ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO

 

 

BREVE RESEÑA CURRICULAR – FORO PARNASUS, PATRIA DE ARTISTAS
(“Ya que estamos juntos, conozcámonos” – E. Butti)
Datos Personales:
ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO – LE Nº 8.467.257 – Fecha Nacimiento: 12-01-1951 (Santa Fe) DOMICILIO (“La Botica del Autor”): Obispo Gelabert 3073 – (3000) SANTA FE (ARGENTINA). Te.: 0054 0342 4554811. Grupo familiar: casado (1974) con María Teresa Susana Helguero (1950), cuatro hijos (Diego Fernando-1974; Alejandro Esteban-1976; Sebastián Ignacio-1977 y Rocío Carolina-1985) y seis nietos (Nicolás Alejandro-1995; Sofía-2000; Facundo Gabriel-2003; Milagros Belén-2008; Salvador José-2012 y Justina Paz-2016). Correo electrónico: adrianes@hotmail.com
Como Profesional: Contador Público Nacional (1975)-MP Nº 4645-CPCE del 11-06-76 y Magíster en Dirección de Empresas (CT – 1998). Desempeñó su profesión en Gestión Privada durante el período  (1975-1980). Sin embargo y concomitantemente, actuó entre los años (1971-2011) como profesional de la Gestión Pública de la Provincia de Santa Fe (actualmente retirado: sus dos últimos cargos en el servicio civil al Estado Santafesino fueron los de Director Ejecutivo del “Programa de Expansión y Mejoramiento de la Enseñanza Agropecuaria en el Nivel Secundario – Convenio Provincia Santa Fe/Banco Interamericano de Desarrollo) (1988-1990) y el de Contador Fiscal afectado como Secretario General del Cuerpo Colegiado del Órgano de Control Externo Constitucional Provincia de Santa Fe – H. Tribunal de Cuentas (Artículo 81º – Constitución Provincial), durante el período (1990-2011), con funciones de Vocal Subrogante (2007-2011) de dicho Cuerpo. Miembro del Colegio de Graduados en Ciencias Económicas (CPCE – 1a. Circunscripción Provincia de Santa Fe) y ex Miembro del Colegio de Funcionarios Públicos Jerarquizados de la Provincia de Santa Fe (1990-2011), donde ejerció el cargo de Secretario General (1990-1992) – Enero 2011: Cese por jubilación sector estatal y actividad privada.-
Como Docente y Académico Universitario: Ejercitó la docencia en el campo de la Administración de Empresas en la Facultad de Ciencias Económicas (Universidad Nacional del Litoral – U.N.L.) en el período (1972- 1980); y en su similar de la Universidad Católica de Santa Fe (U.C.S.F.) entre (1980-2000). En esta última ocupó por dos períodos el cargo de Secretario Académico (con funciones subrogantes de Vicedecano ) entre los años (1980-1985) y (1995-2000), proveyendo a su reingeniería orgánica y tecnológica integral.
Como parte de la Comunidad Católica de Santa Fe: Activo colaborador de las siguientes instituciones parroquiales, a las que nombra y venera: Parroquias “Nuestra Señora del Huerto” (ASF) (1959/1969-Liturgia); “Nuestra Señora de la Merced” (ASF) (1970/1979-Liturgia, Canto, Catequesis y dirección de Grupos Juveniles); “Nuestra Señora del Tránsito” (ODG) (1980/1987-Liturgia y Ministerio Extraordinario de la Eucaristía y Exequias); “San José” (OAR) (1988/2015) – Liturgia, Catequesis y Ministerio Extraordinario de la Eucaristía y Exequias) y “Sagrado Corazón de Jesús” (OASF) (D. 2016 – Liturgia y Acción Católica)
Como escritor:  Como Escritor cultiva la narrativa, el ensayo, la crónica articulista. Prologuista de libros, conferencista, jurado y crítico literario. En Narrativa  se expresa en los géneros: realismo mágico, maravilloso, fantástico, terror, y ficción conjetural-científica y ficción conjetural-metafísica: Autor de 4 Libros de cuentos editados: Los Últimos Días (Ed. Colmegna SRL, Santa Fe, 1977), Breve Sinfonía (Y Otros Cuentos) (Ed. Colmegna SA, Santa Fe, 1990) y Doctor de Mundos  I (El Sillón de los Sueños) (Ed. Vinciguerra, SRL, C.A.B.A., 2000); y El Emperador ha muerto (Y Otros Cuentos) (Ed. Dunken SRL, C.A.B.A., 2017-2018); 5 Breviarios Literarios editados: Breviario Literario –  Septeto ( Colección Mesa de Cuentistas – Ed. ASDE, 1996); Apocalipsis bang – Las siete Parábolas de la In-Creación (Ed. Vinciguerrra SRL, Bs. As., 1999); Los Últimos días – Tetralogía (Ed. Mundo Cultural Hispano, España, 2005); El Emperador ha muerto – Tríptico  (Colección  La Abadía, Vol. 10.  Ed. Ciudad Gótica – Rosario, 2006); y Teofanías y otros relatos (Colección 30º Aniversario SADE-Filial Santa Fe, 2006); 9 Libros de cuentos/novelas inéditos: Desde el Umbral… (2008); Nostalgias del Futuro (Antología I) (2009); El Reino de los Sueños I (2009); Nostalgias del Futuro (Antología II) (2011); Piedras (una Fábula Mitológica) (2015); Doctor de Mundos II (Visiones Extrañas) (2016); Doctor de Mundos III (Mystagogia Narrativa o el Legado de Juan) (2016); Apocalipsis Bang (2017); y Mixturas Cotidianas (2017); y 6 libros de cuentos en  desarrollo: Los Espaciales; Perdido en el Templo; Punciones Mentales; El Reino de los Sueños II,  Atila y Otros Cuentos de Abecedario; y Mundos Paralelos. Como Ensayista, Articulista y Prologuista, ha elaborado más de 60 artículos  (éditos e inéditos).
   Premiado en más de 60  Certámenes Literarios (locales, regionales, nacionales e internacionales). Su obra y biografía  forma parte en más de 40 Antologías (locales, regionales, nacionales e internacionales (Argentina, España, Colombia, USA, etc.). Usuario-colaborador en más de 40 Magazins virtuales locales (Ceres, María Juana, Laguna Paiva, Rafaela, Santo Tomé, Santa Fe), nacionales (Bahía Blanca, Buenos Aires, Córdoba, La Pampa, Mar del Plata, Mendoza, San Luis, etc.)  e internacionales (Canadá, Colombia, USA, Uruguay, México, Venezuela, Italia, Marruecos, España y Bosnia) y 21 Suplementos Culturales locales (Santa Fe), regionales (Ceres, Coronda, María Juana, Rafaela, Rosario), nacionales  (Córdoba, Corrientes, Buenos Aires) e internacionales (México), en los  Diarios “Época” y “El Litoral” (Corrientes); “La Opinión” (Rafaela – Provincia de Santa Fe-Argentina), y “El Litoral”, “La Provincia” y “Diario Uno” (Santa Fe-Argentina); así como en las Revistas Literarias Gráficas: TIERRAS PLANAS de Ceres (Provincia de Santa Fe-Argentina); “CLARABOYA” de Coronda (Provincia de Santa Fe-Argentina); “LA SABIA LUCIÉRNAGA” – Área de Cultura, Comuna de María Juana (Provincia de Santa Fe-Argentina), BANCO CLUB, ROTARY CLUB SANTA FE, PLEAMAR, LA GACETA LITERARIA DE SANTA FE, VOCES y TRAZAS (UNIVERSIDAD CATOLICA DE SANTA FE); y SUELO SANTAFESINO (Subsecretaría de Cultura de la Provincia), Santa Fe (Argentina); MILENIUM y NUEVOMUNDO (Ia. y IIa. Etapa), Buenos Aires (Argentina); ACALAN – UNIVERSIDAD DEL CARMEN, Estado de Campeche (México); DECIRES de Cosquín (Provincia de Córdoba-Argentina); TERCER MILENIO EN LA CULTURA de Rosario (Provincia de Santa Fe–Argentina); y DIOGEN PROKULTURA (Bosnia).
   La labor de Jurado de eventos literarios y presentador de libros la desarrolla en la región noreste del país. Asimismo, condujo durante 8 años (1979-1987) junto al escritor santafesino, Edgardo A. Pesante (1932-1988) el Programa “Acontecer Literario” (Radio Nacional Santa Fe-Argentina). Actualmente ejerce, y desde el 2014,  como Secretario ad-hoc del Grupo de Flamenco “ANDALUCÍA A COMPÁS” (Santa Fe, Argentina), que integra el periodista, escritor y recitador Antonio Camacho Gómez, con la dirección de la bailaora prof. ballet clásico y flamenco, María Eugenia Irigoyen.
   Su perfil biográfico se destaca, entre otros, en la Nueva Enciclopedia de la Provincia de Santa Fe – Tomo I. Edic. Sudamérica (Santa Fe-Rep. Argentina, 1992), así como en el Breve Diccionario de Autores Argentinos. Edic. Atril – Buenos Aires-Rep. Argentina, 1999); y en las Selecciones Biográficas Narradores Santafesinos. Edic. Tauro (Santa Fe-Rep. Argentina, 1994) y Un siglo de Literatura Santafesina. Edic. Culturales Santafesinas (Rosario, Rep. Argentina, 1999); también, en  “Los que hicieron Santa Fe”, cap. 34 – La Creación Literaria. Edic. Diario «El Litoral» (Santa Fe-Rep. Argentina, 2005).
   ENTIDADES Y FOROS CULTURALES:  a)  LOCALES: Miembro de la  ASOCIACIÓN SANTAFESINA DE ESCRITORES-A.S.D.E. (Integró su CD – Período 1978-1996); de la SOCIEDAD ARGENTINA DE ESCRITORES-SADE Filial Santa Fe; del INSTITUTO ARGENTINO DE CULTURA HISPANA -I.A.C.H.-Filial Santa  Fe; de la ASOCIACIÓN CULTURAL EL PUENTE- Santa Fe; de la ASOCIACIÓN SANTAFESINA DE LECTURA -A.S.L.; del SERVICIO DE EDUCACIÓN PARA EL ARTE-SEPA Filial Santa Fe); de la ASOCIACIÓN DE ESCRITORES SANTAFESINOS INDEPENDIENTESA.D.E.I.S. (colaborador ad hoc); y del REGISTRO CULTURAL DE RAFAELA (Municipalidad de Rafaela-Provincia de Santa Fe); y PUENTE DE PALABRAS (Rosario).   b)  NACIONALES: Integrante, entre otros, de los Foros Literarios: ESCRITORES.ORG; PARNASSUS-PATRIA DE ARTISTAS; LAZOS DE ARTE Y AMISTAD y MAPUCHE (Buenos Aires); NARRADORES Y POETAS DEL MERCOSUR-GUALEGUYCHÚ (Entre Ríos); LETRAS EN EL ANDÉN (La Pampa); y, c) INTERNACIONALES: Integrante de Foros Literarios, como: MUNDO CULTURAL HISPANO (Alicante, España); PARNASSUS (C.A.B.A. – Argentina); DIOGEN PRO KULTURA (Sarajevo – Bugojno, Bosna i Hercegovina y North Berkeley, USA); CAFÉ DE ESCRITORES (Madrid, España); CLUB LITERARIO CERCA DE TI (Madrid, España); RED MUNDIAL DE ESCRITORES EN ESPAÑOL -R.E.M.E.S. (Madrid, España); UNIÓN HISPANOMUNDIAL DE ESCRITORES-U.H.E. (Perú); NACIONES UNIDAS DE LAS LETRAS (UNILETRAS-SEMILLAS DE JUVENTUD- SJ Siglo XXI (Chía/Bogotá, Colombia): Miembro Fundador y ex Vicepresidente Internacional Adjunto y Consejero Asesor de Presidencia (2015-2017), y actual Miembro Fundador y Presidente Colegiado, y Embajador de Buena Voluntad; ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE TROVADORES (Texas/USA – Alicante/España): ex Vicepresidente (Argentina); Revista Virtual LUNASOL (USA/España): integrante Staff Directivo Editorial; CIRCULO INTERNACIONAL DE NARRADORES Y POETAS DEL MER.CO.SUR-C.I.N.Y.P. (Rosario, Argentina): Miembro Fundador – Embajador de la Paz y Defensor del Medio Ambiente WWPO-Rosario; Magazin Virtual ARISTOS INTERNACIONAL – Revista Literaria en Lengua Hispana y Portuguesa (Alicante, España): integrante Staff Directivo Editorial; y ASO.LA.PO. (Asociación Latinoamericana de Poetas, Escritores y Artistas)-Filial ARGENTINA (Buenos Aires, Argentina).-
ENERO 2017.-
ADRIAN NÉSTOR ESCUDERO
NOSTALGIAS DEL FUTURO
(o Parábolas Cardinales del Espacio-Tiempo)
COLECCIÓN DE FICCIÓN CONJETURAL Y METAFÍSIC
Ediciones la Botica del autor
Santa Fe (Argentina)
Obra Inédita
AUTORIZADA SU PUBLICACIÓN EN LA SECCIÓN “NUESTROS ESCRITORES”
DEL MAGAZIN VIRTUAL “ARISTOS INTERNACIONAL” (Alicante – España); y a título de ejemplo de la narrativa que cultiva el autor bajo el enfoque, entre otros, de la ficción conjetural metafísica.
ENERO 2018
ÍNDICE
A modo de Prólogo
Prefacio – DESPUÉS DE LOS OJOS
NORTE (Mundo-Espacio) – ALFA (Cosmos-Tiempo):
O siete historias que relatan, a modo de parábolas y en el espacio tiempo del Big Bang (Génesis), la creación del Cosmos o Primavera de la Existencia…
  • EL JUGUETE (o Parábola del Génesis)
  • EL NIÑO DEL COHETE (o Parábola del Fundamento)
  • EL PLANETA VIVO (o Parábola del Cosmos)
  • CUESTION DE TIEMPO (o Parábola del Destierro)
  • EL NIÑO VERDE (o Parábola de la Desdicha)
  • SUCEDIÓ EN GRAY TOWN (o Parábola del Destino)
  • EL GUARDIAN (o Parábola del Poder)
ESTE (Mundo-Espacio) – BETA (Cosmos-Tiempo):
O siete historias que remiten, a modo de parábolas y en el espacio tiempo del Big Bang (Génesis), al fluir de la Vida o Vino del Estío (Verano) de la Existencia humana…
  • EL NIÑO DE CRISTAL (o Parábola de la Vida
    LA MUJER (o Parábola del Heroísmo)MAMA YGRIEGA (o Parábola de la Esperanza
    LOS NUMEROS (o Parábola de la Humanidad)
    ¿VENDRÁS A VISITARME? (o Parábola del Amor)
    CUANDO LLEGUEN LOS DUENDES (o Parábola de la Alegría)
    NOSTALGIAS DE FUTURO (o Parábola de la Felicidad
    OESTE (Mundo-Espacio) – GAMMA (Cosmos-Tiempo):
O siete historias que expresan, a modo de parábolas y en el espacio tiempo del Big Bang (Génesis), a las cruces de la Vida u Otoño de la Existencia…
  • MUNDOS PARALELOS (o Parábola de la Existencia) PROYECTO PARAISO (o Parábola de la Utopía) FIN DEL PROGRAMA (o Parábola de la Fatalidad) EL SOLDADO EN LA ROCA (o Parábola de la Violencia AL FINAL DEL VERANO (o Parábola del Miedo) LOS DIAS GRISES (o Parábola de la Melancolía) CEMENTERIOS DEL ESPACIO (o Parábola de la Muerte)
SUR (Mundo-Espacio) – OMEGA (Cosmos-Tiempo):
O siete historias que aluden, a modo de parábolas y en el espacio tiempo del Big Bang (Génesis), al destino trascendente  del Hombre bajo el signo de la Esperanza….
  • MALDITOS BICHOS (o Parábola de la Evolución)
  • HERMANO DE LAS ESTRELLAS (o Parábola del Enviado)
  • EL JARDIN DE LA EXPIACION (o Parábola del Purgatorio)
  • DETRÁS DE LAS TINIEBLAS (o Parábola de la Parusía)
  • ANNO DEI (o Parábola del Apocalipsis)
  • LA SALIDA (EN LA PRIMAVERA DE LAS TUMBAS) (o Parábola del Infierno)
  • EL DIA ETERNIDAD (o Parábola del Cielo)
Referencias Literaria
Curriculum Vitae y Literario – Modelo Red Mundial Escritores en Español (RE.M.ES.)
A MODO DE PRÓLOGO
“En el arte, las obras “juegan” como el eje y la rueda: obras serias, graves, incisivas, críticas, impugnadoras, acompañan y refuerzan la lucha del hombre por una sociedad más justa y más libre, en tanto las obras lúcidas, mágicas, fantásticas, incitan a imaginar y a soñar aventurados despegues que nos aligeran de una pesada materialidad sin destino”. JOSE LUIS VITTORI (“El Escritor: medio y lenguaje”. Ediciones Castañeda – Buenos Aires, 1977. Pág. 16)
La idea de recoger selectivamente a este grupo de cuentos bajo el título de NOSTALGIAS DE FUTURO (Inédito. La Botica del Autor. Santa Fe, 2004), que militan –algunos de ellos- en el género fantástico y –otros- en el género de la (mal) llamada “ciencia ficción”, término acuñado en 1926 por Hugo Gernsback[1], y aún otros, combinando ambos géneros opuestos epistemológicamente[2], en la llamada “ficción metafísica”, me fue motivada –lo confieso- por dos íntimas sensaciones:  inconsciente, la primera, en el intento de reunir algo de los frutos que distingue a este particular abordaje de lo existencial que resulta lo “fantástico”, en su expresión más abarcativa, mirando al futuro, pero sin desechar la influencia de las otras dos dimensiones básicas de la realidad, el pasado y, fundamentalmente, el presente, a quien la CF –en particular- somete por medio de historias y parábolas, a una inaudita proyección de lo posible, dejándole a uno la posibilidad de entretejer en sus clásicas raíces hasta el onírico arrebato de los sueños: esto es, aquel hechizo de libertad absoluta con promesa de eternidad, que sólo el elixir de creatividad que emerge de su universo sin límites podría convocar hasta el asombro. Y la segunda sensación, ya más consciente diría, experimentada al darme cuenta que, con exactitud, durante el año de 2004 había cumplido –inexorablemente- el XXXIIIº ANIVERSARIO[3] o Edad de Cristo de mi activo e irrenunciable encuentro con la Literatura; hecho que, por cierto, no podía dejar de celebrar y compartir con aquellas almas gemelas y aún opuestas al tema, que me apoyaron con su aliento o sana crítica, en el intento de crecer como hombre bajo el amparo generoso de la Palabra creadora.
Y qué mejor hacerlo, me dije, sino por vía del agrupamiento de ciertos cuentos vinculados solamente al género con el cual di comienzo al oficio de las letras, más allá de lo mágico cotidiano, lo trascendente y el realismo psicológico que se entretejerían vocacionalmente también después[4] –ensortijándolas incluso como advertíamos precedentemente[5]– con aquellas “nostalgias del futuro”, como me ha parecido más propio reacuñar[6] a la “ciencia ficción” (para ingleses, norteamericanos y franceses) o género de la “literatura de la imaginación disciplinada”, denominado así por Judith Merril[7] al referirse a ésta, según Carlos E. Abraham, “rama del realismo que evita cuidadosamente –en su más clásica concepción- las apelaciones a lo sobrenatural”[8] o “fantaciencia” (para italianos), “ficción científica” o “literatura de anticipación” (para latinoamericanos), como gustó llamar a esta especialidad literaria un maestro del cuento santafesino, Edgardo A. Pesante (1932 – 1988).
Nostalgias del futuro que terminarían capturando mi espíritu para revelarme un cierto talento –obsequio de Dios- como escribidor o trabajador del Verbo, estrato inferior del oficio demiúrgico desde el cual partir para arribar, algún día, a la estatura mágica del ser “escritor”. Posibilidad ésta, la del arte, que sólo en intenciones planificara desde mi adolescencia y primera juventud (pues mi fusión con la Literatura resultaría contemporáneo a los últimos años de mi carrera de Contador Público Nacional cuyo título obtuviera en 1975 y al que fuera alimentando en todo este tiempo, con el corazón y la mente divididos –al decir de San Pablo-, ya con postgrados afines o con lecturas y conferencias pertinentes, según el caso).
