CUENTOS RELATOS Y MICRORRELATOS

 

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Noviembre 2020 nº 37  

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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

COLABORAN: Magi Balsells (Barcelona-España).-Hugo L. Bonomo. (Argentina).- Maria Elena Camba (Argentina).-J. Félix Cruz Guitérrez (México).-Graciela Elda Vespa (Argentina).-Adrián N. Escudero (Argentina).-Mari Carmen Franco de Noce (Argentina).-Carlos González Saavedra (Argentina).-José Luis Insausti Urigoitia (Renteria-Gipuzkoa España).- José Lissidini Sánchez (Uruguay).- Jorge B. Lobo Aragón(Argentina).-Piedad Romo-Leroux.- (Guayaquil-Ecuador).- María Sánchez Fernández (Úbeda-España).-Gladys Semillán Villanueva(Argentina)

NOCHE AMARGA
Magi Balsells
Barcelona-Argentina

Al final ya término de llover, solo quedan los charcos producidos, por esta molesta lluvia
Se ha hecho de noche cerrada, hace frió y mas que frió esta humedad que se cala en los huesos y por mucho que te abrigues sigues sintiendo esta temperatura helada
Las calles están solitarias, no se ve a nadie, ni un solo coche, solo la neblina que atenúa las luces que hay en la ciudad,
No se por donde podré pasar, ya que todo esta encharcado quizás dando un salto llegue hasta la parte sin agua, vamos a probaron, menos mal supere el charco, pero que veo en el portal enfrente mío? Con esta oscuridad a una sombra que se asemeja a una persona, seguro que lo es ya que veo la chispa del cigarrillo que esta fumando, sigo mi camino y sin querer me vuelvo y veo que la persona que estaba en el dintel del portal ha salido y parece que viene hacia mi
Deberé acelerar el paso, no me gusta nada andar por estas calles, en cualquier momento puede salir algún desaprensivo que me robe o ataque, ya que este mundo esta lleno de sujetos muy raros que solo aparecen cuando las condiciones les son favorables como ahora, nunca a pleno sol siempre buscando la oscuridad para cometer cualquier delito, ya que saben que en esta situación llevan una ventaja importante
Oigo como unos pasos detrás mío, acelero el paso, pero las pisadas también aumentan su ritmo, no quiero correr pero no me gusta nada, el frió que antes sentía ahora recorre mi espina dorsal, noto que cada vez esta mas cerca, me parare y le plantare cara, aunque ya tengo mis años, aun conservo mucha de mi potencia, no me acobardara si solo es una persona
El dueño de las pisadas esta frente a mi, es un sujeto con aspecto poco recomendable, mas bien no es de fiar, va con vestimenta muy ajada y su cabellera se junta con una poblada barba, huele a alcohol barato tiende su mano mugrienta hacia mi con algo oscuro en ella, no vislumbro que es, temo lo peor
No me dice nada esta parado frente a mí y yo le pregunto
-¿Qué quiere? ¿Por qué me sigue? No llevo nada de valor
– lo que sea no se lo voy dar, déjeme en paz o gritare
– no lo haga, no ganara nada, estamos solos
-pues dígame que quiere de una vez
-muy fácil devolver su cartera que se le cayo cuando salto el charco
Me quedo un sentimiento de vergüenza, quiero recompensarlo, pero ya no esta se marcho,

HISTORIA DE MI AMOR POR AMANDA
Hugo L. Bonomo
Santa Fe- Argentina

Como todas las historias, para comprenderlas, primero hace falta una pequeña puesta en escena para interpretar la situación, y la necesidad emotiva de narrarla.

A partir de la pandemia, que afecta al mundo y, por ser persona de riesgo y no tener mucha movilidad por un grave accidente sufrido hace años; llevo más de seis meses sin asomar la nariz a la calle ni recibir gente que ponga un poco de orden y limpieza en mi casa; que era la de mis viejos; antigua y muy grande.

En armonía con sus dimensiones, tiene un patio que, en principio, era totalmente embaldosado, con las típicas baldosas anaranjadas que, con el tiempo, se fueron deteriorando. Llegó un momento en que era necesario solucionarlo, y, por una razón de gusto y económica, dejé una parte de tierra, limitada por un borde ondulante de cemento que daba paso a un piso de hormigón, que contaba con juntas de dilatación, para evitar su resquebrajadura. Como detalle hice pintar el hormigón de celeste y el borde ondulante de amarillo; imaginando la tierra y su límite con el agua.

Fantasías aparte; todas las mañanas, abría la ventana de mi dormitorio, acercaba una bicicleta fija, y, mientras hacía ejercicio, tomaba sol, para asimilar vitamina D; por indicación médica, como defensa contra los virus.

En esa rutina diaria, observaba como el patio, por la falta de mantenimiento, se tornaba cada vez más desprolijo, y la maleza comenzaba a competir con las plantas que se habían elegido para cuidar. Inclusive, en la parte de cemento, pequeños yuyos aparecían en las juntas de dilatación, en los lugares en que había quedado un pequeño espacio, que daba acceso a la tierra.

Todo el patio, inclusive las pequeñas malezas que lo iban invadiendo, formaban parte de mi visión, diaria y repetida, que no ofrecían ningún atractivo especial para mi rutina habitual; excepto el verde repetido en cada uno de los vegetales que iban conquistando la totalidad del patio.

Un día, mi visión amplia y extendida hasta el final del patio, se aproximó a la ventana y observó una maleza, que había logrado nacer en una raja un poco más amplia, estaba creciendo más que las otras, cerca de la ventana.

A partir de ese día, pasó a ser el vegetal que atrajo mi atención de todos los días.

Era una planta  que reunía todas las características de las malezas indeseables y, sus hojas, la forma menos armoniosa que los humanos pretenden encontrar en un vegetal. Desde su nacimiento, a ras del suelo salían tallos espaciados, de los cuales nacían varios tallos menores, de los que salían  hojas, con puntas y formas, totalmente agresivas.  En los espacios que no había hojas: espinas largas y muy puntiagudas, completaban la imagen de esta maleza del terror.

Pero era la más grande, y estaba cerca de la ventana, así que, todos los días, me acostumbré a mirarla; tal vez porque, en definitiva, me identificaba con ella; era una planta preparada para estos tiempos, tan fríos y agresivos.

Y pasaron muchos días y, no se como, seguía creciendo pese a las pésimas condiciones que había elegido para nacer. Yo pensaba, a pesar que nunca he prestado demasiada atención a las plantas; por lo que es, demasiado es lo que tiene.

El comedor diario de mi casa, está separado de la construcción principal, al costado del patio, debajo de la terraza, por lo que tengo que salir, atravesar un pequeño patio, y pasar frente a un paso que comunica con el patio grande, justo frente a donde creció la despreciable maleza. Un día, yendo a desayunar, cuando pasé por allí, observé, en su parte superior, algo pequeño y blanco. Pensé que era algo que el viento había trasladado y se había enganchado en alguna de sus numerosas y afiladas espinas.

Cercano el mediodía en mi rutina de sol en la cara y ejercicios con bicicleta fija, presté atención al pequeño objeto blanco, al tope de la planta; era una pequeña flor, blanca, todavía pimpollo, pero tan suave y delicada que producía una emoción muy especial ver el sutil alumbramiento que había producido una madre tan tremenda. ¿O su aspecto y sus afiladas espinas eran para defender su suave y tierno retoño?

A partir de ese día, se produjo un cambio en mi visión, y mis sentimientos, hacia la planta, que acompañaba cada uno de mis días de encierro, y se había convertido en la compañera, que compartía mi vida.

En muy poco tiempo aparecieron dos o tres críos más. Muy pequeños y delicados, con una corola muy especial, de un pétalo único, blanco y muy delicado, como una tacita, que rodeaba a estambres y pistilos amarillos, pero, hasta los tallos más pequeños, que sustentaban cada flor, estaban rodeados de pequeñas, finas y afiladas espinitas que protegían a cada uno de sus retoños.

Era un día soleado de otoño, cuando estaba practicando mi rutina diaria, y ella, con sus cuatro ó cinco hijitos recién gestados en su cima, abría sus ramas al sol, para que no haya algo que se oponga a que, ellos, reciban la bendición de la calidez y la luz vivificante de sus reconfortantes rayos.

Al caer la tarde, sentí deseos de comer una banana y, para hacerlo, tenía que pasar por el acceso al patio grande y, como les conté, justo en la dirección en que se encontraba la planta, antes de la puerta del comedor diario. Era un clásico día soleado de otoño en los que, durante el día, parece verano, por el calor del sol, pero, al anochecer; refresca. No era habitual que yo fuese, antes de la noche, al comedor diario, pero ese día todavía había luz, y pude, al pasar mirar la planta, y notar algo extraño en su forma; lo que me hizo acercar para observarla. Si, había cambiado su forma.

El sol se había ocultado, ya hacía un tiempo, y la temperatura había bajado considerablemente; se puede decir que casi hacía frío, y, ella, que disponía sus ramas horizontales, para que sus críos reciban, plenamente la luz del sol, ahora las había elevado, formando una casita y un techo, para taparlos y protegerlos del frío.

Fue en ese momento, ante esa maravillosa comprensión y en ese acto sublime de amor, sabiduría y sensibilidad vegetal, que me enamoré de la planta.

Se convirtió en mi amada, y la llamé Amanda.

En ese instante, y a partir de Amanda, viví acompañado del amor pleno, de la alegría y de la maravillosa música de la naturaleza, que acompañaba cada uno de mis días, todas las  veces que abría la ventana y compartía, con ella y sus retoños, una parte de mi vida.

Fue hace pocos días. Una noche, la naturaleza liberó sus injusticias guardadas, y lo mostró desatando un tremendo temporal de agua y fuerte viento, que venció el precario sostén de su existencia, y tronchó la vida de Amanda.

He comprendido, a la madre naturaleza, porque no podía saber que su rebelión, por los atropellos sufridos, podían ocasionar una injusta doble tragedia, ya que Amanda, también, había logrado redimir a la naturaleza, venciendo al cemento, generando vida y, en este caso excepcional, encontrar un hombre que la amaba y con el que compartía su existencia.

Este hombre, mientras trataba de superar su inmensa tristeza mirando el cuerpo tendido de su amada, rescató partes vivas del cuerpo de Amanda, y las llevó a vivir a lugar seguro y confortable para que pueda perdurar su existencia, y seguir compartiendo sus vidas en amor y armonía, acompañados del silencio musical de la naturaleza.

Ese hombre soy yo, y la historia de mi amor por Amanda, aunque ella  no esté, será infinita.  

Largos días después, Amanda permanecía tendida sobre el piso, con sus verdes cada vez más secos. Mis visitas al patio eran diarias, solo para mirarla y maravillarme con todos sus atributos, que habían hecho enamorarme. Y cuando consideraba que el recuerdo era un privilegio humano, veo entre sus ramas mustias, perfectos besos, rojos de amor, que Amanda había enviado desde el verde cielo donde, seguramente, estará contenta por haberme podido hacerme sentir su amor, y mostrarme que mis sentimientos, y recuerdo infinito por su existencia, no tienen límites ni fronteras.

PUNTO FINAL
María Elena Camba
Argentina

Paso a buscar a Lucia por su casa. Quedaba en la calle Armenia, justo enfrente a la plaza. Amaba ese barrio con sus calles arboladas, sus barcitos y ese toque de bohemia inconfundible. Las marquesinas de los negocios anunciaban las liquidaciones, a pesar de que hacia menos de un mes que había cambiado la estación.

Camino tranquila, disfrutando el paseo. Últimamente los otoños en Buenos Aires eran espectaculares, mas secos y soleados. ¡Cuánto le habia costado recuperarse!. Ya no sentía esa sensación de pánico. Le había llevado más de un año lograrlo.

