CUENTOS RELATOS Y MICRO RELATOS

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Marzo   2.019  nº 17

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por sus autores.
Estos conservan el copyright de sus obras 

COLABORAN: Leonora Acuña de Marmolejo (Estados Unidos)…Magi Balsells (Barcelona/España)…Adrián N. Escudero (Santa Fe-Argentina) José Lissidini Sánchez ( Uruguay)… Miriam Noce-Santo Tomé (Argentina)…María Sánchez Fernández ( España)…César Tamborini Duca ( León /España)

Autora: Leonora Acuña de Marmolejo  IWA & Peace Activist
LA DAMA DE HONOR 

Cuando Alejandro llegó al altar de la Iglesia de San Bernardo aquella soleada mañana para contraer matrimonio con Julieta su adorada novia, pensó que estaba deslumbrante.
Más al mirar a su corte de honor, vio con gran admiración a la dama principal, una hermosa joven (que apenas si rayaría en los veinte años), ataviada con un hermoso vestido largo de tul color verde esmeralda.
Al salir del templo una vez consumada la ceremonia, allí en el atrio del templo Julieta le presentó a su marido la corte de gentiles muchachas que la habían acompañado, entre ellas a Zoraida la dama de honor. Cuando Alejandro muy cortésmente le dio la mano, a pesar de encontrarse en el éxtasis de su amor por quien ahora era su esposa, una emoción extraña invadió su cuerpo.Él no le dio mayor importancia a esto,más durante la fiesta de bodas, sin proponérselo,se dio cuenta de que sus ojos siempre se encontraba  con los de la joven sin dejar de admirar su singular belleza y ese aire de niña ingenua que tenía.

A la sazón él trabajaba en una empresa automotriz en Las Vegas, y ella en Nueva York como secretaria en una firma de arquitectos, en donde se habían conocido cuando él fue a solicitar los servicios de planificación para una casa que deseaba construir en una zona campestre en las afueras de la ciudad.
Cuando él y Julieta se casaron, se comprometieron a nunca mencionar la palabra divorcio. Y así habría sido, mas el destino cambió sus rutas. Dos meses después de la boda, Julieta conducía mientras viajaban por una carretera interestatal con rumbo a Nuevo México con el fin de disfrutar allí de su luna de miel por unas tres semanas, ya que cuando se casaron, no pudieron hacerlo debido a compromisos impostergables de la firma para la cual trabajaba Alejandro.
Aquel día y de repente, se encontraron con un camión de remolque que iba a unas veinticinco millas por hora y que debido al humo del tubo de escape, no se veía. Sin tener tiempo para frenar Julieta esquivó el camión, pero el automóvil en el que viajaban pegó en el eje de aquel. Una camioneta que venía detrás de ellos demasiado cerca, los chocó de lado, volcándolos. El automóvil de ellos se deslizó rodando más de 100 pies sobre el pavimento. Cuando la patrulla de auxilio llegó inmediatamente los trasladaron al hospital más cercano, mas deplorablemente Julieta falleció a los pocos minutos después de llegar. Alejandro aún permaneció en cuidados intensivos por algunos días más debido a las contusiones recibidas; mas fue dado de alta tras de dos semanas de hospitalización.
Cuando Zoraida conmocionada supo del fatal accidente y de la intempestiva muerte de su amiga con quien había tenido amistad desde que estudiaban en la universidad, fue a casa de Alejandro para presentarle su sentido pésame. Éste que se encontraba sumido en un mar de dolor inconsolable, agradeció sus muestras de condolencia y de confort.
Así continuó entre ellos una amistad muy solidaria y como buenos amigos amalgamados por el recuerdo de Julieta, a veces salían juntos a comer a algún restaurante o iban a disfrutar sanamente de una obra teatral. Pero ocurrió que poco a poco se volvieron casi inseparables, y un buen día, Alejandro se dio cuenta de que estaba enamorado de Zoraida, y al declararle su amor también supo con gran beneplácito que ella también lo estaba de él, mas que por cierto pudor no le había manifestado sus sentimientos.
Tras de un buen tiempo de noviazgo, acordaron casarse y precisamente en el mismo templo de San Bernardo como un gesto de amor hacia Julieta. ¡Cosas del destino! pensó Alejandro en el momento de recibir la bendición del sacerdote. Fue así como él vino a contraer matrimonio con quien en su boda anterior fuera LA DAMA DE HONOR!

Autor:Magi Balsells ( Barcelona )
LA PULGUITA

Con sus pertenencias al hombro se desplazaba una joven pulguita, brincando de pelo en pelo de un tranquilo perro, en uno de estos saltos apareció delante de ella una vieja y arrugada pulga, la reina de todas ellas, la cual paro sus saltos con estas palabras
.-Párate aquí, ¿donde vas joven pulga? Con tu autillo al hombro y con estas prisas ¿Qué te ocurre? ¿Te persigue alguien?
.-No Sra.reina de las pulgas, solo es que quiero encontrar un perro que sea mas limpio en el que ahora estoy.
.-Ya me dirás para que quieres cambiar a este tranquilo animal, aparte de su suciedad que no veo sea tan fuerte.
,.Quiero un perro de estos que su amo, lo cuida, lo lleva a la peluquería, donde le hacen peinados muy bonitos, que huela bien , no como en el que estoy.-
.-No sabes lo que pides, te explicare algo que me ocurrió en mi juventud por tener tus mismos deseos y después decides lo que quieras, pero primero escúchame
.-Soy todo oídos, seguro será algo importante
.- Así es, veras, cuando yo era tan joven como tu, nací en un perro que no era el sinónimo de la limpieza, no era por su culpa sino por los dueños que tenia, pero pese a todo era un animal muy tranquilo que me dejaba en paz, pero esto no era suficiente, quería algo mas hermoso, algo mas limpio, que oliera mejor y prepare mis bártulos y como tu me fui en busca de mi nuevo hogar, que no tarde en encontrar en un hermoso animal, bien cuidado, limpio hasta la exageración, pensé que allí seria feliz, pero que enseguida comprendí que había cometido un error muy grande
.- Pero si era lo que querías donde estaba la equivocación
.-Muy fácil, en sus dueños, lo lavaban cada día , con unos jabones muy olorosos que atacaban mi olfato, llevaba un collar antiparasitario, que aun que a mi me afectaba poco me molestaban las ondas que trasmitían, aparte cualquier movimiento que efectuara como si algo le hubiese picado, automáticamente era llevado al veterinario para que hiciera una exploración de su cuerpo en busca de algún elemento molesto, y los viajes a la peluquería, donde recortaban sus incipientes pelos llevándose en los mismos muchos amigos con esto consiguieron que muchos perdieran la vida, yo tenia que esconderme en los lugares mas insospechados para no ser encontrada, tuve mucha suerte, pero esto no era la vida que yo deseaba, por lo cual volví a mi anterior domicilio donde disfrutaba de las delicias de poder picar a mi amigo con deleite sin que nadie se preocupara de eliminarme y hasta este momento soy feliz aquí
¿Crees que vale la pena cambiar esta tranquilidad que tienes por una mejor estancia?
.-Pues mirado de esta manera , no creo que el cambio sea beneficioso, por lo cual me quedaré en este lugar, aquí por lo menos tengo el sustento asegurado y cierta tranquilidad .gracias por tu sabio consejo , pero ya sabes docta pulga que la juventud no tiene la experiencia que tu posees, y a veces cuando la consiguen ya es tarde

Adrían N. Escudero
Santa Fe -Argentina
ELLA

A la  Paz en la vida para Vida…

En especial, a su Poesía vital  y al Todo que la suscita y edifica..
Y en estas horas benignas del estío santafesino,  y, con gran afecto admirativo, a la amada Directora editorial del Magazin Aristos Internacional “ARISTOS INTERNACIONAL” (Alicante, España), Dra. Virginia Eunate Goikoetxea, amiga en las letras y hermana en la Fe y Humanidad, servidora de la Paz verdadera, y aroma de Cristo Jesús, Príncipe de la verdadera Paz: abrazados al Misterio del Verbo,  en su cálido y tierno Hogar del Maná de la Palabra; allí, donde las musas suspiran y los vates cantan, y, la Guerra, nunca alcanzará la dimensión de su cúspide armónica y benévola…                                                                                                                        

  Todos los días, al pasar por el lugar, la miraba.
   Más que mirarla, la observaba. O, más que observarla, la inquiría en cada detalle de su cuerpo quieto y frío. Simplemente, Ella estaba ahí, quieta y fría. Y parecía imposible cualquier cambio.
  Sin embargo, la pensaba (o imaginaba) un ser maravilloso –casi divino- presidiendo, en el opaco brillo de sus ojos, el nacimiento (o muerte) de los días, de las flores, de los árboles y de la gente que por allí pasaba.
  Hubiera deseado humanizarla para entender mejor su gesto de tímida credulidad; pero Ella también lo auscultaba aunque, desde tan lejos, que no habría podido superar jamás el abismo de soles abierto por la dirección de su extraña mirada.
  Era hermosa. La piel, blanca y suave. El tiempo no transcurría para esos espejos tibios y claros en los que, alucinado, se sentía –como poseído- reflejar. Tampoco para su rostro de marfil y los paños leves y tersos que envolvían su cuerpo despojado.
  Dio gracias por las manos o los vientres misteriosos que fueran capaces de modelar o engendrar, si se quiere, semejante arquitectura de belleza.
  Hubiera deseado besarla, acariciarla, tocar su alma clara de mujer tímida pero anhelante…
  Nunca pudo arrebatarse en tal arrojo.
  Ella siempre ahí.
  Novia de todos y de ninguno.
  Admirada. Tan admirada como incomprendida en su eterna soledad.
  Los árboles se inclinaban o aquietaban según soplara o no el viento único de las cuatro temporadas.
  Las hojas se vertían verdes o amarillas, en fervoroso clamor o límpida caída, según la estación.
  El sol alumbraba, las nubes solían llorar, y la noche (estampada por candiles y guedejas de luz), muchas veces la habían visto en aquel lugar.
  La gente turbaba en ciertas horas el mágico sitio donde habitaba, rompiendo su encanto con un rugir de autos, exacerbadas canciones estereofónicas o un griterío de niños que despabilaba con saltos y muecas el somnoliento y enmohecido aire de la gran ciudad…
  Los juegos y sus maderas y barras metálicas de mil colores, cimbraban, se mecían o dormían en alegre sueño, bajo el dominio nervioso de aquellos brazos y piernas audaces, quizá felices.
  Ella siempre ahí.
  Madre de todos y de ninguno.
  Admirada. Tan admirada como incomprendida en su eterna soledad.
  También estaban los otros en aquella peculiar estancia común a diversas expectativas e intereses.
  Los viejos.
  Con sus canas, sus bastones, sus sombreros y ropas de antaño. Sus pipas, sus tabacos, sus paraguas y sus diarios.
  Con sus quejas, sus reproches, sus recuerdos y sus muertos. Sus barbas, sus narices rojas, sus temblores y sus nietos. Y sus lánguidas y pulidas canchas de bochas.
  Silbando
  Algunas veces, alegres. Otras, melancólicos. Muchas, tristes y resignados. Como si pensaran que de nada sirve la experiencia de los que ya han vivido, para los demás…
  Cansados (o agobiados, quizá). Satisfechos unos; los más, no tanto. Pero todos, irónicos y suficientes, chispeantes e informados. Muriendo por vivir.
  Ella siempre ahí.
  Abuela de todos y de ninguno.
  Admirada. Tan admirada como incomprendida en su eterna soledad.
  Y fue en aquel día, en aquel inútil y aciago día, espeso de humedad y crepitante de humo y de cenizas, de hojas postreras y resecas, en otoño, a las tres de la tarde –dicen que-, sucedió…
  Ahora no había coches en las calles. La situación, muy comprometida en la democracia misma, había guardado a la gente vagar por la jornada gris.
  Toque de queda en el país.
  En casa, el pueblo esperando. La ansiedad como límite de la primera lágrima…
  Entonces ocurrió. Y lloró.
  Porque la acústica de la segunda guerra vibró, y la dejó ahí…
  … En su plaza. En el mismo lugar. Pero destrozada. Hecho polvo. O añicos. Descuartizada.
  Y lloró.
   Bajando la cabeza, ocultando su arma de estrenado soldado, mordió el pan duro de los mendigos, enfundó las manos en el calor de unos harapos abonados en sangre, y, salivando a la desgracia supo que, sin Ella, había muerto para él aquel lugar.-

