CUENTOS RELATOS Y MICRORRELATOS

Todo lo publicado en  ARISTOS INTERNACIONAL está sujeto a la ley de Propiedad Intelectual de España  noviembre  de 2.021 nº 47

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Estos conservan el copyright de sus obras
AL SERVICIO DE LA PAZ Y LA CULTURA HISPANO LUSA

COLABORAN: Magi Balsells (Barcelona-España)- Carlos H González Saavedra (Argentina).-Jorge B. Lobo Aragón (Argentina).-Miriam Noce (Argentina) Carlos F Pérez de Villarreal (Argentina) Piedad Romo-Leroux (Guayaquil Ecuador).- María Sánchez Fernández (Úbeda-Jaén España).- Gladys Semillán Villanueva (Argentina)

 

EL VIEJO LIBRO
Magi Balsells
Barcelona-España

Que sorpresa, al efectuar unas obras en mi vivienda, me he encontrado con algo que pensé estaría perdido, y si lo ha estado durante muchos años, el hallarlo me ha devuelto a mi juventud, cuantos recuerdos han aparecido en breves momentos  en mi pensamiento, cuanta añoranza hay en su contenido, cuanto deseo  y cariño hay en este viejo libro

Casi  con temor abro su portada, y allí en la primera hoja, una dulce dedicación  a mi persona, con cuidado paso las primeras paginas, recreándome en la lectura de su contenido y leyendo unas anotaciones en los márgenes que hice en su momento, me parecen escritas por otra persona ya que hoy las encuentro aun siendo mías de un gran contenido y sentimiento,

Cada página, es un dulce recuerdo, no me hace falta leerlo ya que las palabras escritas van reviviendo en mi mente, pese a los años transcurridos

Al llegar a la mitad de este libro, hacen su aparición , la cosa mas deseada y añorada en su día, unos pétalos de una rosa que en su momento llenos de fragancia aromatizaban el libro, hoy caducas y secas, siguen para mi siendo frescas y lozanas como el primer día, con mucho tiento cojo uno de los pétalos esta seco y posiblemente crujiente, pero esto no me importa, solo pienso en que no se rompa, lo acerco a mis labios para depositar en la rigidez de su tersura el mas puro beso , tan cerca esta de mi que aun pasados los años mantiene un fondo de suave aroma, cierro los ojos y se presenta en mi memoria el recuerdo  de día que me fue regalado  y por la persona que tuvo este bello detalle,

Éramos muy jóvenes, pero teníamos un amor puro y sincero, ella un año mas joven que yo solo tenia 15 años, con sus pobres ahorros me compro  este gran regalo, que juntos pasábamos las horas deleitándonos con su contenido, mientras nuestras manos enlazadas soportaban el cariño que nos profesábamos

Muchas horas pasamos leyendo y releyendo esta magnifica obra poética, basándonos en el intentamos nuestros incipientes  ensayos poéticos, no se si eran bellos ni rimados, pero eran una glosa al cariño  que de nuestras letras emanaban

Pero nuestra felicidad se trunco, era época de escasez, poco trabajo , mucha miseria, sus padres decidieron marchar a buscar fortuna a otro país, y así de golpe sin esperarlo nuestras vidas se separaron, quedamos en escribirnos, pero algo mas aumento nuestra desdicha, mis padres también emigraron  y yo con ello, nuestro amor quedo en el olvido

Cuanto llore, cuantas noches despierto estuve pensando, como estaría, que haría,  mil y un pensamiento  se alojaba en mi mente

Con los días se fue perdiendo este deseo, aunque no quedo en el olvido , así pasaron muchos años, yo nunca pude mirar a otra mujer ya que su grácil figura permanentemente estaba en mi mente, ninguna me parecía lo suficiente hermosa para desbancar a mi flor querida

Voy a cerrar el libro y guardarlo, ya que me estoy entristeciendo, de lo que puedo ser y no fue, al pasar la ultima pagina, encuentro un papel pegado, que nunca lo había visto en las muchas horas de lectura

Con curiosidad lo abro y allí con su fina letra hay una nota de mi amada que dice

Mi querido amor

Debería haberte dicho esto de palabra, pero he preferido hacerlo de esta manera, se que nos separan, e ingenie una manera  de poder volvernos a encontrar en el futuro, no se si recordaras que antes de marcharme con mis padres , te pedí este libro, allí puse en el ultimo instante y antes de devolvértelo esta nota ,hoy tengo 15 años, pero dentro de los mismos que ahora tengo o sea 30, estaré en el pinar  que había junto a la ermita de san Jacobo, en el día de tu cumpleaños, si no estas  lo sentiré mucho significara que no has leído mi nota, por lo cual cada día de tu cumpleaños  allí te esperare, esto  será mi prueba de amor hacia ti, iré cada año , esperándote

Te quiero

Que alegría, dentro de dos días es mi cumpleaños, no puedo perder mas tiempo, pediré permiso en el trabajo a cuenta de vacaciones, no creo que haya ningún problema. Estoy tan nervioso que hasta el libro se me ha caído de las manos, no se que hacer si gritar  reír o llorar, no lo se, pues las sensaciones que tengo no puedo enumerarlas

Hoy es el día que debemos encontrarnos, ya llevo mas de dos horas sentado en el pórtico de la ermita, estoy anhelante. No se si vendrá o a que hora, es igual esperare hasta la noche si hace falta, pero no será necesario, por el camino, viene una figura femenina, no se si será ella, veo que es toda una mujer, nada que ver con aquella chiquilla de pelo rubio y trenzas, pero algo tiene que me es familiar, no puedo esperarla aquí, le levanto y salgo corriendo a su encuentro, si es ella, no me equivoque, aquí esta

Nos juntamos con un fuerte abrazo, mi corazón golpea mi tórax con la fuerza de un ciclón, no se que decir, pero creo que no son necesarias la palabras, las miradas son suficiente

Una vez pasado estos naturales arrebatos, empezamos a contarnos nuestras vidas, ella aun soltera y yo también, ella esperándome siempre y yo deseándola mas que a mi vida

Me pregunta, me esperates todo este tiempo

Solo tenía un pensamiento y era volver a estar contigo, para hoy ya con cierta edad decirte lo mucho que te quiero y que de tu lado nada ni nadie me separara

Y así fue como volví a recuperar el amor de mi vida

ENFURECIDA
Carlos González Saavedra

Argentina

Después de caminar tranquilamente por la vereda, vi su silueta a lo lejos y su andar cansino inconfundible.
Una furia me invadió, tome un caño de un negocio y corrí a su encuentro, enfurecida.
Iba dispuesta a partirle la cabeza. Algo me detuvo, no se que.