Su amiga la estaba esperando en la puerta. Decidieron tomar algo en Janio, el bar estaba repleto. Consiguieron una mesa afuera. Los turistas caminaban con sus guías y planos desplegados, intentando orientarse o preguntando a algún transeúnte. Palermo se había convertido en una torre de Babel, se escuchaban voces en todos los idiomas, aunque la mayoría eran alemanes o franceses que seguían apostando a visitar esta parte del mundo.

Siempre que se juntaban evitaban hablar del tema pero hoy se cumplía un nuevo aniversario del juicio y Anita precisaba desahogarse. Parecía mentira que hubiera pasado tanto tiempo. Lucia, como siempre, banco a su amiga y la escucho

  • Nunca más me va a pegar, ni a mí ni a los chicos.¡ Me costó tanto reaccionar!. Llegue a pensar que yo era la culpable, que le hacía daño. No me maquille más, usaba ropa suelta. Pero él estaba enfermo de celos y seguía agrediéndome. Hasta deje mi trabajo de instrumentadora en el Sanatorio Agote. ¡Con lo que me había costado llegar a jefa de piso!

  • No toleraba que te llamara ningún hombre a tu celular. Dejaste todo por el Anita, hasta te celaba de nosotras, tus amigas. Pensar que cuando lo conociste era un hombre tierno y complaciente. Nadie podía creer en lo que se transformo

Anita recordaba cada detalle como si hubiera pasado ayer. Sus escenas de celos en la calle cuando otros hombres la miraban, su control constante, como le revisaba todas sus cartera y su agenda buscando algo que la comprometiera.

El día que le puso la mano encima a Pablito ya no lo tolero. Ella intento defender a su hijo. Entonces Ernesto le dijo cosas obscenas, le pego un cachetazo delante de toda la familia. Ese fue el fin. Se fue con lo puesto a la casa de sus padres.

La voz de  su amiga interrumpió sus pensamientos

  • Menos mal que te decidiste a hacer la denuncia y que encontraste un buen abogado que llevara el caso. Un año preso. Lo tendrían que haber dejado adentro toda la vida.

  • Si, que se pudriera en la cárcel. Ya pasaron tres años desde que lo dejaron libre, es increíble. Debe andar por ahí repitiendo la misma historia con otra. Por suerte no supe más nada de él.

  • Mejor nos olvidamos del tema. Haceme caso, borratelo de la cabeza, ya fue.

Llamaron a la moza, pagaron la cuenta y partieron. Era hora de hacer un poco de shopping antes de que cerraran los negocios. Cruzaron Honduras para ver un outlet. Después, si quedaban ganas, irían al cine.

Estaban por entrar a un local cuando Anita sintió como la agarraban del brazo y la tiraban para atrás. Pensó que querían robarle la cartera y grito.

Se escuchó el disparo. Ella cayó al suelo. Lucia se arrojó al piso para ayudar a su amiga. Llego a reconocer a Ernesto, que se alejaba corriendo hasta perderse entre la gent

BRACERO
J. Félix Cruz Gutiérrez.
México

-¡Yo te lo dije hijo, no te juntes con esos amigos, pero nunca me escuchaste?

Preferiste a ellos que los consejos de tus padres y mira hoy te medio estamos enterrando, porque solo encontramos pedazos de ti, nos dijeron que te habían dejado allá en la barranca tirado despojado de todo sin nada que te identificara, dimos contigo por aquel tatuaje que te hiciste con letras chiquitas, cuando estuviste en el norte de estado unidos, con el nombre de tu madre y mío en el pecho al lado del corazón, y que aquella vez que me ayudaste por última vez a cercar el potrero al quitarte la camisa te lo pude leer, “Vicente y Juana, my daddys” y esa vez me dijiste que nos llevabas en el corazón, y te creí, pero hoy veo que a lo mejor te cansaste de querernos, te enfado la miseria en que vivíamos, y te absorbió el medio, de por si ya traías otros modos de los estado unidos, te veía desesperado angustiado y te consolabas al reunirte con los que mostros sabíamos que eran mariguanos y drogadictos, y te perdía por varios días, tomando con ellos, fuiste perdiendo tu vergüenza, sin darte cuenta que la de nosotros aumentaba,  al grado de salir poco de nuestra casa por el temor de que los vecinos nos señalan por tener  a un hijo del cual presumimos nosotros que eras bien trabajador, y que incluso las muchachas del pueblo siempre me preguntaban por ti, con la esperanza de que a lo mejor les echabas un lazo y albergar la posibilidad de casarte con alguna de ellas, pero ahora la vergüenza nos castiga. vaso

Más sin embargo las gentes del pueblo son respetuosas y saben que nosotros no tenemos culpa alguna, porque hasta donde pudimos darte lo hicimos bien, solo que cuando ya te decidiste a tomar por tu cuenta el camino de la vida fue que a lo mejor torciste tu destino, por que los maestros del pueblo tenían en ti muchas esperanzas  cuando saliste de la primaria con buen promedio, de la secundaria no se diga; y ya en la prepa de plano el futuro para ti era enorme, como enorme era para nosotros el orgullo que sentíamos al saber que ya eras todo un hombre y que seguro serías un gran profesionista, pero ya vez te entró el gusano de irte pal norte y te fuiste, después que hiciste comparaciones con tus primos y amigos del pueblo que unos ya eran maestros otros abogados e incluso el medico Alejandro Merlan, que estaba haciendo su servicio en el centro de Salud, eso no te vasto para que siguieras estudiando o te dio miedo de enfrentarte con todo y nuestra pobreza a seguir el estudio.

Recuerdo que me dijiste que trabajarías para darnos una casa bonita y tener mejor vida, pero yo te dije que no necesitábamos nada de eso, no te importo y te fuiste pal norte, mandaste dinero, te compre un terreno, te hicieron la casa bonita que querías, y aunque nos insistías que nos fuéramos a vivir ahí, no quisimos por que la sabíamos tuya y cada que venias de vacaciones hacías tus fiestas e invitabas a tus amigos y ya en tragos les decías, que para que estudiar tanto si en menos de tres años tu ya tenías tu casa y que el Doctor Merlan apenas si le habían asignado una media plaza en un hospital, y que tenía que rentar ganado bien poco.

Te me volviste soberbio,  yo lo notaba, como también notaba que tus amigos te daban por tu lado, porque si no lo hacían corrían el riego de perder tu amistad y preferían tomar a tus costillas a que les costará a ellos. Comenzaste a hacer menos a la gente y a los maestros del pueblo, tus dolaritos te rendían bien, ya que te compré unas vaquitas en lo que estuviste en el norte y se dieron bien, luego te compré también tus seis toros de monta, para los jaripeos y se rentaban bien, pero cuando tú llegaste del norte te me volviste insoportable, me restaste el respeto con las gentes que yo trataba al ponerte al frente de mi, y te deje que lo hicieras, aunque después yo hablaba con esa gente para que no se sintieran mal.

Tu madre nunca te lo dijo, pero la muchacha que llevaste a vivir contigo, una vez la maltrató, y fue por eso que ella ya no iba a tu casa, siempre poniendo el pretexto de que estaba muy ocupada, pero no era así, ella lloraba por las noches pidiéndole a Dios que te protegiera en donde anduvieras, a mi me decía que no te dejará solo, y yo también la engañaba que estaba contigo, para que estuviera calmada, pero no era sí, tan no era así que hoy te estamos medio enterrando.

Cuando llego el ejercito para hacer el cateo a las casas del pueblo de Almoloya, la gente se refugio en sus casas cuando se escucharon las ráfagas de las armas de los militares y policías que iban apoyando esa orden judicial, con los disparos que salían desde el interior de la casa de Ramiro Sánchez, que era el que tenía el control de la mayoría de los taxis locales del pueblo, así como las camionetas de pasaje, al cesar los disparos, entraron los militares y sacaron a cuatro hombres entre ellos iba Ramiro Sánchez, a los cuales esposaron y condujeron a la cárcel de Iguala, para llevarle su correspondiente Juicio Penal.

La señora Nadia Bustos, esposa de Ramiro, fue a ver a Don Vicente Cárdenas, para que le hiciera el favor de comprarle unos toros de reparo, por que le dijo su esposo que el licenciado que le llevaba el caso necesitaba dinero, y fue que Don Vicente le dijo que le iba a hablar a su hijo Isaac que estaba en el norte y que le resolvía en la tarde. Fue así que Don Vicente le compró los seis toros a Isaac.

Arrepentido estaba de hacerlo ahora que estaban en el panteón enterrando a su hijo, ya que esos toros le trajeron la desgracia, decía su esposa, cosa que siempre le recriminaba, por que según se rumoraba en el pueblo que Ramiro se había hecho de dinero gracias a negocios turbios y fue por eso que el ejercito fue por el en aquella mañana que se lo llevaron preso.

Su mente  recorría pasaje a pasaje como película interminable, queriendo encontrar en donde estaba la falla para arrancar ese capítulo y borrarlo de esa cinta,  aunque luego se resignaba al darse cuenta que de nada servía, ya que aunque encontrara el error no le devolverían la vida de su hijo Isaac.

Volvió a la realidad, con su conversación interna, cuando escuchó a su esposa que le dijo que le echara un puño de tierra a la caja por que ya lo iban a sepultar y como autómata se agachó y con su mano tomo un puñado de aquella tierra santa  y con gran triste cumplió con esa amarga tradición de echar la primera tierra sobre el ataúd de su muerto. Esa tierra que espera pacientemente a los hijos del pueblo, sin importarle si es pobre o rico, con o sin profesión, ella, cubre todo, llevándose  a sus entrañas todo, tapando de esa persona las vergüenzas, las ofensas, o aquellas acciones buenas, allí yacen todos sin molestarse el uno para el otro, todos con-mueren pacíficamente.

Vicente se quedó sin darse cuenta, solo, en el panteón sobre la tumba de su hijo, nadie hizo por animarlo para bajarlo al pueblo, a la que si se llevaron fu a su esposa, que lloraba inconsolablemente y al desmayarse la tuvieron que llevar al Centro de Salud, para ser atendida por el Doctor Merlan.

Ya no se escuchaban voces ni llantos, estaba por oscurecer cuando Vicente alzó la cara y se dio cuenta que estaba a su lado un grupo de hombres armados y cubiertos de su rostro, que después de conversar, comenzaron a escarbar sobre la tumba y enterraron un envoltorio.

Ahora ya estas completo pero de que me sirve Isaac, si se lo cuento a tu madre, a lo mejor le trae un poco de consuelo, como el que ahora siento, pero la verdad, me apagaste las ganas de seguir en esta vida, mis ilusiones se han ido en éste día, no hay rumbo, ya no tengo camino, mis pasos los siento muy pesados, mis ojos arden, mi corazón se siente hueco, mi respiración ya no tiene esos olores que me daban vida, hoy parece que me ahogo, lloro… Yo que no se llorar, lloro, me da rabia, coraje, pero ese coraje que no sirve, te acuerdas del coraje de nuestro coraje por salir adelante, pues no es de ese, o ha lo mejor no se le llama coraje, tal vez es la impotencia, pero sabes, se me destruye al pensar en Dios.

Cuando dirijo mi pensamiento a Dios, pereciera que ahí encuentro calma, y siento la necesidad de dejarle todo a él, por que yo creo que él sabe por que pasan las cosas y además platicando con mis otros muertos, ya te encargue a ellos.

Así que si tuvieras otra oportunidad allá en donde estés, estoy seguro que tomarás en cuenta los consejos que te dimos. Y con pasos lentos y cabizbajos caminaba rumbo al pueblo, cargando las sombras de la noche en su espalda.

