CUENTOS RELATOS Y MICRORRELATOS

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Agosto 2.020  nº 34

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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

COLABORAN: Magi Balsells, (Barcelona-España). Adrián N Escudero (Argentina). Jorge B Lobo (Tucuman -Argentina).-Carlos González Saavedra. (Argentina).-Miriam Noce (Argentina).-Xochitl Robles Bello (México).- Maria Sánchez Fernández (Úbeda-España).- César J. Tamborini Duca (España)

EL LEÑADOR Y LA FLOR
Magi Balsells
Barcelona-España

Erase una vez, un mísero leñador, que habitaba en el frondoso bosque, donde tenia su morada en una su antigua cabaña, donde solitario pasaba sus momentos mas tristes.
Caminando por el sendero que le conducía a su labor diaria, con rumbo ya determinado por las muchas veces realizado, sin mirar donde pisaba, cuando de pronto tropezó con una bella flor, y cual fue su sorpresa, cuando oyó una dulce voz que en tono lastimero le decía, ten cuidado, no me pises, ya que ello comportaría el fin de mi existencia.
Asombrado por no esperar que una flor pudiera hablar, no sabia ni que hacer ni que decir, pero algo dentro de el le obligo a pedir perdón
Arrodillándose junto a ella, para examinar si algún daño había sufrido, mientras el suave vientecillo del bosque traia hasta el su fragancia y aroma.
Contemplo sus hermosos pétalos, bañados por el roció matutino, lo cual le daba una belleza sin par, que hasta el momento no había contemplado.
Dime bella flor, que puedo hacer por ti, ya que siento estar en deuda contigo.
Poco puedes hacer amigo leñador, mi vida es muy efímera, aquí solitaria en este inmenso lugar, sin amigos, sin nadie a quien contentar, se que tu también estas solo y una cosa quisiera pedirte, es que estas horas que señalan en fin de mi hermosura las disfrutaras conmigo, llevame contigo a tu morada, hazme este favor no quiero fenecer sola, quiero que mi ultimo aroma, sea para ti,
Dicho esto el leñador muy aturdido, cogio la exuberante flor y volvió a su habitáculo, depositándola en el mas bonito un jarrón que poseía, y pareció que todo se llenaba de luz con la presencia de la flor
Ya no estaremos solo, tendremos la compañía del uno para el otro y yo prometo cuidarte como si de mi vida se tratara, serás mi amor y mi ilusión
Quizás por el cariño demostrado aquella flor cada día era más hermosa llenando la vida de aquel hombre que se desvivía por cuidarla.
Los años pasaron muy deprisa, el leñador cada día mas anciano, pocas fuerzas le estaban quedando igual que a el también la flor se estaba apagando, se marchitaba como si notara el fin de este cariño por ambos profesado
Llego el final para ambos, juntos y en el mismo momento, la flor sobre su pecho, impregnada de las lagrimas de las cuales se habían convertido las gotas del roció

¿VENDRÁS A VISITARME?
Adrián N Escudero
Santa Fe (Argentina)

A los que partieron…, y velan nuestra llegada.
“La muerte no existe. No le deis importancia, no tengáis miedo, lo importante es dejar huella…”. Rita Levi-Montalcini (Neuróloga italiana), al cumplir 100 años el 22-04-09 (El Litoral – Santa Fe-Argentina, 17-04-09).-

   Todo fue muy extraño aquella tarde…

   Muy extraño. Pero su climat no llegaría sino a la medianoche de ese día tan particular, cuando su pequeña y confortable ciudad –florecida a la vuelta del mundo- estuviera festejando -con la alegría de sus habitantes campechanos ajenos a los erizos piramidales de las grandes urbes- el ingreso a un nuevo Año…

   … Un nuevo Año singularmente especial con el que daría comienzo un nuevo siglo, el XXI, penetrando los míticos umbrales del tercer milenio de la era cristiana, y, más allá de los sueños y espejismos de progreso tejidos –por él- desde niño en torno a la mágica cifra 2.000… Año 2.000, con Marte conquistado, hermanos de las estrellas aliados, robots amigables, autos voladores, cielos sincronizados, suburbios parquizados y humanidad reconciliada consigo mismo y con su Creador; sueños todavía irrealizados por el hombre y…

   Aunque nada de eso contaba ya. Mirando al espejo su rostro de carne madurada, y cada vez más parecida a la de su padre –ese viajero inesperado- sólo… ¡Dios!, sólo estaría pensando en ella.

  Sólo en ella.
  Había dado sus espaldas al nombre balbuceado en piedra, y se iba ya, como los otros de quienes se había despedido, cuando ella dijo:
   -¿Vendrás a visitarme…, Luis?  -Y su rostro tembló…- De tanto en tanto, no más, ¿puede ser?
   Luego del estupor, con la marcha detenida y el ánimo estremecido ante semejante interrogante, volvió sus pasos hacia atrás, y tembló…
  -¡Cielos, mi amor! ¡Claro que lo haré! ¿Pero…?
  -Lo necesitaré mucho, querido. Mucho. Había soñado tanto cruzar el umbral de este nuevo siglo, esta noche, contigo, los chicos y los viejos, y todos esos amigos que se han ido, y que… quién sabe si volverán.
   -Laura… Yo…

   -Hasta que cambie de cuarto, al menos. Debo permanecer aquí un instante, pero será un eternidad para mí; el instante más difícil, quizás. Pero si vienes a verme seguido, pronto me trasladarán y todo será distinto. Estaré mucho mejor. Y tú también, y ellos también… ¿Me lo prometes?

   -Claro, mi amor. Te amo. ¡Dios! ¡Te amo! Sólo que tengo el alma destrozada y ni siquiera sé si todo esto ha sucedido…; si no estaré volviéndome loco… Si es cierto que vos, ahora… ¿Pero, no estábamos felices planeando este día y las vacaciones junto al mar? Y los problemas del coche y el fax para confirmar el hospedaje… Y ahora esto. ¿Cómo es posible, si ya no estás…? ¿Si ya no puedo… abrazarte?

   -¡Oh…! ¡No! ¡No! No dudes, por favor; es el único secreto. No dudes, por favor. Tampoco de nuestro amor. ¿Recuerdas? Tierno y apasionado al mismo tiempo: tres años de noviazgo con sus días y sus noches dulces, deliciosas, prendidos interminablemente de la boca, casi sin respirar, como absorbiéndonos las entrañas hasta llegar al alma; hasta lograrlo… ¡Y lo logramos! ¡Sí, fundirnos el uno con el otro, el otro con el uno para ser, desde aquel febrero del ’74, una sola carne y un solo corazón!… ¿Te acuerdas, Luis? De Goethe: “Amo a los que sueñan con imposibles”, nuestra frase favorita. ¿Y de George Harrison, y su Dulce Señor en el porche de enero, tibio y arracimado de estrellas, con mi madre y mi padre vigilantes detrás…? ¿Te acuerdas?

