CUENTOS Y RELATOS

 

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                                 LA FELICIDAD

Por: Leonora Acuña de Marmolejo

En una charla amistosa, alguien me preguntó acerca de mi  criterio sobre la felicidad.

     Particularmente pienso que la felicidad absoluta no existe. Si la relacionamos a otros conceptos, frecuentemente vemos que está condicionada por lo que para cada cual constituye  el concepto de este don. Y recordemos siempre que no hay camino a la felicidad: La felicidad es el camino. La felicidad es un trayecto, no un destino; es un estado interno que no depende de cosas externas o de otra gente, y surge de nuestro interior.

     Para algunos, felicidad significa solamente dinero; para otros, amor; para otros, salud, y asi… Hay quienes piensan que siendo famosos  o alcanzando el poder, son felices; finalmente otros se contentan con ser físicamente bellos. Así pues, aquella gema, al parecer, tan elusiva depende de la  personalidad e ideales particulares de cada sujeto.

     El renombrado intelectual Denis Waitley, con mucha razón dijo: “La felicidad es una experiencia espiritual de saber vivir cada momento con amor, gracia, y gratitud”. Creo que el secreto estriba en saber apreciarla sencillamente, en el tiempo, manera y dosis en que se presente; sin exigencias, sin objeciones y sin razonamientos analíticos; como los niños cuando reciben un bello juguete: gozando de este sencillamente al máximo. Porque el proceso de reflexión, da características de opacidad a la policromía del paisaje que pudiendo haber sido deslumbrantemente hermoso, pierde entonces su belleza que va difuminándose hacia contornos tristes, lo cual está reñido con la esencia misma de la felicidad.

     Nos aferramos a una tendencia masoquista de sufrir, que casi por tradición y a tientas buscamos; que nuestra voluntad lucha por vencer, y que defendemos subconscientemente  con paralogismos negativos que van desde las más sutiles aprensiones, hasta el miedo en sus diferentes expresiones. Esto nos incapacita para ser felices, o hacernos conscientes en el momento preciso en que podríamos serlo; simultáneamente somos hasta capaces de inquietarnos pensando con pesar, que este momento fuera aún más placentero y espléndido si estuviese complementado por otras circunstancias o realidades. Con esta deseo basta para que el “Hada  Felicidad” se esfume como por encanto, porque ésta, es única desde todos sus puntos de vista y no admite exigencias ni promiscuidad con otros valores semejantes. Somos felices por una cosa o por la otra, pero nó por todas a la vez, porque además si así lo fuera, siendo absolutamente felices y si todo nos fuera concedido a pedir de boca, el aburrimiento por hartazgo sería como una serpiente venenosa que enroscándose  a nuestras vidas nos estrangularía  con sádica crueldad. No tendríamos desafíos nobles,  ni incentivos de lucha, y esto por lógica derrotaría  nuestras ansias de vivir. Además recordemos que la vida está hecha de momentos; vivamos pues cada momento de la mejor manera posible: con optimismo y agradecimento a Dios por el privilegio de la vida.

     Por una visión miope de nuestra conciencia adiestrada y empeñada en percibir primero el dolor… como un ideal redentor, muchas veces ni siquiera abrimos nuestra psique a una sensación positivista de dicha o placer. Pero con la misma fe, podemos también buscar, descubrir, y disfrutar de la alegría y de la belleza de la vida y de este transitorio paraíso terrenal con un sentido menos punitivo. Por la prevención al sufrimiento, muchas veces la felicidad ha pasado a nuestro lado desapercibidamente, y no hemos tenido la gracia de hacernos conscientes de ella  y de apreciarla, hasta mucho después cuando parangonando el momento presente con otro pasado en una visión retrospectiva en nuestro subconsciente, hemos visto con pesar como por reflexión en la imagen que nos devuelve, cuántos  momentos de felicidad han pasado inadvertidos.                                                                La felicidad no tiene ni un tiempo ni una medida determinados. Por eso a veces surge tan súbitamente y con un impulso tan arrollador que nos aturde y nos confunde de inmediato como cuando irónicamente lloramos de dicha. Tampoco se encuentra en un sitio especial. Es un tesoro disperso, itinerante, y no siendo una sensación prolongada, sino un estado más o menos transitorio de ánimo, lo que podemos hacer  con ella es aprovecharla disfrutándola al máximo y agradecidos como si construyéramos un suelo firme, adoquinado por pequeños  tramos de emociones gratas adosados con la certidumbre  de que han sido únicos y lo mejor de nuestra vida. No busquemos con desesperación de náufragos esta diva porque esta misma zozobra ya de inmediato nos la está robando. Dejemos que ella llegue espontáneamente.

     La felicidad no tiene forma específica y está latente en las cosas más simples: en la sonrisa de un bebé; en la noche  estrellada; en las pequeñas gotitas  de la lluvia rielando cristalinas y trémulas cual diminutos diamantes sobre las rosas arropadas por la luz de un farol; en el rayo de sol filtrándose por la ventana en una dorada mañana; en los pajarillos cerniendo bajo la temblorosa rama de un árbol en torno a un comedero de semillas… ; en la furtiva y acuciosa búsqueda de alimento de una inquieta, astuta, y esquiva ardillita…

     Hay dones que son retributivos. Dar felicidad es también sentirla; no solamente en los planos tangibles, sino también en los espirituales y subjetivos. Hay que tener cierta sutileza para captar las necesidades de todos los seres que nos rodean y estar listos a brindar ya una sonrisa de ánimo, ya una palabra de aliento, ya un gesto conciliador e indulgente… yuxtaponiendo las cosas sencillamente maravillosas  que a veces  son aparentemente triviales pero que involucran tánta dicha para otros, reflejándola a su vez de nuevo hacia nosotros.

       El eminente filósofo y matemático inglés Bertrand Russell (Arthur William) 1872-1970 Premio Nóbel 1950, manifestó que el hombre puede llegar a ser feliz, cuando hay integración entre él (como ente o individuo) y la sociedad; cuando se siente “un ciudadano del mundo”; y sin molestarse en pensar en la muerte, al sentir en una profunda e instintiva unión con el flujo de la vida y los gozos que ésta proporciona,  que en realidad él no estará separado de aquellos que vendrán tras de él.   

      Otros factores que contribuyen a la felicidad son la comprensión, la compasión, y el perdón; no guardar rencores y mucho menos odio porque como bien se ha dicho: “ el odio corroe el barco que lo lleva”; y se ha dicho que puede llegar hasta a causar cáncer. De acuerdo con las normas de la sabiduría oriental, para ser feliz son necesarios cinco factores: Liberarse del rencor y del odio; liberarse de preocupaciones; vivir sencillamente; dar más; y esperar menos.

     Todas las anteriores son razones suasorias en favor  de la existencia de la felicidad, y ésta es próvida  a nosotros si sabemos percibirla. Ello está sujeto en gran parte a que  nuestro estado de ánimo sea receptivo; todo depende del cristal con que miremos para alcanzar lo que parece ser un mito. Aquí cabría lo, que dice la autora de este artículo en su poema “SENSACIÓN” de su libro “POEMAS EN MI RED”: “no es hermosa la lluvia / y son tenues las nubes / cuando estamos felices?/ Pero son nubarrones / que presagian tormenta / cuando el alma agoniza / de pesar y tristeza /. Y la lluvia que otrora / tintineara feliz / en nuestros ventanales, / es pertinaz y odiosa / aquí en la claraboya / cuando el barco navega / sin rumbo, a la deriva.”

