CUENTOS Y RELATOS

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ETERNAMENTE JOVEN

Al inolvidable Elvis A. Presley (1935-1977), in memoriam…

   Uno de sus sueños estaba cumplido: mamá y papá tendrían una mansión y coches nuevos. El camino de la riqueza y la fama estaba trazado. Sé íntimamente en lo que él pensaba de todo esto… Podría haber nacido en el norte o en el sur del planeta. De hecho, había nacido para engendrar el Sueño Americano. Pero…

   (Supuso haber nacido en el sur, y la cifra incalculable de su fortuna unida a la imaginación, hizo el resto para Elvis).

   Ahora, Ella se iba. Con la milicia imperial obligatoria, la había conocido en Alemania durante la segunda Guerra Mundial. Y con un pacto de caballero formalmente asentido, trató de retenerla luego en aquella pequeña y venosa ciudad entrecruzada por una floresta de ríos, esteros y lagunas, que atravesaban o circundaban su corazón campesino, dibujada en una Argentina ya lejana al refugio de nazis aceptados y perseguidos durante casi un siglo.

   Pero no hubo caso. No se puede servir a dos señores… Y Ella se iba.

   Cierto es el que nazismo había sido derrotado por aquel entonces y no hubo tiempo para sujetarla por métodos convencionales. En tanto, su Patria lo esperaba como a un ícono profano para embanderarlo ante el Mundo, así que ni siquiera la devoción manifestada por Ella en aquellos magros, últimos instantes, surtió el efecto deseado. Tuvo que esperar… ¿Casualidad? Pero pudo lograrlo.

   (Repito: supuso haber nacido en el sur, y la cifra incalculable de su fortuna unida a la imaginación, hizo el resto para él).

    Ahora, en un futuro casi lejano y comprado -al módico precio de una imbatible Harley- a un viejo y trashumante pai gurú brasilero (arrinconado eventualmente en las playas azules de la augusta Nación latina convertida, por ese entonces, en ocasional refugio montañés de cierta especie de comunidad germana), Ella pronto arribaría desde la ciudad de Paraná a la estación ribereña de Santa Fe, en un micro que la llevaría a Buenos Aires, para luego, en Ezeiza, partir en avión rumbo a Italia… Hasta Salsomaggiore Terme, cercana a Milán, en la Provincia de Parma, aunque con previa escala en la vaticana Roma de Pío XII y Juan Pablo II.

   Porque –ahora- Ella se iba otra vez de su presencia y memoria, para recalar en la capital de su nativa Alemania recientemente unificada: había unas tumbas que urgía visitar desde hacía tiempo. La de Ella misma incluso, por supuesto; eso, si las coordenadas del tiempo seguían resultándole, como hasta ahora, completamente impredecibles…

   Entonces –lo recuerdo-, al despedirla con un tierno beso en la mejilla, Elvis clamó al Cielo con la misma fe que los había unido, antes y para siempre, en aquel encuentro casual y amoroso de la tenaz Berlín del Ángel Caído… (El tronar de las bombas no lograría apagar el temblor de sus corazones fundidos por la pasión que los consumía).

   Después, susurró algo a su cámara digital 3D-Matrix, rogando en voz baja: “Una última fotografía, Priscilla, per favore”. Ella, correspondiendo, sonrió estremecida por la jocosa imitación del italiano actuada por el dulce Elvis… Es que su campera de cuero negro, relucía. Sus botas de cuero negro, relucían. El jopo de su cabello negro, relucía… Elvis era como un Apolo ébano, precioso y brillante para sus ojos de mar lastimados por las lágrimas…

   Y sucedió. Un inmenso nubarrón de colectivos suburbanos diseminados en el umbral de aquella urbe criolla y litoraleña,  testimonió la hechura de un milagro desesperado…

   Mientras tanto, en Roma, Pasquale F., su actual y amable pretendiente venido desde Ziano di Fiemme, en el Trento, en vano continuaría esperándola para acompañarla en visita a los restos de sus padres. Sólo los bolsos y maletas (y un húmedo rocío invernal santafesino adherido a ellos) llegarían aquel día de julio al fogoso aeropuerto de la ciudad de los Césares…

   Sí, de alguna forma, la humanidad de Priscilla -toda Ella- había quedado atrapada por él e incorporada, en carne y huesos, tras la radiante imagen fotográfica que le sonreiría, ahora y para siempre, en el mágico –neutrónico- autofocus de su exclusiva NIKON D200/6-N.

