CUENTOS Y RELATOS

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lunasol 1

EL FANTASMA QUE TEMÍA A LOS RATONES      

María Sánchez Fernández

          

  La cultura es el valioso sello que marca  la identidad de todas las etnias. MSF

                                                                                                           

    En cierta ocasión tuve que desplazarme a cierta ciudad de Galicia para hacerme cargo de una herencia recibida de un lejano pariente mío. Cuando hube recibido toda la documentación, supe que mi legado estaba situado en los aledaños de una aldea vinculada a un pintoresco pueblo costero. Se trataba de  una casita, más bien una cabaña, inmersa en el  corazón de un bosque. El lugar era precioso. Por allí mismo corría  un generoso arroyo con una mínima cascada que cantaba contenta al chocar sus espumas con las piedras del pulido lecho. La diminuta vivienda estaba en buenas condiciones para habitarla, sólo necesitaba unos arreglos en el tejado y una buena capa de cal que la revistiera y remozara. Tenía una puerta algo desvencijada que se abría con una pesada llave de hierro, dos ventanas a ambos lados y un ventanuco sobre la puerta que pertenecía a una buhardilla. Una exuberante higuera hacía llegar sus ramas hasta  mismo tejado proporcionando sombra y frutos.

  Cuando accedí a mi propiedad me encontré con un zaguán que servía de comedor-cocina. Había una mesa de madera rústica, cuatro sillas, una alacena con platos, vasos, algunos cubiertos y utensilios para cocinar. Una chimenea con unos troncos olvidados  daban calidez a la estancia. A la derecha, un pequeño cuarto con una cama de hierro que mostraba un colchón enrollado, bastante maltrecho, una almohada, también maltrecha, una mesita supletoria, una silla y un armario; éste estaba vacío. El cuarto de la izquierda se veía desprovisto de todo mobiliario, solamente contenía algunos aperos de labranza. Se accedía a la buhardilla por una estrecha escalera de madera. Al fondo del zaguán había una puerta que daba acceso a un corralillo con cobertizo cercado por una tapia de piedra. No había baño ni luz eléctrica.

  Yo estaba encantada con mi buena suerte. Aquello era un paraíso para aislarme y poder escribir mi nueva novela sin que nadie me molestara. Solicité una excedencia en mi trabajo y me propuse vivir como una auténtica asceta.

  Me acerqué a la aldea, ya que había un buen acceso para mi utilitario formado por el ir y venir de sus anteriores propietarios, y contraté a dos hombres para que me adecentaran la cabaña. Le dieron por dentro y por fuera un buen encalado, pintaron puertas y ventanas, arreglaron el tejado y la pequeña chimenea que apenas asomaba porque estaba derruida, y mi nueva casa quedó perfecta. Me maravillé de ver aquel refugio tan acogedor y bonito. Compré en el cercano pueblo algunas cosas necesarias, como una cocina a gas, una antigua nevera para hielo, que pude encontrar en un almacén de artículos olvidados, un colchón, una almohada, sábanas, mantas, un mantel plastificado y toallas.

  Monté mi pequeño estudio en el cuarto de los aperos, que previamente retiré, y a mi ordenador  portátil le instalé una buena batería que tenía que cargar frecuentemente cuando me acercaba a la aldea. En la noche me iluminaba con velas. Como estaba sola y aislada, necesitaba el teléfono móvil para estar comunicada,  recargándolo, cuando me urgía, con la radio del coche. ( Esto me lo enseñaron en el pueblo). En el corralillo me ingenié una ducha con una regadera y un barreño, aunque muchas veces prefería bañarme en las aguas frías del arroyo, bajo su diminuta cascada; con las demás necesidades no había problema, ya que el bosque era espeso y tenía intimidad.

  Me hice de algunas gallinas, una cabra, que me surtía de leche, y un buen perro. Los animales los tenía en libertad. Ellos picaban o pacían a su antojo. El bosque les suministraba alimento y agua en abundancia.  Cuando oscurecía, se recogían en el corral por una puertecilla abierta en la piedra de la tapia y, bajo el cobertizo, las gallinas dormían en los nidos donde ponían sus huevos. La cabra se acurrucaba en un rincón. El perro siempre estaba conmigo. Detrás de la casa me hice un diminuto huerto donde sembré hortalizas que me abastecían  parte de mis necesidades culinarias.