CULTURA TELEVISIVA II
Hugo Luis Bonomo 

Santa Fe (Argentina)

Es claramente visible que el concepto de cultura se viene modificando con el transcurrir del tiempo, y aunque en la antigüedad no había distinciones especiales ni premios Nóbel, podemos encontrar nombres como Homero, Sófocles, Cervantes, Voltaire, Víctor Hugo, más otros tantos autores que, con su talento, enriquecieron la cultura y aportaron su creatividad para bien de la humanidad. Y cerca nuestro, Gabriela Mistral, García Márquez y otros, de tiempos más cercanos, que ya fueron distinguidos por los célebres y universales premios Nóbel. En nuestro país no hemos tenido el orgullo de contar con un hombre de la cultura que haya sido considerado merecedor del premio, aunque existe una sensación generalizada de que, a nivel literario, no se ha sido totalmente justo.

Afortunadamente, y para compensar la falta de criterio universal, nuestros gobernantes se han preocupado en homenajear y premiar a hombres cultos de la Argentina con distinciones que, aunque no representen un premio económico, significan un reconocimiento a su esfuerzo e intelecto y un aliciente para seguir creciendo en su trayectoria creativa, originando obras que lo lleven a ser reconocidos en ámbitos cada vez más amplios y excelsos.

Seguramente, quienes alimentan su existencia con el producido de su trabajo intelectual y la concreción de creaciones que enriquezcan su alma, y la de la gente, no viven de homenajes y premios que los gratifiquen, pero su condición de ser humano no puede estar totalmente alejada de la sensibilidad, y un premio Nóbel significa un reconocimiento universal, la posibilidad de ir adentrándose en el mundo de la cultura y el conocimiento, el acercamiento a pensadores y creadores de todo el mundo y la expansión de las oportunidades para plasmar en obras las creaciones y llegar cada vez más lejos y a mayor cantidad de gente.

Si bien el término cultura es muy amplio y abarca una serie de disciplinas, ciencias y acciones que aportan conocimiento a la humanidad, se entiende que, en los premios Nóbel, la cultura está representada por la literatura y, en esta materia, es probable que se haya cometido una injusticia, mezclando política, talento, literatura y arte, con nuestro Jorge Luis Borges.

No obstante ello, recibió el Premio Nacional de Literatura, Premio Internacional de Literatura Formentor (compartido con Samuel Beckett), Comendador de las Artes y de las Letras en Francia, Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes de Argentina, Premio Interamericano Ciudad de Sao Paulo, Premio Cervantes y, tal vez, algunos más que desconocemos.

A partir de las distinciones, que lo hicieron visible, Borges fue presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, director de la Biblioteca Nacional, integrante de la Academia Argentina de las Letras, Doctor honoris causa de la Universidad de Cuyo, y no sabemos que más. Pero lo cierto es que los premios y las distinciones posibilitan el reconocimiento, abren nuevas perspectivas y posiciones para difundir la cultura, incentivar la creatividad, y motivar el espíritu para ilustrarse y enriquecerse.

También es cierto que los años van cambiando los tiempos y avanzando sobre valores y conceptos que se van adaptando a la idiosincrasia de los pueblos, acercándose, cada vez más, a una de las definiciones de la RAE sobre la cultura: “Conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo”.

En nuestro caso, no podemos hablar de tradición cultural, porque la cultura actual no se ha comunicado, de generación en generación, a través de los años, sino que ha irrumpido, en los últimos tiempos, modificando sustancialmente

los antiguos valores que sustentaban el patrimonio intelectual y cultural tradicional.

Esta modificación cultural que probablemente, según la definición de la RAE, encasillará nuestra cultura dentro de algún tiempo, está manifestada por el fútbol y la televisión.

No es necesario detallar las aristas fundamentales que identifican a la televisión y al fútbol, y los méritos necesarios para destacarse en estos ámbitos, pero el fragmento de una entrevista realizada a Jorge Luis Borges, en la que cuenta un diálogo con Enrique Amorín (un escritor, políticamente en la antípoda de su pensamiento) creo que grafica la esencia de la diferencia.

“Bueno, le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay –Amorim era uruguayo- para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz”. Y Amorim me dijo: “Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también, bien con usted”.

La amistad y el respeto que ambos nos profesábamos estaba por encima de esa pobre circunstancia que era un partido de fútbol. 

Y, evidentemente, la cultura sobrevolaba la vida de ambos.

El último personaje destacado de la cultura, que ha sido distinguido en nuestro país, como Personalidad Destacada de la Cultura, es el máximo exponente de la cultura televisiva, y, como siempre ha sido, este premio, y como ya dijimos, significa un reconocimiento a su esfuerzo e intelecto y un aliciente para seguir creciendo en su trayectoria creativa, originando obras que lo lleven a ser reconocido en ámbitos cada vez más amplios y excelsos; expandiendo las oportunidades para plasmar en obras las creaciones y llegar cada vez más lejos y a mayor cantidad de gente, para enriquecerla espiritualmente.

Y tan es así, que sus ilusiones, unir los dos polos excelsos de la cultura para sentirse pleno, están cada vez más cerca: ser presidente de la A.F.A.

“El fútbol es popular porque la estupidez es popular”. Jorge Luis Borges

EL ESCLAVO
Por ANTONIO CAMACHO GÓMEZ
(Libro “Las Sirenas del Odio”, Editorial Dunken, Abril 2012)

    El hombre se despertó. Sin reloj. Instintivamente. Como se despertaba desde hacía veinte años. Triste. Y molesto por volver a la rutina y a las cosas. Se sentó en el borde del catre y bostezó desperezándose. “¡En fin, había que seguir en el yugo!”. Se restregó los ojos. Luego, tanteando, buscó las alpargatas. “Tenía que comprar otras. Estas no aguantaban más. El dedo gordo le asomaba por la lona y hasta el cáñamo se había gastado. ¡Pero eran tan caras! Casi el jornal de un día: doce horas de barrenar para ganar diez míseros reales. No, se haría unas esparteñas y listo”.

    Las calzó en la oscuridad. Después palpó bajo la almohada y sacó una caja de fósforos. Siempre los guardaba allí. Era más fácil encontrarlos. Alumbrándose con uno descolgó el candil y encendió el pabilo. Una luz mortecina pugnó con las tinieblas. “¿Se habría despertado José?”. Fue a ver: el niño dormía plácidamente en la pieza contigua. Lo arropó. Su mano ruda acarició el pelo renegrido. “Lo dejaría un rato más. Después tendría que despertarlo. Si aquella mala bicha…”. Apretó los dientes. “Desde que los abandonó tenía que llevarlo a la mina. Ahora se alegraba. Nunca fue una buena madre para el José. Claro que si hubiera tenido dinero se habría quedado. ¿Y qué? ¡Bah! Más valía así. Para los dos estaba muerta”.

