CRÓNICAS-ARTÍCULOS Y ENSAYOS EN ESPAÑOL

Todo lo publicado en esta revista esta sujeto  la ley de propiedad intelectual de España” Ley 21/2014 de 4 de noviembre, por la que se modifica el texto refundido de La ley de Propiedad Intelectual, aprobado por Real Decreto  Legislativo 1/1996 del doce de abril, y la ley 1/2000, de siete de enero de Enjuiciamiento Civil” todos los derechos están reservados .Luna Sol Internacional está registrada ante la propiedad intelectual de España y el copyright de Estados Unidos

La poesía en el flamenco.

Desde el siglo diecinueve en que se desarrolla el flamenco en el ámbito andaluz que lo vio nacer, mezcla de formas musicales primitivas hindúes, bizantinas, judías y autóctonas, el interés que despierta en los poetas es tan variado como profundo. Su relación inicial con la escuela romántica se explica porque uno y otra exaltan en general la libertad y al individuo. No es extraño, pues, que el romanticismo, decimonónico adopte teóricamente actitudes flamencas que culminan con Augusto Ferrán, creador de coplas flamencas con temática amorosa y de reivindicación social plasmada en los libros “La Soledad”, de 1860 y “La pereza”, de 1870, y Gustavo Adolfo Bécquer. Este tuvo tal influencia de lo jondo que se considera a sus famosas “Rimas” como una perfecta conjunción del líder alemán y la siguiriya y el fandango andaluces. Son un modelo de ritmo y compás jondo y en ellas están presentes todos los elementos sensoriales que configuran miles de letras flamencas. El mismo Bécquer dice, luego de ofrecer su teoría sobre el cante jondo y su imbricación en Andalucía, que “la soledad es el cantar favorito del pueblo” en la región y que “cuando la guitarra acompaña a la soledad, ella misma parece como que se queja y llora”.

Las letras del flamenco responden a las inquietudes temáticas que se reconoce como románticas, verbigracia el choque de la realidad y el mundo soñado, la exaltación de la naturaleza, el retrato de la mujer como algo inaccesible, el gusto por lo exótico, lo macabro y lo sepulcral y el fatalismo existencial. Así, el flamenco se va vistiendo de un ropaje que lo hará inconfundible y llamará la atención posterior de la denominada Generación del ’98, en el plano poético, y la de intelectuales como Demófilo, Antonio Machado Alvarez, que en 1881 funda en Sevilla la Sociedad Folk-Lore Andaluz, y cuyos hijos, los conocidos Antonio y Manuel, heredaron el amor paterno por el flamenco. Basta con citar, de Manuel, su libro Cante jondo, de 1912, del que el día de su presentación en Madrid se vendieron más de mil ejemplares, y de Antonio sus “Canciones”, “Cantares y Coplas elegíacas”, libros repletos de flamenqueria, aunque menos abundantes en arabescos y quiebros juguetones que los de su hermano Manuel.

No fue ajeno al arte que nos ocupa el padre del modernismo, Rubén Darío, como se aprecia en su obra “Tierras Soleares”, de 1904, “desgarrón de luz andaluza”, que influye en discípulos como Francisco Villaespesa, almeriense como yo, y Salvador Rueda. Este poeta malagueño fue un cultivador apasionado de soleares de tres versos o soleariyas, y de la solemne de cuatro, aunque fue la siguiriya la expresión formal que más lo entusiasmó, considerándola, la estrofa más elocuente métrica española. De aquí que combinara versos de seis y once sílabas a la manera flamenca, de intensa sensualidad paganizante muy mediterránea.

Otro nombre prestigioso vinculado con el flamenco es el de Federico García Lorca, que capta como nadie la esencia de los cantes y que construye con esos materiales toda una mitología del pueblo andaluz. Son ejemplares al respecto sus libros “Poemas del cante jondo”, de 1921 y su conocido “Romancero gitano”, de 1927. Autor al que acompaña Vicente Aleixandre, premio Nobel, reflexivo y profundo, que encuentra en el flamenco el normal desahogo a sus inquietudes, como lo prueba el espléndido poema que dedicó a una bailaora granadina, María la Gorda, en la que vio el arte representado en toda su pureza.

No sin citar a Fernando Villalón, vanguardista y barroco a la par, con Latoriada; a Juan Renajo, granadino, con Lorca el más grande creador de metáforas e imágenes para algunos críticos: la “Antología de la poesía flamenca”, de González Climent y el mucho duende de “Garganta y corazón del sur”, de Mario López, cabe señalar que la llegada de la Guerra Civil repercutió en el flamenco con un cancionero más visceral que valioso. El clasicismo posterior y luego el enfoque de lo jondo como tema se rige como puente de unión entre las nuevas y las viejas generaciones. Expresiones de esto último lo son Félix Grande, Antonio Murciano, objeto de tesis universitarias; Caballero Bonald, que en Anteo expone cada uno de los estilos básicos flamencos, y muchos otros que harían demasiado larga esta relación.

En los dos últimos siglos la poesía española, entre los muchos temas que componen los registros más profundos del alma humana, ha estado signada, en forma de copla o de amplios versos, por el rico patrimonio del flamenco, un arte tan misterioso como complejo.

Antonio Camacho Gómez

LA MÚSICA… SIEMPRE LA MÚSICA.
Jaime O. Solís Robledo

Lunes 5 de junio 10.45 hrs. Atravieso la Plaza Cívica de este Chilpancingo hermoso que no olvido ni olvidaré, aun con la violencia que lo azota y varias de sus calles luciendo la basura, como para que no olvidemos el país en que estamos. Detengo mi caminar y de pie me solazo admirando su catedral, que luce como fondo ese límpido azul del cielo que nos cobija. La imagen grandiosa e imperecedera del inmortal José María Morelos empieza a envolverme, arrastrando con ella los recuerdos de su admirable gesta militar e ideológica a favor de nuestra independencia. Como abejas se sueltan también los hermosos recuerdos de mis 28 años de compartir mi vida con los guerrerenses. La velocidad y potencia admirables de nuestra mente me asombra cada día más.

