CUENTOS-RELATOS Y MICRORRELATOS

 

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Junio  2.020  nº 32

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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

COLABORAN ; Leonora Acuña de Marmolejo…  Estados Unidos )…Magi Balsells (Barcelona-España)… María Elena Camba (Argentina)…Adrián N. Escudero( Argentina)…Carlos González Saavedra (Argentina)…Elsa Lorences de Llaneza (Argentina)…Gustavo Paez Escobar (Colombia)…Piedad Romo-Leroux   (Guayaquil-Ecuador)….Maria Sánchez Fernández (Úbeda-España) 

 

 

 

LA NANA*
Por: Leonora Acuña de Marmolejo.
(Estados Unidos)

Andrés Montemiranda un hombre bastante acaudalado -quien vivía en San Bernardo un hermoso pueblo del Valle del Cauca-, había enviudado de su esposa Claudia con la que  habia procreado dos hijos: Gerardo, y Graciela Inés de 12 y 14 años respectivamente.

       Ante la situación tan crítica al quedarse solo para levantar a sus hijos, Andrés resolvió enviar a la niña al convento de las Madres Franciscanas de la capital, quienes tenían también bajo su dirección el Colegio de bachillerato “María Auxiliadora”.

       La directora del colegio era la madre Dorothy Wharton, una dama oriunda de Inglaterra en donde vivía toda su familia. Su hermano más allegado se llamaba Harry quien con cierta regularidad solía ir al convento a visitarla.

       Siendo Graciela una hermosa niña muy educada, inteligente y de buenas maneras,  muy pronto las monjas se encariñaron bastante con ella; al tal punto que llegaron a tratarla como un miembro más de sus respectivas familias, especialmente la Madre Superiora quien llegó a considerada como a su propia hija.

       En una ocasión cuando el hermano de aquella y su esposa  se encontraban de visita allí en el convento, tuvieron la oportunidad de conocer a la niña -quien ya tenía 17 años-, y les agradó tánto su personalidad, su don de gentes, y su presencia, que le sugirieron a su hermana hablar con el padre de aquella a fin de que le permitiera anexarse a su extensa familia en calidad de “Nana” y por supuesto vivir allá en Europa con ellos.

       Dos años más tarde, y bajo la anuencia de su padre, Graciela resolvió viajar a Wallington, Surrey en Inglaterra para desempeñarse en aquel cargo ofrecido por los esposos Wharton, y así trabajó con y  para ellos con gran eficiencia. Se encontraba muy confortable y contenta, mas la esposa de Harry  -para quien ella solícitamente se había convertido en su mano derecha-, venía deteriorándose cada vez más a causa de la  distrofia muscular que padecía, y un triste día pese a los cuidados médicos y de su esposo, dejó de existir. 

       Está por demás decir la tristeza y el temor que invadieron  a Harry  al quedarse solo. Entonces ya acostumbrado a la presencia y cuidados de Graciela, cuando su hermana  Dorothy lo acompañaba  por unos días tras el deceso de su esposa, aprovechó la oportunidad a fin de considerar con ella, el dejar a la muchacha como ama de casa con todos los derechos para continuar a cargo de su familia.

       En una armonía muy reconfortante tanto para Harry como para todos sus allegados,  y tras de algún tiempo, éste se dio cuenta de que la presencia de Graciela se había tornado  en una necesidad imperiosa para él, y que se sentía enamorado de ella. Entonces en consideración a que ésta de pronto decidiera regresar a su país, resolvió confesarle sus aprensiones y su amor. Fue grande su sorpresa cuando en ese preciso momento Graciela venciendo su timidez le dijo que ella también paulatinamente se había ido enamorando de él.  Días después con la presencia de Andrés Montemiranda, de  su otro hijo Gerardo (hermano de Graciela), y por supuesto  de Dorothy la “Madre Superiora”, como también de toda su agradecida familia -que tánto la apreciaba por su conducta intachable hacia su madre-,se efectuó la pomposa boda. Así aquella soleada mañana abrileña, muy airosa y feliz Graciela Inés Montemiranda “La Nana” salió del templo, del brazo de Harry su esposo, ya  convertida en la flamante Mrs. Wharton…

LOBEZNO
Por Magi Balsells

En aquellas agrestes montañas, perdidas en la inmensidad de la nada, solo cabras son sus moradores normales, alimentándose los de hermosos pastos que cubre la tierra , donde procrean y nacen sus crías

Donde el aire es puro sin ningún atisbo de polución, y el agua pura, fresca y cristalina que baja de las nieves de las más altas montañas, serpenteando entre los cauces que con los años se han ido creando

Alguna ave rapaz sobrevuela los altos picachos dando una paz inmensa, con este vuelo majestuoso que solo ellas saben dar solo se oyen, sus graznidos y el balar de las cabras rompe el silencio que en este lugar mora, que en algunos momentos parece música celestial

Todo ello es contemplado por un zagal de no más de 14 años, que cuida del ganado, acompañado de dos hermosos perros que son sus vigilantes y únicos amigo, ya que esta solo en esta inmensidad

Hace dos años, se quedo sin su sostén querido, su madre, su padre ya lo perdió antes de nacer, se encontró solo, sin saber que hacer, nadie se quedo con su persona, eran tiempos muy difíciles, no abundaba la comida, fueron años de malas cosechas

Estuvo mendigando durante un tiempo, hasta que encontró un modo de vivir, quizás no fuera el adecuado para su edad ni por sus pobres conocimientos pero era el que se le ofreció, y sin dudar lo acepto. La oferta vino por el cabrero que ya era muy mayor y no podía cuidar de sus rebaño, la oferta era simple, que se encargara del cuidado de los animales, y el cabrero e le enseñaría lo mas básico, le daría techo y comida y haría un reparto de las posibles ganancias que se podrían suscitar con la venta de la leche que producían las cabras

Su mentor le llevaría comida cada dos días, muy frugal queso y pan aparte de la leche que consumiera , eso si sin limite además tendría una tosca cabaña, hecha ya hace muchos años con ramas de los árboles que en este monte abundaban, no era mucho pero por lo menos tendría un techo para refugiarse cuando aparecieran las tormenta o en invierno la nieve

Los días transcurrían con gran monotonía siempre era lo mismo, solo cambiaba de lugar cuando veía que los pastos donde estaba parecían decrecer, entonces trasladaba el ganado a otras fuentes de alimentación para que las cabras tuvieran el alimento necesario y pudieran da la leche necesaria, la cual almacenaba en los grandes bidones que después se llevaba el cabrero cada dos días en su carro

En una mañana mientras intentaba guiar el rebaño, le pareció oír un sonido diferente, algo parecido a un lloro o un lamento, alguien o algo se estaba quejando, paro el rebaño y lo dejo al cuidado de sus amigos los perros, que mostraban un cierto nerviosismo, estaban inquietos por los sonidos que no sabían de donde salían

Agarro su bastón con fuerza y determinación y empezó a ingadar quien o que era el causante de esta inquietud, y entonces lo vio, era como una bola de algodón, era una cria de lobo, estaba prisionera por una trampa, que sujetaba con fuerza una de sus extremidades, con precaución y cierto recelo se fue acercando, el pobre animal parecía muy asustado

Sin pensarlo mas y con las fuerzas mínimas que tenia procuro abrir la trampa, al final y con gran esfuerzo lo consiguió, siendo en aquel momento lamido por el pequeño animal, lo que le dejo tranquilo, vio que no lo atacaría sino muy al contrario le estaba agradeciendo lo que había hecho por el. Examino su pata y vio que tenia una herida producida por los dientes de la trampa, no sabia que hacer, pero pensó que necesitaría cuidados, por lo menos intentaría curar la herida, con el agua que llevaba en su cantimplora lavo la herida, rasgo una parte baja de su camisa y vendo como pudo la pata dañada, una vez finalizado esta cura provisional

