CUENTOS RELATOS Y MICRORRELATOS

 

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Marzo 2.020  nº 29

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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

COLABORAN: Libia Beatriz Carciofetti (Argentina)…Adrián N. Escudero (Argentina)..Eunate Goikoetxea (Alicante-España)…Gustavo Páez Escobar (Colombia)…Dra Piedad Romoleroux (Ecuador)…Maria Sánchez Fernández (Úbeda-España)..,

YO FUI TARTAMUDA
Por Libia Beatriz Carciofetti
Argentina

SIento la imperiosa necesidad de confesarles que yo fui una niña «TARTAMUDA»…creo por lo menos por espacio de 4 años, no lo recuerdo bien pero desde los 4 años hasta los 8.

Mis compañeros aun los que se decían ser mis amigos, se burlaban de mi…ahora se diría que me hacían Bullying y así me volví una niña tímida y reacia para salir en los recreos a jugar…

Mis maestras siempre fueron mi paño de lágrimas, TODAS sin excepción…

Mis notas siempre se destacaban de «Los alumnos normales»

Y mi espíritu de superación llegaba muy lejos…

Hasta que un día no pudiendo más con mi carga, estallé en llanto en mi casa y le dije a mis padres que no quería ir más a la escuela…

Ellos por supuesto se imaginaron los motivos, pero aún así mi papi fue a hablar con la directora que inmediatamente tomó cartas  en el asunto y le dijo a mi maestra que me llevara a la dirección, mientras ella hablaba con mis compañeros…

Por mi amigo querido Oscar Puricelli, me enteré que la directora Gertrudis Eggan, iba a tomar drásticas medidas con los que me hicieran burla…

Pasé noches enteras llorando en silencio y amanecía con los ojos hinchados.

Mi papá me decía canta, canta y cantando no tartamudeaba, la maestra me decía que lea en voz alta y leía y tampoco tartamudeaba…

Mi papi me enseñó a leer en italiano y a entenderlo bastante, con el leíamos el diario del domingo …y el me preguntaba ¿Qué dice aquí? y sus ojitos le brillaban cuando él se daba cuenta que yo le entendía.

Creo que esa fue la sicología mejor empleada. y un día se hizo el milagro.

DIOS dijo ¡Ya no más! y así fue, casi sin darme cuenta ni yo ni mis padres, mi hermana era casi bebé.

Y hoy al ver este video y compartirlo, mis amigos me abrieron los ojos, y me propusieron esto y me ofrecieron un espacio en sus aulas para que cuente mi experiencia en sus colegios de niños con capacidades diferentes…

Pues no solamente fui tartamuda, sino que no tuve estudios secundarios ni terciarios…

Vivía en un pueblo llamado Benavidez conde el colegio más cercano era 30 kmts y mis padres jamás accedieron a que viajara sola en tren.

Pero a los 16 años comencé a estudiar Corte y confección y me recibí de profesora de alta costura, estudié  piano hasta 4º año y años de Ingles en la Cultural británica hasta que me casé…

Siempre desde los 10 años escribí y seguía devorando libro que encontraba.

Hoy soy presidente en Argentina de la OMT (Organización mundial de trovadores) de la UBT Unión brasilera de trovadores, fui la trovadora «tartamuda” que introdujo la trova en Argentina… con infinidad de premios que logré gracias al sostén de DIOS, Y QUE NUNCA DI UN PASO ATRÁS… Leo casi perfectamente el portugués, gracias a que al entrar en la trova me fui haciendo amiga de su idioma.

Basta que se me presente un desafío, allí presente Liby para sortearlo…

Mi familia la primera siempre para apoyarme…¡VOS PUEDES!

Y PUDE! Como contarle esta parte oculta de mi vida, que si bien no era un gran peso…porque mi confianza en Dios lo supera todo y hay un versículo en la Biblia Filipenses cap 4: versículo 13 TODO LO PUEDO EN CRISTO QUE ME FORTALECE…

Pero mi logro mayor fue animarme después de perder 3 bebés, a adoptar con mi esposo Miguel, al hijo maravilloso que hoy es mi sostén consejero y hombre de mi vida quien junto a su esposa Luciana nos regalaron dos nietos hermosos, Delfina y Tomás.

Hoy desnudo mi alma a pedido de la mayoría que les compartí una parte  de mi historia…

Cuando me iban a hacer mi primer reportaje, decía para mis adentros que no me pregunten «estudios cursados» y una amiga muy querida de España me dijo…lo que tú haces es meritorio, asique deja colgada en el perchero la vergüenza y responde «SOY AUTODIDACTA» y punto.

Asique ahora que ya lo saben, espero que me sigan leyendo con el mismo cariño de siempre, tanto como el que yo empleo cuando escribo….

Los abrazo desde mi corazón. Y ya saben; nunca digan no puedo y se detengan, porque detenerse es retroceder…

EL DÍA QUE NO AMANECIÓ
Prof. Adrián N. Escudero
Argentina

A Edgardo A. Pesante. In memoriam 2 .
Y muy especialmente, a las escritoras y académicas
argentinas, Prof. Lic. María Hortensia Oliva, Prof. Lic. Nora Didier y
Prof. Lic. Liana Friedrich, egregia trilogía de seres angelicales puestos a
afianzar mi oficio y amor por lo literario: con entrañable e innegociable
afecto admirativo…

 

El cielo estaba como enrejado, como oscuramente abovedado. Estaba en vilo. Esperando el cumplimiento de la maldita profecía aramea introducida en la cultura tolteca. Según ella, los signos emanados de La Estrella de la Mañana, aseguraban que el tiempo se había cumplido. Decían que vendría pronto la insidiosa Oscuridad y que el Día no volvería a amanecer. O el fin de las texturadas alboradas volcánicas. Aspiró entonces como un animal en celo el frescor nocturno, hilvanado en las, hasta ese instante y sólo por una brevedad casual, verdes praderas de hombres altos, magos, hechiceras, elfos, enanos, hobbits, orcos, unicornios, bestias indómitas, reptiles y saurios aterradores. Pero nada sabía de la existencia de El Revelador. Y Tolkien vagaría aún y por más de 150 millones de años, como un espíritu desconocido para su estrenada conciencia vital. Y si todo sucedía como estaba previsto, ¿dónde prendería y apagaría el esplendor de su fuego primordial?

