CUENTOS RELATOS Y MICRORRELATOS MAYO

 

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Mayo  2.020  nº 31  

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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

COLABORAN; Leonora Acuña de Marmolejo (Estados Unidos)…Adrián N. Escudero (Argentina)…Elsa Lorences de Llaneza (Argentina)…Miriam Noce (Argentina)...Xóchitl Robles Bello (México)…Eduardo Frank Rodríguez (New Brunswick Canadá)…María Sánchez Fernández (Úbeda-España)…César Tamborini Duca ( León-España)…

 

LA NANA*
Por: Leonora Acuña de Marmolejo. I.W.A.  &  Peace Activist
Estados Unidos

Andrés Montemiranda un hombre bastante acaudalado -quien vivía en San Bernardo un hermoso pueblo del Valle del Cauca-, había enviudado de su esposa Claudia con la que  habia procreado dos hijos: Gerardo, y Graciela Inés de 12 y 14 años respectivamente.

       Ante la situación tan crítica al quedarse solo para levantar a sus hijos, Andrés resolvió enviar a la niña al convento de las Madres Franciscanas de la capital, quienes tenían también bajo su dirección el Colegio de bachillerato “María Auxiliadora”.

       La directora del colegio era la madre Dorothy Wharton, una dama oriunda de Inglaterra en donde vivía toda su familia. Su hermano más allegado se llamaba Harry quien con cierta regularidad solía ir al convento a visitarla.

       Siendo Graciela una hermosa niña muy educada, inteligente y de buenas maneras,  muy pronto las monjas se encariñaron bastante con ella; al tal punto que llegaron a tratarla como un miembro más de sus respectivas familias, especialmente la Madre Superiora quien llegó a considerada como a su propia hija.

       En una ocasión cuando el hermano de aquella y su esposa  se encontraban de visita allí en el convento, tuvieron la oportunidad de conocer a la niña -quien ya tenía 17 años-, y les agradó tánto su personalidad, su don de gentes, y su presencia, que le sugirieron a su hermana hablar con el padre de aquella a fin de que le permitiera anexarse a su extensa familia en calidad de “Nana” y por supuesto vivir allá en Europa con ellos.

       Dos años más tarde, y bajo la anuencia de su padre, Graciela resolvió viajar a Wallington, Surrey en Inglaterra para desempeñarse en aquel cargo ofrecido por los esposos Wharton, y así trabajó con y  para ellos con gran eficiencia. Se encontraba muy confortable y contenta, mas la esposa de Harry  -para quien ella solícitamente se había convertido en su mano derecha-, venía deteriorándose cada vez más a causa de la  distrofia muscular que padecía, y un triste día pese a los cuidados médicos y de su esposo, dejó de existir. 

       Está por demás decir la tristeza y el temor que invadieron  a Harry  al quedarse solo. Entonces ya acostumbrado a la presencia y cuidados de Graciela, cuando su hermana  Dorothy lo acompañaba  por unos días tras el deceso de su esposa, aprovechó la oportunidad a fin de considerar con ella, el dejar a la muchacha como ama de casa con todos los derechos para continuar a cargo de su familia.

       En una armonía muy reconfortante tanto para Harry como para todos sus allegados,  y tras de algún tiempo, éste se dio cuenta de que la presencia de Graciela se había tornado  en una necesidad imperiosa para él, y que se sentía enamorado de ella. Entonces en consideración a que ésta de pronto decidiera regresar a su país, resolvió confesarle sus aprensiones y su amor. Fue grande su sorpresa cuando en ese preciso momento Graciela venciendo su timidez le dijo que ella también paulatinamente se había ido enamorando de él.  Días después con la presencia de Andrés Montemiranda, de  su otro hijo Gerardo (hermano de Graciela), y por supuesto  de Dorothy la “Madre Superiora”, como también de toda su agradecida familia -que tánto la apreciaba por su conducta intachable hacia su madre-,se efectuó la pomposa boda. Así aquella soleada mañana abrileña, muy airosa y feliz Graciela Inés Montemiranda “La Nana” salió del templo, del brazo de Harry su esposo, ya  convertida en la flamante Mrs. Wharton…

      *Cuento del libro “La Dama de honor y otros cuentos”

AHORA, TODAVÍA…
Adrián N. Escudero
-Argentina-

A los que esperan encender la luz del alba, cada día, para amar y servir…

“También la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom 8, 23).

… Ahora, todavía, respiran los gases ionizados de mi Nave Espacial. No es fácil el trabajo de apóstol de las Estrellas… Pero allí se mece, como acunada por sus Brazos, ella; la mejor y más terrible de sus Obras: la Tierra. Y debo visitarla. He recibido su ancestral llamado, más allá del tiempo y la memoria, y debo acudir a él (Él), quizás porque…

   … Ahora, todavía, las auroras siguen floreciendo el Alba, y las puestas de sol anaranjado el Crepúsculo…

   … Ahora, todavía, burbujean las estrellas en el vitral del Cielo, y la Esfera continúa su rémora danza sobre el aliento cálido del Sol…

   … Ahora, todavía, la Creación toda -Deo favente- irrumpe en brotes de simiente mineral, vegetal y animal y, aún ahora, humana todavía…

   … Ahora, todavía, John Lennon -sí, aún él, buscador de verdades y peregrino de sueños, casi a limine de su cruel despedida- seguirá clamando: “Lo que el Mundo necesita es Amor”…

   … Ahora, todavía, cuando -tergiversando el concepto de Salud- el culto al Cuerpo prevalece cada vez más y más y más, sobre la límpida estirpe y soberanía del Espíritu, y nadie sepa ni comprenda que no somos sino eso, seres espirituales encarnados; aunque nadie lo entienda (ni siquiera Ellos -nosotros, ustedes- los que han proferido ese llamado al que Respondo)…

   … Quizás por esto y mucho más -junto a lo expuesto en denodada precedencia- atestiguo de pronto, en horizontal y vertical mirada, aunque en modo amargo, difuso y casi indescriptible, cómo shoppings y paseos de compra -fulgurantes-, asépticas farmacias -laxantes y cremas- sanatorios al mejor costo y clínicas de lifting y estéticas cirugías reestrenadas con biomáscaras rejuvenecedoras, implantes dentarios, mamarios y capilares, bótox y lipoaspiraciones congeniadas, conciliadas y compatibilizadas por malévolas componendas intraplanetarias -como el Kamasutra a control remoto de la TV por cable y disponible a cualquier hora para las mil y una noches obnubiladas en adúlteras delicias y orgasmos sazonados, a priori, con opíparos sabores gastronómicos ingeridos, pero -sistemáticamente- equilibrados por estratégicos sistemas de spa(s) y su corte de (algunos) -que parecen todos- dúctiles y amanerados couturieres, modistes, coiffeurs y bijoutiers, y hasta enigmáticos bronceadistas artificiales asociados a gimnasios con personal trainers atemporales, dedicados full time a Cuerpos de hombres y mujeres que uno ve desfilar luego, con asombro, por las Citys Metropolitanas, socializando comparsas de arlequina compostura, y adorando -con los cerebros y corazones rellenamente huecos de Nada- a la Diosa Concupiscencia…

