CUENTOS, RELATOS Y MICRORRELATOS

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Octubre  2.019  nº 24
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AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

COLABORAN. Magi Balsell (Barcelona-España)…Néstor Barbarito (Argentina)… Adrián N. Escudero (Argentina) …José Lissidini Sánchez (Uruguay)..Jorge Bernabé Lobo Aragón (Argentina) …Elsa Lorences de Llaneza (Argentina)…María Sánchez Fernández. (Úbeda-España )…Jaime Suárez (México)…
HAY QUE DEJAR HABLAR
D. Magí Balsells
(Barcelona-España)
Tengo que hablar con mi mujer, es algo para mi muy importante, no sé cómo se lo diré ni si tendré el valor para hacerlo, pero no hay vuelta de hoja debo decírselo.
Ya llegue a mi casa, ella como siempre esperándome sentada en el sofá.
-Hola cariño, ¿como ha ido el día hoy?
-Bien como como siempre, por cierto tengo que comentarte una cosa.
-Que casualidad yo también y  bastante importante.
-Pero como he sido yo la primera  en decirlo, voy a contante  algo, espero lo tomes  bien ya que se que eres hombre muy sensato.-Tu diras,  pero lo mio también es muy importante.
-Y a me dirás después, siéntate y escúchame, estoy enamorada de otro hombre, no digas nada aun, espera, quiero irme a vivir con él, no hay discusión posible es una decisión firme y no cambiare de opinión, tu sabes que nuestro matrimonio no va bien desde hace mucho tiempo.
-Así es, tienes razón
-Por lo cual comprenderás muy bien, que quiera renovar mi vida, con muchos de los deseos  e ilusiones que contigo se han perdido.
Llevo mucho tiempo madurando esta decisión, y al final ya recogí mis cosas, ya están en el otro piso donde voy a compartir mi vida con este nuevo amor, no quiero que me montes una escena,
También debo de decirte que ya están los papeles del divorcio en marcha que un día de estos los recibirás, no quiero nada solo la libertad que necesito para encausar mi nueva vida
-Pues si esto es el final de nuestra convivencia, no me queda otro remedio que aceptarla, solo deseo que seas muy feliz en esta nueva vida,
– Que querías decirme que era tan importante
-NADA, ahora ya no  tiene ninguna importancia, cosas mías
-Gracias sabias que lo comprenderías, ahora debo de dejarte me están esperando
Dicho esto se levanta  y cogiendo su bolso se dirige hacia la puerta la cual abre y cierra sus espaldas, no puedo retenerme exploto con una inmensa carcajada
Pues ella no sabía que lo que me ha dicho era lo mismo que pensaba decirle yo, lo cual me deja como el pobre esposo abandonado, no voy a ser el malo de la película, si me hubiese dejado hablar seria todo lo contrario, ella seria la esposa despreciada y abandonada,No sabe ella que yo también pase por el abogado para que iniciara los tramites del divorcio, lo cual tendré que anular, ya que ella corrió más que yo
Por esto es importante dejar hablar, nos podemos llevar alguna sorpresa

D. Néstor Barbarito
Argentina
El mes de agosto del 2019 tuve la primera oportunidad de leer, con enorme placer, la riquísima y generosa revista Aristos Internacional, en la que escritores y poetas ofrecen sus “hijos literarios” al mundo de lectores, para gozo y alimento del espíritu. En ese número (22), pude leer múltiples manifestaciones de las ideas y sentimientos que engendra en los espíritus la realidad que mencionamos con la mágica palabra poeta.
Esa lectura me movilizó fuertemente, al punto de hacerme plantear la pregunta que encabeza las próximas líneas. Creo que, luego de intentar una respuesta inmediata, y porque creo que cada uno podría dar la suya, personal, a esa pregunta, seguramente diversa pero probablemente convergente y complementaria, la inquietud me llevó a pergeñar la siguiente reflexión que deseo ofrecerles. No es una respuesta directa, sino una reflexión que, al mismo tiempo, creo que será útil para que mis nuevos amigos me conozcan un poco más. 
¿POR QUÉ POEMAS?
 Un duendecito inquieto y molesto me preguntaba por qué amo mis versos, si no son tan importantes ni tampoco, por supuesto, tan bellos.
Le contesté que los versos son como frutos maduros que llevan en sí semillas del alma del autor. Ciertamente no me animé a decir “del poeta”, porque sé que no todo el que escribe pretendidas poesías merece llamarse poeta. Ese bellísimo título me queda harto grande, y creo que más me convendría aplicarme aquellos versos que creo haberle oído alguna vez al cantor Argentino Luna, —si mi memoria se aviene a serme fiel– que dicen:    
                     « unos pájaros sueltos en mi cabeza,
me hacen creer a veces que soy poeta.»
O los  del genial don Miguel de Cervantes:
                                    «Yo que siempre me afano y me desvelo
                                                 por parecer que tengo de poeta
                                        la gracia que no quiso darme el cielo»                            
El hombre es río, orillas son sus versos. Y en el río, el agua. Que es vida y corre. Se desliza o precipita. Rauda a veces, otras mansa. Pero siempre se mueve y avanza hacia el Mar ansiado, la meta soñada: el Mar de infinito amor y misericordia, que es Dios, nuestro Creador y Redentor. En su avance, el río va dejando en las orillas las huellas de su paso. Por ellas uno redescubre muchas de las cosas que llevaba consigo la corriente y quedaron en su camino. Guijarros; cantos que una vez tuvieron temibles filos y al rodar se pulieron; vidas pequeñas y breves que nacieron en su curso, y murieron  en el barro como ilusiones efímeras. Pero también quedaron en ellas las huellas, indeleblemente marcadas e intensamente amadas, de los hombres y mujeres que se dejaron mojar por sus aguas, o se bañaron en ellas.
Si conocerse fuera el propósito y uno se mira alma adentro, tan sólo alcanza a ver lo que hoy le deja descubrir su particular sensibilidad del momento. En lo escrito en cambio, especialmente en la poesía, que es una expresión del puro sentimiento montado en la fe, o quizás en otras profundas convicciones, uno puede rastrear paso a paso en la fugacidad del tiempo,  y descubrir al alma desnuda, mucho más diáfana y fielmente que en una simple y sola mirada interior.
Los versos tienen la particularidad de no envejecer con el  autor; llevan de él lo mejor y lo peor, y no se alteran con el tiempo. Porque, aunque vivo corrigiendo una y otra vez mis trabajos, nunca modifico el fondo. Cambio una palabra, una expresión. En el mejor de los casos, sólo agrego alguna metáfora que pueda significar más claramente los sentimientos o las ideas que el poema manifestó en su momento.
Mis versos son mis hijos, mis amigos, mis testigos, confidentes y mensajeros. Quiero a mis hijos honestos y justos. A mis amigos no los elijo importantes sino fieles. A mis testigos no los escojo por bellos sino por veraces. A mis confidentes, atentos y discretos. A mis mensajeros, puntuales y confiables.
