CUENTOS , RELATOS Y NARRATIVA EN ESPAÑOL

 

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LA NAVIDAD DE HALLEY

María Sánchez Fernández
“Doce relatos breves”  1995    

     Hace algún tiempo vino a caer en mis manos la famosa obra de Sigmund Freud “La interpretación de los sueños”. Comencé a leerla y quedé tan fascinada que en un par de días ya la había concluido.
     Es fabuloso poder comprobar cómo nuestra mente, al sentirse libre de control mientras dormimos, divaga y se nos escapa por los caminos más inverosímiles. Vivimos nuestro mundo cotidiano, pero deformado por mil cabriolas que nos zarandean caprichosamente.
     Una noche de invierno, próxima la Navidad, salí a la terraza de mi casa para respirar un poco de aire puro. Aunque hacía mucho frío el cielo estaba despejado. Lo miré largamente y quedé maravillada de la profundidad de su negrura que se hacía más intensa con el brillo limpísimo de los millones de estrellas que lo tachonaban. Alguna que otra se escapaba veloz y desaparecía rápidamente.
      Entré en mi habitación, me metí en la cama y conecté la radio para oír un programa informativo. Al momento me quedé dormida.

     Mi mente empezó a trabajar rápida, libre, sin cadenas, y soñé….
     Soñé con un mundo fantástico llamado “Cosmos”. Yo era una estrella fugaz que corría sin cesar por aquel espacio inmenso sin principio ni fin. Miles de cuerpos danzaban ingrávidos moviéndose acompasados por el negro silencio que cantaba eternidades.

     Me sentía liberada, etérea, y corría y corría sin dirección ni destino. En mi loca carrera llegué a una zona en la que los cuerpos celestes se apretaban entre sí formando una gran masa de brillante mutismo.
     Una multitud de estrellas de todas las clases y condiciones rodeaban curiosas y admiradas a otra de mayor tamaño y belleza. Era hermosa, rutilante, vestida de luz blanquísima con destellos rosados y lucía una enorme cola, tan ancha y tan larga que cubría todo lo que mi vista de estrella menor podía alcanzar.
     Se estaba celebrando una gran fiesta en la que cada astro mostraba sus habilidades o contaba una historia en la que había tomado parte. Una estrella pequeña y tímida entonó una breve balada que decía de tenues parpadeos. Un astro opaco y torpón narró una historia de negros y largos silencios. Otras, más alegres y divertidas, inquietas y fugaces como yo, me invitaron a danzar…, y danzamos…, y danzamos…, por una eternidad.
     La reina de la fiesta pidió la palabra y participó en aquella velada contando una hermosa historia. Su voz, de ráfaga purísima, inundó toda aquella inmensidad, y los allí presentes escuchamos con la mayor atención.

   ─  “Mi relato es corto en el tiempo, pero su contenido en esencia es largo y largo…, tan largo que nunca se acabará por los siglos de los siglos:

     En mi amplio caminar por los senderos del universo, llegué muy cerca de un planeta llamado Tierra. Curiosa me acerqué a él y me detuve. Era azul y muy bello. Formaba parte de un grupo de nueve que giran alrededor de un astro muy poderoso llamado Sol. Me aproximé cuanto pude y observé que en él se movían extraños seres de múltiples especies. Se veían grandes masas azules que se movían sin cesar y a las que ellos llamaban mares, también se veían grandes espacios verdes en los que se desarrollaba con gran profusión la vida de aquel planeta. Entre todas las especies allí habidas una dominaba a las demás: era el hombre.
    Seguí mi camino, pero siempre me detuve periódicamente en mi viaje eterno allí, sobre la Tierra, para recrearme en ella y observar a sus criaturas.
     En una ocasión pude ver que en una pequeña aldea ocurría algo extraordinario. El Sol ya no la alumbraba y estaba oscuro. Solamente mi luz la hacía visible. Gozosos grupos de hombres se dirigían a un lugar muy humilde en apariencia. Traían presentes, canciones y danzas. Me acerqué más y aquel paraje se iluminó. Observé que en un reducido espacio en el que los hombres dan cobijo a otros seres inferiores en la escala de su vida cotidiana había un hombre y una mujer que sostenía en sus brazos a un Niño recién nacido. Era el Niño más hermoso que soñar se pueda.
    Todos, al llegar, se postraron ante Él en señal de adoración.
    Mas tarde vi una gran comitiva de personas lujosamente vestidas que al llegar ante aquel humilde establo desmontaron de sus cabalgaduras y se postraron ante el Niño.

