CUENTOS RELATOS Y MICRO RELATOS

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Febrero  2.019  nº 16 

La Dirección no se responsabiliza de las opiniones expuestas
por sus autores.
Estos conservan el copyright de sus obras 

COLABORAN.Leonora Acuña de Marmolejo ( IWA)…  Beto Brom ( Galilea Israel)…Adrián N. Escudero ( Argentina)… Andrea Fregoli (Argentina)…Elsa Lorences ( Argentina)…José Lissidini Sánchez ( Uruguay) Ángel Medina (España)…Salomé Moltó (España)…Gustavo Páez Escobar ( Colombia) …María Sánchez Fernández (España ) 

 

Por: Leonora Acuña de Marmolejo (IWA)
EL  SUICIDA*

     Ligia Landaverde había estado esperando a Roberto Altavilla su marido, quien como siempre, solía llegar a casa todos los días laborales a las siete de la noche. Llevaban una vida feliz y armoniosa, y ni la más leve sombra de duda nublaba ese bello cielo de su relación marital. Se habían casado quince años atrás, y tenían una hija, quien a la sazón  contaba catorce años de edad.

     Roberto Altavilla, salía cada día de su casa a las siete de la mañana. Al medio día llamaba a su mujer muy mimoso, solícito y cariñoso. No faltaban los ramos de frescas rosas color durazno -el preferido por su esposa-, en los eventos importantes de su vida, ni los regalos esporádicos, ni las notitas románticas que frecuentemente ponía como sorpresa dentro de su delantal o en la mesita de noche, como tampoco faltaban las salidas al cine o a la ópera, o a bailar en algún club de la ciudad. Todos estos detalles salpicaban de felicidad su vida de pareja aparentemente feliz.

     Ligia Landaverde, siempre estaba preocupada por mantener su hogar muy organizado, y por tener a su marido complacido en todos los aspectos. Se consideraba una mujer feliz, y pensaba que a diferencia de muchas de sus amigas, ella tenía un compañero ejemplar: Amoroso, solícito, y cumplidor de sus deberes como esposo y como padre.

     Pero sucedió que aquel  día fatídico -que marcó su vida con la carimba del desengaño y la desilución-, recibió una llamada perentoria pidiéndole que se hiciera presente en el hospital San Bernardo de la localidad.

     —Acuda rápido —le dijeron—, pues su marido se encuentra en la sección de emergencias en un estado muy delicado.

     Inmediatamente y sin más dilaciones con el corazón palpitante,  con gran aprensión, y angustia, acudió al hospital, y cuál no sería su sorpresa cuando encontró allí a una mujer desconocida que lloraba amargamente al pie del cuerpo cianótico y ya exánime de su marido. Allí supo con inmensa incredulidad y con dolor, que Roberto Altavilla su flamante esposo, convivía con esta otra mujer llamada Ofelia Betancourt desde hacía cuatro años, y quien tras de “poner las cartas sobre la mesa” también le confesó que en un comienzo, había sido engañada por él cuando al conocerla se había presentado ante ella como un hombre soltero. Se conocieron una vez en que Roberto fue al banco en donde ella trabajaba, con el fin de comprar unos “cheques viajeros” pues se disponía a salir de viaje con su familia.

     Tras de varias entrevistas, encuentros, y visitas, Roberto se había dado cuenta de que Ofelia estaba muy enamorada de él, y ante sus frecuentes reclamos de por qué no podían verse a diario como era lo normal, él se vio forzado a rebelarle la verdad: ¡Era casado! Ese dia, le rogó casi de rodillas que tuviese paciencia con la situación y que esperara un poco mientras él hacía los trámites para divorciarse de su esposa…

     Roberto entonces, había resuelto la situación visitándola en determinados días después de las siete de la mañana, mas nunca por la tarde o por la noche. Ofelia entonces, ante la promesa de él y haciendo “un compás de espera” como le pedía, había aceptado la situación. Así convivieron durante cuatro años, porque siempre cuando ella  le planteaba el problema de su inestable situación, él acudía a mil excusas: le lloraba y le suplicaba que le diera “un poco más de tiempo”. Y ella esperanzada e indulgente y compasiva, continuaba en esa convivencia.                                                                        

     Mas sucedió que un día Ofelia le manifestó su decisión irrevocable de no verlo más,                                                                         

pues había encontrado a otro hombre que sí la amaba de veras, y que no estaba atado a otra mujer, como él… Entonces Roberto Altavilla reaccionó en la misma forma en que lo había hecho por mucho tiempo: lloró, suplicó, y le prometió hacerla su esposa  a la mayor

brevedad posible. Pero al día siguiente al llegar a casa de ella intempestivamente por la noche -como nunca lo hacía-, encontró allí a su rival, un hombre muy apuesto y mucho más joven que él, quien se disponía según le informó, a salir con Ofelia al teatro.

     Ofelia estaba deslumbrantemente hermosa con su vestido de noche, y con su cabello recogido con peinetones de perlas en una chignón que enmarcaba su rostro nacarado dándole un aspecto de diosa. Al verlo tan molesto como reclamando derechos que no le asistían porque era un hombre ajeno, ella con determinación le dijo:

     —¿Por qué te sorprende  la situación? Yo honestamente, ya te lo había advertido. Te ruego por favor no importunarme pues a partir de hoy, en seis meses me casaré con Oswaldo mi prometido…

     —Si tú haces eso —le dijo amenazante y con fiereza inusitada—, yo soy capaz de suicidarme.

     Acto seguido se retiró cabizbajo pensando que había perdido la partida, y esta vez definitivamente…

     Aquella noche y como nunca lo hacía, Roberto llegó tarde a su casa; eran casi  las once, pues después de aquella escena tan deplorable y triste para él que se había acostumbrado a aquella cómoda doble vida, se fue por primera vez en mucho tiempo, a un bar para ahogar allí en el alcohol su pena,  su desdicha, y su derrota.

     Al verlo, Ligia su esposa en su intuición femenina y tras de olerlo a licor  y de notar su decaído estado de ánimo, se dio cuenta de que algo extraño le sucedía. Entonces le preguntó adónde había estado, y él muy dubitativamente le contestó:

     —Tuve que asistir en la oficina a una reunión imprevista.        

     En ese momento ella supo que su marido le mentía y que algo anómalo y deplorable que le ocultaba, estaba ocurriendo en su vida pues cuando él tardó tánto en llegar, ella llamó a su oficina y le contestó el propio gerente, quien le informó que ya todo el personal había salido como de costumbre a las seis de la tarde. Ella entonces guardó silencio, y aunque bastante intrigada por la mentira de su marido, optó por esperar para darse cuenta de lo que sucedería más adelante.

     Al día siguiente, Roberto casi por primera vez no acudió a su oficina, y muy temprano fue a ver a Ofelia al banco en donde trabajaba, pero ante sus quejas y reclamos, ella enfática le dijo:

—No insistas, por favor, pues de todas maneras yo estoy determinada a casarme para organizar mi vida. Ya me has hecho perder cuatro años con tu embuste y tus promesas. Él  entonces salió devastado, como si su mundo se hubiese derrumbado…

     Por la noche regresó otra vez a casa de Ofelia, y cuando nuevamente vio allí a su rival, dijo en tono amenazante y resuelto:

     —Yo te lo advertí, Ofelia—. Y sacando el revólver, en presencia de los enamorados se disparó un tiro certero en la sien.

     Cuando fue llevado al hospital era tarde ya: ¡estaba agonizando…!