   Entonces –lo recuerdo-, palmeé a Elvis con suavidad y, sonriendo, le dije como en susurros para descargarlo del extraño peso de su guitarra viajera: “Vamos, boy; que ya tienes otro tema para un nuevo rock and roll”…

   Y, a pesar de la nostalgia depresiva que lo caracterizaba y que terminaría endrogando una envidiable existencia, acarició su mágica cámara fotográfica, sonrió también junto a Ella, hizo clic, y desapareció de mi  lado. Eternamente joven… Lo juro.

   (Muy cerca de ahí creí sentir el rugido de la vieja Harley montada por el ruinoso cuerpo de tez cetrina y  larga, cenicienta caballera del astuto brujo brasilero, escapado de las costas uruguayas de Piriápolis y adoptado por estos pagos litoraleños, que tampoco dejaba de sonreír. También él, ahora, aunque –en su vejez- eternamente joven. Lo juro)

ADRIÁN N. ESCUDERO (Santa Fe, Argentina), 19/21-07-2006. T.a.: 22/23-07-2009 y octubre 2017. Para: ARISTOS INTERNACIONAL.-
  Integra el Libro EL EMPERADOR HA MUERTO (Y Otros Cuentos) – Editorial DUNKEN SRL (Buenos Aires, Argentina) – 2017/2018.-
  Publicado el 11-09-2009 en el Magazín virtual MUNDO CULTURAL HISPANO (Círculo literario del Ateneo de Alicante – España). Director: Denis Roland Jurado. El 07-08-2006 fue publicado en dicho Magazín en versión microrrelato.

EL CONCERTINO
María Sánchez Fernández

                                         Sonó el despertador. Todavía con los ojos cargados de sueño lo desconecté y me quedé relajada unos minutos. Me levanté, descorrí los visillos de la ventana y vi que los cristales estaban empañados. En la calle debía de hacer bastante frío. Quité con la mano el húmedo vaho y advertí que caían unos minúsculos copos de nieve que no llegaban a cuajar ni en el asfalto ni en las ramas de los árboles. Los pájaros estaban felices bajo aquella llovizna blanca.  Revoloteaban…,  se  perseguían…,  piaban…, picoteaban en el suelo algún pequeño copo sin derretir creyendo que era una golosina para después remontar el vuelo y posarse en una rama desnuda.

      Me di una ducha de agua bien caliente, me vestí, y me dispuse a salir para ir al trabajo después de tomarme un café con  leche bien cargado.

      Como todavía era temprano y tenía tiempo suficiente, me dispuse a dar un paseo por el casco antiguo de mi ciudad  callejeando  por  sus  recoletos  rincones.

      Oí una música lejana que se iba acercando conforme  iba avanzando en mi camino.

      Sentado bajo el dintel de piedra de una casona antigua y protegido de la intemperie por el saliente de una gran balconada, vi a un hombre tocando un violín con aspecto de vagabundo. Sus ropas así lo confirmaban. Vestía pobremente pero con extremada pulcritud.  Una raída pelliza lo abrigaba y se cubría la cabeza con un confortable gorro de lana.  Junto a él tenía una gran mochila que contenía sus pertenencias, el estuche de un violín y un saco de dormir perfectamente plegado. Era una persona de edad indefinida, más bien avanzada, sin llegar a ser anciano. Alto, enjuto, de pelo cano, tez muy morena tostada por el sol y unos ojos increíblemente azules. Le saludé con un gesto de la mano y un esbozo de amigable sonrisa. Él me respondió de la misma manera.

      Su porte, a pesar de su miserable apariencia, era el de una persona extremadamente atenta y cultivada. Tenía frente a él, en el suelo, un canastillo en el que recogía las monedas que la gente ponía con sumo cuidado y respeto. Él lo agradecía con la amabilidad de una sonrisa y una leve inclinación de cabeza.