    ¡Qué belleza ante tantas muestras de amor! ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era aquella persona tan pequeña a la que todos adoraban como si fuera el mismo Dios?
     Un ser celeste, brillante como un astro pero con apariencia de hombre, pronunció unas hermosas palabras que inundaron aquel modesto lugar de dulcísimas melodías:
     GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS Y PAZ EN LA TIERRA A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD”
     La estrella enmudeció y quedó por unos instantes absorta para después proseguir
    ─ “ En seguida comprendí. Aquel planeta Tierra había sido elegido por el Sumo Hacedor para realizar sus grandes designios. Ese Niño recién nacido sería el destino del mundo, y yo, una humilde estrella, una ínfima partícula de este Todo Inmenso había sido testigo del acontecimiento más grande jamás ocurrido. Entonces, henchida de gozo, también canté con aquellas criaturas bienaventuradas y de buena voluntad un GLORIA A DIOS”.
     Desperté de mi sueño. Tenía conectada la radio que emitía en aquellos momentos el magnífico Gloria de Saint- Saën GLORIA IN ALTISIMIS DEO.
     La teoría de Freud quedaba confirmada. Al escuchar mientras dormía aquel inmenso Gloria, esos estímulos sensoriales externos hicieron que viviera por unos brevísimos momentos la Navidad del Cometa Halley
            

EL «SAPITO» Y LA CORONA DE ADVIENTO
Rubén Guastavino Ramos

URUGUAYO

La tradición navideña varía según las costumbres de los abuelos. En mi caso, siempre recuerdo a la abuela exigiendo la “corona de adviento”, era un pecado que faltara en la mesa pues cuando llegaba la hora de brindar, ella repartía las cuatro velas con los hijos y nietos que ya no vivían en la casa.
Aunque se dice que tiene sus orígenes en una festividad romana dedicada al Sol Invictus(vinculada al solsticio de invierno) llamada Dies Natalis Solis Invicti, Festival del Nacimiento del Sol Inconquistado, actualmente esta corona representa la tradición cristiana que simboliza el transcurso de las cuatro semanas en que los creyentes se preparan para “la venida de Jesucristo”. Se elabora a base de ramas de pino y se insertan cuatro velas en cada esquina. Cada domingo de adviento se enciende una vela, acompañándola por un salmo de la Biblia y por oraciones. La luz de esas velas representa el nacimiento de Cristo, quien representa la Luz del Mundo.
Recuerdo que la abuela agregaba una quinta vela porque “era la vela de Cristo”. Y fue precisamente el olvido de esta vela la razón por la cual el Sapito, esa noche de Navidad, estuviera en la mesa junto a nosotros.
Estaba todo perfecto, el árbol lucía sus adornos y nosotros habíamos preparado todo para sorprender a la abuela, esperando ansiosos que tuviera enfrente de nuestro incomparable “árbol de Navidad”. Cuando mi hermana apareció con la abuela del brazo:
¡Sorpresa, abuelita querida! –gritamos todos al unísono esperando esa sonrisa de contento que siempre abuela nos regalaba. Pero esta vez al enfrentarse con el árbol dijo:
A este árbol le falta lo principal, esto es un bochorno.
Quedamos helados y dando un paso adelante, dije a la abuela:
¡Pero, abuelita querida, al árbol no le falta nada!
–¡Cómo que no le falta nada –exclamó.
¿Qué le falta, abuela, si lo hicimos respetando la tradición familiar.
Falta la corona, ¿cómo se pudieron olvidar?¿Saben qué representan las luces tradicionalmente?
Y como no lo sabíamos la abuela dijo:
Es una tradición cristiana que simboliza las cuatro semanas de adviento, representa la fe que debe guiarnos como familia recordándonos a la estrella de Belén.
Y para cumplir con la tradición familiar completa, salí disparado al centro comercial en busca de la dichosa corona.

