CUENTOS Y RELATOS

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María Sánchez Fernández ( España )

EL RAYO DE LUNA

Un rayo de luna se escapó del cielo y atravesó las negras aguas del mar. Era como un cuchillo cortante que a su paso dejara una herida abierta de intensa luz plateada. Ahondó tanto y tanto que llegó a profundidades insospechadas por él. Allá, en aquel fondo, advirtió que todos los habitantes de las aguas dormían. Escudriñó curioso, y vio qué diferente era aquel mundo del suyo. Él conocía los  espacios abiertos en donde sus amigas, las estrellas, titilaban y, a veces, también se escapaban en vertiginosa carrera hacia el infinito. También conocía las exuberancias de la tierra pero… el misterio del mar; no.

Se movía de acá para allá despertando con su luz a miles de seres asustados que huían despavoridos de aquella extraña presencia. Vio un inmenso coral que movía unos brazos blanquecinos y rojos en los que había prendidos jirones de algas flotantes. Una enorme raya se detuvo, curiosa, a mirarlo para después seguir su camino.

El rayo de luna estaba fascinado, pero también un poco aturdido, él no quería despertar el pánico entre aquellos seres fantásticos, sólo quería conocerlos y ser amigo de todos. Con infinita delicadeza rozó la cola de un gran pez espada  que se hallaba dormido en una oquedad de la roca. Éste se despertó y, algo asustado, se dispuso a atacar, pero vio que ante él no había enemigo alguno sino algo sin cuerpo cuya presencia era muy agradable.

El pez espada preguntó:
— ¿Quien eres tú, que nunca te vi?
— Soy un rayo de luna.
–¿Y qué es un rayo de luna? No puedo tocarte pero a través de ti puedo ver cuanto hay cerca de mí.
Y el rayo de luna sonriendo con su luz más blanca dijo:
— Tengo miles de hermanos y somos hijos de un cuerpo del cielo al que llaman Luna. Esta noche quise escaparme en solitario y visitar tu mundo.
Entonces el pez espada respondió:
— Eres mi huésped, ven conmigo y te lo mostraré.
Y visitaron, a través de las aguas que iban iluminando a su paso, los más bellos parajes que nunca hubiera imaginado aquel visitante que venía del espacio. Montañas vestidas de algas que, en el silencio submarino, parecían ser los fantasmas de aquellas otras montañas alfombradas de pinos verdes y empapadas de rumores que llenaban la tierra y que él conocía tan bien. Estas montañas del mar acogían, en infinitas cuevas, a miles de peces que en ellas buscaban seguridad y refugio. Moluscos de todos los tamaños se adherían a las  rocas abriendo sus conchas rosadas y mostrando en su interior una masa blanduzca que se movía perezosamente acechando alguna presa, y cuando ésta se acercaba ¡zas!, se cerraba herméticamente para engullirla en su interior.El pez espada seguía avanzando abriéndose paso entre las aguas con su gran trompa puntiaguda, y el rayo de luna le seguía fascinado envolviéndolo con su manto de luz. Un banco de pececillos rojos pasó ante ellos haciendo cronométricos  zigzagueos, y un gigantesco pulpo extendía sus abotonados brazos queriendo tocar aquel extraño visitante que se movía entre los personajes marinos.

–Me gusta tu mundo.– Dijo el rayo de luna–. ¿Podrías invitar a mis hermanos?
Y el pez espada respondió:
–Puedes llamarlos ahora mismo, mientras las aguas sean negras. Después se volverán azules y vuestra tenue luz se perdería en ellas

Y el rayo de luna llamó a sus hermanos con su  magnetismo cargado de magia, y al momento todos acudieron en tropel, y con gran algarabía de risas de plata invadieron las negras profundidades.

¡Qué orgía de luz y de colores explosionó en el fondo del mar! Rivalizaban el capricho y la originalidad en la forma de todos sus moradores. Peces alargados, redondos, achatados, de figura esférica o triangular, con ojos enormes y gráciles aletas; otros de cuerpos pequeños y grandes tentáculos; preciosos moluscos de las más variadas formas…, y tantos y tantos colores…, infinidad de colores rivalizaban por su propio protagonismo.

Las aguas se ondulaban vestidas de transparente blancura con el ir y venir de sus millones de habitantes.

