CUENTOS, RELATOS Y NARRATIVA

 

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HISTORIA DEL ÁRBOL QUE QUISO SER PÁJARO
María Sánchez Fernández (España) 

      Vino al mundo en los comienzos de la primavera, cuando el ambiente es voluble y caprichoso y deja su huella soñadora en las criaturas y en las almas que empiezan a formarse.

      Nació pequeño y débil al mismo borde de un gran precipicio.

      Su madre, una hermosa y vieja raíz que por esos lugares andaba, quizás buscando libertades que siempre le fueron vedadas, le alumbró allí, ofreciéndole el más maravilloso de los regalos: la grandeza de un claro y verde valle.

      Creció muy lentamente, y, desde los primeros esbozos del gran árbol que más adelante sería, fue alegre y comunicativo. Sus primeras amigas fueron las hormigas, ¡estaba tan cerquita de ellas! Era tan pequeño que casi rozaba el suelo.

      Miraba curioso  a un gran hormiguero  que desplegaba toda su actividad cerca de su mismo pie. Las veía ir y venir, sin detenerse jamás, a no ser que cambiaran algunas impresiones entre ellas. Les acuciaba la prisa, y siempre iban cargadas con enormes pesos que soportaban  yendo en pequeños grupos y a veces en solitario.

      En una ocasión pudo observar a una de estas hormigas que trataba de arrastrar con grandes esfuerzos el cuerpo de un enorme escarabajo que acababa de pasar a mejor vida. Recorría un corto trecho y se detenía a descansar. Jadeando, y con un gran suspiro decía así:

      −Esta carga es demasiado para mí sola, ¡pero tengo que conseguirlo!

      El arbolillo la miraba curioso y un poco angustiado por la suerte y la salud de su amiga, y le dijo:

      −¿ Por qué no pides ayuda a tus hermanas?

      Y la hormiga, con palabras entrecortadas por el cansancio, le respondió:

      −He de hacerlo yo sola; mis hermanas están demasiado ocupadas construyendo nuevas galerías y ampliando nuestras despensa. La comunidad  va en aumento y hay que agrandar el hormiguero.

      Ya que hubo descansado y tomado nuevos alientos, fue llevando poquito a poco, sin prisas, pero con tesón y coraje, su rico botín hacia el boquete de entrada hasta conseguir introducirlo en el interior.

      ¡Como las envidiaba! Activas, incansables de acá para allá, y él siempre tan estático. Nunca se movía, a no ser cuando a veces jugaba con el aire.

      Creció con el tiempo, y poco a poco aquel hormiguero se fue haciendo ante su vista tan pequeño que ya apenas podía divisarlo. Añoraba a sus activas amigas; sus idas y venidas y esos brevísimos diálogos que con ellas entablaba.

      Alguna que otra vez lo visitaban subiendo a sus altas ramas y le contaban, mientras iban recolectando alguna que otra cosilla, las noticias de allá abajo.

      Al crecer en tamaño y corpulencia, también crecieron sus inquietudes. Miraba el gran abismo que se abría bajo su tronco y se maravillaba de aquella gran belleza. Los colores rivalizaban entre si, y a veces se mezclaban como en una enorme paleta que estuviera dispuesta para que los pinceles del mejor de los artistas creara la más hermosa obra de arte.

      Toda la gama de verdes estaba allí, exultante; desde el verde-plata del olivo, al oscuro, casi bronce, de la acacia; el verde tierno del trigo recién nacido y el verde amarillento de los sauces, que acompañaban llorando, no se sabe si de gozo o de melancolía, todo el curso del gran río. Los tonos violáceos se sucedían desde las brumas lejanas de la serranía, hasta las pequeñas violetas y lirios silvestres que crecían por doquier. Grandes manchas rojizas y amarillas salpicaban el paisaje. Eran macizos de amapolas y jaramagos.

      Nuestro árbol lloraba estremecido. ¡Así era de sensible! Y de tanto y tanto mirar se fue inclinando hacia el abismo, como queriendo tomar parte con su presencia física de aquella visión extraordinaria.

      Sus ramas se hicieron grandes y poderosas, formando una copa compacta y cónica.