 

CON LA CABEZA LLENA DE PÁJAROS
Graciela Elda Vespa
Argentina

     -¡Man…! ¡Man…! ¿Niña Cuándo vas a escuchar y hacer lo que se te pide?
        -¿Qué, qué me dijiste?
           -¿Siempre en el extra mundo! Pareces una abombada. ¡Manu, tienes pajaritos en la cabeza!
            Manu nació en primavera, con el color de las hojas amarillo verdoso de los primeros brotes; calmo, limpio y suave de la brisa que desdibuja el frío y alienta con hálito   tibio el aire del campo. Manu, pequeñita y frágil. Fue la única mujer entre ocho varones. Mis padres, campesinos analfabetos y tranquilos, la recibieron confundidos.  Una fémina entre tanto hombre…, toscos, bravucones, intensos y arrebatados. ¡No sabíamos cómo tratar a la niña!

            Creció como educada por manos ásperas pero deliciosas. ¡Nunca un grito, una palabrota, un enojo! Cuidada como copa de alabastro, era un pequeño cristal que se podía quebrar con el más leve movimiento.

            Entonces adiós a los chicos alborotados, peleadores y groseros.  Ya no peleábamos y sólo afuera de casa o en la escuela y fuera de su mirada que escapaba hacia el cielo, siguiendo el rumbo de los pájaros. Nunca cerca de su mirada melancólica, según decía madre, podíamos asustarla.

            Cuando comenzó a caminar, todos detrás de ella para evitar que se fuera de bruces al piso, parecíamos una larga fila de hormigas…todos atrás. No se puede raspar o algo que se marque en su piel de azucena. Su piel de seda pálida brillaba por un color de damasco que maduraba lentamente. El cabello largo y ondulado bajaba sobre sus hombros con suaves rulos y caían por la espalda y la serena frente amplia. Piel con brillo de fiesta permanente; pestañas largas sombreando las mejillas siempre rociadas por alguna pícara lágrima que se escapaba de sus ojos grises. ¡Nunca supimos por qué! 

           La bautizaron con el nombre de Manuela. Y fue una fiesta inolvidable. Todos hablan en la feria sobre ese día. Sobre los ricos dulces caseros y pasteles que hizo mi madre y la madrina.
           Así fue creciendo. Subía a un árbol, en cuya horquita papá le había fabricado una especie de nido y allí se quedaba como soñando, horas, canturreando.
           Cuando la llamaban a comer o a dormir no contestaba. Según mamá y alguno de nosotros, tenía pajaritos en la cabeza.
           Un día, cuando cumplió doce años le dijo a mi hermano Alfredo que en su cabeza había un piar insistente de aves. Se moría de risa y curiosidad. Mas, luego, comenzaron  a salir de entre su cabellera los picos y cabecitas de pájaros de diferente tamaño y color.
           ¡Y sí, tenía cientos de pájaros en la cabeza! Como si de eso fuera poco, ya no bajaba del árbol.
           Allí se quedó y ahora vuelan a su alrededor los pájaros más bellos del campo y de la aldea.
            ¡Manu, realmente tiene pájaros en la cabeza!

VIERNES 13
Adrián N. Escudero
Argentina.
(Desazones cotidianas)
A lo inescrutable…

¿Qué estoy pensando?, me pregunta mi Página de Facebook…

Pienso… Pienso que hoy es Viernes 13, y un joven imprentero -ahora lo compruebo: aprendiz a editor sin dudas- me hace (luego de 5 –sic- meses de trámite editorial colaborando con un colega de cierta edad, y a fin de proveer -en fraterna amistad- a la feliz edición de su interesante libro de Narrativa, tipo “Obras Completas”), me hace, digo, desde su empresa librera y celular mediante, dos insólitas preguntas, y aunque no se crea: Sí, la primera interrogaba acerca de si «el laminado de Tapa (del libro, va) es con brillo o mate»; y la segunda, si «el papel impreso -del libro- es (de tinte) blanco o ahuesado»… Ello, ¡a 5 (sic) meses del contrato suscrito y con Cinco (5) (sic) Pruebas de Galera corregidas, pago del 50% por parte del atribulado Autor, y recibo mediante a modo de eficaz presupuesto! (“¡Asombroso!”).

Sabía que era 13 (Viernes) y que algo iba a pasarme, lo sabía (“¡Aaajjjhhh!!!”). Y que sin salir de casa y por algún lado, algo o alguien, me habría de hacer salir de las casillas (las que, con motivo del agote pandémico actual saben estar revueltas ya de por sí)… Algún incrédulo de la kabalá de los números nefastos, me dirá: “Es mental, viejo. Es mental… Estás predispuesto… El Universo te lee las vibraciones de cuerpo astral y te responde en tu medida y armoniosamente… Culpa tuya, viejo. Culpa tuya…)”…. “¡Gruuu!”, y me dio una bronca, porque el Misterio es tan “misterioso” (inescrutable, digo, en sus designios, aunque muchos nieguen los ancestrales conocimientos advenidos de horóscopos, tarots y lectura de manos, etc., provenientes de aquellos tiempos –prima facie- oscuros y post cavernarios –e incluido, de hecho, a los imperios persas, egipcios, griegos y romanos- donde la ciencia estadística y probabilística de la que en la actualidad usan y abusan los políticos del mundo, o en Argentina al menos (“a boca de urna”), me parece, ni siquiera imaginaban posible en su mítica, mágica y mística concepción del cosmos)…, insisto, tan misterioso, tan enigmático, que, a lo mejor, mi amigo tenía razón…

Y entonces, recé al mediodía el Angelus, y salí en mi auto paciente y prudente junto a mi esposa e hija interesada en el asunto que nos impulsaba a llevarla: esto es, a buscar una correspondencia urgente en la Empresa de Transportes OCA S.A. (Filial local) –y disculpas por la propaganda; pero es que abonan la gentileza, ¡ja!-, para dejarla luego –a ella, a mi preciosa hija- sana y salva en su hogar céntrico –nuestro yerno, trabajando, por supuesto- …

Pero todo el trayecto sin dejar de pensar que, al día siguiente, cuando el maldito 13 se muriera como si no hubiere existido jamás (aunque sin él no habría podido escribir este relato a modo de litúrgico exorcismo… “¡Hummmnnn! ¡Qué desazón hubiere sido!”), una horda de albañiles e improvisados capataces invadirían mi añoso hogar, todo queja desde hacía varios años, y deseando chapa y pintura por todos lados y, en particular, a los fondos, donde era imprescriptible anular esos “agujeros negros” que, los numerosos, imperturbables y sapientes chinos (para lo bueno y lo malo), aconsejan difuminar ordenando el caos de una cultura gringa que había construido, acullá, y para los amigos y parientes que arribaban a “la América”, caserones entubados tipo conventillos… Y que, entonces, uno debería sí o sí madrugar -jubilado como estaba de tantos afanes laborales financieros y culturales- para atender y controlar las obras materiales contratadas.

O segunda bronca y de tipo anticipado, sin necesidad ni de un positivismo científico ni de alquimias extrañas. Pero cuidado: alertado como estaba por mi buen amigo, uno se iba instalando de a poco y haciendo chistes al volante, y gala además de una franciscana serenidad, y diciéndose en voz baja y forma reiterada: “todo es mental, todo es metal, todo es mental…”.

Sí, a lo mejor el disgusto con la Editorial podría haber sido una penosa y casual causalidad de la ignota sinergia del dios Cosmos… Cosas veredes, Sancho, que non crederes… Tranquilo. Lo de la Editorial ya está solucionado. Lo de los albañiles, también: descansaría un rato más –aunque no mi esposa quien y según ella, y desde pequeña, dormía siempre como los gallos, “con un ojo”, ¿vale?- porque, mientras esperábamos a nuestra hija instalada en OCA S.A. (y ya van dos veces que la nombro, porque unos pesitos siempre vienen bien), me habló por el celu uno de mis varones gauchos, y me dijo que me daba una mano con el control de los “muchachos del cucharín”… Así que suegra y nuera podrían beber orondas “la bebida de los pueblos fuertes” (que no es el vino, como ustedes mal piensan, sino… ¡el mate criollo, ahijuna!¡Y sin azúcar, ándale! ¡Coños! -nótese al respecto el sabor criollo mixturado con las raíces hispanas del suscrito-).
Pero
Pero…
Pero no va que ni bien arribo al garaje de casa y ya de vuelta del periplo familiar gestionario, el número 5, (ese… ¡otro!) el del disgusto (porque la tabla aprobada desde niño en la primaria no falla; les recuerdo: uno, conversarás: dos, desencuentro; tres, encuentro; cuatro, noviazgo o amistad; cinco, disgusto, seis, noticia; siete, piensan en ti; ocho, celos, nueve: lo verás y diez: te ama y conversará con él/ella… ¿Vale?)… estaba clavado al final de la cifra del cuenta vueltas… ¡O disgusto en puerta, nuevamente! ¡Dios!
¿Entonces?
“Mamá, agarrá el termo y el mate; tengo un cinco. Un cinco. Y ya sabés… Ese no falla. ¿Vos lo sabés, verdad? Aunque lo hayas negado un millón de veces, ¿no? Así que, si juntás este 5 esperando quietito en el garaje y el 13 que nos depositará mañana en un infierno de ruidos, golpes, caños, escaleras, pinturas, gritos de alerta de los obreros, residuos de cemento y arena, y…”. “Está bien… Esperá… Esperá un poco, por favor. Vuelvo rápido. Estacionalo bien afuera, y ya traigo todo…”.

“Disculpá, ¿viste?; pero así, hacernos otras gauchadas y cambiamos la suerte… ¿Te parece? Don José Romero me pidió que averiguara si el único libro de cuentos de su cosecha, publicado en CABA que le queda, puede ser reproducido noblemente por la gente de la Librería y Editorial cercana a nuestro barrio Constituyentes… Vamos y averiguamos. Porque plata para una reedición y a sus noventa años…, imposible. Y también, a unos metros más allá, sobre Boulevar, podemos comprarle el diario de ayer; me dijo por teléfono que el 12 de este mes, al cumplirse un nuevo aniversario del fallecimiento de Elena, su querida esposa (y de un cáncer maligno fatal y muy doloroso), había sacado en el vespertino local un hermoso recordatorio y publicado, en su homenaje (faltaba más para un artista como él), un poema de su autoría y de cuando era mozo, allá en Sevilla, a poco de emigrar por las razones que ya sabés… Y viste que yo le guardo todo al andaluz… Es un maestro… Y ese revistero sabe tener diarios del día anterior… Aunque con esto del on line…”.

(De hecho me anticipo a informarles que… tampoco el famoso revistero tuvo un ejemplar al menos del diario que luego, buscaríamos infructuosamente por toda la ciudad. Habría que ir en ocasión más propicia, hasta las oficinas del Diario capitalino, cuya sede se emparentaba con las veredas vecinas a la Estación de Ómnibus de la ciudad).