   -Sí, me acuerdo… Cómo olvidarlo. Y más aún aquella tarde de computadoras y novedosas tarjetas perforadas cuando te conocí. Y mi mirada absorta en la elegancia de tu nuca, a un pupitre de distancia, capacitándonos para el devenir… Y mi cansina persecución hasta la parada de ómnibus. Y mi declaración. Y tu sonrisa. Y el futuro…, Laura. El futuro: los hijos, el trabajo, los viajes, las celebraciones, las apuestas, los proyectos, nuestras vocaciones… ¿Y ahora, qué haré con esta espera que consumirá mis días hasta el próximo reencuentro? ¿Podrán los niños aquietar la pena?

   -Todo pasará Luis, mi querido. Y todo se arreglará, vas a ver. Todo pasará y volveremos a estar juntos. Confío en Dios más que nunca. Sólo visítame, y la enfermedad pasará… Este accidente ha sucedido porque la vida es como un programado imprevisto estelar. Eso lo sabes muy bien. No voy a darte lecciones evangélicas a ti, precisamente. Aunque siempre me agradeciste cuando te ponía un cable a tierra para serenarte, para ayudarte a asumir las fronteras de tu naturaleza, de tu ambición por el conocimiento sin límites del universo, de ese querer estar y obrar en todas partes, de ocupar por un momento  -aunque sin mala intención-  el sillón de Dios para arreglar el mundo… ¿O no fue ése el leiv motiv que te llevó a escribir Doctor de Mundos y otras fantasías y elucubraciones tan irreales como la realidad en la que basabas sus supuestos? Alegorías, metáforas, parábolas, pero la existencia misma nutriendo el núcleo de tus aspiraciones más ilusorias…

   -Sí. ¿Y ahora, Laura? ¿Ahora…?

   -Vendrás a verme seguido. Lo prometiste. Después, todo pasará. Todo pasará… Lástima que, con este incómodo encierro, sin aire acondicionado y la sofocación propia de nuestro maravilloso verano local, no podré brindar como me hubiera gustado esta noche. La noche del 2000. Es una broma, por cierto. Pero… La cerveza, el champagne especial que nos habían regalado… Aunque con un poco de remordimiento de mi parte: sé que todavía tienes que cuidarte por eso de los remedios para el stress y…

  -Laura…
  -¿Sí?
  -Volveré…
   -¿Vendrás visitarme?

   -Vendré… Quizás el Doctor Dolián tenga la solución. Es un experto. Quizás conozca el método: por algunos minutos, un corte breve de mi energía cerebral, y… volveré. Laura, mi amor… Volveré a besarte y a abrazarte. ¡Volveré!

   Y esa misma noche, furtivo entre las sombras, alguien de blanco portó en un oscuro automóvil el equipo adecuado para la operación, y él, a su lado, llevó una botella de espumante caro -un Chandón demisec- y dos copas, y un bolso sobre los hombros donde cargó, además, un sostén rosa para que ella pudiera estrenar “todo el año”; y, finalmente, médico de por medio, y casi sin respirar, trepando las rejas que cercaban el lugar donde vivía ahora, llegó hasta su cuarto en cripta, lapidado…

   Ella estaba esperándolo.

   A lo lejos, junto al destello iluminado de la noche nueva, del siglo nuevo de un milenio nuevo por inaugurar, las cúpulas mortuorias de sus vecinos muertos relampaguearon como torres newyorkinas, y las campanas del Big Beng atravesaron el aire y los meridianos del mundo, y, por un momento, el Cementerio Municipal se transformó en una inmensa catedral de luces que ascendían hasta un nuevo cuarto en el Cielo, mientras otras se agitaban insomnes en sus tumbas, como ella, porque todavía no había llegado el momento de partir…

   Y estaba esperándolo.-

UN REGALO PARA MI NIÑO
Jorge B. Lobo Aragón
Tucumán-Argentina-

Una mañana destemplada, gris, fría; con un vientito que amenaza convertirse en garrotillo, resolví caminar por mi Tafí del valle en busca de un pañuelo que abrigara mi pescuezo y de un regalo en el día del niño. Me pregunte a mí mismo, si esa conmemoración especial que se celebraba, no era más que un homenaje al consumo y a la egoísta complacencia. Es que, dedicarle un día al jolgorio a la jornada, está bien, pero la sociedad toda,  debe estar obligada a contener y educar a nuestros pequeños todos los días. Debe ser un compromiso permanente en desarrollar, enseñar y perfeccionar sus cualidades intelectuales y morales  que es una necesidad que clama al cielo. Me pare ofuscado frente a un comercio que parecía un bazar chino. Advertí que con el frio, lo que me hacía falta era un pañuelo tejido en un telar por las manos artesanales de las mujeres del lugar. Es   inusual, que en la capital del turismo, no lo hallara en  un primer intento. Seguí caminando a través de una escarcha pegajosa que parecía convertirse pronto en una ligera nevasca. Los regalos a los nietos lograban mi penosa travesía. Me plante  ofuscado en una local que parecía una tienda del primer mundo y que ofrecían en ingles productos solamente extranjeros. Me indague a mí mismo: ¿Cómo puede haber decaído tanto la industria argentina y nuestra artesanía que para algo de tan simple elaboración como es un pañuelo de algodón, o de lana  haya que recurrir a los países campeones de la eficiencia competitiva? No pretendía ninguna obra de arte, como esas maravillas que me tejía mi mujer cuando novios, solamente una linda estola de lana tejida por las manos callosas de mujeres tafinistas que me abrigara  mi pescuezo. Siendo tucumano y orgulloso de mi valle, me pareció lógico y natural comprar un pañuelo confeccionado a mano y en telar, con las viejas técnicas caseras que se transmiten de generación en generación. Es que la región siempre ha sido una muestra de la ancestral tradición telera que se esparce por todo el noroeste argentino, la que sigue tejiendo su historia con las mismas técnicas de sus antepasados. En el trayecto, encontré un reducto de artesanos. Allí me metí como un turista ansioso de realizar una compra. Entre, mantas, ponchos, fajas, bolsos y alfombras, un enramado revestido con cortezas de quebracho hacia flamear levemente las fajas, chuspas y piezas de barracán y picote en un muestrario artesanal persa llena de colores. A los costados de la calle principal lucían en contrastes, tradicionales casas de artesanías pintadas de fuerte colores que rememoraban las épocas ancestrales, revitalizando el valor cultural de una identidad olvidada. Me hizo recordar a la “petaca” de mi madre un reducto artesanal en donde estudio con enorme placer su carrera de abogacía. Antes de soltar una lagrima, escuche voces. ¿Pase, entre, qué anda buscando?  Interpelación incesante en cada puesto al que me acercaba. Hasta que tropecé con un personaje de pelo largo, desaliñado y con traje colorido. Era los que en nuestra infancia llamábamos “hippie” el que seguramente apartado de las grandes ciudades se enamoró del paisaje y se quedó a vivir en el terruño. Le compre de inmediato un pañuelo que me parecía de la zona. Un pañuelo idéntico a los tejidos por nuestros orfebres con su rudimentaria herramienta siempre presente en mi memoria, dibujado en sus urdimbres por distintas tramas, con los tonos de la tierra  y en coloridas combinaciones. Me lo puse y sentí un enorme calorcito que me caldeó el ánimo. La diáfana y fresca brisa de los Valles Calchaquíes,  engalanados  por paisajes de montes y llanuras, iluminan con la luz de la naturaleza las originales casas en donde se producen utensilios, ropas y obras de arte en cuero, lana, arcilla, piedra y otros materiales ancestrales rodeados de un escenario de mantas y ponchos del lugar. Seguí caminando en búsqueda de un juguete para mis nietos, mezclado con artesanos de los valles que conocen su pasado, su lenguaje, sus valores, sus sueños y su tierra y, a través de sus obras, cuentan la historia de sus ancestros, la que logran plasmar en cada una de las piezas que producen. Casi con culpa seguía buscando un regalo para mis niños, inquiriéndome en esa naturaleza en la  que la vista al cielo es la contemplación del cuadro más sublime que haya pintado pintor alguno que educar a los niños es darle preceptos, doctrinas, ejercicios, ejemplos. Dedicar solamente un día para inducirlos solamente por horas a la agitación y tumulto de una diversión maquinada y desenfrenada es nada más que una forma de acallar la conciencia que clama por el abandono y la miseria en que se ve sumida una gran parte de la infancia, afligida por el infortunio y la desesperanza. Por supuesto que en todo hay excepciones. Pero en ese tiempo de encontrarme con la naturaleza y caminando por lugares de mi infancia tenia ganar de pedir perdón porque esta celebración se presenta en nuestra aciaga realidad como un homenaje a los niños  para arrimar votos y no  para cuidar a los indefensos que menos pueden y tienen.

