CUENTOS Y RELATOS

 

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LOS OJOS DEL DHARMA 

 Asba Barrenechea Arriola ( Argentina)
Tercer premio Certamen literario “Rose – Mary Chomali Gomez”
 Buenos Aires

Los ojos de Dharma son tan azules que me recuerdan el Lago Puelo. Aquel lugar maravilloso donde pasaba mis vacaciones de niño en casa de mis tíos raros.

Toda la familia los consideraban raros, yo no. Para mi eran la esencia pura de la vida. Claro que en ese momento no conseguía manifestarlo con estas palabras, pero ellos me daban una paz y una tranquilidad que de ninguna manera podía encontrar en las movidas calles de Buenos Aires.

En realidad, mi madre tampoco compartía el hecho de que su hermana se casara con ese personaje tan extraño que solo comía comida natural sin químicos ni agregados. Que llevaba el cabello largo, atado en cola de caballo. Aún cuando se estaba poniendo pelado y este peinado era un poco ridículo. A los chicos nos daba mucha gracia.

Pero la vida que da vueltas en caprichosos círculos de enseñanza la llevó a tener que enviarme todas las vacaciones de invierno y de verano a que pasara con mis tíos de la Patagonia a raíz de una extraña alergia que me afectaba sobre manera mi salud y solo lograba curarme en ese lugar paradisíaco que tan celosamente cuidaban mis tíos raros.

Recuerdo jugar entre las flores silvestres con Luna y Cielo mis primas. Andar a caballo por los senderos montañosos. Juntar frutillas y frambuesas del suelo en canastas de junco natural que hacia mi tía con formas rarísimas y hermosas.

Recolectar y preparar las frutas en una gran olla para hacer muchísimos frascos de dulce para todo el año.

Hacer panes en el horno de barro. Juntar la leña para el hogar.

Buscábamos los huevos y dábamos de comer a las gallinas y las codornices. Y siempre sembrábamos algo cuando yo los visitaba, para recordar cuando volviera que planta había nacido o que fruto se había convertido en dulce gracias a mi aporte de cuidado.

Será por eso que a pesar de tener que estar en la ciudad por mi trabajo siempre tengo mi tiempo para el pequeño espacio natural de la casa. Hago quinta y tengo frutales.

Por eso cuando nació Dharma, planté un cerezo. Dicen que cuando una vida llega a la familia hay que plantar un árbol. Yo elegí el cerezo. Para que cada primavera pudiéramos disfrutar de la belleza de sus flores.

Dharma tiene los ojos color del lago.

Me expresan un puro deleite de amor en su mirada. Dicen que los abuelos vemos a los nietos como los mas bellos del mundo.

Sus ojos me trasladan al lago, y su carita me dice lo que siempre me decían mis tíos, cambiemos el mundo con pequeñas acciones. Conservando la naturaleza, queriendo a los animales, plantando árboles, comiendo de manera natural, cuidando el planeta desde lo más simple.

Siempre le inculqué eso a mi hija, sin embargo, la inconciencia de otros tuvo que caer sobre su vida. Trabajaba en el polo petroquímico, la seguridad parecía estar controlada, pero aquel día que las máquinas dejaron de funcionar correctamente todos aspiraron gas tóxico. No hubo ninguna muerte. Los medios de comunicación se olvidaron del asunto en un mes.

Marisa no sabía que estaba embarazada. Cuando lo supo le aseguraron que lo del gas no era relevante.

Y nació Dharma.

Con los ojos mas bellos que pueden existir, y que siempre me recuerdan al Lago Puelo. Donde la vida aún es natural.

Dharma es realmente bella, tiene bucles dorados como su madre cuando era niña, y la tez tan clara que se sonroja por nada. Sus  manos son delicadas y suaves. Pero su andar es torpe y su mente es lenta. No habla. Camina poco y con ayuda. Según dicen los médicos nunca dejará los pañales.

En las siestas de invierno o las tardecitas de verano, el rinconcito vivo de la gran ciudad que es mi patio, nos brinda mucho placer a Dharma y a mí. Sentados bajo la sombra de los árboles le cuento una y otra vez mis anécdotas con los tíos raros.

Cuando junta sus manitas blancas como aplaudiendo la vida que le muestro, luego aletea, ríe y hamaca su cuerpo como afirmando que allí esta el secreto de la vida. En cada planta, en cada animal, en cada piedra, en cada ser. Todos distintos. Para qué comparar. Todos iguales en esencia.

Dharma tiene las mejillas rojas como las cerezas que cosechamos este verano. No habla, pero sus ojos, color del lago, y su grito balbuceado me dicen:

  • Abuelo, salvá este mundo que es un milagro.

LAS PEQUEÑAS Y LAS GRANDES COSAS
(O LA PAVADA Y LA ARMONÍA)
Hugo Luis Bonomo ( Argentina )

-¿Por qué te molesta, si es una pavada?

-Y si es una pavada ¿Por qué lo hacés?

«En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, solo es cuestión del color del cristal con que se mira»

Esta frase de Ramón de Campoamor, que alguna vez hemos escuchado, aparece como no teniendo nada que ver con las cosas grandes y las cosas pequeñas. Pero sí.

Primero, se justifica un pequeñísimo análisis del adjetivo «traidor» endilgado al mundo.

Suponemos que cuando quién lo dijo, pensó o se planteó al mundo como traidor, lo hizo en relación directa a la verdad y a la mentira, porque, seguramente, estaba sufriendo una experiencia personal en relación a un hecho que modificaba sustancialmente su escala de valores. Es decir que, ante un planteo justo, racional, honesto, etc.; desde una visión opuesta era descalificado por ser absurdo lo que planteaba, o viceversa.