«Está bien… Esperá… Esperá un poco, por favor. Vuelvo rápido. Estacionalo bien afuera, y ya traigo todo…”, había dicho. Y así lo hice. Esperé. Esperé confiado con la estoica serenidad de un astronauta que, mi amigo, me había contagiado… Lo que das, recibes. Pienso bien, me irá bien…
Pero…
Y mamá (mi esposa) que se demora… El sol en Santa Fe pega fuerte al mediodía aunque sea primavera… Y al aire acondicionado del auto no podía tenerlo funcionando con el motor apagado para ahorrar nafta (hubiera podido, pero… -otro pero…-)… Así ni con las ventanillas abiertas podía respirar… Demoraba… Paciencia. Mi amigo tiene razón. Todo es mental… De paso, tomaba algo de sol; esos minutos que los médicos aconsejan “tomar” (al igual que el somnier que, claro como era 13, apareció con una mancha voraz en los extremos, como si alguien hubiera derramado una taza de café con leche, ¡Ja!)… Pero retomo: esos diez minutos por día y para alcanzar, asimismo, con ejercicio sicofísico acorde a la edad, un buen sistema neumonológico; ello, y sobre todo, en estos tiempos de virósica pandemia china preanunciada por un sospechoso enviado del pool de laboratorios mundanos, y que, mediante los medios adecuados a sus ominosos fines, agitaba proféticamente y desde las sombras de una hipócrita fama de filántropo universal, las aguas catastróficas de un inminente Nuevo Orden Mundial por venir…

Había dicho: “El Apocalipsis no vendrá por una guerra nuclear, sino por un virus…”. Y hasta el dibujo del virus que mostraba en su estrado de (¿extraño?) disertante y falso gurú telemático (malthusiano, dicen) , envarado frente aquel auditorio de clones salidos del ITM, tenía la misma imagen (la de un micro meteorito puntiagudo) que, al cabo, ratificarían los médicos especialistas del planeta, y cuya estampa real se haría famosa todos los días de todos los días, en todos los meses de todos los meses, y en un mundo porfiadamente acuarentado, confinado, amurallado y secuestrado en sus libertades más dignas debido al “infortunado desliz” de un biólogo asiático que, junto a otros bienhechores de la Humanidad europeos y americanos, buscaban desde Asia, dicen, un remedio contra la Haemofhilus influenzae (Hib) o mal semejante, qui lo sá… (fruto malsano de la histórica, irreverente e impiadosa concupiscencia humana, y a no -separado a-no- dudar: ¡Ja!…).

De hecho, cualquiera que formulara ciertas hipótesis que condenara lo sucedido, y formulara hipótesis más o menos fundadas acerca del inicio de la Tercer Guerra Mundial de tono bacteriológico, y en cabeza de este demonio denominado Covid19, de esta Corona del Mal liberada o sustraída a la Caja de Pandora que los hombres de pie de barro tenían en sus bodegas venenosas, mientras jugaban, impúdicamente, a ser a dioses, pero de barro también (confrontación ya alertada desde el fatídico Cambio Climático Mundial, la política de lanzamiento satelital para engrandecer el Poder del Gran Hermano, la creación de las Fuerzas Armadas Espaciales, y la gestación de drones de guera y armas misilísticas láser, apoyado todo por Acuerdos non sanctos e interpotencias, con el objeto de higienizar «democráticamente” al planeta), sería tenido –ese cualquiera- como falaz complotador ideológico de arriba o de abajo, de izquierda o de derecha, de centro o de afuera, no importa…

Y mientras estas absurdas cavilaciones hacían mella a mi cerebro, a puro guapo contenido en una especie de esperanza forzada por el buen consejo de mi amigo, lo cierto es que mamá (mi esposa) se demoraba… Y no tardé en llamarla por el móvil para enterarme por qué lo hacía. Porqué tardaba tanto en preparar el mate y el termo para…

“Disculpá querido. Me pongo un poco de pancutan y voy; ya voy. Este termo ya no sirve más y te quemás aunque lo agarrés bien… Ya puse el agua en el otro. Aguantame un poco más…”.

Un poco más… Un poco más… El que piensa bien, recibe bien… Todo es mental… «¡Pura patraña eso del viernes 13 y del número 5 en el cuenta vueltas del auto…! ¡Patrañas! Pura diabólica blasfemia!”.

Y yo esperaba… Y el sol me quemaba los brazos en la misma zona –pude comprobarlo- en las que mamá (mi esposa) se los había quemado con el termo importado al cabo de unas vacaciones en el Uruguay… Un inconsciente (¿otra casual causalidad?) solidaridad matrimonial… Me sonreí…

¡Ja! Volví a hacerlo cuando ya íbamos -pues- en camino de la Librería de Boulevar… Sonreía casi tontamente cuando ella volvía a describirme, hasta el último detalle, su molesto percance culinario, y en tanto yo controlaba que, con el susto, no se hubiera olvidado el barbijo como en la primera vuelta que hiciéramos con nuestra hija y por el tema de OCA… (¿Ven? No hay dos sin tres: ¡qué ilustre –sabia- la sabiduría popular!).

Así que bueno, y hablando de tres, no solo el asunto del libro de don Romero ni de su obituario periodístico, sino que habría -de pronto- una necesaria parada en el supermercado de la zona…

“Vuelvo rápido”, me dijo… “Me falta soda y algunos ingredientes para los tacos mexicanos de esta noche; creo que viene Esteban con los chicos…”.

“Dale, pero mirá que no pude estacionar a la sombra, y ya son como las dos, y el sol está bravo, ¿eh?”.

“Síiiii…”. Dijo; y desapareció tras la puerta del Mercado luego de ser chequeada ante la posibilidad de fiebre -virósica- y de barbijo -virósico- bien colocado… De a uno por vez… Distanciamiento social… La prevención lo es todo…Me puse a revisar el celu… Facebook. Vaya, tenía mucha información pendiente… De todos modos, como lo pensado, no tendría mucho tiempo para consultar más que una decena de datos… Pero no fue así… Se demoraba… Otra vez se demoraba… Y el sol hervía…

Estaba sofocado. En el patio de estacionamiento del super no había sombra. “Me voy afuera; debajo de uno de esos árboles”… Y allí fui. Al reparo sombreado de una noble criatura pero de otra especie: la vegetal… Donde anidan los pájaros del cielo… Y las palomas… Las palomas… Cucú, cucú. Cucú, cucú…

Ocupado como estaba en sacarme (estirparme) de la remera verdiblanca (seguramente por eso las Criaturas de la Paz me habían confundido con el follaje del árbol), y a pesar del fuerte ruido que escuchara a poca distancia de donde estaba esquivando, caramba, los fines estiletes de febo que se filtraban tenaces por la hojarasca sombrillera, mientras sacudía la tremenda resaca negruzca que se acunaba en un de los hombros de mi atribulada cabeza…

Al ruido lo había desatendido. Pero al grito de mamá (mi esposa), no. Luego, y solo luego pude relacionar ese como choque de metales crujientes, y la salida con los frenos chirriando de otro automóvil semejante al mío, justo delante del portón de salida donde estaba el árbol en que tomaba sombra y en el que había sido como bautizado (de lo Alto), por aquellas deliciosas criaturas con que los pintores litúrgicos famosos –y perdón por la semejanza; pero por algo soy católico- pintan al… Espíritu Santo.
Y bien… O, y mal…, espeté:
“¡Dios! ¡¿Y ahora qué te pasa, Angélica?! ¡Santo Cristo!”…

“Es que esa bestia… Ese malnacido que acaba de salir disparado de la playa de estacionamiento, parece haber hecho una mala maniobra, y… ¡mirá cómo ha quedado el costado izquierdo de nuestro auto…!”
Sí, era viernes 13, y el 5 todavía no había concluido de dar su vuelta completa en el bendito marcador y antes de que arribáramos a nuestro segundo y tercer compromiso amical, y el tercer evento que estaba sobreviniendo como colofón de una jornada algo más que nefasta, resultó insoportable… ¡Y sin seguro contra todo riesgo!
«¡Mi madre!», grité.
Sí. Y no hay dos sin tres… Y si el hombre no quiere, ni Dios puede…; porque debemos entender que, Él, no permite mayores males sino para mayores bienes… Aunque, de hecho, como apuntara, no había seguro contra todo riesgo… Pero bueno. Todo era una cuestión mental… Una cuestión mental, insistía mi amigo y no sé por cual orificio de mis cinco sentidos, lo seguía escuchando una y otra vez, una y otra vez…
Y eso de “No me vengan con un Viernes 13” sería mansa, prudente, paciente y franciscanamente pronunciado por mis labios resecos, mis codos hacinados y mi remera aceitada por una asquerosa papilla volátil… Y…, sin contar que, mañana, mañana, oh mañana vendrían ellos, los albañiles y sus ruidos y sus caños y sus gritos y sus escaleras y su cemento y su arena… Y…
Tranquilo. Tranquilo…
Pero deben creerlo. Porque, a la semana siguiente, y ya con nuestro nido de amor medianamente prolijado de tanta vetustez, lo narrado no sería sino objeto (y sujeto) obligado de una anécdota hilarante (con espasmos de terror cotidiano), disfrutada a más no poder por nuestro inquisitivo e inteligente (inmenso) grupo familiar reunido en sus Jardines, cena opípara mediante y merced a los buenos oficios y dones de mi amada esposa (la Angélica)…

Y es que brindando en el decimotercer cumpleaños, el séptimo nieto varón del Clan Escobar que, a su corta edad, sorprendería a todos muy risueño, y con respuestas precisas a todo tipo de tema, más allá de su anavajado corte de cabello a lo millenium, lucía ya no el tatuaje de estilo y moda entre los pibes de hoy, sino más bien y en ambos brazos (ya no quemados por el sol o por el agua casi hirviendo de un termo) como una profusa pelambre semejante a la de un… (¿lobizón?)…

Así que ahora no solo el 13 y el 5 sino el 7 entrarían en la macabra lista de números a sospechar, porque que las hay las hay («El séptimo hijo varón de cada familia…»)…

“¡Puro cuento! ¡Pura patraña! Y no me vengan hoy con otro Viernes 13… ¡Por favor, que somos grandes, somos bastante grandes, cheee!”, protestaría nuestro patriarca Bisabuelo de unos ojos, nariz y oídos grandes, muy grandes, tan grandes como… (¿Como los del lobo feroz que…?), y con una enorme dentadura postiza a punto de escapársele de su boca enorme, tan enorme (¿Como la del lobo feroz que…?)…, y tras lidiar -en vano- con un sabroso, gigantesco trozo de aceituna verde…

Claro que sí, mi admirado, anónimo y susurrante amigo Rodrigo Díaz de Vivar en tu Cantar del Mio Cid…: «Cosas veredes, Sancho, que non crederes…».-

HECHOS DEL PASADO
Miriam del Carmen Franco de Noce
-Argentina-

“No se puede cancelar lo vivido,
no se puede corregir”
 Arturo Carrera

¿Podré realizar mi propio periplo del héroe? ¿Reunir tres o cuatro palabras mágicas que sinteticen los primeros renglones de la historia? ¿Existe o es mi deseo? No es fácil viajar con la imaginación. Como único equipaje, un relato y algunos conocimientos que no sé si sabré utilizar o serán únicamente compañía. La decisión de viajar fue mudar de aires. ¡Cuántos viajes he realizado a través de la literatura y el cine! He peregrinado. Aún marcho, siempre buscando un final feliz o no.

Quiero dejar el anonimato, este presente perpetuo de aprendiz de escritor. Comenzar a transitar la curva de mi destino. No quisiera que lo escrito tenga un fondo autobiográfico. Lo ideal sería una extensa narración que dé muchas vueltas, como camino de montaña, y resuene como historia contada en voz alta. ¿Cómo logro el vuelo literario? Escribir con autoridad y fluidez, comenzando de forma halagadora, dejando en claro quién es el héroe y quién el villano. Encontrar palabras puntuales para no quedar atrapada en la nostalgia, como aquella de mi padre.

Hacer un juego teatral: instalar un tema,  cortarlo. Empezar otro, y retomar los que habían quedado sin resolución. Alguien puede decirme (y con razón) ¿qué es esto: recopilación de ensayos, críticas o apuntes, o una antología que agrupa textos en forma de sucesión? Se me va a acusar de fomentar desprolijidades. Roberto Fontanarrosa decía: “para escribir hay que partir de una pequeña idea básica.” Personalmente, ante la pantalla de la computadora en blanco, me planteo preguntas existenciales que me desvían de la trama y dejo mi postura literaria. La inspiración es algo que no siempre manejo bien. Los personajes están delineados en mi mente. Aspiro a que el entorno social reafirme las decisiones finales.

