CUENTOS,RELATOS Y MICRORRELATOS

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Noviembre   2.019  nº 25
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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

 

COLABORAN:  Magi Balsells (Barcelona- España)…Lidia Bosco (Argentina)…Adrián N. Escudero (Argentina)… José Lissidini Sánchez (Uruguay)…Jorge Bernabé Lobo Aragón (Argentina) …Miriam  del Carmen Franco de Noe (Argentina) …Adalberto Hechavarria (Omajá-Cuba)…Gustavo Páez Escobar (Colombia)…María Sánchez Fernández (Úbeda-España)

SIEMPRE HAY UNA LUZ    
Magi Balsells
Barcelona-España)

Un día cualquiera de invierno, el cielo encapotado, el frio y la humedad , eran dos chicos en el más triste abandono: sin hogar, sin amor, sólo el que se profesaban estas dos criaturas. Era el único apoyo con el que podían contar, aunque muy poco era, pero era la única cosa que aún les mantenía en esta vida con ansias de luchar, pese a sus edades.

Pocas pertenencias pudieron sacar de lo que,  hasta ese momento, era su pobre hogar: las ropas que llevaban puestas y algunos trapos más, insuficientes para soportar las sensaciones más comunes en esta estación del año aunque para los dos protagonistas de esta historia, era igual fuera verano o invierno. Para ellos nada tenía importancia, sólo el poder subsistir.

 Llevaban así un tiempo indeterminado, ya que  su precaria memoria no podía aún discernir estas cuestiones temporales: uno de ellos con 12 años recién cumplidos y su hermano con 8 años.

Se encontraban solos, solos con su única compañía, sin un padre al que no llegaron a conocer, o por lo menos a disfrutar  ya que, en su momento, los dejó abandonados a su suerte y a la de su muy estimada madre que también los dejó después de una rápida y cruel enfermedad, yéndose para siempre a un destino más acorde con su dulzura y cariño, fatal desgracia porque al no tener ni familiares a quien acudir y no poder aún solucionarse la vida con su trabajo se encontraron en la calle, con las desagradables temperaturas que debían de soportar, mendigando un mendrugo de pan.

La gente pasaba por su lado sin compasión, sin tenderles una mano, sin darles este cariño que necesitaban casi más que el comer. Dormían en cualquier rincón aprovechando los cartones que encontraban que eran su techo y su colchón, apartando los perros que husmeaban a su alrededor esperando el momento oportuno de lanzarse sobre ellos para mitigar también su hambre.

Después de una noche tormentosa, la lluvia empapó sus débiles cuerpos. El más pequeño, parecía hervir de la fiebre que lo consumía.

  • ¿qué voy a hacer?- decía el mayor- ¿dónde puedo llevarlo?
      Intentó con sus pocos conocimientos encontrar una solución, pidió ayuda a los  transeúntes pero nadie le hizo caso. Lloró como no había llorado ni en la muerte de su madre pero, así y todo, nadie se acercó, estaba olvidado.
    Sabía que cuando alguien se ponía enfermo debía ir al médico, pero… ¿a qué médico? si no conocía a ninguno.
    De repente, se acordó que a su santa madre la llevaron a un hospital.
    Sin pensarlo, cargó a su hermano en sus débiles espaldas y, lo más rápido que sus enjutas piernas se lo permitían, corrió hacia el lugar donde sabía que fue atendida su madre.
    Llegó agotado por la carrera y el  peso de su hermano. Allí, nadie lo esperaba pero se puso a gritar con el hilo de voz que le quedaba.: En aquel momento, un hombre con una bata blanca se le acercó
    -¿Qué te pasa muchacho?- le preguntó.
    El, mirándolo con sus ojos llenos de lágrimas, dijo:
    Mi hermano, que se va a morir.
    Visto el desespero de la criatura, el hombre de la bata blanca, que era uno de los doctores del centro, empezó a dar órdenes y en un momento se revolucionó todo aquel lugar,  llego  una camilla, en la cual montaron al pequeño y se lo llevaron. El no quería dejarlo pero el doctor le dijo:
    -No te preocupes, enseguida lo pondremos bién y, acto seguido, le preguntó:
    -¿dónde están tus padres?
    – no lo sé -contestó- mi padre marchó y  mi madre, seguro que en el     cielo está, sólo le tengo a él, sálvelo, por favor. Pero no tengo dinero, haré lo que quiera, pero sálvelo  por favor.
    El doctor siguió preguntando:
    ¿dónde vives?
    No tengo casa, se la quedaron unos malos hombres.
    ¿tienes hambre?- siguió el doctor
    Si, señor, pero me esperaré a que mi hermano esté bien para comer los dos.
    Doctor, ante tamaña reacción de amor fraterno, le dijo al niño:
    ¿No tienes otra ropa para ponerte?

  • No, señor –contestó con su voz trémula.
    Entonces el doctor cogió su teléfono y marcó un número, se apartó del muchacho para que no oyera su conversación.  Su cara se alegró al momento, suspiró y colgó.
    Dirigiéndose  al chiquillo le preguntó:

  • ¿Te gustaría poder ducharte, ponerte una ropa mejor y más limpia y dejar estos zapatos que están casi sin suela de tanto andar vagabundeando?
    Claro que sí señor, pero no tengo  ni lugar para ducharme ni ropa para cambiarme.
    No te preocupes esto está arreglado. Vas a venir a mi casa que mi señora te dará lo que necesites, ya que tu hermano me dicen que tiene que esta unos días ingresado, que no es nada grave, pero  tiene que quedarse.
    Espero que confíes en mí -Yo sí confío en usted ya que es la única persona que se ha cuidado de nosotros dos. Haré lo que me diga, no sé si su señora, al verme tan sucio, me dejará entrar en su casa.
    -No te preocupes, ella te espera con ilusión.  Ahora voy a cambiarme de ropa, cogemos  mi coche y marchamos a mi casa.Salieron ambos del hospital, temblaba de emoción el pequeño, mientras el doctor lo miraba con mucha compasión.
    Subieron al coche, cosa que no había hecho nunca el protagonista de esta historia, lo máximo algún viaje en autobús, pero muchos andando.
    Llegando a la mansión del doctor, en la puerta una señora estaba esperándoles sonriente.
    Cogió de la mano, que estaba más bien mugrienta al niño y,  pausadamente,  lo introdujo en la casa.
    Una vez allí, preparó el baño para su invitado .Cuando estuvo listo lo acompañó y lo dejó solo en el baño, indicándole qué es lo que podía utilizar.
    ¡Qué delicia más grande encontró al notar el agua tibia recorrer su juvenil cuerpo!  ¡Qué sensación de paz le embargaba! Estuvo tanto tiempo que hasta la señora  le preguntó si le ocurría algo, el dijo:
    – no señora, estoy muy bien, muchas gracias.

              Al salir de la ducha, se encontró con unas  ropas a su talla, limpias, olorosas como nunca las había tenido,  hasta tuvo cierto temor para vestirse, no fuera que todo fuera un sueño, pensó, no me gustaría despertar.

Una vez vestido, pasaron a una gran mesa en la cual  había las cosas más apetitosas que su pequeño cerebro podía pensar. Entonces, los señores  le dijeron:

    – siéntate y come todo lo que quieras y no te preocupes por tu hermano también él en estos momentos está comiendo, también ha sido limpiado y seguramente mañana ya podréis estar juntos. Ven,  tenemos que enseñarte algo.

         Subieron unas cortas escaleras y delante de una puerta  se pararon.    En  aquel momento la cara de los señores  demostraba una infinita tristeza, pero intentando que no se notara forzaban su cara para emitir una breve sonrisa.

           Abrieron la puerta y, como si el mismo cielo las hubiese abierto, qué maravilla, qué limpio estaba todo  y aquellas dos camas  tan acogedoras.  Se acercó hasta tocarlas suavemente con sus manitas, parecía que se desprendiera un aroma muy especial  de aquellas  sábanas, del conjunto de toda la habitación, en la cual había  decenas de juguetes todos muy bien alineados.

Los Sres. le dijeron: hoy dormirás, escoge una de las camas, ésta será la tuya.

     Sin dudar escogió la de color azul, al lado de un ventanal inmenso que daba claridad a la habitación.

     -Descansa ya de este día tan duro para ti, duerme tranquilo, nosotros   velaremos tu sueño.

  Así,  sin esperar más, se acurrucó en la cama que parecía estar esperándole.  Cerró sus ojos y notó que unas manos cariñosas colocaban bien las sabanas para que durmiera más relajado  y así fue.