La gran fiesta comenzó y todos danzaron con loco frenesí. Grupos de peces dorados trazaban  círculos perfectos en torno a una gran masa de coral que alargaba sus ramificaciones rojizas como queriendo alcanzar aquella maravillosa luz que todo lo envolvía. Otros grupos de peces –siempre en perfecta formación y vestidos con la más exquisita originalidad−, abrían sus salientes bocas cantando burbujas. Un grupo de delfines se sumó al regocijo del momento emitiendo alegres sonidos que acompañaban a una diminuta orquesta formada por caballitos de mar y por oscuras ostras que abrían y cerraban sus conchas con perfecto ritmo, mostrando su intimidad nacarada. Un gran tiburón cruzó rápidamente, sin detenerse, tendría prisa por resolver algún asunto urgente.La fiesta estaba en su punto culminante. La alegría rebosaba más allá de lo imaginable. Los rayos de luna reían y reían, y las aguas del mar nocturno –antes negras y quietas−, se movían alborozadas en sus ondas profundas y blancas.
De pronto, nuestro rayo de luna dejó de reír y prestó atención. Más tarde dijo:
–Hermanos, nos llaman desde arriba. Nuestra madre, la Luna, se retira. Ya baja por el cielo en busca del horizonte.
Todos se unieron en un inmenso haz de luz, y diciendo adiós a sus amigos salieron del mar y ascendieron a la altura mezclándose con los claros rosados del alba.

María Sánchez Fernández
Del libro » El desván de los sueños» 2016

 
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Adrián N. Escudero
LUNA DE CARAMELO
(Santa Fe – 2 de diciembre de 2016)

                     A todos mis queridos amigos, colegas y hermanos en el Maná de la Palabra, hacia la Nochebuena y Navidad de 2016, nacida Ella como Verbo de Luz para la salvación del universo todo
                    Muy en particular, ofrendado a mi padre amado, José Manuel Agustín Escudero (Neneche), a los 25 años de su nacimiento al Cielo (02-12-1991/02-12-2016): por la Misericordia de Dios, intercede por tu familia, y descansa en los brazos del Señor…
En especial, con afecto y admiración, a las amigas en las letras y hermanas en la Fe y Humanidad, Cristina Oliveira Chávez y  Eunate Goicoetxea (Directora Fundadora y Directora Editora, respectivamente, del MAGAZIN VIRTUAL LUNA SOL (USA/España), Barca de Sueños y de Ventanas Abiertas al vuelo creativo de la Primavera de todo Pájaro con Libertad responsable,  suspendido en vilo por el encanto del Maná de la Palabra… 
                                                                                       
“El que obra, conforme a la verdad, se acerca a la luz” (Juan 3, 21)

Navidad es ir al encuentro de los que habitan en las zonas oscuras de las ciudades y compartir con ellos la alegría de su Buena Noticia” (P. Fernando Teseyra, SSP-Argentina)

Ahora, el 12 de diciembre del año del Señor de 2008, “en noche de luna de caramelo”, la Poeta Mayor, Marta GODDIO,  colaboradora del Grupo Alephianos que dirige la escritora Verónica Capellino en San Cristóbal, Provincia de Santa Fe (Argentina), escribió una suerte de poema o prosa poética, que sentenciaba  Dice mi niña que…
  Dice mi niña que la Luna, que esta Luna embarazada de amores nuevos, es una luna de caramelo.
 Que podemos subir a ella si nos animamos a hacer una escalerita juntando de a dos las manos.
   Dice mi niña que hay que hacer la prueba, que hay que animarse, porque de esta escalera nadie se cae. Tan segura lo dice, que yo le creo…
   Parece que es una escalerita invisible, de manos  trenzadas con  la fuerza del misterio.  De a dos.
   Entonces, dice mi niña, que  es muy  fácil: en silenciosa  complicidad esperamos que lleguen los amigos. Esos que  también saben que esta Luna es una Luna de caramelo embarazada de amores nuevos.
   Dice mi niña que hay que hacer el esfuerzo de subir el primer escalón, porque a veces están un poco altos los brazos de los amigos que nos esperan para que apoyemos nuestros talones.
   Y dice mi niña, que también hay que tener paciencia, y ser fuertes, para ayudar a quienes nos sostuvieron a que también puedan subir.
   Allá arriba, hay otros amigos que nos esperan, en el lado de la Luz, no en el de la oscuridad, con los brazos de par en par   para recibirnos en abrazos azules  y       celebrar,y reír…con la alegría de  saborear esta Luna toda para nosotros compartida.
   Entonces comprendo por qué esta Luna, que es de caramelo, y está embarazada de amores nuevos, esta noche  brilla tanto.
   Entiendo por qué estoy aquí, cruzando mis pulgares, transformando en alitas las manos, trenzándolas vaya uno a saber con quién, para que vos  puedas hacer pie y subir  hasta llegar a su centro más brillante.