   … Sí, quizás por esto y mucho más, pero no ahora, todavía, sino todavía desde hace tiempo también, y que han comenzado a florecer, a burbujear e irrumpir, en igual o mayor medida -sin importar las Leyes Naturales, eso es lo grave- que las auroras al Alba, las estrellas al vitral del Cielo y las puestas de Sol al Crepúsculo anaranjado, ridiculizando como a ingenuos puritanos a los que predican el Amor Verdadero, hecho de ofrenda y de servicio, y no de dominio ni capricho; ello, mientras pavonean sus esbeltos Cuerpos anoréxicos como brotes astutos de una especie insaciable en su incontenible idolatría consumista…

   … Esa entelequia perversa que oculta y asfixia -sin complejos- dentro, fuera y junto a luengos Edificios Modernistas -sin terrenos libres, ni árboles ni flores ni pájaros ni viento- a la amable Sabiduría de los Antiguos Templos -mansos e incensados- donde la Santidad habita -perfumada- para insuflar aliento -mens diviniors- a algunos pocos -cada vez menos- Cuerpos presentados al bautismo redentor…

   … Ese ritual cósmico donde el hombre se reinventa, desde la finitud del aquí y ahora para el Allá y el Después Trascendente y Eterno, forjados para un destino de dioses sublimes -para el que fueran soñados, planeados y engendrados por mi Padre- y dar espíritu de vida a unos huesos y nervaduras que, sin el tal soplo divino, amanecerían como muertos -aunque respiren- tras la humana vigilia vaginal materna, aliada al humano estupor de una felicidad paterna casi… entrometida. Como la que Yo Mismo, su Hijo, debo vivir ahora, todavía…

   … Por eso es que -algunos- han vuelto o venido a preguntarme si, ahora, todavía, en que la Humanidad ha dejado morir su Esencia Primordial, persistirá Dios en inyectar su Alma -a imagen y semejanza- en aquellos monstruos apocalípticos e impuros con que -ahora, todavía- algunos hombres persisten en identificarse para llamarse ahora, todavía, seres humanos…

   … Por mi parte, ahora, todavía, no he encontrado ni he podido darles una respuesta coherente al respecto. Debo correr, sin embargo, en vilo y presuroso -aunque haya olvidado apagar los motores de mi Nave invisible- por aquel largo pasillo donde la luz de la sala de parto se ha encendido, y un brote -pero de esperanza- venido nuevamente del vientre de la amada Eva, ha nacido Hoy al Mundo, ahora, todavía…

   … Sí, ahora, y… todavía, sólo mi Padre sabrá por qué lo ha permitido; ahora y siempre, todavía…

EL PORVENIR 
Por Elsa Lorences de Llaneza
Argentina

    Miró a su alrededor detenidamente. Cada cosa, cada adorno, cada libro, le hablaban de un recuerdo, triste o alegre dependiendo de la circunstancia.  ¡Qué difícil se torna la vida cuando hay que tomar decisiones dolorosas! Cuando ya creíste tener un futuro consolidado y te das cuenta que todo es ficticio, que tenés que comenzar de nuevo o probar en otro lugar, porque la ruleta de la vida te expulsó del mercado y te deja un gusto amargo en la boca.
     Y hay que irse nomás, dejar todo y partir. Buscar nuevos horizontes, porque vivimos de momentos y este momento llegó a su fin.
      Bajó la cabeza, caminó hacia la puerta y sin volver la mirada atrás, salió del lugar con lágrimas corriendo por sus mejillas.
     Su permanencia en España se hizo difícil. A pesar de hablar el mismo idioma, no lograba acostumbrarse.
      Extrañaba a sus seres queridos y hasta sin darse cuenta, a su himno. Sí, aunque pareciera mentira, cuando por alguna circunstancia lo escuchaba, el corazón se estrujaba en su pecho y no podía dominar el llanto.
      Cuatro meses después de su llegada, un e-mail de su madre, completaba la tortura:
– Javier, no quiero preocuparte, pero papá está en terapia intensiva por un problema coronario. Perdóname, pero aunque tengo confianza de que no será nada, me pareció que, tenerte informado, era lo mejor. Te envío todo el amor de mi alma. Mamá.
     Lo leyó despaciosamente tres veces y luego contestó:

Querida mamá: Me es imposible ir. Tengo que cuidar mi futuro. Ya  verás que no pasa de un susto. Besos a papá. Los ama. Javier.
Apretó la tecla enviar y cuando le llegó la contestación de que el mensaje había salido, cruzó las manos sobre el teclado y, apoyando en ellas su cabeza, comenzó a sollozar desconsoladamente.
      Cuando se calmó, cerró la computadora, tomó su saco y salió al frío de la calle.

     Caminó por ese pintoresco pueblito de montañas, muy cercano a Madrid, con subidas y bajadas que, los primeros días, le resultaron atractivas, pero que ahora se le hacían pesadas.
     Deambulando llegó hasta la Iglesia. Se sentó en un banco y trató de contar cuantas veces había llorado desde que decidió irse de su casa. Llegó a la conclusión de que fueron innumerables. Luego se preguntó el porqué de tanto llanto.
Había partido, decidido a forjarse un porvenir que no veía promisorio en su patria y cambió un trabajo de profesional por la incertidumbre de no conseguir trabajo. Dejó un departamento propio a todo confort para vivir de prestado en la casa de unos amigos, sin lograr alquilar uno para llevar a su familia, porque eran demasiado caros.
¡Qué castillos en el aire había edificado! ¡Qué quimera le habían metido en la cabeza aquellos que le dijeron que en Europa se podía vivir mejor y más tranquilo! ¿Cuál era el futuro venturoso que él deseaba? ¿Una excelente posición económica para disfrutarla, de qué forma?
La soledad era agobiante y, suponiendo que consiguiera un buen pasar ¿Con quién lo iba a compartir?
     Recordó las palabras de su madre cuando le contó que se iba:

