CUENTOS,RELATOS Y MICRORRELATOS

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Agosto  2.019  nº 22

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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

 

COLABORAN: Adrián N. Escudero (Santa Fe -Argentina)… Eunate Goikoetxea (Alicante-España)… Jaime Hoyos Forero (Colombia)… Jorge Bernabe Lobo Aragón ( Tucumán-Argentina)…María Sánchez Fernández (Úbeda-España)…Jaime Suárez (México)…

UNA SOMBRA FURTIVA
Por Adrián N.Escudero
Santa Fe (Argentina)

Al Pecado
En especial a H.P. Lovecrafht, con admiración…

   (… Contaron antes que promediaba el verano cuando la sombra apareció en la ciudad. El cielo se mostraba diáfano y azul, y el canto de las cigarras era un sonido agudo e incesante que ganaba las playas de las inmediaciones, desbordadas por aquellas gentes felices en su desnuda palidez que festejaban al Sol. La Ciudad, mientras tanto, obligaba a otros seres a mantener el frenesí de sus costumbres, pero en el perfecto equilibrio con que los dones de la inteligencia, la libertad y la voluntad eran virtuosamente empleados para el bien común… Un mundo ideal, sin dudas. Pero la sombra no atacó, en principio, a toda la Ciudad. Prefirió a una de sus casas para dar el primer paso: aquella que había elegido para realizar, de a poco, su maldita tarea de hechicera…).
   La casa era grande y estaba en las afueras. Era como parte de un desmembrado pueblo estirado sobre las vías de arribo a la metrópoli. Una brisa cálida resecaba el verdor de los geranios del parque y oxidaba sus malvones y hamacas (hasta ayer lustrosas, hoy sin niños).
  Su puerta está cerrada. La sombra, que volvía desde sí misma para completar y contemplar su obra, se filtró, furtiva, por debajo de una vasta hendija, aunque sólo hubiera necesitado el ojo de bronce de la cerradura para entrar en ella.
  Era una sombra diminuta, pero nada tímida. Y conocía bien la casa.
   La casa almacenaba todavía setenta y dos rayos que el Sol había abandonado allí, voluntariamente, en los flancos no agrietados de las paredes del living, y en algunos rincones de sus seis dormitorios, sin contar el Cuarto de Huéspedes (donde habitaba…). Pero los rayos, estremecidos por la sombra, se turbaron primero para luego aquietarse y permanecer tiesos, como momificados…
   La bruja no necesito andar mucho para darse cuenta que, tal como lo pensara, la casa (desde largo tiempo) estaría vacía. Y, más que vacía, desierta. Sus cálculos habían sido por demás acertados.
  Los muebles y adornos estaban, pero sus dueños no
  Una insospechada rencilla (imposible, ¡qué lástima!, bromeó jocosa), pero de cruenta y incomprensión mutua (¡ejemplar!; ah, vasallos de Mi orgullo…), los había alejado de su sueño tibio, rivalizados por algo que, más adelante, psicólogos y filósofos humanos pudieron haber llamado odio u aborrecimiento, según la escala de maldad protagonizada, en este caso, por la Familia de Sir Evadán…
  No habían logrado entenderse entre sus miembros, aunque lo intentaron, si bien mucho no se habían esforzado para ello; excepto por algunas noches de pasión incontenible que los esposos llamaron, equívoca y neciamente, amor
  La sombra embrujada sonrió, alzó sus brazos sin distancias, y comenzó a pintar de verde moho y negro noche las paredes de la casa. Pero antes, tiznó el cielorraso de sus seis habitaciones, e incluso, la que habían construido arriba, a nivel de la Conciencia, en aislada arquitectura del conjunto espacial (… -y donde- la Ella había permanecido cohabitando al acecho desde que ellos llegaran, hasta finalmente lograr que se fueran y poder desperezar una risotada de triunfo y de locura, para huir luego de allí, por algún tiempo, en busca de otro hogar al que…).
  Porque sus amigos nunca habían ocupado aquel privilegiado sitio, tan acogedor en su ambiente climatizado y ricamente ornado al estilo francés. Es que no tenían amigos ni los tuvieron jamás; ergo, tampoco habrían podido venir en su ayuda para dar sentido a ese huérfano Cuarto de Huéspedes. Sólo Sir Nadie y Ella, que lo disfrutaron a su antojo viendo a mil cochinas mujercitas cabalgar a diario los muslos varoniles de Caín, uno de los hijos de Sir Evadán…
  A medida que la mano oscura terminaba escondiendo el color de sus recintos, los escaparates anudados a su cuerpo, el moblaje neoclásico y las alfombras turcas que cubrían su piso, fueron adquiriendo una ominosa tonalidad, hasta desaparecer de pronto en las entrañas desabridas de las, ahora, lúgubres paredes…
  Cuando la sombra concluyó la tarea, sólo restaban aquellos rayos temerosos, no tan inmóviles ya, sino impasibles, vacilantes y entrecortados, que eran como inútiles alardes de un fuego ceniciento.
  La sombra los miró, y los rayos temblaron aún más. Sin compasión, su mano negra se estiró y unos dedos de muerte ciñeron la luz que habitaban, haciendo de ésta un ramillete sombrío de flores vacuas, que una boca siniestra acabó por devorar.
