CUENTOS RELATOS Y MICRORRELATOS

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Septiembre  2.019  nº 23
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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

COLABORAN: Jorge Bernabé Lobo Aragón (Argentina)…Adrián N. Escudero (Argentina)…Eunate Goikoetxea (Alicante España)…José Lissidini Sánchez…(Uruguay)…María Sánchez Fernández (Úbeda-España)…Jaime Suárez (México )

 

» EL ENSUEÑO DE UNA MUSA»
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
Tucumán-Argentina
Todavía no puedo alzar vuelo ni desplegar mis alas a través de los milagrosos viajes astrales. Percibo que mi facultad de bilocación se encuentra contenida en busca de un objetivo especial. Lo que no  se detiene es mi deseo y avidez de estudiar, escribir o describir sobre lugares que han impactado a la humanidad. He cultivado por mis condiciones sobrenaturales de estar en lugares diferentes. De trasladarme de un lugar a otro en cuerpo y alma. Que el sueño es una de las vivencias más significativas del ser humano para viajar al mundo de los recuerdos. En los sueños es posible atravesar paredes y también como en mi caso realizar vuelos sorprendentes. Seguramente en ese estado de vigilia o semisueño y estimulado por mis experiencias pude realizar un extraordinario viaje psíquico. Mi subconsciente logró viajar en el tiempo y en mi alucinación visualice como en un viaje cósmico a quien me pareció ser mi compañera de vuelo imaginaria. Mi musa,  una gran escritora y artista la que sin conocerla personalmente se encontraba una vez más en mi sueño espiritual. Su rostro reflejaba un gran carisma y un tono de humildad desbordante. Brotaba en ella a flor de piel su enorme esencia sentimental. El escenario era sorprendente. Se respiraba un clima de confianza y armonía. Como una puerta de cristal  abierta de enorme humanidad pude distinguir en el silencio de la noche una figura envuelta en paños que trataba de escapar de la fuerza del viento y de la arenilla del mar. La mansedumbre de la mañana era su cómplice. Llegó la orilla lentamente como desplazándose sin que sus pies sintieran el suelo. Sobre una centenaria  piedra ubicó sin apuros el bolso y  sus sandalias. Sintiéndose dueña del lugar y del momento y  quizás arrebatada por viejos sonidos que le traía el viento permaneció un tiempo inamovible. La silueta se mantenía absorta, quieta, expectante como si hubiera sido trasladada al pasado y fuera testigo de  una circunstancia espiritual.  Solo recuerdo la humedad de sus pies y el borde del vestido mojado que golpeaba sus piernas como siguiendo el vaivén del agua. Alzó la vista como embelesada, casi extasiada. Aparto un papel y lápiz y sobre un caballete de finas maderas se puso a dibujar como pintando al viento un lugar inescrutable al que ella solamente podía  imaginar. Solamente pude percibir detrás del perfil de la artista un bosquejo imponente. Eran las torres de catoira. Sobre el silencio de las aguas que  desfilaban disciplinadas las imágenes se reflejaban diáfanas. En ese espejo de colores límpidos y puros se  descubrían solamente un fondo rojo de dos torres. Las quietas aguas apenas las envolvían como custodiando un cuadro intangible. La frágil pintura me elevaba en un sueño a la gran fortaleza que otrora impidiera la llegada de las tropas invasoras a Santiago de Compostela. El dibujo se elevaba  majestuoso. En ese lienzo como en un ensueño hecho realidad se irradiaba  la ciudadela defensiva que protegía la ciudad de Santiago.  El boceto mostraba las llaves y sello de Galicia formado siete torres que se encumbraban encendidas en el silencio del espacio. Al costado como una pincelada hecha al vacío una sencilla capilla de nave única se mantenía suspendida como venerando al apóstol Santiago. La ermita de las torres se elevaba gloriosa como el arco triunfal que la apoya. Detrás del  modelo se escuchan como ecos las  sombras de los peregrinos que acuden al altar después de orar ante la tumba del hijo del trueno. En  esa cadena sagrada al pie de las torres del oeste el dibujo sellaba una inscripción grabada alrededor de una  gran cruz. Una aureola boreal de manchas y columnas luminosas flotaban sobre el dintel de una gran puerta. Con  ese signo o señal de la cruz, se defiende al piadoso, con  ese mismo signo se vence al enemigo dice el epigrama. La imagen alegre y virtuosa de mi amiga, me señala con su mágico pincel la figura de un guerrero nórdico, ataviado con piel y casco con cuernos vikingos con el rostro manchado de barro y sangre. Detrás del cuadro se escucha un clamor en la inmensidad de la noche. Se percibe claramente la silueta de la nave mayor ingresando lentamente. Las caras rubicundas de los guerreros se acercan sigilosas. Los fantasmas de las tierras heladas ya son una amenaza. El clero refugiado tras la muralla de la villa de Sancti Iacobi, intentan vender caras sus almas con el fin de proteger los restos del Santo apóstol y las ofrendas que en el recinto se custodian. El bronce de las campanas no cesaba de doblar. Entre las espesas brumas  las siluetas de las naves enemigas aparecen, bajo el silencio sepulcral de las defensas. Se escucha el crujir de sus remos rompiendo con fierezas el mar embravecido. Esos guerreros de espesas barbas color del fuego y enormes hachas quedan como paralizados en una imagen que sube al infinito. La brocha de la pintora me presagia el misterio. Aquel hijo del trueno que contempló anticipadamente la gloria de Cristo y que, al fin, aprendió que para alcanzar la perfección hay primero que apurar el cáliz del dolor ningún mal los puede alcanzar. Cueste lo que cueste  es la casa de Santiago Mayor la que permanecerá inalterable hasta el final de los tiempos. Me despierto sobresaltado. Un viaje como una representación encantadora que me eleva una vez más a mi destino deseado. Santiago de Compostela. Una voz  que levanta sus  enseres y descuelga el esbozo me dice  susurrando al oído. He descubierto tu alma y nos parecemos bastante. Tu espíritu deambula en mi realidad y  en mis recuerdos. Es mi musa la de mis ensueños. La que nos encontramos a diario en vuelos que jamás olvidaremos. La que entre piedras cortadas por celtas y esculpidas por romanos nos volveremos a ver por la manos de Tata Dios al final de la tierra conocida, siguiendo la ruta de las estrellas.