 

LAS ANDANZAS DE GERVASIO
Carlos González Saavedra (Charlitos)
-Argentina-

Gervasio Salazar, trabajaba en el campo prácticamente desde los doce años. Había nacido en Las Casuarinas, el campo de los Villegas Lamas.

Su mamá trabajaba en la casa principal desde siempre. Gervasio atendía  20 parcelas, unas doscientas hectáreas él solo.

Con sus veintiocho años se manejaba perfectamente, a gusto con lo que hacía y hasta lo que había por hacer. Amaba su trabajo. Era muy querido. Más aún, su nombre,  del cual estaba orgulloso, se lo debía al padre del dueño del campo, vaya a saber por qué.

De aspecto buen mozón, fornido y de metro ochenta. Trabajaba de lunes a sábado de las seis de la mañana hasta el anochecer. Su rutina consistía en todas la tareas rurales, desde los alambrados, revisarlos, hasta el pastaje de la hacienda, rotándola. Conocía muy bien su oficio, era respetuoso y muy trabajador.

En sus parcelas, prácticamente se terminaba el engorde de la hacienda que después se vendía. Generalmente terneros todos de 450 kilos. Siempre Gervasio era elogiado por su patrón, que no descuidaba detalle.

Gervasio esperaba el fin de semana para despejarse un poco, para eso contaba con un rastrojero IME amarillo que lo cuidaba más que su salud.

Sus salidas no eran muchas, en un pueblo de cuatro mil habitantes. Pero le bastaba para divertirse, el almacén, dados y cartas, unas cervezas o algunos cuentos o bailes donde mirar mujeres. Su debililidad.

Moría por los cabaret, por su ambiente y por las chicas. Donde veía una luz difusa ahí iba Gervasio.

En el almacén de Don Frontera habían traído una mesa de pool y con eso estiraban las noches, en la previa al cabaret con sus amigos.

Una tarde, al llegar se encontró con un remolino de gente alrededor de don Santiago Cifuentes, hombre emprendedor, prestamista y otras yerbas.

Se escuchaba este diálogo entre uno de los presentes y Don Cifuentes

-¿Y cuándo va a ser eso, lo de la inauguración

– En un mes más, apunta don Santiago.

-¿Dónde va a estar el casino Cifuentes?

-Bueno el Ángel Berardi me debía una ponchada de pesos y buscamos una solución con el escribano y nos dejó el galpón gratis por diez años, por eso habrá casino en el pueblo. Ya de la provincia me dieron la concesión.

Gervasio, ni hablaba, pero atentamente escuchaba.

-Don, aparte del casino qué va a haber o vamos solamente a jugar?

-Habrá de todo. Ruleta, juegos, dados y apartado un salón muy cómodo con algunas muchachas que el comisario Benítez tiene armado. Todas chicas de afuera, nadie las conoce.

Gervasio abría los ojos como el dos de oro, Sin decir nada… Entre sorprendido y contento.

-Eso sí afirmó Cifuentes, habrá también ocho muchachotes de seguridad por el tema de los gauchos borrachos que se ponen molestos y a las “chicas hay que cuidarlas”

Es más hasta me instalarán un sistema integrado contra incendio que el intendente mismo me aconsejó. Su hermano los instala y vende.

Al unísono casi todos los parroquianos exclamaron:

-Entonces va a venir gente de otros pueblos.

-Claro,  dijo don Santiago y eso trae trabajo extra…Uds. que son la muchachada del pueblo, los más conocidos, el día de la inauguración son mis invitados. Les pondremos unas pulseras y tomarán todo lo que quieran gratis. Ahora eso sí, si quieren algún otro servicio, es a convenir. Las chicas que vienen, son bien gauchitas.

La cabeza de Gervasio trabajaba a mil, las ideas, la  diversión, las mujeres más lindas las tendría a tan solo cinco minutos de la tranquera del campo.

-¿Puedo hacer una pregunta? dice Gervasio

-Si Salazar como no!

-Cuándo es la inauguración?

El sábado ocho, porque el lunes es feriado así tienen para divertirse a pata ancha. Ah olvidé decirles que esa noche vendrán  dos orquestas: una típica, que también toca de todo y la otra de cumbia.

-Gracias dice Gervasio, mira el almanaque colgado detrás del mostrador, pegado al lado del cartel de Fernet Branca. Se da cuenta que solo faltan veinte días.

Esas tres semanas para Gervasio fueron interminables. contaba dos veces los terneros, revisaba cada torniquete de los alambrados, se fijaba que las aguadas estuvieran limpias y hasta revisaba el estanque pegado al molino. No se le pasaban más los días.

En esos fines de semana que mediaron hasta la inauguración, al reunirse con sus amigotes iban evacuando preguntas y dudas entre ellos.