«¡Otra vez el tiempo se ha puesto lluvioso!» –exclamé al abrir la puerta de casa. Plomizos nubarrones chocaban entre sí formando cúmulos espumosos por encima de los tejados. Eran las ocho de la noche y se veían luces en todas las ventanas esperando “la Navidad” y yo con los nervios a punto de estallar tuve que salir a buscar la dichosa “corona de adviento” (recuerdo que cuando niño le llamaba “la corona del viento” para hacer renegar a la abuela).

Cuando regresaba a casa con “la misión cumplida”, me crucé en el camino con el «Sapito». Caminaba despacioso, con las manos en sus bolsillos, amparándose en las vidrieras o en los espacios situados entre la fachada de los establecimientos comerciales. Parecía no tener prisa; no importarle el agua que caía ni la Navidad que estaba por llegar y pensé: «¿Dónde pasará “el Sapito” esta Navidad. Seguro que estuvo buena parte de la tarde mirando vidrieras y luego, parado en la puerta de la pescadería de don Mateo, como siempre, habrá “ligado” un par de postas a “medio comer” con el pan y el aderezo».

Las lluvias intensas o tormentas eléctricas no resultaban una preocupación para el «Sapito». A él todo le daba igual, no similar; exactamente igual. Parece no entender o no importarle dónde va ni dónde debe ir, ni qué representa “la corona de adviento”. Nunca tuvo un hogar donde vivir, ni festejó una Navidad, pero aun así, en cierta forma, es libre; completamente libre; totalmente pobre… ¿Pobre! –me pregunté, mientras el agua me daba con fuerza sobre el rostro porque no tenía la capacidad del «Sapito» para encontrar un buen amparo–. El «Sapito” no tiene a dónde ir –me respondí–. ¡Pero y nosotros!; los que tenemos un trabajo y no podemos ir donde queremos porque la plata no alcanza, ¿en qué categoría escalamos? Si lo pensamos bien somos más pobres que el «Sapito». Él puede mirar vidrieras a la hora que se le antoje, ir al lugar que se le ocurra sin dar explicaciones, puede pasar por alto la Navidad. Para el «Sapito», toda la ciudad es su casa.

Nuestra casa, en cambio, es más humilde y no es del todo nuestra porque debemos pagar impuestos para que no nos echen afuera. El «Sapito» no paga luz ni agua y mucho menos impuestos. Una tormenta para nosotros es un fenómeno caracterizado por lluvias, vientos, relámpagos, truenos, rayos y, ocasionalmente, granizos, entre otros fenómenos meteorológicos. Para el «Sapito» es sólo un día de lluvia porque él se ampara en el primer rincón que esté a mano. No pide permiso para entrar ni salir, porque no sale ni entra, sólo pasa por aquí o allá con la misma parsimonia. Como si el mundo no le importara y en verdad estoy seguro que no le importa. Lo llamé y me reconoció.

¡Hola! ¿Cómo anda, don Rubén? –me contestó, deteniendo su caminar.
Bien –respondí y cuando continuó la marcha me puse a su lado–. ¿Me acompañas hasta mi casa, «Sapito»? –le pregunté.
¿Para qué? –me respondió.
¡Te invito a pasar la fiesta con nosotros!
Bueno, vamos –respondió, encogiendo los hombros.
Cuando llegamos se lo comenté a la abuela, ella lo abrazó y dijo:
El «Sapito» esta noche se sienta en la cabecera de nuestra mesa, es el invitado de honor.
 “Aquella Navidad aprendí que la quinta vela, esa que mi abuela dijo era la luz de Cristo, yo la traje en la persona del Sapito, y que mi familia todavía cuidaba los principios cristianos”

Epilogo. Para lograr un buen final fue imprescindible la colaboración de Natividad Tepetla. Mi amiga gran Correctora Mexicana que además de corregir este texto, me sacó del apuro escribiendo el desenlace al que no le encontraba solución y que debí insistir para que me permita agregar este comentario. RGR.