      En ella se refugiaban numerosas criaturas, porque a todas acogía con amor. La cigarra, en las pesadas noches de verano, cantaba sobre sus ramas las canciones más interminables y monótonas. Numerosas aves formaron en ella sus nidos, y tuvo el inmenso placer de ser testigo del nacimiento de muchas vidas.

      Fue cobijo y alimento del gusano que genera la seda, viendo complacido como engalanaba su ramaje con preciosos capullos verdes, blancos y amarillos que más tarde se abrirían dejando escapar el vuelo de una mariposa.

      Fue amigo de todos, y de todos recibió sus confidencias.

      Un claro día, vio como un hermoso pájaro sobrevolaba la inmensidad de aquel valle. Lo llamó con un susurro de hojas que el aire movía, y aquella  ave vino a posarse en una de sus ramas.

      −¿Me llamas?, −preguntó−

      −Sí, te llamo porque quiero ser tu amigo. Eres hermosa como ninguna otra ave. ¿Quién eres y cual es tu nombre?

      −Dicen que soy un ave rapaz. Mi nombre es Águila Real.

      −¡Águila Real! ¡Qué hermoso nombre! Ningún otro te hubiera encajado mejor. Tienes la majestad de una reina cuando planeas por el espacio. ¡Cómo te envidio, mi bella amiga!

      −¡Me envidias tú a mí!, pero ¿por qué? Yo tengo que luchar y defender mi nido, mientras que a ti nada te falta; lo tienes todo.

      −Todo lo tengo menos libertad y unas hermosas alas para volar.

      −Cada cual tiene su destino. A mí me fue designado el espacio, las grandes alturas, mientras que tú estás predestinado a estar clavado en la tierra. Los dos destinos, el tuyo y el mío, son hermosos e importantes.

      Y el águila, remontando el vuelo, se alejó confundiéndose en el cielo.

      A nuestro árbol le invadió la melancolía, y cada día le acuciaba más y más su gran deseo de ser un pájaro, y de tanto mirar al vacío se fue inclinando de forma tan alarmante que hasta sus raíces se resintieron.

      Llegó el invierno. Sus hojas amarillearon y cayeron muertas al suelo formando una mullida alfombra.

      Los pájaros huyeron buscando la bonanza de otras latitudes y entonces quedó mudo y triste en su soledad. Únicamente subían a visitarlo de vez en cuando las hormigas, sus viejas amigas.

      Un día el cielo amenazaba tormenta. Las nubes, grises y oscuras, se agolpaban, y el viento rugía amenazador.

      Nuestro amigo pudo advertir que se movía más que otras veces, y una luz de esperanza se encendió dentro, muy dentro de él.

      De pronto, inesperadamente, un golpe de viento le empujó de tal forma que, sin saber como, se vio libre de cadenas y sus raíces se desprendieron de la tierra.

      Voló y voló por aquel ansiado espacio. Se sintió ligero y feliz y pudo ver más de cerca todo aquello que siempre había admirado durante su larga vida.

      El viento lo empujaba, y como un gran proyectil cayó sobre las aguas, grises y turbulentas de su amado río.

      Él todavía estaba vivo y, henchido de felicidad, se dejó llevar por la corriente hacia un destino que nunca jamás hubiera sospechado fuera el suyo.

 

 

TALISMÁN
Miriam del Carmen Franco de Noce


Verlo fue toda una sorpresa. Un baúl de grandes dimensiones, pesado, con remaches y gruesas correas para asirlo. Tenía mi nombre en el frente y pegado al costado una carta. Hice mil conjeturas. No había remitente. Recién retornaba de mi trabajo. Munida de paciencia comencé a abrirlo. El corazón me latía aprisa. Allí donde lo habían depositado, allí estaba. Su peso lo hacía inamovible para mí. ¿La carta o el baúl? Qué indecisión. Opté por el misterio mayor, el baúl. Al terminar con las correas, levanté la tapa en un solo movimiento. Quería ver ya. Si grande fue mi asombro con el baúl, lo fue aún más ver el interior. En riguroso orden, observé cientos de novelitas de bolsillo, junto a dos carpetas. Las letras eran grandes y la escritura sucinta. En ellas reconocí la letra de mi abuela. Busqué la carta, allí acechaba sin dudas la explicación.