Y entonces, al punto, un humilde Escriba atrincherado tras la ventana rugosa y abierta de su estudio enclavado sobre una de las cotas más altas de aquella campesina ciudad de la vera cruz llamada, ergo, Santa Fe, La Argenta, brotada no de la sal medicinal de los mares sino de la humedad incómoda y enfermiza con que transpiran sus lagunas y esteros envolventes y coloreados por el pasto agreste de donde salían disparados como fuegos de artificio teros y benteveos chillones…

(… e impotente, tras el agobio de un tiempo demasiado luminoso para su cuerpo blanco y opaco de encierros literarios…, impotente, decía, de expresar sus sentimientos con el talento que sólo alguien Poeta como ella podía poseer para captar esencias en lo temporal e intemporal del cosmos, y ofrendarlo en modo de sublime parábola acerca de los infinitos mundos paralelos que equidistan el complejo entorno de la llamada “realidad”, y que agitan la conciencia y el corazón del hombre a fuer de impensado e imprevisto actor –ora consciente ora inconsciente- en la comedia de existir, para experimentar la teatral (por lo sobrenatural) lucha que ensayan y ejecutan el bien y el mal -como misterio del Misterio que ha hecho todas cosas-, en ese eficaz destierro -apelado “vida”- purificador del libre albedrío, inteligencia y voluntad con que fuera gestado en singular designio de persona filial y semejante al Único que Existe y Crea)

… sólo optó, como exclusivo y excluyente narrador que era, en desearle unas felices navidades y contestar a su amiga, más o menos, de este modo:

   “MARTA: Bellísima metáfora que nos deja en el umbral mismo del Misterio de los misterios: Dios, pronto redivivo en estas Navidades; será su pequeña manita quien primero se estire para elevarnos a la Luz de tu Luna de caramelo. Porque está escrito. «Hay que hacerse como niños para entrar en el Reino de los Cielos»… Una manita que luego, desde un sangriento madero, se transformará en un abrazo abierto a toda la Humanidad que desee rendirse al Amor verdadero para ser verdaderamente feliz, y que por un hueco de voz transida por el sufrimiento y la ofrenda prometerá desde su cruz salvadora. Porque está escrito: “ Y cuando Yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia Mí»

2) Después, el esforzado escritor de naderías transformó esos apuntes febriles en un acuciante relato metafísico, lo plantó en Word, y, haciendo “clic” en “Enviar al destinatario”, se lo remitió con el siguiente pedido: “Querida Marta, Poeta de las Esencias: acabo de leer tu poema “Dice mi niña que…”, y he sido impulsado fuertemente a escribir una suerte de microcuento, aherrojado metafícamente por sus arraigos celestiales y que llevo de inmediato a tu consideración, a fin de que autorices o no su oportuna publicación, pues, dicho poema, es parte sustancial del escrito de marras, el cual he titulado, en su (tu) homenaje: LUNA DE CARAMELO.  Agradecido por tus ofrendas espirituales, te dejo un fraternal abrazo mientras, ansioso, desespero en tu súbita respuesta. Adrián”.-

3) Por último, aquel hombrecillo pequeño como un duende y de pelaje entrecano y casi ciego -llamado casualmente Nic…, – sshhhh; ¡espera!, déjalo para el final…-, archivó el documento y el correo enviado en su directorio -a la deseada vuelta de una respuesta favorable-, y se fue, despacito, como en puntillas de pie y sin que nadie diera cuenta de su silueta sacerdotal, de sus movimientos nocturnos y noctámbulos, sin ecos profanos, allá, en el umbrío Monasterio de una desconocida Botica de Autor, a descorrer precisamente las etéreas cortinas de aquella ventana abierta como una amplia, lúcida plegaria,  y cuyos postigos daban –y a la vez, y por ser parte del latido existencial de lo mágico- a la calle de un céntrico y nocturno barrio recoleto del Polo Ártico (Mirando al Sur) y/o de una villa de emergencia del Polo Antártico (Mirando al Norte), mientras alzaba la vista con rubor de Obispo vestido de rojo y enamorado -como un tal Jesús- de todos los niños –no del Mundo; del Universo-, mientras leía y releía setenta veces siete -con una sonrisa tan generosa (llana y llena) como esa luna (llena y llana) de Nochebuena que brillaba en lo alto cual estrella mesiánica-, aquel poema o prosa poética que su vate amiga había escrito

