dolor es una tenaza que aprieta y aprieta,  la palabra poética se esfuerza en cambiar esa imagen nefasta y trata de bañar con su bálsamo purificante las heridas causadas por las catástrofes y las ambiciones humanas.

Decía el filósofo griego Heráclito de Éfeso “ Todo cambia, todo fluye, nada permanece” Según sus teorías nada está quieto, todo está en continuo movimiento, tanto en la parte física de lo creado como en la parte emocional de los seres humanos.
También decía, confirmando sus teorías, que “la guerra es la madre de todas las cosas, pues donde hay desacuerdos hay una generación de movimiento”.
Por eso la  paz  sigue a la guerra y esta a la paz. La vida lleva a la muerte y esta también genera vida pues la materia nunca muere; siempre permanece. Este movimiento es continuo en todas las cosas.
Pues bien, en los últimos tiempos que vivimos tan aciagos; tan desesperantes; estamos inmersos en estos cambios de la naturaleza que tiene a toda la humanidad angustiada, y simultáneamente, también estamos sufriendo el comportamiento del ser humano en su lucha por la ambición de poder contra los derechos de dignidad e igualdad que toda persona ha de tener.
Nada quiere estarse quieto, hasta los ejes de la tierra se remueven inquietos produciendo cataclismos. El mar se levanta como un monstruo rugiendo y arrasando; la geografía terráquea cambia su imagen continuamente y nuestro mundo es un auténtico puzzle. Claro, este fenómeno ocurre desde que el planeta Tierra es una mínima partícula del cosmos. Nunca se ha de estar quieta.
¿Y qué ocurre en la guerra y en la paz? Pues en la guerra y en la paz ocurre desde que el hombre es hombre.
Y el hombre llora al ver llorar al hombre. Sufre por él, se inquieta por él, pues todos somos uno solo bajo el cielo que nos cubre. La imagen diaria que tenemos en los medios informativos es muerte, desolación, lágrimas que mueven a la piedad infinita. La sociedad humana se mueve y responde, pero también se resquebraja con mil temores ante la amenaza por el peligro nuclear, la economía mundial y por el medio ambiente que cada día está más amenazado por estos constantes ciclos.
Pero como todo está en continuo movimiento, como decía el sabio griego, tengamos esperanza de que pronto, en vez de llorar podamos reír.

UN AMOR DE NOVELA
Silvia Mabel Vázquez
Argentina

Apenas dieciocho años. Una vida de lujos y roce social. Camila desafió la moral argentina de aquellos tiempos por el simple hecho de enamorarse. Claro, enamorarse de un cura, no era algo “normal” ni “aceptable” para la época. Ella, muy hermosa de cara y de cuerpo, muy blanca, graciosa y hábil, tocaba el piano y cantaba embelesando a los que la oían", según Berutti. Tenía además, una gran personalidad, quizás heredada de su célebre y bella abuela,
Anita Perichón, conocida como la Perichona., amante del virrey Liniers. La familia O'Gorman, padre de origen francoirlandés; la madre, porteña de antigua estirpe, y seis hijos, entre los que se distinguía Camila. Su mejor amiga, Manuelita, nada menos que la hija del Gobernador Rosas. Dos de sus hermanos, con respetables carreras en la sociedad: uno sacerdote y el otro al frente de la policía y la penitenciaría…casi nada.
Ferviente asistente a la iglesia, Camila conoció a Ladislao cuando éste vino desde Tucumán para seguir la carrera eclesiástica. De pelo negro y ensortijado, cutis moreno y mirada viva, modales delicados , hacía un conjunto simpático con Camila, y todos decían que era "juicioso y lleno de aptitudes". Su presencia transformaba el templo en un sinónimo del paraíso, y allí, comenzaron los más hermosos sentimientos, a la vez pecaminosos, hacia el cura. ¿Cómo se le podría ocurrir a ella semejante idea? Enamorarse de un cura…
El reconoció haberse equivocado al seguir la carrera sacerdotal, pero si no se le permitía que la hiciera su esposa ante el mundo, lo haría ante Dios. Dejarlo todo para tenerla consigo.
No fue fácil. Ambos estaban presionados. El, por la iglesia, ella por la sociedad y la familia.
A pesar de todo huyeron. Huyeron hacia la libertad, hacia una felicidad que les duraría poco, pero valía la pena.
Corrientes los recibió. Ella cargó sus joyas, él, lo poco que tenía como tesoro. Allí fueron maestros, amantes, marido y mujer ante todos. Allí fueron felices hasta que el destino quiso que ese día de invierno el sacerdote irlandés lo reconociera a Ladislao.Rosas dio la orden. El traslado a los Santos Lugares fue inminente. A pesar de las cartas a su amiga Manuelita, Camila seguía recluida a distancia prudencial de su amor. Lejos de él, cerca de él con un hijo en su vientre. Aunque las declaraciones ante la justicia se hicieron efectivas, la mano dura no tardó en llegar.
"Camila mía: acabo de saber que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra, unidos, nos uniremos en el cielo, ante Dios. Te abraza, tu Gutiérrez." El papel arrugado llegó a manos de Camila, era la despedida.

Ambos fueron conducidos con los ojos vendados. Cuatro para él y res para ella. Descargas que terminaron con las vidas de dos enamorados. Enamorados que darían comienzo a un final.
Dos que se enfrentaron a una sociedad hipócrita que no tardaría en dejar de escandalizarse y convertir a estos dos amante en héroes.

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