Pensó que estaría hambriento, fue y ordeño una de las cabras, y en su plato se lo dio a al pequeño lobo, el cual empezó a lamer la fresca leche, y en santiamén dejo el plato mas limpio imposible, por lo cual volvió a llenárselo y paso lo mismo, aunque ahora cuando termino se acurruco a su lado cerrando los ojos respirando tranquilamente y se quedo dormido

No sabia que hacer, ya que primero debía cuidar de su rebaño, pero no podía dejar a este hermoso animal a su suerte, yo tomo la decisión que considero mas adecuada, recoger el rebaño y volver a la cabaña, donde podría cuidar mejor a su nuevo amigo

Dicho y echo, llamo a sus perros y les indico que volvían a casa ellos obedientes recogieron el rebaño y lo fueron guiando hasta sus corrales

Una vez ya en su aposento, volvió a mirar la herida, y con sus mininos conocimiento vio que no había afectado en demasía la extremidad, tenia un pequeño botiquín que usaba para curar las heridas de las cabras, donde había, alcohol, una pomada y vendas limpias, se puso en la tarea de limpiar mejor la herida, limlio primero con alcohol y aplico la pomada que daba muy buenos resultados en la cicatrización de como había comprobado con las cabras, lo envolvió todo con la vendas limpias

Se preparo un poco de comida, una vez engullido el pan y el queso se tumbo para descansar, quedándose dormido junto al lobezno

Cuando despertó al día siguiente muy de mañana, como era su costumbre, quedo asombrado al ver al lobezno durmiendo junto a los perros, los cuales lo arropaban con sus cuerpos parecía como si lo protegieran

Al momento todos estaban despiertos, preparo la comida de los animales y preparo a sus perros para el trabajo diario, sin saber que hacer con el nuevo amigo, por lo cual decidió llevárselo con el para el pastoreo, así podrá comprobar como se encuentra de la herida sufrida, pero antes destapo la venda que le habia puesto la noche anterior y vio que la herida tenia un buen color, seguramente seria gracias a la pomada que le aplico, volvió a limpiarla y aplico una nueva capa de la pomada y vendo la pata 

Ya todo dispuesto empezó su trabajo diario, saco al rebaño de los corrales y guiado por sus fieles perros se dirigió a unos prados cercanos, muy abundantes de fresca hierba

El lobezno andaba a su lado con cierta dificultad, por lo decidió cogerlo en sus brazos, no fuera cuestión que se malograra lo conseguido

Fue un hermoso día, tranquilo, y satisfactorio, se respiraba mucha paz, estaba contento por el suceso ocurrido, sin dejar de pensar que quizás la familia del lobito estuviera buscándolo

Cuando el sol fue menguando, era la señal para volver a su cabaña, ya que el atardecer la temperatura bajaba bastante y no era necesario estar mas, las cabras habían comido lo necesario y el resto de los animales también

Llamo a sus perros, para que hicieran el trabajo que tan bien sabían realizar y todos juntos de dirigieron a su morada en busca de su sustento y disfrutar del merecido descanso

Llegando al mismo , encerró las cabras en su corral, y preparo la comida para sus amigos , cuando de golpe se oyó unos aullidos muy fuerte y cercanos, en principio se asusto, eran muy similares a los que había efectuado su lobezno, pero no era solo uno sino varios y en diferentes tonalidades, como realizados por diferentes voces 

Noto que raspaban en su puerta, era de lo mas frágil imaginable, poco podría aguantar, sus perros se pusieron delante de el para protegerlo de este posible peligro, ladrando como aviso de que estaban dispuestos a luchar

En este momento el lobezno, se adelanto todos ellos y lanzo un aullido, sonó muy diferente a los anteriormente lanzo cuando estaba sujeto a una trampa, se hizo el silencio

Los perros callaron los aullidos desaparecieron, quedo una espera tensa, que rompió el lobezno acercándose a la puerta, donde volvió a emitir unos aullidos que denotaban alegría, automáticamente fueron correspondidos por unos similares desde el otro lado de la puerta

Y la puerta en este momento se abrió, y en su dintel apareció una manada de lobos, de los cuales uno se abrió paso hasta llegar al lobezno, lamiéndolo repetidas veces y atrayéndolo a su pecho, mientras el resto de la manada estaba quieta y expectante, pero en una posición de tranquilidad, no se veía ningún animo de ataque 

La madre loba, dejo a su hijo al lado y se acerco al muchacho, lo olio, le dio un par de vueltas, se restregó en sus temblorosas piernas y al final se elevo hasta su cara, lamiéndola profusamente, apoyando su gran cabeza sobre su hombro

Una vez realizado este acto podríamos decir de agradecimiento, se replegaron, quedando solo el lobezno en la habitación, se acerco al muchacho y le lanzo un tenue aullido como si tuviera pena en marcharse con su familia, dio media vuelta y se incorporo al lado de su madre perdiéndose en la oscuridad de la noche 

Desde aquel momento, nunca más volvió a verlo, aunque si más de una vez se oyeron sus aullidos Tampoco ocurrieron más ataques a los rebaños, parecía que los lobos no hubiesen estado nunca

Solo quedo la paz en este hermoso lugar

SOBRE RUEDAS
María Elena Camba
Argentina

El portero sonó en casa insistentemente.  Mamá fue a la cocina y lo atendió.

 –Chicos, dejen lo que están haciendo y vengan, papá quiere mostrarnos algo.

Nos lanzamos siete pisos por la escalera.  Mamá fue con Laurita por el ascensor. Pablo llegó primero pero tuvo que esperar a que abrieran la puerta de calle.

Nunca me voy a olvidar de la cara de mi viejo, siempre fue un tipo muy serio pero esa vez estaba ancho, con su sonrisa de fiesta., mostrando la sorpresa que nos tenía preparada.  Y allí en la vereda, con las puertas abiertas, nuestro futuro compañero de viajes. Parecía un bote, tan largo y amplio. Entramos los cinco, si hasta sobraba un espacio para alguien más.

Dicen que los autos se parecen a los dueños, o los dueños eligen el auto que más se identifica con ellos. Y así era el Valiant 3,  su primer auto 0 km, de líneas elegantes, color beige, sobrio, con ventanas grandes. Igual a mi viejo, siempre de traje, a lo sumo los domingos un pantalòn de vestir y una camisa. Discreto y clásico .

Partimos a dar una vuelta por el viejo Palermo con sus calles empedradas que se resistìan al andar tan descansado de esas ruedas recién estrenadas. El ronroneo del motor era suave, casi imperceptible.

Mi añorado barrio de casas bajas, con algunos pocos edificios que comenzaban a quebrar la fisonomía de ese Palermo que se resistía a cambiar su identidad. Con sus calles tamizadas por el violáceo de los jacarandás, que cubrían no sólo las copas de los árboles sino también las veredas con una alfombra aterciopelada. A partir de ese día, todos los domingos papá nos llevaba a dar una vuelta a toda la familia.

Ese primer paseo fue el comienzo de un sinfín de aventuras. Viajes a la costa, cuando la Ruta 2 todavía no era autopista y los autos venían de contramano y había que esquivarlos e irse a la banquina para no morir arrollados. Cuando no había aire acondicionado y el calor subía por los pies y penetraba todo el cuerpo. Cuando poníamos parasoles en las ventanillas y los que no las tenían se conformaban con algún toallón o remera trabado en la ventana para amortiguar el sofocón de la ruta.

No usábamos cinturón de seguridad y nos trepábamos a la luneta como si fuera un asiento más.. Jugábamos al truco, a la generala y al tuti fruti. La imaginación corría inventando historias.   .. Las horas se alargaban, parábamos para almorzar en alguna estación de servicio y mi padre se echaba una siesta bajo un árbol.

El viaje a la costa era largo. Pero para nosotros era una fiesta. Vacaciones en familia, arena y mar. Nos esperaban las olas para saltarlas de la mano o barrenarlas en  tablas de madera.