Se había quedado quieto ante aquel lúgubre presagio que hacía tronar su doble fila de dientes y colmillos con un lacónico rumrum, mezcla de ansiedad y presentido estupor agónico.Y un llanto como de cenizas recién inauguradas, pareció enrojecer aún más su mirada ayer altiva y ahora rotundamente cabizbaja… El sol no se anunciaba. Tampoco el fulgor de algún extremo racimo de relámpago. La quietud de esa tarde noche, ausente del chillido de los pájaros sobrevolando el valle de la Gran Montaña, era un signo que jamás hubiera deseado escuchar.
Quizás porque aquel velamen de pequeñas criaturas, era como una ronda diaria que anunciaba el comienzo y el final de cada jornada. Al igual que el enjambre de peces que, día tras día, hacían funcionar y desde un hábitat acuoso virginal -al compás de los vientos serranos-, el luminoso reloj de la existencia escondida en una miríada de especies latiendo, tic tac, desde el fondo verdiazul de los lagos y de las crestas porosas de las lomadas de la comarca terrenal…
Y tardaba. Alguien, alguna vez, lo había anticipado. Anticipado que, El Vigilante, ya no tendría que tutelar a nadie más en la planetaria redondez de aquel cielo duramente encapotado. Un cielo abroquelado en cada una de sus moléculas, negando al Sol la complaciente alborada con la que, el cuchillo de luces perfiladas daba calor y vida a su primigenio mundo. ¿Salvaje? (…) De pronto, un detalle en el que extrañamente no había percatado, le hizo pensar que la Oscuridad había llegado. Ya. Ya. Y alzó vuelo. Fue como unos cincuenta formidables metros aquel
desperezo de lagarto alado. Sólo unos kilómetros a la redonda y todo se confirmaba. Las fogatas en aldeas humanas e inhumanas, no aparecían por ningún rescoldo traspasado por su proverbial visión de ave prehistórica de caza. Sin embargo, El Vigilante, no se dio por vencido. Y atravesó como un rayo toda la superficie de su mundo cruelmente amenazado y rumbo a la extinción total.
La completa ausencia de luz solar había comenzado un proceso de descomposición orgánica y mineral, y el panorama en extensas áreas del planeta ya no era ni verde, ni marrón ni azul. Su aguda facultad visual y poderosa audición, fueron más que suficientes para describir, con extrema certeza, las condiciones alarmantes y sobrecogedoras con que la realidad visible e invisible del planeta se manifestaba… El color ocre comenzaba a dominar la escena y pintaba con una dida pero lóbrega matiz mortuoria, hasta el más mínimo rescoldo de nichos de pichones hambrientos, de frondas y vegetales sedientos, y oasis de tierras fértiles disipadas áridamente en una nube rumorosa de polvo volátil y rocas desgranadas… Corrido el telón de lo inexorable, los ríos mostraban la barrosa sequedad de sus lechos anémicos. Y los mares y océanos, y los gélidos árticos comenzaban, desde una profundidad abismal, la vaporosa e imparable difuminación hacia lo Alto, mixturando sus aguas salobres con la opacidad creciente del cielo encadenado, abroquelado y renegrido, pero sin señales de tormenta alguna. Y tal
condición crepuscular, inaudita y extraña, podía observarse como un fenómeno que había anulado finalmente hasta la espléndida belleza de las auroras boreales.
Con la desazón cargada sobre el ancho cuerpo, y el corazón protoplasmático de sangre fría latiendo de furia en su interior, con ondas asistemáticas y espumosas al borde de un estrepitoso infarto, El Vigilante regresó a la cima de la Gran Montaña. Afirmó con fuerza sus garras ciclópeas. Estaba solo…Alisó los dientes e hizo crujir los cónicos colmillos, agitó las alas laterales y estremeció su impenetrable piel gruesa y rugosa. Estaba solo. Solo. Era un Rey al que nadie podía ni deseaba destronar. Hinchó el hocico y abanicó sus cuernos y alas punzantes como las de un pterodáctilo. Solo. Completamente solo. Ni siquiera la corta visita a los huesos de sus antepasados, lo había consolado. Y peor todavía cuando se dio cuenta de que, su estirpe real, no tendría heredero alguno. Y si el mundo volviera a recobrarse millones de años después, su estampa única sería tal vez, o confundida con sus no muy lejanos primos, los saurópsidos dinosaurios, o tenida por una creación imaginaria de fantásticos narradores de cuentos para jóvenes y niños…
Pero antes de que viniera la Oscuridad y su agobiante silencio de muerte, tuvo tiempo para prepararse como el Insigne Caballero Alado que había sido, hasta ese desdichado destino de su sentenciado, egregio mundo material. Así, con elegante presteza, alzó el cuerpo de rasgos serpentinos elevando sus dos saúricas patas delanteras, y, acollarando el cuerpo junto a las traseras cuánto pudo, desplegó en tenaza sus curvas y filosas garras para otear, por última vez, el horizonte oculto por la celestial bóveda ominosa; y despidió, con hidalgo furor, una gruesa bocanada de fuego, girando sobre sí como las agujas de un reloj desconocido… Luego, enjuagó su lengua con saliva agria y lechosa, recogió su gigantesca cola de aletas escamadas con motas de color metálico y polimorfético, y cerró los ojos hinchados por un llanto demorado de siglos… Y si nada podía hacer por ese mundo agonizante, también su hora había llegado. Solo. Un brutal estremecimiento de su nervada masa muscular, hizo temblar a la Gran Montaña y su cadena de eslabones. Al cabo, y a gatas, como un pequeño pichón de tigre, Quatzalcoatl, el
último, inteligente, bondadoso, sabio y bellísimo Dragón Dorado sobre la tierra, apagó el brillo de sus metálicas escamas y exhaló un último suspiro, y, con él, las fuerzas supremas que lo animaran…
Al instante, la Oscuridad llegó, como estaba escrito desde el Primer Principio, para hacerlo presa y sepultarlo finalmente junto a los suyos,cuando la Gran Montaña y la Sagrada Caverna donde habitara, en la cúspide soberana de un risco inaccesible, se desplomaran estrepitosamente sin más y sobre sí mismas, en un
tronar espantoso que nadie llegó a escuchar tras el segundo e histórico Apocalipsis evolutivo que, Alguien, había desatado ahora con la fuerza de un enorme, brutal meteorito que golpeó a La Tierra, originando el nuevo supercontinente Gondwana –sobre los restos geológicos de Rodinia, Pannotia y Pangea- descentrándola de su eje rotatorio y revirando a todo el Orden Existencial existente…
Concluía el calendario Jurásico de la historia Mesozoica. Estratigrafía futura mediante. Y ese Alguien comenzaría ahora a barajar y dar de nuevo, con las cartas de eones, eras, períodos y épocas, un interminable juego de naipes astrales llamado Solitario.-