ELLA
Profesor. Adrián N Escudero
Santa Fe -Argentina
A la Vida.
En especial, a su Poesía, y al Todo  que la suscita y edifica…
«… Sin embargo, en el desierto de nuestras calles ella (la belleza –de la vida, agrego- pasa, rompiendo el delgado límite y llenando nuestros ojos de infinito deseo». Pier Paolo Pasolini
Director de cine y escritor italiano (1922-1975)
  Todos los días, al pasar por el lugar, la miraba.
  Más que mirarla, la observaba. O, más que observarla, la inquiría en cada detalle de su cuerpo quieto y frío. Simplemente, Ella estaba ahí, quieta y fría. Y parecía imposible cualquier cambio.
  Sin embargo, la pensaba (o imaginaba) un ser maravilloso –casi divino- presidiendo, en el opaco brillo de sus ojos, el nacimiento (o muerte) de los días, de las flores, de los árboles y de la gente que por allí pasaba.
  Hubiera deseado humanizarla para entender mejor su gesto de tímida credulidad; pero Ella también lo auscultaba, aunque, desde tan lejos, que no habría podido superar jamás el abismo de soles abierto por la dirección de su extraña mirada.
  Era hermosa. La piel, blanca y suave. El tiempo no transcurría para esos espejos tibios y claros en los que, alucinado, se sentía –como poseído- reflejar. Tampoco para su rostro de marfil y los paños leves y tersos que envolvían su cuerpo despojado.
  Dio gracias por las manos o los vientres misteriosos que fueran capaces de modelar o engendrar, si se quiere, semejante arquitectura de belleza.
  Hubiera deseado besarla, acariciarla, tocar su alma clara de mujer tímida pero anhelante…
  Nunca pudo arrebatarse en tal arrojo.
  Ella siempre ahí.
  Novia de todos y de ninguno.
  Admirada. Tan admirada como incomprendida en su eterna soledad.
  Los árboles se inclinaban o aquietaban según soplara o no el viento único de las cuatro temporadas.
  Las hojas se vertían verdes o amarillas, en fervoroso clamor o límpida caída, según la estación.
  El sol alumbraba, las nubes solían llorar, y la noche (estampada por candiles y guedejas de luz), muchas veces la habían visto en aquel lugar.
  La gente turbaba en ciertas horas el mágico sitio donde habitaba, rompiendo su encanto con un rugir de autos, exacerbadas canciones estereofónicas o un griterío de niños que despabilaba con saltos y muecas el somnoliento y enmohecido aire de la gran ciudad…
  Los juegos y sus maderas y barras metálicas de mil colores, cimbraban, se mecían o dormían en alegre sueño, bajo el dominio nervioso de aquellos brazos y piernas audaces, quizá felices.
  Ella siempre ahí.
  Madre de todos y de ninguno.
  Admirada. Tan admirada como incomprendida en su eterna soledad.
  También estaban los otros en aquella peculiar estancia común a diversas expectativas e intereses.
  Los viejos
  Con sus canas, sus bastones, sus sombreros y ropas de antaño. Sus pipas, sus tabacos, sus paraguas y sus diarios.
  Con sus quejas, sus reproches, sus recuerdos y sus muertos. Sus barbas, sus narices rojas, sus temblores y sus nietos. Y sus lánguidas y pulidas canchas de bochas.
  Silbando.
  Algunas veces, alegres. Otras, melancólicos. Muchas, tristes y resignados. Como si pensaran que de nada sirve la experiencia de los que ya han vivido, para los demás…
  Cansados (o agobiados, quizá). Satisfechos unos; los más, no tanto. Pero todos, irónicos y suficientes, chispeantes e informados. Muriendo por vivir.
  Ella siempre ahí.
   Abuela de todos y de ninguno.
  Admirada. Tan admirada como incomprendida en su eterna soledad.
  Y fue en aquel día, en aquel inútil y aciago día, espeso de humedad y crepitante de humo y de cenizas, de hojas postreras y resecas, en otoño, a las tres de la tarde –dicen que-, sucedió…
  Ahora no había coches en las calles. La situación, muy comprometida en la democracia misma, había guardado a la gente vagar por la jornada gris.
  Toque de queda en el país.
  En casa, el pueblo esperando. La ansiedad como límite de la primera lágrima…
  Entonces ocurrió. Y lloró.
  Porque la acústica de la segunda guerra vibró, y la dejó ahí…
  … En su plaza. En el mismo lugar. Pero destrozada. Hecho polvo. O añicos. Descuartizada.
  Y lloró.
   Bajando la cabeza, ocultando su arma de estrenado soldado, mordió el pan duro de los mendigos, enfundó las manos en el calor de unos harapos abonados en sangre, y, salivando a la desgracia supo que, sin Ella, había muerto para él aquel lugar.