* Cuento del libro “Fantavivencias de mi Valle” 2012 Ed. René Mario

Por: Beto Brom ( Galilea-Israel)
Altos decibelios del silencio

  Primer acto

El telón permanecía abierto.

La minúscula utilería mostraba una sala de casa de familia, un sofá grande con unos almohadones, a sus costados dos lámparas de pie encendidas, una mesa ratonera larga frente a él, repleta de vasos, copas y platos apilados; a simple vista usados, a entender por las botellas vacías en número no despreciable. En el medio del predio una enorme mesa de madera antigua, las sillas que constituían el juego, desalineadas como después de una reunión, fiesta o evento similar. Una pila de diarios, destacaba su presencia, al igual que decenas de libros desparramados sobre la impactante mesa. En un rincón un tanto alejado un pequeño sillón, como abandonado, de color rojo fuego; no obstante su lejanía del centro del escenario, invitaba las miradas de los espectadores sentados a la espera del comienzo de la representación teatral. A juzgar por los cuadros colgados en la pared del fondo, los dueños de casa, gustaban de motivos campestres,  naturaleza resaltada en colores y matices que otorgaban una sensación de calma, que parecería interrumpida por el desorden reinante en dicha habitación.

No se escuchaba música ambiental, propia de puestas en escena acostumbradas; el silencio ocupaba forzosamente los sentidos, en especial los auditivos, del público, resultando como un grito de atención frente a lo que allí ocurriría. La puerta, situada en la parte izquierda del escenario, pegada a lo que pareciera una pieza contigua, se abrió y un hombre entrado en años pasó sin cerrarla, se dirigió al sillón rojo, y mientras sacaba de uno de los bolsillos de su abrigada campera unos papeles, tomó asiento como desplomándose en él. Una luz amarillenta alumbró aquella parte de la escena. Montó frente a sus ojos un par de anteojos que le colgaban del cuello, y dio a entender que leía lo escrito en dichos papeles.

Transcurrieron ciertos minutos, que parecieron largos, mas nuestro señor, por lo visto absorto sobre manera en la lectura, solo atinó a reacomodar sus lentes, cambiar de posición y acercar la pequeña lamparilla sostenida de la pared cercana al sillón.

Dejó de leer, se levantó, por lo visto en la expresión de su cara, malhumorado, se acercó a la mesa del centro, revolvió entre los diarios, tomó uno y retornó a su sillón. En una mano las hojas del diario seleccionado, y en la otra los susodichos papeles continuaron ocupando en forma intensiva al nervioso personaje a decir  por la fruncidas del ceño y la tensión de su cuerpo, fácilmente notorios desde la platea.

Segundo acto

A los escasos segundos, por lo apreciado, llegó a un punto crítico, importante de la lectura, que le ocasionaron un notable trastorno, produjeron un temblor en todo el cuerpo, arrojó con furia papeles y diario al aire; a pasos acelerados salió de escena atravesando la puerta abierta, por donde hizo su aparición.

Se escuchó un golpe de puerta, ruido de una caída de algo al suelo, otro golpe de otra puerta cerrarse con mucha fuerza, a entender por el estruendo escuchado.

Nuevamente pasos enérgicos.

Apareció con los ojos, podría decirse fuera de sus órbitas, en una mano portaba un revolver, la lectura descalabró aparentemente su estado anímico, vociferaba con la boca cerrada. Levantó en forma agresiva los papeles diseminados por el piso, con su mano libre, los metió dentro de uno de sus bolsillos. Paso seguido pisoteó la hoja del diario; estaba fuera de sí, caminó hacia un lado, dio unos pasos, volvió al sillón, se sentó y volvió a pararse, sus nervios exaltados no le permitían controlarse. Miró sin ver a su alrededor, parecería dispuesto a tomar decisión sobre su accionar. Se acercó casi al límite del escenario, frente al público auscultó uno a uno, como buscando ayuda, sus facciones eran duras, un cierto sudor fue perceptible en su rostro.

Más de uno de los espectadores, aterrados por el desenvolvimiento de la trama, quizás se ofrecerían a dar una mano al desesperado, pero nadie atinó siquiera a moverse. Éste, levantó frente a si el arma empuñada, la miró con extrañeza, sin comprender el significado de su existencia, acercó su otra mano como ayuda para sostener aquel raro artefacto. Era con seguridad el momento crítico. El silencio fue en aumento, era posible escuchar los latidos apresurados del corazón de aquel sujeto, sus ojos perdieron luminosidad, un leve carraspeo quiso romper el silencio reinante.                                 

Todos esperaban un desenlace ya próximo, la tensión en la sala era escalofriante, una ráfaga helada cubrió el ambiente; el descarriado optó por volver sobre sus pasos dirigiéndose a la pieza continua. La puerta se cerró.    

Un susurro de un parlante quiso llamar la atención del público clavado en sus asientos. Una suave voz de mujer se dejó oír, por intermedio de parlantes, en toda la sala del teatro:

*Mi triste corazón no me permite continuar llevando esta vida doble. Siempre te querré, de ello no hay duda, has sido para mí, un todo, y quizás más. No te arrepientas de haberme querido, no te ofrecí posibilidad distinta. Lo que por mi has hecho no tiene recompensa. Tu amor sincero, aceptó todas las inclemencias del tiempo a mi lado. Soy culpable, sin serlo, me obligo a sufrir sin merecerlo. Tu dimensión es comparable al vuelo de la paloma de la Paz, aquella que busca eternamente llegar a tierra firme. Mis costas no son buenas, las arenas están pisoteadas por huellas extrañas. Olvidar no puedes, amarme es fuera de tu alcance. Mi pensamiento vuela sin cesar, como un sentimiento en un camino errado. No me esperes, yo continuo aguardando tu llegada*

Se escuchó un ensordecedor ruido, típico de un disparo de arma de fuego; las paredes del teatro no pudieron sostener el impacto, la acústica del techo refutó en los tímpanos de los espectadores. Más de uno saltó en su butaca, hubo quienes exclamaron un gritillo de susto…

Lentamente fue cayendo el telón.

  

DESCUBRIMIENTO 

A mi amada esposa, María Teresa Susana
Helguero de Escudero. Con devoción y amor pleno…
“No son las personas felices las que son agradecidas; son las personas agradecidas las que son felices” –
Rec. Alejandra Trejo, Los Ángeles , CA.

Hoy, mirando hacia el Jardín, descubrí el susurro leve de las flores.
Ellas, hablaban… Hasta parecían conversar animadamente…
Pero el susurro no era la palabra. Era la brisa matinal la que ondeaba sus pétalos
húmedos aún por el rocío de la noche…
Y descubrí entonces que la verdadera voz de las flores, era el silencio…
… Un silencio tierno y apacible que hablaba, sí, pero murmurando desde la belleza y
el encanto de esas esencias pulposas y multicolores que brotaban, como pájaros
vegetales, desde las entrañas mismas del Estío santafesino…

De pronto, una de ellas, la más bonita, fragante y altiva pareció sonreírme. Como hace
cuarenta y cinco años atrás (o, quizás, cuarenta y ocho, porque el noviazgo de rubores
también cuenta)… Y la llamé María Teresa, o Teresita; y con un suave roce de mis
dedos, toqué sus labios rojos y la nombré, con la solemnidad que su alcurnia
demandaba: ¡Reina de mi Jardín de la vida para la Vida…!
Sí… Fue todo un descubrimiento agradecido por tanto afecto, cariño, devoción y
apego acumulados en una perenne juventud de niño enamorado…
Feliz aniversario de bodas, esposa mía, dije también en silencio junto al silencio de las
flores… Y mis lágrimas al alba se unieron al rocío nocturno para embellecer, aún más,
su femenino rostro de mujer verdadera…

Por Andrea Fregoli ( Argentina) 

SOQQUADRO

Hice una estupidez. No tendría que haber escuchado al ciego. O hacerle caso. Porque a mí el ciego no me habló. Leí sus palabras en un libro viejo, de páginas amarillas, quebradizas. Tomé su indicación como un mandato inexorable. Mi abuela me diría:-¿Escuchaste a un ciego? Te hubiera convenido hablarle a un mudo.

