CUENTOS Y RELATOS

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LA  HIJA  DE  RUFINA 
Por: Leonora Acuna de Marmolejo                                    

                Roberto y Armando vinieron desde la capital, al pueblo de Las Mercedes, para asistir al funeral de su madre María de Jesús, quien había fallecido después de permanecer inválida tras de una larga enfermedad de diabetes.

     Llegaron a la bella casa solariega en donde encontraron a Don Alejandro Alcázar su padre, sumido en la más honda tristeza y amarga desesperación. Allí estaba Rufina, la joven mujer que desde niña había servido a toda esta familia de la más alta alcurnia. Era ésta una mujer aindiada, con una bella figura, callada y solícita al menor deseo del patrón o de su familia. Ella había servido no sólo en la casona, sino también en la finca “Los Zarzales”, también  de propiedad de la familia, y en donde a la patrona Doña Jesucita (como era llamada cariñosamente) le gustaba permanecer por largos períodos de tiempo.

     La casa de Las Mercedes estaba ubicada en la colina llamada “Baltasara”; era una casa muy amplia con dos patios, zaguán con vitrales, y grandes alcobas circundadas por amplios corredores enladrillados y situados alrededor del llamado “Patio de los Rosales”, en cuyo centro estaba localizada la tradicional fuentecilla de alabastro. El segundo patio era el llamado de “Las Veraneras” y circundaba el oratorio de la familia, la biblioteca, y la pinacoteca en donde Don Alejandro tenia réplicas de pinturas de famosos artistas del pincel, las que cuidaba con solicitud y esmero. En la sala y la antesala había lámparas  araña, de murano; y los muebles eran estilo Luis XV, tallados en madera finísima. En la parte posterior de la casona se encontraban el establo, la caballeriza, el gallinero, y el patio de árboles frutales. La entrada y salida de la servidumbre se hacía por un amplio zaguán localizado en la parte trasera de la vivienda.

     A la sazón, Don Alejandro era un eminente abogado de unos 58 años de edad, corpulento, con un pelo rubio que ya empezaba a encanecer; tenía unos ojazos de crisoprasa que miraban profundamente, era apuesto y hacía derroche de buenas maneras y de educación, al tratar con la gente y especialmente con las mujeres. Allí en el pueblo era un hombre muy respetable, lo mismo que sus hijos Roberto y Armando quienes ya pronto terminarían sus respectivas carreras de Derecho y de Medicina.

     Aquel día, al terminar el funeral, estos habían regresado a sus estudios en la capital, pues sólo habían obtenido licencia para viajar por el caso fortuito que se les presentó.

     Al faltar Doña Jesucita, Rufina se hizo cargo directo del cuidado del patrón. Pero todos ignoraban que a pesar del amor que Don Alejandro le profesaba a su mujer, tras la larga enfermedad de ella, él había suplido sus necesidades sexuales con la callada, mansa, sumisa y condescendiente criada, a quien hizo su  concubina desde la noche aquella en que se quedó velando por la patrona,  cuando a la  madrugada a la salida al patio de la cocina, le entregó sus dones y su virginidad al patrón que la acechaba, y quien de allí en adelante fue muy prudente para esconder sus relaciones clandestinas con ella.

     Al pasar de los meses, la gente del pueblo y de la misma servidumbre empezó a murmurar porque los dos se habían quedado prácticamente solos en la casa. Los murmullos aumentaron y llegaron a la capital a oídos de los hijos, ante lo cual estos determinaron viajar al pueblo a fin de poner coto a aquella situación un tanto embarazosa, y que denigraba de la alta alcurnia y de su historia familiar de la cual ellos se sentían muy orgullosos.

     Cuál no  sería su asombro y  su curiosidad cuando al  llegar encontraron allí a la criada instalada en la alcoba que había pertenecido a su madre, y al verla adueñada de las joyas

y pertenencias de ella, y posesionada de todo como dueña y señora, dando órdenes a los

criados que antes habían sido sus compañeros en las labores de servidumbre.

     Indagando por la situación, supieron por los miembros del servicio que meses antes Don Alejandro los había reunido para informarlos muy determinado y ceremonioso:

     —De ahora en adelante, en esta casa se hará lo que Rufina ordene. Ella es ahora la dueña y señora. 

     Al saber esto, ellos decidieron hablar enérgicamente a su padre, mas éste se mostró muy renuente ante los reclamos y ante su deseo expreso de que prescindiera de los servicios de  quien ahora para ellos era una “intrusa mujerzuela”, que no sólo no reemplazaba a su madre en nada, sino que además -según ellos-, hasta  ofendía su memoria.