LA CARACOLA
Eunate Goikoetxea
Caminando un día por una playa virgen encontré una hermosa caracola. Era verano y el mar, tranquilo y cálido, rozaba con sus labios de agua la nacarada caracola depositada a la orilla de la arena por las olas. Mojada de mar, el sol la hacía brillar como una aparición, como una mensajera de sugerencias que obligaba a centrar en ella la mirada al paisaje marino, componiendo una escena de evocación y misterio.
Tuve el impulso de recogerla, de quitársela a la playa, pero por un momento imaginé la soledad de la arena y del agua, y me contuve. Era como robarle a la naturaleza aquella escena, aquella historia que parecía querer contarse desde el hueco de la caracola. La tomé entre mis manos y la llevé al oído. Una voz de mar profundo me susurró su leyenda: había vivido en la oscuridad de una cueva submarina y apenas entreveía la claridad del sol al mediodía. Una vez pasó por allí un cangrejo ermitaño, de esos que caminan esgrimiendo una gran pinza, y se introdujo en ella apropiándosela como refugio. Entonces, arrastrándose, arrastrándola, emprendió el camino hacia la orilla. La luz creciente la fascinaba, llenando su concha de bellas irisaciones que nunca había contemplado en la penumbra de su retiro en la cueva.
Una vez en la arena, fuera del agua, el cangrejo la abandonó y se alejó arrastrándose por la orilla… No le volvió a ver… quizás volvió al mar… quizás se apropió de otra caracola. Ella se quedó allí, extasiada de la belleza de la luz, de la blancura
de la arena, del verde azulado  del mar que por primera vez veía desde afuera. Y se alegró de que el cangrejo se hubiera ido; no le gustaba su caparazón áspero y opaco, su pinza amenazante, su posesión ciega, sus ojos pequeños, su cobardía. Todo esto me dijo susurrando la caracola.
La dejé otra vez sobre la arena mientras experimentaba una sensación de inquietud y tristeza por su destino. Era bellísima y fascinante, pero su sitio estaba allí, en la playa; no debía llevármela; aunque quizás fuera de nuevo apropiada por otro cangrejo que la arrastraría otra vez al fondo del mar, que la abandonaría otra vez en la tenue soledad. O quizás, permaneciendo sola en la playa, el mar de invierno con sus olas violentas acabara rompiéndola en mil pedazos contra las rocas del fondo; o tal vez, otro caminante como yo decidiera robarla sin escrúpulos para su exclusivo deleite, y al final terminara olvidada en alguna vitrina de una casa cualquiera.
La caracola estaba condenada antes o después, lo sabía, y nunca volvería a brillar de aquella mágica manera, en aquella escena de playa, mar verde azulado y verano. Pero no sería yo quien  la arrebatara ahora de aquella plenitud. Allí la dejé, después de admirarla largo rato.
Y cuando me alejé, sabía que iba a perdurar en mi corazón durante mucho tiempo, a salvo de las manos del azar y de los mares de invierno, mientras siguiera viva en mi mente el recuerdo de la caracola, con su voz de luz y sueños, con su fantasía de playas vírgenes e historias imposibles.