Han pasado ya 15 minutos y rememoré acontecimientos del siglo XIX y XX; sobre todo de mi vida personal. Al punto de reanudar mi marcha hacia la FOTO SALMERÓN, adonde paso cada que visito Chilpancingo, empiezo a escuchar las agradables notas de una guitarra eléctrica que desgrana dulcemente la melodía HISTORIA DE UN AMOR y claro, la velocidad increíble de mi mente me ubica en Cacahoatán, Chiapas, cuando trabajé en la herrería de don Bernardino Muñoz entre mis 8 y 12 años de edad. Él fue mi primer guía y maestro de la vida; el otro maestro lo tuve en Chilpancingo, entre mis 46 y 70 años de edad. Se llamó HERMILO CASTORENA NORIEGA. Ambos dejaron su generosa, sabia e inmarcesible huella en mi caminar por este planeta. Historia de Amor me recuerda a Bernardino porque cuando iba a la “gran ciudad” (Tapachula, Chiapas), me llevaba con él, y después de cumplir con las compras y asuntos pendientes, me invitaba a comer ¡en restaurant!, y siempre ponía en la sinfonola esa canción: “Ya no estás mas a mi lado corazón/ en el alma sólo tengo soledad/ y si ya no puedo verte/ por qué Dios me hizo quererte/ para hacerme sufrir mas”. Todo el tiempo que duraba la canción permanecíamos callados. Por sus ojos y su semblante emanaba un torrente sombrío de tristeza y soledad.

Pero la asombrosa velocidad del pensamiento me tiene ya disfrutando Wendoline, a la que siguen Nunca mas podré olvidarte, ¿Dónde estás corazón?, Sufrir me tocó a mí, dos que no recuerdo sus nombres y… ¡Qué insensato! La hora de estar en la terminal de autobuses está ya cercana y yo “quitado de la pena”  -como decía mi madre. Me lamenté (y me la menté) por tener mi boleto comprado para viajar a la Ciudad de México, monstruo de concentración humana adonde el gobierno no tardará en querer cobrar impuesto a sus habitantes por respirar. Bueno, y también lleguen a multarte por no cubrirte del frío, aparentando que se preocupan mucho por sus gobernados.

¡Qué lastimoso para mí el tener que marcharme! Conforme me alejo voy escuchando mas tenues las notas que lanza al viento este talentoso guitarrista callejero. En silencio hablo como loco: Tino, en la próxima visita te veo. Chilpancingo, me separo de ti “como la uña de la carne”, tal lo expresara Pedro de Abad, en el Poema de Mío Cid.

Ciudad de México, junio 7 de 2017.    

ESA TERRIBLE OBSESIÓN

Esa terrible obsesión de preguntarme ¿Cuántos años tengo? Si a mí no me interesa la cantidad de años que fui cargando en mi mochila y la sigo cargando sin doblarme; ¿a qué esa insistencia de preguntarme la edad? Desde que tengo uso de razón esa pregunta flamea como una bandera sobre mi estatura. Pero ya que están tan interesados/as les contaré…. Que tengo los años de haber vivido una intensa niñez, feliz hasta hacerme doler el corazón de felicidad. Tengo la edad de haber vivido en un hogar cómo no conocí jamás, donde la palabra respeto fue como referente y nombre de la calle de mi pueblo.

Tengo la edad en que mis mejores amigas fueron mi madre y mi hermana. La edad en que esperé por años a los Reyes magos, dejándoles pastito verde y tierno y asombrarme al ver que se habían tomado el agua que les había dejado porque sus camellos eran muy sedientos. Tengo la edad en que cursé la escuela primaria con notas excelentes, acaricié el piano durante cuatro años en una academia. La cultural británica me tuvo como asistente durante cinco, colgué con orgullo mi título de profesora de corte y confección y tuve alumnas y diseñé ropa para gente importante luego que me casé… La edad en que me arriesgué a pintar cielos , picos nevados, soles y trigales. La edad en que conocí a un DIOS que jamás me abandonó y su presencia me acompaña hasta hoy. La edad en que las mariposas despertaron en mí la ilusión de un día sobrevolar la vida como ellas sobre las flores. La edad en la que  se jugaba con muñecas y se las cuidaba como hijas queridas. La edad de la inocencia en que hablar de «sexo» era prohibido y tema tabú en mi casa, y que cuando me hice mujer casi siendo una niña no sabía cómo decírselo a mi mamá, por temor a que me retara y cuando se lo dije, me contestó: le vas a comunicar a la maestra que no fuiste hoy al colegio porque «estabas indispuesta», y cuando se lo dije fue en secreto porque para mí la palabra «indispuesta» se refería a «eso». La edad en que un día cuando cursaba 4º grado cuando abrí el cuaderno de los deberes en casa, encontré una «cartita de amor» que decía ¿Quieres ser mi novia? El que la escribió vivía en la esquina de mi casa, pero era tan tímido que ni siquiera me rozaba con la mirada. Tengo la edad en que a los 25 años vestí el traje de novia soñado, con el duende soñado, el marido soñado, el compañero de los tiempos buenos y malos hasta hoy. Tengo la edad que a pesar de tres veces esperar a la cigüeña, esta se arrepintió y tomó otra ruta sobrevolando otros aires, porque DIOS tenía reservado la bendición mayor y nuestro hijo nació en mi corazón. Tengo la edad en que los sueños se realizan y uno de los tantos que tenía se cumplió el año pasado, al publicar dos libros. Tengo la edad en que al presentarme para hacer un trámite me preguntan cuántos años tengo, y al responderle me miran como diciendo… ¿Es verdad? ¡No lo parece!