Carpa o sombrilla, de acuerdo a los vaivenes de la economía familiar, pero siempre juntos en la playa. Tejo, pelota paleta, unos sándwiches de almuerzo  y a la tarde regresábamos en el auto al hotel. La batalla naval, el ahorcado o el tinenti nos arrancaban risas y peleas a la hora de la siesta.

Después el Valiant comenzó a hacer recorridos más extensos. Las sierras asomaban en el horizonte cuando llegábamos a la ciudad de Córdoba. Siempre nos perdíamos en la famosa cañada y mi padre detenía el auto para preguntar cómo seguir.  Porque no había GPS ni celulares que nos indicaran el camino.

En las sierras comencé mis aventuras sobre ruedas. Papá nos llevaba a un camino de tierra y me cedía el asiento del conductor. Apenas llegaba a ver  por el parabrisas y el volante se resistía a mis pequeñas manos. Tenía 14 años y mi hermano 19. El auto rugía mientras apretábamos el acelerador e intentábamos pelear con la palanca de cambios para meter la primera. El viejo contenía sus nervios y arrancábamos hacia la dimensión desconocida. Una o dos horas de piruetas al volante y el Valiant volvía lleno de tierra a la casa.

En esa época aprendí también a andar a caballo. Primero con montura y al paso o trote. Las siguientes vacaciones en pelo y al galope. Mi madre disfrutaba vernos..

Años de tortas fritas, campeonatos de bochas y truco, jugábamos a las escondidas por la noche en los jardines del hotel. Años de adolescencia, los primeros asaltos. El famoso patapata de Miriam Makiba. Y el  primer beso. El novio de vacaciones. La primera despedida. El primer llanto por amor.

Pablo, mi hermano, ya manejaba el Valiant 3 y nos llevaba al cine a la noche. Dos pelis con intervalo en el medio. Y un cine de pueblo donde la película de golpe se cortaba y comenzaban los silbatos hasta que volvía en  medio de risas y aplausos.

Y el Valiant 3 siempre esperando en la puerta del cine nos llevaba de vuelta a toda la banda. 9 o 10,metidos en el auto. Y mi viejo durmiendo tranquilo sin sospechar nuestras andanzas.

Pero un día se anunció la tormenta. Dejamos el auto estacionado en el medio de otros dos y entramos en el cine. Cuando salimos ya eran las 12 de la noche. Buscamos el auto pero no lo encontramos. A unos 50 metros de la puerta del cine había un grupo de gente amontonada, fuimos a ver qué pasaba y vimos nuestro auto en medio del jardín de una casa. Nuestras caras de asombro y susto sin explicarnos qué había pasado. ¿Nos habían robado el auto? Hasta que mi hermano gritó –¡Me olvidé de poner el freno de mano!

¿Qué había pasado entonces? Cuando el auto de adelante se fue, la calle en bajada hizo que el Valiant se deslizara, tirara la pirca de la casa, aplastara una moto y terminara su viaje en el parque. Toda la trompa abollada, rayones por todos lados. El auto fantasma se hizo famoso. Sin conductor había hecho destrozos que, por suerte, no provocaron daños mayores.

Mi hermano fue hasta casa y trajo a mi padre. Esa noche no pegamos un ojo. Papá furioso nos retaba, hasta se le cayeron unas lágrimas de la impotencia.

El auto en el taller por muchos días y los gastos de reparar todos los daños causados. Pasamos a ser los dueños del auto fantasma para todo el pueblo.

Mi hermano estuvo muchos meses sin poder usarlo y las clases de manejo terminaron abruptamente.

Pero las vacaciones siguientes papá ya había olvidado el asunto y nos volvió a prestar el auto, esta vez para excursiones por las sierras. Partíamos en el Valiant un grupete y otros dos autos, un Mehari y un Peugeot. Todos a la aventura por los caminos serranos de ripio.  Dejábamos los autos y trepábamos como cabritas por las sierras hasta bajar a un arroyo, o a las playas de arena de algún río. Ya el auto estaba más baqueteado y la suspensión acusaba tantos kilómetros de aventuras. Pero nunca fallaba y derrapaba en tercera en las curvas y nuestros gritos y risas inconscientes festejaban la cercanía al precipicio.

Una tarde, cuando comenzaba a caer el sol y regresábamos al pueblo, se escuchó un ruido fuerte debajo del auto. Era el carter que había raspado contra una piedra. Vimos que perdía líquido por abajo. No sabíamos qué hacer, hasta que a uno de los chicos se le ocurrió. –

Masquen todos chicle, hagamos una bola y peguémosla como tapón.

Y así fue que logramos llegar a la puerta de la casa, cuando ya se hacía de noche y las primeras estrellas comenzaban a asomar.

Tantos recuerdos imborrables se agolpan en mi mente mientras contemplo la foto desteñida de mi auto preferido, compañero de adolescencia, el que soportó mis primeros pasos como conductora. Testigo de un mundo en extinción, cuando los autos no se cambiaban de modelo como la ropa, cuando las cosas tenían su valor emotivo, Por eso costó tanto tomar la decisión de desprendernos de él a la muerte de papá.. Quedó arrumbado en el garaje de casa. Hasta que un día decidí que abandonarlo de ese modo era negar la historia tan linda que tuvimos. Llamé a un mecánico especialista en autos antiguos. Le pedí que lo arreglara, lo quería impecable. Se lo llevó a su taller. Todas las semanas pasaba a verlo. En tres meses estuvo listo. Cuando lo fui a buscar me senté al volante  y los recuerdos se agolparon como un flash mientras lo manejaba.

Ahora lo saco todos los domingos a dar vueltas por la Av. Libertador. A veces me gritan  desde algún auto,  felicitándome .¡Qué nave!

 Me hice socia de un Club de autos antiguos. Cada tanto participamos de travesías y hasta nos vestimos con ropa de época. Sé que es una manera de estar más cerca de mi viejo y también de esa chica adolescente que esperaba el fin de semana como una fiesta para salir a pasear y escuchaba a todo volumen en la radio del auto Sui Generis con toda la banda de amigos. Me vuelve el olor a espinillo, a lavanda y retama de las sierras y la voz de mi viejo que dice: – No vuelvan tarde chicos, a las 2 a más tardar los espero en casa.

VISITA A MI PADRE
Por Adrian N. Escudero
-Argentina-

A mi padre, José Manuel Agustín, recordando la efemérides de su nacimiento. Con devoción. In memoriam.

Ayer no había podido ir a visitarlos. Estaban juntos como en la vida. El hueco de la Esperanza los tenía juntos. Papá y mamá.

Pero hoy pensaba especialmente en él. Era su aniversario. Porque ayer, que no había podido ir (venir) a visitarlo, al menos lo homenajeó en plena Feria del Libro de su ciudad plantada a orillas de la Laguna Setúbal, muy cerca de la confluencia de los ríos Salado y Paraná. Feria librera anual donde presentaba su cuarto libro de cuentos: El Emperador ha muerto; vaya título, y dedicándole el relato aquél, “Adiós al amigo”, donde disfrutaba de un helado de vainilla frente a la Costanera Este, el último día del verano. Su padre y el verano eran lo mismo o la misma cosa.

Auto, nafta, Rocío (hija) que llama. Necesita apoyo, y Teresita (esposa) se queda. Tiene que ir solo. Auto limpio. Auto con olor a menta o, mejor, a jazmín. Solo. Visita a Lar de Paz. Visita a su padre. (A su también, tierna y generosa madre). Pero hoy era su día. El de papá. Alguien dirá, visitarás a los restos de tu (del) viejo, muchacho. Pero es que si “donde hubo fuego, cenizas quedan”, que más propicio tal aserto para el caso.