     —No sólo es que no prescindiré de los servicios de Rufina —les dijo con autoridad—, sino que pienso hacerla mi esposa.

     Ante esta situación los hijos salieron muy airados y desencantados de allí, jurándole a su padre que si él cometía semejante desatino, no volverían a pisar la casa, y menos aún a dirigirle la palabra, y que en esta forma los perdería para siempre.  

     Por aquellos días ya Rufina estaba embarazada y las murmuraciones de la gente iban en aumento a medida que su estómago crecía. Como esta situación diera lugar a un verdadero escándalo en el pueblo, el Señor Cura llamó a Don Alejandro y con gran respeto y diplomacia le dijo:

     —Me apena, Don Alejandro llamarlo a cuentas, mas usted comprenderá que su concubinato abierto con  Rufina, no es el mejor ejemplo para este pueblo en donde dicho sea de paso, su preclara conducta y la de su familia han sido siempre paradigmáticas, pero estoy tratando de imponer normas de moral y buena conducta. Asi pues yo le ruego muy comedidamente, poner fin o arreglar esta situación para bien de todos.

     Por otra parte, ante las audaces amenazas de Rufina (quien ya había cobrado cierta autoridad de ama y señora), de que lo abandonaría y se iría para siempre llevándose al fruto de sus entrañas, Don Alejandro -quien ya iba sintiéndose un buey viejo-, y a quien los favores sexuales de la fresca muchacha le tenían embelesado, optó por casarse con ella, pese a la gran distancia social y cultural que existía entre ellos, y a sabiendas de la profunda contrariedad que este proceder causaría a sus hijos.

     Viajó a la vecina ciudad de Cartago y regresó trayendo un bello vestido de novia. En un soleada mañana dominguera, paseó a Rufina por la plaza principal del pueblo vestida con su pomposo traje blanco, el que ya con una barriga de más de siete meses de embarazo, le quedó alto por delante. Al llegar al atrio de la iglesia, y en un gesto mezcla de gallardía y desafío Don Alejandro el flamante novio, se irguió frente a la fachada de espadaña, y al tiempo que acariciaba el vientre de la joven dijo a los curiosos:

     —Me caso en esta misa de las doce que es la más concurrida, porque  quiero que todos presencien mi boda, y he traído a mi futura esposa con traje de blanco ya que para mí, ella ha sido pura y lo que lleva en su vientre es mío…

     A los dos meses nació una bella niña, bastante trigueña y con rasgos  aindiados como su madre (en contraste con sus rubios y marfileños hermanos), viniendo así a ser como la ovejita negra de aquella encumbrada familia, y por este motivo a medida que crecía era motivo de la impertinente curiosidad de la gente del pueblo que no se cansaba de exclamar cuando la veían pasar: —¡Es la hija de Rufina!…

LOLA BENITEZ MOLINA
CHRONOS Y EL TIEMPO

Málaga (España)

Qué sentimiento tan desgarrador debe tenerse cuando su sola presencia no es suficiente y la calma ansiada se convierte en preferente. Si te hubieran advertido del desgarro penetrante de su paso, entonces, quizás el vaivén de las olas no te hubiese llevado a su antojo en un devenir incierto para todos.

            En su navío Chronos nos hubiese rescatado y el tiempo, en su efímera presencia, te hubiese otorgado el mando en una falsa quimera de desafíos alcanzables. Si te lleva frente al malecón de las dudas no soportarás el destierro y, por debajo de su vida, encontrará el lugar idóneo donde frenar las horas en un combate de incertidumbres nada loables. Solo la inocencia puede lograr tan altos vuelos y no sucumbir a su capricho. Todos lo tuvieron en cuenta y lucharon contra él, sin lograr el triunfo deseado, palpable, pero sí una frustración. Miradas de caricias a escondidas que nadie puede juzgar, con el desgarro de Chavela Vargas y el sentimiento de Leonard Cohen, que nunca hubiese quedado en una simple anécdota de desasosiego y así bailaríamos hasta el final del amor. Esto, si te gusta, prometo concedértelo y que en el azul de tu cielo se vea reflejado.

            Caminante no te quedes ahí porque él no se estremece, tal es su paso. Simplemente, acéptalo y no te aferres ni busques su coherencia ni su eternidad, pues en su andadura lo acompaña Ananké (la Inevitabilidad), que en la mitología romana era llamada Necessitas (“necesidad”). También se decía que era la madre de las Moiras que, en la mitología griega, conducen nuestro destino y al mismísimo Zeus.

            Para Charles Darwin: “Un hombre que se atreve a perder una hora de su tiempo no ha descubierto el valor de la vida” y, para Franz Kafka “La juventud es feliz porque tiene la capacidad de ver la belleza. Cualquier persona que mantiene la capacidad de ver la belleza no envejece”.