Morcadar, 24/8/2004

Querida Manuela:

                              Fue deseo de mi hermana que tú seas la depositaria de su colección. Ojala la cuides y ames como ella.

Te quiere   
Tía Fede
El recado además de breve, no aclaraba el panorama. La palabra «colección» me abría interrogantes y el orden adentro del baúl todavía más. Las miré, sin desordenar las pilas. Decirles novelitas me sonó peyorativo. Todas tienen algo en común: la autora. Las carpetas de la abuela Manu, me van a dar una interpretación. Estoy confundida. La carpeta forrada en rosa dice: «Manual de instrucciones». La carpeta roja, en letras de imprenta: «Manual de preceptivas literarias.»

      Comencé a leer, tan pronto una, y pasaba a la otra. Lectura ávida. Desconcertante. En otro momento, ubicaba en las pilas la editorial, su fecha de edición o sí, en un recuadro visible de las primeras hojas, eran aptas para todo público o con reservas para menores de 13 o 16 años. Tanta información me atosigaba y una idea reptó en mi mente: ¿pudo haber sido mi abuela un negro literario? Deseo descubrir si ella fue el comienzo o el final de una cadena de explotación, que por un magro sueldo en la era franquista sobrevivían en las afueras de Madrid o en algún pueblo perdido. Esa famosa autora, ¿tuvo relación directa o usó intermediarios? ¿Adónde eran los encuentros: en un bar, en alguna casa o plaza?

*Cada novelita debe tener alrededor de cien páginas, no más, tal vez algunas menos. Alargar las situaciones con diálogos o descripción de la ciudad, campiña o casa.
*Novelitas de amor o novelitas rosas, todo insinuado. Nada con detalles.
*Tampoco se habla de política o religión. Jamás mencionar perversiones sexuales. Apenas algunas piedras en el camino y el final siempre feliz.
*Las familias bien constituidas: mamá, papá, cuatro abuelos, (podía haber algún fallecido) tíos, tías, primos, buenos vecinos. Algún pequeño distanciamiento, que se supera con modales y dignidad.
*Que no se note que es una novela con tintes presuntuosos; hacer ejercicios de pudor y austeridad.
*Sin geografías reconocibles; eso sí, exótica y fuera de España.
*Que al leerla se sienta el placer primario de los adolescentes en el nacer del amor. Que el goce sea inocente y profundo.
*Jamás la censura podrá encontrar una palabra que desentone.
*Cada personaje no tendrá demonios que lo acompañen, pero sí ángeles que los cuiden.
*La lectura no debe ser compleja. El «molde» elaborado debe ser cumplido a rajatabla, sin desmedro a la gran autora.
*Jamás una mancha de  sangre se puede deslizar en la historia.
*Nunca un conjuro de venganza o traición, sólo pequeños guijarros en el fondo del barro de la vida.       
          ¿Por qué la abuela ha mantenido con orden, cuidado, devoción, tal cantidad de novelas? Que yo recuerde, jamás en sus visitas, nos comentó sobre su existencia. Sí recuerdo sus bellos cuentos sobre su pueblo natal: Morcadar es un villorrio recostado en el fondo de un valle sobre el río que baja de la montaña. Sus pinares perfuman el aire y las piedras blancas iluminan el único camino que lleva a otro poblado. La vida aquí es silenciosa, sólo el campanario suena hora tras hora para despertar el andar de los ancianos, mayoría absoluta en Morcadar. Allí vivían felices princesas y príncipes feudales convertidos en guapos labriegos y niñas casaderas.

    ¿Estoy ante un gran descubrimiento o mi cabeza desdibuja caminos? ¡Leo tantas cosas en estos manuales! He perdido la noción de las horas. Quiero encontrar el hilo conductor de esta historia. La venta masiva en kioscos, amén de publicarse en América de habla hispana, ¿la superó? El boom editorial, ¿la desbordó? Las obras de la señora Corín Tellado en sus comienzos, ¿fueron escritas por negros literarios? En Inglaterra existen ghost writers (escritores fantasmas). La única  que podrá contarme la verdad, pese a sus años, será la tía Fede. Espero que sus ochenta y cinco no hayan dejado surcos en su memoria. Voy a bajar la tapa del baúl; esto se ha convertido en una caza de brujas. El sueño y el cansancio me han ganado.

