CUENTOS RELATOS Y MICRORRELATOS

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Febrero  2021 nº 40

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Estos conservan el copyright de sus obras
AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

COLABORAN; Magi Balsells (Barcelona-España)- Adrián Nestor Escudero (Argentina) María del Carmen Franco de Noce (Argentina).-Carlos González Saavedra (Argentina).-José Lissidini Sánchez (Uruguay).-Jorge B. Lobo Aragón (Argentina).-Piedad Romoleroux ( Guayaquil-Ecuador).- María Sánchez Fernández (Úbeda-España).-Gladys Semillán Villanueva (Argentina)

AMNESIA
Magi Balsells
Barcelona

¿Que ha ocurrido? ¿Dónde estoy?, ¿Qué hago en esta cama de hospital? ¿Quienes son estas personas? cuantas preguntas acuden a mi mente, nadie contesta, solo me miran,
El doctor, digo doctor, porque lleva una bata blanca y un endoscopio colgado del cuello, me esta tomando el pulso, mirándome los ojos, ¿pero que pasa? Ahora habla con una enfermera y no entiendo muy bien que le dice, pero deduzco que debe ser algún tipo de calmante o antibiótico, pues esta preparando una jeringuilla y extrae un liquido amarillento de un vial.
Se acerca e inca la aguja hipodérmica en mis nalgas, entra el liquido que al momento me da un calor en esta parte y algo de dolor, dura solo unos instantes, pero parece que los músculos se me hayan aflojado y los parpados se me están cerrando, mientras voy oyendo unas voces cada vez mas lejana., hasta que……..
No se el tiempo que abre estado dormido o drogado, no importa la forma, solo se que he perdido la conciencia durante unos segundos, minutos, horas o días, me es indiferente, solo tengo en mi pensamiento es el saber que me ocurre, ¿Por qué estoy aquí?
Ya completamente lucido, sigo viendo a las personas que anteriormente vi.
Una de ellas se acerca, es una mujer de edad alrededor de unos 60 años, más o menos, me coge una de mis manos y acercando su rostro al mío deposita un beso en mi mejilla y me dice:
Hola hijo ¿Cómo estas? Tranquilo que aquí estamos toda tu familia
¿Mi familia? ¿Qué familia? Yo no conozco a esta Sra., además me llama hijo, sino se quien es mi madre y entonces le digo
Perdone UD Sra., pero no se quien es, no recuerdo su cara ni nada, solo se que estoy en un hospital.
Al oír esto el hombre que acompaña a la Sra. se acerca y mirándome a los ojos me dice
¿No sabes quien es ella? Es tu madre y yo soy tu padre no me recuerdas, todo esto provoca un rió de lagrimas de esta mujer y los ojos de hombre quedan empañados
-lo siento pero tengo un vació enorme en mi mente, que alguien me explique algo o me volveré loco
El doctor indica a estas dos personas que salgan de la habitación que quiere terminar unas pruebas y hablar conmigo .Una vez fuera, el doctos saca una grabadora y me indica que lo que vamos hablar tiene que grabarlo para posterior estudio
No si al final seré un conejillo de Indias, pero le doy mi consentimiento para ello
-empezamos por saber como te llama
-vaya pregunta, pues no lo se, ni como me llamo ni donde vivo ni cuando nací, así le ahorrare preguntas doctor
-bien, siendo así, te explicare que es lo que te pasa
Tuviste un accidente de trafico, tu coche se empotro literalmente contra un camión, no sufriste ninguna lesión corporal grave, solo algún rasguño, parece ser que el airbag funcione perfectamente, pero si recibiste un fuerte traumatismo cráneo encefálico y esto ha provocado la perdida de todos tus recuerdos, o sea que te has quedado sin memoria de todo lo pasado antes del accidente ¿recuerdas el accidente? Ya que esto seria un punto de partida importante para la terapia a aplicarte
-tampoco recuerdo esto, que paso con el conductor de camión, ¿esta bien?
-por suerte en aquel momento no estaba conduciendo sino que había aparcado su vehículo para desayunar, pero tanto el coche como el camión se incendiaron y no se pudo salvar nada de ellos, menos mal que a ti te sacaron al instante sino no estarías aquí en estos momentos
-ya veo el problema, ¿pero hay posibilidades de que me recupere ,
El doctor, con cierta cara de circunstancias, me dice:-este tipo de lesión, no tiene una cura especifica, ya que depende de muchos factores la recuperación de los recuerdos anteriores al accidente, quizás se tarde un día o un siglo, no puedo dar un diagnostico concreto, tendremos que ir efectuando pruebas, con mucho cuidado para intentar no dañar aun mas tu cerebro,
La primera parte será ir recibiendo la visita de tus padres y que ellos vayan recomponiendo tu vida, con anécdotas, fotografías, pero solo será durante un mínimo espacio cada día, algo conseguiremos con ello
Aparte una psicóloga, también te atenderá y realizara las pruebas que crea oportunas, este será un tratamiento un poco mas largo y quizás mas pesado, por todo ellos debes de poner toda tu voluntad y paciencia
No se te dará ninguna medicación ya que no serviría para nada
-doctor tan grave es lo que me ha ocurrido, quisiera recuperar mi vida en estos momentos pérdida, haré lo que sea necesario, no quiero quedarme así-
– perfecto lo principal es tu buena disposición, pero siempre puede ocurrir un milagro
-que milagro, no soy muy creyente por lo menos ahora antes no lo se
-ha ocurrido alguna vez, muy pocas por desgracia, que el recibir un nuevo golpe, una noticia impactante o un deseo consumado, algo que remueva tu cerebro hace que se recupere automáticamente la memoria, pero en este tu caso no si se obtendría resultado,

De momento empezaras mañana con tus padres y después la psicóloga,
-conforme, por mi como si quiere empezar ahora mismo
-ahora, lo que debes de hacer es descansar, ya que has estado varios días en coma, te tomaras estas pastillas que solo son para relajarte toda tu musculatura y recuperar fuerzas, por lo cual muy visita por hoy finalizo, que descanses
Ya me quede solo con las pastillas, deberé de tomarlas y hacer caso al doctor, veremos que ocurrirá mañana
me despiertan de buena mañana, trayéndome el desayuno una de las enfermeras, preguntándome como me encuentro , digo bien y ataco a lo que me presentan ya que tengo un hambre atroz, , una vez finalizado este ligero tentempié, llega la hora de la visita de los que dicen ser mis padres, cosa que no dudo , pero no puedo confirmar

La Sra. (mi madre), esta con los ojos enrojecidos por culpa del llanto vertido seguramente durante muchas horas, el hombre (mi padre) esta mas sereno aunque se le nota las horas angustiosas pasadas
Tanto uno como el otro en sus ojos veo el amor reflejado, lo cual me motiva a recibirlos con mí mas amable sonrisa mi madre, la llamare así a partir de ahora me dice:
Como estas hijo mío, ya me recuerdas? He pasado toda la noche rezando para que así fuera, que volvieras a ser el hijo cariñoso que siempre has sido
-lo siento de momento solo negrura en mi mente es lo que hay, pero el doctor dice que poco a poco iré recuperando mis recuerdos, (aunque no sea esto lo que me ha dicho el doctor no quiero acrecentar su pena sino darle una esperanza que yo no tengo)
-cuanto nos alegraría , te menos traído una serie de fotos por si ellas te pueden ayudar, son de algunas de tus vivencias,, con algunos familiares y amigos, te las dejaremos aquí para que las contemples por si pueden ayudarte , ahora debemos marcharnos ya que nuestro tiempo de visita acabo

Dicho esto deposita un par de besos en mis mejillas, acompañados con la humedad de sus lágrimas que aun retenidas siguen brotando, siento un dolor muy grande pues comprendo que si es mi madre debe de estar padeciendo mucho

Ya se fueron, ¿Quién entra ahora?
‘Vaya mujer esta si es fácil de recordar, se abra equivocado de habitación, veremos que quiere
-hola buenos días, soy Merche, tu psicóloga, ¿Cómo estas?