LA VÍCTIMA
José Lissidini Sánchez
Primero, fue una explosión de sangre, que lo salpicó todo. Luego, la cabeza brutalmente cercenada cayó entre sus manos.                                                                                                                 
Les habían dicho que, en aquella casa, solo vivía una solitaria y enfermiza anciana, sin parientes, amigos ni mascotas, a quien no se veía salir desde hacía bastante, pero que sin embargo, sabido era que allí permanecía, por algún movimiento de las cortinas, en las descuidadas ventanas de vez en cuando. Algunos comentaban con humor, que la mujer debía vivir del aire, ya que no hacía compras, ni tampoco las pedía a domicilio. Entonces. ¿Qué mejor victima para despojar, que una débil y vieja mujer abandonada? Demasiado tentador, para dos jovencitos con determinación y sin escrúpulos, aventurarse en la noche, escurrirse en la casa y proceder al despojo, tomando lo que pudieran encontrar de valor, y si la ocupante despertaba, peor para ella, seguramente nadie la echaría de menos.                                                                        
Le era imposible moverse, se sentía como clavado al piso de carcomidas tablas, con la cabeza de su compañero goteando sangre, y los ojos sin expresión, pues nunca llegó a percatarse de que era decapitado. No podía siquiera temblar, tampoco deshacerse de la cabeza. Solo se orinó, cuando al aparecer la luna cuan llena era esa noche, en la ventana de la habitación, su mirada verde se encontró con las rojas pupilas desorbitadas, de ojos malignos, que parecían irradiar fuego, clavados en él, y las fauces humeantes, de donde manaba una baba viscosa y hedionda, entre unos dientes agudos y blancos. Lo triste es que su cabeza, no encontró quien la sostuviera. Tampoco contó con un mínimo hálito de vida, como para escuchar, el aullido salvaje y estremecedor.                                                                   