Calle Obispo Gelabert y Crespo (el Obispo), Avda. Urquiza (el Federal), Calle Santiago del Estero (Santiago apóstol), Calle Rivadavia (el Bernardino, invasor), enlace con Aristóbulo, Aristóbulo del Valle (el Radical). Siempre hacia el norte. Desvío por Aldao (Ricardo Aldao, el Gobernador) para empalmar luego con un giro y dos cuadras antes, con Hernandarias: padre adoptivo y consentido, don Antonio (confesión: no le gusta que le digan “don”, porque aún siendo español, le suena ya como muy “feudal”; pero yo le explico que en estas tierras, el “don” es otra cosa, es un apreciativo afectuoso, un sustantivo que denota tiernamente a una persona mayor, sin decirle viejo, porque ”viejos son los trapos”)… Luego, comentario con él de los actos de la Feria del Libro (acotándole la ausencia imprevista, por razones políticas, quizás, de las dos librerías más importantes de Santa Fe) y selección de dos artículos periodísticos para pasar en limpio y remitir luego al vespertino local.

Luego, despedida. El viejo lo llama “hijo”. Pero no es su padre. El verdadero está allá. Y Más Allá. Toma Hernandarias y nuevamente Aristóbulo, cruce con Galicia (ah, maravilloso paraíso de Santiago de Compostela), rumbo a la ruta de Altos del Valle, camino a Monte Vera, ciudad. Desvío. Rotonda. El cielo celeste. Luminoso. El verano sin nubes y con un sol arrasador. Rotonda. Doblar. Elegir. A la derecha, Ángel Gallardo (El Irigoyenista y su localidad santafesina, del Departamento La Capital, sobre Ruta Provincial 4). Rotonda. A la izquierda, Lar de Paz. A 800 ms. A la izquierda. Un trecho que deja atrás una verdulería al por mayor muy visitada. Luego, a la derecha. No hay izquierda sin derecha ni derecha sin izquierda. El tránsito mueve autos y políticos.

Ahora sí: Lar de Paz. Arribo. Flores. No hay flores. Hubiera deseado ofrecerle un ramo de fresias, clavelinas y conejitos, sus flores preferidas en primavera. Pero no hay flores. Aunque sea primavera. El mes de su nacimiento. Ayer, el día de su nacimiento. Y cuando se fue, era verano. Era el estío. Diciembre. La pucha, tenía solo 62 años. Pero una vida ruda y servicial atravesada por el cigarrillo y el alcohol. No había tanta ciencia sicológica en aquellos tiempos. Y quién lo pensaría. Él, preparador técnico de farmacia. Conocía de qué se trataba, y sin embargo… ¿No se cuidó? ¿Podía hacerlo? El sueldo nunca alcanzaba. Y tres hijos lanzados a carreras universitarias. Tiempos en que los viejos pensaban, soñaban con “M´hijo, el Doctor”. Pero los nervios (el stress decimos ahora) del trabajo, del sindicato, de la política y del comedor escolar de “la Arzeno”…

Diálogo con el vendedor. Sol luminoso. Sobre marrón A4 con relatos breves para pa. Este se llama Pájaros. Cuenta del amor de ambos por esa creación que recrea la vida y se junta con el horizonte para ofrecérsela, alborada tras alboradas, al Autor de la vida. Le gusta llevar a su humus los escritos que elabora. No todos. Algunos.

Hoy no hay flores. Ahhh, qué sorpresa, muchacho. No hay flores. Su vendedor ha dado cerrada la venta. No importa, fabricará un ramo con el olor a jazmín pegado a su cuerpo desde el habitáculo de su auto limpio, recién lavado y lustrado, con olor a menta o, mejor, a jazmín precisamente, recortando cada hoja de aquel otro relato dedicado llamado… Pájaros. Y que también llevaba como espiritual regalo hasta su placa granítica y grabada con su nombre en bronce.

No te pongas celosa mamá. Se parte y comparte. Pájaros o la historia de un obrero de la construcción que, trabajando en las alturas como tales, se cayó del andamio justo el día del cobro de su quincena, y cuyo cuerpo nadie pudo encontrar; porque ellos, los gorriones de lo Alto, como ángeles de Dios se lo habían llevado en celestial vuelo.

Ya está listo. El ramo. El ramo fabricado con uno de los dos relatos que le había traído. El Niño del Mar se le quedó apretado en uno de los entre brazos mientras hacía añicos las alas del llamado Pájaros: ese cuento que sabría volar como las aves desde la tumba al Cielo. Un ramo de flores pergeñado con ojos de cuento. Y cuerpo de tinta y papel. Con ese olor agridulce a la savia del capuz de un árbol, de sus venas y de su sangre. De su corteza.

Camina. Son apenas hasta… Solo veinte metros desde el camino donde estacionara ya dentro del cementerio reverdecido. El solar tiene nombre. Solar de los Recuerdos. Camina. No puede evitar un mareo intentando llegar hasta el lugar donde… Alrededor, las tumbas sin flores pedían las suyas… Se disculpó. No habría para todos. Y ahí están: mamá y papá. El bronce reluce con aquel sol tibio atravesando de perfil los pinos que circundan el camposanto. Sol de tardecita húmeda. Viva. Se detiene. Hola pa, hola ma. Oraciones. El gesto adusto. Tiembla. Luego…

Y esparce como pétalos los retazos de las hojas de papel recortado y entintado. Las esparce sobre la tumba doble. Mamá también podrá leerlo. Sonríe. Todavía es un niño travieso. El que se cayó de un árbol y se asomó a los dientes de la boca de la Muerte. Y supo que estaba vivo. Todo cambió desde aquel día. Las travesuras también. Más controladas y supervisadas.

Ahora, de súbito, es como si se hubiera nublado. Como si cayeran finas gotas de lluvia sobre el ramo de flores de papel con olor a menta, o mejor a jazmín. Las fresias, clavelinas y conejitos, habrían sido más vistosas. Pero… el jazmín. Qué profundo olor a alma pura. Reza de nuevo. El olor a jazmín tiene un raro olor como a madera quemada, a incienso, vaya a saber de dónde. Sigue rezando. Por su padre, un lejano setiembre inaugurado a la existencia, y en diciembre, nacido a un Cielo redivivo.

Pero hoy no es diciembre. Es día 20 y de setiembre. Brindo por ayer, dijo. Ayer hubiera cumplido los 89 como los que tiene el Antonio, su amigo, el gran poeta y periodista andaluz. Y también por su madre nacida en marzo y un enero cercano al mismo Cielo y rediviva, recostada con él en el mismo reposo hondo y terráqueo.

Cuando se levanta, casi tambaleante y luego de apoyar sus manos sobre el suelo verde para acariciar, por última vez, las doradas placas mortuorias que tallan los nombres de sus padres, deja de ser niño. El niño travieso. El niño del mar. El sol sigue suspendido en lo alto. Había sido su alma la tarde nublada, y, la lluvia, el rocío de su llanto leve y aleteante. Como el de un pájaro…[1]

SOL DE OTOÑO
Carlos González Saavedra
-Argentina-

Eran las once de la mañana de un abril de otoño. El sol espléndido iluminaba generosamente la casa.
Una casa de madera donde vivíamos, hasta que llegara el préstamo gestionado en el banco.
El terreno tendría como 60 metros de fondo y la casa prefabricada estaba atrás.
Mi hermana durmiendo en su cuna, junto a la ventana, yo haciendo un hoyito en la tierra para las bolitas.
De pronto mama sale de la cocina apurada y me dice:
-Voy a hablar con tu papa por teléfono. Cuida a tu hermana.
Siguiendo sus indicaciones, observe a mi hermana que seguía durmiendo.
En la cocina  ví que el calentador Bram Metal de los viejos, esos que se le daba bomba, a querosén, despedía en su hornalla una llama amarilla. Siempre le avisaba a mama si el mechero era azul o naranja, ella con una agujita destapaba y volvía el color azul.
En ese calentador estaba haciendo una sopa, en una olla de las grandes.