      Aunque era temprano, y a pesar del frío y del mal tiempo, las calles ya estaban animadas por la apertura de las tiendas, de los centros comerciales,  por las personas que iban a sus trabajos, a la compra diaria, a llevar a los niños al colegio, también de turistas madrugadores o simplemente, de esas personas más desocupadas que gustaban salir a hacer ejercicio o a pasear por estas calles nuestras que, en la mañana, invitan a ello.

     Me detuve para escucharle y nunca me llegó tan dentro  la voz solista de un violín.

     Interpretaba a Vivaldi con tanta delicadeza que esas notas calaron  muy dentro de mí.

     En el alero del tejado, a pesar de la llovizna, multitud de gorriones  y de palomas asomaban sus cabecitas para mirar a aquel hombre que hacía brotar preciosos trinos como si fueran  pájaros. Algunos daban una escapada y lo sobrevolaban o se posaban en el suelo, sin temor alguno, regalándole con su arrullo o sus piares un amistoso saludo.

     Le dejé unas monedas y seguí mi camino, pero a la mañana siguiente allí estaba yo confiada en encontrarle de nuevo para poder disfrutar y escuchar a este virtuoso de la música. Era un gozo indescriptible comenzar el día con aquellas melodías que arrancaba de las cuerdas de su violín

     Siempre fui su primera espectadora, aunque cada  mañana se iba ampliando el grupo de amantes de la música. Creo que todos pensaban como yo. Robaban unos minutos de sus quehaceres para aplaudir y gratificar a aquel hombre que tanto bien hacía a las gentes que transitaban por la calle. Aquel lugar se convirtió en un pequeño auditorio en donde nunca faltaba alguien para escuchar y aplaudir

     Tan numerosos fueron los días en los que fui a escucharle, que acabamos por hacernos  grandes amigos. Una mañana lo invité a desayunar en una cafetería cercana, y mientras nos tomábamos un café con leche y unas tostadas me contó, sin yo preguntarle nada, algunos retazos de su vida con una voz pausada y grave y con  marcado acento extranjero:

     ─ «Vengo de un país lejano donde la música es culto para la mayoría de sus gentes. Nací en el seno de una familia de clase acomodada donde el amor por el arte y la cultura en general era primordial. Me dieron una buena educación. Estudié en el Liceo, pasé por la Universidad donde hice licenciatura en Bellas Artes y más tarde ingresé en la Escuela Superior de Música donde alcancé lo que fue mi gran pasión: la dedicación a la Música.

      Cuando terminé mis estudios de violín llegué a formar parte de una gran orquesta sinfónica de mi país siendo integrante en la cuerda de violines primeros. Más tarde llegué a ser el Concertino. Mi ilusión llegó a su cenit. Hacíamos giras por todo el mundo y el prestigio de nuestra orquesta era sublime. ¡Cuánto añoro aquellos días de triunfo en que el público, de todas las razas y credos, y que asistía a nuestros conciertos, aplaudía de pié enfervorizado! ¡Cuánto añoro la cara y el gesto del director cuando me daba la entrada con su batuta para que iniciara mi intervención!  ¡Cuánto añoro a mi alma perdida en la música, sabiendo que aquello que yo interpretaba en forma de éxtasis divino, se elevaba y elevaba hasta hacerla entrar en otras almas tan elevadas y perdidas en la música como lo estaba la mía!

     Todo aquello terminó. Toda dedicación, todo entusiasmo, todas las ilusiones se esfumaron  como  un  suspiro en  el viento.

     Hubo una gran revuelta política que repercutió en varios países, y la orquesta se disolvió como se disuelve la sal en el agua. Fuimos perseguidos la mayoría de sus componentes viéndonos obligados a huir para arribar en otras partes del mundo. Todos nos disgregamos y no hemos vuelto a vernos desde aquellos tiempos felices en que la juventud y el apasionamiento nos elevaba a unas  dimensiones realmente alcanzadas por  nuestro joven  enardecimiento

  Aquella bendita hermandad se rompió de la forma más cruda y cruel. En mi caso me gané la vida tocando el violín, mi inseparable amigo, en las estaciones del metro de grandes ciudades, como Nueve York, Moscú, Pekín; en parques y jardines, en fiestas de gentes caprichosas que me contrataban como una atracción más. Después seguí mi camino como músico ambulante. Ahora estoy aquí, en España, y en su hermosa ciudad, que tanto admiro, como antes lo estuve en Francia, en Italia, en Grecia… Mi existencia es nómada, bohemia, y vivo gracias a la sensibilidad de la gente que gusta escucharme. La música es el gran don que Dios ha regalado al hombre. Al hombre y también a los animalillos que se paran junto a mí, y muy quietos, me miran con sus orejitas atentas y a veces se me acercan con zalamerías  para regalarme con su lengua siempre  pronta a la caricia.