 

LA CASA Nº 29
Por María Sánchez Fernández
A mi padre                                                                                                                       
La tarde avanzaba pesada y bochornosa. El cielo se iba cubriendo de oscuros nubarrones. La luz era gris y un vientecillo húmedo movía las desplegadas ramas de aquellas tres palmeras, tan altivas siempre, que crecieron junto a la acequia que cruzaba el huerto. Un huerto grande, ajardinado, donde todos los frutales se dieron cita como en una gran fiesta social. Los plataneros dialogaban con los azofaifos; los naranjos con los limos; los perales con los limoneros; los ciruelos con los manzanos; los albaricoqueros con los almendros; y las palmeras… ¡ay, las palmeras!, ¡graciosas ellas!, coqueteaban, cimbreándose descaradas, con el cansado y viejo laurel. ¡Pobre laurel!, que apoyado y quieto en la gran tapia de piedra las miraba, sensual y goloso, y desde esa quietud hacía extremados esfuerzos con sus robustos brazos de un verde intenso y oscuro para enviarles preciosos regalos de perfumes de canela. Los variados matices de las rosas se mezclaban con el blanco nieve de los jazmines, y el amarillo pitiminí, joven y fogoso, trepaba por la pared hasta alcanzar la planicie del encalado terrado. Las gallinas picoteaban en libertad dejando sus huevos en algún rincón oculto, y los gorriones se unían a las palomas para ir a beber y a zambullirse en la festiva corriente de la acequia que se alejaba, con prisas alborotadas de canciones, hacia otros sedientos destinos. La centenaria tortuga paseaba sus viejas experiencias por los mullidos terrones de los bancales, sacando de su concha verdinegra una sesuda cabeza, rugosa y aplanada, que mostraba una cara de mirada reflexiva que hacía recordar la de algún aburrido sabio.
 Aquel hermoso huerto tenía alma; era el marco multicolor de una hermosa casa que también tenía alma. ¿O quizás tenía duende? ¿Tenía algún duende escondido por sus muchos rincones? Más tarde lo sabremos.
La casa nº 29 se encontraba al final de una calle larga, no muy ancha y sin salida. Su forma achatada, luminosa de cal y negra rejería, miraba al frente, con cierta altanería, como poniendo tope a la calzada, a las mínimas aceras y a las gentes que por ella discurrían. Parecía decir con su lenguaje blanco:
─ Hasta aquí habéis llegado. No tenéis otra salida que la entrada a mi interior que es el nido de mi alma;  y mi alma os acoge y os da la bienvenida.
¡Benditas y afortunadas gentes, que al llegar a aquella propiedad ella les abría sus brazos brindando siempre amor y cobijo! Y encontraban amor y cobijo…, y alegría…, y risas…, y juventud…, y música…, y poesía…, y fiesta…, y  vino…, y pan…
El cielo ya estaba totalmente cubierto y el viento arreció trayendo de la cercana costa perfumes de sal, de yodo, de algas…, de mar. Las nubes se abrieron, partidas por largas y brillantes culebrinas, y se oyó la voz profunda del trueno. Unas gotas inmensas de lluvia comenzaron a caer, primero escasas y fuertes, como mazas que golpeaban los terrados, después, tan numerosas y apretadas que en pocos segundos las calles se creyeron grandes ríos que irían a fundirse con el mar.
¡Qué ilusas las calles!, ¡por parecer  breves torrentes  soñaron ser hermanas de los ríos!
La casa no cerró sus puertas y ventanas a la tormenta, también quería acoger y compartir la hermosura de los aromas, de los sonidos, de la luz, de la frescura de la lluvia. El huerto quedó anegado, pero tan radiante, que los árboles reían al mirarse unos a otros y verse relucientes  como estrellas. Las rosas se aliaron a la lluvia y alfombraron el suelo con todos sus colores. Y todo se calmó. Y vino la paz y el sueño.
La casa palpitaba en la noche. Mientras todos dormían algo dentro de ella despertaba. ¿Una fuerza extraña? ¿Un algo sin presencia que quería hacerse notar? ¿Un duende burlón que a fuerza de travesuras logró en un principio intimidar al miembro más joven de la casa?. Solo a él se mostró por una sola vez.¡Y el niño era tan niño! Lo vio vestido de soldado. Lucía un flamante uniforme de tiempos muy lejanos. Desde ese día el chaval quiso ser soldado. Y fue soldado en un gran regimiento, pero nunca empuñó un  arma. Su sola arma fue siempre una batuta.
Y pasaba el tiempo, y la casa respiraba, vivía, y el duende se mostraba sin presencia haciendo en la noche de enfermero, de portador de muebles, de apagador de luces, de cerrador y abridor de puertas… Sin duda era un duende burlón, pero de bien hacer y no de bien decir pues jamás emitió sonido alguno. Nunca atemorizó a nadie, sólo quería jugar y ser amigo de aquel muchacho que una vez siendo niño lo vio vestido de soldado. ¿Qué tendría aquel joven que hasta un duende quería su amistad?
