CUENTOS , RELATOS Y MICRO RELATOS

Todo lo publicado en  ARISTOS INTERNACIONAL está sujeto a 
la ley de propiedad intelectual de España

Enero 2.019  nº 15 

La Dirección no se responsabiliza de las opiniones expuestas
por sus autores.
Estos conservan el copyright de sus obras 

Colaboran. Asba Barrenechea ( Argentina )… Leonora Acuna de Marmolejo ( Estados Unidos )…Adrián N. Escudero ( Argentina)…Eunate Goikoetxea ( España) … José Lissidini ( Uruguay )… María del Carmen Noce ( Argentina )… María Sánchez Fernández ( España ) 

LOS OJOS DE DHARMA
Por Asba Barrenechea Arriola

Tercer premio cuento
La Asoc. PROGRAMA ACOMPAÑANDO – ONG
Certamen literario “Rose – Mary Chomali Gomez”
BUENOS AIRES

Los ojos de Dharma son tan azules que me recuerdan el Lago Puelo. Aquel lugar maravilloso donde pasaba mis vacaciones de niño en casa de mis tíos raros.

Toda la familia los consideraban raros, yo no. Para mi eran la esencia pura de la vida. Claro que en ese momento no conseguía manifestarlo con estas palabras, pero ellos me daban una paz y una tranquilidad que de ninguna manera podía encontrar en las movidas calles de Buenos Aires.

En realidad, mi madre tampoco compartía el hecho de que su hermana se casara con ese personaje tan extraño que solo comía comida natural sin químicos ni agregados. Que llevaba el cabello largo, atado en cola de caballo. Aún cuando se estaba poniendo pelado y este peinado era un poco ridículo. A los chicos nos daba mucha gracia.

Pero la vida que da vueltas en caprichosos círculos de enseñanza la llevó a tener que enviarme todas las vacaciones de invierno y de verano a que pasara con mis tíos de la Patagonia a raíz de una extraña alergia que me afectaba sobre manera mi salud y solo lograba curarme en ese lugar paradisíaco que tan celosamente cuidaban mis tíos raros.

Recuerdo jugar entre las flores silvestres con Luna y Cielo mis primas. Andar a caballo por los senderos montañosos. Juntar frutillas y frambuesas del suelo en canastas de junco natural que hacia mi tía con formas rarísimas y hermosas.

Recolectar y preparar las frutas en una gran olla para hacer muchísimos frascos de dulce para todo el año.

Hacer panes en el horno de barro. Juntar la leña para el hogar.

Buscábamos los huevos y dábamos de comer a las gallinas y las codornices. Y siempre sembrábamos algo cuando yo los visitaba, para recordar cuando volviera que planta había nacido o que fruto se había convertido en dulce gracias a mi aporte de cuidado.

Será por eso que a pesar de tener que estar en la ciudad por mi trabajo siempre tengo mi tiempo para el pequeño espacio natural de la casa. Hago quinta y tengo frutales.

Por eso cuando nació Dharma, planté un cerezo. Dicen que cuando una vida llega a la familia hay que plantar un árbol. Yo elegí el cerezo. Para que cada primavera pudiéramos disfrutar de la belleza de sus flores.

Dharma tiene los ojos color del lago.

Me expresan un puro deleite de amor en su mirada. Dicen que los abuelos vemos a los nietos como los mas bellos del mundo.

Sus ojos me trasladan al lago, y su carita me dice lo que siempre me decían mis tíos, cambiemos el mundo con pequeñas acciones. Conservando la naturaleza, queriendo a los animales, plantando árboles, comiendo de manera natural, cuidando el planeta desde lo más simple.

Siempre le inculqué eso a mi hija, sin embargo, la inconciencia de otros tuvo que caer sobre su vida. Trabajaba en el polo petroquímico, la seguridad parecía estar controlada, pero aquel día que las máquinas dejaron de funcionar correctamente todos aspiraron gas tóxico. No hubo ninguna muerte. Los medios de comunicación se olvidaron del asunto en un mes.

Marisa no sabía que estaba embarazada. Cuando lo supo le aseguraron que lo del gas no era relevante.

Y nació Dharma.

Con los ojos mas bellos que pueden existir, y que siempre me recuerdan al Lago Puelo. Donde la vida aún es natural.

Dharma es realmente bella, tiene bucles dorados como su madre cuando era niña, y la tez tan clara que se sonroja por nada. Sus  manos son delicadas y suaves. Pero su andar es torpe y su mente es lenta. No habla. Camina poco y con ayuda. Según dicen los médicos nunca dejará los pañales.

En las siestas de invierno o las tardecitas de verano, el rinconcito vivo de la gran ciudad que es mi patio, nos brinda mucho placer a Dharma y a mí. Sentados bajo la sombra de los árboles le cuento una y otra vez mis anécdotas con los tíos raros.

Cuando junta sus manitas blancas como aplaudiendo la vida que le muestro, luego aletea, ríe y hamaca su cuerpo como afirmando que allí esta el secreto de la vida. En cada planta, en cada animal, en cada piedra, en cada ser. Todos distintos. Para qué comparar. Todos iguales en esencia.

Dharma tiene las mejillas rojas como las cerezas que cosechamos este verano. No habla, pero sus ojos, color del lago, y su grito balbuceado me dicen:

Abuelo, salva este mundo que es un milagro.

LA  HIJA  DE  RUFINA 

Por: Leonora Acuna de Marmolejo 

Roberto y Armando vinieron desde la capital, al pueblo de Las Mercedes, para asistir al funeral de su madre María de Jesús, quien había fallecido después de permanecer inválida tras de una larga enfermedad de diabetes.

Llegaron a la bella casa solariega en donde encontraron a Don Alejandro Alcázar su padre, sumido en la más honda tristeza y amarga desesperación. Allí estaba Rufina, la joven mujer que desde niña había servido a toda esta familia de la más alta alcurnia. Era ésta una mujer aindiada, con una bella figura, callada y solícita al menor deseo del patrón o de su familia. Ella había servido no sólo en la casona, sino también en la finca “Los Zarzales”, también  de propiedad de la familia, y en donde a la patrona Doña Jesucita (como era llamada cariñosamente) le gustaba permanecer por largos períodos de tiempo.

La casa de Las Mercedes estaba ubicada en la colina llamada “Baltasara”; era una casa muy amplia con dos patios, zaguán con vitrales, y grandes alcobas circundadas por amplios corredores enladrillados y situados alrededor del llamado “Patio de los Rosales”, en cuyo centro estaba localizada la tradicional fuentecilla de alabastro. El segundo patio era el llamado de “Las Veraneras” y circundaba el oratorio de la familia, la biblioteca, y la pinacoteca en donde Don Alejandro tenia réplicas de pinturas de famosos artistas del pincel, las que cuidaba con solicitud y esmero. En la sala y la antesala había lámparas  araña, de murano; y los muebles eran estilo Luis XV, tallados en madera finísima. En la parte posterior de la casona se encontraban el establo, la caballeriza, el gallinero, y el patio de árboles frutales. La entrada y salida de la servidumbre se hacía por un amplio zaguán localizado en la parte trasera de la vivienda.