  Entonces, las paredes abandonaron su mutismo de siglos y profirieron un atronador grito de espanto al sentirse contraídas, como desintegradas o absorbidas por esa boca voraz…
  Y, después del terror, reinó el silencio
  Es que la sombra ya no era pequeña. Había crecido. Y era tan grande y magnífica (aunque repugnante) como antes lo había sido la casa.
  Imponent
  Su coraje había aumentado; por ende, su ambición también.
  Fuera de ella, una hedionda morada (antes blanca, purísima y con doce arcadas romanas frontispicias), lloraba su ruina como una mujer ultrajada.
  En su interior, una cosa oscura, agorera y llena de presagios absurdos, temblaba de gozo como una niebla de gas tóxico que se agita y explota, volteando de un lado a otro su bestial cabeza, y presta a continuar su rauda empresa, ahora sí, contra toda la ciudad…
  Al cabo de un mes, media urbe crujía en ruin
  El verano y sus playas habían desaparecido, y la niebla crecía y crecía como una esfera fecunda de inmisericordia que topaba, arrastraba y arrasaba muros y empalizadas, y desplomaba techos y sacudía la tierra como un terremoto incontenible… Enfurecida y golosa.
  Al final del segundo mes, la ciudad no era más que un montículo desdibujado, un despojo material y espiritual desarticulado de formas.
  Los hombres y su desnuda palidez, ya no existían.
  Sin embargo, el Sol seguía allí, firme en lo Alto, difumado en el día por el poder de la niebla, pero oteando a la sombra bruja aún desde la noche, y enviando como mártires sobre ella, plegarias de luz…
  Jaqueada por la imprevista andanada de estrellas fugaces, a cuyos resplandores unió el suyo la mágica revelación de la luna tras el polvo aquietado de la ciudad muerta, la sombra, extenuada, disipó su nube protectora y se durmió.
  Durmió un tiempo de sangre y de carne arrebatada por las Furias.
  Vengativa, ardiente en su despecho, soñó entre pesadillas ser Origen: ser el Único, el Todo y el Señor de Todo y de todos; Ella, tan grande y magnífica como la Summa Concupiscente, aunque repugnante como una Medusa… Como una asquerosa y sabia bruja marginada por los Ancestros.
  Al despertar, eufórica su mente por el canto de las sirenas de lo Fatuo, dirigió su amenaza al cielo tratando de asfixiar también a Dios… Recobrada sus fuerzas, pero ciega y envuelta en una loca tiniebla de sinrazones, olvidó la espada que, el Sol, desde lo Alto, atento y prevenido, hacía centellear a sus espaldas… Y que enfiló sin dudar sobre su mole de Hiedra malvada, fulminándole de un golpe el cuello con que enarbolaba su aceitosa y corrupta cabellera de Tentaciones…  
  Batido su estandarte de guerra, una danza de gusanos se agitó entre sus pliegues. Y una gruesa máscara, fétida, negra y sanguinolenta, se resquebrajó junto al rostro de los Pecados que ocultaba.
  Así, la sombra, herida mortalmente, trató en vano de protegerse del filo implacable y sostenido de la Justicia, pero no había nada que quedara en pie para ocultar su agonía…
  Lo había destruido todo. Y había quedado sola.
  Finalmente, como un gusano más de los que bailoteaban entre sus vestiduras de espectro, la sombra se devoró a sí misma y cayó exánime, disolviéndose en el aire -otra vez, sorpresivamente  puro-, de la mañana del Génesis…
  (Cuentan después que ese día nuevo, los nuevos Hombres –que nacieron-, no lo fueron sólo del polvo de la tierra; también del ladrillo, y del plástico y del acero que los Primigenios habían inventado como cultura y enterrado bajo sus huesos… Fuertes e invencibles, ya sobre la Roca de Sabiduría donde habían sido sembrados, permanecieron de pie  cuando, la  bruja y su sombra, dieron el último suspiro).-

A MI MAR
E.Goikoetxea
Alicante-España
Todas las mañanas paseo por tu orilla, disfrutando de la brisa, dejando que empape mi alma, y llegue hasta mis sentimientos más escondidos.
Tu olor es inconfundible, se cuela en mi memoria y me habla de esa “agua quieta” donde guardas a los hombres que pierden su vida entre tus olas. De las batallas que han contemplado a lo largo de la historia tus aguas, de los saltos de los delfines, de los cantos de las ballenas, de cómo las sirenas se adornan el pelo con corales y como Neptuno agita las aguas y luego cabalga sobre ellas en unos caballos blancos. Del sol cuando se esconde en tu inmensidad al anochecer y la luna le busca con sus rayos plateados. De cuando en cuando las estrellas se dejan caer en tu abismo cuando tienen que cumplir un deseo.
