ANTONIO CAMACHO GÓMEZ

 

ANTONIO CAMACHO GÓMEZ nació en Roquetas de Mar, Almería, España (1930). Periodista, escritor y conferenciante, miembro de jurados literarios, crítico de arte, actor y recitador. Su obra fue galardonada en certámenes nacionales e internacionales. Desde su juventud ha colaborado en medios gráficos y virtuales argentinos (La Plata, Posadas, Rosario y Santa Fe) y españoles (Almería –corresponsal-, Alicante, Córdoba y Madrid), y en los últimos años ha obtenido la recompensa que otorga el Instituto Nacional de la Excelencia por un programa radial, así como el premio “Santa Clara de Asís” por sus editoriales  en el diario El Litoral de Santa Fe, del que fue secretario de Redacción, entre otras funciones, y crítico de arte del diario El Territorio, de Posadas (Misiones).

   Es autor de los libros de poesía: «FLORES Y ABROJOS» (Ed. Castellví- Santa Fe, Argentina, 1953) y «TIEMPO SIN ALBA» (Ed. UNL – Santa Fe, Argentina, 2006); de dos CD (Poemas y cante jondo); del libro de cuento «LAS SIRENAS DEL ODIO» (Ed. Dunken SRL – Buenos Aires, Argentina, 2012) y de teatro: comedias «LA EDAD TONTA» (Ed. Colmegna SA – Santa Fe, Argentina, 1955) y “EL POLVO DE LA SANDALIA” (Ed. De los Cuatro Vientos – Buenos Aires, Argentina, 2016). Asimismo, acaba de publicar en la Editorial Dunken SRL, 2017, el libro con artículos  de su labor periodística correspondientes al período 1980-2017: “LA ESPANTOSA BANALIDAD DEL MAL (Más allá del periodismo)”. Sus poemas fueron difundidos por las emisoras radiales Mitre (Buenos Aires), Colonia (Uruguay) y Popular Cadena COPE – 2da. Cadena Española (Almería).  En Santa Fe, intervino en sus radios más importantes (LT9: “Sintonía del alba”, LT10-UNL y LRA1 Radio Nacional –durante 8 años-: “Andalucía a compás”), así como en los Canales 13 y Cablevisión de TV. Figura en numerosas antologías publicadas en Buenos Aires, Catamarca, La Plata Rosario y Santa Fe, habiendo sido invitado por la Universidad de Columbia (Nueva York) para recibir un diploma honorífico.

   Como autor teatral su labor lo llevó a ser miembro de la Organización Latinoamericana de Teatro, con asiento en Buenos Aires. En 1952 ingresa en el Seminario Dramático Municipal, ente oficial en el que llegó a ser PRIMER ACTOR, obteniendo gran éxito de público y crítica en la obra de Molière «La escuela de las mujeres». Así, y en calidad de intérprete intervino en obras tales como «Las de Barranco», de Gregorio de Laferrére; «La grieta», de Pedro E. Pico y Bengoa, montadas en el Teatro Municipal de Santa Fe, y «Calígula», de Albert Camus, escenificada en la Alianza Francesa de Santa Fe; entre otras, caso de “Siempre comienza el amor”, del autor vernáculo Eduardo Raúl Storni y “El bien más valioso”, de Mansilla, presentada en el Teatro 3 de Febrero de Paraná, capital de la provincia de Entre Ríos. Asimismo actuó en varias provincias argentinas y en el Paraguay.

   Varias de sus obras, se encuentran en la biblioteca del Congreso de EEUU; y en las bibliotecas nacionales de España, Francia, Reino Unido y otros países. Asimismo, su tarea difusora de la cultura andaluza le valió el reconocimiento de los gobiernos de Andalucía (PP y PSOE) y de la Argentina (“por su aporte al país”), así como de los alcaldes de Almería y Roquetas de Mar (España), y ministro plenipotenciario de la Embajada de España en Argentina (Rafael Godet).

   Miembro de honor de la Asociación Santafesina de Escritores (ASDE), integrante de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE-Buenos Aires) y Miembro inicial de la SADE-Filial Santa Fe y del Centro Andaluz Santa Fe de la Vera Cruz, socio fundador del Instituto Argentino de Cultura Hispánica de Santa Fe y miembro de honor de Naciones Unidas de las Letras (UNILETRAS-Bogotá, Colombia). Actúo como jurado en certámenes de la Organización Mundial de Trovadores (OMT  – USA/España), y usuario colaborador de las Revistas Internacionales Virtuales “Ave Viajera” (Bogotá, Colombia), “LunaSol” (Texas, USA/Alicante, España –hasta su cese en Julio 2017) y “Aristos Internacional” (Alicante, España), e integrante de la Red Federal de Poesía de la Nación.

Octubre 2017.-

ANTONIO CAMACHO GÓMEZ
SELECCIÓN DE TRABAJOS[1]
UNA CRÓNICA, UNA NOTA, SIETE POEMAS Y UN RELATO

A modo de testimonio de nuestro periodista, cronista y cuentista, poeta y rapsoda, y del rico y emocionado caudal de versos y metáforas castizas, de los arabescos esenciales que pueblan su particular universo (y que hemos venido anticipando mediante notas al pie de referencia), y que Camacho ha dedicado especialmente a sus padres, esposa e hijos, y “A quien ame a su prójimo / como a sí mismo” (cit. – libro “Tiempo sin alba” – UNL, 2006), hemos seleccionado una CRÓNICA sobre ANDALUCÍA publicada bajo el título “Celebración de Andalucía”, en el diario El Litoral (Santa Fe, Argentina), con fecha 5 de marzo de 2014 (y que sirviera de base a la escrita con fecha 25 de febrero de 2015 para dicho vespertino, y registrada bajo nota al pié Nº 17 de este trabajo); así como SIETE POEMAS para disfrutar y memorizar (de distintas épocas, como se verá, y bajo los ejes de: Tierra-Autor-Torero-Flamenco-Fe Católica-Amor Esposa-Esposa Amor); y, por último, UN RELATO tomado de su maravilloso libro de cuentos “Las sirenas del odio” – Editorial Dunken – CABA, Argentina – Abril de 2012); libro que contiene, a su vez, SIETE HISTORIAS (en cabalística coincidencia con el número de poemas elegidos para la ocasión) y cuya lectura –por su carácter magistral- resulta altamente recomendable.

Como sigue:

  • UNA CRÓNICA FERVOROSA SOBRE SU TIERRA ANDALUZA:

   Dice el poeta sevillano Manuel Machado en Cantares: “Vino, sentimiento, guitarra y poesía / forman los cantares de la patria mía. / Cantares… / Quien dice Cantares dice Andalucía”. Introito adecuado para referirse a la segunda región más importante de España, por espacio y población, con sus ocho capitales[2] y respectivas provincias y un gobierno autónomo, con Parlamento y Justicia propios. Expreso autónomo[3] porque dentro del Estado español la Constitución de 1978 contempla la independencia política de las diferentes comunidades y regiones. Y Andalucía pudo ejercer tal derecho tras largas gestiones de los ayuntamientos y del pueblo culminando con las instituciones de gobierno el 28 de febrero de 1980. Un viejo sueño del considerado padre de la patria andaluza, el abogado Blas Infante, creador del escudo y del himno, cuya estrofa inicial reza: “La bandera blanca y verde / vuelve tras siglos de guerras, / a decir paz y esperanza, / bajo el sol de nuestra tierra”.