A la sazón, Don Alejandro era un eminente abogado de unos 58 años de edad, corpulento, con un pelo rubio que ya empezaba a encanecer; tenía unos ojazos de crisoprasa que miraban profundamente, era apuesto y hacía derroche de buenas maneras y de educación, al tratar con la gente y especialmente con las mujeres. Allí en el pueblo era un hombre muy respetable, lo mismo que sus hijos Roberto y Armando quienes ya pronto terminarían sus respectivas carreras de Derecho y de Medicina.

Aquel día, al terminar el funeral, estos habían regresado a sus estudios en la capital, pues sólo habían obtenido licencia para viajar por el caso fortuito que se les presentó.

Al faltar Doña Jesucita, Rufina se hizo cargo directo del cuidado del patrón. Pero todos ignoraban que a pesar del amor que Don Alejandro le profesaba a su mujer, tras la larga enfermedad de ella, él había suplido sus necesidades sexuales con la callada, mansa, sumisa y condescendiente criada, a quien hizo su  concubina desde la noche aquella en que se quedó velando por la patrona,  cuando a la  madrugada a la salida al patio de la cocina, le entregó sus dones y su virginidad al patrón que la acechaba, y quien de allí en adelante fue muy prudente para esconder sus relaciones clandestinas con ella.

Al pasar de los meses, la gente del pueblo y de la misma servidumbre empezó a murmurar porque los dos se habían quedado prácticamente solos en la casa. Los murmullos aumentaron y llegaron a la capital a oídos de los hijos, ante lo cual estos determinaron viajar al pueblo a fin de poner coto a aquella situación un tanto embarazosa, y que denigraba de la alta alcurnia y de su historia familiar de la cual ellos se sentían muy orgullosos.

Cuál no  sería su asombro y  su curiosidad cuando al  llegar encontraron allí a la criada instalada en la alcoba que había pertenecido a su madre, y al verla adueñada de las joyas y pertenencias de ella, y posesionada de todo como dueña y señora, dando órdenes a los criados que antes habían sido sus compañeros en las labores de servidumbre.

Indagando por la situación, supieron por los miembros del servicio que meses antes Don Alejandro los había reunido para informarlos muy determinado y ceremonioso:—De ahora en adelante, en esta casa se hará lo que Rufina ordene. Ella es ahora la dueña y señora.

Al saber esto, ellos decidieron hablar enérgicamente a su padre, mas éste se mostró muy renuente ante los reclamos y ante su deseo expreso de que prescindiera de los servicios de  quien ahora para ellos era una “intrusa mujerzuela”, que no sólo no reemplazaba a su madre en nada, sino que además -según ellos-, hasta  ofendía su memoria.

—No sólo es que no prescindiré de los servicios de Rufina —les dijo con autoridad—, sino que pienso hacerla mi esposa.

Ante esta situación los hijos salieron muy airados y desencantados de allí, jurándole a su padre que si él cometía semejante desatino, no volverían a pisar la casa, y menos aún a dirigirle la palabra, y que en esta forma los perdería para siempre.

Por aquellos días ya Rufina estaba embarazada y las murmuraciones de la gente iban en aumento a medida que su estómago crecía. Como esta situación diera lugar a un verdadero escándalo en el pueblo, el Señor Cura llamó a Don Alejandro y con gran respeto y diplomacia le dijo:—Me apena, Don Alejandro llamarlo a cuentas, mas usted comprenderá que su concubinato abierto con  Rufina, no es el mejor ejemplo para este pueblo en donde dicho sea de paso, su preclara conducta y la de su familia han sido siempre paradigmáticas, pero estoy tratando de imponer normas de moral y buena conducta. Asi pues yo le ruego muy comedidamente, poner fin o arreglar esta situación para bien de todos.

Por otra parte, ante las audaces amenazas de Rufina (quien ya había cobrado cierta autoridad de ama y señora), de que lo abandonaría y se iría para siempre llevándose al fruto de sus entrañas, Don Alejandro -quien ya iba sintiéndose un buey viejo-, y a quien los favores sexuales de la fresca muchacha le tenían embelesado, optó por casarse con ella, pese a la gran distancia social y cultural que existía entre ellos, y a sabiendas de la profunda contrariedad que este proceder causaría a sus hijos.

Viajó a la vecina ciudad de Cartago y regresó trayendo un bello vestido de novia. En un soleada mañana dominguera, paseó a Rufina por la plaza principal del pueblo vestida con su pomposo traje blanco, el que ya con una barriga de más de siete meses de embarazo, le quedó alto por delante. Al llegar al atrio de la iglesia, y en un gesto mezcla de gallardía y desafío Don Alejandro el flamante novio, se irguió frente a la fachada de espadaña, y al tiempo que acariciaba el vientre de la joven dijo a los curiosos:—Me caso en esta misa de las doce que es la más concurrida, porque  quiero que todos presencien mi boda, y he traído a mi futura esposa con traje de blanco ya que para mí, ella ha sido pura y lo que lleva en su vientre es mío…

A los dos meses nació una bella niña, bastante trigueña y con rasgos  aindiados como su madre (en contraste con sus rubios y marfileños hermanos), viniendo así a ser como la ovejita negra de aquella encumbrada familia, y por este motivo a medida que crecía era motivo de la impertinente curiosidad de la gente del pueblo que no se cansaba de exclamar cuando la veían pasar: —¡Es la hija de Rufina!…

LUNA DE CARAMELO
Por Adrián N. Escudero
Santa Fe ( Argentina)

A todos mis queridos amigos en el Maná de la Palabra, hacia la sempiterna Natividad del Verbo de Luz y Amor, encarnado para nuestra salvación y la del universo entero…
          En especial, y junto al espíritu de Belén, ofrendado a mi padre amado, José Manuel Agustín Escudero (Neneche), a los 27 años de nacido al Cielo (19-09-1929/02-12-1991) y a mi madre adorada, Zulema Angélica González (21-02-1930/17-01-2015), a los 3 años de nacida al Cielo: los que, por la Misericordia de Dios, ruego descansen en Paz …
          Y  en estas horas benignas del inaugurado estío santafesino, a la distinguida Presidenta del Cercle Universal Ambassadeurs de la Paix (France), Gabrielle Simond y colegas de UNILETRAS-SJ SIGLO XXI (Colombia) deseándoles una Feliz Navidad  y Próspero Año Nuevo 2019…
Y muy en particular, a la talentosa y admirada escritora vasco-alicantina Dra. Virginia Eunate Goikoetxea, Directora Editorial de ARISTOS INTERNACIONAL (Alicante, España): colega, amiga y hermana en la Fe y Humanidad…
… Abrazados todos en el Puerto del Arte Literario, enclavado en el Archipiélago del Reino de la Imaginación Creadora, circuido por el Océano de la vida para la Vida, y como Pájaros mansos pero libertarios y audaces, lanzados en vuelos de Paz hacia una fraterna Comunidad Cósmica…
Con  sincero afecto crístico, mariano, josefino y estival…
Adrián N. Escudero (Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina – 04 de Enero de 2019 – En Verano y Octava de Navidad, estaciones del Amor y de la Luz).-
 “El que obra, conforme a la verdad, se acerca a la luz” (Juan 3, 21)
“Navidad es ir al encuentro de los que habitan en las zonas oscuras de las ciudades y compartir con ellos la alegría de su Buena Noticia” (P. Fernando Teseyra, SSP-Argentina)