     Aquí estaré algún tiempo hasta que éste se me agote por el puro cansancio y hastío de las buenas gentes que vienen a escucharme. Iré a otros lugares donde estoy seguro que también seré bien acogido.»

     Yo le prestaba atención extasiada. Nunca interrumpí su relato con una pregunta impertinente y fuera de lugar ¿Cómo era posible que una persona de su gran valía pudiera mendigar? Si éramos  nosotros, sus oyentes, los que éramos obligados mendigos de su talento. Allí estábamos, solicitando  una  hermosa  dádiva de su divino arte que él nos obsequiaba una y otra vez, sin cansarse, con una sonrisa de agradecimiento por nuestro aplauso y un puñado de monedas.

     Sí, él nos regalaba, por solo unas monedas, la magia de Sarasate, de Paganini, de Mendelssohn, de Tchaikovky…, de Vivaldi…. Llenaba las plazas y las esquinas de la divina música que se expandía por el aire y empapaba el señorío de nuestras piedras doradas y centenarias; de nuestros rincones exuberantes de cal; de dovelas que enmarcan dinteles de casas solariegas; de símbolos hebreos en los barrios de la judería; de  rejerías y cancelas de hierro forjado; de  puertas mudéjares insertas en sus corroídas  murallas árabes; de nuestros alfares que exhalan por la boca alta del techo de sus hornos el aliento de nuestra antigua morería

    ¡Dios mío, qué donación tan preciosa  nos hiciste al traernos a este hombre con su música a esta ciudad de privilegio! A sus calles, a sus gentes, a su alma.

    Terminó el desayuno. Él se marchó a su lugar habitual y yo regresé con algún retraso al despacho. Mi secretaria me saludó un poco extrañada. Estaba acostumbrada a mi puntualidad. No di explicación alguna, no tenía por qué darla, pero mi mente no descansaba. ¿Qué se podía hacer? Vivía en una ciudad con grandes raíces culturales. Hablaría con Asociaciones, con autoridades, con personas influyentes para que se pudiera organizar un gran concierto en beneficio de este singular artista que fue una estrella de la música y seguía deleitando a los pueblos con su arte. Un concierto que lo estimulara, que le devolviera la ilusión y la esperanza.

     Todo fue inútil. La burocracia, el desinterés y la apatía son los grandes enemigos de los grandes proyectos.

     Todas las mañanas nos veíamos y desayunábamos juntos, pero un día no lo encontré. Ya no estaba en su lugar. Se  había  marchado.

      Sentí una soledad sin límites. Me sentía huérfana de aquella música que tanto enaltecía mi alma. También me sentía huérfana de aquel amigo que fue para mí como un regalo del cielo.

      Entré en  la cafetería y el camarero me entregó una nota.

      Ésta decía:

     ─ » Me voy a seguir mi camino errante por el mundo, pero tu corazón sensible siempre vivirá en el mío allá donde vaya»

  1.   V.

      Nunca supe el nombre de aquella persona a quien pertenecían esas iniciales, pero las he hecho grabar junto a un pequeño violín en una plaquita de oro que siempre llevo conmigo.

                                  

MI PRIMERA SALIDA A LA CALLE, SOLO

Por Antonio Coronel (Argentina)

