CUENTOS , RELATOS Y POESÍA RELIGIOSOS

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AL SERVICIO DE LA PAZ Y DE LA CULTURA HISPANO LUSA

EL HELADERO[1]
A la Caída.
Adrián N. Escudero
Santa Fé (Argentina)
En especial, al amigo Rogelio Alaniz, y su esperanza sin Dios…
UNO
  Zacarías era, a los ojos de Dios, un ser perfecto.
  Es decir, un ser perfecto hasta donde un hombre puede serlo. Perfecto con algún defecto.
  Y sólo Dios y Zacarías sabían cuál era ese defecto…
  … Sólo Dios, y Zacarías, y el Adversario.
  Por tanto, el Adversario hubo de vestirse de extranjero, tomando previamente condición humana, y recorrer el polvo desierto del camino que separaba a su Volcán de la Ciudad donde vivía Zacarías.
  Y extremar el ingenio
  Dios amaba a Zacarías, y Zacarías contaba con Su segura protección y suspiros invisibles; pues, cómo anhelaba Dios la perfección de su servidor. Zacarías era el fruto más logrado desde que a Noé prometiera Alianza eterna entre Su linaje y el de los hombres creados por Él.
  Así que, por el sacerdocio, había alejado a Zacarías de doncellas y dulces, y, sin por compañía había aceptado la presencia de Isabel, esto se debía no sólo al amor demostrado por ella al servidor, sino por sus escasas dotes para descifrar las veleidades terrenales de un buen postre casero.
  Por otra parte, el incienso había eliminado en Zacarías, con el paso de los años, su capacidad para distinguir entre el aroma siseante de una tarta de manzanas y el rugoso olor a brea y grasa con que ablandaba cualquier borne oxidado en carruajes o tijeras campesinas de la comarca israelita.
  No obstante, sagaz, y en el inconsciente, un defecto habitaba las entrañas santificadas (felices) de Zacarías, como un gusano de muerte incubado (e incrustado) en su cuerpo  vivo.
DOS
  Aquella mañana, el inmigrante llegó vestido de blanco. Como un rayo de sol, esquivando rocas y olivares. Radiante. Getsemaní fue su primer testigo.
  Montado en un extraño artefacto, hizo oír por el cuenco metálico de una pequeña corneta como un viento de llamado, como un sonido fresco por donde el mar rugía y la brisa del océano recorría como un bálsamo helado la atmósfera ruidosa de Jerusalén (¿de Nazareth, al mismo tiempo, también?; quizás…), seduciendo con promesas de goces invernales su ardiente mediodía.
  Nadie, excepto Zacarías que salía del Gran Templo, lo vio.
  Deslumbrado por su presencia inaudita, Zacarías se detuvo en el pórtico sagrado del edificio donde el pueblo guardaba las tablas de la Ley Mosaica, y, absorto por la blancura de aquel personaje de nieve, creyó ver en él a un ángel del Señor acampando frente a la inquietud de sus ojos sorprendidos. Desoyó por ende el alerta de Dios que prevenía…
  … Y se acercó.
TRES
  El extranjero sonrió sin dejar de concentrarse en el misterio de su caja de transporte, oliendo, presintiendo la presencia cada vez más cercana del odiado enemigo… Pero, como un tigre seguro de su presa, no se inmutó. Paciente, supo esperar a que los ojos cansados y azules del viejo sacerdote brillaran por detrás de su pelambre de anciano, y, ya a su lado, le dejó preguntar…
  Pero el extranjero permaneció callado, como ausente o diluido por los rayos mortales que resecaban el aire de la Transjordania, sentado en un apéndice de su artefacto blanco como blanco su traje níveo, brillando al cabo en el desierto de las calles de una Jerusalén totalmente adormilada, ahora, por el sonido encantador de la bocina de El Heladero. Sí, apoltronado en su máquina de azúcares y colores almibarados, removiendo algo que, por algún lugar entraba y por otro salía en y de la caja blanca, aunque sólo pareciera una estela de sol desapareciendo en su secreto interior, y trasformada luego en…
  Cuentan sus discípulos que, ni aún la tierra sacudiéndose, resquebrajándose por el celo de Yavhé, pudo impedir que Zacarías probara aquel maravilloso helado de siete colores
  Tampoco que, color a color, Zacarías fuera comiéndose (devorándolo, sin darse cuenta, claro), el Arco de la Antigua Alianza, y destruyendo así no sólo el Gran Templo (desmoronado en un solo acto a sus espaldas) que la custodiara en papiros de piedra, sino y por sobre todo, el Pacto que Dios había hecho con los hombres por medio de Noé.
   Tal vez por eso, hasta el Día del Vagido Redentor, quedo ciego luego, entre otras cosas.-
CON DIOS SIEMPRE SE PUEDE
(Correspondencia epistolar entre los colegas aristoslianos Dr. Abog. Jorge Bernabé
Lobo Aragón (Usuario colaborador) y Dr. CPN Adrián N. Escudero (Vicepresidente Comité de Redacción)
El vie., 2 ago. 2019 a las 18:53, Jorge Bernabé Lobo Aragón (jorgeloboaragon@gmail.com) escribió:
Mi gran amigo en la vida y en la Fe, Adrián, el gran escritor… Quien lleva la Palabra  del Altísimo por los grandes senderos de las letras; solamente puedo decir Muchas Gracias… Es «La Mano de Tata Dios» la que permitió se me invitara, no solamente a colaborar con ARISTOS, sino también y casi concurrente con Naciones Unidas de las Letras… Un honor y enorme placer mientras pueda sembrar… En tal sentido, llevo a v/consideración el artículo
“La Mano de Dios”
Vengo sosteniendo desde años atrás «que no existe la discapacidad», ya que dicho término encierra un contrasentido. Capacidad es la potencia, son las fuerzas, con que Dios nos dotó para vivir plenamente nuestra vida; reitero no existe la discapacidad, el hombre nace y es siempre entero, completo, capaz, porque es hecho a imagen y semejanza de Dios. Si estamos vivos es para vivir del todo, con todo. Dis, significa negación, no separación. Se puede decir y no le tengamos miedo a las palabras, que somos rengos, ciegos, mudos, paralíticos, que tenemos uno o varios problemas físicos y psíquicos, pero que no somos capaces; eso sí que no. De hecho, a muchos nos falta física o psíquicamente algo, o mucho, que haría que nuestra vida sea mucho más fácil. Podemos tener enormes dificultades, pero todos sabemos que algo maravilloso, misterioso e innegable, yo diría que la MANO DE DIOS, nos ayuda a pelear, a vencer, a no flaquear. Tenemos que estar siempre preparados, alertas, para luchar más o más. No te sientas vencido aún vencido, dice el poeta y tiene razón. Debo decir que, en la mayoría de los casos, no estamos solos: nuestros padres, mujeres, hermanos y amigos nos rodean y nos ayudan, al considerarnos uno más del grupo familiar, se nos convierte en personas iguales a las demás. El orgullo o la dignidad de ser personas, hace que antes que aceptar una expresión de lástima, seamos capaces de mordernos y no pedir ayuda. La mano del piadoso nos quita siempre honor, dice Machado, y lo comprendo No puedo hablar por el ciego, que estudia en Braile y se gana la vida, ni por el sordo, que leen los labios y se integra así al mundo; o por el paralítico que, por andar en sus muletas y en su silla, desarrolla un tórax de campeón. No puedo hablar por ellos, pero los comprendo y valoro todo el esfuerzo, la garra y el sudor que necesitan para hacerlo. ¿Discapacidad?, no, eso es super capacidad, es heroísmo. Cada uno de nosotros tiene una historia diferente en el que el factor común es el esfuerzo y la fe. La voluntad esa facultad humana por excelencia debe ser nuestra aliada, nuestro sostén permanente. Con voluntad suplimos  todas nuestras dificultades y siempre esta allí Tata Dios que nos manda un cable. La voluntad… Voluntad para resistir, para emprender, para no cejar. Voluntad y orgullo para demostrarnos que, a pesar de todo, contra todo, podemos. Arriba los corazones, siempre más allá, si Dios nos tocó es por algo, quiere mucho más de nosotros, no nos quedemos jamás en la mediocridad. No es compasión sino justicia lo que necesitan los disminuidos física o psíquicamente. Justicia es dar a cada uno lo que le corresponde. Muchos requieren elevarse sobre sí mismo para competir; un chico, una mujer, un hombre con problemas son, ante todo y sobre todo, «hombres, seres humanos con problemas”. No debemos perder de vista esa dignidad, esa corona, ese soplo de ser hecho a imagen y semejanza de Dios.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
Argentina-Tucumán
En tanto que, y  tan solo media hora más tarde, Lobo Aragón volvería a escribir a Adrián Escudero, más en los siguientes términos y en correlato con su -como completándola, tal vez- reflexión anterior; y afirmando, confesionalmente…
Enviado: viernes, 2 de agosto de 2019 19:30 – Para: Adrián Néstor Escudero adrianesc@hotmail.com –  Asunto:  “…CORRER Y SOÑAR…”.
“…Correr y Soñar…
Hoy recibí una carta de una gran amiga recordándome una gran verdad. Que la voluntad y la perseverancia se construyen con fe. Si quieres volar y emprender…Sueña. La esperanza siempre estará  presente. Anoche soñé y reviví en carne propia la sensación de correr…El viento suave me pegaba en la cara y todo mi cuerpo se estremecía ante el esfuerzo. Esa  energía que había perdido a los nueve años fluía de mí ser como un relámpago. Las piernas en placida armonía superaban todos obstáculos. Mi cuerpo se estremecía de placer rogando que la carrera nunca termine. Era como un canto de sirena que me embriagaba como en mi bilocación más profunda. Me desperté excitado y mire sobresaltado al costado de mi cuarto mi  pierna de palo. Estaba caída…desvencijada junto a un pantalón y una camisa que la cubrían. La realidad volvía a golpearme. El hombro me dolía cada vez más y mi cintura me pedía paciencia. Los años pasan…pero la fe y la voluntad se mantienen intactas. Si… El que en su bilocación profunda surcó los aires y como un pájaro  viajo en medio de las estrellas debía agradecer por tantas bendiciones recibidas. A pesar de mi falta de pata, con mis muletas y mi bastón y con la esperanza intacta de solucionar mi problema de traslación… seguiré soñando. Ese es el costo de vivir. Lo importante no es lo que suceda, sino cómo se reacciona. Si te pones a coleccionar heridas vivirás como un pájaro herido incapaz de volver a volar. Uno crece cuando acepta la realidad y tiene aplomo de vivirla. Cuando acepta  tu destino,  y tiene la voluntad de trabajar para cambiarlo. Uno crece cuando se enfrenta al invierno aunque pierda las hojas. Recoge flores aunque tengan espinas y marca camino aunque se levante el polvo. Uno crece dándole a la vida más de lo que se recibe. Así como hubo momentos en que la vida cambió en un instante, nunca olvides que aún habrá momentos en que lo imposible se tornará en un sueño hecho realidad. ¡Nunca dejes de soñar, porque soñar es el principio de un sueño hecho realidad! Y recuerda: todo lo que sucede, sucede por una razón. Como un maratonista he corrido y seguiré acelerando mi marcha hacia mi destino final. Como una  pájaro  he volado  en busca de una antigua una aspiración del hombre, la de remontarse a las alturas como los pájaros. Y ese placer de seguir subiendo ¡más arriba! hacia el sereno azul del firmamento…es la vida.  Siempre más arriba! ¡Más alto hacia el cielo azul! Porque siempre se puede…. He conseguido en sueño aprender  que de la mano de Tata Dios todo se puede. Que una mano amiga y el beso de un hijo y el amor de tu mujer es la perla más preciosa que se puede pedir y la parte  más  y delicada del increíble arte de vivir como un hermano