  Era plenamente feliz en el aquel lugar que me llovió del cielo. Me levantaba temprano y me iba al bosque para hacer ejercicio. Cogía algunos frutos que me regalaba la naturaleza como moras, arándanos, frambuesas, grosellas… después, cuando regresaba fatigada, me daba una buena ducha y me tomaba un suculento tazón de leche recién ordeñada de la cabra. Me aislaba en mi estudio y escribía completamente absorta en mi trabajo. Había un gran silencio que solamente era roto por el constante piar y aleteo de  los pájaros que poblaban el bosque y el rumor del río, al que venían a beber algunos corzos y jabalíes.

  Pasaron los días y percibí que en algunas  madrugadas, cuando no podía conciliar el sueño, solía escuchar sobre el techo carreras y algún que otro golpe. Algo ocurría en la buhardilla. En la mañana me encontraba  junto a la puerta, y justo debajo del ventanuco, un ratón muerto. Habría que hacerse de un gato para exterminarlos.

  Una noche que estaba respirando el aire del bosque tumbada en mi hamaca bajo la higuera y escuchando el rumor del riachuelo, pude advertir que en la alta ventana se veía una extraña luz que se movía. Era algo fuera de lo común, pero como nunca fui miedosa ni supersticiosa, tenía que hacerme a la idea de que estaba viviendo en Galicia y que había de  asumir toda cosa extraordinaria que aconteciera. Subí con cautela la escalera de madera, empuje a la puerta que daba acceso a aquel pequeño habitáculo y efectivamente, vi con mis propios ojos asombrados  una luz azulada que se movía sin que la sostuviera nadie.

  Pregunté sin vacilar y con voz firme:

  −¿Quién eres y por qué no te haces visible?

 Una voz algo trémula que salía de no sé donde me respondió:

 − “Soy el espíritu de Gregorio, el que fue carpintero de la aldea. El día que dejé esta vida y enterraron  mi cuerpo  me fui, con “La Santa Compaña”, por estos bosques de Dios para ir recogiendo más almas en pena y llegar a los confines del mundo. Me entregaron esta luz que no se apaga nunca, como un símbolo de la inmortalidad del espíritu. No puedo hacerme visible puesto que no tengo cuerpo. Una noche, en mi caminar, me  distraje  observando a un búho que estaba posado en una rama al acecho de su presa, mas ¡ay!, me salí de la fila en procesión por donde andábamos y sin quererlo me perdí. Deambulando y desorientado me encontré, por suerte, con esta cabaña; en ella habito desde entonces, aquí estaré, si tú me lo permites, hasta que alguien muera en la aldea y su espíritu y su luz se incorporen con  los míos a los hermanos de “La Santa Compaña” que vendrán a buscarnos.

   Pregunté de nuevo con cierta autoridad:

  − ¿Y por qué esos ruidos en la noche que no me dejan dormir?

  El espíritu de Gregorio respondió:

  −“Es que hay infinidad de ratones que no me dejan en reposo. Los ratones siempre me dieron miedo y repulsión, los aborrezco, y ahora que no tengo cuerpo, mi espíritu los rechaza de igual modo. Con la fuerza de la mente, que nunca muere porque es energía, levanto una escoba que encontré olvidada en un rincón y los aplasto para después arrojarlos  por la ventana”.

   − No te preocupes, te traeré un gato – le respondí ya más suavemente −, él terminará por ahuyentarlos.

   Mi amistad con el ánima, o la luz de Gregorio fue “in crescendo”, y nuestras charlas se convirtieron en algo cotidiano. Tanto, que un día le dije:

    −¿Por qué no bajas a la primera planta y compartes tus horas con las mías? Mira, tú fuiste carpintero y puedes hacer uso de tu energía componiendo varias sillas que tengo desencoladas y echarme una mano en el huerto. Así tu espera será menos pesada y nunca te aburrirás.