Te respeto y te amo, me fascina sumergirme en tus aguas las cuales unos días están bravas y otras calmadas. No sé cuáles me gustan más, si esas aguas bravas que cuando se enfadan son empujadas por la brisa cuando discute con el viento, y arremolinan las olas y las alzan formando murallas en el agua…y en esos momentos, es tal tu ímpetu que eres capaz de cualquier cosa. O esas aguas calmadas, que transmiten tu paz, tu silencio y arrogancia mezclados con ese sentimiento único de hacernos sentir tu poder y recordándonos que, ante ti, nuestra fuerza, impertinencia y orgullo es una debilidad. Sin embargo, no puedo dejar de mirarte…de sentirte…de escucharte…
Es el sonido de las olas quien me mece en un largo deseo mientras la brisa acaricia mi cuerpo y despeina mi pelo. Mis pies dejan huellas en la arena, que tus olas borran a mi paso, llevándolas contigo a las profundidades, con ternura, con pasión, no sin antes acariciar mi piel con tu espuma blanca, haciéndome estremecer.
Espuma que se queda pegada a mí, para dejar constancia una vez más que estás, que vas y vienes meciéndome en tu cántico sin saber qué hacer, si arrastrarme hasta las profundidades convirtiéndome en sirena o dejarme en la arena para hacerme soñar.
La brisa me susurra tus anhelos, yo le susurro mi miedo
Mírame mar, soy tuya, déjame bañarme en tus aguas mientras juegas con mi cuerpo y con mi alma. Y si no quiero salir de ellas… llévame contigo hacia donde escondes al sol todas las noches, a jugar con las estrellas llenas de deseos…me llevarè tu espuma blanca pegada a mi piel hacia donde la luna mira al sol consciente de lo que no pudo ser…
De inmortal a mortal, me susurras inclemente:
En cada pequeña cosa me tendrás a mí. Sentirás mi poder y mi ternura, en el viento, la lluvia, el olor a tierra mojada, en una sonrisa, en una mirada perdida… Vete. Vive. Ama…
EROS Y PSIQUE
UNA MITOLÓGICA HISTORIA DE AMOR
MITOLOGÍA GRIEGA
Por Jaime Hoyos Forero (Colombia)
Recordemos que en la mitología griega, Psique era, en un momento dado, la mujer más hermosa de la tierra; tan hermosa, que la misma Afrodita siendo la más bella de las diosas, le tenía envidia.
Tanta envidia, que ordenó a Eros, su hijo, que le lanzara a Psique una flecha de tal modo que Psique se enamorara del hombre más horrible y malo que existiera. Como sabemos, Eros manejaba en su aljaba flechas de amor y desamor y con ellas podía hacer que la persona flechada amara u odiara a quien Eros, con su poder de dios, indicara.
Eros salió a cumplir su misión, asegurándose de que Psique, a quien nunca había visto, se enamorase del peor y más feo de los hombres.
Pero ni los dioses pueden prever las cosas del amor…¿Qué pasó?
Que Eros, el dios del amor, se enamoró perdidamente y a primera vista de Psique. (Psique estaba desnuda, bañándose en una fuente de las faldas del monte Himeto).
En lugar de flecha,  el dios del amor para llevar a Psique a su palacio sin ser visto por ella,  utilizó los servicios de su buen amigo Eolo  -dios de todos los vientos-  para el traslado de la joven. ¿Secuestro? Eso se supone.
Lo cierto es que Eolo condujo a Psique por el aire al palacio de Eros.
Ya en el palacio…
con todas las luces apagadas y en total oscuridad, Eros, empleando su elocuencia amatoria  -¿quién más podría competir con él en la ciencia de la seducción?- logró el total rendimiento de Psique, que se abandonó en brazos de Eros y  -siempre en la oscuridad-  fueron muy felices.
Ella se enamoró locamente del desconocido que todas las noches llegaba con un amor nunca imaginado, a poseerla. No podía ser de otra manera, pues su amado, aunque ella no lo sospechaba, era precisamente el dios del amor.
¿Por qué en la oscuridad? Porque Eros no quería, lógicamente, que su enamoramiento llegara  por ningún medio a conocimiento de Afrodita, su madre, puesto que la había desobedecido. Así que Eros puso esa única condición: no ser visto jamás por su amada. Era, pues, un amor secreto, en el que la amada no conocía visualmente a su enamorado.
Psique les avisó a sus padres y a sus hermanas, que estaba en un palacio, y logró darles las señas para que vinieran a visitarla. De esto estaba enterado Eros.
Las hermanas, muy intrigadas, le decían a Psique que seguramente su amante era un monstruo horroroso, puesto que no se dejaba ver. La convencieron de que buscara la manera de verlo.
Psique, una noche, cuando Eros dormía profundamente, encendió una lámpara de aceite y la acercó al rostro de su amado. Entonces supo que su amador era el dios Eros, pero tuvo la mala fortuna que una gota de aceite hirviente cayó sobre el pecho de él, quien se despertó y al ver lo que sucedía, acabó de inmediato su relación con Psique y se fue para nunca más volver.
Desobedecer a un dios, era casi como un crimen de lesa majestad.
El dolor de Psique era inenarrable. Acudió en busca de su amador a todas partes, hasta que Afrodita, que como se ha dicho la envidiaba, la apresó y la convirtió en su esclava, imponiéndole trabajos terribles. Un día le ordenó que bajara al infierno y pidiera a Perséfone  -diosa del averno-  una caja que contuviera elementos mágicos para acrecentar la belleza. Si Psique aún vivía entre tantos tormentos, era, aunque no lo sabía, porque Eros, que nunca había dejado de amarla, la cuidaba. Así que una voz misteriosa  -la de Eros desde luego-  le dijo cómo ir y volver del infierno.