Habían pasado muchos años esperando este momento, pensé y me dispuse a seguirlo al  menos para saber donde iba y ahí esperar la oportunidad.
Se dio cuenta  o percibió  que lo seguía.

Siempre fue muy sagaz, siempre había estado un paso delante de todos, y esta vez no era la excepción.
Este sujeto tuvo a toda mi familia en vilo durante años.
Papa al quedarse sin trabajo, acudió en su ayuda. Con el fin de contar con un préstamo para poder solventar los gastos de la casa hasta que consiguiera un nuevo trabajo.
Hipotecamos la casa familiar con la promesa  devolver el dinero en dos años.

José Inverso, no tenía escrúpulos y abusaba de la buena fe y de la ignorancia de la gente de trabajo.
Recién llegado de Italia, papa había ayudado a su padre a construir una piecita donde viviría en su juventud, mientras terminaba sus estudios. Sin embargo eso, no tuvo valor alguno  ni consideración, a la hora de rematarnos la casa.Poco importaron mis hermanos mas chicos y mama con dificultades en la columna para desplazarse. Termino en sillas de ruedas.
Como hija mayor había tenido que salir a estudiar y limpiar casas. Por suerte después de tres años me recibí de enfermera y trabajada en el dispensario y en  hospital. Salía de uno y entraba en otro. Trabajaba quince horas por día. Sin sábados, ni domingos los primeros dos años.

A poco de andar perdí de vista al prestamista y cansada me senté en un macetero. Pensé en volver a casa.
Lo vi salir de la farmacia y sigilosamente lo comencé a seguir. Entro en el hospital, no se lo veía bien, pero caminaba derecho.
Poniéndome el delantal, pregunto en la guardia por el.
-Le están tomando la presión, parece que no se siente bien me informan.
Preparo nerviosamente, en el baño, una jeringa, un frasco de potasio, y quedo aguardando que lo acuesten en la camilla de sala de guardia, prácticamente, al lado del baño.
Miraba por el pasillo, si alguien me había visto. Justo  ese día estaba de franco, estaba completamente fuera de día y horario.
Finalmente viene el medico, toma la presión le da una pastilla y aconseja que descanse, en lo posible que dormite, en media hora volvía y le tomaría nuevamente, haber si habia bajado. Acusaba 24-9.
Espiaba de vez en cuando si el pasillo estaba vacío y alguien lo acompañaba.
Me apoyo sobre la puerta pido  al cielo que me ayude con esto y cargo el potasio en la jeringa. Totalmente conmocionada, me tiemblan las manos, pero mi paso firme marca mi rumbo. A  no aflojar, ahora que estoy tan cerca. Pienso.
En ese momento miles de fragmentos de recuerdos, perdidos vuelven a mi mente. Recuerdo a papa, vencido con sus ojos escarchados tratando de consolar a mama en su silla de ruedas.
Horas sin sueño, desazón, llantos, angustias, mama y papa entregados a la buena de Dios. Desconsolados al enterarse que habíamos perdido la casa Mis hermanos miraban asombrados con lágrimas en los ojos como el oficial de justicia ordenaba el desalojo, tirando todo en un camión de la municipalidad.
Finalmente el club de barrio nos presto un galpón, allí fuimos.
Yo sin saber que ni como hacer para sostener a mi familia, la que me había dado todo.
Salimos adelante con la ayuda de los vecinos que contuvieron a mis hermanos y mis padres, que seguían devastados.
Recuerdo que Inverso estaba presente. Conmovida pedí-¡Piedad José!
-¿Para que piden dinero, si no pueden pagar? Me contesto con voz metálica.

Entro decidida a la habitación, estaba dormitando, tenia la bolsita con suero, inyecto en el suero todo el frasco de potasio.
Salgo raudamente, cuelgo el delantal en un perchero cualquiera y gano la calle.
Un aire fresco inunda mi rostro, respiro profundamente y exhalo como abandonando tantos años de angustia. Ese día había cambiado mi vida.
Pude demostrarme a mi misma todo lo que era capaz de hacer por mi familia.
Llego a casa, agotada y contenta mis hijos preguntan
-Estas bien bien mama?
-Siii, nunca estuve mejor
Pasaron dos días y en el diario local, informan del desafortunado desenlace que ha tenido el Sr. José Inverso al internarse en el hospital por un problema de presión.
La autopsia indico que murió por muerte natural .Nada hacia pensar en su deceso.
Al mes, una placa recordatoria en la plaza principal, homenajeando a una persona desinteresada y benefactora del hospital.
Por mi parte seguí con mi tarea de enfermera .Al mes fui nombrada, jefa  de enfermería por mi abnegación y asistencia al los enfermos.