Claro está que no hubiera elegido tratar de expresarme en la lengua del poeta (suponiendo que esto  pueda ser objeto de elección), si no tuviera la secreta esperanza de que, además, sean bellos. Innoble sería ocultarlo. Innoble para con el lector amigo, para conmigo mismo y aún para  con  mis propios versos. Siempre ha sido mi consigna: “Si es posible, con belleza, pero sobre todo con verdad”    
Pero como el talento no se compra, no se hereda, ni se roba (aunque algunas ideas admiradas se nos pegan tanto, que uno al fin llega a dudar de si le son propias o adoptadas), mis versos son como son y no como yo quisiera. Pero los amo. Son parte de mí, y los amo. Nunca intenté ni quise entrar en disquisiciones vanas. Tampoco quiero ser tan críptico que las ideas fundamentales que me inspiran queden en las sombras u ocultas por palabras altisonantes que me suenan a hojarasca muerta.
Preguntado por el incómodo duendecillo, acerca de por qué escribo poemas a mi Dios, le respondí con el alma en la mano: “porque son un vino ardiente que me embriaga, me eleva y me transporta cerca de Él, hasta sus pies, como a un hijo con su Padre; como a un amigo con su Amigo muy querido y admirado. Me hace vislumbrar que no estoy muy lejos de ser su confidente amado y elegido”.                                                               
Cuando busco una  piedra que me ayude a edificar mi canto, cada adjetivo, cada verbo, cada signo, lo escojo con cuidado, con el alma puesta en mi Dios, y deseando  que a Él le dé tanto gusto como a mí. Y si fuese posible, a alguien le ayude, como a mí, a abrir el corazón  y aceptar el amor de Aquél a quien los versos van en ofrenda. Y si por fin descarto la expresión y la reemplazo por otra, lleva al cesto de papeles la impronta del servicio sagrado y la alabanza; de lo que quiso significar y luego fue dicho de otro modo, pero ambos en honor del Altísimo Señor. Así, constituyen mi homenaje a Él, aún los mismos papeles desechados.
Y cuando por fin tengo ante los ojos el poema terminado, y me complazco en él, mis labios lo recitan y mi corazón lo reza una y otra vez, como  ofrenda emocionada; como quien brinda de sí los propios hijos, lo que más ama; lo mejor que tiene, y en ellos y con ellos ofrenda su corazón.
Así, mi poema es oración laboriosamente elaborada, (por eso prefiero decirme artesano del verso, y no poeta) que ahora trepa veloz al cielo llevando sujeta tras de sí a mi alma enamorada.
¡Y el Espíritu me devuelve a veces intimidades tan intensas y tan bellas en reciprocidad a mi canto…!
La mayor parte de mis poesías -en rigor de verdad, casi todas- son en esencia oración. Fueron escritas como una forma de expresarle a Dios los sentimientos que su gracia engendra en mi corazón. Algunos poemas nacidos en momentos de sequedad o tristeza, son, también ellos, la expresión de estados de mi alma. Por eso no quiero ignorarlos. Por eso, y por la pizca de luz y esperanza que creo que el Espíritu se sirve hacer destellar, aún en ellos. La misma, pequeña y breve, que en el duro momento de escribirlo destelló en mi corazón.
 Otras muchas poesías que llevo escritas casi no cuentan, excepto algunas dedicadas a mis afectos terrenales y a mis recuerdos de infancia, que también me son inmensamente amados. Ellos han navegado todo o buena parte del curso de aquel río que te mencionaba al comienzo.
Todas ellas las ofrezco a mis hermanos por su mensaje. Porque hablan de lo que siento, incluidos mis sueños y utopías, angustias y desiertos. Y, por supuesto, principalmente dicen de la enorme gratitud y alabanza a Dios por la ferviente esperanza que depositó en mi corazón, y a la Santísima Virgen, mi Madre, que celosamente cuida esa esperanza. A ellos rindo mi gratitud. Ahora y hasta el fin de mis días.

Prof. D. Adrián N. Escudero
Santa Fé (Argentina)
A SU NOMBRE
A la Fe.
En especial, a Hugo Mataloni, militante de verdades verdaderas, quien supo conseguirla y sostenerla.  In memoriam…                 
    “… Polvo eres, y en polvo te convertirás”.
    La morbidez del escándalo lo arrebata. Lo arremolina en la concavidad virulenta de un  torbellino siniestro. Es parte de cada uno de esos círculos que estrechan el bramido subterráneo de su voz, agudizándola en un grito prolongado. Tan invisible y difuminada como su misma presencia. Porque está muerto, y el fuego del horno lo ha volatilizado. No existe más, no se lo ve ni puede tocárselo, excepto oler su olor ácido de cenizas denigradas en el crematorio.
    “Allí se va mi amigo”, dice. Y entrecierra los ojos, aún turbios por la desesperanza indómita del llanto. Se va en el humo fétido que las chozas caníbales del cementerio han destilado con sus huesos de madera carcomida y su carne de durazno reseco.
    Pero ha sido su extrema voluntad. La de ser incinerado a los veinte años.
    Después del cáncer asqueroso y torpe que oxidara su habilidad para el amor y para el juego…
    “Eras joven, joven amigo”, piensa. Eras… Y ese “eras” se muestra tan lejano ya como el crepúsculo de estrellas habitando la noche, y, sin embargo, tan muchacho, apenas ido.
    No habrá un lugar para las flores.
    Ha optado por el flamígero destino que aborta las nutrientes del agua. Ni un vestigio siquiera… Ni del polvo de una tierra que clama a su herencia despojada. Y él… (Siente infame la burda competencia de las llamas ante el húmedo reclamo de la tumba no creada; y el gemido de esa tierra no deja de asolarlo. En cierto modo, ha dejado consumir al amigo en la cuba enrojecida, desechando inconsciente el milenario precepto de los Biblos sagrados).
    De hecho, ni un templo abierto al milagro de la multiplicación de los llantos y los recuerdos; ese artilugio de la naturaleza que nos permite sobrevivir a infortunio, y esperar más allá de los sentidos, y contra toda esperanza, la liberación… Definitiva. Concluyente. Para dejar de ser partes y ser partidos cada día del tiempo inventado para volvernos viejos. Y ser Todo en todos. En Todo. Todo, en todos…
    A trescientos metros, el viento de Dios ha disuelto su olor.
    “Ahora sí ya no queda nada de él”, medita. Ni la agria esencia de su ser espantado por el fuego.
    No obstante, se equivoca. Y no tarda en darse cuenta.
    … Y camina. Apresurando el paso antes dudoso.