   Para entender la historia de Andalucía hay que remontarse a Tartessos o Tarshish, que ha sido la cultura más antigua de Occidente, anterior a la griega y a la romana. Considérese que antes de Cristo, seis mil años nada menos, se encontraron leyes en verso. Además de este perfil milenario cabe agregar, sin desconocer las opiniones del erudito alemán Schulten sobre los primitivos pobladores que, como asevera el filósofo Ortega y Gasset, aquélla es “de todas las regiones españolas, la que posee una cultura más radicalmente suya”.

   Tengamos en cuenta que recibió la influencia de todas las culturas violentas del Mediterráneo sin dejar de absorber rápidamente a sus invasores. Y todos dejaron su huella: fenicios, griegos, romanos, cartagineses, visigodos, árabes –éstos estuvieron ochocientos años desde su llegada con Tarik en el siglo octavo- y los judíos en la diáspora. Hago un paréntesis para informar que, recientemente, el gobierno hispano le ha concedido la nacionalidad a los sefarditas.

   Ciudades como Cádiz (Gades), acueductos como el de Segovia, no andaluz, monumentos tales como la Alhambra, de Granada; la Mezquita, de Córdoba y el puente romano; la Giralda sevillana, las Alcazabas de Almería y de Málaga son algunos testimonios de aquellas viejas civilizaciones.

   ¿Vandalucía? ¿Al-Andalus? Son nombres dados por los vándalos y los árabes a la región sureña que para Federico García Lorca no sólo era el ombligo del mundo occidental, sino que España y hasta todo lo hispánico resultaban una extensión de Andalucía. Dio dos emperadores a Roma: Adriano y Trajano; un filósofo tan profundo y austero como Séneca; una Córdoba que durante el período musulmán fue la más culta y poblada de Europa; cuna de Góngora; donde Ziryab, de origen iraquí, en el siglo IX, promovió una revolución musical y Averroes, el pensador más importante de la Europa no cristiana influyó hasta los tiempos modernos.

   Cómo no recordar a sus grandes poetas. Ahí están los Machados, Bécquer, Alberti, Guillén, Rueda, Villaespesa, Lorca, Jiménez, Aleixandre y tantos otros. Y en cuanto a pintores basten Murillo, Velázquez y Picasso. En música, Manuel de Falla y Paco de Lucía, recientemente fallecido.

   Andalucía: donde surgió el flamenco, declarado por la Unesco “patrimonio cultural inmaterial de la humanidad”, la de Antonio Banderas, Bisbal y el maestro Padilla, que puso música a filmes, segunda Meca del cine durante un largo período en Almería. Hoy es un centro vital de turismo internacional, con ferias y fiestas religiosas de fama mundial, modernos aeropuertos y trenes de alta velocidad, paisajes, monumentos y gastronomía singulares, con las costas en las que residen miles de extranjeros. Un pueblo cordial y abierto que acoge al visitante con la vieja hospitalidad arábigoandaluza.-

  • UNA NOTA MUY ESPECIAL EN “DEFENSA DE LA FAMILIA”[4]:

   En el programa de una televisora de alcance internacional se propaló que las causas de la caída del Imperio Romano fueron tres: una, el descreimiento en los dioses que habían adoptado de los griegos, a los que les pusieron distintos nombres; otra, el resquebrajamiento familiar, y, la tercera, la corrupción de las costumbres. Fue una fruta madura para los bárbaros a los que los seguidores de Constantino, de feliz reinado, sirvieron en bandeja después de haber sido los maestros indiscutibles del derecho, con jurisconsultos de la talla de Ulpiano y Cayo y disponer de una fuerza militar modelo que dominó gran parte del mundo conocido.

   Valga, precisamente, este introito para subrayar que en la época de esplendor del Imperio fue la familia un soporte capital. Porque, como tantas veces se ha dicho, constituye una célula básica de la sociedad y ésta es el resultado de aquélla. Lo que viene ocurriendo en Occidente –capítulo aparte merecen las autocracias y dinastías imperantes en Asia y África- tiene cierto parentesco con lo acontecido en los vastos dominios romanos. La familia tradicional está siempre jaqueada tanto por la indiferencia religiosa de muchos gobernantes y gobernados, como por legislaciones permisivas y un concepto materialista que fogonean no pocos medios de información masiva. El todo vale en la relación de pareja, con excepciones explicables, en un mundo en el que la ciencia y la tecnología, tal lo afirma el sociólogo Ulrich Beck, producen “beneficios y desgracias” está apareciendo un vacío existencial que potencian las separaciones frecuentes y los amoríos transitorios. Con una lamentable secuela de embarazos indeseados o utilitarios, hijos de padres diferentes y multitud de niños a la deriva. La falta de ejemplos formativos en materia de ética y moral coexisten con una educación deplorable y un sentido de libertad equívoco muestran una realidad socialmente alarmante.

   Ciertamente los tiempos han cambiado y con ellos la cultura, pero no los principios seculares para la evolución armónica del individuo y la comunidad de que forma parte. Y en este punto la familia, el matrimonio civil y religioso, sin desconocer uniones de hecho permanentes fuera de aquél, juega un papel fundamental. Uniones, cabe aclarar, que son estudiadas por los obispos católicos con miras al sínodo que se efectuará en el Vaticano en octubre próximo. El que permitirá al papa Francisco, que presidirá con anterioridad una reunión mundial de la familia tradicional, que no es perfecta, en Filadelfia, tener un panorama definitivo para obrar en consecuencia. Es decir, con misericordia y comprensión, pero impedido de tomar decisiones en pugna con las enseñanzas evangélicas.

   El matrimonio cristiano es un sacramento, no un frío contrato, sino una alianza de vida y de amor y cuyas propiedades esenciales son la unidad y la indisolubilidad, según el Nuevo Código de Derecho Canónico, número 1056. Es, señala el Concilio Vaticano II (Gadium et Spes) “una íntima comunidad de vida y amor conyugal”. Por supuesto que exige sacrificios, vencer dificultades, respeto, comprensión y paciencia. Muchos fracasan porque se han efectuado a la ligera, por vanidad, capricho, despecho, lujuria o egoísmo, sin el debido tiempo y conocimiento del contrayente. Sin descartar pasiones, encandilamientos ni buena fe.