Dr. Jorge Bernabe Lobo Aragón –
Argentina-Tucumán

Reflexiones ambas que dieran lugar, entonces, a la siguiente correspondencia epistolar con el colega Dr. lobo Aragón, y de parte de nuestro Vicepresidente Comité Editorial, Dr. CPN Escudero:
De: Adrián Néstor Escudero ..adrianesc@hotmail.com
Enviado: sábado, 3 de agosto de 2019 22:31
Para: Jorge Bernabé Lobo Aragón <jorgeloboaragon@gmail.com>
Asunto: DE TU «SIEMPRE SE PUEDE» (con la Mano de Dios) … – Rv.” …CORRER Y SOÑAR…” – Rv. La Mano de Dios.
     Siempre se puede… Así es, amigazo Bernabé… Pero con fe en Tata Dios, como reflexionas y luego afirmas convencido. Con fe. En Él y en lo que Él quiera para cada uno de nosotros… «Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida»… Cierto, amigazo Bernabé… O «Busquen el Reino de Dios y su Justicia, y TODO lo demás -lo que sueñen, lo que anhelen, pero de bien y Buen Encaminar para el alma- se les dará por añadidura»… «Yo he vencido al Mundo»… «Y el que quiera seguirme (confiando en Mí), tome su cruz de cada día, y sígame»… Porque, «Sin Mi, nada pueden», recordaba Jesús a sus apóstoles. «Por eso cuando pidan, pidan con fe y se les dará. Busquen y encontrarán (Sueñen y sus sueños se harán realidad). Pero pidan (y busquen) con fe…». Porque para Dios (y su Mano) nada es imposible… ¿Creemos esto?
     O estelas reflexivas y sucedáneas a las dictadas -a su vez- por tu noble corazón en vilo, sustraído tierna y positivamente por la preciosa intencionalidad de vida (la tuya, amigo-hermano Bernabé) y atinente, desde ya, a una personal, adversa e intransferible experiencia existencial. 
     De hecho, felicitaciones que alcanzan a la honestidad conmovedora del relato confesional, y mi admiración rendida hacia tu espíritu luminoso y tenaz, ungido y capacitado divinamente por la virtud del amor y del servicio al prójimo… 
  …Virtud o Don de lo Alto que te posibilita enfrentar y dominar las pruebas a que la somos sometidos los seres humanos (todos, en alguna u otra medida o circunstancia), como vasijas de barro frágiles y falibles, pero templos a su vez de la inteligencia y voluntad libertaria concebidos por el Soplo
de Dios
     … Don gratuito que no se queda estático ni quejoso en la singularidad que te sobreviene, día a día, sino que se transforma en auténtica, verdadera ilustración y testimonio heroico para los vivientes y sufrientes del mundo, como un feliz canto de esperanza sobre la vida para la Vida…
    Fuerte y emocionado abrazo, amigo-hermano.
    ¡Ora et labora! ¡Pax y Bono  in Domino!
     Adrián.-
ACERCA DE LA CALIDAD HUMANA
Por Adrian N.Escudero
A Trina Lee de Hidalgo, talentosa escritora venezolana Administradora Foro PARNASSUS – Patria de Artistas, C.A.B.A. – Argentina).
Y, especialmente, a la Prof. Liana Friedrich, magistral escritora y académica cordobesa, radicada en la Provincia de Santa Fe y Presidenta del Club de Leones de Rafaela y Responsable de la página virtual “Amigos de la Palabra…
Con innegociable afecto amical admirativo…
  En nuestro mundillo artístico, hay dos pecados capitales que hacen zozobrar a más de uno. La envidia y la vanidad (Ecl. 1, 2; 2, 21-23 – “¡Vanidad, pura vanidad!… ¡Nada más que vanidad!”, alerta el sabio Cohélet). Es que en busca de la fama y el éxito, dejan tras de sí las verdaderas gratificaciones que surgen de un alma noble y sencilla, prudente y comprensiva, con «calidad humana»: me refiero al honor y el prestigio de haber dado y haberse dado, sin esperar nada a cambio… Sólo la tranquila esperanza de haber hecho lo imposible de lo posible, y de sentir, pensar y obrar más por el deber que por querer. Entonces, conscientes o inconscientes, y encerrados en la gruesa caparazón de un Yo narciso, apagan la Luz que les da vida, y perecen… No sólo en la carne descompuesta, sino en el recuerdo olvidado por la memoria de sus congéneres…
Existe en el Mundo una Declaración Universal de los Derechos Humanos que, desde luego, debe aplaudirse y cumplimentarse seriamente. Pero no surge tan clara o afirmada legal y prácticamente, como aquélla (y aún con sus falencias, conculcaciones y descuidos), una Declaración Universal de las Obligaciones Humanas…
Descubrir en el servicio generoso y desinteresado al prójimo, como a la riqueza que se acumula, no en un granero estibado de soja o trigo ni en una mal habida cuenta bancaria ni en un pergamino añoso que se deshoja ni un gallardete descolorido que se deshila ni en una estatua porosa que desmorona, sino en la preciosa y perenne arquitectura del divino Corazón del Único Que Es y Hace Ser (allí, donde el ladrón no roba ni la polilla corroe), es encontrarse con una Sabiduría que resulta locura para el Mundo: «El que quiera ser grande, que se haga el servidor de ustedes» (Mc 10,43).
Considerar lo importante y trascendente de entre lo accesorio, efímero, caduco y pasajero, evaluando en qué estamos gastando nuestros esfuerzos, nos ayudará a discernir lo que realmente vale la pena vivir en la vida para la Vida… Y, por ende, alcanzar eso a lo que muchos aspiran pero pocos logran en medio de las preocupaciones y ocupaciones existenciales: una felicidad perfecta en esta tierra de prueba y desafíos, controversias y elecciones, y que a pesar de nuestro ser humano frágil y falible, nos religue como un cable satelital hasta el seno del Autor de todo bien hecho Bien.
¡Dios bendiga nuestro ser y quehacer literario junto al Verbo, haciéndonos profetas y apóstoles de esa Luz que brillará por siempre, al Mariano amparo de una honesta intencionalidad y un desprendido quehacer, sosegando y difuminando a las tinieblas del pecado, del error y la ignorancia! ¡Ora et labora! ¡Canta y camina! O ¡”Ama y haz lo que quieras!” (San Agustín de Hipona).-

EMBAJADORES DE CRISTO PARA UNA NUEVA HUMANIDAD
Y PATRIA SIN FRONTERAS 
Dedicado al DÍA INTERNACIONAL DEL AMIGO (20 de Julio) y en camino hacia el horizonte (¿utópico?) benévolo de una Paz verdadera en una Patria sin fronteras (La Humanidad).-
   En una carta dirigida el 29 de marzo de este año (2019) a una gran amiga en las letras y hermana en la fe y humanidad, afirmábamos de que ya era momento «…  de allanar colinas y rellenar brechas, y descubrir el Universalismo al que somos llamados como especie trascendente, cuya inteligencia, libertad y voluntad debe realizar (a) la Unidad en la Diversidad, (mas) sin nefastas e irreversibles consecuencias para millones de seres humanos de todos los tiempos…». Alegato fundado en la esperanza de que, el hombre de este tiempo, tiene a su alcance información y experiencia existencial como ningún otro en 6.000 años bíblicos; y que, de proponérselo, no en soledad, sino con la ayuda de la Gracia divina y del sentir gregario de su especie (especie dotada de facultades químicas, neuronales y motrices que le permiten tener conciencia existencial), puede estar ya en condiciones de repensar el sentido y estilo de su vida, como para descubrirla intensamente fraterna y trascendente tanto para el Aquí como para el Más Allá…
   Así, Dios promete la alegría y el gozo a su pueblo con un mensaje de gran esperanza, cuando en palabras del Profeta Isaías, sostuvo: «Yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva. No quedará el recuerdo del pasado ni se lo traerá a la memoria, sino que se regocijarán y se alegrarán para siempre por lo que yo voy a crear…» (Is 65,17-21). Y dio comienzo a dicho cielo nuevo y nueva tierra, cuando a través del Hombre Nuevo renacido de la Cruz y en la Persona de su Verbo y Unigénito, Jesucristo, el Señor, compartió la propia experiencia existencial terrena de sus amadas criaturas.
   En tal sentido, debo agradecer de todo corazón los nobilísimos apoyos difusivos que me brindan algunos Foros y Magazins internacionales y con referencia a distintos artículos escritos por un servidor, vinculados a la comprensión y honra de la verdadera Paz (cuyo fundamento liminar es Cristo Jesús). Paz verdadera a edificar desde la Verdad y la Justicia con Misericordia, en un Mundo quebrado y agrietado por el odio y la violencia, y en donde el interés particular prima por sobre el Bien Común, y los derechos humanos concluyen exigiéndose por doquier mas exentos, muchas veces y en la práctica, de sus pertinentes, necesarias y consecuentes responsabilidades… 
… Mundo que, según surge del  clamoroso mandato evangélico expresado por el santo Apóstol de los Gentiles (San Pablo, mártir), necesita -como solemos proclamar y en el desierto de las incomprensiones- reconciliarse urgentemente con Dios y con los hombres que lo pueblan, abandonando para ello toda instancia intelectual y/o práctica que se traduzca o signifique dar tregua al Mal y a sus perversas ideologías de muerte, falsos dioses y profetas, y comportamientos abominables. Dirá Pablo, al respecto (2Cor 5, 17-21):
   «El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación… Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios. A aquél que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él».
   Así, pues, la profecía de Isaías (65,17-21) y en congruencia con lo escrito luego en el libro de la Revelación o Apocalipsis (Ap 21:5), se da por cumplida con el nacimiento en Cristo Jesús, del Hombre Nuevo, del primero  de una Nueva Humanidad; Hombre y Humanidad que se corresponden con la creación de un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, puesto que: «Así habla el Señor: ´Yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva. No quedará el recuerdo del pasado ni se lo traerá a la memoria, sino que se regocijarán y se alegrarán para siempre por lo que yo voy a crear (…)´».  
   Esto es, un Nuevo Modo de Vivir y de Relacionarse, en donde la Alegría sea lo más evidente, y lo que se posea sea sólo fruto del trabajo honesto y responsable; y no de Guerras de apropiación armada de lo que, por definición, será o debiera ser de todos (nucleando esto bajo el aún irredento concepto de la Patria Humanidad)… Patria Humanidad donde todos seremos administradores fieles de todo y para todos. 
   Mas para que esta promesa se cumpla totalmente, incipiente ahora en sus primicias de millares de santos abonados como mártires del mandamiento del Amor que exige amar al enemigo, rogar por el adversario y servir a Dios y al prójimo sin esperar nada a cambio, y en donde el derecho secunde al deber, y la responsabilidad prevalezca por sobre aquél…, necesitamos sentirnos protagonistas para que ocurra. 
   Cerrar las fábricas e institutos de educación para el odio al enemigo y el servicio a las Armas, así como los cultivares y centros de traficantes de Drogas malsanas, deben ser, por ejemplo, unas de las tantas tareas intransferibles para los que dicen amar y perseguir los beneficios de una Paz verdadera y duradera, fundada en aquel Hombre Nuevo; Hombre Nuevo que pasó haciendo el bien, murió y, resucitado, forjó glorioso las primicias de un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva. Y porque, con «un sentido cósmico», «todo el universo (resultó) restaurado en (Él)» (P. Fernando Teseyra, SSP). 
   Tareas a las que deben agregarse (lamentablemente, en una clara sinergia de acción-reacción interminables, donde los efectos prevalecen sobre las causas de los problemas y el fin justifica los medios a cualquier precio) otras situaciones pueden citarse desde el clamor de sociedades aterradas por la angustia y el dolor a causa de eventos crispados de impiedad, injusticia y maldad:
-Pascua y martirio, por «aquellos que desgastaron sus manos atendiendo a los pobres y se mancharon con el barro de sus miserias, hasta el derramamiento de su sangre». 
-Pascua y pan, en cuanto a que «La educación y el trabajo son los caminos más eficientes y los más lentos para revertir la situación de pobreza y desempleo que postra» a los pueblos en el mundo entero. 
-Pascua y vida, porque si el Señor nos regala las primicias de su Reino de Amor, Justicia y Paz, «es necesario no bajar los brazos y mantenerlos en alto ante las pretensiones de validar el aborto; ante todas las situaciones que atentan contra la mujer, como el abuso y el femicidio; ante la pobreza estructural de los niños; el abandono de los ancianos; el desprecio, intolerancia y agresión a los extranjeros; la destrucción de la casa común…». 
   Y para que se levante, con el Nuevo Adán, una Humanidad Nueva, aquéllas serán «la defensa y el testimonio pascual de los discípulos misioneros» o embajadores de Cristo en los ya principiados Cielos y Tierras nuevas… (P. Teseyra, op. cit.). Es decir, dicho cielo y tierra nuevos ya tienen su Semilla Primordial plantada en Cruz y florecida en Resurrección y Gloria: «Y cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia Mí» (Jn 12:20-33).  Y la Vid nacida de esa Semilla Primordial nos tiene a nosotros, sus creyentes, discípulos y servidores, como sarmientos. 
Sarmientos acogedores y dotados como savia de la sangre de quien, muerto una vez, vive ahora y para siempre. Savia ungida con el Espíritu Santo de la Verdad y el Derecho («… y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes», Ez. 36:27) que nos revela el compromiso de «renovar permanentemente lo que nos rodea; de llevar alegría (la de la Paz verdadera en el Amigo verdadero: Camino, Verdad y Vida), quitar el llanto (del odio, de la guerra, de las divisiones, del caos) y trabajar (inhibido para el suscrito el verbo «luchar», en función de sus innegables y serias consecuencias sicosociales) por la Justicia (con Misericordia compasiva) y el Derecho (responsable y sujeto a la Verdad verdadera), de todos y cada uno de los habitantes» de este maravilloso mundo que, a Dios gracias, habitamos (Cit. LC Nº 236, Abril 2019, pág. 17).
ADRIÁN N. ESCUDERO – Santa Fe (Argentina), 03-04-2019
Publicado en Facebook Prof. Liana Friedrich – Página virtual “Amigos de las Letras” – Abril 2019.-

