CUENTOS Y RELATOS

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PARA REVISTA LITERARIA “LUNASOL” (España) – JUNIO 2017

LA AVENIDA (O Parábola de la Apostasía)

A José Manuel Agustín, mi padre: in memoriam

   Cuando abrió los ojos, La Avenida se expandió como un inconmensurable plano.

   Su gigantesca extensión fue desbordada aún más porque estaba desierta. La línea de edificios que intentaba demarcar sus límites, se alargaba también en horizontes sin fronteras, imposibles de entrever, pues, la nube (oscura) que comenzara a acotarlo todo, desdibujaba los bordes de muros, balcones, ventanas, antenas y tanques de agua, recortando el perfil duro y estático donde nada ni nadie se movía o respiraba.

   Excepto Él.

   La Avenida era como el tótem de una ciudad muerta. El único brillo que resaltaba en el panorama sombrío que cernía fantasmas y misterios sobre Ella, provenía de unas delgadas y rectilíneas guías para la circulación de un tránsito que hacía eones no ronroneaba más. Y el terror súbito y breve (Pesantiano) que se instaló en su pecho desnudo, le liberó la memoria…

   Antes de caminar, procuró el canto. Suspiró agitado y una música áspera como de bufido animal se precipitó desde su garganta por el núcleo de La Avenida que lo contenía, conquistando ecos de sonido y resoplidos de existencias en un camposanto de hierro y cemento que se abría expectante hacia el más allá…

   Después, sí, caminó. Y a la torpe melodía que exhalaba su boca, agregó un paso firme y un pensamiento que lo transformó en poeta y trovador.     Dijo: “La Avenida será ahora una distancia azul, sin pétalos blancos. Como un cielo de octubre en el hemisferio sur. Una ventana. Un recuadro de luz. Un cúmulo de almas peregrinando en Iglesia tras el sol. Muchedumbre soñada, amasada y avivada con el soplo creador. Por La Avenida se irá lentamente la mirada, mientras imaginan ser libres…”.

   Pero Lázaro no se levantó.

   Los confines del mundo y del universo siguieron quietos, tan inertes, tan rígidos, tan exasperadamente tiesos y dormidos, que el silencio –que era una nube – (“Pero cuando venga el Hijo del hombre; ¿encontrará fe sobre la tierra? – Lc. 18,8) se apoderó también de Él suspendiendo su precaria animación… Tal vez algún día, pensó, hubiera otra oportunidad, y ellos, nuevamente vivos, podrían recitar: “… descendió a los infiernos y, al tercer día, resucitó de entre los muertos…”.

   Desde La Avenida.-           

 ADRIÁN N. ESCUDERO (Santa Fe, Argentina), 21-09-1995.

  Integra los libros “DOCTOR DE MUNDOS II – Visiones Extrañas” Inédito (en desarrollo). La Botica del Autor (Santa Fe, Argentina), 2003-2016; y “APOCALIPSIS BANG y Otros Cuentos para un Semáforo” – Colección de Microrrelatos. Inédito (en desarrollo). La Botica del Autor (Santa Fe, Argentina), 2007-2008.
Editado en la Antología “Mesa de Cuentistas” – Asociación Santafesina de Escritores (ASDE) y la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe (Argentina) – Enero 1996 y dedicado, en esa fecha, al Pbro. Manuel Prados y Puertas (O.A.R.). Págs. 72/73.
Editado en el Tomo III de la Antología “Cuentistas Argentinos de Fin de Siglo” (Editorial Vinciguerra SRL) – Buenos Aires, Noviembre 1999. Pág. 78/79
Publicado17-04-2008 en el Magazín Virtual MUNDO CULTURAL HISPANO (Círculo literario del Ateneo de Alicante – España – Director: Denys Roland Jurado).-
Alude al escritor santafesino, Edgardo Pesante (1932-1988), quien da título a uno de sus cuentos con la expresión, “Un terror súbito y breve”.-

                                                   

EL ARCA
María Sánchez Fernández
España

     Aquella mañana de verano, cuando el sol todavía no calentaba, iba dando un largo paseo por un camino bordeado de cipreses. Sentí una agradable sensación de bienestar que daba un sosiego especial  a mi espíritu. No sé como describir aquella hermosa soledad que cantaba en el silencio; aquella sobriedad de esos árboles verde oscuro que apuntaban al cielo como agudas saetas  que dejaban escapar el diálogo callado de los pájaros. O  quizá sería porque llevaba al cementerio, ese el lugar donde la paz es infinita.