   Que el amor no es para siempre constituye una falacia. Hasta en Hollywood hay casos concluyentes. Pero una mentalidad hedonista, descreída y desvalorizada que en cierta medida considera a la mujer objeto de placer y ofrece falsos paraísos, intenta prevalecer sobre la familia tradicional. Cuya unidad y preservación son imprescindibles para fortalecer un Occidente desorientado y convulso.-

  • SIETE POEMAS de  LIBROS… INOLVIDABLES:

En primer término, un soneto referido a su añorada ALMERÍA aparecido en su libro “Tiempo sin alba” (2006). En segundo lugar, un poema dedicado a su entrañable y venerado poeta, FEDERICO GARCÍA LORCA; el siguiente ofrecido al gran torero de todos los tiempos: «MANOLETE», publicado en Córdoba (España) por la Revista Toreros de Córdoba y editado en el libro precitado;  el cuarto ofrecido al FLAMENCO en los timbres y compases de una guitarra; el quinto, ofrendado a su FE CATÓLICA, honrando a la Santísima Virgen María; el sexto dedicado a su admirado PADRE; y el último a su querida compañera de vida, a los dos años de fallecida (12-11-2014): nos referimos a doña ELENA ROSANO DE CAMACHO GÓMEZ, a quien recuerda en cada una de sus intervenciones artísticas.

  1. ENSOÑACIÓN DE ALMERÍA (Libro “Tiempo sin alba” – Ediciones UNL, 2006, pág. 115)

“Cuentan que el tiempo nuevo te ha crecido / azogando tu sueño de palmeras; / que has dejado de ser la que antes eras / y que tienes un aire amanecido. // Que el agua de mil manos se ha prendido / fecundando tus secas parameras / y ha cruzado la sal de tus fronteras / el árbol del cemento estremecido. // Yo seguiré tejiendo mis quimeras / con la rueca de luz de tu bahía: / con aquel viejo niño que corría // embrujado en tus ansias verbeneras, / cuando más que durmiente, mi Almería, eras velera que esperaba el día”.

  1. POETA CAÍDO–  A Federico García Lorca (Libro “Tiempo sin alba” – Ediciones UNL, 2006, pág. 91)

“Al alba lo mataron, / al alba. / La paloma y el ciervo / se escondieron, / y el escorpión / bajo la piedra fría. // Las fuentes de Granada / gimieron malheridas / y la noche huidiza / rompió por peteneras. // El camino se abría / como un pozo de sombra / y un ruiseñor ciego / voló despavorido. // Al alba lo mataron / con fusiles oscuros, / medalla irrepetible, / sonrisa inacabada / sin balcón y sin luna, / con los ojos abiertos / sobre la madrugada. // Tiritaron navajas /en las alamedas / y lloró el Albaicín / en corro de gitanos / la sangre derramada. // No llores, Federico, / que tu canto no acaba, / que eres memoria viva / con tu muerte temprana. // Al alba lo mataron, / al alba”.

  1. ROMANCE DE FERIA TRISTE (Revista Toreros de Córdoba y libro “Tiempo sin alba” – Ediciones UNL, 2006, pág. 100)

A «Manolete», in memoriam

“¡Ay, feria! ¡Qué feria alegre / la que a Manolo esperaba / vestida como una novia / la noche de desposada! // Amores llevaba el viento / a la orilla de la playa / y ojos morunos bebían / el vino de las miradas. // Los caballistas de almendro / por las calles cabalgaban / llevando fuego en la grupa / con las sienes desveladas. // Y era un jugar de palomas / y era un rimar de campanas. // Almería era de luces, / toda color esperanza, / los percales relucían / las verbenas madrugaban / el cante jondo y la prima / la noche se disputaban. // ¡Ay, feria! ¡Qué feria alegre / la que a Manolo esperaba! // «Islero» llegó a la feria / con voces entrecortadas /

y corrillos de café / que asustaron la mañana. // Y se detuvo la feria / y hubo un silencio de lágrimas / y un no se qué de increíble / que la garganta secaba. // Porque Manolo Rodríguez,

mimbre y acero de España, / en el ruedo de Linares / laurel y bronce ganaba. // ¡Ay, feria de crespón negro! // ¡Ay, sonrisa abandonada / más allá de los caireles / cuando despuntaba el alba! // ¡Ay, qué feria sin Manolo / en las calles desmayada!”.

  1. GUITARRA FLAMENCA (Libro “Tiempo sin alba” – Ediciones UNL, 2006, págs. 82/83)

“Canta y llora / la guitarra / en la prima / y el bordón, / la guitarra / llora y canta / su pasión. // Sueña con noches / morunas / la guitarra, / con rosedales / y lunas, cairel / y toritos bravos / en un cortijo / andaluz; / sueña con amores / rotos, gitanos / y agrios cuchillos / resplandecientes / de luz. // Gime en cuerdas / y maderas / la guitarra / peteneras, / siguiriyas, / historias de / viejos tiempos / de manolas y toreros / y cantaores por tientos. // La guitarra / morena y ondulada / como una moza sevillana / que los dedos acarician / para pulsar sus memorias / con acentos orientales. // La guitarra / en los umbrales / del cante jondo / en las cuevas / y en las minas, / la taberna / y el tablao, / entre claveles / y vino, la guitarra / amiga. // Canta y llora, / llora y canta / la guitarra”.

  1. LA VIRGEN DE BRONCE (Libro “Tiempo sin alba” – Ediciones UNL, 2006, págs. 17/19)

“Los labios de grana, / la piel de canela / y unos ojos negros / de ardiente mirar, / con un pelo endrino / sedoso y brillante / y el arte garboso / de un gitano andar. // La vi una mañana / florida de mayo / mordiendo en el tallo / sangriento clavel, / los dientes de nieve, / la boca ambrosía / y un cuerpo divino / de fuego y de miel. // El sol la quemaba / rabioso en el cuello / mientras ascendía / entre las chumberas / y loco prendía / sus cálidos rayos / besando la euritmia / de aquellas caderas. // Hasta el airecillo / feliz se enredaba / entre los volantes /del limpio percal, / percal de lunares / que ceñía amoroso / el talle macizo, macizo y juncal. // La carne morena / de sus pies descalzos / se hundía en el polvo / del suelo abrasado / y unas mariposas / de vivos colores / rozaban su rostro, / su rostro almendrado. // Caminaba erguida, / soberbia, cimbreante, / bullendo en sus venas / el son de la zambra, / con aquel empaque / y aquella arrogancia / de algunas huríes / que tuvo la Alhambra. // La penca espinosa / de una verde tuna / robó a mi embeleso / su carne moruna, / su embrujo oriental, / y todo el misterio / que tiene su raza, / que es raza fatal. // Me quedé extasiado / en aquel silencio / que sólo rompía / el vuelo ruidoso / de un gran moscardón, / y ha poco escuchaba / en la lejanía, / el vibrar sonoro / de una bujería / en nota triunfal / de aquella garganta, / de aquella garganta / de fino cristal”.

  1. ELEGÍA A MANUEL CAMACHO[5] (Libro “Tiempo sin alba” – Ediciones UNL, 2006., págs. 71/73)

[1] NOTA: Selección antológica para REVISTA “ARISTOS INTERNACIONAL” (Alicante – España), a cargo del escritor argentino ADRIÁN N. ESCUDERO (1951), miembro del Staff Permanente de dicho Magazin virtual.-

[2] NOTA: Huelva y Cádiz (Costa de la Luz), Málaga, Granada y Almería (Costa del Sol); Sevilla, Córdoba y Jaén.