    Claro; ha podido darse cuenta, y son ágiles, vivaces (felices) sus movimientos. Siente la alegría del secreto revelado, del regalo a escondidas recibido. Guardado en el pensamiento. Oculto pero asomado al dintel de sus ojos enturbiados aún por las lágrimas. Y cada vez que mira hacia delante, entonces, lo ve. Y sonríe (incapaz de lo irónico o de haberse inventado alguna excusa maravillosa para atenuar el dolor del vacío humano hace segundos apenas experimentado). Sonríe mientras piensa que nunca ha estado más junto a su amigo que en este día, con su Nombre inolvidable sellándole la frente…
    Que ya dos partes, pueden hacer un Todo.-
[1] Santa Fe (Argentina), 1982. Texto ajustado: 04-04-2006.
    Su versión original integró la primera edición del presente Libro “Breve Sinfonía y otros cuentos” (Colección de Realismo Mágico). Ediciones Colmegna S.A. Santa Fe (Argentina), Marzo de 1990,  pág. 51/52.
   Publicado en la Revista Gráfica “GACETA LITERARIA DE SANTA FE (Argentina)”, Nº 10 – Mayo 1982.
   Publicado el 28-05-2007 en el Magazín Virtual MUNDO CULTURAL HISPANO (Círculo literario del Ateneo de Alicante – España).- Director: Denis Roland Jurado.-

TRAGEDIA Y SILENCIO
Proc Esc. D. José Lissidini Sánchez
(Uruguay)
Nieve blanca, inmaculada, que penetra en los cuerpos, que a duras penas se abrigan. Frío de un invierno implacable, habitando lo que no debería ser habitable, los seres de los sin refugio, que aun arropan esperanzas, en un mundo, que no mira hacia el dolor, de los carentes de abrigo y alimento. Duele sentir la ausencia del calor humano, para terminar con el cruel tormento, permitiendo que se enseñoree, un regusto de invierno inclemente, que solo siembra el padecer y el fenecer.                                                     
Esta noche, una brigada de jóvenes, salimos en un camión provisto por uno de nuestros padres, a brindar un plato de comida caliente, portal por portal, plaza por plaza, bajo los puentes de esta ciudad “avanzada” y europea. A veces, contemplando en esta época, grupos de turistas mexicanos, brasileros, caribeños y por el estilo, me he preguntado:     – ¿por qué alguien querría dejar el sol por venir aquí? -. Sin embargo, yo lo hice y hoy, me encuentro con un plato humeante entre las manos, en cuclillas, solo para comprobar que llegue tarde, pues el invierno me ha ganado la partida, por la vida de un chico negro, seguramente africano, que no vera otro amanecer. El pensamiento se pierde, las buenas intenciones prescriben, al corazón como preso dentro de una  jaula , se le viene encima el mundo con ferocidad inclemente,  y se tiene que aguantar cuando más se desea correr. Cuan inútil se siente uno, a destiempo ante una historia que en la cara te estalla , lo vuelve todo terrible y ya nada parece importar El alma se hace añicos,  hasta la vergüenza se congela y, afloran las ganas de meterse en un recoveco secreto o una cueva., ante tan terrible estafa. Cuán lejos suenan los villancicos navideños. El invierno y su juego morboso.  Por lo general, en nuestra loca vida cotidiana, parecemos niños ajenos a circunstancias como estas, pero a veces, de repente,  nos salpican y son absorbidas por nuestra piel adolescente, para seguro, extenderse más allá en los años. La nieve cae, pero no es igual que  en  las historias  y las películas . En esta época es cuando recuerdo más a Montevideo y el barrio  Nuevo París, donde de chiquilines, compartimos todo con los amigos, como las noches de calor, los mosquitos, las borracheras del vecino, las puteadas de la vecina, las travesuras, el fútbol, haraganear sentados al cordón de la vereda, el alma en sintonía, no imaginábamos ninguna situación traumática que nos conmocionara  de tal manera, ningún violento cachetazo de la vida o encontrarnos que la muerte, nos había despojado de una vida. Mi niñez fue tranquila e intensa, entre alegrías y tristezas comunes. Pero ahora, sosteniendo un plato ya helado, siento que no eramos tan inmunes como creíamos,  y que las desilusiones de los nuevos tiempos, nos marcaran para siempre. Cuantos sueños truncos, cuantas ilusiones perdidas, cuanta esperanza que nunca llegó, yerta en la crudeza de la calle, en esos pequeños restos con una historia, que no sabremos nunca, despojos  con un breve pasado. El invierno sin ninguna clase de virtud,  acaba de pisotearlo,  y lo peor es que no quedaran huellas ni recuerdos. La pena se apodera del alma, por él y por mi. Seguro que ya no seré el mismo y el mundo que mañana vea, tampoco será el mismo para mi, aunque volvamos a Montevideo.
El frío de la noche invernal, empieza a congelar una furtiva lágrima, que indolente, se   aventuro a surcar mi mejilla. Tengo que levantarme para dar cuenta de la tragedia, es hora de volver a la realidad.
Que raro. No tengo miedo ni asombro. De pronto me da por pensar: “ ¿ En que andará, por estas horas Ricardito? Sudando a mares, seguro. Nunca le gusto el verano. Él siempre sudo mucho, perdón, los que sudan son los animales, el ser humano transpira, según me desasno Juan Perez, mi profe de Ciencias Biológicas hace unos cuantos años. Quizá ande por La Floresta, metido en el agua hasta la nariz. Espero que la erosión impiadosa, no siga haciendo estragos en esa linda costa. Mas tarde, le voy a mandar un WS, para comentarle que dejamos de ser indestructibles. Pero el mundo, sigue girando.