Cuando Psique regresaba, ya cumplida la misión, sintió curiosidad y abrió la caja. Salió de allí un vapor misterioso que dejó a Psique completamente aletargada. ¿Para siempre?
Eros, no pudiendo soportar más su dolor y su soledad, se presentó a Zeus  -señor de señores-  y le pidió que convocara a todos los dioses para juzgar la desobediencia de Psique, teniendo en cuenta, también, todos sus sufrimientos.
Zeus accedió y el tribunal de los dioses falló favorablemente.
Eros, entonces, llegó al lugar donde su amada había caído aletargada y la besó…El beso del amor que despertó a la princesa y que sería cantado a través de los tiempos por poetas y recordado en esculturas de mármol y en óleos bellísimos.
Zeus presidió el matrimonio de Eros y Psique, en el Olimpo, donde Afrodita, arrepentida, pidió perdón a la amada de Eros y danzó en su honor.
Zeus le concedió a Psique, a petición de su esposo, la divinidad; así que Eros y Psique se amaron  – y se aman-   por siempre.
Se muestra arriba  la pintura de William Adolphe Bougereau  titulada “El rapto de Psique” donde aparece Eolo  -dios de los vientos-  llevando por los aires a Psique, para dejarla en el palacio de Eros.
       “El beso del amor” Obra de Antonio Canova
Notas
Tomado de Las mejores leyendas mitológicas de José Repollés, de Dioses y héroes de la antigua Grecia de Robert Graves y de Google.
Ps: encabezamiento de la palabra Psique, corresponde a la 23a letra del alfabeto griego (  ψ  ψ  ) (su nombre es “Psi” y su castellanización es “Ps).
Psique  (el nombre de la amante-esposa del dios Eros) significa “alma humana”. Psique, es pues, la personificación mítica del alma humana.
De Psique vienen Psicología (también se escribe “sicología”), Psicosis (también se escribe “sicosis”) Psicometría (también se escribe “sicometría”), etc.
Psique, la divinidad griega que aquí se describió (la amante-esposa del dios Eros) es la personificación del alma, plena de amor, dentro del cuerpo
UNA EXPLOSIÓN DE ALEGRÍA
Por: José Lissidini Sánchez
(Uruguay)
En esencia el arte de explotar,consiste en convertir segundos, en una penuria,ante un público aterrado.
El cualquiera, pretendió suscitar un evento, en honor de una tradición arcaica.
Pero como explotar, no es magnifica idea, el protagonista esa tarde no voló.
Alguien se equivocó, el circuito no detonó. A Dios, no se le antojó. Encima, los comensales del atestado restaurante parisino, comenzaron a estallar de risa, al presenciar como el infeliz payaso, vociferaba demencial en una lengua entreverada, mientras apretaba con desesperación e insistencia feroz, el botón del artefacto que llevaba adosado a su cuerpo, y que se le negaba.
Ese es el peligro que se corre, cuando se adquiere algo Made in Taiguan
Mi vuelo al Paraíso
Por Dr. Jorge B. Lobo Aragón
Tucumán-Argentina
“…Te doy mis ojos y mis anhelos y tú me traerás las sensaciones…”.
Tinogasta…Una pequeña ciudad de Catamarca (Provincia Argentina) que permite la conexión con el hermano estado de Chile, a través del transcordillerano Paso de San Francisco. Las tardes, las mañanas, las noches están quietas. A la tardecita, luego de haberme desprendido de mi cuerpo físico, estoy sentado frente a la casa junto con los notables del pueblo. Juez, hotelero, jefe de correos, comisario, son mis anfitriones. A través de mi bilocación y dualidad astral, puedo intervenir en las conversaciones como un pájaro atado a un cordel luminoso que no tiene límite. Como en la dimensión desconocida, conozco las serranías, la caza, los caminos, el pasto, la cosecha. Aprendí casi todos los idiomas. Tan simpático oír a esta gente. No se machacan con obscenidades… Cuántos huracanes habrán vivido estos hombres que, aún, viven apegados a su ancestral humilde silencio… Así conocí al doctor Wálter Penck, que en ese entonces rondada sus mozos 25 años. Desde Europa, en donde el fulgor de la ciencia lo coqueteaba, se vino con sus valijas a cuestas a estas tierras remotas, quizás, de las más desoladas del planeta… Con él pude compartir el increíble viaje por la cordillera, de Tinogasta a Copiapó. Advierto que es… Geógrafo; y por cuenta del gobierno argentino. Y observo como levanta a plancheta una topografía expeditiva, suficientemente precisa de los pasos cordilleranos. Además de su trabajo técnico, pude advertir el entusiasmo casi llevado a la exaltación con que describe -en un cuaderno forrado de cuero- sus impresiones, los paisajes, la gente, las soledades. Antes de iniciar la expedición, en un momento de descanso , y ya más tranquilo, me cuenta de su padre Alberto Penck, el célebre geógrafo y erudito de Leipzig, doctor en filosofía y en ciencias por las universidades del Cabo, Oxford y Nueva York, y con trabajos de investigación en todo el mundo… Es maravilloso observar desde mi nido áureo -y en primera persona- las instancias previas al viaje, y ver en detalle como mi amigo se apega a describir -minuciosamente- sus memorias de las que soy parte… El 25 de Febrero de 1913, con Penck, salimos con dos peones y un mozo de mano y once animales, entre mulas cargueras y silloneros para mudar. El 10 de Marzo cruzamos el paso de las Tres Quebradas a 4.870 metros de altura y el 13 alcanzamos otra vez la civilización, comiendo en mesa con hule en la Puerta de Paipote. El 14 del mismo mes llegamos a Copiapó y el 9 de abril montamos otra vez para volver. Lo que impresiona es el ambiente… Cómo vencer alturas entre 4.000 y 6.000 metros, montado a caballo y básica indumentaria tocando el imponente Inca Huasi, el San Francisco y las cimas secundarias del Bonete. Este gran Señor Teutón, exploró, cartografió y detalló miles de kilómetros cuadrados de la Puna argentina, incluyendo la ascensión de más de una treintena de nuestros picos andinos con sus peones de confianza…Siguiendo, ya en plena travesía y concentrados en la pisada de la mula carguera, mirábamos -de reojo- los picos nevados, percibiendo impávidos el descomunal ascender del amarillo disco lunar sobre un oscuro fondo violeta; fondo que proyectaba enormes reflejos verdosos sobre las nubes fugitivas… La noche es fresca, grandiosa, alumbrada por las luciérnagas y el Orión que mira desde el firmamento. El pedregullo cruje bajo mis pies y los de mi compañero. Suavísima la noche… Clarísima, blandísima a la luz, pero hasta que, de pronto, no se pueden separar las mandíbulas tiesas de frío. ¡Esa es la Puna! Permanecer o descansar en ese frío sin agua…Se apela a todas las energías y se sigue cabalgando o se muere congelado. Pocos espectáculos pueden ser más maravillosos y sublimes que una noche en la Puna… Sobre todo en los días diáfanos en que, la atmósfera, se encuentra limpia y transparente. Durante el día las escasas nubes se disipan y, por la noche, el contraste entre la negritud del espacio y el cielo fulgurante de estrellas marcan una dialéctica de fenómenos lumínicos: es un cuadro digno de contemplar eternamente… Las noches en la Puna, con cielos estrellados, y a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, es parte de un anfiteatro universal que no tiene valor humano. Es un espectáculo cósmico sideral que tengo el privilegio de observar desde mi óptica astral, como un Don y regalo extraordinario dado por Tata Dios, sabiendo que nada es imposible. Las estrellas lucen con un brillo inusitado. La Vía Láctea es un verdadero “río de ungüento” que cruza el firmamento. El contraste del fondo negro del espacio vacío magnifica los fenómenos ópticos. Cada estrella rutila, y el conjunto de luces representa miles de millones de luciérnagas en ese universo estático que, sabemos, se desplaza a velocidades vertiginosas. Me basta aguzar los sentidos para ver cómo esas “luminarias» se descuelgan, dejando una delicada estela luminosa en su caída y convirtiéndose en estrellas fugaces. El universo aparece vacío. Salvo la belleza del espacio misterioso, profundamente estrellado, en los días limpios y calmos. Solo el sonido del viento perturba el silencio total. Mudez que asusta ante la soledad del desierto y la cerrazón que nos envuelve. Es como el mutismo de la inmensidad de los salares que aparecen, como espejos de las hadas, a la luz de la luna. El viento que zarandea las escasas malezas o silba entre las hendiduras de las rocas, da chiflidos afónicos e ininteligibles que deben encerrar algún lenguaje oculto como los menhires de mi Tafí del Valle… Hoy, desde mi cuerpo físico, añoro a mi amigo Wálter Penck, y extraño las noches en que mi ser espiritual se trasladaba como un pez volador, con temperaturas que tocaban el fondo -bajo cero del termómetro- y congelaban el aire, logrando que la escarcha se convirtiera en cuchillos de hielo plateados a la luz de la luna. Es que la vista al cielo resulta la contemplación del cuadro más sublime que haya pintado pintor alguno. Visitar la Puna desde mi lugar de privilegio, es embriagarse del cielo rutilante. De la luz radiante de millones de estrellas activas que titilan incesantemente antes nuestros ojos, en una experiencia surrealista de los cuentos de hadas. Mi compañero de andanzas, y gran amigo Penck, con quien todavía me comunico -desde el más allá, desde El Paraíso Eterno- me confiesa que está feliz, que ha cumplido con la promesa de su padre: “Te doy mis ojos y mis anhelos y tú me traerás las sensaciones…”.

EL RELOJ
Por María Sánchez Fernández
Úbeda-España
En un país de este ancho mundo existió una tranquila ciudad cuyo ritmo de vida siempre transcurrió con la más absoluta normalidad; unas veces alegre y otras triste, como en cualquier lugar que se rige por unas leyes establecidas por la Sociedad. En ella jamás hubo grandes complicaciones que perturbaran la forma de convivir de sus gentes, que nacían y morían; y en ese intervalo de tiempo reían o lloraban; amaban y, quizás, también odiaban. En resumen: vivían.