GERARDO Y EL PÁJARITO
Eunate Goikoetxea
Alicante-España

Gerardo pensaba de una forma  diferente de los que gobernaban su país, Por ese motivo  estaba en la cárcel.  Estaba aislado en una celda. Una vez por día iban a buscarlo y lo llevaban a tomar sol. Era importante que tomara sol, y respirarse aire fresco, para no morir. Y sus carceleros no querían que le pasara nada

Allá afuera había una especie de gran jardín rodeado de muros altos, y vigilado. Pero era, sí, un jardín en el pensamiento de Gerardo, porque tenía flores, los árboles diseñaban manchas de sombra en el suelo, y había pájaros.

Todos los días, el recogía la felicidad que era capaz de conseguir, y esperaba la hora de la salida. Su alma sonreía cada vez que  atravesaba la puerta, y le inundaba la luz

Al comienzo, llevaba un libro, para quedarse leyendo acostado sobre la hierba, después descubrió que el libro era innecesario porque aunque estaba abierto ante sí, él no lo leía; su mirada prefería posarse sobre las hojas, los tallos de hierba, las nubes, verde y azul que le hacían tanta falta al monótono ceniza del cielo.

A partir de entonces, comenzó a llevar un pedazo de pan. El pan sí era importante para aprovechar mejor aquella hora. Se echaba un pedazo en la boca y se quedaba masticando, masticando. Primero era el gusto mismo del pan. Después, con la saliva, iba volviéndose gusto a trigo y, echado al sol, los ojos cerrados, podía imaginarse en un trigal, con algún agua cercana, de fuente o de arroyo, que manaba traslúcida y en la cual se mojaría la cara cuando tuviera ganas.

Fue a causa del pan que un pajarito llegó más cerca. No mucho, claro. Pero un poco más que los otros. Lo suficiente como para que reparara en él y empezara a observarlo con atención.

Quería las migas. Tenía una cabecita delicada y redonda que inclinaba hacia un costado como si pensase cosas importantes. Y tal vez las pensase… Los ojos también eran redondos, tan brillantes como duros. Y duro era ciertamente el pico con el que picoteaba el suelo sin descuidar la peligrosa proximidad del hombre.

“Es”, pensó, “un pajarito valiente”. Y esparció las migas sobre el césped, retirándose algunos pasos para que él pudiera ir a buscarlas.

Al día siguiente, apenas si recordaba al pajarito. Sin embargo nuevamente, en cuanto partía pedazos de pan para llevárselos a la boca, el pajarillo  se destacó entre los demás y se aproximó saltando, pronto a volar al menor peligro, aunque arriesgándose un poco más. Y nuevamente José  premió con migas su coraje.

Así comenzaron a entenderse. Y a partir de entonces descubrió que la alegría de salir se juntaba con otra, la alegría de un encuentro.

Ahora, cada vez que atravesaba la puerta para tumbarse  al sol, se preguntaba si el pajarito estaría allí, esperándolo… Y siempre estaba.

Durante semanas, tuvo el cuidado de mantenerse quieto, casi inmóvil, cuando el pajarito se aproximaba.

Después, moviéndose muy despacio, con gestos idénticos, dejaba caer las migas y retrocedían unos pasos. Siempre del mismo modo, para que el pajarito comprendiese que él no representaba riesgos.

Y el pajarito llegaba, daba pequeños saltos, se detenía, volvía a saltar. Hasta llegar a picotear las migas, siempre atento a las actitudes de Gerardo.

Ese era el modo que tenían de conversar. Y para el, que no hablaba con nadie, era una larga conversación.

Un día, retrocedió un paso menos. El pajarito vaciló pero se acercó. Descubriendo que había hecho una conquista, le dio tiempo a su pequeño amigo para que se acostumbrase.

Después de muchos días, nuevamente acortó la distancia.

Y el pajarito se acercó.

Una alegría mayor afloró en su pecho. Sabía que era cuestión de tiempo y paciencia.

Y Gerardo   tenía mucho de ambas.