      – Hijo, hacé lo que sientas, pero cuidado, no te pase como a tu abuelo que, buscando la América, al vislumbrar desde el barco las costas de Buenos Aires, tiró su mejor traje al agua, porque pensó que enseguida iba a conseguir comprarse otro y tardó diez años en adquirirlo.
¡Cuánta razón!  ¡Cuánta razón! Pobre madre. ¿Cómo estará viviendo estos momentos con su esposo en terapia y su hijo lejos, cuidando su futuro?
Salió a la calle y la llamó por teléfono. Cuando escuchó su voz, se puso a llorar amargamente. ¿Qué hago mamá, que hago? Volver es reconocer mi derrota. Oyó la voz de su madre que le decía. –Hijo mío, no puedo decirte lo que tenés que hacer, porque tengo miedo de equivocarme. Pero escucha tu corazón y abrí tus sentidos, Dios te va a hablar, de alguna manera y por algún medio, te va a dar a conocer lo que él quiere para vos. Te lo aseguro hijo. Presta atención-

Colgó angustiado. Había empezado a llover y sintió frío, volvió a la Iglesia. Iba a comenzar la misa. La hermanita que estaba en la puerta recibiendo la gente, lo invitó a leer una lectura. Con todo el dolor del alma le dijo que no. Tenía miedo de no poder contener su angustia y echarse a llorar en medio de ella.
Se sentó en el último banco, no quería que nadie viera las lágrimas que ya brotaban de sus ojos al leer en un cartel, que antes no había visto, una frase que lo impactó: “Dios está aquí y te espera”.
Siguió la misa con angustia creciente. En la consagración no pudo ya retener los sollozos. Era tan fuerte verlo a Él y preguntarle ¡Dios que hago contéstame Señor por favor!
Terminó la misa y todo el mundo se iba retirando. Todos menos él que arrodillado, seguía llorando sin poderse contener.
 Sintió que alguien se sentaba a su lado. Levantó la vista y vio que era el sacerdote, el mismo que había celebrado la misa.
-¿Te puedo ayudar? – Le preguntó. Y con las palabras saliéndole a borbotones le contó su padecer y sus dudas. Cuánto extrañaba a su esposa, su hija y a sus padres, el miedo a volver fracasado.
El Sacerdote lo escuchó en silencio y respetó su angustia. Cuando se calmó le habló de esta manera:
-Javier, creo que más allá del dinero, tú necesitas como nadie a tu familia y creo que ellos te necesitan a ti. No es fracasar cambiar un buen pasar idílico, por el amor de tus seres queridos. Creo que tu vida está en la Argentina. Aquí te vas a enfermar y ¿Quién te cuidará? No quiero convencerte de nada, la decisión es tuya, pero piénsalo –

Una alegría impensada comenzó a correr por sus venas. Su llanto se aplacó y se dio cuenta que lo que le había dicho el sacerdote, era lo que él ya sabía, y que no quería reconocer. El temor del qué dirán fue superior, por un instante, al Amor con mayúscula que sentía por su hija. Pero ahora ya no había dudas. Volvería a su casa, a los suyos, a pasar lo que fuera, pero juntos. No importaba el porvenir, que solo lo marca Dios, importaba el presente y el presente era su familia. En cuanto saliera de la Iglesia, les hablaría y les pediría que le consiguieran un vuelo lo antes posible.
Se levantó del asiento y le extendió la mano al Sacerdote y sonriéndole le dijo:
-Padre, gracias, vuelvo a mi casa. Quisiera saber su nombre para, en cuanto llegue, enviarle una foto junto con toda mi familia-
El sacerdote le tomó la mano, se levantó despacio y le dijo:
-Javier, yo me llamo Jesús Rey, para servirte-
Se quedó de una pieza, recordó las palabras de su madre y lo abrazó fuerte, fuerte, mientras se echaba a llorar nuevamente.

SE LO MERECE
Miriam Noce
Argentina

…“el hombre no es más que sus sueños”
Héctor Tizón

Hay que estar atentos. A veces el verde de la naturaleza, el celeste del cielo y la tibieza del sol te embriagan y no se ven las imperfecciones del asfalto en las rutas. Ser profesional golondrina tiene su pro y su contra. A favor, la libertad. El ir y venir, sin fuertes presiones o rígidos horarios. En contra, los ciclos de soledad que marcan hábitos. Los amigos le gastan chanzas diciendo que no sabe sacar réditos de su alta calificación laboral ni que tampoco aprendió a codearse con el confort y exclusividad de la empresa en la que presta servicios.

Ellos no notan que se muta mensualmente con grupos reducidos, de singularidades propias y un espacio geográfico común. Como contador debe verificar las ventas mayoristas efectuadas por los viajantes a lo largo y ancho de la provincia.

Esa noche en especial estaba cansado. Se detuvo en el almacén y bar de Don Esteban. No es un pueblo, son apenas diez casas distribuidas a ambos lados de la ruta y a 15 Km. de Cruz del Eje en rumbo norte. Había algunas guirnaldas de luces de colores que daban luz al patio de baldosas, pero que no lograban opacar los ladrillos sin revoque que lo circundaban. “Debe haber baile”. Tomó un café para despejarse; en el patio corría una suave brisa anunciando los próximos calores. Los jóvenes empezaban a llegar, atrás algunas madres y abuelas. También del campo se acercaban peones con ropa recién planchada. Imposible no detectar su belleza y juventud. Era casi una flor, un pimpollo pronto a abrirse. Sus ojos miraban asombrados el movimiento.

Bailó con ella, toda dulzura y pureza. Envolvió con galanteos a Zohra, nombre que despertó aún más su intriga. Bajando los ojos le comentó: “mis abuelos son de origen árabe. Quiere decir pimpollo”. Cosas del destino, lo que él había pensado al conocerla. Prometió a su hermana mayor que la acompañaría hasta su casa, al terminar el baile. La casa era una de las más apartadas, ya casi en el campo y al costado de la ruta. Casa y joven eran un himno de humildad.

Con un vino patero, marca de la casa (lo hace Don Esteban), y sólo con tres vasos perdió la dignidad e hizo suya a la joven que desconocía las mieles del amor. Se entregó sin experiencia, encandilada con sus palabras y caricias. Una tierna niña de edad incierta, que abrevó su hombría entre los vapores de ese vino que enturbió sus sentidos. En ese momento sólo sentía la pulsión de todo o nada.

Al amanecer dejó el lugar prometiendo volver. Por los controles que realiza en la zona, siempre transita ese camino. Pasó varias veces, pero nunca vió a Zohra. Sólo algunas veces a su hermana, haciendo tareas en la casa. Un mediodía, la curiosidad lo hizo detener en el bar. Como al pasar, durante la breve charla preguntó por Zohra. “Se fue del pueblo, creo que el padre la echó. ¡Pobre piba, tan jovencita! Se dicen muchas cosas, vaya a saber si es verdad. Dicen que está preñada.”

En su regreso, no manejó solo. Grises  pensamientos lo acompañaron: “No sé por que razón siento que no me porté bien con esa chiquilina. Que abuse de su bonomía. Hice alarde de mi simpatía y porte, sin medir que podía quedar cautiva de la fatalidad. Turbe su corazón. Viví el deslumbramiento de ella ante un hombre de ciudad. Esgrimí frases hechas ante los sueños de princesa pueblerina, que aún existen, perdidas y olvidadas tras el viento caluroso del norte.”

