CUENTOS Y RELATOS

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Así habló Sandino

Fui testigo de la primera intervención norteamericana yanqui

La sangre inocente de mi país pigmentaba de muerte la tierra

Puñaladas en el corazón de una patria estrujada a través de la historia

Donde las tierras eran rapiñadas

Donde los ricos se nutrían de migaja en migaja de los pobres

Donde el cuerpo de mis compatriotas adquirían el color y olor de la muerte

Mi puericia transcurrió junto a mi madre con quién trabajaba recolectando café

Donde sufrimos penuria e injusticia.

Un 04 de octubre de 1912 escuché las descargas de fusilería y ametralladoras

                                                                    en la depresión del cerro de Pacaya.

Una lid entre dos mil marines norteamericanos, unidos a quince mil  nicaragüenses     

                                                                       con la felonía de los elefantes marinos

Contra quinientos hombres del General Zeledón.

Una epopeya cual Batalla de las Termópilas

A las cinco de la tarde, ese mismo día, aquél evangelista de la libertad había muerto

No recibió agasajos por su cumpleaños treinta y tres

No recibió un abrazo

No recibió un beso

Partió dejando su última transpiración en el campo de batalla

No dejándose esclavizar por un tirano país mercenario

¡Malditas tropas invasoras!

             ¡Zeledón!

Te vemos cada día abogado

                         Cada día político

                                 Cada día diplomático

                                                 Cada día patriota

En una carreta arriada por bueyes fue llevado su cadáver hasta Catarina 

Donde fue soterrado

De su muerte germinó el destello que me guiaría a luchar

Contra la situación de Nicaragua frente al filibusterismo norteamericano

Dos lágrimas golpearon mi rostro

Un país  donde por las noches se escuchaba el rompimiento de los astros.

Se sentían las ausencias

Todo hedía a muerte

            El pasto hedía a muerte

                   Los animales hedían a muerte

                                   Las casas hedían a muerte

                                             Las personas respirábamos muerte

Y la muerte se moría con el hedor de la injustica

Muchos se ahogaron ante ese mar de fiemo, mar invasor colmado de pez piedra

Cuyos venenos eran las ráfagas malditas, tiradas por los malditos.

Solo tenía una opción, ser uno más de esos tantos fiambres

Privados de sus vidas sin luchar

O morir luchando hasta no ver más mi sombra

Con la bandera de Nicaragua cromada en mi cuerpo

Hasta el último minuto…

              Hasta el último minuto…

                               Hasta el último minuto…

Pablo Antonio Alvarado Moya.

Chinandega, Nicaragua.

19/04/17.

 11:10 P.m.

 

MI MADRE DECÍA (Una de gigantes)

Adrián Néstor Escudero (Argentina)

A los que luchan por la vida.

En especial, a los que, como mi madre asunta al Cielo, nos enseñaron y ayudaron a vivirla…

Y muy en particular, a  Eunate Goicoetxea (Directora Editora de la REVISTA LUNASOL – USA/España): amiga en la poesía de la Vida y hermana en la Fe y Humanidad. En su homenaje, en este DÍA DE LA MADRE ESPAÑOLA, llamado a sacralizar la existencia hacia un Milenio de la Paz; y a quienes, como ella,,  son sagradas  mujeres sembradoras de auroras, hortelanas de esperanzas, líderes de una caravana de hombres ungidos por el Maná de la Palabra y cuyo vuelo es un racimo de Pájaros en Libertad ofrecida por la “Verdad verdadera”.

Dado en estos días pascuales en los que  Jesús Resucitado renueva en nosotros su compromiso con la vida y para la Vida, haciendo con su amor infinito a la vida bella, porque la Vida es Bella….

          Con gran afecto…

Adrián N. Escudero (Santa Fe, Argentina)  – 30 Abril 2017 (Fiesta de la Virgen María de Guadalupe en Santa Fe de la Vera Cruz – Argentina: Madre de la Divina Misericordia en la Fe, la Esperanza, la Alegría y las Buenas Obras en Cristo Jesús –  Basílica Nuestra Señora de Guadalupe)