Sólo fueron pretensiones de novata cuando proclamé: “Estoy escribiendo mi primera novela.” Transcurrido un tiempo, bajé los decibeles: “trabajo en una novela corta.” Al cabo de otro lapso  murmuré: “a lo mejor termina siendo un cuento largo o un buen relato breve.”                                     Recién a los veinte años, en 1991, conocí a mi padre y escuché su versión de los acontecimientos. Al principio quedé deslumbrada. Ahora pienso si fue por él, la ciudad, el Mediterráneo o su historia. Durante meses Barcelona fue la ciudad de mis ensueños.

Nunca mi madre manipuló el recuerdo de Aldo Ferri, mi padre; trompetista comprometido a la hora de firmar solicitudes y marchas por causas humanas. Intentando revolucionar su propio arte, innovando todo el tiempo. Siempre fue proclive a la denuncia, no al debate. Se casó cuando supo que mi madre estaba embarazada, un clásico de la moral de aquella época. Compartieron durante tres años mi crianza. Después el destino marcó los caminos de Elena y Aldo.

Mi madre siempre fue especial, ha mantenido a lo largo de su vida una intuición e inteligencia entusiasta que yo no he heredado. Cuando comencé la escuela, en las composiciones  idealizaba la figura de mi padre. En el secundario continué con esa  tendencia.

Corría el año 1974. Mis padres no podían construir un clima emocional adecuado a mi corta edad. Por su trabajo y actividad política Aldo comienza a no dormir en casa. Alguna vez dijo: “la música debería ser una identidad universal, no desafiar a la propia naturaleza.” Elena lo entendía, apoyaba sus ideales, pero mi educación y el futuro eran prioritarios. Con los años supe que él era impetuoso, creativo, complejo, y sabía que sabía su arte. No buscaba el aplauso fácil, pero todavía ignoraba cuál era el pedestal adecuado para subir. Mi madre durante los tres años de mi infancia realizó un gran esfuerzo para recrear la atmósfera de una familia normal.

No tengo recuerdos de esos años, pero por mi abuela y tías sé que nuestra casa a las horas más insólitas era punto de reunión. Bajo la apariencia de un ensayo, entraba y salía gente. La música tapaba las palabras en una laboriosa artesanía para que las paredes no absorbieran los mensajes. Así en la casa intervenían visitas, llamadas, controles, exigencias, discusiones, todo pergeñado con obsesivo secreto. Sonidos lejanos: ángulos en penumbras, túneles, pasadizos, fronteras. Reflejos de un mismo prisma.

En sus momentos libres mi padre enseñaba música a los chicos de la villa Retiro donde el padre Carlos Mugica ejercía su sacerdocio pastoral para villas de emergencias.

Lo primero que contó Aldo me dio la pauta de su exilio: no hubo una lista ordenada, ahí estaban científicos, artistas, políticos, psicoanalistas. Fue un período nefasto, tristemente recordado por el accionar de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Con sus veinticinco años quería cambiar el mundo.
-¿Tus comienzos  fueron duros?
-Sí. Cuando me amenazaba la “nostalgia” buscaba argentinos en una ciudad desconocida. Con el tiempo aprendí que es un recurso psicológico que protege y promueve la salud mental.
-¿A qué te aferraste?
-Alguien dijo por ahí: “cuando el carro se mueve los melones se acomodan”.
-¿Y qué hacías?- cada pregunta marcaba sentimientos de solidaridad hacía él.
-Intentaba a diario evitar la monotonía, el aburrimiento y poder sobrevivir.
-¿Por ejemplo?- mis preguntas iban cargadas de asombro y cariño.
-Tocaba la trompeta durante el día en la calle, sobre todo en la Rambla, y me ofrecía como maestro. A la noche recorría los bares tocando por un plato de comida.
-¿Cómo te trató Barcelona?
-Es una ciudad profunda. Te ama. También te ignora. Te intuye, pero puede odiarte. Uno tiene que buscar sus propias notas y no desafinar. Nadie tiene la vaca atada.
-¿Tu soledad tiene compañía?
-Reconozco que soy bastante torpe en las lides del amor. Poco práctico en las técnicas de seducción. Sí sirvo para luchar por la condición humana. Legado de Mugica. Siempre recuerdo el duro documento contra “los que se quieren arrogar el uso de la fuerza durante la democracia.” Llamó a la juventud a dejar las armas y tomar los arados. Para mí el once de mayo, el día de su asesinato, es un día de duelo. Estaba en desacuerdo con la lucha armada, estaba dispuesto a que lo maten, pero nunca a matar. Lo ametrallaron en la calle cuando salía de la parroquia San Francisco Solano. No le perdonaron ser un cura villero.
-¿No te canso con tantas preguntas?- indagué con miedo.
-No. Es preferible contestarlas todas juntas y después dedicarnos a pasear y conocernos. Recuperar tiempo. Aunque soy de aquellos que no les gusta manejarse por el calendario.
-¿Extrañas nuestro país
-Extraño la emoción de reencontrarme con personas que fueron muy significativas en mi vida. Mi primer maestro de música. El primer amor. Los compañeros de militancia, ¡los que sobrevivieron! Aquellos pibes del barrio con los que crecimos juntos.
-Te escucho y creo advertir que sos un loco lindo. Un idealista.
-Lo fui, tenés razón. Ahora ya no. Pese a mi bohemia musical, estoy organizado.
-Lo veo. Tu departamento, aunque pequeño, alberga recuerdos del pasado.
-Si mirás bien, sólo son momentos musicales.  Hace mucho que abandoné la guerrilla y su mundo.
-¿No me mentís?-pregunté ya más en confianza.
-Yo seguí el idealismo del padre Carlos. Él ofreció una idea y desde ahí arrancó el proyecto. Había una sociedad necesitada de verdades. Todavía recuerdo una parte de la oración de él que a veces repito: “Señor: perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos parezcan tener ocho años y tengan trece. Señor: perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro. Yo me puedo ir, ellos no. Señor: perdóname por haber aprendido a soportar el olor de aguas servidas, de las que puedo no sufrir, ellos no. Señor: perdóname por encender la luz y olvidarme que ellos no pueden hacerlo.”
Un largo silencio nos unió. No quise seguir. Me pareció que repetía un interrogatorio de la  Triple A
Transcurridos algunos días intenté nuevamente preguntar por el pasar de aquellos años, pero siempre se anteponía una escusa esquiva. Comenzó a llevarme a la noche de Barcelona. La ciudad está entre el mar y las montañas. Su clima templado favorece la vida al aire libre. Las terrazas de las cafeterías y restaurantes son una tentación. Me gustaban los puestos en la calle: de plantas, de flores. Fuimos de ronda, de copas, de tapas y pinchos. Conocí su mundo, sus amigos musicales: cantantes, intérpretes, bohemios como él. Me di cuenta que pertenecía a ese entorno y eso le provocaba una sensación de compañía. Detenta un solo trabajo fijo. Los fines de semana toca su trompeta en una taberna del puerto. Todas las noches sale, a veces con su instrumento, otras solo.
Durante las noches, me acompaña el viento. Es el momento donde comienzo a desovillar evocaciones y mezclo lo dicho con lo escuchado, y siempre llego a la misma conclusión: no sé porqué razón dudo de las explicaciones de mi padre. En una ciudad tan grande, con una región urbana que la hace la segunda más poblada de España, bien puede en sus submundos albergar subversivos, o activistas. Bien pueden latir aún en él aquellas ideas de su juventud, aunque a mí me lo oculte. En la noche, a veces escucho motos o autos que vienen a buscarlo. Siempre en silencio. Sólo una vez escuché voces, pero un chistido las calló. O conozco poco a mi padre o la duda persiste en mí. Lo veo inconformista, corrido de las expectativas tradicionales.
Cuando hablo de buscar trabajo para ayudar a su apretada economía, se molesta:
-Eres una invitada de honor, ni lo pienses.
-No quiero ofenderte, sólo creo que estaríamos un poco mejor.
-Si te falta algo me lo dices. Compramos más jamón  y todo solucionado.
-No lo tomes en broma.
-Y tú disfruta el tiempo y no pienses tanto. Mañana te llevo a conocer la casa Milà.
-¿La Pedrera?
-Sí, aunque únicamente podamos visitar el 4to piso, el trastero y la terraza. El resto está en manos privadas.
Salí enloquecida. De la alegría hablaba tan fuerte que todos se dieron cuenta que era turista. Cuando le cuente a mi madre esta visita pagaré doble por el peso de la carta. Compré varias postales. Esa noche, presa todavía de la emoción, le comenté a mi padre: “Quisiera que mi primer novela transcurra en La Pedrera. Gaudi, pese a todos los inconvenientes, dejó ahí su magia, su inventiva y su paso a la historia de la arquitectura. Es el lugar ideal para una intriga de amor y deslealtades”. Recibí como respuesta una mueca que a lo mejor pretendió ser otra cosa. También visité el todavía inconcluso templo de la Sagrada Familia. Mi padre me ha dicho que es el símbolo internacional de Barcelona. En mi novela tendrán un lugar cada uno de estos legados arquitectónicos. Mención aparte será la lengua catalana, romance emparentado con el español y el francés.

Como toda efervescencia, los acontecimientos se van aquietando. Mi vida comienza a manejar rutinas. Los pensamientos también analizan cada gesto, cada palabra. Ya están próximos a cumplirse seis meses de mi estadía. En este tiempo jamás tuvo hacia mi madre, aunque sea, un pequeñísimo recuerdo. Ella bancó sus años de lucha. Jamás sabré si sólo fue ideológica o de armas. Tampoco recordó con una sonrisa alguna travesura de mi niñez. Se ve que esos años no eran “presencias” para él. Tal vez teme traerlos al presente. Ignoraba cómo eran ahora sus reacciones ante una contradicción. No quería abrir viejas heridas. Lo mejor es evitar enfrentamientos. Él escuchaba nuestras conversaciones telefónicas y era conocedor de las largas cartas que nos enviábamos. Tampoco noté acompañamiento cuando manifesté mi inclinación hacia la escritura. Percibí desencanto; sin duda él hubiese preferido que la música me envolviera. Me dolió cuando citó: “Una cosa es la teoría y otra es ver las cosas funcionando. Hay que saber muy bien hilvanar palabras.” Mi padre no me apoyaría.
No preguntó por parientes propios o lejanos; no hizo mención al mix generacional que lo apoyó en aquella época (abuelas, tías y primos), que sólo ponían el hombro y no juzgaban.

Me acompañó al aeropuerto y nuestra despedida fue apenas tibia y poco emotiva. Ambos sabíamos que un inmenso océano nos iba a separar otra vez. No hubo lágrimas. Nos faltó transitar juntos algún ripio sinuoso, tomados de la mano para sostenernos mutuamente. Reconozco, yo por joven, él por ignorancia, tuvimos un estilo desordenado en nuestra relación. No hubo lágrimas,  no hubo un amor fraternal forjado en tiempo. No hubo abrazos sentidos. Si,  un latir de mi corazón. Indudablemente mi madre se merece un homenaje. Está decidido, voy a reunir todo lo escrito en mi adolescencia y como escritora firmaré con el apellido de mi madre. Atrás queda el pasado.
 Segura, en paz, retornaba a mi camino, a mi mundo de palabras.   