 

Autor: José Lissidini Sánchez ( Uruguay)
La Tragedia y la Miseria

Suele pasar en la vida, con más frecuencia de lo pensado y casi, a modo de regla, que la tragedia suele enseñorearse sobre la miseria. Semejan hermanas, inmersas desde siempre, en una lucha irreconciliable, en la cual, lógicamente, la más fuerte siempre ha sido la tragedia, de acuerdo a la historia de la humanidad. No es raro, cuanto más pobre es el individuo o la familia, más intensa y cruel, es la tragedia, más saña le imprime a su quehacer. La tragedia es un delivery, que reparte las lágrimas a domicilio. La tragedia posee especial debilidad por las bromas, pero siempre son bromas macabras y de muy mal gusto.
Los hombres con rostros circunspectos, sostenía los improvisados ataúdes, por las improvisadas manijas. Ataúdes, si. Plural. Dos. No muy grandes. No, no eran manijas labradas. Se detuvieron frente a las mujeres. Una, ya bastante mayor, la otra, madura, aunque por el deterioro físico de las penurias de la vida, trabajo y privaciones, parecía muy cercana a la edad de la otra. Ambas, vestidas de negro, abrazadas como protegiéndose mutuamente. Sus ojos eran de un celeste pálido, el cabello, canoso, gris, ambas caras mostraban las marcas profundas y reconocible, que imprimen en el ser humano, la necesidad, la pobreza, la angustia,el pesar, la lucha diaria y sin tregua, durante años, casi, toda la vida, más el dolor. Pero hasta aquel momento, a su manera, la manera de los “pobres” habían sido ricas, a partir de aquel instante, solo eran dos pobres mujeres, a las cuales se aferraba una escuálida niña de unos diez años. El cabello largo, lacio, negro, caía por sobre sus hombros pequeños, hasta la cintura, en sus ojos, se mezclaba el miedo, la desolación y la incomprensión. A ella y sus hermanas, las mellizas rubias, nunca se les había conocido padre, solo una madre y una abuela.
Yacía el hervidero de gente, en el patio de la casa. La casa levantada bloque tras bloque, con las manos de aquella mujer, padre  suya, por tanto, acogedora. En el barrio la llamaban, “la casa de las mujeres solas”. Pero eso no importaba, porque estaba llena de risas, dos flamas doradas, blancas, de ojos claros y cabellos de oro, mas una negrita, que eran los chirimbolos, las luces y la estrella de aquel humilde árbol, que era su casa. Sí, la gente buena sufre. Aunque no comprendamos el por qué, de los repentinos y crueles castigos, aunque no comprendamos el porqué de los que son elegidos para ello. Lo cierto es que las cosas malas, pasan. Y porque pasan, aquella terrible tarde, estaban los hombres, cargando los improvisados ataúdes de las mellizas de doce años, que más abajo de la calle larga de pedregullo, a una cuadras de la casa, en la ruta, habían perdido sus pequeñas vidas, destrozadas por un ómnibus, al pasar corriendo por frente del que habían acabado de descender, al retorno de la escuela, sin percatarse que por el costado del vehículo, pasaba cual ráfaga, otro. Por un instante eterno, fueron palomas de túnicas blancas y moñas azules, palomas emprendiendo un vuelo eterno a la gloria, a esos campos bellos y eternos, donde su risas eran necesarias, donde las hebras doradas de sus cabellos, le falta banal sol para iluminar mejor, donde el celeste de sus pupilas angelicales, paso a ser parte del cielo. Fue demasiada belleza, la que el Creador presto por un tiempo breve, a esta tierra infame. Lo demás, solo tragedia y miseria. Tragedia, los cuerpos de dos muñequitas quebrados, el blanco, el azul y el rojo, sobre la alfombra asfáltica de la carretera. Miseria, porque no hubo dinero, para unas relucientes cajitas, donde guardar aquellas joyas. Fue entre el almacenero y el carpintero que consiguieron cajones, los mismos que durante años, pintados de verde claro, supieron contener quilos de fideos, en el almacén El Limonero, y los improvisaron féretros…, y bueno, si un Dios nació sobre paja entre animales, ¿dónde yace la vergüenza?
En el velatorio, predominó la conmoción y el estupor. Las mujeres lloraban a mares, los hombres tenían una cara de fin del mundo. Así fue toda la noche. A las diez de la mañana, el cortejo atravesó el living y saliendo al frente, atravesaron el espacio hacia el portón y salieron a la calle. Un romedal de gente.
¿Después que pasó? Se quedaron en un lugar del Cementerio. Los sepultureros hicieron su tarea, aunque no se tratara de lustrosos cajones. El sacerdote, que nunca se supo quién llevó, leyó unos salmos. Las madres, que no soltaban las manos de sus hijos, de seguro, se preguntaban, mientras los ataúdes descendían a las profundidades y luego la tierra caía en la excavación: – “Donde van los adolescentes y los niños”.- Un llanto general, dominó la escena.
Cuando todo acabo, la gente se fue retirando, y al atravesar las puertas del Cementerio, fueron calmando sus ánimos. Atrás, al fondo, junto a las tumbas sin lapidas de mármol, dos mujeres y una niña, abrazadas no podían contener sus lágrimas.
Pero, los pobres no tienen demasiado tiempo para depresiones, calmantes, acostarse a compadecerse o esperar el olvido. A las dueñas de casa , les quedaba una niña y una vida, a pesar de los silencios y la desolación, aunque nada volvió a la normalidad, pues allí se había instalado el demonio de la soledad y el insomnio.
De seguro, la mayoría de los que accedan a esta historia, crean equivocadamente que cada imagen, ha sido producto de una prolifera imaginación, y no se equivocan, ha sido producto de la imaginación que posee la vida misma, esa que carece de ternura y delicado lirismo.
Consideraciones aparte , siempre sobreviene esa pregunta, que a través del tiempo, nadie nos logra contestar: ¿ a quién condenamos, por la Tragedia y la Miseria?

Autor: Miriam Noce-Santo Tomé (Argentina)
Ana Alonso Álvarez

Mi pueblo se llama Morcadar. En realidad es un villorrio, donde confluyen todos los dibujos geográficos. Recostado en el fondo de un valle sobre el río que baja de la montaña, sus pinares perfuman el aire. Las piedras blancas iluminan el único camino que nos lleva a otro poblado. Las lomadas en curvas cerradas descienden para ocultar el campanario, que hora tras hora despierta el andar de los más ancianos, mayoría absoluta en Morcadar. La vida aquí es silenciosa. Sólo el agua que cae de la fuente de la plaza susurra su canto para solaz de las abuelas sentadas en la puerta o delicia de los chiquillos que mojan sus pies en ella. El precepto de nacer, crecer, reproducirse y morir se cumple con religiosa fruición. Nadie osa desviar la línea. Las comadres ayudan, enseñan, envejecen y mueren. A mí me enseñaron a coser y acepté mi destino; una tía-abuela que vivió muchos años en la región de Camariñas me enseñó el arte de palillar el tejido ligero y labrado: el encaje.

Ese año, 1903, la cosecha se había perdido. Fue necesario salir a trabajar. Doña Jimena, la modista del pueblo, me aceptó como ayudante. Llegar rápido a mi trabajo saltando piedras era un juego que todas las mañanas realizaba con mis briosos quince años.  Por la tarde corría a las nubes para llegar feliz a hacer los vestidos. Si eran de novia, mejor.

A lo lejos, un día divisé un grupo de campesinos que cortaban el camino, seguramente para ayudar a otros en desgracia. Al día siguiente nuevamente los avisté. Entre ellos sobresalía un porte erguido con herramientas al hombro. Desde ese momento estudié las mil formas de hacer coincidir su paso con el mío. Necesitaba ver de cerca a quien ya en la lejanía había acelerado los latidos de mi corazón.

Salía más temprano y apuraba mi andar, le ponía alas a mis pies y, ¡oh milagro!, él lentamente se atrasaba en su marcha para a lo lejos poder divisar nuestros rostros.

El frío, el viento o la lluvia no eran excusas para no mirar a ese hombre moreno y fuerte, al que yo llamaba simplemente “él”. A veces, la mirada era fija y sostenida, desafío de conocernos; otras, dulce y cálida. Todos los días en ese breve momento del encuentro, sin palabras, nuestras miradas permitían que se abrieran las puertas del corazón. Era necesario que él adivinara mis pensamientos y deseos; en sus ojos presentía la emoción contenida de calar muy hondo. Temblaba al sentir su presencia, el contacto visual diario, su hombría en la sombra del camino. Nada era preparado, todo irrumpía con fuerza, mi piel se erizaba. Cuando el minuto mágico concluía, cada cual seguía su camino. Con disimulo averigüé qué hacía ese grupo de mozos en terruños ajenos: ayudan a segar las cosechas, construyen hórreos o reparan muros de piedra.

Pese a las recomendaciones de Doña Jimena de que no concurra cuando el tiempo era malo, mi asistencia era perfecta.  Dos motivos fundamentales me llevaban a esa casa, él y poder leer las revistas de moda que aunque atrasadas siempre se recibían en su casa. Muchas veces intercambiamos ideas renovadoras sobre la vestimenta de las mujeres campesinas o de aquellas que vivían en los pasos, para hacer más cómoda su ropa dentro de las casas solariegas. Soñaba entre puntada y puntada, hilvanaba ideas. La indumentaria para mí era un desvelo, aligerar el cuerpo y sus movimientos. Las jóvenes aprobaban mis ideas, pero sin autorización de sus madres no las llevaban a la práctica. Las señoras mayores sonreían ante mis probables cambios, pero jamás permitían nada nuevo u original. Yo atesoraba mis proyectos para días cercanos; celosamente retenía algún dinerillo para un mañana en otras tierras.

Se olía la primavera en el verdor de las montañas cubiertas de robles y pinares, y en la levedad de mis polleras que la brisa mecía. Ese día la expresión de su rostro delató un cambio. Su mano extendida buscó la mía y supe que a partir de ese momento se unían nuestras vidas y el futuro. Sin palabras bajamos la cuesta que nos llevó al próximo poblado. Al llegar, una animada concurrencia nos recibió en un día de feria comarcal. La mirada todavía estaba unida en la emoción de estar juntos. Nuestras manos con fuerza y ternura demostraban aquello que jamás habíamos pronunciado: deseo y amor.

La posada fue testigo de nuestra unión. Cada gesto daba cuenta de nuestra total entrega, sólo éramos dos existencias amándose. Transgrediendo a Dios y a los hombres.

Supe después que él se llamaba Antonio, y que tenía veinticinco años. Sus padres, muy pobres, habían vivido en pallazas y no había recibido tierras por herencia; pero su espíritu lo hacía un hombre seguro de su destino: como buen catalán, reservado, serio, trabajador. Con mis ahorros -que siempre llevaba escondidos en mi cintura- alquilamos un altillo que decoré con moños y encajes. Muy pronto la clientela comenzó a llegar. Siempre había en la región algún bautizo o boda, además de las ferias y romerías.

Abría en Sabadell una nueva industria textil y solicitaban principiantes para incorporar como operarios.  Antonio, esperanzado, quiso presentarse. Dejamos atrás el poblado que acunó nuestro amor y donde juntos tejimos un futuro lleno de proyectos; sobre todo mi sueño de darle libertad a la ropa de las mujeres. No con osadía, descaro o atrevimiento; sino con soltura, franqueza, espontaneidad. Cuando dejaba volar mis fantasías Antonio me miraba con cariño, pero no muy convencido de que tales liberaciones llegaran a ser realidad.

 Corre el año 1913. Europa está convulsionada. Hay rumores de guerra. Para mí, Sabadell era como estar ya en Barcelona, centro al Mediterráneo, con grandes tiendas y casas de costura.  Mi imaginación no podía contenerse.