   Era éste un mundo extraño. De gigantes.
   Y no me cansaba describirlo.
   Mi madre decía que yo era un chico inteligente. Muy inteligente. Y sufría al decirlo.
   Sus razones eran humanas y dolorosas al justificarse: que yo era el mayor de todos mis hermanos y, además, el hombre de la casa. No había más remedio, pues, que salir a vender. Y ella sufría y revolvía mis cabellos al dame la bolsa diciéndome, Carlitos, sos un chico inteligente, muy inteligente, pero no puedo, no tengo otra salida…
   Y retorcía su rostro y se descomponía anudada por esa tos aciaga, que la quebraba en dos, como a esas cañas salvajes que yo veía desmayarse a la vera del río Salado, con el vaivén costero del viento desbandado por el húmedo y ceniciento calor de enero. Viento roto y ríspido. Punzante y polvoriento. Plumero sonso y eficiente del puente del ferrocarril que acortaba distancia por el bajío del valle de inundación con que, Santa Fe y Santo Tomé, mis ciudades de sábalos barreros, chijíes amarillos y gorriones tostados, se hacían amigas…
   Un mundo extraño, éste. De gigantes.
   Como aquella fantástica mole maciza de hierro y humo leñero que patinaba por el puente largo y crujiente. Estrepitoso y ronco. “Don; ¡tire dié…!”, gritaba yo. “¡Tire dié…!”. Y una lluvia de centavos brillantes me dejaba feliz y hundido hasta las rodillas en el lodazal de aquel valle de los pobres…
   Ah, pero también muchas veces lo había hecho. Eso de tenderme panza arriba y mirar el cielo, y mirarlo. Mirarlo. Con el susurro de un pensamiento exhalado por mi alma errante, arrobada por aquella inmensidad sin límites de espacio o tiempo. Para despojarlo, si la ocasión lo aprobaba, de aquellas coronas de nubes glotonas, que yo deshojaba como a pétalos de cualquier flor (porque todas son hermosas), para vestirlas de ángeles buenos y serviciales…
   La bolsa a un lado.
   Terminaba siempre riendo. Crecer y amodorrarme hasta fundirme en la tenue marea azul de lo Alto, era un sublime placer. Trepado a ella, yo también era un gigante.

   Pero ahora estaba bajo el árbol. Y fue como una escalera.
   Comencé a crecer desde sus raíces y me precipité enhiesto y corpóreo hacia el océano espacial. No sé dónde dejé los ojos; pero, por algún lado, yo miraba. Miraba el cielo. Mi cielo.
   Fue increíble derramarme en cada rama. Y penetrarlo a brazadas seguras y firmes, con mis brazos nuevos, de gigante estrenado… En silencio, con todos los sonidos de mis tristezas y angustias difuminadas por el eco pacífico de sus olas mansas.
   “¡Vago! ¡Vago!”, me gritó de pronto. Entonces, desperté.
    “Vago de m…!”, repitió.
   Claro, aquel torpe vecino de cuadra jamás comprendería… Jamás entendería el secreto hablado y habido en la flor de los duraznos. Tampoco el valor de los diamantes cristalinos que titilaban en mi cielo…
   Corrí entonces hasta el barrio de casitas blancas contiguo a la villa. Tenía que vender. Por suerte, la bolsa seguía a mi lado.
   Allí también habitaban los gigantes. Como cercando a mi cielo, a mi rancho frágil y a mis cañas salvajes; a mi viento portentoso, mis trenes fogosos y puentes de acero burilado; y aquel árbol centenario y bueno que… (Más joven, claro, que el Algarrobo Abuelo de Antonio Agüero, mi después Poeta de las Cosas Simples y Valederas. Sanluiseño, él. Más argentino que yo, sin duda, a pesar de sus ancestros españoles… Los míos; bien criollos. “Hijo, que hay negrura que no es barro; que esa no te la puedo sacar… Somos de raza, ¿sabés?”. ¡Qué iba a saber!).
   Sólo que allí crecían en fila. Hablo del Barrio. De aquel Barrio… Ordenadas las casas, ordenados los árboles, ordenadas las veredas, ordenadas las calles (aún más gigantes que mis zanjas de aguas rústicas y putrefactas), ordenados los autos…

   Golpeé la puerta.
   Tuve un susto cuando su porte lustrado desperezó un ojo metálico y vivaz. Un chispazo de terror apenas.
   Luego, sentí como un agitado trotar tras los muros de la casa. Y un grito agudo. Un grito de semilla de gigantes. Un grito de aquellos críos que, cuando crecen, vuelven a poblar a este mundo de gigantes…
   “¡Mamá!” –pude escuchar claramente. “Es uno de esos chicos pobres que venden cosas”. “¿Y qué vende, hijo?” “No sé. Pero tiene una bolsa”. “Bueno, ya voy… Decile que espere un poco; que ya voy…”.
   Y fue así como entre el espanto y la audacia pude ofrecerle lo que llevaba. Era una amable señora la que atendió. Una gigante hembra y de lo más extraña; porque todo lo que hay en este planeta me parece extraño. Vivo en un planeta extraño.
    Es que lo que ella notaba sería fácil de describir (y no me canso ahora de hacerlo). Pero claro que, para mí, fue entonces más difícil imaginarme como ella me veía: negro como soy y colorado como un tomate.
   Sí, me observó de cabo a rabo (una expresión que tomo, lo confieso, de mi tío, el intelectual de la familia). Así como yo miraba al cielo, así me miró.
   Hasta que una mueca extraña, como extraño el planeta, le curvó los labios rojos, rojos, recién pintados quizás y semiocultos aún por la ceniza volátil del cigarrillo que hormigueaba entre sus dedos finos, nerviosos y enmantecados.