         Al despertar, se encontró extraño de estar en aquella habitación. Aún medio dormido, empezó con mucho cuidado a vestirse,  procurando no estropear aquella ropa recibida la noche anterior. Calzó unos singulares zapatos deportivos  muy cómodos y se dirigió hacia la puerta, abriéndola, notando un silencio total en la casa donde estaba. Fue bajando las escaleras, fijándose en todos los detalles que  encontraba  a su paso.  Al llegar a la planta baja y,  no sabiendo hacia dónde dirigirse, quedó  quieto.  En este momento le pareció oír unos tenues sollozos, venían de una de las habitaciones de la planta en que estaba. Por curiosidad  hacia allí  se dirigió,  era la señora  sentada en un sillón. Lloraba tenuemente con un gran sentimiento.  Viéndola así  una luz se formó en su mente y se le apareció la figura de su madre amada. Se acerco a la señora  y le dijo

  • ¿Por qué lloras, mamá? – exclamación que salió de  lo más hondo de su alma recordando las lágrimas de su madre.

        La señora  levantó su cara, anegada por las lagrimas vertidas, y en aquellos ojos antes llorosos brilló la luz de la alegría, cogió al niño entre sus brazos, lo apretó contra su pecho y le dijo:

  • ahora sí que soy feliz, hijo mío.

Lo besó en la frente y el correspondió con un beso en aquellas mejillas que habían vuelto a recobrar la alegría.  No sé cuánto tiempo estuvieron en esta situación, hasta que apareció   el doctor y dijo:

  • ¿qué son estas lágrimas que veo has vertido, esposa mía?
    Ella toda feliz dijo:
    son de alegría- le comentó  lo que había ocurrido, ,
    Entonces a quien se le nublaron los ojos  fue al bondadoso doctor, cogió al niño, lo besó en ambas mejillas, él no sabía qué ocurría con estas muestras de cariño pero estaba muy contento que así ocurriera.
    Fueron hacia la mesa, donde estaba preparado un suculento desayuno. Viendo tantas cosas apetitosas, no sabía por dónde empezar.  Los señores solo hacían que contemplarlo con un sentimiento de gran amor
    El doctor dijo:

  • ¿quieres venir al hospital a ver a tu hermano?
    claro que quiero, estoy ansioso de volver a verlo, pero sólo una cosa me gustaría pedir, si es posible.

  • Di hijo ¿qué cosa? ¿te falta algo?
    No, señores, pero ¿puedo llevar alguna de estas cosas tan buenas a mi hermano?
    Rieron el matrimonio a la vez, dijeron:
    puedes llevarte todo lo que quieras.
    Ni corto ni perezoso, cogió una bolsa que estaba en una silla, y puso dentro varios pastelitos, diciendo:
    no pongo más, ustedes también deben de comer.
    Volvió a sonreír el matrimonio y le dijeron:

  • no te preocupes tenemos  muchos más  y, ahora, vamos al hospital los tres, quiero que mi esposa conozca a tu hermano y yo también quiero conocerlo un poco más.

Llegando al hospital fueron a ver al hermano pequeño, el cual estaba mejor que una rosa, riendo y jugando con las enfermeras, pero al ver a su hermano, saltó de su camilla y se lanzó a sus brazos.

  ¡ qué escena más entrañable! , ¡ cuánto amor había entre estos dos hermanos!En esta situación, que era de unos momentos de una alegría sin par en la cual todos los presentes festejaban y más de uno notaba un nudo en su garganta de la emoción que las imágenes trasmitían.
– Muchas gracias a todos ustedes por haber cuidado con este cariño a mi pequeño hermano, no sé cómo agradecérselo ni que decir, han sido muy buenos y también muchas gracias a usted, doctor y a su señora.
En este momento la señora, que estaba muy emocionada, abrió el paquete que en sus manos llevaba y del mismo sacó unas ropas de talla muy adecuada para el hermano pequeño y le dijo:
– toma hijo mío, póntelas quiero que seas el más guapo de este centro. Deja estas ropas ya muy gastadas que en nada embellecen este rostro de ángel que posees.
El hermano pequeño miró al mayor y le preguntó
– ¿puedo ponérmelas? me gustan mucho.
– Sí, claro que puedes y además me gustará que lo hagas, así estaremos igualados en la vestimenta y hasta pareceremos unos chicos ricos – dijo soltando una carcajada que sonó a música celestial si los Ángeles supieran cantar.
Ni mediar palabra alguna más y con la mayor rapidez posible se coloco las prendas recibidas que parecían hechas a su medida, no hacía más que contemplarse, tocar la ropa, acariciarla, ya que tenía un toque no conocido por él.
Mientras tanto, el doctor conversaba con sus ayudantes sobre el estado de salud del pequeño. Por la expresión de sus rostros parecía que todo estuviera correcto, por lo cual, acto seguido , exclamó:
– ya pasó el peligro, ahora iremos a casa para que podáis descansar un rato de tantos ajetreos pasados.
Así fue, llegando a la mansión hicieron subir a ambos hermanos a la mentada habitación, para que el pequeño viera la cama que tenía preparada.
Sus ojos recorrían toda la habitación con su carita de asombro, soltando exclamaciones de complacencia.
Los señores dijeron:
– quedaros aquí un rato y disfrutad de todo lo que encontréis. Todo es para vosotros: los juguetes, la ropa de los armarios, todo lo que hay aquí es vuestro, dentro un rato queremos hablar de algo importante para todos, os esperamos, ya bajareis cuando queráis.
No tardaron mucho tiempo en estar en la sala, donde los señores estaban esperándoles, el doctor le dijo:
– Veréis, como es una cosa muy sensible prefiero que lo haga mi esposa, los hombres somos más rudos para decir ciertas cosas.
– Como usted diga señor. Escucharemos a la señora.
La señora se levantó de su asiento y con voz trémula les dijo a ambos hermanos:
– Sois unos Ángeles del cielo, las criaturas más hermosas que he conocido, vuestros sentimientos sólo merecen elogios, pero tenéis una pena muy grande en vuestro interior, no conocéis a vuestro padre y vuestra santa madre estará en el cielo, seguramente en estos momentos cuidando también a mis dos queridos hijos, que la muerte, sin compasión, se los llevó en un trágico accidente.
Vosotros no tenéis padres, nosotros perdimos a nuestros hijos, estamos los cuatro solos en este mundo, solo quisiéramos mi esposo y yo, que fuerais nuestros hijos a partir de ahora. ¿Qué decís?
En este momento la habitación se iluminó con una fuerte luz, y en la misma aparecieron los dos hijos y la madre de los pequeños, los tres con signos en sus manos como de bendiciones dando su aprobación a la propuesta realizada, entonando un aleluya como muestra de su aceptación.
Después de una breve pausa, y una vez las apariciones se hubiesen disipado sólo una voz se escuchó, la del más pequeño, que pregunto:
– ¿podremos decirles papá y mamá?       

DESTELLOS
Lidia Dellacasa de Bosco (Argentina)

Nunca olvidaría aquella noche en que el destello de plata lo deslumbró y cambió su vida para siempre.
Saltaba los durmientes de las vías para distraer los pensamientos que lo agobiaban. Había en esa mañana estival una frescura calma sólo interrumpida por la conversación secreta de los pájaros en los eucaliptos cercanos.
Saltaba los durmientes y sus pies descalzos sentían la firmeza de la madera rústica que le devolvía una sensación de apoyo. Después subía al andén y miraba a los pasajeros con sus maletas abultadas; le llegaban conversaciones
y risas que a él le producían una indefinible tristeza. En los saludos se reiteraban los deseos de felices fiestas que le parecían algo tan lejano e inalcanzable.

La primera vez que lo vi estaba sentado en un banco de la estación. Cuando bajé del tren, como todos los días, me llevó hasta él su mirada ausente y su aspecto desvalido. Tenía en la mano un trozo de pan seco. Entonces, sin
dudarlo, le ofrecí la vianda que traía para el almuerzo. Sorprendido, la tomó con algo de recelo y después musitó un “Gracias” que me sacudió el alma.

Cuando el sol ocupaba la mitad del cielo andaba a la deriva por las calles en busca de una limosna, de aquello que alguien desechaba y que a él y a su abuela, en cambio, les permitía a duras penas sobrevivir.

Desde aquel día se me hizo costumbre bajar del tren y verlo allí, como esperando que el milagro se repitiera. Para entonces, yo ya había previsto un paquetito aparte para él y se lo entregaba con una caricia en su pelo despeinado de rulos negros. A medida que fue animándose me decía “Gracias, doña”, y un día me tocó la mano en un gesto que sentí como de secreto cariño.