Alquilamos una casa, esta vez más amplia, pues quería que mi nueva clientela y las ayudantes estuvieran cómodas; lentamente iría contándoles mis anhelos. Antonio, mi Antonio, ya no era el mismo. La fábrica con sus nuevos compañeros de trabajo, había cambiado a mi mozo de pueblo. Socarrón, reía al escuchar o ver a mis clientas apoyar mis inquietudes. La casa le parecía demasiado refinada para nosotros. Reconozco que vivía de y para ellas, cada vez más numerosas y exigentes. Aquel domingo en que la lluvia nos unió tras las ventanas en el amplio sofá, intenté, presintiendo que podía ser la última vez que estuviéramos juntos, buscar su apoyo, su mirada complaciente y enamorada. Mis sueños terminaron siendo un monólogo:

“Nada que aprisione, que coarte este impulso de libertad que anidamos las mujeres y al que todavía no le enseñamos a volar. Repasemos nuestro cuerpo: los brazos, prontos para abrazar, para rodear con afecto, para sostener según las circunstancias y empujar con fuerza todo aquello que nos ayuda a vivir. La espalda, no grande pero con la anchura justa para andar seguras en nuestro andar a lo largo del día. El largo de la falda, que no nos señale ningún desprejuicio, sino la practicidad de ir y venir por las calles de la ciudad, del pueblo o de las aldeas, nuestras raíces, ¿recuerdas? El cuello, sostén de la cabeza, cuna de nuestros pensamientos e ideales, debe lucir no tan cerrado, apenas escotado, sin exceso de volados o botones que aprisionen el calor en los veranos. Lucir su lozanía, su esbeltez. La cintura, lugar donde dos manos deben apoyarse para cadenciar al son de la música, el amor o el encuentro; no apretada para quitar el aliento u ocultarla, pero sí, allí arriba de la cadera, proclamando ¡aquí estoy! para lucirla, ancha o pequeña, pero nuestra. Que tu vestido hable por ti, que contribuya a satisfacer tu imagen. Aprender a seleccionar el mismo de acuerdo a ciertos rasgos de la personalidad. Saber llevar una prenda con cuerpo libre y cabeza alta es signo de seguridad en tí misma.”

Los ojos de Antonio habían cambiado, ya no estaban prendados en mis pupilas. Manifestaban sólo fastidio por tantas palabras. Cuando se levantó, igual que en el camino de Morcadar, supe que la mano tendida decía adiós. En silencio y sin rencores. En ese momento recordé a mis padres a quienes  había  abandonado  sin palabras; a  mi aldea, a mis parientes. Y a Doña Jimena.

Después, la continuidad del trabajo, las innovaciones, y el lento transcurrir de las noches. Necesitaba aturdirme. La ciudad crecía y la industria textil aumentaba sus usos. Mi creatividad era bien recibida en los salones de la alta sociedad y reconocida por la prensa.

Me mudé a un amplio salón del Centro Comercial, sobre un bulevar arbolado de pinos, que me recordaban en aroma y forma a mi aldea. La clientela se hizo más selecta. Maridos, novios y amantes esperaban a la salida apretando la billetera. Mis vestidos ahora eran moda. Accedía a vínculos, personajes y complicidad con mis clientas. A un mundo desconocido al cual no tendría entrada de otra manera.

Un caballero medianamente joven aguardaba con mucha paciencia a mi mejor clienta, Doña Mercedes Aragón Navarra.

Ese hombre cautivó mi mirar, rompió el mito del nunca más. Después de muchos años mis ojos pudieron buscar el espejo de otros para retratarme. Me enamoré a distancia.  ¿Quién era? ¿Qué lo une a Doña Mercedes? ¿Por qué otra vez la magia de las miradas golpea mi corazón? Doña Mercedes había sido mi primera clienta en el nuevo salón. Sus amigas compraban mis diseños exclusivos, y recibían con beneplácito los adelantos en color y texturas. No podía seguir mirando a ese hombre que acompañaba a Doña Mercedes, no era correcta mi actitud. Esquivé atenderla personalmente para no preguntar. Pero un día fue inevitable el encuentro y ella muy sonriente me dijo: “Mi hermano es muy tímido. Por mi intermedio te invita esta noche al teatro.”  Todo fue después una vorágine. Todo. Nuestro noviazgo, la boda. El viaje conociendo las grandes casas de moda europeas. Realidad de un sueño. Un hombre enamorado, nada tímido, que supo comprender y valorar mi trabajo, mi  esfuerzo y mi amor a la libertad.

Dentro de pocos meses tendré un chaval. Si es niña se llamará Antonia, y si es niño igual que su padre, Antonio -Don Antonio Aragón Navarra-

Los nombres que empiezan con “A” me traen suerte, lo digo yo: (marca registrada), Ana Alonso Álvarez.

Autora: María Sánchez Fernández
El triángulo

          ¡El triángulo¡ ¡Cuánta influencia ha tenido en la historia del hombre!

          Desde que existe la memoria escrita tenemos plena conciencia de la fuerza esotérica y enigmática del triángulo: el secretismo; el ocultismo. Ya sabemos que en distintas culturas y religiones como ocurre con la hebrea y la egipcia, el triángulo significa divinidad; la imagen perfecta del equilibrio. Ahí tenemos en la hebrea dentro de un triángulo equilátero el ojo de Dios, y en la egipcia el ojo de Horus u Osiris. Las pirámides egipcias, donde se encerraba el cadáver del faraón, estaban formadas por cuatro triángulos equiláteros y por cuyo vértice superior o cúpula debía de salir su alma hacia la eternidad, puesto que apuntaba al infinito. Después, en la religión cristiana, vemos el triángulo en el símbolo de la Trinidad: Dios en tres personas. En asociaciones secretas, como en la masonería, figura como uno de sus  símbolos principales También en otra muchas órdenes o sectas que por su gran número no menciono.

           Como oponente a lo divino tenemos lo satánico. En las sectas satánicas  el triángulo es el signo más importante de su culto junto con el 666, número que identifica la fuerza máxima del mal. Cada ángulo de un triángulo equilátero tiene 60º (666). También se dice de la astucia de la serpiente venenosa, que tiene su cabeza de forma triangular.

             En las culturas ancestrales de los indios de América también está patente el misterio del triángulo. Sólo citaré como una muestra la ubicación  de la ciudad sagrada de Machu Picchu que es señalada por un triángulo de luz solar reflejado sobre una piedra llamada “El altar del puma” Este altar o piedra se encuentra en el Huayna (Pico Joven) cuya luz se refleja sólo durante cuatro días a la salida del sol cuando comienza el solsticio de invierno. ¡Es hermoso ver como el sol toma parte en la magia del triángulo! Esta piedra está encerrada en dos círculos concéntricos. El inca creía que estaba regido por  el poder del cosmos para construir su ciudad santuario.

           Es curioso, pero estamos plagados de triángulos en logos comerciales, en señales de tráfico que previenen de un peligro, en billetes de banco, como el de un dólar, que muestra una pirámide truncada cuyo vértice flota sobre ella en espera de una posible unión, con una leyenda que dice: Anuit Coeptis – Rezo a Osiris  “Bendice nuestras empresas” . Otra vez Egipto. Otra vez volvemos a una cultura milenaria donde se rendía culto al triángulo  y precisamente en un país súper vanguardista como es los EE. UU.

          Más arriba he expuesto la simbología física del triángulo, es decir, la figura trazada; dibujada por el hombre o por el azar. Tenemos también la simbología que puede esconderse en el área mental. Muchas veces llamamos casualidades a las cosas que nos ocurren cada día, pero después, cuando recapacitamos vemos que las casualidades no existen. El triángulo siempre está ahí. Dominándonos, ajustándonos a su equilibrio y perfección. ¿Qué ocurre con el fenómeno de Las Bermudas? ¿Es pura fantasía o es realidad? Nunca lo sabremos por mucho que se investigue.

          Hace muy poco tiempo escribí un prólogo para un precioso libro que dos entrañables amigos míos habían escrito conjuntamente. Él, poeta y filósofo residente en una isla caribeña: Puerto Rico. Ella, poeta y escritora residente en la Pampa (Argentina). Yo, también poeta y escritora residente en España. Un día, mirando un atlas, pude observar que en la enorme distancia y trazando tres líneas rectas desde un país a otro formaban un perfecto triángulo. Sus vértices apuntaban a distintas direcciones. Direcciones físicas que se perdían en la inmensa geografía terrestre buscando quién sabe qué horizontes. También direcciones morales o emocionales, como pueden ser ideologías políticas, religiosas, o simplemente deseos de colaboración, hermanamiento y paz para otros mundos donde hay hambre, pobreza y guerra.  Pero ¡ay!, ahí estaban sus ángulos. Los ángulos del triángulo. Sus ángulos perfectos, abiertos, como en un deseo de abrazo eterno que convergían a un mismo centro: El amor por la belleza de la poesía.

          Anoche, en la vigilia del sueño que no llegaba nunca, estuve haciendo un repaso al archivo de mi memoria. Mi mente me devolvía estampas lejanas que yo había vivido, y llegué a la conclusión de que es el destino el que marca nuestra vida; el que marca situaciones tan insólitas como la que voy a relatar a continuación:

          Siendo muy joven me fui a pasar unas vacaciones de verano a la casa de unos amigos de mis padres que vivían en un pueblecito de la sierra. Él era el médico del lugar y de todos aquellos alrededores. También daba clases de biología en el Instituto de un pueblo grande y cercano. Vivían en una casita de dos plantas rodeada de frutales y de rosales que crecían salvajemente, en libertad, como debe ser en el campo. Muy cerca estaba la confluencia de dos ríos: el Guadalquivir y el Aguascebas, que formaba un gran estanque natural cubierto por el ramaje de grandes árboles donde los chicos íbamos a bañarnos en las mañanas en que el sol calentaba con fuerza. Las moscas nos acompañaban en enormes jaurías. Jamás pude ver tantas moscas en lugar alguno.

          Mi amigo tenía la consulta en casa, pero muchas veces había de desplazarse por una llamada urgente a algún caserío perdido por aquella geografía.  Recuerdo que el automóvil, un R-8 blanco, no lo utilizaba nunca, él prefería ir caminando seguido por su perro Nobel, ─animal grande, cabizbajo y de andar tranquilo─, por aquellos caminos de ortigas y lagartijas protegiéndose del sol con un grande y viejo paraguas verde, que en sus buenos tiempos sería negro. Formaban una estampa que hacía recordar al viejo Smiht y a su perro Azor sacada de una famosa  novela de Dostoievky.

         Algunas veces me gustaba acompañarle, y cruzábamos huertas y caseríos por caminos inhóspitos donde los rastrojos arañaban nuestra piel, y los mosquitos, que se hacinaban en grandes familias junto a las charcas que se derramaban del río, nos taladraban con sus aguijones.

         Una mañana llegó a la consulta un hombre nervioso y angustiado requiriendo en su casa la presencia del médico. Su mujer estaba a punto de dar a luz y el parto se presentaba difícil. Mi amigo, sin demora, cogió el maletín y su paraguas verde, y yo me dispuse para acompañarlo curiosa y contenta. Al vernos partir, Nobel se desperezó de su sueño, ahuyentó de una dentellada el vuelo de una mosca y nos siguió con su andar pausado. Al cabo de un buen rato llegamos a nuestro lugar de destino.

         La casa se encontraba solitaria en medio de una huerta sin ningún amparo humano. Un par de chiquillos, despeinados y llorosos nos esperaban en la puerta. Cruzamos el umbral con la veneración y respeto con que se entra a un templo y nos encontramos a la mujer, tendida en la cama, pálida y bañada en sudor que se quejaba con desesperación en medio de sus dolores. El médico le cogió la mano y la tranquilizó hablándole con ternura. Por la ventana abierta se oía el cacareo de las gallinas que retozaban en libertad picoteando aquí y allá, el mugido de una vaca y el rumor constante del agua de una acequia.

         El médico me dio algunas instrucciones que cumplí al momento con nerviosismo, y al cabo de unos minutos eternos apareció entre las piernas de la mujer una cabecita y el milagro de una vida. Era un precioso niño. Lo  tomó entre sus manos, le dio un ligero golpe en la espalda y un llanto débil nos saludó.

         No me sostenía en pié. Mi amigo me entregó a la criaturita en un gesto voluntarioso y firme   y yo, que estaba nerviosa y emocionada, después de lavarlo y envolverlo en un paño limpio, lo acuné y lo miré con cariño. Pude observar que uno de sus bracitos estaba deformado. Era considerablemente más corto, se inclinaba hacia atrás y los dedos de la mano no estaban completos. Angustiada llamé con la mirada al médico para que lo observara, y allí, apartados, en la penumbra de la habitación, formamos los tres una unidad. ¿Quizá un triángulo? Sí, un triángulo hipotético,  fantástico, pero un triángulo. El médico ayudó al niño a nacer y yo estaba allí sosteniendo a la vida.