   Efectivamente, el fantasma de Gregorio, con  su luz incorporada, bajó de la buhardilla, y solamente se hacía notar si se movía algún mueble que pretendía arreglar. Cuando era de día la luz se extinguía, pues la fuerza del sol la anulaba. Si faenaba en el huerto, notaba su presencia cuando un recipiente, sin que nadie  lo sostuviera, se veía volar derramando generosamente el agua que llevaba del río. Entonces sabía que Gregorio regaba las hortalizas. Si una mata de tomates o pimientos se movía por sí sola, era que estaba recolectando algún fruto. Si de las ubres de la cabra veía caer con fuerza chorros de leche sobre un cubo, era que la inagotable energía de Gregorio estaba ordeñando.

  Mi fiel perro pronto tomó conciencia de que él era mi amigo y guardián, no se separaba de mi lado.  Al principio aullaba lastimeramente, pues adivinaba que había algo sobrenatural en la vivienda. Yo lo tranquilizaba y enseguida se acostumbró. Tanto es, que cuando veía descender  por la escalera de la buhardilla aquella  luz azulada,  movía amistosamente la cola.

  A mí me gustaba dialogar con Gregorio. Le preguntaba mil cosas que escuchaba con avidez  y atención. Era un espíritu sabio, ya que su vida mortal  había sido rica en años y experiencias. Un día le dije:

  − Háblame de tu tierra, de tus ancestros. Vengo de muy lejos, de las tierras del sur, y aunque nuestra cultura es muy rica y antiquísima, plena de colorido, arte, filosofía y que me enorgullece plenamente, quisiera saber más de la vuestra tan distinta en color y forma a aquella. Sé que es milenaria, mágica, alucinante, llena de misterios, de embrujos, de músicas y de danzas tan antiguas que se pierden en el contar de los tiempos.

   La luz de Gregorio se hizo más brillante, fija, sin oscilaciones. Al cabo de un buen rato me dijo  en un susurro emocionado:

 − “Sí, es cierto, nuestras costumbres y creencias se remontan a milenios, pero quienes más vestigios dejaron, tanto físicos como emocionales fueron aquellos grandes y sabios hombres llamados celtas. Estos vestigios se conservan todavía en nuestros días, como dólmenes funerarios, estatuillas que representan dioses mitológicos y los fabulosos castros.  ¡Ay, los castros!. –exclamó con un deje de nostalgia y también de devoción−. Son fortificaciones de piedra en forma de círculos que se utilizaban en tiempos de guerra como un refugio ante el enemigo. Ahí están, latentes, persistiendo al cabo de los siglos. También tenían una función religiosa, más bien mágica, pues al estar en lugares elevados se creía que estaban en contacto con el más allá. Galicia en sí es mágica. Ya te hablé de la “Santa Compaña”, que son las almas en pena, como yo, que vagamos por los bosques con nuestras luces siempre encendidas. También creemos en el poder de las meigas, mujeres ya ancianas con poderes sobrenaturales que son capaces de hacer  brebajes y conjuros para curar males, hacer vaticinios y proteger a las gentes del “maligno”.

Prosiguió con voz emocionada:

−“Te recomiendo que en la Noche de San Juan asistas a una queimada. Es la noche bruja en la que se hace honor al fuego”.

  La luz de Gregorio vaciló por un instante y vi que se alejaba hacia la escalera que conducía a la buhardilla. Ya no temía a los ratones. El gato los espantó.

  Me iba con frecuencia al pueblo para hacer algunas compras: pescado, carne,  recargar la batería del portátil y hacerme de combustible para el utilitario. Allí hice amistad con varias personas que me mostraron su acercamiento total. Me tomé interés por aquellas curiosas construcciones de madera levantadas por cuatro soportes de granito. Me dijeron que se llamaban hórreos y se utilizaban para  guardar el grano. Me invitaron a visitar algunas de ellas. Estaban aisladas del suelo para evitar la incursión de animales y también de humedad. Aquellos graneros aéreos se extendían  por toda la geografía gallega y le daban al paisaje una pincelada de tal colorido que te llevaba a tiempos ya perdidos.