Esto, que cada vez es más notorio al modificarse día a día los conceptos clásicos, es lo que hace sentir a los seres humanos, sobre todo a quienes han logrado preservar algo de sentido común, como pertenecientes a otro planeta; fundamentalmente al observar a las personas «notables» actuales como ejemplos de lo que, tradicionalmente, no debiera ser.

Evidentemente el mundo no tiene nada que ver con las personas que cada día abusan más de él y se sienten como sus propietarias, trasladando al ámbito su catadura personal.

Pero no es nuestra intención, por lo menos en este escrito, plantear las cuestiones fundamentales. Aquí venimos a cuestionar lo opuesto; lo nimio, las tonterías, las pavadas, lo cotidiano e intranscendente, los pequeños actos que afectan nuestra vida diaria y que nosotros, comunes ciudadanos civiles y trabajadores standard, estamos en condiciones de considerar y tratar de modificar.

Estos hechos, o hechitos, afectan a las yuntas, a los tríos o a los pequeños grupos que tratan de convivir de la manera más armónica el mayor tiempo posible. Si después los grupos aumentan, los hechitos sirven de ejemplo y forman conductas reprochables o se potencian y se convierten en hechitos grandes o grandes hechos; que quede claro que esto no cabe en este artículo ni puede ser causante de endilgarnos alguna responsabilidad.

Ustedes se habrán fijado que es bastante común en las reyertas entre parejas, amigos, sociedades, padres e hijos, familias, etc., fundamentar el hecho en que la otra parte se fija o hace problemas por cosas insignificantes. En un orden, más o menos aproximado podemos citar:

Dejar los frascos destapados, las puertas abiertas, las cosas en cualquier lugar, no levantar los objetos caídos, arrojar cosas al suelo, no devolver libros, llegar siempre tarde, dejar plantado, no devolver, ocultar alguna cosita, quedarse con un vuelto, no avisar por teléfono, olvidarse de recomendaciones o encargos, etc.,etc.,etc.

Como en todo análisis de las conductas humanas, el porcentaje de subjetividad es muy grande y, por lo tanto, las dimensiones a evaluar pasan a depender del cristal con que se mira. Sin embargo, un mínimo de inquietudes lógicas y de sentido común nos permitirá dejar asentadas algunas opiniones que sustentamos y defendemos.

LUGAR: Casa. Pomo de pasta dentífrica. Tiene una abertura por donde sale el contenido y una base cerrada. Alguien oprime el pomo en la parte superior, inmediatamente debajo del orificio de salida.

La repetición de dicha práctica traerá aparejado el depósito de toda la crema en la parte inferior y el impedimento de su paso hacia la salida.

Quién se fija en esa pavada es, a ojos del que lo hace. un tarado.

Pregunta: ¿Ese tarado confiaría en el sentido común del aprieta pomos, si lo dejan al cuidado de abrir o cerrar el paso de una transfusión de sangre o de un respirador artificial?

LUGAR: Trabajo. Elementos, libros, anotaciones. Muebles con cajones, estanterías y lugares disímiles para guardar cosas. Alguien usa las cosas y las pone, sistemáticamente, en un lugar distinto del que las sacó.

Es evidente que el encontrarlas -que, a veces, puede ser considerado un milagro- implicará pérdida de tiempo, alteración del ritmo de trabajo y del humor, menos eficiencia, etc., etc., etc.

Quien se hace problemas por esa nimiedad es, a ojos del desordenado, un histérico.

Pregunta: ¿Que pasaría si el histérico sufre un ataque, un asalto o un incendio y necesita un medicamento, una agenda o un extinguidor?

Nos planteamos la correspondencia de estas estupideces, hacia el final del milenio, y pensamos que podemos estar fuera de onda y que estas actitudes son las lógicas para la cultura light que se viene.

Puede ser que exageremos las situaciones y que quien aprieta el pomo desaprensivamente o pone las cosas en cualquier lugar, o no cierra una puerta o se queda con un vuelto, sea más responsable cuando la situación así lo exija.

También puede ser que nos equivoquemos y que quién cometió un error con el respirador, o puso el veneno para ratas en el lugar del medicamento, o no bajó la barrera cuando venía el tren o se robó toda la plata del pueblo contribuyente, no hayan empezado el camino hacia estos hechos haciendo algunas pavaditas que no tenían importancia.

 

 

 

LA LLUVIA Y EL MAR

 ADRIÁN N. ESCUDERO – Santa Fe, Argentina – 21 de Mayo 2018 (T.a.: 11 de Junio de 2018).-

 

A los integrantes de la Asociación Santafesina de Escritores (ASDE), Sociedad Argentina de Escritores (SADE-Filial Santa Fe), Asociación Santafesina de Lectura (ASL), Asociación Cultural Santafesina «El Puente» e Instituto Argentino de Cultura Hispánica de Santa Fe (ICH-SF), celebrando con vivo gozo y junto a Escritores Rafaelinos Agrupados (ERA) y demás Entidades Culturales y Foros Literarios de la Provincia de Santa Fe en particular, y del resto de las Provincias argentinas en general, a este Junio Literario Argento y sus maravillosas efemérides en clave de tinta y el papel: Día del Escritor (13) y Día del Libro (15). Con afecto admirativo a todos ellos, mis hermanos en Humanidad, alimentados por el maná de la palabra en nuestro peregrinar por el desierto del caos y hacia el oasis de la imaginación creadora…

En especial, al prolífico y prestigioso narrador rafaelino, Ángel Balzarino, reciente viajero inesperado al Cielo de los Escritores. In memoriam…

 

   La lluvia y el mar. El mar y la lluvia. La lluvia sobre el mar. El mar bajo la lluvia. La lluvia, nostalgia en movimiento. El mar, melancolía en calma. Atardece. Un resto de crepúsculo se despereza sobre la línea del horizonte como el filo de un cuchillo.