     En una desviación de ese camino, entré en otro más solitario y pedregoso despoblado de vegetación alguna, hasta que llegué a un gran portón metálico que se encontraba entreabierto por donde se podían vislumbrar vestigios de muebles desvencijados, cajas amontonadas e incluso algún vehículo maltrecho. Un perro ladraba.

     Llamé fuertemente con la mano pues no había ni timbre ni llamador. Al cabo de un buen rato salió a recibirme un señor muy amable, de mediana edad, que con gran cortesía me invitó a pasar. Yo sabía que aquel lugar era el almacén de un anticuario donde podía encontrar alguna cosa que me interesara.

     Pasé y me encontré con un gran local tapizado de polvo, donde las telarañas  colgaban del techo como maltrechos doseles; muebles renacentistas, estrados isabelinos con tapicerías desvaídas y gastadas por el tiempo, espléndidos espejos barrocos, marcos de plata ennegrecida, abanicos dieciochescos, figuritas de porcelana, lámparas de cristal de Bohemia….., además de dos hermosos gatos que dormían plácidamente sobre una gran alfombra de original diseño.

     Al momento mi atención se fijó en una preciosa arca de madera, de medianas dimensiones, muy adecuada para adaptarla en mi pequeño apartamento. El arca tenía talladas unas figuras geométricas y unas frases escritas en árabe, ¡quien sabe si sería un delicado poema o alguna preciosa aleya del Corán! Una cerradura de broce con llave incorporada  imponía seguridad. El anticuario al verme interesada en ella, al momento le quitó el polvo que la cubría y vi la belleza que atesoraba aquel pequeño mueble ornamental, pero que también podía cubrir sus funciones para guardar mis pequeños tesoros, como eran libros antiguos, documentos y otras cosas importantes para mí. Pregunté cual era su origen y me dijo que la había adquirido en Madrid en la subasta de los muebles de una gran casona que hacía años estaba deshabitada por sus dueños y que estaba destinada a otras funciones distintas a hogar familiar. Él creía con toda seguridad y sin duda alguna que su auténtica procedencia era oriental.

     La adquirí por un buen precio, y ya entrada la tarde me la llevaron a casa. La instalé en un rincón de mi dormitorio para tenerla cerca y poder verla al despertar. Tal era mi interés por ella. “Qué bonita era y cuánta ilusión me hacía”.

    La limpie con mimo y la lustre con cera hasta que quedó radiante; como nueva. “Aquí pondré mis documentos importantes”, dije con orgullo.

    Cuando de nuevo la abrí para darle funcionalidad, vi que salía de su interior una bruma espesa que me envolvía por completo. Esta especie de niebla  me llevó a una especie de hipnosis que anulaba mi voluntad. Me transportó en un principio a un lugar donde me vi navegando en una barcaza por un gran estrecho en forme de alfanje que unía a dos mares. Sus orillas estaban jalonadas por las más bellas edificaciones. A la izquierda, mansiones y villas del más puro estilo neoclásico europeo, cuyas escalinatas bajaban hasta fundirse entre las aguas azules del estrecho. A la derecha soberbios palacios y alcázares, del más exquisito gusto árabe, cuyos mármoles de distintas tonalidades se mezclaban con los  preciosos jardines que jamás había visto en mi vida y que los rodeaban. Navegué por aquellas aguas en solitario. No vi a ser viviente alguno.