  Y llegó el verano y con él  la Noche de San Juan. Fui invitada con suma cortesía a una “queimada”. Ésta se celebraba en casa del médico que era un gallego con fuertes raíces de la tierra. Estábamos reunidos un total de diez o doce personas, entre las que se encontraban dos niños, hijos de la casa, que alborotaban sin cesar, por lo que pronto los hicieron salir. Recuerdo que la estancia era amplia. El ambiente era sobrio, más bien macabro, ya que era una ceremonia en la que se hacía honor al fuego y a la hechicería. Había colgaduras negras en las ventanas y unas luces rojas pendían del techo. En el centro de la sala se dispuso una mesa con un  mantel  también negro, sobre el que se asentaba  un gran recipiente de barro con tres patas. A dicho recipiente se le incorporó una buena cantidad de orujo (aguardiente gallego), azúcar, corteza de naranja y unos granos de café.  Se escuchaba  una tenue,  pero fantasmal  melodía  que ambientaba  la escena. Una suave bruma, que previamente se había preparado, subía del suelo hasta envolvernos a todos en la penumbra de la estancia. El brebaje  era movido sin cesar por una meiga. Se introdujo un cucharón  para extraer el caldo. A éste se le prendió fuego y volvió a introducirse en el gran recipiente que pronto empezó a arder. Mientras la llama se consumía, otra meiga, de más alta escala, dijo el conjuro que decía de búhos, lechuzas, sapos, brujas, salamandras y culebras; demonios maléficos, fuego de las almas en pena….

  Cuando la llama se extinguió totalmente, nos sirvieron aquel brebaje en tazones de barro y lo bebimos caliente. Estaba delicioso. Nunca podré olvidar aquella experiencia que marcó en mí las tradiciones de Galicia.

  Quedé tan maravillada que quise plasmar con mi pluma ese momento mágico que me brindó esa bendita tierra ofreciéndoselo a mis anfitriones.

  “Cachorros humanos / gritan en gozada; / en la oscura estancia / arde a queimada /. Sones ancestrales / matizan las danzas / de vuelos ocultos / que cubren la sala. / Alientos de meigas / avivan las llamas / y lenguas azules / hechizos proclaman. / Brumas envolventes / del suelo se alzan / velando el conjuro / que una meiga canta. / El fuego se extingue / y el brebaje exhala / susurros de embrujos; / rumores de fragas / Se liba en silencio / ¡¡ Esta es A queimada !!

  Ya era más de medianoche cuando me despedí de aquellas personas que tan amablemente me invitaron a un acto tan arraigado en su cultura. Era la noche de San Juan  y el pueblo estaba en fiestas. En la plaza crepitaba una gran hoguera y en torno a ella danzaban los jóvenes al son y ritmo de la muñeira –danza bruja− que emitían la gaita y el tamboril. Después con una agilidad asombrosa saltaban sobre las llamas sin tocar en lo más mínimo aquellas lenguas de fuego.

 Cuando me dirigía a mi casa, por la ventana abierta del coche pude oír una gaita que cantaba una alborada. Ya empezaba a clarear.

  Tuve que detenerme un momento,  pues noté que el motor estaba caliente y de él salía humo.  Me acerqué a una casuca que tenía la  luz de una vela encendida y se encontraba al borde del camino. Quería que me facilitaran un poco de agua y así poder refrescarlo.  Salió a recibirme una mujer muy anciana, vestida de negro y con un pañuelo también  negro en la cabeza. Estaba totalmente sola.

  Al verme, me dijo con cierta alegría, que reflejó en sus ojillos sonrientes:

  −“¡Te esperaba, querida rapaciña! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¡Me alegro mucho!”

  Yo, asombrada le respondí:

   −Señora, está equivocada, usted y yo no nos conocemos. No soy de estas tierras. Vengo de muy lejos; vengo de las tierras del sur; de Andalucía

   −“Claro que sí nos conocemos, hija,  y mucho. Desde  hace tanto…, tanto tiempo… Así como quinientos años. Vivimos tantas experiencias las dos juntas…, buenas y malas. Más bien malas. Yo tenía el pelo rojo como tú lo tenías entonces y lo sigues teniendo ahora.  Nuestro pelo era de fuego y decían que eso era señal del maligno. Llamamos la atención de las gentes y también de los inquisidores. Se suponía que éramos hijas del diablo. Tú eres mi nieta y a las dos  nos quemaron en la hoguera aunque tú eras casi una niña. Recuerdo que tenías un gran lunar en la espalda”.