   Cuchillo herrumbrado en lluvia culposa acunada en mar plomizo y uruguayo pautado como despedida, en clave de turístico amorío. Cuchillo que penetra -pincelada de púrpura ardiente- el mestizaje marítimo que se aplana sobre la playa muda de voces y de sol, entretejido bajo aquellos faroles costaneros prontos a encenderse.

   Cuchillo herrumbrado por la lluvia y el mar. Ocre… Un cuchillo atardecido y difuminado artero como el humo grueso del habano que aspiro ahora, lentamente, aunque mi Cuba esté lejos… Humo de habano masticado esfumándose entre mis manos cetrinas, aunque mi Cuba siga lejos… Tan lejos… Un cuchillo que da forma a mi pena despuntada en el brillo plomizo y charrúa del mar de Piriápolis, mestizado en su océano Atlántico por las aguas sepias del Río de la Plata.

   Pero no estoy en Cuba; aturdido por los hechos, me repito en silencio el poema 19 de Neruda con el que la hube estremecido después de nuestro furtivo encuentro en aquel cuarto afrancesado del Argentino, y sigo asomado hacia aquella estrecha bahía, oteándola ahora desde el confortable habitáculo de un Nissan alquilado como absorto turista en solitario impasse –vuelto ausencia imprevista- y detenido, sin saber qué hacer, en esa falsa copia de costanera almeriense que se contorneaba como un serpiente en sus siete kilómetros de playa, animando de arena a una diminuta pero activa villa marinera de aguas mixturadas y poco profundas…

   Y cuando decido bajar del auto y bendecirme con aquella garúa fina y sincrónica como una letanía gregoriana, observo sin obstáculo alguno a esa mezcla difusa, ora verdosa, ora marrón, ora cenicienta, mas ah/ora plomiza por la fuga cada vez más cierta del sol en el paisaje, ligando el infinito presente de un reciente adiós sin retorno porque ella…, ya se ha ido. Y la pena de su pérdida lucha en mi interior -en aquel lugar donde el mar es la lluvia y la lluvia es el mar, como en ningún lado- porque la nostalgia de su adiós inexorable, toma también el color verdinegro de una bahía uruguaya donde se hamaca -en calma y sin cesar- la marcada infusión de aquellas aguas salobres y yodadas…

   Sí, el mar, en calma. Y hamacándose sin cesar. También él como yo, turbado y escaseado incluso de ellos…

   … De ellos… O de todos aquellos hombres que, como niños, habían anticipado en la mañana una bella alborada de estío para irrumpir -con sus juegos- en la mansa arena del gigante agridulce estacionado -como un buque más- en el puerto de Piria. Hombres y niños. O niños jugando como hombres. Y hombres jugando como niños, en un eterno Jano que parece señalar -en sus inexorables extremos- aquello de que cuando niños deseamos ser hombres y cuando hombres volver a ser niños.

   Pero ahora ellos tampoco están. Se han ido también como… o con ella. Y la nostalgia muerde mi soledad y la parte en pedacitos tan pequeños, tan efímeros y diminutos, que se tornan como unas de esas gotas de lluvia que cae sobre el mar, mientras éste las acuna –en ciega obsecuencia- con sus pies de brisa tenue y tersamente movedizos… Gotas de golpes frágiles que se arrebatan y se adhieren a los vidrios polarizados de mi auto nipón tejiendo la impronta de una colmena acuosa… Una colmena de gránulos de arena fina y de cuyos panales asoman semillas de ojos redondos brotados de sal…

   Esto, a la izquierda. A la derecha, el Gran Hotel Argentino, donde al glamour de su estirpe europea moldeada en estilo neoclásico francés, irrumpe y se acopla otro tipo de pesadumbre emparentada con la mía, pero que hinca sus raíces doradas y marmoladas, en una compleja argamasa de recuerdos viscosos unos y felices otros… Los de aquellos fundacionales años 20 enmarcados en alucinantes recortes fotográficos que cuelgan –en su sótano espacioso vuelto museo- de unas mohosas aunque pertinaces, augustas paredes vivientes para quienes el tiempo no ha existido ni existirá jamás…

   … Y todo mientras la radio del auto alquilado, susurra -sin rubor alguno y a mis espaldas- la tibia y apasionada voz de Celine Dione, pero mestizada también y de pronto como las aguas grises de aquel paisaje bucanero y cruel, al ser atravesada ásperamente -en su trino final- por el canto álgido y voraz de las gaviotas peregrinas que sobrevuelan el vacío cortinado de la lluvia sobre el mar, y sentenciando así, en el último acorde castellano de una bella canción pop: Mujer (Muchacho): “Estás sola (solo)… Estás sola (solo), otra vez

   (Y me siento tan vacío en ese instante como el absorto viajero isleño que soy, mirando al sureste…, mirando al sureste…, mirando al sureste…, en tanto la oblonga figura del buquebús que enfila hacia Buenos Aires para devolverla a la rústica Italia, se vuelve una gota más del mar de la lluvia y de la lluvia del mar, sin saber como ella le recuerda también y como a una prohibida obsesión, detrás de la varonil entonación de Enrico Farina, suplicando “Amore scusami”)…

   En versión microrrelato del 18-05-2018, integra el Libro “APOCALIPSIS BANG (Y Otras Historias)” (Colección de Relatos Extraordinarios). Inédito. La Botica del Autor. Santa Fe (Argentina), D. 2006 a la fecha; y en la presente versión relato/cuento, el Libro “MIXTURAS COTIDIANAS Y Otros Cuentos” – Colección de Realismo Mágico y Metafísico. Inédito. La Botica del Autor – Santa Fe, Argentina, D. 2010 a la fecha.-
  Publicado el 12-06-2018 en el Blog de Autor del Foro “PARNASSUS, PATRIA DE ARTISTAS (Patria simbólica de escritores y artistas internacionales)” – Galardonado como PROSA DESTACADA por la Administración (Trina Mercedes Leè de Hidaldo) y La Dirección del Foro. Directora Fundadora: Prof. Marisa Aragón Willner.-