Todo parecía tan simple. Y los resultados prometidos espectaculares. Mucho mejor que una intuición o un sueño para jugar a la lotería y ganar. Consistía  en agregar a lo que existe un adarme de su propia substancia.

Empecé con lo que tenía más a mano. Solté en la terraza los dos canarios que mi abuela adora. Total, pensé, igual le queda Laika, la perrita negra, para que le haga compañía.

Después salí.

De una obra en construcción me apropié de un puñado de arena. Caminé las diez cuadras hasta el mar. En la playa abrí la mano. Volví sobre mis pasos y  me senté a tomar un café, pensar y esperar. ¿Me apresuré?¿Demasiada ansiedad? En el libro hablaba de consecuencias pero no de que fueran inmediatas.

Al volver a casa encontré los primeros efectos. Mi abuela lloraba en la cocina con la pequeña jaula en las manos.

-Un soqquadro, un vero soqquadro.

Ella no es italiana, pero la abuela que la crió, como ella me crió  a mí, sí.

Aunque sea difícil, le voy a tener que decir que fui yo quien soltó los canarios. Probablemente me perdone. Y detrás de esa confesión, contarle lo otro, lo otro que siento que viene, a causa de sumar a la inmensidad de la playa, un puñado de arena.

LA LECHERITA
Por: Jaime Hoyos Forero
( Colombia)
                           
No lo va a creer, querido lector. En verdad, son cosas que parecen inverosímiles; cosas que solo a mí me pasan. Y hoy le contaré, mi buen amigo, una de ellas para que no perezca en el olvido sino que quede eternamente en la memoria
Vea usted: desde pequeño tuve afición por las mujeres. Y no me arrepiento. A los siete años me enamoré (también he sido aficionado a enamorarme) de una lecherita
 La lechera es algo que no existe en el siglo XXI: la leche llega en botellas o cajas o tarros o bolsas  al supermercado y eso es todo. Uno toma la botella, la paga y se la lleva a casa. La leche es homogeneizada, semidescremada, con proteínas, y no demoran en fabricar leche digitalizada: hará usted clic en su computador y le aparecerá allí, sobre la mesa, un delicioso vaso de leche, no proveniente de la vaca, sino del laboratorio.
Pero en el siglo en que yo nací, la cosa no era tan fácil. La leche llegaba a la ciudad en cantinas enormes transportadas generalmente por borricos o mulas. La lechera, un ser de carne y hueso, humano, generalmente joven, golpeaba en cada casa para dejar la cantidad que le pidieran.
Algunas lecheras iban acompañadas de un niño, familiar, que les ayudaba. La que iba a casa, llegaba  siempre con su  pequeña hija. Era una niña  -yo diría que un sol- no mayor de nueve años, de la que  me enamoré perdidamente. Aunque fue un amor platónico y pasado por leche, pocos, muy pocos hombres pueden decir que conocieron la maravilla del beso a los siete años. Es algo así como un capullo de rosa que brota del corazón y se abre, trémulo, entre los labios.
Esa y otras precoces aventuras me sucedieron cuando niño. Se las iré relatando poco a poco, querido lector. Por hoy, lo invito a recordar –o a soñar si no tuvo mi suerte- con ese beso tan dulce y  tan puro…Con el beso de la lecherita.

Por: José Lissidini ( Uruguay)
Despeinada y sin maquillar

Calor. Balacera y muerte. La locura de dos bandas rivales, que decidieron matarse, en una noche de carrera por la ciudad. Encaramados a los vehículos, los “Perros” armados hasta los dientes, con un arsenal que ni las fuerzas del orden ostenta. Sed de venganzas y drogas, que desencadenan la locura y el caos en las calles, caiga quien caiga. Todo comenzó con un disparo, en plena fiesta de carnaval, uno de los jefes de familia que cae herido, una columna partida, y la condena de por vida, la paraplejia. Después, solo fue cuestión de tiempo. Sobrevino el “ ojo por ojo y diente por diente”, y los cadáveres que comenzaron a diseminarse por la ciudad. Claro que a veces la muerte, a minorista, pone nervioso, no alienta el negocio. Por ello aquella noche, las balas y la sangre al mayoreo, costaban menos. La Policía no se mete. No asoma ni un azul, el pelo a las calles. ¿ Para qué exponerse? El problema no es con ellos. Mejor. Que se maten unos a otros, los narcos. Cuando la cosa se tranquilice, habrá tiempo para salir a levantar muertos, total, nadie va a caer preso, y si por milagro cayera alguno, el juez lo deja suelto en menos de lo que dura un suspiro. Encima, corte de luz. Lo que faltaba. ¡Ah! Para completar, también tormenta. Una de esas noches, en las cuales el infierno, suele liberar a los demonios. Noche infame de nervios y temor, del “Jesús” en la boca, como decían las abuelas, de las familias en sus casas como animalitos nerviosos, temerosos, con las puertas y las ventanas trancadas, por si una bala perdida. Horas que parecen eternas.
Pero toda noche pasa y otra mañana llega. Como cuando el aguacero ha caído, y se ha llevado lo feo de las calles, el excremento y la basura. Ella había dormido mal, entre continuos sobresaltos, por el sonido de los tiros, a veces más cerca, otras algo más lejos.. Arrastraba los pies al caminar, y cuando se miró al espejo, se descubrió horrenda, pero no le importó. Café. Café. Café. Martillaba su cerebro. Así que, lo único que hizo en el baño, fue orinar y a la cocina por café. El sol  iluminaba un cielo muy azul y despejado, y en la calle, dominaba un silencio pesado y sospechoso. Mediaba la taza, cuando comenzó a sonar el timbre insistentemente, tanto,
que molesta y, dispuesta a decirle de todo a quien llamaba de aquella manera, soltó con algo de brusquedad cafetera y taza sobre la mesa, volcando algo del líquido negro y humeante, para acto seguido, enfilar hacia la puerta, y tirar de ella con un ímpetu inusitado.
El individuo allí parado, la contemplo por unos segundos sin despegar los labios,
enseguida abrió desmesuradamente sus ojos, dibujo una mueca espantosa en su cara y sin un sonido, se desplomó. Ella quedó congelada, sin saber qué hacer, de pronto, con un gesto algo teatral , manteniendo una mano en el picaporte, con la otra, acomodo un poco el pelo, mientras balbuceaba a modo de justificativo:
– Aaaaaah, bueno…No es para tanto, creo..Esta bien,que me agarró despeinada y sin maquillaje, pero no es como para desmayarse así. Mirá que hay gente grosera, en este mundo. Pará un poco.-. Y cerró la puerta, dejando al hombre tirado en la vereda.
Mientras se dirigía, ahora enojada, en dirección a la cocina, a retomar el café que había dejando stand by, de su boca escapaban palabras disparadas cual metralla:
– ¡ Pero, que tipo más atrevido! ¡ Se habrá visto! ¡ Que desfachatez! ¡ Que mediocridad humana ! Así estamos. La educación, ¡ a la mierda! Mirá que andar borracho, a esta hora de la mañana.¡ ¡Que se vaya a dormir la “Monas”, y no joda!
Laura, nunca alcanzó a ver la gran mancha rojiza oscura, en la espalda del tipo,
ocasionada por los dos disparos.

