CUENTOS Y RELATOS

 

LOS HERMANOS COLORINES
A mi nieta Violeta con amor

 Los hermanos eran seguidos uno tras otro… Un día empezaron a discutir porque cada uno de ellos quería ser el más important
Estos hermanos se llamaban:  

Rojo,  Naranja,  Amarillo,  Verde,  Celeste,  Azul,  Violeta.
¡Sí, adivinaste!
Son los hermanos-colores del Arco Iris, los preciosos hijos de Sol y Lluvia
Un día el hermano Rojo empezó a discutir:
—¡Yo soy el color más importante y el más lindo!
¡Yo soy el amor! ¡Hago felices a todos! —contaba él con la nariz para arriba—.
¡Yo ilumino la sonrisa!
¡Soy tan fuerte como las llamas del fuego!
¡Soy tan hermoso como mi papá Sol al amanecer!
¡Tan precioso como el flamenco, como la amapola, como la frutilla!…
El hermano que lo sigue, Naranja, lo interrumpió:
—¡No! ¡Yo soy el más importante y el más amado por mi papá Sol, porque  soy del mismo color que el Sol  en verano!
¡Yo coloreé muchas flores!  La mandarina, que es tan rica, también la pinté yo…
¡Convertí en color dorado los bosques de otoño!
¡Y la jirafa, que les encanta a los niños, también es mía!
— ¡No! ¡No! ¡No! Protestó su hermano, el color Amarillo—.
¡Yo soy el más importante!
¡De mi color están pintados los campos de trigo,
que dan panes, fideos y bizcochos a todo el mundo!
¡Yo coloreé los caramelos de limón y el helado de maracuyá que son sabrosísimos!
¡Yo pinté las arenas de las playas, que tanto disfrutan todos los pequeños y los grandes!
¡No! ¡No! ¡No!¡A los niños les gusta más el Cocodrilo, fui yo quien lo pintó! —se agregó a la discusión el color Verde—. Pinté al saltamontes y a la ranita —seguía, con orgullo el Verde—.
Coloreé los parques tan hermosos y alegres. ¡Soy árboles y plantas! La ciudad sería
muy gris y aburrida sin mí… ¿No es verdad?
Sin mí estarían todos aburridos…—interrumpió el hermano Celeste—.
Yo soy el cielo y las nubes, entonces mamá Lluvia me quiere más a mí.
Entonces, yo soy el más…
 ¡No, más importante soy yo —protestó el Azul—.
¡Soy el símbolo de los mares profundos!
¡Soy el símbolo de los océanos inmensos!
¡Soy el cosmos eterno!
 ¡No!—exclamó el Violeta— ¡Yo soy más fuerte que tú, porque soy azul y rojo juntos!
 Entonces, sin mí, ¿tú no existirías? preguntó el Rojo.
 Y tampoco, sin nosotros, existiría el color Verde entendieron el Amarillo y el Azul.
 Y sin el Amarrillo y el Rojo, no existiría el color Naranja
Al escuchar esta discusión, el papá Sol y la mamá Lluvia se escondieron atrás de una nube.
¿¡Y!?¿Qué pasó?… Desapareció el Arco Iris con todos los colores…
Sólo cuando estamos juntos, somos más fuertes. Y cada uno de nosotros es muy importante y único —dijo el papá Sol.
¡Es verdad que todos vosotros tenéis  razones para ser los más importantes y los más bellos del mundo! —dijo la mamá Lluvia.
Se abrazaron los siete hermanos y… ¿qué pasó?… ¡Otra vez apareció el Arco Iris!
Desde ese momento los hermanitos nunca más se pelearon porque entendieron su gran importancia: son el uno para el otro.  Además, ya saben que los quieren mucho pero mucho, su mamá, su papá y todos los niños del planeta.