 

  EN CONSONANCIA CON MI ENTORNO 
Adriana Isabel Morán  Círculo Literario Letras del Andén. Villa Mercedes. San Luis (Argentina )

Turbulencia

En derredor, en el contexto, mucha bulla, pensamientos contrarios, alarmantes signos de la inestabilidad interior y exterior. Son haces de luces multicolores invadiendo el espacio que media entre el «yo externo» y el «yo interno» y te confundes. Pero adentro, algo late nítidamente, acompasadamente, aunque no sepas bien a qué atenerte, cómo captarlo, cómo nombrarlo. Es un espacio vacío que crece, crece, evoluciona y va dejando una estela de luz muy brillante, para nada suntuosa, pero sí perspicaz. Y te llena de gozo, de un gozo callado. 

Jugando a ser árboles

Vamos a jugar a ser un rato como ellos… transfieren, sin saberlo, sin calcularlo, sin especular, sin intento de control alguno, tanto amor y tanta quietud interna. Juguemos a que somos como ellos y damos todo sin esperar nada a cambio, respirando hondo, hondo y exhalando tibias ráfagas de aliento, para que las criaturas que pueblan el planeta se sientan imbuidas de vida y de conmiseración…. Juguemos en serio, a ser árboles, y en fresca mañana de finales de invierno, soñemos que nos brotamos todos y exhalamos perfumes de flores diversas, de remotos frutos. Y juguemos a ser grandes, de verdad tan grandes y tan buenos como ellos, transfiriendo belleza…!

Saber a miel

Quiero estarme aquí, en esta quietud, con el aire fresco colándose en la piel, por cada uno de mis poros, refrescando mis vísceras, colmando de oxígeno mis pulmones, refrescándome el corazón y rozándome el alma. Quiero quedarme aquí, en este cielo nacarado, para espiar desde arriba a mis amigos y darles «chistiditos», mientras presurosos les preguntan a los duendes y gnomos que duermen a sus pies, quién es la que los llama. Quiero estarme así en esta luz para multiplicarme con ella en mil haces e iluminar toda la dársena de destellos plateados, dorados, tornasolados y que sepa a miel…

La dársena

Este lugar sabe a bondad, a una exquisita manera de dar, sin esperar nada a cambio. La sonoridad del agua al correr, el susurrar de las hojas movidas por el viento. Este silencio y la ausencia de conflicto…. es abarcativo, inclusor, el deseo de ser parte y quedarse así…!

El cuidado de sí

Respiro profundo, suavemente, mantengo el aire en mis pulmones. Siento una opresión en mi tórax, el pulsar de la carótida en el cuello, un cosquilleo en mis pies y en mis manos. Suelto el aire, lo intento nuevamente… la emoción se disuelve entre diástole y sístole… y el pensamiento emerge nítido: nuestros actos, aunque hayan sido inconscientes, emocionalmente inmaduros o socialmente anárquicos, tienen consecuencias que debemos pagar a lo largo de nuestras vidas, incluso llegando a atravesar la vida de los que amamos. Sólo cambiando interiormente habría posibilidad de enmienda y de eso se trata el verdadero remordimiento… no de culparse, sino de intentarlo. Vuelvo a respirar suavemente y me diluyo en el trinar de los pájaros del vecindario… el día es muy claro.

El grito de Gaia

Pequeñas cascaditas desbordadas en el cielo, crespas montañitas de oxígeno   e hidrógeno, un mar en estallido. Tu solemnidad Planeta Azul, conmueve… belleza magnánima desperdigada por doquier. Parecieras rugir: detente, Hombre, detente! Soy parte de tu especie, soy mundo, soy Gaia.

El Todo o la nada.

Tengo ganas de lluvia, de agua fresca abriendo surcos en la tierra, de despojo de poses, de creencias, de cosas repetidas de generación en generación. Tengo ganas de una energía diferente, inédita, que presente otras disyuntivas, otros conflictos, que interpele mi relación con el Universo y con la Luna, y también con mi mundo. Tengo ganas de un movimiento que surja de la nada, y al mismo tiempo del Todo. Y que nada se parezca a lo que es y no lo sea. Y que todo sea como debe ser.

                                                                                                      

  

ELLA Y ÉL  

 Miriam Noce -Argentina-
“Creí que era una aventura, y
en realidad era la vida
Joseph Conrad

 Hace tres años que mi cabaña luce solitaria al pie de la cordillera. Hoy, una pareja en moto llegó hasta la abandonada casa que forma mi vecindad. Con una amplia sonrisa, pero a escondidas, les di la bienvenida. Es también una cabaña, algo más amplia que la mía, está a 100 metros y un extenso parque la circunda; al terminar este ya comienza el ascenso y el bosque natural de cipreses y robles, alerces y coihues que perfuman el camino.

Tras la ventana observé la mudanza. Por lo que vi, muebles recién comprados de diseño moderno. Conclusión: pareja recién constituida y con deseos de alejarse del ruido. Me gusta, son de los míos. Tal vez, como yo, dejaron atrás el trajín de Buenos Aires.

La edad me confunde, me llevará días llegar a otro epílogo, hay que observar más detalles. Tampoco puedo en un día saber todo, creo que mi curiosidad de viejo me está jugando una mala pasada.

No importa el cansancio de nuestros cuerpos, el estar juntos supera los deseos. Ya no diremos: “sigamos soñando que el mundo será nuestro por la prepotencia de nuestras ilusiones, ya verás.”   Cada hoja del cuaderno es mi amor hecho palabras.