    Un ruido cercano interrumpió sus pensamientos. A través del tabique llegó el relincho de un equino. “Debían de ser las cuatro. El vecino ya le estaba dando el pienso a los mulos”. Volvió a su cuarto. Puso el candil sobre un arca y terminó de vestirse. Luego lo llevó a la cocina y lo colgó en la repisa de la chimenea. Como chisporroteara tomó una alcuza y le agregó aceite. Al brillo intenso de la llama, las arrugas de su rostro se acentuaron. Una cara sufrida y vulgar. Cansada. Mecánicamente fue a un rincón y cogió un puñado de leña. La apiló bajo las trébedes. Encendió el hogar y puso en el fuego un puchero con agua que sacó de un cántaro. Lo tapó. Acercó una mata que se había caído al suelo y miró un momento cómo se consumía con un crepitar seco. “El domingo irían a buscar leña. Ya les quedaba poca. Era duro, pero con unos haces que trajeran de más pagarían al tendero una parte de la cuenta. Siempre debía, desde que se casó. Y eso que trabajaba como un burro. ¡Todo estaba tan caro!

    Cruzó la cocina y descorrió el cerrojo de una puerta. Era de madera tachonada y vieja, con algunas hendijas en la base carcomida. Al abrirla se coló el frío de la madrugada. Estornudó mirando al cielo. Las estrellas parecían apagadas. Algunas asomaban tímidas entre las negras nubes. “Otro mal día para los pobres”. Carraspeó y escupió dos veces antes de llegar al retrete, un pozo abierto en un ángulo del corral. Acuclillado paseó la vista por el espacio penumbroso de tierra rojiza y despareja. Débilmente la luz de la cocina que recortaba la puerta entreabierta lo iluminaba un trecho. Le pareció muy grande. “Si pudiera criar conejos… Con suerte y una buena comida sacaría unas pesetas. Porque el corral tenía bastante anchura y con sólo conseguir un macho y una hembra…”. Terminó y se subió los pantalones. “No era mala idea. Además, si la cosa marchaba podrían comprar un conejo de vez en cuando”. Volvió a la cocina y cerró la puerta. “La hierba abundaba en cualquier sitio y con unos cuantos sacos que acarrearan de tanto en tanto…”. Entró en su dormitorio y sacó del lavabo la palangana desconchada.

    -José-, llamó quedo. Hubo un silencio que rompió el canto lejano de un gallo.

    -José-, repitió más fuerte. Esta vez se oyó crujir un colchón; después un suspiro y un largo bostezo.

    -Anda, hijo. Levántate que ya es hora.

    -Voy, padre-, dijo una voz adolescente y somnolienta.

    El hombre regresó a la cocina. “Aquello no podía seguir así. Sí, el José siempre había sido delicado y si seguía acarreando espuertas de mineral se enfermaría”. Acercó la jofaina a una cantarera y vertió agua de un cántaro. “Además era mucho trajín y no quería que su hijo fuese un esclavo como él lo había sido toda su vida. ¡Que explotaran a otros! Bastante había aguantado ya el zagal”. Terminó de lavarse; alcanzó una gastada toalla que pendía de un clavo y se secó. “Necesitaba hacer dinero como fuera. Con la leña, los conejos y alguna pleita que hiciera quizá… Los serones se compraban bien y siempre salían aguaderas y albardas. Y hasta en el verano podrían ir a la siega a ganar unos duros. Por lo menos la comida les salía gratis”.

    Colgó la toalla. La palangana quedó en el suelo junto a la enjalbegada pared. En el hogar el vapor hacía saltar la tapa del puchero. “Tenía que ser un buen padre. En cuanto pudiera pagaría lo que debía y se irían a la ciudad”. Abrió la alacena descolorida y sucia por el seco excremento de las moscas; sacó un tarro de lata y, destapándolo, volcó café de achicoria en el puchero. Luego lo volvió a guardar. “Allí le buscaría algo mejor. Quizá lograra colocarlo como dependiente en cualquier comercio. Él, ya vería. Peor no podrían estar por mal que les fuera. Claro que algo le dolería dejar la mina, pero no tenía más remedio. ¡La perra vida! Su padre también había tenido que dejar el pueblo para darle de comer a todos ellos. Ocho hijos nada menos”.

    Parecía embrujado por el rojizo resplandor del fuego. Algunas pavesas saltaban a sus perniles.

    “Si no hubiera sido por el dinero que les mandaba de la Argentina, se hubieran muerto de hambre. Dos años trabajó como un burro en el muelle de Mar del Plata para regresar con unos miles de pesos. ¡Y qué poco disfrutó el pobre! No tenía ni cuarenta y cinco años cuando se lo llevó la gripe. Claro que él tampoco se cuidó. Pasó casi toda la epidemia enterrando los muertos a carradas y con una botella de aguardiente en el bolsillo. Hasta que se contagió como tantos otros y no duró ni veinticuatro horas. Sería su destino…”.

    El café hirviendo se derramó sobre las matas semi extinguidas y apagó la lumbre. Entonces el hombre buscó una roilla y cogiendo el puchero de un asa lo retiró de los trébedes. Al ver que salía humo de una mata todavía verde, la pisó.

    Entró el niño. Magro y enteco. Con mirada honda, de predestinado. Todo pálpito. Como aureolado de irrealidad y con toda la tristeza de una infancia sin juguetes.

    -Anda, hijo. Date prisa que se enfría el café-, dijo el hombre terminando de llenar su humeante tazón.

    -Sí, padre.

    Fue y se aseó. Luego, sentándose a la mesa, comenzó a sorber lentamente la amarga infusión en silencio, con la mente en blanco y la mirada fija en el oscuro líquido.

    El hombre apuró su café. Se enjugó los labios con el dorso de la mano y, levantándose, entró en el dormitorio. Buscó a tientas su chaqueta de pana lisa y se la puso mientras volvía a la cocina.

    -Ponte la zamarra, que hace frío-, recomendó al par que envolvía unos arenques en un pedazo de papel de estraza.

    El niño, bebida su colación, vistió la penda pastoril.

    -¿La bufanda también?-, preguntó.

    -Sí, hijo, también, no vayas a resfriarte-, contestó el padre metiendo el paquete y una fiambrera que sacó del aparador en una talega. Después cogió un farol de petróleo y lo encendió.

    -Apaga el candil-, ordenó tras observar el pergeño del chico.

    El niño sopló fuerte. La llama osciló. Volvió a soplar. Entonces la torcía humeó. Por un instante miró las últimas brasas que se extinguían en el hogar. “¡Qué lindas eran! ¡Y cómo brillaban! Si no fuera porque quemaban las tocaría”. La voz de su padre le pareció lejana. No entendió lo que dijo. Como un autómata se echó la talega a la espalda, atrancó la puerta y salió al corral. Allí lo vio: como todas las mañanas había sacado la petaca y liaba despacio un cigarro junto al farol abandonado en el piso cuadrilongo. Lo observó en silencio, sintiendo el resquemor del cierzo en las orejas. Mientras se friccionaba un pabellón, oyó que alguien pasaba tarareando más allá del tapial.

    El hombre guardó la yesca y dio una pitada al cigarro. A la segunda alzó el farol. Caminó unos pasos y abrió un portón. Dejó salir al niño y cerró con una llave grande y herrumbrosa.

    El callejón estaba desierto. El chico sintió más frío mirando su angosta longitud. Se asustó cuando un gato saltó una tapia y orinó sobre la telaraña de un ventanuco cercano. Después siguió a su padre a una distancia respetuosa.