   No compró nada. Dijo que eran caros. Y que mis padres no sé qué.
   Yo tomé la bolsa y me fui.
   Detrás de ella, el crío sacó una lengua llena de dulce de leche de entre los dientes, y se burló.
   No entendí nada. Como no entendía al inmundo (perdón: torpe) vecino de mi cuadra villera que me decía “vago”.
  De todas formas, aquel mundo era para mí un mundo extraño. De objetos y seres gigantes que no podía comprender ni alcanzar. Excepto con mi voz, o con mi mente, si prefieren…

   El sol terminaría aquel día (como todos los días), hundiéndose entre las cortinas verdinegras de las quintas aledañas, y yo comenzaría otra vez a mirar el cielo (mi cielo), ahora estrellado y entramado por inciertas ecuaciones de vida. Y sabría cuánto y de qué modo había navegado mi planeta hacia Dios. De algún pequeño inmigrante (gigante bueno) -primo marinero- lo había aprendido (Aunque, ¿saben? No sería de él sino de mi madre de quien heredaría el mejor de los tesoros: la fe en Dios -donde estaba papá-. Creo que eso, finalmente, me salvó. Estoy seguro).
   Aquella noche hubo sopa de arroz. La luna prestó la luz que nuestros viejos candiles no pudieron dar (porque el almacén de la esquina ya no fía más velas).
   Lo cierto es que, entre sueños, volví a escuchar.
   Mi madre decía que yo era un chico inteligente. Muy inteligente. Y sufría al decirlo.
   Quizás por la manera de referir yo todas estas cosas. En la sobremesa. O en su regazo, más tarde. Nunca lo sabré.
   Pero sí; tal vez mi madre tenga razón y sea yo un chico inteligente. Cuando cumpla seis años y vaya al colegio, dejaré de vender limones, y escribiré un libro…
   Seré un gigante.- 

 Digo: No soy Poeta en el formal sentido de la palabra; pero me atrevo a serlo narrando la vida y con los ecos antepasados de mi ardor andaluz, en la búsqueda de su Poesía en Acción).

 

Historia del árbol que quiso ser pájaro
María Sánchez Fernández

      Vino al mundo en los comienzos de la primavera, cuando el ambiente es voluble y caprichoso y deja su huella soñadora en las criaturas y en las almas que empiezan a formarse.
      Nació pequeño y débil al mismo borde de un gran precipicio.
      Su madre, una hermosa y vieja raíz que por esos lugares andaba, quizás buscando libertades que siempre le fueron vedadas, le alumbró allí, ofreciéndole el más maravilloso de los regalos: la grandeza de un claro y verde valle.
      Creció muy lentamente, y, desde los primeros esbozos del gran árbol que más adelante sería, fue alegre y comunicativo. Sus primeras amigas fueron las hormigas, ¡estaba tan cerquita de ellas! Era tan pequeño que casi rozaba el suelo.
      Miraba curioso  a un gran hormiguero  que desplegaba toda su actividad cerca de su mismo pie. Las veía ir y venir, sin detenerse jamás, a no ser que cambiaran algunas impresiones entre ellas. Les acuciaba la prisa, y siempre iban cargadas con enormes pesos que soportaban  yendo en pequeños grupos y a veces en solitario.
      En una ocasión pudo observar a una de estas hormigas que trataba de arrastrar con grandes esfuerzos el cuerpo de un enorme escarabajo que acababa de pasar a mejor vida. Recorría un corto trecho y se detenía a descansar. Jadeando, y con un gran suspiro decía así:
      −Esta carga es demasiado para mí sola, ¡pero tengo que conseguirlo!
      El arbolillo la miraba curioso y un poco angustiado por la suerte y la salud de su amiga, y le dijo:
      −¿ Por qué no pides ayuda a tus hermanas?
      Y la hormiga, con palabras entrecortadas por el cansancio, le respondió:
      −He de hacerlo yo sola; mis hermanas están demasiado ocupadas construyendo nuevas galerías y ampliando nuestras despensa. La comunidad  va en aumento y hay que agrandar el hormiguero.
      Ya que hubo descansado y tomado nuevos alientos, fue llevando poquito a poco, sin prisas, pero con tesón y coraje, su rico botín hacia el boquete de entrada hasta conseguir introducirlo en el interior.
      ¡Como las envidiaba! Activas, incansables de acá para allá, y él siempre tan estático. Nunca se movía, a no ser cuando a veces jugaba con el aire.
      Creció con el tiempo, y poco a poco aquel hormiguero se fue haciendo ante su vista tan pequeño que ya apenas podía divisarlo. Añoraba a sus activas amigas; sus idas y venidas y esos brevísimos diálogos que con ellas entablaba.
      Alguna que otra vez lo visitaban subiendo a sus altas ramas y le contaban, mientras iban recolectando alguna que otra cosilla, las noticias de allá abajo.
      Al crecer en tamaño y corpulencia, también crecieron sus inquietudes. Miraba el gran abismo que se abría bajo su tronco y se maravillaba de aquella gran belleza. Los colores rivalizaban entre si, y a veces se mezclaban como en una enorme paleta que estuviera dispuesta para que los pinceles del mejor de los artistas creara la más hermosa obra de arte.
      Toda la gama de verdes estaba allí, exultante; desde el verde-plata del olivo, al oscuro, casi bronce, de la acacia; el verde tierno del trigo recién nacido y el verde amarillento de los sauces, que acompañaban llorando, no se sabe si de gozo o de melancolía, todo el curso del gran río. Los tonos violáceos se sucedían desde las brumas lejanas de la serranía, hasta las pequeñas violetas y lirios silvestres que crecían por doquier. Grandes manchas rojizas y amarillas salpicaban el paisaje. Eran macizos de amapolas y jaramagos.