Por: Elsa Lorences de Llaneza TAL VEZ

Era pequeña. Tendría nueve o diez años. Estaba sentada en el tronco de un árbol que un rayo travieso había partido en dos. Con sus codos apoyados en sus rodillas y las manitas  sosteniendo su cara, miraba el paisaje verde coronado de montañas nevadas, allí en su Asturias Natal.
De vez en cuando se fijaba en las ovejas que pastaban a su alrededor y las contaba. Si alguna de ellas faltase, tendría que salir a buscarla, tal la orden recibida. A su lado una cestita con su merienda.
Sus pensamientos volaban. Pensaba en su mamá y en sus tres hermanitos, dos mujeres y un varón, que estaban haciendo distintas tareas por el campo. En su papá ya no pensaba. Los había dejado cuando ella era bebé para ir a probar suerte a otro país y nunca había regresado. Tal vez ella, en algún momento, podría hacer lo mismo y salir de esa monotonía que la aburría.
Y ese “Tal vez” se dio cuando tenía diecisiete años. Alguien le propuso a su mamá llevarla a América. Una vida más promisoria, más posibilidades para crecer culturalmente y salir de esa vida dura de campo que no era para ella, frágil de salud.
Aceptó con alegría y como despedida dijo: -“Prepárese madre. En dos años devolveré el dinero que nos prestaron para que yo pueda viajar, y luego todos mis esfuerzos estarán puestos en llevarla conmigo. Vaya preparando su valija, falta poco. Se abrazaron con la emoción de una madre y una hija que tienen que separarse quien sabe hasta cuando.
En pocos días, llegó a un lugar de la Provincia de Buenos Aires, Argentina.
La primer parte de su promesa la cumplió. Devolvió peseta por peseta el dinero que
adeudaba. El trabajo aquí también era pesado. Limpiar para otros y recibir órdenes no era grato, pero quedaba otra promesa para efectivizar. Cuando ya faltaban unos pocos pesos para terminar de pagar el viaje de su mamá, recibió una carta escueta y dolorosa: – “Lamento mucho comunicarte querida hermana, que madre murió ayer. Hoy efectuamos sus exequias. Paciencia y fortaleza. Te queremos” –
Lloró como se llora la falta de una madre y más, porque también lloraba por un sueño perdido.
Al poco tiempo se casó con un compañero de viaje y vecino del lugar donde había nacido. Ellos querían tener un hijo, pero el sueño se derrumbaba mes tras mes. Tal vez en el otro….. decían para consolarse, y tras diez años de casados ese “Tal vez” se hizo realidad nuevamente, y una niña vino a alegrar sus vidas. Así pasaron muchos años, hasta que un día partió a encontrarse con su amada madre.
Mamá querida: Tal vez, en cualquier momento, nos juntemos las tres para abrazarnos,
besarnos y no separarnos nunca más.

El Instituto de la Resucitación
Ángel Medina ( España)

 Conocía a aquel hombre desde hacía años. Un día enfermó, hasta el punto de correr riesgo su vida, siendo internado. Por aquellos días yo me encontraba ausente. Mi amigo era un hombre que amaba la belleza. Era licenciado en Bellas Artes y practicaba con notable éxito la escultura y la pintura, y su inquieto espíritu se abría a todo lo que fuese expresión artística, como la literatura y la música. Yo solía hablar con él para enriquecer mi conocimiento (es sabido que mucha gente resulta banal en sus conversaciones ,que se reducen a los deportes o a comentar
las noticias sensacionalistas o del corazón); lo mismo conversábamos sobre los viejos filósofos, muchas de cuyas obras siguen vigentes hoy, como “La República”, de Platón o “El discurso del método”, de Descartes, que sobre los maestros de la pintura, cuya genialidad se plasma en grandes expresiones pictóricas ( recuerdo que una vez me comentó con gran prodigalidad de detalles acerca del cuadro “La Venus del espejo”, de Velázquez, que se exhibe en “La National Gallery”, de Londres, del cual parece ser que pintó tres desnudos y sólo se conserva este  retrato, creando su propia imagen de la divinidad, aunque la idea de pintarla de espaldas,
sosteniendo Cupido el espejo en el que se perfila su autor, procedía de Tiziano, haciendo la observación para que me fijara en la lámina, en cuya posición no debería resultar posible ser reflejado el rostro). Un verdadero preciosista, en toda la extensión del término.

Al cabo del tiempo volvimos a encontrarnos y lo noté algo extraño. Parecía frío e insensible, rehusando hablar de aquellos apasionantes temas, por más que yo insistiera. Finalmente, me hizo una pregunta desconcertante.

– ¿Te gustaría poder resucitar?
– ¿De qué me estás hablando?- contra pregunté escéptico.

Por toda respuesta, me dijo entonces:
– Mejor que lo veas. ¡Acompáñame!

El taxi nos condujo a un lúgubre caserón situado a las afueras de la ciudad. Anochecía, y las luciérnagas comenzaban a invadir la bóveda del cielo que se desplegaba sobre nuestras cabezas, haciéndome sentir la pequeñez de lo que es ser hombre. Nos recibió un hombrecillo de aspecto algo tétrico. Era muy alto y enjuto de carnes, cabello escaso, desordenado y grisáceo, algo quijotesco, ojos hundidos y enormes bolsas que bordeaban las cuencas, orlando sus mejillas una barbita lampiña. Su rostro era alargado y los pómulos salientes como dos manzanas maduras. Calculé que debía frisar los ochenta o quizá algo más, caminando a
zancadas, doblando el espinazo a cada paso que daba. Su raquitismo lo cubría un traje negro y zapatos del mismo color, pareciéndome que coqueteaba con las pompas fúnebres.

Descendimos por una escalera de caracol repleta de óxido que venía a extinguirse en el inicio de un largo corredor, a cuyo fondo había una puerta blindada. Dentro de la estancia que custodiaba el hierro se encontraba un hombre de compostura bonachona y regordeta, y en uno de los extremos una mesa metálica que soportaba el peso de una máquina de electroshock, una vitrina con tarros y jeringuillas, y una cámara frigorífica, antojándoseme que todo aquello era una sala de despieces.

Después que nuestro anfitrión se embutiese en una bata oscura, cuyo peto estaba reforzado por un hule, chasqueó los dedos y el ayudante penetró en un cuarto contiguo para regresar al poco portando una camilla sobre la que descansaba el cuerpo de un cadáver. Antes que tuviese tiempo para reaccionar, mi amigo me dijo que el doctor Molokov era un reputado científico formado en la extinta Unión Soviética, el cual investigaba la muerte y trabajaba en un proyecto mundial de resucitación, habiendo conseguido antes notables éxitos con animales.
Yo no sabía si sonreír, enfadarme por el misterio con que me había conducido hasta allí, o salir corriendo. Pero la curiosidad me retuvo, queriendo ver el final de aquella farsa. Como me encontraba algo histérico, aduje que una cosa era los experimentos con bestias y conseguir alguna reacción de tipo nervioso y otra bien distinta aquel propósito con humanos. Pero mi incertidumbre aumentó cuando me dijo: “¡También! ¡También!. Ten paciencia”. A lo que contra-objeté: “¿Y tú qué sabes?”, escuchando de sus labios: “¡Te lo digo yo!,” reafirmándose, aunque sin poder ser más explícito ante la inquietante y penetrante mirada del sabio.