Poco a poco, sin hacer nada que pudiera asustarlo, fue llevando al pajarito hacia sí. Retrocedía un poco menos. Dejaba caer las migas en dos tandas, contando con que, comidas las primeras y viendo otras  a su alcance, el pajarito se aproximara más.

En ese juego se pasaron meses. Y es probable que el corazón del pajarito ya no palpitara más rápido el día en que fue a buscar sus migas en medio de aquellos zapatos oscuros.  Faltaba mucho todavía. Porque la distancia entre los zapatos y la mano era tal vez más difícil de superar que los metros de hierba que ya habían sido vencidos.

Pero el tiempo no parecía tener límites. Y la paciencia se hacía más grande a medida que aumentaba el amor.

Así se fueron los meses. Muchos, tal vez Y de murmullo en murmullo, se difundió en la prisión que Gerardo había domesticado a un pajarito. Y que todos los días, cuando cruzaba la puerta, llegaba el amigo entre cantos y batir de alas, a comer en su mano.

Pronto, los hombres de las otras celdas quisieron ver. Algunos se quedaron mirando por las ventanas, entre las rejas. Otros, que salían con él, empezaron a acompañarlo en su paseo por el jardín. Y todos llegaban y comprobaban: había un pajarito que confiaba en un hombre y le hacía fiestas, y se posaba en sus dedos para comer migas en la palma abierta.

Otros intentaron hacer la misma cosa, deseosos también de tener amigos. Pero a pesar del deseo y de las migas, ninguno lo consiguió. Entonces aquel único pajarito, que sólo reparaba en Gerardo, se volvió un poco el pajarito de todos.

Y fue tal vez por eso que, pese a que una luz de victoria ascendió a los ojos de todos ellos, ninguno hizo un gesto ni soltó una exclamación el día que el Gerardo  tomó una miga entre los dientes y el pajarito fue a buscar la comida en su sonrisa.

Pasó el verano. Llegó el invierno. Pero el invierno no era riguroso en aquel país, había flores, los pájaros no migraban.

De ahí el susto que se llevo  el día en que su amigo el pajarito  no fue a buscarlo a la entrada del jardín.

Ni apareció ante sí. Por primera vez la hora que tenía para ser feliz se le hizo eterna  entre los árboles.

Al día siguiente, una punta de angustia hirió a Gerardo  en su celda, mientras esperaba salir. Caminando hacia la puerta, intentó escuchar a lo lejos el canto de aquel pajarito, pero algo le decía que, aparte del sol, nada lo esperaba tras los pesados portales.

El pajarito no fue aquel día. Ni al otro. Ni otro cualquiera.

Al comienzo, quiso inventar justificaciones. Pensó que había sido cazado, o que había partido a hacer nido. Pensó que habría encontrado migas más suculentas o familiares.

Pensó en cosas así, que disminuyesen su tristeza por la pérdida del amigo.

Sólo después, cuando fue disminuyendo la tristeza, pensó en cosas más simples. Que el pajarito había seguido su destino fuera cual fuese. Un destino que lo llevaba lejos de ahí. Como el de él, que en algún momento, también lo llevaría, lejos de aquel jardín, para siempre lejos de aquellos muros.

MATRIMONIO CONSUMADO
Por: Gustavo Páez Escobar
Colombia

Quiero contarle a usted mi secreto matrimonial, pero no me atrevo. Como es algo tan íntimo y rodeado de circunstancias inverosímiles, me siento temeroso. Usted, sin embargo, querido señor, me inspira confianza y por eso voy a participarle mis temores. Me tomaré primero este aguardiente para que se me aclare la imaginación. El aguardiente ayuda a pensar. En las soledades de mi matrimonio acostumbro apurarme mis copas abundantes para regocijar el espíritu. Entonces veo distintos los pro­blemas.

Ahora sí me estoy entonando para hablar. Y ya que comencé a remover mis confidencias, lo escuchará todo. No soy un amargado, como de pronto usted me interpreta. He aprendido la sabiduría de manejar las derrotas con rostro risueño.

Será por eso que me llaman Rosendito, no sé si por ca­riño o por lástima. Es algo que me incomoda, porque me vuelve pequeño. Parece que fui “Rosendito” toda la vida, o sea, niño cándido y fácil de engañar. A usted, mi amigo, no se le vaya a ocurrir nunca tratarme con disminuciones. Pronuncie duro mi nombre, así: ¡Rosen­do!, con voz en pecho, porque soy todo un hombre, un hombre fuerte que no retrocede ante nada.

No tengo amarguras. Únicamente malos recuerdos. Hay cosas que fastidian sin que produzcan resentimiento. Mi mujer es hacendosa y a veces la encuentro queren­dona. En los oficios caseros es toda una artista. Si viera usted cómo pone a bailar la escoba y cómo juega con las ollas en el fogón. Camina por la casa con aire desenvuelto y con cierta coquetería.

Cuando me siente lejano le da por musitar la canción de los Panchos, la misma de nuestro noviazgo. Era nuestro himno pegajoso del amor. Ya de casados suena diferente. Los tiempos cambian, señor. A usted le ocurrirá lo mismo. Ella sabe manejar sus ar­mas. A veces sucumbo ante sus artimañas: para qué voy a negarlo.

Con su marcha de basuras la veo pasar alegre y salu­dable. La miro entonces al descuido, situándola en todos los perfiles posibles en busca de la reina que pretendía encontrar y no tuve. Quizás, me digo, si a la cara se le cortara algo en este ángulo y se le agregara al otro; si pudiera reducírsele el mentón tan pronunciado; si se le diera otra dirección a los pómulos; si la comisura de los labios se viera más armoniosa; si lograra suprimirse el extravío del ojo derecho; si los senos fueran más reco­gidos; si las caderas tuvieran alguna ondulación; si las piernas fueran menos macizas y más briosas… tal vez el matrimonio me sabría mejor.