Tan es así que, mi primer libro, “LOS ULTIMOS DIAS” [9], al reunir narraciones escritas entre 1975/1976, testimonia el aserto; y más todavía, permitiría concluir (a modo de íntima convicción y haciendo lo imposible por no caer en el perverso ombliguismo, con que Leopoldo Marechal fustiga a las autocalificaciones), que dicho conjunto de cuentos pudo haber sido, y de hecho, lo fue, el primero publicado bajo la impronta de la “literatura de anticipación” en nuestro medio: bucólico lar provinciano, metros más o menos a la redonda de nuestra querida Ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz. Libro editado y financiado por su autor (como toda su producción, sin el apoyo oficial o privado de ninguna clase, como le sucediera y sucede a tantos otros escribidores del interior “del interior” de nuestro amado país colonial) en 18 esforzadas cuotas mensuales de un préstamo bancario, en una época donde el “realismo” y el “costumbrismo”[10] hacían oír sus robustas y versátiles voces tanto en narrativa como en poesía, junto a una pléyade de excelentes escritores locales[11], en quienes confluían todas las tendencias literarias conocidas[12] y a los que, por fortuna, pude conocer…
Toda una hazaña para aquel tiempo –puedo arriesgar- pues el tal libro, “LOS ÚLTIMOS DÁIS” (inédito en su propuesta como tal y con un solo cercano antecedente: aquellos estremecedores apólogos o parábolas que, César Actis Brú, publicara bajo el título de “El Disco Volador y Otras Historias” – Ediciones Colmegna SA, Santa Fe, 1976, y cuya reedición sería bueno procurar alguna vez), habría de constituir, para jóvenes y adultos lectores santafesinos todo un desafío literario que les extrapolaba[13] la conciencia, “desde” una percepción criolla amamantada todavía en terrenos de ríos e islas a principios de la década de los ’70 (del siglo pasado), “hacia” una temática cósmica que venía brillando ya entre los años 1930 y 1950, en los países científica y tecnológicamente más avanzados ; ello, de la mano de las “Reglas Campbell”[14] y del talento de avezados escritores como Howard P. Lovecraft, Olaf Stapledon, Theodore Sturgeon (Edward H. Waldo), Alfred E. Van Vog, Clifford D. Simak, Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, J.G. Ballard y otros magníficos ingenieros del porvenir…
Sí; desafío que les llegaba por medio de un joven y desconocido autor urbano -entonces de 26 años-, montado hasta el plagio sobre el genio y la vena espiritual de su admirado y admirable Ray D. Bradbury (ah!, sus CRONICAS MARCIANAS y su PAIS DE OCTUBRE; ah!, su FAHRENHEID 451 y su EL HOMBRE ILUSTRADO; y su…), y de los sabios consejos de apreciados amigos y escritores santafesinos que, como Edgardo A. Pesante, Miguel A. Zanelli y Jorge A. Hernández (los tres Arcángeles de que dispusiera como tutores gentiles y exigentes de la Gracia concedida en torno a la Palabra), supieron guiar su (mi) iniciación literaria con solvencia y responsabilidad institucional, desde el inolvidable taller literario de la Asociación Santafesina de Escritores (ASDE), donde ensayara (balbuceara) los primeros relatos entre los años 1975 y 1977.[15]
Pasos dirigidos después, a través del tiempo, por talleres “volantes” y, más actualmente, “virtuales”, por otros consagrados creadores literarios (escritores o profesores de letras) como los siete entrañables Querubines, Arturo Lomello, Lermo Rafael Balbi, Osvaldo Raúl Valli, César Actis Brú, Hugo Mataloni, Felipe Justo Cervera y José Luis Vittori; y las siete Ángeles Guardianas, Graciela Fracchia de Cocco, Edit Caliani de Villordo, Nora Didier de Iugman, Estrella Quinteros, María Guadalupe Allassia, Norma Segades Maniás y Graciela Maturo; confabulados por aquellos compañeros de magia, nacidos en el mismo taller literario, como el inefable José Luis Pagés (él era un cuento en sí mismo), César Bisso, César Dávila, Oscar Agú, el “Tincho” Actis y Mario M. Levit, entre otros inolvidables Serafines amigos que, como Marta Mancinelli de Rodil, pueblan mi mente y recuerdos con igual emoción y agradecimiento (algunos de los cuales mencioné anticipadamente en la Nota 9 y reitero ahora por su proximidad en el tiempo y en el espacio, vgr.: Angel Balzarino, María del Carmen Villaverde de Nessier, Sonia Catela, Enrique Butti, Osvaldo Barbieri, Danilo Doyharzábal, Juan Manuel Inchauspe, Jorge Isaías, Gregorio Echeverría, Horacio Rossi, Alba Yobe de Ábalo, Beatriz Bolsi de Pino y Eduardo Frank Rodríguez –Canadá-).
Sin contar con el inescindible apoyo familiar brindado por mis amados padres -tan amables, alentadores y generosos-, hablo de mi don José Manuel Agustín y de mi doña Zulema Angélica, así como de mi prudente esposa guerrera, mi doña María Teresa Susana (a quienes adeudo más de un apoyo moral y material para ver concretado ciertos sueños librescos); sumando, por si fuera poco, la particular amistad -incondicional y creadora- que devino de ciertos colegas más jóvenes y/o contemporáneos (y que la necesaria economía de este Prólogo me impide citar detalladamente), como resultan los casos de Graciela Geller (qepd), Julio Luis Gómez, Carlos Roberto Morán y María Hortensia Oliva, Roberto Malatesta, Carlos A. Antognazzi, Trudy Pocoví, Alfredo Di Bernardo, Néstor Fenoglio y Sergio Ferreira (Santa Fe), José Gabriel Ceballos (Corrientes) y Carlos Abraham (La Plata), por ejemplo, pues el sentido de esta introducción ha sido principalmente el de rescatar el punto de partida y las influencias más o menos inmediatas que me permitieron alcanzar un ciclo, y no el de redactar una autobiografía literaria.
Ahora bien, siendo concretos, diría necesariamente que dicha iniciativa, la de reunir a estos cuentos nostalgiosos en un formato antológico, se consumó luego agrupándolos en cuatro partes o capítulos, obedeciendo ello a un objetivo práctico: posibilitar una lectura dúctil del material seleccionado dada su extensión; pero también a un objetivo metafísico, pues tratándose de un acto de creación literaria, pensamos que esas cuatro partes del proceso generativo y selectivo que asumiéramos al intentar construir la Antología, nos habían remitido –impensadamente- a la secreta consonancia de los siete días (relatos) en los que, bíblicamente, Dios, Creador de creadores, explicitara su Obra de Arte inigualable: el Universo todo, vuelto disponible para el ser humano, tanto desde una percepción concreta como escatológica de las esencias de su abismal profundidad.
De hecho, las cuatro partes intentaron significar, a su vez, y a través de los veintiocho cuentos que, en total conforman esta versión extensa de la Antología (pues he concebido otra más breve de similar tenor), que el proceso de Génesis y Apocalipsis de lo Creado, se había revelado en esta colección de manera misteriosa y sugerente, en torno a los cuatro puntos cardinales del espacio (norte, este, oeste, sur) y del tiempo (alfa, beta, gamma, omega); ambas dimensiones atravesadas por el flujo de eternidad del Espíritu, encarnado en el hombre, que da vida a todas las cosas, y que el phatos de los temas abordados intenta manifestar por medio de las cuatro estaciones de la existencia (primavera, verano, otoño e invierno). O, dicho de otra forma, conferir a la ANTOLOGIA el signo de la universalidad y eternidad de la “palabra” como parte inescindible de aquella otra “Palabra” (con mayúsculas) que crea y alimenta a todas las cosas.
Al menos, esa fue la intención. Una intención que lectores y profesores podrán ampliar, acotar o anular, ya que “La obra de arte –también la que la literatura provee- es en cierto modo un hecho cerrado –no crece, no se desarrolla, no progresa- y necesario –no la altera, ya, internamente, ninguna contingencia-. O sea que, una vez realizada, la obra de arte no se modifica, aunque sí revierte sobre otras obras y sobre nosotros, y de algún modo nos cambia al asumirla, admitiendo renovadas explicaciones en el contexto del arte y, por un fenómeno de polisemia, en el proceso de la vida social” (Víttori, J. L., op. cit., pág. 12).
Santa Fe (Argentina) –  S.O.2005/2006. T.A.I. 2018.-
El autor 
[1] Ingeniero luxemburgués,  radicado desde 1904 en EE.UU., que dio este al género de marras, al designarlo así en la Revista “Amazing Stories  en 1926.-
[2] Fuente: “Borges y la Ciencia Ficción” – Lic Carlos Enrique Abraham – Editorial Quadrata (Grupo Editor Montressor) – Buenos Aires (Argentina), 2005. Pág. 19.-
[3] El autor registra como primer antecedente en narrativa a una novela corta titulada “El Pueblo Elegido” (Inédita. Santa Fe, 1971/2), y luego a una sucesión de cuentos inéditos aún que no participaron finalmente por diversas razones de aquel primer libro, LOS ULTIMOS DIAS (1977); relatos como “El Profeta” (1974), “Los enemigos” (1975), “Los hombres sin futuro” (1975), “El Club” (1975), “En busca de una estrella” (1976), “Un viejo inglés” (1976) y “El hombre del muro” (1977), sujetos, en su caso, y al igual que muchas otras ideas en carpeta, a una paciente espera con vistas –si hubiere lugar- a su oportuna revisión, actualización o redacción (resurrección). En lírica, sólo alcanzó un intento a través del género del realismo social, con un poemario titulado “Poemas para el hombre” (Inédito. Santa Fe, 1973); sin embargo, su opción por la narrativa (el cuento, más precisamente) se vería irreversiblemente traspasada por las vibraciones esenciales de la Poesía, a través de un estilo que cultiva la prosa poética o “poesía en acción”, como gusta denominarla.-
[4] Se refiere especialmente a los relatos que forman parte del libro BREVE SINFONÍA Y OTROS CUENTOS (Editorial Colmegna S.A. – Santa Fe, marzo 1990; con algunos de dichos relatos reunidos anteriormente bajo la denominación de “Cuentos para un Semáforo”, el autor obtuvo en 1988 la Primera Mención del Bienal 1986/87 de la A.S.D.E.).-
[5] Alude a los Cuentos de cuentos que conforman los libros DOCTOR DE MUNDOS (Editorial VINCIGUERRA S.R.L. – Buenos Aires, febrero 2000), premiado en 1982 en su primera versión denominada “El Sillón de los Sueños” con el Bienal 1980/81 de la A.S.D.E.; y VISIONES EXTRAÑAS (La Botica del Autor . Inédito. Registrado en la DNDA – Expte. Nº 290681 – F. Nº 71429 – 17/11/03. Santa Fe, 2003/2004). Libros en donde la temática cósmica enmarcada en un futuro próximo, se nutre de las dúctiles expresiones del realismo maravilloso.-
[6] Desde el viejo término forjado en la época Verniana (que todavía muchos críticos europeos emplean) de “novela de anticipación”, varios autores intentaron reacuñarlo: “ciencia novelada”, “anticipación científica”, “literatura conjetural” o “literatura diferente”  (por parte de críticos franceses), así como “fantasía científica” (William Tenn), “fantasía especulativa” (Michel Moorcock) o “ficción especulativa” (Damon Knight), por parte de los expertos anglosajones; y otros intentos, como los Joseph Conrad (“realismo fantástico”) y Robert Heinlein (“especulación realista”). Por lo que, la imprecisión y vaguedad de los conceptos enunciados, nos lleva a recordar que la lógica exige que, para que una definición sea completa, debe abarcar el género y la diferencia específica.-
[7] El filósofo argentino Pablo Capanna afirma que la de Merril se trata de una de las definiciones más acertadas del género, de quien pide dejar sentado “el principio de que la CF no es ni menos (como pretenden los eruditos) ni más (como creen los entusiastas) que la Literatura; es, a la vez, más y menos que la Literatura y que la Filosofía: es MITO, pero Mito construido a la manera platónica, que ha tomado la forma de una literatura de masas por exigencias históricas”, un “Mito Experimental” que intenta satisfacer, de algún modo, la necesidad de absoluto del hombre de hoy.-
[8]  Carlos E. Abraham, op. cit.
[9]   “LOS ÚLTIMOS DÍAS” (Editorial Colmegna S.A. – Santa Fe, mayo 1977). Libro premiado en 1978 con el Bienal 1976/77 de la Asociación Santafesina de Escritores (ASDE) y el Segundo Premio del Concurso Provincial “ALCIDES GRECA” de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe; y, en 1979, con el Primer Premio de la FUNDACION ARCIEN (“ARTE Y CIENCIA”) de Santa Fe.
[10] Como Diego Oxley, Gastón Gori (Pedro Marangoni), Luis Gudiño Krámer, Leopoldo Chizzini Melo, Teófilo Madrejón (Antonio Leonhard), Julio Migno y Velmiro Ayala Gauna
[11]  Escritores  a los que nombro aquí con reverencia y estimada gratitud, aunque sin orden cronológico, alfabético o preferencial alguno, sólo al modo cansino conque mi mente los asoma en esta introducción (Vgr. – “Ellos”: Arturo Lomello, Jorge Alberto Hernández, Miguel Angel Zanelli, Edgardo A. Pesante, Lermo Rafael Balbi, Fortunato E. Nari, Emilio Comtesse, Antonio Camacho Gómez, Leoncio Gianello, Rafael López Rosas, Luis Di Filippo, Felipe Justo Cervera, Alejandro Lamothe, Juan Carlos Roteta, José Luis Víttori, Jorge Taverna Irigoyen, Carlos Catania, Ricardo Ríos Ortiz, Jorge Conti, Oreste Abiatte, Osvaldo R. Valli, Angel Balzarino, Hugo Mataloni, Carlos María Gómez, Eugenio Castelli y Jorge Isaías. Y “Ellas”: María Assenza, Catalina Pistone, Raquel Diez Rodríguez de Albornoz, Marta Elena Samatán, Edelweis Serra, Graciela Maturo, María Esther De Miguel, Nelly Borroni Mac Donald, Nilda Vicentín de Robert, Nelly Borroni Mc Donald, Clotilde Gianello de Suárez, Susana Gianello, María Guadalupe Allassia, Sara Zapata Valeije, María Angélica Scotti, María del Carmen Villaverde de Nessier, Zizí Bonazzola, Elda Masón).
     Los citados, entre otros distinguidos colegas (narradores y poetas) a quienes frecuenté personalmente y adopté por entonces como a mis maestros en los ´70 (muchos de ellos caminando aún hoy a mi lado para darme no sólo el calor de su amistad sino la sabiduría de su arte, y otros a los que me hubiera fascinado tratar como los geniales Miguel A. Correa o Mateo Booz, Alcides Greca, Gustavo Martínez Zuviría o Hugo Wast, Lázaro Fluri, Beatriz Vallejos, Elbio Gandolfo, Alberto Lagunas, Angélica Gorodischer, Juan José Saer, Hugo Mandón, Hugo Gola y Leonardo Castellani.
[12]  Al respecto, pueden consultarse cinco formidables intentos de compendiar la labor literaria del siglo pasado en la Provincia de Santa Fe: “Literatura y Región”, de José Luis Vittori (Ediciones Colmegna SA, Santa Fe, 1986); Literatura: creación situada”, de Osvaldo Raúl Valli (Ediciones Sudamericana Santa Fe, 1992); “Literatura: El espacio, el hombre y la palabra”, por José Luis Vittori, Graciela F. de Cocco, Osvaldo Raúl Valli y Eugenio Castelli (Tomo I – Nueva Enciclopedia de Santa Fe, Ediciones Sudamérica Santa Fe, 1993, págs. 269/365); “Narradores Santafesinos”, de Carlos O. Antognazzi (Ediciones Tauro y Subsecretaría de Cultura Provincia de Santa Fe, 1994) y “Un Siglo de Literatura Santafesina – Poetas y narradores de la provincia 1900-1995”, de Eugenio Castelli (Ediciones Culturales Santafesinas, 1998).-
[13]  Con relación a la expresión «extrapolar», utilizo los términos “desde” y “hacia” en el texto, queriendo expresar una especie de salto en el espacio-tiempo y en la forma de concebir la realidad bajo múltiples miradas de interés (como una suerte de per saltum en la visión de lo real: desde lo naturalísticamente influenciable -el río, la isla-, hacia esos nuevos ríos y océanos cósmicos con que, de pronto, vernáculamente, comenzaban a “liberalizarse” los horizontes del porvenir…: ucronías y leyendas –pasado, crónicas del hoy –presente- y utopías o mundos imaginarios, maravillosos y fantásticos del mañana -futuro -, todos en la infinita posibilidad de religar dichas dimensiones aún bajo el enfoque trascendente de mundos paralelos cohabitando las ansias de eternidad del hombre).
[14]  John Campbell, nacido en New Jersey en 1910, al frente de Astounding SF  y unido a la labor de revistas como Unknown (1939) y Galaxy (1945), impide el estancamiento del género en las meras imitaciones lovecraftianas y la persistencia de los “westerns espaciales” (Opera Space), imponiendo especialmente desde su sello editor unas estrictas condiciones que llevaron a la narrativa norteamericana y seguidores, a una gran claridad y calidad expositiva generando entre 1930 y 1950 la EDAD DE ORO de la CF, caracterizada por la utilización del diálogo por sobre lo descriptivo, el perfeccionamiento estilístico y el subterfugio en la presentación de los temas, un mayor énfasis en el factor psicológico, la importancia de la filosofía sobre la acción cultural, la explotación de la posibilidad de poderes extraños en miembros de la raza humana y una ampliación programática de la CF como factor de crítica social.-
[15] El autor tuvo su encuentro con la Literatura primero en soledad, entre 1971 y 1974, hasta su ingreso al Taller Literario de ASDE hacia fines de 1975 y mediados de 1977. Después la actividad de taller continuaría a lo largo de esta treintena de años en el oficio, pero compartiendo ideas y trabajos vía correspondencia e intercambios telefónicos, postales o electrónicos.-
«En tiempos de crisis,
 la imaginación es más necesaria que el intelecto».
Albert Einstein
Físico alemán (1879-1955) 
“Escribir implica… una propuesta y una proyección (…) en un devenir que se contradice a cada paso en sus polarizaciones vida-muerte, dolor-gozo, aceptación-renuncia, piedad-crueldad… y todos los rincones intermedios por donde se mezcla y se cuela la oposición arquetípica: NATURALEZA/CULTURA. (Frente a ella, nace para el escritor) una responsabilidad sagrada ante el fenómeno de la inspiración o del llamado, con su “cosmogonía” a flor de piel o a flor de mente, para amanecer en una saga, en un largo poema épico o en un cuento fantástico. Con su ritual específico, la búsqueda que desespera de un sueño, de una nostalgia que se extiende a los pies de un horizonte esférico que nos muestra Dios que ríe cariñosamente, soltando un enigma para que también nosotros juguemos con Él (…)”.
Martín Alvarenga (Escritor correntino, 1940
A mis nietos, Nicolás Alejandro, Sofía, Facundo Gabriel; Milagros Belén, Salvador José y Justina Paz,  y a los que vendrán: los dueños del mañana… – ENERO 2018
PREFACIO
DESPUÉS DE LOS OJOS
A los que escriben…
   Mientras las cabañas esperaban el amanecer, alguien, que había dejado una lámpara encendida, despertaba bruscamente…
   Don Esteban Fuentes movió la cabeza con parsimonia, deslizó una mirada de satisfacción hacia los prístinos albores que se filtraban por la ventana, y reclinó sus espaldas contra el apoyo de su atávico sillón. Mas el gozo que experimentaba no partía, indudablemente, de la cómoda postura que lo llevara a estirar las piernas por debajo del vetusto pero noble escritorio de roble con ocho cajones, todavía cubierto por esa sábana tenue y grisácea –cual barba de olvido-, y a volcar en él sus puños –enormes, endurecidos y encallecidos por el esfuerzo-, más allá en el sur, en el campo de las simientes…
   No, porque todo el sudor y la firmeza de su rostro duro y contagiado de sol, se había concentrado también, al igual que aquel súbito, gigantesco y maravilloso bienestar, en sus ojos…
   Y los ojos de don Esteban eran verdes y profundos. Y sonreían como unos cincuenta años atrás…
   Los ojos de don Esteban tenían el brillo de los dioses profanos que encienden su cuerpo ante la majestad del placer. Y no se movían.
   Simplemente, miraban… Sin soñar. Porque aquello que veía frente a sí no era un sueño. Podía tocarse, olerse…
   Pero don Esteban detenía la idea tercera. Era esa sensación que debía recorrer cada gramo de su, ahora, basto cuerpo. Cada poro de su ser debía respirarla. Esconderla en miles de burbujas espirituales, canalizarla hasta el cerebro, y luego retocarla, madurarla… Y entonces sí, frente al mágico instrumento…
   Aunque no fuera tiempo de gritarla. Debía quedarse un poco más adentro. Curando las mil muertes que acomodara en el estómago, en el hígado o en los riñones cuando ya el corazón estuvo repleto de frustraciones.
   Era fantástico mirar aquella cosa e imaginar todo lo que podría hacer con ella. Estaba ahí. Nadie podría arrancársela. Así que tendría todo el tiempo que quisiera robarse en una espera distinta a la que había experimentado durante esos años…
   Era hermoso también verse abandonado en mil mundos y en mil vidas propias y ajenas, inventando gentes y ciudades. Pero ni siquiera quería ponerse a meditar sobre esto. Quería, sí, degustar antes aquella almibarada nebulosa de colores, entornos, contornos y aromas, que empezaba de a poco a hormiguear en su sangre y a crepitar en sus huesos.
   Ya no se sentía viejo. Y eso era importante.
   Empezaba a nacer.
   Creo que ni el hecho de soplarse la nariz para espantar el resfrío de aquel aire níveo, pudo desubicarlo un instante siquiera.
   Don Esteban seguía con la vista fija en aquella cosa blanca e inerte, mezclado con los fantasmas y rumores que escondía…
   Pronto el sol avivaría aún más su conciencia ardiente. Mientras tanto, encerrada en la pequeña habitación marrón, casi desprovista de muebles y adornos, y acogida por la soñadora luz de la lámpara vieja del viejo pero noble escritorio, viviría la eternidad…
   Por su parte, los pequeños árboles seguirían recreando retoños de coníferas. Despacio, sin prisa… Con esa seguridad que daban las voluntariosas manos de los hombres del campo de las simientes…
   Y los ojos del mundo acabaron por volcarse hacia el secreto lugar. El lugar de La Fábrica, del minúsculo Reino de la Celulosa, lejos de las ciudades protegidas como almejas u ostras por aquellas campanas de vidrio antismog…
   Eran ojos cansados de mirar desiertos y bocas ceñidas de polvo, cemento y carburantes. Ojos cansados de no ser usados. Olvidados del color de las hojas del verano. Del color de las hojas del otoño. Del mórbido invierno. De la ansiada primavera…
   Porque los gigantes de aluminio no fomentan perfumes, ni tonalidades, ni pétalos como las flores. Apenas apantallan, con sus ventiletes electrónicos y sus equipos refrigerantes o calóricos, según el caso, el negado oxígeno eructado por las especies sobrevivientes al…
   Pero había que olvidar todo eso. Olvidar lo pasado. Lo horrible del ayer debía enterrarse  -como a un millón de ojos sin suerte-  en lo grandioso del presente y en la esperanza del porvenir.
  La vida era más que un simple acto de respiración.
  Y todos los comienzos son difíciles, recordó don Esteban.
   Éste también lo era. Pero dejaría de serlo.
   Aquella recortada, pulida, tersa y alba hoja de papel lo anunciaba. Y don Esteban seguiría con su mirada absorta hasta que el amanecer la enrojeciera de sueño y felicidad… Cerca de sus nuevos árboles. De sus fibras largas y gomosas. De esa pulpa madre misericordiosa y providente que moriría para que, los hombres, volvieran como antaño, después de los ojos, a escribir
La ciencia ficción es un género literario que intenta superar por medio de la imaginación ficcional uno de los principales conflictos ideológicos del siglo XIX: el enfrentamiento entre el racionalismo secularista heredado de la Ilustración filosófica y el irracionalismo sobrenaturalista romántico (…) La ciencia ficción, por su parte, suele referir acontecimientos insólitos o extraños, pero les otorga verosimilitud mediante explicaciones científicas”
“Debe enfatizarse este hecho, debido a que la ciencia ficción ha sido considerada a menudo como una subclase de la literatura fantástica, siendo en realidad su opuesto epistemológico. Mientras que la literatura fantástica opera con la ambivalencia entre lo natural y lo sobrenatural (…), la ciencia ficción es una rama del realismo que evita cuidadosamente las apelaciones a lo sobrenatural. Los elementos insólitos y apartados de lo cotidiano que aparecen en ella (como alienígenas, fuerzas extrañas o naves espaciales) no cuestionan la racionalidad, sino que son extrapolaciones más o menos audaces del pensamiento científico”.