HIJO PRÓDIGO[1]
“Mi corazón estará inquieto, hasta que no descanse en Ti” (San Agustín de Hipona)
I

“La egolatría es una enfermedad muy grave del espíritu; hace que la persona que la padece
confunda su soberbia con firmeza de carácter” (El Autor)
     ¿Y si ya estuviere muerto? Sólo mi recuerdo y mi amor estarían visitándote…

     No ha sido un hecho fortuito, probablemente. Desde el alfa de los tiempos, el mismo Creador sufrió en glorificado Ser Celestial propio, el alejamiento brutal e inconcebible de uno de sus hijos de la luz. Lucifer Arcángel, celoso del Plan de Dios y de su arrebato de amor plasmado en la gestación de otras especies en el Universo, fuera de los ángeles que lo adoraban y servían con devoción, desató su furia contra el Padre y Señor de Todos y de Todo, especialmente y en el preciso instante en que modelaba del barro de las estrellas, al hombre, al Ser Humano; una criatura única e irrepetible en la individualidad y dignidad de su Persona (vuelta persona), hecho a su Imagen y Semejanza, es decir, con inteligencia, voluntad y libre albedrío. Y desde la muerte de Abel en manos de Caín, pasando por el abandono de Josué y de Moisés, muchos han sido los ejemplos de hijos pródigos que traicionaron la voluntad de sus progenitores, y se alejaron –algunos para después ser rescatados o volver por sí mismos- dejando la mueca de dolor grabada en sus rostros infinitamente apenados…

    El Libro de los Libros así lo demuestra, y muchas experiencias narradas por el propio hombre en otros manuscritos, también lo develan… No es casualidad, por ciento, que en todas las épocas, el ser humano, al compartir los dones del creador, también haya heredado la cruz del “amar hasta que duela”[2], para que, en algún paradisíaco día, el dolor no exista más…

     Por eso, hace un tiempo cercano nomás, fui testigo y reiterado protagonista del fallido intento de una madre vecina que, tras seis meses de rotura de relaciones familiares con su hijo menor, y por aquellas ignotas y complejas circunstancias que, a veces, manipulan la mente de los hombres, insistía con ese vástago pródigo y delante de la puerta de su departamento de soltero (acompañado, por supuesto, complacientemente por una pareja y como es de estilo en estos tiempos de crisis de la institución matrimonial sagrada, esto es, asumida como emprendimiento de amor responsable ante uno mismo y los demás, y no como mero contrato sexual y/o societario), que la perdonara si, en algo, como mamá, le había fallado; si le había herido en modo tan importante como para desgajar todo apego y recuerdo de los 30 años en que su vida materna había sido sólo de entrega y servicio por él y toda la familia.

    Hubo incluso por esa madre el intentar ponerse en el lugar del otro, quien ofendido aunque necesitado, rechazó sin embargo y en forma airada la propuesta de ayuda en el pago del alquiler del mes como usualmente ella venía haciéndolo –entre otros gestos y actitudes amables y consideradas-, en un sabio movimiento oscilatorio y vivencial, acercándose ora de él u alejándose prudentemente a veces… Todo para bien de los hijos, ya sea o “cuando necesitan la presencia de los padres o en los momentos que requieren estar solos para crecer”, al decir del Cardenal  argentino J. Bergoglio.[3]

II

“No son los que me dicen: Señor, Señor, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino

los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt 7:21-23)

     Sumido en la instantánea depresión que volvió a aplastarlo contra los resortes de su cama concubinal, sé que Ignacio lloró después a mares la dramática autocompasión que lo llevó a ser un amargo destinatario más de aquellas palabras –de un olvidado y bautismal Jesús de Nazareth a sus discípulos- recogidas por el evangelista Mateo en el capítulo 7, versículos 21 y 24-27 de la Buena Noticia, y que, en rigor y con rigor, expresaba:

“… Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca…”

    Entonces, ¿en qué y cuándo habían fallado ellos justo con Ignacio, el benjamín, el más pequeño de los varones? Y el sentido de culpa ya no filial –como la de Ignacio- sino paterna, comenzó a vibrar también en él, en su alma sacrificada de papá al notar lo muy pero lo muy injustamente herida y angustiada que estaba su bondadosa esposa Ella, al magnificarse de pronto con la estatura de una monstruosa e ingobernable realidad… Y es que, acaso, ¿no había sido así? ¿Es que, acaso, no había procurado edificarla siempre y tesoneramente como a una roca? Hablaba ahora de su otra ella, de su Casa, de su Hogar, de su Pequeña Iglesia Doméstica hace meses blasfemada… ¿Por cuánto, ¿no había sido sino desde el mismísimo cuanto lejano y prometedor febrero del 74, en que habían comenzado, con Ella, juntos y bendecidos, a expandir y pelear la vida para la Vida…? ¿No habían sido ella y Ella, los ejes predilectos de todas las reuniones y consejerías familiares? ¿En qué y cuándo habían fallado con Ignacio y los demás hijos, tal vez, para merecer, a 34 años de casados como Dios manda, semejante cruz de ingratitud e incomprensión[4]…?

     “… Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca. Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato…”·

     (¿Insensato? ¿Yo –Mariano- y al cabo, compañero innegociable y convidado de pronto al sufrimiento desgarrador de su amorosa Ella –Mónica- sufriente?).

     “… que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande”…

     (… Una ruina y un sentimiento de culpa tan grande y profunda como esa desazón que lo hundiera aún más y más en su, ahora, desesperanzado Hogar, injusta pero ciertamente desesperanzado…).

III

     De pronto, un fuerte viento venció las cortinas de la claraboya que oxigenaba el comedor de la casa, y se instaló, con un golpe agudo, en su corriente sanguínea… Fue por ello que, en un arrebato de ira –ira del justo, quizás-, se levantó abrupto y a medio almorzar de la mesa, y se puso a escribir -con rabia indisimulable y sacudiendo el novedoso teclado chirriante pero como el de una vetusta Olivetti desmemoriada- los palabreros íconos eléctricos de su –sumisa- computadora ocupacional de a bordo… (o notebook, si se prefiere)… Y dijo… al hijo, al hijo pródigo…

     … Ahora (Hoy Mismo) volviste a afrentar gratuitamente a tu madre (y, de paso, a descalificarme mortalmente). Da gracias de que sin dudas te he amado desde y hacia Dios, con un ancho y una hondura infinitamente más perfectos que los daños y ofensas que provocan tus asiduas difamaciones en mi (nuestro) corazón, hijo… Hijo, hijo mío, hijo nuestro, hijo de la vida para Vida… Vástago arisco y turbado, atormentado ciberblogers devenido bajo la estética filosófica de un mundo –ayer romano o griego o egipcio- en decadencia, -ahora (Hoy Mismo), neoliberal capitalista, telemétrico y tecnocrático- en célebre protagonismo de la dolorosa parábola[5] del Cristo Vivo y Siempre Joven: la del hijo pródigo. O la de la incesante Misericordia… ¿La recuerdas, verdad? Y nosotros, y yo, y la vida, a tu atenta y anhelante espera… En todo momento y desde Dios, pero zampados en las espaldas, también y a cada instante, por los celos siniestros e incomprensibles de Fernando, tu hermano mayor… Si no, ahora (hoy mismo) los azotes que nunca te di –como Quien, bajo el celo de la Casa de su Padre, tejió látigos y expulsó a los mercaderes del Templo de Jerusalén-, te habrían abajado el espinazo y la dura cerviz con que vulneras –a sabiendas-, en modo arrogante y ególatra, el cuarto mandamiento celestial[6]; azotes y zurras, sí; afirmarte una trompada a tiempo en la mejilla –y si pones la otra, también en ella: porque querrá decir que no todo está perdido-: ello, con amor severo y de advertencia nomás, como las de antes, ¿viste? (porque ninguno de nosotros se guardó rencor alguno para con su querido viejo -aleteando con bravura antes, como ahora yo, los umbrales de la rectitud eterna de unas muletas glorificadas-, y en tanto y cuando, haciendo justicia a los clamores de la pobre vieja, tronó firme y justo el escarmiento; biaba criolla para el crío desalmado que te daría ahora (hoy mismo) con mucho gusto y dolor al mismo tiempo… ¿Demasiado tarde?… Algo de todo esto te habrá hecho repetir, cuando yo, ya no estuviera: “Ama, y haz lo que quieras”[7]).

IV

     «Cría a tu hijo con un poco de hambre y un poco de frío», dijo una vez el filósofo chino (un tal Confucio)… Y no hice caso. Te di (dimos) todo: cariño, fe en Dios, educación y sostén material (aunque ni tu mente ni tu coraza vital lo reconozcan ahora –hoy- y lo valoren). Te di (dimos) todo. En los nombrados años setenta (del siglo XX, claro está) los psicopedagogos abogaban por el lírico diálogo no transgredible entre padres e hijos… Pero hay un tiempo para cada cosa[8], y un método y medicina para cada enfermedad… Tarde lo descubrimos, ya sé. Y Mónica, tu madre es una santa, ¿sabías?: nada tiene que ver en esto que viene (vendrá), ¡ja!, y bajo soporte inútil de tus ahora tremebundas lamentaciones y extemporáneas acusaciones –lo confieso: estoy desatado en mi barroca confesión antes del parto-: Hijo, te di (dimos) todo (hasta mi –nuestra- entera salud, porque trabajé –trabajamos- al límite para formarte a vos y a tus hermanos); pero inventé -¿inventamos?: de seguro, mamá, ¡no!, mamá ¡no!- un ser… extraño… Casi, tenebroso… Despreciable… (Mientras un converso Saulo susurra a mis adentros: “Perdón y misericordia, Señor, por mí y estos achaques del demonio: porque queriendo hacer el bien, hice el mal que no quiero” [9])… Yo te amo (Ella, tu madre, más todavía: tiene ese derecho acuñado en los dolores de parto), y siempre veré en vos, al pequeño grande, buen hijo de mis entrañas[10]… Aunque ahora seas «como»  un ser… extraño, casi… tenebroso, sí, para mí. Nadie es perfecto, todos somos perfectibles… Deviene el tema de nuestra inexorable fragilidad humana… Pero esto es distinto frente a mí… Ahora, no sólo te muestras naturalmente imperfecto, sino una inteligente y peligrosa criatura, engendrada –al margen de los orgasmos físicos y espirituales de una legítima sexualidad amorosa- y me temo, por toda una desorientada sociedad enferma y anémica de valores auténticos: enferma en carcinomas de egoísmo, hipocresía, envidia, soberbia, estulticia y vanidad, que ha hecho de la competencia y la ambición desmedida un fin, un todo vale que desuela y desuella a todos los hogares y familias del mundo como células básicas de la divina Humanidad… Pero…, algún día te vas a dar cuenta, hijo mío, hijo nuestro, hijo de la vida y de la vida para la Vida (porque si bien renegado bajo los efectos de una cruel acrimonia, te encuentras todavía bajo el imperio de la administración natural que se nos concedió al concebirte)… ¿Y cuándo será es algún día? Pues mira, hombre –que a los 30 ya eres o deberías haber sido un hombre- será cuando te dejen solo, pero solo, solo(Porque, así va tu atajo mortal… Te van a dejar solo, hijo mío; hay ya como un prontuario abierto que lo atestigua. Mas cumplirás de todos modos la bíblica sentencia: “Allí donde esté tu tesoro, estará tu corazón”[11]: y cuando cese el deslumbramiento y abras el cofre, verás, en irremediable desilusión, que no hay oro sino vidrio en tu caja de Pandora, brillando tristemente bajo el luminoso, imperativo e irreductible sol de la Verdad verdadera[12]…).