-hasta ahora muy deprimido, pero vientote a ti se me ha levantado la moral
-jajá jajá que sentido del humor tienes, esto siempre es positivo, pero vayamos a nuestro trabajo, bueno al mío
No voy a relatar la cantidad de preguntas que he tenido que soportar para no cansar , a sido un interrogatorio que no deseo ni al peor criminal solo ha durado tres horas , y lo curioso del caso es que no estoy cansado de las preguntas , solo me sabe mal que haya terminado por hoy, mañana seguirá la terapia
Así van trascurriendo los días, me esta ocurriendo una cosa curiosa, siempre espero la visita de mis padres, no he recuperado nada de mi memoria, pero necesito que vengan cada día me siento amparado
Pero lo que mas deseo es la visita de Merche, perdón la psicóloga, no se que tiene , pero llegar ella y la habitación se ilumina , no me importa sus preguntas, solo deseo que este a mi lado, con su sonrisa su amabilidad esta voz que me cautiva, ya casi no hay preguntas estamos como dos amigos , me cuenta sus penas, yo las pocas que tengo, hoy se ha marchado casi llorando, no se porque, me ha dejado triste, mañana se lo preguntare que le pasa , no creo que ahora sea el momento idóneo
Hoy no han venido mis padres, ya me lo dijeron ayer que tenían un compromiso, yo les dije que no se preocuparan que todo marchaba bien
Ahora estoy ansioso esperando a mi Merche, no se porque digo esto de mi Merche,, quizás porque deseo que sea algo mío, por las noches solo hago que pensar en ella.
Ya llego, con esta soltura tan peculiar que tiene, rebosando belleza y alegría, cosa que me produce un cosquilleo especial
Se acerca para darme los buenos días, y en este momento no se que instinto aparece dentro de mi que cojo su mano y la atraigo hacia mi persona, quedando su hermosa cara junto a la mía, notando en este momento su jadear descompensado , la miro fijamente a los ojos y sin poderlo remediar beso sus labios con infinita pasión,
Quedo anhelante esperando su respuesta, me mira, sonríe, y sin más preámbulos deposita en mis labios el beso más amoroso que ser humano pueda recibir
¿Que explosión estalla en mi cerebro? un rosario de luces, ¿Qué me pasa?, que sensación mas extraña, los recuerdos se agolpan con fuerza en mi mente volví a recuperar mi memoria, se realizo el milagro, ya se quien soy, pero lo mas importante es que aun habiendo recuperado mis recuerdos no he perdido los actuales y le digo a Merche, gracias mi amor, no sabes lo que te quiero,
Lo que paso después ya os lo podéis imaginar, por recato no lo publico.

UNA EXTRAÑA SENSACIÓN
Adrián Néstor Escudero
-Argentina-

A la Fidelidad.
En especial, a mi amada esposa y
compañera de vida, María Teresa S. Helguero;
con tierna devoción y eterna admiración…

  Cuando todos salieron, cerró de inmediato la oficina y abandonó rápido el edificio.
   (Así que, intentó doblegar su angustia, pero no lo consiguió).
  El automóvil en el taller complicaba aún más la cuestión, pues entorpecería la búsqueda. La rigidez en los horarios y la cancelación de algunos compromisos, terminaría ensombreciendo un panorama de por sí contradictorio y estrechando peligrosamente el círculo que lo llevara a la desesperación.   
  Ahora caminaba con lentitud. Aturdido por los pensamientos y la soledad que obnubilaba sus sentidos. Abochornado, además, por su reiterada y escasa efectividad en el trabajo.
   Entonces fue que percibió aquella extraña sensación…
  Una sensación de asombro que se fundió con esa otra, incómoda y a duras penas dominada, que provenía de un perezoso andar a pie.
   Lo cierto es que, luego de detenerse en esa esquina, a la espera del ómnibus de turno en su casi olvidado recorrido, la vio. O volvió a verla. Sólo que igual que antes.
  Exactamente igual. 
  Sacudida el alma y confuso, desdibujadas sus anteriores sensaciones, se pensó burlado otra vez por la inveterada impaciencia de llegar a casa, deseando descansar de la febril jornada –a pleno estío- que, a ríos de sudor, le enardecía la frente.
   Desechó no obstante las fantasías del sol, y, siendo apenas fiel a los límites de su conducta proba, corrió tras ella como antes también lo había hecho…
   Y esperó el mismo asombro. El entrecortado razonar que una situación como aquella podría haber desatado en un ser humano tan cuerdo como él, según creía.

Porque ella, era ella, como antes, igual que antes. O alguien tan increíblemente parecido, que bien valía equivocarse en el imprevisto trato animoso que sentía el deber de dispensarle.
  Pero no hubo asombro.
   Excepto el del amor que antes también había presentido; ese cosquilleo de luciérnaga en sus ojos de mar, y ese grato estremecer en él que lo hacía (hiciera) flotar por los aires. Flotar…
  Y se atrevió a las mismas actitudes, enamorado desde aquel primer encuentro, cambiando de ómnibus y de destino para sentarse junto a ella, y expresarle –como ayer- con valerosa timidez, el alcance de sus profundos sentimientos.
  Las dimensiones del tiempo se desvanecieron.
   (El carrusel de la vida había girado veloz y sublime hasta ese punto perdido de su espacio interior, y revivido sus aristas de manera tan palpable y concreta, que ya no podría detenerlo).
   Dejó de verse con cuarenta años, y sólo tuvo veinte en aquellos pantalones anchos, flameado por una remera roja y rizado por las patillas gruesas compradas al festival de Woostock.
  Y rió y fue feliz. Muy feliz al tomarla de la mano y temblar ruborizado por el contacto de su piel adolescente.
   (Y un rumor como de ángeles le alfombró el camino durante el corto viaje).
   Al bajar del ómnibus, a la vista de ese padre que, como todos los mediodías la esperaba en otoño e invierno -con su eterno sobretodo negro-, de vuelta de la Facultad, se despidió de ella seguro de volver a verla, reiterando de modo consciente o inconsciente, cada gesto y detalle realizado y tenido en cuenta, cada palabra y promesa pronunciada y sugerida al enamorarse aquella vez…
   Demoró bastante en regresar a su, ahora, insólita realidad.

  Se mostró desorientado y con gran dificultad para ubicarse en la inexorable cotidianeidad, y un arrebato feroz de la conciencia lo devolvió al hogar luego de abordar otros dos colectivos.
   Supo lo que habría de ocurrir al cabo. En la sucesión de los próximos, excitantes días de dulce noviazgo, de pronto renovado, hasta arribar al matrimonio con ésta, su misma, idéntica mujer.
  Envuelto en la irrealidad de lo que acontecía, pensó asimismo en jugar hasta el final esta historia extraordinaria, disfrutando de nuevo la juventud del amor y de los sueños, ya no perdidos: eternizados. Al menos, hasta que la caprichosa hipérbole del pasado y del presente concluyera su respectivo periplo y todo volviera, a la normalidad, en el mismo punto del tiempo y el espacio.
  Cuando llegó a casa, trató de tranquilizar el comportamiento de su esposa, acuciada según ella por extraños sueños nocturnos y vespertinos, quien, sin embargo, no tardó en advertir en él su propia y nerviosa actitud.
  Una explicación sobre problemas de trabajo fue excusa valedera, al menos hasta que supiera cómo obrar de aquí en más.
  Todavía no habría de preguntarse acerca del origen o causa de esta alucinante novedad existencial. El gozo que le producía convivir con su persona trastrocada por algún capricho del Tiempo, lo había arrebatado en un estado de éxtasis inaudito que le impedía razonar. Solo atinar, como una acción refleja de ese gozo, a compartir la alegría de este sueño que, sin duda, no volvería a aparecer…
   Y presentarle ella a ella (visión de espejos prospectivos). Y fundir en una tercera dimensión la realidad del recuerdo hecho presente, pero tan vivo y audaz en la reencarnación de sus sublimes fuegos.
   Así que no cesó por un instante de reconstruir su idilio e imaginar la plenitud del futuro recreado, sin límites ni reservas, con un amor desde aquella mañana de marzo mágicamente configurado. Hecho carne y alma (temblor de cristales purísimos) en los ojos de ella (ella), que lo miraban desde el hoy como antes (complacientes y fugaces); vuelto caricias perfumadas en la venerable inquisición de sus manos (cálidas y temerosas); brotando como luz de luz en la inteligencia de su seductora personalidad… Que por algo (mucho) lo había conquistado.
   Pero no se animó a confesarlo.