Corría el año de mil novecientos cincuenta y uno. Era la época de la radio, único medio que llegaba a mi pequeño pueblo provinciano natal. La mañana del domingo transcurría luminosa,
plácida. Mis dos hermanos, dos y cuatro años mayores que yo, no estaban; tenían su clase de catecismo o de folclore, no sé. Papá tenía una costumbre serrana, a las once se servía un refrigerio, un vermú decía él, esperando al almuerzo. Tenía una mesa baja, redonda, patas de acero y mesada de granito,los sillones iguales. Ubicada en el patio bajo la parra, desde ahí,dominaba el mundo. Leía el diario y comentaba las noticias a mi madre.
Yo iba y venía en mi hamaca que colgaba de la higuera, feliz, hamacando mis seis años.
Papá me llamó y me propuso: ¿negrito, te animás a ir a la carnicería de don Carmelo? ¿y me traés unos chorizos?
-¡Si papá!; contesté resuelto.
Ya en la vereda me asustó un poco ver que las calles eran tan grandes.
Tenía el mandado bien aprendido: tres cuadras derecho,doblar a la izquierda, a media cuadra el negocio. Pedir los chorizos especiales, cuidar el vuelto y regresar, más fácil que más
fácil. Y el dinero apretado en mi mano.
Mi corazón latía fuertemente mientras cruzaba las esquinas mirando para ambos lados, no sé para qué, si nunca venía nadie. Salvo algún carro o una bici. Un perro me saludó con alborozo mojando mis rodillas con su nariz húmeda, pero yo iba concentrado recordando las
consignas. La mañana era feliz.
Don Carmelo reinaba detrás del mostrador, tuvo que asomarse para abajo para verme y escucharme: ―fuerte que no te escucho‖, gritó el viejo, eso me apichonó un poco.
A la salida, apretando el paquete contra el pecho, (era el tiempo en que las compras se envolvían en papel), y en la mano bien apretado el vuelto.
Ahí cometí el error que cambió todo lo que venía haciendo bien. En la puerta de la carnicería, miré ambos lados y dudé un poco. Decidí que era hacia la derecha; ¿Era a la derecha? volví a dudar, bueno, veremos en la esquina. Doblé en la esquina y me encaminé mirando ahora las casas, pero no había tenido la precaución de recordar ninguna. El perro amigo no estaba en la vereda; se habrá ido adentro me dije y seguí adelante.
Se me paralizó el corazón; ¡hice las tres cuadras; y mi casa no estaba!
Había unos chicos jugando, pero ni loco les iba a decir que me había perdido. Doblé y caminé buscando algo que me orientara, nada de nada. Una cuadra más, ahora estaba al borde del llanto.
Encontré un gran edificio con entrada para colectivos, algunos autos estacionados en fila de costado. Suspiré hondo, me quedé parado sin saber qué hacer, el tamaño del edificio de enormes ventanales me daba miedo.
Divisé a un gordo parecido a mi papá al lado de un auto.El gordo se acomodaba los pantalones como hacen los gordos (como lo hacia mi papá), lo enfrenté y de cara al sol le dije; -me
perdí-
-¡Ahá!, te perdiste -contestó el gordo- ¿y vos quién sos?,
¿dónde vivís?, ¿cómo te llamas?-
-Me llamo Tonito Coronel, soy hijo del gordo Coronel y no
sé donde vivo-
-¡Ahá!, el gordo Coronel, ¿ese gordo panzón?, dijo el gordo sonriendo.
¡Si! -dije yo con algo de alivio-
-Subí que te llevo a tu casa -había acertado con un taxista

Papá tenía la costumbre de mantener la puerta de calle abierta y desde su trono dominaba quién venia y quién pasaba.
Grande fue su sorpresa al ver que se estacionaba un taxi en su puerta y descendía yo del auto y atrás mío el gordo taxista.
Fueron saludos, abrazos y palmoteos entre ambos.
El gordo taxista cobró su viaje, con un vaso de vino tinto.
Desde mi estatura pude ver como el líquido de color rubí oscuro, fue desapareciendo en la boca del taxista.
-Muy bueno el vino, Gordo, gracias, acá te traje el hombrecito-dijo.
Las madres son madres y la mía parada en la puerta de la cocina distinguió mis labios apretados y mi cara seria, apretando el paquete contra el pecho.
Me llamó, tomó el vuelto hecho un bollo y todo transpirado de mi mano.
-Vení, tengo que hablar con vos- dijo y me llevó de la mano. Cerrada la puerta, se sentó y me atrajo a su regazo, y
yo…
y yo lloré abrazado a ella.

 

 UN SERRUCHO DE HOJA CURVA
Graciela Irma Martín

Noche tras noche el sueño del viejo era interrumpido por los golpes en la puerta de entrada, siempre a la misma hora. Ese día, cuando los llamados se hicieron muy insistentes decidió abrir. La escena, aunque repetida parecía tener algo nuevo. Ella traía una actitud distinta, como dispuesta a escucharlo.
Él tomó coraje y antes de que la muchacha desapareciera le dijo:
– Por favor no se vaya, esta vez debe creerme, Ud., es un fantasma.