 

DURMIERON JUNTOS…
Antonia Russo

El jamás sabría que significaba ese encuentro para Maria, la solitaria, que cargaba en su alma un sinfín de sentimientos encontrados y confusos: por un lado, una tristeza infinita, ya que acababa de dejar a sus dos hijos en ese  país, tan lejano al suyo, y por otro, esa alegría que sienten los padres cuando sus hijos echan a volar…
Quien dijo que regalar alas no es doloroso? Pensando en esos últimos dieciocho años , en los que solo se dedico a vivir para ellos, para que no sintieran la falta del padre, estuvieran bien y sobre todo prepararlos para este momento, en el que les
 tocara enfrentar la vida ,lo hicieran como buenas personas
Y esto,que  le llenaba el alma de una mansa tranquilidad, hacia que esas horas muertas ,en el aeropuerto pasasen sin muchos sacrificios , entre un libro ,algunos cafés y pensamientos…
Al subir al avión que la llevaría de regreso a su tierra, tomó asiento en el lugar indicado , suponiendo que como siempre, le tocaría un compañero o que se quedaría dormido enseguida ,o que no dijera una palabra en las trece horas que duraba el viaje
Esta vez no fue así. Un hombre algunos años mas joven que ella , se acomodo a su lado y desde la  primer mirada y el primer saludo , sintió que este viaje seria distinto…

Charlaron amigablemente largo rato, refiriéndose sus vidas casi en detalle y en varias oportunidades ,Javier dijo cosas que ella hacia tiempo no oía. Halagos propios de hombres hacia mujeres…
Seria porque el año anterior solo se dedico a trabajar, atender a sus padres y esperar que se hiciera la hora para llamar a sus hijos por teléfono?
Seria porque cuando estaba sola cerraba su espíritu a todo y no deseaba salir, ni conocer gente, ni hacer nada nuevo?
Seria porque la última vez que intento tener un romance,fue un verdadero
desastre
Serian tantas cosas…la cuestión era que había llegado a un punto en que se veía vieja fea y solitaria..
Ahora, este hombre, la traía nuevamente al mundo le decía cosas bonitas y la miraba con ojos interesados…
Por supuesto que los dos sabían que seria solo eso:las horas que  duraba el vuelo, pues vivían en ciudades demasiado lejanas
Maria dejo que sus sentidos se abrieran, oyó las palabras y se quedo muy quieta cuando Javier rozaba sus brazos distraídamente mientras dormían
El jamás supo ni se imagino lo que significaron esas horas para ella: volvió a sentirse mujer, bella y fuerte..
Disfruto de l a tibieza del cuerpo masculino inundando su ser , multiplicándose en sensaciones olvidadas ,perdidas ,a lo largo del camino..
Se dejo regalar miradas claras como el agua refrescante en un calido atardecer en su tierra..
Y aunque al llegar a destino, ni siquiera se despidieron con un calido beso, ellos dos, esa noche, durmieron juntos

TRAICIÓN
Gloria Argentina Moreyra(Argentina)