Una vez logró divisar en el bar a la hermana de Zohra. Bajó y preguntó sin rodeos por ella. Solo obtuvo como respuesta: “Está en Córdoba capital.” Ante su insistencia, se retiró.

El tiempo implacable siguió su curso. Un día, al pasar por una plaza, un niño de escasos cuatro años lo impactó. Era una réplica exacta de una foto que su madre tiene en un portarretrato. Diego, el hijo menor a los cinco años; o sea él. Volvió a la semana siguiente, y allí, junto al niño estaba Zohra.

Nuevamente el bar de Don Esteban fue la fuente de consulta y el nexo con la hermana: “Sí, es su hijo, se llama Damián. No interfiera. Ella está estudiando y abriéndose camino. Está junto a un hombre que la contiene.” Otra vez, ante las preguntas, se fue rumbo a su casa.

A partir de ese día empezó a seguir los pasos de Damián. Desde lejos lo vió ingresar a primer grado. Siguió con atención su crecimiento y lo parecido que eran. Lo vió acompañar a su primera novia (cree, por el abrazo que los unía). Supo que era excelente alumno y que lleva el apellido de su madre. El esposo de Zohra no lo adoptó.

 Hace meses que necesita escribir unas líneas y nunca el momento le parece el ideal. Hoy que Damián cumple 18 años es el momento de hacerlo.

 Si se apura alcanza a llegar al Correo. Son las 17.45. Ya está. Está tranquilo. El destino va en camino.

                                                                              Córdoba- 7 de julio 2005

Zohra: en estos años transcurridos sé toda tu vida y la de nuestro hijo Damián. En los períodos iniciales los perdí, pero ahora están recuperados para siempre. No quiero causarte ninguna molestia en tu matrimonio, por eso te ruego me permitas ayudar a Damián en el comienzo de su carrera universitaria. Al ser mayor de edad podrá manejar su cuenta bancaria y así costearse sus estudios. Me alegra que quiera ser médico. Por medio de tu hermana conozco los logros alcanzados pese a tus juveniles años. No quiero perjudicarte. Si estás de acuerdo te pido que me dejes hablar con mi hijo. Solo si esto no le va a causar dolores  difíciles de superar después. A distancia los he acompañado a los dos, porque me parecía que era lo más acertado. No sé si me equivoqué o no. El tiempo lo dirá.           Diego/

                                                                                           Córdoba-7 de Julio 2005

Diego:

Atrás queda el paso del tiempo. Sé que algunas cosas de mi vida las sabés por mi hermana, pero lo que voy a pedirte es indispensable que lo haga yo sola y bajo mi responsabilidad. Antonio, mi compañero, es un hombre mayor y su empresa de pinturas no anda muy bien en estos últimos meses. Si está dentro de tus posibilidades quisiera que ayudes a Damián en su ingreso a la universidad. Es un chico aplicado y respetuoso. A mí la vida me ayudó con creces. Recibí buenos consejos que supe aprovechar. Después de la muerte de mi padre, he regresado varias veces al pueblo (que, como ya sabrás, ahora  tiene nombre y figura en los mapas) a visitar a mi madre y hermanos.  Algo de tu vida conozco. Sé que eres el tío solterón de la familia, a quien sus sobrinos adoran. No vas a arrepentirte si alguna vez te cruzás con Damián. Siempre le hablé bien de vos. Merece conocer a su padre.

Con cariño
Zohra/

 

EL JARDINERO.
Xóchitl Robles Bello
México

Cuando Avelino llegó a casa de Martha para ayudarle en el jardín ella dudó en admitirlo. Su aspecto era descuidado; entelerido,  los pellejos de las mejillas pegadas en los huesos de la mandíbula, alto, con la piel ceniza  quemada por el sol y una mirada perdida en quién sabe qué parte de su infinita tristeza.

-¿De dónde eres?
– De Comalapa.
– ¿Ya te dijeron lo que tienes que hacer?

– Pos…¾ contestó rascándose la cabeza. ¾ Andaba trabajando en la obra y el “ingeniera” dijo  que me traigan a regar y cuidar tus matas.¾

No era cosa de ponerse remilgosa aunque no era precisamente, el jardinero que ella hubiese querido tener. No había por el momento otra opción. Así se quedó Avelino en la casa.

Poco a poco, Martha se fue acostumbrando a su manera de hablar. En su escaso español, Avelino se hacía entender.   Así se enteró que había llegado de la Sierra de Chiapas a trabajar, junto con otros del mismo pueblo, para poder pagar las festividades del Santo Patrono San Caralampio pues ese año, contaba orgulloso Avelino, a él  le tocaba ser el mayordomo.

Todos los viernes,  sin faltar uno, el improvisado jardinero después de cumplir con su trabajo, se iba a la terminal  de los autobuses de segunda, procedentes  de Chiapas. Ahí se sentaba  horas y horas esperando, pacientemente,  hasta que llegaba el último de ese día, para ver si en él venía alguien  de su comunidad  trayendo las últimas noticias; cómo seguían los enfermos, quién se había muerto, qué familia necesitaba tal cosa.  Al mismo tiempo, su misión era  entregar a los  viajeros de regreso, el dinero que sus compañeros le enviaban a sus familiares.

          Pero sólo los viernes, porque los demás días de la semana ya estaban señalados para la misma tarea otros habitantes de Comalapa que trabajaban en la ciudad, de tal manera que en la central siempre había, por las tardes, una forma de comunicarse con la gente de su pueblo.

A Martha le conmovía la ingenuidad  y la ignorancia del chiapaneco y como pensaba que  en algún tiempo, éste había pasado hambre, procuraba alimentarlo muy bien.  Su figura empezó a cambiar, las mejillas se veían ya rellenitas y eso  a ella le daba mucho gusto. Le tenía mucha paciencia y trataba de explicarle de forma sencilla lo que necesitaba, como en aquella ocasión que a sus flores preferidas las invadió una plaga de gusanos feos,  negros, grandes y de patas peludas. Compró un insecticida   y le enseñó  cómo debía aplicar  el líquido a las plantas.

-Le pones esta agüita así, para matar los gusanos, pero de “lejecitos”- le dijo, al  mismo tiempo que le demostraba cuál era la forma de usar el atomizador

Ya era casi medio día cuando se acordó de Avelino; lo fue a buscar. El hombre seguía en el mismo lugar donde lo había dejado, frente a las flores que tenían la plaga. Con curiosidad se acercó para ver qué pasaba y  asombrada vio como, con una lentitud que rayaba en flojera, el jardinero desprendía, con su mano, uno a  uno  los asquerosos gusanos; después cuando los tenía a su alcance, les rociaba generosamente el spray; eso sí, de “lejecitos”.