EL UNO 

Ahora (recuerdo), un 12 de diciembre del año del Señor de 2008, “en una noche de luna de caramelo”, la tierna Poeta santafesina, Marta Goddio, escribió una suerte de poema o bella prosa poética que, en su cantar, decía que…

   Dice mi niña que…

   Dice mi niña que la Luna, que esta Luna embarazada de amores nuevos, es una luna de caramelo.

   Que podemos subir a ella si nos animamos a hacer una escalerita juntando de a dos las manos.

   Dice mi niña que hay que hacer la prueba, que hay que animarse, porque de esta escalera nadie se cae. Tan segura lo dice, que yo le creo…

   Parece que es una escalerita invisible, de manos  trenzadas con  la fuerza del misterio.  De a dos.

   Entonces, dice mi niña, que  es muy  fácil: en silenciosa  complicidad esperamos que lleguen los amigos. Esos que  también saben que esta Luna es una Luna de caramelo embarazada de amores nuevos.

   Dice mi niña que hay que hacer el esfuerzo de subir el primer escalón, porque a veces están un poco altos los brazos de los amigos que nos esperan para que apoyemos nuestros talones.

   Y dice mi niña, que también hay que tener paciencia, y ser fuertes, para ayudar a quienes nos sostuvieron a que también puedan subir.

   Allá arriba, hay otros amigos que nos esperan, en el lado de la Luz, no en el de la oscuridad, con los brazos de par en par   para recibirnos en abrazos azules  y celebrar, y reír…con la alegría de  saborear esta Luna toda para nosotros compartida.

   Entonces comprendo por qué esta Luna, que es de caramelo, y está embarazada de amores nuevos, esta noche  brilla tanto.

   Entiendo por qué estoy aquí, cruzando mis pulgares, transformando en alitas las manos, trenzándolas vaya uno a saber con quién, para que vos  puedas hacer pie y subir  hasta llegar a su centro más brillante.

   (… al principio, como impotente, tras el agobio de un tiempo demasiado luminoso para su cuerpo blanco y opaco de encierros literarios…, como impotente, decía, de expresar sus sentimientos azuzados con el talento que sólo alguien Poeta, como ella, podía poseer para captar las esencias de lo temporal e intemporal del cosmos, y ofrendarlo en sublime parábola acerca de los infinitos mundos paralelos que equidistan el complejo entorno de la llamada “realidad”, y que agitan la conciencia y el corazón del hombre a fuer de impensado e imprevisto actor –ora consciente ora inconsciente- en la comedia de existir, para experimentar la teatral -por lo sobrenatural- lucha que ensayan y ejecutan el bien y el mal -como misterio del Misterio que ha hecho todas cosas-, en ese eficaz destierro -apelado “vida”- purificador del libre albedrío, inteligencia y voluntad con que fuera gestado en singular designio de persona filial y semejante al Único que Es y Hace Ser)…   Y entonces, luego de entonarla, un humilde escriba atrincherado tras la ventana rugosa y abierta de su botica de autor, enclavada sobre la cota más alta de aquella campesina ciudad llamada Argenta de la Santa Fe, brotada no de la sal medicinal de los mares oceánicos sino de la incómoda y enfermiza humedad que transpiran sus lagunas y esteros envolventes y coloreados por el pasto agreste desde donde salían, disparados a diario y como fuegos de artificio, teros y benteveos chillones…, oró, pensó y escribió…

   … como neto y nato, exclusivo y excluyente narrador que era, prima facie y para desearle unas felices navidades y responder a su amiga en las letras, más o menos, como sigue:

EL DOS

   “MARTA: Bellísima metáfora que nos deja en el umbral mismo del Misterio de los misterios: Dios, pronto redivivo en estas Navidades. Y será su tibia y pequeña manita quien nos tome de las nuestras, con ternura de Padre y amor de Madre, para elevarnos a la Luz de tu Luna de caramelo… Porque está escrito. «Hay que hacerse como niños para entrar en el Reino de los Cielos»… Una manita que luego, desde un sangriento madero, se transformará en Abrazo abierto a toda la Humanidad que desee rendirse al Amor verdadero para ser verdaderamente feliz; y que, por un hueco de voz transida por el sufrimiento y la ofrenda, prometerá desde su cruz salvadora que…: “Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia Mí»

   Después, el ignoto escritor de naderías transformó sus apuntes febriles en un acuciante relato metafísico, lo plantó en Word, y, haciendo “clic” en “Enviar al destinatario”, lo remitió a su angelical amiga con el siguiente pedido: “Querida Marta, Vate de las Esencias: acabo de leer tu poema “Dice mi niña que…”, y he sido impulsado fuertemente a escribir una suerte de microrrelato, aherrojado metafísicamente -por sus arraigos celestiales- y que llevo de inmediato a tu consideración. Ello, a fin de que autorices o no su oportuna publicación, pues, dicho poema, es parte sustancial del escrito de marras, y al cual he titulado, en Su (tu) homenaje: LUNA DE CARAMELO.  Agradecido desde ya por tu mágica ofrenda espiritual, te dejo un fraternal abrazo en tanto, ansioso, desespero de una súbita y grata respuesta de tu parte. Adrián”.-

   Por último, el hombrecillo pequeño como un duende y de pelaje entrecano, casi ciego, llamado casualmente Nic… – sshhhh; ¡espera!, ¡espera! déjalo para el final- archivó el documento y el correo enviado en su directorio de enviados electrónicos –y a la deseada vuelta de un mariano sí en torno a su particular pedido-, mientras que, como en puntas de pie, con beata levedad, caminó hacia la secreta puerta translúcida que vibraba ahora frente a él y en su bibliotecario hábitat casero, y, sin que nadie diera cuenta de la especie de silueta sacerdotal que comenzó a envolverlo y lo imbuía en un todo como a una sombra de las paredes del claustro, de pronto, el hombrecillo desapareció… Y fue como esa sombra de movimientos nocturnos y noctámbulos, sin ecos profanos, transitando allá, detrás y después del Mundo, los atrios de un umbrío Monasterio oculto en el latido de una desconocida, blanca y luminosa ciudad virtual…