Ella caminaba por la calle solitaria, su rostro de expresión fría donde sus ojos almendrados taladraban cada lugar del callejón como buscando algo, o tal vez a una persona; sus ce-jas se unían al ceño profundo, cuando la oscuridad comenzaba a hacerse cargo del lugar.
La belleza de su rostro, endurecido por el odio inexplica-ble, del que no sabe cuál es el dolor que aqueja a esta dama, continúa su camino olvidando la expresión, sin reparar en el dolor, sin hacer nada para evitar la tragedia.
Ella se detuvo un momento, miró al cielo, como si fuera a gritar, pero callada continuó su marcha, ahora más lenta, más dura, más fría.
Los tacones de sus botas presionaban al pavimento pro-duciendo un ruido extraño con su taconeo, haciendo eco en el callejón vacío de personas, solo un perro salió detrás de unos cajones para mirarla con tristeza, como entendiendo que también estaba abandonada, sin amor.
Ella no pudo verlo aunque lo rozó con su abrigo, sus ma-nos estaban hundidas profundamente en sus bolsillos, pero algo escondía en su derecha, una pistola calibre 22 se acomodaba entre sus finos dedos. Su cartera colgaba como al descuido de su hombro izquierdo, su cabello estaba recogido torpe-mente en un moño lacio y oscuro, con algunos mechones sueltos con los que el viento jugaba.
Comenzó a lloviznar otra vez, el frío era húmedo y calaba los huesos, pero ella caminaba ahora más lento, como un gato a punto de cazar un pájaro en su fatal descuido.
A unos metros en la vereda del frente una pareja de enamorados venían prodigándose besos y promesas de amor, la risa de la mujer hirió el silencio del callejón, el perro cruzó la calle hacia ellos esperando le dieran algo de comer, se detuvo mirándolos pasar, luego se sentó a rascarse sus pulgas.
La pareja entre risas cómplices y manos apresurando ca-ricias intimas se escondían en un zaguán abandonado, de esos antiguos que se parecen a un viejo panteón; era una lúgubre estampa que los besos y caricias de los amantes suavizaban como un toque de pintura fresca. Ella era rubia de largos cabellos dorados que sobresaltaban sobre su abrigo rojo, él era alto elegante, olía a tabaco y buena colonia, su gabán azul estaba desprendido, la tomaba de la cintura por debajo de su tapado, ella se perdía en su cuerpo colgando de su cuello, sus bocas desesperadas por la pasión se unían una y otra vez; ya cuando sus cuerpos pedían más, él la empujo al fondo del zaguán mal oliente por la humedad y el abandono, pero ellos solo sentían el deseo, sin poder ver que en la acera del frente una mujer clavó sus helados ojos grises en ellos. Tampoco escucharon sus pasos lentos que ahora de pie firme en la puerta del zaguán gritara con odio mortal -¡¡¡¡Malditos!!!!- sus rostros desencajados por la pasión y la sor-presa, la miraron aterrados, acomodando sus ropas torpemente. Él alzó la mano en busca de un pedido de paz de comprensión tal vez, nunca se supo, porque el arma que ella tenía fuertemente asida en su mano derecha, disparó dos veces con certera puntería, los cuerpos entrelazados cayeron al piso sin vida, un hilo de humo escapo del caño del arma dejando el hedor a pólvora en el aire; el relámpago seguido de un trueno habían acallado a los disparos, volviéndola a su bolsillo se alejó con paso ligero, mientras las lágrimas que caían de sus ojos se mezclaban con la lluvia ahora más intensa. El perro, silencioso en el umbral de una puerta cubriéndose de la lluvia, fue el único testigo de ese encuentro fatal, miró hacia el zaguán olfateando en el aire a la muerte allí agazapada; los cuerpos inertes de los amantes en el panteón del olvido, como final a una traición.

HACIA LA NADA…[1]

Parte I/IV

A la amiga en las letras y hermana en la fe y humanidad, Eunate Goikoetxea, directora editorial de ARISTOS INTERNACIONAL (Alicante, España): con innegociable e irrevocable afecto amical y admirativo…

“Nunc Dimittis…”  [2], citó Tabith Lee, y nadie entendió Nada después de Todo,

 y ante tanta aberración desatada…

I – El Uno (Noticias y Precursores)

“En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya no existen”.  [3]

  1. Afuera, la noticia –por lo inusual y perpleja- se había esparcido con frenesí por los canales mediáticos del Gran Hermano: alguien (algunos) humano (s) habían osado violentar el garaje de la Funeraria más suburbana de la Metrópolis… Y un precioso, rutilante último modelo de coche fúnebre, había desaparecido…

  2. A poco, otra noticia igualmente inusual y ya, más que perpleja, trágica, volvió a esparcirse como hierba mala por los vientos neuronales de la robótica comunicacional de esta populosa ciudad de Suramérica… Hasta el Gran Hermano sonó a preocupado. Y las sirenas del orden no tardaron en hacerse escuchar, los portones separa-barrios cerrarse estrepitosamente, los fluidos electrónicos acotados al máximo, y un candil gigante de luz iluminar -amplia y minuciosamente- cada resquicio e irreductible rincón de la gigantesca urbe argenta…