Lic. Carlos E. Abraham (“Borges y la Ciencia Ficción” – Editorial Quadrata (Grupo Editor Montressor) – Buenos Aires (Argentina), 2005.-
NORTE (Mundo-Espacio) – ALFA (Cosmos-Tiempo):
O siete historias que relatan, a modo de parábolas y en el espacio tiempo del Big Bang (Génesis), la creación del Cosmos o Primavera de la Existencia…
    • EL JUGUETE (o Parábola del Génesis)
    • EL  NIÑO DEL COHETE (o Parábola del Fundamento)
    • EL PLANETA VIVO (o Parábola del Cosmos)
    • CUESTION DE TIEMPO (o Parábola del Destierro)
    • EL NIÑO VERDE (o Parábola de la Desdicha)
    • SUCEDIÓ EN GRAY TOWN (o Parábola del Destino)          EL GUARDIÁN (o Parábola del Poder)
EL JUGUETE (o Parábola del Génesis)
A María Guadalupe Allasia
     El hombrecillo flotaba en una nube azul, y desde la nube azul movía los brazos arriba y abajo, bum, arriba y abajo, bum, golpeando y golpeando, bum, el rosado lienzo de un diminuto tambor.
     Estaba en cuclillas, bum, y era como un ángel, bum, desnudo y alado, bum y bum, bum.
     No parecía cansado, bum. Y su piel era rosada, bum, como el rosado lienzo, bum, del diminuto tambor.
     Quién sabe cuánto tiempo hacía, bum, que golpeaba sobre aquel tambor. Bum, y bum, bum. Y para que lo hacía. Bum.
     Quizás ni siquiera notaba, bum, que a cada golpe, bum, que daba, bum, sobre el rosado, bum, tambor, un nuevo día se abría, bum y bum, bum, sobre la tierra azul, bum, que a los pies de la nube azul, bum, palpitaba, bum.
     Porque cuando se detuvo, bum…., aquella tierra azul que yacía bajo la nube azul, desapareció.
     Hasta que vino Dios, le dio de nuevo cuerda, bum y bum, bum, y allá, a lo lejos, otra luz se encendió. Bum.-
EL NIÑO DEL COHETE (o Parábola del Fundamento)
A Antoine de Saint-Exupéry, in memoriam
   El cohete se erguía agudo y gigantesco sobre la alta colina de aquella piedra cósmica etérea.
   Traslucía en su grandeza la potencia de una Idea sublime y portentosa. Una Idea de lúcidos ardores como los tonos radiantes de un calidoscopio, de un arco iris de júbilo. La onírica y, a la vez, elocuente transfiguración de un rayo de sol, como un fulgurante languor del alba.
   El Universo gestaría un nuevo cuerpo.
   Entonces el niño miró al cohete tras el grito de su padre, señalándoselo. Y exclamó: “¡Oh”, pero deseó verlo más pequeño, no tan grande; pequeño como él.
   Papá se turbó. Y explicó: “Es grande, porque la Idea es grande”.
   Pero el niño no entendía todavía.
   Siendo así, lo llevó de la mano hasta el mesón circular (pues el círculo es perfecto) que, a modo de altar yacía frente al trono, y le mostró la Idea que giraba y giraba en su centro fundiendo una infinidad de aros brumosos y reflexivos, semillas de vida y muerte programada.
   Aisló uno de esos aros con un dedo creador, y descifró con su aliento el contenido. Decía: “El cohete será grande para contener, recorrer, sondear y comprender los alcances de la Idea. Para andarla y desandarla. Penetrar valles, desiertos, llanuras y montañas, ríos y cielos, pájaros y bestias, plantas y peces. Porque tiene el poder de reproducirse por sí misma”.
   Después, depositó el aro viviente en el mesón, y agregó: “Escucha con atención, hijo: no podremos conocer al Cuerpo forjado por la Idea, si el cohete no es lo suficientemente grande para ello. Faltaría combustible para llegar. Potencia para vencer su gravedad de siglos. Equilibrio para abordarlo y morar en él y en ellos, ungiéndolos hasta el fin de los tiempos. Y no habría sitio para albergar a nuestros enviados junto a la nueva estirpe imaginada y creada. Los alados guardianes, consecuentes peregrinos de otros soles, se hacinarían en sutiles laberintos mientras el lento madurar del pensamiento los descubre filosofar… Y a cada alma de ellos corresponderá un guardián; al menos, hasta comprobar el resultado de la Idea en ese punto”.
   El niño, en silencio, volvió a mirar el cohete, y vio crecer palmo a palmo el vigor y estatura de sus cristales exteriores, hasta que una estrella floreció en su nariz de fuego.
   “Papá… -dijo-; ¿puedo también yo tomar un aro?”.
   “Por supuesto, amiguito; estamos no sólo conversando sino compartiendo”, acordó el Rey.
   Y el pequeño dedo hurgó en el Mesón de la Idea.
   Un aro vibrante centelleó en el aire que sonrosaba el clima de la piedra cósmica y etérea. El niño leyó: “El cohete será pequeño asimismo, aunque grande, a fin de conocer realmente el fruto de la Idea; ya que la grandeza significará soberbia para sus habitantes, y los insectos se allanarán al mundo mejor que la estirpe imaginada y creada. La inmensidad exterior enajenará a muchas miradas, y los condenará a divagar en las nubes de su circunferencia: lo esencial permanecerá invisible a sus ojos, y muchos serán los llamados pero pocos los elegidos… Para que esto suceda, el cohete será también pequeño”.
   Papá Rey se turbó nuevamente, y esta vez porque la Idea que había tenido, parecía con facultades innatas para contradecirse en sus aros reflexivos. Pero bien sabía que no era así. Sólo la superficial atención hacia el abismo de sus contenidos y alcances, podía llegar a confundir los planos intertextuales en que giraba la armonía de su hechura. La exacta medida surgiría en cuanto se aclararan las fronteras del sistema elegido para el análisis o rumbo que el diálogo aquel había tomado.
   El niño no tardó en definirlas: “Papá –opinó-, es probable que alguien tenga que explicárselos; les costará entenderlo. Se trata de la primera estirpe semejante a la nuestra a quien le ha sido infundido el don de la libertad. El cohete en verdad será tan grande como tu Reino; mas no podrán habitar en Él si no le muestras, de algún modo, el valor de lo pequeño. Y aún así, a causa del Otro, se cumplirá la Palabra del aro: muchos serán llamados, pero pocos los elegidos…”.
   Y papá apartó por un momento la vista del cohete. Permaneció inmóvil un instante, y, de súbito, se proyectó en su propio ser hacia el centro del mesón circular donde giraban y giraban los aros brumosos y reflexivos…
   Un resplandor estalló en su seno, expandiendo la amplitud de los misterios y los sueños, de la alegría y el dolor que cobijaría el nuevo Cuerpo.
   El niño quedó solo.
   Tomó sin embargo otro aro del mesón, y lo estudió con agudeza hasta descubrir el sentido de su código y mensaje. Al cabo, lo reintegró a la danza estelar y trazó en su pecho una Cruz.
   Una lágrima comenzó a humanizarlo.
   En ese lapso, su padre abandonó la turbulencia del mesón y se materializó junto a él.
   “Tenías razón, hijo mío. Y sabrás qué hacer; aunque hablarás en parábolas”, dijo. Y, abrazándolo con fuerza, concluyó: “Ahora se ha hecho tarde y mamá te necesita. Ah, otra cosa: cuando pilotees el cohete, se volverá tan pequeño como infinita tu grandeza divina. Sufrirás, pero nunca te abandonaré. Vencerás sobre el Otro: lo prometo”.
   Un beso en la mejilla lo despidió feliz. Haría la Voluntad de su Padre.
   Y corrió y corrió… Porque antes del vuelo al siguiente planeta del Plan de Redenciones contraídas, festejaría su partida…
   Y, con un poco de miedo y alabanzas al Padre que lo había comprometido, iría de prisa en busca de su Madre para colgar estrellas y guirnaldas a la entrada del cohete grande.-  
La ciencia ficción es un género literario que intenta superar por medio de la imaginación ficcional uno de los principales conflictos ideológicos del siglo XIX: el enfrentamiento entre el racionalismo secularista heredado de la Ilustración filosófica y el irracionalismo sobrenaturalista romántico (…) La ciencia ficción, por su parte, suele referir acontecimientos insólitos o extraños, pero les otorga verosimilitud mediante explicaciones científicas”
“Debe enfatizarse este hecho, debido a que la ciencia ficción ha sido considerada a menudo como una subclase de la literatura fantástica, siendo en realidad su opuesto epistemológico. Mientras que la literatura fantástica opera con la ambivalencia entre lo natural y lo sobrenatural (…), la ciencia ficción es una rama del realismo que evita cuidadosamente las apelaciones a lo sobrenatural. Los elementos insólitos y apartados de lo cotidiano que aparecen en ella (como alienígenas, fuerzas extrañas o naves espaciales) no cuestionan la racionalidad, sino que son extrapolaciones más o menos audaces del pensamiento científico”.
Lic. Carlos E. Abraham (“Borges y la Ciencia Ficción” – Editorial Quadrata (Grupo Editor Montressor) – Buenos Aires (Argentina), 2005.-
NORTE (Mundo-Espacio) – ALFA (Cosmos-Tiempo):
O siete historias que relatan, a modo de parábolas y en el espacio tiempo del Big Bang (Génesis), la creación del Cosmos o  Primavera de la Existencia..
    • EL JUGUETE (o Parábola del Génesis)
    • EL  NIÑO DEL COHETE (o Parábola del Fundamento)
    • EL PLANETA VIVO (o Parábola del Cosmos)
    • CUESTION DE TIEMPO (o Parábola del Destierro)
    • EL NIÑO VERDE (o Parábola de la Desdicha)
    • SUCEDIÓ EN GRAY TOWN (o Parábola del Destino)
  •               EL GUARDIAN (o Parábola del Poder)
                         EL JUGUETE (o Parábola del Génesis
A María Guadalupe Allasia
     El hombrecillo flotaba en una nube azul, y desde la nube azul movía los brazos arriba y abajo, bum, arriba y abajo, bum, golpeando y golpeando, bum, el rosado lienzo de un diminuto tambor.
     Estaba en cuclillas, bum, y era como un ángel, bum, desnudo y alado, bum y bum, bum.
     No parecía cansado, bum. Y su piel era rosada, bum, como el rosado lienzo, bum, del diminuto tambor.
     Quién sabe cuánto tiempo hacía, bum, que golpeaba sobre aquel tambor. Bum, y bum, bum. Y para que lo hacía. Bum.
     Quizás ni siquiera notaba, bum, que a cada golpe, bum, que daba, bum, sobre el rosado, bum, tambor, un nuevo día se abría, bum y bum, bum, sobre la tierra azul, bum, que a los pies de la nube azul, bum, palpitaba, bum.
     Porque cuando se detuvo, bum…., aquella tierra azul que yacía bajo la nube azul, desapareció.
     Hasta que vino Dios, le dio de nuevo cuerda, bum y bum, bum, y allá, a lo lejos, otra luz se encendió. Bum.-

EL NIÑO DEL COHETE (o Parábola del Fundamento
A Antoine de Saint-Exupéry, in memoriam
   El cohete se erguía agudo y gigantesco sobre la alta colina de aquella piedra cósmica etérea.
   Traslucía en su grandeza la potencia de una Idea sublime y portentosa. Una Idea de lúcidos ardores como los tonos radiantes de un calidoscopio, de un arco iris de júbilo. La onírica y, a la vez, elocuente transfiguración de un rayo de sol, como un fulgurante languor del alba.
   El Universo gestaría un nuevo cuerpo.
   Entonces el niño miró al cohete tras el grito de su padre, señalándoselo. Y exclamó: “¡Oh”, pero deseó verlo más pequeño, no tan grande; pequeño como él.
   Papá se turbó. Y explicó: “Es grande, porque la Idea es grande”.
   Pero el niño no entendía todavía.
   Siendo así, lo llevó de la mano hasta el mesón circular (pues el círculo es perfecto) que, a modo de altar yacía frente al trono, y le mostró la Idea que giraba y giraba en su centro fundiendo una infinidad de aros brumosos y reflexivos, semillas de vida y muerte programada.
   Aisló uno de esos aros con un dedo creador, y descifró con su aliento el contenido. Decía: “El cohete será grande para contener, recorrer, sondear y comprender los alcances de la Idea. Para andarla y desandarla. Penetrar valles, desiertos, llanuras y montañas, ríos y cielos, pájaros y bestias, plantas y peces. Porque tiene el poder de reproducirse por sí misma”.
   Después, depositó el aro viviente en el mesón, y agregó: “Escucha con atención, hijo: no podremos conocer al Cuerpo forjado por la Idea, si el cohete no es lo suficientemente grande para ello. Faltaría combustible para llegar. Potencia para vencer su gravedad de siglos. Equilibrio para abordarlo y morar en él y en ellos, ungiéndolos hasta el fin de los tiempos. Y no habría sitio para albergar a nuestros enviados junto a la nueva estirpe imaginada y creada. Los alados guardianes, consecuentes peregrinos de otros soles, se hacinarían en sutiles laberintos mientras el lento madurar del pensamiento los descubre filosofar… Y a cada alma de ellos corresponderá un guardián; al menos, hasta comprobar el resultado de la Idea en ese punto”.
   El niño, en silencio, volvió a mirar el cohete, y vio crecer palmo a palmo el vigor y estatura de sus cristales exteriores, hasta que una estrella floreció en su nariz de fuego.
   “Papá… -dijo-; ¿puedo también yo tomar un aro?”.
   “Por supuesto, amiguito; estamos no sólo conversando sino compartiendo”, acordó el Rey.
   Y el pequeño dedo hurgó en el Mesón de la Idea.
   Un aro vibrante centelleó en el aire que sonrosaba el clima de la piedra cósmica y etérea. El niño leyó: “El cohete será pequeño asimismo, aunque grande, a fin de conocer realmente el fruto de la Idea; ya que la grandeza significará soberbia para sus habitantes, y los insectos se allanarán al mundo mejor que la estirpe imaginada y creada. La inmensidad exterior enajenará a muchas miradas, y los condenará a divagar en las nubes de su circunferencia: lo esencial permanecerá invisible a sus ojos, y muchos serán los llamados pero pocos los elegidos… Para que esto suceda, el cohete será también pequeño”.
   Papá Rey se turbó nuevamente, y esta vez porque la Idea que había tenido, parecía con facultades innatas para contradecirse en sus aros reflexivos. Pero bien sabía que no era así. Sólo la superficial atención hacia el abismo de sus contenidos y alcances, podía llegar a confundir los planos intertextuales en que giraba la armonía de su hechura. La exacta medida surgiría en cuanto se aclararan las fronteras del sistema elegido para el análisis o rumbo que el diálogo aquel había tomado.
   El niño no tardó en definirlas: “Papá –opinó-, es probable que alguien tenga que explicárselos; les costará entenderlo. Se trata de la primera estirpe semejante a la nuestra a quien le ha sido infundido el don de la libertad. El cohete en verdad será tan grande como tu Reino; mas no podrán habitar en Él si no le muestras, de algún modo, el valor de lo pequeño. Y aún así, a causa del Otro, se cumplirá la Palabra del aro: muchos serán llamados, pero pocos los elegidos…”.
   Y papá apartó por un momento la vista del cohete. Permaneció inmóvil un instante, y, de súbito, se proyectó en su propio ser hacia el centro del mesón circular donde giraban y giraban los aros brumosos y reflexivos…
   Un resplandor estalló en su seno, expandiendo la amplitud de los misterios y los sueños, de la alegría y el dolor que cobijaría el nuevo Cuerpo.
   El niño quedó solo.
   Tomó sin embargo otro aro del mesón, y lo estudió con agudeza hasta descubrir el sentido de su código y mensaje. Al cabo, lo reintegró a la danza estelar y trazó en su pecho una Cruz.
   Una lágrima comenzó a humanizarlo.
   En ese lapso, su padre abandonó la turbulencia del mesón y se materializó junto a él.
   “Tenías razón, hijo mío. Y sabrás qué hacer; aunque hablarás en parábolas”, dijo. Y, abrazándolo con fuerza, concluyó: “Ahora se ha hecho tarde y mamá te necesita. Ah, otra cosa: cuando pilotees el cohete, se volverá tan pequeño como infinita tu grandeza divina. Sufrirás, pero nunca te abandonaré. Vencerás sobre el Otro: lo prometo”.
   Un beso en la mejilla lo despidió feliz. Haría la Voluntad de su Padre.
   Y corrió y corrió… Porque antes del vuelo al siguiente planeta del Plan de Redenciones contraídas, festejaría su partida…
   Y, con un poco de miedo y alabanzas al Padre que lo había comprometido, iría de prisa en busca de su Madre para colgar estrellas y guirnaldas a la entrada del cohete grande.-  

EL PLANETA VIVO (o Parábola del Cosmos)
A Robert Sheckl
     «¡Ahí vienen!», fue el grito.
     «¡Ohhhh…!», susurraron las rocas.
     «¡Cuánto tiempo! ¡Dios, cuánto tiempo!», exclamó el planeta.
     «¡Ahhhh…!», suspiraron las rocas.
     El punto luminoso se incendió, a lo lejos, como una gran fogata dibujada por las señas de aquellas olas azules (ora grises) y viscosas que no cesaban de agitarse.
     «¡Zummmmm…!», silbó el polvo del planeta erizado, y una densa nube de gas verdinegro y granuloso, aceleró los movimientos de entrada y salida de un turbulento mar de amebas…
     «¡Silencio!», ordenó el planeta.
     Las nubes de polvo y gas que rumoreaban el ambiente negro, sin estrellas, dejaron de sisear.
     Las rocas se ahuecaron definiendo una apagada fosforescencia que transformó por un instante en ópalo, el oscuro matiz de sus estructuras informes. Dejaron de enhebrar su crujido de hielo, solitario, ahora profanado.
     El planeta contuvo su aliento. Y esperó.
     Las rocas dejaron de palpitar y congelaron la marcha secular y ondulante que las caracterizaba.
     «¡Shhhh…!», fue el último eco. Y el mar gris se solidificó y todo el paisaje fue una escabrosa superficie ónix sembrada de nódulos y remolinos estáticos.
     Todo andar se detuvo, excepto el del polvo gaseoso que las rocas continuaban respirando.
     Entonces, descendió.
     La máquina de plata arribó, cauta, al oscuro planeta. Calcinó parte de aquella vida al asentarse, y, el dolor subterráneo de las piedras muertas, conmovió la sangre del mundo. Sin embargo, no hubo gritos. El planeta persistió, anhelante, en su callada espera.
     Dentro de la nave, Trifus supuso:
     «Algo pasa. El mar que habíamos detectado no aparece. Reléeme el informe, Lidius».
     Lidius releyó el informe.
     «Está claro. No obstante, no logro enfocarlo. El lugar de contacto es correcto, pero los rayos espectroscópicos sólo describen un desierto de piedras. Y polvo. O algo así. Como un gas grasiento, irrespirable. Veneno puro».
     «Esperemos», dijo Lidius, acompañando de gestos la cadencia de sus tentáculos inferiores.
     «Pero, ¿cuánto? ¡Necesitamos agua! Como sea. Agua de cualquier clase. Podemos purificarla, pero tenemos que encontrarla. Quemamos las tres cuartas partes del combustible reserva en llegar a este planeta… ¡Y ahora resulta que no hay mar!».
     La nave se sacudió fuertemente.
     «¿Qué pasa?”, exclamó Trifus.
     Soledad. Un silencio ácido y un polvo grasiento y celular flotando con aroma sulfuroso en el valle del planeta ultrajado.
     «Nada. Un temblor. Ven, revisemos estos cálculos», acotó Lidius.
     «No. Vamos afuera. Pudimos haber dejado una grieta peligrosa. Ponte el traje», espetó Trifus; y marchó en busca de los tubos de oxígeno.
     El polvo oleoso envolvió la máquina, ese raro ingenio perfilado como una colina de su tierra hacia el cénit de aquella realidad. Luego, se unió a él ahogando uno a uno sus incontables orificios…
     «¡Oh, cuánto los necesitábamos! Hace tanto tiempo que…», ronroneó.
     “¡Shhhh…!”, protestaron las rocas.
     «¡Silencio!», ordenó el planeta.
     Los seres bajaron.
     Tocaron el suelo endurecido, no sin algo de miedo. Que pronto pasaría. Llevaban más de diez lustros horadando planetas, satélites y asteroides. La Compañía pagaba buenos sueldos, y se sentían jóvenes todavía.
     Las rocas contuvieron aún más su aliento.
     Los seres mortecinos atravesaron la atmósfera corpuscular de aquel mundo en tinieblas. La luz de una linterna despertó a los fantasmas e hizo crecer, al máximo esta vez, el miedo de los seres; las rocas se recortaron espectrales y rígidas en un solar de impresionante porte. Fauces de caverna era aquello; o semejaba serlo.
     La gravedad presionó con fuerza sobre sus espaldas. Sorpresivamente y, a causa de esto quizá, la solidez aparente de las rocas cedió, y los animalitos intrusos, débiles y torpes, sintieron como arena la superficie del planeta.
     Merodearon las proximidades de la nave. Pero el polvo graso había concluido su tarea.
     «¿Dónde está?»
     Las estrellas permanecían ocultas.
     «¡La nave, maldito sea! ¡La nave!»
     Los hombres no descubrieron grieta alguna fisurando la tierra, aunque la magnitud del temblor había sido lo suficientemente grande como para haber dejado rastros.
     «Raro…»
     «Débiles animalitos…».
     «¿Qué?»
     Todo estaba bien. Quieto, al menos. Excepto el polvo. Las rocas grises (negras), pulidas fríamente con el rocío eterno, yacían inertes como una muchedumbre sedimentada, mientras que el polvo de gases se movía en una danza rémora de círculos y espirales que amenazaba fundirse con sus trajes.
     «¡Nos desorientamos! ¡La nave! ¡Por Dios, Lidius!»
     «No sé. No sé. Busquemos. Estaba aquí. A veinte metros, donde… ¡está eso! ¡¿Cómo no vimos semejante colina?! Sí, allí. Por allí estaba…».
     «¡Zummmmm…!», dijo el viento desenroscado.
     El polvo renegrido veló los visores.
     «¡Maldita brújula! ¡Maldito polvo! No puedo despegarlo. ¡No veo nada! ¡Lidius, ¿dónde estás?!»
     «¡Ohhhhh…!»
     «¡Ahhhhhhhhhh…!»