Esa semana estuvo marcada por la presencia de muchos viajeros. Con ellos se alteraba la habitual tranquilidad de la estación que para él era un refugio seguro en las noches de verano.
El bullicio y la alegría fueron creciendo a medida que se acercaba esa fecha de la que todos hablaban con gozo. Desde el otro lado de las vías vio a una mujer que cargaba un paquete envuelto con papel satinado. Su mirada se
detuvo en el moño de colores e imaginó el juguete que algún chico recibiría esa noche.
La tarde del 24 lo encontró deambulando por las calles de tierra del barrio donde vivía. No había allí la algarabía de la estación. Tampoco preparativos de fiesta que veía en otros lugares. Cabizbajo, se alejó sin rumbo fijo hasta llegar
a una avenida bordeada de árboles que los vecinos habían adornado con guirnaldas y lucecitas de colores.
Anochecía. Apoyó la frente cansada en la reja de una casa. En el interior titilaba un árbol de verdes intensos y globos plateados. Sentado en la vereda dejó pasar el tiempo con una desazón que atravesaba su alma.

Lo vi desde la ventana y en seguida supe que era él. Ni siquiera se me ocurrió pensar cómo había llegado hasta mi casa. Un mandato de amor me sacudió muy adentro… Lo sentí mío en la soledad y la tristeza.

Cuando las campanas de la iglesia cercana dieron las doce iba a marcharse con la garganta apretada por un sollozo. Sonaron las sirenas y un diluvio de bengalas se esparció por el cielo de Nochebuena. Y de pronto, una mano se
apoyó suavemente en su hombro. Sin preguntas, la mujer lo guió hasta la casa. Era “la doña” que conocía de la estación. Él quedó en la puerta, sorprendido por lo que estaba viviendo. Ella lo impulsó suavemente a entrar a la salita donde titilaba el árbol que había visto desde la vereda.
La mujer tomó un paquete que parecía esperarlo al pie del arbolito, y dijo sencillamente: Es el regalo de Navidad que el Niño ha dejado para vos…
Entonces ocurrió: un destello de plata iluminó la penumbra del lugar y lo deslumbró por un instante que a él le pareció eterno. Sintiendo que así debían ser los milagros, permaneció quieto frente al pesebre y en ese momento inolvidable su mirada quedó prendida en los ojos del Niño que desde su humilde cuna le anunciaba el nacimiento de una nueva vida.

EL SEGADOR
Adrián N. Escudero
Embajador Círculo Universal de la Paz France-Suisse
(Argentina)

A la Esperanza.

En especial, al Poeta y Diácono rafaelino, Amílcar Torre, in memoriam…

   Ayer vino a visitarme. Pero, ciertamente, me costó reconocerlo.

   Por supuesto, tocó timbre, esperó que alguno de nosotros atendiera, y luego dijo: “¿Está el dueño de casa?”.

   Es decir, yo. O lo que yo representara en aquel momento.

   Había elegido un día especial para la visita. No había lluvias ni relámpagos eviscerando la penumbra de la noche, o acortando la tarde, u oscureciendo la mañana, como uno hubiera podido imaginar.

   Era, en cambio, un día de brillos luminosos, de una humedad pulposa que enrojecía nuestras pálidas ventanas, abiertas o clausuradas a los cuerpos vivos de las otras gentes que circundaban la zona brotada de verde, apenas desviado el sol de su cenit, con las casitas blancas y más blancas del barrio Las Flores II, con árboles de sombras apenas asomadas, y el bullicio jocoso (también apenas), ingenuamente vituperado por la alegría redonda de una pelota de fútbol maltratada, o injustamente interrumpido por la norma culinaria del mediodía que, por los domingos, adelanta su orgía de olores carnívoros y sabrosos.

   Porque la protesta a los padres que llaman siempre se da; aunque luego no queden ni rastros de rito milenario del almuerzo amasado por las manos de mamá.

   Vino a visitarme, dije. Abrió el más chico, después atendió ella, y, al final de un pequeño introito en que las mujeres adelantan a los esposos el quién es, el qué quiere, el que si viene o no viene mañana, o nunca, el que si se hace tal o cual trabajo, o si se puede o no prestar el diario de la noche, o cosas por el estilo, atendí yo. Insisto: de inmediato no habría de advertir su verdadera identidad. Pero…

   … Me estremeció su aspecto. Parecía haber bebido mucho; quizás hasta algunos instantes antes de llamar a mi puerta. Después pensé que era por necesidad. Necesidad de evadirse de una realidad que lo oprimía, a la que no pertenecía, y contra la cual luchaba desesperadamente. Y todo aquello que correspondiera a esa realidad debía segarlo…

   El cabello, hirsuto; revuelto como un mar de tormentas o un nido de cuervos. Endurecido, grasoso y maloliente. Hedía desde cada hilo de sus vestiduras desgajadas. Un cristo deshecho. Marginado. O un arquetipo de hombre soslayado por la vida. Menudo y fláccido; un manojo de venas mudas y secas, alargadas en un gesto gris violáceo, fulminante. Colgando de esas venas sin savia, dos garras ciñendo “aquello”. Largo y afilado. Amenazante y curvo.

   “¿Puedo cortar el césped?”, dijo. Y entendí que mi hora no había llegado todavía.

   Es que ante mis ojos, el pobre cristo se debatía por una limosna misericordiosa, y el corazón de mi familia se había estrujado por aquella semblanza pordiosera. Humillada.

   ¡Hermano!, dije para mis adentros. Y una lágrima me recorrió voraz la intimidad del alma, marchitándola. Secó mi garganta al abandonar el lugar donde moraba, y apagó mi voz cuando le dije: “Sí; puede”.

   Mis chicos (que son cuatro, o cuatrocientos, de cómo juegan y gozan de la vida) lo rodearon, y luego comenzaron a tocarlo y a azuzarlo sin percatarse del peligro que guiñaba desde “aquello”, con cada movimiento del brazo nervudo que, feroz, cumplía su tarea. Mientras tanto, el Segador forzaba una sonrisa complaciente, como esperando su oportunidad, esta vez, por alguna razón postergada…

   Como hojas de otoño, incómodas y amarillas, caían rendidas a sus plantas de arpillera unas pisadas leves festejando (chas) la audacia del bastón de mando (chas), que oscilaba (chas) y oscilaba (chas), yendo y viniendo (chas), y haciendo florecer como claveles del aire suspendidos a centímetros del suelo, aquellos ramilletes de brotes muertos de carne verde destrozada, con alguno que otro yuyo de mala fama entremezclado.

    Sudaba doblemente. Por el trabajo en sí y sus escasas fuerzas de existencia desnutrida -desvaídas bajo el sol de enero mortificando a pleno a la ciudad toda-, y por ellos. Mis chicos. Tontamente perversos. Brincándole al borde justo de aquel filo de navaja enardecido, que cepillaba sobras de malezas jerarquizadas por la estética de moda en los countries de fin de semana.

   Un llamado de ella (mi esposa) lo alivió. Corrieron los críos a devorar el almuerzo, y, con el último jadeo, concluyó la tarea. A medidas, eso sí.

   “Después, con la tijera, termino de pulirlo yo”, le digo con honesta ternura. Demasiado presuroso su trabajo, había prácticamente desmantelado el –hasta ayer- cuidado solar. Por el vino, por la edad, el hambre o los chicos. Desmantelado.

   Sonrió de nuevo, e insistió con la voz grave y gangosa de su inocultable beodez: “No. No; deje patrón, que yo se lo termino bien, Va a ver. Me gusta terminar bien lo que empiezo”.

   Iba a decirle: “Salud”, por aquel costado irónico o perverso al que nos tiene acostumbrado, de improviso, la criolla picardía. Pero no. Le sonreí también, y lo dejé seguir mientras yo porfiaba en mi escritorio profesional con cifras y normas legales, especulando matrices y recortando diarios o clasificando artículos relacionados con mi árida, matemática y racionalista –pero humana, al fin- profesión de Contador…

   Al cabo, se recortó por segunda vez como un fantasma frente a la puerta entreabierta de la casa; pero no en seguida. Unos minutos después de su postrero “chas”, en los que hubo recuperado el aliento…

   “Ya está, patrón”, me dice. Y me observa con la triste melancolía del que no tiene nada que perder. “Bien”, le respondo. “Muy bien”, exagero.

   Abandono el escritorio, salgo al jardín, le doy un rápido vistazo eludiendo al sol desviado ya pronunciadamente  hacia el oeste, y apruebo su trabajo con serena benevolencia, no exenta de preocupación. “Aquí tiene, don. Y muchas gracias”, le digo. “A sus órdenes, patrón”, me dice.

   Y se va.