Pintar con Palabras…Denunciar con Poemas”
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón (Argentina)
El ensueño de una Musa”
Todavía no puedo alzar vuelo ni desplegar mis alas a través de los milagrosos viajes astrales. Percibo que mi facultad de bilocación se encuentra contenida en busca de un objetivo especial. Lo que no  se detiene es mi deseo y avidez de estudiar, escribir o describir sobre lugares que han impactado a la humanidad. He cultivado por mis condiciones sobrenaturales de estar en lugares diferentes. De trasladarme de un lugar a otro en cuerpo y alma. Que el sueño es una de las vivencias más significativas del ser humano para viajar al mundo de los recuerdos. En los sueños es posible atravesar paredes y también como en mi caso realizar vuelos sorprendentes. Seguramente en ese estado de vigilia o semisueño y estimulado por mis experiencias pude realizar un extraordinario viaje psíquico. Mi subconsciente logró viajar en el tiempo y en mi alucinación visualice como en un viaje cósmico a quien me pareció ser mi compañera de vuelo imaginaria. Mi musa,  una gran escritora y artista la que sin conocerla personalmente se encontraba una vez más en mi sueño espiritual. Su rostro reflejaba un gran carisma y un tono de humildad desbordante. Brotaba en ella a flor de piel su enorme esencia sentimental. El escenario era sorprendente. Se respiraba un clima de confianza y armonía. Como una puerta de cristal  abierta de enorme humanidad pude distinguir en el silencio de la noche una figura envuelta en paños que trataba de escapar de la fuerza del viento y de la arenilla del mar. La mansedumbre de la mañana era su cómplice. Llegó la orilla lentamente como desplazándose sin que sus pies sintieran el suelo. Sobre una centenaria  piedra ubicó sin apuros el bolso y  sus sandalias. Sintiéndose dueña del lugar y del momento y  quizás arrebatada por viejos sonidos que le traía el viento permaneció un tiempo inamovible. La silueta se mantenía absorta, quieta, expectante como si hubiera sido trasladada al pasado y fuera testigo de  una circunstancia espiritual.  Solo recuerdo la humedad de sus pies y el borde del vestido mojado que golpeaba sus piernas como siguiendo el vaivén del agua. Alzó la vista como embelesada, casi extasiada. Aparto un papel y lápiz y sobre un caballete de finas maderas se puso a dibujar como pintando al viento un lugar inescrutable al que ella solamente podía  imaginar. Solamente pude percibir detrás del perfil de la artista un bosquejo imponente. Eran las torres de catoira. Sobre el silencio de las aguas que  desfilaban disciplinadas las imágenes se reflejaban diáfanas. En ese espejo de colores límpidos y puros se  descubrían solamente un fondo rojo de dos torres. Las quietas aguas apenas las envolvían como custodiando un cuadro intangible. La frágil pintura me elevaba en un sueño a la gran fortaleza que otrora impidiera la llegada de las tropas invasoras a Santiago de Compostela. El dibujo se elevaba  majestuoso. En ese lienzo como en un ensueño hecho realidad se irradiaba  la ciudadela defensiva que protegía la ciudad de Santiago.  El boceto mostraba las llaves y sello de Galicia formado siete torres que se encumbraban encendidas en el silencio del espacio. Al costado como una pincelada hecha al vacío una sencilla capilla de nave única se mantenía suspendida como venerando al apóstol Santiago. La ermita de las torres se elevaba gloriosa como el arco triunfal que la apoya. Detrás del  modelo se escuchan como ecos las  sombras de los peregrinos que acuden al altar después de orar ante la tumba del hijo del trueno. En  esa cadena sagrada al pie de las torres del oeste el dibujo sellaba una inscripción grabada alrededor de una  gran cruz. Una aureola boreal de manchas y columnas luminosas flotaban sobre el dintel de una gran puerta. Con  ese signo o señal de la cruz, se defiende al piadoso, con  ese mismo signo se vence al enemigo dice el epigrama. La imagen alegre y virtuosa de mi amiga, me señala con su mágico pincel la figura de un guerrero nórdico, ataviado con piel y casco con cuernos vikingos con el rostro manchado de barro y sangre. Detrás del cuadro se escucha un clamor en la inmensidad de la noche. Se percibe claramente la silueta de la nave mayor ingresando lentamente. Las caras rubicundas de los guerreros se acercan sigilosas. Los fantasmas de las tierras heladas ya son una amenaza. El clero refugiado tras la muralla de la villa de Sancti Iacobi, intentan vender caras sus almas con el fin de proteger los restos del Santo apóstol y las ofrendas que en el recinto se custodian. El bronce de las campanas no cesaba de doblar. Entre las espesas brumas  las siluetas de las naves enemigas aparecen, bajo el silencio sepulcral de las defensas. Se escucha el crujir de sus remos rompiendo con fierezas el mar embravecido. Esos guerreros de espesas barbas color del fuego y enormes hachas quedan como paralizados en una imagen que sube al infinito. La brocha de la pintora me presagia el misterio. Aquel hijo del trueno que contempló anticipadamente la gloria de Cristo y que, al fin, aprendió que para alcanzar la perfección hay primero que apurar el cáliz del dolor ningún mal los puede alcanzar. Cueste lo que cueste  es la casa de Santiago Mayor la que permanecerá inalterable hasta el final de los tiempos. Me despierto sobresaltado. Un viaje como una representación encantadora que me eleva una vez más a mi destino deseado. Santiago de Compostela. Una voz  que levanta sus  enseres y descuelga el esbozo me dice  susurrando al oído. He descubierto tu alma y nos parecemos bastante. Tu espíritu deambula en mi realidad y  en mis recuerdos. Es mi musa la de mis ensueños. La que nos encontramos a diario en vuelos que jamás olvidaremos. La que entre piedras cortadas por celtas y esculpidas por romanos nos volveremos a ver por la manos de Tata Dios al final de la tierra conocida, siguiendo la ruta de las estrellas.
Que expresar ante la guerra en el planeta. Qué proclamar ante la violencia inusitada como pan de cada día. Que sugerir   ante una realidad de inseguridad insostenible. Pero algo más debemos  hacer desde nuestro lugar y condición, además de rezar.  Exigir a través de las redes  sociales a los gobiernos de cada país y a los organismos internacionales que dirijan  un vistazo a las atrocidades cometidas a diario. Un miramiento o contemplación a una violencia sin sentido. Una ojeada aunque sea por caridad y misericordia al hambre, a la miseria, a la muerte. En algún momento usted ha recibido un correo electrónico donde le envían la foto de un niño, o más bien el esqueleto de una criatura apenas cubierta por algo de piel, sentado sobre una tierra desierta comiendo insectos para saciar el hambre. A lo mejor le ha ocasionado horror ver hileras infinitas de seres famélicos esperando recibir una porción de comida desde un camión destartalado en medio de un campo en guerra. Pues bien, esas fotografías son tan reales, como el aire, el sol y el viento y es tan verdad como que en escasos  meses celebramos la Navidad.  Festividad sagrada rodeado de amigos y de comida, mientras en cualquier lugar del planeta mundo un ser humano daría  su vida por recoger las migajas que caen de nuestra mesa. Nuestro propósito es pedir junto a ustedes por todos aquellos que están siendo víctimas del bombardeó constante, la agonía, la desolación y el olvido. Un llamado sincero a la introspección y al recogimiento. Una invitación y exhortación a agradecer y valorar por todo lo que nos ha sido dado. Una  convocatoria a unirnos y suplicar a los contendientes y a sus líderes  a que termine  la violencia. Es que “La vida es el mayor arte que existe y saber vivir es ser un gran artista”.  Vivir siempre merece la pena, hasta el final, hasta que el Maestro de nuestra acuarela decida que nuestro cuadro está terminado a su gusto y sólo le queda poner la fecha y la firma. Hace 2019 años un niño recién nacido en la humildad de un pesebre, nos trajo  los caminos del amor y la senda para encontrarla. Si hablamos de arte e intentamos poner imágenes al texto, y tuviéramos que pintar un cuadro haríamos lo siguiente: caballete, tela, mesa con acrílicos, pinceles, rodillos y espátulas. Entonces ahí va el homenaje a quienes hacen arte enseñando a vivir. Y siguiendo la puesta en palabras de los hechos dolorosos, comenzaríamos por manchar el fondo con rojos, naranjas, amarillos, ocres, sobre puestos, invadiéndose, tensando con trazos fuertes al “miedo”, encerrando al “olvido” con cercos de naranjas y amarillos, a la “falta de amor” la detendría con un turquesa atrevido, a la “infamia” con la espátula le cruzaría un planazo de azul violeta. Sí un golpe duro. En el centro como quien desgarra una tela, abriéndose con fuerza soberana el blanco, puro inmaculado que se esparce y desde el mismísimo fondo pequeñas gotas de oro que salpican. Esas son las almas de quienes están en el camino de salvar, de revertir tanta desdicha, de alcanzar maravillosos cántaros de agua fresca por sobre las tan numerosas miserias humanas. Cada día debería caer una lacra y en ese lugar comenzar a brotar una flor. Es decir un niño que se salva. Es posible “pintar” con palabras, es posible denunciar con “poemas”, es posible cambiar lo injusto desde la “locura” de un artista. Pero también es posible cambiar los rumbos equivocados desde la “vocación” profunda de justicia y honor desde un hombre con ideales firmes. Este tiempo es de “espera”. Las sendas a seguir nos serán indicadas cada mañana. Por eso estas palabras y convite tienen un profundo significado. Es por eso que  todos necesitamos, que nos despidan cada noche con el anuncio de “mañana”. Hasta mañana. Que sublime promesa de Paz y Amor

ARGENTINA TIERRA PROMISORIA
Esc. Doña Elsa Lorences de Llaneza
(Argentina)
  Estaba acodado en la barandilla del barco, en un lugar que se encontraba solitario. Lejos del mundanal ruido de las gaitas, las castañuelas, los pasodobles y las risas de los emigrantes que, como él, esperaban el arribo a otro mundo, a otra vida.