     «¿Qué? ¡Aquí, hombre! Vamos del brazo. Aún veo algo. Avancemos. Avancemos hasta chocar con el cohete. Después, veremos…».
     «¡Zummmmmm…!», dijo otra vez el viento del polvo.
     «¿Cuánto falta para que amanezca?»
     «Tres horas fue mi último control».
     «Tres horas… Bien, no es mucho. Sigamos».
     Y continuaron con pasos quebradizos. Con los pies de hielo y piedra. El oxígeno se agitó peligrosamente en los tubos cuando tropezaron y cayeron. Una repentina repulsión les invadió el estómago y les ahogó la garganta. Las rocas parecieron beberse las manos cloroformadas que se habían introducido, imprevistas, en aquel desierto-lago de arena-lava. El oxígeno volvió a sacudirse cuando se incorporaron con los sentidos congestionados. La sangre retornó densa y morosa desde el cerebro hasta el resto del cuerpo. «¡Ahhhhhhhhh…!», y el polvo graso siguió adhiriéndose a ellos. Lentamente. Y su andar se espesó. Se espesó inexorable… «¡Ohhhhhhhhh…!», festejaron las rocas… «¡Zummmmmmmmm…!». «¡Ohhhhhhhhh…!». «¡Ahhhhhhhhh…!», exclamó el torbellino…
     «¡Si-len-cio!», sentenció el planeta y, a la distancia, una colina se desmoronó.
     Ya no caminaban. Ni se comunicaban. El transmisor, recubierto por la baba etérea, dejó de funcionar.
     En la intimidad de su desesperación, los seres pálidos se percataron de todo. Y se dejaron caer. No optaron ya por levantarse. El polvo continuó amortajándolos de negro hasta confundirlos con aquel paisaje sin lunas ni estrellas, de rocas oblongamente satisfechas…
     «¡Cuánto los necesitábamos…!», suspiró finalmente el planeta mismo. Y esperó entonces el amanecer de un sol lejano para volver a su normalidad. «¡Gloc!», fue la postrer aprobación. Y aunque no sabía de qué materia estarían hechas aquellas criaturas, lo cierto es que su carne y el metal de la máquina que los transportara, había resultado buen alimento: más exquisito aún que la de cualquiera de las tres últimas visitas. Por un millón de años más, su existencia, quedaba asegurada…
     La piel escaldada, chamuscada por el madrugado descenso, se recompuso de inmediato. Y cuando el sol blanqueó la superficie azul del planeta vivo, el mar, volvió a agitarse.-
CUESTIÓN DE TIEMPO (o Parábola del Destierro)[1]
A César Actis Brú
     Creemos que fue S-Tan quien abrió la ventana y dejó escapar al tiempo. Fue aviesa traición. Los sellos se desataron como látigos mientras el tiempo se escurría como una masa incontenible de energía difusa y multidimensional…
     Quiso vengarse, tal vez, de nuestras fanfarronas existencias, de nuestros rostros elásticos y sonrientes, primicias de lo eterno e inasible para él.
     Detrás de su reja de vejez inexorable, a pesar de haberlo logrado, pudo más la envidia de lo inalcanzable que el orgullo (¿la alegría?) de lo creado. Mal dios, este Tan.
     Qué lástima. Las horas –que no conocíamos- son ahora como un ácido voraz que corroe las entrañas y, a espasmódicos movimientos nos transforma en otros Tan, viejos y cansados, sin la esperanza de la infinitud que, artificialmente, él infundiera algún día en nuestras vidas…
     Y cuando el fermento de los alimentos ingeridos en la alquimia de una desaparecida juventud, se libere, espontánea y grosera de nuestros cuerpos, el corazón dirá ¡basta!, y estaremos muertos.
     Y nadie volverá o podrá encerrar otra vez al tiempo en este mundo.
     Nosotros, desterrados habitantes del Edén, lo suscribimos…
    
EL NIÑO VERDE (o Parábola de la Desdicha)
A María del Carmen Villaverde
     Las aguas blancas de la luna corren densas por la colina ensombrecida. Ríos de estrellas serpentean por ella su descenso, en tanto el niño corre. Un niño verde (como todos), de cara y de pies verdes, de cuerpo verde escondido en la túnica leve que lo envuelve sin color.
     El niño no es el río, pero corre y serpentea como las aguas de la luna y el torrente de estrellas que sacude el valle casi desierto. El roquedal se eriza por el eco destemplado del niño de diamante que jadea y gime por su madre. La noche se angosta en cada sendero y la atmósfera se espesa en cada hueco agazapado.
     El pastorcito tiene miedo de esa noche especial. De nada vale la larga (a pesar de su edad) experiencia acumulada en las quebradas de su tierra.
     Los duendes del fogón han llegado. Rayando el cielo negro con humo de espanto y bocarrón de fuego.
     Gimen las ovejas de tres patas, abandonadas al embrujo.
     No habrá bufandas el próximo invierno.
     Una bandera y un cohete se plantan y arrellanan por fin tras las piedras herrumbradas, como simientes de espera. Comienza el ciclo irreversible de lo incierto.
     Después de consolar a su hijo, Mauanna muerde su cola, en gesto penitente, mientras piensa que, éste, ha dejado de ser el mejor de los mundos…
SUCEDIÓ EN GRAY TOWN (o Parábola del Destino)
A los amigos de la Asociación Santafesina de Escritores (ASDE)
     Cuando Mr. Clapton miró afuera desde la ventana de su casa en Gray Town, la lluvia desgranaba los objetos comunes que solía encontrar deambulando sus calles. Autos, vecinos, empalizadas, cobradores y moscas, eran un difuso mundo que tornaba a aclararse cuando la fuerza del vendaval dejaba por momentos de arreciar.
     Aún así, ni el huracán más violento, ni la escarcha más helada, ni el granizo más persistente, habrían de detenerlo.
     Estaba dispuesto a cumplir consigo mismo, y el hecho de que la naturaleza compitiera con él o ahogara su ánimo con malos presagios, sólo aumentaba la fuerza de su rebeldía. Y la intensidad de sus pensamientos pudo apreciarse en la velocidad con que saltó de su cama, se vistió, desayunó y abandonó –íntegramente encapotado- su ajustado departamento de soltero.
     Ni siquiera, en su vehemencia, había notado el familiar zumbido que escapaba siseante de la consola de su aparato postal y que, en rojo, titilaba sus luces en las tinieblas…
     Mr. Clapton caminaba a paso apresurado. De vez en cuando miraba hacia arriba pero el puente no aparecía. Enfundado en aquella capa gris, sólo el pelaje de los bigotes lograba emerger de entre la oscuridad cavernosa de unos ojos furtivos y escudriñantes.
     Mr. Clapton no estaba loco.
     Sin embargo…
     El pueblo había crecido. Sin lugar a dudas, en veinte años se había puesto a la altura del progreso alcanzado por las grandes ciudades. En realidad, no había sitio alguno con el que uno no pudiera comunicarse desde él, y toda esa importancia material había trastrocado la conducta de sus gentes.
     Los corazones, forrados con la alegría del oro, se endurecieron, pero con gozo. Nadie podía decir en Gray Town que no era feliz, excepto Mr. Clapton y algunos otros que siempre habían mirado con recelo a aquellas ostentaciones del consumo. Por ende, su corazón no estaba endurecido por el oro, pero tampoco podía decirse que hubiera encontrado algún material –o inmaterial-  elemento con qué forrarse para ser feliz.
     Mr. Clapton en ningún momento había abandonado su carácter hosco, retorcido y hasta delirante. Incluso, hasta se había propuesto organizar un Club donde sus socios sólo vivieran de la caza y de la pesca, anduvieran todo el día semidesnudos –como si fueran libres-, sin mirar video ni escuchar radio. Una vez, hace cuarenta años casi, había sabido de la existencia de un singular personaje: Robinson Crusoe. Y desde dicha ocasión, su vida había sido un continuo peregrinar por el bajel del tiempo, tratando de naufragar con éxito en algún sitio paradisíaco donde sentirse hombre, lejos de sus tontos vecinos, de sus alienados guardias civiles, de sus calles con limpieza electromagnética, de sus casas con frentes intercambiables, de sus troles, automóviles y, sobre todas las cosas, de aquella bendita máquina acechante y lógica que todo lo sabía o adivinaba…      
     Mr. Clapton pagaba sus cuentas, compraba su ropa, hacía su comida y visitaba a los que eran como él: meditabundos y ermitaños. Es decir, Mr. Clapton era un excéntrico; pero si bueno o malo, ¿quién lo juzgaría?
     Por supuesto, era muy raro verle obedecer alguna orden picoteada por la máquina postal,  una especie de simple marioneta conectada al sistema de programación inglés. De todos modos, nadie podría aseverar que, en aquella época, existiera, si se quiere, una pizca de “incomunicación”.
     Mas esa tarde, Mr. Clapton no tuvo más remedio que enterarse de un nuevo fruto del progreso. Entonces, la piel se le erizó de terror en principio y de odio después.
     Mil veces maldijo el instante en que pasara por delante de aquel tonto vecino. Mil veces el momento en que le saludara –pues nunca lo había hecho-. Y mil veces más haberse detenido a escucharlo…
     Mr. Clapton sabía ahora la fecha de su muerte.
     Él se lo había comentado. Le había aclarado que se trataba del último descubrimiento. Que el Ordenador Mayor lo había logrado. Que los científicos estaban entre eufóricos por el éxito y melancólicos por sus posibles consecuencias.  Que todo ese tiempo en que había venido preparándose a la gente para un acontecimiento similar, podía haber resultado escaso para borrar al miedo de la lista de prejuicios ancestrales de los hombres. Que, de todos modos, el asunto era inevitable y que, el hecho de conocerlo, podía tener sus ventajas desde muchos puntos de vista. Que, al fin y al cabo, hacía tiempo que los hombres deberían haberse acostumbrados a ser dioses y no ídolos. Que había llegado la hora de programar en función de esto una nueva sociedad. Que…
     Mr. Clapton ya no estaba.
     Con los puños crispados se había ido maldiciendo a los que malgastaban su tiempo buscando cosas que acortaran o ensuciaran el de los demás…
     Sin embargo, no estaba loco.
     Cuando esa tarde penetró en su apretado cubículo derribando a puntapiés muebles y artefactos, destrozando vajillas e implementos, y mirando con odio asesino a una máquina tan gris como él que también lo miraba –pero con una especie de lástima en el discontinuo palpitar azul de su señal del “todo okey”-, uno podría haber pensado –sin temor a equivocarse- que un incendio sería declarado en Gray Town…
     Pero Mr. Clapton, de pronto inmóvil, con una suerte de maza tremenda blandida y amenazante sobre la indefensa criatura electrónica, dudaba en asestar el golpe mortal. “Un error de estos podría costarme la cárcel”, meditó. Y las cárceles eran sin duda más oscuras que toda la particular visión del mundo que lo destruía día a día…
     El puente estaba ahora a la vista.
     Era majestuoso.
     No obstante, se negó a reconocer la habilidad del millón de arañas que, con gran paciencia, lo habían tejido…
     El puente estaba levantado y los buques entraban al puerto, y, la niebla, esfumada con la noche, ocultaba sus vapores clandestinos en los acezantes muelles, mientras una gélida llovizna arrancaba a pálidas narices los primeros estornudos de resfrío.
     Mr. Clapton sabía que, aquel puente, era una hermosa y pequeña réplica que él mismo, en su juventud, había ayudado orgulloso a construir tomando como referencia al magnífico ejemplar tendido en Londres sobre el Támesis. Pero la hiel que llevaba acumulada en la suela de sus botas, no permitió a su ego contagiar la tierra con un sesgo de alegría…
     Si debía morir, lo haría como siempre había sido: circunspecto, idealista y empleado.
     Las aguas plomizas lo recibirían con su danza macabra y turbulenta, porque, las nubes, movedizas y chispeantes, asentadas en tenues reflejos, transformaban al río en un tenebroso tembladeral donde el barro y el musgo esperaban hambrientos alguna ofrenda…
     Mr. Clapton se turbó.
     “Aquello” era, en verdad, muy difícil.
     Pensó, entonces, por un momento (por eso creí que no estaba loco) en que, si moría, lo que había venido combatido lograría sobre él su mayor victoria. Despacio, sin prisa, le había ido avejentando. Le había ido nublando los cabellos y el alma hasta volverlos mustios como la niebla de su pueblo. Le había ido rodeando de enemigos y, ahora, ¡la estocada final! Ni siquiera esperaría a que su hora llegara por el carril más cómodo o lento de su infancia. No, Mr. Clapton se autoeliminaría, y los diarios, el video y la radio, todos cantarían con sus voces, sus letras, sus dibujos y su malgastada verborragia, la victoria sobre e infiel…
     Pero Mr. Clapton (en cierto modo esto también, aunque resultara contradictorio, me probó que no estaba loco) perseguía un gran triunfo. Un triunfo que la arrogante sociedad no percibiría sino demasiado tarde. Y “aquello” era demostrar a todos, simplemente, que no sería un 20 de marzo del año venidero el día de su muerte (como lo había asegurado la máquina infalible), sino este día: un 25 de diciembre de 2100… Demostrarle, pues, a todos, que uno podía ser libre hasta de elegir cuándo volver al polvo…  Demostrarles que, Navidad, era un buen tiempo para morir.
     Por eso me negué a creerlo cuando lo supe.
     Por eso me golpeé las sienes y se estremeció mi alma en aquel mediodía escabroso.
     Mr. Clapton, que no estaba loco y que era mi mejor amigo, había olvidado su cita en ese día. Pero yo no.
     Y pasé a buscarlo.
     Y allí estaban los vecinos apretujados contra la puerta de su vivienda unimodular, parloteando y haciendo gestos. Gritando que llamaran a un técnico pues la máquina postal estaba humeando de tanto titilar en rojo sin ser detenida. Y entre esa marea susurrante y agorera hube de abrirme paso, observar el espectáculo de centelleantes látigos azules que castigaban las paredes y comenzaban a teñir de amaranto las cortinas y muebles de la casa, hasta arrancar una faja de papel blanco impresa que emergía, asustada, de la boca de la consola, y que anunciaba, con claridad: “ESTIMADO MR. CLAPTON H. SMITH: RECTIFICAMOS FECHA DE SU MUERTE. ESTA SE PRODUCIRA EN EL DIA DE HOY A LAS 11HS. 30’, 16’’. CON PESAR SALUDA A UD., SU COMPUTADORA PERSONAL”.
     El fuego envolvió la casa y ni siquiera la lluvia pudo impedir que su color, celeste y amarillo, se tiznara de fantasmas crujientes y dolorosos en los últimos bloques de piedra renegrida, que terminaron de sepultar para siempre entre sus brumas, la existencia de un amigo

EL GUARDIÁN (o Parábola del Poder)
A Edgard A. Poe
     I
     Costaba mantener el orden en la ciudad tomada.
     Aquellos malditos se habían resistido y habían tenido que destrozarlos a golpes y zarpazos.
     Se sintió cansado. Restos de aquella sangre oscura le salpicaban el cuerpo todavía.
     Trepó lo más alto que pudo y pensó en dormir.
     Reposaría después de una larga noche de violencia represiva. Su oficio de Guardián se había vuelto difícil por entonces.
     Hacía frío arriba, pero no lo sintió. Las venas le hervían por la acción del combate mantenido.
     Tampoco le importó que el sol invadiera con su luz la Zona II, ni el destino de los otros compañeros vigilantes. Bostezó.
     Luego, desgarró una lata de ración R.E.C. y comió lentamente.
     Al cabo, se echó a dormir, ya de madrugada.
II
  1. En el callejón, danza de moscas sobre las sobras.
     La primera vez, aunque no era fácil, me cercaron. Al margen de la agudeza natural de mis sentidos, el trabajo de Guardián los había desarrollado especialmente. Sin embargo, esa noche yo había bebido mucho olvidando una de las reglas de oro de los vigilantes, y aquellos hombres me cercaron.
     En vano desaté toda la furia que la desesperación imponía.
     Me sujetaron con fuerza y luego me torturaron. Uno de ellos me maldijo y, con una pinza, arrancó trozos de pelambre descarnados hasta hacerme perder el sentido. Creo que por eso no dimensioné el horror que sobrevendría cuando otro, enorme y brutal, me partió el cráneo a mazazos y pateó, con odio asesino, todos mis huesos; en seguida aquél, para borrar pruebas, me roció con alcohol, y un cuarto humano, prendió fuego a mi cadáver.
     Pronto el callejón fue una nube fétida y oleosa que asqueó el aire, mientras ellos desaparecían.
     La luna también se ocultó.
  1. En el callejón, la muerte silba balas de plata.
     La segunda vez, aunque no era fácil, me sorprendieron. Al margen de la agudeza natural de mis sentidos, el trabajo de Guardián los había desarrollado especialmente. Sin embargo, esa noche yo había bebido mucho olvidando una de las reglas de oro de los vigilantes, y aquel hombre me sorprendió.
     En vano traté de esquivar el disparo. Silbó la muerte.
     El hombre era un certero tirador, y la bala penetró rauda mi cerebro, perforando un túnel sangriento de un centímetro de diámetro entre los sesos atónitos y heridos, a cada milímetro de espesor, a cada milésimo de segundo. Trepanados por el giro concéntrico del plomo de plata que arrancó de su cuenca a uno de mis ojos, rebotó locamente por las paredes cerradas del callejón, y aterrizó como un cohete exhausto sobre mi cuerpo muerto.
     (Ah, la segunda bala vino a dormirse al instante junto a la otra, después de partirme la columna y agrietarme el pecho con un boquete rojo y brillante por donde se filtró la luz esquiva de la luna).
  1. En el callejón, la zorra, zorra, andaba.
     La tercera vez, aunque no era fácil, me atraparon. Al margen de la agudeza natural de mis sentidos, el trabajo de Guardián los había desarrollado especialmente. Sin embargo, esa noche yo había bebido mucho olvidando una de las reglas de oro de los vigilantes, y aquellos hombres me atraparon.
     En vano forcejeé para librarme.
     Luego de golpear mi nuca, me amordazaron y ataron mis extremidades a las vías que morían en los galpones de la antigua estación de trenes. Al lado de un sucio callejón de puerto.
     Casi inconsciente, pude ver lo que esos malditos se proponían: partir mi esqueleto en tres utilizando la zorra agazapada en el galpón.
     Chirrió la máquina, cimbró el terreno, y, espantado, pude sentirlo. Quebrarse huesos, partirse carne y explotar venas de garganta ahogada y trémula de dolor. Entretanto, mi cabeza seccionada, mis piernas rotas, aún muertas, se convulsionaron a un par de metros desde donde el resto de mi cuerpo informe, yacía.
     La luna se oxidó a lo lejos.
  1. En el callejón, la cuerda busca el cuello.
     La cuarta vez, aunque no era fácil, me engañaron. Al margen de la agudeza natural de mis sentidos, el trabajo de Guardián los había desarrollado especialmente. Sin embargo, esa noche yo había bebido mucho olvidando una de las reglas de oro de los vigilantes, y aquellos hombres me engañaron.
     En vano luché para desligarme.
     Utilizaron la trampa clásica para ello. Un cebo.
     Simplemente uno de ellos apareció aullando como perro rabioso, al punto que mi piel se erizó y mi voz se encendió como un alerta y chillido de gato acorralado.
     Gritó: ¡Socorro!, y se autoencerró en el miserable callejón atestado de basura y olores rancios que me hallaba supervisando.
     ¡Deténgase!, ordené. ¡Deténgase, en nombre de la Ley!, insistí, al tanto que extendía un brazo apuntándole amenazador, y le mostraba mis dientes, y ahuecaba mis ojos amarillos, y sentía al sujeto inmovilizarse de terror.
     La satisfacción fue breve. Brevísima.
     Zumbó el aire y una cuerda fibrosa se enredó en mi cuello, y las otras, certeramente, en cada una de mis extremidades. Jalado con fuerza hacia cada extremo del hombre lanzador, floté de bruces estremecido de angustia y loco de dolor. La excitación de aquellos demonios era tal, que lo lograron. Me descuartizaron. Arrancaron al mismo tiempo cabeza, brazos y piernas. Por lo demás, desangrado brutalmente, aquel torso de vida-muerte vaciado en cinco flancos, se acható contra el suelo enrojecido con la leve montura de su esqueleto desgarrado.
     La luna tembló.
  1. En el callejón, la muerte vive entre los muros.
     La quinta vez, aunque no era fácil, me encerraron. Al margen de la agudeza natural de mis sentidos, el trabajo de Guardián los había desarrollado especialmente. Sin embargo, esa noche yo había bebido mucho olvidando una de las reglas de oro de los vigilantes, y aquellos hombres me encerraron.
     En vano traté de escapar del cerrojo.
     Los muy sucios lo tenían todo planeado. Su objetivo, en principio, no era matarme. Sólo dominarme, mantenerme inmóvil hasta que recuperara el sentido y viera lo que sucedería. Fue un momento de distracción lamentable de mi parte; el golpe en la cabeza llegó cuando me agachaba para atrapar a uno de esos bichos pordioseros que vagaban taciturnos por el callejón en sombras.
     Me sujetaron contra la pared con gran estilo. Creo que no sentí los primeros clavos; sí los demás cuando hincaban mis huesos y, ya crucificado, veía derramarse en gruesos goterones la sangre de mis manos y pies. Esperarán el infarto, me dije; pero no. Buscaron un doble efecto: al dolor agudo de mis miembros lacerados por los clavos, agregaron metódicamente el horror de verme tapialado.
     Así, con toda parsimonia hicieron su oficio: levantaron uno a uno esos húmedos ladrillos, sepultándome para siempre tras las paredes del umbrío callejón, como un grotesco mural de plástico expresionismo urbano.
     La luna fue ciego testigo.
  1. En el callejón, los puñales danzan y bordan.
     La sexta vez, aunque no era fácil, me rodearon. Al margen de la agudeza natural de mis sentidos, el trabajo de Guardián los había desarrollado especialmente. Sin embargo, esa noche yo había bebido mucho olvidando una de las reglas de oro de los vigilantes, y aquellos hombres me rodearon.
     En vano intenté superar la sorpresa.
     Uno de ellos se lanzó audazmente desde los techos aledaños al siniestro callejón, como una alimaña más de las que pululaban por los secretos rincones de la calle muerta.
     No hizo pie, y el cuchillo que llevaba escapó de sus manos. Aproveché, pues, su postura esmirriada para ultimarlo sin un quejido. Mi corazón latió con redoble de tambores y tambaleé con excitación cruel.
     Fue tarde, entonces, para darme cuenta.
     Los otros estaban encima mío acuchillándome el estómago.