Aquél parecía el cuerpo de un mendigo. Personas que malviven y acaban reventándoles el hígado de tanto tetrabrik de vino peleón, o hastiados de la vida terminan por arrojarse por un puente. Molokov retiró la sábana que lo cubría, dejando su cuerpo al desnudo. No debía hacer mucho que se había apagado su vida y, para verificar su estado- yo creo que fue una exhibición para impresionarme- le untó con crema, conectó unos electrodos y le aplicó una descarga eléctrica.
Al notarla, los músculos reaccionaron como si quisieran saltar del interior del cuerpo (fue inevitable que me remontase a la niñez, cuando una Navidad degollaron en casa a un hermoso pollo, y decapitado dio un brinco, desparramándose la sangre a borbotones, alcanzando el techo), y, observándolo con detalle, me sobresalté.
El docto me miró displicente y me dijo:
– La homeostasis se ocupa de las variaciones de la temperatura en los organismos que aún conservan vida. Es evidente que este hombre está muerto, pero no lleva mucho tiempo, pues la musculatura ha respondido al estímulo. Pronto se advertirán en él los cambios postmorten. Primero, la rigidez de la cara. Después, sobrevendrá a brazos y tórax, hasta alcanzar las piernas, y antes de las veinticuatro horas será completa. La autolisis, es decir, la devastación de los tejidos, hará el resto. Finalmente, cuando esté completamente destruido se iniciará la putrefacción. ¡Yo lo evitaré!
– ¿Cómo…?- balbucí estupefacto.
– Resucitándolo.

Al escucharle hablar con tanta convicción, sentí un espasmo. Pero, haciendo de tripas corazón, asentí, invitándole a proseguir.
– Esto es la visión de lo que nos ha de pasar a cada uno de nosotros. Sin embargo, la
misión de la ciencia es investigarlo todo, incluso al peor de los males que es la muerte.
Porque el proceso de la muerte no es sólo lo que usted contempla ahora, sino sobre
todo la desesperanza de eso que llamamos “espíritu” o “alma” y que yo prefiero
denominar como “conciencia”; y es que, al morir enterramos para siempre el deseo de vivir. A la aniquilación material se ha de añadir la destrucción del “ser”. Si nacemos para vivir, si la vida impregna toda nuestra persona ¿por qué hemos de morir? ¿Qué contradicción de la naturaleza es esta? ¿Qué imagen de dioses somos si acabamos convertidos en gusanos, auto-devorándonos la corrupción de un sepulcro?

En tanto pronunciaba su discurso material-metafísico, Molokov hizo una indicación a su esquelético ayudante, el cual le proporcionó un frasco con un componente desconocido, carente de etiqueta alguna, figurándome que debía ser de su invención, así como una jeringuilla dotada de una aguja extremadamente larga. Luego, fue pinchándole en diferentes zonas del cuerpo el compuesto- me aclaró que era celular- y poco a poco fue atenuándose el rigor mortis. Finalmente, le practicó una pequeña trepanación e introdujo el catéter por el orificio, penetrando a través del mismo la solución. Confieso que me asusté al verle mover lasmanos y recuperar paulatinamente el color perdido. Pero cuando realmente casi me desmayo, fue al verificar que, siguiendo su mandato, como aquel Lázaro que volvió a la vida- no me gusta la comparación, y todo lo visto, aún pasando por el tamiz de mis propios ojos, me resulta un acto de brujería- le ordenó con voz autoritaria que se levantase.

Mis ojos expresaron el espanto. No así mi amigo, ni el científico, que se frotaba las manos de satisfacción, seguro de que acabaría siendo reconocido por la Academia de las Ciencias, y también por la propia humanidad. Vencido el aguijón de la aniquilación, el peor de los males temidos por los hombres, todo se reduciría a un pesado sueño. Entonces, me decidí a preguntarle.
– Estoy sorprendido, Profesor. Pero, dígame ¿qué sucede después de experimentar
volver a la vida tras el hecho biológico de la muerte? ¿Cómo ha de reaccionar el
resucitado?

El lumbrera miró a mi amigo. Era evidente su complicidad. Al punto, me dijo con tono paternal, que aunque había dado el primer paso, todo era mejorable. Ciertamente, había recuperado la materia muerta, transformándola en viva y para ello las nuevas células eran las artífices. Estaba en condiciones de resucitar el envoltorio humano, no así el espíritu.
– Lo hombres a los que resucito- me confesó- recuperan el cuerpo, pero no el alma.
Todavía no estoy en condiciones de volver a traerles la sustancia de la sensibilidad: en una palabra, el recreo de la belleza que representa el arte. Para eso tendremos que aguardar. Estos son los albores.

Guardó silencio durante unos segundos, quedando yo pasmado. Mi testa estaba convulsionada y comenzaba a comprender. Y echándole la mano por encima de su hombro lo apartó de mí y se lo llevó al otro extremo de la sala, cuchicheándole, a la par que el resucitado bostezaba con cara de lelo.
– ¿Le ha dicho usted que…?- me pareció escuchar.

Cuando regresaron al lugar en el que me habían dejado, encontraron que yo ya no estaba allí.
Apresuradamente salí de aquel Instituto de la resucitación, en tanto que mis neuronas hervían  en busca de alguna explicación a lo sucedido. Era lo que había experimentado mi amigo cuando fue sorprendido por la crisis que le condujo hasta la muerte, deduciendo que previamente debía de tener contratado los servicios de Molokov para el caso de que fuese necesaria su reanimación corporal. Corporal, sí, porque, como pude comprobar, había perdido cuando lo encontré su interés por la belleza y lo sensible. Un hombre que se recreaba en la admiración por el arte, había quedado relegado a la condición de la insensibilidad. Y eso se me antojaba tanto como vender su alma. Yo, aunque amaba la vida, prefería ser una persona, con sus limitaciones en el tiempo, sí, pero tal como la naturaleza me había creado. Hombre y no medio hombre. No me agradaba la posibilidad de llegar a convertirme en un autómata. Ya no volvimos a vernos. No sé si volvió a tener una segunda muerte y una nueva resucitación.
Tampoco me importa. Yo prefiero seguir siendo yo mismo. Una persona con toda la acepción de la palabra. Aunque con la limitación que impone Cronos, con cuerpo y alma.

Por Salomé Moltó ( España)
UN DESLIZ LO TIENE CUALQUIERA

Con el plato de fresas se acercó a la ventana, volvió hacia atrás y se sentó en la pequeña mesa y se puso a pensar mientras iba comiendo lentamente las rojas y duras fresas que había comprado aquella mañana, eran para su nieta, pero estaba segura que  ya no vendría a visitarla como hacía cada día, después de salir del colegio y antes de ir a las clases privadas de matemáticas o de inglés y francés que hacía durante toda la semana.

La niña era un encanto, adoraba a su abuela,  y para ésta, el fundamento de su existencia, poco importaba lo que costaban las clases extraescolares, aunque eso de saber tantas lenguas no acababa de comprenderlo, le hubiera gustado más que hubiera aprendido a tocar el violín.

Pero ahora,su hijo había cometido la estupidez de enamorarse de una moza y había abandonado a su nuera e hija. “Es mi hijo, pensaba, pero ¡qué tontería, increíble! Con una familia tan estupenda, tan buena y …” No compraría más fresas, para qué si su nieta ya no vendría a verla, pensaba mientras injería las fresas.