         Pasaron varios años y no volví a disfrutar de otras vacaciones en aquella aldea.

         Un día, una llamada telefónica nos anunció la muerte de nuestro amigo. Inmediatamente nos trasladamos al lugar para asistir al entierro. Ya en el cementerio, cuando se disponían a darle sepultura, en un movimiento instintivo cogí el ataúd por si podía prestar alguna ayuda, y allí mismo, hombro con hombro conmigo y con la misma intención que tuve yo de querer colaborar, vi a un joven con un brazo más corto que el otro y que le faltaban varios dedos de la mano.

        ¡Otra vez el mismo triángulo, pero invertido! El niño-muchacho ayudando al médico en su última partida y yo estaba allí sosteniendo a la muerte.                                                             

Por: César Tamborini Duca ( León /España)
EL DÍA QUE MURIÓ BORGES

Este es un relato en el que conviven la realidad y la fantasía, al más puro estilo del “realismo mágico”. Realidad representada en las personas del mismo Borges, del autor del relato y de su propia familia. La magia surge a través de los personajes ficticios creados por el mismo Borges en algunos de sus cuentos. Fue publicado como FINALISTA en el “XXIV Premio de Relatos Breves” del Diario de León, en el Suplemento “El Filandón” del 17 de mayo de 2009.

Vivía en ese entonces  en Parque Leloir, un bucólico sitio de las afueras de Buenos Aires donde así como la población escaseaba sobraban los metros de terreno en cada vivienda. En nuestra manzana sólo vivíamos en forma permanente 3 familias (las restantes viviendas se ocupaban los fines de semana o en el verano) con la inmensa felicidad de estar en contacto con la naturaleza y sintiéndonos libres luego de la jornada laboral para disfrutar plenamente el ocio que un lugar así nos deparaba. Ocio matizado con las tareas de jardinería o la lectura, que es una de mis pasiones: en los anaqueles de mi biblioteca se acumulaban y mezclaban Erich Fromm, Ortega y Gasset, Nietzche, Alexis Carrel, Cortázar, Emilio Mira y López, Jacques Maritain, Roberto Arlt, ¡Borges!. Tenía todas sus obras, hasta esos 3 pequeños libros de ensayo que había preterido: “Inquisiciones”, “El tamaño de mi esperanza” y “El idioma de los argentinos”, que últimamente hizo reeditar su viuda (pese a que él lo había prohibido). 

Debo confesar que hubo un cambio en la percepción de la realidad en mi vida desde el sábado 14 de junio de 1986, el día que murió Jorge Luis Borges en Ginebra.

Solía quedarme hasta tarde viendo la televisión mientras Patricia y Juan Manuel (mi mujer y mi hijo de 6 meses) dormían. Como a los 2 o 3 días de la muerte de Borges se borró la pantalla mientras inquietantes rayas la cruzaban en distinto sentido; luego se aclaró totalmente y apareció en letra catástrofe el título de una de sus poesías, “El General Quiroga va en coche al muere”. Luego una y otra vez se repite la escena en que una partida detiene un lujoso carri-coche tirado por cuatro briosos corceles. Por la ventanilla aparece la imagen de alguien con tupida barba, renegridos y centelleantes ojos, que con su mirada torva y vozarrón potente pregunta y reclama “¡qué significa esto!”; alguien (Santos Pérez) se acerca en su cabalgadura y le da su respuesta en forma de pistoletazo en el rostro que queda destrozado, y la figura de la ventana en el carruaje cae muerta. Este incidente se reproduce algunas noches y después todo vuelve a la normalidad.

Como a los 15 o 20 días ocurre algo similar, pero el titular reza “La viuda Ching, pirata” y aparece una armada de seis escuadrillas, cada una con banderas de distintos colores y en una, con una serpiente como distintivo, iba una mujer que aparentemente comandaba las acciones que sucedían posteriormente en la pantalla: el ataque a un convoy de mercancías, el abordaje de las naves, la muerte bajo una tempestad de espadas de  aquellos que resisten, la celebración con aguardiente y blasfemias. Como en el caso anterior se repetía una y otra vez y después de algunas noches desapareció.

Y luego aparece un nuevo título, “El proveedor de iniquidades Monk Eastman” y la imagen muestra sucesivamente los relucientes “Colt” en los puños de los hombres de su banda en la batalla con la banda rival de Paul Kelly bajo los arcos del “Elevated” en el Distrito de Rivington.

Cuando imaginé que todo había concluido, pensando que quizás se debía a una broma alucinada de alguien con los suficientes conocimientos técnicos y medios para interferir las transmisiones y emitir imágenes a su gusto, pues habían pasado ya un par de meses sin novedades, una noche que estaba ensimismado en la contemplación de la televisión en mi butaca preferida de la biblioteca, sucesos posteriores llevaron inquietud a mi ánimo. Y no era para menos pues esa noche vi descender de los anaqueles, desde el sector correspondiente a las obras de Borges, a 36 capitanes transportando en bandeja de plata e incrustaciones de jade la cabeza degollada de Kotsuké no Suké, penetraban en la pantalla de televisión y la transportaban hasta la tumba del Señor de la Torre de Ako.

No comenté nada a Patricia para no inquietarla pero la noche siguiente me encerré en la biblioteca provisto de una enorme hacha, pues presentía que algo grave estaba por suceder. Ya me vencía el sueño sentado en mi butaca, con los ojos entrecerrados, cuando percibí ruido. El primero en bajar de los anaqueles fué Bill Harrigan (Billy the Kid) con su cara de niño; no le tuve piedad y le sacudí un hachazo, pero como comprenderán, con estas apariciones eso no tiene ninguna efectividad, y además no se puede reescribir la historia y no era yo el destinado a acabar con la vida del legendario pistolero.

De modo que para aligerarme ante la previsible huída dejé el hacha a un lado y ahora sí que el pánico se aposentó en mi cuerpo pues desde los estantes bajaban en tropel Don Illán de Toledo y el déan de Santiago (aquel con su magia hacía aparecer y desaparecer una enorme espada toledana en su puño izquierdo); Hakim que sin sus cuatro velos mostraba su monstruosa cara leprosa; Francisco Real (el “Corralero”) y Rosendo Juárez (el “Pegador”) y entre ellos dos “La Lujanera”.

Cuando los vi acercarse amenazadores decidí que la velocidad de mis piernas era la mejor arma de que disponía para contrarrestar las nefastas intenciones que adivinaba en el rostro de los mentados personajes; el “Corralero”, con su enorme cicatriz marcándole el rostro y con su facón  amenazante tejiendo filigranas en el aire es el que me inspiraba mas temor, si cabe, que los demás (mas aún porque yo siempre creí y sostuve que a él lo mató Borges -locuras de juventud- y tal vez se quería vengar en mí).

Al correr tropecé con una mesita donde reposaba una lámpara de kerosene que encendía todas las noches para sentir mas acogedora la estancia; se derramó el líquido y el incendio comenzó voraz alimentado por el combustible material que ahí se hallaba. Lo último que alcancé a ver fue a los personajes trepando a los anaqueles, penetrando en los libros que serían luego pasto de las llamas. Recuerdo haber escuchado   alaridos sobrecogedores, pero no sé si en realidad era yo el que gritaba.

Cuando desperté en el hospital con quemaduras en todo el cuerpo, Patricia me anotició* que “sólo” se había quemado la biblioteca (y debo reconocer que ese “solo” que sabía a gloria dadas  las circunstancias, me resultaba por otra parte tremebundo pues había perdido algunas obras que me resultaron difíciles de encontrar, entre otras “La Tierra Cárdena”, de H.W.Hudson y un tomito que estaba siendo objeto de estudio, el “Manual de la Lengua Pampa” de Federico Barbará), y todavía tengo la duda si lo que aconteció fue tal como yo lo percibí, o estuve soñando antes del incendio o si fueron delirios de mi imaginación cuando estaba postrado y con fiebre alta en la cama del hospital.

Ahora, miro a través del ventanal con rejas y veo la gente que pasa caminando por la calle –según me dijo la enfermera se trata de la calle Vieytes**-  algunos apresurados, otros detienen su marcha y observan con curiosidad hacia el hospital; eso no lo entiendo, porqué se detienen a mirar con curiosidad. Y otra cosa que no entiendo es porqué me mantienen con esta camisa, atada con dos tiras por la espalda que me impiden el movimiento de mis brazos.

                                                                        

CUENTOS , RELATOS Y MICRO RELATOS

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Enero 2.019  nº 15 

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Colaboran. Asba Barrenechea ( Argentina )… Leonora Acuna de Marmolejo ( Estados Unidos )…Adrián N. Escudero ( Argentina)…Eunate Goikoetxea ( España) … José Lissidini ( Uruguay )… María del Carmen Noce ( Argentina )… María Sánchez Fernández ( España ) 

LOS OJOS DE DHARMA
Por Asba Barrenechea Arriola

Tercer premio cuento
La Asoc. PROGRAMA ACOMPAÑANDO – ONG
Certamen literario “Rose – Mary Chomali Gomez”
BUENOS AIRES

Los ojos de Dharma son tan azules que me recuerdan el Lago Puelo. Aquel lugar maravilloso donde pasaba mis vacaciones de niño en casa de mis tíos raros.

Toda la familia los consideraban raros, yo no. Para mi eran la esencia pura de la vida. Claro que en ese momento no conseguía manifestarlo con estas palabras, pero ellos me daban una paz y una tranquilidad que de ninguna manera podía encontrar en las movidas calles de Buenos Aires.

En realidad, mi madre tampoco compartía el hecho de que su hermana se casara con ese personaje tan extraño que solo comía comida natural sin químicos ni agregados. Que llevaba el cabello largo, atado en cola de caballo. Aún cuando se estaba poniendo pelado y este peinado era un poco ridículo. A los chicos nos daba mucha gracia.

Pero la vida que da vueltas en caprichosos círculos de enseñanza la llevó a tener que enviarme todas las vacaciones de invierno y de verano a que pasara con mis tíos de la Patagonia a raíz de una extraña alergia que me afectaba sobre manera mi salud y solo lograba curarme en ese lugar paradisíaco que tan celosamente cuidaban mis tíos raros.

Recuerdo jugar entre las flores silvestres con Luna y Cielo mis primas. Andar a caballo por los senderos montañosos. Juntar frutillas y frambuesas del suelo en canastas de junco natural que hacia mi tía con formas rarísimas y hermosas.

Recolectar y preparar las frutas en una gran olla para hacer muchísimos frascos de dulce para todo el año.

Hacer panes en el horno de barro. Juntar la leña para el hogar.

Buscábamos los huevos y dábamos de comer a las gallinas y las codornices. Y siempre sembrábamos algo cuando yo los visitaba, para recordar cuando volviera que planta había nacido o que fruto se había convertido en dulce gracias a mi aporte de cuidado.

Será por eso que a pesar de tener que estar en la ciudad por mi trabajo siempre tengo mi tiempo para el pequeño espacio natural de la casa. Hago quinta y tengo frutales.

Por eso cuando nació Dharma, planté un cerezo. Dicen que cuando una vida llega a la familia hay que plantar un árbol. Yo elegí el cerezo. Para que cada primavera pudiéramos disfrutar de la belleza de sus flores.

Dharma tiene los ojos color del lago.

Me expresan un puro deleite de amor en su mirada. Dicen que los abuelos vemos a los nietos como los mas bellos del mundo.

Sus ojos me trasladan al lago, y su carita me dice lo que siempre me decían mis tíos, cambiemos el mundo con pequeñas acciones. Conservando la naturaleza, queriendo a los animales, plantando árboles, comiendo de manera natural, cuidando el planeta desde lo más simple.

Siempre le inculqué eso a mi hija, sin embargo, la inconciencia de otros tuvo que caer sobre su vida. Trabajaba en el polo petroquímico, la seguridad parecía estar controlada, pero aquel día que las máquinas dejaron de funcionar correctamente todos aspiraron gas tóxico. No hubo ninguna muerte. Los medios de comunicación se olvidaron del asunto en un mes.

Marisa no sabía que estaba embarazada. Cuando lo supo le aseguraron que lo del gas no era relevante.

Y nació Dharma.

Con los ojos mas bellos que pueden existir, y que siempre me recuerdan al Lago Puelo. Donde la vida aún es natural.

Dharma es realmente bella, tiene bucles dorados como su madre cuando era niña, y la tez tan clara que se sonroja por nada. Sus  manos son delicadas y suaves. Pero su andar es torpe y su mente es lenta. No habla. Camina poco y con ayuda. Según dicen los médicos nunca dejará los pañales.