   Como intuyendo mi secreto enojo por su labor ineficiente, el Segador, sin embargo, se va; acompañado en una sombra por su prima, la Muerte, y con el sol prendido tercamente a sus espaldas, dando lugar a la Esperanza, se va…

ESTATUS MUERTA O MURIENDO
José Lissidini Sánchez
Embajador del Círculo Universal de la Paz…France/Suisse

Uruguay

Le dicen, la chica del Café.                                                                                                              

Extraño ver a una mujer como ella, con un tipo como él. Aunque se rumorea, que nunca ha tenido buena puntería para elegir parejas. Primero, y eso fue cuando trabajaba en una fabrica de alfajores, se encachilo, por no decir que se alzó o calentó, con un negro de rastras, que laburaba en la construcción. Le gustaba demasiado el trago, aun más la joda, y era livianito como una pluma, en eso de asumir  responsabilidades, pero al menos nunca le pego, ni la maltrato, el tipo solo era malo para él mismo. El tema es que ella quería hijos y él, no. Hasta ahí dio la cosa. Después, fue un vago que no paraba en ningún empleo, más allá de cuatro o cinco meses, tomaba pastillas con alcohol y temblaba todo el día, como si fuera a desmoronarse en cualquier momento, además de que gustaba de las prostitutas, aparte de que en una ocasión, alcanzo a tajearle una oreja, en un rapto de delirio. Obviamente, ni que pensar en tener hijos con aquello. El tercer talento. ¿Qué decir? Hay mujeres que solo tienen suerte, para la desgracia. El tercero, directamente, la hacía trabajar para él, mantenerlo, ya que pasaba todo el santo día rascándose, fluctuando entre el boliche y la cama, en un estado de permanente fatiga, cuando no la engañaba con cuanta sucia callejera encontraba, de allí derivo un principio de sífilis y un tratamiento a pinchazo limpio, para revertirlo. Se salvó, pero olvidarse de los hijos, con aquel degenerado. Las personas construyen su destino, ¿cierto?

Desde que los vi juntos, supe que algo andaba mal. Las caras, los rictus, los gestos, la forma de caminar de cada uno. Pero esas cosas en realidad, no aclaran nada. Después de los ojos morados,y más tarde, la boca partida, lo confirmé.

Ella es rubia natural, melena corta, y se gasta un cuerpo espectacular, privilegiado, cada curva en su justo lugar, carita delicada, ojos celestes. El viejo es  pizero. Un viejo grandote y gordo, manso, buena gente de barrio, vecino de toda una vida. El atorrante del momento, un mascara que se las da de fotógrafo y trompetista, en una banda de música tropical, barbudo, peludo, algo gordito, pinta de tranquilo, aunque de eso, al parecer y para desgracia de ella, solo la pinta.

Siempre me he preguntado y nunca terminare de hacerlo, por qué las mujeres divinas, eligen tipos execrables, de los peores, que no sirven para un carajo, porque… o las viven, o las  matan a cuernos, con minas que no valen un cobre o les rompen los huesos paliza tras paliza, un día si y el otro también, castigándolas hasta por si acaso, o les descargan cuatro petardazos y las mandan al cementerio, o les pegan un fierrazo en la crisma y al hospital de una, o las preñan y las abandonan, sin pasarles un peso para los hijos, en fin …las opciones son muy variadas, pero ninguna buena.   

    El zurdo Costa, en su resentimiento y amargura, siempre sentencia:

-¡Que se joooodan! ¿Por qué no buscan un tipo laburadoooor? ¡ Noooooo! Ellas se meten con fiolos, jodedores, vivos, macanudos, entradores, que las deslumbran con sus coqueteos verbales, las enarbolan  con sugerencias y provocaciones. ¡Ay! Porque es tan fachero. ¡Ay! Porque es tan simpático. ¡Ay! Porque es tan entrador. Y se orinan en las bombachas las infelices, mientras los tipos solo ven en ellas, unos lindos y seguros sacos de hacer box. Ellas se meten con los picos de oro, que les dicen tres pavadas baratas y , ¡ ñacate, cagaron! Pero una mañana se despiertan y, se encuentran con la jeta fea de la realidad, pero ya es tarde para arrepentirse. Entonces se quejan y lloran. Pobres desgraciaditas, ellas. Nadie les pone un revolver en el pecho, para que se metan, con tipos que no sirven ni para hacer de taza turca. Y  bue… Todas piden  un  tipo decente , serio , que labure,  las ame, las respete, las mantenga, les rasque la panza y las tenga como reinas, pero si cae algún dormido así, lo atan y lo destrozan, lo mastican y escupen sin escusas, lo tratan como  a  un trapo, como a un boludo  y  encima, le adornan la frente con el primer hijo de puta que aparece. Las niñas no saben realmente lo que quieren. Entonces, che. Lo que tenemos que hacer los tipos, es asegurarnos que las mujeres sepan realmente, quien manda.

Acto seguido se zampa de un trago, el contenido del vaso petición que atesora en una mano, frente a la fauna , más o menos castigada como él, que pernocta día tras día y madrugada tras madrugada, en el bar del Toto.

Al zurdo, no le ha ido bien en ninguno de sus tres matrimonios, se puede decir que es un desencantado de la institución, por otra parte, de acciones tan depreciadas en estos tiempos. La ultima agraciada, una gorda que lo abandono, por un viejo flaco, resumido en huesos, pero dueño de una  de las mejores carnicerías del barrio. El pobre zurdo nunca entendió, que la gorda solo quiso asegurarse los churrascos. Tenían hijas, dos pardas gordas, que optaron por irse con la madre, lógico, la carne llama a la carne. Albañil contra carnicero, siempre le va a ganar la Colita de Cuadril al fratacho. De acuerdo a lo adquirido, lo que se puede asegurar ciertamente, es que el carnicero, tiene muy buen ojo para elegir vacas.

Sí. Le dicen, la chica del Café. Un sueño de muchos. Pero de un tiempo a esta parte, aunque sus ojos de cielo, poseen un extraño brillo, se la suele ver con la mirada perdida, algo desatenta, un tanto distante,  hasta olvida qué decir, solo se para en silencio junto a los parroquianos, y espera la orden. A veces renguea de alguna de las piernas, otras, no utiliza mucho alguno de los  brazos, otras tantas parece cargar con dolores que no se ven. Cualquiera podría pensar, que la ataco la Fibromialgia. Lo que si se ha notado, y se nota cada vez más, es el abultamiento y la redondez de su vientre. La diferencia, entre la actitud  egoísta  y el amor. Aunque  no sé  si  para ella , será una suerte o será la muerte.

«UN REGALO PARA MI NIÑO»
Jorge Bernabé Lobo Aragón
Tucuman -Argentina

Una mañana destemplada, gris, fría; con un vientito que amenaza convertirse en garrotillo, resolví caminar por mi Tafí del valle en busca de un pañuelo que abrigara mi pescuezo y de un regalo en el día del niño. Me pregunte a mí mismo, si esa conmemoración especial que se celebraba, no era más que un homenaje al consumo y a la egoísta complacencia. Es que, dedicarle un día al jolgorio a la jornada, está bien, pero la sociedad toda,  debe estar obligada a contener y educar a nuestros pequeños todos los días. Debe ser un compromiso permanente en desarrollar, enseñar y perfeccionar sus cualidades intelectuales y morales  que es una necesidad que clama al cielo. Me pare ofuscado frente a un comercio que parecía un bazar chino. Advertí que con el frio, lo que me hacía falta era un pañuelo tejido en un telar por las manos artesanales de las mujeres del lugar. Es   inusual, que en la capital del turismo, no lo hallara en  un primer intento. Seguí caminando a través de una escarcha pegajosa que parecía convertirse pronto en una ligera nevasca. Los regalos a los nietos lograban mi penosa travesía. Me plante  ofuscado en una local que parecía una tienda del primer mundo y que ofrecían en ingles productos solamente extranjeros. Me indague a mí mismo: ¿Cómo puede haber decaído tanto la industria argentina y nuestra artesanía que para algo de tan simple elaboración como es un pañuelo de algodón, o de lana  haya que recurrir a los países campeones de la eficiencia competitiva? 

No pretendía ninguna obra de arte, como esas maravillas que me tejía mi mujer cuando novios, solamente una linda estola de lana tejida por las manos callosas de mujeres tafinistas que me abrigara  mi pescuezo. Siendo tucumano y orgulloso de mi valle, me pareció lógico y natural comprar un pañuelo confeccionado a mano y en telar, con las viejas técnicas caseras que se transmiten de generación en generación. Es que la región siempre ha sido una muestra de la ancestral tradición telera que se esparce por todo el noroeste argentino, la que sigue tejiendo su historia con las mismas técnicas de sus antepasados. En el trayecto, encontré un reducto de artesanos. Allí me metí como un turista ansioso de realizar una compra.