O cuando la dueña del SPA me hizo la ficha para comenzar un tratamiento y me tomó las medidas, no me quiso creer la edad que tenía, ¡No te puedo creer! ¡Con esta piel, este cuerpo, esa luz que irradias…(opinión de ella) ¡Gracias amiga! Se que no era de compromiso. Entonces yo digo ¿para qué me preguntan la edad? Primero porque no me creen, 2º porque no lo aparento Y 3º porque cronológicamente lo asumo. Tengo la edad que descubrí que podía aprender a trovar y la trova me concedió oportunidades y alegrías de conocer a amigos que tal vez no hubiese conocido antes y ganar premios internacionales. 2 Corintios 4:16 – Reina Valera La Biblia habla por mí: «Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.» Y por último tengo la edad en que amanecer en un día nublado y lloviznoso, que para muchos es como un anticipo de la muerte, para mí es un paraíso… Que aunque no haya sol, siento que mi alma se entibia al leer, escribir un poema, escuchar una melodía. Porque me miro al espejo y noto que aún conservo el brillo en la mirada, porque puedo hacer resaltar mis labios con rouge y decirme ¡Vamos todavía!

Tengo la edad que me encanta que me digan «abuelita” y no tía, correr a la par de ellos, jugar a las escondidas, no me encuentren y salirles con “el piedra libre”.

La edad en que tengo la capacidad de asombrarme cuando encuentro una piedra de color, debajo de las aguas cristalinas de un río… Que persigo a las hormigas siguiendo el camino que las llevan a guardar su alimento para el invierno… Ya dejen de preguntarme por favor ¡Cuantos años tengo! Pues tengo los años que viví, que me faltan por vivir y según los cálculos de mi corazón y mente «SON MUCHOS».

Libia Beatriz Carciofetti

    

LA EXPERIENCIA 
Elias D. Galati

Se denomina experiencia al conjunto de vivencias y a los conocimientos que de ella derivan.
Cada uno de nosotros adquiere experiencia a partir de las impresiones externas, del mundo que nos rodea o de las impresiones propias o internas.
Como concepto filosófico es el conjunto de conocimientos que el sujeto adquiere al entrar en contacto con la realidad.
Cuando es exterior y sensible produce una experiencia llamada percepción, y cuando es en el interior del sujeto la experiencia es interna o intuición.
La experiencia es uno de los pilares de la existencia, ya que los comportamientos están regidos por mandatos que ordenan la experiencia de la especie, la experiencia del grupo y la experiencia personal.
Un acto que no es regido por ella, se considera irracional, porque aún la intuición que puede promover una conducta es consecuencia de una resolución interior, similar a la experiencia.
La experiencia forma el carácter y la personalidad del ser, por eso decía Heráclito, el carácter o ánimo del hombre es su destino.
Donde se forma es en el ser, en el ser en sí mismo, a diferencia del ente, que comprende a todos los objetos y sujetos, materiales o espirituales, psicológicos o lógicos, del ser que es todo aquello a que podemos referirnos como algo que es.
Hay una maravilloso metáfora de Heidegger que compara el ser  con la luz, la luz sería el ser, los objetos iluminados el ente.
La experiencia es del ser en sí mismo, de cada ser en particular, como de una comunidad de seres, o de la raza humana.
La experiencia es por lo tanto un conocimiento que se da en el ser, y habría que preguntarse como se da en el hombre.
Porque las experiencias son distintas según las regiones, las épocas y las sociedades, y aún dentro de un mismo ámbito y en un mismo tiempo difieren de acuerdo a la condición social, a la forma de crianza, a las costumbres de cada grupo y de cada familia, y también de cada persona en particular.
Hay una experiencia física, que se adquiere en el cuerpo, en los músculos, en las articulaciones, en los movimientos, en la forma de hablar, de andar, de escuchar, de sentarse, de comer y hasta en los más mínimos e íntimos detalles de cada uno.
La experiencia, sobre todo la impronta del primer tiempo se expresa como conocimiento del cuerpo, de sí mismo y condiciona la expresión.
También condiciona la mente, el espíritu, los sentimientos, los ideales y las relaciones con los otros seres humanos.
Como me he nutrido, que he priorizado, que he leído, escuchado, aceptado o rechazado, da cuenta de quien soy, como vivo, como siento, como amo o deseo y como proyecto.
La polaridad entre naturaleza y cultura muchas veces se inclina hacia la cultura, que surge de la experiencia.
Se entronca con la libertad, que es la posibilidad de elegir que experiencia queremos tener y como va ella formando nuestra personalidad, de acuerdo a nuestra elección.
La elección puede ser acertada o desacertada, egoísta o solidaria, bondadosa o perversa, y nos pondrá en un camino del cual va a ser muy difícil volver, para bien o para mal.
En todos los momentos de la vida reaccionamos casi instintivamente, pero no con nuestra naturaleza, sino con la templanza que le ha dado a ella nuestro conocimiento, de acuerdo a lo que hemos elegido.
La suma de experiencias nos marca, señala nuestra personalidad y dimensiona nuestra valoración y nuestra condición humana.
Seremos en la medida que hayamos elegido, y acumulado en nuestra memoria y en nuestro ser esa experiencia vital que nos hace ser en realidad, únicos, irrepetibles, distintos.
La experiencia nos marca, nos lleva de la mano por el derrotero de la existencia y señala nuestro paso, aquello que fuimos, que somos y que seremos en el decurso de nuestra historia.

DISCURSO FÚNEBRE PRONUNCIADO POR EL PROFR. RIGOBERTO PÉREZ ARTEAGA, EN EL SEPELIO DE SU AMIGO ISIDRO ALBARRÁN VÉLEZ, EN LA CIUDAD DE CHILPANCINGO, GUERRERO.

La modestia de mis palabras tienen la noble intención de enmarcar un sentido adiós para quien leva las anclas de su fructífera vida, y emprende la insospechada travesía que el destino nos tiene reservada a cada uno de los moradores pasajeros de este mundo.
Decir adiós en este nebuloso trance entre la vida y su irremediable fin, resulta muy complejo y difícil por naturaleza; aunada a esta angustia la sombra hiriente de la tristeza, que apretuja nuestros corazones y que nos conlleva al llanto como desahogo que mitiga este sentimiento.
Por lo difícil de este momento para hilvanar  las palabras y conceptos más
apropiados, recurrimos a las mentes privilegiadas que con maestría aprecian de manera precisa y bella estos trascendentales eventos; con tal justificación, me permito traer a colación algo de la producción literaria del poeta guerrerense MANUEL S. LEYVA MARTÍNEZ, titulado “Cuando muere un amigo”. Dice así:

Cuando muere un amigo que mucho se ha querido
algo de nuestras vidas se marcha al más allá…

Entonces llora el alma y un dolor escondido
nos confirma en silencio, que al morir nuestro amigo,
lo mejor de uno mismo se va y no volverá.