   … Ciudad virtual que, al descorrer las etéreas cortinas de aquella especie de pórtico y ventana abierta como una amplia y lúcida plegaria -y cuyos postigos daban a la vez, y por ser parte del latido existencial de lo mágico, hacia ella- se volvió como a la calle ancha de un céntrico y nocturno barrio recoleto de brillantes farolas y fachadas neoclásicas, enclavado en el mismísimo Polo Ártico (Mirando al Norte) y/o, al mismo tiempo, como entrecruzadas dimensionalmente, a una calle estrecha y polvorienta de una restaurada villa de emergencia del Polo Antártico (Mirando al Sur), mientras alzaba la vista con sensible rubor de Obispo vestido de rojo-rojo, enamorado -como su tal Niño de Belén- de todos los chicos, y no sólo del mundo que lo cobijaba, sino de todo, de todo el Universo todo…; mientras leía y releía setenta veces siete -con una sonrisa generosa (llana y llena) como esa luna (llena y llana) de Nochebuena que brillaba en lo alto cual estrella mesiánica-, aquel poema o prosa poética que una barda amiga había escrito para él..

   Sí, afirmó: Ahora recuerdo (como todos los años desde aquel entonces), a aquel 12 de diciembre del año del Señor de 2008, “en una noche de luna de caramelo”, que

   Porque asimismo estaba escrito: “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran Luz” Y “lo eterno entra en el tiempo y el tiempo comienza a ser camino de eternidad”…

   … Entonces, “Dice mi niña que…”, ese texto dócil y polifónico que, nuevamente ahora, obraba en sus trabajosas y tiernas manos de Papá Noel, sería trastrocado de su primitiva armadura de tinta y papel -por la Palabra Esencial que lo embargaba-, en demiúrgica escalera de fe elevada hasta La Gruta Rústica de lo Inefable, para llevarlo en andas, como litúrgicamente, y paso a paso, rito a rito y sacramento a sacramento, entre nubes de puro albur, hacia el inescrutable Misterio invocado por la mítica ciudad davínica donde se edificaría el primer cenáculo, el primer relicario donde un Niño en Llanto ofrecería al mundo su Maná para los Ángeles…

   … Ello, con la seguridad de los que creen poder restaurar almas, sanar heridas y, acortando distancias y horizontes de utopía, tocar el Cielo con las manos y estrecharlas, al fin, con las de aquel Dios Abba simple, curioso y amable, como ese Niño en Llanto (y luego Grande, Pasionario, Absolvedor y coronado en Gloria) también asomado desde el hedor manso y la animal (cálida) clemencia de un establo helado, mas sobre “otra” ventana ya no traslúcida sino enmaderada y palpable:…

   … la de su gandhiano Portal de Belén-Casa del Pan de Judá (o Ciudad Sin Murallas-Ciudad de Quien sería Pan de Vida para la Vida del Mundo), y que después de la leche tibia de su cordera y virgen Madre (frágil doncella hebraica), y del consecuente refugio tan heroico como carnal del pudoroso José, sonreiría hipostado de gozo al ver las cosas que sus criaturas favoritas (las pequeñas) eran capaces de hacer (humanizándose en silencio contemplativo y garabateando sin darse cuenta las primicias de una historia, de un evento inaccesible a la razón, como argamasa edificada sobre Roca firme, una verdad de fe fundada con tiernas señales en los humildes de corazón), para encontrarse, abrazarse y alabar juntos a Dios, en su corral de benigno Cordero Mesiánico (Providente Pastor de Hombres y Misericordioso Libertador de Egos), a fin de dialogar…

   … Dialogar con la sabiduría de la mundana ausencia, con el aliento de un racimo del Hebrón, con los suspiros de patriarcas y profetas, y la solitaria orfandad de periféricos, llanos, vulnerables y postrados jóvenes alcoholizados, de apestados, hambrientos y drogadictos niños olvidados, y de ancianos descartados como flores muertas de vientres y mujeres llagadas y abortadas por la violencia, y devenidos -para la ocasión- en arcanos cuando no maquillados pastores modelados -como muñecos de cera- por el consumismo hedónico de un mundo en tinieblas, que necesita –aprisa- reconciliarse consigo mismo y con Dios para dialogar… Dialogar, por un instante siquiera, y confiada, serena, amorosa y filialmente… con Él.

Y… EL TRES

   Afuera, tras la puerta-ventana oblonga y traslúcida de la botica de escritor de aquel hombrecillo pequeño, sutil como un duende y de pelaje entrecano y casi ciego, convivía en su doble personalidad un Obispo de Rojo llamado, ya no, casualmente… Nicolás… -¡Yaaa!¡Ahora sí que es hora de revelar su nombre!-, al cabo san Nicolás de Bari -bautizado Papá Noel- que deambulaba todas las noches de todos los días -hasta esa Noche Especial en que, agobiado de tomar nota como testigo de los tiempos, salía a poner pájaros de caramelo en los labios estremecidos de los niños, bajo una luna a veces de caramelo y a veces oculta de brillo por la abominación del mal que sacudía la tierra- por o en una ciudad inaccesible…

   … Una villa citadina feudal e infranqueable, donde algunos seres humanos vivían encerrados, atenazados y confiados en su propio poder para ser felices…; y, al mismo tiempo, por (o en) otra ciudad sumergida en la anterior y transitada en el espacio-tiempo con su poder bilocativo…: una villa citadina también ésta pero que pugnaba por su accesibilidad, y era tan feudal e infranqueable, porque quienes moraban en ella lo hacían hacinados, prisioneros y arrastrados hacia la súbita esperanza de una limosna mezquina o de un trabajo precario y jugados -en su marginal soledad- como a la buena de Dios… De un buen Dios que veía especialmente en esos hombres al cuerpo colectivo y martirizado de su Hijo más querido, y al que había entregado en Cruz para expiar su necedad, y enseñarles lo que en verdad significaba amarse los unos a los otros como Él los amaba…

   Y también afuera –lo confieso-, pero como unos tres mil años después, sobre selectas veredas lustradas y formateada geométricamente por el Gran Hermano y Señor de Relaciones Públicas que gobernaba al Mundo y para quien el Poder no era un medio sino un fin en sí mismo, un sensible Poema navideño titulado “Dice mi niña que…”, era capturado por los soldados del pecado, el error, la ignorancia y la indiferencia, de un vetusto archivo de ciudad Argenta y en su apergaminada pero aún fuerte fibra de notas esenciales e invisibles a los ojos de la carne, y que parecía estar perdiendo –finalmente- el buen combate contra los Cuatro Jinetes del bíblico Apocalipsis…