   Porque asimismo estaba escrito: “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran Luz”…Y “lo eterno entra en el tiempo y el tiempo comienza a ser camino de eternidad”…

… Entonces, “Dice mi niña que…”, texto dócil y polifónico que, nuevamente ahora, en sus trabajosas y tiernas manos de Papá (Nicolás) Noel (De Bari), sería trastrocado de su primitiva armadura de tinta y papel -por la Palabra Esencial que lo embargaba-, en demiúrgica escalera de fe elevada hasta La Gruta Rústica de lo Inefable, para llevarlo en andas, como litúrgicamente, paso a paso, rito a rito y sacramento a sacramento, entre nubes de puro albur, hacia el inescrutable Misterio invocado por la mítica ciudad davínica donde se edificaría el primer cenáculo, el primer relicario donde un Niño en Llanto ofrecería al mundo el Maná de los Ángeles

… Ello, con la seguridad de los que creen poder restaurar almas, sanar heridas y, acortando distancias y horizontes de utopía, tocar el Cielo con las manos y estrecharlas, al fin, con las de aquel Dios Abba simple, curioso y amable, como ese Niño en Llanto (y luego Grande, Pasionario, Absolvedor y coronado en Gloria) también asomado desde el hedor manso y la animal (cálida) clemencia de un establo helado, mas sobre “otra” ventana: la de su gandhiano Portal de Belén-Casa del Pan de Judá (o Ciudad Sin Murallas-Ciudad de Quien sería Pan de Vida para la Vida del Mundo), y que después de la leche tibia de su cordera y virgen Madre (frágil doncella hebraica), y del consecuente refugio tan heroico como carnal del pudoroso José, sonreiría hipostado de gozo al ver las cosas que sus criaturas favoritas (las pequeñas) eran capaces de hacer (humanizándose en silencio contemplativo, y garabateando sin darse cuenta las primicias de una historia, de un evento inaccesible a la razón, como argamasa edificada sobre Roca firme, una verdad de fe fundada con tiernas señales en los humildes de corazón), para encontrarse en su corral de Manso Cordero de Dios, Providente Pastor de Hombres y Misericordioso Libertador de Egos, a fin de dialogar

… Dialogar con la sabiduría de la mundana ausencia, con el aliento de un racimo del Hebrón, con los suspiros de patriarcas y profetas, y la solitaria orfandad de periféricos, llanos, vulnerables y postrados jóvenes alcoholizados, niños hambrientos y drogadictos, y ancianos olvidados como flores muertas de vientres y mujeres llagadas por la violencia, en la ocasión devenidos en arcanos cuando no maquillados pastores ensalzados a muñecos de cera por el consumismo hedónico de un mundo en tinieblas, que necesita urgentemente reconciliarse consigo mismo, y

… Dialogar, por un instante siquiera, confiada, serena, amorosa y filialmente… con Él. 

   Afuera, tras la ventana oblonga del sutil hombrecillo pequeño como un duende y de pelaje entrecano y casi ciego, el Obispo de Rojo -llamado casualmente Nicolás de Bari-, una ciudad inaccesible, una villa feudal e infranqueable, donde algunos viven encerrados, atenazados, confiados en su propio poder…

   Afuera, y en sus veredas aceradas, unos mil años después, un sensible Poema (“Dice mi niña que…”) capturado por el viento de la ignorancia, el pecado y la indiferencia, perdía su buen combate absorbido de lleno por una aspiradora culinaria, que ganaba en su maliciosa porfía con aquel –ahora- desecho de papel entintado y estropeado, zozobrado en su utópica identidad de querer ser alguna vez como una botella noble y justa arrojada al mar de las más bellas y buenas y verdaderas intenciones… Mas sólo cuando mi Luna de Caramelo sepa brillar por sí misma, entonces…

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 Maria Cristina Fervier

UN CUENTO DE NAVIDAD

Ella recorría las calles de la peatonal Córdoba, como todos los días, vendiendo la revista “Ángeles de cara sucia”, del Barrio de las Latas, al cual pertenecía. Las monedas que podía reunir alcanzaban para un plato de comida. Criada en ambiente rudo, se le habían borrado los rasgos de la ternura y la sonrisa se le perdió vaya a saber en alas de qué paloma de olvido.