EL GAUCHO”
Jorge B. Lobo Aragón
Tucumán Argentina

En nuestras comarcas norteñas y en gran parte de nuestro país, la palabra gaucho tiene diversas acepciones. Cuando decimos: «¡Qué gaucho es Fulano!»estamos ponderando la nobleza, la generosidad, la caballerosidad, el desinterés, el hidalgo señorío de un individuo desprendido. Y también al decir: «Mengano es un gaucho”, con un matiz en la voz ligeramente distinto, casi despectivamente, lo calificamos como ignorante, rudo, grosero, rústico, tosco, ordinario. El sentido de «gaucho» no sólo varía de acuerdo al tono con que se pronuncie, sino a quien use el término. Si lo menciona uno de los colaboradores de “Güemes”sin duda se evoca a héroes legendarios, centauros generosos que enfrentan la muerte por lealtad a la patria encarnada en su caudilloSi lo recuerda el del bando contrarioeran solamente bandoleros o cuatrerosUna carta de un militar en campaña a su contendiente nos da  algunos aspectos de la historia. ¿Cree usted que un puñado de hombres desnaturalizados y mantenidos con el robo, sin más orden, disciplina ni instrucción que la de unos bandidos, puede oponerse a una tropa aguerrida y acostumbrada a vencer a las primeras de Europa? Esos a los  que se llaman “gauchos” son  incapaces de batirse con triplicada fuerza como es la de su enemigo? El receptor de la misiva, un comandante patriota ve en cambio  con orgullo que sus «gauchos» han abatido  a un aguerrido regimiento. El jefe vencido los desprecia por verlos sin orden ni disciplina, solamente mantenidos con el robo. A la fuerza y con los resultados a la vista tuvieron que convencerse de que esos hombres simples  fueron esenciales y eficaces en la defensa de la patria que verdaderamente  amaron. ¿Son héroes o bandidos? Para nosotros los norteños, hermanados y consustanciados con los paisanos del campo, al Gaucho no solo lo honramos en su lucha por la independencia de nuestro país y también lo recordamos con simpatía pegado a una guitarra. Su instrumento propio, el más apto para expresar su música; el que por su peso y tamaño no estorba  a ese hombre andariego, trashumante.  Es que el gaucho es también un hombre de trabajos rudos, de trajinar el cuero haciendo trenzas que exigen esforzar los dedosHombres de manos callosas y dedos entumecidos como pesados y agarrotados de tomar el lazo y cumplir largas faenas en el campo travieso. Varón  de espíritu noble y osado, sin apegos ni prejuicios, el que siempre  cantó su rebeldía y amó su libertad. Nunca tuvo patrones y con su única riqueza y mejor compañero su caballo se ganó su pobre sustento. Hábil jinete, melancólico y reservado. Con su lazo, el rodeo de hacienda y las travesías, las espuelas, el cuchillo, facón o daga y el poncho, fueron  hitos de nuestra tradición. Los recados y rebenques, la chiripa serán siempre instrumentos de orgullo para estos gauchos humildes, gauchos pobres, que en las históricas batallas con Güemes a la cabeza, han conseguido que hoy nuestra Argentina sea una Nación libre e independiente. Fierro dice que él sabe «dirigir la mancera / y también echar un pial… / Sé correr en un rodeo, / trabajar en un corral… / Me sé sentar en un pértigo / lo mesmo que en un bagual». De modo que el gaucho con la guitarra podrá rasguear el acompañamiento de un canto, marcar el compás de un baile; cuanto más, arpegiar una milonga, pero con espíritu noble y osado, sin apegos ni prejuicios, cantó su rebeldía y amó su libertad y fue artífice de nuestra independencia y libertad. SALVE  CRIOLLO ARGENTINO.

EL FRANCES 
Miriam  Noce M
Argentina

           Estaba feliz, atrás había quedado mi etapa de modelo “Lolita”. Hoy estrenaba mi asistencia personalizada para huéspedes en el mejor hotel de Buenos Aires. A los veintidós años era “personal shoppers.” Haber pertenecido al mundo de la moda y hablar inglés y francés ayudaron a pasar el casting.
Mis sueños, no muy lejanos, serían llegar como profesional de compras al circuito de Rodeo Drive, la zona elegante de Los Ángeles; a la 5º avenida de New York; o quizás a París. Sé que mi trabajo tiene el desafío de encontrar todo lo que el pasajero necesita.
El primer viajero asignado fue Gerard, un francés medianamente joven. Calculé que tenía entre treinta y cinco a  cuarenta años. Gustaba hablar en un melange: inglés, francés y alguna ocurrencia en español.
Lo primero que solicitó fue comprar regalos para su esposa e hijos. En la foto que me mostró lucían sonrientes una bella mujer rubia y dos pequeños de cuatro y seis años.
No reparó en gastos; lo vio, le gustó y compró un bolso de mano de Vuitton de  6000 dólares. Si toda mi actividad iba a ser así, realmente me podía considerar afortunada; no deseaba orientación, sólo compañía.
Pasamos luego a comprarles a los niños juegos de cubiertos tallados con motivos campestres. Otra vez, muy seguro, sólo hablamos aspectos triviales de la adquisición. Tenía  sentido del humor, nuestros ojos sonreían con picardía; era todo un turista de luxe.
Su invitación a tomar el té fue el corolario ideal para terminar el día como viejos amigos. Su voz, sus gestos, lo mostraron como un hombre sereno, discreto, moderno, capaz de abordar cualquier tema. Al despedirnos, me sorprendió: “Carolina: teatro, cena y champagne. Todo a su elección para despedir mi primer día en Buenos Aires.” Su voz cálida me hizo sonrojar.