    Durante un trecho se entretuvo contando las estrellas. “Una, dos, tres. Sólo tres. ¡Qué pocas! Por eso daba miedo”. Carraspeó cuando salían del pueblo y un perro les ladró al entrar en el polvoriento arrecife. Con su cara vuelta miró la mortecina luz del bar que se esfumaba a la distancia. “¿Por qué no una copa de anís? ¿Por qué no le compraba el rosco como todas las mañanas? A lo mejor no había querido esperar a los otros mineros”. Se encogió de hombros, acomodó la talega y apretó el paso.

    El hombre tiró la colilla. “No tenía ni un céntimo y no quería pedir fiado en el puesto. Otro día se lo compraría. Le daba pena porque el zagal ya estaba consentido, pero ¿qué iba a hacer? Quizá algún día, en la ciudad…”. Trastabilló. “Entonces sí que le iba a hartar de turrón y garrapiñadas y garbanzos torraos ¡de todo!, y se acabarían las fatigas”.

    El camino principal había quedado atrás. Enfilaron la senda que bordeaba el camposanto y a poco pasaron frente a la verja de barrotes negros.

    “¿Si saliera un muerto?”. El niño miró el lúgubre interior de cruces y pinos con ansiedad y temor. “Él saldría corriendo por el ejido, pero su padre no porque una vez contó que se le apareció un muerto y hasta que había hablado con él”.

    Ya se distanciaban por la algaida circunvalante cuando el niño, al volver el rostro, creyó ver a “alguien” hacerle señas asomado a la tapia del cementerio. Y resbaló en el tarquín.

    El hombre se detuvo. Entregó el farol al niño y lo hizo pasar delante. Luego tomó la talega del barroso suelo y la cargó a su espalda. “Llevándola él ganarían tiempo. El José siempre tropezaba en los matorrales y no convenía retrasarse. Cuando saliera de la trocha se la daría”. Escrutó el firmamento. Las escasas estrellas ya no se veían. Todo era tinieblas allá en lo alto. “Si no se aligeraban, se mojarían”.

    Para acortar camino bordearon el “Barranco del Duende” y sesgaron el “Collado del Viento”. Después de cruzar una rambla se adentraron en el guijarral donde en el estío pululaban las sabandijas. La luz de un relámpago iluminó fugazmente la blancuzca faja. Después el trueno, sordo, distante, amenaza en ciernes. Unos pasos más con creciente premura y sobre las cabezas el estampido encadenado en el espacio. El fenómeno retumbante, incontrolado y soberbio.

    “Ya la tenían encima. Si el José se mojaba estaba listo”.

    Las primeras gotas cayeron gruesas, espaciadas. “¿Si aguantara un poco? Ya estaban cerca. Luego podían caer chuzos de punta”. Una vez más oteó la bóveda. Suplicante, inerme.

    El niño tosió. Una, dos, tres veces. “¡Maldita sea! La veía venir”.

    Ahora la marcha se hacía fatigosa en el terreno accidentado y quebradizo. El macizo serrano parecía esfumado y el cierzo se había retirado de las cumbres.

    Cuando ascendían una ladera arreció la lluvia. Entonces el hombre, despojándose de su recia chaqueta, la echó sobre el niño cubriéndolo a guisa de capucha. Poco después ambos corrían por la meseta y entraban en el cuartel acogedor. Fuera, el aguacero, o el diluvio.

    Los otros mineros llegaron chorreando.

    -Me he calao hasta los huesos-, dijo uno sacudiéndose el raído sombrero.

    -Si hubiéramos salío antes no nos habría pillado la tormenta-, le recriminó un segundo.

    -Yo sí que me he visto negro pa´cruzar a rambla-, aseguró un tercero. Y añadió: -Venía que daba miedo.

    No tardó el ambiente en poblarse de conversaciones, estornudos y ordenado ajetreo. La mayoría de los presentes mostraba los pies descalzos y llenos de barro, con la bocamanga arremangada a la altura de las pantorrillas. Dos de ellos calzáronse las enjutas alpargatas que habían guardado durante el trayecto bajo la chaqueta. A unos metros, el capataz, bajo y regordete, blasfemaba para sí mientras se limpiaba las ropas completamente empapadas.

    El hombre sacó un gastado pañuelo y enjugó la frente del niño mirando con tristeza a unos cuantos chiquillos que, alegremente, juntaban picos y palas. “¡Qué llenos de vida estaban! Ni el frío ni el agua les quitaban el buen humor”. Inspiró profundamente.

    Desde el umbral del cuartel el hombre oteó el horizonte. En el confín, el cielo plomizo se juntaba con la tierra en un abrazo melancólico. Había escampado y reinaba un alba desolada. Cuando varios mineros salieron él los siguió hasta la chabola. Poco después regresó con sus herramientas al hombro. El niño lo esperaba contemplando absorto la mágica poesía del amanecer.

    -Vamos-, dijo con suavidad. El chico se le unió, pero estaba ausente. Llegaron a la boca del pozo. Algunos mineros bajaban la trancada. Ellos aguardaron la jaula y descendieron con muchos más los trescientos metros que los separaban de la tercera planta. Era la última, y allí funcionaba el malacate. Alumbrándose con sus carburos se adentraron por la oscura galería. Gruesos troncos entrecruzados sostenían las paredes y el techo. Expertos conocedores de aquel laberinto, el grupo de fornidos trabajadores pronto se disgregó hacia sus tareas. Poco después horadaban las entrañas de la tierra como un ejército de topos desperdigados por el Dédalo.

    No había transcurrido una hora. El rítmico golpeteo de los picos se perdía por los corredores y el torso descubierto de los mineros brillaba por la transpiración. La actividad era febril. Ni una palabra. Sólo señas y el ajustado trabajo de un aparato de precisión. Concierto de picos y palas. Contrapunto. Y de vez en vez un estruendo. Lejano, el rodar de las vagonetas por los rieles.

    “Eh, tú, ¡date prisa! No te quedes ahí embobao, ¿estamos?”.

    Con esfuerzo el niño volcó el capazo en la vagoneta cargada de mineral. Entonces su acompañante le dejó el farol y empujando el vehículo se alejó hacia el enganche conversando con el capataz. Fatigado los siguió con la mirada. La luz oscilante del carburo se fue haciendo cada vez más débil. Después sólo vio un punto amarillento en las tinieblas. Hasta que desapareció y todo fue negrura. “Ahora que no estaba el capataz podría descansar un rato”. Atravesó la angosta trocha y cruzando las piernas se sentó pesadamente en un oscuro apartadero. “Allí estaba fresco”. Como la luz del distante farol le molestara, cerró los ojos. “¡Qué bien se estaba así”. Siempre le gustó la oscuridad y el silencio de aquel desvío, pero no podía estar mucho. Si lo veían, le regañaban. Y no quería que su padre sufriera. Estaría un poco más y se iría. Apoyó la cabeza contra la pared. Su mente, en blanco.

    El hombre abrió la caja y sacó un cartucho. “Siempre que cogía uno le parecía un bollo de higo. ¡Y eso que los había sacado tantas veces! Desde que comenzó el aprendizaje de artillero en La Carolina”. Abrió el extremo redondo como un duro de plata. “Algún día le contaría al José lo que sufrió en aquellas sierras. Era bueno que supiera cuánto pasó su padre…”. Introdujo el fulminante en la pólvora y aplicó una mecha de unos cincuenta centímetros al primero. “¡Cómo se iba a reír cuando le contara el susto que le daban los barrancos!”. Se dirigió al final de la calle y colocó el explosivo dentro de un boquete abierto poco antes en el “avance” con la barrena y el marro. Después tapó con tierra la abertura y prendió la mecha.