En las siestas de invierno o las tardecitas de verano, el rinconcito vivo de la gran ciudad que es mi patio, nos brinda mucho placer a Dharma y a mí. Sentados bajo la sombra de los árboles le cuento una y otra vez mis anécdotas con los tíos raros.

Cuando junta sus manitas blancas como aplaudiendo la vida que le muestro, luego aletea, ríe y hamaca su cuerpo como afirmando que allí esta el secreto de la vida. En cada planta, en cada animal, en cada piedra, en cada ser. Todos distintos. Para qué comparar. Todos iguales en esencia.

Dharma tiene las mejillas rojas como las cerezas que cosechamos este verano. No habla, pero sus ojos, color del lago, y su grito balbuceado me dicen:

Abuelo, salva este mundo que es un milagro.

LA  HIJA  DE  RUFINA 

Por: Leonora Acuna de Marmolejo 

Roberto y Armando vinieron desde la capital, al pueblo de Las Mercedes, para asistir al funeral de su madre María de Jesús, quien había fallecido después de permanecer inválida tras de una larga enfermedad de diabetes.

Llegaron a la bella casa solariega en donde encontraron a Don Alejandro Alcázar su padre, sumido en la más honda tristeza y amarga desesperación. Allí estaba Rufina, la joven mujer que desde niña había servido a toda esta familia de la más alta alcurnia. Era ésta una mujer aindiada, con una bella figura, callada y solícita al menor deseo del patrón o de su familia. Ella había servido no sólo en la casona, sino también en la finca “Los Zarzales”, también  de propiedad de la familia, y en donde a la patrona Doña Jesucita (como era llamada cariñosamente) le gustaba permanecer por largos períodos de tiempo.

La casa de Las Mercedes estaba ubicada en la colina llamada “Baltasara”; era una casa muy amplia con dos patios, zaguán con vitrales, y grandes alcobas circundadas por amplios corredores enladrillados y situados alrededor del llamado “Patio de los Rosales”, en cuyo centro estaba localizada la tradicional fuentecilla de alabastro. El segundo patio era el llamado de “Las Veraneras” y circundaba el oratorio de la familia, la biblioteca, y la pinacoteca en donde Don Alejandro tenia réplicas de pinturas de famosos artistas del pincel, las que cuidaba con solicitud y esmero. En la sala y la antesala había lámparas  araña, de murano; y los muebles eran estilo Luis XV, tallados en madera finísima. En la parte posterior de la casona se encontraban el establo, la caballeriza, el gallinero, y el patio de árboles frutales. La entrada y salida de la servidumbre se hacía por un amplio zaguán localizado en la parte trasera de la vivienda.

A la sazón, Don Alejandro era un eminente abogado de unos 58 años de edad, corpulento, con un pelo rubio que ya empezaba a encanecer; tenía unos ojazos de crisoprasa que miraban profundamente, era apuesto y hacía derroche de buenas maneras y de educación, al tratar con la gente y especialmente con las mujeres. Allí en el pueblo era un hombre muy respetable, lo mismo que sus hijos Roberto y Armando quienes ya pronto terminarían sus respectivas carreras de Derecho y de Medicina.

Aquel día, al terminar el funeral, estos habían regresado a sus estudios en la capital, pues sólo habían obtenido licencia para viajar por el caso fortuito que se les presentó.

Al faltar Doña Jesucita, Rufina se hizo cargo directo del cuidado del patrón. Pero todos ignoraban que a pesar del amor que Don Alejandro le profesaba a su mujer, tras la larga enfermedad de ella, él había suplido sus necesidades sexuales con la callada, mansa, sumisa y condescendiente criada, a quien hizo su  concubina desde la noche aquella en que se quedó velando por la patrona,  cuando a la  madrugada a la salida al patio de la cocina, le entregó sus dones y su virginidad al patrón que la acechaba, y quien de allí en adelante fue muy prudente para esconder sus relaciones clandestinas con ella.

Al pasar de los meses, la gente del pueblo y de la misma servidumbre empezó a murmurar porque los dos se habían quedado prácticamente solos en la casa. Los murmullos aumentaron y llegaron a la capital a oídos de los hijos, ante lo cual estos determinaron viajar al pueblo a fin de poner coto a aquella situación un tanto embarazosa, y que denigraba de la alta alcurnia y de su historia familiar de la cual ellos se sentían muy orgullosos.

Cuál no  sería su asombro y  su curiosidad cuando al  llegar encontraron allí a la criada instalada en la alcoba que había pertenecido a su madre, y al verla adueñada de las joyas y pertenencias de ella, y posesionada de todo como dueña y señora, dando órdenes a los criados que antes habían sido sus compañeros en las labores de servidumbre.

Indagando por la situación, supieron por los miembros del servicio que meses antes Don Alejandro los había reunido para informarlos muy determinado y ceremonioso:—De ahora en adelante, en esta casa se hará lo que Rufina ordene. Ella es ahora la dueña y señora.

Al saber esto, ellos decidieron hablar enérgicamente a su padre, mas éste se mostró muy renuente ante los reclamos y ante su deseo expreso de que prescindiera de los servicios de  quien ahora para ellos era una “intrusa mujerzuela”, que no sólo no reemplazaba a su madre en nada, sino que además -según ellos-, hasta  ofendía su memoria.

—No sólo es que no prescindiré de los servicios de Rufina —les dijo con autoridad—, sino que pienso hacerla mi esposa.

Ante esta situación los hijos salieron muy airados y desencantados de allí, jurándole a su padre que si él cometía semejante desatino, no volverían a pisar la casa, y menos aún a dirigirle la palabra, y que en esta forma los perdería para siempre.

Por aquellos días ya Rufina estaba embarazada y las murmuraciones de la gente iban en aumento a medida que su estómago crecía. Como esta situación diera lugar a un verdadero escándalo en el pueblo, el Señor Cura llamó a Don Alejandro y con gran respeto y diplomacia le dijo:—Me apena, Don Alejandro llamarlo a cuentas, mas usted comprenderá que su concubinato abierto con  Rufina, no es el mejor ejemplo para este pueblo en donde dicho sea de paso, su preclara conducta y la de su familia han sido siempre paradigmáticas, pero estoy tratando de imponer normas de moral y buena conducta. Asi pues yo le ruego muy comedidamente, poner fin o arreglar esta situación para bien de todos.

Por otra parte, ante las audaces amenazas de Rufina (quien ya había cobrado cierta autoridad de ama y señora), de que lo abandonaría y se iría para siempre llevándose al fruto de sus entrañas, Don Alejandro -quien ya iba sintiéndose un buey viejo-, y a quien los favores sexuales de la fresca muchacha le tenían embelesado, optó por casarse con ella, pese a la gran distancia social y cultural que existía entre ellos, y a sabiendas de la profunda contrariedad que este proceder causaría a sus hijos.

Viajó a la vecina ciudad de Cartago y regresó trayendo un bello vestido de novia. En un soleada mañana dominguera, paseó a Rufina por la plaza principal del pueblo vestida con su pomposo traje blanco, el que ya con una barriga de más de siete meses de embarazo, le quedó alto por delante. Al llegar al atrio de la iglesia, y en un gesto mezcla de gallardía y desafío Don Alejandro el flamante novio, se irguió frente a la fachada de espadaña, y al tiempo que acariciaba el vientre de la joven dijo a los curiosos:—Me caso en esta misa de las doce que es la más concurrida, porque  quiero que todos presencien mi boda, y he traído a mi futura esposa con traje de blanco ya que para mí, ella ha sido pura y lo que lleva en su vientre es mío…

A los dos meses nació una bella niña, bastante trigueña y con rasgos  aindiados como su madre (en contraste con sus rubios y marfileños hermanos), viniendo así a ser como la ovejita negra de aquella encumbrada familia, y por este motivo a medida que crecía era motivo de la impertinente curiosidad de la gente del pueblo que no se cansaba de exclamar cuando la veían pasar: —¡Es la hija de Rufina!…

LUNA DE CARAMELO
Por Adrián N. Escudero
Santa Fe ( Argentina)

A todos mis queridos amigos en el Maná de la Palabra, hacia la sempiterna Natividad del Verbo de Luz y Amor, encarnado para nuestra salvación y la del universo entero…
          En especial, y junto al espíritu de Belén, ofrendado a mi padre amado, José Manuel Agustín Escudero (Neneche), a los 27 años de nacido al Cielo (19-09-1929/02-12-1991) y a mi madre adorada, Zulema Angélica González (21-02-1930/17-01-2015), a los 3 años de nacida al Cielo: los que, por la Misericordia de Dios, ruego descansen en Paz …
          Y  en estas horas benignas del inaugurado estío santafesino, a la distinguida Presidenta del Cercle Universal Ambassadeurs de la Paix (France), Gabrielle Simond y colegas de UNILETRAS-SJ SIGLO XXI (Colombia) deseándoles una Feliz Navidad  y Próspero Año Nuevo 2019…
Y muy en particular, a la talentosa y admirada escritora vasco-alicantina Dra. Virginia Eunate Goikoetxea, Directora Editorial de ARISTOS INTERNACIONAL (Alicante, España): colega, amiga y hermana en la Fe y Humanidad…
… Abrazados todos en el Puerto del Arte Literario, enclavado en el Archipiélago del Reino de la Imaginación Creadora, circuido por el Océano de la vida para la Vida, y como Pájaros mansos pero libertarios y audaces, lanzados en vuelos de Paz hacia una fraterna Comunidad Cósmica…
Con  sincero afecto crístico, mariano, josefino y estival…
Adrián N. Escudero (Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina – 04 de Enero de 2019 – En Verano y Octava de Navidad, estaciones del Amor y de la Luz).-
 “El que obra, conforme a la verdad, se acerca a la luz” (Juan 3, 21)
“Navidad es ir al encuentro de los que habitan en las zonas oscuras de las ciudades y compartir con ellos la alegría de su Buena Noticia” (P. Fernando Teseyra, SSP-Argentina)

EL UNO 

Ahora (recuerdo), un 12 de diciembre del año del Señor de 2008, “en una noche de luna de caramelo”, la tierna Poeta santafesina, Marta Goddio, escribió una suerte de poema o bella prosa poética que, en su cantar, decía que…

   Dice mi niña que…

   Dice mi niña que la Luna, que esta Luna embarazada de amores nuevos, es una luna de caramelo.

   Que podemos subir a ella si nos animamos a hacer una escalerita juntando de a dos las manos.

   Dice mi niña que hay que hacer la prueba, que hay que animarse, porque de esta escalera nadie se cae. Tan segura lo dice, que yo le creo…

   Parece que es una escalerita invisible, de manos  trenzadas con  la fuerza del misterio.  De a dos.

   Entonces, dice mi niña, que  es muy  fácil: en silenciosa  complicidad esperamos que lleguen los amigos. Esos que  también saben que esta Luna es una Luna de caramelo embarazada de amores nuevos.

   Dice mi niña que hay que hacer el esfuerzo de subir el primer escalón, porque a veces están un poco altos los brazos de los amigos que nos esperan para que apoyemos nuestros talones.

   Y dice mi niña, que también hay que tener paciencia, y ser fuertes, para ayudar a quienes nos sostuvieron a que también puedan subir.

   Allá arriba, hay otros amigos que nos esperan, en el lado de la Luz, no en el de la oscuridad, con los brazos de par en par   para recibirnos en abrazos azules  y celebrar, y reír…con la alegría de  saborear esta Luna toda para nosotros compartida.

   Entonces comprendo por qué esta Luna, que es de caramelo, y está embarazada de amores nuevos, esta noche  brilla tanto.

   Entiendo por qué estoy aquí, cruzando mis pulgares, transformando en alitas las manos, trenzándolas vaya uno a saber con quién, para que vos  puedas hacer pie y subir  hasta llegar a su centro más brillante.