Fue una noche de confesiones: su infancia, su juventud y sus títulos. Extrañamente no mencionó su familia. Al despedirnos, dejé de ser dueña de mis emociones, y su voz impuso: “Mañana a las diez en punto, tours de compras.  Jornada completa.” Sólo respondí sonrojándome  un: “Hasta luego.” No caben dudas: es un personaje querible.
Siendo mi primer turista temía que estuvieran poniéndome a prueba. Debía recordar: ellos son “clientes.” Enfriar la mente, las emociones. No recibir influencias. No cometer  errores. Era mi trabajo.
Parecíamos una despreocupada, alegre, juvenil pareja, devorando la elegancia de los comercios porteños, hasta llegar cansados al caer la tarde. Sabía qué diseñador de cuero era el mejor. No dejaba que lo orientara a la hora de gastar para obtener descuentos o beneficios especiales.
Quedó otra vez a mi criterio la cena y el espectáculo. Elegí San Telmo, su magia, sus restaurantes con  variedad de opciones y esas calles pobladas de duendes. Comercios, antigüedades, galerías, exposiciones. Durante la cena, a través de su conversación lo percibí gran conocedor de los arquetipos femeninos.
Mi preocupación continuaba; no debía entregarme tan íntegra a mi nueva profesión. Vivir del hacer del viajero, sí, logrando que me pagasen altas comisiones por seguridad y asesoramiento. Este francés en dos días me había contagiado su glamour. Así como irrumpió en mi novel actividad de shopper, al tercer día desapareció. Quedaron recuerdos muy cálidos para añorar, la intensidad de las horas compartidas, las risas y ese placer silencioso demostrando sus ganas de vivir en plenitud.

Comenzaron a pasar nuevos turistas. En pocos días se llevaban todo, fieles a dónde, cómo y a cuánto conseguirlo. Pero yo persistía en el recuerdo de aquel francés.
En una mañana de primavera, promediando las 9.00 horas fui citada por la policía a  declarar. Sólo me preguntaron:
— ¿Conoce usted a este hombre?
Una serie de fotos mostraban a Gerard de frente y costado. En algunas su rostro, en otras de cuerpo entero. Observé una y otra vez. Tenía mis reparos. Faltaba en esa mirada la sensibilidad entre dulce y burlona de quien a hurtadillas me había mirado con deleite, creyendo que yo sólo cumplía con mi trabajo. Ignorando que aunque perturbada también yo descubría cuan inquietante y agradable era su presencia.
La voz me sobresaltó:
— ¿Conoce usted a este hombre?
—Sí y no- contesté con cierto temor.
Seguía dudando. El policía comenzaba a preguntar con insistencia. La angustia comenzó a transitarme. Debí contar lo realizado en aquellas 48 horas. Repetirlas. Añadirles detalles. Hacerle frente a los recuerdos. Guardé para mí las desorientaciones y sentimientos. Enumeré lo comprado, especialmente aquel bolso de Vuitton. Apelé a mi control personal, para que la ansiedad no me traicionara. Después de dos horas de interrogatorio comenté la foto que había visto. Ahí el investigador cambió sus preguntas. Me rogó que aportara más información. No alcanzaba a comprender de qué equívoco era acusado Gerard. Por eso decidí ayudarlo y cambiar de postura.
Suelo ser de carácter contestatario, pero me cuidé muy bien en mis respuestas. Me mantuve firme y austera en términos de negar que el hombre de la foto fuera el francés. Me pregunté: ¿el pasado empuja o acecha?
Volví a mi trabajo diario, con precisas indicaciones de no hablar con nadie (ni con mis superiores) sobre lo ocurrido. Durante seis meses mi mente seguía tratando de armar el rompecabezas, para que la realidad no superara lo que es o lo que yo deseo que sea.
Un lunes del cálido otoño ya presente,  fui citada nuevamente por la Policía Federal. Llegué aparentando una estudiada serenidad. ¿Qué nuevo rumbo había tomado esto? Sonriente, un oficial tendió su mano y me invitó a tomar asiento:
—Señorita Carolina,  la Institución agradece su valiosa colaboración.
Atónita, escuchaba; no entendía mucho. Empecé a preguntar. Con una prolijidad manifiesta me contó la historia: “Actualmente las cirugías plásticas logran milagros y las identidades pueden zozobrar. Nuestro estafador de guante blanco, acostumbrado a movilizarse en los ambientes selectos de Europa, posee una similitud física asombrosa. De ahí que el polifacético timador se mueva en diversos círculos de nivel internacional.”
En un breve silencio, mis pensamientos estaban agazapados, expectantes, ilusionados.  El policía continuó:
—Un detalle demoró la pesquisa. Aquella foto de su esposa e hijos. Gerard jugó una vez más. Eran regalos para sus sobrinos y cuñada.
¿Con quién compartí 48 horas de mi vida? Mi corazón se paralizó. Si hubo alguna explicación más, no la escuché. No la necesitaba. Sólo deseaba salir a mirar el cielo de Buenos Aires, ese que tanto le gustó a él. ¿Por qué no creer en mí, en mis actos y sus consecuencias?  Los reencuentros existen. ¿Por qué no seguir soñando?  

LA ÚLTIMA FRONTERA
Relato histórico novelado
Escritor Carlos Pérez de Villarreal

Mar del Plata
Argentina

Pasó la pierna derecha por sobre el cuello del caballo y se dejó deslizar por la montura.
Sus pies tocaron el suelo. Le temblaban los muslos, hacía casi doce horas que no descabalgaba. ¡Habían pasado tantas cosas…!
Se relajó un tiempo, tomó las riendas y a paso lento con su animal detrás, caminó hacia la caballeriza que se estaba levantando en el campamento
La sangre seca, parte suya y parte de sus enemigos, se dibujaba en la cara, los brazos y la Larica. La mano izquierda tenía un tajo que le dolía bastante y el golpe en el labio ya había dejado su huella. Dejó al animal con un ayudante, recogió el Clipeus y el Pilum y se dirigió a la Sección Octava que se encontraba desmontando. Ya habían armado una empalizada y las tiendas de campaña empezaban a florecer como hongos.
Lo recibió el Decurión:
—Prefecto Lucius, venga, descanse en esta tienda, en cuanto terminen de armar el campamento, prepararemos la suya y podrá darse el gusto de lavarse.
—Gracias Publio. Necesito que vean mi mano. Llama al Medicus más cercano.
Ni bien quedó solo, se deshizo de las armas. Dejó el escudo y la lanza. Sobre ellos colocó la armadura, el Gladius y el Pugio. Se derrumbó prácticamente sobre un pequeño catre de lona y madera. Al instante quedó dormido
Un ave rapaz vuela en círculos, dejándose llevar por las corrientes cálidas. El está abajo, solo, semidesnudo, en el inmenso arenal, calcinado por el sol. Otra ave se agrega, y otra y otra. Y se lanzan sobre él. Desesperado toma su cuchillo y descerraja a la primera que tiene a mano. Mata a otra, pero las demás lo pican, lo fustigan. Cuida su cara, sus ojos…
De repente una mano posada en su hombro lo vuelve a la realidad:
—¡Prefecto, Prefecto!
Se levantó de un salto y ya con el cuchillo en ristre cayó en la cuenta de la situación. El sueño se borró en un instante. Allí está el Decurión con el Medicus. Los dos hombres se han retirado hacia atrás, sorprendidos. Pidió disculpas, dejó el arma y se sentó.
Mientras el galeno le curaba la fea herida de la mano y el labio, se dio cuenta que tenía golpes y moretones en los brazos y en el pecho. La batalla había sido dura, muy dura.
Más de lo que él imaginó. Había que vengar la matanza de las legiones de Varo en Teutoburgo y delimitar la frontera. Sí, había que hacerlo, pero, ¿a qué precio?