            Mucho se dice ahora de aprovechar el instante, el momento presente. Es cosa de sabios.


Hugo Luis Bonomo
( Santa Fe Argentina )

LA FELICIDAD

Es evidente, y lamentable, que las palabras vayan perdiendo la virtud de expresar la autenticidad del significado para el que fueron creadas, y esas transformaciones, lejos de enriquecer el idioma lo van bastardeando y haciéndole perder la esencia de su expresión.

No está bueno que sea así, no solo por el hecho de ir perdiendo palabras que comunicaban un concepto claro, sino que el advenimiento de una estampida de términos púberes e informáticos van produciendo una grieta en la fluidez de las comunicaciones entre distintas generaciones, niveles educativos y escalas económicas.

A partir de la banalización del lenguaje comienza la desvalorización de la palabra, su falta de contenido y una creciente pérdida de peso y dimensión.

En principio parece triste, pero no es así para la gran mayoría que, gracias a este proceso, ha logrado ser feliz.

Siempre me he planteado el significado de felicidad como un estado ideal, pleno, perfecto. Y así como la perfección no existe, casi podríamos decir que la felicidad, en estado conciente, tampoco.

Pero es una cuestión de profundidad, y algunos pueden vivir felizmente.

Quien vive en la superficie puede ser feliz con Palito Ortega o Montaner y bailar alegremente al compás de la música. Sacarse la lotería, o ganar dinero inesperadamente, son acontecimientos suficientemente motivadores para sentir felicidad. Enamorarse y, en menor grado, lograr un acercamiento o una relación, con alguien, largamente deseada, puede ser otra.

De todas las opciones, esta última me presenta dudas y, creo, puede tener una fugaz inserción en nuestra teoría que posibilite echar por tierra, durante unos segundos, mi fundamento, aunque escapando del estado de plenitud.

La buena salud, el estado físico, el autoconvencimiento de ser una persona atractiva, bella o deseable o pensarse poseedor de una inteligencia superior o de un gusto refinado en el vestir, también pueden proveer de una sensación de íntimo orgullo que se asocia con la felicidad, y no hablemos del hincha fanático cuando gana su equipo de fútbol.

Es evidente que la sensación de felicidad tiene que ver con la profundidad. Y el concepto de felicidad, también.

Considero a la felicidad como un estado perfecto, inmaculado, transparente, absolutamente justo y libre de dolor. Es decir inexistente en un estado de conciencia real. Por supuesto que estamos hablando de una persona normal y sensible.

Que se entienda; yo puedo estar contento o tener momentos de alegría por miles de cosas, desde las más triviales a las más profundas, pero siempre habrá tristezas a mi alrededor, y en el mundo, a las que no puedo modificar y, si soy sensible, tampoco ignorar.

Tal vez haya quien pueda decir que es feliz, y de hecho hay muchas personas que lo dicen y lo aseguran. Yo pienso que quienes lo sustentan viven encerrados en una cápsula hermética, construida del más puro egoísmo y sin el menor resquicio por el que pueda penetrar alguna información del exterior, es decir viven inmóviles en un reducto ínfimo y sin luz y con la convicción de abarcar todo el mundo.

Yo creo que la imposibilidad de ser feliz, y conciente y sensible a la vez, no significa vivir triste o amargado. Uno puede estar contento y tener muchos momentos de alegría, pero siempre cubrirán, con mayor o menor penetración, las capas que comienzan en lo exterior de la persona, y crean una protección a la esencia profunda del ser que se mantiene dormida para permitir el disfrute de esos momentos.

Sería demasiado burdo y elemental enumerar las múltiples realidades que, de acuerdo al espíritu y a la formación de cada uno, pueden hacer imposible un estado de felicidad, pero podemos decir que pueden ir desde la muerte, el hambre y las guerras, hasta las injusticias y las actitudes anti ecológicas, de acuerdo al alcance intelectual y sensible de cada ser.

Y cuando pensaba que toda mi elaboración era producto de mi ignorancia conceptual, me topo con Sigmund Freud que dice: “Existen dos maneras de ser feliz en esta vida. Una es hacerse el idiota y la otra, serlo.” Grande Freud, me devolvió la autoestima, pero no tanto. Seguramente por ser el creador del psicoanálisis, y algunas interpretaciones que se ven como medio locas, seguía dudando de mi mayor orgullo: creer tener sentido común.

Otra topada con Gustave Flaubert, un escritor preocupado por el realismo y la estética, me hizo sentir más contento conmigo mismo, ya que fue anterior a Freud y su expresión es más rica y suavemente rotunda. Flaubert escribió: «Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones que se requieren para ser feliz. Pero si os falta la primera, estáis perdidos».