[3] Inda Carrasco – Artículo “El día que Andalucía comenzó a decidir su futuro” (Revista Nosotros – Diario “El Litoral” – Suplemento “De Aquí y de Allá – Vínculo cultural entre España y nuestra Región – Colectividades) – Siglo XXI – Sobre el particular e ilustrado con la imagen de la Alcazaba de Almería, y bajo el título de “Almería, color y luz. De esta ciudad abierta al Mediterráneo es nativo “nuestro” Antonio Camacho Gómez”, la periodista Inda Carrasco elaboró el artículo siguiente: “Aunque el referéndum del 28 de febrero de 1980 no cuajó, por la ausencia de mayoría en Almería., esta fecha conmemora la conciencia de la necesidad de independencia respecto del Estado, que llegaría, al fin, un año y medio después. // La instauración de la democracia en España impuso el punto de partida para que el país se dividiese en comunidades autónomas. A partir de ahí, un proceso en el que Andalucía estaría precedida por las “clásicas” País Vasco, Cataluña y Galicia. // En este sentido, el punto más álgido del reclamo popular de independencia lo ejemplificó la manifestación que congregó a dos millones de andaluces pidiendo la autonomía, que reconocía la Constitución Española. A partir de ahí, los movimientos políticos se encargaron de encauzar este reclamo. De esta forma, Andalucía reconocía su pre-autonomía en abril de 1978, mediante un Decreto Ley previo a la constitución de la Junta Preautonómica de Andalucía.  // A finales de este año, se firma el “Pacto de Antequera”, por el que los partidos políticos se comprometerían a conseguir la autonomía para Andalucía, pacto respaldado dos días después por la ratificación del referéndum de la Constitución que reconocía este derecho a las comunidades. // Como consecuencia, se constituye, el 12 de junio de 1979, la Junta de Andalucía, que presidiría Rafael Escudero, órgano que aprobaría la celebración de un referéndum el 28 de febrero de 1980, que, sin embargo, no es positivo por la ausencia de mayoría en Almería. No obstante, este proceso se repetiría el 20 de octubre del año siguiente (1981), con el resultado satisfactorio de la aprobación popular del Estatuto de Autonomía para Andalucía”.-

[4] Artículo escrito para diario El Litoral (Santa Fe, Argentina). Mayo 2015.-

[5] NOTA: Acerca de sus padres: MANUEL CAMACHO ALONSO y MARÍA GÓMEZ AMAT, el primero de Níjar, la segunda de Roquetas de Mar, ambos almerienses.  Cuenta su autor que el poema “Elegía a Manuel Camacho”, dedicado a su amado padre, resultó muy festejado y aplaudido en diferentes escenarios al ser recitado por el mismo. Y aclara que también compuso a su querida progenitora, el soneto “A mi madre”, cuyo texto pronto intentará rescatar de las brumas del olvido.  Sobre el particular, el diario El Litoral (Santa Fe), en el apartado “De raíces y abuelos” de la Revista cultural “Nosotros” (2015), publicó una crónica de ANTONIO CAMACHO GÓMEZ, bajo el atractivo título de “Una abuela de rompe y rasga”, donde relata en breves y atractivas pinceladas un esbozo de sus progenitores: Fue la única que conocí. A Concepción Alonso, mi abuela paterna, nacida en Níjar, un pueblecito de la provincia de Almería que hizo famoso Juan Goytisolo con su obra “Campos de Níjar” y en el que se produjo en la década del veinte del siglo pasado un hecho trágico en el que se basó Federico García Lorca para escribir su drama “Bodas de sangre”, llevada al cine por Carlos Saura con Antonio Gades y Cristina Hoyos. // Entonces era una localidad muy pobre –hoy floreciente con hermosas artesanías- en la que muchos de sus pobladores vivían de unas minas cercanas. En ellas trabajó mi abuelo, José Camacho, y, niño aún, mi padre Manuel. // La vida difícil movió a Pepe a venir a la Argentina, como tantos otros, en donde –en Mar del Plata- fue uno de los obreros que construyeron su puerto. Tras dos años de dura labor y como su esposa no quiso viajar, se volvió al terruño, en el que durante largo tiempo, con los pesos ganados, vivieron holgadamente los nombrados y tres hijas: María, Concepción y Ana. // “Comíamos gloria”, me contaba mi progenitor. Pero el dinero se acabó y regresaron las necesidades. // Murió José y mi abuela con sus cuatro hijos buscó nuevos horizontes. Se trasladaron a la capital, en la que mi padre –que estuvo en África acompañando a un pariente en la desastrosa contienda con victoria a lo Pirro que mantuvo España con el cabecilla rifeño Abd-el-Krim en 1921 (las balas, decía, atravesaban el techo de la carpa donde dormían los trabajadores)- consiguió emplearse en un bar conocido, Tonda. Para más tarde ingresar, por gestión de su madre, doméstica de la casa de uno de los jefes, en la empresa hidroeléctrica Lecrín –en manos inglesas- suministradora de energía de la ciudad y su provincia. // La conocí cuando estudiaba el bachillerato, pues vivimos por los desplazamientos de mi padre en El Ejido –cuna del cantante Manolo Escobar- y muchos años en Vera, a noventa kilómetros de la capital. Ella se domiciliaba en el Barrio Alto, sin agua corriente y sí refugios de hormigón para protegerse de las bombas alemanas. Eran, cuando llegamos, yo a los nueve años, los estertores de la Guerra Civil, a la que siguió una posguerra durísima, máxime con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.  // Nada la asustaba. Recuerdo que visitaba a mi abuela en el portal de una casa céntrica, en zona de mercado, en el que previo alquiler, se ganaba la vida vendiendo ropa usada. A la una de la tarde, caminando unos tres kilómetros, volvía a su humilde vivienda. Sus hijas se casaron y tuvieron un buen pasar, pero ella, una especie de madre coraje brechtiana, nunca quiso depender de nadie. // De fuerte carácter, más de una vez tuvo que ir a la comisaría franquista por entredichos con los clientes. Nada la asustaba. Cada vez que la veía me daba algunas monedas para que comprara caramelos. Le gustaban mucho los dulces y cuando regresaba a su casa se detenía a comprarlos en una pastelería. También se tomaba en ayunas una copita de anís –decía que le mejoraba el dolor de estómago- y sufrió una úlcera que la tuvo hospitalizada un tiempo. Murió de cáncer cumplidos los ochenta años y cuando su hijo se había trasladado a la Argentina con la familia. Más recuerdos. En uno de mis viajes a España fui a Níjar e intenté encontrar la tumba de mi abuelo, pero todo fue en vano. Sí están en Roquetas de Mar, donde “me nacieron”, como decía Gregorio Gómez de la Serna, ese excéntrico autor de las “greguerías” publicadas en Clarín, pues vivió unos años en Buenos Aires, las de mis abuelos maternos. Es decir, Blas Gómez Martínez y Eufemia Amat Giménez, que fallecieron jóvenes. // Eran gente de campo, con alguna propiedad, como una amplia casa en el pueblo, hoy bulliciosa ciudad habitada por chinos, rumanos, africanos, argentinos y de numerosos orígenes. En ella nací, en la plaza de Aparecidos. Aún se conserva, aunque como depósito de mercadería de parientes ricos. // Pues bien, según mi madre Blas fue un hombre de gran rectitud, insobornable, que se presentó en Madrid para examinarse como farista –puerto de mar, Roquetas tenía un faro, que se mantiene sin funcionar-, aunque el puesto lo consiguió otro del pueblo, según referencias, por influencia. Jamás, indignado, volvió a presentarse. // En cuanto a mi abuela era de Félix, preciosa localidad serrana, de familia acomodada y parientes que ocuparon importantes puestos en Almería. Tuvieron siete hijos, tres varones y tres mujeres, entre éstas mi madre María, que debió hacerse cargo de la casa al morir sus padres. Todos los hermanos fueron longevos y uno, Alfredo, llegó a los ciento dos años, motivo por el cual el historiador más importante de la hoy ciudad le dedicó una semblanza. // Siempre he lamentado no haberlos conocido, aunque mi madre, católica, que espera en Santa Fe la resurrección junto a su esposo, mujer enérgica y de clara inteligencia, reacia a pedir favores ni acomodos, me contó infinidad de anécdotas. Sin omitir la gran dignidad que tuvieron y la que, afortunadamente, sus nietos, tres mujeres y un varón, hemos heredado”.-