    Sí, absorbido de lleno por el hacendoso quehacer de un eficiente robot culinario que gorjeaba y titilaba en su maliciosa porfía con aquel –ahora- desecho de papel entintado y estropeado, el Poema estrujado en su materia y zozobrado en la utópica identidad de haber deseado ser, alguna vez, mensajera parte de una botella noble y justa arrojada al mar de las más bellas, buenas y verdaderas intenciones, se difumaba sin retorno aunque sin dejar de ser una semilla llevada por el viento de los tiempos hacia la…

   Más, estaba claro, como una noche de luna, y oscuro como una noche sin Ella, que sólo cuando una (mi, nuestra) Luna de Caramelo supiera brillar por sí misma, entonces, y sólo entonces el Mundo y los hombres…

CONFESIONES ÍNTIMAS AL MAR
Por Eunate Goikoetxea
Alicante-España

Mí querido mar: hoy te veo más inquieto que de costumbre; como si la ira y el enfado te hubieran hecho su presa. Mis pies anhelan sentir la tibieza de tus aguas, pero tus embravecidas olas vienen hacia mi con tal fuerza, que me obligan a huir y a conformarme con sentir la humedad de tu arena.

Desahogas tu furia con los riscos como si ellos fueran los culpables de tu enfado; y tal vez lo son. Quizás hayan albergado y retenido en sus recodos a una de tus bellas sirenas que ha perdido su norte. Ese puede ser el motivo de tu furia… Sé cuan celoso eres; te aferras a todo lo que, según tu, sólo puede existir al influjo de tu presencia.

¿Cómo será la sirena que este risco te robó? Sé que no permites que ojo alguno conozca a tus amantes. Cuán afortunadas son ellas, las musas que tu canto inspiran. Las imagino como reinas en su palacio azul danzando al compás de tu ritmo y fraguando sueños marinos. Cómo no amar la paz  que prevalece en la profundidad de tus aguas, en medio de ese silencio que emana de tu vientre. Quien te viera en este instante, no desearía ser parte de ti; mas yo sé que esta turbulencia es tan solo un disfraz, un recurso para cuidarte del mundo exterior; de proteger a tus sirenas y a todo el esplendor que encierras. A mi no puedes engañarme.

¿Qué te han hecho? ¿De qué forma te han herido?  El vaivén de tus olas gritan ansiosas, y en su desesperación parece que quisieran escapar, buscando refugio en la arena, sin saber que en ella encontrarán su final.

¿Acaso es eso? ¿Será que ellas quieran partir, fenecer en la tibia morada de la playa, en esa arena cocida por el sol?  ¿Será ese el motivo de tu furia? ¿Será que no quieres compartirlas con la tierra firme?

Sí; tu amor hacia ellas te ha hecho enloquecer y tratas de detenerlas, de llevarlas de vuelta, olvidando la imposibilidad de detener al tiempo y al destino, pues todo debe seguir su curso y aunque te quedes con algunas, al final la mayor parte habrán partido.

Comprendo el motivo de tu furia, que mas bien me parece tristeza disfrazada.

Crees que el afligirte es evidencia de debilidad y que eso merma en algo tu grandeza y majestuosidad, sin percibir que el enojo y el resentimiento hacen mas honda nuestra pena. Sé cuánto duele perder aquello que se ama, pues siempre se termina perdiendo algo de uno mismo. Así como en cada ola se va un amor o un amigo, se va también parte de su esencia y esa parte de ti que se va, deja de pertenecerte para entonces fundirse con la tierra.

Ahora debes compartirla, será tuyo su pasado, mas su futuro será del sol, de las huellas plasmadas efímeramente en la arena, de los caracoles que habitan la ribera, así como las algas que estarán a su encuentro con su nueva vida. Pero esto no debe ser motivo de tristeza, aunque se extravíen algunas olas y se escapen sirenas, no pierdes hermosura y majestuosidad.

Mírate ahora… hasta el sol quiere ser parte de ti. ¿Acaso no ves cómo se acuesta lentamente y cómo se refugia en tu regazo ofreciéndote a cambio un festín de colores, queriendo compensar tu abrazo con nubes púrpuras y arcos luminosos que se reflejan sobre tu faz? ¿Acaso crees que las gaviotas vienen aquí por la arena o el poniente?

No. Ellas vienen a contemplarte. Ellas también quieren ser tuyas, mas no cuentan con la virtud de los delfines y corales. Se conforman con extender sus alas sobre tu cuerpo y contemplar en silencio tu grandeza para bebérsela con sus ojos sedientos.

¿Por qué crees que Alfonsina se fue tras de ti?  Ella, al igual que yo, estaba cansada de esta absurda realidad que desconoce de quietud y sosiego; realidad que aspira a parecerse a ti y que tú, a pesar de rodearla, tal vez ya la detestas.

Por eso te enfureces cuando intentan quitarte lo que es tuyo, cuando violentan tu lecho, cuando muchos quieren convertirte en basurero. Ellos no te ven como ella pudo verte… De la misma manera en que hoy mis ojos te rinden pleitesía.

Déjame ser una de tus amantes; olvida a la sirena robada y tómame en su lugar. Déjame ser parte de tu historia, calma con tu furia la ansiedad de mis besos y regálame la paz que este mundo me niega. De algo puedes estar absolutamente seguro: mi amor por ti es insondable…

 

VENDÍ LA SILLA DE RUEDAS DE MAMA
Por José Lissidini
Uruguay

2017:  PRIMER PREMIO CAT. CUENTO , CLUB DE LEONES EL PINAR, 7 CONCURSO INTERNACIONAL DE POESÍA Y CUENTO,” HILVANANDO IDEAS HACIA UN MUNDO MEJOR”
218-2017:   Segundo Premio CAT. Cuento, en el 39 Certamen Dr. Alberto Manini Rios , AEDI- URUGUAY,ASOCIACIÓN DE ESCRITORES DEL INTERIOR.
307-18: Segundo Premio, Categoría Cuento, XXVII concurso literario del ICP, Instituto de Cultura Peruana y Consulado del Perú en Miami, EUA. en homenaje a César Vallejo y Georgette Philippart de Vallejo. MIAMI. EUA

 