Elizabeth no contestó, escondió su enojo, retrocedió, giró sobre sus talones y se alejó por el camino que se internaba en el bosque. Ella conocía bien el lugar, había nacido ahí, había jugado entre esos árboles, había corrido entre las malezas durante los años de la infancia. Todo le era muy familiar y el camino la llevaba, inexorablemente, hasta un punto del pasado. Después de andar un largo rato se detuvo y se sentó sobre la rama seca de un árbol, entonces un recuerdo la atravesó como una ráfaga helada: exactamente allí estaba ella, adolescente, con su mochila cargada de cartas que hablaban de un amor eterno. ¡Como si eso existiera!- pensó.

Sin embargo recordaba claramente los rasgos de aquel joven y su empecinado enamoramiento, entonces sonrió por el recuerdo; después empezó a sentirse inquieta, ansiosa, como si algo estuviera a punto de revelarse. Sacudió la cabeza para ahuyentar los miedos y siguió trepando por la colina, una vez más de las tantas veces, hasta alcanzar el sitio que aunque en ese momento no lo supiera había marcado su existencia.

Nuevamente las imágenes se amontonaban desordenadas y confusas. Eran ramas, hojas secas y la copa de los árboles moviéndose sobre su cabeza en un remolino absurdo y como un destello de la memoria una forma bien definida se repetía mezclándose entre las demás. Era un serrucho de hoja curva, que sobrevolaba el follaje con movimientos circulares que sesgaban  todo lo que encontraba a su paso.

 Por un momento Elizabeth se sintió agobiada por ese juego que le hacía la memoria y las palabras que le dijera el anciano hacía un instante parecían acompañar toda la escena con una letanía macabra… “Ud. es un fantasma, Ud. es un fantasma…” Estaba asustada, entonces en una carrera alocada logró llegar hasta el rellano y allí se detuvo para recuperar el aire.

Un estrecho sendero parecía invitarla a que lo recorriera y su instinto le marcaba que debía seguirlo. Anduvo un trecho, hasta que le llamó la atención una pequeña cruz enclavada entre dos rocas. Se paró para observarla e imaginó que alguien la había puesto en ese lugar como una ofrenda, tal vez a un ser querido. Sentía que el temor que la había acosado hacía unos minutos ya había desaparecido casi por completo, entonces se arrodilló ante la cruz. A un costado había un charco de agua, se inclinó para mojarse las manos y refrescarse y pudo ver cómo se reflejaban las ramas de los árboles, pero en ese instante no percibió un detalle revelador.

Algo la empujaba a regresar, tenía que volver a ver al viejo sin importar si estaba loco (debía estarlo si la había llamado fantasma). Ella necesitaba que él le diese alguna pista; algún detalle del porqué de ese imperioso deseo que la llevaba a  golpear la puerta de la casa que él habitaba; algo que le revelara la razón de sus sueños repetidos, de su necesidad de regresar cada noche a ese lugar. Pensó que al fin y al cabo él siempre había vivido allí y seguramente conocía todos los secretos de los que por ahí rondaban y ella era una más de los habitantes de las colinas.

De pronto, un escalofrío le erizó el cuerpo. Sintió un filo cortante sobre la espalda y después otro y otro partiendo su carne, rasgando sus huesos, marcando el dolor en cada pedacito de su cuerpo, hasta que al fin ante sus ojos atormentados la luz del sol se hizo noche. Todo pasó en un tiempo tan corto como el que separa los latidos del corazón, entonces se sacudió el pánico y corrió en dirección a la casa y cuando le faltaban unos pocos pasos para llegar, lo vió                                                  

El anciano la estaba esperando en la puerta. Sus ojos parecían ver más allá de lo visible y cuando estuvieron frente a frente él dejó que su voz, leve y vacía, saliera de su silencio para murmurar:

-¿Encontró el lugar? Fue mi nieto

-¿Qué lugar? ¿De qué habla?- preguntó Elizabeth

-El sitio exacto, donde está la cruz, bajando la colina. Fue allí, la cruz la hice yo, para Ud.