No pudo.
  Algo más fuerte que él se lo impidió. Algo que destruiría tan magnífico programa de ensueños…
  Por lo demás, la línea de la vida, sinuosa y larga, se volvería círculo entre los pliegues escondidos de sus puños cerrados, y un incierto destino confiscaría el horizonte.
  Atrás quedaría entonces la extensión inmensa de un territorio inexplorado, y una cárcel de dudas atraparía su corazón. Tic, tac.
  Se detendría, casi. Sin el oxígeno ni el sol, sin la húmeda claridad de la lágrima que todo lo condensa y evapora.
  Atrás quedarían entonces, en la agitada secuencia de su memoria deslumbrada, aquellos tiernos besos por donde navegaban las horas, y el furtivo descubrimiento de la intimidad de cada uno, bajo el sagrado manto del pudor develado y las nobles cadenas del amor correspondido.
   (Murmullos de pájaros guardaron sus oídos).
   Atrás, la playa; y el mar, y el río, y los celos felices que otros la notaran, tan hermosa y virgen sobre la arena mojada, y los libros de estudio y la Rayuela de Cortázar.
  Atrás, el Teatro de Arte y los vestidos largos y sedosos, y el tintineo alelado de una copa de buen vino ofrendada al cielo y a las estrellas de enero. Y la sonrisa abierta, y la canción del trasnoche, y los Bichos de Candy y Joan Manuel convocados…
  Atrás. Muy atrás…
Y al cabo, sin notarlo, los días pasarían (pasaron).
   Y una noche sucedió: (¡Dios!) ella se había marchado.
   (Así que intentó doblegar su angustia, pero no lo consiguió).
   Llevó a los chicos a la casa de su madre, no sin antes telefonear a su suegra, en tono amable y controlado, interesándose si, camino a su empleo, Elena no había pasado esa mañana por allí.
  La respuesta negativa confirmó sus sospechas, y lo turbó gravemente. ¿Dónde?…
  Un desperfecto en su viejo automóvil se unió a los acontecimientos de la jornada, por lo que terminó llegando con notable retraso al trabajo.
  Nervioso, dejó enfriar el café ante la simulada preocupación de sus empleados, y pensó en cómo el tiempo se le había escapado de las manos, y no había sabido encontrar el momento justo para aclarar las cosas.
   Quizás alguien podía haberlo visto pasear con ella, y…  ¿O acaso su dualidad consentida lo había transformado sin darse cuenta y descuidado, con la misma ella del hoy, sus deberes más elementales?
  Pero no. No. ¿Por qué así, sin una palabra, después de tantos años de tierna comunicación?…
  Un quejido indómito lo traicionó delante de todos, y tuvo que cerrar el despacho para llorar a solas, como un prisionero en la desnuda intimidad de su celda.
  Las dudas lo amordazaron en la impotencia de los hechos precipitados, y el mundo se volvió gris…
  Símbolos elocuentes de la desesperanza, tres preguntas resonaron en él avivándole el llanto: “Papá, ¿dónde está mamá? ¿Dónde está?… ¿Dónde?”…
  Tres calladas miradas lo enmudecieron: No lo sé, queridos. No lo sé. Simplemente, no lo sé.
  Y vio a sus hijos apagarse como débiles luceros de un firmamento aciago, como incrédulos aunque reales testigos de su eterna pero mortal e incomprendida fidelidad…
   Cuando todos salieron, cerró de inmediato la oficina y abandonó rápido el edificio.
   (Así que intentó doblegar su angustia, pero no lo consiguió).
  El automóvil en el taller complicaba aún más la cuestión, pues entorpecería la búsqueda. La rigidez en los horarios y la cancelación de algunos compromisos terminaría ensombreciendo un panorama de por sí contradictorio, estrechando peligrosamente el círculo que lo llevara a la desesperación.   
  Ahora caminaba con lentitud. Aturdido por los pensamientos y la soledad que obnubilaba sus sentidos. Abochornado, además, por su reiterada y escasa efectividad en el trabajo.
   Entonces fue que percibió aquella extraña sensación…

LA PROPUESTA
María del Carmen Franco de Noce
Argentina

“La literatura es una facilidad
innata y una dificultad adquirida”
Hermanos Goncourt

Este pequeño pueblo no sabe deslindar la vida de la obra de un autor. Don Italo, el dueño de la imprenta que tanto me acosa, espera que sea una taumaturga, y como buena hechicera produzca cosas prodigiosas. Singulares. Diferentes. Originales. Que mi obra sea la “novela” que haga perdurar al pueblo. Don Italo, al ver mi lentitud en comenzar a escribir, aporta sugerencias, mezcla de sinceridad y picardía. “Podría contar sus intimidades, la lista de hombres que ha amado o reflexionar sobre el arte de escribir.” ¿No será un escritor frustrado?
Todo lo que en mi vida pasa o pasó tiene un porqué. Ocurre que llegué a los cincuenta. Doña Otilia García Gómez viuda de Fernández, sin hijos, directora de escuela primaria. Obligada por las circunstancias soy ejemplo en la zona, y estoy cansada de ser perfecta o aparentarlo. Por años fui la “escritora del pueblo.” Solo cuentos, anécdotas, historias de los fundadores y pioneros de la pampa gringa.
Parece que ellos ignoran que el escritor es un mentiroso profesional, y se ven reflejados en cada personaje de mis cuentos. En lugares acotados he desarrollado tradiciones con buenos o terribles finales. La calidad literaria es uno de los valores más subjetivos y difíciles de medir. ¿Intenté a través de los cuentos reflejarme a mí misma, o busqué vivir otras vidas para opacar la verdadera, rutinaria o predecible, de acuerdo a lo que es la vida del pueblo?  A esta altura ya no necesito la mirada ajena y tampoco voy a ser genuflexa para complacer a todos. Con los años me he vuelto refunfuñona. Los personajes me dieron permiso. ¿Hoy me hundiré en el silencio o es algo que yo en forma inconsciente estoy buscando? Quiero pensar que solo será mudez pasajera.
Ya algunos piensan en la presentación del libro. Por ser el centenario del pueblo reemplazarán el vino por el champaña y las capas de barniz cultural sumaran más pinceladas. Pese a que  luchamos por ser ciudad y sufrimos en cada censo para llegar a los 10.000 habitantes, todavía no lo somos. Se consume la moda de la nostalgia y todo está teñido de ese sentimiento. Llegar a los 100 años promueve el retorno al pasado. El pueblo ha logrado desarrollar su cultura a pulmón y mirar y mirarse aún desde las márgenes. Es un lugar al que se entra, pero también se sale.
No quiero escribir una novela que sólo sirva para trasnochados insomnes. Siento que no poseo austeridad; por el contrario, a veces me excedo en minucias que les sumo a mis lectores. Mi imaginación creativa está por entrar o ya entró en una etapa senil. ¿Habré dejado de ser niña? “La loca de la casa” ya no habita en mí. En los pueblos chicos todo es distinto. Acá no estamos atados al éxito o fracaso de la crítica. Si existe una mala, la perdonamos porque la hacen nuestros amigos y vecinos. El éxito está asegurado. Casi siempre regalo mis libros. Jamás estuvieron expuestos en librerías. Sólo los he vendido para colaborar con el Hospital zonal, nuestra escuela o la salita de primeros auxilios. También a beneficio de la Biblioteca Popular.
Una vez leí que “escribir ficción es sacar a la luz un fragmento muy profundo de tu inconsciente.” ¿Será que ya no quiero sacar más a la luz mis fantasmas?
Si es que reúno coraje, tengo inventariadas algunas alternativas. Tampoco quiero defraudar a la comunidad. Me debato en un sin fin de laberintos. Faltan varios meses:
1º) Encontrar una historia nunca contada.
2º) Abandonar la necesidad de reconocimiento y ser yo y mis cuentos en perfecta identificación.
3º) Intentar una reconvención literaria. Salir del cuento y entrar a la novela, como pide Don Italo, a sugerencia de los lectores.
4º) Jugar a los espejos deformantes, un cuento largo que no llegue a ser novela.
5º) Buscar temas de género para incluirme en la llamada Literatura de mujeres.
6º) Hacerle caso a Don Italo, traer del pasado a las personas con las que crecimos, nuestros compañeros de infancia y vereda. Los primeros amores. Las peleas. Las competencias de los barrios. Él afirma que “la nostalgia es un recurso psicológico que protege y promueve la salud mental.”
7º) Para estar segura, segurísima, debería revisar todo en voz alta para saber si lo escrito tiene cadencia, musicalidad. El ojo puede perdonar, el oído no.
8º) Hacer mayor hincapié en los personajes del pueblo.
Es aquí donde más me desconcierto. Las peluqueras, los sacerdotes y yo somos algunos de los depositarios de los secretos mejor disimulados. Conozco las costumbres atávicas. Las mentiras repetidas y perdurables.  Las infidelidades más austeras y las más sofisticadas. Las parejas tóxicas que aún conviven. Como nadie, sé las vidas ajenas. La gente en su respeto me cuenta sus cuitas, esperando la palabra mágica que yo arranco en mis cuentos pero no en el diario vivir.
Me produce miedo que me empujen a ser la palabra, el pensamiento o la expresión del pueblo a través de una novela. Si eso ocurriese, debería ser por una decisión espontánea, no por mandato de Don Italo. También puede ocurrir que si no valorizo las andanzas de la muchachada cincuentañera del pueblo, me dirán que mi abrupta menopausia hace sombra a la andropausia de los personajes.
Nuestro pueblo hace alarde de la vieja política argentina: “se dice una cosa y se hace exactamente otra opuesta.” Con esta idea, más mi intuición, voy reuniendo las partes. Les agrego lógica más observación y así armo situaciones que, a la larga, son siempre verdaderas. Hace años que la maestra de Manualidades de nuestra escuela, una cuarentona por demás de interesante, es un pimpollo floreciente sólo una semana al mes, fecha que coincide con la visita que realiza a una tía muy anciana, perdida en pleno campo a más de 50 Km. de nuestro pueblo. Siempre viaja los domingos a la noche y regresa el martes a primera hora. Aprovecha que el lunes no tiene horas de clase. ¡Cuánto tiempo me llevó unir las casualidades a las actividades de Don Martín Sánchez, dueño de la mejor carnicería, que ni la llegada de los supermercados pudo hacer tambalear! Diría mi prima Stella: “Sos bruja, tenés poderes”. Las lágrimas de Doña Zulma, en el patio de la escuela me dieron una pista: “No lo sé con certeza, pero presiento que Martín me es infiel. Una vez al mes sale por la zona a comprar hacienda y vuelve feliz, sonriente, nada que ver como es en la intimidad: hosco y malhumorado. Pasado un tiempo, la cuarentona confesó ese martes en forma espontánea: “Que suerte tuve, mientras esperaba el ómnibus en la ruta pasó Don Martín, y como buen caballero me acercó hasta la escuela, así no llegaba tarde”. En mi mente el triángulo se formó. Como personaje de novela, tengo que hacerlo luchador por los intereses del pueblo, noble, ejemplo de trabajador incansable que no baja los brazos ni aún ante los poderosos. Simpático, bonachón y jugador de truco en el club del barrio.
En contraposición deberé buscar un villano que acose la hombría de bien de Don Martín. Por supuesto, deberá ser de otro pueblo, del nuestro ¡jamás! El honor bien alto. Si aparece una joven casquivana que hace peligrar la moral del lugar, también será forastera.
Existe otro secreto comentado a viva voz sólo por muy pocas mujeres: trabajan en la cuadra de la panadería  y confituras finas “La Ideal”. Esteban Risso, pese a sus años, no pierde sus mañas de mano larga para acariciar piernas y pechos turgentes. Nunca nadie en tanto tiempo se animó a denunciarlo, por vergüenza o necesidad de trabajo. ¿Qué rol le asigno en la novela? El patriarca que vio crecer con honores al pueblo, que ayudó a traer la luz eléctrica y el asfalto a la calle principal.
En el mentidero de pueblo chico existe otra situación que se repite año a año. Para las fiestas patronales de “San José” vienen sacerdotes de otras localidades. Las mujeres (jóvenes o viejas) se inquietan. Nadie quiere confesarse con nuestros párrocos. Se producen situaciones risueñas y de enfado. Largas colas para los visitantes, muy pocas para los locales. ¿Puede ser esto ejemplo si lo comento aunque sea al pasar en la novela, o de esto no se habla?
También podría de forma encubierta contar lo que estuve a punto de hacer en el invierno pasado y no me animé. Cuando intenten ubicar a la protagonista, ¿se darán cuenta que era la Directora de la 3010? Mi prima es para mí alguien muy especial. No la veo, no la visito, pero tres o cuatro veces al año mantenemos largas conversaciones telefónicas. Ella vive en Buenos Aires, en el corazón del barrio Congreso.