Dirá usted que con estas exigencias estoy buscando una obra de arte. No, señor. Simplemente desearía una mujer menos cilíndrica y más espigada, menos coqueta y más insinuante, menos ruidosa y más rítmica, menos carne y más mujer… Y no es que sea muy pretencioso. Me con­formaría con el término medio. Como la esposa de mi vecino, que sin ser una belleza es atractiva y apetecible. No será una beldad, pero posee discreto encanto, de­liciosa seducción. En su cara se dibuja la secreta sugerencia que electriza a los hombres. Camina con gar­bo y en sus carnes se mueve la misma tentación.

Mi mu­jer, en cambio… En fin, esto ya no tiene remedio. Y no penetro en detalles ocultos, porque usted puede juzgarme mal. Bien comprenderá que no se trata de codiciar una diosa, pero sí de fabricar otra mujer.

Adivino que usted desea saber por qué, con tantos de­fectos, me casé con ella. ¿Conoce uno acaso su destino? ¿Alguien le garantiza que esta o aquella mujer será la ideal? Otro aguardiente me calentará más el caletre. No me interprete mal, por favor. No soy ningún bebedor con­suetudinario. Es que las tristezas bajan mejor con licor. Apenas me siento chispón, entre lúcido y espontáneo. Es el punto exacto, el del hombre sentimental y sincero. No hay mejor momento del alma, y de ahí no debiera salirse nunca.

Las copas me hacen divagar. Ahora sí voy a contarle las intimidades de mi casorio. Una boda y un casorio son cosas diferentes. Lo mío está situado en el acto deslucido, burdo y hasta risible. ¿Por qué me casé?, preguntará usted. ¡Por interés! ¡Por físico interés! Pero no quiero dañar la historia. Vamos a seguirle el hilo. Escuche con atención.

En la capital tenía yo un puesto im­portante. Pero me mantenía sin un peso en el bolsillo. Todo cargo oficial es más de apariencia que de ren­dimiento económico. Esto no me impedía poseer buen carro y expedir cierto aroma aburguesado. Había quienes envidiaban mi suerte. Y en el sexo opuesto, mujeres que me apetecían. Por simpático, bien planta­do y funcionario encopetado, no me era difícil la conquis­ta femenina. Entre diversiones y galanteos, se me iba el sueldo. A duras penas lograba recoger las letras del automóvil.

Un fin de semana, deseoso de novedades, me escapé al pueblo vecino. Iba sin rumbo cierto, pero con presenti­miento de encontrar alguna aventura pueblerina. Mi auto rodaba reluciente por la carretera, con visos de opulencia. Yo lucía fina chaqueta de gamuza, vistosa ca­misa tropical, zapatos lustrosos y, para completar la figura del dandy, no había olvidado las gafas deportivas.

Cuando me detuve en mitad de la plaza, algunos chi­quillos se vinieron en tropel, deslumbrados por el carro suntuoso que brillaba más en un pueblo insignificante. En la esquina se reunió, con increíble rapidez, el grupo de las casaderas, las eternas novias de todas partes en busca de marido. Muy pronto estuve entre ellas, cortejándolas. Me sentía bien en medio de aquellas sencillas muchachas de provincia. A la vuelta del tiempo, más ambientado y convertido en personaje de la localidad, había hallado el sitio perfecto para los fines de semana.

Como aparte de rico, según se pensaba, era delicado con las damas, adquirí prestancia. La sobrina del párroco, la más despierta y risueña, fue la elegida. Me ro­deaba de atenciones y halagos, de finezas y estrategias, hasta que terminamos de novios. Era mi no­via del week end, y esto no estaba mal. Sin ser la mu­jer ideal, significaba buen motivo para pasar momen­tos agradables en sus fincas y respirando aires puros. La vida es más grata, señor, entre árboles, caballerías y jolgorios, que entre deudas y estrecheces.

Podía disculparle la ausencia de mejores contornos femeninos ante la certeza de una buena dote. No la subestimaba como mujer, si era atenta y gracio­sa, cordial y hospitalaria. Mal podía reparar en la falta de armonía de sus pómulos y sus labios, ni en su mirada bizca, que disimulaba con lentes deportivos, ni en la dis­persión de sus senos, ni en el poco atractivo de piernas y caderas.

El noviazgo interesado me hacía gozar la vida. Ella estaba ilusionada con el señorito de la capital a quien veía acomodado e influyente, y yo, con la cándida niña de provincia a quien encontraba provocadora y… hacenda­da. Era una mutua atracción, henchida con las mentiras que se dicen los novios en todos los confines del planeta.

El juego era peligroso, claro está. Así fue como resbalé y caí. ¡El pueblo me casó, señor! Le aseguro que yo no lo hice por mi propia voluntad. Otro trago más y le contaré el resto… Es una confesión sincera, que a nadie he confiado. Créame que le digo la verdad. Le repito que el pueblo entero, con el tío de la novia a la cabeza (o sea, el cura) y el séquito de damas astutas, me puso el yugo al cuello. Las libaciones aquella tarde habían sido más abundantes que de costumbre y en medio de ellas propuse, según dicen, este matrimonio del que ya no puedo librarme.

Sólo recuerdo vagamente cuando volaban con la novia a cambiarla de traje. El bebedizo que alguien había depo­sitado en mi copa sellaba un matrimonio insólito. Cuan­do pronuncié aquel sí categórico, sentí algo parecido a que me hubieran sacado en hombros por todo el pueblo.

Después desperté en medio de la sed devoradora. Me asusté, y casi grito de horror, cuando una mujer metida en mi propia cama y en ropas ligeras me reía con ojos maliciosos. “Soy tu esposa”, me dijo, y me rodeó de mimos. Yo brinqué como un resorte y, prote­giéndome de sus caricias, por primera vez desprecié una mujer. Ella me seguía por el cuarto como gata en celo, y yo, todavía confuso  y ausente de todo deseo, huí como un desesperado. No comprendía lo que había ocurrido. Y juré no volver más al pueblo. Creí haber visto un fantasma, en lugar de la novia recién desposada.