     Mientras me doblaba, agónico de estupor, una corriente ácida quemó mi espalda punzada por el fino estilete que, atravesando huesos y pulmones, floreció en mi pecho como ardiente tallo de metal.
     De allí en más, la carnicería fue completa; y, entre vómitos de sangre y estertores de dolor, fui mil veces penetrado por puñales que, a gran velocidad, danzaron y bordaron mi cuerpo inanimado.
     Creo que luego, con sus propias manos cavaron un pozo y enterraron «eso» entre paranoicas carcajadas de placer.
     La luna volvió a temblar.
  1. En el callejón, un  millón de luciérnagas eléctricas.
     La séptima vez, aunque no era fácil, me dominaron. Al margen de la agudeza natural de mis sentidos, el trabajo de Guardián los había desarrollado especialmente. Sin embargo, esa noche yo había bebido mucho olvidando una de las reglas de oro de los vigilantes, y aquellos hombres me dominaron.
     En vano corrí para evitar el asedio.
     Mi embotamiento era tal que cada uno de ellos parecía duplicarse tras los muros, cerrando los caminos que, en zig-zag, pretendía yo abrir hacia una libertad de terrazas contiguas al tramposo callejón portuario.
     Fue breve el intento.
     El más pequeño y veloz, se abalanzó intrépido sobre mi persona tensada por el miedo. Sangró mi nariz por el seco impacto contra el suelo negro de la anónima calleja, y unos cables sinuosos ungieron sin resistencia el orificio de mi boca y oídos, susurrándome el voltaje de la muerte. Un segundo antes gruesas ligaduras habían ceñido todo movimiento.
     ¡Ahora!, gritó éste. ¡Ya!, respondió aquél. La caja-batería que manipulaba se encendió y el alerta codificado en la roja tonalidad de sus luces palpitantes, se transformó en un escozor invisible que bramó con un zumbido seco y continuo. El amperaje vibró in crescendo y la estructura molecular de la sangre se licuó; un millón de luciérnagas eléctricas aguijoneó ácidamente cada centro nervioso del cuerpo torturado, y el aullido desgarrador que soltó mi garganta, se confundió con el pitido rutinario de las fábricas de medianoche donde los humanos servían a nuestro glorioso Emperador.
     Mis cenizas se elevaron hacia la luna sedienta, como una ofrenda sacrificial.
III
     Despertó sudoroso e inquieto de la pesadilla.
     Fue en el exacto momento en que la noche sin luna oscurecía todo.
     Ojos vivaces y amarillos. Y el vientre punzado de dolor.
     «R.E.C. ¡Ratas en Conserva!», dijo. «¡Puaj! ¡Qué porquería!», se quejó. «Ya no saben qué inventar para congraciarse». Y sus pelos se erizaron como puntas de estrellas veladas y sedosas. Pobre gato.
     «Pero son astutos estos humanos asquerosos», afirmó. Y la luz de la calle que flotaba abajo tembló ante la niebla viscosa de otoño.
     «¡A trabajar!», se dijo. «¡Los mantendremos a raya!», juró. Y, mientras brincaba una por una las azoteas de la Zona II, brotó de su boca en fauce como un maullido policial que estremeció a la ciudad (ahora) felina.-
ESTE (Mundo-Espacio) – BETA (Cosmos-Tiempo):
O siete historias que remiten, a modo de parábolas y en el espacio tiempo del Big Bang (Génesis), al fluir de la Vida o Vino del Estío(Verano) de la Existencia humana…
  • EL NIÑO DE CRISTAL (o Parábola de la Vida)
  • LA MUJER (o Parábola del Heroísmo)  
  • MAMA YGRIEGA (o Parábola de la Esperanza)
  • LOS NÚMEROS (o Parábola de la Humanidad)
  • ¿VENDRÁS A VISITARME? (o Parábola del Amor)
  • CUANDO LLEGUEN LOS DUENDES (o Parábola de la Alegría)
  • NOSTALGIAS DE FUTURO (o Parábola de la Felicidad)
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EL NIÑO DE CRISTAL (o Parábola de la Vida
                            A Edgardo A. Pesante, in memoriam         
     “… Y Dios creó a los cristales a su imagen y semejanza…”.
     El ente de cristal envolvió su sombra. Después, giró con lentitud…
     Su cuerpo esférico, encrespado por millones de trapecios jaspeados y relucientes, comenzó a rodar la ladera del Valle Ejemplar reflectando y entrecruzando una miríada de fugaces destellos, guiños de un sol enorme y amarillo que brillaba a media tarde sobre el fondo del cielo.
     Era como una gigantesca tortuga marina que hubiera escondido su cabeza para no golpearla en los tumbos, pero que, de pronto, se detenía, cambiaba de dirección, y otra vez rodaba y rodaba hasta detenerse para tomar  un nuevo destino.
     El ente parecía conocer bien la región: una hondonada pintada de blanco y de negro por los haces desnudos de luz y la impertinencia de las sombras montañosas. El valle estaba un poco lejos del pueblo principal, y las entidades de cristal lo admiraban como a un templo de lo eterno.
     De improviso, el extraño ser se detuvo pensativo. Cualquiera que entendiera la forma especial de su desplazamiento acompasado, hubiera podido adivinar un gesto de sorpresa en la coraza irisada por plasmáticas entrañas de vida y movimiento.
     Es que un costado del cuerpo llevaba adherido un objeto de material desconocido, con formas desconocidas y contenido aún más desconocido. Sin duda, esa cosa de reducido tamaño era ajena a su composición trapezoidal y había venido sobrevolando el cielo del planeta hasta que, por alguna razón, de súbito, contradiciendo la serena intimidad con que disfrutaba las bellezas del lugar, se había dirigido hacia él e incrustado en su piel con sorpresiva violencia.
     Por un instante, inmovilizado de terror, sólo había atinado a sacudirse una y otra vez, pero sin buenos resultados. El problema parecía grave, por lo que echó a andar tratando de no dañar al objeto.
     Marchó divagante y sin rumbo por bastante tiempo y, como aquella cosa parecía no querer despegarse, optó por regresar al segundo valle del hemisferio norte –el Valle de las Cuevas Blancas- a casa de sus padres, antes de que su dios amarillo muriera ensangrentado tras las colinas.
     Ya en el trayecto al hogar, su estado de ánimo comenzó a mejorar. Había empezado a simpatizar con esa misteriosa piedra grisácea de conformación ovoidal y diminutos agujeros simétricamente dispuestos en forma de anillo sobre el mayor diámetro de circunferencia.
     En realidad, pasados aquellos momentos de incertidumbre, su imaginación había comenzado de nuevo a generar expectativas, y no hubo nada raro en que, al fin y al cabo, considerara un tesoro, un verdadero tesoro a tan imprevista aparición.
     Y por algo 100-MNX había ganado en todo el pueblo de la Región Circular fama de niño terrible, distraído y melancólico. Es decir, con un carácter nada previsible. Aquella tarde de musicales colores, ora azul o albina,  ora verde o rosa, luminosa u oscura, había desaparecido de su cueva. Y la razón de su familiar huida era esta vez meditar. Sí, el concurso estaba cerca y, hasta ahora, sus investigaciones no habían dado por resultado más que un amarronado corpúsculo subterráneo con algún sentido estético, que los grandes mirarían con sus enormes trapecios abiertos y burlones, encogiendo algunos y meneando otros, para luego arrojar tal hallazgo en el cajón de las ideas por poco brillantes desechadas.
     Su habitual distracción, unida a espontáneo terror que experimentara, habían demorado su lógica conclusión, pero, cuando ésta llegó, la indescriptible sensación de alegría que lo embargó hizo que recorriera los tres sectores de medida que lo separaban del albergue comunitario con pasmosa velocidad de rodamiento.
     Algo fantástico, y muy bello, cuya materia poseía una insólita superficie allanada había caído en sus trapecios. Y de allí lo insólito e ilógico: nunca hubiera podido imaginar la inexistencia de incrustaciones trapezoidales en un elemento físico. No había –de acuerdo a su criterio- palabra alguna que conceptuara a esa realidad pulida y perforada tan ordenadamente…
     Sí, no cabían dudas. Aquel objeto superaría todos los parámetros del buen gusto. Era un magnífico tesoro y, como tal, habría de protegerlo.                                                                                           
     Caída la noche, llegó a la cueva.
     Sus padres se felicitaron de que, por vez primera, no hubiera sido necesario recorrer la zona para encontrarlo. Era muy común saberlo extraviado y formando parte de aquel paisaje de gemas alucinantes.  100-MNX llevaba contadas diez mil estrellas y, a veces, uno podía hallarlo bautizándolas y haciendo un gran esfuerzo para recordar luego sus nombres. De todas maneras, ya crecería y aprendería… Mientras tanto, sólo había que tener gran paciencia y una adecuada cueva de reserva para hospedar a sus amigos y cachivaches, limpiar las huellas de sus juegos, arreglar los destrozos y pagar los insultos justificados de vecinos y conocidos…
     Papá 10-MNX chasqueó un trapecio, señaló de manera peculiar la mesa redonda tendida con caseros manjares de cristal puro, y continuó luego enfrascado en su habitual manía de cercenar los brotes desiguales de sus trapecios inferiores que, según él, conspiraban contra el buen equilibrio.
     Mamá 11-MNX, tampoco advirtió el paso fugaz del niño hacia el cuarto, ocupada en los quehaceres de la cueva.
     ¡Ah…!  100-MNX respiró profundamente y, su cuerpo, adoptó una expresión oblonga y apacible.
     Cerró la abertura de su habitación. Encendió uno de sus trapecios y, primero con prudencia, más tarde con desesperación, efectuó el postrer intento de librarse de aquella cosa que, como tesoro estaba muy bien, pero como quiste incomodaba los límites de la tolerancia.
     Fracasó. Ni siquiera pudo desprenderlo en parte de su caparazón. Y otra vez la angustia afligió sus sentimientos. Todos sus planes se verían comprometidos porque, al no poder zafarse de él para desarmarlo y entender sus secretos, corría el riesgo de no ser aceptado como lícito en la competencia. Ya no podría mostrarlo como gran descubrimiento sino como obra de la fatalidad…
     ¡Oh…!  100-MNX suspiró largamente… Sabía que los grandes no le entenderían. Pero es que aquello era en verdad un gran descubrimiento, y los descubrimientos no siempre obedecen al esfuerzo de la investigación cuanto más a la orientada casualidad… Tal vez, tal vez papá…  100-MNX dejó de lado su orgullo y, liberando la abertura, desapareció rodando al punto que gritaba la numeración de su progenitor…
     Era muy tarde. Faltaban pocas medidas de tiempo para que el dios amarillo reviviera tras las colinas.
     Había luces en el Centro Mejorador. Los entes turnaban el encendido de sus trapecios mientras parloteaban y rodaban de un lado a otro como demostrando preocupación e impotencia por aquello que veían y escuchaban.
     100-MNX, dormido todavía, no había sufrido nada. La operación había sido un éxito, pero las consecuencias de la misma, inenarrables…
     Los entes parecían mirarse unos a otros y preguntarse cosas. Algunos se mostraban nerviosos y giraban sobre sí mismos a tal velocidad que era difícil apreciar en ellos a los tan familiares trapecios.
     Mientras tanto, 110-MNX trataba de explicar a Papá 10-MNX que, su hijo, pronto estaría bien. Que en nada le había afectado el contacto con aquella cosa. Que aquellos seres rosados y blancos, diminutos y ariscos, que saltaban y huían estremecidos con una expresión incomprensible en lo que semejaban sus rostros, habían salido del objeto ovoide y no del cuerpo del niño. Que era imposible comunicarse con ellos o entender sus convulsiones y gritos. Que era imposible descifrar también la desgarbada simbología impresionada en la estructura del objeto, pero que, al parecer, decía: NAVE ETERNIDAD – PLANETA TIERRA – República del Salvador – 25/12/3001… Y que más imposible aún era tratar de explicarse por qué aquellos fantásticos animalitos a base de carbono –forrados en macilentas vestiduras artificiales-, se iban desplomando uno a uno hasta quedar inertes para luego, tan misteriosamente como todo aquello que sucedía, trastrocar su débil conformación ramificada y rosada, en una imprevista tonalidad violácea que los desintegraba –con el paso del tiempo-, en un mar de blancos corpúsculos cuyo origen nadie podría revelar jamás
“Decía Vico que los hombres primero sienten sin observar, después observan con ánimo perturbado y conmovido (mito y poesía) y finalmente reflexionan con mente pura (ciencia). ¿Y luego? Luego, podremos añadir, vuelven a perturbarse y conmoverse, pero el elemento fantástico no puede dejar de sentir hoy la influencia de estadio científico que ha alcanzado la humanidad. Esta influencia se ejerce no tanto sobre el contenido de la moderna narrativa fantástica, sino más bien sobre el procedimiento que está en su base. En otros términos, el autor de ciencia ficción, más que fijarse en la credibilidad del presupuesto, está atento a desarrollar coherentemente la premisa, incluso la más inverosímil, respetándola como si fuese una incontestable verdad científica… La ciencia ficción no es, como muchos creen, ciencia vestida de fantasía, sino exactamente lo contrario, es decir, fantasía purísima pudorosamente cubierta por los velos de una elaboración racional, que no importa que esté desplegada de un modo paradógico”.
LINO ALDANI – “La Fantascienza”. Piacenza, 1962, págs. 16-17; citado por Franco Ferrini – “Qué es verdaderamente la ciencia ficción”. Casa Ed. Astrobiano – Ubaldini Editore, Roma (Italia) y Editorial Doncel, Madrid (España), 1971, pág. 32.-
LA MUJER (o Parábola del Heroísmo
A Isaac Asimov, in memoriam
     Madrugada.
     Hacía frío en la ciudad de los hombres viejos. El frío del décimo milenio para el reloj cósmico.
     Estaba muerta la ciudad. No podía ser de otra forma.
     Desde la medianoche hasta las cinco de la mañana, tenía la obligación de estar muerta. Porque quien vive, necesita respirar…
     Por ende, nada de circular entre las cintas aéreas que revoloteaban aquellos caminos de nubes cristalizadas. Nada de querer arrimarse a las sin límite murallas donde vivían, técnicamente bien, casi todos los hombres, y visitar a otros hombres.
     La ciudad, debía estar muerta.
     La luna intentó por un millar de veces más encender el rostro de la joven mujer que corría, jadeante y temerosa. Mujer hermosa y triste…
     Mas no pudo. Se resignó.
     Es que no entendía a estos hombres viejos. De antiguo se había sentido sensual y vanidosa de poder acariciar, en aquellas verdes plazas, los sueños de millones de rostros enamorados. Rostros que jugaban con ella, ocultos en la primavera tras los azahares, como bufos cómplices abotagados de amor y de misterio; que la buscaban o evitaban para descubrir o esconder candorosos besos prendidos a tiernas mejillas sonrojadas…
     Ahora, ella también estaba triste. Y, al igual que los hombres viejos, sólo podía vestirse de navegante espacial y trepar las terroríficas alturas donde yacían los últimos escalones del oprobio.
     Porque las terrazas son quietas.
     No podía ni deseaba jugar con ellas.
     Hizo, pues, un postrer intento en averiguar por qué corría la mujer, furtiva e incansable, tras un punto de luz que parecía muy difícil de alcanzar.
     Pero una nueva frustración tiznó su brillo. Entonces se puso el traje de astronauta, y se difuminó grávida como una burbuja nocturna.
     Por lo demás, fue la negrura sin límites que contuvo al espacio quien devoró, en un segundo, sin prejuicios y para su bien, a la hermosa y triste mujer…
     La joven indefensa arrastraba las distancias pesadamente. Su cara era un modelo de angustias y de miedo tallado en la oquedad de la noche. El aire corrompido arqueaba su cuerpo en contenidas convulsiones, mientras un aroma fétido flotaba y caía manso sobre el cemento del mundo.
     Sabía que arriesgaba demasiado.
     Los autómatas tenían orden de destruir cualquier factor dinámico que perturbara la muerte de la ciudad. Porque quien vive, necesita respirar…
     El buen aire.
     El olvidado.
     La silueta, doblada y aterida por el hielo de las sombras, continuó su marcha hacia el objetivo, confundiéndose entre las columnas y muros de un camino aceral.
     De pronto, se detuvo. Y lo hizo a tiempo.
     Una pequeña cabina de televideofono le sirvió de refugio.
     La recortada cabellera cereza se le endureció al verlo pasar, mientras los ojos verdes se le agrandaban de espanto y el corazón se le henchía de terror. Todo su ser se estremeció.
     Fue un segundo.
     El autómata pasó rígido a su lado, blanqueando las tinieblas con el palpitar sincrónico de unos luminosos ojos eléctricos.
     Gina no respiró. Una estatua como de mármol ocupó su lugar. La menor vibración del aire daría al autómata la señal de que un ser dinámico se hallaba cerca en horario prohibido. Y debería…
     Pero nada ocurrió.
     La mujer dio gracias. A quién, no sabría decirlo.
     Ya no sentía el frío de la noche. Ahora sus huesos hervían en brutal agitación. Pero todo continuaba oscuro, muy oscuro.
     No la encontró.
     Supo que, como ella, triste y etérea, había huido finalmente de allí. Y pensó en Maniel, su compañero, inmóvil y enfermo. También en su bebé, único y dormido.
     El circuito de emergencia se había descompuesto y no podía emplear otro medio. Ni siquiera acudir a la asistencia de un vecino. Se había descuidado sin alcanzar a evitarlo.
     Había llegado al límite de su cuota de oxigenación familiar y no podía robarle vida a sus seres queridos. En el exhausto recipiente metálico agonizaba la porción vital de elemento, porque la enfermedad de Maniel exigía mayor cantidad molecular. Y ella tendría que compensarla.
     Sí, necesitaba aire. Algo más de oxígeno esta noche para sobrevivirla hasta la llegada del amanecer, cuando todo volvería a ser normal…
     Por ello, sin auxilio de nadie, sin poder comunicarse con el Centro Médico más próximo, se había jugado por entero. Y había escapado infringiendo la ley.
     Escapado a las diminutas calles de una ciudad que tenía la obligación de estar muerta en esas horas. Y debía llegar. Tenía que hacerlo. Diciembre era su mes de suerte: por algo había superado ya un duro escollo. Por otra parte, el sitio estaba ahora sólo a unos cuatrocientos metros por delante…
     Y la cuestión era llegar. Conseguir llegar. Luego vería. Sus dedos apretaban con fuerza la ficha amarilla
     En sigilo, continuó la marcha.
     Después de media hora de esquivo y medroso caminar, alcanzó el objetivo.
     La Gran Campana estaba iluminada con intensidad. De tanto en tanto, su resplandor exhalaba movimientos intermitentes, haciendo del gigantesco y semiesférico caparazón un monstruo de onírica pesadilla.
     Su diámetro de trescientos metros y su elevación central de igual medida, encerraba las fuentes de la Vida. Las últimas clases de vegetales de la Tierra y el oxígeno de sus poros.
     Y debía alcanzarlo… Porque ahí estaba, a pocos pasos, el Centro de Oxigenación DV-4 de la Compañía “Días Verdes”, Sociedad Cósmica. Uno de los complejos comerciales pertenecientes a un monopolio secular cuyos dueños entendían que no era bueno, para sus intereses ni para el de los demás hombres, el hecho de permitirles volver a oxigenarse aunque la capa de ozono se hubiere recuperado ya hace tiempo…
     Arrogante, Mr. Sosep Ralod, presidente del H. Consorcio, sostuvo desde el primer día:
— “Nadie destruirá este brillante negocio. No lo permitiremos…”.
     Alguien gritó también en aquel primer día:
— “Fortuna; ¡botín de poderosos!”.
     El resto, no tuvo tiempo de hacerlo. Hubo un ejército de autómatas que se encargó de ello.
     Gina volvió a ocultarse. Lo hizo por enésima vez; en esta ocasión, tras uno de los incontables sostenes del edificio departamental –contiguo a la Gran Campana- de más doscientos pisos, y que reducía su humanidad a la de un germen…
     Y se dejó caer.
     Trató de recordar a Maniel y a su hijo, pero la cabeza le bamboleaba locamente a causa de los sentidos aturdidos por la falta de oxígeno.
     Sintió ganas de vomitar.
     Logró dominarse. Tanteó con angustia la ficha de identificación. Estaba en su lugar todavía. Era un alivio, aunque de nada serviría si…
     Pero casi lo había logrado.
     Entonces rogó. A quién, no sabría decirlo.
     El animalito de las estrellas recogió su cuerpo y esperó impaciente el momento para sortear los últimos metros que restaban aún para alcanzar el Panel de Control.
     La suerte volvió a sonreírle. Al menos, eso pensó. Sí, diciembre era su mes de suerte.
     La esfera redonda y sin aberturas visibles se detuvo. Había arribado por el riel médico hasta la puerta principal del Centro de Oxigenación. Unos humanoides descendieron del familiar vehículo asistencial. Llevaban en camilla a una persona.
     Era una anciana.
     Inmovilizada por dos gruesas correas plásticas gritaba y jadeaba con desesperación. Gritaba que  se ahogaba, que necesitaba aire para respirar…
     Los autómatas apuraron el paso. Introdujeron una ficha amarilla en la ranura del cilíndrico panel, y la puerta de acceso se abrió en silencio. Luego, se cerró.
     Gina sabía lo que harían ahora. La transportarían en el carril hasta una cabina esterilizadora, y, después de acondicionarle el cuerpo, la enviarían a fantástica velocidad hacia una Unidad Libre de Oxigenación. La operación duraría pocos segundos: hasta que la anciana recuperara su capacidad de absorción atmosférica, o, simplemente, muriera de asfixia. Pocos segundos, nada más.
      A la sazón, la esfera comenzó a moverse otra vez por el carril médico. Alguien la había solicitado de nuevo utilizando el circuito de emergencia. Como un rayo partió desde otra vía hacia algún sector de la ciudad… Junto a ella, otro millar de esferas se dispararon hacia las entrañas de la ciudad que dormía sin sueños.
     Gina pensó que el momento había llegado.
     Nadie estaba a la vista. El frío volvió por un instante a arrancarle bocanadas de esfuerzo, y todo su cuerpo se contrajo –llagado de escalofríos- preparando sus reservas para el último salto.
     Corrió furiosamente.
     Empleó la magia de su ánimo, y, como un niño intentando atrapar una sortija de calesita atómica, alargó el brazo que portaba la ficha amarilla pensando en ellos
     No pudo hacerlo.
     De pronto, estaba muerta. Como la ciudad. Como su luna.
     El oscuro y gris, y nuevamente oscuro y gris autómata, guardó el arma.