El verdadero amigo que en todo es solidario,
es el mejor hermano que el destino escogió,
porque da sin reservas su lealtad y cariño
y en la escala del tiempo es voz del corazón.

Cuando muere un amigo duele la adversidad
e invade al sentimiento cruel infelicidad,
porque van al ocaso postreras ilusiones
flotando en el silencio fraterna soledad.

Cuando muere un amigo que mucho se ha querido…
parte de nuestra vida se va y no volverá.

Hoy con un nudo en la garganta y con lágrimas en los ojos despedimos a un gran chilpancingueño: a ISIDRO ALBARRÁN VÉLEZ, a quien desde siempre conocimos como “Chirro”, calificativo cariñoso con que ostentó justificada fama entre propios y extraños.
Parte de su alto relieve personal y popular lo cosechó cuando en sus años mozos, haciendo derroche de su inseparable valor, montó y dominó a los mejores y más bravos toros de su época. Pero nuestro amigo Chirro no sólo tuvo valor para esas osadías, sino también para la toma de sus decisiones personales, como la de irse a buscar mejores horizontes de vida a nuestro vecino país del norte, donde con ese espíritu de lucha y de constante trabajo, logró consolidar sus metas y objetivos.

Consideramos que Chirro lega como inapreciable herencia a su familia, especialmente a sus descendientes, grandes valores humanos como la honradez, honorabilidad, bondad, equidad y amor al prójimo, así como esa perseverancia y admirable fortaleza para el trabajo. Ojalá que su agigantada imagen siga siendo la guía espiritual y moral para todos los suyos.

Y para todos nosotros, tus amigos que tanto te apreciamos y que te recordaremos siempre, nos dejas ejemplos perennes de valor, de lealtad y de ese incalculable sentido de la amistad, que fue uno de los grandes atributos que siempre te distinguió y acrecentó el reconocimiento y afecto hacia tu inconmensurable persona. Amigo Chirro:  Con un metafórico abrazo y apretón de manos te decimos adiós; que tengas un buen viaje, esperando que al final de tu jornada te estén esperando con los brazos abiertos, todos los tuyos que se te adelantaron en esta travesía de la vida. Adiós por siempre.  

 

EL PODER DE LA MÚSICA 

En esencia, la música es perturbar el aire para que el cerebro capte melodías, armonías, ritmos y matices, pero para cada quien es un arte con significado particular.

La ciencia ha demostrado con creces que recibir constantes dosis de música tiene efectos positivos en la vida de las personas.

Universidades estadounidenses comprobaron hace poco que escuchar música religiosa o gospel mejora la autoestima y la satisfacción de vida de los adultos mayores creyentes, al tiempo que reduce su preocupación en torno a la muerte.Tener más música en los hospitales favorece la pronta recuperación de los pacientes.Otras instituciones han contrastado  que la música reduce el dolor y ansiedad de los pacientes con problemas respiratorios  y que mejora la función del tejido del endotelio en quienes sufren enfermedades cardiovasculares.Hay testimonios de  músicoterapeutas  que han sido testigos de cómo niños con problemas de habla, muchachos en riesgo social y personas con depresión logran, al ritmo de guitarras, tambores y teclados, mejorar su condición.El proceso de musicoterapia tiene el poder de dar a los pacientes una manera de expresarse, con lo que arroja pistas sobre la manera idónea de intervenir en la situación de forma integral.

La música es un medio, no un fin. No interesa si la persona canta bien afinada, si sabe o no tocar un instrumento. Simplemente, es un medio para intervenir y solucionar ese motivo de consulta. Mejor desarrollo. Las mismas zonas cerebrales procesan tanto el lenguaje como la música, según halló la Universidad de Georgetown. Por su parte, la Universidad Northwestern encontró que aprender música mejora las habilidades verbales aun más que el estudio de la fonética.Muchos abogan por la enseñanza de la música desde edades tempranas para estimular la mente y mejorar el rendimiento académico.La pianista y compositora Pilar Aguilar, asegura que sus buenos estudiantes de piano suelen ser excepcionales en la escuela y el colegio. Una investigación de la Universidad Estatal de Ohio respalda este hecho, pues determinó que la educación musical mejora la lectura y las destrezas matemáticas en los adolescentes. Según Aguilar, además del ejercicio cerebral que implica tocar un instrumento, la práctica diaria y constante desarrolla la autodisciplina en el niño, y aprender música clásica en particular le facilita la apreciación de cosas complejas.“Para mí, es muy claro que toda la gente que ha estudiado música, no solo tiene ese desarrollo mental, sino un refugio a posteriori. La música clásica hay que entenderla para que te guste, y después ya nunca te aburre”,asegura Aguilar.Inclusive, recibir de uno a cinco años de educación musical en la niñez favorece las funciones auditivas, que son vitales en la comunicación.Al ser algo metodológico, que requiere disciplina, entrega y dedicación, tiene un efecto en cualquier otra profesión que uno ejerza.La música es verdaderamente un lenguaje universal y sin fronteras, como lo confirmó un estudio realizado en el 2009.

 La música esta presente en todas las culturas y puede transmitir emociones hasta entre quienes no hablan el mismo idioma.Hay que  subrayar el indiscutible poder de la música como medio para unir a las personas.Se  puede tocar  y escuchar música con personas de  China, Bangladesh, México, de  Rusia o Estados Unidos… La música no se pelea con nadie.