Ví la llama amarilla y con mis cuatro años y medio tomé la agujita y me dispuse a destapar el mechero del calentador.
Mi cabeza no superaba la altura de la mesada donde se apoyaba Al intentar destaparlo, me queme el dedo y con un ademán involuntario, me tire toda la olla encima.
Sentí de pronto un calor enorme, corrí a la habitación a ver a mi hermana y al verla bien salí a pedir ayuda.
Estaba apurado y asustado, sin dolor, pero con mucho calor. Me salía humo en toda la ropa.
Corrí y corrí… Al llegar a la vereda y abrir el portón me encontré con Derly un vecinito que me pregunto si me había caído en alguna zanja, no le conteste, seguí setenta metros hasta la casa de Doña Chefa.
Al verme, desesperada, me sacó la ropa con piel incluida. Recuerdo que decía: lo que yo vi, ni tu mama lo pudo ver. Estabas en carne viva.

Envuelto en una sabana y una manta color marrón y blanco me llevaron a tomar el tren, que rápido llego hasta Lomas de Zamora.
Lo único que veía era el rayo del sol mientras iba en brazos de mama.
El hospital vecinal Gandulfo de Lomas de Zamora, no tenía los medios y decidieron llevarme en la ambulancia a un hospital especializado.
Mientras me encontraba acostado en la camilla rodeado de médicos, mama lloraba. Papa, que habia llegado rápido estaba muy serio. Sentí alivio al verlo detrás de mí.
Después la ambulancia y una rápida asistencia en el Instituto del quemado.
Mi estado era gravísimo, quemaduras de segundo tercer grado en el  setenta por ciento del cuerpo.
No me acuerdo más nada. Estaba inconsciente.
Las primeras cuarenta y ocho horas o setenta y dos, son cruciales, cuando el organismo debe empezar a expulsar todo lo que tiene cocinado dentro.Si el cuerpo no reaccionaba,  se produciría una infección generalizada, que terminaría con mi vida.

El doctor Benaim le dijo a mis padres: – Habrá que esperar, haremos todo lo posible para salvarlo.
Una enfermera comentó: – Tengan fe, lo sacaremos adelante.
Esa noche, el cura estaba avisado para la extremaunción.
Finalmente, mi organismo comenzó a expulsar una espuma verde, marrón, amarilla. Eso me contaban y los médicos creo que me entubaron, no lo sé. Estuvieron siempre a mi lado.

Un mes de internación, mis noches y mis días prácticamente no los recuerdo.
Si me recuerdo todo vendado., sin moverme prácticamente.
Mis tíos Pampita y Rodolfo se habían hecho cargo de mi hermana Vinieron a visitarme y mostrármela. Yo no  la podía ver, no  podía articular palabra alguna de la angustia o emoción. Con un ademán de mano derecha pedía que se la lleven y quedaba llorando.
Es que el accidentado, habia sido yo.
Intentaron infructuosamente dos veces y tampoco lo permití.
Aun ahora, me da tristeza esa imagen. Me costo muchos años hablar de esto y ahora parece mentira poder escribirlo después de 63 años.
La sala era amplia, no supe si estaba solo o acompañado. Solo recuerdo la claridad de la mañana a través del vidrio y la compañía de mama o papa.

También recuerdo vagamente el pasar del tiempo y la llegada de otros médicos, que venían a verme.
Uno de ellos me dijo, el lunes te vas a tu casa. Mire por el ventanal y estaba oscuro, ese miércoles estaba nublado.
Tenes que caminar, pero tenes que volver a aprender.
Sentate en el borde de la cama y move las piernas, balanceando para adelante y para atrás. Una por vez.
Cuando te sientas seguro lo bajan, le indico a mis padres.

Así fue, recuerdo que no podía creer lo que estaba haciendo, era como un llamado a una preparación para una nueva vida que comenzaba.
El día lunes por la mañana, me dieron el alta. De la mano de papa empecé a caminar un pasillo largo, tocando con mi mano derecha los azulejos blancos de la pared.
Entre la gente que entraba y salía lo único que distinguía era el sol del mediodía, ésa luz me empujaba a caminar un poco mas rápido. Papa me alentaba.
Salí y un sol generoso iluminaba la calle. Mis ojos buscaban el sol entre los árboles añosos y un aire fresco me acariciaba. Respiraba salud.
Habían pasado treinta días. Ahora vendría la recuperación.
Finalmente, llegamos a la casa de mi abuela, donde me esperaban todos mis tíos y primos.
Me acuerdo que todos querían atenderme. Me sentí muy querido. Recuerdo a mama correr a exprimir el jugo de churrasco, para tomarlos antes del almuerzo. Por esos años, se decía que era muy bueno por las vitaminas.
La fortaleza física, la alimentación el amor y la FE, fueron los que me ayudaron a sobrevivir este accidente.
Recuerdo a papá sentado en el borde de una paresita en mi casa, descansando. Volvía de cumplir su promesa a la Virgen de Lourdes.
Si mi hijo se salva, iré caminando a la iglesia y entraré de rodillas.

MORIR SOLO
Elsa Lorences de Llaneza
-Argentina.
VIVENCIA-HOMENAJE A LOS FALLECIDOS POR EL COVID-19

    No sé por qué te apareciste de golpe en mis recuerdos. ¡Hace tanto tiempo ya! Es más, nunca te había visto, nunca llegué a conocer tu nombre, pero un lazo muy profundo nos unió.

   Estuve a tu lado en el momento de la despedida. ¿Qué me llevó al lado de tu cama? No lo sé. No lo sabré nunca. Quedará como un recuerdo entre vos y yo, porque vos me estabas esperando, estoy segura, antes de entregar tu alma a Dios.

   Yo había ido a ese Sanatorio a acompañar a una amiga muy querida que iba a ser operada. Llegué un poco tarde y, cuando me dirigía a la pieza que le habían asignado, me encontré a una de sus hijas que me comentó que ya la habían llevado al quirófano y que estaban esperando en otro lugar. Fui con ella y en esas charlas que hacen pasar el tiempo una nieta dijo:  Menos mal que a la abuela la trajeron a horario, ya no aguantaba más estar el lado de esa señora que se estaba muriendo.  Curiosa pregunté – ¿Cómo es eso? -Sí, me dijo Cecilia, el cuarto es de dos camas y en la de al lado había una señora que se estaba muriendo. – ¿La acompañaba alguien? Seguí preguntando. – No, estaba sola. Esperaban a la hermana pero no terminaba de llegar. A mí me daba impresión- continuó Cecilia.

   La conversación derivó por otros andariveles pero yo me quedé callada. No podía sacar de mi cabeza a la pobre mujer a punto de morir sola.

   Pasó un tiempo  y salió un médico a avisar que la operación se había complicado e iban a tardar más de lo previsto. Me puse a conversar tontamente otra vez mientras mi cabeza no dejaba de pensar en esa señora que se estaba muriendo sola. En un impulso me levanté, pregunté a las chicas el número de la habitación dije: -Ya vuelvo y me fui.

   Caminé por el pasillo hasta la habitación que me habían señalado y entré. El cuarto estaba en penumbras. Una cama estaba vacía esperando a mi amiga para cuando volviera de la cirugía. En la otra, una figura chica, anciana, con los ojos cerrados esperando el momento de partir. Me acerqué despacio, me paré en la cabecera de la cama y me pregunté: ¿Qué puedo hacer? Nunca había pasado por una situación semejante.  Llamé a Dios con mi pensamiento. ¿Qué hago Dios? me pregunté. Y enseguida pensé como me gustaría morir a mí. – Sí, me dije, sería hermoso que alguien me tomara de la mano y en voz queda me dijera: “Descansa. Todo está bien. No tengas miedo, yo estoy a tu lado, déjate llevar”  Me puse a rezar, un Padre Nuestro, un Avemaría y un Gloria. Cuando terminé le hice la señal de la Cruz en su frente y es en ese preciso momento que, con un profundo suspiro exhaló su último aliento y expiró, suave, delicadamente, como si hubiera estado esperando que alguien la acompañara para irse tranquila y en Paz. Mucha Paz.