Entre, mantas, ponchos, fajas, bolsos y alfombras, un enramado revestido con cortezas de quebracho hacia flamear levemente las fajas, chuspas y piezas de barracán y picote en un muestrario artesanal persa llena de colores. A los costados de la calle principal lucían en contrastes, tradicionales casas de artesanías pintadas de fuerte colores que rememoraban las épocas ancestrales, revitalizando el valor cultural de una identidad olvidada. Me hizo recordar a la “petaca” de mi madre un reducto artesanal en donde estudio con enorme placer su carrera de abogacía. Antes de soltar una lagrima, escuche voces. ¿Pase, entre, qué anda buscando?  Interpelación incesante en cada puesto al que me acercaba. Hasta que tropecé con un personaje de pelo largo, desaliñado y con traje colorido. Era los que en nuestra infancia llamábamos “hippie” el que seguramente apartado de las grandes ciudades se enamoró del paisaje y se quedó a vivir en el terruño. Le compre de inmediato un pañuelo que me parecía de la zona. Un pañuelo idéntico a los tejidos por nuestros orfebres con su rudimentaria herramienta siempre presente en mi memoria, dibujado en sus urdimbres por distintas tramas, con los tonos de la tierra  y en coloridas combinaciones. Me lo puse y sentí un enorme calorcito que me caldeó el ánimo. La diáfana y fresca brisa de los Valles Calchaquíes,  engalanados  por paisajes de montes y llanuras, iluminan con la luz de la naturaleza las originales casas en donde se producen utensilios, ropas y obras de arte en cuero, lana, arcilla, piedra y otros materiales ancestrales rodeados de un escenario de mantas y ponchos del lugar. Seguí caminando en búsqueda de un juguete para mis nietos, mezclado con artesanos de los valles que conocen su pasado, su lenguaje, sus valores, sus sueños y su tierra y, a través de sus obras, cuentan la historia de sus ancestros, la que logran plasmar en cada una de las piezas que producen.

Casi con culpa seguía buscando un regalo para mis niños, inquiriéndome en esa naturaleza en la  que la vista al cielo es la contemplación del cuadro más sublime que haya pintado pintor alguno que educar a los niños es darle preceptos, doctrinas, ejercicios, ejemplos. Dedicar solamente un día para inducirlos solamente por horas a la agitación y tumulto de una diversión maquinada y desenfrenada es nada más que una forma de acallar la conciencia que clama por el abandono y la miseria en que se ve sumida una gran parte de la infancia, afligida por el infortunio y la desesperanza. Por supuesto que en todo hay excepciones. Pero en ese tiempo de encontrarme con la naturaleza y caminando por lugares de mi infancia tenia ganar de pedir perdón porque esta celebración se presenta en nuestra aciaga realidad como un homenaje a los niños  para arrimar votos y no  para cuidar a los indefensos que menos pueden y tienen.

RANGO POR EDAD
Miriam del Carmen Franco de Noe

“Nos dice el año.
El almanaque cuenta.
Los días llegan”
Haiku- Analía Rodríguez

 Las farolas se reflejan sobre el río como lunas suspendidas. El diseño muestra distintos planos. Color verde con impactos de luz. Pocas penumbras, mandalas de fragancias para despertar sensaciones. No creo que el abuelo disfrute del paisaje, él se deja llevar. A veces son los nietos, la camada de los menores de veinte, otras, las jóvenes ya abiertas a la vida y dispuestas a disfrutar y hacer disfrutar a los demás, quienes lo llevan a los nuevos restaurantes de la ciudad de cara al río.

Yo no formo parte de la familia, sólo soy una vecina de Don Aníbal y Sarita. Me llamo Elsa y llevamos compartidos cuarenta años, en el mismo barrio, idéntica calle, casas linderas con patios que reciben el perfume de los azahares, y la sombra repartida de un centenario naranjo plantado por el padre de Don Aníbal. Nuestros hijos se criaron juntos y hoy todos brindaremos por el acontecimiento. Sarita ya no está entre nosotros y mi marido tampoco. Cuando jugábamos a los rangos por edad siempre perdía; era la más joven del grupo. Apenas estoy llegando a los setenta.

Se festeja el cumple de Don Aníbal, quién diría que llegó, qué cumple noventa años. Igual que hace muchos años lo llevo en mi auto. Las situaciones totalmente opuestas. Aquella vez volvíamos de llevar a Sarita a su descanso final y Aníbal necesitó hablar, contar, desahogarse, dar por concluido el entretenimiento. En ese momento se daba cuenta, de qué tontas y vacías habían sido sus secuelas.

Fui depositaria de una historia qué, en este instante me perturba. Se dice que es preferible hablar del futuro antes que del pasado. ¿Qué costo puede causarme o causar? Sólo hay dos alternativas: contarlo cómo anécdota o callar. Recuerdo que Sarita repetía: “me gusta ser políticamente correcta.” Es difícil encontrar las palabras para describir las cosas que nos conmueven. Es algo muy personal, íntimo. En ese regreso de un adiós, no me parecía justo proponer un silencio, por eso decidí escuchar. Por minutos, hacía esfuerzos para no sonreír; al principio lo tomé como broma de un hombre que ya en el camino de la vejez, comienza a tomarse examen para  ver sus encantos para seducir, y lograr con su voz  un cielo inalcanzable. También hacer realidad aquella primera fijación voluptuosa de adolescente, donde el placer era superior al temor. “En realidad Elsa yo no estaba tan enfermo, cuando me jubilé el tiempo me sobraba, extrañaba a mis compañeras de oficina, y a las otras también, igual o más. Siempre fui mujeriego, no de enamorarme, sí de picotear como colibrí en tardes de verano. La primera vez fue una casualidad inesperada. Sarita me avisó qué en la Farmacia Sindical había muchos clientes y se iba a demorar. El teléfono en mi mano me dio la idea. Empecé a llamar a mis ex compañeras: recuerdos, risas, aquellas cosas que por años no me animé a decirlas sin ruborizarme, las dije feliz, sin remilgos. Ahí empezó mi juego, necesitaba tener una o dos horas para mis pecadillos de jubilado y mis travesuras amorosas. Sarita siempre estaba preocupada y salía a comprar cualquier cosa que yo dulcemente le pedía. Con el tiempo cambié mi entretenimiento y tomé como diversión llamar a mis chicas y cortar. Me imaginaba encuentros y desencuentros. Voces, quejas por mi tardanza, puertas que se abrían ante mi presencia. En fin, creo que hasta a vos te he llamado alguna vez. Ahora te pido me disculpes.”

En aquella oportunidad le sonreí con cariño, y toqué su mano algo fría y le dije una frase convencional: “No estás solo, Sarita siempre estará a tu lado.” A lo que respondió: “Gracias, ojalá.”

Debemos llegar a horario, a las 22.00 comienza la cena, a medianoche los fuegos de artificio. Para ir despacio y sin apuros, a las 21.00 en punto hice subir a Don Aníbal al auto. Lucía el rostro sereno. Un traje gris combinaba con corbata rosa, sus nietos se habían esmerado. A poco de andar, me sorprendió su pedido: “Elsa, podemos parar un ratito para conversar. Ahora sé por qué Cicerón dijo lo qué dijo: Edad avanzada es cuando ya se está libre de pasiones.” Cuando terminé de estacionar me pidió con tanta dulzura que le contara cosas de Sarita, que con sílabas entrecortadas pude traer a mi memoria algunas cosas de mi vecina y amiga: “La recuerdo constantemente en un ir y venir. Sus taquitos se reconocían en la vereda. Cuando nos encontrábamos solía decirme: hoy Elsa no tengo tiempo para nada, Aníbal está muy enfermo, por eso yo hago todo. Voy al médico, a buscar las recetas, y después a la Farmacia Sindical. La veía a la mañana muy temprano esperar el ómnibus, no importaba el frío, el viento, la lluvia o el sol. Así, se ahorraba unos pesos. Iba a un  súper a hacer las compras diarias y a otro súper para conseguir tu bife de ternera más tierno y barato. Todos los vecinos conocíamos su andar y cada día su cuerpito perdía altura. Limpiaba la casa, barría la amplia vereda y dos veces por semana baldeaba.” Cuando me di cuenta que algunas lágrimas estaban en los pequeños ojos de Don Aníbal, callé. Sentí que a los dos la vejez nos dolía en el alma. Había que cerrar la memoria emotiva. Frente a mi silencio volvió a hablar: “Confieso que me siento culpable por la muerte de Sarita al pedirle que me atendiera tanto y exigirle que cuidara el dinero.” Mis manos comenzaron a moverse, mi vista se depositó sobre el reloj y una sonrisa logró que él comprendiera que la fiesta de cumpleaños nos esperaba y no podíamos defraudar a tanta gente. Pero quedé preocupada.