[1] Nota: Antonio Camacho Gómez (2014) – Semblanza de Elena Rosano de Camacho Gómez – ELENA ROSANO (1932-2012) nació en Santa Fe, hija de sicilianos cultos. Fue una mujer singular de sólida formación literaria, que sabía escuchar y opinar oportunamente, sin mezclarse en comidillas ni en discusiones estériles. Era querida y respetada entre sus familiares y amistades, tanto en la española Almería como en la Argentina. Estudió artes plásticas con el famoso pintor CÉSAR LÓPEZ CLARO, que la distinguió por su originalidad, así como en la ESCUELA PROVINCIAL DE ARTES VISUALES. Fue profesora de Dibujo, tarea que ejerció un tiempo en la Escuela “Gregoria P. de Denis” de Santa Fe y que debió abandonar por razones familiares. También estudio piano y se recibió de profesora de Teoría y Solfeo en el LICEO MUNICIPAL de la misma ciudad. Y aprendió periodismo en la escuela dependiente de la UNIVERSIDAD NACIONAL DEL LITORAL, ejerciendo durante dos años como cronista y entrevistadora –además de tener una columna propia- en el diario El Litoral de Santa Fe. La atención de sus hijos impidió que avanzara en actividades para las que estaba especialmente dotada. Mujer de acendrada fe católica, se desempeñó como secretaria de CÁRITAS en la parroquia “Nuestra Señora de Luján”, y en el mismo cargo (secretaria) de Actas en el hoy (2014) CENTRO DE ACCIÓN FAMILIAR (C.A.F.). Lectora incansable, esposa fiel y madre comprensiva y servicial, su muerte, a los ochenta años, fue hondamente sentida por cuantos la trataron, dedicándole el diario El Litoral una nota necrológica que exaltó justicieramente sus virtudes.-

  1. DE UN LARGO DESCONSUELO– Febrero de 2014 (Diario “El Litoral”, Santa Fe, Argentina – 12-11-2014).

  2. A mi esposa Elena Rosano[1]. In memoriam.

“Cuando el Himalaya / se derrumbe / y el oro de los tigres / brille en la llanura, / tu voz seguirá resonando / en mis oídos despiertos / como un canto desvelado. // La furia de los mares / no mellarán tu ausencia / ni el diapasón apagará / la nota que te ensalce. // ¿Eres, acaso, la sibila / de mis sueños rotos? // ¿Redimirá tu tránsito, / de pozo en sombras, / mis preces en el altar / de tu silencio? // Reposa, amada, que una luz / inextinguible / resplandece en las tinieblas / y mi espíritu insomne / aguarda tu llamada”.

  • Y UN RELATO de un libro… MAGISTRAL: “Las sirenas del odio” (Ver nota especial in fine)

El ESCLAVO

    El hombre se despertó. Sin reloj. Instintivamente. Como se despertaba desde hacía veinte años. Triste. Y molesto por volver a la rutina y a las cosas. Se sentó en el borde del catre y bostezó desperezándose. “¡En fin, había que seguir en el yugo!”. Se restregó los ojos. Luego, tanteando, buscó las alpargatas. “Tenía que comprar otras. Estas no aguantaban más. El dedo gordo le asomaba por la lona y hasta el cáñamo se había gastado. ¡Pero eran tan caras! Casi el jornal de un día: doce horas de barrenar para ganar diez míseros reales. No, se haría unas esparteñas y listo”.

    Las calzó en la oscuridad. Después palpó bajo la almohada y sacó una caja de fósforos. Siempre los guardaba allí. Era más fácil encontrarlos. Alumbrándose con uno descolgó el candil y encendió el pabilo. Una luz mortecina pugnó con las tinieblas. “¿Se habría despertado el José?”. Fue a ver: el niño dormía plácidamente en la pieza contigua. Lo arropó. Su mano ruda acarició el pelo renegrido. “Lo dejaría un rato más. Después tendría que despertarlo. Si aquella mala bicha…”. Apretó los dientes. “Desde que los abandonó tenía que llevarlo a la mina. Ahora se alegraba. Nunca fue una buena madre para el José. Claro que si hubiera tenido dinero se habría quedado. ¿Y qué? ¡Bah! Más valía así. Para los dos estaba muerta”.

    Un ruido cercano interrumpió sus pensamientos. A través del tabique llegó el relincho de un equino. “Debían de ser las cuatro. El vecino ya le estaba dando el pienso a los mulos”. Volvió a su cuarto. Puso el candil sobre un arca y terminó de vestirse. Luego lo llevó a la cocina y lo colgó en la repisa de la chimenea. Como chisporroteara tomó una alcuza y le agregó aceite. Al brillo intenso de la llama, las arrugas de su rostro se acentuaron. Una cara sufrida y vulgar. Cansada. Mecánicamente fue a un rincón y cogió un puñado de leña. La apiló bajo las trébedes. Encendió el hogar y puso en el fuego un puchero con agua que sacó de un cántaro. Lo tapó. Acercó una mata que se había caído al suelo y miró un momento cómo se consumía con un crepitar seco. “El domingo irían a buscar leña. Ya les quedaba poca. Era duro, pero con unos haces que trajeran de más pagarían al tendero una parte de la cuenta. Siempre debía, desde que se casó. Y eso que trabajaba como un burro. ¡Todo estaba tan caro!

    Cruzó la cocina y descorrió el cerrojo de una puerta. Era de madera tachonada y vieja, con algunas hendijas en la base carcomida. Al abrirla se coló el frío de la madrugada. Estornudó mirando al cielo. Las estrellas parecían apagadas. Algunas asomaban tímidas entre las negras nubes. “Otro mal día para los pobres”. Carraspeó y escupió dos veces antes de llegar al retrete, un pozo abierto en un ángulo del corral. Acuclillado paseó la vista por el espacio penumbroso de tierra rojiza y despareja. Débilmente la luz de la cocina que recortaba la puerta entreabierta lo iluminaba un trecho. Le pareció muy grande. “Si pudiera criar conejos… Con suerte y una buena comida sacaría unas pesetas. Porque el corral tenía bastante anchura y con sólo conseguir un macho y una hembra…”. Terminó y se subió los pantalones. “No era mala idea. Además, si la cosa marchaba podrían comprar un conejo de vez en cuando”. Volvió a la cocina y cerró la puerta. “La hierba abundaba en cualquier sitio y con unos cuantos sacos que acarrearan de tanto en tanto…”. Entró en su dormitorio y sacó del lavabo la palangana desconchada.