 

COSAS QUE NO SE CUENTAN EN EL CAMPO ARGENTINO
Carlos González Saavedra (Charlitos)
Argentina

Solo faltaban cincuenta kilómetros para llegar al campo familiar.
La verdad que la llamada de Evaristo me habia preocupado,
siempre era muy parco en sus comentarios, pero esta vez, lo note furioso, determinante.
-Venga Doctor, venga vea con sus propios ojos este desastre. Solo eso me habia dicho, ¡Enfurecido!
 Evaristo Almirón habia nacido en el campo, hijo de los caseros originales, cuando papá compro.
Me hubiese gustado ser su amigo, teníamos la misma edad. Pero su respeto nunca lo permitió. Para el, siempre fui: Patroncito o doctorcito
Dueño de un físico  privilegiado. Su cuello se unía directamente con el tórax, pecho amplio y muy musculoso, fibroso para ser más exacto. Verlo, daba temor, a pesar que era, un pan de Dios. Sus cincuenta años, no tenían nada que ver con los míos, entre clínica, hospital y ciudad era un cardiólogo normal. Ambos habíamos formado una familia.
Me había casado con Cecilia, un amor de la secundaria, teníamos dos hijos.
Evaristo con Matilde, según dice, ¡el amor de su vida! Tres chicos.
Le gustaba mucho la doma no habia reservado, ni cimarrón, que no, se doblegara, después se bajaba revoleando el rebenque, sin haberlo usado. Era muy diestro para la doma.
Al entrar al campo. Los alambrados sanos, las casuarinas sin daño, y en el fondo de la calle, la misma  la casa principal, observo todo normal. Evaristo cruzado de brazos piernas abiertas bombacha y camisa desabrochada, con boina y pañuelo galleta, esperando con cara de pocos amigos.
-Que pasa Evaristo ¿que pasa?
-Venga patroncito súbase a la chata, ¡venga!
Subo inmediatamente, acompañándolo.
-Mire patroncito, los silos bolsa. Estos hijo e una granputa los han cortado y envenenao Lo mas lindo, que ningún perro ladró, no escuche nada. El que mas ladra el negrito tampoco. Para mí que los han dormido. ¿Que vamos a hacer ahora? Estoy avergonzado patroncito ud me tiene a mí,  para que cuide y me pasa esto. Muy apesadumbrado y con bronca contenida y ojos escarchados.
Confieso, cuando vi. Ése desastre, me quería morir. Con esfuerzo habiamos guardado la cosecha del año anterior y con esta, haríamos  lo mismo. Es un trabajo que programamos en común, durante cinco años y siendo bien prolijos con  los gastos.
-Hagamos una cosa Evaristo déjame cambiar. Cecilia debe haber bajado las cosas del auto y nos sentamos, mate de por medio y pensamos que hacer. Tranquilo.
-Bien patroncito, más calmado.
Sentía la misma impotencia que Evaristo, nos habia costado  un triunfo juntar esa alcancía.
Como a las seis de la tarde cuando el sol comienza a despedirse y los pájaros ya sin ganas buscan donde pasar la noche, lo llamo a tomar mate.
-¿Pensaste en algo?
-Bueno patrón en principio lo tape con una lonas pero esta mercadería va a ver que cargarla, lo que sí hice fue poner en dos tanque  los kilos que están curados esos no se pueden vender.
-Podemos curarla del todo y usarla para semilla el año próximo, le preguntare al ingeniero.
-El vecino me ayudo con el tractor, le paso lo mismo con tres silos bolsa, pero el escucho. Los vio de lejos y empezó a los tiros, salieron corriendo. Eran tres.
-¡Ahhh son tres!
-¡Sí! Me animo a saber quienes son.
-Bueno mañana voy a la cooperativa para que envíe los camiones.
-Nos quedaran como catorce, medio se perdió, entre el suelo barroso y con toda la soja desparramada.
El principal problema, era salvar lo más posible. El gerente de la cooperativa bien gaucho, actuó rápido antes de la lluvia y mando los camiones. Por suerte.
Estuvimos un día  y medio cargando. Esa noche vino tormenta.
Una persona como yo, al que me gusta el campo, pero mi vida esta en la ciudad, no siempre dimensiono cabalmente esta fatalidad. Todas las inclemencia del tiempo, se sufren directamente o actos como éstos llenan, de impotencia y bronca.
Al cabo de cuatro días teníamos gran parte el tema resuelto.
Pero sin embargo no habia manera de calmar a Evaristo. Pensaba como vengarse o vigilar la zona o peor aún ir a buscar a los que suponía eran los causantes. A lo que me opuse firmemente.
-¡Vos no vas a ningún lado!, ya paso quédate tranquilo
-Los encontraré patroncito, es mucho esfuerzo.
Evaristo siempre fue así, amaba tanto su lugar, su familia .A Cecilia y a mis hijos los consideraba de la familia. Si bien es cierto  que tenia un porcentaje, Esa no era la cuestión. No toleraba que alguien a quien quería le pasara algo. Asi fue criado. No era una cuestión de dinero para Evaristo, era dignidad, trabajo y orgullo. No había manera de convencerlo. Me preocupaba.
A punto de volver a Buenos Aires,-En diez días vuelvo ¡No hagas macana!

Matilde, acariciándole el brazo de donde lo tenia tomado me dijo-Tranquilo doctor yo voy hablar con el. Mirándolo con mucho amor. Mientras Evaristo, daba vuelta su boina, no encontrando forma, con cabeza gacha. Pasaron diez días, justo un día antes de ir, suena el teléfono…
-¿Doctor Bermúdez? El comisario Iturraspe del pueblo habla ¿cuando viene por aquí?
-Mañana ¿que paso Comisario?
-Nada grave lo tengo encerrado en el calabozo al Evaristo.Hay una denuncia en su contra.
-A las trece estoy ahí
-¡Meta Doctor!
-Salimos para el campo mañana a las seis, esta preso Evaristo le comento a mi señora.
-¿Que, porque?
-Nada grave pero a las una, ¡tengo que estar en la comisaría!
El pueblo de pocos habitantes, me propuse averiguar por las mías. En la comisaría siempre agrandarían las cosas.
Paro en la estación de servicio y el playero pregunta-¿Que le paso Doctor al Evaristo se le salto la cadena?
-No tengo idea, quedé en ir a la comisaría, ¿que sabes vos?
-Nada doctor, lo único que sé que los Ramírez, no quieren salir de la casa.
-¿Los hijos de Pancho?
-¡Si! Los dos. Sabe que arrancaron con la militancia y se juntaron con otro hijo del concejal Rivero y andan haciendo salvajadas, pintando paredes. Mire acá al costado la pared que da al galpón, toda pintada con grafitos.
Al poco de andar casi a las afueras del pueblo, escucho que me llaman –Doctoooor, doctor.
-¿Quien es ahora?
-¡Lucy!
Sin bajar del auto-¿Que pasa Lucy? ¡Doctor, no haga caso de todo lo que pasa!, Evaristo hizo lo que corresponde. Hablo porque el doctor perdió su teléfono y me dijo que si lo veía le avisara que ¡lo llame!
-Gracias, lo llamare.
-Mario, ¿como andas?

-Te cuento que esta todo armado, por estos delincuentes con estos pibes militantes. Rivero te vio por televisión en un canal de capital, haciendo declaraciones y desprestigiando al gobierno de turno. ¡Ojo! con lo que declares o con lo que digas.
Al llegar, me llamo la atención un grupo de gente en la puerta me miraban, algunos conocía otros no. Como si hubiese asesinado a alguien.
La comisaría del pueblo no más, de 2000 habitantes, era una romería, la radio y hasta un canal regional estaba por hacerle una nota al comisario, al cual salve con mi llegada.
Una columna como de veinte personas con banderas militantes, caminando por la calle de tierra recién regadas.
-Que paso Iturraspe ¿algún asesinato-Están esperando a Evaristo para insultarlo y escarcharlo y no se si ¡para golpearlo!
-Doctor, pasó que el Aristoso es bien bravo, se quedo debajo de los árboles durmiendo con la escopeta del doce, esperando si veía algo. Me llamo Matilde pero no hubo caso quiso pasar la noche ahí. Andaba corriendo un rumor cada vez más fuerte que habia embolsado otra vez la soja y se quedo a esperarlos.
-Estos pibes, militantes jovencitos, hijos de un concejal y los de Pancho. Tienen un local partidario en una esquina, se vinieron como chancho a las papas y ahí los espero Evaristo. Los saco a los tiros con la escopeta del doce, cargada con sal gruesa, cuando los alcanzo, con todas las nalgas ensangrentadas, los metió en dos baldes con agua y vinagre y los ató quedaron hasta que llegue yo, avisado por Matilde. Estaban en un grito los muchachos.
¡Imagínese estos políticos! amenazan con denunciar lesiones gravísimas.
Me llamaron de la fiscalía. El fiscal me dijo que tratara de arreglar el entuerto. No quiere lío y menos de  éste tipo.
-No entiendo, ¿Evaristo como se entero que fueron ellos?
-¡Pero doctor! en un pueblo con los habitante que somos, todo sabemos de todos y sabíamos del vandalismo de los militantes.
-¿Porque no los detienen?
-¡Nadie hace la denuncia, nunca los pescan in-fraganti!
-Doctor pase a mi escritorio, que hay una abogada que quiere hablar con Ud.
-¿Conmigo?
-Buen día Doctor soy abogada por los damnificados, queríamos hablar para llegar a un arreglo y que esto no llegue a mayores. Cuando digo mayores, hablo de medios, derechos humanos, justicia legitima, afip en fin Ud. me entiende.
-Perdón ¿doctora…? perplejo por lo que acababa de escuchar.
-¡Florencia Domínguez!
-¿Cuánto pretende? conteniendo mi impotencia y bronca.
-Doscientos mil pesos, mas ochenta mil de mis honorarios.
-Iturraspe, déjelo a Evaristo una semana encerrado hablare con la señora.

 Mañana mi abogado presentara una eximición de prisión y con que motivos esta detenido porque no hay denuncia, hecha al momento Esta caravana que esta en la puerta, insultando y vociferando, los denuncios yo. Por tumulto y alterar el orden publico, intimidación y amenazas e incitación a la violencia. Por favor tómeme la denuncia y a Ud. doctora Florencia Domínguez, vaya a robar a los caminos. Si sus representados andan por mí campo, en vez de perdigonadas de sal las tendrán de plomo. ¿Les quedó claro?
¡Iturraspe!¿quien me toma la denuncia?
-¡Yo mismo Doctor!
-¡Bueno apure, que ya me han hecho perder bastante tiempo! También quiero hablar con la fiscalía, saber cual esta de turno, que lo visitare, mañana por la mañana.
-¡Doctor! No es para tanto. Tranquilícese. Mañana esto, no es más que una anécdota. Lo arreglaré todo hoy mismo.
Cosas, que pasan en el campo argentino… ¡y no se cuentan!

 REFLEXIÓN
Jose Luis Insausti Urigoitia
Renteria-Gipuzkoa España

Hace unos días estuve en una de las terrazas tomando un café con una pareja amiga del pueblo después de casi tres meses sin vernos, nunca un café me supo también sobre todo por la compañía de esta pareja de 82 y 80 años.
Hablamos del confinamiento, del virus, de las personas mayores y de todo lo que ha supuesto esta gran tragedia, estaban preocupados de como nos puede afectar en el futuro etc. Cuando nos despedimos pensé la gran preocupación que tenían, y medio que pensar y aunque yo soy más joven también tengo muchas dudas sobre la vejez en la sociedad actual.
 
REFLEXIÓN DESPUÉS DE ESTE ENCUENTRO.
Para mi y para muchas personas la vejez es un proceso continuo de crecimiento intelectual, emocional y también psicológico, momento en el cual se hace un resumen de lo que se ha vivido hasta el momento.
Es un periodo en el que se debiera gozar de los logros personales y contemplarse los frutos del trabajo personal, y ser útiles para las generaciones venideras.
El envejecimiento es un proceso que comienza pronto en la persona, en general esta realidad no se tiene mucho en cuenta. Afecta a todos y requiere una preparación, como la requieren todas las etapas de la vida.
Saber que todos envejecemos, supone una nueva aceptación de la propia vida, tenemos que prepararnos para hacerlo bien, y sacarle el mayor provecho posible a esos años, es un aspecto importante de nuestra educación.
El envejecer es un proceso dinámico, natural e inevitable, la etapa de la vejez se caracteriza por un declive gradual del funcionamiento de todos los síntomas del cuerpo, por lo general se debe al envejecimiento natural de las células del cuerpo.
Pero a diferencia de lo que muchos creen, la mayoría de las personas de la tercera edad conservan un grado importante de sus capacidades. El ser mayor no es estar retirado, es por el contrario una forma diferente de participación, que es indispensable para nuestro propio crecimiento y el de nuestros hijos y nietos.
 