  Las olas que levantaba la nave le hacían pensar en la espuma que hacía su madre cuando lavaba a mano la ropa, arrodillada en aquel riacho situado a metros de su casa. Cerró los ojos y la vio caminando hacia ella con el tacho de ropa limpia sobre su cabeza haciendo equilibrio para que no se le cayera. Siempre admiró su fortaleza.
  Sin abrir sus ojos vio su casa, como si la tuviera enfrente, metida entre las montañas de su Asturias natal. El paisaje era hermoso ahora que lo miraba de lejos, pero había sido difícil llevar a pastar las vacas y los bueyes por esas angostas subidas y bajadas de los caminos.
  Volvió a pensar en Rosa, su mamá cuando falleció de fiebre española dejando a tres niños pequeños. ¡Cuánto la había llorado! Pero la vida continuó y Paco, su papá, se volvió a casar con otra mujer que le había dado 3 hijos más. María era buena con ellos y los quería como a sus propios hijos, pero  un día él sintió ganas de otros aires y decidió irse.
   Se sentía triste, pero con una tristeza esperanzadora. Hablaban tanto en el pueblo de Argentina como tierra de promisión, que ya se veía un potentado. Lo primero que haría sería comprarse una casa y un coche y luego traer a sus hermanos a los que también les compraría la casa. El coche que se los compraran ellos con los buenos sueldos que ganarían. Lo importante es que salieran de esos trabajos rudos de montaña que no eran para pequeños.
   Además él quería crecer, estudiar, Sentía en su alma un hálito de poeta que en su casa no podía desarrollar. Apenas había podido terminar el primario.
Pero a pesar de todos sus sueños y esperanzas, el despegue era duro. Ya no se veían las costas de España. Solo agua en el horizonte y su corazón achicado de angustia. ¿Habré hecho bien? – se preguntaba entre las lágrimas que habían empezado a correr por su cara.
   Sin embargo un pensamiento le hizo cambiar de expresión. Se secó las lágrimas con las mangas de la camisa y comenzó a  recordar a esa chica que iba en el barco. Era de su  misma edad y lo había flechado. Si bien ella coqueteaba y se reía, cuando el se le acercaba, veía en sus ojos una chispita que le decía que no le era indiferente. Amor de muchacho solo, se decía. Quién sabe que pasaría cuando llegaran a Buenos Aires.
   Estaba en estas elucubraciones, cuando apareció José, su compañero de travesía que venía corriendo y gritando: “Avelino, Avelino, ven, ya se divisan las costas de Buenos Aires”- Corrió con él. Argentina, tan soñada, la que le iba a dar todo y más.
    Se fue a la habitación que le habían designado en tercera clase y tomó el traje más nuevo que llevaba. Volvió a donde estaba el grupo y revoleándolo lo tiró al Río de la Plata. Era el tributo a esa nueva tierra que lo albergaría a partir de ahora.
   Cuando pisó tierra e hizo los trámites de aduana, se dio cuenta que en el revuelo había perdido de vista a esa chiquilla que lo había enamorado toda la travesía.
    Pasaron dos años de luchas y de trabajo que, si bien no eran tan rudos como los que hacía en España, también le demandaban muchísimos esfuerzos. Hacía changas cuando se presentaban, comía cuando podía y dormía en una pensión de mala muerte. Había que vivir y no era fácil. ¡Cuantas veces se acordó del traje que tiró al río!
¡Qué estupidez había cometido! No sabía si en algún momento iba a tener el dinero para comprarse otro.
    Cierto día, cuando ya su vida se había convertido en padecimiento, se encontró en casa de unos “paisanos” con la niña del barco, y fue mirarse nuevamente a los ojos y allí supieron que nunca más en la vida se desligarían. Hasta que la muerte los separe, juraron Avelino y María del Rosario en la Iglesia de San Pablo de Capital a los 22 años.
    Rosario tampoco lo había pasado bien. De princesa de su casa, aunque tenía que cuidar las ovejas, pasó a chica para todo servicio, como se las llamaba despectivamente a las inmigrantes. Tuvo que cambiar repetidas veces de casas porque los patrones se querían abusar de ella. ¡Cuánto había llorado! ¡Cuántas veces pensando en regresar pero no podía juntar el dinero para el pasaje! Ahora eran dos para luchar y se sentía más protegida.
    Fueron tiempos difíciles. En lugar de la casa soñada por Avelino, tuvieron que ir a vivir a un conventillo. Casa larga como chorizo (le decían) con muchas piezas y en cada una se acomodaba como podía una familia, que podían ser dos, tres o cuatro personas, un solo baño y una sola cocina. Cola para el baño, horario para cocinar. Era denigrante vivir así. Avelino sufría porque quería bajarle el cielo a Rosario, pero solo podía ofrecerle esa mísera vida.
    Trabajaban duro los dos. Avelino había podido colocarse como camionero de un frigorífico y ella en una fábrica de medias. Por lo menos tenían un sueldo a fin de mes y se estaban estabilizando poco a poco.
    Sin embargo algo ansiaban con toda el alma, más Avelino que, todos los meses, veía derrumbarse sus esperanzas. Durante diez años esperaron en vano. Sus sueños ya se habían casi disecado cuando recibieron la noticia. ¡Iban a tener un hijo!