   (… al principio, como impotente, tras el agobio de un tiempo demasiado luminoso para su cuerpo blanco y opaco de encierros literarios…, como impotente, decía, de expresar sus sentimientos azuzados con el talento que sólo alguien Poeta, como ella, podía poseer para captar las esencias de lo temporal e intemporal del cosmos, y ofrendarlo en sublime parábola acerca de los infinitos mundos paralelos que equidistan el complejo entorno de la llamada “realidad”, y que agitan la conciencia y el corazón del hombre a fuer de impensado e imprevisto actor –ora consciente ora inconsciente- en la comedia de existir, para experimentar la teatral -por lo sobrenatural- lucha que ensayan y ejecutan el bien y el mal -como misterio del Misterio que ha hecho todas cosas-, en ese eficaz destierro -apelado “vida”- purificador del libre albedrío, inteligencia y voluntad con que fuera gestado en singular designio de persona filial y semejante al Único que Es y Hace Ser)…   Y entonces, luego de entonarla, un humilde escriba atrincherado tras la ventana rugosa y abierta de su botica de autor, enclavada sobre la cota más alta de aquella campesina ciudad llamada Argenta de la Santa Fe, brotada no de la sal medicinal de los mares oceánicos sino de la incómoda y enfermiza humedad que transpiran sus lagunas y esteros envolventes y coloreados por el pasto agreste desde donde salían, disparados a diario y como fuegos de artificio, teros y benteveos chillones…, oró, pensó y escribió…

   … como neto y nato, exclusivo y excluyente narrador que era, prima facie y para desearle unas felices navidades y responder a su amiga en las letras, más o menos, como sigue:

EL DOS

   “MARTA: Bellísima metáfora que nos deja en el umbral mismo del Misterio de los misterios: Dios, pronto redivivo en estas Navidades. Y será su tibia y pequeña manita quien nos tome de las nuestras, con ternura de Padre y amor de Madre, para elevarnos a la Luz de tu Luna de caramelo… Porque está escrito. «Hay que hacerse como niños para entrar en el Reino de los Cielos»… Una manita que luego, desde un sangriento madero, se transformará en Abrazo abierto a toda la Humanidad que desee rendirse al Amor verdadero para ser verdaderamente feliz; y que, por un hueco de voz transida por el sufrimiento y la ofrenda, prometerá desde su cruz salvadora que…: “Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia Mí»

   Después, el ignoto escritor de naderías transformó sus apuntes febriles en un acuciante relato metafísico, lo plantó en Word, y, haciendo “clic” en “Enviar al destinatario”, lo remitió a su angelical amiga con el siguiente pedido: “Querida Marta, Vate de las Esencias: acabo de leer tu poema “Dice mi niña que…”, y he sido impulsado fuertemente a escribir una suerte de microrrelato, aherrojado metafísicamente -por sus arraigos celestiales- y que llevo de inmediato a tu consideración. Ello, a fin de que autorices o no su oportuna publicación, pues, dicho poema, es parte sustancial del escrito de marras, y al cual he titulado, en Su (tu) homenaje: LUNA DE CARAMELO.  Agradecido desde ya por tu mágica ofrenda espiritual, te dejo un fraternal abrazo en tanto, ansioso, desespero de una súbita y grata respuesta de tu parte. Adrián”.-

   Por último, el hombrecillo pequeño como un duende y de pelaje entrecano, casi ciego, llamado casualmente Nic… – sshhhh; ¡espera!, ¡espera! déjalo para el final- archivó el documento y el correo enviado en su directorio de enviados electrónicos –y a la deseada vuelta de un mariano sí en torno a su particular pedido-, mientras que, como en puntas de pie, con beata levedad, caminó hacia la secreta puerta translúcida que vibraba ahora frente a él y en su bibliotecario hábitat casero, y, sin que nadie diera cuenta de la especie de silueta sacerdotal que comenzó a envolverlo y lo imbuía en un todo como a una sombra de las paredes del claustro, de pronto, el hombrecillo desapareció… Y fue como esa sombra de movimientos nocturnos y noctámbulos, sin ecos profanos, transitando allá, detrás y después del Mundo, los atrios de un umbrío Monasterio oculto en el latido de una desconocida, blanca y luminosa ciudad virtual…

   … Ciudad virtual que, al descorrer las etéreas cortinas de aquella especie de pórtico y ventana abierta como una amplia y lúcida plegaria -y cuyos postigos daban a la vez, y por ser parte del latido existencial de lo mágico, hacia ella- se volvió como a la calle ancha de un céntrico y nocturno barrio recoleto de brillantes farolas y fachadas neoclásicas, enclavado en el mismísimo Polo Ártico (Mirando al Norte) y/o, al mismo tiempo, como entrecruzadas dimensionalmente, a una calle estrecha y polvorienta de una restaurada villa de emergencia del Polo Antártico (Mirando al Sur), mientras alzaba la vista con sensible rubor de Obispo vestido de rojo-rojo, enamorado -como su tal Niño de Belén- de todos los chicos, y no sólo del mundo que lo cobijaba, sino de todo, de todo el Universo todo…; mientras leía y releía setenta veces siete -con una sonrisa generosa (llana y llena) como esa luna (llena y llana) de Nochebuena que brillaba en lo alto cual estrella mesiánica-, aquel poema o prosa poética que una barda amiga había escrito para él..

   Sí, afirmó: Ahora recuerdo (como todos los años desde aquel entonces), a aquel 12 de diciembre del año del Señor de 2008, “en una noche de luna de caramelo”, que

   Porque asimismo estaba escrito: “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran Luz” Y “lo eterno entra en el tiempo y el tiempo comienza a ser camino de eternidad”…

   … Entonces, “Dice mi niña que…”, ese texto dócil y polifónico que, nuevamente ahora, obraba en sus trabajosas y tiernas manos de Papá Noel, sería trastrocado de su primitiva armadura de tinta y papel -por la Palabra Esencial que lo embargaba-, en demiúrgica escalera de fe elevada hasta La Gruta Rústica de lo Inefable, para llevarlo en andas, como litúrgicamente, y paso a paso, rito a rito y sacramento a sacramento, entre nubes de puro albur, hacia el inescrutable Misterio invocado por la mítica ciudad davínica donde se edificaría el primer cenáculo, el primer relicario donde un Niño en Llanto ofrecería al mundo su Maná para los Ángeles…

   … Ello, con la seguridad de los que creen poder restaurar almas, sanar heridas y, acortando distancias y horizontes de utopía, tocar el Cielo con las manos y estrecharlas, al fin, con las de aquel Dios Abba simple, curioso y amable, como ese Niño en Llanto (y luego Grande, Pasionario, Absolvedor y coronado en Gloria) también asomado desde el hedor manso y la animal (cálida) clemencia de un establo helado, mas sobre “otra” ventana ya no traslúcida sino enmaderada y palpable:…

   … la de su gandhiano Portal de Belén-Casa del Pan de Judá (o Ciudad Sin Murallas-Ciudad de Quien sería Pan de Vida para la Vida del Mundo), y que después de la leche tibia de su cordera y virgen Madre (frágil doncella hebraica), y del consecuente refugio tan heroico como carnal del pudoroso José, sonreiría hipostado de gozo al ver las cosas que sus criaturas favoritas (las pequeñas) eran capaces de hacer (humanizándose en silencio contemplativo y garabateando sin darse cuenta las primicias de una historia, de un evento inaccesible a la razón, como argamasa edificada sobre Roca firme, una verdad de fe fundada con tiernas señales en los humildes de corazón), para encontrarse, abrazarse y alabar juntos a Dios, en su corral de benigno Cordero Mesiánico (Providente Pastor de Hombres y Misericordioso Libertador de Egos), a fin de dialogar…

   … Dialogar con la sabiduría de la mundana ausencia, con el aliento de un racimo del Hebrón, con los suspiros de patriarcas y profetas, y la solitaria orfandad de periféricos, llanos, vulnerables y postrados jóvenes alcoholizados, de apestados, hambrientos y drogadictos niños olvidados, y de ancianos descartados como flores muertas de vientres y mujeres llagadas y abortadas por la violencia, y devenidos -para la ocasión- en arcanos cuando no maquillados pastores modelados -como muñecos de cera- por el consumismo hedónico de un mundo en tinieblas, que necesita –aprisa- reconciliarse consigo mismo y con Dios para dialogar… Dialogar, por un instante siquiera, y confiada, serena, amorosa y filialmente… con Él.

Y… EL TRES

   Afuera, tras la puerta-ventana oblonga y traslúcida de la botica de escritor de aquel hombrecillo pequeño, sutil como un duende y de pelaje entrecano y casi ciego, convivía en su doble personalidad un Obispo de Rojo llamado, ya no, casualmente… Nicolás… -¡Yaaa!¡Ahora sí que es hora de revelar su nombre!-, al cabo san Nicolás de Bari -bautizado Papá Noel- que deambulaba todas las noches de todos los días -hasta esa Noche Especial en que, agobiado de tomar nota como testigo de los tiempos, salía a poner pájaros de caramelo en los labios estremecidos de los niños, bajo una luna a veces de caramelo y a veces oculta de brillo por la abominación del mal que sacudía la tierra- por o en una ciudad inaccesible…

   … Una villa citadina feudal e infranqueable, donde algunos seres humanos vivían encerrados, atenazados y confiados en su propio poder para ser felices…; y, al mismo tiempo, por (o en) otra ciudad sumergida en la anterior y transitada en el espacio-tiempo con su poder bilocativo…: una villa citadina también ésta pero que pugnaba por su accesibilidad, y era tan feudal e infranqueable, porque quienes moraban en ella lo hacían hacinados, prisioneros y arrastrados hacia la súbita esperanza de una limosna mezquina o de un trabajo precario y jugados -en su marginal soledad- como a la buena de Dios… De un buen Dios que veía especialmente en esos hombres al cuerpo colectivo y martirizado de su Hijo más querido, y al que había entregado en Cruz para expiar su necedad, y enseñarles lo que en verdad significaba amarse los unos a los otros como Él los amaba…

   Y también afuera –lo confieso-, pero como unos tres mil años después, sobre selectas veredas lustradas y formateada geométricamente por el Gran Hermano y Señor de Relaciones Públicas que gobernaba al Mundo y para quien el Poder no era un medio sino un fin en sí mismo, un sensible Poema navideño titulado “Dice mi niña que…”, era capturado por los soldados del pecado, el error, la ignorancia y la indiferencia, de un vetusto archivo de ciudad Argenta y en su apergaminada pero aún fuerte fibra de notas esenciales e invisibles a los ojos de la carne, y que parecía estar perdiendo –finalmente- el buen combate contra los Cuatro Jinetes del bíblico Apocalipsis…

    Sí, absorbido de lleno por el hacendoso quehacer de un eficiente robot culinario que gorjeaba y titilaba en su maliciosa porfía con aquel –ahora- desecho de papel entintado y estropeado, el Poema estrujado en su materia y zozobrado en la utópica identidad de haber deseado ser, alguna vez, mensajera parte de una botella noble y justa arrojada al mar de las más bellas, buenas y verdaderas intenciones, se difumaba sin retorno aunque sin dejar de ser una semilla llevada por el viento de los tiempos hacia la…

   Más, estaba claro, como una noche de luna, y oscuro como una noche sin Ella, que sólo cuando una (mi, nuestra) Luna de Caramelo supiera brillar por sí misma, entonces, y sólo entonces el Mundo y los hombres…

CONFESIONES ÍNTIMAS AL MAR
Por Eunate Goikoetxea
Alicante-España

Mí querido mar: hoy te veo más inquieto que de costumbre; como si la ira y el enfado te hubieran hecho su presa. Mis pies anhelan sentir la tibieza de tus aguas, pero tus embravecidas olas vienen hacia mi con tal fuerza, que me obligan a huir y a conformarme con sentir la humedad de tu arena.

Desahogas tu furia con los riscos como si ellos fueran los culpables de tu enfado; y tal vez lo son. Quizás hayan albergado y retenido en sus recodos a una de tus bellas sirenas que ha perdido su norte. Ese puede ser el motivo de tu furia… Sé cuan celoso eres; te aferras a todo lo que, según tu, sólo puede existir al influjo de tu presencia.

¿Cómo será la sirena que este risco te robó? Sé que no permites que ojo alguno conozca a tus amantes. Cuán afortunadas son ellas, las musas que tu canto inspiran. Las imagino como reinas en su palacio azul danzando al compás de tu ritmo y fraguando sueños marinos. Cómo no amar la paz  que prevalece en la profundidad de tus aguas, en medio de ese silencio que emana de tu vientre. Quien te viera en este instante, no desearía ser parte de ti; mas yo sé que esta turbulencia es tan solo un disfraz, un recurso para cuidarte del mundo exterior; de proteger a tus sirenas y a todo el esplendor que encierras. A mi no puedes engañarme.