-Sr., no entiendo a qué se refiere, por favor sea más claro, hoy me ha dicho algo que me hizo pensar que no está en su sano juicio ¿Ud. insinúa que debo creer lo que dice? ¡Eso es un disparate y yo necesito que me ayude, estoy desesperada!

El hombre la miró con compasión y dijo: 

-Señorita, yo no lo insinúo, se lo aseguro. El serrucho era mío, con ese yo cortaba las ramas de mis árboles y el día que desapareció de mi tallercito, supe que él se lo había llevado. Mi nieto creía que el amor era eterno y nunca pudo aceptar que Ud. lo hubiera olvidado, la esperó siempre. Desgraciadamente, ese día yo no pude detenerlo, él parecía haber perdido la razón.

Elizabeth lo miró fijamente, vio sus profundas arrugas y las marcas del dolor dibujándole la cara, entonces todo le llegó con una nitidez inesperada, como si estuviera mirando una película, cada golpe, cada caída, cada grito desesperado. Bajó la mirada y en un susurro dijo:

-¡Pero lo nuestro había sido un amor de verano! ¡Éramos solo dos adolescentes!

-Así es, pero él siempre creyó que el amor era eterno-balbuceó el anciano.

El hombre retrocedió y entró a la casa. Se acercó a la ventana y la vio esfumarse, sabía que ya no volverían a despertarlo los golpes en la puerta, los fantasmas deambulan hasta conocer el principio de su existencia y Elizabeth ya lo había encontrado.

 

 

BIOGRAFIA: `EL ABUELO‘- Ángel Custodio Villaverde –
María del Carmen Villaverde de Nessier

En un pueblo pequeño, San Julián de los Prados, llegando a Oviedo, apenas un día antes  de finalizar septiembre; nació el abuelo, siete años faltaban para comenzar el siglo XX. Hijo de Evaristo Villaverde y de María González.  

Una calle de piedras llegaba hasta la casa y esa noche un ángel con ansias de viajero, entró por la ventana. Ángel fue el nombre que eligió la madre, Custodio; dijo el padre, y en sus ojos de cielo guardaba miles y miles de recuerdos de otro pueblo, su pueblo de niño con un angelito tallado al frente de la pequeña capilla de piedra.

 Ángel fue el penúltimo de los hermanos y apenas pudo correr se escapaba por las calles con el más pequeño, en busca de manzanas y  grosellas. Aún muy pequeño, comenzó la escuela; iba contento con su atadito de libros y cuadernos; de  regreso le traía siempre a su mamá castañas y manzanas del caminito viejo de tierra colorada.

América era un nombre que sonaba en el pueblo…

Después de la primaria vivieron en Oviedo, allí estudió en un colegio poli­técnico. El gas era `lo nuevo’ y en sus instalaciones se especializó  el abuelo trabajandp en la Sección “Gas” de la Sociedad Popular Ovedense.

Dos hermanos mayores, Alfredo y Germán, habían partido a América. A él tam­bién le gustaba la idea, pero… ¡tenía tan pocos años…! A los mayores la mamá y el papá los habían dejado partir siempre esperando el regreso ; a él no le da­ban permiso… ¡Tres hijos para América…!

Un día, de otro mes de setiembre, decidido y con el llanto escondido en el corazón, partió para Vigo a trabajar y perfeccionarse; allí estaba bien cerquita del puerto…

-«¡Angel mío!», le había dicho la mamá, «¡no te vayas para América…! y, si te vas regresa, no te olvides, regresa, que no quiero perderte».

 Se abrazaron, abrazó también a su papá y a los hermanos… Entonces no supo que era la última vez.

En Vigo primero trabajó y después de algunas peripecias para concretar el viaje, tomó un barco, el “Highland Scot” de la Compañía Nelson Steam Navegation, que hacía días pitaba en el puerto. ¡Qué largo viaje hacia la otra orilla del océano…!; imaginaba…, re­cordaba, sentía realmente ese desprendimiento, además, estaba solo… y lejos… con un mundo gigante y desconocido para `aprender a caminar de nuevo’.

   ¡Llegó a Buenos Aires por fin…!, encontró allí a su hermano Alfredo que tenía una imprenta, pero no se quedó, quiso ver otros pueblos y viajó a Santa Fe para encontrarse con su otro hermano.