     Sí, algún día, quizás ahora (hoy mismo) comprenderás quién (Quién) te amaba más y con sinceridad (sin engaño, sin – cera, sin – la pintura y el maquillaje espejal con que tus amigos, los gentiles y paganos filósofos, poetas y arquitectos arrogantes y concupiscentes y panteístas, nacidos del otro lado del Mediterráneo, del otro lado de Boulevar Pellegrini de tu Santa Fe de la Vera Cruz, en Argentina, del otro lado de nuestro Mundo redimido por el Irredento “Amor que no es amado”[13], ocultaban los defectos de sus obras materiales y conductuales); ello, a pesar de esa parte, ese resquicio de malicia –no involuntaria, por la que ya estás perdonado- consciente que te domina, embarga, circunda, asfixia y aleja de la primigenia nobleza –porque amar (dar) no es querer (poseer), aunque se quiera amar- de tu ahora enajenado corazón (hoy mismo, reitero, como el repicar de una gota china en tu dura cerviz, o de una molesta piedra en el zapato a la moda que cubre tus pies)… Y te vas arrepentir, hijo mío, hijo nuestro, hijo de la vida… Lo siento por tu ego, pequeño hombre aún adolescente… Sin duda te vas a arrepentir… Te lo profetizo, hijo… Te lo aseguro… ¿Demasiado tarde? Pues que Dios tenga piedad –entonces- de nosotros, hijo mío, hijo nuestro, hijo de la vida… Como la tuvo un día conmigo, hasta que fui curado por Ella… Que era y sigue siendo una santa… Como la santa Mónica del extraviado Agustín de Hipona… Pero ahora (hoy mismo), pasa que estoy como muerto, ¡ahhh!: apuñalado, escupido, clavado y amedrentado por tu soberana e inconmovible ingratitud. El cormorán y sus garras han descalabrado mi cabeza coronada de espinas y deshabitado mis pupilas… No hay lluvia que fermente una tierra donde antes florecían el trigo, la leche y  la miel de la esperanza plena… Estoy acabado. Pero no tu madre. Tu madre fue, es y será una santa. Vivió, vive y vivirá siempre para vos, hijo mío, hijo nuestro, hijo de la vida… Para vos para nosotros, para toda la familia… Así que te ruego, te suplico, te imploro… De rodillas, si lo deseas… Dejando incluso el justo látigo a un lado, si fuera necesario, aunque… No vuelvas a ensañarte con Ella. Ninguna madre lo merece. Simplemente por serlo. Por serlo, simplemente, te lo aseguro… Sabes que Mónica, tu madrecita, fue incluso para mí, causa de sanación y redención. Me duelen en Ella mis dolores. Y no quiero, no deseo que me duelan, en Ella, también los tuyos. Oh, Ángel sufriente del padre, Ángel sufriente del hijo, ahora (hoy mismo)…

V

     Entretanto, continúa –y conforme al libre albedrío con el que has sido probado- tu misión de torrente desbocado, tempestuoso y arrasador (y abrasador); y derriba esas rocas fantasmales que alucinas en tu sendero con puños de nubes somnolientas, a la par que te deslizas y derramas, fatal, desde la soberana y borrascosa[14] cumbre de una juventud adolescente, hacia la amplia llanura de la Compasión venida al encuentro del cordero herido; hacia el valle reconciliador de la madurez cristiana… Abandona todo trato con este Mundo. “Toma y lee”. Porque Yo Soy la estepa que amansará tus aguas, y dará paz a tu existencia… ¿cómo decirlo?: ¿vidriosa?, ¿zahareña?, ¿huraña?, ¿esquiva? Digo, escorpianamente inquieta, mi redivivo Agustín de Hipona…

   Y no creo equivocarme al desahogar de este modo mis entrañas difuminadas, aunque conscientes, bajo las flores blancas que emparedan de luz y aroma a jazmines y hogazas recién horneadas, los costados del camino sinuoso que, frente a mi ceguera ofrendada -porque el Amor es ciego-, aborta en ese horizonte partido que volverá a renacer apenas comencemos a caminar juntos otra vez, otra vez y… otra vez.

 

DE LAS TRES MARÍAS…, Y MARÍA LA DE GUADALUPE

PARTE I

Uno – De la primera María…

“Dios te salve María, Reina y Madre de Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva. A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas…”.

   … Un tumulto de gardenias atrevidas abrió sus pétalos de par en par y dejó penetrar sus aromáticos hocicos por aquellos sibilantes colibríes en celo en busca del preciado néctar primaveral…

   Sí, cercano este año a Cristo Rey, la primavera había llegado. O se había anticipado unos días, al menos.

   Con sus avances de trinos gorrioneros y perfumes saboreados por los lapachos en flor, algo sobrenatural volvería a conmover esta vez -como 10 años atrás- a un curita de 28 años recién ordenado, y dispuesto a ofrecer su primera Misa de 09:00 en la sede apostólica donde recibiera los hábitos, mas no del clero secular sino los de monje de una conocida Orden Católica de la ciudad.

   Pero antes, en su camarín, María lo esperaba…

(…)

   Una casita sencilla, muy modesta como todas las de la zona y alrededores, los acogió en Guadalupe con la mansedumbre pueblerina de una comunidad alejada del trajín céntrico, y que sería testigo del más imprevisto e increíble de los acontecimientos que pudieran sucederle a un muchacho como él, incluso y sobre todo, para sus serias si bien turbadas intenciones vocacionales aprobadas a priori por sus progenitores…

   Enamorarse.

   Guadalupe fue, para José, el barrio donde habría –humanamente- de enamorarse por primera vez…  

   … Enamorarse. Qué cosa rara, ¿no? Pero no tanto. ¿O acaso él no estaba enamorado de Cristo, de su Persona, de sus Obras, y enamorado y agradecido de su inaudito sacrificio Redentor por todos los hombres de todos los tiempos y hasta el fin de la Historia?…

   Sin embargo, esto parecía distinto. O diferente en las partes del cuerpo y del alma donde se sienten esos rumiantes cosquilleos que le ponen a uno alas en los pies y lo hacen pensar que no es el suelo, sino nubes de algodón donde pisas cuando corres o caminas… Y, sobre todo, al despedirte saltando y prendido de la impagable dulzura de una niña quinceañera como ella…

   Y máxime cuando uno puede atestiguar que merodea los 18 años, y que pronto iniciará estudios secundarios, y que…, etc., etc. O bien, alguna que otra mentirita de ocasión porque la otra cosquillita también arrullaba y hurgaba los rincones de su ánima, y lo hacía temblar…

   Y, por otro lado, como las dos caras de Jano, sacerdote o… Cara o seca. Lo humano o lo divino. Jefe de familia o siervo de Dios… Siervo de lo más sublime e incontenible que podría haber en el Universo todo, ya visible ó invisible… Universo al cual podría trascender en forma indescriptible, porque sería discípulo directo del Padre Creador, de su Hijo Redentor y de su Espíritu Santificador… Del Dios, Uno  y Trino, oh Señor… (Y los susurros de Santa Teresa de Ávila y de Santa Teresita del Niño Jesús sobre la grandeza amorosa del Magnífico lo alelaban, a la par que lo alentaban a…).

   Sin embargo… ¿Amor a primera vista? Veamos…

(…)

   Es que la noche anterior y mientras oraba y rezaba el Angelus, una visión extraña lo había conmovido. Su cuarto estaba en la planta alta del edificio parroquial de la Basílica de Guadalupe, y, su ventana entreabierta, dando a un solar brotado de árboles cuyas ramas se mecían -con un mágico susurro- al compás de la brisa de aquella serena y despejada noche de primavera. Una noche que lo sorprendió, extasiado, contemplando el escenario impagable de las estrellas del hemisferio sur, sembradas entre el polvo estelar de las galaxias del cielo.

   Recostado en su cama, miraba por la ventana asomado hacia aquellos destellos cósmicos que parecían brincar sobre la copa de los árboles del jardín que daba al este del radio de la Basílica, y con la vista detenida en el soberbio espectáculo que brindaban -en particular- las tres Marías. Rutilantes y encendidas como nunca, con ese nítido fulgor levemente rojizo que obsequia el lucero del alba, y que parecían parpadear en código morse, como diciéndole: “José, a primera hora de la mañana, apresura tu visita al camarín de la Virgen. Ella desea decirte que…”.

   Pero el supuesto mensaje, alucinado seguramente por la detenida atención con que estaba escudriñando aquellas maravillas, no concluyó; por lo que, contrariado y medroso, José quedó entonces literalmente en ascuas…

   De hecho, le costó dormir pensando en el misterio de aquellas alineadas, equidistantes y fabulosas Tres MARIAS de los Evangelios[1], y a quienes los antiguos egipcios tenían por Morada de Osiris[2] en la Constelación de Orión.[3]

   Recordó entonces que, una de ellas, representaba a María de Magdala o María Magdalena, una doncella próxima a ser lapidada y salvada misericordiosamente por Jesús, y que luego lo seguiría devotamente incluso hasta el crucial instante de su crucifixión en el Gólgota. La Iglesia veía en ella caracterizado al arrepentimiento y simbolizando, además, a la Ley y a los Profetas del Antiguo Testamento.

   Luego, José meditó en la segunda de las estrellas, y como una manera de mirar y de contar en el ámbito o fenómeno sideral que admiraba, si bien, espacialmente, la noción de lugar (derecha a izquierda o de izquierda a derecha), era relativa pues estaba vinculada con lo dimensional del Universo y sus vastas profundidades galácticas (es decir, ¿dónde era arriba y dónde abajo en el hueco espacial?). Variables celestes definidas por la posición de la Tierra en las que uno estuviera admirándolas condicionado por la galilea redondez del planeta.

   En dicha meditación encontró a la figura de María, mujer de Cleofás y hermana de la Santísima Virgen María, discípula familiar de Nuestro Señor Jesucristo, y, por ello, caracterizada en la eclesiología –junto a María de Betania- como al amor libremente escogido, y símbolo del Nuevo Testamento. Y, por último, recaló por varios minutos en la más importante de las tres: María de Nazaret, la purísima madre de Jesús, el Unigénito de Dios, dada por Él al cuidado del apóstol San Juan antes de expirar, consumando así su sacrificio redentor. María de Nazaret, puerta del Cielo y Madre del nuevo Pueblo de Dios nacido del costado abierto en el pecho exánime de Cristo Jesús y por la gracia del Espíritu divino santificador…

   Así que, esa noche, no pudo conciliar bien el sueño… Por alguna razón, a la que más tarde encontraría respuesta, su mente vinculó la hermosa contemplación de las Tres Marías, en primer lugar, con su propia familia… Y no precisamente con el dulce recuerdo de cuando su padre le decía, en Noche de Reyes que, de las Tres Marías, partía el carrito con juguetes del Niño Dios, acompañado por Papá Noel en su trineo tirado por ciervos y cargado de regalos para los niños buenos de todo el mundo…

   … Y la primera María lo llevó a pensar -en seguida y en obstinado insomnio- en su abuela María del Pilar. Y recordar que el nombre de José le venía propiamente del gran compromiso con la fe católica y apostólica de sus padres y abuelos. Y recordar, asimismo, que su abuelo se llamaba precisamente José, a secas, como él, y que había puesto a su padre también el mismo nombre; sólo que agregado con los de Manuel y Agustín; o sea, José Manuel Agustín. José por San José; Manuel no sabía bien por quién; y, Agustín –oh divina causalidad- por el Doctor de la Iglesia de su preferencia sacerdotal.

   Por lo demás, su padre era hijo de un español descendiente de andaluces granadinos, y su madre, doña María Angélica, una hermosa paisana nacida en el poblao de Froscinone, mas criada por gitanos en la milenaria Sevilla de moros y cristianos, y, en este caso, de progenitores o pares desconocidos… Ambos venidos a estas tierras para “hacerse la América” y buscar un nuevo destino que soñaban les fuera más promisorio que el europeo, con su pléyade de naciones en constantes guerras…

   Pero no fue precisamente en sus padres, sino en sus abuelos donde concentraría los recuerdos del ayer animados por la primera estrella celestial mariana… Porque a causa de los dolorosos sufrimientos terrenos de aquéllos, se había comprometido desde chico a entregar su vida al servicio radical del Señor, y como prenda de redención de doña María del Pilar y de don José González… (Y fue en ese instante que dejó de observar el cielo, y, volcando su cabeza sobre la almohada, derramó en ella una lágrima espesa y oscura, como de sangre… “Abuelita, abuelita María”…, rogó. “Abuelo, abuelito José”…, imploró”, en el cuenco de su íntimo Getsemaní… Y frutas y panecillos de carne y huevo fueron para él como pájaros de caramelos que endulzaron sus labios mordidos por tan amargo recuerdo).