En la peatonal donde todos rinden culto al consumismo, ella miraba las vidrieras ya sin verlas, lo que mostraban estaba muy lejos de su alcance, se había acostumbrado a observarlas desde la vereda de enfrente como algo totalmente vedado a sus ansias.

 Ese día en sus ojitos opacos brillaba una débil luz de esperanza. Era víspera de Navidad. Le había pedido un deseo al Niño Jesús, del cual le habló el Padre Juan, en la capilla cercana, donde cada temporada iba a buscar ropa. Ella esperaba que algo sucediera allí donde se allana el silencio y ronda el prodigio del milagro.¡ Jesucito no podía fallarle!

 Yo, había viajado a la ciudad por unos trámites y aproveché para ir hasta el centro, me faltaba adquirir algunos regalos para colocar en el árbol de Navidad. Contemplaba qué podía estar accesible a mi presupuesto, mientras nos rozábamos con los demás transeúntes, a esa hora pico, era casi imposible circular.

De pronto sentí que me tironeaban del brazo. Vi a una niña sujetándome.

 Le dije distraídamente: «ya compré la revista.»

«No, no le ofrezco la revista- contestó- es otra cosa lo que quiero. Por favor, cómpreme  un juguete.»

Pensé:» ¿Por qué a mi?… ¡Justo a mi!… «- Ya me había sucedido, en otras oportunidades. Ante la imposibilidad de brindar ayuda, ante la carencia del otro, real o ficticia, me autocastigaba renunciando a lo que, con mucha ilusión, había ido a comprar, a lo que tenía derecho y además me lo había ganado… «¿Qué sería lo que quería esta niña? ¿Tendría idea de los costos?.¿Estaba a mi alcance ayudarla?…»

«¿Donde está lo que querés?»

Me tomó de la mano y me llevó unos pocos pasos más adelante-

» ¡Aquí!»

Para mi estupor, no se había detenido en la elegante juguetería cercana, sino en un humilde puesto ambulante, que exhibía una infinidad de bagatelas       .

Ella se había apoyado en la mesa con porte de dignidad. No la iban a retirar, como tantas otras veces, como a  una intrusa, temiendo que se apoderara de alguna de las chucherías. Estaba respaldada por una señora.

Sus ojitos brillaban» ¡Esto es lo que quiero!» dijo al tiempo de señalar un muñeco articulable.

Nunca había tenido un juguete propio, salvo aquéllos, mutilados, que recogía de la basura. Expectante aguardó mi reacción.No salía de mi asombro, algo tan insignificante nadaba en el cántaro mágico de una ilusión.

«Por favor, entrégueselo a la niña»-dije-«¿Cuánto es?»- Busqué en la cartera los billetes  para pagar la baratija.Ella, recibió el juguete con la indescifrable delicadeza de quien recibe un tesoro. Ensimismada partió sin mirarme, sin darme las gracias. Estaba absorta logrando que el muñeco hiciera piruetas. A su alrededor todo había desaparecido, convertida en una princesa dentro de su castillo de sueños. Lentamente se mezcló en la urdimbre humana, llevándose el misterio del por qué nos cruzamos, por un instante,  con personas a las que nunca más volveremos a ver.

Reanudé mi marcha en el preciso instante en que una paloma se posó en mi hombro.-Comprendí que éramos eslabones remotos repitiéndonos en el espacio en un círculo donde se mezclan la oscuridad y la luz.

Esa noche en mi árbol de Navidad, la estrella de 5 puntas brillaba con rara intensidad

Allá, en el Barrio de la Latas, una niña, alzando los ojos al cielo, impregnados de pureza, pronunciaba: «¡Jesucito, gracias!