El boliche era tan misero, que había una mesa sola, al fondo con un cenicero verde
apoyado. Una mesa azul, de chapa, tanto ella como las dos únicas sillas, con pintura gastada, corroída. Todos tomaban en le barra. El individuo entrado en años, lucía un aspecto decididamente decadente, sucio, con barba de tiempo y ropa, por demás ajada.
Tenía los ojos turbios. Prendido a la caña desde hacia un buen rato, en el boliche “ El gallo” y en el ultimo destello de conciencia, podía ver a su madre dejando un beso en su frente, mientras le aliñaba el uniforme escolar.
Pasaron las horas. Se hizo la noche. Nada había cambiado desde la mañana, seguía
lloviendo, hacía frío, dentro de él una gran tristeza lo invadía, por culpa de la angustia, se había guarecido en aquel antro, se despreciaba. Dio varias vueltas al vaso, entre los dedos.
No tenía preciso su destino. Recorrió someramente, con su húmeda mirada a cada uno de los presentes. ¿ Alguno entendería, que el amor de una madre, es fiel hasta la muerte?
Siente pesar y vacío en su pecho, se culpa y eso, lo lleva a tomar. La cabeza hundida entre los hombros, deja escurrir un par de lágrimas por su rostro. Él no alcanza a comprender, porqué ella no estaba molesta. Se siente un perro lanudo, con ese pelo largo y esa barba descuidada, a su edad. Al menos, si solo le hubiera gritado con bronca algún : – ¡ Inútil! m¡ Vago! ¡ Desconsiderado!.Pero solo lo miro, allí en el medio de la humilde cocina y, en cambio, asintió despacio. La vieja, era de fierro. Él ya iba a cumplir setenta, y ella tenia ochenta y ocho. Lo tubo jovencita, como tantas de su época. Desde botija, la doña lo consintió mucho, porque fue el único hijo. Ella siempre hizo un esfuerzo porque estudiara,y puede parecer mentira, pero él, en la escuela y el liceo fue aplicado, por eso aunque hacia sus embarradas, ella se lo aguantaba. Pensar que supo montar a caballo como un hombre.
La prueba está en aquella foto sepia, que le tomaron cuando tenía treinta y dos, sobre un morito. Que lujo la vieja. A pesar de su colección de fracasos, ella nunca le dijo nada, él nunca supo ni cuando se sentía mal. La cosa era que cuanto mas pensaba, más lo laceraba la culpa. La verdad, no recordaba muy bien cuando, ni en qué momento, pero sucedió. La única explicación:
– Vieja… Hay dos recibos de luz, dos de agua y ni un peso.
A veces se imaginaba en otras vidas. La de un periodista o la de algún locutor famoso, con su propio programa radial, en una emisora importante de la capital, sin embargo, cuando tocaba, no tenia otra que conformarse, con despuntar el vicio en alguna radio comunitaria de barrio,lo que no dejaba un cobre y en las cuales además, y sin saber por qué, apenas duraba uno o dos meses, como mucho.
– Dicen que soy un vago, que casi a los setenta, vive de la pensión, de una vieja invalida.
Que vivo en un rancho de mala muerte, en una villa, rodeado de bichos que cagan por todos lados, o sea, vivo entre la mierda de patos, gansos, gallinas, perros y que comen mejor, ellos que nosotros. Que soy un viejo cursiento, flaco,medio esperpento, lanudo, peludo, que tanto en invierno como en verano, calzo gorra de lana y una campera azul de nailon, cerrada hasta el cogote. Todo lo que quieran, pero yo cuido a mi mamá. La tengo bien
alimentada, limpita y hasta le conseguí de mangueo al Rotary, tremenda silla de ruedas, que vale sus buenos mangos.
Ojeo al compañero de copas, al cual le hablaba, el que apoyada la cabeza sobre los brazos, encima de la barra despuntaba un sueño. Prosiguió.
– La verdad que he sido un atorrante, toda mi vida, lo asumo, un rufián melancólico, pero no un bichicome. Tuve mis buenas, y pasaron. Tuve mujer, hijos, que andan por ahí, labure en varias radios, hice periodismo, pero como dice el tango del Minuano “…la fama es puro cuento” y cuando entras a andar mal y sin bento, chau pinela. Aunque por mi labia y disposición, supuesto desinterés, comprensión y compañerismo, muchos creen que soy lo más, como dicen los pibes, porque siempre fui bueno para el chamuyo y el camuflaje., mientras no me ven, ya cuando abren los ojos y me ven, les parezco una gran broma de mal gusto.
El Lito, propietario y mozo, hacia rato que lo observaba con curiosidad extrema, hasta que logró reunir coraje, para decir: – Che, Carlos.¿ De donde sacaste, pa chupar tanto?Vos, pa más de una, nunca tenes y a veces, hasta esa te la tengo que fiar. Lo miro ya casi anestesiado, los ojos prácticamente cerrados y la boca abierta, el vaso vacío, y medio arrastrando la lengua, antes de que la cabeza cayera sobre los brazos, dijo despacio:– Sabes, Lito. Vendí la silla de ruedas de mamá.
Eran las siete de la mañana, cuando entro en la habitación, con un mate cebado y humeante en la mano, aunque arrastraba los pies y se bamboleaba, seguido de la pequeña perra, que lo primero que vio en el suelo, fue la pelota verde con la que jugara la noche anterior, bajo la cama de la anciana. Cuando amagó subir en ella, el hombre la tomó entre sus brazos y le musito pausadamente:
– Es mejor, que la dejemos dormir. Ella esta soñando lindo con Dios.
Y lloraba al decirlo

LA INMOBILIARIA
Por Mirian Noce ( Argentina)

Por la mañana, el colegio. Por la tarde estudiar, hacer la tarea, tomar la merienda y después a patear.  Invariablemente mi madre todos los días antes de salir me repetía:

— ¡Cuidado con los vidrios de la inmobiliaria!

Por la cercanía al micro centro de Rosario mi barrio progresaba a buen ritmo. En cada cuadra se construían más edificios en propiedad horizontal. Yo vivía en un octavo piso. La calle para mí era la vida.

Al lado de nuestro edificio, para orgullo del barrio, se levantaba una casa de bienes raíces de tres pisos, cuyo frente totalmente vidriado era la preocupación de mi madre y de la “barra de la pelota”.

Cuando ingresé al secundario me daba un poco de vergüenza andar pateando en la calle. Una nueva camada de chicos nos habían ganado los lugares. Seguí jugando en el club del barrio, pero… todas las mañanas en el vidrio del comercio me miraba para ver si el nudo de la corbata estaba bien hecho, para que el padre Mario no me llamara la atención.

Ya en la universidad, cuando tenía examen, prolijamente me miraba para encontrarme presentable.

Al mes de recibirme de Analista de Sistemas conseguí un trabajo en un supermercado.

Estaba feliz. Mis expectativas cubiertas al enamorarme de la cajera Nº 1, morocha de ojos inmensos y sonrisa cautivante.

Durante tres años ahorramos y pudimos comprar el departamento A del tercer piso, del mismo edificio donde había vivido con mis padres y hermanos.

Un sábado de verano me casé con Ángela. Antes de partir rumbo a la ceremonia civil y religiosa, me miré en los cristales de la inmobiliaria como despedida de soltero. Me vi camino a mi destino, pronto a concretar todos mis sueños.

La vida nos impuso sus rutinas. Ir y venir cuatro veces al día; otras, los turnos corridos, un sólo día de descanso a la semana. A veces coincidíamos, otras no.