No hay más que decir, pero tengo que admitir el fugaz derrumbe en mi fundamento, negador de la felicidad, en los momentos en que un ser enamorado y amalgamado física y espiritualmente con su amor, llega al momento deslumbrante y astral de la relación. Pero son segundos.

Sinónimos de deslumbrar son embobar, enceguecer…, condiciones de un idiota o un estúpido, lo que convalida los pensamientos de Freud y Flaubert, y, si me permiten ponerme un minuto al lado, los míos también.

Quien no esté de acuerdo y sea feliz, siente que “La única manera de ser feliz es que te guste sufrir”, como dijo Woody Allen, acercándose a la modernidad.

ADRIÁN N. ESCUDERO
( Santa Fe – Argentina )

ADIÓS AL AMIGO

Al Poeta Sanluiseño de las Cosas Simples, Antonio Esteban Agüero, desde su ciudad (Merlo) a mi ciudad (Santa Fe), in memoriam…
Especialmente  al “El Círculo Literario Letras del Andén de Villa Mercedes, San Luis”,  haciéndonos eco de la presentación de la obra poética «Desde el país  de Antonio Esteban Agüero», en homenaje al centenario del nacimiento de este excelso poeta argentino, y realizado en su Casa del Poeta, Merlo, San Luis (Argentina), el 12 de febrero de 2006…

   I – Suerte no haber viajado.

   Estar en ella y con su familia, y sobre todo en ese día. En aquel último día…

   Hablaba, en principio, de su ciudad: lagunera y bordada por la silueta serpenteante de los mosaicos defensores del paso lento pero arrollador del Paraná, el tigre de los ríos… Hablaba entonces de Santa Fe. La de Argentina, claro está. Alfajores y humedad, mosquitos y dulce de leche. Y una blanca telaraña de heladerías y rubios puestos cerveceros. Calurosa y desnuda. Hasta ese día al menos…

   Después, caminar

   Vagar soltando -de a poco- la mochila de una crónica agonía emocional, conformada – básicamente- por las tensiones de un elevado status jerárquico y devenido en un combo laboral conflictivo, atraído por las excitantes, envidiadas alturas propias de un empresario exitoso; agonía estresante -cercana al desespero- sometida a la enojosa presión de una tríada o combinación de factores, tales como: irritabilidad artera, ansiedad desmedida y agónica depresión… Situación límite, la antedicha, que lo señalaba claramente como a un hombre que había ignorado o desconocido, tal vez, la sana advertencia del filósofo Anónimo, cuando expresara: “El individuo debe saber elegir en forma consciente lo que desea vivir para que la vida no lo sobrepase”… Porque, al fin y al cabo, “somos lo que somos para cambiar lo que somos”…

   II – Ahora, una señal en cruz: Pedro Díaz Colodrero y Avenida 7 Jefes. El faro oblongo y chispeante. Unos juegos para niños. La fuente estallando brillos frente al negro telón de un cielo difuminado de estrellas y de sueños. Dos muchachas en bicicleta. Por detrás, un par de niñas riendo a los brincos… Todo en un radio de cincuenta metros. No más.

   Él, vértice  de la magia de aquella noche especial.

   La doble vía. El cantero central boulevareño. El marco costanero elongado. Los fuegos del cordón esteño, serenos y amarillos, reflectando como columnas de oro su candor hundido en la Setúbal. El nuevo puente carretero; sus guirnaldas dibujando una pirámide egipcia en el aire cálido del anochecer citadino. Las burbujas de vida y luz asomando, al extraño, la simple y aguerrida arquitectura de Barrio El Pozo…

   El cartel, cerca suyo: “TREVI, helados artesanales”. Chocolate con avellanas, pide. Delicioso. El último helado del verano. La silla metálica pero acogedora. Sus piernas estiradas como tocando con la punta de los pies cada objeto nombrado. Unos minutos antes, hora y media de caminata ya suspendida. Boulevard Pellegrini, Boulevar Gálvez, Canal 13 (perdón, Telefé). La egregia estatua del Brigadier; del Brigadier General Don López Estanislao, claro está: y su herrumbre de caballo noble e hidalgo caballero. Todo un prócer jubilado por los rastros añosos de su pose ecuestre. Carcomido por el tiempo y el olvido ciudadano. Porque todo pasa..

   III – Atrás. Porque ahora eso: las nenas que se hamacan. Péndulo de picardías.