   En ese momento una enfermera entró en la pieza y te tomó lo signos vitales y me dijo que habías fallecido. Luego me preguntó quién era yo. –Nadie, le dije, vine a acompañarla a morir, entonces mientras tapaba a la señora con la sábana me pidió que me retirara que iba a llamar al médico. Y así hice. Te dejé y me fui.

    ¿Por qué hoy se me dio por acordarme de vos? Tal vez al oír que, por culpa de la pandemia, hay tanta  gente que muere sola se encendió esa lucecita que tiene la fuerza de los ángeles y llegaste a mi memoria despacito, despacito. Ojalá que el día de mi muerte, alguien esté a mi lado diciéndome: “Tranquila, descansa, no tengas miedo, déjate llevar”

ESTOS DIAMANTES, CAROLINA
Gustavo Páez Escobar
Colombia

               Tal vez por ser la mujer del joyero, Carolina se acostumbró al lujo. A toda suerte de lujos, desde lucir las joyas más ambicionadas por la vanidad femenina hasta cambiar de carro y de residencia con el único motivo de estrenar, o inventarse frecuentes viajes al exterior para contemporizar con el mundo de derroches y alardes del que no podía prescindir.
               –Vengo con el último grito de la moda –le anunció a su marido, y con rápidos movimientos extrajo de los paquetes todo un almacén de vestidos, zapatillas, perfumes y ropas íntimas.
               –Pero si la semana pasada te compraste tres vestidos –exclamó Hugo Mario, entre atónito e idiotizado, y en realidad ignoraba si habían sido tres o media docena.
               –Y este es el perfume más arrebatador de París (¿te imaginas cuánto me costó?), como para mantenerte siempre a mi lado –prosiguió ella, sin darle lugar a nuevas protestas, mientras la fragancia inundaba la alcoba con poderosas incitaciones.     –¡Fantástico! –fue la exclamación del marido derrotado, y fascinado al mismo tiempo, y en esos momentos era cuando él saboreaba mejor la vida y más se solazaba con el lujo de mujer que le había dado la suerte.
               –Y ahora un aire romántico (¿prefieres los Panchos, los Diamantes o María Luisa Landín?) y whisky para que el amor sea más embriagante. ¡Cuánto te quiero! No dejes nunca de ser apasionado, te lo ruego –continuaba su esposa, matizando el instante amoroso, y el hombre, derretido entre sensaciones lascivas, quedaba sin respiración. –Eres un encanto –eran las palabras rituales con que el marido finalizaba siempre aquellos encuentros, y el acto concluía.
               Camino del negocio, con esa languidez de espíritu de los maridos magnánimos, se preguntaba Hugo Mario si su chequera respondería a tantos excesos. «Me estoy arruinando», meditaba. Luego recordaba el beso categórico y el estremecimiento producido por las caricias seductoras con que la mujer dice siempre la última palabra. El embrujo todo de París cabía en esas gotas de perfume que, cual señuelos para la provocación, le despertaban alborotos súbitos, que por fortuna su mujer sabía calmar en la justa medida.
               Era entonces cuando musitaba el «eres un encanto» y cuando Carolina se proclamaba victoriosa, como mujer satisfecha, en lo más recóndito de su amor posesivo. Sabía que el hombre, disminuido, respondería mejor a sus asedios. ¿Sería él tan indolente que le negara el aderezo de diamantes con que tanto había soñado, o no accediera al viaje que con sus amigas íntimas preparaba para las playas de Miami?
               «Me estoy arruinando», volvía a pensar. Y otra vez la cabeza le daba vueltas con el cúmulo de compromisos económicos que ya no alcanzaba a atender. Pero de nuevo surgía su vida sentimental con una eva tan apetitosa como complaciente, y ahí se evaporaban sus temores. Y hasta se enternecía al acariciar los fugaces momentos de placer donde la voluntad se desvanece entre las sutilezas femeninas.
               –Acuérdese,  don Hugo Mario –le recordaba el usurero– que llevo seis meses esperándolo y ya no puedo darle más plazo.
               –Le pagaré más intereses.
               –No es suficiente. Necesito el capital o una garantía mayor. Hipotéqueme la casa.
               –No es posible: está hipotecada.
               –Entonces, la finca.
               –Tampoco es posible: tiene dos hipotecas.
               –Entonces…
               De aquella conversación con el usurero arrancó la quiebra presentida. No fue sino que él lo embargara para que el resto de acreedores, que se mantenían listos para el ataque, cayeran como langostas. Menos mal que Carolina gozaba las delicias del sol, la brisa y las tibias aguas del Caribe y no se halló presente el día en que el juez decretó el secuestro de todas las propiedades. Ella no merecía aquella vergüenza, aquel sonrojo inconcebible para una princesa.
               La suntuosa mansión se desmoronó de repente como castillo de naipes. Era su última fortaleza y también le fue arrebatada, como había sucedido con la joyería, la finca, los carros, el dinero en bancos, los papeles bursátiles…
               Pero fue diestro en salvar las alhajas de su esposa. A ese tesoro nadie tendría acceso. Brazaletes, gargantillas, pectorales, aretes, anillos y diversidad de adornos montados en pedrerías fantásticas refulgían con los destellos que la fortuna conservaba para no abandonarlo por completo. Se abrazó a las joyas, las besó, se rodeó el cuello de lazos y cadenas, se dejó obnubilar por el fulgor y la magnificencia… Y lloró.
               Acaso ese tesoro significaba su perdición, pero el marido dadivoso se negaba a reconocerlo. Primero estaba su esposa, que valía más que aquella colección de espejismos. Ella significaba la razón de su vida y lo demás era secundario. Frente a ese mar encantado que le arrancaba lágrimas se decía que su mujer, por leve y fascinante, por sensual y generosa, tenía derecho a los caprichos de la moda y a su dulce coquetería.
               Allí estaba el aderezo de diamantes, adquirido hacía tres meses, tentándolo con misteriosas insinuaciones. Pero el imperio se había derrumbado. Una princesa no se acomoda entre la pobreza. Hugo Mario se erizó. Ya en pocos días estaría ella de regreso y no era sensato condenarla al oprobio de la penuria. El hombre enamorado es batallador. Recuperar la riqueza perdida consistiría en ejercer su destreza de comerciante. El proceso sería lento, pero algún día llegaría a la meta.
               Si no se hubiera enredado en negocios oscuros es posible que Hugo Mario se hubiera salvado. Meterse con la mafia y descender a los bajos fondos fueron recursos desesperados que apresuraron su desgracia. Cuando Carolina regresó, él estaba en la cárcel. Sin casa, sin carro, sin dinero… ¿y también sin marido?
               Carolina duró una semana llorando. Después se encontró con sus joyas y sonrió. Las alhajas alegran el corazón de las mujeres. Así se reconciliaba con las durezas de la suerte. Conseguir abogado… ¡vaya oficio más rudo para una princesa! ¿De dónde sacaría el dinero si todo se había evaporado? Era una frágil crisálida que carecía de fortaleza para volar. Vestía ahora con más discreción y menos fantasías, aunque con igual garbo.
               El abogado la observó con atención. Con interés escuchó la historia y la ayudó a localizar datos importantes para la defensa. Carolina, inexperta y tímida, no acertaba a hilar sus pensamientos. El abogado la auxiliaba en los momentos de confusión. Y viendo su juventud y belleza, justificó su impericia.
               –Defenderé el caso –concluyó el penalista.
               –No tengo dinero –exclamó ella con nerviosismo.
               –Serénese, señora. No todo ha de ser dinero. Llegaremos a un acuerdo. Lo importante es que recupere a su marido.
               –¿Me ayudará usted?
               –Sí. Es usted joven y atractiva y yo contribuiré a su felicidad.
               Se sintió halagada. Respiró con la satisfacción de las mujeres galanteadas y comenzó a pensar que la suerte no le era tan esquiva. Días más tarde se presentó con un plan definido:
               –He encontrado la fórmula para arreglarle sus honorarios. Este aderezo vale una fortuna. Tal vez usted quisiera regalárselo a su esposa…
               –Preciosa joya –exclamó el abogado, ponderando las tres piezas que le extendía Carolina–. Déjeme que lo aprecie más si usted lo lleva puesto. ¿Me permite admirarlo en su cuello? Las joyas son más esplendorosas cuando van unidas a un rostro hermoso y a un talle esbelto. Usted tiene ambas cualidades –prosiguió con una reverencia–. ¿Quiere mucho su aderezo, señora?
               –Es parte de mí misma –contestó ella–. No importa: renuncio a él.
               –Y yo no acepto su sacrificio. No debe privarse del gusto de la vanidad. Las mujeres, señora, nacieron para ser vanidosas. Guárdelo, por favor.
               Carolina se emocionó. Ser mujer es ser sensible a la lisonja. Era esa la protección que necesitaba en su desamparo. Su espíritu se veía de pronto vigorizado para la lucha.
               «Perdóname si no he vuelto a visitarte –le escribía días después a su marido–, pero la cárcel me deprime y enferma. ¿Me entenderás, amor mío? Siempre estoy contigo.» Él le contestó que ante todo cuidara la salud y le suplicaba que dejara de frecuentar la cárcel. «Eres un encanto, y no debes pisar estos sitios indignos de tu belleza. Saldré pronto y entonces volveremos a estar juntos».
               Carolina no volvió más a visitar a su marido a la cárcel. Terminó de concubina del abogado. Pasados los primeros temores y superadas las primeras crisis, ella misma se absolvió de su pecado. Le pareció que era muy frágil para permanecer desamparada. No: imposible resistir los cinco años de soledad a que quedaba expuesta por la condena de su marido. El abogado había perdido la causa.
               Carolina se decía que aquel había sido un sacrificio impuesto por su necesidad de salvar a Hugo Mario. Pero no estaba tranquila. Percibía el reproche de la conciencia. Incomodidad que pareció desvanecerse cuando el abogado, que aquella noche la llevaría a comer a su restaurante preferido, le dijo:
               –Quiero verte con el aderezo de diamantes. Es el símbolo de nuestra unión.
               –Y el símbolo de la traición, bien lo sabes –agregó Carolina–. ¿Has meditado en el precio de nuestras relaciones? Ensuciaste hasta tu prestigio profesional al desviar,  en provecho tuyo, la suerte de la defensa. Dejaste perder el pleito para quedarte conmigo, y yo favorecí tus oscuros propósitos. Me vendí y tú me compraste. Los dos somos miserables.
               –Ponte los diamantes –repuso el penalista–. Ya es tarde para rectificar el pasado. Lo hecho, hecho está.
               –Está bien. Ayúdame.
               Carolina se contempló en el espejo. Estaba radiante. De pronto le pareció ver en el destello de las piedras los ojos pesarosos de su marido. No sabía si la enjuiciaban o le expresaban amor. Estuvo a punto de prorrumpir en llanto, de destruir el aderezo. Pero se contuvo.
               –No enturbiemos el corazón, Carolina –escuchó la voz de su amante–. Vamos, ángel mío.
               –Vamos.