¡Qué trabajadores! No han parado desde que llegaron, él sobre todo en la limpieza del parque. Ella entra y sale de la casa para conversar, besarlo y ofrecerle algo de tomar. ¡Qué suerte tienen algunos! Si no converso con ellos, si no los tengo cara a cara no podré sacarles la edad.

Viento, libros y películas. ¿Algo nos falta? “De todo un poco, de nada mucho.”

“No se puede pensar en el después sin haber producido el antes.” “Me has dado muchísimo, no forzaré tu voluntad”

Descansa en quietud. Sueña en quietud. Él es así.

Hoy él salió a correr. Lástima que tomó para el sur, sino lo saludaba y en una de esas, comenzábamos a ser vecinos. Ella se ve que no se animó, lo despidió en la puerta con tantos besos y abrazos como si partiera al fin del mundo. Por la forma en qué encaró la marcha, se ve que está acostumbrado a hacerlo. Es alto, delgado, se lo nota con fibra pese al abrigo. Con el frío y el viento en contra, no creo que pueda hacer mucho. ¡Qué lástima no poder charlar! Yo antes también corría. Ahora me he quedado.

Estamos aprendiendo a mimetizarnos en el secreto curativo de la noche y ya sabemos que “en el cerebro está la libertad silenciosa, y en el corazón la lucha, la disputa entre el bien o el mal que dispone la sociedad como moral impuesta.”

Se ve que siente pasión por su moto, va y viene al pueblo bastante seguido. Pasó toda una tarde armando y lustrando cada una de sus partes. Intuición de viejo, a lo mejor cuando joven la quiso tener y no pudo. Me parece que igual situación se repite con ella. Se los ve juntos en todo momento. Es bueno soñar y ser soñado.

Pensando otra cosa: se está acercando el fin del verano, ¿sabrán ellos que hay que hacer acopio de cosas para pasar el invierno? A lo mejor son más duchos que yo en estos paisajes y geografías. Espero que no tengan sorpresas. Cada planta, cada arbusto, cada árbol semejan esculturas vegetales. Ella sabe ponerle una piedra, una luz, un color para distinguirlas. Se iluminan por las noches, ojalá sepa cuidarlas del frío o de la nieve. Si no en primavera será “un volver a empezar.” Pronto las flores dispersas en la hondonada del parque desaparecerán. Olvidé mis binoculares, no distingo con nitidez los colores.

Hoy nos acompaña “la lluvia y su languidez”, inmersos en nuestros mundos distantes pero cercanos, escribimos y hacemos un culto de: “la soledad es un ámbito propio insoslayable, una especie de espacio del yo al que muchos temen.”

Antes se decía que las peluquerías de mujeres eran un diccionario abierto, ahora en la de hombres también se aprende. Cuando llegué a estas tierras por frío y compañía me dejé la barba, hace ya 10 años; cada tanto me la emprolijo y en la primavera el peluquero me hace parecer un viejo normal y rejuvenecido. Pero… mi vecino me quita el sueño, es la primera vez que veo ese diseño de barba. De tanto explicarle al peluquero, acertó, creo que es así. Cabello, bigote y barba todo blanco. Es el vivo retrato de Don Quijote de la Mancha. Si alguna vez charlamos, el tema barba nos llevará horas, anécdotas y secretos para conservarla.

Ella tiene siempre su cabello arreglado y da la sensación de que sufre el frío. Los días nublados o de lluvia, usa gorros, pañuelos, botas y un abrigo.

Creo que viven como yo, sin reloj ni calendario, sólo el día y la noche son nuestra brújula. Me gustaría contarles que aquí a 5 kilómetros tenemos un río, especial para pescar con mosca.

 Viene a mí aquello que me dijiste una vez: “gracias totales a tu poder de generar dicha. La dicha de sentirse querido,” y me agradeciste el regalo del libro de Sàndor Màrai, autor de profundidad de conceptos y exploración del alma humana.

Ayer vi a mis vecinos bastantes lejos, en el inicio del camino ascendente haciendo un avistaje de aves. ¡Qué alegría que me dio!, podríamos intercambiar información, aunque yo hace unos meses que no salgo a caminar para ver nidos y colonias de nidificación. De las 300 que habitan la región, ¿tendrán algunas preferidas? Son tantas. El zorzal y el tordo patagónico son mis preferidos, pero también el tero real, el chimango y por qué no, mis loros barranqueros. Al principio no sabía, pero aprendí a mirarlos desde lejos para que no abandonen el nido; hay especies difíciles de avistar.

Como veterano, abuso de largas peroratas que sólo a mí me entretienen.

Amo cuando me dice “disfruto con tu presencia,” y cuando reímos como niños al decir las acciones del viento: tiene voz, ruge, silba. Es libre, entra y sale. Se enrosca, serpentea, hace temblar. Gira la veleta. Sacude, gime, aúlla, busca grietas para entrar. Sube a los árboles, a los techos, roza las veredas. Vagabundea “como aquel pibe de barrio criado en una pieza incapaz de abarcarle los sueños.”

Cuando algún turista me pregunta en el pueblo si es de mi agrado vivir solo y aislado, repito un eslogan aprendido, ya no recuerdo dónde. Aquí los lugares son perfectos, paisajes tranquilos hasta románticos, sin vecinos a la vista, todos inmersos en la naturaleza. Pero… desde que los observo, mi punto de vista cambió. Da gusto verlos leer juntos en la galería recibiendo los últimos rayos del sol. A veces, cada uno con su libro; otras, uno lee y el otro escucha, y también, ella acurrucada en los brazos de él, le lee entre risas, besos y mimos.