En días previos a las vacaciones invernales, un llamado de Stella me sacó de mi rutina. “¿Te acordas del amor libre de nuestra juventud? Ahora se dice en inglés: touch and go. Yo a la vejez lo encontré. Vení a casa unos días y compartimos estas nuevas experiencias. ¡Vení! No te vas a arrepentir. Los acompañantes son estupendos. Jóvenes de cuerpos esculturales. Están al alcance de nuestros bolsillos”. Esa noche no dormí. La propuesta de Stella hizo renacer en mí  momentos ya casi relegados entre libros, escuela y alumnos. Soñé despierta que era bueno disfrutar del deseo que lento empieza a reptar, sumar en imaginación nuevas expectativas; sentir subir tus ansias en leve cosquilleo sabiendo que en minutos todo va a ser “realidad”. Pero no me atreví. En este pueblo apagado, perdido, ventoso, hasta la necesidad de sentirte mujer se pierde. Aún hoy lamento no haber tenido valor para hacerlo. En un pequeño diario aquella noche escribí: “El corazón sabe que algo nuevo va a ocurrir. Para muchos es habitual recorrer caminos, llegar a destinos desconocidos, pero presiento que esto es algo diferente. ¿Será la edad?  El corazón late con alegría y aprensión. No sabe cómo ordenar los sueños con los ensueños. ¡Cuánto durará esto! ¿Será un reencuentro con la juventud olvidada o un empujar para pasar los días? Tal vez encuentre cómo hacer jugar de nuevo mis sentimientos. ¿O será un subterfugio para esconder la realidad?”Si escribo sobre mi pueblo, no podré ser cínica o delatar tiempos confusos, sé que en mí existirá la piedad. No podré ser provocativa. Tampoco hacer público el secreto de la cofradía de las viudas. Soy fiel depositaria del mismo. Sería la base de la novela. Todo giraría alrededor de lo mismo. ¡Es imposible! Eran cuatro pibes de barrio, compañeros de banco en la escuela, jugadores de fútbol en la canchita al fondo de la carnicería de Don Sánchez. Vivieron juntos en la ciudad para cursar el secundario, que en aquella época el pueblo no tenía. Como buenos amigos, también se buscaron como novias, y después esposas, a un grupo de amigas del alma. Todos tenían comercios. A medida que se casaban se iban integrando a un nuevo ritual. Al cierre del negocio, entre las 20.00 y las 21.00, el vermouth en el club y algún truco o dominó. Así fueron sucesivamente siendo Presidente o parte de la Comisión Directiva del mismo, y gracias a eso éste adquirió nuevas instalaciones y prestigio. Por supuesto, las esposas conformaban la Comisión de damas en actividades recreativas y culturales. Eran una cofradía de rituales y promesas a cumplir. Lamentablemente tres de ellos fallecieron jóvenes. Entre los cincuenta y sesenta. Se habían conjurado estar juntos hasta en el cementerio. Todos en tierra. Así tranquilos, al anochecer seguirían reunidos para sus partiditas. Quien resistió a los años fue Juan Hest, dueño de la más limpia y ordenada ferretería de la zona y alrededores. Pero una grave enfermedad hacía suponer un cercano desenlace. El problema consistía en que en el cementerio, el cuarto lugar al lado de los muchachos estaba ocupado con una cruz forjada de hierro viejo y oxidado,  en la que sólo se alcanzaba a leer un apellido y una fecha: 1899. Las tres viudas no sabían cómo solucionar la situación. Ellas fueron previsoras. Compraron con tiempo cuatro parcelas enfrente a ellos y las conservan limpias y con el césped prolijamente cortado. Lidia, la primera viuda y la más inquieta, agotaba sus horas pensando cómo solucionar la complicación. Jamás comentó con nadie su plan. Reunió paciencia y estudió cuándo y cómo llegarían los días de lluvia. Ese viernes amaneció tormentoso, y durante todo el día una tenue pero pertinaz llovizna asoló el pueblo. El cementerio a las cinco de la tarde ya anunciaba la noche. Faltaba una hora para el cierre. El cuidador tomaba mate en las dependencias del ingreso. Cuando vio llegar a Lidia, tal vez pensó: “¡Cuánto cariño! ¡Aún hoy viene de visita!”. Bajo semejante tiempo todo era silencio. Nada rondaba las tumbas. Cuando comprobó que estaba sola, Lidia sacó la pequeña pala de jardín del bolso, y como imaginó, la tierra húmeda cedió enseguida. La cruz estuvo entre sus manos apenas en minutos. Se apresuró a clavarla profundamente en la misma línea pero distante de sus amigos. Nadie cuidaba esa cruz, ni siquiera el 1º de noviembre tenía una flor o una planta. En el pueblo no se conocía ese apellido, ella había averiguado; a lo mejor fue un peón de campo, o un obrero golondrina. Su obra estaba concluida. Ahora ya podía contar satisfecha a las restantes amigas, la solución hecha realidad. Cinco meses después Juan Hest descansó junto a sus amigos. La cofradía de las viudas, con lágrimas y una leve sonrisa lo despidieron.
Las exigencias de Don Italo, más los de la Comisión del centenario, me han llevado a analizar diversos términos empleados: discernir lo “importante” de lo “urgente” y lo “necesario” de lo “prescindible”. He llegado a una conclusión: para ellos será importante mi novela, pero para mí no es imprescindible. Puede ser necesaria pero no urgente. Además, no estoy segura de haber hallado la madurez narrativa.
Me quedan, el cartero, el jardinero, la bibliotecaria, el farmacéutico, personajes del pueblo, todos jóvenes que aún no han emigrado, seguros de sus criterios y haciendo gala de una fidelidad histórica. Cada uno se merece un cuento emblema. No logro reunirlos en una novela. Don Italo y los de la Comisión, levantan apuestas sobre el nombre: “Recuerdos de un pueblo olvidado”; otros, “Esperanzas de un pueblo nuevo”,  o quizás “Nace otro pueblo.”
Mañana debo dar una respuesta definitiva al pedido. Creo que mi contestación sonará un poco infantil. Tendré que confesar como lo hizo Juan Rulfo: “Es que se me murió el tío Celerino, que era el me contaba las historias.”     