    -¡Barreno ardiendo!-, gritó. Los demás mineros dejaron sus herramientas y, lentamente, se pusieron a cubierto. Él los imitó en seguida ocultándose tras la esquina de una galería ciega.

    -¡Barreno ardiendo!-, volvió a gritar. El eco se perdió por la red silenciosa de arterias soterradas.

    Vorazmente la llama iba consumiendo la mecha. Descansando escuchaban los mineros aquel ruido familiar. Un ruido semejante al que produce el gas de un sifón de soda que se termina.

    -¡Barreno ardiendo!-. Por tercera vez la rutinaria voz de alarma hendió el aire dentro de las galerías. Y llegó, apagada, hasta el oscuro apartadero.

    El niño despertó sobresaltado. “¿Lo estarían buscando?”. Se incorporó rápidamente y asió el capazo. “Debía de ser su padre. Si llegaba a saber que se había dormido…”. Fue por el farol y salió corriendo. “En dos saltos llegaría…”.

    Cuando irrumpió jadeante en el receptáculo, uno lo vio. Pero ya era tarde. El alarido. La explosión: tierra, piedra, hierro que cae.

    Todo con la matemática regularidad de lo fatal. Luego, un montón de materia. Una nube de polvo. La sensación de lo absoluto.

   “¿Aquello? ¿Era aquello su hijo?”. Salió corriendo. Los mineros lo vieron atravesar la explanada y tomar el atajo. “¿Estaría loco?”. Se miraron un instante. Después dos lo siguieron.

    El hombre cayó tres veces en su huida. La última se levantó agitado y lleno de barro. “¿Adónde iba?”. Miró la llanura cubierta de matorrales. Un perro le devoraba  las entrañas. Dio unos pasos y se arrojó al suelo arcilloso. Arrancó unas matas furiosamente. Pero no podía llorar. No, no podía. Se abofeteó. Nada. Sin embargo el perro continuaba mordiendo muy adentro. Arañó la tierra y con el puño cerrado la golpeó muchas veces. “Él tuvo la culpa. Él había matado al José. Si no lo hubiera llevado, si se hubieran ido… La ciudad. ¡Qué lejos estaba la ciudad!”. Se mesó la barba sorpresivamente crecida. “No, no quería volver. No podría soportarlo. Quería estar solo y morirse allí, entre las matas, tendido en el barro como un perro, como el José”. Cerró los ojos. ¡Qué cansado estaba! ¡Se sentía tan viejo! Si pudiera morirse, morirse en un tris…”. Lentamente hundió la frente en el barro. Y no pensó. Así dos, tres minutos. Hasta que levantó la cabeza y la vio. Al principio dudó. Luego sacudió la cabeza varias veces con un abrir y cerrar los ojos. “Sí, era cierto. Estaba allí. ¡Cómo no se había dado cuenta antes! Sin embargo nunca la había visto. ¿Sería…?”. Se incorporó y comenzó a andar como un beodo. La mirada fija y extraña.

    Cuando los dos mineros lo encontraron estaba abrazado a una tosca cruz de piedra que se levantaba al borde de un camino encharcado. Pero ya no era él.

Comentario de ADRIÁN N. ESCUDERO (Santa Fe, Argentina) – Miembro COMITÉ EDITORIAL ARISTOS INTERNACIONAL (Alicante, España):
          “(…) Atreverse a explorar los mundos que giran alrededor del sol o mente narrativa de Camacho, sólo es posible si se está preparado para aceptar los claroscuros de la trama de la existencia humana, acechada por su inescrutable finitud; y donde sólo la belleza del amor ofrenda connotado y denotado por las esencias de la bondad, belleza y verdad, que se entrelazan junto al odio, la violencia y la miseria que orlan como dos caras de una misma moneda a la humana fragilidad, permiten soportar en clave de esperanza y destino de trascendencia, el profundo mensaje que bulle elocuente y vivaz en la excelsa literatura del Maestro de Roquetas del Mar (Almería).
          Si el lector no cuenta con esta perspectiva, sólo creerá deambular por las oscuras quebradas de la “condición humana” (A. Malraux, op. cit.) y el vértigo de las frustraciones y angustias de la vida, visión estrecha que le impedirá otear que, más allá del abismo terrenal, se levanta un cielo cuyo firmamento es la eterna felicidad. Así, los relatos de Camacho ponen a prueba lo que el verdadero escritor y lector poseen por naturaleza: sensibilibidad emotiva y paciente racionalidad elaborativa e interpretativa. Porque los cuentos del Duende Andaluz, como me gusta llamar a don Antonio, horadan nuestra emotividad de criaturas, ésa que promueve y nos lleva a conmovernos en solidaridad de especie, de humanos, de “ser” humanos, personas con dignidad, inteligencia, voluntad y creatividad, y a comunicarnos mediante el gesto y la palabra pensada y obrada como “… una honesta delatora”(dixit Evangelina Simón de Poggia –  El Litoral, Santa Fe, – Argentina, 29-05-2012) (…).
         Por lo demás, se hace difícil encontrar referencias idiomáticas apropiadas para comentar un cuento que, como “EL ESCLAVO”, es pródigo en imágenes tan vivaces y bien plantadas como las que ilustra este paraje del universo “camachiano”. Sus giros idiomáticos abastecidos por un erudito conocimiento del lenguaje castizo, asombran en esta historia donde, como habrá podido apreciarse, la consabida alcurnia de la pluma castellana del Maestro Camacho, potencia el rigor de su impronta narrativa y la eleva hasta tan elevadas cumbres del Verbo, que sólo aquel que entrena su oficio de Escritor como el águila y el cóndor su vuelo montañez, podrá avizorar en la hondura y holgura que guarda el Maná de su Palabra, como hospitalaria casa del significado de todo y de todos. Casa donde es posible aprehender con tensión y ternura combinadas, los claroscuros de la existencia humana en el vértigo de sus angustias, frustraciones y heroísmos (…).
         O el lenguaje puro, nato y neto del cuento, como “lienzo de la vida” (dixit el Poeta barcelonés Leonardo Galea Apolo), con el espíritu evocativo y lírico, realista y sagaz de un, asimismo, auténtico cronista de su tiempo (…)”.
Adrián N. Escudero – Fragmento ob. cit. – 19/29 de Mayo de 2012.-

 

CUATRO CHAPAS[1]

Adrian N. Escudero
( Sta Fe-Argentina)

Diego Oxley, Maestro santafesino del cuento costumbrista, in memoriam…
Y a Cartoneros (gente que sobrevive de la basura de la Sociedad Actual) y Piqueteros (gente desocupada que corta rutas para dar a conocer su hambre de dignidad) de la Nueva Argentina Globalizada.

   Lluvia…

   Una fuerte ráfaga de viento trepidó sobre los árboles y ayudó a la lluvia a cabalgar, enhiesta, por una ciudad escondida en el miedo tras una fortaleza de muros y techumbres (desde impávidos ventanales, rostros difusos resbalaron y cayeron como sombras de seres sin sombras).