Estaba Luis, un poco mayor y con más noche que le iba tirando alguna data a la vez que disfrutaba de esa arrogancia. El hecho de saberse experimentado, lo volvía un poco despiadado con sus respuestas, como si le molestara tanta inocencia, tanta falta de caminar la noche.

El día ocho estaba todo dispuesto, al mediodía se podía ver los camiones de hielo y de bebidas y gente trabajando. Personal uniformado corriendo de aquí para allá, mucamas y hasta los bomberos regando las calles para que no se levantara polvo. Hasta la ambulancia se instaló en un costado como a las nueve de la noche .

Música a todo lo que da, guirnaldas, luces de colores y los ocho de seguridad. Dos adentro, dos en la entrada y los otros en el casino y en el salón privado.

Como a las once, entre el bullicio, ya acostumbrado, se escucha el motor de un gasolero, más precisamente un rastrojero amarillo, impecable, hasta lustrado parecía. Brillaban los paragolpes, la carrocería y las gomas negras. Se estaciona en la vereda de enfrente al casino.

Gervasio espera a sus amigos,  que en el término de una hora van llegando, algunos con una cerveza en la mano,  otros con ganas de tomar.

Cuando están todos, seis eran, esperando llega Luis…

-Luis ¿entramos?  pregunta Gervasio

-No espera… no seas impaciente.Espera que se vaya haciendo la noche, total nosotros somos invitados.

Al cabo de una hora de espera, deciden entrar.

Luis encara al de seguridad y dice…

-Somos invitados del Sr. Cifuentes, siete somos.

-Sí,  sí, responde el de seguridad, estaba al tanto. Vayan entrando de a uno que mi compañero les va poniendo la pulsera.

Como era todo nuevo para Gervasio, miraba con atención y preguntaba todo.

-Luis ¿para que son estas  pulseras?

-Gervasio ¿ves que tienen treinta numeros? Bueno,  cada vez que consumís cualquier bebida te hacen un agujero en el número, hasta agotar la pulsera.Te vas a tomar los treinta números en bebidas?

-No, responde Gervasio, yo vengo por las minas. A mí me interesa poco el chupi y el  juego.

Así va preguntado cosa por cosa al arrogante Luis, que a las dos de la mañana ya lo tenía un poco cansado.

Los ojitos de Gervasio no alcanzaban para mirar ese paraíso a tan solo cinco minutos del campo.

Cabe aclarar que el casino estaba lleno de gente, especialmente lo más representativo del pueblo. El gerente del Banco Nación y Banco Provincia, el intendente, el jefe de bomberos, el escribano, el director del colegio, el Almacenero Benavides, dueño del centenario almacén, que conocía vida y obra de todos y cada uno. Hasta el Comisario se habia dado una vuelta para hacer rodar la primera bola de la noche. El cura párroco,  en forma muy disimulada,  había pasado al mediodía para bendecir las instalaciones.

En el salón VIP o privado, bebidas,  algarabía y mujeres hermosas. Muy pocos jugaban a las cartas y en el paño verde siempre alguna señorita al ritmo de la orquesta que tocaban en el casino, bailaba y mostraba generosamente sus partes,  excitando a todos los presentes.

Gervasio estaba mirando todo, ansioso y ya habia elegido a la chica que iría a pedirle que bailara con el. En su inocencia se enamoraba de todas, por eso elegía. Seguramente ese romance le duraría meses y por meses la visitaría en el cabaret.

Con el cigarrillo en la mano Gervasio pide fuego y nadie tiene.

Justo en ese momento pasa a su lado Luis, con algunas copitas de más…

-Luis ¿Tenes fuego?

-No, ya un poco molesto. ¿Ves aquella pared amarilla al lado de la entrada del baño? Ahi tenes fuego, dice FIRE, bajás la palanquita y enseguida tenes fuego.

Luis se retira jocosamente, mirándolo de costado, diciéndose para sí mismo “serás entupido”.

Gervasio se acerca a la pared amarilla, y ve efectivamente una palanquita que dice FIRE. Pone el cigarrillo en su boca y supone que saldrá una llamita y podrá encender su cigarrillo

Al bajar la palanquita, se apagan todas las luces difusas y se encienden unos potentes reflectores, disimulados en paredes y una cantidad de agua de lluvia inunda los salones mientras las sirenas insistentemente suenan despertando a todo el pueblo.

Los bomberos, dos dotaciones entrababan arrasando todo buscando el foco ígneo.

Todos empapados van saliendo.

A Gervasio lo llevan en vilo, suspendido por dos forzudos junto al comisario al auto policial.

Cifuentes lloraba junto con los gerentes y personalidades del pueblo y de los pueblos vecinos.

Gervasio pasó quince días preso en la comisaria. Salió gracias a no tener antecedentes, por la buena conducta y por una abultada cifra del dueño del campo.

LA INMOBILIARIA
Autora: Miriam Noce
-Argentina-

Por la mañana, el colegio. Por la tarde estudiar, hacer la tarea, tomar la merienda y después a patear.  Invariablemente mi madre todos los días antes de salir me repetía:

— ¡Cuidado con los vidrios de la inmobiliaria!

Por la cercanía al micro centro de Rosario mi barrio progresaba a buen ritmo. En cada cuadra se construían más edificios en propiedad horizontal. Yo vivía en un octavo piso. La calle para mí era la vida.

Al lado de nuestro edificio, para orgullo del barrio, se levantaba una casa de bienes raíces de tres pisos, cuyo frente totalmente vidriado era la preocupación de mi madre y de la “barra de la pelota”.

Cuando ingresé al secundario me daba un poco de vergüenza andar pateando en la calle. Una nueva camada de chicos nos habían ganado los lugares. Seguí jugando en el club del barrio, pero… todas las mañanas en el vidrio del comercio me miraba para ver si el nudo de la corbata estaba bien hecho, para que el padre Mario no me llamara la atención.

Ya en la universidad, cuando tenía examen, prolijamente me miraba para encontrarme presentable.

Al mes de recibirme de Analista de Sistemas conseguí un trabajo en un supermercado.

Estaba feliz. Mis expectativas cubiertas al enamorarme de la cajera Nº 1, morocha de ojos inmensos y sonrisa cautivante.

Durante tres años ahorramos y pudimos comprar el departamento A del tercer piso, del mismo edificio donde había vivido con mis padres y hermanos.

Un sábado de verano me casé con Ángela. Antes de partir rumbo a la ceremonia civil y religiosa, me miré en los cristales de la inmobiliaria como despedida de soltero. Me vi camino a mi destino, pronto a concretar todos mis sueños.

La vida nos impuso sus rutinas. Ir y venir cuatro veces al día; otras, los turnos corridos, un sólo día de descanso a la semana. A veces coincidíamos, otras no.