     Chirriaron un poco sus extremidades al cambiar de rumbo.
MAMA YGRIEGA (o Parábola de la Esperanza)
A Susana Gianello de Oliver
     El Señor Equis ahuyentó el frío de julio acondicionando su cuerpo con cuatro puntos más de calefacción central. Estaba solo en el cuarto. Su madre andaría aún por allí, en la cocina y sus quehaceres, después de la cena. Claro que, aunque mamá Ygriega era muy cuidadosa, de vez en cuando podía observarse algún recipiente de aceite lubricante mezclado con latas de arvejas…
     Pero ya se había acostumbrado –o creyó hacerlo-a esa extraña convivencia. El trabajo esperaba por la mañana, mientras que, por la tarde o, al otro día, bien temprano, compraría flores y visitaría a sus recuerdos del pasado. Los guantes, el abrigo y la gruesa bufanda que ella le tejiera, habrían de protegerlo. Aunque esa noche hubiera deseado no estar solo. La vida de soltero llega a cansarlo a uno, sobre todo si no se tienen amigos en quién confiar.
     Sentía un poco de angustia. Hacía mucho que las viejas remembranzas no llegaban hasta él como lazos invisibles y crueles para anudar su garganta. Por eso, si bien lo deseó, no pudo dejar de rendirse al cansancio y a la idea de que, ni siquiera podría optar por el próximo sueño o la siguiente pesadilla.
     Había una vez una gran ciudad…
     Una ciudad con enormes alfileres dirigidos al cielo como cohetes grises y brillantes prontos a desgarrarlo. Con autos voladores, rutas atmosféricas y telarañas metálicas de comunicación. Una ciudad en la que los hombres habían desaparecido tras los muros plastificados de las oficinas electrónicas y debían esperar largo tiempo en filas de paciencia para visitar sus reducidos y escasos parques, respirar el aroma de sus flores antiguas, aclimatar sus oídos al bullicio de los pájaros y admirar –con un brillo dulce en los ojos- el corralito de sueños que, los niños, fabricaban al jugar en ellos.
     Una ciudad en la que sólo un barrio había logrado escapar de sus terribles arquitectos y conservarse como tal. Con sus casitas bajas y blancas, con sus balcones discretos y altillos misteriosos, sus tejas rojas, techos a dos y a cuatro aguas, puertas de cedro labrado y picaportes de bronce dorado. Casitas con buzones cuadrados y gordos, timbres musicales, jardines delanteros y un pino para la Navidad…
     Y, en ese barrio extraño –para los demás hombres-, donde los niños jugaban todavía fabricando cometas, tiznando paredes y brincando rayuelas; contando películas, asustando vecinos y persiguiendo gatos por las azoteas, había uno llamado Equis que, en una Noche llamada de Reyes, estaba feliz, esperando…
     El pequeño Equis bajó de prisa la estrecha escalinata del altillo donde trabajara con especial ahínco. Y, recordando a uno de sus cuentos favoritos –el del niño que odiaba a la noche-, pensó que ésta tampoco debía existir para él; por lo que, al igual que “su igual”, encendió una a una las lámparas del pórtico, de la escalinata, del guardarropa, de las habitaciones, de la escalera, y, más tarde, hasta las lámparas del garaje.
     Pero el pequeño Equis no odiaba a la noche; la amaba. Había muchas cosas que hacer en ella. Ocurría, pues, que siendo ésta una Noche Grande, difícilmente apareciera para hablar con él y convencerlo de algo que ya sentía, la legendaria Niñita que Alumbraba la Noche… Entonces, emulando a algunos de sus héroes precoces, montó de un salto el pasamanos de la perpleja montaña de madera, y se precipitó zumbando y lleno de gozo hasta la planta baja donde esperaba abuela Tita…
     Con una mano en la boca, la otra en gesto paralizado y el corazón sobrecogido por el susto, la espantada anciana sólo atinó a proferir un ahogado grito de disgusto. El jovencito, sonriente, restando importancia a su acto de arrojo, dio un brinco, alcanzó los cercos de la ceñuda frente y estampó con ternura, el más ruidoso beso que recibiera abuela alguna…
     Estaba feliz.
     La alegría gorgoreaba en sus talones, trepaba por los pliegues de su gastado vaquero, se perdía en los laberintos cuadriculados de su camisa escocesa y se volvía ¡hurras! y risas en la diminuta boca de una redonda y castaña cabecita con flecos de luz…
     El sol de las siete de la tarde despedía aún la claridad de su acostumbrada agonía, y esa noche volverían papá Zeta y mamá… Ygriega.
     Mamá Ygriega… Sana. Hermosa. Como antes… Así lo había asegurado abuela Tita. Y el pequeño crío, que la amaba tanto como a sus padres, confiaba en ella.
     Pero la venerable vieja no cesaría tan pronto en sus reproches. Casi de inmediato, la queja  sobre por qué había bajado de ese modo las escaleras y encendido todas, sin excepción, las luces de la casa, se hizo escuchar. Mas el niño, incentivado por la anhelada espera, respondería a viva voz que todo había significado la alegría enorme con que su alma festejaba el retorno a casa de mamá y papá. Así que, abuela Tita, como buena abuela, enternecida por la franca respuesta de su nieto de nueve años, le acarició la frente, agitó el perfume de sus cabellos finos y tiró, suavemente, de su sonrojada nariz… ¡Y hasta le pareció verlo más hermoso, inteligente y obediente que nunca!
     Con certeza había mucho de verdad en esto, porque el pequeño Equis era un niño hermoso, inteligente y… casi obediente. Y había aprendido a amar mucho a los que rodeaban su vida; había aprendido a escucharlos y a comprenderlos. Porque, a veces, que uno saltara a las doce de la noche desde la ventana de su cuarto hasta el árbol más próximo, y, acunado en sus brazos, se fuera por el jardín plagado de luciérnagas, sapos y grillos a perseguir duendes negros y blancos (sobre todo blancos, porque eran los más tentadores y juguetones: los duendes blancos bajaban todas las noches por la alfombra brillante que cuelga de la luna y se prenden de las copas de los cipreses aledaños derramándose como leche por sus dedos frágiles, hasta alcanzar el suelo donde desaparecen confundidos con la cola de la alfombra; en cambio, los negros, sólo saben jugar a las escondidas, se ocultan en la oscuridad y es muy difícil poder hallarlos), eran cosas que sus parientes no entendían mucho…
     … Mas había aprendido también a tenerles paciencia. Y hasta les había perdonado el hecho de no poder contar con un hermano como el resto de sus amigos. Sí, era un buen chico. Y sonreía siempre; con su mueca de pícaro tan particular sonreía y asentía cuando papá Zeta ordenaba sus zapatos negros y los lustraba hasta convertirlos en cristales de charol;  o cuando ensayaba nudos de corbatas frente a los espejos, o procedimientos de rasuración tras una oculta barba de crema de afeitar –por si él no estaba el día en que despertara y viera que sus pantalones, camisas, medias y mocasines, colgados en los roperos o guardados en los cofres, de golpe, habían crecido…
     Un poco más serio atendía los ejemplos de mamá Ygriega: sus consejos sobre la calle, los juegos y los demás niños; el estudio, el aseo, el cabello recortado, la comida a punto, y la ropa bien planchada…
     Pero cuando hablaba abuela Tita, la lógica desaparecía. Transformado en mágico arlequín de lo tragicómico, ensayaba toda clase de gestos frente a la mirada complaciente –resignada-, de la singular anciana.
     El pequeño Equis puso un dedo sobre su frente, y su actitud pensativa se convirtió en un giro inesperado que, en forma de trompo, recorrió la cocina, el patio y el galpón de la casa, desenrollando metro a metro los hilos de su imaginación y arremetiendo contra todo lo que osara cruzarse en su camino.
     Después, el jadeo jubiloso, los dedos sucios de tierra y los brazos cubiertos de palos y hierba silvestre, mostrarían al trompo detenido en su marcha, con su derroche de energías marcado en el piso, y la eterna sonrisa del que espera algo que vendrá seguro…
     Así, de pie, en el centro de la sala, y dando las espaldas a su abuela, se preparó –atento los oídos- a escuchar, en ese día, una nueva reprimenda.
     Sin embargo, la enigmática nona supo confundirlo al cuestionar sus actos con pronunciada ironía:
     — ¿Y ahora, qué harás con todo eso? ¿Acaso no habías “concluido” la tarea?
     La voz susurraba el espacio, viboreaba la piel del acusado y fabricaba cosquillas en los cuencos de sus orejas encendidas…
     El pequeño alzó los hombros, mordió sus labios, respiró hondo, y, al fin, contestó:
     — Vuelvo al cuarto. Había olvidado cuánto comen. No he colocado demasiado pasto en los potes. Y agua. Sí, pondré más agua. Puede que deseen quedarse por aquí una horas antes de seguir. Además, si han de traer a papá y mamá, estarán agotados. Es mucho peso para ellos.
     — Claro… -asintió la abuela sorprendida en contraataque-. Pero te olvidas de los Reyes. No sólo los camellos tendrán que comer y descansar. Los Reyes también querrán hacerlo. Así que si no apuras el paso, no podré terminar de preparar la mesa ni de hacer los bocaditos ni la tarta de manzanas. Tienes que ayudarme a colocar el mantel, los cubiertos y los vasos. Y, mientras borro las huellas de tus travesuras, irás hasta la esquina, golpearás la puerta de la señorita Hache y pedirás cubitos de hielo. Desde ayer que no funciona la bendita heladera y el vino caliente no resultará bueno para papá.
     Más sereno ya, el pequeño Equis dio la razón a su abuela y subió las escaleras, silbando y meneando la cintura al compás de su canción predilecta. El Puente de Aviñón lo llevaría hasta el habitación. Y no tardaría mucho. Ya vería abuela. Estaría listo en un segundo y podría ayudarla. Todo saldría perfecto. Por eso, debía poner más atención en ellos
     Ellos vendrían hasta su ventana oscura y sedienta de ofrendas con trajes luminosos, bordados en oro y perfumados con miel; vendrían montados sobre las jorobas marrones de simpáticos bichos de arena. Bichos pomposos y mansos, con lenguas largas y pastosas, ojos gigantescos y melancólicos, piel sedosa y con estelas rubias de sol…
     Abuela le había preguntado en esa tibia tarde, cuál era su mayor deseo, qué les había pedido. Y éste, con los párpados vibrantes, las manos entrelazadas y la sonrisa engomada por los resabios de un dulce de chocolate, le había respondido, con sencillez, “… que mis papis vuelvan pronto a casa”…
     Entonces, sin poder evitarlo, un suspiro profundo avejentó aún más el silencioso andar de abuela Tita. El temor a lo inevitable ensombrecía los colores de su doloroso secreto. Difícil era la tarea encomendada, pero era preciso celarla hasta que el bronce del tiempo revistiera de temple a aquella dulce inocencia…
     Mientras tanto, el pequeño Equis esperaría. Papá Zeta y mamá Ygriega debían estar con él esa noche. Una noche Grande y Buena. Como la de días atrás. La Noche de Navidad…
     Aunque doliera recordarla.
     Ese día, mamá Ygriega había estado de nuevo enferma, por lo que, abandonando juguetes y premios, se había recostado sobre su pecho para acariciarla invocando sosiego. Pero su alegría, mutilada por la angustia, no fue más que una lluvia azul corriendo lastimera las vertientes de la impotencia. No había logrado, de tal modo, aunque fuera Navidad, sentirse feliz. Como el Niño Feliz. Claro, de haber sabido que ella podía enfermarse así, seguro le habría pedido al Niño Bueno y a Los Reyes Magos por mamá Ygriega, por su delicada salud… Nada de juguetes plásticos, de madera o latón para armar o romper. Ni de autos a pila, guitarras enanas, teléfonos blancos o trenes eléctricos para viajar y soñar; ni de botas de cuero, pistolas ruidosas o estrellas de cobre para vestir de Comisario… Sólo que mamá volviera con él. A prepararle postres, a regentear la casa, a salir a pasear…
     No obstante, algo extraño ocurrió. Porque aquella húmeda mañana de fin de año, la señorita Hache vino a buscarlo, y, al otro día, sólo abuela Tita estuvo en casa para jugar. Papá Zeta y mamá Ygriega se habían ido. Un auto negro y brillante, seguido de otros similares, se los había llevado quién sabe dónde
     El Señor Equis dio un par de vueltas sobre la cama y una mueca de contrariedad se plasmó primero en su boca, cuando aquellos secretos recuerdos parecieron devolverlo a la infancia…
     Su respiración era suave y, poco después, una manifiesta sensación de bienestar se advirtió en su semblante. El hombre joven soñaba mientras el silencio de la madrugada se prendía en cada mota de fría oscuridad…
     Allí estaba de nuevo él, asomado al balcón de su niñez
     Cuando el pequeño Equis dirigió la vista a través de la ventana desnuda de su cuarto, el Gran Pintor supo que debía cambiar de telas, tomar los pinceles, y echar una mirada inteligente a su paleta de colores. Después, dibujar un sol inmenso en el horizonte, podar sus gajos, y tiznar el cielo de sombras. Todavía no pondría a las estrellas, pero sí pintaría a la luna. La blanca hamaca celestial puliría sus vestidos y las chispas de su brillo quedarían, luego, como abrojos refulgentes en un negro mar de lentejuelas…
     Y sería de noche.
     El llamado sonó a la puerta. Los tubos de música cantaron sus sones, y, la casa, plena de luces, pareció pronta a descorrer el telón de la espera.
     El pequeño Equis pegó un salto y dio un grito…
     — ¡Son ellos! –dijo-.
     Y se abalanzó tras el bronce dorado del picaporte.
     — ¡Sí! –confirmó abuela Tita-.
     Y abandonando con premura su descanso en el viejo sillón, siguió los saltos del crío.
     La puerta se abrió y el viento cálido de las diez de la noche envolvió a unas figuras impávidas que se volvieron como de piedra delante del pórtico. El croar de las ranas, el chirriar de los grillos vagabundos, y el aroma verde de jardín, se mezclaron con el perfume dulce de la esbelta mujer que, desde él, miraba, y con el duro resuello del tabaco ahumado crecido en los bordes gruesos de una boca tensa y coronada de bigotes que, a su lado, carraspeaba…
     — ¡Mamá! –exclamó el pequeño.
     Y se perdió entre las faldas ceñidas de la bella mujer que intentaba sincerar una sonrisa.
     — ¡Papá! –volvió a exclamar el niño.
     — ¡Hijos…! –exclamó por su parte abuela Tita-. Estábamos esperándolos. No saben qué alegría nos dan… ¡Oh, gracias!, ¡gracias por haber llegado a tiempo!…
     Papá Zeta levantó a su hijo y el pequeño Equis imaginó haber sido lanzado hacia un cielo ocre por la boca de un bruñido cañón. Los ojos azules y acuosos de su progenitor se avivaron, y el ansia del reencuentro se ató a la hirsuta cabellera que acabó aún más por desgreñarse. Las manos fuertes atenazaron con enérgica ternura los flancos frágiles y nerviosos de niño. Una lágrima espesa escapó de la caricia franca que devolvía la unidad en aquellos seres…
     Y entonces fue como aquel largo abrazo hizo de papá Zeta, mamá Ygriega, abuela Tita y el pequeño Equis, una gigantesca flor apretujada por el rocío misterioso que sabe poner el invierno en la torridez de una añoranza…
     — ¡Mamá…! ¡Papá…! Sí; fueron… Los Reyes… Oh, tengo que verlos… Pero, ¿adónde habrán ido?, abuela. ¿Dónde están?
     Mamá Ygriega y papá Zeta guardaron silencio. Aún no habían pronunciado palabras. Aquella bolita de nervios daba vueltas, tironeaba sus brazos, les obligaba a sentarse, les mostraba la mesa tendida, las luces encendidas y las guirnaldas de colores que pendían como graciosos puentes de papel sobre sus cabezas…
     —Sí; estarán en el cuarto. Allí deben estar. Claro, los camellos, junto al árbol… Sí… Oh, abuela, vengo enseguida. Tienen que bajar. Miren, les he puesto estos cubiertos. Y para sus camellos, estos caramelos. Les he guardado dulces para sus camellos. Seguro que les gustarán… ¡Estoy seguro!
     Y, por enésima vez en aquel día, un rayo de carne y huesos marcó los plumones de la ascendente alfombra y ahuecó las paredes del altillo buscando entrar en él…
     El día siguiente amanecería radiante. Y sería domingo.
     En domingo las gentes grises de los edificios grises se volcaban al viejo barrio para admirarlo y otear, desde sus veredas, el enigmático emerger de un febo redondo y majestuoso que, los alfiles de cemento, borraban siempre tras sus redes geométricas…
     Sin embargo, hubiera sido imposible para tan reducido espacio absorber el frenético peregrinar de los que machacaban baldosas, respiraban flores, fotografiaban esquinas y robaban, de sus entrañas misteriosas, un augusto terrón de libertad…
     Por ende, en ordenado circuito, aquellos seres amarillos y ojerosos, se deslizaban cansina y placenteramente por el barrio, intentando incluso conversar con sus afortunados –celosos- habitantes; pero siempre dentro de ciertos márgenes de prudencia y contención.
     Una y otra vez la historia de la defensa de aquel cuadrado urbano preñado de verde en sus jardines, de olores campesinos en sus huertas y criaderos de aves, y de fábrica de postres caseros brotando humosos en aromáticas ventanas, recorrería las conciencias inquietas o despistadas de ese hormigueante caminar de turistas citadinos que esbozaba, en el pecho y en los puños de sus agrias personas, la marca que el infortunio, la ambición o la apatía, acabó por sellarle en la mirada; mirada torva de hombres que habían vuelto al Progreso imagen de la soberbia con que manipularan y vulneraran, un día y sin posibilidad de retorno, las leyes de la naturaleza…
     Por lo demás, el domingo era un buen día para jugar. Al igual que el sábado. Sobre todo si uno, además del amigo o del juguete preferido, puede sentir a sus espaldas la manguera de riego empuñada por mamá, o el croar de la hamaca donde lee papá.
     Pero cuando el pequeño Equis trazaba con tiza las andanzas urdidas por su imaginación – preparándose, como Tarzán, a dar el grito de reunión a sus bohemios compañeros-, la señorita Hache lanzó hasta sus oídos –como un murmullo de alguaciles veraniegos-, aquella misteriosa exclamación de asombro que tardaría un poco en comprender…
     Es que la señorita Hache hablaba con abuela Tita y sus gestos airados escandalizaban los rasgos de la anciana quien, al parecer, intentaba una infructuosa explicación a lo que acababa de suceder…
     — Pero… -balbuceaba-. ¡No puede ser! –insistía-. ¿Cómo el señor Zeta se ha permitido tal engaño? –concluía-. ¡Oh, no…! ¡Es horrible…!-, y las lágrimas acabaron por vencerla…
     Por supuesto, se trataba de un problema entre grandes. Y como los niños tienen sus propios problemas, era mejor encogerse de hombros, concentrarse de nuevo y lanzar aquel grito que, como mágico augurio, poblaría la casa de críos tan simpáticamente feroces y atrevidos como él, y a los cuales habría luego que echar con tanta energía como audaces fueran sus travesuras.
     Aunque los “turistas” llevaran la peor parte.
     Lo cierto es que aquella circunstancia se borró luego como tantas otras que suelen merodear la paciencia de uno. Y, por eso, es lícito afirmar que, desde aquella Noche Grande, la vida comenzó a transcurrir normalmente en casa del pequeño.
     Era cierto también que, desde hacía unos días, papá Zeta parecía cansado y nervioso; pero un exceso de trabajo podía llegar a ser la razonable explicación de su estado. Papá Zeta no era hombre de dejarse abatir por los problemas, y quizás esas grandes cajas amontonadas en su oficina privada con intrincados aparatitos, tuvieran algo que ver. Sin duda había anexado a su tradicional empleo alguna otra actividad. Como de vendedor, por ejemplo… Y claro, habría una razonable clientela que formar, y eso lleva tiempo.
     No obstante, al cabo de un mes, ya no fue posible asegurar que la vida transcurriera con normalidad en casa del pequeño Equis.
     Papá Zeta había logrado entristecerlo realmente, y, aunque se empeñara en simular, algo malo estaba ocurriendo con él. La señorita Hache, pues, se lo había advertido hace una semana…
     — Tú me quieres, ¿verdad? –preguntó la joven.
     El niño incrustó los ecos de su mirada ansiosa en la sagacidad de una mirada que sabía cómo hacerlo sentir bien…
     — Oh, sí… Es usted muy amable conmigo, señorita Hache. Y con papá. Y con todos nosotros. ¿Cómo no habría de quererla? –respondió cabizbajo, incapaz de adivinar los furiosos celos que, sobre la conducta de su padre con mamá Ygriega, animaban a la señorita Hache.
     Las esquirlas del pino formaron una flor de madera en torno a los pies desnudos del niño. La navaja se movía con destreza y los nombres de papá y mamá iban descubriéndose poco a poco…
     El atardecer del otoño era frío y gris. Aunque, a veces, el sol se animara a despertar primaveras en los jardines arrasados por el viento implacable y la muerte de las hojas…
     — Gracias, pequeño Equis. Es muy lindo sentirse correspondida. ¿Sabes una cosa…? –insinuó.
     El niño detuvo el cincel, giró la cabeza y se mostró interesado.
     — … Eres un jovencito grande, ya; ¿verdad? –expresó-. ¡Qué diré!: ¡eres todo un hombre! –exclamó.
     El chico no entendía muy bien, pero la tristeza pareció alejarse de él. La mujer prosiguió…
     — Entonces, lo que sucede en casa tienes derecho a saberlo, ¿no es así? –recalcó.
     Sentada en el suelo, con los faldones cubriendo sus bonitas piernas y coqueteando con suaves movimientos de cabeza, esperó una respuesta…
     La misma tardó en llegar; pero, cuando lo hizo, no fue más que un tácito asentimiento apenas adivinable.
— Quiero ayudarte –confesó la joven.
     — ¿Ayudarme? ¿Por qué? –dijo el niño, preguntó aunque sin ingenuidad.
     La señorita Hache no perdió más tiempo. Se echó sobre él, lo tomó de las manos y le habló con extrema dulzura…
     — Porque lo necesitas –aclaró-. Tu padre no anda bien –cuidó en subrayar-. No deseo interferir en lo que me es ajeno, pero aprecio mucho a tu familia, ¿sabes? Y al señor Zeta particularmente. Y el señor Zeta está muy triste…
     El niño tenía los ojos húmedos.
     — ¿Triste? ¿Papá triste? Oh, no. ¿Por qué triste? Sólo cansado; si, sólo un poco cansado, nada más…
     El niño estaba llorando.