Pero no duró mucho mi evasión, ya que a los pocos días me llegó a la capital, provista de maletas y de la partida matrimonial. La rechacé con decisión. Al fin y al cabo el matrimonio no se había consumado y podía obtener su anulación. Pero el matrimonio, así sea a la fuerza, es algo que lo persigue a uno para siem­pre. Fue más tarde el párroco el que me llegó en busca de diálogo. Tocó mis sentimientos religiosos e in­vocó mi condición de caballero. Imagínese mi desgracia, señor.

—No te conviene exponerte a las murmuraciones –me dijo en tono paternal–. Tu santa mujer ha quedado encinta y así no podrás obtener la anulación.

—¿Encinta… encinta, sin haber hecho yo nada?

—Tenías algunas copas de más y no te acuerdas de lo que hiciste.

Quedé perplejo. Esto era ilógico, pero podía haber sucedido. Días después me trajo una eviden­cia: el médico certificaba el embarazo. Me concentré en mi drama, pretendí fugarme de la realidad, pedí consejos… ¡y siempre tropezaba con una mancha en la conciencia! A la postre triunfó la razón. Le pro­puse que conciliáramos las dudas y los resquemores. Ya no me quedaba otro camino sino el de ser realista.

Pro­curé olvidar mis sorpresas para gozar del amor y de las fincas, como me lo merecía por sacrificado. Cuando nos fusionamos, esta vez para toda la vida, me pareció escuchar un grito jubiloso salido del estómago de la madre, y prometí ante la descendencia que se iniciaba que sería un padre protector y valiente.

La última copa será para que usted me compadezca. Cuando pregunté por sus propiedades, ella calló. Luego se echó a llorar como una magdalena y me dijo que todo había sido men­tira. Una sutil e inocente maniobra femenina para con­quistarme en un pueblo con pocas esperanzas. Me quedé confundido, con deseos de que me tragara la tierra.

Re­accioné cuando ella, a su turno, se interesó por conocer mis bienes, ese ancho capital que yo exponía en nuestros encuentros. Terminamos viéndonos limpios, como Dios nos había enviado al mundo. Esto fue mucho más evi­dente cuando al poco tiempo tuve que salir del carro por no resistir el pago de las cuotas. Reímos entonces con absoluta franqueza y así celebramos nuestra complicidad. Si nos habíamos casado por interés, no podíamos reprocharnos por el mutuo engaño.

La historia no ha concluido. Todo estaría bien encajado, como para una novela feliz, menos la tre­menda duda que desde entonces me persigue. ¿No hubie­ra sido más sensato cerciorarme, por medios distin­tos a los del médico del pueblo, del embarazo? Aquel bebedizo no podía producir total estado de amnesia, ¿no cree usted? Además, hay incertidumbres que cues­ta trabajo revelar. Lo haré con usted. El dilema es serio.

Mi mujer es fea y no despierta grandes arrebatos. Sin embargo, vivo celoso. Escúcheme bien: ¡celoso! ¿De quién? ¡De todos! ¿Quién me garantiza que el embarazo no venía de atrás? Lo cierto es que el muchacho nació a los siete meses de habernos casado. ”¡Un lindo sietemesi­no!”, murmuraban en el pueblo. ¿Su padre no sería aca­so…? Me refiero al farmaceuta, su pretendiente.

¿Y us­ted está pensando en el otro, verdad? ¡Claro que no hay que descartar al tío, el cura, y que Dios me perdone! To­do es posible. El matrimonio oportuno salva la  deshonra. Desde entonces, y a pesar de los siete hijos que más tarde renegarán de su padre pobretón, las dudas me atormentan. ¿Serán todos hijos míos? Dentro del matrimonio consumado cabe también lo ajeno, ¿verdad, señor?

—¡Rosendito, mi amor! —lo recibió su mujer en la puerta de la casa—. Llegas copetón. Así eres más tierno y cariñoso…

El hombre la miró con expresión estúpida, que en el fondo era también amorosa, y ciñéndola por la cintura la llevó a la alcoba conyugal, donde minutos más tarde roncaba él como alma bienaventu­rada.