Éramos jóvenes, enamorados, llenos de proyectos. Siempre encontramos una sonrisa para seguir adelante.

Ángela, sacrificando horas de sueño, rendía materias de abogacía, pero se le hacía muy lento el avance en la carrera.

Transcurridos cinco años, en el mega mercado comenzaron a circular rumores. La recesión ya era manifiesta, las empresas estaban globalizadas. Ángela quedó sin trabajo.

A los pocos meses logró reanudar sus actividades laborales en un estudio de arquitectura. Nuestras vidas continuaron por carriles normales esperando para más adelante la llegada de un niño para completar la familia.

Con Ángela siempre estábamos atentos a los comentarios sobre la economía nacional, pues nos sabíamos cautivos de sus vaivenes.

Y así fue. Un día se nos comunicó que la Casa Central del supermercado en Buenos Aires, concentraba toda la administración contable.  Mis servicios ya no eran requeridos.

Comenzó mi calvario. Organicé mi currículo. Me presenté en todos los avisos clasificados. El trabajo de Ángela y su apoyo incondicional hicieron más llevaderos los primeros meses; además, contábamos con ahorros.

Pasó un largo año. La construcción empezó a tener agujeros, ya no se contaba con recursos para responder a proyectos de envergadura y el Estado había suspendido sus obras. Nuevamente Ángela quedó sin trabajo. La templanza era la virtud en la que debíamos apoyarnos para no decaer.

Un llamado telefónico movilizó nuestro presente y futuro, y las lágrimas se mezclaron con la esperanza, y dijimos sí. Mantuvimos largas charlas de mate y tortas para que la familia comprendiera que la nuestra no era una fuga.

La idea fue concebida por un grupo de profesionales de Rosario y zonas aledañas. Deseaban bucear en nuevos horizontes. En un charter se partiría hacia Miami como destino inicial; permaneceríamos allí como mínimo una semana, como máximo quince días. Buscaríamos trabajo para el jefe del hogar y/o la esposa, vivienda para alquilar y  algunos mirarían guarderías o escuelas. Las reuniones se sucedieron todos los días. El grupo se armaba según el pesimismo o la cotización del dólar.

Ángela comenzó con descomposturas a las que no le dimos mayor importancia. La atribuimos a los nervios de los momentos que estábamos pasando. Habíamos decidido que únicamente viajaría yo para ahorrar.

Durante el día estuve realizando trámites. Actualicé mi currículo en forma bilingüe, fui al profesor de inglés para agilizar mi fonética, pregunté por el pasaporte. Al llegar la noche estaba cansado, pero el proyecto aliviaba la carga.

Al abrir la puerta, los ojos de Ángela resplandecían. Su sonrisa llenaba los huecos del comedor y toda ella parecía salida de un nuevo universo. Fue el mensaje más veloz y feliz que recibí en mi vida. Sin palabras, supe que iba a ser padre.

Mi felicidad era doble: sería rosarino. Conocería a sus abuelos, tíos y primos, el monumento a la Bandera, el verdor y las flores de la costanera y el agua amarronada del  río Paraná.

Todo me dio más fuerza para seguir organizando lo que nosotros, jocosamente, denominamos “tour de trabajo”. De conseguirlo me quedaría en Estados Unidos. Ángela se reuniría conmigo cuando el niño (como buen macho argentino quería que fuese varón), cumpliera los dos meses.

Los días se hicieron cortos. Era tanta nuestra alegría que en esa noche agobiante  de febrero las molestias de Ángela casi pasaron desapercibidas.

El lunes a primera hora el avión despegaría con cuarenta esperanzas. Hombres y mujeres a los que el destino les niega la dignidad de sobrevivir en su patria.

A las tres de la mañana mi esposa tuvo contracciones y en prevención partimos a la maternidad. El médico nos tranquilizó. Me auguró el mayor de los éxitos en mi viaje y decidió dejarla internada para evitarle la emoción y el nerviosismo de la despedida.

Partí con una  mezcla de temor a lo desconocido y felicidad.

Atrás habían quedado las charlas político-económicas para justificar nuestro viaje. Las extensas conversaciones analizando los pro y los contra, ese apretar los sentimientos para no aflojar delante de los viejos. Atrás quedaba Rosario; adelante, una nueva vida que, aunque con pesadillas, me permitiría conocer la estabilidad.

El viaje fue bueno. Dentro del avión, como en un calidoscopio, aparecieron las manifestaciones de cuarenta voluntades dispuestas a triunfar.

Al aterrizar me llamó la atención la demora en abrir la puerta y colocar la manga. Transcurridos dilatados minutos la voz del comandante nos anunció que no podíamos bajar.

Las preguntas, los gritos, crearon un caos. Después de numerosas consideraciones, exigimos la presencia del cónsul argentino en Miami.

Pasó otra hora. Cuando llegó, su rostro no nos alentó y empezó una y otra vez la explicación a cada uno de nosotros.

—Debido al auge de sudamericanos que ingresan a los Estados Unidos, este país se reservó el derecho de admisión. Exige como requisito número uno poseer “visa”.

Ninguno la poseía, sólo el pasaporte en regla. En ningún momento se nos permitió descender. Quedamos como rehenes, presos en nuestro propio avión. Nos rodeó la policía de inmigración apostada en el aeropuerto.

Las virtudes y defectos afloraron, las costumbres y miserias humanas aparecieron. Por momentos no entendíamos nada. Estábamos en el país al que habíamos acudido en busca de mejor calidad de vida, trabajo, futuro para nuestros hijos… La impotencia me dejó disfónico.

Luchábamos por nuestros derechos. El cónsul fue y vino varias veces como intermediario. Algunos por cansancio cabecearon, otros por nervios eran una máquina de hablar, y los más caminaban los pasillos del avión. Otros oraban.

No podíamos tomar conciencia de la mala suerte que nos acompañaba: desde la cero hora de ese día estaba en vigencia la presentación de la visa para ingresar y permanecer en territorio estadounidense.

Hubo propuestas para enmendar las diferencias, se buscaron alternativas. Fueron las 24 horas más aciagas de mi vida. Nos mirábamos y ninguno tenía fuerzas para recoger los fragmentos de esperanza caídos, y que debíamos rescatar para volver a nuestro país.

El agobio, la frustración, el sueño, los proyectos manoseados, hicieron parecer más largo el viaje de regreso. Otra vez Rosario, mi Rosario otrora pujante y segunda ciudad de la Argentina.

Ángela todavía estaba en el sanatorio, y hacia allí partí. No fue necesario hablar, los rostros de familiares y esos ojos amados sin brillo me anunciaron que otra esperanza había sucumbido.

En un abrazo deposité en Ángela la fe no vencida, mi amor por ella y el creer que el país me daría otra oportunidad.