Maria Cristina Fervier

2º PREMIO CERTAMEN NACIONAL DE CUENTOS DE NAVIDAD.-SADE SECCIONAL CORONDA – CORONDA (STA FE) Notificada 02.10.11 3

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Alberto Podestá

LAS FIESTAS DE ATAÚLFO

 A mi amigo Ataúlfo nunca le gustaron las fiestas de navidad y fin de año. Ya desde pequeño eran para él un motivo de conflicto; si las pasaba con el papá no estaba con la mamá, si en casa de unos abuelos, no con los otros, si con unos primos no con los otros, eso era triste, y encima la incertidumbre de no saber hasta último momento con quiénes pasaría cada una de esas noches. Una vez decidido este asunto por sus mayores, se quedaba donde estaba y saludaba por teléfono a aquellos con quienes también le hubiera gustado estar, o partía a casa de aquellos y se despedía de estos, con quienes hubiese querido quedarse. Siempre era que si con estos, que si con aquellos, que si con los otros.

En definitiva que, con los Antúnez y su padre, o con los Montes y su madre pasaba cada una de las fiestas un poco alegre y un poco triste.
En algún momento comenzó a pensar que cuando se casara al fin podría pasarlas con su mujer, que seguramente pensaría igual que él, y con nadie más. Los dos solos, donde y como quisiesen.
Pero no fue así, se casó, sí, con una chica que supuestamente pensaba igual que él, pero no.
-Tenés razón, es un opio, pero qué le vamos a hacer, papá me extraña mucho, por esta vez. ¿Qué te cuesta?
Y así fue como arrancaron ese primer veinticuatro para la casa de los suegros, con un pionono y la ensalada de frutas. Y eso se convirtió en costumbre y se sucedieron los años nuevos y las navidades en la casa de los Fernández, con toda la parentela política y extrañando no sólo a uno de sus progenitores sino a los dos.
Tuvieron hijos, dos, una parejita de mellizos.
Y siguieron pasando las navidades y los años nuevos en la casa de los Fernández, como siempre, sólo que ahora también la noche de reyes porque:

-Papá está muy sensible, desde que se jubiló, no le podemos quitar la alegría de ponerles los regalitos en los zapatos y ver cuando los encuentran.
Y Ataúlfo siguió compartiendo mesas navideñas con personas ajenas a sus más caros afectos e incluso con algunas desconocidas, entonces se refugiaba en la sidra y en la cercanía de sus hijos pequeños, pensando que al fin de cuentas eso no era tan malo, pero que estaría  más feliz en otro lugar y con otra gente, otra música y otras comidas.
Un año organizó las cosas para pasar las fiestas todos juntos en la quinta, los Antúnez, los Montes y los Fernández; no fue una buena idea.
Otro año convenció a su mujer de irse en un crucero con los chicos, ya no tan chicos. La pasaron bastante bien, pero extrañando: él a los Antúnez , a los Montes y también un poco a los Fernández, ella a los Fernández, y los chicos -que ya no eran tan chicos- a su novio y a su novia.
Pasaron los años, las familias se fueron reduciendo.
Cuando murió el suegro comenzaron a reunirse en casa de Ataúlfo, con la madre de ella y al padre de él, viudos ambos y bastante achacosos. Los chicos compartían la mesa hasta las doce y un minuto, esperando ansiosos salir a festejar con sus amigos y eso hasta que se casaron. Después, a veces, aparecían a saludar. Sobre todo Elenita, con su marido y sus hijas. Martincito y sus chicos lo pasaban casi siempre en casa de los padres de Azul, en Azul.
Y pasaron los años.
Y siguieron ocurriendo los diciembres con sus fiestas.
Y Ataúlfo se fue acostumbrando a que las cosas fueran como eran y no protestó más, pero tampoco perdió las esperanzas de que las cosas fueran como a él le gustarían que fuesen.
Después que murió su padre quedaron solos él, su mujer Elena y su suegra Otilia para sentarse a las mesas navideñas, cada vez con menos dulces y cada vez con menos risas.

Y Ataúlfo no perdía las esperanzas, y pensó…
Y pensó…
Hasta que al fin, hace dos años, se le ocurrió una idea genial para poder estar un rato con cada uno de sus hijos y sus nietos en nochebuena y a la vez eludir la melancolía de una mesa despoblada y abatida por los recuerdos.
Se compró un traje de  Papá Noel y a las diez de la noche comenzó la recorrida.
Visitó y besó a su hija Elenita, a su hijo Martincito, a todos sus nietos, a un par de antiguas novias y a una vecina que es muy de su agrado.
Elena y Otilia comieron solas, esa noche, lo pasaron muy bien hablando de cosas de hijas y de madres y casi ni se dieron cuenta de la ausencia del esposo y yerno, que volvió a su casa feliz y contento a la tardecita del veinticinco.
Tanto le gustó a mi amigo Ataúlfo hacer de San Nicolás, que el año pasado salió de recorrida no sólo el veinticuatro sino también el treinta y uno.
Este año completará su guardarropas con un traje de Rey Mago, que ya encargó.