Después de las luces multicolores, las exclamaciones de los presentes ante tan bello espectáculo reflejado en el espejo del río, y apagadas las clásicas velitas, Don Aníbal pidió ¡por favor! irse, necesitaba descansar. El regreso esta vez fue en silencio pero antes de bajar me comentó: “A todos, gracias por todo.” En otro auto llegó su hija Nahiara para acostarlo.

Pasadas tres semanas y cuando se habían acallado los comentarios sobre el cumple, creí oportuno contarle a Nahiara las conversaciones del auto. Quedamos en encontrarnos.

“Yo tuve con mi madre una relación agitada, tormentosa, precaria, hasta qué conocí su historia de juventud, que voy a contarte en honor a tantos años de amistad y buena vecindad, como el clásico eslogan.” Las risas cortaron el momento que me tomó un poco por sorpresa. A veces, el tiempo suspende los recuerdos, los propios y los compartidos.

“Tenía diecisiete años recién cumplidos, era la primera vez que un muchacho despertaba mi alma y mi cuerpo. Me sentía desafiante, el mundo a mis pies, con él a mi lado creía que todas las decisiones nos pertenecían. Sentía el amor en la sangre. La luz, el sonido, el aire, todo nos elevaba. No podía concebir un tiempo de espera, cada día era único e intransferible. La oposición de mi madre, sin argumento, sin firmeza, siendo sólo oposición, hacía que me aferrara a él con más fuerza. Mi padre guardaba silencio. Vivimos meses angustiantes, en los que únicamente era una visita en mi casa. Pernoctaba en la casa de la abuela o la de mis amigas. Él me dejo por una razón de peso, así me lo dijo, había dejado embarazada una chica y la familia política lo obligó a casarse por esa remota costumbre de salvar el honor de la mujer.” Recién en ese momento necesité buscar los brazos de mi madre para encontrar consuelo. También en ese momento conocí su belleza interior, esa qué dejó trascender con silencios, murmullos, abrazos y pocas palabras.  Al día siguiente, Sarita me llevó el desayuno a la cama y me pidió: “Sólo escuchá mi historia. Yo viví  un brevísimo noviazgo durante ocho meses con el padre de tu novio.” Creo que mi mirada comprensiva fue el incentivo que le permitió a Nahiara seguir contando: “De ahí su oposición y… lamentablemente la historia se repitió. Dejó a mi madre porque su novia oficial, la de tantos años juntos desde la infancia, esperaba un hijo.”

 La cara de mi madre delataba algo, ¿algo por decir, algo qué valía la pena escuchar? ¿Quizás ocultar?  Un prolongado silencio nos unió, tendí mis brazos hacia ella tratando que con mi calor se aflojaran profundos sentimientos, esos que uno entierra para llevarse al más allá, sin imaginar que siempre algún rescoldo de recuerdos aparece. “Ella también estaba embarazada, sólo que lo supo dos meses después. Imposible contárselo a sus padres, rígidos y austeros. Tita, amiga y compañera del secundario, era la única persona que lo sabía. Una noche descompuesta y mordiendo una toalla para no gritar lo perdió en el baño de su casa. Cuando se sintió mejor, después de varios días, se lo contó a Tita. Discutieron. Ella la quería llevar al médico, Sarita aterrada se negó. Tita siguió acompañando a mi madre, pero a las dos les urgía conseguir trabajo. Según Sarita, Tita siempre tenía el arte de cambiar el tema de conversación para que la tristeza, la inmensidad y el vacío del alma no las atrapara. Tita fue la primera en conseguir ingresar a la Administración Pública y transcurrido algunos meses le presentó a Aníbal, reciente compañero de oficina. A Sarita toda la vida la persiguió una idea. ¿Aníbal sabía por Tita las cosas, pero guardo el secreto? Al año de conocerse se casaron. Me confesó que la bondad de Aníbal la sostuvo, se casó sin amarlo, por gratitud. Mi llegada hizo nacer un tibio cariño que el paso de los años  acrecentó. Pero su amor fue aquel al que entregó su pasión juvenil recién estrenada. Yo sigo amando al hijo de ese hombre que, aunque me engañó, aún hoy, me es indispensable en mis recuerdos, aunque no sé para qué. Sí, igual que a mi madre, nos sirve para sobrevivir. Yo que semblanteaba el rostro de Sarita sabía cuando sus pensamientos estaban lejos, como queriendo irse, como los elefantes se van en silencio bordeando su territorio. Ella vivía con sus singularidades, qué también heredé. A mí todavía no han podido horadar mis sentimientos, en cambio, siempre pienso que murió de amor. Se castigaba atendiendo a papá con esmero, con trato amable. Era reservada, sólo ella en realidad  viajaba con sus fantasmas, sus miedos y aquel niño que no pudo ser. Una sola vez compartimos una conversación como amigas, después nunca más, por más que intenté  a lo largo de los años reiniciar ese diálogo; siempre cerró la puerta, pero con llave. Era poco ostentosa, sus labios en rojo o rosado eran su signo de coquetería, aún cuando limpiaba su casa.”

Las horas habían transcurrido sin que nosotras nos diéramos cuenta, se habían entrelazado las fortalezas con las debilidades, y conocimos algo más de la existencia y el dolor. Conocí la vida de Sarita puertas adentro. Ahora era necesario e imprescindible según Nahiara encontrar una señora que cuidara a Aníbal, era demasiado esfuerzo a su edad lidiar con su soledad.

Desde mi patio escucho voces pausadas al hablar, algunas risitas y la voz qué más sobresale es la de Aníbal. Esta primavera tan templada y la fragancia de los azahares sin duda hacen que mí vecino esté al sol. Isabel es una mujer especial que cuida y mima a Don Aníbal. Ahora ya su hija o sus nietos no logran sacarlo a pasear, dice que acompañado se siente bien, mejor, “que vengan a visitarme.”

Mi vida sigue su curso, el barrio sí cambia, en la cuadra solamente quedamos dos vetustos vecinos. Los demás, han partido. Algunas casas se han vendido y han cambiado sus fachadas y comodidades, cada una con su propia historia. Otras han entrado al circuito comercial para alquilarlas.

Hoy desde temprano he observado por la ventana mucho movimiento en la casa de al lado. Eso sí, rostros distendidos, sonrientes. Nahiara, su marido, sus hijos y algún auto más. No sé porque razón, nosotros, los que ahora nos llaman la “nueva juventud”, tenemos siempre a mano un dicho, una máxima, un pensamiento acorde a cada circunstancia como el que dice: “el futuro siempre falla, influimos demasiado en él.” Absorta en lo que pensaba dejé sonar el teléfono.

La noticia alegró mi corazón, estaba segura, toda la movida era obra de Nahiara. Enhorabuena. Isabel y Agustín se han casado. Todo muy íntimo, el juez y la familia.

Cada tanto visito a mis vecinos, una charla rápida, y alcanzo alegría llevando un postre, o un licor. No tengo confianza todavía con Isabel, en cambio Don Aníbal ha recuperado su pretérito poder de seducción, hasta me dijo un piropo. En mi última visita noté un detalle, deberé contárselo a Nahiara, salvo que ella lo haya notado y prefiera callarse.

Ayer me crucé con Nahiara al entrar a mi casa. Nos miramos, nos estudiamos y ambas supimos qué “algo” debíamos contarnos y no sabíamos cuál de las dos correspondía ser primera:

“Se llevan bien, se acompañan, tienen gustos iguales. Los otros días vi una mesa preparada, música, flores, velas, un vino.  Eterno ritual que con encanto juegan tanto hombres como mujeres. Últimamente, él esta de novio.  La llama cariñosamente Sarita”.  