    -José-, llamó quedo. Hubo un silencio que rompió el canto lejano de un gallo.

    -José-, repitió más fuerte. Esta vez se oyó crujir un colchón; después un suspiro y un largo bostezo.

    -Anda, hijo. Levántate que ya es hora.

    -Voy, padre-, dijo una voz adolescente y somnolienta.

    El hombre regresó a la cocina. “Aquello no podía seguir así. Sí, el José siempre había sido delicado y si seguía acarreando espuertas de mineral se enfermaría”. Acercó la jofaina a una cantarera y vertió agua de un cántaro. “Además era mucho trajín y no quería que su hijo fuese un esclavo como él lo había sido toda su vida. ¡Que explotaran a otros! Bastante había aguantado ya el zagal”. Terminó de lavarse; alcanzó una gastada toalla que pendía de un clavo y se secó. “Necesitaba hacer dinero como fuera. Con la leña, los conejos y alguna pleita que hiciera quizá… Los serones se compraban bien y siempre salían aguaderas y albardas. Y hasta en el verano podrían ir a la siega a ganar unos duros. Por lo menos la comida les salía gratis”.

    Colgó la toalla. La palangana quedó en el suelo junto a la enjalbegada pared. En el hogar el vapor hacía saltar la tapa del puchero. “Tenía que ser un buen padre. En cuanto pudiera pagaría lo que debía y se irían a la ciudad”. Abrió la alacena descolorida y sucia por el seco excremento de las moscas; sacó un tarro de lata y, destapándolo, volcó café de achicoria en el puchero. Luego lo volvió a guardar. “Allí le buscaría algo mejor. Quizá lograra colocarlo como dependiente en cualquier comercio. Él, ya vería. Peor no podrían estar por mal que les fuera. Claro que algo le dolería dejar la mina, pero no tenía más remedio. ¡La perra vida! Su padre también había tenido que dejar el pueblo para darle de comer a todos ellos. Ocho hijos nada menos”.

    Parecía embrujado por el rojizo resplandor del fuego. Algunas pavesas saltaban a sus perniles.

    “Si no hubiera sido por el dinero que les mandaba de la Argentina, se hubieran muerto de hambre. Dos años trabajó como un burro en el muelle de Mar del Plata para regresar con unos miles de pesos. ¡Y qué poco disfrutó el pobre! No tenía ni cuarenta y cinco años cuando se lo llevó la gripe. Claro que él tampoco se cuidó. Pasó casi toda la epidemia enterrando los muertos a carradas y con una botella de aguardiente en el bolsillo. Hasta que se contagió como tantos otros y no duró ni veinticuatro horas. Sería su destino…”.

    El café hirviendo se derramó sobre las matas semiextinguidas y apagó la lumbre. Entonces el hombre buscó una roilla y cogiendo el puchero de un asa lo retiró de las trébedes. Al ver que salía humo de una mata todavía verde, la pisó.

    Entró el niño. Magro y enteco. Con mirada honda, de predestinado. Todo pálpito. Como aureolado de irrealidad y con toda la tristeza de una infancia sin juguetes.

    -Anda, hijo. Date prisa que se enfría el café-, dijo el hombre terminando de llenar su humeante tazón.

    -Sí, padre.

    Fue y se aseó. Luego, sentándose a la mesa, comenzó a sorber lentamente la amarga infusión en silencio, con la mente en blanco y la mirada fija en el oscuro líquido.

    El hombre apuró su café. Se enjugó los labios con el dorso de la mano y, levantándose, entró en el dormitorio. Buscó a tientas su chaqueta de pana lisa y se la puso mientras volvía a la cocina.

    -Ponte la zamarra, que hace frío-, recomendó al par que envolvía unos arenques en un pedazo de papel de estraza.

    El niño, bebida su colación, vistió la prenda pastoril.

    -¿La bufanda también?-, preguntó.

    -Sí, hijo, también, no vayas a resfriarte-, contestó el padre metiendo el paquete y una fiambrera que sacó del aparador en una talega. Después cogió un farol de petróleo y lo encendió.

    -Apaga el candil-, ordenó tras observar el pergeño del chico.

    El niño sopló fuerte. La llama osciló. Volvió a soplar. Entonces la torcía humeó. Por un instante miró las últimas brasas que se extinguían en el hogar. “¡Qué lindas eran! ¡Y cómo brillaban! Si no fuera porque quemaban las tocaría”. La voz de su padre le pareció lejana. No entendió lo que dijo. Como un autómata se echó la talega a la espalda, atrancó la puerta y salió al corral. Allí lo vio: como todas las mañanas había sacado la petaca y liaba despacio un cigarro junto al farol abandonado en el piso cuadrilongo. Lo observó en silencio, sintiendo el resquemor del cierzo en las orejas. Mientras se friccionaba un pabellón, oyó que alguien pasaba tarareando más allá del tapial.

    El hombre guardó la yesca y dio una pitada al cigarro. A la segunda alzó el farol. Caminó unos pasos y abrió un portón. Dejó salir al niño y cerró con una llave grande y herrumbrosa.

    El callejón estaba desierto. El chico sintió más frío mirando su angosta longitud. Se asustó cuando un gato saltó una tapia y orinó sobre la telaraña de un ventanuco cercano. Después siguió a su padre a una distancia respetuosa.

    Durante un trecho se entretuvo contando las estrellas. “Una, dos, tres. Sólo tres. ¡Qué pocas! Por eso daba miedo”. Carraspeó cuando salían del pueblo y un perro les ladró al entrar en el polvoriento arrecife. Con su cara vuelta miró la mortecina luz del bar que se esfumaba a la distancia. “¿Por qué no una copa de anís? ¿Por qué no le compraba el rosco como todas las mañanas? A lo mejor no había querido esperar a los otros mineros”. Se encogió de hombros, acomodó la talega y apretó el paso.

    El hombre tiró la colilla. “No tenía ni un céntimo y no quería pedir fiado en el puesto. Otro día se lo compraría. Le daba pena porque el zagal ya estaba consentido, pero ¿qué iba a hacer? Quizá algún día, en la ciudad…”. Trastabilló. “Entonces sí que le iba a hartar de turrón y garrapiñadas y garbanzos torraos ¡de todo!, y se acabarían las fatigas”.

    El camino principal había quedado atrás. Enfilaron la senda que bordeaba el camposanto y a poco pasaron frente a la verja de barrotes negros.

    “¿Si saliera un muerto?”. El niño miró el lúgubre interior de cruces y pinos con ansiedad y temor. “Él saldría corriendo por el ejido, pero su padre no porque una vez contó que se le apareció un muerto y hasta que había hablado con él”.

    Ya se distanciaban por la algaida circunvalante cuando el niño, al volver el rostro, creyó ver a “alguien” hacerle señas asomado a la tapia del cementerio. Y resbaló en el tarquín.