LA RUEDA DE LA ALEGRÍA 
Dra Piedad Romoleroux
Ecuador

En sus domicilios: nidos, cuevas, hoyos, madrigueras, ríos, los animales estaban rebozando de felicidad; se comentaba con algarabía que la rueda moscovita estaba siendo levantada a la entrada del pueblo; ¡Que algazara,
qué júbilo! Ninguno de los pequeños, bueno, ni tampoco los adultos habían visto jamás algo parecido, eso sí, escucharon en correrías que era una rueda muy, muy grande a la que algunos llaman Noria, otros Rueda de la Fortuna; aquellos que habían subido en ella sintieron tocar el cielo con las manos, así que la curiosidad los tenía a punto de no ver el momento de estar sentados en las alturas.
Mamá , Papá castores asentados en el riachuelo cercano, dejaron por un momento su labor vigilando la represa de ramas de madera y barro que construyeran hace pocos días y prestaron oídos a los comentarios que corrían de boca en boca; los pequeñuelos que jugaban cerca, saltaron de contento, no les cabía la menor duda de que todos irían a la inauguración de la famosa rueda; unas golondrinas avistaron desde sus nidos que ya se habían colocado las bases de una enorme plataforma para el famoso aparato y en breve culminaría su ensamblaje; la curiosidad las mataba, eso sí, ellas no gastarían sus reales en comprar ningún boleto, pues desde las alturas dominaban el paisaje, el gasto que lo hagan aquellos que no gozaban del privilegio de volar; desde un samán corpulento, un enjambre de abejas afanosas iban y venían alrededor de la colmena ensordeciendo con sus zumbidos los alrededores; dos monos titíes saltando de rama en rama y luego encaramados en un guayacán, hacían piruetas queriendo llamar la atención de los parroquianos, quienes se entretenían con sus travesuras, ellos no dejarían por nada del mundo de adquirir lo más pronto sus tickets; más allá una iguana verde amarilla con manchas negras y el dorso con una fila de espinas dentadas se acercó sigilosa y precavida, con voz gangosa preguntó sobre la famosa noria, pues no quería perderse de semejante suceso y deseaba estar con su prole en la inauguración; no paraba la iguana “dándole a la sin hueso”, cuando una lora de plumaje verde intenso y cogote amarillo tomó las riendas de la conversación, – no me pueden excluir, quiero asistir con ustedes a ese acontecimiento, irá por supuesto mi consorte Demetrio y mis pequeños, quienes gozarán y tienen derecho, ya que han terminado la escuela con excelentes notas; un pequeñuelo de dorso verde brillante, quien no era otro que un colibrí se acercó, batiendo sus alitas con tal intensidad y con prontitud gorjeo, – dónde es el encuentro, no me lo quiero perder; todos al unísono aplaudieron la ocurrencia y estuvieron de acuerdo para indicarle el sitio exacto; una familia de ardillas de colas largas y peludas, llevando bellotas entre sus patas, apareció por el sendero de ceibos alargados y fantasmales, con sus ojos brillantes y sus dientes prominentes se unieron al festejo, porque amigos esto era un festejo, ¡qué otra cosa podría ser! . Los preparativos eran muchos, los días y sus noches se sucedían, hasta que  llegó el momento esperado, la Rueda Moscovita, la Noria, la Rueda de laFortuna, se abría al público esa misma tarde; la noticia se difundió por todos los lares, de tal manera que la cola para adquirir las entradas doblaba cuadras de cuadras, casi hasta la salida del recinto; los primeros en subir a la cabina fueron la familia de patos, mamá, papá, Rosendo y Ramona de siete y seis años quienes algo temerosos esperaron a que un gavilán con overol azul y camiseta blanca, gentilmente los acomodara junto a sus padres, en total cuatro cómodamente sentados. Así en las treinta y seis cabinas se sentaron plácidamente grupo por grupo guardando la correcta formación; piqueros patas azules, iguanas, ratones, ratas, ¡por qué no, porqué excluirlas!, gatos y gatas, ardillas curiosas, castores, monos chillones, ovejas, cabras, asnos, mulas, osos hormigueros, camaleones, lagartijas… todos estaban locos de contentos…desde arriba todo se veía semejante a una pista de juguete, árboles frondosos empequeñecidos, palmeras, ceibos, guayacanes, higuerones, flores diminutas, el cerro a lo lejos lleno de vida y colorido, el río con su caudal sereno corría sin prisa llevando líquenes desplegando su verdor; las canastas con sus alegres ocupantes subían y bajaban, suben, bajan, suben, bajan… una y otra vez, algunos chiquitines se sintieron mareados, mas a pesar de estarlo no querían descender de la Maravillosa Rueda; pero todo llega a su fin y otros esperaban con ansiedad su turno para
deleitarse con ésta y así fue, unos desocupaban los asientos y los nuevos se aprestaban a gozar de tan famoso entretenimiento; sin embargo la felicidad en los rostros era tal, que aquellos que esperaban lo hacían jubilosos de ser partícipes de esta incomparable experiencia la cual recordarían toda la vida.
La verdad es que, el ya entrañable círculo de acero, después de una semana fue desmontado, sus dueños lo levantarían en otro no lejano lugar para derrochar alegría, contento, gozo para distintos lugareños quienes con toda seguridad nunca habrían visto ni asistido a un acontecimiento de tal índole; la Rueda Moscovita, la Noria, la Rueda de la Fortuna, que sin lugar a dudas haría el deleite de niños, niñas, adultos, y por qué no de los ahora llamados adultos mayores…

ESTÍO
María Sánchez Fernández
Ubeda-España

    El sol apuntaba madrugador en el cerrillo. Las gallinas del coral desperezaban sus alas con alegres cacareos, mientras “Moruna” y “Pintada” rumiaban pacientemente a la espera de que alguien viniese a ordeñar sus repleta ubres.
    La aldea despertaba a un nuevo día que prometía ser hermoso. Una fresa brisa mecía las espigas, que de puro doradas parecías primas del sol, mientras el agua del arroyo, cantando y riendo, se ocupaba de sacar brillo a las piedras que encontraba en su camino.
    A lo lejos se oyó ladrar a un perro, y mezclado a sus ladridos la esquila de un rebaño. Sí, era que Juan, el pastor, iba al monte a apacentar sus ovejas. A Juan le gustaba ser pastor y le gustaba ir al monte. Allí se encontraba a sí mismo y podía pensar y soñar. Recordaba que cuando era niño, el maestro le contaba maravillas; que la tierra que pisamos es redonda; que el cielo que no cubre es infinito y que hay mares inmensos poblados de plantas y criaturas. Juan amaba a sus ovejas, amaba al monte y amaba a sus perros, pero a veces añoraba  ser un caminante y conocer tierras extrañas para él. Le había dicho de grandes ciudades donde todo es bullicio y ruido y la gente no se conoce entre si. Juan sonrió y miró en torno suyo. Vio que el cielo estallaba de puro azul, que en la hierba brillaba todavía el rocío de la mañana y que el aire estaba preñado de perfumes. Se acordó de Pablo, Pancho y Tomás, sus amigos, y sonrió feliz. Era hermoso vivir en la aldea. Pensó en la muchacha que vivía en la casita del camino y su alma se inundó de gozo. Sí, era feliz allí en su mundo que nunca cambiaría por otro.
    “Canelo”, su perro, ladró nervioso, y vio como corría tras una ovejilla casquivana que estaba empeñada en explorar el monte por su cuenta. Corrió y saltó hasta lograr hacerla entrar en el redil. Después de mirar y ver que todo estaba en orden ladró contento, se tumbó y fingió dormir.
     El camino corría alegre hacia el valle persiguiendo a las amapolas que salían a su encuentro. Se oían risas y parloteos de muchachas que se mezclaban con la campana de la iglesia que llamaba a la oración del mediodía.