LAS ANDANZAS DE GERVASIO
Carlos González Saavedra
Argentina

Gervasio Salazar, trabajaba en el campo prácticamente desde los doce años. Había nacido en Las Casuarinas, el campo de los Villegas Lamas.
Su mamá trabajaba en la casa principal desde siempre. Gervasio atendía  20 parcelas, unas doscientas hectáreas él solo.
Con sus veintiocho años se manejaba perfectamente, a gusto con lo que hacía y hasta lo que había por hacer. Amaba su trabajo. Era muy querido. Más aún, su nombre,  del cual estaba orgulloso, se lo debía al padre del dueño del campo, vaya a saber por qué.
De aspecto buen mozón, fornido y de metro ochenta. Trabajaba de lunes a sábado de las seis de la mañana hasta el anochecer. Su rutina consistía en todas la tareas rurales, desde los alambrados, revisarlos, hasta el pastaje de la hacienda, rotándola. Conocía muy bien su oficio, era respetuoso y muy trabajador.
En sus parcelas, prácticamente se terminaba el engorde de la hacienda que después se vendía. Generalmente terneros todos de 450 kilos. Siempre Gervasio era elogiado por su patrón, que no descuidaba detalle.
Gervasio esperaba el fin de semana para despejarse un poco, para eso contaba con un rastrojero IME amarillo que lo cuidaba más que su salud.
Sus salidas no eran muchas, en un pueblo de cuatro mil habitantes. Pero le bastaba para divertirse, el almacén, dados y cartas, unas cervezas o algunos cuentos o bailes donde mirar mujeres. Su debililidad.
Moría por los cabaret, por su ambiente y por las chicas. Donde veía una luz difusa ahí iba Gervasio.
En el almacén de Don Frontera habían traído una mesa de pool y con eso estiraban las noches, en la previa al cabaret con sus amigos.
Una tarde, al llegar se encontró con un remolino de gente alrededor de don Santiago Cifuentes, hombre emprendedor, prestamista y otras yerbas.
Se escuchaba este diálogo entre uno de los presentes y Don Cifuentes
-¿Y cuándo va a ser eso, lo de la inauguración
– En un mes más, apunta don Santiago.
-¿Dónde va a estar el casino Cifuentes?
-Bueno el Ángel Berardi me debía una ponchada de pesos y buscamos una solución con el escribano y nos dejó el galpón gratis por diez años, por eso habrá casino en el pueblo. Ya de la provincia me dieron la concesión.
Gervasio, ni hablaba, pero atentamente escuchaba.
-Don, aparte del casino qué va a haber o vamos solamente a jugar?
-Habrá de todo. Ruleta, juegos, dados y apartado un salón muy cómodo con algunas muchachas que el comisario Benítez tiene armado. Todas chicas de afuera, nadie las conoce.
Gervasio abría los ojos como el dos de oro, Sin decir nada… Entre sorprendido y contento.
-Eso sí afirmó Cifuentes, habrá también ocho muchachotes de seguridad por el tema de los gauchos borrachos que se ponen molestos y a las “chicas hay que cuidarlas”
Es más hasta me instalarán un sistema integrado contra incendio que el intendente mismo me aconsejó. Su hermano los instala y vende.
Al unísono casi todos los parroquianos exclamaron:
-Entonces va a venir gente de otros pueblos.
-Claro,  dijo don Santiago y eso trae trabajo extra…Uds. que son la muchachada del pueblo, los más conocidos, el día de la inauguración son mis invitados. Les pondremos unas pulseras y tomarán todo lo que quieran gratis. Ahora eso sí, si quieren algún otro servicio, es a convenir. Las chicas que vienen, son bien gauchitas.
La cabeza de Gervasio trabajaba a mil, las ideas, la  diversión, las mujeres más lindas las tendría a tan solo cinco minutos de la tranquera del campo.
-¿Puedo hacer una pregunta? dice Gervasio
-Si Salazar como no!
-Cuándo es la inauguración?
El sábado ocho, porque el lunes es feriado así tienen para divertirse a pata ancha. Ah olvidé decirles que esa noche vendrán  dos orquestas: una típica, que también toca de todo y la otra de cumbia.
-Gracias dice Gervasio, mira el almanaque colgado detrás del mostrador, pegado al lado del cartel de Fernet Branca. Se da cuenta que solo faltan veinte días.
Esas tres semanas para Gervasio fueron interminables. contaba dos veces los terneros, revisaba cada torniquete de los alambrados, se fijaba que las aguadas estuvieran limpias y hasta revisaba el estanque pegado al molino. No se le pasaban más los días.
En esos fines de semana que mediaron hasta la inauguración, al reunirse con sus amigotes iban evacuando preguntas y dudas entre ellos.
Estaba Luis, un poco mayor y con más noche que le iba tirando alguna data a la vez que disfrutaba de esa arrogancia. El hecho de saberse experimentado, lo volvía un poco despiadado con sus respuestas, como si le molestara tanta inocencia, tanta falta de caminar la noche.
El día ocho estaba todo dispuesto, al mediodía se podía ver los camiones de hielo y de bebidas y gente trabajando. Personal uniformado corriendo de aquí para allá, mucamas y hasta los bomberos regando las calles para que no se levantara polvo. Hasta la ambulancia se instaló en un costado como a las nueve de la noche .
Música a todo lo que da, guirnaldas, luces de colores y los ocho de seguridad. Dos adentro, dos en la entrada y los otros en el casino y en el salón privado.
Como a las once, entre el bullicio, ya acostumbrado, se escucha el motor de un gasolero, más precisamente un rastrojero amarillo, impecable, hasta lustrado parecía. Brillaban los paragolpes, la carrocería y las gomas negras. Se estaciona en la vereda de enfrente al casino.
Gervasio espera a sus amigos,  que en el término de una hora van llegando, algunos con una cerveza en la mano,  otros con ganas de tomar.
Cuando están todos, seis eran, esperando llega Luis…
-Luis ¿entramos?  pregunta Gervasio
-No espera… no seas impaciente.Espera que se vaya haciendo la noche, total nosotros somos invitados.
Al cabo de una hora de espera, deciden entrar.
Luis encara al de seguridad y dice…
-Somos invitados del Sr. Cifuentes, siete somos.
-Sí,  sí, responde el de seguridad, estaba al tanto. Vayan entrando de a uno que mi compañero les va poniendo la pulsera.
Como era todo nuevo para Gervasio, miraba con atención y preguntaba todo.
-Luis ¿para que son estas  pulseras?
-Gervasio ¿ves que tienen treinta numeros? Bueno,  cada vez que consumís cualquier bebida te hacen un agujero en el número, hasta agotar la pulsera.Te vas a tomar los treinta números en bebidas?
-No, responde Gervasio, yo vengo por las minas. A mí me interesa poco el chupi y el  juego.
Así va preguntado cosa por cosa al arrogante Luis, que a las dos de la mañana ya lo tenía un poco cansado.
Los ojitos de Gervasio no alcanzaban para mirar ese paraíso a tan solo cinco minutos del campo.
Cabe aclarar que el casino estaba lleno de gente, especialmente lo más representativo del pueblo. El gerente del Banco Nación y Banco Provincia, el intendente, el jefe de bomberos, el escribano, el director del colegio, el Almacenero Benavides, dueño del centenario almacén, que conocía vida y obra de todos y cada uno. Hasta el Comisario se habia dado una vuelta para hacer rodar la primera bola de la noche. El cura párroco,  en forma muy disimulada,  había pasado al mediodía para bendecir las instalaciones.
En el salón VIP o privado, bebidas,  algarabía y mujeres hermosas. Muy pocos jugaban a las cartas y en el paño verde siempre alguna señorita al ritmo de la orquesta que tocaban en el casino, bailaba y mostraba generosamente sus partes,  excitando a todos los presentes.
Gervasio estaba mirando todo, ansioso y ya habia elegido a la chica que iría a pedirle que bailara con el. En su inocencia se enamoraba de todas, por eso elegía. Seguramente ese romance le duraría meses y por meses la visitaría en el cabaret.
Con el cigarrillo en la mano Gervasio pide fuego y nadie tiene.
Justo en ese momento pasa a su lado Luis, con algunas copitas de más…
-Luis ¿Tenes fuego?
-No, ya un poco molesto. ¿Ves aquella pared amarilla al lado de la entrada del baño? Ahi tenes fuego, dice FIRE, bajás la palanquita y enseguida tenes fuego.
Luis se retira jocosamente, mirándolo de costado, diciéndose para sí mismo “serás entupido”.
Gervasio se acerca a la pared amarilla, y ve efectivamente una palanquita que dice FIRE. Pone el cigarrillo en su boca y supone que saldrá una llamita y podrá encender su cigarrillo.
Al bajar la palanquita, se apagan todas las luces difusas y se encienden unos potentes reflectores, disimulados en paredes y una cantidad de agua de lluvia inunda los salones mientras las sirenas insistentemente suenan despertando a todo el pueblo.
Los bomberos, dos dotaciones entrababan arrasando todo buscando el foco ígneo.
Todos empapados van saliendo.
A Gervasio lo llevan en vilo, suspendido por dos forzudos junto al comisario al auto policial.
Cifuentes lloraba junto con los gerentes y personalidades del pueblo y de los pueblos vecinos.
Gervasio pasó quince días preso en la comisaria. Salió gracias a no tener antecedentes, por la buena conducta y por una abultada cifra del dueño del campo.