EL ÁLBUM
Adalberto Hechavarría Alonso
 17 de octubre de 2019
( Omajá-Cuba)

   El hombre venía a disculparse, después de haber pagado su condena. Llevaba veinte años esperando ese momento, desde aquel lunes fatal que cometió el error.
  Mientras caminaba recordó el álbum rosado. La primera foto, el día que él, la llevó al fotógrafo, con la bata blanca, cuando tenía cuatro años.
  ¿Cuántas veces había repasado en su memoria aquel conjunto de fotografías que su esposa guardaba celosamente?
   Abandonó la calle asfaltada y tomó el trillo de siempre. “Poco ha cambiado”-pensó.
  Con la agilidad de un felino se metió a las arecas de la ventana. Ella estaba sentada en una mecedora. El tatuaje se distinguía bastante bien.
Le recordó la foto en bikini, en la piscina…Ahora cosía
  El hombre sintió deseos de fumar. Tocó la cajetilla  con mano temblorosa, pero no tuvo fuerzas para encender el cigarro.
   La mujer cortó con la tijera. Ensartó la aguja. Midió el ojal frente al botón.
  ¿Dónde estará la madre?-pensó. ¿Qué rencor sentirá? Ella que confió en mí y me decía: “No es tu sangre, pero es tu hija”.
  La vio contenta con el certificado de noveno grado, su risa diáfana. La mano del profesor extendida.
  -¿Estará casada? se preguntó mentalmente.
  La noche comenzaba a caer.
  Fue repasando en la memoria las fotos de los quince: con el juego de pantalones amarillo, el vestido largo, en la pantalla del televisor, en tanguita…
Sentía un fuerte dolor de cabeza.
— “Hay cosas que después que suceden no tienen remedio…”-se dijo.
  ¡Cuánto había planificado aquel encuentro y ahora le faltaba valor para pararse frente a ella!
  La tijera cayó al piso. Se inclinó a recogerla. Miró hacia la ventana Él sintió un escalofrío y  se agachó.
  La foto de los chorcitos cortos era la favorita.”Una modelo”…
  Entonces como tantas veces se tuvo odio. Sintió vértigo y se vio en la bicicleta con ella en la parrilla rumbo al bosquecito…
   Yo debí haberme muerto antes… –dijo en voz alta y salió corriendo.

EL SAPO BURLÓN Gustavo Páez Escobar Colombia

El sol reverberante de esa tarde cargada de fatiga arruinaba el buen humor con que me había sentido en la plaza del pueblo a la salida de la misa de doce. Ahora regresaba a la vereda, con mi mujer al lado, como siempre ocurría todos los domingos. El último aguardiente lo había apurado a medias, sin sacarle todo el sabor del anís, al tiempo que mi mujer me tiraba de la camisa y me obligaba a abandonar la tertulia de amigos que se quedaban festejando el domingo en el único toldo que se tendía en el pueblo.

Y mientras silenciosamente nos deslizábamos por el camino curvado que ya casi me sabía de memoria, la bendita de mi mujer aún corría en su camándula las últimas pepas que le habían quedado pendientes de sus interminables padrenuestros; creo que aquello era una costumbre morbosa o maniática, pues ningún movimiento se veía en sus labios, a pesar de que las cuentas del rosario caían con increíble precisión.

Yo, entre tanto, con los varios aguardientes que llevaba entre pecho y espalda, tropezaba de vez en cuando con las piedras del camino, pero procuraba mantenerme enhiesto para evitar que mi mujer me encarara una vez más mi condición de borracho que tantas veces y a cada rato solía refregarme.

Que yo era un vago, que era un parásito, que no producía nada, me lo había repetido infinidad de veces; y en verdad que me sentía acomplejado, pues de tanto escuchar tales expresiones, había terminado creyendo que eran ciertas. Por eso marchaba ahora en silencio, todo sumiso y acobardado, siguiendo sus pasos a prudente distancia.

Para distraer la monotonía que aún nos separaba de la casa, me había puesto a pensar en la Dolores, con quien me había tropezado en el pueblo, toda juvenil y que con su vestidito dominguero, que se replegaba dos centímetros arriba de las rodillas, se volvía terriblemente apetecible. En el encuentro le había lanzado un piropo, y ella se había reído. Y ahora, cuesta abajo, mientras no sé en qué más pensaba, de pronto mi mujer sorprendió una sonrisa en mis labios. Me regañó. Y me dijo que hasta malos pensamientos serían, si era capaz de reírme solo.

Yo preferí no refutarle nada y continué pensando en la Dolores, aunque de ahí en adelante sólo sonreía en mi interior. Comparándola con mi mujer, esta me parecía insípida. Pero también me creía indigno de aquella, si era un vago, como mi mujer me lo recordaba a cada momento. Pero lo peor era que también la Dolores, una vez que le propuse que nos escapáramos, me había dicho que, como no producía nada, no podía sostenerla.

Los pensamientos iban y volvían. Las curvas del camino parecían interminables. Los árboles, que otras veces se agitaban sin cesar, permanecían ahora quietos. Un bochorno inaguantable hacía destilar a chorros los diez aguardientes que me había tomado en el toldo del pueblo.

A la mitad del camino salió de pronto un sapo y por poco lo trituro con el pie. Se veía sediento, como yo lo estaba. Y quedó mirándome fijamente, con una mirada que me impresionó. El animal sudaba también. Yo siempre les había tenido fastidio a los sapos. Pero este era distinto. Sus formas las encontré graciosas, y su mirada, de una fuerza extraña, me hizo recordar los ojos de la Dolores, que también despedían chorros de vivacidad. Su cuerpo diminuto no ofrecía el aspecto rechoncho y repugnante del común de los sapos.

Con la varita que había quebrado en el camino le toqué la cola y el animal dio tres saltos. Y a cada nuevo contacto seguía avanzando sin desviarse de la ruta ni pretender escaparse. Se convirtió no solo en mi entretención, sino también en mi compañía; y en verdad que era mejor compañía que mi mujer, pues mientras esta avanzaba sin atravesarme palabra, aquel parecía enterado de mi soledad y solidario con mi tragedia. Pero mi mujer, que a la larga se cansó del silencio, se me  acercó y terminamos ponderando la agilidad y esbeltez de los saltos del animal, hasta que llegamos a la casa.

El buen animal sació la sed contenida en una lata que mi mujer le sirvió a la sombra del corredor. Y desde aquel momento –¡quién lo creyera!– el animal se convirtió en el mejor amigo. Sin mucha dificultad lo fui domesticando, hasta llegar a transformarlo casi en una persona racional. Mi mujer se encariñó de él y creo que hasta llegó a apreciarlo más que a mí. Nos dedicamos a enseñarle algunas gracias, que aprendía con tal rapidez y desenvoltura, que terminamos desconcertados.

Cuando, por ejemplo, yo le silbaba un aire, se paraba armoniosamente en sus patas traseras, y al cambiarle el tono, hacía lo mismo sobre las delanteras. Y si golpeaba el suelo, comenzaba a dar brinquitos en el aire, que semejaban una especie de danza indígena, y que solo concluía al oír un nuevo golpe. Al pronunciar ciertas palabras, alargaba una de sus extremidades en plan de saludar.

La fama del sapo se divulgó y muchas gentes comenzaron a llegar deseosas de conocer sus habilidades. Después eran verdaderas romerías. El animal se nos pegó al afecto y logró que mi mujer y yo fuéramos más el uno para el otro. Abandoné el aguardiente y mi mujer dejó de ser tan rezandera. Alguien me aconsejó que explotara aquellas habilidades, y así lo hice.

En los días de mercado salía a los pueblos vecinos y el dinero comenzó a llenar los bolsillos. ¡Aquello era un prodigio! Algún día volví a pensar en la Dolores. Ya no era el holgazán de antes y el demonio de la tentación me revolvió las entrañas. Ahora tenía cómo mantenerla.

Pero todo llega a su fin. Un día, después de la misa de doce, el cura llamó aparte a mi mujer. De lo que sigue, no quisiera acordarme. Aún veo la expresión angustiada de mi mujer cuando, tirándome de la camisa como en mis tiempos de borracho, me sacó del espectáculo y me llevó a la orilla del río. Se quedó observando al sapo y me invitó a que examinara los ojos saltados con que en esos momentos nos miraba. “Está poseído por el demonio. Me lo acaba de decir el señor cura”. Y antes de que yo pudiera hacer nada, lo agarró histéricamente y lo tiró al río. Solo alcancé a escuchar que el buen animal, mi entrañable amigo, lanzaba un sonido gutural, sordo, angustiado, mientras desaparecía debajo de la corriente.

En el toldo de la plaza me reencontré con los viejos amigos. En el décimo aguardiente mi mujer me tiró de la camisa, pero esta vez no le hice caso y tuvo que regresar sola a la vereda. El aguardiente me arrancó lágrimas. Y más tarde no pude evitar el volver a pensar en la Dolores.