     La bruma, que se había apartado de mí, retornó y volvió a envolverme hasta llevarme a una gran explanada que presidía un edificio muy peculiar. Lo enaltecían seis torres en forma de aguja. Entré en aquel recinto y quedé deslumbrada ante la belleza de aquel enorme patio rodeado de múltiples columnas que sostenían a unos arcos de forma apuntada.  En su mismo centro había una gran fuente con muchos caños de agua y en la que había depositados varios pares de babuchas.  Una puerta de arco apuntado y filigranas de ladrillo rojo daba acceso a ese singular palacio. Entré en él y quedé deslumbrada. Jamás vi unas dimensiones tan extraordinarias en un edificio público. Sus cúpulas eran totalmente azules de donde pendían preciosas lámparas de los más bellos colores. El azul predominaba en la decoración de aquel lugar en mosaicos y frescos con  los más hermosos temas florales. Las  gentes, como estatuas de piedra, inmóviles, oraban postradas de hinojos y descalzas. Las mujeres, estáticas, llevaban la cabeza cubierta y una túnica hasta cubrirle los pies. Nadie se movía. Parecían parte integrante de aquel mágico lugar.

     La bruma volvió a mí y me llevó a un lugar muy peculiar. Había multitud de galerías donde se mezclaban los más variados objetos,  alfombras,  cerámicas, joyas, túnicas, velos, bolsas de piel labrada con dibujos entintados, cojines y almohadones con irisaciones doradas… Los colores rivalizaban entre sí con los aromas mareantes de las especias más exóticas.

    Había mucha gente, tanta, que se hacía difícil deambular por aquellos espacios de laberinto, pero todos, todos, hombres, mujeres y niños estaban quietos, no se movían. Los vendedores con la sonrisa congelada extendían las manos ofreciendo su mercancía, pero eran como grotescos muñecos de cartón.

    Salí de aquel lugar fascinada, y la bruma me volvió a tomar para llevarme al lugar más alucinante que podía existir en este mundo. Se trataba de un paisaje desértico, amarillo, en  donde el suelo se levantaba en múltiples conos de dura piedra arenisca. Estos conos o pequeñas montañas, estaban plagados de agujeros que se unían entre sí por una especie de galerías. Se podía subir a los que estaban a más altura por unos escalones irregulares tallados en la misma piedra. Me aventuré a subir por una de aquellas escaleras y entré en una pequeña celda con una especie de cama esculpida en la misma pared. Había multitud de huecos que habrían sido utilizados como despensa para alguna civilización milenaria. De esta celda pasé por una galería a otra de mayor tamaño y en su centro vi una gran superficie de piedra, de considerable altura, que estaba  rodeada de bloques del mismo material. Podía haber sido una sala de reuniones.

      En el cielo se veían decenas de globos de colores que sobrevolaban aquel territorio tan peculiar. Todos pendían de las alturas, pero ninguno se movía.

     Salí y la bruma me llevó a otro paraje más singular si cabe. Me vi en medio de una especie de glaciar escalonado donde la blancura era casi azul. Estaba formado por cascadas inmóviles de hielo…, o de sal…, o de cal…, o de magia… Aquello era increíble. Jamás vi belleza más exuberante en los días de mi vida real. Este enorme oasis blanco, que causaba frío nada más mirarlo o pisarlo, estaba rodeado de las más verdes campiñas, donde los pájaros volaban felices y los rebaños pactaban. ¿Era aquello real o era solamente un sueño?

      Y la bruma me llevó a tantos sitios que no podría describir. Me causó un gran impacto aquellas ruinas de origen griego donde las calles estaban perfectamente trazadas. La preciosa fachada, casi intacta, de una gran biblioteca donde se habían atesorado y guardado los más valiosos documentos. El asentamiento de la casita donde vivió María, la madre de Jesús, El anfiteatro, perfectamente conservado…

     Recuerdo una gran cisterna en forma de palacio suntuoso por donde corría el agua fresca y pura sorteando mastodónticas columnas con efigies mitológicas talladas. También recuerdo una ciudad alegre a orillas del mar donde las palmeras tocaban el cielo. Me hacía pensar en algún lugar de nuestro mar Mediterráneo.  Recuerdo una noche en que las gentes se reunían con sus familias en una gran fiesta con cena y música, aunque esta permaneciera muda.