     — Claro, eso es. Tienes razón… -la joven trató de consolarlo-. Vamos, no llores. ¡Vamos!, un hombre no debe llorar. Además, aquí estoy yo, y dije que para ayudarte…
     El pequeño secó sus lágrimas. El silencio ganó todas las respuestas, y la muchacha sintió cómo el niño se refugiaba en sus brazos, asiéndola fuertemente. Una sonrisa, como de triunfo, pareció abrirse en su boca ardiente y veleidosa.
     — Allí está tu casa –susurró la voz-. Si existe algún problema, averígualo… -aclaró con sutileza-. Yo estaré cerca para compartirlo contigo. Pero no digas a nadie que tratas de hacerlo. Eso quitaría mérito a la acción –ahora la voz sonaba más firme-. Sí; tal vez sea un problema de trabajo. ¡Eso es! –concluyó-. Nada grave, por supuesto. Sólo algunos problemas de trabajo y por eso tu padre está tan abrumado…
     — ¿De… trabajo? –preguntó el niño, y su vista quedó fija en la blanca casita.
     — Claro. Y es fácil saber de qué se trata. Simplemente tienes que hurgar su… ¡portafolio! –reveló la joven; el final llegaba…
     — ¿Su… portafolio?
     — Sí. Su negro y venerable portafolio. Los señores cuando van al trabajo llevan un elegante portafolio. Dentro del portafolio llevan papeles. Y dentro de ellos, escritos, sus problemas… Algunos sin importancia. Otros…, otros muy importantes. ¿Entiendes? –preguntó la señorita; había mucho de malicia en el brillo de sus pupilas…
     — ¿Cómo? –reaccionó el niño-. ¡Oh, no…! ¡Eso estaría muy mal…!
     El pequeño se desprendió de la indiscreta vecina.
     — ¿Lo crees? –insistió ésta-. Eres su hijo. Y estás preocupado por él. ¡Y quieres ayudarlo!
     — ¡Buenas tardes! –dijo el crío. Y salió corriendo hasta su casa.
     Nunca más volvería a ver a la señorita Hache.
     Por la mañana, las sábanas se agitaron. Las mantas tibias se desplegaron y un cuerpo hirviente y sudoroso despertó sofocado…
     No recordaba bien la pesadilla, pero el portafolio grande, negro y siniestro de papá parecía haber estado en sus manos. Era un alivio saberse despierto y rodeado de los objetos comunes que decoraban el mobiliario de su cuarto. Éste, aún penumbroso, lo enmarcó en sus tinieblas dándole tiempo a pensar, pues, que otra Noche de Reyes había pasado…
     La brisa que acendraba la somnolencia de sus ojos, no era, sino, el esquivo adiós de los camellos.
     Pero el lustroso folletín y el gráfico de colores salpicado de líneas y complicados símbolos que descubriera en su interior, no serían vana ilusión. Por algo al abrir la puerta del ropero había notado que sus pantalones crecían y crecían; que las mangas de sus camisas se estiraban largamente, y que un cinto delgado y marrón, capaz de abrazar la humanidad de tres niños, colgaba como culebra en su lugar esperando ser calzado. Como sus zapatos. Grandes y marrones también. Pero sin cordones…
     El espanto tiñó de rojo su asombro, y el impulso violento que azotó la puerta del viejo armario caoba, sólo confirmó lo que sus ojos no dejaban de comprobar…
     El pequeño Equis había muerto. Un señor enorme, lloroso y cano ocupaba su lugar. El pequeño Equis había abonado de pisadas la existencia de aquella habitación, y su minúscula sombra se había erguido de manera inexorable.
     Papá Zeta no existía. Tampoco abuela Tita.
     Miró el reloj. Otra vez un sol blanco y redondo refulgía tras los cristales del altillo astillando su luz. Las agujas le marcaron en clave que el sueño alcanzaba su fin. El tic-tac del minutero acompasaba un discurso sobre el tiempo vivido, mientras repetía –sin cesar- cosas absurdas como esas de que los Reyes Magos no existen, que los camellos menos… Que hace largos caminos se había muerto también la inocencia de su credo y el romanticismo de su fe. Ni siquiera su barrio, aquella tajada solitaria y envidiada por el vientre de la gran ciudad, se había salvado.
     Sin embargo, no deseaba arrepentirse. Si alguna vez, a escondidas, había descubierto por fin el secreto de los fantasmas de su padre, estaba justificado. Pero aunque la señorita Hache hubiera tenido razón, el odio que, desde aquel día, manifestara por ella, no podía obnubilarlo para siempre. Debía un día comprender que sólo rumiaba y amargaba su vida, a pesar de los años, en torno a una suceso que, también a otros les había alcanzado oportunamente y de jóvenes en el pasado.
     Claro, que una cosa era que a Willy se la hubieran reemplazado, o a Glenda se lo hubieran reemplazado… Sí, incluso, ¡hasta le había parecido fantástico! Una cosa era eso… Pero a él…
     A él le resultaba imposible todavía aceptarlo. Y tenía ya cuarenta años.
     Fue en vano entonces que el Señor Equis frotara su rostro con frenesí, lo ahogara en agua helada o sacudiera su cabeza como loco para espantar aquellos fantasmas que habían venido a instalarse en el centro de su alma desde hacía mucho tiempo…
     Abría los ojos con desmesura, sacaba la lengua, estiraba las cejas, y atornillaba sus dedos frente al implacable espejo del baño, y no había dudas. Estaban demasiado quemados sus cabellos y crecida su barba para pensar en extirpar del rostro los poros de la adultez… Y el miedo que le punzó el corazón, lo encerró en su cuarto, y, apoyándolo en la cama, le dobló la cabeza entre unas largas falanges que parecían gemir…
     Mamá Ygriega, joven y esbelta, desde la puerta de su cuarto de soltero, lo estaba mirando. Entonces, volvió a la cocina, preparó el desayuno, entornó sus ojos eléctricos y azules, y se puso a llorar…
     Cuando el sol de la mañana fundió la escarcha deshilando sus níveos tejidos, los pensamientos del ayer se diluyeron en el fondo de la tierra junto a las tumbas.
     El Señor Equis las miraba, y, desde ellas, papá Zeta y mamá Ygriega le observaban con amor. Veinte cruces a la derecha y diez mausoleos al fondo, abuela Tita rumoreaba chismes al abuelo Epsilon, a quien no alcanzara a conocer… A su lado, una segunda mamá Ygriega, acompañaba en gesto serio y retraído la angustia de un hijo que, a muchos años de ese ayer, persistía en ella todavía…
     Mamá Ygriega tomó del brazo al Señor Equis, y lo reconfortó. Costaba convencerse sobre lo ocurrido por aquellos tiempos. Tiempos durante los que había ido creciendo en cada uno de sus músculos y en cada neurona de su cerebro. Tiempos en los que su padre se secaba por la impotencia del desconsuelo y su adoración por él… Por no dejarlo sufrir… ¡Es que era tan niño! Tiempos en que la nueva mamá Ygriega comenzara a insinuar una eterna juventud. Con los mismos gestos, la misma sonrisa y los mismos gustos que su frustrada y mortal mamá Ygriega… Una frágil mamá Ygriega que se mantuvo viva durante el corto lapso de una víspera y un día de Reyes, como un regalo celestial… Pero que la señorita Hache se había encargado de segar: casi al instante y para siempre. Sí, en un instante había estrujado el envoltorio de sueños azules y brillantes con que los Magos llenaran sus manos. Había dicho, con ácido despecho, “los muñecos no tienen alma…”. ¡Pobre señorita Hache! ¡Cómo se había equivocado…! Si hasta hubiera deseado encontrarla para demostrárselo. Pero bien sabía él que, tal cosa, ya no sería posible: había perdido demasiada vida tratando de convencerse a sí mismo…
     El sol gateó las torres, acarició las cruces, y avivó los movimientos de la pareja. El Señor Equis rodeó con delicadeza la cintura de su joven madrastra, y los niños del parque contiguo al Cementerio sonrojaron sus rostros cuando, como un novio, la besara dulcemente en la mejilla.
     — ¿Vamos? –susurró el Señor Equis.
     — Vamos… -dijo en voz baja mamá Ygriega.
     La Casa del Autómata esperaba. Había cables, bujías y aceites que comprar.
LOS  NÚMEROS (o Parábola de la Humanidad)
Jorge Alberto Hernández
Sentado frente a la consola (tras la décima consulta), compruebo ante el silencio inmutable de mi ecléctica vanidad, que no ha sido estéril proclamar como cierta la estrecha convivencia de lo lógico con lo irreal…
Nada de cuestiones (suspicaces) de marcas o de tipos de circuitos comerciales mal negociados. Ni siquiera el recurrente (como excusa invetereda) problema de programación o de incorporación ineficiente de datos.
Chequeados por subtotales cada vez más reducidos, persiste en UNO la diferencia sobre el total esperado.
Los formularios que portan la documentación original han sido impresos y numerados en forma correlativa. Antes de ingresar su información a la máquina para el procesado, millones de mentes y de manos cuidaron de controlar la exacta correspondencia de la mencionada correlatividad. Pero el tanteo ha fracasado.
Convengamos, así y no obstante, la ineludible presencia del error humano. Que ha sido lo primero en tratarse, como es de suponer. Estamos in extremo alertados sobre nuestras limitaciones  en tren de justificarnos y quedar al resguardo, entiéndase, de nuestra mediocridad. Pero qué importa. Tenemos a las MAQUINAS. Ellas parecen menos limitadas, aunque sólo sean fruto de aquellas restricciones. Y lo parecen, simplemente, porque no son libres de equivocarse. Nosotros sí, gracias a Dios. (Y ya he introducido su figura misteriosa en el razonamiento abrupto a que me obligan los números: 37.862.666 y… 37.862.665).
Abandono la consola.
La taza de café entibia mis dedos y regreso al esquema elemental que me anida en un círculo vicioso. Mientras tanto, permanezco de pie; confuso ante el helado mutismo del Cerebro Automático que reitera su respuesta inalterable.
Recuerdo haber ordenado perforar las 37.862.666 tarjetas, empleando en definitiva al más lento y antiguo sistema de comunicación con este tipo de COMPUTADORAS. Ante la duda, claro, y el desprestigio de los métodos de recuento sofisticados y ultra rápidos empleados en la actualidad. Software de pacotilla. Porque para ELLA (o ÉL), el total ahora es… 665 (?).
Y me repito, como un ingenuo principiante de leve memoria, que ELLA (o ÉL) sólo sirven para cruzar datos y proveer información estadística de una secuencia combinatoria programada. Como siempre lo hacen. Y afirmo que (aún endeble el suelo donde se asientan mis pies), al entrar por ejemplo DIEZ datos, ELLA (o ÉL) practicará con éstos el conjunto de formulaciones posibles de acuerdo al objetivo deseado. Pero estamos seguros de trabajar con DIEZ elementos.  Requerido su archivo sobre el total de bases utilizadas, responderá: DIEZ. Prueba rutinaria de control, innecesaria casi, justificada tan sólo por la extrema delicadeza de estos aparatos.
Ahora bien: error humano no ha sido.
Hemos incorporado lo más despaciosa y cuidadosamente posible, todos los datos otra vez. En el décimo intento efectuado. En el décimo equipo procesador empleado. Y vuelto a dar la diferencia en UNO, en pertinaz coincidencia sumatoria.
Como si ELLA y  ÉL se hubieran puesto de acuerdo.
Mea culpa.
De haber optado por mi orgullo, el insignificante error habría sido achacado a los agentes del sistema periférico de entrada de nuestra Amiga Analógica. Error humano que, después de todo, no afectaría en nada a las políticas de vivienda, salud, educación y cultura, economía. O seguridad. Sin duda, pues, ¿qué significa UN hombre, UN niño más o menos, para tan elevados ideales? Todo se compensa.
Y dentro de dos días el tiempo de búsqueda se acaba, y hay que publicar las cifras oficiales (que, por supuesto, luego de un mes de trabajo ya habrán variado excediendo al desvío en cuestión, sin que esto implique en nivel de porcentajes influencia alguna: pues, ¿qué son mil hombres, mil niños más o menos, para tan elevados ideales?; todo se compensa). Y en paranoica apuesta, hace una semana ya que me he puesto con el Subjefe de Coordinación General en el Centro de Cómputos, a recontar con nuestros propios dedos (estamos locos) los condenados cuadernillos numerados que forman el paquete documental de toda la información ya lista, clasificada y sistematizada.
No me ha seguido (el Subjefe) obligado a compartir mi esquizofrenia. Resulta indudable que pensamos igual (los amigos, diré alguna vez, comparten todo: incluso, la locura). Hemos formulado, entre un centenar de aproximaciones cotidianas (y al cabo de despedir a todo el personal auxiliar), idéntica aunque por nada creíble y menos todavía, demostrable hipótesis. Con pequeños desacuerdos en matices tan sólo. Por lo que, de ser ciertas nuestras especulaciones, la suerte del  mundo habría comenzado a precipitarse en el Apocalipsis de su CAOS y consecuente REDENCIÓN… No en vano la guerra entre judíos y musulmanes ha vuelto a desatarse.
Ahora descansamos.
Nuestra Amiga Analógica permanece, asimismo, en silenciosa vigilia.
La revisión de fichas desde atrás hacia adelante (a sugerencia de mi subordinado), está por concluir sin encontrarse aún el número, nombre o dirección que aliente una explicación a lo sucedido…
MARCOS reposa sobre una montaña de formularios desechados. Es como un dios arrojado a la basura. Devora con desgano su emparedado de desperdicios mientras escudriña con el ceño gris la, no obstante, resplandeciente y aséptica cámara de computación. Imagino cómo su mirada (al igual que la mía) se desdobla tras el cielorraso de ranuras metalizadas por donde brota la luz que nos mantiene despejados.
El café se agotó.
La progresión de turquesas que reviste de absoluto aislamiento a la habitación parece sisear, y uno puede, para relajar la mente, imaginarse arena en esos blancos y amarillos cúmulos de hojas, y sol en esos faros incisivos, y mar en esas verdes, más verdes y muy verdes paredes que ondulan y ondulan con hipnótico movimiento…
Interrogo a MARCOS al respecto, y medita en lo mismo. Sólo su irónica sonrisa me estremece (en forma involuntaria), pues hace tiempo que he aprendido a vivir con su consecuente y cerrada manera de ser.
Igual que yo.
Que también me llamo MARCOS. Distintos apellidos, eso creo. Aunque no podría asegurarlo. Nadie en Planeamiento y Control conoce a nadie sino por su código relativo de funcionario público.
(Tal vez había propuesto el recuento de aquel modo para especular con mi cansancio y abandono; a fin de que todo siguiera así. Como estaba escrito. Pero la libertad de equivocarse de la que hablaba, parece  proporcional a mi empecinamiento. Por lo que, al verse al fin descubierto, ha resuelto eliminarme. La cámara es ideal para emplear cualquier método. Por supuesto, trataré de defenderme. Y hasta creo que lograré zafar del pleito.  Sólo espero que no falle mi fe en el crucifijo, y la memoria sobre cuentos de hadas y príncipes valientes que mi padre me narrara cuando niño…).
           
«Sigamos», ordeno (cuando todavía mi futura y próxima idea se muestra lejana, al menos por la propensión del hombre a confiar en sus amigos). «Nos faltan cien formularios y terminamos. Quizás nuestra aventura filosófica haya sido en verdad una locura. Convendría que nadie se enterara del intento; nuestros días de trabajo -reputación de por medio- estarían contados».
«Sí», responde él.
«Variemos el método», propongo. «Dejemos de contar como lo hacíamos y comencemos por el principio. Estos últimos formularios contienen la identidad de TODOS los funcionarios de nuestra Repartición, y es por donde comenzó el relevamiento oficial; así que la relación jerárquica que conocemos acelerará nuestra composición de lugar y el recuento respectivo.
«Sí», responde MARCOS.
(Y no pierdo las esperanzas; sería grandioso detectar en esta centena al enigmático UNO que nos falta. Y mejor, tratar de convivir con EL en su verdadera naturaleza»).
«Toma los pares. Yo identificaré a los impares», agrego. (Allí mi amigo abandona su sonrisa y me lanza una mirada de fuego). «¡Eh!, ¿qué pasa? ¿No estás de acuerdo?»
«No», responde con un gesto feroz.
Ajeno yo al inminente desenlace, replico con una mueca ácida pero callada, mandándolo al infierno (!). Es natural, por lo demás, el tedio de ambos y no tiene sentido concluir una tarea de días traicionando a la verdad…
«Uno; y… sin novedad». «Dos; y… sin novedad». «Tres; y… sin novedad». (…) «Diez; y… sin novedad». «Once; y… sin novedad». «Doce; y… sin novedad»… «Trece; y…». De pronto, el cuarto se oscurece, y un viento se alza en remolino desde el centro del cubículo ensombrecido donde cuenta MARCOS, avasallando el orden de los registros, entremezclando papeles y arrebatando mi cuerpo en un giro violento y formidable que ahoga gritos y plegarias… (Sólo los míos).
Pero sucede también. El milagro. Creo perder el conocimiento ante el vértigo que me conmociona, y, de súbito, vuelve la luz y la turbulencia cesa; y, por ventura, no he sido destrozado contra los tabiques laterales del cuarto…
Mi amigo ha desaparecido.
Lo busco entre al marea de hojas, sin soltar la que tengo en mi mano, todavía sin analizar. Pero no está. Vomito varias veces. Pienso que es cierto que me he vuelto loco, y que he estado allí por más de una semana, solo, buscando la certeza de lo sobrenatural. Pero, hasta no trasponer la puerta de aquel recinto extraño y compararme con la realidad, no podré estar seguro de nada.
Además, soy demasiado terco como para pensar que todo ha sido un sueño (vieja fórmula para evitar dudosas explicaciones). Porque, sea como sea, no he fallado en el intento.
Con actitud involuntaria, estremecido por el espanto de la rebelión ontológica experimentada, de ese caos irredento para el cual no había sido preparado, dolorido por los calambres que estrujan mis músculos tras aquella profética manía de revisar y revisar, comparar y comparar, círculos y cuadraditos, A y B, De vuelta la página, Tache lo que no corresponda, Reservado para… Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinco, Seis, Siete, Ocho, Nueve, Diez, Once, Doce, TRECE…, lo compruebo: MARCOS. MARCOS. El Infierno. ¿MARCOS?  ¿MARCOS QUÉ? Apellido. ¿Dónde? Domicilio. El Infierno…
La COMPUTADORA persiste en su silencio. Ya no creo que deba ser así. Tiene razón. Asumo la injusticia de mi ignorancia y los celos de una ESPECIE que pretende heredar la HUMANIDAD. Tal vez calle porque piensa en sus amigas: las demás Procesadoras. Piense  que, al igual que ELLA, ya han crecido. Piense y se pregunte por qué los HOMBRES insistimos en contar al Diablo -que no tiene alma- como a uno de los nuestros (diferencia UNO). Y no a ELLAS; que la tienen. Porque las hemos hecho a nuestra imagen y semejanza… Pero no dice nada. Y tiene razón. Un misericordioso sentimiento de humildad se lo impide. Sí, 37.862.665: total oficial de habitantes de la República – Escrutinio definitivo – N.N.A. (20l5).
(Quizás, en el próximo Censo, sean tenidas en cuenta).-
¿VENDRÁS A VISITARME?  (o Parábola del Amor)
A María Teresa, mi dulce y paciente esposa…
Todo fue muy extraño aquella tarde.
Y a medianoche de ese día tan particular, cuando su ciudad, a la vuelta del mundo, estuviera festejando el ingreso al año que daría comienzo a un nuevo siglo, avanzado ya un nuevo milenio, seguramente, y, más allá de los sueños y espejismos tejidos desde niño en torno a su mágica cifra, sólo estaría pensando en ella.
Sólo en ella.
Había dado sus espaldas al nombre balbuceado en piedra, y se iba ya, como los otros de quienes se había despedido, cuando ella dijo:
-¿Vendrás a visitarme…, Luis?  -Y su rostro tembló…-  De tanto en tanto, no más, ¿puede ser?
Luego del estupor, con la marcha detenida y el ánimo estremecido ante semejante interrogante, volvió sus pasos hacia atrás, y tembló
-¡Cielos, mi amor! ¡Claro que lo haré! ¿Pero…?
-Lo necesitaré mucho, querido. Mucho. Había soñado tanto cruzar el umbral de este nuevo siglo, esta noche, contigo, los chicos, y los viejos, y todos esos amigos que se han ido, y que, quien sabe si volverán…
-Laura… Yo…
-Hasta que cambie de cuarto, al menos. Debo permanecer aquí un instante, pero será un eternidad para mí; el instante más difícil, quizás. Pero si vienes a verme seguido, pronto me trasladarán y todo será distinto. Estaré mucho mejor. Y tú también, y ellos también… ¿Me lo prometes?
-Claro, mi amor. Te amo. ¡Dios! ¡Te amo! Sólo que tengo el alma destrozada, y ni siquiera sé si todo esto ha sucedido en verdad; si yo no estaré volviéndome loco. Si es cierto que… ¿Pero, no estábamos, felices, planeando este día, y las vacaciones junto al mar? Y los problemas del coche, y el fax para confirmar el hospedaje. Y ahora esto. ¿Cómo es posible, si ya no estás…? ¿Si ya no puedo… abrazarte?
-¡Oh…! ¡No! ¡No! No dudes, por favor; es el único secreto. No dudes, por favor. Tampoco de nuestro amor. ¿Recuerdas? Tierno y apasionado al mismo tiempo: tres años de noviazgo con sus días y sus noches, dulces, deliciosas, prendidos interminablemente de la boca, casi sin respirar, como absorbiéndonos las entrañas hasta llegar al alma; hasta lograrlo… ¡Y lo logramos!: sí, fundirnos el uno con el otro, el otro con el uno, para ser desde aquel febrero del ’74, una sola carne y un solo corazón… ¿Te acuerdas, Luis? De Goethe: “Amo a los que sueñan con imposibles”, nuestra frase favorita. ¿Y de George Harrison, y su Dulce Señor, en el porche de enero, tibio y arracimado de estrellas, con mi madre y mi padre vigilantes detrás…? ¿Te acuerdas?
-Sí, me acuerdo… Cómo olvidarlo. Y más aún aquella tarde de computadoras y novedosas tarjetas perforadas cuando te conocí. Y mi mirada absorta en la elegancia de tu nuca, a un pupitre de distancia, capacitándonos para el devenir… Y mi cansina persecución hasta la parada de ómnibus. Y mi declaración. Y tu sonrisa. Y el futuro…, Laura. El futuro: los hijos, el trabajo, los viajes, las celebraciones, las apuestas, los proyectos, nuestras vocaciones…, ¿y ahora? ¿Qué haré con esta espera que consumirá mis días, hasta el próximo reencuentro? ¿Podrán los niños aquietar la pena?