Definitivamente con Avelino se debía tener mucha paciencia y Martha lo entendía así, aun cuando a veces, estaba a punto de perderla; como ese día en que llegó del mercado  donde había comprado unas deliciosas y frescas pigüas, para prepararlas al mojo de ajo, y le pidió al jardinero que las sacara de la bolsa.

– En el fregador- le dijo

Mientras ella acomodaba los otros alimentos que había traído; tortilla de maíz nuevo, pozol, dulce de coco, longaniza, tamalitos de chipilín entre muchas otras delicias, de pronto escuchó unos ruidos que la hicieron voltear.

-¿Qué haces?-

preguntó casi gritando, cuando vio que su ayudante tenía la llave del agua abierta y luchaba por regresar al fregador una de las pigüas que estaba a punto de salir.

-Pos’ estos animales están vivos  y por mas que les hecho agua pa’ que se hoguen no se mueren ¾ explicarle cualquier cosa, era inútil, y  se limitó a cerrar el grifo.  

Una  mañana temprano, Martha   oyó un  sonido fuerte  que golpeaba el tejado; el agua  mojaba los pasillos,  escurría por las paredes y azotaba los cristales, buscando la manera de invadir la casa. 

Aun cuando  hacía ya un tiempo  que  vivía en el sureste, todavía no podía acostumbrarse a  esa manera de llover, tampoco a los truenos  acompañantes de  las tormentas. Temerosa abrió la ventana de la recámara para ver si todo estaba bien.

El viento sacudía con fuerza los árboles, haciendo que las flores y la fruta cayeran sobre el pasto y   en medio de la tempestad, sorprendida, pudo ver  la figura inconfundible de Avelino quien, con una manguera en la mano,  y la vista extraviada en el infinito, estaba ¡ trabajaba en el jardín!

-¡Avelino, ven! – Gritó lo más fuerte que pudo para hacer oír su voz  en medio del aguacero.
-!Mira cómo estás , empapado! ¿Qué estás haciendo?
Se acercó lentamente, con esa parsimonia  característica,  escurría agua por todos lados, su figura era deplorable y sus chanclas de pata de gallo chacualeaban en el líquido.
-Regando. –  Fue su lacónica respuesta.
-¿Por qué estas regando?
Su respuesta fue contundente.
-Ingeniera dijo: Avelino  regar martes y jueves. Hoy  jueves, Avelino riega.-
-¡Pero si está lloviendo!-
-Ingeniera no dijo;  si llueve  no riegues.-

Martha, aspiró  profundamente y dejó salir con lentitud el aire de sus pulmones tal como le había aconsejado su terapeuta en casos de emergencia, ordenó bien sus ideas, para poder explicar con claridad.Mira, cuando llegaste a trabajar aquí, eras peón y el ingeniero te daba órdenes, ¿verdad? Y tú obedecías.
-Sí.
-Pero cuando el ingeniero no estaba en la obra, tu capataz te ordenaba lo que tenías que hacer, igual le obedecías.
-Sí.
-Bueno, pues ahora, aquí en la casa el capataz soy yo, y te ordeno que cuando llueva no riegues.
El jardinero,  atónito, abrió sus pequeños ojos todo lo que éstos le permitieron,   se restregó   la mojada  cabeza, y contundente exclamó:
Tú, mujer;  ¿capataz de Avelino, el mayordomo de  San Caralampio? ¡No!
-Avelino se va.-
-Avelino… se fue
Y hasta el día de hoy Martha no lo ha vuelto a ver.

EL VESTIDO AMARILLO
Eduardo Frank Rodriguez
New Brunswick (Canadá).

          He estado mucho tiempo en este hospital de descanso, pero el médico me dijo que ya puedo regresar a casa.  Me alegró tanto, aunque sé que todavía no estoy recuperado del todo.  Debo continuar el tratamiento indicado durante algunos meses más.  La lucidez ha empezado a entrar de nuevo en mi cabeza.  Va siendo hora de reintegrarme a la vida, creo que podré afrontarlo, darle la cara al mundo otra vez.  Por suerte, los recuerdos han ido perdiendo fuerza porque he dejado de temer a la llegada de la noche; la oscuridad ya no me aplasta ni de ella surgen figuras horribles que me atacan y bailan una danza macabra a mi alrededor, como antes.

  Largo tiempo duró este calvario, debió ser muy largo porque mi hijo Raúl ya es todo un hombre y me visita por las tardes cuando sale de la secundaria.  Lo hace también los sábados y domingos y me consuela con su sonrisa de joven sagaz mientras me da palmaditas sobre mis manos y un gran abrazo al despedirse cada vez y me dice, viejo, ya pronto saldrás de aquí para cuidarte yo en casa, ¿no te gustaría?

  Pero aún abrigo sensaciones extrañas, ambiguas, no es fácil ponerse a contar lo que uno no quiere contar, porque hablar de algo significa vivirlo de nuevo;  mas hay cosas que obligan a contarlas aunque sea a uno mismo, recordarlas paso a paso porque están impregnadas en nuestros poros como un tatuaje del que sólo nos libraremos arrancándonos el pellejo para luego ir criando piel nueva.  Eso es en esencia lo que he estado haciendo aquí: criándome una nueva piel después de aquel día en que empecé a gritar como un demente enardecido y me trajeron a este sanatorio donde, dicen, me pasaba días y noches gimiendo sin cesar, sin dormir, con los ojos muy abiertos hacia la nada porque nada miraba; mi visión, mis fibras, cada una de mis células estaban bloqueadas por entero al mundo exterior.

  Poco a poco fui recobrando cierta sensibilidad.  Entré de nuevo, pedazo a pedazo de mí, en el mundo de los vivos, pero sin estarlo por completo.  Y fue peor.  Comencé a sentir, a recordar fragmentos recientes de mi vida.  Fue la época de la semiconciencia donde cada segundo me trasladaba a aquel lugar diabólico al que nunca podré regresar; la época en que la sombra del horror sólo se borraba con cada amanecer porque la oscuridad era un imán gigantesco que me halaba, un vórtice que me succionaba siempre hacia allí, la agradable casa de campo que Enrique alquiló durante el verano en esta zona agreste y casi despoblada, a dos kilómetros de la mina abandonada hace varios años, un buen sitio para descansar, y nuestro hijo se siente atraído por él, pero dice Enrique que es la mina lo que le llama la atención, la parte más desértica y solitaria a pesar de que la carretera pasa frente a la casa, a varios metros estaba la carretera, y de no ser así y también porque aquel chofer pasó por allí en aquellos instantes, Raulito no viviría ahora.  Fue una suerte por mi hijo que la carretera llegara hasta muy cerca de las ruinas de la mina.