A los quince días, pasados en limpio todos los avatares, me preparé para comenzar de nuevo. Como antiguo ritual me miré en los brillantes vidrios de la inmobiliaria. En ese momento ingresaba el propietario de la misma, quien me saludó e invitó a tomar un café. Charlamos al igual que viejos amigos, a semejanza de padre e hijo. Analizamos el campo inmobiliario, muy vapuleado por el encierro financiero. Fueron dos horas inesperadas. Al salir y mirarme en el espejado cristal, vi un hombre joven, con el nudo de la corbata bien hecho, peinado, sonriente, alegre y con trabajo.

LA NAUYACA.
Xochitl Robles Bello
México

            Cuando Usebio  May supo que a  Efrén Cruz lo había mordido una nauyaca,  supo también que su compadre. Iba a morirse sin remedio.
           Y es que aquí en medio de la selva  no había nada para curarlo,  el pueblo más cercano queda muy lejos para el mal de la culebra, porque eso sí nada más rápido que el veneno cuando se te mete en el cuerpo, en la sangre,  corre aprisa, aprisa  hasta que te mata. 
Los tres, junto con otros del pueblo, nos venimos a trabajar  desmontando, para que hicieran  una carretera que  según  dicen, va a llegar hasta el mar.

A un lugar donde  el agua  es de muchos azules, primero clarito, después máj fuerte hasta que se pone azúl oscuro. También me contaron que  la arena  es muy blanca y nunca se calienta.
  Nosotros somos del mar, pero nos tuvimos que venir hasta acá   para poder darles de comer a los chamacos. Allá en Tabajco los pescados salen negros, llenos de chapapote porque estamos cerca de los pozos de petróleo. Antes, tempranito tirábamos la tarraya y despuéj cuando el sol salía,  las jalábamos llenas de pescados que  brillaban con la luz,  moviéndose como si quisieran salirse.Nos servían pa comer y hasta sobraba pa entregar a la cooperativa, pero eso se acabó. Así que ni modo, ahora estamos  aquí, entre los árboles,  los zaraguatos, las víboras y puej  le damos duro al machete.
Del mar, ya casi se me olvidó hasta su olor.
Después de que Efrén gritó bien juerte y nos dimos cuenta que lo había mordido la maldita, aprisa  cortamos una vara grandota donde  guindamos  la hamaca pa llevarlo hasta el  pueblo.

Por más que corrimos,  entre el monte, lastimándonos los pies con las piedras, no íbamos  ni a la mitad del camino cuando el  pobre  se puso morado, morado como un macal y caliente como la playa del pueblo cuando el sol le pega duro. El sudor le  escurría  por todos lados, le mojaba la frente, el pelo, los brazos, todo, como si acabara de salir del agua. Era tanto que hasta podíamos olerlo, aunque a lo mejor , era el olor de la muerte que nos andaba rondando.
La hamaca  ya iba toda mojada.
Usebio, desesperado, hasta las greñas se jalaba.
¡Compadrito no te mueras,Ya vamos a llegar! ¡Apúrenle muchachos!,
¡córranle màs rápido, más aprisa!.
Se  nos fue poniendo tieso, tieso, ya no podia respirar, abría chica bocota  y pelaba unos ojotes.
Se nos murió cerca del pantano.

           Mejor nos regresamos. Lo enterramos aquí mismo, como nos ordenó el capatáz. Envuelto en una cobija y  bajo una mata de mango.
  A Usebio  May, lo fue agarrando la tristeza.
Hablaba de que no quería regresar al pueblo sin Efrén, y de como le diría  a su comadre Nazaria que se había quedado viuda.
Andaba bien preocupado, como alma en pena, todo el tiempo piense y piense con la cabeza gacha.
Un día en  que andábamos por los cocales tirando los troncos con el machete,  Usebio pegó un gritote.
 ¡Nauyaca jija e’ su chingada madre!
Rápido alzó el machete y de un solo golpe se tumbó una pierna.
Todos nos quedamos como tullidos, sin saber qué hacer, viendo ese chorro de sangre que a borbotones se bebía la tierra.
Los troncos de las palmeras, las matas de tinto,los manglares, hasta nuestras ropas estaban rojas.
Usebio revolcándose  en el suelo seguía gritando.
Ya me desgració la pinche nauyaca, ¡pero a mí, esa cabrona no me va a matar!
Le amarraron un trapo en la herida para aguantar la sangre, lo subimos en la  misma hamaca en que llevamos a su compadre y nos fuimos rapidito pal pueblo. A un ladito de él  acomodamos su pierna que todavía estaba sangrando.
Usebio  iba pálido como una cuija. Cuando llegamos nos fuimos derechito  a la casa del doctor.
Mientras lo curaban esperamos mucho tiempo, ahí parados  en la puerta, hasta que salió un chamaco para avisarnos que  no se iba a morir.
Cuando regresamos al campamento nos contaron que la culebra nunca apareció por más que la buscaron entre el monte.
Pasaron muchos días, ya no sé ni cuantos. A Usebio lo tuvieron en el pueblo hasta que sanó.
Desde que regresó se la pasa sentado bajo  la mata de mango donde enterramos a su compadre, triste, triste sin mirar a ningún lado, sin hablar con nadie.
No quiere que lo llevemos a Tabajco  tampoco quiere ni hablar.
Anda todo agalambado, desde que le dijeron que cuando revisaron la pierna que se mochó , encontraron una espina grandotota clavada en su pié.
Cuando supo que no lo había mordido la culebra y que de oquis se había tumbao la pierna, ya no quizo ni comer.
Yo creo que Usebio…se está dejando morir.

 

  EL CONCERTINO
María Sánchez Fernández
Úbeda-España
                                                       

     Sonó el despertador. Todavía con los ojos cargados de sueño lo desconecté y me quedé relajada unos minutos. Me levanté, descorrí los visillos de la ventana y vi que los cristales estaban empañados. En la calle debía de hacer bastante frío. Quité con la mano el húmedo vaho y advertí que caían unos minúsculos copos de nieve que no llegaban a cuajar ni en el asfalto ni en las ramas de los árboles. Los pájaros estaban felices bajo aquella llovizna blanca.  Revoloteaban…,  se  perseguían…,  piaban…, picoteaban en el suelo algún pequeño copo sin derretir creyendo que era una golosina para después remontar el vuelo y posarse en una rama desnuda.

      Me di una ducha de agua bien caliente, me vestí, y me dispuse a salir para ir al trabajo después de tomarme un café con  leche bien cargado.

      Como todavía era temprano y tenía tiempo suficiente, me dispuse a dar un paseo por el casco antiguo de mi ciudad  callejeando  por  sus  recoletos  rincones.

      Oí una música lejana que se iba acercando conforme  iba avanzando en mi camino.