Así, en esta ciudad que nos ocupa ocurrió una singular historia que a continuación relato:
Uno de sus habitantes nació pobre y siempre fue pobre, tan pobre que nunca pudo tener lo que más deseó en su miserable existencia: un reloj. Sí, solamente soñaba con poseer un reloj.
Nuestro sujeto pervivía midiendo el tiempo a través del sol y las estrellas, pero ¡ay!, cuando el día era lluvioso o simplemente estaba nublado, se desorientaba de tal forma que nunca sabía si era por la mañana o por la tarde.
…Y así pasaron los años, y mientras tanto, el buen hombre iba contando los amaneceres y los ocasos, y fueron tan numerosos, que el tiempo fue cayendo sobre él sin piedad hasta hacer que su cuerpo se inclinara tanto y tanto que ya sólo podía mirar el suelo.
Una mañana, como todas, salió a la calle envuelto en sus harapos. Llovía y hacía frío, y tiritando se dirigió a su rincón habitual para mendigar unas monedas que le permitieran el sustento del día. El agua de los charcos le salpicaba y le empapaba sus tristes miembros y aterido suspiró y maldijo su mala suerte.
Como sus ojos solamente veían lo que pisaban sus pies, se llevó la sorpresa más agradable de su vida. Sintió bajo la suela del zapato algo duro que le dañaba, se inclinó más para poder ver qué era aquello y, ¡alabado sea Dios!, allí había un precioso reloj dorado con una brillante pulsera elástica. Lo cogió con temblores de alegría, lo limpió cuidadosamente, lo miró y remiró con arrobamiento y lo acercó a su oreja oyendo con infinita emoción aquel acompasado tic-tac; un tic-tac que tanto se parecía al latido de su propio corazón.
¡Ya tenía un reloj! Se sentía tan feliz que saltaba de alegría; bueno, saltaba lo que sus viejas y torcidas piernas le permitían. ¡Ya tenía su reloj, un auténtico y precioso reloj, el gran anhelo de su vida!
Miró la hora y vio que marcaba las doce del mediodía. Lo puso en la muñeca izquierda –¿o tal vez habría que ponerlo en la derecha?– y vio que se ajustaba perfectamente a ella. Después, cuando hubo pasado un buen rato, hizo una observación: aquel reloj andaba al revés, pues ahora marcaba las once horas. Advirtió que las agujas, en vez de ir de izquierda a derecha, iban de derecha a izquierda, o sea, al contrario de todos los relojes del mundo. ¡Qué extraño reloj! Pero en fin, como las ciencias avanzan a grandes velocidades y había constantes cambios en todo lo que se creaba, quién sabe si sería un último invento.
Después de haber recibido algún dinero de las buenas gentes que ya le conocían volvió rápidamente a su casa con el espíritu tan alegre como el de un niño.
Aquella noche se acostó en su jergón más feliz de lo que lo había sido en toda su vida y durmió como un bendito acariciando su preciado tesoro.
Cuando al día siguiente despertó, se sintió contento. Se levantó más temprano que otras mañanas. Limpió y abrillantó con mimo el cristal de su flamante reloj, miró la hora lleno de orgullo y salió a la calle con el ánimo remozado.
Fueron pasando los días y, ¡cosa extraña!, nuestro hombre cada vez se encontraba más y más ligero. Sus piernas ya no le dolían ni le pesaban como antes y sintió que su encorvado cuerpo se iba enderezando. Por lo tanto, fue dejando a un lado lamentaciones y malos humores y su carácter se tornó dulce y afable.
El tiempo transcurrió y sus amigos y convecinos fueron desapareciendo por ley de vida y él llegó a ser un auténtico desconocido en su propio barrio, pues dejó una existencia de anciano enfermo y amargado para convertirse en un hombre apuesto y con enormes deseos de vivir.
En una ocasión un joven vecino le preguntó:
—¿Qué fue de aquel mendigo que vivía en tu casa? Era tan viejo, el pobre, que seguramente murió.
Y el aludido, sonriendo complacido, le respondió:
—Tengo la certeza de que retrocedió a mejor vida.
Como siempre fue un vago, y por consiguiente vivió en la indigencia, aquella experiencia jamás se le borró de la memoria a pesar del retroceso del tiempo. Trató de enmendarlo y trabajó en distintos oficios que forjaron su vida en el buen hacer y en el buen pensar. Desde ahí comenzó a ser un hombre despierto y emprendedor.
Al ser su mente cada día más clara, pudo pensar en el futuro que le aguardaba y estudió distintas materias y se puso al día en el campo de la tecnología trabajando con ahinco y tesón. Al poco tiempo llegó a ser un importante hombre de negocios.
La fortuna le favoreció en el mundo de las finanzas y pronto se hizo rico y poderoso.
Viajó por todo el mundo adquiriendo interesantes experiencias y fue admirado, y hasta envidiado en aquel entorno suyo donde la vida era un oasis de placeres.
Cada mañana, al mirarse al espejo, sonreía feliz al ver que éste le devolvía una imagen alegre y hermosa. Así, día a día, fue llegando a una dorada juventud tan opuesta a la que tuvo en su anterior y mísera vida.