  Aquella tarde veraniega sin nubes me hallaba ensimismado en mis cuartillas porque la casa era ideal para escribir, terminar un relato, el capítulo de una novela, una crónica o un artículo periodístico, cualquier cosa; el silencio y el sosiego incitaban a golpear teclas una y otra vez sin que se rompiera el idilio mágico del que escribe con su mundo interno, y yo le he dicho a mami que quiero ser ingeniero como mi tío, y siempre me dice que todavía tengo que estudiar mucho para eso y sacar el año que viene mejores notas que las de este año y pasar de grado siempre para que pueda ser ingeniero rápido porque me gusta ver cuando abren huecos en la tierra y se ponen a cavar con esas máquinas grandes y cuando abren los túneles, por eso me gustó venir aquí para ver la entrada de la mina, me dan tremendas ganas de caminar por el túnel y llegar a la línea del trencito que sacaba tierra, pero no me dejan ir adentro para imaginarme que soy un ingeniero ya, y papá dice lo mismo que me dice mi mamá, que es peligroso, pero a mí me parece que ellos me lo dicen para que yo no entre, pero un día voy a entrar, a lo mejor tendré que esperar hasta que sea más grande, pero un día de verdad voy a salir corriendo para dentro del túnel, y este niño ya me tiene loca con que lo lleve a ver la mina esa, no se está tranquilo ni un minuto, en vez de gustarle pasear por las lomas o jugar cerca de la casa, y se lo digo a Enrique y sé que lo interrumpo, no le gusta que le hablen cuando está escribiendo, pero levanta la vista y me mira y sonríe, la llave del auto está sobre la cómoda, tengan cuidado, no entren a lugares así, nunca se sabe, lleguen hasta la entrada no más, eso fue lo que le dije cuando me lo pidió porque Raulito quería ir, siempre quería, aunque le habíamos contado lo poco que conocíamos el sitio, que era peligroso andar cerca de una vieja mina abandonada, y me besó suavemente como era su costumbre cada vez que se despedía, y allá va Raulito saltando de alegría y brincando por las escaleras del portal y casi se cae de bruces el muy loco y sigue corriendo con esa energía de su tiempo para esperarme al lado del auto y en diez minutos llegamos y ya Raulito vuela por encima de la puerta y sus pasitos inquietos suenan como cristales triturados sobre la grava menuda a ambos lados de los rieles y nos detenemos a la misma entrada y a casi cuatro metros veo un vagón y pregunto a Raulito si de veras piensa ser ingeniero de minas cuando sea grande y me mira y la boca se le tuerce con una sonrisita de malicia, se muerde los labios y mira hacia adentro, hacia arriba, donde los palos entrecruzados aún sostienen el precario techo, mami, déjame ir hasta allí, me señala el vagón y lo regaño y lo agarro de la mano porque se quiere lanzar veloz y un grito se me escapa antes que dé otro paso, pero ya estamos a mitad de distancia del vagón y junto al eco creciente de mi grito siento un crujir de maderas y un polvo grueso que comienza a caer del techo.

  Había terminado un capítulo de lo que estaba hilvanando porque en casa no me había sido posible hacerlo, y fue precisamente aquel silencio el que incrementó el sonido del frenazo que me levantó en peso de la silla, al tiempo que el corazón empezó a latirme con fuerza.  Salí y allí estaba Beatriz, parada al lado del auto, toda mugrienta, tiznado el vestido amarillo que le había regalado por su cumpleaños, y la cara con hilillos rojizos corriéndole hasta el cuello, “!Corre, Enrique, por Dios, Raulito!” y no había terminado ella de gritarlo cuando ya yo había saltado como un tigre dentro del auto.  No sé si con la urgencia dejé a Beatriz o si estuvo a mi lado durante el trayecto. Todo el tiempo mis manos estuvieron crispadas en el timón y sólo miraba hacia delante porque quería devorar la distancia con los ojos y llegar antes que la velocidad del auto me lo permitiera, nada más pensando en él y no quiero acordarme de cuántas cosas pensé, estímulos y desesperanzas, fuego y hielo, vida y …  Sí, fue con el pensamiento de la muerte que paré el coche de golpe y penetré con tanta rapidez por la entrada derruida, que tropecé y caí rodando por sobre maderamientos, polvo y rocas, nada importó, nada podía importar, ni la herida en mi rostro ni los magullones en los brazos ni el pie semitorcido: allí estaba Raulito, tirado a un extremo de la pared, una pierna sangrante debajo de un palo ancho de los que sostenían el techo, pero respiraba y su aliento al tocar mi nariz me convirtió en un superhombre, no sé cómo, porque alcé súbitamente aquel tronco enorme y lancé lejos las rocas que habían caído sobre él y lo tomé en mis brazos y vi sus ojitos abriéndose poco a poco y un intento de sonrisa cuando lo apreté contra mí con la fuerza estupenda que brota del cariño, al tiempo que salía a buscar mi auto.  Entonces vi su bracito derecho alzarse y señalar al interior del túnel y lo oí pronunciar mamá en un susurro y fui a decirle que ella me había ido a buscar, que sólo estaba magullada, que…   Pero la vida sabrá por qué no se lo dije, los humanos no sabemos ciertas cosas aunque tengamos por dentro la secreta convicción de que no somos solamente lo que vemos por fuera.  Acosté a Raulito en el asiento trasero y corrí nuevamente hacia el túnel derruido que ahora en recuerdos me parece el delirio, el vórtice de una pesadilla, porque algo en mí que se negaba a existir me empujaba como si yo fuera uno de los vagones que se arrastran por la vía, como aquél que ahora veía casi sepultado a mi izquierda.

  Fue entonces que mil estruendos demoníacos explotaron a mi alrededor, o fue en mi propia cabeza, y todo el universo encerrado en aquella escena de espanto, junto al cuerpo aplastado, destrozado bajo el vestido amarillo, comenzó a darme vueltas y vueltas y me sentí cayendo por un pozo sin fondo, más oscuro que la misma noche. 

LA NIEBLA
María Sánchez Fernández
Úbeda-España

Cuando la ilusión nos abandona
deja en nosotros un vacío tan inmenso
que cabría en él toda la desesperanza del mundo.