¿Qué te han hecho? ¿De qué forma te han herido?  El vaivén de tus olas gritan ansiosas, y en su desesperación parece que quisieran escapar, buscando refugio en la arena, sin saber que en ella encontrarán su final.

¿Acaso es eso? ¿Será que ellas quieran partir, fenecer en la tibia morada de la playa, en esa arena cocida por el sol?  ¿Será ese el motivo de tu furia? ¿Será que no quieres compartirlas con la tierra firme?

Sí; tu amor hacia ellas te ha hecho enloquecer y tratas de detenerlas, de llevarlas de vuelta, olvidando la imposibilidad de detener al tiempo y al destino, pues todo debe seguir su curso y aunque te quedes con algunas, al final la mayor parte habrán partido.

Comprendo el motivo de tu furia, que mas bien me parece tristeza disfrazada.

Crees que el afligirte es evidencia de debilidad y que eso merma en algo tu grandeza y majestuosidad, sin percibir que el enojo y el resentimiento hacen mas honda nuestra pena. Sé cuánto duele perder aquello que se ama, pues siempre se termina perdiendo algo de uno mismo. Así como en cada ola se va un amor o un amigo, se va también parte de su esencia y esa parte de ti que se va, deja de pertenecerte para entonces fundirse con la tierra.

Ahora debes compartirla, será tuyo su pasado, mas su futuro será del sol, de las huellas plasmadas efímeramente en la arena, de los caracoles que habitan la ribera, así como las algas que estarán a su encuentro con su nueva vida. Pero esto no debe ser motivo de tristeza, aunque se extravíen algunas olas y se escapen sirenas, no pierdes hermosura y majestuosidad.

Mírate ahora… hasta el sol quiere ser parte de ti. ¿Acaso no ves cómo se acuesta lentamente y cómo se refugia en tu regazo ofreciéndote a cambio un festín de colores, queriendo compensar tu abrazo con nubes púrpuras y arcos luminosos que se reflejan sobre tu faz? ¿Acaso crees que las gaviotas vienen aquí por la arena o el poniente?

No. Ellas vienen a contemplarte. Ellas también quieren ser tuyas, mas no cuentan con la virtud de los delfines y corales. Se conforman con extender sus alas sobre tu cuerpo y contemplar en silencio tu grandeza para bebérsela con sus ojos sedientos.

¿Por qué crees que Alfonsina se fue tras de ti?  Ella, al igual que yo, estaba cansada de esta absurda realidad que desconoce de quietud y sosiego; realidad que aspira a parecerse a ti y que tú, a pesar de rodearla, tal vez ya la detestas.

Por eso te enfureces cuando intentan quitarte lo que es tuyo, cuando violentan tu lecho, cuando muchos quieren convertirte en basurero. Ellos no te ven como ella pudo verte… De la misma manera en que hoy mis ojos te rinden pleitesía.

Déjame ser una de tus amantes; olvida a la sirena robada y tómame en su lugar. Déjame ser parte de tu historia, calma con tu furia la ansiedad de mis besos y regálame la paz que este mundo me niega. De algo puedes estar absolutamente seguro: mi amor por ti es insondable…

 

VENDÍ LA SILLA DE RUEDAS DE MAMA
Por José Lissidini
Uruguay

2017:  PRIMER PREMIO CAT. CUENTO , CLUB DE LEONES EL PINAR, 7 CONCURSO INTERNACIONAL DE POESÍA Y CUENTO,” HILVANANDO IDEAS HACIA UN MUNDO MEJOR”
218-2017:   Segundo Premio CAT. Cuento, en el 39 Certamen Dr. Alberto Manini Rios , AEDI- URUGUAY,ASOCIACIÓN DE ESCRITORES DEL INTERIOR.
307-18: Segundo Premio, Categoría Cuento, XXVII concurso literario del ICP, Instituto de Cultura Peruana y Consulado del Perú en Miami, EUA. en homenaje a César Vallejo y Georgette Philippart de Vallejo. MIAMI. EUA

 

El boliche era tan misero, que había una mesa sola, al fondo con un cenicero verde
apoyado. Una mesa azul, de chapa, tanto ella como las dos únicas sillas, con pintura gastada, corroída. Todos tomaban en le barra. El individuo entrado en años, lucía un aspecto decididamente decadente, sucio, con barba de tiempo y ropa, por demás ajada.
Tenía los ojos turbios. Prendido a la caña desde hacia un buen rato, en el boliche “ El gallo” y en el ultimo destello de conciencia, podía ver a su madre dejando un beso en su frente, mientras le aliñaba el uniforme escolar.
Pasaron las horas. Se hizo la noche. Nada había cambiado desde la mañana, seguía
lloviendo, hacía frío, dentro de él una gran tristeza lo invadía, por culpa de la angustia, se había guarecido en aquel antro, se despreciaba. Dio varias vueltas al vaso, entre los dedos.
No tenía preciso su destino. Recorrió someramente, con su húmeda mirada a cada uno de los presentes. ¿ Alguno entendería, que el amor de una madre, es fiel hasta la muerte?
Siente pesar y vacío en su pecho, se culpa y eso, lo lleva a tomar. La cabeza hundida entre los hombros, deja escurrir un par de lágrimas por su rostro. Él no alcanza a comprender, porqué ella no estaba molesta. Se siente un perro lanudo, con ese pelo largo y esa barba descuidada, a su edad. Al menos, si solo le hubiera gritado con bronca algún : – ¡ Inútil! m¡ Vago! ¡ Desconsiderado!.Pero solo lo miro, allí en el medio de la humilde cocina y, en cambio, asintió despacio. La vieja, era de fierro. Él ya iba a cumplir setenta, y ella tenia ochenta y ocho. Lo tubo jovencita, como tantas de su época. Desde botija, la doña lo consintió mucho, porque fue el único hijo. Ella siempre hizo un esfuerzo porque estudiara,y puede parecer mentira, pero él, en la escuela y el liceo fue aplicado, por eso aunque hacia sus embarradas, ella se lo aguantaba. Pensar que supo montar a caballo como un hombre.
La prueba está en aquella foto sepia, que le tomaron cuando tenía treinta y dos, sobre un morito. Que lujo la vieja. A pesar de su colección de fracasos, ella nunca le dijo nada, él nunca supo ni cuando se sentía mal. La cosa era que cuanto mas pensaba, más lo laceraba la culpa. La verdad, no recordaba muy bien cuando, ni en qué momento, pero sucedió. La única explicación:
– Vieja… Hay dos recibos de luz, dos de agua y ni un peso.
A veces se imaginaba en otras vidas. La de un periodista o la de algún locutor famoso, con su propio programa radial, en una emisora importante de la capital, sin embargo, cuando tocaba, no tenia otra que conformarse, con despuntar el vicio en alguna radio comunitaria de barrio,lo que no dejaba un cobre y en las cuales además, y sin saber por qué, apenas duraba uno o dos meses, como mucho.
– Dicen que soy un vago, que casi a los setenta, vive de la pensión, de una vieja invalida.
Que vivo en un rancho de mala muerte, en una villa, rodeado de bichos que cagan por todos lados, o sea, vivo entre la mierda de patos, gansos, gallinas, perros y que comen mejor, ellos que nosotros. Que soy un viejo cursiento, flaco,medio esperpento, lanudo, peludo, que tanto en invierno como en verano, calzo gorra de lana y una campera azul de nailon, cerrada hasta el cogote. Todo lo que quieran, pero yo cuido a mi mamá. La tengo bien
alimentada, limpita y hasta le conseguí de mangueo al Rotary, tremenda silla de ruedas, que vale sus buenos mangos.
Ojeo al compañero de copas, al cual le hablaba, el que apoyada la cabeza sobre los brazos, encima de la barra despuntaba un sueño. Prosiguió.
– La verdad que he sido un atorrante, toda mi vida, lo asumo, un rufián melancólico, pero no un bichicome. Tuve mis buenas, y pasaron. Tuve mujer, hijos, que andan por ahí, labure en varias radios, hice periodismo, pero como dice el tango del Minuano “…la fama es puro cuento” y cuando entras a andar mal y sin bento, chau pinela. Aunque por mi labia y disposición, supuesto desinterés, comprensión y compañerismo, muchos creen que soy lo más, como dicen los pibes, porque siempre fui bueno para el chamuyo y el camuflaje., mientras no me ven, ya cuando abren los ojos y me ven, les parezco una gran broma de mal gusto.
El Lito, propietario y mozo, hacia rato que lo observaba con curiosidad extrema, hasta que logró reunir coraje, para decir: – Che, Carlos.¿ De donde sacaste, pa chupar tanto?Vos, pa más de una, nunca tenes y a veces, hasta esa te la tengo que fiar. Lo miro ya casi anestesiado, los ojos prácticamente cerrados y la boca abierta, el vaso vacío, y medio arrastrando la lengua, antes de que la cabeza cayera sobre los brazos, dijo despacio:– Sabes, Lito. Vendí la silla de ruedas de mamá.
Eran las siete de la mañana, cuando entro en la habitación, con un mate cebado y humeante en la mano, aunque arrastraba los pies y se bamboleaba, seguido de la pequeña perra, que lo primero que vio en el suelo, fue la pelota verde con la que jugara la noche anterior, bajo la cama de la anciana. Cuando amagó subir en ella, el hombre la tomó entre sus brazos y le musito pausadamente:
– Es mejor, que la dejemos dormir. Ella esta soñando lindo con Dios.
Y lloraba al decirlo

LA INMOBILIARIA
Por Mirian Noce ( Argentina)

Por la mañana, el colegio. Por la tarde estudiar, hacer la tarea, tomar la merienda y después a patear.  Invariablemente mi madre todos los días antes de salir me repetía:

— ¡Cuidado con los vidrios de la inmobiliaria!

Por la cercanía al micro centro de Rosario mi barrio progresaba a buen ritmo. En cada cuadra se construían más edificios en propiedad horizontal. Yo vivía en un octavo piso. La calle para mí era la vida.

Al lado de nuestro edificio, para orgullo del barrio, se levantaba una casa de bienes raíces de tres pisos, cuyo frente totalmente vidriado era la preocupación de mi madre y de la “barra de la pelota”.

Cuando ingresé al secundario me daba un poco de vergüenza andar pateando en la calle. Una nueva camada de chicos nos habían ganado los lugares. Seguí jugando en el club del barrio, pero… todas las mañanas en el vidrio del comercio me miraba para ver si el nudo de la corbata estaba bien hecho, para que el padre Mario no me llamara la atención.

Ya en la universidad, cuando tenía examen, prolijamente me miraba para encontrarme presentable.

Al mes de recibirme de Analista de Sistemas conseguí un trabajo en un supermercado.

Estaba feliz. Mis expectativas cubiertas al enamorarme de la cajera Nº 1, morocha de ojos inmensos y sonrisa cautivante.

Durante tres años ahorramos y pudimos comprar el departamento A del tercer piso, del mismo edificio donde había vivido con mis padres y hermanos.

Un sábado de verano me casé con Ángela. Antes de partir rumbo a la ceremonia civil y religiosa, me miré en los cristales de la inmobiliaria como despedida de soltero. Me vi camino a mi destino, pronto a concretar todos mis sueños.

La vida nos impuso sus rutinas. Ir y venir cuatro veces al día; otras, los turnos corridos, un sólo día de descanso a la semana. A veces coincidíamos, otras no.

Éramos jóvenes, enamorados, llenos de proyectos. Siempre encontramos una sonrisa para seguir adelante.

Ángela, sacrificando horas de sueño, rendía materias de abogacía, pero se le hacía muy lento el avance en la carrera.

Transcurridos cinco años, en el mega mercado comenzaron a circular rumores. La recesión ya era manifiesta, las empresas estaban globalizadas. Ángela quedó sin trabajo.

A los pocos meses logró reanudar sus actividades laborales en un estudio de arquitectura. Nuestras vidas continuaron por carriles normales esperando para más adelante la llegada de un niño para completar la familia.

Con Ángela siempre estábamos atentos a los comentarios sobre la economía nacional, pues nos sabíamos cautivos de sus vaivenes.

Y así fue. Un día se nos comunicó que la Casa Central del supermercado en Buenos Aires, concentraba toda la administración contable.  Mis servicios ya no eran requeridos.

Comenzó mi calvario. Organicé mi currículo. Me presenté en todos los avisos clasificados. El trabajo de Ángela y su apoyo incondicional hicieron más llevaderos los primeros meses; además, contábamos con ahorros.