Éramos jóvenes, enamorados, llenos de proyectos. Siempre encontramos una sonrisa para seguir adelante.

Ángela, sacrificando horas de sueño, rendía materias de abogacía, pero se le hacía muy lento el avance en la carrera.

Transcurridos cinco años, en el mega mercado comenzaron a circular rumores. La recesión ya era manifiesta, las empresas estaban globalizadas. Ángela quedó sin trabajo.

A los pocos meses logró reanudar sus actividades laborales en un estudio de arquitectura. Nuestras vidas continuaron por carriles normales esperando para más adelante la llegada de un niño para completar la familia.

Con Ángela siempre estábamos atentos a los comentarios sobre la economía nacional, pues nos sabíamos cautivos de sus vaivenes.

Y así fue. Un día se nos comunicó que la Casa Central del supermercado en Buenos Aires, concentraba toda la administración contable.  Mis servicios ya no eran requeridos.

Comenzó mi calvario. Organicé mi currículo. Me presenté en todos los avisos clasificados. El trabajo de Ángela y su apoyo incondicional hicieron más llevaderos los primeros meses; además, contábamos con ahorros.

Pasó un largo año. La construcción empezó a tener agujeros, ya no se contaba con recursos para responder a proyectos de envergadura y el Estado había suspendido sus obras. Nuevamente Ángela quedó sin trabajo. La templanza era la virtud en la que debíamos apoyarnos para no decaer.

Un llamado telefónico movilizó nuestro presente y futuro, y las lágrimas se mezclaron con la esperanza, y dijimos sí. Mantuvimos largas charlas de mate y tortas para que la familia comprendiera que la nuestra no era una fuga.

La idea fue concebida por un grupo de profesionales de Rosario y zonas aledañas. Deseaban bucear en nuevos horizontes. En un charter se partiría hacia Miami como destino inicial; permaneceríamos allí como mínimo una semana, como máximo quince días. Buscaríamos trabajo para el jefe del hogar y/o la esposa, vivienda para alquilar y  algunos mirarían guarderías o escuelas. Las reuniones se sucedieron todos los días. El grupo se armaba según el pesimismo o la cotización del dólar.

Ángela comenzó con descomposturas a las que no le dimos mayor importancia. La atribuimos a los nervios de los momentos que estábamos pasando. Habíamos decidido que únicamente viajaría yo para ahorrar.

Durante el día estuve realizando trámites. Actualicé mi currículo en forma bilingüe, fui al profesor de inglés para agilizar mi fonética, pregunté por el pasaporte. Al llegar la noche estaba cansado, pero el proyecto aliviaba la carga.

Al abrir la puerta, los ojos de Ángela resplandecían. Su sonrisa llenaba los huecos del comedor y toda ella parecía salida de un nuevo universo. Fue el mensaje más veloz y feliz que recibí en mi vida. Sin palabras, supe que iba a ser padre.

Mi felicidad era doble: sería rosarino. Conocería a sus abuelos, tíos y primos, el monumento a la Bandera, el verdor y las flores de la costanera y el agua amarronada del  río Paraná.

Todo me dio más fuerza para seguir organizando lo que nosotros, jocosamente, denominamos “tour de trabajo”. De conseguirlo me quedaría en Estados Unidos. Ángela se reuniría conmigo cuando el niño (como buen macho argentino quería que fuese varón), cumpliera los dos meses.

Los días se hicieron cortos. Era tanta nuestra alegría que en esa noche agobiante  de febrero las molestias de Ángela casi pasaron desapercibidas.

El lunes a primera hora el avión despegaría con cuarenta esperanzas. Hombres y mujeres a los que el destino les niega la dignidad de sobrevivir en su patria.

A las tres de la mañana mi esposa tuvo contracciones y en prevención partimos a la maternidad. El médico nos tranquilizó. Me auguró el mayor de los éxitos en mi viaje y decidió dejarla internada para evitarle la emoción y el nerviosismo de la despedida.

Partí con una  mezcla de temor a lo desconocido y felicidad.

Atrás habían quedado las charlas político-económicas para justificar nuestro viaje. Las extensas conversaciones analizando los pro y los contra, ese apretar los sentimientos para no aflojar delante de los viejos. Atrás quedaba Rosario; adelante, una nueva vida que, aunque con pesadillas, me permitiría conocer la estabilidad.

El viaje fue bueno. Dentro del avión, como en un calidoscopio, aparecieron las manifestaciones de cuarenta voluntades dispuestas a triunfar.

Al aterrizar me llamó la atención la demora en abrir la puerta y colocar la manga. Transcurridos dilatados minutos la voz del comandante nos anunció que no podíamos bajar.

Las preguntas, los gritos, crearon un caos. Después de numerosas consideraciones, exigimos la presencia del cónsul argentino en Miami.

Pasó otra hora. Cuando llegó, su rostro no nos alentó y empezó una y otra vez la explicación a cada uno de nosotros.

—Debido al auge de sudamericanos que ingresan a los Estados Unidos, este país se reservó el derecho de admisión. Exige como requisito número uno poseer “visa”.

Ninguno la poseía, sólo el pasaporte en regla. En ningún momento se nos permitió descender. Quedamos como rehenes, presos en nuestro propio avión. Nos rodeó la policía de inmigración apostada en el aeropuerto.

Las virtudes y defectos afloraron, las costumbres y miserias humanas aparecieron. Por momentos no entendíamos nada. Estábamos en el país al que habíamos acudido en busca de mejor calidad de vida, trabajo, futuro para nuestros hijos… La impotencia me dejó disfónico.

Luchábamos por nuestros derechos. El cónsul fue y vino varias veces como intermediario. Algunos por cansancio cabecearon, otros por nervios eran una máquina de hablar, y los más caminaban los pasillos del avión. Otros oraban.

No podíamos tomar conciencia de la mala suerte que nos acompañaba: desde la cero hora de ese día estaba en vigencia la presentación de la visa para ingresar y permanecer en territorio estadounidense.

Hubo propuestas para enmendar las diferencias, se buscaron alternativas. Fueron las 24 horas más aciagas de mi vida. Nos mirábamos y ninguno tenía fuerzas para recoger los fragmentos de esperanza caídos, y que debíamos rescatar para volver a nuestro país.

El agobio, la frustración, el sueño, los proyectos manoseados, hicieron parecer más largo el viaje de regreso. Otra vez Rosario, mi Rosario otrora pujante y segunda ciudad de la Argentina.

Ángela todavía estaba en el sanatorio, y hacia allí partí. No fue necesario hablar, los rostros de familiares y esos ojos amados sin brillo me anunciaron que otra esperanza había sucumbido.

En un abrazo deposité en Ángela la fe no vencida, mi amor por ella y el creer que el país me daría otra oportunidad.