  3. Y ambas noticias, extrañas y preocupantes, fueron las que obligaron al Padre George Smith, a suspender -entre la undécima y la decimotercera estación de la Vía Dolorosa de este Viernes Santo del Año del Señor de 2.060- la procesión del Cristo del Madero y de la Virgen Dolorosa yacente a los pies de su inmolado hijo. Marcha peregrina concurrida por tan escasos como devotos fieles católicos que suspiraban, sus rezos y oraciones, tras el aroma a incienso que el Obispo de la diócesis iba difumando por doquier entre las pequeñas pedanías o aldeas del radio suburbano norte de Metrópolis… (“…Dios te salve, a ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas…”)… “Los desterrados hijos de Eva…”, repetía el eco citadino mortecino de la tarde empañada de sombras… Ello, como un alerta para las desprevenidas narices de la Nona enjuta y enredada en su propio rosario de cuentas, así como para el vecindario asomado a las puertas vecinas, acerca del phatos que envolvería –por distintas circunstancias- a una jornada pródiga en meditaciones compungidas; y que concluiría -durante aquella apagada tarde otoñal- en el templo de la Parroquia Nuestra Señora del Socorro del Decanato Oeste. Lugar donde se asistiría a la adoración de la Santa Cruz y se daría lectura, poco antes, a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, en memoria de Aquél sobre el que Poncio Pilato había pronunciado el “Ecce Homo” (He aquí el hombre) y el “Inocente soy yo de la sangre de este justo”[4]; dando inicio, así, a la gesta sacrificial de quien habría de donar su vida -como humano Cordero de Dios y en tiempos de una sacrílega Jerusalén israelita dominada por los romanos-, para quitar los pecados del mundo…

   (…)

   Pero aquella noche, y a su vuelta de la liturgia, la Nona estaría de fiesta…

   No obstante y, en la oportunidad, hubo de atribuir aquella especial inclinación –mezcla de gozo y ansiedad- que le provenía del perfil oscuro con que fuera sobresaltada -ahora, y con mayor asiduidad- en el ejercicio del vasto y prestigiado oficio de académica en letras, precisamente a la angustiosa ritualidad de la víspera, así como a la turbada comunión eucarística entablada a su final con el yacente Nazareno… (¡Ahgggg!)…. (¿?)…

   Y estaría de auténtica y rutilante fiesta porque, cuando escribía, es decir, cuando temblaba de emoción nerviosa e incontrolable frente a la hoja en blanco de La Máquina de Escribir -la más preciada de sus antiguas joyas-, era probable que varios de sus múltiples aparatos electrónicos fallaran y hasta explotaran en una casa rugosamente abarrotada de muebles y tesoros artesanales sustraídos a los siglos XVIII, XIX y XX…

   La Máquina y… los Cuadros.

   Especialmente el de dos escritores maestros en su fase iniciática (ah, y capricornianos, como ella… ¡Ahgggg!): Edgard Allan Poe (¡Genio al que maltraté fuerte en su despedida de este mundo! ¡Ja! ¡Ja!), con su frente amplia, ojos cansinos, nariz cuchara y bigotes bostonianos –o ese chico huérfano y fallecido joven de causas tan misteriosas como sus afamados cuentos cortos-…; y H. P. Lovecraft (Mi Príncipe Oscuro y Barroco de las historias de horror en el siglo XX, y a quien inculqué bien eso de que “nadie es capaz de amar ni de comprender a nadie”, y criticado pero igualmente admirado por su estilo ampuloso y lleno de adjetivos… ¡Ja! ¡Ja!), con su frente casi amplia, ojos casi asustados y mentón casi prominente –y llamado, tardíamente, a codearse en la “Library of America” con genios de la talla de F. S.Fitzgerald, H. Melville, M. Twain y el mismísimo Poe-…

   … De hecho, sin faltar reverencia a la irlandesa estampa del enfermizo y draculiano B. Stoker, ni a estilo ágil y nervioso del autor de El Horla, Guy de Maupassant; ni a las femeninas estampas de la frankesteniana M. Shelley y de la Reina de lo Gótico: A. Radcliffe, heroínas ambas del tenebrismo y ajenas a las hiperbólicas pasiones de su época…; ni al cotizado novelista S. King y su pléyade de ultramodernos seguidores, como el pennsylvanio Koontz… (¡Ahgggg!).

   … De hecho asimismo, sin dejar de consultar a la obra del rioplatense Carlos Abraham, y su monumental contextura acerca de la historia de “La literatura fantástica argentina en los siglos XIX y XX”, una especie de Biblia y fuente formidable de inspiración local para los fanáticos del género en esta parte meridional del globo terráqueo…

   … Y ella que ni cuenta se diera. Hablo del caos que podía estallar, sin previo aviso, cuando La Nona estuviera “de auténtica y rutilante fiesta porque, cuando escribía, es decir, cuando temblaba de emoción nerviosa e incontrolable frente a la hoja en blanco de La Máquina de Escribir -la más preciada de sus antiguas joyas-, era probable que varios de sus múltiples aparatos electrónicos fallaran y hasta explotaran en una casa rugosamente abarrotada de muebles y tesoros artesanales sustraídos a los siglos XVIII, XIX y XX… 

   Y, aunque se diera cuenta y el sistema automático de apaga incendios se activara, nadie podría moverla de su Silla de los Escalofríos.