   María del Pilar, su “abu” era una mujer más bien discreta y hacendosa, que le había cuidado y atendido con el privilegio de ser nieto primogénito, y en las duras épocas en que costaba visitarla -y mucho- de parte de sus padres, hermanos y demás amigos y seres bien queridos… Es que adentrarse al mundo de los alienados y visitarlos en sus obligados encierros, no era cosa para cualquiera… Y, ya entrada en años, con una mortal figura de huesos descarnados y aquel gesto extraviado que asustaba, no pudo sino sellar una espantosa vejez…

   O de una aciaga historia, en la que esta madraza prematura y madraza solidaria de cría ajena, asolada luego en su bella adultez por una enfermedad mental, terminaría por prostituirse en uno de los tenebrosos conventillos de la ciudad. Situación límite que pronto concluiría con una cada vez más conflictiva unión matrimonial.

   O una historia, dentro de su historia que, el curita José, agonizaba en el alma desde niño y que no podía compartir con nadie a modo de consuelo… Es por eso que -en principio, y sin perder las esperanzas- su irredenta abuela, había sido y lo era para él, como una suerte de María Magdalena viviendo en su propia familia… Y como  protagonista principal de una crónica de cruentos sacrificios sufridos por la constelación de gringos inmigrantes europeos que, durante casi un siglo, vinieron de continuo a estas tierras escapando de las contiendas mundiales, de sus muertes, hambrunas y demonios; demonios que ninguna mente podría asimilar exactamente en su perfecta malignidad y que, como un nefasto cáncer, terminarían mortificando seriamente, como es de suponer, al abuelo José.

   Un abuelo escapado con sus 17 años de los tirones de orejas paternos y de la Guerra Civil Española, y devenido al cabo en callado mozalbete recolector de café y uvas, así como en un reconocido trabajador albañil. Pero que, alcanzado en su ancianidad por los remordimientos de haber abandonado a su mujer cuando más le necesitara, y huido que fuera en busca de otra suerte y compañera, la infortuna matrimonial jamás resuelta caló hondo en su pecho deprimido al enterarse del fallecimiento de María del Pilar… Y el Hospital Piloto que había ayudado a construir, fue mudo testigo de su insano arrojo terminal… (El buen José junto a su padre, fueron quienes tuvieron el deber de reconocer el cadáver y la pistola con que el abuelo se había quitado la vida…).

   U otra historia, dentro de una historia personal, que tampoco el curita José deseaba descifrar en su totalidad y menos relatar…

   … Agotado. pues, en sus pensamientos y sentimientos, su cuerpo alimentado de ayunos y penitencias, de pronto dijo a la mente… ¡basta!, y se durmió profundamente estrujando -entre sus manos- el Santo Rosario nacarado que su abu María del Pilar le había regalado a los 8 años con motivo de su primera comunión, y alentado por la llamativa voz nocturna que le dijera, recordó, y en clave morse: “José, a primera hora de la mañana, apresura tu visita al camerino de la Virgen. Ella desea decirte que…”.

   Ya despierto, esa mañana bien temprano y tal como el susurro celeste le había aconsejado, fue a planta baja, dio un rodeo por el Altar Mayor, y ascendió por el lado oeste sin prisa y como un peregrino más, los 28 escalones de la fina escalera marmolada que llevaba al Santuario donde se construyera el camerino para la imagen de María Santísima, la de Guadalupe, y en donde esperaba ver confirmada su aparente alucinación nocturna…

   “José, a primera hora de la mañana, apresura tu visita al camerino de la Virgen. Ella desea decirte que…”, volvió a resonar en su cabeza el misterioso acertijo de lo Alto…

   Y fue allí cuando, como en un deyavú de lo que realmente había vivido tan increíblemente de joven, habiendo orado intensamente a su Madre Celeste por espacio de media hora, y recibido de la Madre la tan esperada como portentosa noticia por la que no dejó de darle reiteradas gracias y de todo corazón, al alejarse del Santuario traspasando -para ello- el pequeño pasillo que daba al sector oeste de la escalera marmolada construida por el fecundo P. Genesio[4], fue que… los vio. ¡Dios! Vio como ayer y tomados de la mano, mas ascendiendo ahora -¿como de nuevo?- a aquellos dos hermosos jóvenes, un varón y una mujer, dirigiéndose hacia el camarín de la Virgen, y sobrevolando el tramo de la escalera lado este como dos ángeles, acaso, pero de carne y hueso…

 

DE LAS TRES MARÍAS…, Y MARÍA LA DE GUADALUPE[1]

Viene de PARTE I (Nº 16 – Febrero 2019)

PARTE II

Dos – De la segunda María…

“Ea, pues, Señora y Abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos.…

(…)

     “¡Hola! Soy un chico nuevo en el barrio –recordó haberle dicho-. ¿Te gustaría andar en bici? Claro, la mía es para varón y vos… Pero mirá. Te consigo una por ahí… Y damos una vuelta alrededor de la manzana, ¿querés?

   Silencio y recato.

   “¡Ah, disculpá! Es que soy medio arrebatado para todo, ¿viste? Disculpá. Yo me llamo José. José, nomás. Se ve que mis viejos no tuvieron tiempo para pensar en otros nombres… Y soy el más grande de mis hermanos…”.

  Silencio y una mirada tierna que se le posó como un pájaro de caramelo en los labios…

   “Che, y vos, ¿cómo te llamás? Porfi, amiga. ¿Puedo llamarte amiga? Ya sé que recién estamos conociéndonos, pero… Dale, dale… Ah, ¿cómo no me di cuenta? Estabas ocupada, seguro, y haciendo un mandado, y yo vengo a…”.

   “María. Me llamo María. María, nomás”.

    “Ah, ¡genial! Entonces en algo coincidimos. ¡Eso es genial! Mi papá se llama José también, pero con él, su viejo fue más generoso y le puso: José Manuel Agustín. Y de apellido González y González… ¿Qué tal? O sea, yo soy José González, o González y González, pero me da un no sé qué eso del doble apellido, ¿viste? Y mi vieja se llama Zulema. Zulema Angélica. Y a mí me gusta más su segundo nombre que el primero… Son un viejos divinos; bah, yo les digo viejos, pero son como adultos jóvenes, ¿sabés? Se casaron a los 18 años, y ya llevan como 20… Mis amigos dicen que eran otros tiempos… Y puede ser… Porque ahora, y por lo que veo, los muchachos andan de un lado para otro, pero nos les gusta concretar nada serio con las chicas… Y parece que las chicas andan en algo parecido… No sé. A mí me pone de diez saber que mis viejos son jóvenes… ¡Porque los voy a tener, si Dios quiere, un montón de años conmigo y mis hermanos!”.

   “José…”

   Silencio pero con el corazón en la boca de José…

   “¿Sí?”

   “Nada. Que sos muy simpático, ¿sabés? Y discúlpame vos, por favor… No hace mucho que estoy por aquí. Vivo cerca. A un par de cuadras de la Basílica. Sobre calle Echagüe… La de la Universidad… Mi papá dicta clases de Administración allí y se llama Joaquín y mi mamá se llama Ana… Ella es ama de casa. Y por ahora no tengo hermanas, aunque me gustaría… Pero parece que el buen Dios los ha probado por alguna razón, y aunque papá lo desea, mamá ya no puede quedar embarazada… Yo les digo que podrían adoptar algún chico. O alguna nena. ¡Hay tantos pequeños que no tienen padres! ¡Hay tantos bebés que…!

   Y José vio como del rostro dulce de aquella niña quinceañera, se despeñaba una lágrima… Se le partió el alma, al pobre.

   “Che, esperá. No llorés, porfi. Tomá. Está limpio. Mamá me da uno siempre impecable antes de salir a andar en bici por ahí o a jugar a la pelota…”

   “Gracias, José… Yo…”

   Y salió corriendo. De improviso. Corriendo…

(…)

 Pero antes, sólo un rato antes de que sucediera esto y aquello con Mamá María y los ángeles de carne y hueso ascendiendo hacia su camerino, tuvo otra inaudita experiencia. Trató en este caso de asimilarla con serenidad, por cuanto aconteció cuando se aseaba en su estrecho baño, a fin de preparar la visita al Santuario como todos los días, más especialmente en ese día donde esperaba –ni más ni menos- que escuchar la voz de la Virgen… Todo conforme al mensaje recibido por la noche desde aquel enigmático e insistente titilar de las Tres Marías…

   Sonriendo, recordó dicho mensaje con gozo y por tercera vez: “José, a primera hora de la mañana, apresura tu visita el camerino de la Virgen. Ella desea decirte que…”. O de una insólita correspondencia epistolar celestial, cuyo singular eco no le impidió detectar -tras su imagen reflejada en el espejo del baño, brotado por aquella barba núbil a la espera de ser afeitada- una figura humana conocida que surgió –o, al menos, eso creyó- tras de él, presentándose al modo de lo que sería, en sus apuntes de escritor, como la segunda de las de las Tres alineadas, equidistantes y fabulosas MARIAS de los Evangelios, y en este caso, como símbolo del amor libremente escogido, a saber…

   ¿Pero qué hacía Jazmín tras de sí?, se preguntó. ¿Tras su imagen espejada?

   Se frotó los ojos, bajó la cabeza, pensó que estaba en presencia de una alucinación causada por la falta de sueño, levantó la cabeza, miró nuevamente hacia el espejo, y lo que había visto o creía haber visto, desapareció. El rostro amable de Jazmín había desaparecido… No obstante, recordó que fuera ella, María Jazmín, su profesora de letras, quien había sido días atrás -con persuasivo celo- la dulce mensajera de lo Alto elegida por el jovial P. Emiliano, nombrado en 2002 como Delegado Episcopal en la Basílica, para comunicarle que, en reunión de la Comisión de Cultura, habían resuelto interesarlo en aceptar la escritura de un texto o narración vinculada con el próximo centenario de la Parroquia… Un reto de aquéllos, y devenido quizás, en una proposición que tenía sustento en su antiguo paso por el Taller Literario “San Lucas”, dirigido por dicha profesora… Taller alojado en los claustros de la Universidad Católica de Santa Fe, sita a un par de cuadras de la Basílica y sobre calle Cngo. Echagüe al 7100.

   Al respecto, José no pudo dejar de evocar a esos ilustres encuentros con gente de letras, en clases compartidas con las del Seminario; ello, movido al mismo tiempo por el maná de la Palabra (la del Rey de Reyes) y del otro maná: el de la palabra (con minúsculas): un instrumento que, sacralizado como medio-a-fin, le resultaría igualmente al servicio de ese otro Alimento (el de la Palabra, con mayúsculas). Es que atraído por el seductor encanto de las míticas Musas Griegas, responsables del esquivo manjar de la “inspiración”, o para mejor decir, de la Imaginación Creadora; gestora ésta de la llamada “poiesis…[2], su inquieto espíritu agustino lo alentaba a realizarse, a la par de sacerdote del Altísimo -y en radical decisión de vida monacal- en un… escritor; en un literato movilizado por el hecho de plasmar por escrito sus testimonios de vida.

   Sí, José –como tantos otros jóvenes de su generación- había comenzado a gustar de eso llamado Literatura o Arte de la Palabra. Un arte (artificio) en el que debía aprender, y en primer lugar, a llevar adelante –con perseverante empeño- “eso” que en la práctica llevaba a “dejar morir las emociones”[3] para intentar resucitarlas luego como a un millón de Lázaros… Y a tomar el oficio literario con la ineludible seriedad y responsabilidad que emanaba del empleo del verbo y su destino de semilla en la conciencia del otro.

   En tal sentido, y de algunos literatos santafesinos amigos, como Osvaldo V. o como Edgardo P., había recibido incluso el desafío de hacer de él “una forma de vida”, aunque sin que para su entendimiento y desarrollo, debiera caer en la ingenua blasfemia de poseerlo como a otra “religión”[4]

   Por consiguiente, y antes del 19 de setiembre, en los umbrales ya del equinoccio primaveral que daría paso a la estación del renuevo y las soledosas alboradas, el curita debía tener listo su trabajo alusivo al augusto y orgulloso centenario, nada menos, que de su sede parroquial…:¡“Nuestra Señora de Guadalupe!