     La bruma me abandonó y desperté de mi hipnosis tumbada en mi cama. El arca estaba allí abierta,  en el  lugar que le había asignado, y mis tesoros, mis documentos, esparcidos por el suelo. Todo lo guardé con mimo pero me quedaba el regusto de aquella experiencia onírica que había experimentado durante, quizás, unos breves minutos.

    Pasó el tiempo, y como todos los años, organizamos un grupo de amigos, por medio de una agencia,  un viaje de vacaciones a cualquier país exótico. Elegimos Turquía.

    Cuando el vuelo nos dejó en el aeropuerto nos dirigimos al hotel. Después de descansar y ponernos cómodos el guía nos estaba esperando en el autobús. Conforme nos iba mostrando la ciudad yo quedaba alucinada. ¡ Ya había estado allí! En el precioso Bósforo, que nos hizo un recorrido por todo el estrecho en un lujoso ferris  y pudimos ver como unía los dos mares: el Mar de Mármara  y el Mar Negro. Ahora las gentes reían y comentaban sin cesar la belleza de aquel lugar.

     Después  visitamos La mezquita azul, donde tuve que quitarme los zapatos y ponerme un velo, mientras los musulmanes rezaban postrados.

   ¡ Y El gran bazar! donde el bullicio hacía que te perdieras entre aquel gentío de turistas y nativos.

        Y aquella monumental cisterna, llamada “Cisterna Basílica”, por la profusión de galerías escoltadas  por  mastodónticas columnas de mármoles de distintas tonalidades que mostraba, en algunas de sus bases, las cabezas impresionantes en mármol verde de Medusa, ese monstruo de la mitología griega con cabellera de serpientes, y que si la mirabas a los ojos quedabas petrificado. En esta cisterna era donde se atesoraban las aguas en tiempos de asedio. Ahora el agua sigue estando presente en ella. Entra y sale y siempre está limpia.

    ¡Y La Capadocia! ¡Ay, La Capadocia! Lugar fascinante de milenios. Donde varias culturas se asentaron. Unas para protegerse de invasiones en sus múltiples subterráneos; otras para disfrutar de aquel lugar donde la paz imperaba.

     Pamukkale. Ese glaciar inmenso que no es de nieve azul y blanca sino de agua calcificada donde los verdes, en todas sus gamas, lo rodean como para darle más encanto. Su nombre quiere decir “Castillo de algodón”.  Y es verdad, es tan esponjoso, tan blanco, casi etéreo, con esas formas tan suaves que parece un enorme copo de algodón

     ¡Y Éfeso, la mítica Éfeso¡ Conserva su encanto a través de esas piedras que permanecen vivas cantando su historia. ¡Tiene tanta historia Éfeso!

   Nuestra última visita fue a la bella ciudad de Esmirna. ¡Cuántas palmeras que subían altivas cimbreándose, como bailando una danza sensual, para abrirse en las alturas como abanicos verdes! ¡Cuánta luz! Todo era bullicio en Esmirna. Nos tomamos unos cafés helados al mismo borde de muelle, donde las aguas azules del  mar Egeo, ese mar de míticos dioses, que es tan azul como el zafiro,  reflejaban  nuestra cara de vértigo al vernos tan próximos a él. Más tarde, nos dispusimos a cenar en un restaurante entoldado cuando se celebraba el final del Ramadán. Numerosas familias musulmanas nos rodeaban en sus respectivas mesas y comimos, junto al mismo fuego donde se cocinaba, el típico kebab y el pollo con miel, sin olvidar el famoso té turco. Los muecines cantaban sus plegarias desde los múltiples minaretes.

   Nos despedimos de Turquía en una fiesta típica a la que fuimos invitados. Los derviches danzaban sin cesar dando vueltas como peonzas con sus faldas blancas y las muchachas bailaban con singular gracia la danza del vientre. Aquella noche fue memorable. Nos invitaron a danzar con ellos y comimos golosinas y bebimos los más ricos licores sin alcohol alguno.

  Regresamos a España con el recuerdo más grato. Siempre miro agradecida a mi arca fantástica, pues a través de su magia me hizo un adelanto de las maravillas de este país.

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