   Excepto si…

   (Porque muchas veces la realidad supera a la ficción. Pero la Nona, nada sospecharía hasta que…).

(…)

CONTINÚA EN ARISTOS INTERNACIONAL Nº 5 (ENERO 2018) – PARTE II/IV.-

[1]  Santa Fe (Argentina): 30-10-2007 (Vísperas de Halloween). T.a.: 31-10-2017 (Halloween) – CON SOLICITUD DE PUBLICACIÓN EN EL MAGAZIN VIRTUL “ARISTOS INTERNACIONAL” (DICIEMBRE 2017).-

–  Integra el Libro “EL EMPERADOR HA MUERTO (Y Otros Cuentos)” –en actual trámite editorial-, y el libro “DESDE EL UMBRAL…).  Inédito.-

-Publicado el 04-01-2008 (versión microrrelato) en el Magazín Virtual “MUNDO CULTURAL HISPANO” (Círculo literario del Ateneo de Alicante, España) – Director: Denis Roland Jurado.

– Publicado el 01-11-2017 (versión cuento actual) en el Blog de Autor del Foro “PARNASSUS, PATRIA DE ARTISTAS (Patria simbólica de escritores y artistas internacionales)” y el 03-11-2017 en el Apartado “Sorpresas de Halloween” – Galardonado como PROSA  DESTACADA y Nº 1 – TOP CONTENT TODAY (Buenos Aires, Argentina). Responsable: Prof. Marisa Aragón Willner.-

 

[2] Nota: “Ahora deja…” – Canto de Simeón, traducido del griego al latín en la Vulgata, que expresa: “Nunc dimitis servum tuum, Domine, secundum verbum tuum in pace: Quia viderunt oculi mei salutare tuum. Quod parasti ante faciem ómnium populorum: Lumen ad  revelationem gentium, et gloriam plebis tuae Israel”. O uno de los Cuatro Cánticos Evangélicos cristianos, siendo los otros tres el Magníficat o Cántico de María, el Benedictus o Cántico de Zacarías y el Gloria in Excelsis Deo. – Fuente: Exégesis de Carlos Villapadierna – Seminario Mayor de Astorga (Provincia de León, España).

 

[3] Nota: Este texto resulta citado en Mateo 2, 16-18 (Biblia-Nuevo Testamento), y aplicado por el evangelista a referir al cumplimiento de la profecía de Jeremías 31,15, y al vincularla con la matanza de los inocentes acontecida en tiempos de Herodes el Grande, el idumeo hijo de Antípatros, proclamado rey -en el Año 713 de Roma, luego de ofrecer a Júpiter Capitolino el rito de acción de gracias- por voluntad de los romanos Antonio y Octaviano (luego, emperador Augusto), de estirpe judaizada por Juan Hyrcano, cuando mandara a matar (a degollar), en Bethlehem de Judea, cuna del esperado Mesías y Rey de Israel, “a todos los niños menores de dos años, de acuerdo con la fecha que los magos le habían indicado” para dicha n(N)atividad… Herodes el Grande, recuerda Antonio Camacho Gómez en su libro “La espantosa banalidad del mal (más allá del periodismo)” (Ed. Dunken – Bs. As., Argentina, 2017) -citando como fuente a las denominadas “Antigüedades Judaicas” y al historiador Flavio Josefo-, no trepidó en “sentenciar a muerte” a esos niños, “como lo hizo –incluso- con dos de sus hijos”, a su “esposa Mariamme” y suegra. Sanguinario como el que más, dominado por la cólera, frívolo y adicto compulsivo al poder, la acidez de su corrupción fue tal que, enfatiza Camacho, “hizo expresar al emperador Augusto, que valía más ser cerdo de Herodes que hijo suyo”.-

[4] Mateo 27, 24.-

 

 

 

 

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