La inmensa mayoría de las personas que conozco dicen  que  conciben su vida sin la música, por eso insto a todos  a escuchar géneros variados y a disfrutarlos sin prejuicios, “desde reguetón hasta (Gustav) Mahler, o Pitbull, o lo que sea.La música solo aporta beneficios, tanto para los ejecutantes como para las audiencias

“La música trasciende por sí misma a la misma música. Basta con apreciar el efecto que tiene en una comunidad la visita de la Orquesta Sinfónica Nacional, o el impacto de la Orquesta Sinfónica Infantil en los niños y sus familiares y amigos. Es sumamente importante en el plano humano.Es  vital para que la humanidad  aproveche los beneficios que otorgan la práctica y el disfrute de este arte.

Editorial

MISIÓN EGREGIA DEL ESCRITOR

(Breve ensayo) 

A los colegas en el Maná del Verbo, los  prestigiosos Poetas y Artistas que integran las distintas y fructuosas INSTITUCIONES CULTURALES DE MI CIUDAD, SANTA FE DE LA VERA CRUZ (ARGENTINA), con afecto y admiración indeclinables, en recuerdo del inefable y modernista escritor católico y político argentino, Leopoldo Lugones (1874-1938).

Asimismo, al reconocido escritor y narrador santafesino, Edgardo A. Pesante, maestro literario y de vida, heredero de Mateo Booz, cuya persona y obra permanecerán para siempre en el corazón de aquellos que conocieran la nobleza de su augusta persona y magistral obra narrativa. In memoriam..

Y en especial, a mi querida madre Zulema Angélica, quien alentó como nadie mi vocación de escritor o trabajador de la Palabra, con eterno agradecimiento. In memoriam…

Hipótesis

Mucho se ha escrito acerca de la misión del escritor. Talentosos colegas han intentado esbozar su parecer sobre dicho particular. Nada impide intentarlo una vez más, religando tal vez los habituales conceptos sobre el tema, y considerando al hombre escritor, no sólo en su oficio (materia) y permanencia u olvido por parte de la comunidad que ha sido o sigue siendo receptora del singular aporte de su singular trabajo, eminentemente cultural -como todo aquello que promueve desde un terreno fértil la siembra de una semilla a la espera de anhelados frutos-, sino teniendo en cuenta además el destino no sólo real (mundano) sino transreal o trascendente -en el fondo y como esperamos demostrarlo-, de su egregia, cuasi divina tarea: sacralizar la vida, sacralizando los territorios naturales y sociales del mundo. Mundo cuya realidad pasada, presente y futura, ofrece la tela a desbrozar o a cortar o a tejer para comprender y aceptar o intentar cambiar, incluso, con ética y verdad, la multidimensional trama de la existencia humana.

Para ello, este llamado ensayo “breve”, no resulte tan sucinto en verdad, porque no sólo tendremos que ser claros a la hora de intentar (intentar, siempre intentar) expresar nuestro enfoque sobre la cuestión de marras, sino demostrar que, a veces, lo bueno, no breve, como recomendara el magnífico escritor español Baltasar Gracian y Morales, sino lo bien explicado, dos veces bueno; ya que, como enseña san Agustín, “Al bien hay que hacerlo bien”.

Partiendo de aquella “hipótesis sacralizadora del oficio de escribir”, y creyendo en el ser humano como ser que nace y fluye inexorablemente desde su albor hacia el atardecer vital terreno, para recostarse en la sublime incógnita de un destino de eternidad, recordamos que san Juan Pablo II, nos decía desde su sabio magisterio humanístico: “Vivimos en una época en la que sobreabunda la palabra, repetida hasta la saciedad por los medios de comunicación social, que ejercen tanto influjo sobre la opinión pública, para bien y para mal. Pero lo que necesitamos es la palabra rica en sabiduría y santidad”.

Disparador

Entonces viene un tal Fabio Morábito, y nos recuerda –sugestivamente- que, en su opinión: “… escritor es aquel que se enfrenta al fracaso de escribir y hace de ese fracaso, por decirlo así, su misión, mientras los demás sencillamente redactan. (Remarcando) Podemos (…) imaginar a alguien que, soga en mano, a punto de colgarse de una viga del techo, se dispone a redactar unas líneas de despedida, toma un lápiz y escribe la consabida frase de que no se culpe a nadie de su muerte. Hasta ahí va bien la cosa, pero decide añadir unas líneas para pedir disculpa a sus seres queridos y, como es un escritor, deja de redactar y se pone a escribir. Dos horas después lo encontramos sentado a la mesa, la soga olvidada sobre una silla, tachando adjetivos y corrigiendo una y otra vez la misma frase para dar con el tono justo. Cuando termina está agotado, tiene hambre y lo que menos desea es suicidarse. El estilo le ha salvado la vida, pero quizá fue por el estilo que quiso acabar con ella; tal vez (…) fue la convicción de ser un escritor fallido y tal vez lo sea, como lo son todos aquellos que pretenden escribir el justificante perfecto, que son los únicos a quienes vale la pena leer. Escriben para justificar que escriben, la pluma en una mano y una soga en la otra”.

Y luego viene uno, para considerar junto a ustedes, colegas en el devenir de la palabra -o inspiración anímica  y/o sonido mental vocalizado, escriturado o no-, situada desde la realidad o el costumbrismo, o extrapolada en sus esencias y signos, gestos y códigos, descubrimientos e invenciones, servidos por la magia de la imaginación exaltada en la crónica cotidiana, en la maravilla de lo inusual, en la conjetura de lo fantástico y/o en la metafísica de lo trascendente sobre cánones ensayísticos, poéticos o narrativos, y a la luz de la advertencia expresada ut-supra por el Santo Padre sobre el empleo eficaz del lenguaje y el idioma como producto comunicativo, pero en clave de inexcusable responsabilidad social… Y a utilizar -con la mayor propiedad posible-, algunos circuitos neuronales del pensamiento reflexivo, para encenderlos dentro del espacio-tiempo de comentario y consideración como el que legítimamente reclama, por su contundente formulación, el aserto lanzado por el colega Morábito en orden al acto –vuelto oficio o actividad especializada de ejercicio hábil y constante- de “escribir”.