         Encontré a la tía Fede sentada en la puerta de su casa, escuchando el sonido del agua que cae de la fuente de la plaza; solaz de las abuelas y delicia de los chiquillos que mojan sus pies. Parecía que estaba esperándome. Mi escaso equipaje le dio la pauta; solo compartiríamos horas. Eran muchas las preguntas y corto el tiempo de respuestas.

En el cuenco de sus ojos, pese al paso de los años, se conserva intacta esa gracia de las mujeres de pueblo: rara mezcla de alegría, trabajo y donaire. Al escuchar tantas preguntas juntas sobre su hermana, ha exclamado riendo:

-¿Cuántas preguntas bobas, mi niña? Siéntate aquí, a mis pies, y escucha. Sé que tienes poco tiempo. Debería enfadarme, pero los tiempos modernos son así. Eres igual a tu abuela, por algo llevas su nombre. A los diecisiete años Manuela se enamoró de un labriego que ayudaba en el solar a Don Eugenio, nuestro padre, ya anciano y enfermo. Conocía el viñedo y cómo manejar los animales. Era franco, servicial, se hizo querer por todos. Era un hijo más. Gracias a eso, nadie receló que esperaba un niño de él. Se casaron y fue una fiesta memorable en Morcadar. Jamás nuestros padres sospecharon nada y la llegada de tu madre un tiempo antes de la fecha, se atribuyó al calor excepcional que reinó ese año en la región. Al morir nuestro padre él quedó a cargo de todo, y fue un excelente administrador. Zagal decidido, silencioso, padre cariñoso que siempre consentía con una sonrisa a sus hijos. Construyendo un hórreo sufrió una caída desde lo alto y nunca se recuperó. Tu abuela quedó viuda a los veintiún años. Para ella la vida terminó. Vivía para atender a sus cuatro hijos: un chaval y tres chiquillas. Pasó a ser el hombre de la finca. Firme, resolutiva, sacrificada. Sólo a la noche, cuando el sosiego sobrevolaba la casa y el campo, elle leía con lágrimas las historias de amor de Corín Tellado. Era el momento en que se permitía ser mujer y recordar al único hombre de su vida. Muchos mozos se acercaron, no sé si por interés a las tierras o por ella. Manuela jamás tuvo ojos para otro hombre. Era feliz leyendo sus novelitas. Así empezó a reunirlas. Después, ya fue una locura. Viajaba expresamente a la ciudad para comprarlas. Acordaba  prestármelas, bajo juramento de «abrirlas poco y cuidarlas para que no se deterioren.» Todos ignoraban qué tenía Manuela en el precioso baúl, comprado ex profeso para proteger con esmero esos trozos de vida prestados que ella vivía como propios. Era dichosa durante la hora en que leía o releía y se remontaba en mapas de estrellas y sueños. Amó, la amaron y fue una romántica coleccionista de recuerdos. Se aferró a los relatos de Corín, fueron su talismán. Conocía en detalle cada palabra y el eco que despertaba en otras historias. Las carpetas dan fe de eso. En estos últimos años, cuando ya se sentía débil y enferma, repasaba una y otra vez los nombres de sus nietas para encontrar cual de ellas era la más romántica. Fuiste elegida. Jamás tu abuela fue eso que dijiste: negro, ¿negro qué?”

-Olvida por favor tía Fede, cosas de muchacha moderna que estudia e imagina demasiado. Perdón, Corín. Bravata de niña. No creo que me alcancen los años para leer toda la colección; sí te prometo que iré por la vida buscando mozuelas a las que pueda regalarles una novela con los convocados sonidos de una noche de amor. Duerme tranquila Manuela, el abuelo aún murmura: «aspiro el perfume de la mujer que amo.»