TRAGEDIA Y SILENCIO
José Lissidini Sánchez
Uruguay

 

Nieve blanca , inmaculada, que penetra en los cuerpos ,que a duras penas se abrigan. Frío de un invierno  implacable, habitando lo que no debería ser habitable, los seres de los sin refugio,  que aun arropan esperanzas, en un mundo, que no mira hacia el dolor, de los carentes de abrigo y alimento. Duele sentir la ausencia del calor humano, para terminar con el cruel tormento, permitiendo que se enseñoree, un regusto de invierno inclemente, que solo  siembra el  padecer y el fenecer.                                                            

Esta noche, una brigada de jóvenes, salimos en un camión provisto por uno de nuestros padres, a brindar un plato de comida caliente, portal por portal, plaza por plaza, bajo los puentes de esta  ciudad “avanzada” y europea. A veces, contemplando en esta época, grupos de turistas mexicanos, brasileros, caribeños y por el estilo, me he preguntado:     – ¿por qué alguien querría dejar el sol por venir aquí?-. Sin embargo yo lo hice y hoy, me encuentro con un plato humeante entre las manos , en cuclillas, solo para comprobar que llegue tarde, pues el invierno me ha ganado la partida, por la vida de un chico negro ,seguramente africano, que no vera otro amanecer. El pensamiento se pierde, las buenas intenciones prescriben, al corazón como preso dentro de una  jaula , se le viene encima el mundo con ferocidad inclemente,  y se tiene que aguantar cuando más se desea correr. Cuan inútil se siente uno, a destiempo ante una historia que en la cara te estalla , lo vuelve todo terrible y ya nada parece importar El alma se hace añicos,  hasta la vergüenza se congela y, afloran las ganas de meterse en un recoveco secreto o una cueva., ante tan terrible estafa. Cuán lejos suenan los villancicos navideños. El invierno y su juego morboso.  Por lo general, en nuestra loca vida cotidiana, parecemos niños ajenos a circunstancias como estas, pero a veces, de repente,  nos salpican y son absorbidas por nuestra piel adolescente, para seguro,extenderse más allá en los años. La nieve cae, pero no es igual que  en  las historias  y las películas . En esta época es cuando recuerdo más a Montevideo y el barrio  Nuevo París, donde de chiquilines, compartimos todo con los amigos, como las noches de calor, los mosquitos, las borracheras del vecino, las puteadas de la vecina, las travesuras, el fútbol, haraganear sentados al cordón de la vereda, el alma en sintonia, no imaginábamos ninguna situación traumática que nos conmocionara  de tal manera, ningún violento cachetazo de la vida o encontrarnos que la muerte, nos había despojado de una vida. Mi niñez fue tranquila e intensa, entre alegrías y tristezas comunes. Pero ahora, sosteniendo un plato ya helado, siento que no eramos tan inmunes como creíamos,  y que las desilusiones de los nuevos tiempos, nos marcaran para siempre. Cuantos sueños truncos, cuantas ilusiones perdidas, cuanta esperanza que nunca llegó, yerta en la crudeza de la calle, en esos pequeños restos con una historia, que no sabremos nunca, despojos  con un breve pasado. El invierno sin ninguna clase de virtud,  acaba de pisotearlo,  y lo peor es que no quedaran huellas ni recuerdos. La pena se apodera del alma, por él y por mi. Seguro que ya no seré el mismo y el mundo que mañana vea, tampoco será el mismo para mi, aunque volvamos a Montevideo.

El frio de la noche invernal, empieza a congelar una furtiva lágrima, que indolente, se   aventuro a surcar mi mejilla. Tengo que levantarme para dar cuenta de la tragedia, es hora de volver a la realidad.

Que raro. No tengo miedo ni asombro. De pronto me da por pensar: “ ¿ En que andará, por estas horas Ricardito? Sudando a mares, seguro. Nunca le gusto el verano. Él siempre sudo mucho, perdón, los que sudan son los animales, el ser humano transpira, según me desasno Juan Perez, mi profe de Ciencias Biológicas hace unos cuantos años. Quizá ande por La Floresta, metido en el agua hasta la nariz. Espero que la erosión impiadosa, no siga haciendo estragos en esa linda costa. Mas tarde, le voy a mandar un WS, para comentarle que dejamos de ser indestructibles. Pero el mundo, sigue girando.

VOLANDO POR LEPANTO
Dr Jorge B. Lobo Aragón
Argentina

En el globo terráqueo la impresionanteVolando por Lepanto” grandeza de los océanos Indico y Pacífico al tamañito del mar Mediterráneo lo hacen parecer de una ridícula insignificancia. Sin embargo en ese pequeño mar y en sus ajetreadas costas se han desarrollado las civilizaciones más trascendentes y la cultura ha conocido sus mayores esplendores. Esas aguas mediterráneas que están chorreando tradiciones de griegos y de troyanos, de egipcios y de fenicios, de romanos y de cartagineses, no han de olvidar tampoco las reyertas de tantos piratas que lo navegaron enarbolando una carabela entre dos tibias cruzadas, medrando a costa del intercambio de los pueblos. Ya Julio César tuvo que lidiar con los piratas. Y cuando no eran los corsarios los que asaltaban el comercio marítimo, fueron los turcos, que en el siglo XV tomaron Constantinopla y el estratégico paso por los Dardanelos hacia el Mar Negro. Es allí donde mis facultades de bilocación me llevaron, durante mi  desdoblamiento a través  de un nuevo viaje astral. Es que ese cordel  luminoso y extraordinariamente elástico me lleva a tiempos y  lugares remotos, que a veces se encuentran diseminados por el cosmos. Espacios que muchas veces pueden ser peligrosos o comprometidos ya que mi cuerpo astral no puede saber su destino. Amanecía el 7 de octubre de 1561 cuando se inició una de las más grandes batallas de la Historia de la humanidad. En esta fecha, en Lepanto se reunieron más del 75 % de las galeras, galeazas,  galeotas y fragatas  disponibles en todas las flotas del mundo; 580 naves y más de 100.000 hombres. Cifras asombrosas para la época. Esta inmensa fuerza naval, iba a decidir el destino de dos imperios representantes de dos civilizaciones una emergente y otra consolidada en su territorio, oriente y occidente. Estaba absorto en mi vuelo de pájaro en medio de la batalla, considerada como  el conflicto naval más sangrienta de todos los tiempos. Es que la presencia otomana y del sultán se hacía cada vez más insoportable,  y hubo que formar una Liga Santa para limpiar de turcos el mar. A la liga la formaron España, Venecia y Roma, que equiparon 300 barcos bajo las órdenes de don Juan de Austria, hermano natural de don Felipe II, con 80.000 hombres entre marineros y soldados. Los turcos alistaron 250 barcos con 120.000 hombres, y los pusieron bajo el mando de Alí Bajá. Venecia aportó 106 bajeles y 6 galeras enormes, toscas, pesadas, pero con 40 cañones cada una. España menos galeras, pero muchas fragatas, bergantines y buques de ágil maniobra. El pontífice de Roma 12 galeras y 6 fragatas. A sus hombres el Papa les concedió indulgencias equivalentes a las de los cruzados que fueran a rescatar la Tierra Santa. Y todos, de Don Juan al último marinero, confesaron y comulgaron antes de dejar el puerto. Al enemigo lo encontraron enclavado en el estrecho de Corinto, angosta faja de mar que separa el Peloponeso del resto de Grecia, detrás de las Islas Jónicas, y la batalla se libró frente a la ciudad de Lepanto el 7 de octubre de 1571. Tremenda. Monumental. Un soldado  me comentaba con ojos de espanto que «nunca el Mediterráneo vio en sus senos ni volverá a presenciar el mundo conflicto tan obstinado ni mortandad más horrible, ni corazones de hombres tan animosos y encrudecidos”. Triunfo total. El veneciano Barbarigo, que mandaba el ala izquierda, muere ya con la alegría de saber que se ha alcanzado la victoria. Don Juan salió con un pie herido. Alí Bajá muere de un arcabuzazo en la cabeza. El virrey de Argel, excelente marino turco, logra escapar con 40 bajeles 130 barcos quedaron en poder de los cristianos y 90 se echaron a pique o se incendiaron. 25.000 turcos cayeron y 5.000 quedaron prisioneros. 12.000 cristianos cautivos recobraron la libertad. También murieron 8.000 cristianos y se perdieron 15 naves. Años después  el soldado español que en aquella batalla perdiera su mano izquierda, y con el  que tuve varios encuentros me  recordaría que Lepanto fue «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros». ¿Un poco exagerado sería ese soldado al que pude contactar o pretendería magnificar la batalla para aumentar la gloria de haber participado en ella? Miguel de Cervantes Saavedra se llamaba el soldadesco. Mi amigo. Una amistad que a través de los años ni en las dificultades  ni en las pérdidas nos trajeron mayores consecuencias. Solamente amor por la escritura. La pérdida de su mano izquierda la tomo como una causalidad del destino. Gracias a Dios, escribía con la derecha. A mí me quedan las dos manos  una sola pata y mis sueños de pájaro.