   La quietud del ambiente y de la atmósfera. Unos pocos vehículos y alguno que otro caminante como él, parpadeando el gesto vivo de los vivos. La quietud. Contemplar la maravilla de aquel hermoso día en su definitivo crepúsculo estival… Por casualidad, solo. Como para no enturbiar a nadie con esa melancolía agridulce que le ahoga el pecho aquietado, con el que ya no podrá respirar –a partir de mañana- el viento cálido de la estación de la vida…. Casi una lágrima. Casi. “TREVI, helados artesanales”. Chocolate con avellanas. Delicioso. Casi terminándolo…

   … Casi. Fue quizás en esa brisa o en ese viento de postrer soplido. Sus ojos abiertos a los indicios de una furtiva intromisión del Otro. Sí. Sus oídos atentos a… Shhh. ¿Qué? Shhh. ¡Dime! ¡Escucho! Shhh…: volveré. ¿Cómo? Shhh: son los nueve meses que necesito. ¿Quién…? Shhh. ¿Para qué? Shhh: para nacer de nuevo… Como ustedes; cada nueve meses… ¡Ahhh! ¿No serás…? Shhh: lo soy. Digo tu nombre, amigo mío. Shhh: no lo digas. Él no debe escucharlo. ¿Por qué? ¿Cómo? Shhh: él cree,  cada vez que me lleva, que será para siempre. Que jamás volveré… ¿Te refieres al Otoñ…? Shhh: no lo pronuncies. Lo advertiría, y haría lo imposible para demorar el parto… Entonces, callaré. Shhh: gracias. Entonces, ¿hasta pronto? Shhh: sí, hasta pronto…

   IV – Luego, retomará la marcha.

   Y volverá a caminar. De vuelta al hogar. Con su familia y en su ciudad. Ya no cálida. Siempre húmeda.

   A su delante, un grupo de muchachos y chicas adolescentes todavía no se han dado cuenta de que llevan, pegado a sus cuerpos viriles y seductores, los restos del Verano…

   Dice pues: adiós al Amigo… Y reza. Reza por el sempiterno nacimiento de su estación favorita. Con una lágrima, casi. O el sudor que se desploma de su frente envejecida un año más, aunque siga parpadeando el gesto vivo de los vivos…

ELLA Y ÉL
(cuento de Miriam Noce) -Argentina-

“Creí que era una aventura, y
en realidad era la vida”
Joseph Conrad

 Hace tres años que mi cabaña luce solitaria al pie de la cordillera. Hoy, una pareja en moto llegó hasta la abandonada casa que forma mi vecindad. Con una amplia sonrisa, pero a escondidas, les di la bienvenida. Es también una cabaña, algo más amplia que la mía, está a 100 metros y un extenso parque la circunda; al terminar este ya comienza el ascenso y el bosque natural de cipreses y robles, alerces y coihues que perfuman el camino.

Tras la ventana observé la mudanza. Por lo que vi, muebles recién comprados de diseño moderno. Conclusión: pareja recién constituida y con deseos de alejarse del ruido. Me gusta, son de los míos. Tal vez, como yo, dejaron atrás el trajín de Buenos Aires.  La edad me confunde, me llevará días llegar a otro epílogo, hay que observar más detalles. Tampoco puedo en un día saber todo, creo que mi curiosidad de viejo me está jugando una mala pasada.

No importa el cansancio de nuestros cuerpos, el estar juntos supera los deseos. Ya no diremos: “sigamos soñando que el mundo será nuestro por la prepotencia de nuestras ilusiones, ya verás.”   Cada hoja del cuaderno es mi amor hecho palabras.

¡Qué trabajadores! No han parado desde que llegaron, él sobre todo en la limpieza del parque. Ella entra y sale de la casa para conversar, besarlo y ofrecerle algo de tomar. ¡Qué suerte tienen algunos! Si no converso con ellos, si no los tengo cara a cara no podré sacarles la edad.

Viento, libros y películas. ¿Algo nos falta? “De todo un poco, de nada mucho.”

“No se puede pensar en el después sin haber producido el antes.” “Me has dado muchísimo, no forzaré tu voluntad”

Descansa en quietud. Sueña en quietud. Él es así.

Hoy él salió a correr. Lástima que tomó para el sur, sino lo saludaba y en una de esas, comenzábamos a ser vecinos. Ella se ve que no se animó, lo despidió en la puerta con tantos besos y abrazos como si partiera al fin del mundo. Por la forma en qué encaró la marcha, se ve que está acostumbrado a hacerlo. Es alto, delgado, se lo nota con fibra pese al abrigo. Con el frío y el viento en contra, no creo que pueda hacer mucho. ¡Qué lástima no poder charlar! Yo antes también corría. Ahora me he quedado.