Cierto día advirtió con gran pesadumbre que su rostro era lampiño. Cuando fue a afeitarse ante un espejo vio que no tenía barba; solamente asomaban a su cara unos enormes granos negruzcos que abultaban y afeaban sus agraciados rasgos varoniles. Preocupado salió a la calle. Quería despejarse y pensar con serenidad al aire libre. Buscó la quietud y la soledad del campo y allí meditó con largueza todo lo que le había ocurrido en el transcurso de sus dos vidas.
Pensó en aquellos lejanos días en los que vivió la miseria, la vejez y la soledad. Pensó en el también lejano día en que iba a mendigar unas monedas y encontró aquel extraño reloj. Solamente él había sido el único responsable de ese destino suyo. Ese destino que, implacable, andaba constantemente hacia atrás.
Miró su muñeca y allí estaba, reluciente, perfectamente ajustado a su piel y con unas agujas que siempre iban retrocediendo.
Se estremeció y sintió miedo. Un miedo que le atenazaba y le asfixiaba con estertores de muerte. Si se lo quitaba y lo arrojaba muy lejos, donde nunca más pudiera verlo, ¿qué le ocurriría?, ¿qué sería de él?, ¿volvería rápidamente a su anterior y oscura existencia? No quería ni pensarlo. Ya había vivido la decrepitud y la extrema pobreza y no deseaba volver a ser viejo.
Su vida tenía que extinguirse por ley de la Naturaleza pero…¿cómo sería?
Ahuyentó aquellos tristes pensamientos y regresó a su hogar. Aquel cálido ambiente de lujo y comodidades suavizó su estado de ánimo y trató de relajarse. Cogió un periódico, pero no, las noticias de actualidad le aburrían y le acentuaban el mal humor. Salió a la calle, y de un quiosco cercano compró algunas revistas infantiles que al menos le divertían y le hacían reír.
Fue perdiendo el interés por vestir formalmente y sólo usaba prendas deportivas porque así se encontraba más con él mismo.
Su mente, aunque de muy clara inteligencia, cada día se iba haciendo más y más ingenua y le gustaba, sobre todo en el mundo, dedicar su tiempo libre en jugar y en charlar de mil cosas banales con los chicos del barrio.
Decidió cambiar nuevamente de residencia y marchó a otra ciudad donde nadie le conocía. Contrató nuevo personal para el servicio y les advirtió que, vieran lo que vieran, por muy extraño que fuera, deberían guardar la más absoluta discreción.
Una noche, cuando se metió en la cama, sin saber por qué se echó a llorar desconsoladamente y entre lágrimas llamó a su madre. ¿En dónde estaba su madre? Quería sentirse abrazado por ella. Protegido por ella. Saberse envuelto en su cálida presencia.
Se hallaba perdido en aquella sociedad que le admiraba y respetaba, y también se hallaba perdido en aquella enorme casa donde le cuidaban y le mimaban, pero se sentía tan solo que únicamente deseaba el cobijo y el calor del seno materno, pero ¡ay!, al seno materno jamás llegó. Su destino fue mucho más triste y mucho más frío de lo que él nunca hubiera imaginado.
Las personas que tenía a su servicio ya se habían acostumbrado a la presencia de aquel ser tan extraño que cada día mermaba más y más, y al que habían tomado un especial cariño, hasta que un día vieron que solamente tenían ante su vista a un feto humano al que nunca pudieron arrancar de su muñeca aquel singular reloj que se ajustaba a ella como si formara parte de su propia piel.
Alarmados, decidieron llevarlo a un doctor, y el doctor, ante caso tan insólito, quiso la opinión de otros hombres de ciencia. Lo estuvieron observando durante algún tiempo con esos complicados aparatos de investigación, pero ante el asombro de todos aquellos científicos aquel feto cada día era más diminuto aunque el él latía la vida, una vida que luchaba por no extinguirse.
Una mañana se reunieron en el laboratorio los doctos hombres para seguir estudiando aquel extraordinario caso, y vieron con estupor un pequeñísimo embrión que se hallaba dentro del círculo que formaba la pulsera de un brillante reloj. Lo observaron detenidamente con un microscopio y solamente pudieron ver un óvulo y un espermatozoide que se habían unido, ¡pero amigos!, los dos estaban muertos.
 
EL BESO
Por Jaime Suárez Ávalos (México)
               Llegó puntual a la cita, como siempre. Sólo estaba Juan, el otro compañero que también asistía a todas las reuniones de exalumnos. Poco a poco llegaron los demás, y entre abrazos, risas y cantos pasó el tiempo plácidamente. De pronto, en medio de una melodía que casi todos cantaban, su mirada se posó en una compañera de la cual no recordaba el rostro ni la cara, se acercó y la saludó, ella contestó amablemente.
               -Buenas tardes.
               -Oye, ¿no habías venido antes?
               -No, es la primera vez.
               -Pues te has perdido de muy buenos momentos. Por supuesto eres de nuestra generación. ¿Cierto?
               -Claro, yo te recuerdo bien.
               -¿En serio?
               -Sí, tú eres Miguel Santiesteban.
               -Me conoces, pero yo no te recuerdo, aunque debería.