   ¡Su Centenario! ¡Y vaya efeméride histórica para la Iglesia de Santa Fe de la Vera Cruz![5]… Lo que, por algún motivo, hizo acudir a su mente inquisidora la importancia de un número (el cien) tan venerado por la mitología, la cábala, la astrología y la numerología… Y que de todas sus interpretaciones, optó a la sazón por inclinarse hacia aquella que lo atribuía como sinónimo de perfección y excelencia. Atributos éstos alcanzados -sin duda- por el fervoroso trajín de centenares de feligreses y religiosos volcados con fe, esperanza y caridad a dar gracias a Dios, por intercesión de su Madre y Abogada nuestra, la Inmaculada Virgen María y en su advocación guadalupana…

   Y es por ello que durante todo el mes de setiembre y con el apoyo difusivo de los grupos parroquiales y la colaboración del diario citadino, se daría a conocer el programa oficial de conciertos, peregrinaciones, presentaciones de libros, almuerzos y cenas que se habían previsto para ocasión; y…, por supuesto, fecha y hora de la trascendente Misa de Acción de Gracias a cargo de su Excelencia, Arzobispo Diocesano Mons. Fenoy. Misa que –meditó- y en su carácter de banquete eucarístico y memorial del sacrificio redentor de Nuestro Señor, hubiera podido sustituir a cualquier acto que se organizara como celebración de tan magno acontecimiento… Pero, de carne somos, y un poco de sana algarabía, pensaba el P. Emiliano, no vendría sino para bien… O “Culpa feliz, que nos ha merecido tan grande Redentor”, al decir de un Doctor de la Iglesia, Santo de Hipona y Gran Buscador de “El Esplendor de la Verdad”[6]

Tres – Del Centenario Parroquial Guadalupano

“Y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”…

(…)

   … Corriendo… Corriendo…  

   Corría y corría tan rápido que parecía volar entre la gramilla y los ladrillos picados de la Plaza Mayor… Así que empuñó la bicicleta y la siguió.

   “María, María… ¿Adónde vas, amiga mía? Ten cuidado, niña… ¡Que vas a tropezar!” ¡Que te vas a lastimar! ¡…!”

   Y María se detuvo. Y lo miró con esa mirada que le ponía como pájaros de caramelos en los labios, y carraspeó, y sintió como toda su piel era la de un pollo mojado… Y su corazón un tambor, tic, tac, tic, tac, que parecía a punto de estallar, tic, tac, tic, tac… ¡Dios! ¿Qué me pasa? ¡María…! Y no aguantó. La alcanzó y la tomó de las manos, y él también se puso a sollozar como un niño de pecho… Pero que no sería de vergüenza. Para nada. Sino de compasión por aquellas criaturas inocentes y olvidadas por las que ella había comenzado a lloviznar sus lágrimas, y que… que… Y en la medida en que más sollozaba, ella más le apretaba y con enérgica ternura, las manos… Y también a él le parecía estar volando y trepando y volando y trepando por entre las ramas y las hojas verdes de los árboles placeros, y por entre las nubes regordetas y de buen tiempo que paseaban arriba, muy alto y dichosas por aquel cielo azul de primavera… De aquel azul de primavera por el que un hombrecillo, como él, había conocido lo que era estar, en verdad, enamorado… Enamorado.

   Enamorado. Lleno de un amor que era un sentimiento tan puro como ese aire que le llenaba los pulmones al volar –o creer al menos que lo hacía-, y a la sangre que corría por sus venas arderle -fértil como un torrente volcánico- con una fantástica alegría de vivir y ser eterno, eterno como el mismo Dios, que por algo desde el bautismo, Alguien le había susurrado al oído, tras el llanto liberador del agua purificadora cayendo sobre su cabecita del “bebé más hermoso del mundo” que, ahora, sería su hijo, y que siempre estaría con Él…

   “¡Vamos!”, gritó ella súbitamente. Y le animó a que caminara como a los saltos por medio de la Plaza y hacia el sur, presurosos y volátiles, mas siempre tomados de la mano…

   “¡Vamos a la Basílica!”, espetó.

   “¿A la Basílica? Claro hoy es domingo. Pero a Misa yo voy con mis viejos a la tardecita…”, replicó él.

   “¡Vamos!, insistió ella. Quiero mostrarte algo. Algo muy lindo…”.

   “Pero bueno… Al menos decime de qué se trata… Y vamos más despacio María, si te parece, digo…”.

   “¡Vamos! Visitaremos a la Virgen… Corre y salta, José… Canta y camina, José…”. Y la sentencia agustina le aceleró no sólo el pulso…

   “¿A la Virgen? Bueno, la verdad es que yo voy a Misa, pero sólo en la Fiesta de Guadalupe me atrevo a visitar el… ¡Pero vamos, amiga…! ¡Que sí! ¡Tienes razón! ¡Corre y salta! ¡Y “Canta y camina”, dice Agustín! ¡Corre y salta! ¡Canta y camina! ¡Ja, ja, ja!”…

   “¡Vamos al Santuario, y lo verás…!”

   “¡¿El qué, María!?… Bueno, es inútil. Y sí que eres alguien tan arrebatado como yo, amiga… ¡Que hasta en eso nos parecemos…!”.

(…)

   Mate en mano, y arrellanado en su sencillo sillón de párroco, el P. Emiliano recibió al curita José alrededor de las ocho de aquella fresca y prometedora mañana de setiembre. Lo hizo como lo que era -alguien afectuoso y de constante buen humor- dándole un expresivo apretón de manos e intentando obsequiarle “un amargo” para ayudarlo a despertar…

   Pero la reacción de José fue intempestiva y sorprendió al párroco…

   “¡Padre, padrecito Emiliano…”, dijo en seguida José, casi sin respirar… ¿Sabe, usted? ¡Mis abuelos, por fin, están en el Cielo, Padrecito!” ¡Ya están en el cielo! ¡La Virgen me lo dijo esta mañana!”

   José estaba tan exaltado que el pobre cura párroco sólo atinó a pedirle que tomara asiento, se sirviera un mate y fuera más claro con la noticia…

   “Padre, disculpe mi sobresalto… Pero estoy muy emocionado. Y maravillado… ¡La Virgen me dijo que el Señor aceptaba mi entrega y oraciones, y que ya no me preocupara, porque mis abuelos se habían ganado el Cielo…!” 

    “Pero muchacho, claro que doña María del Pilar y don José González están camino a las moradas del Padre…”, alentó su superior.

   “No, usted no comprende, padrecito. Mamá María me acaba de decir que, a partir de hoy, los abuelos ya están, le repito, en los brazos de… ¡Jesús…, y de Ella y de San José!… Pero no puedo, sino en secreto de confesión, revelarle el origen personal de tan grande regalo divino con el que he sido obsequiado…”

   “Bueno, tranquilo, tranquilo pues”, serenó Emiliano a su chaval vicario haciendo gala de una gran capacidad de comprensión y escucha. “Que esperaremos hasta que te animes, y confesionario mediante. O bajo dirección espiritual si lo prefieres. Allí me lo cuentas todo en detalle… ¿Vale?, o como sabes afirmar, mi joven monje de estirpe andaluza”.

   “¡Pues vale, padrecito Emiliano! Que es usted una buena persona, por cierto; como sospecho lo habría dicho, y de ese modo, mi abuelo granadino…”

   “Y bien, m´hijo… Pasando entonces a otro tema: decime, por favor, ¿cómo marcha el trabajo alusivo al centenario? Sé que no tienes mucho tiempo para ello, pero estamos confiados en tu capacidad para…”

   “Pues, ahí anda, padrecito. Me entusiasmó el tema y me está saliendo algo…Pero un poco extenso. Con capítulos y todo… Pensé en hacer un cuento pero está saliendo algo así como un relato novelado o una novela breve, no sé bien… Quizás no quede más que como un cuento largo… Veremos. De todos modos, y si bien la coyuntura apremia, como dicen los muchachos del oficio: ´No es cuanto ni lo que se cuenta, sino cómo se lo cuenta”. Así que espero que le guste, aunque habrá algunos que, desde la subjetividad del Arte, tendrán sus motivos para no aceptarlo o valorarlo…”

   “Tenés razón, José. En tal sentido, acordate que vos escribís para la Virgen, y los de afuera, como dicen en mi pueblo, en ésta son de palo, muchacho… Así que dale con toda y dejá de preocuparte. Total, siempre habrá tiempo para separar la paja del trigo; y antes de publicarlo en algún libro de esos en los que, de seguro estás trabajando, podrás ajustarlo y hasta reescribirlo conforme a determinadas pautas o exigencias más breves o concursales, por ejemplo”, consensuó su párroco y rector.

   Y José respiró hondo, muy hondo, y dio gracias a Dios nuevamente, no sólo por el milagro de amor del que había sido protagonista frente a la imagen misma de la Guadalupana, sino por sus delicados efectos…

   Acto seguido, y con el alma henchida de gozo y de los mimos del Señor, se aprestó a escuchar a don Emiliano… Puesto que bien sabía que el objeto preciso de la reunión a la que había sido convocado y una hora antes de ofrecer Misa de 09:00, no era sino para comentarle lo que, en principio, habría de conversarse con los representantes de la prensa vernácula…

Continúa en PARTE III (Nº 18 – Abril 2019

DE LAS TRES MRÍAS…, Y MARÍA LA DE GUADALUPE[1]
Viene de PARTE II (Nº 17 – Marzo 2019
PARTE III
Cuarto – De un turbado origen vocacional
Oh  clementísima, oh piadosa,…

(…)

   Cruzaron velozmente la Plaza. En un suspiro. El canto precoz de un par de chicharras, se unió a su propio canto, y les anticipó que el viento norte traería un domingo de primavera febril y, como siguiera dando vueltas y viniéndose desde el este, no sólo traería la temida humedad…, sino que traería lluvia; y mañana, mañana era ¡lunes! ¡Y José debía comenzar su cursillo de introducción al…! ¡Qué tema! Pero Dios proveerá, pensó; y siguió brincando como un potrillo detrás de María, la de Guadalupe, tan niña y tan dulce y tan…

   Un auto les advirtió, con su bocina estridente, tener más cuidado al cruzar la calle. La vereda ancha de la Basílica estaba cubierta de palomas blancas las que, lejos de asustarse, vinieron hacia ellos y se elevaron formando como una corona de Adviento sobre sus cabezas… Fue algo mágico. José estaba completamente excitado y se dejaba llevar por María, y María lucía una juventud alucinante en sus trancos leves, zancadas etéreas como las de un ciervo sediento que va en busca del agua… (Y recordó los versos de aquel salmo tan lindo que escuchara en Misa; uno de los más lindos para cantar y soñar…).

   Ya dentro del Templo, se persignaron con unción y, ahora sí, María detuvo su marcha apresurada para luego comenzar a subir los 28 escalones de la empinada escalera de mármol que llevaba al adornado y bello Santuario Mariano; pero, esta vez, marchando con pasos suaves, lentos y casi eludiendo la gravedad del espacio en el que sus pies de gacela se amoldaban, como transformando la dureza física de la materia en una especie de algodón o algo semejante…

   Es que y en mitad del ascenso hacia el Camarín donde moraba la venerada imagen de la Santísima Virgen, María dijo:

   “¿Sabés? Junto a la Virgen siempre está en vela otra María; como yo. O como tantas chicas que se llaman así… María también. Pero María Guadalupe: María Guadalupe Puntillo, se llama esta María… Y es escritora; por eso deseaba que la vieras, o, al menos, contártelo aquí…Porque su alma es tan justa y pura que está colmada de preciosas joyas espirituales… Es, o era… escritora…Y seguro que vos, algún día, entre otras cosas que Dios te tiene preparado, vas a ser escritor…

(…)

   … Con respecto a José, expresar que, una decisión, la suya, la de ordenarse como sacerdote y monje agustino, fue facilitada por el hecho de que sus padres -luego de casarse como Dios manda y a pesar de la dura realidad doméstica convivida a la par de sus atribulados suegros-  juraron hacer de su familia un ejemplo de Iglesia Doméstica. Y se habían afincaron -a principios de la década los ´90- en una vieja casona tomada en alquiler y sita sobre calle Obispo Gelabert y Crespo, entre 4 de Enero y Urquiza… Y cuyo extenso fondo se confundía, por esa época y en parte, con los terrenos baldíos y patio trasero de la Casa Agustina Recoleta en Santa Fe.