La muerte había visitado el campo. Sobre el recodo del río, los cadáveres se contaban de a miles. Los bosques detrás, destruidos. Hombres y animales muertos. Animales y hombres muertos. Demasiada muerte. Estaba hastiado de ella.
¿Cuál era el saldo que tenía a favor después de casi veinticuatro años en las legiones? Había llegado a ser Prefecto, al mando de una Alae de caballería de mil hombres. Hoy, bajo las órdenes del General Germánico, acababan de vencer a las tribus indómitas de la Germania Magna. En el principio, África Proconsularis, Cirenaica, Mauretania. Luego Egipto, Mesopotamia. Después Las Galias, Aquitania, Hispania. Había recorrido todo el Imperio. Un año más y ganaría su salida de la legión con honores, dinero y una casa en el campo. Cumpliría 25 años de servicio prestado. Le darían su missio honesta.
Cuando terminaron de curarlo, Publio le anunció que llevarían el equipo a su tienda y que había suficiente agua hasta para darse un baño. Cansinamente se dirigió a la carpa, entró, se desnudó y se lavó todo el cuerpo, parte por parte. Fue descubriendo heridas nuevas y rememorando cicatrices viejas. ¡Qué cansado se sentía!
El sueño de esa noche, no fue bueno.
Sólo, en un claro inmenso de un gran bosque, está caído en la hierba seca roída por un sol impiadoso. Un pájaro lo sobrevuela, luego otro y otro. Lo atacan.  Se defiende como puede con la corta espada.
El despertar no fue cómodo. Empapado de sudor, se levantó de un saltó y salió hacia la noche estrellada.
—¡Marte, Marte! ¿Dónde estás que no me proteges?
Cuando el frío del amanecer lo hizo tiritar, ya había tomado una decisión.
Seis días más tarde, las tropas ya acantonadas, comenzaban a reagruparse y las fortificaciones generaban el desplazamiento de cohortes a diferentes destinos, abriendo las legiones sus mandos y fuerzas. Esa noche, un hombre y un caballo, llevado de las riendas, se desplazaba poco a poco hacia la salida de uno de los campamentos de la fuerza de caballería. Los dos legionarios de guardia no vieron nada. Sólo una sombra envuelta en un gran manto marrón flotó al viento, al lado del lomo del animal, negro como la noche sin luna. Sus patas blancas habían sido tapadas por dos causas: no permitían ver el color y ahogaban el ruido de los cascos sin herrar en el suelo. Las siluetas se desdibujaron en la noche sin luna.
Un kilómetro más adelante, el jinete destapó las patas del caballo, acomodó bien los víveres y el agua sobre la montura con el Tapetum debajo, montó de un salto y a un trote continuo comenzó a ganar terreno. El alba lo encontró detrás del bosque inmenso, en una gran llanura que se perfilaba hacia el norte.
Lucius Cayo Dominicus, Prefecto de la VIII Legión, sonrió.  Abrió los brazos en cruz, cerró los ojos y se dejó acariciar por la leve brisa. Cuando levantó la mirada al cielo, sorprendido observó el vuelo de un águila real.
—¡Buen augurio! —dijo en voz alta.
Su deserción sería notada. Ya nada importaba. Buscaba su propia libertad.
Dejaba atrás la última frontera.

Vocabulario romano antiguo
Escudo de caballería: Clipeus – Lanza: Pilum – Espada corta: Gladius – Cuchillo corto: Pugio – Armadura completa: Larica
Jefe de Agrupamiento: Prefecto – Jefe de Sección: Decurión
Cada Legión (4.800 hombres) tenía diez Cohortes. Cada cohorte (480 hombres) estaba formada por tres Manípulos. Cada manípulo (160 hombres) constaba de dos Centurias de 80 legionarios cada una. – Servicio prestado a la Legión con 25 años: missio honesta
Médico: Médicus – Cubierta de lana colocada debajo de la montura para evitar roces: Tapetum
Batalla de Idistaviso (año 16): Conocida como batalla del Río Weser, donde el General Julio Cesar Claudiano (Germánico), vence, derrota y masacra a las tribus germanas al mando de Arminio; vengando así la masacre de Teutoburgo (año 7)
Al terminar la batalla los romanos habían perdido 1.000 soldados mientras que los germanos dejaron sobre el campo 15.000 cadáveres.