HACIA LA NADA…[1]
Parte III/IV
Adrián N. Escudero

A la amiga en las letras y hermana en la fe y humanidad, Dra. en Letras, Prof. Graciela Maturo: con innegociable e irrevocable afecto amical y admirativo…
(…)  NOTA: Viene de Parte II/IV (sección CUENTOS Y RELATOS EN ESPAÑOL) y Parte I/IV (sección CRÓNICAS Y ENSAYOS EN ESPAÑOL) del Magazin virtual Nº 5 – ENERO 2018 (ARISTOS INTERNACIONAL)
IV – El Cuatro (El Innombrable se confiesa)

Señor, ¿qué es el hombre para que tú lo cuides, y el ser humano, para que pienses en él? [2]

   (… Así que muuuuy a Mi Pesar, debo aclarar que, al igual que los ineptos Científicos de la Física Cuántica, tentados en curiosidad -por Mí, claro- para descubrir lo que no se encontrará jamás a su alcance –léase, Teoría del Más Allá-, también La Nona -(mi) tonta y desafortunada Nona, tan engreída y astuta ella… ¡con semejantes nietos…! ¡De a uno a la bolsa de Papá Ma-el…!”-  omitió obstinadamente ante sus congéneres, los heréticos mortales, considerar los atributos de Omnisciencia[3], Omnipresencia[4] y Omnipotencia[5] que identifican las propiedades intrínsecas de nuestro odiado Creador, y para quien todo en el espacio y en el tiempo, reiteramos, se encuentra ya consumado… Y que Egipto –como aquel pueblo humano primerizo desmadrado y enfermado por Mí en época de Noé; o como en Sodoma y Gomorra, ya en tierras judaicas de Canaán- personificaba para Él, un aliado propia de mi estirpe de Ángel Caído: ese Satán o Satanás –así me llamó como su Adversario, cegándome los ojos de mi estatura Arcangélica como Ángel de la Luz- malquistado, lo reconozco aunque no me arrepiento, por mi conducta artera, según Él, de ángel celoso de sus atributos de Dios Único, y en aberrante colisión –también según su Juicio (¿subjetivo y “perfecto”?)- con su majestad de Señor de lo Creado e Increado, de lo Absoluto y lo Relativo, de lo Visible e Invisible, adherido al cabo -en mi desaforado arrojamiento de las esferas celestiales-, al tejido y fragilidad del lugar y estado originado como hábitat del fruto máximo de su Amor incontenible por Sí Mismo… ¡el Hombre! ¡Ahhhh, el Hombre! -¡¿Cómo no aborrecerlo?! ¡Ahgggg!-

   … ¡El Hombre!: ser humano creado a imagen y semejanza de su Divina Soledad y en todos los matices interplanetarios e interdimensionales que pululan en la vastedad de su Obra Creada…, el Universo Global;  y, de hecho, forjados desde el humus o polvo de las estrellas errantes como brasas cósmicas desde aquel Big Bang proactivo a su Amor por Sí Mismo, Amor por su Ser Dios, Amor de Sol de Luz, Amor, Salud, Paz y Bien Fraterno, Amor de perpetuos Señor de la Nada y del Todo… Y, en el dicho Todo, haciendo también al Hombre dueño ilimitado más de una Historia vital, efímera y débil, tanto como la Barca pescadora de Pedro soltando amarras y penas en el Mar de Tiberíades… -¡Al Hombre, sobre todo en esa bípeda versión arrogante y curiosa, engendro de carbono y agua en carne y huesos! ¡Ahgggg!

   … ¡Al Hombre!, esa especie animal que nuestro insufrible Yosoy, inclusive, y por los mencionados atributos reflectantes de su Divinidad autocompasiva, llegó a apreciar como superior a… ¡nosotros mismos!; sus Arcángeles y protectores de los Siete Reinos de Luz y de las Doce Constelaciones del Zodíaco… ¡Inaudito! ¡Un Dios equívoco presentido por tantos pueblos en clave de mito inalcanzable,  y sólo en este milérrimo planeta adorado bajo nombres tan disímiles como la idiosincrasia de sus pueblos: Zeus, Júpiter, Odín, Amón Ra, Cibeles, An, Jehová, Yahvéh, Allah Taala, Buda, Krisná, Jubá, Azebán, Kwuakú, Jok, Inti, Ometéotl, Gulu, Gaol, Imana, Teutates, Ukko, Anshar, Marduk, Rongo, Maddi, Dievs, etc., etc., etc.!… ¡Yy para Quien la bondad fue superior a la justicia y a sus Ángeles guardianes!