  Quedé aterrorizada.  Me despedí precipitadamente de aquella extraña mujer dándole las gracias por el agua y reanudé mi camino temblando, apretando con fuerza el acelerador. El coche volaba por aquel camino solitario. ¡¡Había conocido a una auténtica  meiga en la misma  Noche de San Juan!!. ¡¡Eso era extraordinario y mágico!! Pero aunque no soy supersticiosa ¡¡cuánto miedo sentía!!, pero ¡ay!, estaba en Galicia.

  Ya más tranquila y reconfortada con el aire que entraba por la ventanilla puede reflexionar:

 −Todo tiene un explicación. ¡Estamos en siglo XXI, Dios mío! ¿Cómo creer esos disparates? Esta mujer tendrá demencia senil por su avanzada edad. Pero ¿y lo del lunar? Yo tengo un lunar en la espalda, tal como dijo ella. Recapacité con calma y pensé que mi mente había transmitido a la suya esta información.

  Al fin llegué a casa todavía intranquila. En la puerta ya me esperaban mis fieles amigos: la luz de Gregorio y mi hermoso mastín.

  Al perro lo acaricié agradeciéndole su bienvenida y al espíritu de  Gregorio le dije:

  − Gracias, amigo, por tus sugerencias y enseñanzas. Ha sido una experiencia inolvidable. En esos momentos mágicos me he sentido también meiga, pues me han hecho el honor, por ser la invitada, de mover el brebaje mientras ardía y la auténtica meiga recitaba el conjuro. Me he transportado a mundos jamás  imaginados por mí.

  Le conté lo ocurrido con la anciana del camino pero a esto no me respondió. Quizás estaba convencido de la autenticidad de los hechos hace cinco siglos.

La luz de Gregorio osciló varias veces y se retiró a su buhardilla.

  Una noche se levantó un viento de tormenta. Los árboles del bosque se quejaban y el cielo se abrió en culebrinas rompiendo  las grandes masas de nubes que se derramaban en fortísima lluvia. Esta, implacable,  amenazaba  con hundir el tejado de la cabaña  dada su fuerza. Estaba muy atemorizada  por el terrible fragor de los truenos, la luz de los relámpagos  y el fuerte empuje del viento. Cayeron varios rayos sobre el bosque calcinando algunos árboles. Atranqué bien las ventanas y las puertas y me metí presurosa en la cama tapándome la cabeza. La cabra balaba asustada en el cobertizo, las gallinas revoloteaban como si estuvieran poseídas  y mi perro, gimiendo lastimosamente se escondió bajo mi lecho. El gato maullaba en la buhardilla escapando despavorido para esconderse entre los troncos apagados de la chimenea. Seguramente ahí se quedó dormido para  soñar que engullía algún ratón. Así son los gatos de independientes Pude advertir que la luz de Gregorio estaba allí, junto a mí, me acompañaba, brindándome cariño y protección. Ya no sentí ningún miedo.

 Amaneció un día claro y brillante. Las gallinas  ya  estaban fuera del corral picoteando de aquí por allá y la cabra  rumiando la hierba fresquita  que enriqueció la lluvia de la tormenta. El arroyo había crecido considerablemente.

 Gregorio me dijo:

 − “Creo que te voy a dejar pronto. Una meiga se encuentra mal y ya le llegó su hora de partir. Vendrá “ La Santa Compaña” a  recoger su ánima y también vendrán por la mía”.

 Me quedé desconcertada. Tanto cariño le había tomado al espíritu de Gregorio que no me hacía a la idea de estar sin él.

  − Cuánto lo siento, mi querido amigo, mi querido Gregorio, – le dije emocionada−, ese es tu destino y espero que algún día encuentres el reposo eterno. Te voy a echar mucho de menos pues has sido uno de mis mejores confidentes, consejeros y colaboradores. Siempre te recordaré como a ese alguien que me mostró amor  y compañía  en  los momentos de soledad en este paraje tan hermoso pero tan apartado. Gracias, amigo.