    Una voz joven llamó:
    −¡¡ “Moruna”…!!  ¡¡”Pintada…”¡¡
    Siendo contestada por mugidos largos y melancólicos.
    La joven voz pertenecía a Martina, la muchacha campesina que vivía en la pequeña casa del camino. Era la hora en que los segadores tomaban su descanso, y Martina, mientras reía y charlaba de mil cosas, miraba de vez en cuando hacia el monte. ¿Qué haría Juan? ¿Pensaría en ella? Y su cara se encendía y asomaba en ella el cielo entero. ¡Cómo le quería, Señor! Y él, ni cuenta se daba. Estaba siempre tan callado, pensando Dios sabe qué cosas…
Muchas mañanas le veía pasar por el camino y ella, feliz, le decía:
    −¡Buenos día, Juan! ¿Vas ya para el monte?
    Y el contestaba con una sonrisa amplia que le iluminaba su rostro moreno:
    −¡Buenos días, Martina! Sí voy para allá. Hoy hará un buen día y habrá buen pasto.
    −Parió ya la “Lucera”?
    −No, pero pronto lo hará.

    Estos brevísimos diálogos eran para Martina como el rocío para las flores. Ella quisiera decirle tantas cosas que no cabían en su corazón, pero este se empeñaba en latir tan fuerte, tan fuerte…, que no las dejaba salir.
     La voz de un mozo rasgó el aire con una copla. Con una de esas coplas que saben decir el sentimiento del alma llana: amor−dolor; alegría – amor.

    La aldea latía allí, muy cerca, con sus casas brillantes de cal, sus tejados ocres y sus ventanas reventando de flores. Una bandada de chiquillos corría detrás de un cerdo que se había escapado del corral. El animal chillaba al verse perseguido por aquella “jauría”. ¡Qué extraños eran los hombres! ¿No podían dejarlo en paz? A él también le gustaba ver la calle y andar tranquilamente por ella y oler lo que le viniera en gana. Pero no, el mundo era de ellos. Vivía con sus hermanos en un espacio tan pequeño que apenas podían moverse. Sólo comer y comer. La vida tenía que ser de otra manera. Todas las criaturas de Dios tienen derecho a ver la inmensidad del cielo y correr por esos prados verdes que él nunca había visto y que tenían que ser una bendición. Recordó a su padre, que un buen día se lo llevaron y nunca más volvió.
    La tarde empezaba ya a declinar. Las calles de la aldea iban animándose con la llegada de los hombres y mujeres que venían de la siega. Los jóvenes cantaban, bromeaban y reían, y los menos jóvenes se limpiaban el sudor, suspiraban y ansiaban el descanso.
    Sentado en la puerta de su casa estaba el abuelo Antón, fumándose una pipa, mientras miraba con nostalgia la alegría de los muchachos, pensando que algún día, hace mucho tiempo, fue como ellos. ¡Pero cuánto tiempo hacía, Señor! Ya ni se acordaba. ¡Habían pasado tantas cosas desde entonces! El sol se había ocultado miles de veces, los campos  habían sido segados por tres generaciones, y hasta el lecho del arroyo se había hecho más profundo de tanta agua como había pasado por él.
    El sonido de una guitarra rompió el aire y, el abuelo Antón, siempre con sus recuerdos se vio mozo. Sus piernas ya no le pesaban y su alma era tan pura como la luz de la mañana. Tenía alegría para regalar a quien quisiera. Se veía bailar y cantar en las tardes domingueras, para luego caer rendido en un sueño que solo es privilegio de los jóvenes.
    El abuelo Antón encendió otra pipa y siguió con sus recuerdos.
    La casita del camino tenía la puerta y las ventanas abiertas de par en par. Era una invitación al aire fresco de la tarde, al piar de los pájaros y a ese cielo multicolor que más que cielo es madreperla.
    Se oyó ladrar a un perro, y mezclado a sus ladridos la esquila de un rebaño. Era Juan, el pastor, que regresaba ya del monte.
    Al pasar por la casita del camino su corazón latió con más fuerza. ¿Qué haría Martina? ¡Tenía que decirle tantas cosas….! Pero siempre le ocurría igual. Cuando estaba ante la muchacha, su lengua se volvía tan perezosa que se negaba a moverse.
    Haciendo un esfuerzo y armándose de valor la llamó. Ella al oír su voz salió contenta.
    −¡Juan! ¿Eres tú?
    − Sí, quería enseñarte algo. ¡Mira, parió ya la “Lucera”!
    Y en los brazos de Martina puso un corderillo tan blanco como los copos de nieve. Ella, temblando de alegría, hundió su cara en el suave pelillo del animal y lo besó mil veces porque venía de los brazos de Juan.
    ¡Con cuanta ternura los miró la tarde! Con tanta, que les regaló mil cosas. Les regaló el olor del trigo recién segado, las canciones de las hojas al mecerse, el croar de las ranas, el piar de los nidos…, y tantas y tantas cosas más.
El aire les trajo el sonar de la campana de la iglesia que llamaba a la oración de la tarde.

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