EL CARNAVAL …NARRATIVA

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febrero  2.020  nº 28
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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

COLABORAN: Carlos Benítez VIllodres..(Málaga-España)…Lidia Dellacasa de Bosco (Argentina)…Mirta del Carmen Gaziano (Argentina)


CARNAVALES: COPLAS, DISFRACES, DESFILES…
Carlos Benítez Villodres
Málaga (España)

El Carnaval es una celebración popular que tiene lugar inmediatamente antes de la Cuaresma cristiana (que se inicia con el miércoles de Ceniza), y que tiene fecha variable (entre febrero y marzo, según el año). El carnaval combina elementos tales como disfraces, grupos que cantan coplas, desfiles, fiestas en la calle, etc.

            El origen de su celebración está en las fiestas paganas, como las que se realizaban en honor a Baco, el dios romano del caos, la fiesta y el vino, las saturnales y las lupercales romanas, o las que se realizaban en honor del toro Apis, en Egipto.

            Los orígenes de esta festividad se remontarían a Sumeria y a Egipto antiguos, hace más de 5.000 años, con celebraciones muy parecidas en la época del Imperio Romano, desde donde se expandió la costumbre por Europa, siendo llevado a América por los navegantes españoles y portugueses a partir del siglo XV.

            Los doce carnavales más importantes del mundo son: Río de Janeiro (Brasil), Venecia (Italia), Nueva Orleans (EE UU), Colonia (Alemania), Niza (Francia), Cádiz (España), Trinidad y Tobago, Santa Cruz de Tenerife (España), Oruro (Bolivia), Viareggio (Italia), Quebec (Canadá) y Binche (Bélgica).

               Existe una estrecha relación entre la fecha en la que cae la Semana Santa y los días en los que se celebra el carnaval, aunque esta sea una fiesta pagana y se realice con anterioridad a la celebración religiosa. Conociendo cuándo es Semana Santa, podemos saber qué día empieza el carnaval. Entre ambas fechas pasan exactamente cuarenta días.

               El hecho de disfrazarse y celebrar una fiesta a lo largo de varios días, es una continuidad de los antiguos Saturnales, los festejos romanos que se realizaban en honor al dios Saturno.

               Fue a partir del siglo IV, durante la decadencia del Imperio Romano, cuando la Iglesia Católica tomó el control de la mayor parte de las celebraciones paganas que se realizaban, anulándolas y/o reconvirtiéndolas en fiestas religiosas (entre ellas, las mencionadas “Saturnales” y las del “Sol Invictus” del 25 de diciembre, las cuales reconvirtieron en la Navidad o. incluso, en el Día de San Valentín (14 de febrero). Con ello, también vino el reubicar en el calendario otra de las grandes fiestas de la Iglesia, es decir, la Semana Santa.

               El carnaval es la fiesta pagana que más personas celebran y disfrutan en todo el planeta. Son días de baile, disfraces y mucha diversión. A raíz de la expansión del cristianismo, fue cuando más auge tomó y la fiesta adquirió el nombre de Carnaval, teniendo como motivo principal el hecho de despedirse de comer carne y de llevar una vida licenciosa durante el tiempo de Cuaresma. Esos tres días de fiesta y jolgorio (donde casi todo estaba permitido) dio lugar a ir disfrazado y taparse el rostro con el fin de salvaguardar el anonimato. Hoy en día, esta celebración se ha alargado una semana, comenzando, en la mayoría de lugares el “jueves lardero” o “jueves gordo”,​ nombre con el que se conoce, en ciertos países de Europa occidental, al jueves en que comienza el Carnaval.

Carnavales del recuerdo
Lidia Dellacasa de Bosco (Argentina)

   Y por fin llegaba el día… Tantas veces habíamos marcado la fecha en el almanaque, a pesar de que ya aparecía destacada en rojo… Cada tanto contábamos cuánto faltaba para ese acontecimiento que convocaba a todos los vecinos del barrio y nos entusiasmaba especialmente a los más chicos. 

   La mañana del primer día nos mantenía expectantes, sin saber en qué ocupar el tiempo que parecía aletargado, avanzando morosamente. A la hora de la siesta, un sol como brasa ardía en mitad del cielo. Cada una en su casa fingía dormir hasta que el sonido del silbato traspasaba el silencio del barrio. ¡Era la hora señalada! El anuncio de que ya podía comenzar la algarabía del carnaval. ¡Permitido mojar y ser mojado, arrojar bombitas y jugar en las esquinas y en la placita del barrio! En un abrir y cerrar de ojos se abrían las puertas de las casas y las calles se poblaban de corridas y gritos de alegría. Desde algunos balconcitos caía sorpresivamente la lluvia de un baldazo inesperado y volaban las bombitas de colores que los muchachos se encargaban de llenar.