  En la noche del día siguiente, ya que estaba casi dormida, vi tras  los cristales de la ventana de mi dormitorio unas luces que se movían. Me levanté con sigilo y pude ver una larga procesión de sombras, algo así como seres humanos, con  negras túnicas  y capuchas  que portaban  una  luz blanquecina o azulada. Se pararon delante de la casa. Al momento vi otra luz que se les incorporaba deteniéndose un instante ante  mi ventana con un leve parpadeo.

  Le dije adiós, con mi mano.

  La procesión de sombras y de luces se internó en el bosque dejando tras sí  una estela de misterio, de hechizo y de silencio.

 Mi gran amigo, el fantasma que temía a los ratones, se fue para siempre de mi vida.

                               lunasol 1

LOS HERMANOS COLORINES

E.Goikoetxea ( España ) 

 Los hermanos eran seguidos uno tras otro… Un día empezaron a discutir porque cada uno de ellos quería ser el mas importante
Estos hermanos se llamaban:  
Rojo,  Naranja,  Amarillo,  Verde,  Celeste,  Azul,  Violeta.

¡Sí, adivinaste!
Son los hermanos-colores del Arco Iris, los preciosos hijos de Sol y Lluvia.
Un día el hermano Rojo empezó a discutir:
—¡Yo soy el color más importante y el más lindo!
¡Yo soy el amor! ¡Hago felices a todos! —contaba él con la nariz para arriba—.
¡Yo iluminó la sonrisa!
¡Soy tan fuerte como las llamas del fuego!
¡Soy tan hermoso como mi papá Sol al amanecer!
¡Tan precioso como el flamenco, como la amapola, como la frutilla!…
El hermano que lo sigue, Naranja, lo interrumpió:
—¡No! ¡Yo soy el más importante y el más amado por mi papá Sol, porque  soy del mismo color que el Sol  en verano!
¡Yo coloreé muchas flores!  La mandarina, que es tan rica, también la pinté yo…
¡Convertí en color dorado los bosques de otoño!
¡Y la jirafa, que les encanta a los niños, también es mía!
— ¡No! ¡No! ¡No! Protestó su hermano, el color Amarillo—.
¡Yo soy el más importante!
¡De mi color están pintados los campos de trigo,
que dan panes, fideos y bizcochos a todo el mundo!
¡Yo coloreé los caramelos de limón y el helado de maracuyá que son sabrosísimos!
¡Yo pinté las arenas de las playas, que tanto disfrutan todos los pequeños y los grandes!
¡No! ¡No! ¡No!¡A los niños les gusta más el Cocodrilo, fui yo quien lo pintó! —se agregó a la discusión el color Verde—. Pinté al saltamontes y a la ranita —seguía, con orgullo el Verde—.
Coloreé los parques tan hermosos y alegres. ¡Soy árboles y plantas! La ciudad sería
muy gris y aburrida sin mí… ¿No es verdad?
Sin mí estarían todos aburridos…—interrumpió el hermano Celeste—.
Yo soy el cielo y las nubes, entonces mamá Lluvia me quiere más a mí.

Entonces, yo soy el más…
 ¡No, más importante soy yo —protestó el Azul—.
¡Soy el símbolo de los mares profundos!
¡Soy el símbolo de los océanos inmensos!
¡Soy el cosmos eterno!
 ¡No!—exclamó el Violeta— ¡Yo soy más fuerte que tú, porque soy azul y rojo juntos!
 Entonces, sin mí, ¿tú no existirías? preguntó el Rojo.
 Y tampoco, sin nosotros, existiría el color Verde entendieron el Amarillo y el Azul.
 Y sin el Amarillo y el Rojo, no existiría el color Naranja
Al escuchar esta discusión, el papá Sol y la mamá Lluvia se escondieron atrás de una nube.
¿¡Y!?¿Qué pasó?… Desapareció el Arco Iris con todos los colores…
Sólo cuando estamos juntos, somos más fuertes. Y cada uno de nosotros es muy importante y único —dijo el papá Sol.