    Él no podía con su alegría. Se lo contaba a todo el mundo. Lo sabían todos los comerciantes del barrio. También sabían que la ilusión más grande era que Dios les enviara una nena. ¿Qué hubiera sido de Avelino si hubiera nacido un varón? Nunca se supo porque el Señor escuchó sus ruegos y les envió una niña. Ahora tenía que trabajar más que nunca, porque Rosario se tenía que ocupar de la pequeña y había que cambiar de casa, porque no podían tener a su princesita viviendo en esas condiciones infrahumanas.
    Y así fue. En el trabajo lo ascendieron,  el sueldo aumentó y al fin pudieron alquilar un departamento donde estaban solos. Se hicieron socios del Centro Gallego para cuidar su salud y del Centro Asturiano donde, todos los domingos, se encontraban con sus queridos paisanos e intercambiaban vivencias mientras rememoraban su tierra natal y bailaban algún que otro pasodoble.
    Los años fueron pasando como golondrinas que emigran pero que nunca regresarán. Avelino pudo cumplir su sueño de traer a sus hermanos, menos uno que quiso quedarse con sus padres,
    Elsa crecía y ya iba a la escuela primaria, mientras su papá le hablaba de Asturias, de sus romerías, de la Virgen de Covadonga y de sus paisajes.  A los siete años la anotaron en bailes españoles y recitado.
    Al mismo tiempo, Avelino, comenzó a sentir nuevamente en su interior la llamita del arte, más precisamente de la poesía. Un Don muy hermoso le había regalado Dios, pero él, en su humildad, no sabía reconocerlo. Quería escribir. Transportar al papel lo que sentía en su alma, pero no tenía estudios suficientes. ¿Cómo hacer?
    Un día apareció en su casa con un diccionario. Se lo había comprado para ayudarse con la ortografía. Lo demás era obra de Dios. Y las palabras nacían a borbotones, sin pensar y esas palabras iban formando versos con rimas. Y así fue dedicando poemas a todos los pueblos y a las cosas más queridas de su Asturias natal. A su vez, su hija, ya recitadora, los iba representando en el Centro Asturiano.
    Un día Avelino, que había progresado en su trabajo medianamente y tenía un negocio en la localidad de Martínez, se dio cuenta que estaba para más, y como el viaje de ida y vuelta era largo, se dispuso a escribir una obra de teatro.
    En su casa todos sus familiares se quedaron con la boca abierta. ¡Casi un ignorante y con pretensiones de escritor!, decían algunos. Si, era demasiado ambicioso, pero el Don de Dios estaba con él. Todos los días, en su viaje en tren y luego en colectivo, ayudándose con “el mataburros” como llamaba a su diccionario, fue dando forma a una obra típicamente asturiana. Los personajes un poco inventados y un poco vividos y el resto una comedia de enredos pueblerinos.
    Cuando la terminó, la presentó a las autoridades de Cultura del Centro Asturiano y siendo aprobada, comenzaron los ensayos para representarla. En Septiembre, día de la Virgen de Covadonga. Su hija fue la protagonista dado que en esa época estudiaba teatro, compartió con su padre las mieles de su triunfo. El salón lleno de gente. Familiares, amigos y paisanos que querían saber que había salido de la pluma de ese hombre inmigrante, campesino y sin estudios. Al final de la obra, todo el mundo se paró y lo ovacionó y las lágrimas corrían por las mejillas curtidas de Avelino.
    Dos años después se repitió lo mismo con otra obra, con distinta temática. En el escenario las gaitas, las panderetas, los vestidos típicos, las madreñas y las canciones asturianas, humedecían los ojos del público que, otra vez respondió masivamente a la convocatoria.
    Ese puñado de hombres y mujeres, todos ellos emigrantes, que recordaban con alegría y nostalgias sus años mozos en esa tierra asturiana que nunca jamás sería olvidada.
    Pasó poco tiempo cuando Avelino recibió otra gran alegría. Su hija se casaba con otro asturiano, de Mieres. ¿Puede un asturiano sentir más placer que ver a su hija casada con otro asturianín? Eso al menos reflejaba la cara de Avelino cuando veía a Elsa y a Manuel juntos. Sin casa, sin auto, pero su mejor obra y su mayor tesoro estaba allí, vestida de blanco dando el sí para toda la vida, como había hecho él con Rosario hacía muchos años atrás.
    Lamentablemente una triste noticia vino a empañar todas estas alegrías. Paco, su padre se estaba muriendo y quería verlo. Y allí fue. Regresar a Asturias, después de tantos años, para ver morir a su
padre, fue movilizador. Demasiado movilizador y Avelino regresó a la Argentina, pero ya nunca volvió a ser el de antes. Dejó de escribir, se jubiló y se dio cuenta que esta tierra a la que el creía tan promisoria, para él no lo había sido. No le había dado nada material. Ni casa, ni coche, ni había podido conservar su negocio porque una ley había declarado zona residencial donde se hallaba situado y había perdido todo.
    Todo esto lo cambió por una jubilación de miseria después de tantos años trabajados.
    Cuando su hija y su yerno tuvieron que aportar para ayudarlos a vivir, Avelino se enfermó. Lo único que lo consolaban eran sus nietos Javier y Nancy a los que quería con locura y alegraron sus últimos años de vida.
    Su enfermedad se fue agravando. Un Parkinson y luego una demencia senil, lo fueron dejando sin recuerdos. Su España y el terruño que tanto amó, se fueron desdibujando de su memoria y ya no recordaba las gaitas, ni las madreñas, ni conocía a su propia hija.
     Su esposa  lo cuidaba día y noche y  cumplió el juramento de: “Para toda la vida”.
    Un mes entero estuvo Avelino en coma, en una pieza de hospital acompañado todo el día por su hija que varias veces lo vio sonreír levantando la cabeza, sin abrir sus ojos, hacia la esquina de la habitación. ¿Qué estaría viendo? Se preguntaba Elsa con infinito dolor. ¿A sus padres que lo venían a buscar? ¿A su casa y los campos verdes de su Asturias natal? ¿A aquella moza que lo cautivara en la travesía del barco? ¿Se sonreiría de su traje en el agua, o  estaría viendo a su gente querida aplaudiendo sus obras de pie en el inmenso salón de Centro Asturiano?
    De cualquier manera, papá querido, vieras lo que vieras, te fuiste rodeado del amor de tus parientes, amigos y paisanos, que vieron en vos el ejemplo de un hombre probo, que si bien no llegó a lograr sus sueños de grandeza, dejó en esta tierra de promisión, lo mejor que un hombre puede legar: tu familia, en la cual seguirás viviendo y tu propia vida de trabajo fecundo y decente.
EL TALISMÁN
Por Esc. Doña María Sánchez Fernández
(Úbeda-España)
      El día era lluvioso. Un vientecillo frío mecía las ramas de la gran acacia que da sombre a mi casa. El suelo del jardín, alfombrado  de hojas amarillas, dejaba adivinar la proximidad del otoño.
      No había gente en la calle. No se oían los gritos y risas de los niños, y los pájaros de la gran acacia habían enmudecido.