   Las gotas, dispersas al principio, se aliaron en pocos segundos, y, apretujándose unas con otras, montaron briosas sobre el corcel del viento gris que, al final del otoño, trae entre sus dientes pastosos, sueños, melancolías y recuerdos tan oscuros como aquellas diminutas bombitas acuosas de aciagos presagios.

    Y sacudieron el aire.

    Lo agitaron y envolvieron, como juramentadas, en un cimbreante hechizo potteriano que conquistó cada molécula de su oxígeno, hasta devorarlo todo y explotarlo, en un instante, como una vandálica sinfonía de liendres húmedas que obnubiló el ambiente y lo cubrió de brumas a la hora del crepúsculo.

   “Usted es importante, amigo”, dijo el Referente del distrito. “Y, para que lo sepa, en mérito a su constancia, le vamos a regalar unas chapitas nuevas para reforzarle el techo al refugio. Ya los cumpas de la Básica nos han advertido que la viene pasando brava con cada tormenta que se le viene de arriba… Y eso es feo, che”.

   “¡Maldita lluvia!”, pensó Ramón Castillo. Y tosió como para ahogar a ese trueno brutal que estremeció la tierra, viniendo desde la aurora y electrizando el cielo hasta el tenebroso escondite del sol…

   “¡Maldita sea”, y se hundió en la cama desnuda y quejosa, como él, mezclándole su amargo aliento (de vino malo)  e inmundo (es decir, peor que sucio de la miseria de las sobras que, desde el noreste nacional, lo perseguía de pequeño ultrajándole más su condenada indignidad…).

   “Así que…”, recordó El Referente, “… no se olvide de cumplir como corresponde, ni se me ponga ´alegre´  antes de tiempo. Si se duerme, después de las seis de la tarde se termina la cosa; y, las chapas, bueno… Además, espero que los cien de la villa no fallen. ¿Comprendido, amigo? Nos vemos, ¿eh? Ah, ¡y que viva el Doctor, carajo!”, le instó luego a gritar en tono encendido y adulador. “Sí…, que viva, carajo y caracho”, fue su respuesta desganada y levitada -por el aire aguado- hasta el agujero sin fondo donde las temidas gotas se reclutaban y amalgamaban, cual sólida argamasa, para transformarse luego en látigos violentos que, como guirnaldas de viento y agua, azotaban la enclenque estructura de su rancho en Barrio Acería…

   … Que no tuvieron piedad como tampoco la habían tenido antes. Era la seguridad de poder hacerlo. De hecho, lo habían comprobado otras veces… Habían comprobado que, su ahuecado abismo, pequeño pero efectivo (diminuto como un sol ausente) podía conseguir todo aquello a lo que una gotera, precaria y astuta, puede aspirar: la protesta, el desaliento y el irascible gesto del habitante humano que ve asomar su babosa arquitectura, tomar cuerpo y deslizarse, lentamente, en sutil compostura, hasta estallar a los pies cual impertinente intruso (cuajada de burlona sonrisa aristocrática)… Y, detrás de ella, todas las demás; como un cortejo monocorde e infame, vuelto música de palanganas y cacerolas ante la troyana impotencia de su majestad, su excelencia, don Ramón Castillo de Prados y Puertas, actual Ramón de Cuevas y Caños…

   “¡Maldita lluvia, malditas chapas, maldito rancho!”, fue su queja airada y repetida con la lógica furia de un ego arrebatado, mientras peleaba por clausurar oídos y aliviar la mente afiebrada, torpemente, por el alcohol barato y el humo de mil cigarros retorcidos…

   Se sentía mal. Verdaderamente mal.

   “Pobre, pero honrado”, había sido siempre su lema desde que escapara del Chaco hacia el Litoral Argentino, en busca de mejores horizontes. Porque también siempre lo había intentado: discutir con sus hermanos del quebracho por lo que creía justo, más allá de la desdicha o, si se quiere, provinciana austeridad templada por el estómago vacío, los huesos solitarios y transidos, y los músculos trizados por el bolsaje del puerto de Reconquista y la zafra verense algodonera… Cosas heredadas de su padre y un Viejo Coronel  luego “engeneralizado” por el pertinaz apostolado de sus compañeros de lucha… Hace mucho, mucho de esto, ¿no? En la sepia década de los ’40… Pero nunca había pedido nada a cambio de la prédica y el esfuerzo solidario. Sólo trabajo, alguna oportunidad de escaparle a la vinchuca, cerrado por el orgullo manso e irreverente de los que quieren crecer con responsabilidad y libertad de conciencia.

   Hasta que reventó. Y la oleada mugrosa lo trajo para la Ciudad del (Puente) Colgante, porque le decían “La Cordial”…

   Es que lo que vivía ahora era distinto. ¡La pucha! Muertos los veinte, estos treinta y pico que parecían setenta años, lo venían traicionando y de veras, ¡claro que sí y la pucha! Resignar su ley y pasar factura. Así era la cosa por estos tiempos y estos lares (aunque miró para atrás e intuyó que siempre había sido así). Cosa de tonto replanteársela. O de bruto sentimental… Porque todo el mundo lo hace… ¿O no?

   Entonces, el suceso con el que acababa de comprometerse, le volvió a agitar la conciencia… Sí, como el techo de su espanto villero, había sido finalmente agrietada por la malicia del poder que no repara en medios para hacerse dominio y demonio. Aunque intentara disimularlo pensando que, allá, en la distancia de su historia personal, otras gotas de recuerdos duros ya la habían resentido y perforado anudándole el alma; y que, desde la hondura sencilla de su propia lástima, comenzaran a asomar, pícaramente (y al modo de esa lluvia traviesa que tanto le atormentara) por el dintel sin luz de unos ojos perdidos y vidriosos…

   “Ta bien, Doctor Funes. Yo me encargo. Ramón no falla. Ramón consigue los cien para que voten; de cualquier forma: sobrios, chupados, maltrechos  o del cogote. Pero que vengan las chapas, Doctor. Que vengan las chapas.

[1]  ADRIÁN N. ESCUDERO – Santa Fe, Argentina  05-01-1998. Texto ajustado: 07-09-2002 y 19-11-2008.-
   Integra el Libro “EL EMPERADOR HA MUERTO (Y Otros Cuentos)” (Colección de Realismo Mágico). Editorial Dunken SRL (Buenos Aires, Argentina). Año 2017/2018.
   Integra el Libro “DOCTOR DE  MUNDOS II – Visiones Extrañas” (Colección de Ficción Conjetural y Metafísica). Inédito. La Botica del Autor. Santa Fe (Argentina), 2003-2018.
     Publicado el 07-06-03 en el Suplemento Cultural  “La Palabra”  –  Diario  “La Opinión”  (Rafaela), 07-06-03; y el 10-06-03, en su edición on line www.laopinonrafaela.co.ar
     Publicado el 20-11-08 en el Magazín Virtual MUNDO CULTURAL HISPANO (Círculo literario de Alicante – España – Director: Denis Roland-España).
     Publicado en la Revista Gráfica Trimestral  “DECIRES (Revista de Letras, Artes y Cultura” – Año 3, Nº 3 (Setiembre-Octubre-Noviembre 2008) – Enero 2009, págs. 123/124. Comercio y Justicia Editores – Babel Editorial. Cosquín (Córdoba-Argentina). Secretaria General y Directora Editorial: Victoria Servidio.
   Publicado el 14-10-2017 en el Blog de Autor del Foro “PARNASSUS, PATRIA DE ARTISTAS (Patria simbólica de escritores y artistas internacionales)” (Buenos Aires, Argentina). Galardonado por el Foro como “Prosa Destacada”. Responsable: Prof. Marisa Aragón Willner.-

                              

ZENÓN
Autora: María Sánchez Fernández   

España 

Nunca supo donde había nacido ni quienes fueron sus padres. Su recuerdo más lejano estaba en un gran solar abandonado y tenía mucho frío y mucha hambre. Siempre se dedicó a husmear en los cubos de basura para poder alimentarse, y siempre anduvo de acá para allá como un mal paria.