   … ¡Al Hombre! ¡Ente de evolución cansina y violenta, superior a…a… a Mí, al “ahora” temible Hades, al “ahora” peligroso Osiris, al “ahora” sanguinario Abou-Jaria; a Aquél que le venía sirviendo cuando el Hombre y sus horribles réplicas astrales, ni siquiera eran una vana Idea en los Castillos Celestes! ¡Ahgggg!… Un Dios y Señor del Aliento de Vida a quien servía con denuedo…: aunque, “servir”, lo que se dice “servir”, fuera más bien un astuto ardid para conseguir de Él las codiciadas Llaves del Reino, y volverme su Real Ejecutor de Mundos Posibles…, o mejor, Real Ejecutor de “mis” caóticos designios y ansias de conquista y de Poder…; hasta que… bueno…, o malo para mejor expresar…, hasta que mi Señor jurara por sí mismo y flotando con ira contenida en su Trono de Fuego, que jamás permitiría males para ellos –carne segura de mis larvas infectas favoritas… ¡Ahgggg!-, sino para mayores bienes[6] (¡increíble!)… ¿O no fue acaso eso lo que prometiera al dibujar bajo la celestina y neblinosa atmósfera de la Tierra, el arco iris de la primera Alianza? …

   … Y todo ello fundado en el despertado y paternal posibilismo de una “sabia” omnisciencia, consagrada en el prisma de su omnipotencia y omnipresencia situacional, y que lejos de hacer del Hombre un títere bajo su dominio, llegado en la edad señalada por El Sin Tiempo, elegido el instante para mostrar y demostrarle a su criatura preferida que, el Amor hacia sí mismo, era tanto como el Amor que sentía por su fragilidad, no dudó en transfigurase en ella -menos en la ruina- haciendo de la hipostática persona de su Unigénito, el místico caballo de Troya o brote del Hebrón, que introdujo -con imperdonable y abominable arrojo– en la Historia vital del ser humano, a fin de –según Él- divinizarlo, tratarlo por el bautismo en el agua y en el Espíritu, como su hijo adoptivo por la fe, y con el aberrante objeto de rescatarlo de mis pérfidas Garras -¡Ahgggg!-….

   …Y todo como su Todo, Único que Es y Hace Ser, en dignidad de derechos y obligaciones; esto es, sin lesionar ni acotar su libre albedrío (“…Amarás a Dios con todo tu corazón…), su inteligencia (… con toda tu alma…) y su voluntad (y con todo tu espíritu…); y al prójimo como a ti mismo”… Y más aún, consagrará su Cristo: “y al prójimo como Yo los amé!, perfectamente de esa forma y como Nuevo al Mandamiento del Amor humanitario…  ¡Ahgggg! ¡Pero, menos mal! ¿Menos mal, o más mal? ¡Ahgggg!; pues, ¿no fue precisamente “eso” lo que posibilitó de  que “muchos fueran llamados pero poco los elegidos?… ¡Qué infantil ironía la del buen Dios! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ahgggg!…

   ¡Y basta!, Porque este locuaz catequista, cuyo verdadero nombre es -legítimamente- El Que Lleva la Luz, y que, con Ella ha tratado de instruirlos (superando de esta forma y en términos humanos su altivo rencor al ser falsamente reinscrito en el Libro de la Vida -y luego de su derrota en Armagedón Alfa-, bajo el ofensivo nombre de El Maligno[7],  e instalado “ahora y hasta que Yo, la Muerte, nos una para siempre en el Averno de mis brazos ardientes”, es huésped de honor del cuerpecillo famélico del  fulano mayor de La Nona -a quien pronto tendré que derrapar a latigazos en mi Heroico Sepulcro sin fin; y, eso sí: al estilo ampuloso y celoso por su Padre del tal Jesucristo, de Nazaret, que osara expulsar –y no en forma delicada, ¡vaya!, sino con firmes y severos latigazos- a mis sensatos comerciantes del festivo Shoping de Jerusalén, obra magna y templaria de mi secuaz carcelero y asesino predilcto: Herodes el Grande… ¡Ahhhh! ¡Aghhhh!-…