 

EL EXTRAÑO CASO DEL MORRAL SIN FONDO
María Piedad Romo – Leroux Girón (Psiquiatra y Escritora)
Guayaquil (Ecuador)

Aquel día de Mayo, las monedas brillaban bajo la luz del candente sol, era uno de esas mañanas espectaculares; las monedas se levantaron tintineando felices, pues eran conocedoras de su valía, que aumentaba cada vez más; daban saltos locas de contento, doradas, plateadas, bronceadas; qué más daba el metal del qué estaban hechas, el asunto era que se habían adueñado del Mundo y prevalecían apoderándose de la voluntad y la ambición desmedida e insaciable de los hombres; ¡cuánta energía, cuánto vigor cuánto brío! De dónde provenían, eso no tenía importancia, de negocios sucios, mal habidos, inescrupulosos, de fraudes financieros al Erario Nacional; lo que ellas necesitaban era acrecentar más y más sus caudales, repletar el Morral hasta que ya por la fuerza de la gravedad comenzara a desbordarse y entonces se iban a sentir las dueñas del Universo, ya que el dinero mandaba y su poder no tenía competidor alguno; Relucían de contento junto al verde de los Dólares, quienes eran sus mayores y administraban el mundo, los Centavos conocían que ningún competidor, ni  los metiches Euros que hacía pocos tiempo habían salido al mercado, ni los Yenes Japoneses, creídos pretenciosos cuyo valor había en los últimos años alcanzado relevancia en el mundo financiero, peor aún si hablamos de los Rublos, esos al igual que los Francos Suizos, a la par que la Corona Sueca, no son sino unos advenedizos en este mundo globalizado; para que referirnos al Peso en Sudamérica, o a la miserable Peseta, con la cual no podrás adquirir nada de valor, estos dos últimos, ni siquiera son tomados en cuenta; en este mundo ¡solo son dignos de competir los Fuertes, los Débiles deben desaparecer! ¡Son unos fracasados!…

 En este preciso momento los Billetes se abanicaban, el calor sofocante los hacía sudar copiosamente, las Monedas se movían de un lado a otro, tintineando ya que se sentían recuperadas por haber alcanzado un poder adquisitivo en el Mercado Negro. Esa mañana esplendorosa, pasaría a la historia, pues el Dinero, convertido en Monedas y Billetes eran  las “mamacitas” y los “papacitos”, “los mandamases” del Planeta.

 Los fraudes financieros no son males de estos tiempos, se remontan a inicios del siglo xx, siempre con el fin de recuperar ganancias en cortos plazos; en 1990, un tal Pater Old, después de utilizar el dinero de un poderoso banco, se volvió loco y termino sus días en un manicomio, otros como Niky Lesson, por la magnitud del fraude fue recluido en prisión; uno de los mayores dolos ha sido el de Kanny de Ley, presidenta de una importante compañía de Energía, la Errol Cuerpoacción, no pudiendo soportar tan terrible situación murió de golpe y porrazo de un infarto masivo a su sufrido corazón; en el 2008 Tarac Maloff en La Calle de la Pared, se vio involucrado en la estafa multimillonaria del siglo, fue condenado a 150 años de cárcel; no se salvan de estafar al fisco, la reina Chabela II, cuyos fondos cuantiosos abultan los Bancos de las Islas Cocodrilo, a la par que el canadiense Step Bron- Col; y qué decir del Ruski Constante Kosakov, con inversiones millonarias fraudulentas en Los Edenes Papers, a la par que innumerables líderes mundiales y artistas famosos. La lista es interminable, nos faltaría papel para completarla;  El caso es que nuestro planeta Tierra, orbita en tercer lugar alrededor del sol y el hombre, homo sapiens, se ha convertido en el mayor depredador de ésta, su ambición desbordada lo está llevando a destruir la naturaleza, rindiendo pleitesía al Poderoso Caballero Don Dinero, no importa de dónde provenga, ni a quién sirva.

Los billetes y las monedas han tomado las riendas de control y por eso se hallan envanecidas, adueñadas de la conciencia de los humanos; en este preciso instante las preguntas, Estar o Ser, necesitan respuestas de conciencia, por desgracia prevalece el Estoy por encima del Soy; ¡el dinero ha tomado las riendas y el poder!, tenemos que regresar al Ser, caso contrario caeremos en el abismo insondable del que difícilmente podemos regresar. ¡Billetes, Monedas, sirvan solo para suplir las necesidades de los humanos, no para corromper y envilecer las conciencias y llevar con este descalabro a la resección y exterminio de la humanidad!     