Pues si, tenía ¡tantas cosas! Era alegre, solidario, participativo, abnegado, emprendedor. Colaboraba en todo siempre que era solicitado. Era amigo incondicional de sus amigos. Allá en donde había alguna necesidad o tristeza estaba en primera fila para prestar ayuda. En donde había fiesta y alegría era el portavoz: En carnavales, en teatro, en festivales… Así era su capacidad de entrega. Alternaba sus estudios de magisterio con el amor por la música, y tanto se volcó en ella que a ella se entregó en cuerpo y alma.
Se quedaba estudiando hasta altas horas de la noche para en la mañana irse a la capital y cumplir con sus deberes académicos. Soñaba cada día con ir a visitar a su prima, y antes de volver a casa pasaba a saludarla y a quererla. Momentos felices de aquellos dos jóvenes, que allí, en la gran sala, mientras sonaba un piano, charlaban sin prisas de sus muchos proyectos para el futuro. Y el futuro fue hermoso. Nunca lo hubieran imaginado a pesar de sus muchas ilusiones.
Su pasión era la música. La investigaba, la componía, la interpretaba, la dirigía. Su gran sueño era el de enseñar, el de plasmar en un papel pautado las más bellas sensaciones que brotaban de su alma limpia de poeta en forma de melodías; el de empuñar con su joven mano una liviana batuta y dirigir una gran banda. Y por ese sueño se esforzaba, trabajaba, se entregaba al estudio.
Una noche, en las altas horas de la madrugada, y después de tomarse un café para no dormirse, se encontraba inclinado en la mesa del comedor de la casa sacando a limpio unos apuntes que había tomado en la mañana. Vio con sorpresa, pero muy alarmado, que una silla inglesa que siempre estaba bajo el reloj de pared, se movía y se desplazaba lentamente a bastante distancia de su lugar habitual. Allí se quedó la silla y ninguna fuerza humana la había movido. Él se encontraba solo en la estancia. Creyó al principio que podía haber sido un pequeño estremecimiento de la tierra, pero miró la lámpara que colgaba del techo y esta no se movía. Al momento pensó en el travieso duende. Este le quería decir a su manera callada que ya estaba bien. Que debía irse a dormir. Y sí, recogió sus papeles y plumas y se retiró a dormir. Y pensó con alegría interior que el duende le quería. Se preocupaba por él. Y sonrió mirando a la silla vacía haciendo un gesto con la mano y un guiño con los ojos como diciendo:
─ ¡Gracias y hasta luego;  que pases buena noche!
La casa se animaba con las fiestas. Reía la juventud y cantaba la alegría. En ella se preparaban guiones de teatro, ensayos, chirigotas y entre carcajadas y parloteos los ladridos de Mía y de Coral ponían broche en aquella gran algazara.
Y en esas ocasiones el duende dormía.
Aquella noche de la tormenta hubo un gran apagón, y en la casa se encendieron numerosas velas y candelabros hasta que todos se fueron a descansar.
El muchacho, como siempre, se quedó en el comedor, frente a la mesa, terminando unos temas que tenía que entregar a la mañana siguiente. Tenía una vela encendida junto a él. Hubo un momento en que la llama osciló después de haber sentido sobre su hombro un soplo de viento. Creyó que sería alguna corriente de aire y se levantó, cogió la vela y se dirigió a la cocina cruzando la puerta de cristales que accedía a la misma. La luz de la llama iluminó y rodeó la pieza arrancando hermosos destellos de los peroles dorados que cubrían por completo una de sus paredes encaladas. Las tazas azul cobalto con impresiones de cobre que reposaban en la repisa de una alacena acristalada, despertaron gritando reflejos de luz, y la chimenea del rincón, que dormía tranquila mientras guardaba en su regazo de piedra las brasas todavía calientes que regalaban aromas de tomillo y de romero, bostezó, suspiró y se volvió a dormir. El joven miró el pesado postigo que accedía al huerto y tras asegurarse de que estaba bien cerrado volvió al comedor; inspeccionó las puertas y ventanas del recibidor y del salón, que tenían acceso al mismo, y vio que todo estaba bien. No había pasado mucho rato cuando la llama volvió a oscilar y al momento un gran soplido sobre su hombro terminó por apagarla. Quedó completamente a oscuras. No tenía cerillas. A tientas se retiró a su cuarto con el alma encogida. Estaba realmente asustado aunque en su interior sabía que era otra broma pesada del duende burlón que quería ser su amigo.
Cuando empezó el nuevo curso se desplazó a Madrid para realizar estudios superiores de dirección y composición y nunca más supo de aquel fantasma bromista que siempre se divertía jugando con él.