¡Es verdad que todos vosotros tenéis  razones para ser los más importantes y los más bellos del mundo! —dijo la mamá Lluvia Se abrazaron los siete hermanos y… ¿qué pasó?… ¡Otra vez apareció el Arco Iris!Desde ese momento los hermanitos nunca más se pelearon porque entendieron su gran importancia: son el uno para el otro.  Además, ya saben que los quieren mucho pero mucho, su mamá, su papá y todos los niños del planeta.

 
lunasol 1

EL LUCERO QUE QUERÍA JUGAR
 Autor Adiyeé Nieves Castillo V.
(Panamá)
Reservados todos los derechos 

Érase que se era…
En un hermoso planeta del espacio estelar.
Se contaba la historia de una amistad singular…
La de la Flor, El Colibrí
y El Lucero Que Quería Jugar.
I
Isaac se llamaba el lucero, Iris el colibrí,
Y ella, Ibis la más bella flor, de aquel jardín.
Se conocieron un verano sin par!
En el que Ella reinaba, Iris su néctar libaba
y el Lucero bajó a jugar!
II
Imagínenme , danzando, expresaba Ibis su sueño, ¡Ser bailarina es lo que quiero!,
Sería prodigioso! convino el Lucero
Mi vuelo es raudo, mi plumaje majestuoso, decía El Colibrí,
Soy tan feliz, cuando salgo a libar, que de alegría quiero silbar!
Imagínenlo, yo silbando y tú bailando, Que Jardín Encantador!
Claro amigos nuevamente convino El Lucero;
Un jardín que sólo el Edén podría superar!
Él también su sueño compartió:
Mi intensidad de Luz es infinita, lo mío, no debe ser,
¡Solo trabajar!
También quiero tener tiempo para Jugar!
III
Y así pasaron, muchos meses,los amigos departiendo, cada mañana de cada día.
Más con el primer viento frío.
Por designios de Natura,
Trocose, el verano en Estío. Y la alegría en desventura!
Isaac aterrizó accidentalmente,
 por el cansancio, todo estaba blanco,
Buscó a sus amigos denodadamente
desconocía el lugar!
Desorientado miró por todos lados!
Hasta que escuchó a Iris, casi imperceptiblemente:
Amigo, tardaste mucho en bajar… Tú subiste y empezó a nevar
Si aquí hubieras estado, la desgracia habrías evitado.…
Expiraba Iris, a su Flor, abrazado.

IV
El Lucero arrancándose del suelo, rompió a llorar!
Pedía, mientras los acunaba, porque, al cielo los fue a llevar.
¡San Pedro, San Pedrito! Ayúdame, con Él Señor y Jesusito.
Lloraba con tal congoja. Que titilaba, como bombilla floja.
Y balbuceaba… Con estas noches largas, de mañanas grises,
Mucho trabajo he tenido! Y no estuve allí,
Para mis amigos, ¡No los pude amparar!,
Pegando su rostro a las puertas de cielo,
sollozando comenzó a rogar!
V
Oh Señor, Señor! Permite que, a la vida puedan tornar!
ISAAC, HIJO MÍO. MÍ AMADO «SEPHIROTH”:
Contestó la Celeste voz…,
VIDA Y MUERTE SON OPUESTOS EN LA INFINITA EXISTENCIA UNIVERSAL”
LA VIDA SE RENUEVA, Y DURA,
LO QUE DEBE DURAR,
ELLOS NO HAN MUERTO; EXISTEN EN OTRO LUGAR!

Conmovido Pedro, bajito preguntó al Señor… ¿y Ahora qué hará?

No te preocupes Pedro, que Tiempo habrá.
Para Jugar, Para Brillar y Para Madurar!
Porque los Milagros, también existen,
Para, los que se atreven a soñar!

ISAAC VE CON PEDRO, ÉL TE VA A GUIAR…
Y porque los designios del Señor son perfectos!
Y porque de nuestros destinos, no somos dueños
Concedió que cada amigo, alcanzara su sueño.
Por eso no era extraño, una tarde y otra también,
Que Pedro los viera jugar, en El Jardín del Edén!
V
Ibis bailaba, de alegría, porque piernas tenia,
Isaac, reía y ¡Jugaba sin Parar!
Iris silbaba, y Cundía;
celestial melodía!

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

              

 

 

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