      Me asomé a la ventana y respiré muy hondo el aire fresco y húmedo de la tarde. Quería beber esa quietud  y ese silencio. Lo conseguí, pues una inmensa paz invadió todo mi ser.
      Allá, en la lejanía, vi como se acercaba un hombre, con paso cansado, como si le pesaran los años o sus propios sufrimientos. Llegó hasta mi casa y llamó a la puerta. Era de avanzada edad, alto y enjuto, de barba cana y mirada gris. Toda su persona irradiaba un algo especial. Venía empapado y hambriento. Lo hice pasar y lo instale cerca del fuego para que se calentara y secara sus ropas. Después de comer, me dio las gracias con una corrección exquisita, y, como ausente, con la mirada perdida, comenzó un extraño relato:
      −“Nací en una tierra muy lejana. Allí donde la llanura es inmensa y las nieves son eternas. El fuego late incesantemente en sus entrañas, hasta hacerla estallar en tremendos alaridos. Torrentes rojos de lava hirviente dibujan el paisaje, dándole a la niche matices dantescos. Hermosos lagos son rodeados por magníficas montañas. ¡Y qué decir de sus ríos! Majestuosos, imponentes, cuando se lanzan al abismo en rugientes cataratas.
     ¡Tierra de contrastes! ¡Tierra de nieve y de fuego! ¡Tierra de selvas vírgenes y desiertos pedregosos!
      Vine al mundo en una pequeña aldea bordeada por prados verdes, a donde iban a pastar manadas de potros salvajes. Como ellos crecí, salvaje y libre.
      Muchos días me iba a la pradera para gozar de aquel bello espectáculo. Preciosos ejemplares de todas las capas, trotaban y se solazaban sin temor a nada. Me mezclaba entre ellos y, cuando advertían mi presencia, me saludaban con alegres relinchos.
      Un día monté a mi favorito. Un potro negro, nervioso, de larga cola y suave crin. Corrimos alegres, rápidos como el viento, por aquellas praderas. Al llegar cerca de unos arbustos vimos brillar algo muy intensamente. Mi amigo se asustó y pareció enloquecer. Relinchaba, y su boca dejaba escapar espuma blanca. No corría, volaba.
      Me agarré fuertemente a su cuello, pero perdí el equilibrio y caí al suelo. Quedé inconsciente durante mucho tiempo, pues cuando recobré el conocimiento el día ya declinaba. Miré a mi alrededor y vi como el potro pacía cerca de mí. Llamó mi atención un brillo intenso que salía de unos arbustos. ¡Habíamos vuelto al mismo lugar! Me acerqué para saber qué era aquello que tanto brillaba, y vi una piedra pequeña, de forma plana y oval a la que el sol arrancaba destellos azulados. La cogí maravillado y la guardé para incluirla en mi colección de minerales.
      Regresé a casa ya entrada la noche. Me dolía la cabeza y me acosté temprano. Quedé dormido con la piedra en la mano y tuve un extraño sueño.
     Me vi en un raro paraje donde todo tenía matices azules. Grandes rocas de variadas formas tenían irisaciones azuladas, y bordeaban un lago manso y azul. Un enorme sauce hacía llegar sus ramas hasta el suelo, pareciéndose a una cabaña. Me acerqué curioso, y en la oquedad que formaba en su interior vi que había sentado un hombre con la frente baja y las manos unidas. Parecía que oraba. Cuando advirtió mi presencia, levantó la cabeza y me miró fijamente. Era extremadamente viejo. El cabello y la barba blanquísimos, pero con reflejos azules, y su mirada, penetrante y dura. Sacó de los pliegues de su túnica una piedra brillante, plana y azul y me la dio. Me dijo: “Llévala siempre contigo; es un talismán que te hará feliz y te protegerá de la muerte”
     Bruscamente desperté  y vi que tenía en la mano la piedra azul que encontré en la pradera.
      Pasó el tiempo,  y aquel  talismán siempre lo llevé conmigo en recuerdo de aquel fantástico sueño que tuve siendo niño.
     A raíz de la muerte de mis padres, y siempre alentado por mi espíritu aventurero, abandoné mi país y me embarqué como  polizón en un buque de carga. Durante la travesía, realicé los trabajos más duros para pagar mi pasaje.
      Recuerdo que algunos día después de haber zarpado, el mar empezó a encresparse. Un viento huracanado nos amenazaba levantando olas como montañas. El barco se quejaba, crujía. La tempestad nos mantuvo en alerta toda la noche. Luchábamos contra los elementos hasta quedar extenuados. Cuando amainó la tormenta ya era de día. El barco quedó maltrecho, pero afortunadamente no hubo ninguna baja en la tripulación. Hasta el perrito que llevábamos como mascota, movía alegremente la cola al vernos a todos vivos.
      Al cabo de muchos meses, y después de haber recorrido parte del mundo, llegamos a Europa.
      Arribamos en las costas francesas. Desembarqué en el gran puerto de Burdeos, y allí quedé trabajando como cargador en el muelle.
      Más tarde abandoné aquella hermosa ciudad y me fui a recorrer el país como mozo de establo en un circo.
      Llegamos a París, y me deslumbró de tal forma su encanto, que allí me quedé por muchos años.
      Viví intensamente el mundo de la bohemia. Trabé amistad con músicos, poetas y pintores y me dediqué de lleno a cultivar mi espíritu con las bellas artes. Fueron los años más felices de mi vida, pero mi naturaleza inquieta no hallaba reposo y decidí marchar a Italia para ampliar mis conocimientos artísticos.
      Me asenté en Roma, y mi vida empezó a tomar otro giro. Quedé tan impresionado por tanta belleza en su arte sacro, que decidí probar la vida monacal. Ingresé en una congregación religiosa que dio paz a mi alma.
      Pasó el tiempo, y de nuevo empecé a añorar la libertad. Antes de tomar los hábitos me despedí de la Comunidad y me vine a España ¡Bendita tierra! Pero ya mi cuerpo cansado necesita del reposo definitivo y mi alma desea la paz eterna”
      Con estas palabras terminó su relato. Se levantó pausadamente y se dirigió a la puerta de salida. Le acompañé hasta el jardín, y allí me estrechó con afecto la mano, dándome las gracias por mi hospitalidad.
      Vi que se iba alejando con  lentitud  hasta perderse en la penumbra gris del camino.
      Cesó la lluvia y el sol se asomó con timidez. En mi mano cerrada noté que había un objeto duro y cortante. La abrí y vi con sorpresa una piedra de forma plana y oval, a la que la luz vespertina arrancaba destellos azulados.
                                            
LA HORA DE MÉXICO
D. Jaime Suárez
México
Fue imposible guardar el secreto por más tiempo. Hacía ya una semana que Hermilo Lazcas Arriaga, dueño de Telerrisa, y su familia habían desaparecido. El acontecimiento llenó los noticieros acompañado de la solicitud de ayuda: “Cualquiera que aporte datos para su localización será ampliamente recompensado”.