   … ¡Y basta! Sí, al cabo, y aunque todavía muchos no lo entiendan y se desmayen incrédulos en mis brazos candentes de lujuria y avaricia, Él, que era Todo y ese Todo, puro Amor Ofrenda, se encendió en Plenitud -aquella Noche de Ángeles Obsecuentes sobrevolando a la palestina Bet Légem-, y confiando -en ese instante- a los hombres de buena voluntad de todas las especies y de todos los tiempos, el hasta entonces indelegable virtuosismo de su Gracia para alcanzar por el bautismo y la fe puesto en obras de bien, la divina  filiación en humana santidad…  ¡Porca miseria! ¡Ahgggg!…

   … ¡Y basta!… Puesto que haciendo abstracción aún de la maleza aberrante –en ese Tiempo que llamó de Misericordia- y de la infinitud de las inequidades ensayadas por la raza humana, las cargó sobre Su Propio Hombro -en una Cruz elevada por mis solícitos guerreros  romanos-, ya no como un Dios… solamente Creador, sino como un Dios Padre y Educador en su Unigénito Redentor,  y Padre e Hijo Defensor en el Espíritu Paráclito que partió, en llamas y desde su Trono de Fuego aquel recordado día de Pentecostés, hacia las dóciles cabezas de aquellos que renunciaron a ser parte indelebles de mi Dura Cerviz, y fueron llamados por Él -¿Camino, Verdad y Vida?-… ¡sus apóstoles y testigos!…  ¡Semillas de su Reino de Amor, Justicia y Paz, y Columnas de su Cuerpo Místico viviente!  ¡Ahgggg!…

   “¡Ja, ja! ¡Hummm!”, repitió también La (mi) Nona, sin darse cuenta todavía de lo que estaba pasando, y por pasar… 

V- El Cinco (El Quinto Fragmento)

Aunque, recuerden: muchas veces la realidad supera a la ficción… Pero la Nona, nada sospecharía hasta que…

    (… ¡Y basta! (¡Vaya!, ¿cuántas veces lo he dicho ya?)… ¡Obsesión! ¡Toc compulsivo! ¡Stress Místico!… Pero, como verán, ¡menudo complejo de estrategias tuvo que poner sobre el paño mi odiado Dueño y Señor, y a causa de haberse disgustado, falsamente por cierto, con este modesto servidor angelical… ¡Ahgggg!  Y ¡ah infinitud de iniquidades producto de las fallas con que había edificado al Hombre desde el polvo paradisíaco de la Nada en el Todo, y que al luego Él mismo recriminara –como causa y efecto de las atribuciones de inteligencia, libertad y voluntad que les había concedido-, bajo los implacables eufemismos lexicológicos de palabras, tales como: “pecado, error e ignorancia”!… ¡Ja, ja! ¡Ahgggg!)… 

    (… ¡Y basta! ¡Basta ya! ¡El último estornudo de rabia!… ¡Que ni Yo mismo me lo creo! ¡Insoportable de Mí Mismo! ¡Y basta! ¡Aunque vale este postrer arrebato para intentar explicarles, mis ateos favoritos, cómo se Justifica a Sí Mismo el más bueno de los buenos, haciendo uso de su estelar bipolaridad relación con sus enanos carnales… Muy sencillo –que, por eso, debo reconocer aunque duela y mucho; tanto como al Nazareno no bajarse de la Cruz: es el más sabio entre los sabios-. Tuvo a bien comprender siempre a la Persona del pecador, sin dejar de aborrecer a sus grandes injusticias, al no ser compatibles de Sí Mismo, Puro Amor Ofrenda… Ama y perdona al pecador arrepentido, pero aborrece y castiga a sus pecados graves y veniales… ¿Y qué hizo, al cabo con éstos? Pues sepultarlos Conmigo  -nostálgico autor sin registro de propiedad pero fatal ideólogo de todas las Aberraciones-, en mis sagrados dominios infernales… Y lo más injusto fue que, delante de Mí, y mientras se glorificaba como Cordero Inmaculado rescatando, en obligado descenso a la Gehena, a las almas yacentes de la Antigua Alianza, que habían confiado en Sus Promesas de salvación y Vida Eterna, y despoblado que fura mi recién inaugurado Inframundo hadesiano -¡Ahgggg! ¡Ahgggg!-, revelaba al Hombre las tres Virtudes Teologales que se corresponderían, desde lo humano animal, a la mismísima Trinidad de su Ser Dios Uno y Trino, y en consonancia con la espiritualidad de las Tres O[8], ó suma de atributos -recordarán- que lo contenían como al Único Que Es y Hace Ser: la Fe, la Esperanza y la Caridad… ¡Locura! ¡Ahgggg!…