     Nuestro árbol lloraba estremecido. ¡Así era de sensible! Y de tanto y tanto mirar se fue inclinando hacia el abismo, como queriendo tomar parte con su presencia física de aquella visión extraordinaria.
      Sus ramas se hicieron grandes y poderosas, formando una copa compacta y cónica.
      En ella se refugiaban numerosas criaturas, porque a todas acogía con amor. La cigarra, en las pesadas noches de verano, cantaba sobre sus ramas las canciones más interminables y monótonas. Numerosas aves formaron en ella sus nidos, y tuvo el inmenso placer de ser testigo del nacimiento de muchas vidas.
      Fue cobijo y alimento del gusano que genera la seda, viendo complacido como engalanaba su ramaje con preciosos capullos verdes, blancos y amarillos que más tarde se abrirían dejando escapar el vuelo de una mariposa.
      Fue amigo de todos, y de todos recibió sus confidencias.
      Un claro día, vio como un hermoso pájaro sobrevolaba la inmensidad de aquel valle. Lo llamó con un susurro de hojas que el aire movía, y aquella  ave vino a posarse en una de sus ramas.

      −¿Me llamas?, −preguntó−

      −Sí, te llamo porque quiero ser tu amigo. Eres hermosa como ninguna otra ave. ¿Quién eres y cual es tu nombre?
      −Dicen que soy un ave rapaz. Mi nombre es Águila Real.
      −¡Águila Real! ¡Qué hermoso nombre! Ningún otro te hubiera encajado mejor. Tienes la majestad de una reina cuando planeas por el espacio. ¡Cómo te envidio, mi bella amiga!
      −¡Me envidias tú a mí!, pero ¿por qué? Yo tengo que luchar y defender mi nido, mientras que a ti nada te falta; lo tienes todo.
      −Todo lo tengo menos libertad y unas hermosas alas para volar.
      −Cada cual tiene su destino. A mí me fue designado el espacio, las grandes alturas, mientras que tú estás predestinado a estar clavado en la tierra. Los dos destinos, el tuyo y el mío, son hermosos e importantes.

      Y el águila, remontando el vuelo, se alejó confundiéndose en el cielo.
      A nuestro árbol le invadió la melancolía, y cada día le acuciaba más y más su gran deseo de ser un pájaro, y de tanto mirar al vacío se fue inclinando de forma tan alarmante que hasta sus raíces se resintieron.
      Llegó el invierno. Sus hojas amarillearon y cayeron muertas al suelo formando una mullida alfombra.
      Los pájaros huyeron buscando la bonanza de otras latitudes y entonces quedó mudo y triste en su soledad. Únicamente subían a visitarlo de vez en cuando las              hormigas, sus viejas amigas.
      Un día el cielo amenazaba tormenta. Las nubes, grises y oscuras, se agolpaban, y el viento rugía amenazador.
      Nuestro amigo pudo advertir que se movía más que otras veces, y una luz de esperanza se encendió dentro, muy dentro de él.
      De pronto, inesperadamente, un golpe de viento le empujó de tal forma que, sin saber como, se vio libre de cadenas y sus raíces se desprendieron de la tierra.
      Voló y voló por aquel ansiado espacio. Se sintió ligero y feliz y pudo ver más de cerca todo aquello que siempre había admirado durante su larga vida.
      El viento lo empujaba, y como un gran proyectil cayó sobre las aguas, grises y turbulentas de su amado río.
      Él todavía estaba vivo y, henchido de felicidad, se dejó llevar por la corriente hacia un destino que nunca jamás hubiera sospechado fuera el suyo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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