  No faltaba algún resbalón en los pasillos mojados, una caída en la calzada de tierra y el regocijo de una fiesta que era de todos: chicos y grandes, padres, abuelos… y hasta algún perro atrevido que se mezclaba en la algarabía general.

   A las seis de la tarde, cuando el sonido de otro silbato marcaba el final del tiempo “permitido para jugar al carnaval”, todos nos encontrábamos exhaustos y felices, con el agua fresca deslizándose por el cabello y las ropas empapadas.

  Después, a la noche, era otro el festejo. Los corsos atravesaban la avenida principal de la ciudad con sus mascaritas, carruajes y comparsas. Serpentinas, chorros sorpresivos de agua perfumada que salía de los pomos, papel picado que se adhería a los trajes como un chubasco de estrellas.

   Mi amiga y yo nos disfrazábamos a la usanza española, siguiendo las preferencias de su madre, que había llegado a la Argentina desde aquel país que tanto amaba. Entonces, ella se convertía en lagarterana, con el traje de luces y la mantilla bordada que cubría sus cabellos rubios. Yo era una dama antigua que lucía vestido de volados y el pelo castaño recogido en rodete. A veces cambiaba mi disfraz por el de aldeana, con un pañuelo tirante ceñido a la cabeza. Así nos íbamos con nuestros padres al bulevar donde el carnaval se volvía risas, alegría y jolgorio para chicos y grandes…

   Transcurrieron tantos años… Cuando los recuerdos me devuelven al presente, desde una foto en blanco y negro, desleída por la fuga implacable del tiempo, mi amiga de la infancia  y yo sonreímos en la pose característica de dos señoritas españolas. Ya no hay silbato a las tres en punto de la tarde. Tampoco juegos de agua en las calles de la ciudad. Pero pervive el recuerdo entrañable de aquella época feliz, en la que el carnaval era un gozo largamente esperado.   

AMELIA
Mirta del Carmen Gaziano
Argentina

Con sandalias rojas de tiritas finas, pollerita corta, muy corta, así vestía.
Se movía, daba saltos y levantaba los brazos, los tamborines y parches marcaban el ritmo y ella los seguía, miraba al frente desafiante, fijándose en los otros, los sonrientes que la miraban y la aplaudían, seguía así en medio de la calle anticipando los pasos al resto de los blocos en el acalorado baile, a los preparados para la danza del Samba de Ceará, el maracatú el baile que marca el paso en los desfiles de Carnaval.
Ella no pertenecía al grupo, pero ocupó ese lugar.
Adelante, primera, graciosa, blandiendo un pañuelo rosa, haciendo sacudir su sombrero demasiado grande para su cabecita menuda.
Feliz, con temblores de energía, vibrátil y cadenciosa iba al frente, unos metros adelante del estandarte de lentejuelas, de los primeros tambores, de la reina de la comparsa, ¡ella era la reina! la sin elegir, la auto convocada, sin dueños ni patrones.
Pasaba el día entero pensando, buscando los atuendos y así como los hallaba en la vieja maleta, hechos un verdadero manantial de arrugas se lo ponía, la pollerita breve que dejaba al aire sus moldeadas piernas, luego los zapatitos rojos de tiritas.
Con extremado rojo labial en la boca, azules violáceos en los ojos, carmín en las mejillas y el sombrero, gracioso, firme y abrochado con hebillas dejaban ver por los costados los largos cabellos sin peinar.
Pero ella borracha de felicidad, expuesta, sola, enorme en su propósito, enarbolaba e inauguraba la fantasía del carnaval de entregas y pasiones.
Vayamos con ella…sigamos a los bandeirantes, a los colores purpura y amarello, giremos con sus cabriolas, sacudámonos como se sacuden sus flecos
Que el redoble de tambores, panderetas, cajuelas, marquen el desaforado ritmo, la alocada aventura, la majestuosa ceremonia de Orfeo, del oro en las coronas grandilocuentes.
Serpentina y aromatizante llovizna de perfumes, gloria y  arrebato, danza y caminata celestial en el fragor del carnaval.
Detrás, sigamos su rumbo, su baile, su desenfado y compartamos el frenesí, el juego de magia y resplandor de una candela, una mariposa que solo vive un día, un estallido de placer y la majestuosa libertad del cuerpo en medio de la gloriosa fantasía.
Vivir, ser reina esa noche, ser amada y vista por un día…
Que la vida le conceda la paz que necesita, que la juventud que exhibe sea su caudal irrepetible.

La danza está en ella, la trae en su sangre, herencia de tus ancestros, vive en ella, Amalia y lo sabe.
Nosotros solo podemos verla y sentir que ilumina nuestros días con la gracia de su andar, y cuando baila, bueno cuando lo hace contagia energía y placer.
Desde niña la veíamos danzar entre juegos y muñecas, sabíamos y la cuidamos, ahora es reina, si, de nuestras vidas.
El carnaval siempre la cautivó y esta vez fue su dueña.
¡Vamos Amelia, vamos todavía!!!

 

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