Pasó un largo año. La construcción empezó a tener agujeros, ya no se contaba con recursos para responder a proyectos de envergadura y el Estado había suspendido sus obras. Nuevamente Ángela quedó sin trabajo. La templanza era la virtud en la que debíamos apoyarnos para no decaer.

Un llamado telefónico movilizó nuestro presente y futuro, y las lágrimas se mezclaron con la esperanza, y dijimos sí. Mantuvimos largas charlas de mate y tortas para que la familia comprendiera que la nuestra no era una fuga.

La idea fue concebida por un grupo de profesionales de Rosario y zonas aledañas. Deseaban bucear en nuevos horizontes. En un charter se partiría hacia Miami como destino inicial; permaneceríamos allí como mínimo una semana, como máximo quince días. Buscaríamos trabajo para el jefe del hogar y/o la esposa, vivienda para alquilar y  algunos mirarían guarderías o escuelas. Las reuniones se sucedieron todos los días. El grupo se armaba según el pesimismo o la cotización del dólar.

Ángela comenzó con descomposturas a las que no le dimos mayor importancia. La atribuimos a los nervios de los momentos que estábamos pasando. Habíamos decidido que únicamente viajaría yo para ahorrar.

Durante el día estuve realizando trámites. Actualicé mi currículo en forma bilingüe, fui al profesor de inglés para agilizar mi fonética, pregunté por el pasaporte. Al llegar la noche estaba cansado, pero el proyecto aliviaba la carga.

Al abrir la puerta, los ojos de Ángela resplandecían. Su sonrisa llenaba los huecos del comedor y toda ella parecía salida de un nuevo universo. Fue el mensaje más veloz y feliz que recibí en mi vida. Sin palabras, supe que iba a ser padre.

Mi felicidad era doble: sería rosarino. Conocería a sus abuelos, tíos y primos, el monumento a la Bandera, el verdor y las flores de la costanera y el agua amarronada del  río Paraná.

Todo me dio más fuerza para seguir organizando lo que nosotros, jocosamente, denominamos “tour de trabajo”. De conseguirlo me quedaría en Estados Unidos. Ángela se reuniría conmigo cuando el niño (como buen macho argentino quería que fuese varón), cumpliera los dos meses.

Los días se hicieron cortos. Era tanta nuestra alegría que en esa noche agobiante  de febrero las molestias de Ángela casi pasaron desapercibidas.

El lunes a primera hora el avión despegaría con cuarenta esperanzas. Hombres y mujeres a los que el destino les niega la dignidad de sobrevivir en su patria.

A las tres de la mañana mi esposa tuvo contracciones y en prevención partimos a la maternidad. El médico nos tranquilizó. Me auguró el mayor de los éxitos en mi viaje y decidió dejarla internada para evitarle la emoción y el nerviosismo de la despedida.

Partí con una  mezcla de temor a lo desconocido y felicidad.

Atrás habían quedado las charlas político-económicas para justificar nuestro viaje. Las extensas conversaciones analizando los pro y los contra, ese apretar los sentimientos para no aflojar delante de los viejos. Atrás quedaba Rosario; adelante, una nueva vida que, aunque con pesadillas, me permitiría conocer la estabilidad.

El viaje fue bueno. Dentro del avión, como en un calidoscopio, aparecieron las manifestaciones de cuarenta voluntades dispuestas a triunfar.

Al aterrizar me llamó la atención la demora en abrir la puerta y colocar la manga. Transcurridos dilatados minutos la voz del comandante nos anunció que no podíamos bajar.

Las preguntas, los gritos, crearon un caos. Después de numerosas consideraciones, exigimos la presencia del cónsul argentino en Miami.

Pasó otra hora. Cuando llegó, su rostro no nos alentó y empezó una y otra vez la explicación a cada uno de nosotros.

—Debido al auge de sudamericanos que ingresan a los Estados Unidos, este país se reservó el derecho de admisión. Exige como requisito número uno poseer “visa”.

Ninguno la poseía, sólo el pasaporte en regla. En ningún momento se nos permitió descender. Quedamos como rehenes, presos en nuestro propio avión. Nos rodeó la policía de inmigración apostada en el aeropuerto.

Las virtudes y defectos afloraron, las costumbres y miserias humanas aparecieron. Por momentos no entendíamos nada. Estábamos en el país al que habíamos acudido en busca de mejor calidad de vida, trabajo, futuro para nuestros hijos… La impotencia me dejó disfónico.

Luchábamos por nuestros derechos. El cónsul fue y vino varias veces como intermediario. Algunos por cansancio cabecearon, otros por nervios eran una máquina de hablar, y los más caminaban los pasillos del avión. Otros oraban.

No podíamos tomar conciencia de la mala suerte que nos acompañaba: desde la cero hora de ese día estaba en vigencia la presentación de la visa para ingresar y permanecer en territorio estadounidense.

Hubo propuestas para enmendar las diferencias, se buscaron alternativas. Fueron las 24 horas más aciagas de mi vida. Nos mirábamos y ninguno tenía fuerzas para recoger los fragmentos de esperanza caídos, y que debíamos rescatar para volver a nuestro país.

El agobio, la frustración, el sueño, los proyectos manoseados, hicieron parecer más largo el viaje de regreso. Otra vez Rosario, mi Rosario otrora pujante y segunda ciudad de la Argentina.

Ángela todavía estaba en el sanatorio, y hacia allí partí. No fue necesario hablar, los rostros de familiares y esos ojos amados sin brillo me anunciaron que otra esperanza había sucumbido.

En un abrazo deposité en Ángela la fe no vencida, mi amor por ella y el creer que el país me daría otra oportunidad.

A los quince días, pasados en limpio todos los avatares, me preparé para comenzar de nuevo. Como antiguo ritual me miré en los brillantes vidrios de la inmobiliaria. En ese momento ingresaba el propietario de la misma, quien me saludó e invitó a tomar un café. Charlamos al igual que viejos amigos, a semejanza de padre e hijo. Analizamos el campo inmobiliario, muy vapuleado por el encierro financiero. Fueron dos horas inesperadas. Al salir y mirarme en el espejado cristal, vi un hombre joven, con el nudo de la corbata bien hecho, peinado, sonriente, alegre y con trabajo.


LA GOLONDRINA
Por María Sánchez Fernández
( Ubeda España )

     La primavera se dejaba adivinar en el ambiente. Los rosales mostraban sus pequeños brotes rojizos, y los árboles, todavía desnudos, quería reventar a través de sus yemas abultadas. La aves migratorias venían en grandes bandadas, de países lejanos buscando la bonanza del clima.

     Un grupo de golondrinas llegó a la ciudad. Sobrevoló una hermosa plaza poblada de jardines y allí decidió quedarse. Construyeron sus nidos en el alero que cubría la soberbia portada gótica de una iglesia que presidía aquel lugar. Iban y venían en caprichosos vuelos dando alegría y colorido a este tranquilo paraje.

     Una de estas avecillas se introdujo en el interior del templo por uno de los cristales rotos de un vitral, y allí encontró un mundo fantástico, muy distinto del suyo.. Le complacía volar y remontarse por aquel inmenso espacio de columnas y arcos apuntados que subían, alargándose, hasta la bóveda que cubría la gran planta basilical. Gozaba hasta el éxtasis  revoloteando, yendo y viniendo, y exploraba y se maravillaba con aquellas preciosas capillas cargadas de filigranas en su piedra dorada y envejecida por los años. Algunas de ellas estaban celosamente guardadas por bellísimas rejas de hierro primorosamente forjado. Por los amplios vitrales el sol pasaba, pero en forma de mil rayos multicolores

      Aquel mundo, nuevo para ella, era un mundo encantado. Volaba y volaba entusiasmada y, cuando se sentía rendida, se posaba en el hombro desnudo y frío de un hombre clavado en una cruz que, inmenso y solemne, presidía el templo desde el mimo centro del ábside.

     Al principio le observaba, infundiéndole un gran temor aquel rostro que reflejaba tanta angustia en el momento de la agonía. Aquel rostro hermoso y noble, que fue despertando en ella tanta ternura y tanto amor. ¡Cómo debía sufrir!

     Un día, con un hilillo de voz y un poco asustada le preguntó:

     − ¿Quien eres, Señor?, soy aún muy joven y no te conozco.

    Él, con  voz profunda y quebrada, pero con una inmensa dulzura respondió:

     −Mi nombre es Jesús

     −¡Qué hermoso es tu nombre, Jesús! Es ten suave como el céfiro  que mueve las espigas, y es tan dulce como el arrullo del agua. Yo soy una golondrina, y vengo de tierras muy lejanas.

     − Pequeña, tu nombre va unido al mío desde hace veinte siglos.

     −Entonces, Tú me conoces?

     −Sí, te conozco muy bien.

     −¿Sufres mucho, Jesús?

     −Sí, sufro mucho en mi carne y en mi espíritu.

     −¿Y quien fue tan cruel que te clavó en esa cruz y te coronó de espinas?

     −Fueron los hombres.

     −¡Los hombres como Tú, Señor!, pero ¿por qué?

     −Porque no supieron comprenderme.

     −¿Y vas a morir, Señor?

     − Todos los años muero en primavera. Ha de haber una víctima para la Redención.

     −No te comprendo muy bien, Jesús. ¡ dices palabras tan extrañas…!, pero yo daría mi vida con gozo para mitigar tu sufrimiento.

     El rostro de Cristo en su gran dolor se iluminó con una dulce sonrisa, y en un susurro dijo:

     −¡Bienaventurada avecilla!

     La pequeña golondrina, estremecida de amor y compasión, se posó en aquella frente atormentada, y con su corto pico intentó arrancar una por una esas punzantes espinas que hacían sangrar aquel Divino Rostro.

     ¡Le costaba tanto esfuerzo…! Eran largas y cortantes, y ella, ¡tan diminuta!

     −Te duelen mucho, Señor? Yo sufro porque Tú sufres. Te las quitaré con todas mis fuerzas y beberé tus lágrimas tan amargas.

     Y así, poco a poco, la golondrina fue extrayendo las espinas de la frente  lacerada de Cristo.

     Una mañana, cuando se iba a celebrar la misa, el sacerdote advirtió al levantar la vista, que Jesús no estaba coronado. Sorprendido vio que al pie de la cruz y sobre el altar, se hallaba la corona de espinas, y prendida a ella el cuerpo muerto de una golondrina que tenía el blanco pecho ensangrentado y atravesado por una de aquellas punzantes agujas.

5 comentarios en “CUENTOS , RELATOS Y MICRO RELATOS”

  1. Mais momento de Luz, que com certeza me farão percorrer nonos caminhos… voltarei pra ler e sover calmamente a riqueza
    que chega espontânea e me cativa… e me enche se saber!Eu voto! Beijos, Cema raizer.

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  2. «LOS HOJOS DE DHARMA» ASBA BARRENECHEA ARRIOLA( Buenos Aires)
    Contigo, recordo meus momentos! Eme encanto… É um sonho bom viver no ar puro da natureza, alimentação saudável,
    Sentir plenitude! Minha DHARMA se Chama «RODEIO» e parece irmã de DHARMA…Momentos maravilhosos marcam
    pra sempre! Fazem sentir que o mundo pode ser um ninho de amor e natureza…Meu forte abraço e parabéns por seu
    amor aos Olhos de Dharma, pois me fizeste sonhar com teu paraíso!

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  3. «LUNA DE CARAMELO» ADRIAN N ESCUDERO: ( ARGENTINA)
    Tuas palavras transmitem bondade, a feto, sinceridade…
    Tenho certa dificuldade de interpretar espanhol, mas acho que
    «Luna de Caramelo» tem melodia e tua linguagem tem mel, a
    transmitir fé!
    Sem Lua perderíamos muita inspiração… como poetas…

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  4. «LA IMOBILIÁRIA» Mirian Noce : ARGENTINA -Um relato de vida, com nuances do dia à dia…Mostrado
    detalhes de vidas, envolvvendo a figura de uma «vidraça envidraçada» que , fez parte da vida refletindo
    a imagem do protagonista e seus pensamentos… o casamento, a luta, a perda do emprego!Trajeto de
    má sorte e dor…Mas o gran final, nos traz a surpresa do título: LA IMOBILIARIA» e a imagem fantástica,
    sorridente e vencedora mais uma vez, refletida no espelho da vidraça! Deus te abençoe querida escritora!
    Teu relato me emocionou!

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