Del acto propio

Escribir como inquietante desafío a conjugar o a enfrentar interpretativamente –según se esté o no de acuerdo con él-, y puesta a la mesa de la inquisición intelectual y espiritual esa obsesiva –y muchas veces, solitaria e incomprendida- tarea de intentar –intentar, siempre intentar- comunicar al otro los propios o ajenos sentimientos, ideas, símbolos, matrices y epistemas enmarcados en la infusión dialéctica –hablada o escriturada en papel o pantalla electrónica de la Internet- de lo previamente visto, tocado, olido, escuchado o percibido directa –objetivismo- o indirectamente –subjetivismo presentido como esencia de lo transfigurable por medio de la “poiesis” platónica, o proceso creativo-, en la órbita discursiva de enfoques aliados al presente –cronical o imaginario-, al pasado –costumbrista, histórico o ucrónico- y futuros  -conjeturales, utópicos o diacrónicos-

Y todo mediante el acto propio, fraterno y gratuito –incubado en los abismos de la soledad generativa del ser humano o criatura energética encarnada-, consumado al cabo de un ejercicio profano o piadoso de matices gramaticales, sintácticas y semióticas con que el Verbo Primigenio se transpone a sustantivo en términos de “escritura” y como resultado del acto de “escribir”.

Transición rápida o fugaz, lenta o morosa, meditada o cerebral, intuitiva o experimental. De lo mental o razonado, a lo textual  (intra, inter y contextual). De lo pensado o presentido, observado o investigado, esto es, de lo sentido, acusado u observado y, al fin, obrado o actuado –por que el escritor es siempre testigo, consciente o inconsciente, de su tiempo y espacio: “realidad situada”, en palabras del Prof. Osvaldo R. Valli-, para denotar y connotar, cuantificar y cualificar objetos y sujetos -prima facie sensibles y aprehensibles, o insensibles y esenciales y de dificultosa aprehensibilidad-, en el complejo devenir de un argumento real, imaginario o sobrenatural.

Escribir bajo el sustento de poner en valor no lo que se dice o se proclama o se cuenta, sino cómo se dice, cómo se proclama o cómo se cuenta la percepción de lo real o irreal inmanente a cada situación o fenómeno alcanzado por esa “relación intuitiva-vivencial” que, según el escritor naturalista Émile Zola (1840-1902), establece el hombre -sensorial o anímicamente- con las cosas y sujetos, y los comportamientos de esas cosas y sujetos; ello, como aventura misionera y hasta profética en eso de ir hasta el fondo de lo captado o imaginado, desde una loca o cuerda, necia o sabia manía de insistir o perseverar en la administración del don gratuito de la palabra. La palabra: ese instrumento poderoso –ni bueno ni malo en sí mismo, pues sólo a quien le pronuncie cabe la ética de su empleo-, que distingue –por su connatural sapiencia ungida- al hombre del resto de los vivientes

Del significado

En ese orden, repasemos ahora a Fabio Morábito en su afirmación sin vueltas acerca de que los escritores, “Escriben para justificar que escriben, la pluma en una mano y una soga en la otra”.

Su escrito parece presentarse como el manifiesto de un arrebato definidor de no por lúcida, extraña o inquietante contundencia; y, prima facie, de carácter únicamente individual. Como una breve y clara postura acerca de que, lo que se entiende por redactar difiere y en mucho a lo que implica escribir. Digresión en la materia sobre la que, y de pleno, sin mayores sudores, coincidimos, en cuanto a que, escribir, y en firme convicción, pasa, ni más ni menos que por  trabajar la palabra (minúscula: porción de caracteres lingüísticos) mientras se trabaja con la Palabra (mayúscula: sentido expresivo de un escrito).

Cuestión que nos deriva de lleno y de plano, a interrogarnos si quien escribe –redacción de por medio como hemos visto, pero trabajada  o escarpada como a un suelo aterronado presto a recibir la semilla de la idea, en clave de una difusa percepción encapsulada todavía por los laberintos ignotos de un ser poblado de fantasmas a dar cuerpo visible-…, si quien escribe –decíamos-, es sujeto inherente a un capricho tan sólo intelectual o emocional, o sustento sine qua non –a veces tácito y otros velado- de una irrevocable “misión”, de un mandato vocacional que supera a la mera inquietud personal o narcisista, para adentrarse en los densos -aunque luminosos al fin- territorios de la trascendencia del hombre, como criatura encaminada hacia un destino de eternidad.

De lo actitudinal

Por eso, recuerdo haber suplido en mis comentarios literarios muchas veces al término “escritor”, por el de “trabajador de la Palabra, desde la palabra”. Porque nadie procede de sí mismo, excepto Dios (y si alguno no cree en su existencia, lo siento: tiene un gran problema para responderse a las preguntas: quién soy y dónde vengo), revelando en esta afirmación mi particular encuentro con la naturaleza o sentido que el término alteridad debe filosóficamente concebir. Y acuñando además, y por cierto (ya que no visto ni conocido ni escuchado ni leído a otros llamarse a sí mismos de dicho modo: trabajadores de la Palabra o del Maná de la Palabra –que involucra, ergo, a la palabra-, sino en el más reiterado y conocido término: el de “escritores”: rol funcional atribuido académicamente a la llana literalidad del acto de “escribir”), una expresión más humilde si se quiere, a fin de ayudar y ayudarme a descifrar el alfa y omega de quienes practicamos una vocación auténtica –no, una profesión; ni tampoco un hobbie, como diferenciaba adecuadamente Edgardo A. Pesante), en cuanto sensibles, nobles, inquietos y esforzados “hacedores de naderías” (dixit J. L. Borges).

De “naderías” sí; pero sólo para aquellos que reducen al Universo a una directa exposición orgánica o material, e ignoran –por error o soberbia-, o descuidan -por negligencia o vanidad- al arte de la contemplación de lo que el gran espíritu de amor (providente y misericordioso) realiza en dicho Universo, en tanto le da vida en un perenne renuevo de infinitas transformaciones. Gran espíritu (Espíritu, en verdad) que da vida para la Vida, y Palabra a (y en) la palabra, confiriendo un sentido de indiscutible trascendencia (sin fin) a todas las cosas y seres tocados por la Gracia de su esencial tributo creador… Esto es, no en mi concepción al menos, “naderías” o “productos” de los sueños e imaginación del hombre libre para fortalecer la Nada o el Caos, sino y por el contrario, para echar luz y orden a ese pedazo de Todo que, de esta forma, pasa a denominarse Cosmos o Sistema de sistemas interactivo y armonioso.