EL VISITANTE
María Sánchez Fernández
Embajadora del Círculo Universal de la Paz…France/Suisse
Úbeda-España

Las gentes de aquel pueblecito serrano tenían el ánimo en alza. Estaban prosperando. Ya estaban igualándose a las grandes ciudades donde el progreso resplandecía. Había amanecido un día memorable para la historia del pueblo pues ese día se inauguraba a bombo y platillos un tanatorio. Sí, amigos, un tanatorio con todos los adelantos y comodidades. Para el difunto disponía de una salita especial muy sobria, pero coquetona, con su sistema de refrigeración y una música ambiental tan tenue y delicada que el propio ocupante parecería estar ya en las mismas dimensiones de los ángeles; un gran salón con unos comodísimos sillones y divanes para poder dar una cabezada en las largas noches de velatorio; climatización por aire para verano e invierno y hasta una maquinita que si le echabas unas monedas te ofrecía un humeante café con leche, un caldo o un zumo de frutas. El no va más.

Pues bien, se inauguraba aquel día para velar a Fermín.

Fermín fue en vida un vecino solitario y huraño, poco amigo de amigos y muy amigo del dinero, que a fuerza de quererlo tanto y no gastarlo por no separarse de él se fue haciendo cada día más rico materialmente pero cada día más pobre en afectos. Amasó una buena fortuna que tendría escondida nadie sabía donde.

Mientras Fermín fue joven, fuerte y sano vivió la vida a su manera sin querer compartirla con otras personas;  ni mujer, ni hijos, ni siquiera amigos, ¿para qué quería él a nadie si se bastaba solo? Pero ¡ay!, el tiempo pasó más rápido de lo que esperaba y llegó la vejez y la enfermedad. Fermín se encontró solo en el más absoluto abandono. Sólo tenía unos cuantos libros, pues eso sí, era hombre que supo cultivarse a pesar de no haber ido nunca a la escuela.

Al sentirse viejo y achacoso sólo pensaba en su muerte, ¿Cuándo sería? ¿Cómo sería?, y recordaba una hermosa frase de un pensador griego que decía algo así: «La muerte no es horrorosa, lo horroroso es morir solo”.

Y pasándose las noches en vela se devanaba los sesos  preguntándose: ¿Qué ocurrirá cuando yo muera? Me llevarán a enterrar sólo cuatro personas y el cura.

Y un día, sin pensarlo dos veces, se levantó muy decidido y se fue al Ayuntamiento a ver al alcalde.

─¿Qué te trae por aquí, Fermín? ─ le preguntó éste.

─ Pues mira, Tomás, vengo para hacer al municipio una donación.

─¿Tú una donación? ¿De qué se trata?

─ Pues verás, he pensado regalar al pueblo el almacén que tengo vacío junto a mi huerto.

─ ¿Y eso a qué se debe? ─ preguntó el alcalde muy extrañado.

─ Pues verás, lo he pensado muy bien. Nuestro pueblo necesita progresar. Hay que hacer un tanatorio, sí Tomás, soy así de tajante, un tanatorio. Yo corro con todos los gastos.

El alcalde se quedó atónito por aquel gesto de Fermín y sin haber reaccionado todavía preguntó:

─ Pero bueno, ¿para qué queremos en el pueblo un tanatorio? Cuando alguien se muere lo velan en su casa y santas pascuas, como toda la vida de Dios.

─ Que no, Tomás, que los tiempos evolucionan y no nos vamos a quedar rezagados. ¿No tienen nuestros jóvenes lugares para bailar, reír  y divertirse cuanto se les antoja? Pues los viejos necesitamos los nuestros para meditar y llorar y hacernos compañía en esos momentos tan tristes. Además, así la familia nunca tendrá el mal recuerdo de ver a su ser querido sin vida en el hogar en que fue feliz. Así es que ya lo sabes. Tú lo propones en la próxima sesión y cuando se apruebe yo me ocuparé de todo el papeleo.

Y así fue. Se convocó una sesión plenaria y con el beneplácito de todo el concejo se aprobó la propuesta y pronto comenzaron las obras.

Fermín vigilaba con sumo cuidado cada detalle hasta que el tanatorio quedó terminado, y como una brillante guinda que adorna una tarta, sobre la puerta principal puso un gran rótulo luminoso que decía: “La hermosa compañía”, redactado por el propio Fermín. Ya se podía morir tranquilo.

Y se murió. Se murió una madrugada con sólo la compañía de los grillos que cantaban en el huerto, el olor penetrante de los jazmines y de la luna llena que lo miraba a través de la ventana abierta. Al fin y al cabo no murió solo como él tanto temía. Tuvo una compañía muy hermosa.

Cuando al día siguiente no dio señales de vida (pues últimamente se había vuelto muy sociable), fueron a su casa y se encontraron que dormía ya plácidamente su sueño eterno.

Enseguida se iniciaron las diligencias pertinentes y como es natural lo trasladaron al tanatorio. Nunca hubo lugar en el pueblo tan concurrido. Por allí pasaron chicos y grandes; ricos y pobres; listos y menos listos; divertidos y aburridos. Fermín no estaba solo.

En la madrugada el bullicio cesó, pero la sala seguía estando llena. Mujeres ancianas rezando el rosario embutidas en los confortables sillones y dando alguna que otra cabezada; hombres hablando animadamente de la Liga y de la Copa del Mundo; mujeres más jóvenes comentaban los últimos chismorreos de la tele; y hasta algunos jóvenes que nunca se saciaban de novedades también se daban alguno que otro codazo entre risitas contenidas.

¡Pero amigos, aconteció un hecho insólito! Vino un inesperado visitante que no se quiso perder  aquel gran acontecimiento. Por un agujerito que quedó abierto, no se sabe como, en la pared que lindaba con el huerto, asomó sus bigotes, con mucha timidez, un ratón. Después de husmear con su hociquillo de derecha a izquierda siguió adelante, metió la cabeza y como vio que no pasaba nada se coló de lleno en la sala. Dio una carrera a trote rápido y se sentó en pleno centro rascándose una oreja con su patita trasera. Después se atusó los bigotes, miró lleno de curiosidad a su alrededor y de pronto una voz de alarma: ¡¡Un ratón! ¡Y la que se armó! Gritos, carreras, sillones invadidos por zapatos de suelas sucias, vasos de café con leche volcados en las mesitas auxiliares y tirados en el suelo… En fin, un caos. Fermín de haberlo visto se hubiera enterado que morirse no era tan triste y desolador. Todo tiene sus alicientes en la vida y también en la muerte.

Nuestro ratón, el pobre, huyó asustado pero, ¿adonde ir? Al mejor sitio que encontró. Dio un tremendo salto y se metió bajo unas telas muy suaves y blandas, que después del sobresalto y el calor de la carrera lo refrescaron mucho. Estuvo largo rato muy quieto, sin atreverse ni a respirar, hasta que la calma volvió al lugar y se volvió a oír aquella música tan preciosa. Entonces, ya más tranquilo, se dispuso a explorar. Recorrió un pequeño trecho y salió a la luz. Notó que sus orejas, todavía calientes por el sofoco, rozaban algo frío, muy frío. Se acercó para sentir un poco más de consuelo y de pronto el lomo, los bigotes y el rabo se le erizaron; ¡era Fermín, el hombre del huerto, el que un día lo persiguió con saña y lo quiso aplastar con una escoba! ¡Y estaba tan cerca de él! Corrió nuevamente y se arrebujó entre aquel amasijo de telas. Y así quedó muy quieto, temblando de miedo, hasta quedarse profundamente dormido.

Había pasado mucho rato, quizás una eternidad, cuando se despertó. Sintió que su alojamiento se movía. Se movía igual que cuando aquella vez se metió en un bote y fue navegando río abajo. Él era un ratón con muchas experiencias vividas y esperaba poder vivir en un futuro, y de ello bien que se alegraba, pues así podría adquirir la sabiduría y la filosofía de las cosas que ofrece cada día la vida.

Al cabo de algún tiempo el movimiento cesó y un torrente de luz y aire fresco lo reconfortó. Oía a la gente hablar despacio y muy quedo y un hombre que vestía de distinta forma que los demás lo roció con unas gotas de agua fresquita. ¡Qué bendición aquella ducha que lo hizo reaccionar!

Entonces vio la ocasión. Reunió todas sus fuerzas y con un gran salto salió al exterior; a la luz maravillosa del sol.

Otra vez se produjo el mismo grito: ¡¡El ratón!! No un ratón, si no el ratón, pues todos sabían que era el mismo del tanatorio, y que seguramente aquella noche habría ido a hacerle compañía al pobre Fermín y a velarlo a su modo. También había sido todo un detalle por su parte.

Nuestro amigo corrió cuanto pudo hasta perderse entre las tumbas del cementerio, iba en una busca desesperada por encontrar el huerto en donde estaba la madriguera que era su hogar.

¡Qué feliz se hubiera sentido Fermín, pues en su velatorio y entierro nunca estuvo solo! Fue una  respetable fiesta con un visitante muy especial.

 

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