ME IMPORTA.

ESTATUS
MUERTA O MURIENDO
José Lissidini Sánchez
Uruguay

Le dicen, la chica del Café.                                                                                                              

Extraño ver a una mujer como ella, con un tipo como él. Aunque se rumorea, que nunca ha tenido buena puntería para elegir parejas. Primero, y eso fue cuando trabajaba en una fabrica de alfajores, se encachilo, por no decir que se alzó o calentó, con un negro de rastras, que laburaba en la construcción. Le gustaba demasiado el trago, aun más la joda, y era livianito como una pluma, en eso de asumir  responsabilidades, pero al menos nunca le pego, ni la maltrato, el tipo solo era malo para él mismo. El tema es que ella quería hijos y él, no. Hasta ahí dio la cosa. Después, fue un vago que no paraba en ningún empleo, más allá de cuatro o cinco meses, tomaba pastillas con alcohol y temblaba todo el día, como si fuera a desmoronarse en cualquier momento, además de que gustaba de las prostitutas, aparte de que en una ocasión, alcanzo a tajearle una oreja, en un rapto de delirio. Obviamente, ni que pensar en tener hijos con aquello. El tercer talento. ¿Qué decir? Hay mujeres que solo tienen suerte, para la desgracia. El tercero, directamente, la hacía trabajar para él, mantenerlo, ya que pasaba todo el santo día rascándose, fluctuando entre el boliche y la cama, en un estado de permanente fatiga, cuando no la engañaba con cuanta sucia callejera encontraba, de allí derivo un principio de sífilis y un tratamiento a pinchazo limpio, para revertirlo. Se salvó, pero olvidarse de los hijos, con aquel degenerado. Las personas construyen su destino, ¿cierto?

Desde que los vi juntos, supe que algo andaba mal. Las caras, los rictus, los gestos, la forma de caminar de cada uno. Pero esas cosas en realidad, no aclaran nada. Después de los ojos morados,  y más tarde, la boca partida, lo confirmé.

Ella es rubia natural, melena corta, y se gasta un cuerpo espectacular, privilegiado, cada curva en su justo lugar, carita delicada, ojos celestes. El viejo es  pizero. Un viejo grandote y gordo, manso, buena gente de barrio, vecino de toda una vida. El atorrante del momento, un mascara que se las da de fotógrafo y trompetista, en una banda de música tropical, barbudo, peludo, algo gordito, pinta de tranquilo, aunque de eso, al parecer y para desgracia de ella, solo la pinta.

Siempre me he preguntado y nunca terminare de hacerlo, por qué las mujeres divinas, eligen tipos execrables, de los peores, que no sirven para un carajo, porque… o las viven, o las  matan a cuernos, con minas que no valen un cobre o les rompen los huesos paliza tras paliza, un día si y el otro también, castigándolas hasta por si acaso, o les descargan cuatro petardazos y las mandan al cementerio, o les pegan un fierrazo en la crisma y al hospital de una, o las preñan y las abandonan, sin pasarles un peso para los hijos, en fin …las opciones son muy variadas, pero ninguna buena.                                                        

El zurdo Costa, en su resentimiento y amargura, siempre sentencia:

-¡Que se joooodan! ¿Por qué no buscan un tipo laburadoooor? ¡ Noooooo! Ellas se meten con fiolos, jodedores, vivos, macanudos, entradores, que las deslumbran con sus coqueteos verbales, las enarbolan  con sugerencias y provocaciones. ¡Ay! Porque es tan fachero. ¡Ay! Porque es tan simpático. ¡Ay! Porque es tan entrador. Y se orinan en las bombachas las infelices, mientras los tipos solo ven en ellas, unos lindos y seguros sacos de hacer box. Ellas se meten con los picos de oro, que les dicen tres pavadas baratas y , ¡ ñacate, cagaron! Pero una mañana se despiertan y, se encuentran con la jeta fea de la realidad, pero ya es tarde para arrepentirse. Entonces se quejan y lloran. Pobres desgraciaditas, ellas. Nadie les pone un revolver en el pecho, para que se metan, con tipos que no sirven ni para hacer de taza turca. Y  bue… Todas piden  un  tipo decente , serio ,que labure,  las ame, las respete, las mantenga, les rasque la panza y las tenga como reinas, pero si cae algún dormido así, lo atan y lo destrozan, lo mastican y escupen sin escusas, lo tratan como  a  un trapo, como a un boludo  y  encima, le adornan la frente con el primer hijo de puta que aparece. Las niñas no saben realmente lo que quieren. Entonces, che. Lo que tenemos que hacer los tipos, es asegurarnos que las mujeres sepan realmente, quien manda.

Acto seguido se zampa de un trago, el contenido del vaso petizón que atesora en una mano, frente a la fauna , más o menos castigada como él, que pernocta día tras día y madrugada tras madrugada, en el bar del Toto.

Al zurdo, no le ha ido bien en ninguno de sus tres matrimonios, se puede decir que es un desencantado de la institución, por otra parte, de acciones tan depreciadas en estos tiempos. La ultima agraciada, una gorda que lo abandono, por un viejo flaco, resumido en huesos, pero dueño de una  de las mejores carnicerías del barrio. El pobre zurdo nunca entendió, que la gorda solo quiso asegurarse los churrascos. Tenían hijas, dos pardas gordas, que optaron por irse con la madre, lógico, la carne llama a la carne. Albañil contra carnicero, siempre le va a ganar la Colita de Cuadril al fratacho. De acuerdo a lo adquirido, lo que se puede asegurar ciertamente, es que el carnicero, tiene muy buen ojo para elegir vacas.

Sí. Le dicen, la chica del Café. Un sueño de muchos. Pero de un tiempo a esta parte, aunque sus ojos de cielo, poseen un extraño brillo, se la suele ver con la mirada perdida, algo desatenta, un tanto distante,  hasta olvida qué decir, solo se para en silencio junto a los parroquianos, y espera la orden. A veces renguea de alguna de las piernas, otras, no utiliza mucho alguno de los  brazos, otras tantas parece cargar con dolores que no se ven. Cualquiera podría pensar, que la ataco la Fibromialgia. Lo que si se ha notado, y se nota cada vez más, es el abultamiento y la redondez de su vientre. La diferencia, entre la actitud  egoísta  y el amor. Aunque  no sé  si  para ella , será una  suerte o será la muerte.

APOYADO EN UN BASTÓN
Dr. Jorge B. Lobo Aragón
Tucumán-Argentina

-Siempre se puede –

Anoche soñé y reviví cuando me amputaron la pierna izquierda y al mismo tiempo esa sensación que me quedo en tiempo que algo superior me elevaba impidiendo que otro fuera mi destino. Al igual que un maratonista me elevaba sin rumbo fijo sintiendo en carne propia esa sensación de correr que nunca la perdí. Él viento suave me  pegaba en la cara y todo mi cuerpo se estremecía ante el esfuerzo. Esa  energía que había perdido a los nueve años fluía de mí ser como un relámpago. Las piernas en plácida armonía  superaban todo obstáculo. Mi cuerpo se estremecía de placer rogando que la carrera nunca termine. Era como un canto de sirena que me embriagaba como en mi bilocación más profunda. Me desperté excitado y mire sobresaltado al costado de mi cuarto. Mi  pierna de palo estaba caída, vieja, desvencijada. Los  brazos me dolían cada vez más y mi cintura me pedía paciencia por el andar con las muletas y el bastón. Es que los años pasan, pero la fe y la voluntad se mantienen intactas. El que en su bilocación profunda surcó los aires y como un pájaro viajó en medio de las estrellas necesitaba agradecer a Tata Dios por tantas bendiciones recibidas. La falta de una pata, las muletas y mi bastón no son excusa a mis sesenta años para seguir luchando, con la esperanza intacta como si tuviera nuevamente nueve años. Es el costo de vivir. Lo importante no es lo que suceda, sino cómo se reacciona. Si te pones a coleccionar heridas vivirás como un pájaro herido incapaz de volver a volar. Uno crece cuando acepta la realidad y tiene aplomo de vivirla. Uno se levanta, cuando admites tu destino  y la voluntad de trabajar para cambiarlo. Uno crece cuando se enfrenta al invierno aunque pierda las hojas. Recoge flores aunque tengan espinas y marca camino aunque se levante el polvo. ¡Nunca dejes de soñar, porque soñar es el principio de un sueño hecho realidad! y mientras seas capaz de soñar lo serás  de construir un sendero sembrado de amor porque en eso se convertirá tu dolor de perder partes de tu cuerpo, de tu valentía,  de tu sonrisa, porque el amor todo lo reconstruye y la fe todo lo concreta, aún con los ojos sin luz te queda el alma para soñar y los recuerdos para subsistir. Apoyado en un bastón  tus pasos marcarán tu huella sobre la tierra o podrás evitar no caer y si lo haces, apoyado en él, tendrás la fuerza suficiente para levantarte y continuar tu camino hacia los sueños, porque al final ¿qué es la vida, sino un sueño con final?

LA RUEDA DE LA ALEGRÍA
Dra Piedad Romo-Leroux
Guayaquil-Ecuador

En sus domicilios: nidos, cuevas, hoyos, madrigueras, ríos, los animales estaban rebozando de felicidad; se comentaba con algarabía que la rueda moscovita estaba siendo levantada a la entrada del pueblo; ¡Que algazara, qué júbilo! Ninguno de los pequeños, bueno, ni tampoco los adultos habían visto jamás algo parecido, eso sí, escucharon en correrías que era una rueda muy, muy grande  a la que algunos llaman Noria, otros Rueda de la Fortuna; aquellos que habían subido en ella sintieron tocar el cielo con las manos, así que la curiosidad los tenía a punto de no ver el momento de estar sentados en las alturas.

gMamá , Papá castores asentados en el riachuelo cercano, dejaron por un momento su labor vigilando la represa de ramas de madera y barro que construyeran hace pocos días y prestaron oídos a los comentarios que corrían de boca en boca; los pequeñuelos que jugaban cerca, saltaron de contento, no les cabía la menor duda de que todos irían a la inauguración de la famosa rueda; unas golondrinas avistaron desde sus nidos que ya se habían colocado las bases de una enorme plataforma para el famoso aparato y en breve culminaría su ensamblaje; la curiosidad las mataba, eso sí, ellas no gastarían sus reales en comprar ningún boleto, pues desde las alturas dominaban el paisaje, el gasto que lo hagan aquellos que no gozaban del privilegio de volar; desde un samán corpulento, un enjambre de abejas afanosas iban y venían alrededor de la colmena  ensordeciendo con sus zumbidos los alrededores; dos monos titíes saltando de rama en rama y luego encaramados en un guayacán, hacían piruetas queriendo llamar la atención de los parroquianos, quienes se entretenían con sus travesuras, ellos no dejarían por nada del mundo de adquirir lo más pronto sus tickets; más allá una iguana verdiamarilla con manchas negras y el dorso con una fila de espinas dentadas se acercó sigilosa y precavida, con voz gangosa preguntó sobre la famosa noria, pues no quería perderse de semejante suceso y deseaba estar con su prole en la inauguración; no paraba la iguana “dándole a la sin hueso”, cuando una lora de plumaje verde intenso y cogote amarillo tomó las riendas de la conversación, – no me pueden excluir, quiero asistir con ustedes a ese acontecimiento, irá por supuesto mi consorte Demetrio y mis pequeños, quienes gozarán  y tienen derecho, ya que han terminado la escuela con excelentes notas; un pequeñuelo de dorso verde brillante, quien no era otro que un colibrí se acercó, batiendo sus alitas con tal intensidad y con prontitud gorjeo, – dónde es el encuentro, no me lo quiero perder; todos al unísono aplaudieron la ocurrencia y estuvieron de acuerdo para indicarle el sitio exacto; una familia de ardillas de colas largas y peludas, llevando bellotas entre sus patas, apareció por el sendero de ceibos alargados y fantasmales, con sus ojos brillantes y sus dientes prominentes se unieron al festejo, porque amigos esto era un festejo, ¡qué otra cosa podría ser! .