               -¿Por qué?
               -Eres muy guapa.
               -Veo que sigues siendo tan exagerado como siempre.
               -Bueno, ya, dime tu nombre.
               Ella lo iba a decir, pero en ese momento terminó la canción, por momentos se hizo el silencio y después recomenzó el barullo; regresaron a la plática iniciada.
               -Te voy a decir algo mejor, tal vez recuerdes este verso: “El gesto leve de una sonrisa, el paso tenue de una caricia, es lo que tengo yo para ti, es lo que puedes pedir de mí”.
               Miguel se quedó atónito, nadie más que él y la chica a la que había amado en su juventud conocían ese verso. La mujer se quitó los lentes oscuros que portaba y él ya no tuvo duda alguna. Esos ojos seguían siendo hermosos, expresivos. Con voz temblorosa le dijo.
               -No puede ser, eres Minerva, mi amiga incomparable.
               -Tu amiga…
               -Mi amor platónico. No sabes cuánto disfruté tu amistad, y el amor secreto que sentía por ti.
               -Yo también te amaba.
               -Quería besarte.
               -¿Por qué no lo hiciste? Qué tonto.
               -Es que nuestra amistad era tan bella, que no quería correr el riesgo de perderla.
               -Pero ¿no entendiste que con ese verso te estaba ofreciendo mis labios?
               -Qué estúpido. Sin embargo, no me arrepiento; tu amistad se convirtió en una columna muy fuerte que me ayudó a seguir siendo romántico y triunfar en la vida.
               -Sí, a mí también me ayudó mucho.
               Comenzaron a recordar aquella época tan significativa para los dos. Detalles tiernos, los versos que se escribían, la envidia de algunos compañeros. Revivieron los momentos felices. Muy temprano ella le dijo que debía retirarse.
               -Pero si falta lo más bueno -sugirió Miguel.
               -Lo más bueno ya lo pasé contigo en estas dos horas inesperadas.
               -Bueno -dijo él- ¿traes carro?, ¿alguien viene por ti?
               -No -contestó ella- me iré en taxi.
-No lo permito. Te acompañaré a tu casa hasta dejarte bien segura, en la puerta.
               -¿Vas a despedirte de los compañeros?
               -No quiero perder la oportunidad de estar más tiempo contigo, mi amor de juventud.
               Salieron discretamente. En el camino se enteraron de los detalles más importantes. Ella no se había casado por circunstancias ajenas a su voluntad, él había enviudado a los cinco años de matrimonio. Ella vivía con su hermana, su cuñado y dos lindos sobrinos, él cuidaba a su mamá.
               Llegaron a la casa de Minerva, ascendieron los escalones, ya frente la puerta, uno frente al otro, ella lo tomó de las manos y lo atrajo con suavidad, sus bocas se unieron en un beso que, aunque tardío, les pareció como si fuera el primer beso que daban y recibían, el más tierno y al mismo tiempo apasionado.
               -Discúlpame la osadía, lo hice porque sé que tú no te habrías atrevido.
               -Gracias por ser tan valiente. Moría por ese beso. Fue una sensación inesperada, maravillosa, inigualable.
               -Pues bien. Ahora sí, me despido.
               -Espera… ¿volveremos a vernos? Puedo venir por ti el próximo sábado.
               -Yo creo que no.
               -Anda, no seas así. Ahora tenemos la oportunidad de renovar o, mejor dicho, iniciar un romance singular.
               -No estoy segura de lo que nos depara el destino, pero si gustas, ven el sábado.
               -¿A qué horas es conveniente?
               -A la hora que tú quieras.
               Miguel regresó a la fiesta, pero ya no pudo integrarse al resto de sus compañeros, pues la emoción lo tenía trastornado. El sábado, a primera hora se dirigió al domicilio de Minerva. Abrió la puerta una mujer guapa, y él adivinó que se trataba de su hermana.
               -Buenos días. Busco a Minerva.
               -Eres Miguel, ¿cierto?
               -Sí.
               -Pasa y siéntate.
               -No la veo, ¿está indispuesta?
              -Por lo que veo no te dijo toda la verdad… Minerva murió el miércoles, la sepultamos al día siguiente. Me dijo que vendrías hoy y me pidió que te diera este sobre, con la indicación de que lo leas en tu casa.
              Miguel se apresuró a despedirse y sin tardar se dirigió a su morada. Dentro del sobre había una carta y un cuaderno, la carta decía:
              -Querido Miguel. Hace dos meses los médicos me dijeron que me quedaba poco tiempo de vida, tengo una enfermedad incurable y sé que tienen razón. Acudí a la reunión de nuestra generación porque sabía que no debía desaprovechar la oportunidad de mostrarte mi amor y darnos aquel beso que ambos soñamos durante tanto tiempo. No te hablé de mi enfermedad para que gozáramos completamente unas horas de idilio. Te pido que me perdones y, como herencia, te dejo este cuaderno donde están recopilados los versos que nos escribíamos. Por favor, recuérdame como fui en nuestra juventud, alegre y soñadora.
Tuya por siempre: Minerva.
               Miguel lloró en silencio y con el paso de los días leyó verso por verso; cuando terminó de hacerlo, volvió a comenzar la lectura.

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