 Corría el año…..19113, como dicen las historias `históricas’ en los libros; el abuelo tenía apenas diecinueve años…    

El país recibía inmigrantes de todas partes. Había guerra en Europa… Los que llegaban aquí, sin familia que los recibiera, muchas veces la pasaban muy feo.                                                                                            

Angel se quedó en Santa Fe, en un pueblito: SAN CRISTOBAL, lugar con «PUERTO» ferroviarrio, sin montañas…, sin río, sin manzanas ni castañas para “atravesar las mañanas del pueblo “  ¡Nada que ver con Asturias…!, …tierra gris…,esta, un  hilo de agua en el arroyo, muy lejos… y alargadísimos atardeceres en horizontes inmensos…

Se proseguían entonces las vías del ferrocarril hacia el norte, donde `La Fo­restal’ estrujaba el quebrecho sin respuesta. En San Cristóbal y en una estancia señorial, se habían asentado algunas familias inglesas ( de la COMPAÑIA DE TIERRAS, un nombre para hacer preguntas), época de carruajes, trajes espumosos y sombreros. Allí se quedó el abuelo y enseguida se hizo querer por toda la gente en el pueblo. Su otro hermano, Germán, se había ido más lejos, Tostado era el pueblo. Se veían muy poco  pero de alguna manera los unía la misma tierra que exploraban inquietos y comenzaron a querer así como era.

Cartas a la mamá, al papá, a los hermanos españoles y encomiendas de fin de año con todos los recuerdos; castañas, turrones, almendras, mazapnes y papel humedecido con lágrimas borradas con el tiempo.

–Ya volveré, decía cada vez que contestaba con emoción a la familia describiendo el paisaje de llanura, de estancias inmensas, de ferrocarriles nuevos y de familias italianas, españolas, árabes, inglesas, que como él se estaban afincando en estas tierras estirando esperanzas envueltas en recuerdos.

En San Cristóbal trabajó primero como empleado y luego como socio de una im­portante casa de `ramos generales’; también fue Secretario de la Comuna. Allí se enamoró de Catalina, mujer de grandes ojos claros, elegante, bella, hija de inmigrantes, italianos, alpinos…, para ella compuso el abuelo sus primeros poemas.

Angel Custodio, asturiano de origen, había anclado para siempre en estas tie­rras.Aquí se desempeñó  también como Encargado de Catastro y como Secretario de la Comuna, trabajó también en la Defensa Agrícola siendo durante muchos años, Subagente de la Compañía de Seguros “La Franco Argentina” y Administrador  de la Estancia “Ada” de Susasores de Mainetti y Gavazzi.

Se casó  con Catalina, de sangre Alpina,en San Cristóbal, pueblo para llevar a cuestas…, el 16 de Julio de 1920. Cuatro hijos varo­nes vinieron primero, uno apenas un ángel, se volvió para el cielo. Después vino una hija y con todos, los sábados y domingos, en el auto color caramelo, recorría los campos que había aprendido a querer como a los de su tierra enseñándoles con apasionamiento los nombres de los animales, de los árboles, de los pastitos de todos los tamaños que había que amar porque era la tierra de nacer, de hacer querencia.

Mil historias de Asturias y de América contaba y cantaba el abuelo por las noches, primero a sus hijos, después a sus nietos. Derechito, andariego, dis­puesto, nunca dijo que no… ¿Todos habrán sabido valorar tan augusta presen­cia…?Él murió en estas tierras sin volver nunca más a su Patria, sin besar a sus padres, sin sentir  otra vez el perfume de las castañas, las manzanas, las grosellas.

1 comentario en “CUENTOS Y RELATOS”

  1. Eunate, querida amiga, en la reunión de ayer del Grupo de Estudios «Dr. Leandro Despouy», responsable de la Antología que lleva el nombre del grupo, se leyó el cuento del Dr. Antonio Coronel, extractado por Aristos Internacional de la misma. Hubo algarabía general y gran beneplácito del autor, quien hace llegar por mi intermedio su profundo agradecimiento por el espacio concedido. A título de comentario, el Dr. Coronel es un experto en cuentos de temática fantástica. Saludos cordiales de todo el Grupo. San Luis, 9-11-2017

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