LA NOCHE DE LOS GATOS
María Sánchez Fernández 

      El viento rompió sus fuertes cadenas y corría suelto, enloquecido, como una enorme bestia furiosa que quisiera abatir con sus zarpas todo cuanto se le pusiera al alcance.
      Las nubes se rompieron y dejaron  escapar, entre grises girones, las grandes masas de agua que en ellas se encerraban.
      Lluvia y viento se enlazaban aquella noche en fantásticos esponsales. Eran como dos amantes que se aman y se detestan al mismo tiempo entre furiosos abrazos y caricias desmedidas.
      La ciudad estaba desierta. Sólo deambulaban por sus estrechos callejones ruidosos arroyuelos que bajaban  tumultuosos por la empinada pendiente puliendo los salientes adoquines. Al final de su trayecto eran devorados por las hambrientas alcantarillas.
      La puertas y ventanas de todas las viviendas estaban bien cerradas. El viento hacía crujir las maderas que gemían doloridas, amenazando con su empuje y violencia arrancarlas de los goznes que las sujetaban.
      Los cables del tendido eléctrico se movían en una danza endiablada. Uno de ellos se soltó del poste que lo sostenía, y en su enloquecido danzar se abalanzó sobre un compañero que también bailaba y, en un furioso rechazo, lo colmó de improperios y amenazas entre grandes aspavientos de crujidos y chispazos.
     Las  tímidas farolas que tenían la misión de iluminar la noche se apagaron, quizás un poco avergonzadas por aquel comportamiento tan poco civilizado de esos parientes suyos.
      La ciudad quedó sumergida en la más negra oscuridad. Solamente podían verse algunas ventanas iluminadas por la tenue luz de una vela.
      ¿Qué podía ocurrir en esos hogares una noche así?
      Tras los cristales de una de esas ventanas un hombre joven con la cara muy pálida y grandes ojeras, que la llama de la cera acusaba despiadadamente, hacía largas sumas de debe y haber.
      A través de otros cristales una mujer planchaba con pesadas planchas de hierro, heredadas de su madre, grandes pilas de ropa blanca que al día siguiente había de entregar.
      En una tercera ventana una joven amamantaba a un niños mientras le cantaba una dulce nana.
      Y así transcurría la vida en aquellas viviendas cerradas al temporal.
      Tras otros cristales, la luz de la vela se extinguía paralelamente a otra vida.
      En una esquina un perro vagabundo apuntaba con su hocico a ese cielo embravecido llorando por alguien que se iba, o quizás llorando por su propio abandono y triste soledad.
      Masivos grupos de gatos en celo lanzaban en la noche sus largos lamentos pasionales mientras corrían enloquecidos perdiéndose en la oscuridad..
      Inesperadamente algo ocurrió. El viento dejó de bramar; la lluvia cesó y el perro solitario y los gatos lujuriosos también enmudecieron.
      Se oyó tenue y dulce una bella melodía que inundaba las tinieblas como el más hermoso resplandor. Era nacida de las cuerdas y el arco de un viejo violín.
      El viento , amansado, preguntó:
      − ¿Quién eres. Siento tu presencia, pero no puedo tocarte.
     Y la melodía, suave como un susurro, le respondió:
      −Soy la Música. Me llaman “el divino lenguaje de Dios”. Allá donde me encuentre se dulcifican los más amargos sentimientos y el corazón más duro e insensible se torna blando como la espuma y se desborda en limpias lágrimas de gozo.
      La lluvia, después de un largo silencio preguntó:
      −¿Cuál es tu origen? ¿De dónde vienes? Te escucho y creo adivinar en ti algo mío; algo que me pertenece.
      Y la melodía, inflamada en un ardiente estado de éxtasis, se fue elevando y elevando más y más hasta tocar las alturas y como un canto de ángeles dijo:
    −Mi origen está en todo lo creado. Está en la tierra y en todas sus criaturas que cada amanecer explosionan en cantos de alegría. Mi origen está en el agua; cuando canta al correr de los arroyos; cuando sueña al caer en suave lluvia; cuando suena en el vaivén acompasado de las olas. Mi origen está en el aire, que silba enamorado sus canciones; suave, si es brisa que mueve los trigales; apasionado, si es viento que mueve tempestades. Mi origen está en el fuego que canta enardecido mientras danza contorsionando su lúdica figura.
      Soy la Música y ese es mi origen, pero el hombre, a quien Dios hizo a su forma y semejanza, me transformó en melodía y vierte en mí sus más puros sentimientos. A través de mis sonidos se asoma el alma según su estado emocional. Por eso unas veces lloro en mis cadencias y otras río con el más estremecido de los gozos.
     El viento y la lluvia se alejaron en silencio y meditaron en su largo retiro esas palabras que en ellos calaron para siempre..
      La nubes se hicieron ligeras  y corrían divertidas por un cielo ya esclarecido, como blancas palomas de algodón. Dejaban asomarse en cortos intervalos la cara redonda y pálida de la luna llena que, en esos brevísimos instantes, iluminaba con generosidad los tejados amarillos de la ciudad, esa noche tan especial que estaba sumergida en tinieblas, bañándolos preciosamente con brillantes tintes plateados.
      Los gatos corrían y gritaban en su orgía de enamorados, y alguna vez que otra, se detenían atentos para escuchar la dulce melodía del viejo violín.
      Amaneció un día claro e intensamente frío. Las calles, todavía húmedas, dejaban ver algunos charcos que se habían congelado. La vida surgía a borbotones. Bandadas de vencejos oscurecían el azul del cielo; los árboles lucían su ramaje  limpio y brillante, dejando resbalar algunas gotas de agua que todavía permanecían prendidas en ellos. Grupos de niños con libros y carteras corrían y gritaban alborozados mientras chapoteaban n el hielo de los charcos. Los mayores se dirigían taciturnos a sus trabajos, con el sueño todavía pegado a los ojos. Una mujer llevaba con gran esfuerzo una enorme cesta de ropa blanca limpia y planchada. Un perro flaco y de hocico puntiagudo dormitaba en un rincón secando sus tristes huesos con los pálidos rayos del sol matinal. En grupo, los gatos callejeros se hallaban durmiendo enroscados en apretado círculo, quien sabe si soñando con lunas llenas o en amores prendidos en la oscuridad.
      En una calle céntrica, muy próxima al mercado, un hombre ciego tocaba un viejo violín del que arrancaba las más hermosas melodías que se soñar se pueda.

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