 HISTORIA DEL ÁRBOL QUE QUISO SER PÁJARO
Por María Sánchez Fernández
Úbeda-España

      Vino al mundo en los comienzos de la primavera, cuando el ambiente es voluble y caprichoso y deja su huella soñadora en las criaturas y en las almas que empiezan a formarse.
     Nació pequeño y débil al mismo borde de un gran precipicio.
     Su madre, una hermosa y vieja raíz que por esos lugares andaba, quizás buscando libertades que siempre le fueron vedadas, le alumbró allí, ofreciéndole el más maravilloso de los regalos: la grandeza de un claro y verde valle.
     Creció muy lentamente, y, desde los primeros esbozos del gran árbol que más adelante sería, fue alegre y comunicativo. Sus primeras amigas fueron las hormigas, ¡estaba tan cerquita de ellas! Era tan pequeño que casi rozaba el suelo.
     Miraba curioso  a un gran hormiguero  que desplegaba toda su actividad cerca de su mismo pie. Las veía ir y venir, sin detenerse jamás, a no ser que cambiaran algunas impresiones entre ellas. Les acuciaba la prisa, y siempre iban cargadas con enormes pesos que soportaban  yendo en pequeños grupos y a veces en solitario.
      En una ocasión pudo observar a una de estas hormigas que trataba de arrastrar con grandes esfuerzos el cuerpo de un enorme escarabajo que acababa de pasar a mejor vida. Recorría un corto trecho y se detenía a descansar. Jadeando, y con un gran suspiro decía así:

     −Esta carga es demasiado para mí sola, ¡pero tengo que conseguirlo!
     El arbolillo la miraba curioso y un poco angustiado por la suerte y la salud de su amiga, y le dijo:
     −¿ Por qué no pides ayuda a tus hermanas?
     Y la hormiga, con palabras entrecortadas por el cansancio, le respondió:
     −He de hacerlo yo sola; mis hermanas están demasiado ocupadas construyendo nuevas galerías y ampliando nuestras despensa. La comunidad  va en aumento y hay que agrandar el hormiguero.
     Ya que hubo descansado y tomado nuevos alientos, fue llevando poquito a poco, sin prisas, pero con tesón y coraje, su rico botín hacia el boquete de entrada hasta conseguir introducirlo en el interior.
     ¡Como las envidiaba! Activas, incansables de acá para allá, y él siempre tan estático. Nunca se movía, a no ser cuando a veces jugaba con el aire.
     Creció con el tiempo, y poco a poco aquel hormiguero se fue haciendo ante su vista tan pequeño que ya apenas podía divisarlo. Añoraba a sus activas amigas; sus idas y venidas y esos brevísimos diálogos que con ellas entablaba.
      Alguna que otra vez lo visitaban subiendo a sus altas ramas y le contaban, mientras iban recolectando alguna que otra cosilla, las noticias de allá abajo.

     Al crecer en tamaño y corpulencia, también crecieron sus inquietudes. Miraba el gran abismo que se abría bajo su tronco y se maravillaba de aquella gran belleza.. Los colores rivalizaban entre si, y a veces se mezclaban como en una enorme paleta que estuviera dispuesta para que los pinceles del mejor de los artistas creara la más hermosa obra de arte.
     Toda la gama de verdes estaba allí, exultante; desde el verde-plata del olivo, al oscuro, casi bronce, de la acacia; el verde tierno del trigo recién nacido y el verde amarillento de los sauces, que acompañaban llorando, no se sabe si de gozo o de melancolía, todo el curso del gran río. Los tonos violáceos se sucedían desde las brumas lejanas de la serranía, hasta las pequeñas violetas y lirios silvestres que crecían por doquier. Grandes manchas rojizas y amarillas salpicaban el paisaje. Eran macizos de amapolas y jaramagos.
     Nuestro árbol lloraba estremecido. ¡Así era de sensible! Y de tanto y tanto mirar se fue inclinando hacia el abismo, como queriendo tomar parte con su presencia física de aquella visión extraordinaria.
     Sus ramas se hicieron grandes y poderosas, formando una copa compacta y cónica.
     En ella se refugiaban numerosas criaturas, porque a todas acogía con amor. La cigarra, en las pesadas noches de verano, cantaba sobre sus ramas las canciones más interminables y monótonas. Numerosas aves formaron en ella sus nidos, y tuvo el inmenso placer de ser testigo del nacimiento de muchas vidas.
     Fue cobijo y alimento del gusano que genera la seda, viendo complacido como engalanaba su ramaje con preciosos capullos verdes, blancos y amarillos que más tarde se abrirían dejando escapar el vuelo de una mariposa.
     Fue amigo de todos, y de todos recibió sus confidencias.
      Un claro día, vio como un hermoso pájaro sobrevolaba la inmensidad de aquel valle. Lo llamó con un susurro de hojas que el aire movía, y aquel ave vino a posarse en una de sus ramas.

     −¿Me llamas −preguntó−
     −Sí, te llamo porque quiero ser tu amigo. Eres hermosa como ninguna otra ave. ¿Quién eres y cual es tu nombre?
     −Dicen que soy un ave rapaz. Mi nombre es Águila Real.
     −¡Águila Real! ¡Qué hermoso nombre! Ningún otro te hubiera encajado mejor. Tienes la majestad de una reina cuando planeas por el espacio. ¡Cómo te envidio, mi bella amiga!
     −¡Me envidias tú a mí!, pero ¿por qué?. Yo tengo que luchar y defender mi nido, mientras que a ti nada te falta; lo tienes todo.
      −Todo lo tengo menos libertad y unas hermosas alas para volar.

     −Cada cual tiene su destino. A mí me fue designado el espacio, las grandes alturas, mientras que tú está predestinado a estar clavado en la tierra. Los dos destinos, el tuyo y el mío, son hermosos e importantes.
     Y el águila, remontando el vuelo, se alejó confundiéndose en el cielo.
     A nuestro árbol le invadió la melancolía, y cada día le acuciaba más y más su gran deseo de ser un pájaro, y de tanto mirar al vacío se fue inclinando de forma tan alarmante que hasta sus raíces se resintieron.
     Llegó el invierno. Sus hojas amarillearon y cayeron muertas al suelo formando una mullida alfombra.
     Los pájaros huyeron buscando la bonanza de otras latitudes y entonces quedó mudo y triste en su soledad. Únicamente subían a visitarlo de vez en cuando las hormigas, sus viejas amigas.
     Un día el cielo amenazaba tormenta. Las nubes, grises y oscuras, se agolpaban, y el viento rugía amenazador.
     Nuestro amigo pudo advertir que se movía más que otras veces, y una luz de esperanza se encendió dentro, muy dentro de él.
     De pronto, inesperadamente, un golpe de viento le empujó de tal forma que, sin saber como, se vio libre de cadenas y sus raíces se desprendieron de la tierra.
     Voló y voló por aquel ansiado espacio. Se sintió ligero y feliz y pudo ver más de cerca todo aquello que siempre había admirado durante su larga vida.
     El viento lo empujaba, y como un gran proyectil cayó sobre las aguas, grises y turbulentas de su amado río.
      Él todavía estaba vivo y, henchido de felicidad, se dejó llevar por la corriente hacia un destino que nunca jamás hubiera sospechado fuera el suyo.

 

 

 

 

 

 

 

1 comentario en “CUENTOS-RELATOS Y MICRORRELATOS”

  1. ADRIAN N. ESCUDERO : » Visita a mi Padre» _ Um relato emocionante…cabe direitinho no coração do filho amado!Grande observador de um tesouro único: OS PAIS! Parece uma poesia de doce saudade.Fala de Papá e Mamá…Únicos! DON! Pois
    «viejos» são os trapos! Verdade! e La madre está inclusa!Gostei! Me emociona esse relato tão autêntico, ao e contro de «papá»!
    Tantos detalhes vem à mente…sempre nosso herói nesse caminhar até o solar, enter tumbas e desculpas-se por não haver flores
    para todos…mas sentir mais perto «pai e mãe!Ao sol da tardezinha ,o cheiro de jasmim e a oração… Foi sua alma, a tarde nublada,
    A chuva foi seu pranto…. leve e alado…como um pássaro! Parabéns poeta, por essa imensa emoção!

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