ZACUALTIPÁN
Jaime Suárez (México)
Zacualtipán es un pueblito pintoresco ubicado en el norte de la ciudad de Pachuca, que es la capital del estado de Hidalgo. Para llegar a él es necesario viajar por la carretera que se llama “Corredor turístico de la montaña”, se puede considerar que es la puerta hacia la Huasteca Hidalguense. En el camino hay que pasar dos ríos, “Venados” y “San Agustín”
Me platica mi esposa que, cuando era niña, ella y sus hermanos jugaban en el arroyo que pasa por la parte trasera de su casa, allí se metían y se arrojaban agua con esa alegría infantil que lamentablemente se pierde al crecer. Muy cerca estaba la poza en la cual los chamacos iban a nadar y convivir sanamente.
Cuando visité el pueblo por primera vez, siendo novio oficial de la linda chiquilla que me tenía atrapado; recorriendo sus calles me vino a la mente la imagen que tengo de Santiago Compostela, no porque conozca ese pueblo, sino por la deliciosa descripción que hace Alejandro Pérez Lugín en su espléndida novela estudiantil “La Casa de la Troya”. Llueve mucho, a veces días enteros y las paredes de las casas húmedas y llenas de musgo son un deleite; las calles empedradas (no todas), invitan a recorrer la plaza, el panteón, “La cancha”. Y me gusta releer dos poemas de mi amigo Jaime Velasco, un poeta muy sensible.
La barda de piedra
se ha vuelto verde.
Gracias a la lluvia
la cubren plantas trepadoras.
Siento las gotas
sobre mi cuerpo
y la felicidad de los árboles
que se agitan.
¡Llueve!
Muy cerca, a unos quinientos metros de la casa de los abuelitos, en un lugar al que llaman “El monte”, hay una cascada conocida como “El salto”. Yo me quedaba extasiado mirando la caída del agua a un depósito que está a unos diez metros de profundidad, el agua límpida invitaba a beberla.
A veces íbamos a las cascadas de Alumbre; en una canasta llevábamos “dobladitas”, sopes y tortas preparadas por la abuelita o la mamá consentidoras.
Pasa   ron los años.
La última vez que visitamos el pueblo, para sepultar a la querida abuelita, una mujer bondadosa y muy querida, me asomé al arroyo; el agua es turbia y arrastra llantas viejas de autos, pañales sucios, deshechos de una fábrica de pantalones que está río arriba, envases de plástico.
La cascada del Salto sigue depositando agua en el fondo, pero ahora es agua putrefacta. Qué terrible tragedia, multiplicada por miles en nuestro planeta moribundo. ¿A quién culpar? Le gente arroja la basura en los depósitos de agua, hacia allí dirige sus drenajes; las autoridades permiten que la fábrica siga contaminando. Acabo de leer en algún sitio que “el agua vale más que el oro”.
Un hombre cuyo jardín se está quemando escucha que su vecino quiere ayudarle a sofocar las llamas, como están disgustados, él contesta que sólo aceptará la ayuda cuando su vecino le ofrezca disculpas. Ante esta actitud, sentimos que todo está perdido, pero no, no.
Ayer fui a un deportivo cercano a mi casa, lo hago en el carril exterior de la pista. Comenzando la primera curva vi en el extremo a una mujer recostada en el pasto que rodea la cancha, pensé que estaría descansando o tal vez sufriendo algún contratiempo. Cuando me acerqué vi que estaba dando cuidados a un arbolito de apenas unos veinticinco centímetros de altura; con sus manos desnudas removía la tierra a su alrededor, después regó con cuidado la tierra y finalmente colocó piedrecillas blancas en su periferia, de tal modo que el pequeño árbol ahora es el más lindo del parque.
La mujer se retiró después de unos veinte minutos, en silencio, modesta, sin hacer alarde.
Sí hay remedio, cada uno de nosotros debe hacer lo que le corresponde, sólo o en grupo. La Tierra debe renacer.