De joven era fanático de los libros policiales, ahora en los largos inviernos me conformo con cualquier novela comprada en el kiosco, ¡qué bueno sería intercambiar libros! Por lo que veo casi todos los días, en distintos horarios, cumplen con el ritual de leer.

¿Podré construirte en sueños una casa para que la habites cuando mi mano no pueda apretar la tuya? Quisiera encontrar el árbol que te de amparo y sombra, y plantarlo allí donde descansen juntos, la pendiente, el sol y la noche unidos en coposas frondas. Cuando ya no necesites mi fuerza y mi ternura me tendrás cual árbol solitario, firme en sinuosas raíces haciendo frente a la vida. Apoya ahora que puedes tu cabeza sobre mi hombro, ríe, llora, sé feliz y piensa en un mañana sin nubes y oscuros silencios. ¿Serías capaz de oír el silencio? La casa a lo lejos, será una tea iluminada llena de murmullos de agua, vientos libres con serena frescura en tardes de verano. La casa será cuna de mis cenizas donde descansaré, yo en la tierra, tú en el aire renovado de bríos, y así, por generaciones, crecerán semillas de convivencia y recuerdos. En el otoño, cuando las hojas alfombren el parque, búscame en el sonido crujiente y dorado de ese manto, con la esperanza de que pasado el invierno volveré transformada en silente y verde andar de hierba lustrosa, pequeña pero llena de pujanzas. No dejes que la nostalgia llegue hasta ti, recuerda al encumbrado álamo que protege de toda tempestad. Vamos a plantarlos alrededor de la casa. Serán escudos seguros y unidos, serán árboles buscando el cielo.

Cualquier día de estos pierdo mi temor y voy de visita a la cabaña grande. Temas para hablar no me van a faltar. El otoño es buen tiempo, es casi como la vida, ésta no es justa ni injusta, es lo que es, tal cual la luz del día: intensa al medio día y apasionada en el final del ocaso.

Él con su moto y su campera de cuero sigue el curso del clima, ella, si me viera reírme, se enojaría. No es para nuestro tiempo, tan especial, tan patagónico, sin embargo, por amor lo vive y quién te dice, que a lo mejor lo disfrute, no es lo mismo solo que acompañado. Una vez leí: “el pueblo es pobre, no hay flores y sopla el viento,  pero ella vive aquí”. ¡Vamos viejo, deja de imaginar! Para mí, les hacen falta unos perros retozando en el patio.

Cuando joven yo decía: “algunos aceptan la vida, yo la enfrento”, ahora ya no lo digo. Mi secreto no debe ser revelado por las lágrimas; aunque conocer es un fenómeno tan esencial,  descarta el concepto “llegué”. No por conocer se llega a buen término.  “No importa el cuándo y el por qué, sino que somos los protagonistas”. Pensar que cuando leas esto yo no estaré.

-Querida, el viejo está como vos, ayer y hoy no se han levantado de la cama. No se han movido las cortinas en ningún momento. ¿Le habrá pasado algo? 

 

EL HUÉSPED

Por: Eduardo Frank Rodríguez
Cubano-Canadiense

    El coche llegó a su destino. Al pasar por el frente del Edén vieron allí estacionado el brilloso e imponente Mercedes Benz Manheim, regalo a una profunda amistad. El coche  dobló por el costado del edificio y paró frente al pequeño boulevard de la fuente. Los pasajeros permanecieron unos segundos sin moverse, en silencio. Pareció que el tiempo se había detenido de pronto para ellos.

   Habían venido desde la costa, en un punto confidencial a ochocientos kilómetros de la capital, trazado en secreto de antemano, y luego de bordear el Rio Grande de Punilla al este de la ciudad, había continuado por la elevación entre los dos cerros, El Cuadrado y La Banderita, en el cordón montañoso de Sierras Chicas.  La bella región, empedrada de recuerdos de tiempos mejores antes del desastre total, mostraba como siempre su gran diferencia con las planicies donde radicaban los centros de entrenamiento y los bunkers subterráneos en Charata y en Misiones.

   Al cabo de unos segundos, los hombres y la mujer salieron a la fresca tarde primaveral de La Falda. Dos de los hombres asieron al tercero por ambos brazos. Era ya menester ayudarlo a andar. El padecimiento de Parkinson pareció haber acelerado su proceso por el estrés de las últimas semanas y durante el difícil vuelo del Arado hacia territorio neutral, bajo el esporádico fuego anti-aéreo. Luego, el encierro obligatorio bajo el mar durante el largo viaje, en proa al Atlántico Sur, había cobrado un poco más de la salud quebrantada del visitante.

   El conductor del vehículo se adelantó unos pasos y presionó sobre el timbre de la puerta trasera del edificio. Una joven con uniforme de mucama apareció en el umbral semioscuro.

  • Catalina, avisá a Ida y a Walter que hemos llegado.

   Para muchos, los menos avezados, el derrumbe fue una sorpresa. No así para la cúpula pensante. Aquel hecho, que se convertiría por siempre en un evento histórico, era algo esperado desde algún tiempo atrás. La Misión Seewolf pudo estar lista para ser iniciada en el preciso instante en que fue necesario ordenarlo.

   Weidling ascendió por unos momentos hacia la puerta exterior y allí encontró al telefonista con la mirada perdida al frente, en medio del humo que el viento apresurado traía, el olor a pólvora y el tableteo incesante de las armas automáticas en medio de la explosiones.

  • ¿Por qué no estás en tu puesto. Rochus? –el general preguntó.

  • ¿Para qué? ¿Acaso tiene importancia ahora?

  • Has abandonado tu puesto de combate. Eso es insubordinación y podrías ser ejecutado. Además, ¿y si hay una contraorden de Seewolf?

   El Oberscharführer Misch sonrió con ironía.