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Jorge Emilio Bossa.

NAVIDAD EN LA CRUZ

Cuando la mañana se desperezaba en la ciudad, él ya estaba allí. Una tenue e ilusa sonrisa se dibujaba en su rostro, ese rostro mustio a pesar de su temprana edad. Soñaba que podía ser su día de buenaventura. El pueblo comenzaba a bosquejar una gran fiesta y él quizás participaría de la misma. Tal vez sería invitado a compartir alguna mesa familiar. En el peor de los casos celebraría aquella fecha con las dádivas recibidas en la puerta del shoping. Pero en soledad. Rodeado de gente pero en soledad. Como siempre. Sólo lo acompañaría su colega de hambrunas… un perrito garrapatoso y sin raza definida.

         Pero el monstruo de mil cabezas que danzaba a su alrededor no repararía en él. De prisa y contra reloj, la gente gastaba y malgastaba sus últimos ahorros en busca de víveres, regalos y cotillón navideño. La psicosis era general. La conmemoración, comercial.

         A él nadie lo veía. Estaba allí, famélico y descalzo, esperando algún humilde obsequio de una mano generosa. Íntimamente sabía que varios de los alimentos comprados ni siquiera serían consumidos. Estarían unas semanas en la puerta de una heladera o en el rincón de una alacena. Luego pasarían por un bote de basura antes de llegar a sus manos. Tarde quizás.

         El día corrió de prisa, como cada 24 de Diciembre. La tarde se desangró sobre los candentes aguijones de cemento y la noche trajo algo de calma. El niño y su mascota se quedaron allí, en las inmediaciones de un shoping extrañamente desierto. En el mismo aún se escuchaban los ecos de un Papá Noel multiplicado que arrasó con sus góndolas. Un Papá Noel que aquel infante desconocía. Aquel que se durmió acurrucado en la vereda desoyendo, como siempre, el sonoro llamado de su pancita. Para colmo de males había refrescado y su andrajoso atuendo ya era insuficiente.

         De pronto despertó sobresaltado. Navidad había llegado y el cielo se estremeció con un estruendo multicolor. Su perrito se espantó de su lado. Con un hilo de voz alcanzó a llamarlo pero fue en vano. El animal huyó despavorido. El pequeño ya no tenía fuerzas para seguirlo. Resignado, comprendió que se había quedado irreversiblemente solo. Justo en esa fecha de encuentros.

         El hambre, el frío, la tristeza, la soledad… eran clavos y espinas invisibles que lo lastimaban sin piedad. Por ello cubrió con sus flácidos bracitos sus ojos y oídos, como protegiéndose de tanta demencia, y se volvió a dormir.

         Su aturdimiento cesó lentamente. La locura que reinaba a su alrededor se transformó en infinita paz. Mientras tanto, muchos celebraban bulliciosamente el cumpleaños de Jesús. Ignoraban que allí, solo, en la puerta de un shoping, Él acababa de morir. Una vez más.

 

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2 comentarios en “CUENTOS Y RELATOS”

  1. Felicitaciones a Adrian, María Cristina, Alberto y Jorge Emilio por sus maravillosos relatos. Siempre pensé que el cuento es el frasco pequeño donde se condensa lo mejor de la narrativa. En él hay poesía, filosofía, humor y también melancolía.
    Os deseo a todos una Navidad muy llena de buenos propósitos y felicidad plena que se encuentra en aquello que es saber aceptar con alegría lo que nos llueva del cielo.
    Un abrazo
    María

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  2. Qué buena narrativa navideña con ilusiones y esperanza. Acompañadas de ellas prepararemos mejor la Mesa de la Paz y Abundancia para todos, y el brindis de amistad a través de la distancia y un cielo mismo, todo estrellado.
    Me complace leer el cuento del escritor de Pehuajó, Alberto Podestá, para que su Ataúlfo sea disfrutado por mayor cantidad de lectores. Felicitaciones a Alberto y a la Revista LunaSol.
    MARITA RAGOZZA DE MANDRINI

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