   De hecho, esa hermosa cercanía geográfica con el carisma agustiniano, atrajo a José con gran fuerza, a punto tal de no dejar de participar de sus anuales encuentros o casisíacos; porque, y durante la década mencionada, sus monjes atraerían a multitudes de jóvenes provincianos con un proyecto laico inédito y de servicio sociocultural –que su sede central en Madrid, España,  aprobaría como ejemplo para el resto de sus Casas por el mundo-…, y liderado por presbíteros de la talla del exigente y sagaz coordinador de equipos, P. Manuel Motril…

   Pero sabido es que, como enseña la Sabiduría, “El corazón del hombre traza rumbos pero a sus pasos los dirige el Señor”[2]…Y un nuevo desplazamiento suscitado por las inquietas y acuciantes necesidades económicas y familiares de sus viejos, iba a postergar de algún modo los sueños clericales agustinos del buen José, depositándolos casi sin esperanzas en la mismísima manzana trazada, como Plaza Mayor, frente a la ya entonces famosa y monumental Basílica de Guadalupe situada en calle Javier de la Rosa al 600…

   En tal sentido, el P. Emiliano abandonó aquellos pensamientos que, por un instante, le llevaron a recordar los pasos dados por su servidor, el joven P. José, para decidirse por la vida religiosa, y muy semejante a la de su propia lucha interior… Y, con gran serenidad, mate de servicio siempre en mano y con la distinguida templanza que lo caracterizaba como responsable -desde hacía 15 años- de la Parroquia “Nuestra Señora de Guadalupe”, se deschavó sin prisa y sin pausa, pero mirando el reloj de cuando en cuando, a fin de no demorar “al José” para la Misa matutina. Y lo hizo repasando los inicios de la Parroquia, el modo en que se construyera hacia 1779 la primitiva Capilla a partir de una estampita hallada por el P. Miguel Sánchez y gracias a la mariana enjundia del ermitaño Francisco Javier de la Rosa. Luego, fue el aluvión de fe peregrina que sobrevino y acompañó y viene acompañando -con gran veneración- a la imagen de la Virgen de Tepeyac asentada en Santa Fe, lo que posibilitó el crecimiento, en todos sus aspectos, de la mencionada Capilla…

   … Una Capilla que, en 1900, se declararía Santuario y que, poco tiempo después, merced a la santa iniciativa de Mons. Boneo[3], sus bases arquitectónicas pasarían a ser los  cimientos del actual Templo (1905), configurado en 1918 como una Parroquia más de la Diócesis vernácula… Aunque “más” no fuera sino una forma de decir… Porque la Providencia tendría preparada para ella y hacia 1954, el destino de… ¡Basílica!

   Ahora bien, como Parroquia, alcanzaba en esa época una dignidad apostólica que le permitía contar con un sacerdote residente para la atención de enfermos y la administración sacramental, y, obviamente, para la celebración de misas diarias y dominicales. “Porque es sabido, mi querido José –aclara el P. Emiliano-, que antes de ello, la Capilla dependía, para la entrega de sus Sacramentos, de las Parroquias San Juan Bautista y San José (de los Padres Agustinos Recoletos)”. Una Orden, esta última -la Agustino-Recoleta- a la que José se había inclinado desde mozuelo para los inicios de sus estudios secundarios de carácter eclesiásticos…

   Emocionado, y olvidando un poco los extraños sucesos que acababa de experimentar en su visita al camerino de la Virgen, compartió a raudales aquella charla amena y pródiga en sinceras vibraciones espirituales, que transmitía el celo apostólico del apreciado P. Emiliano. Sobre todo cuando se detenía, ex profeso, en alguno de los aspectos que deseaba resaltar, y muy en particular, durante la inminente entrevista que “El Litoral” sostendría con él motivada en la ya citada efeméride eclesial

Cinco – De la tercera María…

“… oh  dulce Virgen María…Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios”…

   … Verás, María Guadalupe, antes de quedarse a vivir con la Virgen María, la María como yo, elaboró un precioso escrito llamado, con gran acierto: “La Virgen de Guadalupe. De Méjico a Santa Fe, con el amor de sus peregrinos. Su historia y su devoción”. Y María Carina, María Eugenia, María Victoria, María Teresa y María Rosana colaboraron como amigas y artísticas plásticas, en vestir de lúcidas imágenes su magnífico trabajo literario… Juntas lo plasmaron –y ante esa palabra, “plasmaron”, José se llenó de admiración ante el lenguaje educado de una niña de la que estaba enamorado a primera vista, y que…, como si fuera un novio hacia el Altar, la llevaba consigo y camino del Santuario de la Otra, la tercera y Celestial María-…”.

   “…Y por eso, al igual que Juan Diego[4], el niño moreno mejicano que fuera pudoroso testigo de su rol como Embajadora de Nuestro Señor, ahora vive junto a la Santísima y no se aparta de Ella, pues su ser fue consagrado a Ella, y Ella permanece en todos los que la aman y por toda la eternidad…”

   … Y fue, bien lo supo, esta última acotación la que hizo que José, cabizbajo  y pensativo,  tropezara y trastabillara torpemente con uno de los escalones que iba subiendo mientras escuchaba a María, hasta que, de un soplo, percibió que el planeta entero se desvanecía bajo sus pies, dejándolos como sembrados en una alquímica argamasa de algodones sedosos; algodones sedosos que, sin que él se diera cuenta, habían venido sosteniéndolo segundo tras segundo en su rumbo hacia el sagrado Camarín…

   No obstante, emulando agitada y causalmente al apóstol Pedro cuando intentara -falto de fe- caminar sobre las aguas, no dudó un instante en suplicar y gritar, angustiado y a viva voz,…:

   “¡María, ayúdame! ¡María, ayúdame que me caigo, y me…!”.

   Y María lo sostuvo no sólo con aquella mirada que le dejaba pájaros de caramelos en los labios, sino que lo envolvió como de flores y lo depositó en un lugar semejante al de un prado no verde sino de un celeste apacible y virtual, atravesado en su holograma por un formidable haz de luz cuya magnificencia y blancura le hicieron perder el sentido…

   “Oh, María, ayúdame, amiga mía. ¿Dónde estoy? ¿Acaso muerto…? No me dejes dulce mía… ¡Ven de nuevo a tomar mi mano y a caminar juntos hasta el Santuario de la Virgen…!”, se escuchó rogar, aterrado -de hecho- por la falta de lucidez… Una carencia que lo llevó a asemejar o a comparar dicha estancia paradisíaca con el solitario camposanto de Lar de Paz en día lunes, visitado sólo por don Nadie y aunque el día fuera soleado y primaveral… Camposanto al que José acudía con frecuencia para rendir honores a los restos de sus atribulados abuelos, tan necesitados del Padrenuestro y del Salve María, y de otras oraciones del corazón y de los ayunos y penitencias necesarios para alcanzarles, por la misericordia del Sagrado Corazón de Jesús, la Vida Eterna…

(…)

   … Como cuando, convidándole otro de sus mates bien ásperos (“Porque a la dulzura, pibe, se la ponemos nosotros con nombre de caridad”) y en la mansa quietud recién amanecida de la secretaría parroquial, le señalara, poniéndose de pie y tomándolo por el cuello con delicadeza paternal: “Amigo José, hijo, verás: cumplir cien años, es recordar para uno que merodea los 60, a tantos sacerdotes  y laicos que, con gran devoción y entrega, participaron de la intensa vida de esta parroquia, e hicieron de este barrio, ´nuestro barrio de  Guadalupe´, un centro espiritual por excelencia y punto de referencia para toda esta ciudad y región”…

   “… Humnn… Y, por supuesto…”, intentaría precisar don Emiliano, turbado de a ratos un poco de voz, pero firme en la amplitud de una frente rozada sólo por leves arrugas que, como canales del tiempo pasado, inducían a pensarlo felizmente convencido, tanto de una sensata adultez como de una preclara inteligencia práctica puesta al servicio de su misión pastoral: esto es, hombre pleno y derecho, y con amplia conciencia de lo que estaba a punto de vivir como evento histórico para nuestra ciudad, Provincia y Nación toda… (¿Por qué no?)… Y cristianizadas ellas, incluso, bajo el manto jurídico de una Constitución Nacional que tenía a Dios como “fuente de toda razón y justicia”; y, cuya sede de debate y firma, había sido esta lagunera, cervecera y camalotal Santa Fe de la Vera Cruz…“Y Yaguareté a bordo, de por medio, durante la accidentada creciente de 1825”, apuntaría José…

   … Humnn, y por supuesto, te decía…., pensaba en subrayar también de lo que vos estás al tanto y con respecto al inolvidable P. Miguel Genesio;  preclaro precursor de aquella primigenia epopeya barrial. Genesio estuvo 38 años al frente de todo; de esta Parroquia, digo, e, incluso, como revistando como presidente vecinal. Luego, y como si la edad de Cristo no fuera 33 sino 38, vino a relevarlo el Padre Edgardo Juan Truco[5] para trabajar duramente aquí como párroco ejemplar y por otros 38 años más; un sacerdote muy estimado por su elocuente y crítico Obispo, Mons. Vicente Zazpe, y grandemente estimado –como a Monseñor también- por el pueblo santafesino, y en virtud de su nato y neto compromiso no sólo eclesial sino social…  Por suerte y como tantos otros, José. Y a los que alguna vez habrás oído nombrar en nuestro Seminario: como el genial P. Catena, ¿sí?: que instalara su carpa entre los pobres del barrio que atendía y fundara su Capillita “Cristo Obrero”, y musicalizara, para toda la cristiandad, los salmos bíblicos; o como el talentoso emprendedor, P. Edelmiro Gasparotto, que luciera tanto en su Parroquia “Nuestra Señora de la Merced” como en la Capilla “Santa Lucía” -por él fundada- y también en su paso como responsable de Cáritas Arquidiocesana, etc., etc.…

   … Aunque volviendo al P. Trucco, mi inmediato antecesor, este hombre fue un ejemplo sin duda y hacedor de una labor formidable que cuesta emular, y a la que, al margen de mis limitaciones, intento sostener y consolidar con la eficaz ayuda de la Virgen y de nuestra solícita Cáritas parroquial… En tal sentido, recuerdo que, al llegar aquí, luego de mi paso por los barrios Candioti, San Jerónimo y Los Troncos, confesé hacerlo ´con temor y temblor´[6], puesto que, servir al universo de cuestiones que implica la problemática sicosocial de los vecinos de esta enorme vecindad, no resulta nada fácil. Y, en especial, si se trata de varones en situación de calle y su nefasto contexto existencial impetrado por una cultura del robo y la mendacidad; situación inducida por la falta de buenos alimentos y de una oportuna y digna educación, y que terminara traduciéndose inexorablemente en una inconsciente y enfermiza portación de armas, droga y alcohol; todo ello, acompañado de los efectos sociales que se conocen…

   En fin, creo que este arduo camino, un respiro con satisfacciones puras lo constituye, ¿sabés?, o al menos para mí, la tarea de preservar el ya -a Dios gracias- tradicional Festival Folklórico de Guadalupe. Una fiesta reconocida a nivel nacional que, a la par de atraer multitudes de aficionados a los cantos y costumbres folklóricas de nuestro pueblo, hace de éstos singulares sujetos donativos; pues, en dicha oportunidad, se ofrecen innumerables aportes en beneficio de embarazadas, madres primerizas y alimentos no perecederos para los fieles más necesitados de la comunidad…”.

 

Continúa en PARTE IV (Nº 19 – Mayo 2019)

DE LAS TRES MARÍAS y… MARÍA, LA DE GUADALUPE 1
Viene de PARTE III (Nº 18 – Abril 2019)
PARTE IV (FINAL)
Seis – Del amor al Amor
“Para que seamos dignos de alcanzar las promesas…”.
(…)
Al volver en sí, estaba en el Santuario de la Virgen.
De alguna forma había llegado a él. O alguien lo había transportado. Sólo recordaba el doloroso tropezón que lo hiriera al subir la escalera que lo llevaba al camarín…
Pero nada más. Y María Virgen, ahora, lo miraba intensa y dulcemente con la misma mirada de María, de su adorada niña María, la del barrio de Guadalupe… Pero María  niña no estaba allí, ni tampoco la otra María, la escritora, la que según María niña vivía en modo sibilino junto a la Madre de Dios y Madre Nuestra…Y cayó de rodillas.