  • Imposible, ya no hay vuelta atrás. El Arado ya despegó. Y los dobles de ambos están en tu poder. Los trajeron hace media hora. ¿Están de acuerdo con su sacrificio?

  • El, sí, pero no estoy seguro de que ella sospeche su destino.

  • Por supuesto que ha de saberlo. No es estúpida.

  • Todos ellos lo son.

  • Pronto escucharé los disparos.

  • No, desde tu posición nunca podrás escucharlos; ni siquiera desde el Vorbunker se puede. Las paredes son macizas, a prueba de sonido. De todas maneras, esperamos una reacción de resistencia en el último momento. Es normal; el instinto de conservación.

   Un soldado se acercó, jadeante y sudoroso. Cargaba en ambas manos los bidones de benzina. Intentó ponerse en atención, como podía. Misch le estudió el rostro. No era el cansancio lo que manifestaba. Era la duda, la incertidumbre, la incredulidad de la acción horrenda que tendría que hacer en pocos minutos. No estaba aún convencido de que todo aquello fuera real. Pero Misch nada le dijo. La mayoría de las tropas estaba pensando así últimamente.

   El alto oficial ordenó al soldado que esperara frente al hoyo que estaban terminando de cavar. Pronto traerían los cuerpos y éstos habrían de quedar incinerados, fuera de cualquier reconocimiento.

   Gracias a los extremos cuidados recibidos durante su estancia en el bunker subterráneo en medio de la selva de Misiones, el enfermo había durado milagrosamente por diecisiete años, mas al fin murió en un hospital de La Falda el 13 de febrero de 1962.  Los pocos que estuvieron a su lado nunca supieron si su deceso había sido tranquilo o cargado de recuerdos tropelosos atormentándole la conciencia. Su esposa no estuvo con él cuando la muerte se lo llevó. Pero no importó. Ya ella se encontraba en algún otro sitio del inmenso país, sintiendo que tenía que alejarse de la pesadilla que comenzara el 29 de aquel abril, años atrás, y que nunca abandonaría su memoria.

 

 

EL VALOR DE UNA SONRISA

Por: María Sánchez Fernández
España

Una sonrisa ilumina el semblante  y se prende en la luz de otra sonrisa.

                                                                                         La mañana asomaba triste y gris. Espesos nubarrones amenazaban tormenta y brillantes  culebrinas se batían entre las nubes  con sus punzantes  espadas de acero. Diríase que aquella mañana era la hermana gemela del alma de Justina, la mujer solitaria que vivía en una mínima buhardilla en el mismo centro de aquel barrio inmundo de la gran urbe.

    Justina era huraña, triste y, a veces, provocativa e insolente. Rehuía del trato con la gente, aunque ésta le brindara amistad y compañía. No confiaba en nadie, pues  pensaba  que  en este mundo  el  ser humano  no es leal, siempre es dado a la maldad y a la mentira. Si por azar hacía  algún breve comentario con una persona −cosa extraña en ella−,  sobre algún hecho ocurrido  en  el vecindario  o sobre alguien en  particular,  sólo era  para censurar y tirar por tierra  ese hecho ocurrido  o criticar  a  ese alguien  en  cuestión. Sus ojos, siempre agresivos, y su espíritu terriblemente crítico, no veían nada bueno en el comportamiento del ser humano. Solamente veía barro sucio en el asfalto, espinas hirientes en los rosales  y gritos estridentes en los juegos de los niños. ¿Por qué esa extraña forma de ser? Nunca su cara se iluminaba con una sonrisa. Su semblante, siempre serio y huidizo, ahuyentaba cualquier acercamiento que, con buena  voluntad,  le ofrecían. Su alma estaba en constante lucha con  el bien. En ella anidaba una terrible tempestad de sentimientos abyectos donde había un desbordamiento de múltiples descargas negativas.

   Una mañana, yendo al mercado, creyó oír un tenue vagido. Buscó y vio que refugiado junto a un contenedor de basuras había un pequeño gatito. Estaba tan escuálido y desvalido que en un gesto de ternura − raro en ella−,  lo cogió y lo metió bajo su abrigo. Lo llevó a su buhardilla, lo alimentó y lo cuidó hasta que el animal creció  para convertirse en su confidente y también en leal amigo. Ella amaba a “Fuco”, que tras  hacerse adulto, se transformó en un felino juerguista y ladronzuelo. Por la noche se escapaba  por el  ventanuco que daba acceso al tejado, y allí celebraba sus orgías junto a otros colegas, aprovechando cualquier ventana  abierta para colarse en alguna cocina  y robar una buena  exquisitez. Después regresaba a casa y se enroscaba mimoso en el regazo de su ama ronroneando mientras ésta le pasaba la mano por el lomo.

  Justina aprovechaba esos momentos de placidez para hacer sus confidencias a “Fuco”, que con los ojos entornados, la escuchaba con atención aparente, pues los gatos son egoístas y solamente piensan en ellos mismos, pero a pesar todo,  de vez  en cuando, le lamía con cariño sus envejecidas manos.