    El hombre se detuvo. Entregó el farol al niño y lo hizo pasar delante. Luego tomó la talega del barroso suelo y la cargó a su espalda. “Llevándola él ganarían tiempo. El José siempre tropezaba en los matorrales y no convenía retrasarse. Cuando saliera de la trocha se la daría”. Escrutó el firmamento. Las escasas estrellas ya no se veían. Todo era tinieblas allá en lo alto. “Si no se aligeraban, se mojarían”.

    Para acortar camino bordearon el “Barranco del Duende” y sesgaron el “Collado del Viento”. Después de cruzar una rambla se adentraron en el guijarral donde en el estío pululaban las sabandijas. La luz de un relámpago iluminó fugazmente la blancuzca faja. Después el trueno, sordo, distante, amenaza en ciernes. Unos pasos más con creciente premura y sobre las cabezas el estampido encadenado en el espacio. El fenómeno retumbante, incontrolado y soberbio.

    “Ya la tenían encima. Si el José se mojaba estaba listo”.

    Las primeras gotas cayeron gruesas, espaciadas. “¿Si aguantara un poco? Ya estaban cerca. Luego podían caer chuzos de punta”. Una vez más oteó la bóveda. Suplicante, inerme.

    El niño tosió. Una, dos, tres veces. “¡Maldita sea! La veía venir”.

    Ahora la marcha se hacía fatigosa en el terreno accidentado y quebradizo. El macizo serrano parecía esfumado y el cierzo se había retirado de las cumbres.

    Cuando ascendían una ladera arreció la lluvia. Entonces el hombre, despojándose de su recia chaqueta, la echó sobre el niño cubriéndolo a guisa de capucha. Poco después ambos corrían por la meseta y entraban en el cuartel acogedor. Fuera, el aguacero, o el diluvio.

    Los otros mineros llegaron chorreando.

    -Me he calao hasta los huesos-, dijo uno sacudiéndose el raído sombrero.

    -Si hubiéramos salío antes no nos habría pillado la tormenta-, le recriminó un segundo.

    -Yo sí que me he visto negro pa´cruzar la rambla-, aseguró un tercero. Y añadió: -Venía que daba miedo.

    No tardó el ambiente en poblarse de conversaciones, estornudos y ordenado ajetreo. La mayoría de los presentes mostraba los pies descalzos y llenos de barro, con la bocamanga arremangada a la altura de las pantorrillas. Dos de ellos calzáronse las enjutas alpargatas que habían guardado durante el trayecto bajo la chaqueta. A unos metros, el capataz, bajo y regordete, blasfemaba para sí mientras se limpiaba las ropas completamente empapadas.

    El hombre sacó un gastado pañuelo y enjugó la frente del niño mirando con tristeza a unos cuantos chiquillos que, alegremente, juntaban picos y palas. “¡Qué llenos de vida estaban! Ni el frío ni el agua les quitaban el buen humor”. Inspiró profundamente.

    Desde el umbral del cuartel el hombre oteó el horizonte. En el confín, el cielo plomizo se juntaba con la tierra en un abrazo melancólico. Había escampado y reinaba un alba desolada. Cuando varios mineros salieron él los siguió hasta la chabola. Poco después regresó con sus herramientas al hombro. El niño lo esperaba contemplando absorto la mágica poesía del amanecer.

    -Vamos-, dijo con suavidad. El chico se le unió, pero estaba ausente. Llegaron a la boca del pozo. Algunos mineros bajaban la trancada. Ellos aguardaron la jaula y descendieron con muchos más los trescientos metros que los separaban de la tercera planta. Era la última, y allí funcionaba el malacate. Alumbrándose con sus carburos se adentraron por la oscura galería. Gruesos troncos entrecruzados sostenían las paredes y el techo. Expertos conocedores de aquel laberinto, el grupo de fornidos trabajadores pronto se disgregó hacia sus tareas. Poco después horadaban las entrañas de la tierra como un ejército de topos desperdigados por el dédalo.

    No había transcurrido una hora. El rítmico golpeteo de los picos se perdía por los corredores y el torso descubierto de los mineros brillaba por la transpiración. La actividad era febril. Ni una palabra. Sólo señas y el ajustado trabajo de un aparato de precisión. Concierto de picos y palas. Contrapunto. Y de vez en vez un estruendo. Lejano, el rodar de las vagonetas por los rieles.

    “Eh, tú, ¡date prisa! No te quedes ahí embobao, ¿estamos?”.

    Con esfuerzo el niño volcó el capazo en la vagoneta cargada de mineral. Entonces su acompañante le dejó el farol y empujando el vehículo se alejó hacia el enganche conversando con el capataz. Fatigado los siguió con la mirada. La luz oscilante del carburo se fue haciendo cada vez más débil. Después sólo vio un punto amarillento en las tinieblas. Hasta que desapareció y todo fue negrura. “Ahora que no estaba el capataz podría descansar un rato”. Atravesó la angosta trocha y cruzando las piernas se sentó pesadamente en un oscuro apartadero. “Allí estaba fresco”. Como la luz del distante farol le molestara, cerró los ojos. “¡Qué bien se estaba así”. Siempre le gustó la oscuridad y el silencio de aquel desvío, pero no podía estar mucho. Si lo veían, le regañaban. Y no quería que su padre sufriera. Estaría un poco más y se iría. Apoyó la cabeza contra la pared. Su mente, en blanco.

    El hombre abrió la caja y sacó un cartucho. “Siempre que cogía uno le parecía un bollo de higo. ¡Y eso que los había sacado tantas veces! Desde que comenzó el aprendizaje de artillero en La Carolina”. Abrió el extremo redondo como un duro de plata. “Algún día le contaría al José lo que sufrió en aquellas sierras. Era bueno que supiera cuánto pasó su padre…”. Introdujo el fulminante en la pólvora y aplicó una mecha de unos cincuenta centímetros al primero. “¡Cómo se iba a reír cuando le contara el susto que le daban los barrancos!”. Se dirigió al final de la calle y colocó el explosivo dentro de un boquete abierto poco antes en el “avance” con la barrena y el marro. Después tapó con tierra la abertura y prendió la mecha.

    -¡Barreno ardiendo!-, gritó. Los demás mineros dejaron sus herramientas y, lentamente, se pusieron a cubierto. Él los imitó en seguida ocultándose tras la esquina de una galería ciega.

    -¡Barreno ardiendo!-, volvió a gritar. El eco se perdió por la red silenciosa de arterias soterradas.

    Vorazmente la llama iba consumiendo la mecha. Descansando escuchaban los mineros aquel ruido familiar. Un ruido semejante al que produce el gas de un sifón de soda que se termina.

    -¡Barreno ardiendo!-. Por tercera vez la rutinaria voz de alarma hendió el aire dentro de las galerías. Y llegó, apagada, hasta el oscuro apartadero.

    El niño despertó sobresaltado. “¿Lo estarían buscando?”. Se incorporó rápidamente y asió el capazo. “Debía de ser su padre. Si llegaba a saber que se había dormido…”. Fue por el farol y salió corriendo. “En dos saltos llegaría…”.