.-¡Qué hace, no se las coma todas! Oyó una voy a sus espaldas. Era su nuera Hortensia que había entrado sin que ella se diera cuenta.

.- Mi hija está por llegar, como todos los días, preparele  el vaso de leche y las fresas, usted es su abuela, ésta es su casa tanto como la mía lo es de ella y también lo es de su hijo a pesar de la tontería que ha hecho

Sonia miraba a su nuera sin a penas comprender lo que le decía.

.-No se preocupe, él volverá, a su hogar, a su familia, un desliz lo tiene cualquiera.

Por: Gustavo Páez Escobar( Colombia)
Elíxir de vida

            La silueta del viejo desapareció por la esquina. Fre­cuentemente recorría esa vía donde se ofrecían libros baratos, expuestos en burdos estantes o en el físico suelo, que miraba y manoseaba. Y luego de no adquirir ninguno, avanzaba con dificultad y se escurría con cierto aire que lo mismo podía ser de insatisfacción que de conformismo.

            Diríase que el viejo era un intelectual arruinado, o un profesor jubilado, o un militar en retiro, o el saldo de alguna persona importante llegada a menos. Cualquiera de esas condiciones, y otras del mismo estilo, se imagi­naban los siete u ocho vendedores callejeros, habituados a observar el recorrido del anciano entre tenderete y tenderete, por donde se detenía sobre cada libro en exhibición.

            Podía ser también un cazador de joyas, de esas que agotadas en las librerías y desterradas del mercado regular solo sería posible pescarlas en el revol­tijo de cualquier esquina almacenadora de cancioneros de arrabal, de textos escolares mutilados por sucesivas generaciones, de revistas pornográficas, de manuales de ciencias ocultas o de esa, en fin, inclasificable gama que va del folleto ordinario hasta el best seller de actua­lidad.

            Las sospechas de los vendedores parecían bien enfo­cadas. Y mantenían una coincidencia: se trataba de un personaje misterioso. Era, con todo, pésimo cliente, si nadie había logrado venderle mercancía alguna en los varios meses de sus constantes correrías, no obstante el esmero y la paciencia con que le complacían sus deseos y curiosidad.

            No se conformaba, como el común de la gente, con detenerse en los títulos, sino que repasaba las páginas, leía una frase o tomaba un apunte, y hasta rebuscaba, entre existencias encajonadas, algo que pa­recía habérsele perdido. Demostraba, en esta tarea de investigador, cierta impaciencia, cierto afán por desen­trañar el tesoro. ¿Cuál tesoro? Solo él lo sabía.

            Rutina indescifrable la del vejete, encorvado y famé­lico, soñador y taciturno, que repetía la misma escena día tras día. ¿Buscaba un incunable? Era posible, pero ninguno de los comerciantes se atrevía a averiguarlo, pues su porte abstraído no se prestaba para intimidades. ¡Incunable! ¡Vaya absurdo más grande para estos me­nudos vendedores que apenas conocían textos corrientes, carcomidos y desbaratados!

            Se había formado en la cuadra de los libros callejeros un raro ambiente de protección, con buena mezcla de afecto y algo de piedad hacia la soledad del viejo. Su escuálida figura, retocada con inocultables vestigios de gente distinguida, dejaba la sensación de uno de esos personajes nacidos en los libros de caballerías, de aven­turas y misterio. Estos comerciantes, ignaros de literaturas encumbradas y vacíos de cono­cimientos elementales, resultan propagandistas expertos para colocar su mercancía. Repiten doctrinas extrañas con la misma familiaridad con que tratan a Julio Flórez, a Vargas Vila o a Jorge Isaacs, solo por mostrar conocimientos.

            Algún día tendría que enfrentársele uno de los ven­dedores al enigmático visitante. Se escogió a Edilberto, muchacho de veinticinco años, ágil de mente, refinado en sus modales, de fácil expresión y el más “erudito” para acometer la empresa. Con cuatro años de un bachi­llerato llevado a empujones, pero medio bachiller al fin y al cabo, y no medio analfabeto como sus colegas que apenas habían tenido escasos estudios primarios, Edil­berto sobresalía con luz propia y era el líder de aquel pequeño mundo del comercio “intelec­tual” ubicado en calles y andenes y expuesto a sufridas intemperies, pero con humos de grandeza, por ser di­fusores de cultura.

            Sería Edilberto, sin duda, hábil para dialogar con el anciano. Como la charla habría de conducirse a nivel intelectual para que suscitara interés y pudieran despe­jarse las incógnitas, se había metido en la mollera datos y minucias sobre los temas, los autores y el in­tríngulis de la mercancía, “su” mercancía, que era la que presentaba atractivo para las incursiones del viejo.

            ¿Sería doctor? No cabía duda. Los an­teojos enmarcados en abultada montura de carey, el abrigo bien acolchado, la corbata sobria, la mirada profunda, la frente amplia, como signo de capacidad, el bigotillo esmerado, el andar metódico… todo, absolu­tamente todo, le ponía talante doctoral a la figura enjuta. Sería escritor, o filósofo, o periodista, o magistrado… Todo eso, y mucho más, cabían en persona tan respetable, tan culta, tan escondida en su sabiduría.

            Mientras así divagaba Edilberto devanándose los sesos, el viejo se aproximaba a la caseta. Se apoderó del primer libro, pareció devorarlo con los ojos, lo contempló en absoluto mutismo, y pasó al siguiente. Buscaba, según parecía, novedades, y Edilberto las había preparado para retenerlo y evitar que pronto se deslizara al puesto ve­cino.

            —¡La vorágine! —comentó Edilberto—. La última edi­ción que ha salido. Y vea usted, doctor: la pasta es de lujo, el papel es satinado y tiene preciosas ilustraciones para hacer más amena la lectura. Por más conocida que sea, siempre será obra imprescindible en las bibliotecas cultas. ¡Qué fantástica imaginación la de“nuestro” José Eustasio Rivera! Veo la selva con su crueldad, con su violencia, con sus pena­lidades y sus atractivos…

            —¡Ah, La vorágine! ¡La vorágine! —suspiró el viejo.
            —Para usted le tengo un precio especial.
            —¡La vorágine! —seguía suspirando, mientras toma­ba otro libro.
            —¡Love story! —anunció Edilberto—. El gran best seller. Ha batido todos los cálculos y se sigue vendiendo a millones en el mundo entero. Está traducido a ocho idiomas. ¡Tierna historia de amor! Un amor elemental, casi absurdo para el siglo veinte.
            —¡El amor, el amor!… —puntualizó el viejo.
            —¿Le gusta el amor, doctor?
            La pregunta quedó en el aire y la mano nerviosa del anciano se había dirigido hacia la Celestina. Edilberto se sintió acomplejado. Había sido imprudente. Estuvo por unos instantes indeciso, pero reaccionó cuando notó que el anciano no mostraba ninguna contrariedad. Preguntarle a alguien que ha llegado a la edad tembleque si le gusta el amor, puede ser un desatino.
            —¡Oh, Celestina! Fiel retrato de una época de vicios escondidos en los bajos fondos del siglo XV… Celestina, la alcahueta Celestina, me hace recordar a tanta coma­dre de nuestros días. ¿Verdad, doctor? El libro se ve viejo, como la edad a que pertenece, pero es una curio­sidad de biblioteca. Ojalá usted, que conoce tantos li­bros, quiera ilustrarme sobre aquellos episodios oscuros.
            —¡Celestina, la alcahueta Celestina!… —fue todo su comentario.