De lo actitudinal

En un comentario al relato “El esclavo” del escritor andaluz Antonio Camacho Gómez, llego a entrever que escritor es, en el completo sentido de su vocación, quien se atreve “a explorar los mundos” que giran alrededor y dentro de cada hombre, de cada ambiente o de toda masa viviente urdida en polvo de soles por el supremo Creador. Allí sostengo también que, escritor, es alguien “preparado para aceptar los claroscuros de la trama de la existencia humana, acechada por su inescrutable finitud”; finitud “donde sólo la efusión del amor ofrenda connotado y denotado por las esencias de la bondad, la belleza, la justicia y la verdad, entrelazados junto a sus negativos correlatos, esto es, el odio, la miseria, la violencia y lo mendaz, atributos que orlan -como las dos caras de una misma moneda- a la humana fragilidad, permiten en clave de esperanza y destino de trascendencia, el profundo mensaje que bulle elocuente y vivaz” en los intestinos y extremaduras de la referida trama.

Es decir que si el lector no cuenta con esta visión polifónica, polícroma y multiforme del tejido vivencial en quien administra y enhebra los hilos del don gratuito de la palabra, estará a merced del desánimo metafísico y trascendente (o náusea de Sartre) de su sesgado congénere o influyente interlocutor, corriendo el grave riesgo de “deambular (sólo y solo) por las oscuras quebradas de la ´condición humana´ (A. Malraux, op. cit.) y el vértigo de las frustraciones y angustias de la vida”, presentada sin más como irredento calvario hacia la nada. “Visión estrecha que le impedirá otear, más allá del abismo terrenal, un cielo cuyo firmamento es ícono de la eterna felicidad”.

Así, cuando aparece la verdadera literatura  es porque ha sido puesta a prueba también “lo que el verdadero escritor y lector poseen por naturaleza: sensibilidad emotiva y paciente racionalidad elaborativa e interpretativa”. Porque los duendes del misterio y las criaturas que los habitan, se inclinan hacia fuera para horadar nuestra emotividad sapiencial; esa conciencia activa que nos “promueve y nos lleva a conmovernos en solidaridad de especie, de humanos, de ´ser´ humanos, personas con dignidad, inteligencia, voluntad, libertad  y creatividad, y a comunicarnos mediante el gesto y la palabra pensada y obrada como… una “honesta delatora”. Palabra llamada a potenciar el rigor de su impronta literaria, hasta elevarse hasta las más altas “cumbres del Verbo, que sólo aquel que entrena su oficio” o trabajo “de escritor como el águila y el cóndor su vuelo montañés, podrá avizorar en la hondura y holgura que guarda” su intimidad más íntima, “como hospitalaria casa del significado de todo y de todos. Casa donde es posible aprehender con tensión y ternura combinadas, los prealudidos claroscuros de la existencia y en el vértigo de sus angustias, fracasos,  gozos  y heroísmos”. Casa donde concurren, en definitiva, las pruebas, sacrificios, fatalismos y frustraciones del hombre, junto a los frutos sarmentosos de una ardua plantación y pródiga vendimia, resultado no sólo de un hercúleo esfuerzo para vencer las medusas del inframundo asomado a la tierra, sino de una celestial providencia que corrige, suaviza y consuela –misericordiosamente-“el caminar del hombre”

Producto cultural

En tal sentido abogo para que, tan grave tarea comunicacional, se tome realmente como lo que es: un trabajo que dignifica a quien lo ejerce con humildad de corazón y rectitud de intención -como cualquier otro trabajo; sólo que éste contempla, descubre, analiza y expresa a las esencias inmateriales que alimentan el fuego de la vida para la Vida en el Cosmos todo, dotando de luz y orden al Caos irredento de las tinieblas confusas que anteceden a lo creado-. Especialmente, y retomando la directriz papal introductiva, porque en estos tiempos apocalípticos de materialismo y utilitarismo productivista, resulta –al menos en mi caso- también bueno afirmar la idea de que, quienes practicamos el oficio  -actividad consciente y consecuente- de trabajadores de la palabra en la Palabra -o Escritores fabricantes de literatura: personas en ciernes o al filo siempre de su alter ego, la filosofía-, desde el esfuerzo, la inspiración y la imaginación, somos también creadores de… “productos”.

Productos. Un término cuyo complejo alcance ha sido manipulado y aislado por ahora sólo para los intereses de la ciencia económica. De “productos” sí, pero “culturales”. Esos que transfiguran los límites de la materia, para adentrarse en los secretos de la vida misma, y se arropan como libros gráficos (los más sensuales y deseados por el ethos tradicional, con olor a pan de papel y tinta de sangre, humanizados, sacramentados), libros electrónicos (versátiles y de mayor alcance, pero artificiales; tan artificiales como toda la sociedad tecnotrónica que viene aplastando al orden natural de la existencia), folletos y hojas volantes (leves, sintéticas y sincrónicas) gráficas o electrónicas, y cuevas de foros o magazins virtuales (parnassus fabricados en las nubes de Internet o red de redes binarias, matemáticas y casi infalibles en su transmisión y retransmisión de la palabra y sus ecos planetarias y siderales)… Productos.  Frutos de un trabajo no ajeno a una singular aventura vital que integra a cuerpo, mente y espíritu de un obcecado labrador de historias ciertas o ficcionadas (he ahí al cuentista), o terreno extirpador de las esencias que atomizan simbióticamente el drama y la trama de la existencia humana (he ahí al poeta)…

Ejemplo de esta última afirmación, alusiva al escritor-poeta, puede constatarse en el siguiente trabajo de la poeta uruguaya, Lilian Viacava:

¡Salve Poeta!