LOS ZTARCUS
Últimos Hieleros del Chimborazo
María Piedad Romo – Leroux Girón

Estas laderas son nuestras, me sonrió apegado a su burro, que con las orejas en punta seguía cada movimiento de su dueño. El paso del tiempo dejó su huella implacable, el cansancio se acentuaba con el paso de los días, pero sus ojos aún tenían ese brillo que el sol de la montaña le había impregnado cuando más de medio siglo atrás, se internaba en ella para arrancarle los témpanos, envolverlos en pajonales, acomodarlos en el lomo de la acémila e iniciar el descenso, despacio, sin premura para venderlos en la ciudad; luego serían elaborados los helados cuyos sabores con las frutas de la temporada harían las delicias de niños y adultos; las dueñas de los locales no pagaban mucho, era verdad,  nunca se imaginaron, ni supieron del enorme  esfuerzo de arrancar de ese monumental gigante los bloques de hielo, pero con lo poco que le daban podía mantener a los suyos y ayudar a la economía familiar.

Ha sido un trabajo duro, sacrificado, que no quisiera que lo continuaras, quisiera para ti otra cosa, que estudiaras y de manera alguna prosiguieras con esta faena tan dura y esclavizante.

 Hoy a los setenta años, su padre le entregaba a su compañero, fiel amigo de sus andanzas, correrías e infortunios, como un regalo por sus quince abriles, diciéndole, “-eres ya un hombre, debes cuidarlo, será tu amigo inseparable y sabrás corresponderle de igual manera, tiene veinte años conmigo, así que le esperan algunos más, es la tercera generación, pues su abuelo, al cual bauticé como Jonás, me lo regaló mi padre, cuando yo contaba con tu misma edad”.

 Las arrugas y pliegues se extendían por su rostro, la espalda algo encorvada, las manos amplias curtidas por el frío, el paso lento, torpe, pausado, más aún conservaba la penetrante agudeza de la mirada.

 Aunque esos días habían terminado, él se sentía orgulloso de haber sido el heredero de esa estirpe de Hieleros incansables, tercos- Taramas y  durante sesenta años arrancado a su Taita Chimborazo parte de su tesoro, el hielo impregnado de fuerza y energía de la Mama Tierra. Samay, Nina, Allpa, Yaku. Aire, Fuego, Tierra, Agua…

Entre los Hieleros debo admitir, que existían ciertas rivalidades, especialmente entre los Ushkas y los Hieleros de la Moya a causa de acceder a los lugares para la extracción del hielo  y sobretodo cómo llegar fácilmente y rápido a los clientes; ellos nos consideraban a los Ztarcus, “gente rara”, “burru rinrinta kash”; más siempre nos hemos considerado buenas personas – alliumas.

-Me compenetre con la montaña y en medio del silencio hablaba en voz alta con ella; muchas veces, como en un susurro creí oír su voz y entonces entraba en un letargo amodorrante, del que me sacudía a viva voz, pues comprendía, que nada bueno podría salir de esas conversaciones; los huesos entumecidos me obligaban a buscar refugio para entrar en calor, momento que aprovechaba para comer unos chochos con habas y ají, que mi mama me había hervido para que comiera a media mañana; debo confesar, que entre la ruana de lana de llama, que la mama me tejió llevaba mi trago de aguardiente, pájaro azul, que me calentaría las entrañas.

Pareciera que seguir con nuestras tradiciones representa seguir con sacrificios, sufrimientos e iniquidades, ¿hasta cuándo me pregunto, porqué tenemos que emigrar para buscar mejores días en otros lares? nuestra sociedad sigue siendo excluyente, racista y discriminatoria, hasta cuándo, vuelvo a preguntar…

Debo señalar, que los Ztarcus, hemos estado al margen de los proyectos comunitarios, hemos sido ignorados por el Estado y la Iglesia, porque otras comunidades imponen sus propios intereses, manejan el poder y poseen tierra en mejores condiciones; los Ztarcus no gozamos de esas situaciones y se sigue cometiendo innumerables injusticias con nosotros.   

Muchos éramos los Hieleros en esos tiempos, algunos parientes desistían de serlo, e iban a trabajar a las casas de haciendas cercanas, en las cuales, a más de sembrar y recolectar ellos recibían salario y comida. Los hacendados los explotaban y en muchas ocasiones recibían castigos corporales para enmendar la plana, como frecuentemente decían; no era un secreto, que se acostaban con las mujeres jóvenes agraciadas y algunas veces las dejaban preñadas, no asumiendo responsabilidad alguna sobre las criaturas.

Todo no han sido tristezas y lágrimas en estos años, teníamos y celebrábamos las festividades ancestrales, alabábamos al Inti y a nuestra Allpa, sol y madre tierra; las danzas terminaban a la madrugada,  vestíamos las mejores ropas, poncho negro de lana, pantalón hasta la mitad de la pierna y alpargatas, por supuesto no podía faltar la faja paleteada de hilo a la cintura, nos ataviábamos con estos atuendos  para impresionar a nuestras mujeres y ellas lucían bordados de colores vivos en las blusas, anacos negros, con una faja, kawiña y otra chumbi, camisón largo con figuras bordadas en el pecho y mangas, sobre sus hombros dos fachalinas largas de vivos colores, washkas, collares de vivos colores, de piedras blancas, azules y rojas que resaltaban en el cuello, un sombrero negro en la cabeza remarcaba la belleza de las guambras; el baile era amenizado por la Banda, en la cual los rondadores con su sonido similar al canto de los pájaros, flautas, zampoñas y tamborcillos, entonaban sanjuanitos, albazos, yaravíes hasta bien entrada la madrugada; el botellón de aguardiente nos calentaba el guagüero y nos permitía danzar sin perder el paso; por supuesto las comidas eran abundantes y sabrosas, no faltaba el cuy a la brasa con papas doradas, mote, y el cariucho, guiso de carne y papas con ají.

Oh hacedor sol y trueno – Oh rurak inti kulunpash, te doy gracias por todo lo que día a día recibimos; agravios y esfuerzo, alegrías y festejos, en justo equilibrio, en absoluta armonía para la vida.

Puedo afirmar con certeza, que nunca me sentí solo, nuestro trabajo comunitario, nos permitía obtener logros que individualmente jamás hubiéramos logrado; gracias a la cooperación de todos hemos sobrevivido a injusticias, iniquidades e infamias.