Estamos aprendiendo a mimetizarnos en el secreto curativo de la noche y ya sabemos que “en el cerebro está la libertad silenciosa, y en el corazón la lucha, la disputa entre el bien o el mal que dispone la sociedad como moral impuesta.”

Se ve que siente pasión por su moto, va y viene al pueblo bastante seguido. Pasó toda una tarde armando y lustrando cada una de sus partes. Intuición de viejo, a lo mejor cuando joven la quiso tener y no pudo. Me parece que igual situación se repite con ella. Se los ve juntos en todo momento. Es bueno soñar y ser soñado. Pensando otra cosa: se está acercando el fin del verano, ¿sabrán ellos que hay que hacer acopio de cosas para pasar el invierno? A lo mejor son más duchos que yo en estos paisajes y geografías. Espero que no tengan sorpresas. Cada planta, cada arbusto, cada árbol semejan esculturas vegetales. Ella sabe ponerle una piedra, una luz, un color para distinguirlas. Se iluminan por las noches, ojalá sepa cuidarlas del frío o de la nieve. Si no en primavera será “un volver a empezar.” Pronto las flores dispersas en la hondanada del parque desaparecerán. Olvidé mis binoculares, no distingo con nitidez los colores.

Hoy nos acompaña “la lluvia y su languidez”, inmersos en nuestros mundos distantes pero cercanos, escribimos y hacemos un culto de: “la soledad es un ámbito propio insoslayable, una especie de espacio del yo al que muchos temen.”

Antes se decía que las peluquerías de mujeres eran un diccionario abierto, ahora en la de hombres también se aprende. Cuando llegué a estas tierras por frío y compañía me dejé la barba, hace ya 10 años; cada tanto me la emprolijo y en la primavera el peluquero me hace parecer un viejo normal y rejuvenecido. Pero… mi vecino me quita el sueño, es la primera vez que veo ese diseño de barba. De tanto explicarle al peluquero, acertó, creo que es así. Cabello, bigote y barba todo blanco. Es el vivo retrato de Don Quijote de la Mancha. Si alguna vez charlamos, el tema barba nos llevará horas, anécdotas y secretos para conservarla.

Ella tiene siempre su cabello arreglado y da la sensación de que sufre el frío. Los días nublados o de lluvia, usa gorros, pañuelos, botas y un abrigo.  Creo que viven como yo, sin reloj ni calendario, sólo el día y la noche son nuestra brújula. Me gustaría contarles que aquí a 5 kilómetros tenemos un río, especial para pescar con mosca.

 Viene a mí aquello que me dijiste una vez: “gracias totales a tu poder de generar dicha. La dicha de sentirse querido,” y me agradeciste el regalo del libro de Sàndor Màrai, autor de profundidad de conceptos y exploración del alma humana.

Ayer vi a mis vecinos bastantes lejos, en el inicio del camino ascendente haciendo un avistaje de aves. ¡Qué alegría que me dio!, podríamos intercambiar información, aunque yo hace unos meses que no salgo a caminar para ver nidos y colonias de nidificación. De las 300 que habitan la región, ¿tendrán algunas preferidas? Son tantas. El zorzal y el tordo patagónico son mis preferidos, pero también el tero real, el chimango y por qué no, mis loros barranqueros. Al principio no sabía, pero aprendí a mirarlos desde lejos para que no abandonen el nido; hay especies difíciles de avistar.

Como veterano, abuso de largas peroratas que sólo a mí me entretienen.

Amo cuando me dice “disfruto con tu presencia,” y cuando reímos como niños al decir las acciones del viento: tiene voz, ruge, silba. Es libre, entra y sale. Se enrosca, serpentea, hace temblar. Gira la veleta. Sacude, gime, aúlla, busca grietas para entrar. Sube a los árboles, a los techos, roza las veredas. Vagabundea “como aquel pibe de barrio criado en una pieza incapaz de abarcarle los sueños.”

Cuando algún turista me pregunta en el pueblo si es de mi agrado vivir solo y aislado, repito un eslogan aprendido, ya no recuerdo dónde. Aquí los lugares son perfectos, paisajes tranquilos hasta románticos, sin vecinos a la vista, todos inmersos en la naturaleza. Pero… desde que los observo, mi punto de vista cambió. Da gusto verlos leer juntos en la galería recibiendo los últimos rayos del sol. A veces, cada uno con su libro; otras, uno lee y el otro escucha, y también, ella acurrucada en los brazos de él, le lee entre risas, besos y mimos.

De joven era fanático de los libros policiales, ahora en los largos inviernos me conformo con cualquier novela comprada en el kiosco, ¡qué bueno sería intercambiar libros! Por lo que veo casi todos los días, en distintos horarios, cumplen con el ritual de leer.