            No por eso Edilberto se corrió. Miró al anciano y lo halló animado, en medio de su postración. Si de algo no había duda era de su decrepitud. Se notaba frágil. Sus dedos, rugosos y comprimidos, pasaban ahora con lenti­tud las páginas de Luz, la revista especializada en consejos sexuales, la de las píldoras mágicas contra la impotencia, contra la frigidez, contra el desamor, la biblia de cabecera sobre las técnicas de alcoba y sus efi­caces mecanismos. Edilberto miró de reojo al viejo, que estaba absorto en una de sus páginas, y prefirió callar.

            —Sin duda gusta usted, doctor querido, de las novelas de aventuras. Mire apenas algunas de mi abundante re­serva: Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Doña Bárbara, Papillon, El padrino…
            —¡Basta, basta! —interrumpió el viejo, y se alejó.
            Su silueta se volvía más diminuta conforme se aproximaba a la esquina por donde siempre se esfumaba ante la mirada de los libreros. “Maldita sea”, se rascó la cabeza Edilberto. Y pensó que hubiera sido preferible señalarle libros de ciencia, o de poesía, o de historia, o de ficción, y acaso de humor, material todo que tenía listo para pregonarlo como el cantante de específicos o como el enredador de baratijas.

            Ya no dudaba Edilberto de que se trataba de un intelec­tual arruinado. Intelectual, por su aspecto; arruinado, por su renuencia a no comprar nada. Aunque no descar­taba tampoco que podía ser uno de esos personajes ex­céntricos que tanto abundan en las grandes ciudades. Así pensaba, dándole vueltas al asunto, cuando el chi­rrido de llantas que han frenado con brusquedad lo dis­trajo de su dubitación. La gente se arremolinó en torno al cuerpo que había quedado inmóvil, aprisionado por el peso del carro. Un chorro de sangre dramatizaba otra tragedia común.

            Edilberto se irguió de puntillas, tratando de vencer las dificultades del tumulto que cercaba a la víctima. Eran como buitres que caían sobre la presa. Allí, menos soli­tario que antes, por estar ahora rodeado de una solida­ridad novelera, pudo reconocer al viejo. Había quedado tal como era en vida: con cierto aire que lo mismo podía ser de insatisfacción que de conformismo.

            Después, poco a poco, los curiosos se fueron retirando cuando el muerto había dejado de ser noticia. Todos pa­recían saciados con la novedad, y el suceso había per­dido su lado llamativo. Quiérase o no, los muertos resultan atrayentes, a veces espectaculares, con cierto fondo fo­lletinesco. Parecía un pobre diablo atrapado en la calle que se había aventurado a atravesar sin medir el peligro de curvas borrosas.

            Solo quedaron las autoridades y los vagos. Edilberto podía contarse entre los vagos, si por presenciar los movimientos policivos que se eje­cutaban sobre el cadáver del transeúnte anónimo, por quien no pensaba hacer nada, desatendía su puesto de revistas, folletos y libros baratos.

            La policía es experta en requisar, en un minuto, los cadáveres. Poco fue el inventario: un pañuelo, un papel con anotación de libros y autores, y en bolsillo del grueso abrigo, como todo capital, un billete de a peso y una moneda de veinte centavos. Algo más, aunque de­masiado deteriorado: la licencia de conductor. Era el carné de chofer público, que debió serlo algún día el anciano.

            ¡Un chofer, un ciudadano raso!… A Edilberto se le ensancharon las pupilas. ¿Y el catedrático, y el escritor, y el filósofo, y el personaje inmenso que aparecía detrás de las gafas abultadas y el porte docto­ral? Las letras del nombre se habían desdibujado y no fue posible recomponerlas, pero el retrato dejaba adivinar una lejana época del viejo.
            —¿Alguien conoce a este individuo? —preguntó el pa­trullero.
            El silencio fue unánime. La policía, con todo y ser tan hábil, no había levantado completo el inventario, y Edilberto ayudó a incluir otro objeto que permanecía oculto a un lado del cuerpo. Era el libro de pastas su­cias y hojas mutiladas, con este título desacoplado: Cómo ser joven a los cien años.

            Antes de retirarse, le cruzó las manos sobre el libro, encima del pecho. No supo Edilberto en qué instante se lo había embolsillado el viejo. Fue seguramente cuando nombraba de afán a Los tres mosqueteros, y a Doña Bárbara, y al Conde de Montecristo… Poco le impor­taba perder el libro, que al fin y al cabo era pacotilla, por más cotizado que lo fuera del grueso público. Sintió, en cambio, frustración por sus fallidos intentos de con­fesar al viejo, de desentrañar su misterio. Y desazón por la burla de este al llevarse, furtivamente y en sus pro­pias narices, un elíxir de vida, sin dejarle una simple tarjeta de identidad.

                          

EL VALOR DE UNA SONRISA
Por: María Sánchez Fernández ( España)                                                                                                                                                                                                                               

      La mañana asomaba triste y gris. Espesos nubarrones amenazaban tormenta y brillantes  culebrinas se batían entre las nubes  con sus punzantes  espadas de acero. Diríase que aquella mañana era la hermana gemela del alma de Justina, la mujer solitaria que vivía en una mínima buhardilla en el mismo centro de aquel barrio inmundo de la gran urbe.

    Justina era huraña, triste y, a veces, provocativa e insolente. Rehuía del trato con la gente, aunque ésta le brindara amistad y compañía. No confiaba en nadie, pues  pensaba  que  en este mundo  el  ser humano  no es leal, siempre es dado a la maldad y a la mentira. Si por azar hacía  algún breve comentario con una persona −cosa extraña en ella−,  sobre algún hecho ocurrido  en  el vecindario  o sobre alguien en  particular,  sólo era  para censurar y tirar por tierra  ese hecho ocurrido  o criticar  a  ese alguien  en  cuestión. Sus ojos, siempre agresivos, y su espíritu terriblemente crítico, no veían nada bueno en el comportamiento del ser humano. Solamente veía barro sucio en el asfalto, espinas hirientes en los rosales  y gritos estridentes en los juegos de los niños. ¿Por qué esa extraña forma de ser? Nunca su cara se iluminaba con una sonrisa. Su semblante, siempre serio y huidizo, ahuyentaba cualquier acercamiento que, con buena  voluntad,  le ofrecían. Su alma estaba en constante lucha con  el bien. En ella anidaba una terrible tempestad de sentimientos abyectos donde había un desbordamiento de múltiples descargas negativas.

   Una mañana, yendo al mercado, creyó oír un tenue vagido. Buscó y vio que refugiado junto a un contenedor de basuras había un pequeño gatito. Estaba tan escuálido y desvalido que en un gesto de ternura − raro en ella−,  lo cogió y lo metió bajo su abrigo. Lo llevó a su buhardilla, lo alimentó y lo cuidó hasta que el animal creció  para convertirse en su confidente y también en leal amigo. Ella amaba a “Fuco”, que tras  hacerse adulto, se transformó en un felino juerguista y ladronzuelo. Por la noche se escapaba  por el  ventanuco que daba acceso al tejado, y allí celebraba sus orgías junto a otros colegas, aprovechando cualquier ventana  abierta para colarse en alguna cocina  y robar una buena  exquisitez. Después regresaba a casa y se enroscaba mimoso en el regazo de su ama ronroneando mientras ésta le pasaba la mano por el lomo.