EL CONCERTINO
María Sánchez Fernández
Úbeda-Jaén España
                      

     Sonó el despertador. Todavía con los ojos cargados de sueño lo desconecté y me quedé relajada unos minutos. Me levanté, descorrí los visillos de la ventana y vi que los cristales estaban empañados. En la calle debía de hacer bastante frío. Quité con la mano el húmedo vaho y advertí que caían unos minúsculos copos de nieve que no llegaban a cuajar ni en el asfalto ni en las ramas de los árboles. Los pájaros estaban felices bajo aquella llovizna blanca.  Revoloteaban…,  se  perseguían…,  piaban…, picoteaban en el suelo algún pequeño copo sin derretir creyendo que era una golosina para después remontar el vuelo y posarse en una rama desnuda.

      Me di una ducha de agua bien caliente, me vestí, y me dispuse a salir para ir al trabajo después de tomarme un café con  leche bien cargado.

      Como todavía era temprano y tenía tiempo suficiente, me dispuse a dar un paseo por el casco antiguo de mi ciudad  callejeando  por  sus  recoletos  rincones.

      Oí una música lejana que se iba acercando conforme  iba avanzando en mi camino.

      Sentado bajo el dintel de piedra de una casona antigua y protegido de la intemperie por el saliente de una gran balconada, vi a un hombre tocando un violín con aspecto de vagabundo. Sus ropas así lo confirmaban. Vestía pobremente pero con extremada pulcritud.  Una raída pelliza lo abrigaba y se cubría la cabeza con un confortable gorro de lana.  Junto a él tenía una gran mochila que contenía sus pertenencias, el estuche de un violín y un saco de dormir perfectamente plegado. Era una persona de edad indefinida, más bien avanzada, sin llegar a ser anciano. Alto, enjuto, de pelo cano, tez muy morena tostada por el sol y unos ojos increíblemente azules. Le saludé con un gesto de la mano y un esbozo de amigable sonrisa. Él me respondió de la misma manera.

      Su porte, a pesar de su miserable apariencia, era el de una persona extremadamente atenta y cultivada. Tenía frente a él, en el suelo, un canastillo en el que recogía las monedas que la gente ponía con sumo cuidado y respeto. Él lo agradecía con la amabilidad de una sonrisa y una leve inclinación de cabeza.

      Aunque era temprano, y a pesar del frío y del mal tiempo, las calles ya estaban animadas por la apertura de las tiendas, de los centros comerciales,  por las personas que iban a sus trabajos, a la compra diaria, a llevar a los niños al colegio, también de turistas madrugadores o simplemente, de esas personas más desocupadas que gustaban salir a hacer ejercicio o a pasear por estas calles nuestras que, en la mañana, invitan a ello.

     Me detuve para escucharle y nunca me llegó tan dentro  la voz solista de un violín.

     Interpretaba a Vivaldi con tanta delicadeza que esas notas calaron  muy dentro de mí.

     En el alero del tejado, a pesar de la llovizna, multitud de gorriones  y de palomas asomaban sus cabecitas para mirar a aquel hombre que hacía brotar preciosos trinos como si fueran  pájaros. Algunos daban una escapada y lo sobrevolaban o se posaban en el suelo, sin temor alguno, regalándole con su arrullo o sus piares un amistoso saludo.

     Le dejé unas monedas y seguí mi camino, pero a la mañana siguiente allí estaba yo confiada en encontrarle de nuevo para poder disfrutar y escuchar a este virtuoso de la música. Era un gozo indescriptible comenzar el día con aquellas melodías que arrancaba de las cuerdas de su violín

     Siempre fui su primera espectadora, aunque cada  mañana se iba ampliando el grupo de amantes de la música. Creo que todos pensaban como yo. Robaban unos minutos de sus quehaceres para aplaudir y gratificar a aquel hombre que tanto bien hacía a las gentes que transitaban por la calle. Aquel lugar se convirtió en un pequeño auditorio en donde nunca faltaba alguien para escuchar y aplaudir

     Tan numerosos fueron los días en los que fui a escucharle, que acabamos por hacernos  grandes amigos. Una mañana lo invité a desayunar en una cafetería cercana, y mientras nos tomábamos un café con leche y unas tostadas me contó, sin yo preguntarle nada, algunos retazos de su vida con una voz pausada y grave y con  marcado acento extranjero:

     ─ «Vengo de un país lejano donde la música es culto para la mayoría de sus gentes. Nací en el seno de una familia de clase acomodada donde el amor por el arte y la cultura en general era primordial. Me dieron una buena educación. Estudié en el Liceo, pasé por la Universidad donde hice licenciatura en Bellas Artes y más tarde ingresé en la Escuela Superior de Música donde alcancé lo que fue mi gran pasión: la dedicación a la Música.

      Cuando terminé mis estudios de violín llegué a formar parte de una gran orquesta sinfónica de mi país siendo integrante en la cuerda de violines primeros. Más tarde llegué a ser el Concertino. Mi ilusión llegó a su cenit. Hacíamos giras por todo el mundo y el prestigio de nuestra orquesta era sublime. ¡Cuánto añoro aquellos días de triunfo en que el público, de todas las razas y credos, y que asistía a nuestros conciertos, aplaudía de pié enfervorizado! ¡Cuánto añoro la cara y el gesto del director cuando me daba la entrada con su batuta para que iniciara mi intervención!  ¡Cuánto añoro a mi alma perdida en la música, sabiendo que aquello que yo interpretaba en forma de éxtasis divino, se elevaba y elevaba hasta hacerla entrar en otras almas tan elevadas y perdidas en la música como lo estaba la mía!

     Todo aquello terminó. Toda dedicación, todo entusiasmo, todas las ilusiones se esfumaron  como  un  suspiro en  el viento.