Publicado en el Magazin virtual “ARISTOS INTERNACIONAL” – Nºs. 15 (Parte I – Febrero 2019); 16 (Parte II – Marzo 2019);
17 (Parte III – Abril 2019) y 18 (Parte IV-Final – Mayo 2019) (Sección Cuentos y Relatos Religiosos) – Presidenta, Fundadora,
Editora y Gráfica: Virginia Eunate Goicoetxea (Alicante, España).-

De las Tres Marías… y María, la de Guadalupe (Adrián N. Escudero)

2018
Algo pesado se asentó sobre sus hombros vestidos con aquella camisa blanca y amplia que gustaba usar los domingos para asistir a Misa, y lo obligó a ponerse de rodillas ante la imagen de la Reina del Cielo… Y María lo miró, por segunda vez, con aquella intrigante mirada que le posaba pájaros de caramelos en los labios…Y supo, no sabe por qué, que dentro de unos años esa misma mirada se transformaría en un mensaje de salvación para sus martirizados,
transidos abuelos yacentes, y en la certeza de que, finalmente, había encontrado su verdadera vocación…

(Y hete aquí que nos es dable suponer estar ahora en la inequívoca presencia de la tercera y más importante –brillante- de las alineadas, equidistantes y fabulosas Tres Marías testamentarias; y cuya visión en el cosmos diera lugar a contar esta historia dentro de otras historias; aunque, en este caso, y de hecho, se tratara de la María venerada secularmente en la imagen sacrosanta ensalzada en un Santuario parroquial, y como Celestial Figura de la Inmaculada Virgen María, o María Santísima, la de Guadalupe…

Y deducir también, en obvia consecuencia que, estas Tres Marías evangélicas, en apariencia no están…, pero están ciertamente y viven entre nosotros, acompañando nuestros pasos en los pasos del Dios con Nosotros, el Emmanuel y Mensajero de la Paz… Y cuyas vidas misericordiosas y providenciales parecen reencarnarse entre la gente común de los pueblos del mundo, como ejemplo, testimonio y soporte de cruces, agonías y glorias, en una legendaria leyenda –sin ocaso- de dioses y destierros, jamás escrita…).

(…)

En vano recorrió una y otra vez la cuadra señalada y el barrio entero buscando aquella casa. Los vecinos acordaban que tal fachada nunca había formado parte del entorno barrial. Algunos argumentaban sus más de veinte o treinta años en el lugar… Y ahora, donde él mismo creía haberse afincado, un enorme edificio se alzaba -como una torre de Babel- ocupando el terreno… O usurpándolo, según su enamorado e irrenunciable modo de ver, mientras seguía en busca de quienes le habían robado a su María

De las Tres Marías… y María, la de Guadalupe (Adrián N. Escudero)

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quinceañera y a sus queridos padres, doña Ana y don Joaquín; padres de María niña a los que había amado aún sin conocerlos y durante aquel irrepetible día de domingo primaveral, en el que se enamorara por vez primera de una mente, de un corazón, de una carne y unos huesos, de unos ojos, de unas mejillas y de unos pies de niña dulce, inteligente y sabia, si bien y para su beneplácito total, tan arrebatada como él, y por la que pronunciara para sí, en amable y discreto silencio, aquella hermosa sentencia bíblica del Génesis (2, 23) que expresara: “¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!”…Sí, pensó. Así fue y así será. ¿Pero, lo fue en verdad? (…)

… Después, pero no mucho después -porque, misteriosamente, el tiempo, sus bucles dimensionales y agujas de metal cromado, ya no correrían para él- cuando se dirigía de prisa a la planta baja de la Basílica para reunirse con el P. Emiliano, descendiendo en esa límpida mañana de setiembre por el lado este de la doble escalera de mármol que conectaba -por ambos flancos de la nave mayor- con el Santuario de María Virgen (una escalinata que lucía como nunca el lustre de su destacada arquitectura, tan pulcra como una nube de algodón, recuerden) y que minutos antes lo había trasladado -por el lado oeste- hasta el florido Camerino de la Guadalupana, ello, con el objeto de recibir el
sagrado mensaje prometido diez años atrás -mensaje recordado en un susurro escapado de una -Su- Voz Celestial y en los umbrales de la última medianoche santafesina-…, el curita José volvió a contar -como cuando era un mozalbete enamorado y sumiso, asido de la mano de María niña- el número de sus mágicos escalones…

… Sí, y tal como lo hiciera de la mano acogedora de la gustosa quinceañera en aquella media mañana de un Ayer que hubiera podido ser un Hoy, pudo constatar, estupefacto que, efectivamente, se trataban de…¡28 escalones! Y que nada había cambiado… Lo que era lógico de admitir teniendo en cuenta que, una obra exquisita como esa, no podía ser deformada por ninguna razón y cambio alguno en su sabia estructura…
… 28 escalones. 28 y como su actual edad… Su actual edad… Edad en la que María Virgen, cuya imagen había venido de Méjico para ser entronizada en esta ciudad “con el amor de sus peregrinos”, al decir de la María Guadalupe –la que vivía para siempre con la Inmaculada, como él bien sabía y había podido constatar- daba por bien cumplida la promesa confesada anoche por el Ángel sobre la suerte de sus abuelos…

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… Edad en la que fuera un verdadero kairós aquel instante en el que José tomara conciencia de cómo ese número, el 28, lo había conectado desde el amor humano al Amor Divino, y era al cabo ahora y, sin dudas, un joven clérigo recién ordenado y nombrado secretario ad hoc del párroco de la Basílica “Nuestra Señora de Guadalupe”, mas con expresa autorización de la Orden Agustino Recoleta…

De seguro, el P. Emiliano -y en consecuente deyavú- lo estaría esperando con el mate amargo y los nervios en trance por aquella entrevista organizada –recuerden- con el diario local, y porque pronto deberían acordar también los detalles rituales de la Santa Misa de Acción de Gracias a celebrar junto al Obispo Arquidiocesano, Mons. Fenoy, en honor a María Santísima y al célebre Centenario parroquial…

… Y fue en ese orden que, después de inquirir por tercera vez acerca del número que había unido su pasado con el presente, y su amor humano con el Amor Divino, al caminar en silencio y con recato -como lo estaba haciendo ahora- el descenso, uno por uno, de aquellos 28 enigmáticos escalones de la ancha y extensa grada que lo llevaba por el pasillo del sector este, desde el Camerino sagrado hasta la Planta Baja de la Basílica donde yacían sus tres profundas y anchas naves -repitiéndose, bajo la reminiscencia de su previo ascenso y casi como un tonto que:“un tropezón no es caída”, sobre todo si es la propia Virgen María quien acude en tu auxilio- es que observó, cómo y de repente, su puro, franco e incuestionable amor terreno y carnal por ella, su María niña, iba dejando de persistir mientras se difuminaba, se diluía y
transfiguraba de una vez por todas, en un amor igualmente puro, franco e
incuestionable, pero enteramente espiritual también por… Ella: pues, María niña y Ella, no eran sino la sola imagen de la Santísima Virgen María de Guadalupe… Y que recién daba cuenta entonces del milagro que había presenciado otrora, más sin darse cuenta…

… Y fue en esa doble dimensión de ascenso y descenso, descubierta como un círculo virtuoso de amor-vida-amor, que sus piernas bicicleteras de pantalones cortos comenzaron a cubrirse en sus jóvenes vellos, por (con) pantalones largos y de ancha botamanga, por lo que pudo, casi al final de la trayectoria emprendida, enfrentarse  ahora, aunque sin miedos, a la figura estirada hacia el metro ochenta de altura que lo contenía, mientras luchaba por no tropezar, y ya no por el caminar tosco de un

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muchachito arrocinado, sino con el negro hábito agustino recoleto que vestía su esbelta figura de monje consagrado y fiel devoto de la Guadalupana…
En tanto que, y paso a paso, y en el mismo momento -porque, ahora y misteriosamente, recuerden, el tiempo, sus bucles dimensionales y agujas de metal cromado, ya no correrían para él- en que desandaba las horas y las dejaba atrás, muy atrás, de improviso mas sin sorpresa ni estupor ni explicación alguna, le tocó ver lo que vio…
Nuevamente ver lo que vio, y ser sujeto de los mundos inter dimensionales que entrecruzaban la realidad cotidiana, mientras el planeta entero parecía girar y girar sobre su eje y en torno al Sol, sin darse cuenta –básicamente- de nada…
… E inferir al cabo que, su hasta ahora corta vida, había sido traspasada también y de continuo por la angelical intercesión de sus padres, y, en particular, de su madre Zulema, doña Zulema Angélica, santa mujer dedicada a la oración perpetua desde el fallecimiento de su padre, don José Manuel Agustín, y única testigo de lo que le tocó ver a continuación… Y vio. Aunque el mundo creyera que lo que vio no (lo) vio, o fue sólo otra visión o divagación de su lado, en estado metafísico y clerical…

Siete – Epílogo

“… de Nuestro Señor Jesucristo. Amén”…

… Sólo así lo pudo aceptar… Pues sin la ayuda de un ángel custodio, jamás hubiera podido soportar esa injerencia permanente de lo divino en la fragilidad de sus sueños y dones… Y el inmenso cariño con que lo Alto retribuía, conforme a la promesa del Justo, a quienes dieran sus vidas al servicio incondicional de la causa evangélica. ¿Y qué fue lo que, ahora, vio –o volvió a ver- el monje José? El P. Emiliano le había prometido, en dirección espiritual, escucharle a fondo sus rarezas y exaltaciones divinas… Mas entretanto, ellas seguían sucediéndose como si algo faltara, todavía, para completar el círculo virtuoso que había comenzado en los extremos de su encuentro en
la Plaza con María niña, y continuado con el susurro amoroso de ese Alguien que le

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prometiera tener un encuentro personal y consciente con la Nuestra Señora de Guadalupe…
Y lo que el buen José había visto ahora, estupefacto, no fue sino a su edad cronológica estrecharse, junto a él como una sombra, en la pared cubierta de lienzos y de cuadros alusivos a la veneración mariana del rellano de la escalinata de mármol que, antes, fuera para el ascenso y, ahora para el descenso, hasta palparse, enrostrarse y descubrirse de nuevo como un pequeño bautizado escuchando a Alguien chistarle al oído, y tras el llanto liberador del agua purificadora cayendo sobre su cabecita del…
“¡…bebé más hermoso del mundo!”, y con la dulzura del amor de Madre y la ternura del amor de Padre que, ahora, sólo sería su hijo, y que siempre estaría con Él…

Por eso José recordó también ahora y no antes, lo que una gran persona le dijera antes de morir y dándole las gracias por convencerlo de que Dios era su amigo, convirtiendo en piedad su sincera impiedad: “José, querido”, había dicho. “Recuerda, amigo. El círculo es perfecto. Vida, muerte, vida. Recuérdalo siempre: el círculo, es perfecto…”, para partir luego -como un viajero inesperado para propios y extraños- al egregio Cielo de los Escritores… Un Cielo tutelado, de seguro, por las alineadas, equidistantes y fabulosas Tres MARIAS de los Evangelios, y tras la mítica morada de Osiris en la
Constelación de Orión…

Y creo, sinceramente, según cuenta mi santa madre Z. Angélica, tan amante de la Virgen como yo que ahora peino canas, y le rezo el Salve cada vez que necesito me ayude a no caer en las fauces del pecado, del error o de la imberbe ignorancia…, que, aquello, realmente sucedió… Que ella misma fue claro y franco testigo de lo acontecido en esa suave mañana de domingo, cuando “un arrebato, un tumulto de gardenias atrevidas, abrió sus pétalos de par en par y dejó penetrar sus aromáticos hocicos, por aquellos sibilantes colibríes en celo en busca del preciado néctar primaveral”, y cercano el Centenario de la Parroquia, mientras oraba de rodillas en el último de los bancos de la nave central,…
… y juraba haberme visto llegar con ella, la María niña, e inundarse a la Basílica,
imprevistamente y como nunca, de una luz sobrenatural trastrocada como en un celeste
y divino prado, gestando en mí aquella portentosa, extraordinaria metamorfosis

De las Tres Marías… y María, la de Guadalupe (Adrián N. Escudero)

2018

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genético-espiritual… O una esplendorosa visión beatífica que supo mostrarle, en segundos, dos aspectos humanos reconciliados en la vida, primero laica y luego seglar, de un conocido Padrecito y Pastor de la Comunidad Guadalupana, con avejentado traje de religioso secular.

De hecho, ustedes saben de quién se trata, ¿verdad? Pero para confirmarlo, sólo basta que acudan al confesionario y le pregunten, con silencioso recato y calidez acerca de la veracidad de una historia que, no por ficcionada, deja de ser increíble quizás por lo extraordinaria; pero veraz, en cuanto a que Verdad hay una sola, y para un viejo monje agustino recoleto regresado, ahora, a su antigua Parroquia “San ¿José”? (porque “Dios no juega a los dados”) 2 , de calle Santiago y Urquiza, y cuyo patio trasero linda, en la actualidad, con lo que otrora fuera su casa paterna y ahora, ahora, otra torre de Babel como la erigida por C.C. Profit S.A. en aquel barrio donde morara su –mi0.- dulce María, la de Guadalupe…

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