La familia y autoridades esperaban impacientes el comunicado en el que “los secuestradores” señalaran el monto del rescate y las condiciones del mismo; los recursos no faltarían en vista de la enorme riqueza de la familia, pero pasó el tiempo y no hubo mensaje alguno.
-Buenos días.
-¿Quién eres? ¿Por qué me privaste de la libertad? Suéltame de inmediato y hazme llegar a mi casa. Mi esposa y mis hijos están muy asustados y.
-Vamos a ver señor…
-¡Suéltanos, estúpido!
-Vamos a entendernos. Usted me va a tratar con el respeto que merezco.
-¡Idiota! ¿Qué respeto mereces? ¡Suéltanos!
El hombre, quien por cierto llevaba antifaz, calló y salió con lentitud. Hermilo se quedó estupefacto. ¿Cómo era posible que su familia estuviera en una situación tan descabellada? ¿Quién o quiénes los habían secuestrado? ¿Cuánto pedirían por su rescate? Ya tenían hambre y el delincuente lo había dejado con la palabra en la boca. Empezó a gritar solicitando atención. El hombre regresó tranquilo.
-Veamos, ¿está dispuesto a tratarme con respeto?
-¿A qué te refieres?
-En primer lugar: ¿por qué me habla de tú?
-¡Imbécil!
-Es la última injuria que le aguanto hoy; si salgo regresaré hasta mañana y mientras tanto pasarán hambre y sed.
-Espere, espere.
-Así está mejor.
-Dígame por qué nos secuestró.
-En realidad no es un secuestro, no voy a pedir rescate.
-¿Entonces? ¿Qué quiere? ¿Cuándo nos va a dejar libres?
-Eso depende de ustedes. Me tratarán con respeto, yo también lo haré. Cuando cumplan ciertos requisitos los liberaré; por lo pronto veré que les traigan alimentos. Todo el departamento está a su disposición, pero no podrán salir a menos que yo se los permita. Traten de pasarla bien.
-¿Es todo?
         -Por ahora sí.
         -¿Entiende que recibirá un fuerte castigo por lo que está haciendo?
         -Es un riesgo, estoy dispuesto a correrlo.
         La cena estuvo bien. Nada de lujos, pero sí sabrosa y suficiente. Estaban a punto de dormir cuando se encendieron los televisores de toda la casa. Había pantallas en cada una de las habitaciones, y en las recámaras ocupaban las cuatro paredes. Eran retransmisiones del popular programa “La hora de México”, programa en el cual se ventilan grotescamente problemas cotidianos de personas comunes y corrientes, pero que están dispuestas a que se les exhiba en público.
         -¿Qué es esto?
         -Ya lo sabes Milo, el programa que acapara la popularidad a la hora de la comida.
         Escucharon el grito estridente: -¡Que pase el desgraciado…
         -¡Ah!, sí, conozco el programa -comentó el papá-  lo que pregunto es ¿Por qué lo estamos viendo?
         -Porque alguien “nos hizo el favor” de programarlo así.
         -Ya los sé, es ese delincuente que nos tiene presos, pero insisto: ¿para qué? 
         -¡Ay papá! Es para que lo disfrutemos, ¿no?
         -Eres sarcástico, ¿Cómo vamos a disfrutar esa basura?
         -Por eso, ¿no te das cuenta de que nos están castigando por tu culpa?
         -¿Mi culpa?
         -Ya, mejor déjanos tranquilos, a ver si podemos dormir.
         Cada quien fue a su recámara, el volumen del sonido disminuyó perceptiblemente, pero a media noche despertaron con un: ¡Que pase el desdichadoooooo!  Ya no pudieron dormir.
         -Buenos días. ¿Durmieron bien?
         -¿Por qué se burla? Bien sabe que no pudimos dormir.
         -¿Algo los molestó?
         -Sus pantallas, toda la noche estuvieron pasando ese estúpido programa.
         -¿Estúpido?
         -Más que eso.
         -¡Qué bueno que tenga usted tal opinión. En fin: ¿les gustó la cena? El desayuno de hoy y la comida están de rechupete. Espero que pasen buen día.
          -¿Ya se va? ¿No va a explicarnos qué se trae?
-Señor Lazcas, ¿es posible que no se haya dado cuenta? Quiero que disfrute en compañía de su familia ese maravilloso programa que ven millones de televidentes mexicanos. Vamos, no se haga el intelectual, seguramente que van a gozar mucho viendo los excelentes comentarios de la carismática mujer que dirige la transmisión.
         -Hablemos en serio, ¿hasta cuándo va a torturarnos?
         -No diga eso, estoy seguro de que acabarán gustándole el formato y la electrizante personalidad de esa singular mujer.
         -Está usted loco.
         -Cuidado, recuerde que debemos respetarnos.
         -Usted nos está ofendiendo al obligarnos a mirar ese programa detestable.
         -No se preocupe, el sábado cambiará la programación.
         -¿Hasta el sábado?
         -Sí, podrán gozar todo el día mirando “Aburridazo”.
         -No cabe duda de que usted está demente
         -¿Volvemos a los insultos?
         -Es que no entiendo por qué nos hace esto.
         -Muy fácil de explicar. Es la basura con la que usted alimenta a millones de mexicanos todos los días.
         -Es lo que les gusta.
         -Tienen pocas opciones, no crea que hay mucha gente que pueda contratar el cable y seleccionar mejores programas.
         -Nadie se queja.
         -Muchos nos quejamos, pero nadie nos hace caso. En fin, dentro de unos días podrán disfrutar otras joyas, incluyendo los maravillosos programas de concursos: “Bailando por un baile”, “Soñando por un sueño”, “La paradoja”, “La estridencia”, “Churronovelas”,  etc.
         -Es usted cruel.
          -Y usted es mercanchifle. Con tal de aumentar su fortuna no vacila en vender porquerías. Bueno; hasta mañana.
          Un mes sufrieron día y noche la transmisión diferida de los peores programas de Telerrisa. Hastiados de tanta suciedad deseaban fervientemente que la prueba terminase. Finalmente una mañana el hombre del antifaz les avisó que por la tarde quedarían libres. Desde ese momento se apagaron las pantallas y el silencio sustituyó a la estridencia; la última frase que escucharon fue: “¡Que pase el desgraciadoooooooo!”.
          El hombre los dejó en un parque público, tomaron un taxi que los llevó en media hora a su residencia. Los medios de comunicación que estaban frente a la mansión sólo escucharon de don Hermilo: “Hicimos un viaje de descanso. Nos fuimos de incógnito parta poder pasear sin ser molestados”.
          Nada más añadió, pero hubo dos consecuencias por lo ocurrido: un psicólogo amigo de la familia los estuvo atendiendo durante más de un año y la programación de Telerrisa sufrió una transformación radical. La “güera” de “La hora de México” nunca recibió una explicación de su despido repentino. Quienes estaban cerca de ella, al final escucharon. “Hermilo, me dejastes plantada”.
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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