¿Podré construirte en sueños una casa para que la habites cuando mi mano no pueda apretar la tuya? Quisiera encontrar el árbol que te de amparo y sombra, y plantarlo allí donde descansen juntos, la pendiente, el sol y la noche unidos en coposas frondas. Cuando ya no necesites mi fuerza y mi ternura me tendrás cual árbol solitario, firme en sinuosas raíces haciendo frente a la vida. Apoya ahora que puedes tu cabeza sobre mi hombro, ríe, llora, sé feliz y piensa en un mañana sin nubes y oscuros silencios. ¿Serías capaz de oír el silencio? La casa a lo lejos, será una tea iluminada llena de murmullos de agua, vientos libres con serena frescura en tardes de verano. La casa será cuna de mis cenizas donde descansaré, yo en la tierra, tú en el aire renovado de bríos, y así, por generaciones, crecerán semillas de convivencia y recuerdos. En el otoño, cuando las hojas alfombren el parque, búscame en el sonido crujiente y dorado de ese manto, con la esperanza de que pasado el invierno volveré transformada en silente y verde andar de hierba lustrosa, pequeña pero llena de pujanzas. No dejes que la nostalgia llegue hasta ti, recuerda al encumbrado álamo que protege de toda tempestad. Vamos a plantarlos alrededor de la casa. Serán escudos seguros y unidos, serán árboles buscando el cielo.

Cualquier día de estos pierdo mi temor y voy de visita a la cabaña grande. Temas para hablar no me van a faltar. El otoño es buen tiempo, es casi como la vida, ésta no es justa ni injusta, es lo que es, tal cual la luz del día: intensa al medio día y apasionada en el final del ocaso.

Él con su moto y su campera de cuero sigue el curso del clima, ella, si me viera reírme, se enojaría. No es para nuestro tiempo, tan especial, tan patagónico, sin embargo, por amor lo vive y quién te dice, que a lo mejor lo disfrute, no es lo mismo solo que acompañado. Una vez leí: “el pueblo es pobre, no hay flores y sopla el viento,  pero ella vive aquí”. ¡Vamos viejo, dejá de imaginar! Para mí, les hacen falta unos perros retozando en el patio.

Cuando joven yo decía: “algunos aceptan la vida, yo la enfrento”, ahora ya no lo digo. Mi secreto no debe ser revelado por las lágrimas; aunque conocer es un fenómeno tan esencial,  descarta el concepto “llegué”. No por conocer se llega a buen término.  “No importa el cuándo y el por qué, sino que somos los protagonistas”. Pensar que cuando leas esto yo no estaré.

-Querida, el viejo está como vos, ayer y hoy no se han levantado de la cama. No se han movido las cortinas en ningún momento. ¿Le habrá pasado algo? 

MARÍA SÁNCHEZ FERNÁNDEZ
( Ubeda- España )

LA NOCHE DE LOS GATOS

      El viento rompió sus fuertes cadenas y corría suelto, enloquecido, como una enorme bestia furiosa que quisiera abatir con sus zarpas todo cuanto se le pusiera al alcance.

      Las nubes se rompieron y dejaron  escapar, entre grises girones, las grandes masas de agua que en ellas se encerraban.

      Lluvia y viento se enlazaban aquella noche en fantásticos esponsales. Eran como dos amantes que se aman y se detestan al mismo tiempo entre furiosos abrazos y caricias desmedidas.

      La ciudad estaba desierta. Sólo deambulaban por sus estrechos callejones ruidosos arroyuelos que bajaban  tumultuosos por la empinada pendiente puliendo los salientes adoquines. Al final de su trayecto eran devorados por las hambrientas alcantarillas.

      Las  puertas y ventanas de todas las viviendas estaban bien cerradas. El viento hacía crujir las maderas que gemían doloridas, amenazando con su empuje y violencia arrancarlas de los goznes que las sujetaban.

      Los cables del tendido eléctrico se movían en una danza endiablada. Uno de ellos se soltó del poste que lo sostenía, y en su enloquecido danzar se abalanzó sobre un compañero que también bailaba y, en un furioso rechazo, lo colmó de improperios y amenazas entre grandes aspavientos de crujidos y chispazos.

     Las  tímidas farolas que tenían la misión de iluminar la noche se apagaron, quizás un poco avergonzadas por aquel comportamiento tan poco civilizado de esos parientes suyos.

      La ciudad quedó sumergida en la más negra oscuridad. Solamente podían verse algunas ventanas iluminadas por la tenue luz de una vela.

      ¿Qué podía ocurrir en esos hogares una noche así?