     Hace ya mucho tiempo, cuando no existía la luz eléctrica, ni la televisión, ni el  teléfono, ni internet, había un pueblecito pesquero, en la bahía de un tranquilo mar,en el que nunca ocurría ningún hecho extraordinario. Los días pasaban con lentitud y las gentes veían pasar sus vidas con la rutina de la apatía.  Procreaban, nacían, morían, trabajaban, se alimentaban, dormían, y así un día y otro día sin cambios importantes que alteraran sus existencias de autómatas. ¡Se aburrían! No encontraban aliciente alguno en sus vidas ni en  el  entorno natural que les rodeaba. No eran felices. Los dominaba el hastío. Caminaban por las calles como ausentes, sin una sonrisa de saludo…, sin un abrazo de bienvenida…, sin una canción en los labios…

   Pero ¿por qué se aburrían? ¿Por qué no eran felices? Tenían buenas relaciones sociales con los vecinos de los pueblos próximos, donde entre todos ellos reinaba la paz. Tenían un hermoso mar que arrullaba cuando estaba en calma y rugía imponente cuando los vientos de tormenta lo enfurecían. Ese mar que les ofrecía las más bellas estampas de colores que soñar se puede en las amanecidas y atardecidas tan brillantes, doradas y rojas como el fuego. Ese mar que les suministraba peces en abundancia, cuando las redes eran arrastradas y abiertas en la playa derramándose en auténtica plata viva. También tenían un precioso pueblo tan blanco como la nieve, salpicado de huertos, de árboles frutales y de flores. Tenían hermosos rebaños para el pastoreo. Tenían un frondoso bosque, donde los pájaros hacían sus nidos y donde retozaban y vivían corzos y jabalíes. Tenían un sabio maestro que a todos enseñaba, a niños y a mayores, y también tenían a Benita, la vieja bruja que vivía en la casita  del camino que llevaba al bosque y a la que consultaban sus cuitas y dolencias. Ella, con sus consejos y sus pócimas, lograba aliviar los dolores del alma y del cuerpo de aquellos que se sentían enfermos.

Algo ocurrió una mañana antes de asomar el sol.

Cuando los hombres de pesca se disponían a zarpar con sus barcas para salir a alta mar, vieron que venía de allá, de la línea que junta las aguas marinas con el cielo, una espesa niebla que cubría la lejanía. Era como una cordillera larga y gigante, que hacía  que las aguas parecieran más calmas, más grises y más densas. Venía con lentitud, sin prisas, como un gran monstruo que le costara moverse por su enorme envergadura. Al principio creyeron que sería un anticipo de tormenta y decidieron volver a tierra y amarrar las barcas. Conforme iba avanzando la mañana, la niebla, que venía del mar, también avanzaba, como un enorme tanque pesado, hasta que al fin llegó al pueblo cubriéndolo con un manto húmedo y pegajoso. Una gran calma se hacía sentir en el ambiente. Los pájaros, asustados, dejaron de piar acurrucándose en sus nidos; los perros callejeros dejaron sus aullidos y se ocultaron en agujeros y guaridas con las orejas gachas y la cola entre las patas; los árboles perdieron la lozanía del verde de sus hojas ; los peces del arroyo que atravesaba los huertos, quedaron inmóviles, sin sus constantes zigzagueos de idas y venidas ; las gentes sobrecogidas se encerraron en sus casas esperando que aquel extraño fenómeno pasara pronto y tomara otro camino dejándoles libres de aquella pesadilla. La niebla todo lo ocupaba. Se metía por los más pequeños resquicios hasta formar una gran masa homogénea con personas, animales, plantas, casas, calles y plazas. Nadie se veía entre sí. Nadie se reconocía, pues hasta la voz, único medio de comunicación, se apagaba en las gargantas, como si las cuerdas vocales se hubieran entumecido. El pueblo se convirtió en un mundo de ciegos y de mudos.

   La niebla se asentó en la ciudad y se negó a seguir su curso. Anulaba voluntades, cegaba las miradas, enmudecía las gargantas, vetaba los abrazos, pues hasta el sentido del tacto afectivo estaba invalidado. Mas ¡ay!, la vida debía proseguir y los hombres tenían que trabajar para llevar el sustento a sus familias, ¿pero como? El mar se adivinaba que estaba en absoluta calma pero la niebla impedía toda visibilidad. Las barcas permanecían amarradas y los pescadores inactivos. Oían con gran desasosiego como las pequeñas olas lamían las arenas de la playa. Lamían a sus barcas. ¡El mar estaba ahí, los estaba esperando, pero la maldita niebla les impedía salir a faenar!  Los hombres de la Administración, el comercio, la agricultura, el pastoreo, iban a ciegaspor las calles y campos a realizar sus respectivos trabajos provistos de grades hachones que hacían posible alguna visión. Los mercados y vendedores ambulantes abrieron sus puestos, pero no había pregones, las voces estaban congeladas. Las mujeres hacían sus trueques con dinero o distintas especies sin apenas saber lo que adquirían. No veían los productos. Todo era niebla y silencio. ¿Y los niños? ¿Qué ocurría con los niños? La escuela cerró, y como los pájaros, dejaron de gritar, de cantar, de jugar y de volar. Aquella era una ciudad fantasma. Las personas, como marionetas de algodón, eran manejadas, sin voluntad propia, por los hilos de una fuerza extraña que los sometía.

   ¿Qué ocurría? ¿Era un mal sortilegio? Todos eran personas honradas y de bien que cumplían con las leyes establecidas por esa Sociedad en la que vivían, pero aquella situación tan insólita sobrepasaba los límites de la razón.

   Pasaron los días y todo seguía igual. La niebla persistía. Los ánimos decaían.

   Un consejo de ancianos tomó una determinación. Irían a visitar a Benita, la vieja bruja que vivía cerca del bosque. Ella podía asesorarles, y sobre todo aclarares, con su experiencia de años y de hechicera experta, que es lo  que debían hacer y que es lo que estaba ocurriendo. ¿Estaba el pueblo embrujado?¿Tenía ella algo que ver en este caso tan insólito? Siempre la habían respetado y considerado por sus grandes dotes de adivina y curandera. Poseía un don sobrenatural que compartía para el bien de sus vecinos. Asistía en los partos difíciles, consolaba a moribundos, vaticinaba amoríos, curaba el mal de ojo, sacaba alguna que otra muela. En fin, a falta de doctor allí estaba Benita.

 Aunque era plena mañana, tomaron el camino con grandes hachones para no perderse. Llegaron a la casita del camino, llamaron con cautela a la puerta y al mucho rato salió a recibirlos una mujer encorvada por los muchos años y que llevaba en su mano derecha una lámpara encendida de aceite, de aquellas de arcilla del tiempo lejanísimo en que los árabes vivían en nuestras tierras, dando la llama a su rostro unos matices de luces y de sombras que estremecieron a sus visitantes. Parecía un espectro.

   Dijeron a la anciana con sumo respeto y cortesía:

−Buenos días Benita. Venimos a consultarte. Tú eres una mujer sabia y nos puedes decir qué es lo que está ocurriendo en nuestro entorno y en nuestras vidas. ¿Estamos malditos  por alguna mala conducta? ¿Hemos hecho algo mal en nuestra forma de comportarnos? ¿Estamos embrujados por algún mal espíritu?