LORCA VIVE EN MI
Piedad Romoleroux Girón
Guayaquil-Ecuador

Relato Infantil
En prosa y en verso

Eran las cinco en punto de la tarde, así empezaba Federico su poema, tenía el sahumerio de  tristeza honda, no viendo más, que en el camino sombras; no mira el resplandor del sol naciente, ni la luz, que en las flores las convierte en albor con candor luminiscente; las lágrimas caían, la tierra las absorbe con dulzura, el alba las revierte en humus fértil y el viento se las lleva con premura. Afuera son las cinco de la tarde, pero tu andar pausado, lento, es triste, el blanco de tus sienes, marcando va el paso de los años; más tú alma de niño, no envejece, tu palabra poética, en ráfagas de espuma, que la mecen, refulgen más que nunca y  me enternecen; hay un jilguero rondando con su canto en los jardines, plenilunio de amor y de esperanza, que me lleva a decir que no estás muerto, que revives en cada poesía, en la miel, en la lumbre del que ansía, reencontrarte en la feria sevillana, quizás aquella, en  Andalucía, refundido entre aquellas melodías, que entristecen, te envuelven y te abrazan; gitano de pura raza, te llevó en mi corazón, ¡ gitano del alma mía!.

 

VALENTIN Y LA BUENA CONVIVENCIA
María Sánchez Fernández
-Úbeda-España-

    La convivencia y el buen comportamiento entre los seres humanos es la base fundamental para el buen entendimiento. Si se cruzan palabras, ideas, proyectos, afectos, confidencias, se establece una conexión cercana que muy difícilmente puede romperse, ya que existe, en este comportamiento, un lazo de empatía o participación emotiva que acerca más a las personas a la sana amistad compartida.
    Recordemos las tertulias de las antiguas reboticas en las pequeñas ciudades, donde no había casino ni centros de reunión, y allí, en la sala próxima a la botica, se congregaban los intelectuales del pueblo para cambiar impresiones sobre política internacional, sobre los debates del Congreso de los Diputados, sobre el último libro publicado del escritor o poeta del momento, sobre los pequeños o grandes acontecimientos locales, o simplemente, para jugar a los naipes o al ajedrez entre café y un buen habano. Esto ya se ha ido perdiendo, pues surgieron los bares de copas,  las cafeterías ─ de contacto rápido y banal por la prisa que siempre nos acucia─, la televisión, y  sobre todo los  ordenadores, ¡ay, los ordenadores!, esas máquinas que nos hacen contactar con personas que jamás conoceremos físicamente pero a las que abrimos nuestro corazón en conversaciones que jamás llegarán a una meta definida, pues el mundo virtual es solamente eso, un mundo irreal, imaginario. Ese abrazo afectivo que enviamos al “amigo” no tiene calor humano. No tiene la cercanía del contacto físico tan necesario en la convivencia del hombre. Además están las máquinas digitales que anulan por completo la conversación enriquecedora y la forma de pensar y actuar. Ahora no hay tertulias. Solamente personas delante de una taza de café o una copa de vino mirando absortas, cada una de ellas ese aparato acaparador de voluntades y afectos  llamado móvil. El acercamiento verbal no existe.
     Bueno, eso creía yo, hasta que un día comprobé con mis propios ojos y en mi propio ser que siempre no ocurre así. Existen todavía, y por fortuna, algunos islotes  rodeados del mar del acercamiento, de la comunicación, de la amistad. El hombre necesita hablar, usar la palabra para hacerse más humano, más cercano, más dado al apretón de manos y al abrazo.
     No hace mucho tiempo, una mañana en la que el sol era  templado e invitaba al paseo, conversaba con una buena amiga en una céntrica cafetería de nuestra ciudad mientras degustábamos un café.
   Ella me dijo:
    ─Ven conmigo a casa del zapatero que voy a llevarle una buena remesa de botas  y zapatos para que me los arregle.
      Yo asentí porque me apetecía estirar las piernas, pero cual sería mi sorpresa cuando veo que coge el coche y toma la carretera.
      ─ ¿Pero adonde vamos?─Pregunté.
     ─ Pues al zapatero. Aquí, muy cerca, a un pueblecito precioso a unos treinta kilómetros. Es que me cobra muy barato y trabaja de maravilla. Además lo conozco desde hace mucho tiempo.
    ─Pero por muy barato que te cobre ¿y la gasolina?  Está carísima.
    ─¡Qué va, ya verás¡
     Llegamos al pueblo, pequeño y solitario. Sus calles estrechas guardaban el encanto de la intimidad. De vez en cuando nos sorprendía en alguna de ellas una gran casona de fachada señorial, cuya piedra de siglos exhibía con orgullo algún escudo nobiliario y una torre adosada.
     Estacionamos el coche en una bonita plaza presidida por la iglesia. Guardaba en su centro un Kiosco para los conciertos de los días festivos.
Recorrimos algunas calles y al fin llegamos a nuestro destino: una casita de dos platas con ventanas de madera y rejería.
      No llamamos a la puerta, puesto que estaba abierta, y a la derecha del segundo portal allí estaba Valentín en su zapatería. Era un recinto más bien reducido, donde se apreciaban montones de zapatos, clavos, martillos, pedazos de cuero, tijeras, rollos de cuerda encerada para coser, enormes agujas, leznas….
      ─ ¿Podemos pasar? ─preguntamos sonrientes asomando la cabeza.
       ─Adelante ─Nos respondió una voz jovial.
     Pasamos al taller y cuando Valentín vio entrar a mi amiga se le iluminó la cara. Era un hombre de mediana edad, con un gran mandilón de cuero, manchado, pero brillante por causa del betún y de la cera. Se levantó para saludar, igualmente lo hicieron los amigos que le acompañaban. Ella me presentó a mí como a una persona muy especial, así como él nos presentó a sus amigos también como personas muy especiales y queridas. Nos invitaron a tomar asiento en sendas sillas un poco desvencijadas y empezó la conversación. Comenzó el agradable contacto humano a través de la palabra abierta y siempre expresiva.
     ─Aquí te traigo cuatro pares de botas que están algo deterioradas y descosidas, a ver qué haces con ellas, y también dos pares de zapatos. ¿Tú crees que tendrán buen arreglo? Es que no me gusta tirar nada siempre que sea aprovechable. No están los tiempos como para eso.
   Valentín examinó el material con atención y dijo:
─ Claro que sí. Te quedarán perfectas botas y zapatos. Aquí un cosido, aquí un tacón y aquí una media suela. Después un buen lustre de crema y cepillo y todo arreglado. ¡Como nuevas! Ven dentro de una Semana que ya estará el trabajo terminado.
     Mientras tanto, los amigos de Valentín interrumpieron su tertulia por respeto al diálogo de mi amiga con el zapatero. Se trataba de personas de extremada cortesía. Había un militar retirado, dos agricultores, un maestro de obras en el paro y un pintor de retratos, paisajes y escenas de la vida cotidiana. Estaban tomándose su aperitivo que consistía en una botella rellenable de tintorro con una caña en forma de tapón en la que se abría una ranura para que pudiera salir el vino. Éste se tomaba a chorro, es decir, se levantaba la botella, se abría la boca y con mucha pericia y buen pulso el vino entraba en ella sin derramar ni una gota. Para eso había que saber y tener experiencia y aquellos hombres eran experimentados. De tapeo había una bolsa abierta de patatas fritas a medio consumir, frutos secos y aceitunas. Todo sobre la mesa de trabajo entre puntas, martillos, leznas e hilo encerado.
     ─ Nos ofrecieron con la máxima cortesía la botella, en un gesto de buena voluntad, que yo acepté con gusto aunque la mitad del contenido me cayó sobre mi camisa blanca. Me dieron, solícitos, papel de cocina para secarme pidiéndome mil perdones por no haberme proporcionado un vaso. Yo les dije divertida que no se preocuparan, que el vino a chorro estaba más rico y que la camisa ya se lavaría. Las patatas, las almendras y los pistachos con su boquita abierta ─que también mantenían sana convivencia con sus vecinos, los materiales de trabajo ─me supieron a verdadero manjar entre aquellas personas encantadoras que todo lo daban por el solo hecho de brindar cortesía a dos señoras desconocidas por ellos y que  compartían unos agradables momentos en su compañía.
       En aquella tertulia, en la que también participé, se habló de todo: del porvenir de los hijos, que después de tantos años de estudio no encontraban un empleo. De la economía mundial, del terrorismo, de la falta de solidaridad entre las gentes… El pintor se ofreció a enseñarnos su estudio cualquier día que tuviéramos más tiempo. El militar nos contó  sus experiencias en el ejército, que recordó con verdadera nostalgia. Los agricultores hablaron de la sequía y de la mala cosecha de aceituna de aquel año. El constructor de la falta de trabajo causada por la enorme crisis.
Yo escuchaba atenta queriendo beber palabra por palabra de aquellas expresiones que  enriquecían mis horas solitarias pasadas cada día escribiendo ante mi ordenador. Intervenía con algún comentario, pero yo prefería prestar oídos. Prefería ilustrarme de aquellas personas sencillas que tanto decían a través de su lenguaje sin altas  pretensiones retóricas
     Mientras todos hablábamos y exponíamos nuestros puntos de vista, Valentín cosía, le daba al martillo para asegurar cualquier remache y de vez en cuando cogía la botella y se echaba un largo trago, cogía una patata o una almendra, o un pistacho, con sus manos encallecidas y manchadas por el honrado trabajo. ¡Qué importaba! Eran manchas que le honraban.
     Yo observaba a todos y mi mente me hacía retroceder a tiempos solamente vividos en las novelas del siglo XIX con Pérez Galdós, Benavente, Pardo Bazán… Aquello era la buena convivencia compartida en la intimidad de un taller de zapatero.
          Mi amiga comentó:
         ─ Valentín, somos amigos desde hace  más de veinte años. ¿Recuerdas?
           Él respondi
           ─ Claro que recuerdo. Parece que estoy viendo a tus niños cuando eran pequeños. He bajado varias veces a vuestro cortijo a comer con vosotros unas buenas migas cocinadas por las sabias manos de aquella experta casera. ¿Cómo están tus chicos?
          ─Mi hija, que es la mayor, ejerce como médico en un hospital de Málaga y mi hijo, que le encanta el campo, se tituló como Técnico Superior Agrario. Como tiene un espíritu altruista y le gusta ayudar a los demás decidió ser bombero. Estudió con ahínco hasta ganar las duras oposiciones y ahora es plenamente feliz con su nuevo destino. Cuando expone su vida en algún infortunio se siente plenamente realizado. ¿Y los tuyos? ¿Qué hicieron?
          Mi mayor se hizo economista y trabaja en un banco de Madrid. ¡Su gran esfuerzo le ha costado! Fueron muy duras los meses de preparación para obtener esta función tan deseada por él.  La chica es enfermera y reside en Sevilla. Los dos ya me han hecho abuelo.
         Valentín sonrió, seguramente al recordar las caritas de sus nietos.
        Yo estaba encantada, pues aquellos momentos vividos en tan agradable compañía de gentes sencillas y de buena voluntad fueron para mí como un bálsamo vivificador que me hizo meditar y también me hizo escribir este relato.
        Nos levantamos para despedirnos, y mi amiga con su habitual cordialidad hizo prometer a Valentín que vendría  algún día con su esposa a la ciudad  para compartir un buen almuerzo en su casa recién estrenada. Él se lo prometió rogándonos que fuéramos la próxima vez a la suya  que estaba a dos calles del taller. Allí nos tomaríamos unas cañitas con ese lomo adobado  que Luisa hacía tan rico.
         Nos despedimos de todos, que cortésmente se levantaron y nos dieron un apretón de manos. Ese apretón de manos caliente, verdadero, de amigo a amigo.
          Ya no he vuelto al taller de Valentín, pero  guardo en mi mente  esa tertulia  de buenos amigos, digna de ser plasmada en un lienzo por los pinceles de aquel contertulio que nos invitó a visitar su estudio y en la que se compartía el buen vino, la buena conversación y sobre todo la buena convivencia.