      Sentado bajo el dintel de piedra de una casona antigua y protegido de la intemperie por el saliente de una gran balconada, vi a un hombre tocando un violín con aspecto de vagabundo. Sus ropas así lo confirmaban. Vestía pobremente pero con extremada pulcritud.  Una raída pelliza lo abrigaba y se cubría la cabeza con un confortable gorro de lana.  Junto a él tenía una gran mochila que contenía sus pertenencias, el estuche de un violín y un saco de dormir perfectamente plegado. Era una persona de edad indefinida, más bien avanzada, sin llegar a ser anciano. Alto, enjuto, de pelo cano, tez muy morena tostada por el sol y unos ojos increíblemente azules. Le saludé con un gesto de la mano y un esbozo de amigable sonrisa. Él me respondió de la misma manera.

      Su porte, a pesar de su miserable apariencia, era el de una persona extremadamente atenta y cultivada. Tenía frente a él, en el suelo, un canastillo en el que recogía las monedas que la gente ponía con sumo cuidado y respeto. Él lo agradecía con la amabilidad de una sonrisa y una leve inclinación de cabeza.

      Aunque era temprano, y a pesar del frío y del mal tiempo, las calles ya estaban animadas por la apertura de las tiendas, de los centros comerciales,  por las personas que iban a sus trabajos, a la compra diaria, a llevar a los niños al colegio, también de turistas madrugadores o simplemente, de esas personas más desocupadas que gustaban salir a hacer ejercicio o a pasear por estas calles nuestras que, en la mañana, invitan a ello.

    Me detuve para escucharle y nunca me llegó tan dentro  la voz solista de un violín.
     Interpretaba a Vivaldi con tanta delicadeza que esas notas calaron  muy dentro de mí.

     En el alero del tejado, a pesar de la llovizna, multitud de gorriones  y de palomas asomaban sus cabecitas para mirar a aquel hombre que hacía brotar preciosos trinos como si fueran  pájaros. Algunos daban una escapada y lo sobrevolaban o se posaban en el suelo, sin temor alguno, regalándole con su arrullo o sus piares un amistoso saludo.

     Le dejé unas monedas y seguí mi camino, pero a la mañana siguiente allí estaba yo confiada en encontrarle de nuevo para poder disfrutar y escuchar a este virtuoso de la música. Era un gozo indescriptible comenzar el día con aquellas melodías que arrancaba de las cuerdas de su violín

     Siempre fui su primera espectadora, aunque cada  mañana se iba ampliando el grupo de amantes de la música. Creo que todos pensaban como yo. Robaban unos minutos de sus quehaceres para aplaudir y gratificar a aquel hombre que tanto bien hacía a las gentes que transitaban por la calle. Aquel lugar se convirtió en un pequeño auditorio en donde nunca faltaba alguien para escuchar y aplaudir

     Tan numerosos fueron los días en los que fui a escucharle, que acabamos por hacernos  grandes amigos. Una mañana lo invité a desayunar en una cafetería cercana, y mientras nos tomábamos un café con leche y unas tostadas me contó, sin yo preguntarle nada, algunos retazos de su vida con una voz pausada y grave y con  marcado acento extranjero:

     ─ «Vengo de un país lejano donde la música es culto para la mayoría de sus gentes. Nací en el seno de una familia de clase acomodada donde el amor por el arte y la cultura en general era primordial. Me dieron una buena educación. Estudié en el Liceo, pasé por la Universidad donde hice licenciatura en Bellas Artes y más tarde ingresé en la Escuela Superior de Música donde alcancé lo que fue mi gran pasión: la dedicación a la Música.

      Cuando terminé mis estudios de violín llegué a formar parte de una gran orquesta sinfónica de mi país siendo integrante en la cuerda de violines primeros. Más tarde llegué a ser el Concertino. Mi ilusión llegó a su cenit. Hacíamos giras por todo el mundo y el prestigio de nuestra orquesta era sublime. ¡Cuánto añoro aquellos días de triunfo en que el público, de todas las razas y credos, y que asistía a nuestros conciertos, aplaudía de pié enfervorizado! ¡Cuánto añoro la cara y el gesto del director cuando me daba la entrada con su batuta para que iniciara mi intervención!  ¡Cuánto añoro a mi alma perdida en la música, sabiendo que aquello que yo interpretaba en forma de éxtasis divino, se elevaba y elevaba hasta hacerla entrar en otras almas tan elevadas y perdidas en la música como lo estaba la mía!

     Todo aquello terminó. Toda dedicación, todo entusiasmo, todas las ilusiones se esfumaron  como  un  suspiro en  el viento.

     Hubo una gran revuelta política que repercutió en varios países, y la orquesta se disolvió como se disuelve la sal en el agua. Fuimos perseguidos la mayoría de sus componentes viéndonos obligados a huir para arribar en otras partes del mundo. Todos nos disgregamos y no hemos vuelto a vernos desde aquellos tiempos felices en que la juventud y el apasionamiento nos elevaba a unas  dimensiones realmente alcanzadas por  nuestro joven  enardecimiento

  Aquella bendita hermandad se rompió de la forma más cruda y cruel. En mi caso me gané la vida tocando el violín, mi inseparable amigo, en las estaciones del metro de grandes ciudades, como Nueve York, Moscú, Pekín; en parques y jardines, en fiestas de gentes caprichosas que me contrataban como una atracción más. Después seguí mi camino como músico ambulante. Ahora estoy aquí, en España, y en su hermosa ciudad, que tanto admiro, como antes lo estuve en Francia, en Italia, en Grecia… Mi existencia es nómada, bohemia, y vivo gracias a la sensibilidad de la gente que gusta escucharme. La música es el gran don que Dios ha regalado al hombre. Al hombre y también a los animalillos que se paran junto a mí, y muy quietos, me miran con sus orejitas atentas y a veces se me acercan con zalamerías  para regalarme con su lengua siempre  pronta a la caricia.

     Aquí estaré algún tiempo hasta que éste se me agote por el puro cansancio y hastío de las buenas gentes que vienen a escucharme. Iré a otros lugares donde estoy seguro que también seré bien acogido.»

     Yo le prestaba atención extasiada. Nunca interrumpí su relato con una pregunta impertinente y fuera de lugar ¿Cómo era posible que una persona de su gran valía pudiera mendigar? Si éramos  nosotros, sus oyentes, los que éramos obligados mendigos de su talento. Allí estábamos, solicitando  una  hermosa  dádiva de su divino arte que él nos obsequiaba una y otra vez, sin cansarse, con una sonrisa de agradecimiento por nuestro aplauso y un puñado de monedas.