      Tras los cristales de una de esas ventanas un hombre joven con la cara muy pálida y grandes ojeras, que la llama de la cera acusaba despiadadamente, hacía largas sumas de debe y haber.

      A través de otros cristales una mujer planchaba con pesadas planchas de hierro, heredadas de su madre, grandes pilas de ropa blanca que al día siguiente había de entregar.

      En una tercera ventana   una  joven  amamantaba  a  un  niño mientras le cantaba una dulce nana.

      Y así transcurría la vida en aquellas viviendas cerradas al temporal.

      Tras otros cristales, la luz de la vela se extinguía paralelamente a otra vida.

      En una esquina un perro vagabundo apuntaba con su hocico a ese cielo embravecido llorando por alguien que se iba, o quizás llorando por su propio abandono y triste soledad.

      Masivos grupos de gatos en celo lanzaban en la noche sus largos lamentos pasionales mientras corrían enloquecidos perdiéndose en la oscuridad.

      Inesperadamente algo ocurrió. El viento dejó de bramar; la lluvia cesó y el perro solitario y los gatos lujuriosos también enmudecieron.

      Se oyó tenue y dulce una bella melodía que inundaba las tinieblas como el más hermoso resplandor. Era nacida de las cuerdas y el arco de un viejo violín.

      El viento, amansado, preguntó:

      − ¿Quién eres. Siento tu presencia, pero no puedo tocarte.

     Y la melodía, suave como un susurro, le respondió:

      −Soy la Música. Me llaman “el divino lenguaje de Dios”. Allá donde me encuentre se dulcifican los más amargos sentimientos y el corazón más duro e insensible se torna blando como la espuma y se desborda en limpias lágrimas de gozo.

      La lluvia, después de un largo silencio preguntó:

      −¿Cuál es tu origen? ¿De dónde vienes? Te escucho y creo adivinar en ti algo mío; algo que me pertenece.

      Y la melodía, inflamada en un ardiente estado de éxtasis, se fue elevando y elevando más y más hasta tocar las alturas y como un canto de ángeles dijo:

      −Mi origen está en todo lo creado. Está en la tierra y en todas sus criaturas que cada amanecer explosionan en cantos de alegría. Mi origen está en el agua; cuando canta al correr de los arroyos; cuando sueña al caer en suave lluvia; cuando suena en el vaivén acompasado de las olas. Mi origen está en el aire, que silba enamorado sus canciones; suave, si es brisa que mueve los trigales; apasionado, si es viento que mueve tempestades. Mi origen está en el fuego que canta enardecido mientras danza contorsionando su lúdica figura.

      Soy la Música y ese es mi origen, pero el hombre, a quien Dios hizo a su forma y semejanza, me transformó en melodía y vierte en mí sus más puros sentimientos. A través de mis sonidos se asoma el alma según su estado emocional. Por eso unas veces lloro en mis cadencias y otras río con el más estremecido de los gozos.

      El viento y la lluvia se alejaron en silencio y meditaron en su largo retiro esas palabras que en ellos calaron para siempre.

      Las nubes se hicieron ligeras  y corrían divertidas por un cielo ya esclarecido, como blancas palomas de algodón. Dejaban asomarse en cortos intervalos la cara redonda y pálida de la luna llena que, en esos brevísimos instantes, iluminaba con generosidad los tejados amarillos de la ciudad, esa noche tan especial que estaba sumergida en tinieblas, bañándolos preciosamente con brillantes tintes plateados.

      Los gatos corrían y gritaban en su orgía de enamorados, y alguna vez que otra, se detenían atentos para escuchar la dulce melodía del viejo violín.

      Amaneció un día claro e intensamente frío. Las calles, todavía húmedas, dejaban ver algunos charcos que se habían congelado. La vida surgía a borbotones. Bandadas de vencejos oscurecían el azul del cielo; los árboles lucían su ramaje  limpio y brillante, dejando resbalar algunas gotas de agua que todavía permanecían prendidas en ellos. Grupos de niños con libros y carteras corrían y gritaban alborozados mientras chapoteaban n el hielo de los charcos. Los mayores se dirigían  taciturnos a sus trabajos, con el sueño todavía pegado a los ojos. Una mujer llevaba con gran esfuerzo una enorme cesta de ropa blanca limpia y planchada. Un perro flaco y de hocico puntiagudo dormitaba en un rincón secando sus tristes huesos con los pálidos rayos del sol matinal. En grupo, los gatos callejeros se hallaban durmiendo enroscados en apretado círculo, quien sabe si soñando con lunas llenas o en amores prendidos en la oscuridad.

      En una calle céntrica, muy próxima al mercado, un hombre ciego tocaba un viejo violín del que arrancaba las más hermosas melodías que se soñar se pueda.

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