  Justina aprovechaba esos momentos de placidez para hacer sus confidencias a “Fuco”, que con los ojos entornados, la escuchaba con atención aparente, pues los gatos son egoístas y solamente piensan en ellos mismos, pero a pesar todo,  de vez  en cuando, le lamía con cariño sus envejecidas manos.

  Así le decía para desahogar su alma que tanto le atormentaba:

  − “Soy pobre y nací pobre. Crecí prácticamente en la calle. Recuerdo a mis padres como en un lejano sueño donde todo se me borra. Siempre estaban enfermos por la maldita droga y el alcohol. Un día se los llevaron  de casa  unos hombres  vestidos de blanco en un gran coche,  también blanco, que hacia sonar una desagradable sirena.  Yo, al verlos tan desvalidos lloraba. Ellos me dijeron acariciando mi carita que era para curarles su enfermedad, que pronto estarían de vuelta, pero ¡ay!, ya  no los vi más. A mí, al no tener a nadie que me acogiera, me internaron en una especie de colegio que se llamaba orfanato,  donde en vez de instruirme y enderezar mi vida, esta se fue haciendo cada vez más dura y torcida, igual que un árbol que crece sin guía. Solamente aprendí, por medio de otras compañeras mayores que yo, cosas que una niña pequeña debe ignorar. Me fugué cuando tuve ocasión  y viví como una alimaña escondiéndome en los rincones más inmundos para que no me encontraran. Robé en los mercados para alimentarme, en algunos tenderetes callejeros de ropa usada para cubrir mi cuerpo, también aprendí, con mucha vergüenza, a mendigar. Cuando llegué a la pubertad mi  físico era agradable y pude entrar como sirvienta, sin aval alguno, en una casa de gente acomodada. Allí supe lo que era un verdadero hogar, pues había concordia y alegría. Me trataron bien, pero un día el señor se fijó demasiado en mí y entrando en mi habitación me tomó por la fuerza. Lo tuvo por costumbre hasta que estuve totalmente sometida a él. Un día,  la señora  se enteró y me expulsó de la casa sin ningún miramiento. ¿Qué miramiento iba a tener conmigo cuando había roto, contra mi voluntad, su vida conyugal y su confianza en mí? Fui culpable, lo sé,  porque consentí y no me marché  de  aquel hogar en cuanto me sentí  de tal manera ultrajada, pero ¿adonde ir? Cuando me vi en la calle, sin ningunas referencias que me avalaran, deambulando, sin saber adonde dirigirme, tropecé en un barrio bajo con algunas chicas de las que se dice son de vida alegre…., yo diría más bien de vida triste ¡pues qué desgraciadas son! Me ofrecieron trabajo y me vi recluida en la vida de un burdel. ¡Que asco, Dios mío! ¿Cómo puede un hombre tratar así a una joven, casi una niña? Cuando no había muchos clientes salíamos a hacer la calle. Cada una teníamos nuestro sitio.  En mi caso era  la esquina de una gran avenida muy concurrida. Allí hacíamos  el reclamo y así contentábamos a la “señora” o al chulo que nos explotaba. Si no cumplíamos aquel miserable trabajo también recibíamos algunos golpes. Cuando me encontraba sola  en mi cuchitril  lloraba y lloraba ¿Esta sería mi vida para siempre? ¡Cuánta repugnancia sentía! Nadie me ofrecía una sonrisa  en esa oscura y triste vida mía y aprendí a no sonreír jamás. Nunca tuve motivos.

  Un buen día conocí a un cliente que me sacó de allí. Era un hombre  mayor que me ofreció su casa, su protección y también su apellido. Ya era la señora de….

  Por primera vez en mi vida me sentí alguien. Pude al cabo de mucho tiempo reír y cantar, cosa que nunca había hecho en mi maltratada existencia. Este hombre, ya mi marido, me trataba bien, y aunque pobre, a mí no me faltaba de nada, pero ¡ay! , la felicidad no duró mucho tiempo, un día me lo apuñalaron en el portal de mi casa para robarle el poco dinero que llevaba en el bolsillo. Es injusta la vida. Retorné  a mi habitual tristeza para nunca más salir de ella. Desde entonces no confié en absoluto de nadie, ni mucho menos en la buena suerte. Jamás volví a sonreír.  Creo que la suerte nace con la persona y yo nací huérfana de ella”.

 “Fuco” bajó de su regazo para beber de su plato un poco de leche, se estiró, bostezó, fue a su cajoncito de arena y volvió a las caricias y confidencias de su ama.

  − ¿“Te aburro, mi  pequeño  amigo? Eres  lo  único bonito y auténtico que me queda en la vida “, − decía Justina con voz quebrada.

  El gato le lamió socarronamente las manos y siguió ronroneando.

  La mujer cerró los ojos. Tenía mucho sueño…, mucho sueño, ¡estaba tan cansada! Se durmió y soñó…, soñó con algo tan extraño….

  Caminaba por un largo sendero que llevaba a un altísimo acantilado, donde las olas del océano chocaban con fuerza sobre las rocas. Se paró junto al precipicio y vio la inmensa majestad de aquel  mar embravecido  que parecía  una  réplica  de  su  propia conciencia. Miraba  y creía ser una  de aquellas rocas maltratadas por la furia del viento y de las aguas. Así era y había sido su vida, zarandeada por los vientos de las malas pasiones e inundada por el fuerte oleaje que empuja a una existencia sucia y maltratada. Es verdad que la gente le brindaba apoyo, todo el mundo no es malo, ¡tan desvalida la veían!, pero ella ya no confiaba en nadie, ¡había recibido tantos  y tan duros zarpazos desde que era una niña,  por la adversidad del mundo que le tocó vivir o  por aquellas  personas a las que ella creía que eran justas y buenas!

  En su sueño se acercó más al precipicio para sentir junto a ella esa inmensidad embravecida que tanto le atraía. De pronto el mar pareció calmarse, ya no era una fiera  enfurecida, sino un brillante remanso que la invitaba a unirse a él.  Perdió pié y resbaló viéndose como una cometa planeando en el aire.  Cayó muy suavemente,  siendo recogida por los brazos de un pescador que por allí faenaba con su barca.  Era un joven fornido de piel morena y sonrisa blanca. Ella al mirar aquel semblante que le sonreía  se encendió en su alma una llama  nueva e inesperada. Algo que nunca hubiera creído. Le devolvió abiertamente la sonrisa.

  Al cabo de dos días,  notando su ausencia  y, advirtiendo los lastimeros maullidos del gato, el portero de la vivienda  entró en la buhardilla y vio a Justina, reclinada en su sillón, durmiendo ya su sueño eterno con una plácida  sonrisa que le  iluminaba la cara.

 “Fuco”, terriblemente cansado, dormía en su regazo con su monótono ronroneo.

 

1 comentario en “CUENTOS RELATOS Y MICRO RELATOS”

  1. «El valor de una sonrisa» posee los ingredientes del buen cuento: crea interés desde el principio; la acción sigue un camino fijo, no se distrae; la protagonista -Justina- se vuelve atractiva para el lector; la trama se desenvuelve con naturalidad y sin rebusques absurdos; el acto final es rápido y sorpresivo… Es un cuento con contenido humano, ágil, creíble. Otro aspecto digno de destacarse: el correcto manejo del idioma. María Sánchez Fernándes, la autora, para mí desconocida, ha escrito, sin duda, un relato agradable, de fácil lectura. Parece haberse cultivado, de tiempo atrás, en el arte de la escritura.

    Gustavo Páez Escobar, escritor y periodista colombiano.

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