      ¡Cómo añoraba un hogar! Muchos días se iba a un parquecillo donde muchos perros, más afortunados que él, paseaban con sus dueños luciendo bonitos collares. ¡Cómo los envidiaba! Él no tenía a nadie, ¡siempre solo!. Hubiera dado toda su libertad por ser como uno de ellos. Muchas veces se acercaba a alguna perrita para hacerle una caricia, pero siempre, siempre, lo echaban con malos modos diciéndole: “¡fuera de aquí, que tienes pulgas! Él se sentía tan desgraciado, que se iba a llorar a su rincón favorito: un escalón bajo un escaparate.

      Un día su corazón latió más aprisa. Vio como se acercaba un niño con una cartera llena de libros, silbando una canción y dando con la punta de sus botas patadas a una pequeña piedra. El perrillo no lo pensó dos veces. Salió corriendo tras ella y se la trajo en la boca. Esperó moviendo la cola a que volviera a tirarla, y así, piedra y perro fueron yendo y viniendo el trayecto hasta el Instituto.

      El muchacho entró en el Centro y se olvidó por completo del animalito. Al cabo de varias horas, y ya terminadas las clases, salió a la calle y vio que el perro lo estaba esperando en la puerta muy contento y dispuesto a seguirle los pasos. Como lloviznaba, lo metió bajo su impermeable y se lo llevó a casa.

      Subió a su habitación y lo colocó en la mesa mirándolo con atención. No tenía una raza muy definida, pero era bonito. De color gris, pintado de negro. Grandes orejas le caían pesadamente, y los ojos, bajos y tristes le miraban diciéndole: “Quiéreme”.

      El muchacho lo acarició y le dijo:

      −Serás mi amigo. Como tienes cara de ser inteligente, desde hoy te llamarás “Zenón”, como aquel señor tan sabio de la antigua Grecia que enseñaba filosofía a sus alumnos. ¿Y sabea qué les decía? Pues les decía que cambiar es absurdo, que carece de sentido, que el ser es inmutable. Ya ves, todo lo contrario de lo que pensaba su colega Heráclito, que decía: “No te bañarás dos veces en el mismo río, pues todo cambia, todo está en continuo movimiento”. ¿Qué te parece? A mí me gustan más las teorías de este último, son más divertidas, pero el nombre no te encaja. Es demasiado largo. Decididamente te llamarás “Zenón”. A sí que nosotros, “Zenón y Miguel, nunca cambiaremos, seremos siempre como hoy, camaradas hasta el final.

      Y cogiéndole las grandes orejas le dio un sonoro beso en la nariz. A “Zenón” se le inundó el corazón de alegría, y dando un salto, se abalanzó sobre el muchacho. Cayeron los dos rodando por el suelo. Miguel riendo. “Zenón ladrando. Así empezó una entrañable amistad.

      ¡Qué feliz se sentía cuando su amigo lo bañaba! ¡Aquello era una delicia! Un día lo llevó a casa del doctor y le pincharon para que no enfermara. Le puso un bonito collar con su nombre y ¡qué orgulloso se sentía cuando iba luciéndolo junto a Miguel! Ya nadie le reñía, y hasta podía acercarse sin miedo a alguna perrita.

      Pasaron los meses y “Zenón” dejó de ser un cachorro. Nunca se separaba de Miguel. Le gustaba quedarse sentado ante él cuando el muchacho estudiaba en su cuarto. Éste lo hacía en voz alta, y cuando se aprendía los temas, hacía de profesor con “Zenón” y se los explicaba de la A a la Z. Así, él también se fue instruyendo aprendiendo Historia, Geografía, Filosofía, Lengua…Las Matemáticas y la Física nunca llegó a comprenderlas muy bien. Cuando Miguel le explicaba alguna ecuación o alguna fórmula, bostezaba ruidosamente, dándole a entender que se aburría. Se tumbaba y fingía dormir. Así pasó el tiempo y los dos terminaron el bachillerato.

      Un día, “Zenón” salió solo a dar un paseo. Vio un automóvil que tenía el maletero abierto y se acercó curioso a olfatear en su interior. Sin más, el maletero se cerró de golpe. Quedó atrapado. Empezó a aullar, pero nadie le oía. Notó que el coche se movía incesantemente y en seguida se dio cuenta de que iban a gran velocidad por una autovía. Pasaron varias horas: Al fin el vehículo se detuvo. Cuando abrieron el maletero saltó rápido y huyó como alma en pena por las calles de una ciudad desconocida. Era ya noche avanzada y hacía frío. Se refugió en un pequeño portal que se hallaba abierto y allí pasó la noche entre pesadillas y sobresaltos.

      Cuando llegó el día, salió a dar una vuelta para orientarse, pero aquello era horrible. Todo era desconocido para él. Le acució el hambre, pero no encontraba nada que llevarse a la boca. Vio a una niña comiéndose un bocadillo y se acercó a ella zalamero. Le dio un pedacito que comió con avidez, pero aquello no era suficiente. Pasó cerca de una señora que llevaba la cesta de la compra, y en un descuido de ella, metió la cabeza dentro de la cesta y cogió lo que pudo. Salió corriendo ganándose una pedrada en el lomo que le propinó la misma señora. ¡Cómo se avergonzaba de su mala acción! ¿Qué hubiera pensado de él su amigo?

      Comió y trató de orientarse. Estaba en una ciudad grande, llena de bullicio y de ruido y observó que el acento de la gente no era el mismo que el de Miguel. Al menos ya tenía una cosa en claro, ¡estaba en otra provincia! ¿Cómo podría volver? No había que desesperar. Con astucia y buen tino todo se resolvería.

      Siempre se había fijado que en todos los vehículos de su ciudad, la matrícula tenía la misma letra. En esta, en la que él se encontraba, la letra era otra distinta. Así es que se dedicó a mirar por todos los aparcamientos. Buscó un día, y otro, y otro, pero aquella querida letra no aparecía. Desistió de este empeño y salió de la ciudad.

      Anduvo días y días hambriento y cansado. Su corazón y su  instinto lo guiaban siempre hacia adelante. Le cogieron lluvias, fríos y ventiscas, pero él no desfallecía. En las noches de tanta soledad se acordaba de Miguel y ¡cómo lloraba!

      Un día llegó a una estación de servicio atraído por el olorcillo que salía del bar. Entró en él, y con los desperdicios que encontró en el suelo pudo saciar su apetito.