     Sí, él nos regalaba, por solo unas monedas, la magia de Sarasate, de Paganini, de Mendelssohn, de Tchaikovky…, de Vivaldi…. Llenaba las plazas y las esquinas de la divina música que se expandía por el aire y empapaba el señorío de nuestras piedras doradas y centenarias; de nuestros rincones exuberantes de cal; de dovelas que enmarcan dinteles de casas solariegas; de símbolos hebreos en los barrios de la judería; de  rejerías y cancelas de hierro forjado; de  puertas mudéjares insertas en sus corroídas  murallas árabes; de nuestros alfares que exhalan por la boca alta del techo de sus hornos el aliento de nuestra antigua morería

    ¡Dios mío, qué donación tan preciosa  nos hiciste al traernos a este hombre con su música a esta ciudad de privilegio! A sus calles, a sus gentes, a su alma.

    Terminó el desayuno. Él se marchó a su lugar habitual y yo regresé con algún retraso al despacho. Mi secretaria me saludó un poco extrañada. Estaba acostumbrada a mi puntualidad. No di explicación alguna, no tenía por qué darla, pero mi mente no descansaba. ¿Qué se podía hacer? Vivía en una ciudad con grandes raíces culturales. Hablaría con Asociaciones, con autoridades, con personas influyentes para que se pudiera organizar un gran concierto en beneficio de este singular artista que fue una estrella de la música y seguía deleitando a los pueblos con su arte. Un concierto que lo estimulara, que le devolviera la ilusión y la esperanza.

     Todo fue inútil. La burocracia, el desinterés y la apatía son los grandes enemigos de los grandes proyectos.

     Todas las mañanas nos veíamos y desayunábamos juntos, pero un día no lo encontré. Ya no estaba en su lugar. Se  había  marchado.

      Sentí una soledad sin límites. Me sentía huérfana de aquella música que tanto enaltecía mi alma. También me sentía huérfana de aquel amigo que fue para mí como un regalo del cielo.

      Entré en  la cafetería y el camarero me entregó una nota.

      Ésta decía:

    ─ » Me voy a seguir mi camino errante por el mundo, pero tu corazón sensible siempre vivirá en el mío allá donde vaya»

      Nunca supe el nombre de aquella persona a quien pertenecían esas iniciales, pero las he hecho grabar junto a un pequeño violín en una plaquita de oro que siempre llevo conmigo.

EL TAITA Y EL MANDRIA
por César J. Tamborini Duca
(Relato o recreación en prosa del tango “Mandria”)

El encuentro se produjo en el campito que estaba frente al bodegón del tano Genaro, lugar poblado de eucaliptus y nada recomendable para espíritus temerosos cuando la oscuridad de la noche proyecta sus siniestras sombras. Aunque esa noche, la luna iluminaba la escena donde el guapo había aceptado la “cancha” que el cafishio eligió a su pedido.
Hasta ayer nomás eran muy amigos, esos amigos que compartían la giñebra en el primer boliche que les saliera al paso en esos andurriales, o el relojeo de los naipes en la timba donde se escolaseaba todas las noches, o esos bailongos de meta y ponga en cualquier peringundín de las barriadas arrabaleras que visitaban; o cuando el esporádico oficio de changarín en el puerto o una punga afortunada les permitía ‘enllenarse’ los bolsillos con algún mísero ‘canario’, enfilar por la Avda. de Las Palmeras para que el tungo preferido hiciera que el bolsillo adquiriera nuevamente su estado natural de sequía persistente claudicando ante la boleteada perdedora. Compartían todo, menos la mujer.
El taita cometió un error. Cuando el otro por esas cosas que tiene la vida le pidió cobijo porque
estaba en la “lleca”, le acomodó un rinconcito en su mistongo garçonier de lata para que no
tuviera que apoliyar al raso como tantos atorrantes.
Como el otro no era ciego, veía las caderas cimbreantes de la china del taita, observando de
soslayo para no ser advertido; y su hambre de varón embrocaba a la percanta y lo angustiaba
en la soledad de su mísera catrera; mientras, sus sueños eróticos no quedaban satisfechos
aunque de vez en cuando visitara el quilombo regentado por “la polaca”; la turgencia de los
senos de la morocha –que parecía harían saltar algún botón de su vestido- eran aún más
apreciados que ese glorioso puchero criollo que solían comer los domingos, si la semana había
sido pródiga en aligerar bolsillos de los otarios en el ‘bondi’. Hasta se imaginaba que ella le
reservaba el trozo de carne más apetecible cuando la punga había sido tan exitosa que permitía el lujo de visitar la carnicería.
Tuvieron que pasar muchos meses pero un día sucedió. El taita consiguió un laburo y fue a
yugarla al puerto mientras el otro se quedó apoliyando, acunando su ya crónica fiaca hasta que
un deslumbrón del sol, que entró abriéndose paso a la fuerza por alguna de las numerosas
rendijas de las paredes de chapa del rancho le hizo abrir los ojos. Ahí, de espaldas, estaba ella preparando el mate y el trasluz de la ventana a la que había quitado un cartón, hacía que el
percal de su vestido se tornara casi invisible.
No viene al caso relatar lo que ocurrió después, que por otra parte ya todos lo estarán imaginando, pero a partir de ese día la china era menos cariñosa con su garabo y comenzaron a surgir desavenencias (encontronazos, me dijo el taita en sus confidencias) hasta que la luz se hizo un hueco y penetró iluminando el entendimiento del guapo.
No era tanto la actitud de ella lo que le dolía, sino la acción del otro al que le había abierto las
puertas de la amistad y lo traicionaba malamente. Por eso el desafío y el cuadro que se
presentaba a la luz de la luna en ese descampado, donde 2 hombres estaban frente a frente
para dirimir sus diferencias. El otro, conocedor de la bravura del taita, alegó estar desarmado.
“Tome mi poncho, no se aflija; si hasta el cuchillo se lo presto”, le espetó tranquilamente el
guapo, agregando que tenía de sobra con el cabo del rebenque. Hoy es día para matar o morir
y no me achico, como nunca lo hice; hoy… veremos quién es hombre y quién es maula.
El vertiginoso vuelo de un cuchillo reflejó en su acero el relumbrón de la luna, mientras se
escuchaba el rabioso grito: “tome… abaraje si es de agaya”. Después…. pudo observarse a dos
hombres alejándose en sentido opuesto.
El taita, mientras limpiaba en el yuyal la hoja del cuchillo, pensaba que su honor de guapo le
impedía matar indefenso a un hombre mandria que se negaba a pelear. El mandria se retiraba
sangrante y dolorido por la marca que luciría para siempre delante de su china, el barbijo con
que el taita se cobró la ofensa.

 

1 comentario en “CUENTOS RELATOS Y MICRORRELATOS”

  1. El concertino de Maria Sanches No deja mostrarnos un breve recuento de lo sucede en el trajinar diario de una calle cualquiera en una gran ciudad donde el bullicio se confunde con todo sonido. Sin embargo el percutir sonoro el violin no pasara desapersivido para el lector ,mas cuando cierra el final de las notas acoredes a este relato.

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