  Así le decía para desahogar su alma que tanto le atormentaba:

  − “Soy pobre y nací pobre. Crecí prácticamente en la calle. Recuerdo a mis padres como en un lejano sueño donde todo se me borra. Siempre estaban enfermos por la maldita droga y el alcohol. Un día se los llevaron  de casa  unos hombres  vestidos de blanco en un gran coche,  también blanco, que hacia sonar una desagradable sirena.  Yo, al verlos tan desvalidos lloraba. Ellos me dijeron acariciando mi carita que era para curarles su enfermedad, que pronto estarían de vuelta, pero ¡ay!, ya  no los vi más. A mí, al no tener a nadie que me acogiera, me internaron en una especie de colegio que se llamaba orfanato,  donde en vez de instruirme y enderezar mi vida, esta se fue haciendo cada vez más dura y torcida, igual que un árbol que crece sin guía. Solamente aprendí, por medio de otras compañeras mayores que yo, cosas que una niña pequeña debe ignorar. Me fugué cuando tuve ocasión  y viví como una alimaña escondiéndome en los rincones más inmundos para que no me encontraran. Robé en los mercados para alimentarme, en algunos tenderetes callejeros de ropa usada para cubrir mi cuerpo, también aprendí, con mucha vergüenza, a mendigar. Cuando llegué a la pubertad mi  físico era agradable y pude entrar como sirvienta, sin aval alguno, en una casa de gente acomodada. Allí supe lo que era un verdadero hogar, pues había concordia y alegría. Me trataron bien, pero un día el señor se fijó demasiado en mí y entrando en mi habitación me tomó por la fuerza. Lo tuvo por costumbre hasta que estuve totalmente sometida a él. Un día,  la señora  se enteró y me expulsó de la casa sin ningún miramiento. ¿Qué miramiento iba a tener conmigo cuando había roto, contra mi voluntad, su vida conyugal y su confianza en mí? Fui culpable, lo sé,  porque consentí y no me marché  de  aquel hogar en cuanto me sentí  de tal manera ultrajada, pero ¿adonde ir? Cuando me vi en la calle, sin ningunas referencias que me avalaran, deambulando, sin saber adonde dirigirme, tropecé en un barrio bajo con algunas chicas de las que se dice son de vida alegre…., yo diría más bien de vida triste ¡pues qué desgraciadas son! Me ofrecieron trabajo y me vi recluida en la vida de un burdel. ¡Que asco, Dios mío! ¿Cómo puede un hombre tratar así a una joven, casi una niña? Cuando no había muchos clientes salíamos a hacer la calle. Cada una teníamos nuestro sitio.  En mi caso era  la esquina de una gran avenida muy concurrida. Allí hacíamos  el reclamo y así contentábamos a la “señora” o al chulo que nos explotaba. Si no cumplíamos aquel miserable trabajo también recibíamos algunos golpes. Cuando me encontraba sola  en mi cuchitril  lloraba y lloraba ¿Esta sería mi vida para siempre? ¡Cuánta repugnancia sentía! Nadie me ofrecía una sonrisa  en esa oscura y triste vida mía y aprendí a no sonreír jamás. Nunca tuve motivos.

  Un buen día conocí a un cliente que me sacó de allí. Era un hombre  mayor que me ofreció su casa, su protección y también su apellido. Ya era la señora de….

  Por primera vez en mi vida me sentí alguien. Pude al cabo de mucho tiempo reír y cantar, cosa que nunca había hecho en mi maltratada existencia. Este hombre, ya mi marido, me trataba bien, y aunque pobre, a mí no me faltaba de nada, pero ¡ay! , la felicidad no duró mucho tiempo, un día me lo apuñalaron en el portal de mi casa para robarle el poco dinero que llevaba en el bolsillo. Es injusta la vida. Retorné  a mi habitual tristeza para nunca más salir de ella. Desde entonces no confié en absoluto de nadie, ni mucho menos en la buena suerte. Jamás volví a sonreír.  Creo que la suerte nace con la persona y yo nací huérfana de ella”.

 “Fuco” bajó de su regazo para beber de su plato un poco de leche, se estiró, bostezó, fue a su cajoncito de arena y volvió a las caricias y confidencias de su ama.

  − ¿“Te aburro, mi  pequeño  amigo? Eres  lo  único bonito y auténtico que me queda en la vida “, − decía Justina con voz quebrada.

  El gato le lamió socarronamente las manos y siguió ronroneando.

  La mujer cerró los ojos. Tenía mucho sueño…, mucho sueño, ¡estaba tan cansada! Se durmió y soñó…, soñó con algo tan extraño….

  Caminaba por un largo sendero que llevaba a un altísimo acantilado, donde las olas del océano chocaban con fuerza sobre las rocas. Se paró junto al precipicio y vio la inmensa majestad de aquel  mar embravecido  que parecía  una  réplica  de  su  propia conciencia. Miraba  y creía ser una  de aquellas rocas maltratadas por la furia del viento y de las aguas. Así era y había sido su vida, zarandeada por los vientos de las malas pasiones e inundada por el fuerte oleaje que empuja a una existencia sucia y maltratada. Es verdad que la gente le brindaba apoyo, todo el mundo no es malo, ¡tan desvalida la veían!, pero ella ya no confiaba en nadie, ¡había recibido tantos  y tan duros zarpazos desde que era una niña,  por la adversidad del mundo que le tocó vivir o  por aquellas  personas a las que ella creía que eran justas y buenas!

  En su sueño se acercó más al precipicio para sentir junto a ella esa inmensidad embravecida que tanto le atraía. De pronto el mar pareció calmarse, ya no era una fiera  enfurecida, sino un brillante remanso que la invitaba a unirse a él.  Perdió pié y resbaló viéndose como una cometa planeando en el aire.  Cayó muy suavemente,  siendo recogida por los brazos de un pescador que por allí faenaba con su barca.  Era un joven fornido de piel morena y sonrisa blanca. Ella al mirar aquel semblante que le sonreía  se encendió en su alma una llama  nueva e inesperada. Algo que nunca hubiera creído. Le devolvió abiertamente la sonrisa.

  Al cabo de dos días,  notando su ausencia  y, advirtiendo los lastimeros maullidos del gato, el portero de la vivienda  entró en la buhardilla y vio a Justina, reclinada en su sillón, durmiendo ya su sueño eterno con una plácida  sonrisa que le  iluminaba la cara.

 “Fuco”, terriblemente cansado, dormía en su regazo con su monótono ronroneo.

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