MUJER!
Prof. Gladys Semillán
Argentina

No se te ocurra preguntarme como me siento, lo grito antes que peguntes. MAL
Parece que he rodado desde una escalera muy alta y en ella al caer veía todas las miserias de los hombres.
Al detenerme levanté los ojos y vi en diferentes alturas personajes que pertenecen a distintas actividades todas consideradas de relevante importancia.
Necesarias para la gobernabilidad de una nación incluida la FE. Actitudes con aires de suficiencia, de desprecio por sus gobernados, de desinterés solo para su propio beneficio que el cargo le aporta. Entonces comprendí al descubrir sus pérfidas entrañas lo que estaba pasando.
La pregunta estalló en el pensamiento.
¿Quién los pario?
¿Quién los amamantó?
¿Quién los ayudo a caminar?
¿Quién estuvo a su vera en las noches de fiebre y miedo?
Una MUJER seguro que no.
Pues en cada uno de ellos se veía bien claro que pensaban, que urdían sus tramas secretas no de hombres sino de burdos machos.
De lo contrario no hubiéramos llegado a este momento en que la vergüenza y el dolor nos ha dejado
antes los ojos azorados cuerpos desnudos de humanidad y justicia,
Solo siguiendo como necios corderos teorías que solo protegen a asesinos, delincuentes de toda laya, violadores a los que se defiende diciendo…que si la luz esta apagada no hay violación…Se acuerdan del autor de esa ¿perversión?
No lo nombro sería darle identidad y solo deseo recordar lo que una niñita de ocho años padeció.
Pero claro este tipo fue abrazado en el vaticano y recibido con amplias sonrisas…
Parece ser que ese recinto que debería ser sagrado da para muchas cosas.
También vi en esa pira de sujetos indiferentes todo tipo de gente relacionado con sistemas de seguridad, de protección y ohhhh…derechos humanos…esos que  inmediatamente cuando
un ladrón comete sus fechorías y la gente amenaza con lincharlo aparecen como hongos después de la lluvia pero no para involucrase con el damnificado sino para proteger al ladrón o en su mayoría. asesinos. 
HOY…con las noticias de la jovencita de Rojas se destaparon muchas ollas…todas miserables.
Gentes que ocupan cargos inmerecidos solo por pertenecer…a…no por ser seres humanos que
se involucran en defender vidas sino en llenar bolsillos en un cargo que les queda grande…que no sirven en definitiva para nada pues si un prójimo que denuncia que la van a matar y se mira para otro lado como debemos juzgarlo?.
¿De INFAME? 
La línea de infamias en este caso como en tanto otros es espantosa, la justicia una vez más ausente, inoperante, entregada a una teoría «sucia» como su autor.
Una visión de la mujer que solo cabe en machos vulgares y despreciables.
Un Hombre a carta cabal es otra cosa…pero allí se encontraron todos con la única idea de defender a un  «degenerado».
Me pregunto ¿todos los que defienden a estas lacras que son?.
Mi pensamiento hoy deseaba que iluminara pero está cargado de desilusión, de amargura y no quiero pensar que le busquen la excusa que esta pirado.
Una joven que deseaba vivir en paz con todos sus derechos…pero una bestia no la dejó y una sociedad perversa no la salvó.
Que esa sangre salpique a cada responsable y les quede la marca para el resto de sus vidas.
ARGENTINA POBRE PATRIA…¿EN QUE MANOS ESTAS?.

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