    Cuando irrumpió jadeante en el receptáculo, uno lo vio. Pero ya era tarde. El alarido. La explosión: tierra, piedra, hierro que cae.

    Todo con la matemática regularidad de lo fatal. Luego, un montón de materia. Una nube de polvo. La sensación de lo absoluto.

   “¿Aquello? ¿Era aquello su hijo?”. Salió corriendo. Los mineros lo vieron atravesar la explanada y tomar el atajo. “¿Estaría loco?”. Se miraron un instante. Después dos lo siguieron.

    El hombre cayó tres veces en su huida. La última se levantó agitado y lleno de barro. “¿Adónde iba?”. Miró la llanura cubierta de matorrales. Un perro le devoraba  las entrañas. Dio unos pasos y se arrojó al suelo arcilloso. Arrancó unas matas furiosamente. Pero no podía llorar. No, no podía. Se abofeteó. Nada. Sin embargo el perro continuaba mordiendo muy adentro. Arañó la tierra y con el puño cerrado la golpeó muchas veces. “Él tuvo la culpa. Él había matado al José. Si no lo hubiera llevado, si se hubieran ido… La ciudad. ¡Qué lejos estaba la ciudad!”. Se mesó la barba sorpresivamente crecida. “No, no quería volver. No podría soportarlo. Quería estar solo y morirse allí, entre las matas, tendido en el barro como un perro, como el José”. Cerró los ojos. ¡Qué cansado estaba! ¡Se sentía tan viejo! Si pudiera morirse, morirse en un tris…”. Lentamente hundió la frente en el barro. Y no pensó. Así dos, tres minutos. Hasta que levantó la cabeza y la vio. Al principio dudó. Luego sacudió la cabeza varias veces con un abrir y cerrar los ojos. “Sí, era cierto. Estaba allí. ¡Cómo no se había dado cuenta antes! Sin embargo nunca la había visto. ¿Sería…?”. Se incorporó y comenzó a andar como un beodo. La mirada fija y extraña.

    Cuando los dos mineros lo encontraron estaba abrazado a una tosca cruz de piedra que se levantaba al borde de un camino encharcado. Pero ya no era él.

Comentario al cuento EL ESCLAVO:

          “(…) Atreverse a explorar los mundos que giran alrededor del sol o mente narrativa de Camacho, sólo es posible si se está preparado para aceptar los claroscuros de la trama de la existencia humana, acechada por su inescrutable finitud; y donde sólo la efusión del amor ofrenda connotado y denotado por las esencias de la bondad, la belleza, la justicia y la verdad, entrelazadas junto a sus negativos correlatos, esto es, el odio, la violencia, la miseria y lo mendaz, atributos que orlan –como las dos caras de una misma moneda- a la humana fragilidad, permiten soportar en clave de esperanza y destino de trascendencia, el profundo mensaje que bulle elocuente y vivaz en la excelsa literatura del maestro de Roquetas de Mar (Almería). Si el lector no cuenta con esta perspectiva, sólo creerá deambular por las oscuras quebradas de la “condición humana” (A. Malraux, op. cit.) y el vértigo de las frustraciones y angustias de esta vida. Visión estrecha que le impedirá otear y descubrir que, más allá del abismo terrenal, se levanta un cielo cuyo firmamento es ícono inefable de la eterna felicidad. Así, los relatos de Camacho ponen a prueba lo que el verdadero escritor y lector deben poseer por naturaleza: sensibilidad emotiva y paciente racionalidad elaborativa e interpretativa. Porque los cuentos del Duende Andaluz, como me gusta llamar a Antonio Camacho, horadan nuestra emotividad de criaturas; ésa que promueve y lleva a conmovernos en solidaridad de especie, de humanos, de “ser” humanos, de personas con dignidad, inteligencia, voluntad y creatividad, y nos impele a comunicarnos mediante el gesto y la palabra pensada y obrada como “… una honesta delatora”(dixit Evangelina Simón de Poggia –  El Litoral, Santa Fe, – Argentina, 29-05-2012) (…).

         Por lo demás, se hace difícil encontrar referencias idiomáticas apropiadas para comentar un cuento que, como “EL ESCLAVO”, es pródigo en imágenes tan vivaces y bien plantadas como las que ilustra este paraje del universo “camachiano”. Sus giros idiomáticos abastecidos por un erudito conocimiento del lenguaje castizo, asombran en esta historia donde, como habrá podido apreciarse, la consabida alcurnia de la pluma castellana del maestro Camacho, potencia el rigor de su impronta narrativa y la lanza hacia tan elevadas cumbres del Verbo, que sólo aquel que entrena su oficio de Escritor y de Lector como el águila y el cóndor su vuelo montañés, podrá avizorar la hondura y holgura que guarda su excelso Maná de la Palabra. Palabra entendida como hospitalaria casa del significado de todo y de todos. Casa donde es posible aprehender con tensión y ternura combinadas, los claroscuros de la referida existencia humana, en el vértigo de sus angustias, frustraciones y heroísmos (…).

         O el lenguaje puro, nato y neto del cuento, como “lienzo de la vida” (dixit,l Poeta barcelonés Leonardo Galea Apolo), con el espíritu evocativo y lírico, realista y sagaz de un, asimismo, auténtico cronista de su tiempo (…)” (Adrián N. Escudero – Fragmento ob. cit. – 19/29 de Mayo de 2012. T.a.: junio 2015).

[1] Nota: Antonio Camacho Gómez (2014) – Semblanza de Elena Rosano de Camacho Gómez – ELENA ROSANO (1932-2012) nació en Santa Fe, hija de sicilianos cultos. Fue una mujer singular de sólida formación literaria, que sabía escuchar y opinar oportunamente, sin mezclarse en comidillas ni en discusiones estériles. Era querida y respetada entre sus familiares y amistades, tanto en la española Almería como en la Argentina. Estudió artes plásticas con el famoso pintor CÉSAR LÓPEZ CLARO, que la distinguió por su originalidad, así como en la ESCUELA PROVINCIAL DE ARTES VISUALES. Fue profesora de Dibujo, tarea que ejerció un tiempo en la Escuela “Gregoria P. de Denis” de Santa Fe y que debió abandonar por razones familiares. También estudio piano y se recibió de profesora de Teoría y Solfeo en el LICEO MUNICIPAL de la misma ciudad. Y aprendió periodismo en la escuela dependiente de la UNIVERSIDAD NACIONAL DEL LITORAL, ejerciendo durante dos años como cronista y entrevistadora –además de tener una columna propia- en el diario El Litoral de Santa Fe. La atención de sus hijos impidió que avanzara en actividades para las que estaba especialmente dotada. Mujer de acendrada fe católica, se desempeñó como secretaria de CÁRITAS en la parroquia “Nuestra Señora de Luján”, y en el mismo cargo (secretaria) de Actas en el hoy (2014) CENTRO DE ACCIÓN FAMILIAR (C.A.F.). Lectora incansable, esposa fiel y madre comprensiva y servicial, su muerte, a los ochenta años, fue hondamente sentida por cuantos la trataron, dedicándole el diario El Litoral una nota necrológica que exaltó justicieramente sus virtudes.-

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