     Hubo una gran revuelta política que repercutió en varios países, y la orquesta se disolvió como se disuelve la sal en el agua. Fuimos perseguidos la mayoría de sus componentes viéndonos obligados a huir para arribar en otras partes del mundo. Todos nos disgregamos y no hemos vuelto a vernos desde aquellos tiempos felices en que la juventud y el apasionamiento nos elevaba a unas  dimensiones realmente alcanzadas por  nuestro joven  enardecimiento

  Aquella bendita hermandad se rompió de la forma más cruda y cruel. En mi caso me gané la vida tocando el violín, mi inseparable amigo, en las estaciones del metro de grandes ciudades, como Nueve York, Moscú, Pekín; en parques y jardines, en fiestas de gentes caprichosas que me contrataban como una atracción más. Después seguí mi camino como músico ambulante. Ahora estoy aquí, en España, y en su hermosa ciudad, que tanto admiro, como antes lo estuve en Francia, en Italia, en Grecia… Mi existencia es nómada, bohemia, y vivo gracias a la sensibilidad de la gente que gusta escucharme. La música es el gran don que Dios ha regalado al hombre. Al hombre y también a los animalillos que se paran junto a mí, y muy quietos, me miran con sus orejitas atentas y a veces se me acercan con zalamerías  para regalarme con su lengua siempre  pronta a la caricia.

     Aquí estaré algún tiempo hasta que éste se me agote por el puro cansancio y hastío de las buenas gentes que vienen a escucharme. Iré a otros lugares donde estoy seguro que también seré bien acogido.»

     Yo le prestaba atención extasiada. Nunca interrumpí su relato con una pregunta impertinente y fuera de lugar ¿Cómo era posible que una persona de su gran valía pudiera mendigar? Si éramos  nosotros, sus oyentes, los que éramos obligados mendigos de su talento. Allí estábamos, solicitando  una  hermosa  dádiva de su divino arte que él nos obsequiaba una y otra vez, sin cansarse, con una sonrisa de agradecimiento por nuestro aplauso y un puñado de monedas.

     Sí, él nos regalaba, por solo unas monedas, la magia de Sarasate, de Paganini, de Mendelssohn, de Tchaikovky…, de Vivaldi…. Llenaba las plazas y las esquinas de la divina música que se expandía por el aire y empapaba el señorío de nuestras piedras doradas y centenarias; de nuestros rincones exuberantes de cal; de dovelas que enmarcan dinteles de casas solariegas; de símbolos hebreos en los barrios de la judería; de  rejerías y cancelas de hierro forjado; de  puertas mudéjares insertas en sus corroídas  murallas árabes; de nuestros alfares que exhalan por la boca alta del techo de sus hornos el aliento de nuestra antigua morería

    ¡Dios mío, qué donación tan preciosa  nos hiciste al traernos a este hombre con su música a esta ciudad de privilegio! A sus calles, a sus gentes, a su alma.

    Terminó el desayuno. Él se marchó a su lugar habitual y yo regresé con algún retraso al despacho. Mi secretaria me saludó un poco extrañada. Estaba acostumbrada a mi puntualidad. No di explicación alguna, no tenía por qué darla, pero mi mente no descansaba. ¿Qué se podía hacer? Vivía en una ciudad con grandes raíces culturales. Hablaría con Asociaciones, con autoridades, con personas influyentes para que se pudiera organizar un gran concierto en beneficio de este singular artista que fue una estrella de la música y seguía deleitando a los pueblos con su arte. Un concierto que lo estimulara, que le devolviera la ilusión y la esperanza.

     Todo fue inútil. La burocracia, el desinterés y la apatía son los grandes enemigos de los grandes proyectos.

     Todas las mañanas nos veíamos y desayunábamos juntos, pero un día no lo encontré. Ya no estaba en su lugar. Se  había  marchado.

      Sentí una soledad sin límites. Me sentía huérfana de aquella música que tanto enaltecía mi alma. También me sentía huérfana de aquel amigo que fue para mí como un regalo del cielo.

      Entré en  la cafetería y el camarero me entregó una nota.

      Ésta decía:

     ─ » Me voy a seguir mi camino errante por el mundo, pero tu corazón sensible siempre vivirá en el mío allá donde vaya»  V.

      Nunca supe el nombre de aquella persona a quien pertenecían esas iniciales, pero las he hecho grabar junto a un pequeño violín en una plaquita de oro que siempre llevo conmigo.

LA OTRA ORILLA
Gladys Semillán Villanueva
Argentina

Estaba pensativa, sentada en su roca predilecta con la peineta de nácar ordenaba un poco su indisciplinada cabellera.
Nada hacía suponer que sin darse cuenta una corriente suave casi imperceptible la fue llevando como acunando.
Era tal el ensueño que no advirtió que se movía.
Mágicos pensamientos, ensortijados como sus cabellos la sumían en un mundo lejano querido.
No vio que su cuerpo se iba cubriendo de finas algas doradas semejando gasas que nublaban sin sentido su desnudez perlada.
Entrecerrados los ojos apenas esbozaba una sonrisa y el agua la llevaba por esa suerte de espacio preparado para su vuelo de memorias pasadas.
Ya no sentía en su piel ese frío al que estaba acostumbrada, eso la distraía un poco, no demasiado.
Su mente deambulaba ente otras cosas, otras eran la imágenes que la mantenían ocupada.
Las caracolas no dejaban de emitir sonidos cadenciosos, distintos tonos como letanías o campanas de sumergidos monasterios.
Su cola de escamas pequeñitas había adquirido el color malva de la vida.
Sus manos de dedos puntiagudos que bien fuerte sostenían la peineta, lucían anillos de perlas ambarinas.
Ni se dio cuenta que el agua estaba teñida de verdes increíbles y que una fragancia nueva la invadía.
Comenzó a mirarse sorprendida.
Despertó del letargo y conmovida comprendió que había llegado a otra orilla.
En esa línea divisoria entre el Atlántico y el Cantábrico, en la mágica playa de Ribadeo.

 

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