   Y Benita, con una sonrisa que más parecía la mueca de una máscara les respondió:

−“Mucho habéis tardado en venir a pedir mi ayuda, hermanos. Sois todos personas honradas, pero la ambición desmedida por alcanzar la plena felicidad, que siempre la habéis tenido como un regalo al alcance de vuestra mano, os ha hundido en la niebla del vacío, de la ceguera, de la  desilusión y de la desesperanza. Lo habéis tenido todo y nunca lo visteis. Ahora la añoráis como algo precioso y perdido”.

−¿Puedes hacer algo por nosotros y por tu pueblo, respetable anciana? ¿Puedes hacer que la luz vuelva a nuestras calles, a nuestros hogares, a nuestros corazones  y a nuestras almas?

    Y Benita les respondió moviendo afirmativamente la cabeza:

−“Id tranquilos, haré lo que pueda, aunque las fuerzas de la naturaleza son mucho más potentes que mis pócimas y conjuros. Soy tan vieja como el tiempo,  y mi energía se va agotando como el aceite y la llama de esta lámpara”. 

     Los hombres se fueron más fortalecidos con la esperanza de ver como pronto sus vidas volvían a la normalidad. Tanta era la confianza que tenían en Benita.

     Aquella noche, la buena bruja, cogió sus bártulos y se fue a la playa. Hizo una gran hoguera con los restos de una vieja barca y, en solitario, completamente desnuda, danzó y danzó en torno del fuego cuanto sus fuerzas se lo permitieron, recitando conjuros que decían de ambiciones, de perezas, de olvidos, de vacíos, de frustraciones, de envidias, de rencores y también de perdones.

    Cayó junto al fuego rendida, pues sus fuerzas se agotaron. En su rostro se dibujaba una mueca de sonrisa. Al fin había cumplido su gran misión. Esa misión que le fue encomendada por una energía superior.  Ella era y había sido una maga, desde un tiempo que ya ni recordaba, y con su magia buena logró que aquellas gentes encontraran la paz, la confianza y la felicidad que ya tenían perdidas.

   Cosa extraña, el cielo se iluminó con una redonda luna llena.  El mar pareció volver a la vida. Grandes olas dejaban sus espumas sobre la arena rugiendo de placer. Las barcas amarradas volvieron a brillar por el vivificante baño de las aguas, y la espesa niebla se concentró en un enorme bloque que, iluminado por la luz blanca de la luna llena, desapareció para siempre hundiéndose en el océano.

  Cuando llegó la mañana y la gente despertó de su triste letargo, vio que un sol espléndido lucía en el cielo. Los árboles verdeaban, las casas brillaban con sus vestidos blancos, los perros callejeros ladraban y movían la cola y los pájaros cantaban himnos de alegría. La vida había vuelto a ellos. La niebla no existía. ¿Habría sido un mal sueño?

  Las campanas de la iglesia volteaban enloquecidas y hombres, mujeres y niños reían como nunca lo habían hecho. Eran felices.

  En la playa, vieron junto a las brasas de una hoguera, los harapos negros y mugrientos de Benita. Su viejo cuerpo y su alma grande se fueron para siempre con la niebla a las profundidades del mar, o quien sabe si trepó a las alturas prendida en un rayo de luna para encontrarse con la estrella que siempre rigió su destino.

MATEO Y EL DIARIO
César Tamborini Duca
León-España

Mateo y el diario ficticio
-Abu, Abu, cuando sea grande quiero ser escritor como vos, ¿qué tengo que hacer?
-Mateo, querido nietito, en primer lugar no soy un escritor profesional, hice carrera de ciencias pero siempre la escritura –junto a la lectura- estuvo entre mis preferencias. Y eso ya puede darte una pauta de conducta. En segundo lugar si tenés ese firme deseo, lo más indicado sería que realizaras una carrera de letras.
-Pero eso para cuando sea grande ¿verdad? ¿Y ahora qué puedo hacer?
-Leer, leer mucho.
-Abu ¿sólo eso?
-Y también escribir
-Eso quería saber, pero ¿qué escribo?
-Cualquier cosa, lo que se te ocurra, lo importante es crear el hábito.
-Pero si lo que escribo no gusta…
-No importa, vos escribí que irás mejorando cada vez más. Podés comenzar con un Diario, tal vez lo más sencillo para eso.
-¿Y qué tengo que hacer?
-Escribir lo que te sucede cada día, todas o casi todas las cosas desde que te levantás hasta que te acostás; o lo que pensaste. Aunque… no necesariamente todo.
¿Podés decirme cómo lo harías vos?
-Huy, vamos a ver, porque aunque te lo aconsejé, yo nunca escribí un Diario. Presta entonces atención a cómo lo haría: “Hoy, 26 de julio de 2018, estaba terminando de afeitarme y, al mirarme atentamente en el espejo observo mi primera arruga (¿será que antes no la veía porque mi vista no es tan buena?); ¡joder! me digo. Solo 74 años y ya tengo una arruga. Tendré que dejar de reírme, porque en la risa se notan más.
Pero lo que más me preocupa es la nariz. Cuando veo que a las personas de la cuarta edad se les ensancha la nariz y se llena de puntitos, me da escalofríos pensar que me sucederá lo mismo. Lo peor, es que pienso que sucederá. Por eso en la soledad del sueño me la palpo, para cerciorarme que todavía no ocurrió. Lo que significa que todavía estoy en la tercera edad. Pero lo que finalmente me da la pauta de no estar en la cuarta edad, es no sujetarme de la agarradera en el techo de un coche cuando voy de acompañante.
Ayer saqué de la estantería de mi biblioteca una pila de libros, esos que de algún modo tratan sobre tango y lunfardo, para mencionarlos en un listado de un trabajo que estoy haciendo sobre el tema; como en la contraportada de cada libro tengo siempre anotadas una serie de referencias que me interesaron durante su lectura, encontré algo que buscaba para un futuro trabajo infructuosamente en Borges creyendo que le pertenecía, cuando en realidad –ahora lo redescubrí- era de Alberto Gerchunoff.
Pero las cosas no son tan fáciles como uno cree, y al buscar la página del artículo en cuestión me di cuenta que no era lo que yo retenía en mi memoria, lo que me hizo volver al pensamiento que aquello que buscaba era nomás de Borges. Solo que necesito tiempo para encontrarlo en la inmensa literatura del gran maestro”.
-¿Ves, Mateo? Todo eso que pudo suceder durante el día, lo vas anotando y así nacerá y crecerá tu Diario, y vas perfeccionando tu escritura. No solo lo que realmente sucede, también podés escribir las cosas que pensás, como en el ejemplo que te expliqué.
-Abu, le pediré a mamá y papá que me compren un cuaderno y mañana comienzo con mi Diario.

 

 

 

 

 

 

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