Adormecida en el teclado de mis horas / vierto en las letras imborrables alegrías / que compartimos bajo el seno de la luna / cuando en la noche compartimos fantasías.

Y en el silencio nos decimos tantas cosas / que las palabras van formando una corona / entre tus versos engarzados / como agitadas alas blancas de paloma.

Suspira el viento en la boca sin sonido / en emociones que se cruzan por el aire / y el corazón va acelerado ¡consentido! / por las palabras desplegadas con donaire.

Palabra en letras que nacen adornadas / en nuestras horas compartidas con belleza / es la amistad que cultivamos como rosas / ¡salve poeta! Nuestra amistad es mi riqueza.

Sacralización

Así, cuando al escritor se lo nombra, en este caso, “poeta”, podemos dar cuenta y en plena coincidencia con ella, de lo expresado por la Dra. en Letras, Prof. Graciela Maturo (a quien reconozco como Maestra de América), en tanto que:

“Si el hombre puede ser definido como el ser que comprende, el poeta es aquel que contempla y crea para comprender. Su atención a la realidad pone en marcha todas sus facultades: sensibilidad, afectividad, memoria, fantasía creadora, intuición simbólica, intelecto, reflexión. Un mundo de formas y valores sensibles se ofrece a la mirada del poeta; esa mirada inaugural para la cual el mundo es siempre algo nuevo, un hoy virgen y bello, como decía Stephane Mallarmé. Es necesaria la mirada inocente del niño para captar emocionalmente la significatividad de las formas y percibir a través de ellas su relacionamiento oculto. En nuestra perspectiva, el acto poético remite a la experiencia mística, que fusiona al yo con la causa última… Bien lo vio Novalis, revalidando lo afirmado por larga cadena de Poetas: “La misión del Poeta es apoderarse del sujeto trascendental”.

En tal sentido, Antonio Di Benedetto (1922-1986), figura emblemática de las letras argentinas, supo afirmar: “Escribo para confesarme y salvarme”; siendo otro ejemplo singular, al modo del honrado colega Leopoldo Lugones, del escritor como “el que asume la palabra como indagación del mundo y de sí mismo sin eludir en  ningún momento la responsabilidad de asediar la verdad”, asumirla y compartirla, haciendo de versos y ficciones vías locomotoras de una autocomprensión, mas no autocompasiva, solitarista o narcisista, sino portadora de lecciones que abran al lector “el conocimiento del mundo y de sí, como sólo el arte genuino sabe hacerlo”.

Por ende, y atento a lo analizado precedentemente, sostenemos que la razón última o misión egregia del escritor sería, y tal cual lo planteáramos de inicio, y a consecuencia de la química orgánica y espiritual que lo caracteriza, la de testimoniar la vida bajo el ardid taumatúrgico de la palabra interpelante y comunicativa, en orden a sacralizarla –mítica y trascendentalmente- en clave personal y social, y conforme a todos los aspectos, propiedades y dimensiones de su compleja, abismal desmesura.-

ADRIÁN N. ESCUDERO – Santa Fe, Argentina. T.o.: 13-06-2015. T.a.: 13 de Junio 2017 – DÍA DEL ESCRITOR en la República Argentina  (Homenaje a Leopoldo Lugones)

 

 

5 comentarios en “CRÓNICAS-ARTÍCULOS Y ENSAYOS EN ESPAÑOL”

  1. Formidables, profundos y aleccionadores artículos de ANTONIO CAMACHO, acerca de la música flamenca; La Terrible Obsesión, de LIBY CARCIOFETTI; de ELÍAS G. GALATI, sobre La Experiencia; La magistral disertación de ADRIÁN N. ESCUDERO; el emotivo adiós fúnebre de RIGOBERTO PÉREZ ARTEAGA; y el Editorial que nos obsequia la prestigiada Revista Internacional Lunasol, en su edición de junio. Reconforta al alma su lectura. Felicidades a los colaboradores y, desde luego, a nuestra Directora y Diseñadora Eunate Goikoetxea.

    Responder
  2. Muchas palabras y pensamientos, gritan lo que el alma siente.
    Bravo! mis estimados escritores, les deseo que su musa nunca deje de brillar.

    Cristina

    Responder
  3. Feliz día a todos mis queridos escritores , a los que están y a los que son y no están…la verdad que me hacen el alto honor de dejarme entreverar mis humildes letras en semejante desborde de las vuestras …
    Gracias Eunate por incluirme, eres muy generosa…
    La poesía en el flamenco: Siempre me deslumbró el flamenco, mi abuelo inmigrante español con sus historias cuando trabajaba en las minas y su patio lleno de malvones, me hizo ansiar conocer su tierra cosa que DIOS hizo que así fuera y disfrutar del flamenco y el «cante ondo» en Andalucía… muy bueno lo tuyo Antonio Camacho Gómez
    cariños desde Argentina
    Liby♥

    Responder
  4. LA MÚSICA… SIEMPRE LA MÚSICA.
    Jaime O. Solís Robledo: Conmovedora tu crónica amigo Jaime…
    Tu experiencia es similar a la que se vive y se palpa en el aire que respiramos la mayoría de los países donde la corrupción nos azota como sociedad y salpica a cada familia…
    Como ciudadanos del mundo «rescatar los momentos felices» nos hace muy bien…
    Esa canción la cantaba cuando niña… en las reuniones de familia, lo debo haber hecho muy bien «gestualmente» porque me aplaudían a rabiar ja já…tanto que no quería que me bajen de la mesa.
    Un abrazo extendido Jaime desde Argentina
    liby♥

    Responder
  5. Cuando muere un amigo que mucho se ha querido…
    parte de nuestra vida se va y no volverá.
    No sabes como te entiendo Rigoberto, esas sensaciones estos últimos años me han rozado muy de cerca…si bien es la ley de la vida «el nacer para morir» … asumimos que el cristiano sabe que habrá un reencuentro por la eternidad.
    Mi cariño desde Argentina
    Liby♥

    Responder

Deja un comentario