 

3 comentarios en “CUENTOS RELATOS Y MICRORRELATOS”

  1. LETRAS INTERNACIONALES,PARA EL MAS VARIADO GUSTO, PERO SIN DECLINAR SU EXCELENCIA Y CREATIVIDAD.
    EL SALUDO A LOS RESPETADOS Y ADMIRADOS COMPAÑEROS Y COMPAÑERAS ESCRITORES.

  2. La Caracola.
    Relato que desde el principio atrajo mi atención, no por el autor, sino por el relato mismo y que lógicamente confiere todo el mérito y reconocimiento a quien lo escribió. Querida Eunate, tu narración me hace sentir como tu caracola del relato, que brilló por un tiempo, y que ese lapso tal vez fue su razón de existir. Nosotros, tal vez brillemos, por años, meses, semanas dias o tal vez minutos o segundos. Hay que aprovechar la vida para brillar. Tal vez de manera subjetiva, cada quien tenga su propia concepción de la manera de brillar, pero aprovechemos el tiempo que tenemos. Tu descripción fue también una enseñanza.

  3. Zacualtipan.
    Jaime Suárez.
    México.

    Apreciable Sr Jaime Suárez.

    Su narración me produce en exquisito placer, tal vez por su exquisitez y por que evoca en mi situaciones similares como ese río que un día conocí que era de aguas cristalinas y que ahora no merece que me detenga a contemplarlo. El reconocer el mérito de un ciudadano que planta un árbol en el parque y que diariamente atraviesa la calle con un balde de agua para regarlo. Parece que las cosas pasan desapercibidas pero no es así. Sinó fuera por tantas personas que hacen el bien sin buscar el reconocimiento ni el aplauso nuestro mundo no estaría en la situación actual. (Hago alusión a la zona de Atizapán en el Estado de México). Dios bendiga a esas personas que lejos de lo discursos y aplausos nos benefician con sus obras. Es mucho lo que hay que agradecer.
    Reciba Ud. un saludo y el agradecimiento por su narración.

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