Los preparativos eran muchos, los días y sus noches se sucedían, hasta que llegó el momento esperado, la Rueda Moscovita, la Noria, la Rueda de la Fortuna, se abría al público esa misma tarde; la noticia se difundió por todos los lares, de tal manera que la cola para adquirir las entradas doblaba cuadras de cuadras, casi hasta la salida del recinto; los primeros en subir a la cabina fueron la familia de patos, mamá, papá, Rosendo y Ramona de siete y seis años quienes algo temerosos esperaron a que un gavilán con overol azul y camiseta blanca, gentilmente los acomodara junto a sus padres, en total cuatro cómodamente sentados. Así  en las treinta y seis cabinas se sentaron plácidamente grupo por grupo guardando la correcta formación; piqueros patas azules, iguanas, ratones, ratas, ¡por qué no, porqué excluirlas!, gatos y gatas, ardillas curiosas, castores, monos chillones, ovejas, cabras, asnos, mulas, osos hormigueros, camaleones, lagartijas… todos estaban locos de contentos…desde arriba todo se veía semejante a una pista de juguete, árboles frondosos empequeñecidos, palmeras, ceibos, guayacanes, higuerones, flores diminutas, el cerro a lo lejos lleno de vida y colorido, el río con su caudal sereno corría sin prisa llevando líquenes desplegando su verdor; las canastas con sus alegres ocupantes subían y bajaban, suben, bajan, suben, bajan… una y otra vez, algunos chiquitines se sintieron mareados, mas a pesar de estarlo no querían descender de la Maravillosa Rueda; pero todo llega a su fin y otros esperaban con ansiedad su turno para deleitarse con  ésta y así fue, unos desocupaban los asientos y los nuevos se aprestaban a gozar de  tan famoso entretenimiento; sin embargo la felicidad en los rostros era tal, que aquellos que esperaban lo hacían jubilosos de ser partícipes de esta incomparable experiencia la  cual recordarían toda la vida.

 La verdad es que, el ya entrañable círculo de acero, después de una semana fue desmontado, sus dueños lo levantarían en otro no lejano lugar para derrochar alegría, contento, gozo para distintos lugareños quienes con toda seguridad nunca habrían visto ni asistido a un acontecimiento de tal índole; la Rueda Moscovita, la Noria, la Rueda de la Fortuna, que sin lugar a dudas haría el deleite de niños, niñas, adultos, y por qué no de los ahora llamados adultos mayores…

Y YA, COMO RESPUESTA… SILENCIO
Por María Sánchez Fernández
Úbeda-España

No hace mucho tiempo me encontraba disfrutando de unas vacaciones en una importante ciudad de nuestra costa mediterránea. Una mañana salí, bastante temprano, a dar un paseo en compañía de una prima mía. Al pasar por una céntrica glorieta, vi que se hallaba sentada en un banco una mujer todavía joven. Era la primera persona que aquella mañana veían mis ojos en la calle. Le di amablemente los buenos días y no obtuve respuesta alguna. Un poco ofendida y un mucho desconcertada comenté el hecho con mi prima, y ésta me dijo: “La culpa es solamente tuya. ¿Por qué te has dirigido a ella si no la conoces? En las grandes ciudades como esta no hay esa costumbre, cada cual vive su vida y únicamente va a lo suyo”.

Me dio mucha pena y también un poco de vergüenza el ver y poder comprobar que tenía razón; que eso era muy cierto. La gente va y viene por ahí, por esas calles de Dios, sin mirarse ni prestarse la menor atención.

Está como deshumanizada. Esto quizás tenga también sus ventajas, pues así, tu propia intimidad, es decir, tu propia libertad de movimientos esté más protegida pues nadie se fija en ti ni se preocupa lo más mínimo de cómo vas ni de cómo te comportas.

Pero lo que es peor, tampoco se preocupa de qué es lo que te ocurre si es que te ocurre algo. En cambio, las ciudades pequeñas son como grandes casas en las que todos vivimos como una hermosa familia. Todos, o casi todos, nos conocemos –por fortuna–, y procuramos guardar cierta compostura, no por el “qué dirán”, ni muchísimo menos, sino por respeto a nosotros mismos y por respeto a los demás.

Muchas tardes, más bien las tardes de invierno en que el tiempo es bueno y el sol te invita a dar un paseo, trato de evadirme –cuando tengo unos minutos libres, que son bien pocos–, y salgo a respirar el frío y el aire puro por los alrededores de nuestra ciudad. Unas veces por el sendero de “La Alameda”, otras por el paseo de la “Redonda de Miradores” desde donde se puede disfrutar la magnitud de Sierra Mágina y el Valle del Guadalquivir. Camino despacio, me detengo a mirar el paisaje recreándome y disfrutando al máximo de esa verdadera paz que nos ofrece el campo. Me cruzo con algunas personas, muy pocas, a quienes quizás no he visto en mi vida y que van pensando y haciendo lo mismo que yo. Con una sonrisa franca, sin tapujos, me saludan y me dicen “buenas tardes”. Yo les respondo con el mismo afecto. ¿No es hermoso? ¿Es que no es necesaria esta comunicación entre las gentes? Yo creo que es vital ese acercamiento para no sentirse tan solos. Cada día nos vamos aislando más y más. Nos metemos en nosotros mismos, en nuestro propio materialismo, y me horroriza pensar que alguna vez no lleguemos a reconocer ni a nuestra propia persona.

Pero hay más, mucho más. Si nos remontamos a tiempos más lejanos, cuando en las calles empedradas se oía el sonido, siempre agradable, de los cascos de las caballerías al chocar contra los adoquines en las horas más tempranas del día, y veíamos a esos hombres, curtidos de sol, y forjados en el noble y duro yunque del campo que se dirigían a su trabajo con sus recuas de animales y decían saludando a un semejante: “A LA PAZ DE DIOS, HERMANO”. Y si era al atardecer, y venían cansados de su larga jornada de sol a sol, y siempre con cara agradable y sonrisa a flor de labios decían: “SANTAS Y BUENAS TARDES TENGAN USTEDES”.

¡Benditas costumbres aquellas! ¡Sanas y educadas costumbres que el progreso va extirpando de raíz!

Ahora somos más cultos. Somos más dueños de nosotros mismos –al menos eso creemos–, pero, ¿hasta qué punto merece la pena el saber tantas materias si hemos dejado a un lado la verdadera sabiduría que está ahí, en lo sencillo, en lo cotidiano, en esos buenos días dichos con amor de corazón y que ya, desgraciadamente hemos perdido?

¡MANFRED!
Gladys Semillán Villanueva
Argentina

A Manfred Gnadinger,una vida atrapada por
amor a Galicia en Camelle,Costa de la Muerte,
Finisterre.

¡Igual que una nube revoloteo tus piedras!

Ya no recuerdo como llegaste a mi vida,como ese afán de perdurar creando sueños fuiste rondando a la distancia mis momentos.
Casi como un llamado lento,cada jornada desde ese raro amor que le tengo a mis piedras has influído en ellas y con un especial conjuro fuiste alertándolas para que llegado el tiempo justo pudiera arribarme a tu escollera, a pisar tus pasos,a respirar tus vientos a dejarme entiviar por tu sol que lo hice mío.
Sentí que podía que me dabas permiso y hasta en esos delirios que era posible compartir te
alegrabas con mi llegada.
Tu desde Alemania enprendías un derrotero yo desde Argentina salía a tu encuentro.
Que nos unió?
El extraño amor a esa tierra gallega?
La intrepidez de crear con lo que la naturaleza,bondadosa madre tierra,extiende a sus
hijos que la aman y la recrean?
O quizas ver llegar en las lánguidas olas que se entregan a la arena que ávida las espera ese
amor imposible que nos cambiará para siempre?
Nuestro amor por esa tierra….raro de explicar pues no eran tus raíces.pero si un poco las mías.
No tendré tu respuesta, no tendras la mía.
Man,tu espíritu ha visto vagar mi alma convertida en una forma de nube que ha acariciado tus
piedras,aquellas que afortunadamente están de pié y las otras,redondeadas,que con tanta
habilidad elegías,superponías,las llevabas al cielo.
A ese espacio de fragancias saladas.de arrobamientos nocturnos,de esos besos solo
dados con el pensamiento pero que allí están no se han marchado.
No te preguntes de dónde salí solo recíbeme con esta intención de comprenderte y
admirarte.
Nada se fue.
Esa ballena negra que te alucinó un día y te anunció la partida definitiva estaba dispuesta a
todo y actuó.
El petroleo que derramó el Prestige aquel día nefasto cubriendo las playas,mansillando tus
obras,arrebatando tu vida no fue suficiente…Vives…
Un día me contaron que saltabas las piedras como queriendo defenderlas y llorabas que con
tus dedos rugosas acariciabas esas obras surgidas de la magia.
Que apretabas los brazos sobre el pecho como queriendo amparar el corazón que comenzaba a
partirse.
Lo palpan las manos, lo escrudiñan los ojos,solo las plabras que musitamos
dejando escapar monosílabos amorosos cuidando sigilosamente lo que ha quedado.
Doce años de aquella tragedia,impericia,descuidos,indolencia.

Deambulas,permaneces.
Quien se atreve a decir que te has marchado?
Desde la orilla en esa en que el agua se amansa he comenzado mi tránsito hacia tu obra.

Con mi traje de nube y gasa con los pies húmedos, salados, tomé suave impulso y flotando entre ellas sin apuro gozando tal vez de la misma forma que tu sentías cuando les dabas destino.
Fue un placer exquisito,las recorría quizas como un amante recorre temeroso a su sueño. En cada formación me detenía, abrazaba sus redondeces,igual que una sirena con mi bata de cola iba uniendolas hasta dejarlas todas unidas,enlazadas,les esparcía escamas brillantes recogidas de entre los corales.
Seguí ascendiendo hasta ese monumento portentoso que parece señalar el cielo,te niendolas a todas unidas,mimadas reconocidas,sostenidas por mi asombro,palpitando con tu corazón perdido un día de dicembre, justo el de los Santos Inocentes.
Día en que entragaste lo mas preciado, tu vida, apasionada,sin egoismo mostrando lo que puede el amor…pues ese senitmiento no solo fue a las piedras también tuvo nombre de mujer que por esas cosas…no se atrevió a seguirte.
Pero este mes de septiembre,alli fui a tu mundo para abrazarte respondiendo a tu llamado. Manfred,no fui sola desde otra parte del espacio y con el corazón palpitando tan fuerte como el mío,mi amigo el maravilloso PEZ VOLADOR…oriundo de las yungas tucumanas sintió que debia hacerte saber que también para él no eras un deconocido y me acercó su visón increíble.
Senti que debíamos unir estos sentimientos y como quien ofrenda sus intensiones allá tan cerca del monte Pindo, dónde los Celtas, ́como los druidas , viviendo la mas increíble de las situaciones,fundirnos a ti en una ceremonia ancestral,en la Galicia que te atrapó definitivamente.
El, planeando con sus viriles alas,mirada avisora,presencia justa,…Yo… la visión de una mujer emergida de la magia que guarda dos secretos el tuyo y el mío..”.MANFRED.”

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