A los quince días, pasados en limpio todos los avatares, me preparé para comenzar de nuevo. Como antiguo ritual me miré en los brillantes vidrios de la inmobiliaria. En ese momento ingresaba el propietario de la misma, quien me saludó e invitó a tomar un café. Charlamos al igual que viejos amigos, a semejanza de padre e hijo. Analizamos el campo inmobiliario, muy vapuleado por el encierro financiero. Fueron dos horas inesperadas. Al salir y mirarme en el espejado cristal, vi un hombre joven, con el nudo de la corbata bien hecho, peinado, sonriente, alegre y con trabajo.


LA GOLONDRINA
Por María Sánchez Fernández
( Ubeda España )

     La primavera se dejaba adivinar en el ambiente. Los rosales mostraban sus pequeños brotes rojizos, y los árboles, todavía desnudos, quería reventar a través de sus yemas abultadas. La aves migratorias venían en grandes bandadas, de países lejanos buscando la bonanza del clima.

     Un grupo de golondrinas llegó a la ciudad. Sobrevoló una hermosa plaza poblada de jardines y allí decidió quedarse. Construyeron sus nidos en el alero que cubría la soberbia portada gótica de una iglesia que presidía aquel lugar. Iban y venían en caprichosos vuelos dando alegría y colorido a este tranquilo paraje.

     Una de estas avecillas se introdujo en el interior del templo por uno de los cristales rotos de un vitral, y allí encontró un mundo fantástico, muy distinto del suyo.. Le complacía volar y remontarse por aquel inmenso espacio de columnas y arcos apuntados que subían, alargándose, hasta la bóveda que cubría la gran planta basilical. Gozaba hasta el éxtasis  revoloteando, yendo y viniendo, y exploraba y se maravillaba con aquellas preciosas capillas cargadas de filigranas en su piedra dorada y envejecida por los años. Algunas de ellas estaban celosamente guardadas por bellísimas rejas de hierro primorosamente forjado. Por los amplios vitrales el sol pasaba, pero en forma de mil rayos multicolores

      Aquel mundo, nuevo para ella, era un mundo encantado. Volaba y volaba entusiasmada y, cuando se sentía rendida, se posaba en el hombro desnudo y frío de un hombre clavado en una cruz que, inmenso y solemne, presidía el templo desde el mimo centro del ábside.

     Al principio le observaba, infundiéndole un gran temor aquel rostro que reflejaba tanta angustia en el momento de la agonía. Aquel rostro hermoso y noble, que fue despertando en ella tanta ternura y tanto amor. ¡Cómo debía sufrir!

     Un día, con un hilillo de voz y un poco asustada le preguntó:

     − ¿Quien eres, Señor?, soy aún muy joven y no te conozco.

    Él, con  voz profunda y quebrada, pero con una inmensa dulzura respondió:

     −Mi nombre es Jesús

     −¡Qué hermoso es tu nombre, Jesús! Es ten suave como el céfiro  que mueve las espigas, y es tan dulce como el arrullo del agua. Yo soy una golondrina, y vengo de tierras muy lejanas.

     − Pequeña, tu nombre va unido al mío desde hace veinte siglos.

     −Entonces, Tú me conoces?

     −Sí, te conozco muy bien.

     −¿Sufres mucho, Jesús?

     −Sí, sufro mucho en mi carne y en mi espíritu.

     −¿Y quien fue tan cruel que te clavó en esa cruz y te coronó de espinas?

     −Fueron los hombres.

     −¡Los hombres como Tú, Señor!, pero ¿por qué?

     −Porque no supieron comprenderme.

     −¿Y vas a morir, Señor?

     − Todos los años muero en primavera. Ha de haber una víctima para la Redención.

     −No te comprendo muy bien, Jesús. ¡ dices palabras tan extrañas…!, pero yo daría mi vida con gozo para mitigar tu sufrimiento.

     El rostro de Cristo en su gran dolor se iluminó con una dulce sonrisa, y en un susurro dijo:

     −¡Bienaventurada avecilla!

     La pequeña golondrina, estremecida de amor y compasión, se posó en aquella frente atormentada, y con su corto pico intentó arrancar una por una esas punzantes espinas que hacían sangrar aquel Divino Rostro.

     ¡Le costaba tanto esfuerzo…! Eran largas y cortantes, y ella, ¡tan diminuta!

     −Te duelen mucho, Señor? Yo sufro porque Tú sufres. Te las quitaré con todas mis fuerzas y beberé tus lágrimas tan amargas.

     Y así, poco a poco, la golondrina fue extrayendo las espinas de la frente  lacerada de Cristo.

     Una mañana, cuando se iba a celebrar la misa, el sacerdote advirtió al levantar la vista, que Jesús no estaba coronado. Sorprendido vio que al pie de la cruz y sobre el altar, se hallaba la corona de espinas, y prendida a ella el cuerpo muerto de una golondrina que tenía el blanco pecho ensangrentado y atravesado por una de aquellas punzantes agujas.

5 comentarios en “CUENTOS , RELATOS Y MICRO RELATOS”

  1. Mais momento de Luz, que com certeza me farão percorrer nonos caminhos… voltarei pra ler e sover calmamente a riqueza
    que chega espontânea e me cativa… e me enche se saber!Eu voto! Beijos, Cema raizer.

    Responder
  2. «LOS HOJOS DE DHARMA» ASBA BARRENECHEA ARRIOLA( Buenos Aires)
    Contigo, recordo meus momentos! Eme encanto… É um sonho bom viver no ar puro da natureza, alimentação saudável,
    Sentir plenitude! Minha DHARMA se Chama «RODEIO» e parece irmã de DHARMA…Momentos maravilhosos marcam
    pra sempre! Fazem sentir que o mundo pode ser um ninho de amor e natureza…Meu forte abraço e parabéns por seu
    amor aos Olhos de Dharma, pois me fizeste sonhar com teu paraíso!

    Responder
  3. «LUNA DE CARAMELO» ADRIAN N ESCUDERO: ( ARGENTINA)
    Tuas palavras transmitem bondade, a feto, sinceridade…
    Tenho certa dificuldade de interpretar espanhol, mas acho que
    «Luna de Caramelo» tem melodia e tua linguagem tem mel, a
    transmitir fé!
    Sem Lua perderíamos muita inspiração… como poetas…

    Responder
  4. «LA IMOBILIÁRIA» Mirian Noce : ARGENTINA -Um relato de vida, com nuances do dia à dia…Mostrado
    detalhes de vidas, envolvvendo a figura de uma «vidraça envidraçada» que , fez parte da vida refletindo
    a imagem do protagonista e seus pensamentos… o casamento, a luta, a perda do emprego!Trajeto de
    má sorte e dor…Mas o gran final, nos traz a surpresa do título: LA IMOBILIARIA» e a imagem fantástica,
    sorridente e vencedora mais uma vez, refletida no espelho da vidraça! Deus te abençoe querida escritora!
    Teu relato me emocionou!

    Responder

Deja un comentario