   … ¡Y basta! ¡Basta! ¡Fin de esta alocada “catequesis” sobre la malignidad! ¡Por dios! ¡Es decir, por Mí…! ¡Dios de los Extraviados! ¡Dios de los Muertos sin descanso! ¡Ahgggg…! ¡Ohhh, ahhhh… ¡Y…! ¡La Nona!…).

   Quizás porque estos chicos nunca tuvieron una acertada explicación sobre el asunto de los “Cuatro Cantos evangélicos cristianos” -porque Petey, de infante, se acunaba y sonreía con las nanas de La Nona; y, cuando grandecito…-, y de las “Cinco Meditaciones sobre la belleza” de don Cheng -porque El Chino Loco, y esto sí que era más que comprensible, se había trastornado luego de la reciente separación de sus padres-, y ambas, ni siquiera en partes, no echaron raíces en sus corazones adolescentes… Corazones en un primer momento confundidos y luego fatalmente extraviados –aunque el Salve y el Rosario fueran rezados, y las velas prendidas a los Santos en el living de aquella pequeña iglesia doméstica, al compás de los “Cuatro Cantos Evangélicos” y las meditaciones pertinentes…-, por el basilisco susurro de “El Quinto Fragmento” entonado por un desconocido ángel de alas rotas, caído hace unos pocos años cerca de la casa de La Nona y del galpón del Cuarto de Goma –recuerden-, “… en El Patio Trasero de El Señor Valdemar (Canavan, agrego): aquel rojizo, solitario y aburrido vecino de barrio, medio marica y beodo, todo un jardinero atendiendo y regando -con rigor afiebrado- a su pléyade de margaritas, prímulas, anémonas, pensamientos, begonias, tulipanes y bocas de dragón. Una dulzura de narciso homosexual, amigo de don E.A.P. (¡Síiiii…! ¡Ahgggg!)… Caído después de un preciso tiempo en sus cavernas cerebrales, anidando musical y lujuriosamente en los túneles inmundos que circuían el lado oscuro de Petey y el Chino Loco, como Visitantes de un Otoño pérfido y cruel, alimentando sin cesar sus jóvenes cabezas descentradas y socorridas culturalmente por el Club del Sol Negro.

   … O descentradas y sumergidas en La Ciénaga de una locura monitoreada por el Innombrable y que, para La Nona –no tanto para Mí, que los había visto deleitarse con siniestra naturalidad hacia mi adictiva Biblioteca de Ébano Absoluto- fuera, aquella noche de Vigilia cristiana y nocturna, imprevista y misteriosamente revelada…

   De hecho, nada de esto hubiera sucedido quizás si, en lugar de subirse a la Silla de los Escalofríos, La Nona hubiera vencido la Tentación en el Desierto, he ido al otro día también -con perplejo recato magdaleno-, y después del doloroso Viernes Santo, a celebrar con gozo cristiano la Misa nocturna del Sábado de Vigilia Pascual, umbral de la Resurrección de Cristo Jesús –sin duda, ¡el más hermoso de los ritos eucarísticos por todo su esperanzado sentido salvador, y unificador del Círculo Virtuoso Mesiánico comenzado con la Natividad de Nuestro Señor!-; Misa que el Padre George oficiaría, en comunión con su Obispo, en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, a dos cuadras de su casa y al norte de la entrada principal del Barrio Chino donde vivía ese nieto alquilado al que, cariñosamente supuso, James Petey –su nieto varón menor- llamaba: el Chino Loco…

   Pero no fue así.

(…)
CONCLUYE EN ARISTOS INTERNACIONAL Nº 8 (ABRIL 2018) – PARTE IV/IV (Final).-

 

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