      Hizo una observación: Allí la gente hablaba igual que su dueño. Salió a la calle y vio una camioneta que estaba repostando, y, ¡Eureka! ¡Allí estaba la tan soñada letra! Dio un tremendo salto y subió detrás acurrucándose entre un montón de sacos. El camión se puso en marcha y a “Zenón” le invadió una enorme esperanza: ¿Volvería a casa? Al cabo de un buen rato el vehículo se detuvo cerca del mercado. “Zenón” saltó rápido y por poco se desmaya ¡Había vuelto!

      Salió corriendo, veloz, no quería pararse en nada. Sólo pensaba en abrazar a Miguel y pedirle perdón por aquella travesura. Llegó a casa y con la patita arañó la puerta. El corazón le latía tan fuerte, tan fuerte, que hasta le dolía. Al fin la puerta se abrió y cayó al suelo extenuado, sin fuerzas para nada.

      Cuando se recuperó, se vio colmado de cariño. Fue bañado, alimentado, y recibió tanto amor, que juró no separarse jamás de su dueño.

      Miguel se matriculó en la Facultad de Derecho y todo empezó de nuevo. Las horas interminables de estudio en el pequeño cuartito, y él, “Zenón”, paciente, como siempre, soportaba las explicaciones como buen alumno que era. Terminó por aprenderse buena parte de los artículos del Código Penal, pues Miguel los repetía una y otra vez hasta el cansancio. Algunas veces hacían prácticas y simulaban  un juicio en el que “Zenón” siempre era el acusado. Miguel, cuando hacía de fiscal decía cosas horribles de él, y en cambio cuando lo defendía sólo le faltaban alitas para ir derecho al cielo.

      ¡Qué orgulloso se sentía de su amigo cuando lo veía ten elocuente! Nadie tenía la suerte de tener un dueño como él.

      Paso el tiempo y Miguel terminó sus estudios. “Zenón” se sentía cansado. ¡Ya era viejo! ¡Qué vida tan maravillosa había sido la suya!

      Una tarde salió a dar  un  pequeño paseo cerca de casa  y vio que una niñita cruzaba la calle por un sitio indebido. Al momento intuyó el peligro. Un automóvil se le venía encima. Dio un formidable salto y se arrojó sobre la pequeña lanzándola a la acera, pero a él no le dio tiempo y quedó bajo las ruedas del coche.

      Su último pensamiento fue para Miguel.

“EL CANDIL”     

Angel Medina ( España)                                  

Siento fascinación por la figura de Diógenes. Lo retratan dos anécdotas que hablan de sendas virtudes. Su libertad y la capacidad de decir mucho con poco, para hacer pensar. La primera la describe la visita de Alejandro Magno, hallándolo dentro de un tonel calentándose. El rey le preguntó qué podía hacer por él, respondiéndole: “apartarte, pues me  privas de tomar el sol”. La segunda se corresponde a su caminar por el Ágora al medio día  provisto de un candil, y siendo interpelado, respondió: “Busco a un hombre”.

Un hombre equivale a su pensamiento y éste es fruto de lo que guía su existencia. Animado por el personaje decidí hacer una prueba, y, sosteniendo la imaginaria lámpara me dirigí a un gran hospital.

–          ¿Qué hace usted, doctora?

–          Reparar personas para que puedan vivir.

–          ¿Qué es la vida?

–          El proscenio del ocaso.

–          ¿Por qué morir?

–          Porque cae el telón que pone fin a la tragedia.

–          ¿Sabe para qué ha nacido?

–          No. Pero hemos de morir. Y punto.

Insatisfecho me dirigí a la Penitenciaria del Estado y pregunté por el ajusticiador.

–          ¿Qué hace usted, señor verdugo?

–          Lo que nadie desea hacer. Tengo que vivir.

–          ¿Para qué se  vive?

–          La vida es algo impuesto. Yo no la he pedido.

–          Su oficio ha debido familiarizarle con la muerte. ¿Sabe por qué se muere?

–          El polvo ha de retornar a la tierra.

–          ¿Para qué se nace?

–          Para morir. Sólo para eso.

El sayón tampoco había satisfecho mis preguntas y necesitando interviuvar a una lumbrera decidí buscar a un filósofo.

–          ¿A qué se dedica usted, señor intelectual?

–          Lo mío es puro existencialismo.

–          ¿Y qué es el hombre?

–          Un deseo  insatisfecho  sobre el que gravita  la condena de su propia hambre.

–          ¿Cómo saciarla?

–          No puede. Como la vida, él es pura inercia. Al final todo acaba.

–          ¿Y por qué ha de ser así?

–          Somos una lucecita en el Cosmos que súbitamente se desvanece sin más. No busque otra explicación. Pura nada.

–          Entonces, ¿qué sentido tiene venir al mundo?

–          ¿Qué es la vida sino un aborto de la muerte?

Al marcharme, me pregunté: ¿Es el hombre una pasión inútil?

Vagando  por la ciudad me encontré ante un manicomio. Allí se encontraban los desheredados de la tierra. Los que estorban y son apartados de la sociedad. Los leprosos de la mente. Desconfiando qué podría encontrar allí, me acerqué a uno de ellos, espetándole:

–          ¿Qué hace aquí, señor lunático?

–          Vegetar y pasar el tiempo.

–          ¿Y por qué está?

–          Me trajeron a la fuerza. Eso trae el ir contra corrientes. Quien no sigue las pautas marcadas se constituye en una afrenta para los demás.

–          ¿Para qué vive?

–          Acepto  resignado ser flor de mi propia tumba.

–          ¿Por qué habla de muerte?

–          Es la  otra cara de la vida y,  en medio un puente. Debemos entender la conexión entre ambas.

Aquellas palabras del enajenado me animaron a ahondar.

–          ¿Sabría darme alguna razón del por qué ha sido arrojado a la tierra?

–           He nacido para alcanzar ser yo; el ser humano  vive en guerra consigo mismo, pero no me han dejado hacer mi lucha.

–          ¿Tendría la bondad de explicarse?

–          Los hombres no quieren hacerse preguntas embarazosas o de difícil explicación, cuando menos comprometida. El Poder domina todo y procura hacernos dóciles para vendernos toda clase de  consumismo. Para ello, trata de vaciarnos de valores y sustituirlos por los suyos: el hedonismo y el materialismo. Quien más tiene, más es. Por eso, necesita negarnos un alma.

Escuchándole, me preguntaba si sería necesaria la vesanía para obtener la respuesta más allá de la sensatez.

–          ¿No consiste la evolución en un devenir? El hombre ha de concluir su propia evolución para sofocar  su sed. Una ética personal y colectiva que requiere enfrentarse con el  mundo.

–          ¿Cómo apagarla?

–          Vaciándose de sí y rehusando los cantos de sirena que se le ofrecen. Quien se oponga se arriesga a perder el don de la libertad. Ahora ya conoce por qué estoy aquí.

Cuando me despedí de él tenía dos cosas claras. Una, que quien reta al sistema acaba siendo devorado por él. La otra, la coincidencia de sus palabras con mis ideas. Pero, a la vista de lo visto, sería prudente no expresarlas públicamente, porque, como él o el propio Diógenes me podrían igualmente tener por loco. Este creo yo que es el drama de la humanidad: no entender lo que somos ni lo que podemos ser y temer expresarlo. Y quien lo intenta ha de estar dispuesto a pagar el precio de su emancipación.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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