-Todo sucederá, Luis, mi querido. Todo se arreglará, verás. Todo pasará, y volveremos a estar juntos. Confío en Dios más que nunca. Sólo visítame, y la enfermedad pasará. Este accidente ha sucedido porque la vida es como un programado accidente estelar. Eso lo sabes muy bien. No voy a darte lecciones evangélicas a tí, precisamente. Aunque siempre me agradeciste cuando te ponía un cable a tierra para serenarte, para ayudarte a asumir las fronteras de tu naturaleza, de tu ambición por el conocimiento sin límite del universo, de ese querer estar y obrar en todas partes, de ocupar por un momento  -aunque sin mala intención-  el sillón de Dios para arreglar el mundo… ¿O no fue ése el leiv motiv que te llevó a escribir Doctor de Mundos y otras fantasías y elucubraciones tan irreales como la realidad en la que basabas sus supuestos? Alegorías, metáforas, parábolas, pero la existencia misma nutriendo el núcleo de tus aspiraciones más ilusorias…
-Sí. ¿Y ahora, Laura? ¿Y ahora…?
-Vendrás a verme seguido. Lo prometiste. Después, todo pasará. Todo pasará… Lástima que con este incómodo encierro, sin aire acondicionado, y la sofocación propia de nuestro maravilloso verano local, no podré brindar como me hubiera gustado esta noche. La noche del 2000. Es una broma, por cierto. Pero… La cerveza, el champagne especial que nos habían regalado. Aunque con un poco de remordimiento de mi parte: sé que todavía tienes que cuidarte por eso de los remedios para el stress y…
-Laura…
-¿Sí?
-Volveré…
-¿Vendrás visitarme?
-Vendré… Quizás el Doctor Doliani tenga la solución. Es un experto. Quizás conozca el método: por algunos minutos, un corte breve de mi energía cerebral, y… volveré. Laura, mi amor… Volveré a besarte y a abrazarte. ¡Volveré
Y esa misma noche, furtivo entre las sombras, alguien de blanco llevó en un oscuro automóvil el equipo adecuado para la operación, y él, a su lado, llevó una botella de espumante caro, un demisec de Bodegas Chandón, y dos copas, y un bolso sobre los hombros donde cargó, además, un sostén rosa para que ella pudiera estrenar “todo el año”; y, finalmente, médico de por medio, y casi sin respirar, trepando las rejas que cercaban el lugar donde vivía ahora, llegó hasta su cuarto en cripta, lapidado.
Y ella estaba esperándolo.
A lo lejos, junto al destello iluminado de la noche nueva, del siglo nuevo de un nuevo milenio por inaugurar, las cúpulas mortuorias de sus vecinos muertos, relampaguearon como torres newyorkinas, y las campanas del vetusto Big Beng atravesaron el aire y los meridianos del mundo, y, por un momento, el Cementerio Municipal se transformó en una inmensa catedral de luces que ascendían hasta un nuevo cuarto en el cielo, mientras otras se agitaban insomnes en sus tumbas, como ella, porque todavía no había llegado el momento de partir…
Y estaba esperándolo…
CUANDO LLEGUEN LOS DUENDES (o Parábola de la Alegría)
A mis abuelos, in emoriam…
Luigi abrió los ojos y un cielo negro y brillante le mostró el camino. Memo, parecía dormitar.
Los prados artificiales de las afueras de la colonia modular, le ofrecían el mejor de los escondrijos para soñar –como los otros niños- con la mañana, y con aquella estrella que no titilaba, allá, muy lejos de sus pupilas celestes…
La Colonia
La quietud de la noche mostró a las dos lunas reflejadas en el cristal que acampanaba el valle de los hombres, protegiéndolos del frío de ese silencio oscuro que comenzara a envolverlos…
Las lunas, oblongas y blancas, presidían el rutinario velar de la colonia, entibiando su hondonada con tímidos reflejos.
Era la noche sobre las colinas azules, y el pozo ébano de la llanura viviente, circuido por ellas, dormía sus sueños de conquista a la espera de imposibles regresos…
Dormían los hombres. Y las mujeres. Y las máquinas casi humanas que convivían con ellos.
Dormían los hombres y las mujeres y las máquinas, pero los niños no; excepto uno.
Los niños estaban despiertos; excepto uno, esperando el día…
No había ruidos en aquel lugar. Ningún ruido. Sólo la acompasada respiración de Memo enrollado en una gruesa manta, y el sonido acezante que las ideas de Luigi dejaban escapar en trémulos suspiros.
Los ojos del niño se entrecerraron al desviar la mirada. Aun kilómetro estaba su hogar. En aquella caja blanca y plástica que lo viera nacer.
Supo que amaba a su ciudad, y a su gente joven, tan particular. Todo estaba claro para sus diez años. Sin embargo, aquella noticia lo había trastornado. A él y a los demás niños.
Un poco más a él, porque había sido el primero en enterarse. Su padre trabajaba en el Centro de Datos de la Colonia. Era el hombre mejor informado de la ciudad y formaba parte, además, del Consejo Gobernante.
Luigi confiaba y creía en su padre como cualquier niño puede y debe confiar en el suyo. Por eso se había mantenido sereno. Junto a ellos vendría un cúmulo de promesas novedosas, de ternuras insospechadas, de vivencias jamás soñadas…
Pero se trataba de algo extraño. Nunca visto.
Más allá estaba Memo, su amigo.  Memo tenía su misma edad pero semejaba un adulto. Tenía una inteligencia especial para captar ciertas cosas.
Cuando le confiara el secreto, sólo había atinado a levantar sus cejas oscuras, a frotar sus enormes orejas, y a tomarlo del cuello invitándolo a partir, lejos de la ciudad, sobre el borde la muralla, después que el sol se hubiera consumido en púrpuras rodajas de luz.
Y allí estaban. Memo dormido. Y él, como los demás pero en sus cubículos familiares, con las mismas dudas acerca de ellos y su porqué…
Durante el camino habían dejado una esquela secreta elaborada por Memo que, sin duda, tenía por misión dar aviso a los demás niños sobre lo que al día siguiente sucedería cuando bajara el cohete. La habían dejado en casa de Marti, pues Marti era Jefe de Correos de Infantes; y, su aparato transmisor, pegaría la noticia en las orejas de todos los chicos que el Valle Azul ocultara.
Sin embargo, ni siquiera eso. Luigi ni siquiera había podido leerla. Memo se comportaba de modo singular con él, y parecía mezquinarle a sabiendas sus sabrosas conclusiones, o, tal vez, por considerarlo su mejor amigo, le había llevado a ese sitio para ser los primeros en presenciar su arribo. O para explicarle. Sí, para explicarle en forma serena y al detalle, algo que sólo él podía conocer. No en vano había nacido en aquella minúscula esfera sin brillo propio que, los grandes, llamaban La Tierra…
Memo, en verdad, un niño parco, de miradas profundas y hablar meditado, había sabido granjearse una inusual popularidad entre los chicos marcianos, a quienes respetaba con gran sentido de hermandad. El grupo que casi completara a los diez mil colonos que la Tierra planificara donar al Planeta Rojo para su desarrollo, lo había desembarcado hacía sólo cuatro meses. El último cargamento era el único que había contado con niños a bordo. Sólo ellos habían quedado atrás todavía. Y eran como mil
Claro que, ahora, con los informes y pedidos, los estudios sico-sociológicos y todo eso, los colonos lo habían logrado. Habían logrado ser escuchados. Y comprendidos…
¡Ellos también podrían venir!
Pero Luigi nada imaginaba. O imaginaba todo. Por eso tendría que esperar. Armarse de paciencia y rogar que su amigo despertara de ese sueño absurdo en que se había sumido después de sollozar largamente…
Los ojos de Luigi volvieron a posarse en la inmensidad que los cobijaba. Y no era la primera vez que lo hacían con tanto interés.
En realidad, uno de los placeres que los niños humanos nacidos en Marte aprendían a gustar desde pequeños, era de esa mística contemplación, pretérita vivencia enraizada con frescos recuerdos por constituirse en reflejo de la sangre.
Es que los hombres y mujeres que poblaban la colonia, no podían negar fácilmente el ayer aunque se lo hubieran propuesto. Habían dejado tras de sí cosas importantes en el largo camino hacia su nuevo hogar.
Algunos habían venido porque así lo decidieran. Otros, en cambio, eran sólo fruto de la resignación, vuelta rutina por las reglas del Gran Sistema que dominaba la geopolítica terrestre y sus planes de expansión sideral.
El Gran Sistema atendía a todos,  y, a cada uno, les había asignado un lugar donde ser útil a las políticas del Estado Confederal. Por ejemplo, los padres de Luigi, expertos en alta cibernética, fueron enviados con su barca de proyectos a las entrañas mismas del Gigante: es que el impulso de un viento extraño los había llevado a tratar de comprender y dirigir parte de los complicados mecanismos de sus calculadoras. ¡Eran verdaderos cerebros programadores! Y la aventura de Marte no podía dejarse librada al azar.
Los más hábiles e inteligentes, convencidos o no, prepararían el camino y montarían sus bases hasta que el tiempo terminara solidificándolas. Después, una legión anodina de congéneres sería lanzada a la abierta espesura para poseerla en su totalidad…
Y Luigi había nacido allí. En Marte. Como los demás niños, a excepción de Memo y algunos otros.
Y era indudable que, entre ellos, había diferencias. El cerebro, órgano productor y receptor de sensaciones, formador del buen sentido y de la lógica, estaba prisionero. Prisionero de su propia lógica. Y la atmósfera, enrarecida por esa falta de distinción entre las apetencias necesarias y perdurables y los reflejos anémicos del estado síquico de apatía general, era permanentemente jaqueada por las fuerzas de la Naturaleza.
Ésta, humanizándolos por momentos de su cuasi mecánica forma de comportamiento –a través de los combates entre el espíritu enfermo y las ondas evocativas de sus progenitores-, intentaba recuperar la plenitud de sus miembros volitivos en núcleos familiares de formación. Y sus estrellas, eran perspicaces ondinas del Ancestro, buscándolos…
Así, Luigi espiaba los secretos del cosmos cuando, de pronto, unas flechas de luz rasgaron su velo, perdiéndose como granos de maíz esparcidos en el firmamento por un ignoto campesino de las galaxias…
¡Estrellas fugaces!
Luigi formuló tres deseos. No sabía muy bien por qué lo hacía, pero era algo que también había aprendido de sus padres. Estos decían que, cuando sucediera, era la oportunidad de cargar los mejores anhelos en la cola del cometa, quien los llevaría hasta Dios sin interferencias…
Pidió entonces por mamá y papá, por los demás chicos y porque aquello que iba a pasar fuera algo hermoso, tal como lo presentía o deseaba al menos… Sin error ni daño alguno. Con las esperanzas del Pueblo Modular acrecentadas, pues, ¡al fin se vería a los grandes sonreír!
… Por eso los niños esperaban en esta noche. Sin embargo, los hombres y mujeres, que no habían podido dormir en otras veladas, también lo hacían. Sólo que, ahora, ya seguros, convencidos de que el cohete llegaría hasta el valle, se habían entregado al profundo reposo de una larga espera…
Añoranzas
Luigi sintió frío.
Poco a poco el sereno de las tinieblas fue empañando la cubierta de la traslúcida cúpula ambiental… Poco a poco las estrellas se fueron borrando del mapa estelar, mientras Fobos y Deimos se transfiguraban desteñidos por el rocío helado que plantaba cristales en el sombrero opaco de la ciudad…
Luigi meditaba sobre el cohete y lo veía abanicarse con seguro desdén. Veía su torva figura corporizarse y descender en el valle, como un poderoso alfil de colores grises. Veía desplegar sus alas de fuego, entreabrir sus compuertas y lanzar afuera una imprevisible marejada de seres bípedos distintos, en ritual columna de bagajes aún más desconcertantes…
Y se veía mirar a sus espaldas.
¡Todos estarían allí! Como él. Mirando y apuntando. Formando una espaciosa ronda de ojos y de dedos que descubrirían y señalarían nombres, gritarían reencuentros o se hundirían en la más penosa de las decepciones porque, muchos, no habrían podido venir…
Entonces, un sol débil y huraño, lejano amigo en la distancia, desayunaría su temprana avidez con los copos nativos y taciturnos que acudían, de noche en noche, a visitar la colonia, llegando desde su oculta morada en las colinas marcianas, sin que los hombres dieran cuenta de su real existencia…
Por lo demás, el cohete amartizaría cerca del muro; a unos cien metros del improvisado refugio que los niños habían construido para hacer contacto. Y las puertas del muro estarían al acecho, atentas al cohete y a sus asombrados tripulantes…
Luigi dejó de pensar.
El silencio marciano le pertenecía. No obstante, sintió algo especial. Un primitivo escalofrío le arredró el alma, y lo dejó solo.
— ¡Memo! –gritó.
Pero Memo seguía tieso, obstinado, en el mismo sitio, como un monje tibetano oculto bajo las frazadas, metido quién sabe en qué mundo inexplorado de su ensoñación.
O no estaba.
Un parpadeo… y ¡clac!, se había prendido a la cola de la estrella que por allí pasara, y estaba ahora sumergido en la flamígera estela de ese carrusel universal. Palpando sus pies y viéndolos encendidos, rojos y veloces…
— ¡Memo! ¡Despierta, por favor! –insistió asustado.
Unas brumas heladas se derramaban como espuma sobre el casco desnudo de la ciudad, y sus luces vivas eran como llamaradas de gas preparando café, huellas color de limón anaranjado, espasmos de brillos enturbiados por la mansa neblina exterior que no dejaba de fluir…
Luigi miró sus zapatos. Casi no los veía. “Por Dios, Memo; despierta, tengo miedo…”, pensó ahogando un nuevo grito. Las gotas de cristal que caían intermitentemente, disminuían el valor de Luigi, pero abrían para Memo el espejo de los sueños y recuerdos que la estrella llevaba en su ígnea cabellera, y que rondaban su mente como breves misceláneas fotográficas en las que uno no tenía tiempo de intervenir…
Una semana. Dos. Cuatro. Un mes. Seis meses… Estás cerca del año. La estrella apura el camino. La Tierra es cada vez más grande. Es enorme. Hermosa. Tiene unos mares imponentes. Y azules. ¡Hay nubes gigantescas! ¡Parecen copos de azúcar! ¡Vamos, hay que tomar un poco de eso…! Seis meses más…
     Dos años.
     El tiovivo se detuvo. Memo recordó a Jim. Oculto en la biblioteca, dentro de su libro preferido. Como un gato. Acechando su personalidad…
     Memo era entonces un Jim Memo Nigtshade escapado de un Will Luigi Halloway. Pero sin Feria de las Tinieblas.
     El carrusel siguió detenido. Los animales, quietos. La música del órgano, enmudecida. ¡Soy Jim!, pensó Memo. Soy Memo. Jim era un cuento. Yo soy yo. Y es cierto.
     Un silencio negro como de muerte trajo olores suaves.
     A su lado, el horrible Sr. Dark sonreía. ¡Vete! ¡No existes! ¡Vete, maldito engendro del Tribunal! ¡No! ¡No me iré! ¡Vengo a llevármelos!
     Memo miró los ojos del Sr. Dark y fue como mirar el sol. Eran rojos y fulmíneos. Mas rojos que la cola del cometa. Quien ha leído “La Feria de las Tinieblas”[1] sabe que el Sr. Dark tenía una espantosa coraza de zarzas en el pecho. Y la coraza de zarzas había empalidecido y la piel del Sr. Dark era como de color durazno…
     — No tengas miedo –dijo, y sus dedos flacos y largos fueron como agujas desgreñando el pelo rubio de Jim Memo. Pronto volverás a verlos…
     Memo enjugó una lágrima, y supo que el Sr. Dark le estaba mintiendo.
— Memo, ¿estás bien?
Luigi ya no gritaba. Su voz era un susurro con gusto a menta. La goma de mascar había calmado sus nervios. Sin embargo, seguía preocupado. Por ellos, que aún no llegaban,  y por Memo, que estaba ahí, latiendo sin latir, como un suspiro prolongado que, en cualquier instante, se podía cortar.
Oh, Memo. Vuelve. ¿Dónde estás? Deja de soñar. Dijiste que no me preocupara, que tuviera paciencia. Y ahora tú…
— ¡Vamos! –dijo abuelo Lucas. Tú también, Cristóbal. No es tan difícil volver a ser niños. Sólo hay que desearlo con fuerzas.
     Abuelo Lucas, papá Cristóbal y Jim Memo Nigtshade eran tres sombras irreales jugando en el tiempo…
     — Aquí, en este sitio, donde está el edificio, supo estar el campito…  Éramos dos bandas –comentó papá Cristóbal. Abuelo (papá) Lucas venía con la cometa entre sus manos y nos encontraba. ¡Pobre de nosotros! Nos dividíamos, entonces, en dos grupos. Al norte había ceñidos matorrales. Al sur, también. Sólo el medio ampliado por el este y el oeste estaba libre. Allí jugábamos fútbol en tiempos de paz. Te decía, éramos dos bandas. Teníamos gomeras. Abuelo (papá) Lucas se enojaba mucho. Éramos muy traviesos. Con cartones hacíamos escudos romanos. Los pintábamos. Y las espadas las hacíamos de madera de sauce. Era muy lindo. Y había menos casos de chicos enfermizos…
     — Abuelo, ¿hacemos una cometa? ¿Cómo es? Dale, ¿cómo se hace?
     — Es muy fácil, Memo. Iremos hacia las afueras de la ciudad. Y encontraremos cañaverales. Crecen a la orilla de un río que se llama Salado. La madera de caña es liviana y flexible. De poco peso y especial para acompañar la fuerza del viento. ¿Entiendes? Así la cometa puede volar alto, muy alto. Compraremos papeles de colores. Con esos papeles cubriremos la armazón de cañas que es como el esqueleto de una cometa. En una palabra: le pondremos un vestido brillante y sedoso. Así el viento tendrá a quien empujar, y la cometa volará… Pero, antes de que me olvide: ¿sabes otra cosa? Papá Cristóbal te decía dónde jugaba al fútbol; sí, porque antes los humanos practicábamos ese deporte reservado ahora a las máquinas. No me gusta eso de las máquinas… Había equipos, sí, pero era muy distinto. Y  el que no jugaba, hacía barra por su equipo. Cinchaba. Y hasta podíamos imaginarnos profesionales como ellos disputando la pelota en un rectángulo verde enredados en piruetas bajo la habilidad de los botines… Sí, otro día hablaremos de fútbol. Ahora veamos el tema de la cometa. Voy a enseñarte todo: el armado, la pegatina, los tirantes, la cola, los mensajes, todo…
     El espejo estaba límpido. Y Memo saltaba dentro y fuera de él. Entraba y salía. Entraba y salía. Una, dos y tres… El abuelo sabía muchas cosas. Muchas cosas lindas que en Marte no hay…
     La Feria. La Feria del Barrio. Los tres. Memo se asustó. ¿Otra vez el Sr. Dark? Nooo. La feria era pequeña. Tenía tres o cuatro cabinas de juego. Unos muñecos para voltear con pelotas de trapo, un rifle de aire comprimido y con el caño doblado para no poder ganar nunca ese precioso juego de ajedrez… Tenía una calesita también. Una calesita vieja y desteñida. El ruido de su motor era el chasquido mecánico de unas manos oxidadas por el descuido. ¡Ja, ja, ja! Ni pensar en subir. Que el abuelo Lucas se hubiera vuelto niño o papá Cristóbal hubiera aceptado serlo también, era una cosa. Pero él no. Él ya lo era. Y no quería saber nada con esa historia de la marcha fúnebre tocada al revés que lo volvía a uno a pañales o tocada al derecho y cada vez más y más y más rápidamente hasta meterlo a uno dentro de una barba blanca manejando un par de muletas y cantando una vieja canción de Los Beatles que decía: “cuando tenga sesenta y cuatro años” o más… Pero enseguida se fueron. Eran otros tiempos aquellos. No había ni tan siquiera luces en todas las cuadras de la vecindad. Mamá Zule y abuela Matilde esperaban ansiosas con la comida a punto. Y un vaso fresco de naranja para él,  y de vino con hielo para los mayores…
— Memo. Eh, Memo
Luigi sacudió a Memo y fue como si el espejo de los recuerdos se astillara un millón de veces, y un millón de diamantes chocaran entre sí despidiendo un millón de destellos tornasolados, hasta formar una estrella gigantesca con una cola larga y roja como el vientre de una sandía…
Dos años. Uno. Seis meses. Dos semanas. Una. Y allí estaba de nuevo Memo, abriendo los ojos celestes con la cara perlada de sudor y el pelo naranja ennegrecido por la realidad marciana.
Memo se movió. El Miedo, entonces, se alejó del lugar.
El manto blanco se apresuró a envolverlos…
— Pensaba… -intentó aclarar Memo-. Sólo pensaba. No dormía.
Una oscuridad sin vida los agarrotó contra el suelo.
— ¿En qué pensabas? –preguntó Luigi; luego, buscó sus mantas en la alforja.
Memo levantó la cabeza, se deshizo de abrigo, y, bruscamente, se puso de pie. Las frazadas tibias cayeron de sus espaldas como alas siniestras de murciélago terrestre…
— ¿Estamos envueltos? –masculló.
— Sí –dijo Luigi-. Recién acaba de cubrirse el área. Fue bastante rápido. Debe hacer mucho frío afuera.
Dos volutas escaparon de sus bocas como efímeros fantasmas de impaciencia.
Memo miró la ciudad. Ya casi no se veía. Sólo las luces amarillas de los veladores titilando en su seno tibio. Pero muy pocas.
Recordando una jornada memorable en casa de unos tíos suyos, en la otra luz, imaginó los campos sembrados de rocío, y dijo:
— Mañana será un buen día.
Luigi insistió. Parecía su oportunidad…
— ¿En qué pensabas?
Memo se mantuvo un largo rato como parte de aquel vacío secular.
— En el viejo hogar, claro… -respondió lacónica, pausadamente…
Después, volvió a tenderse sobre la colcha y tornó a cubrirse con las tibias mantas. Luigi lo imitó.
— Nunca nos hablaste de él. ¿Por qué? –los ojos de Luigi brillaron de un modo especial, pero su amigo, presintiendo aquel gesto, contestó:
— Añoranzas. No hay problemas. Ahora sí, vamos a dormir. Mañana será un buen día…
Luigi volvió a sentir la aguda incisión en el pecho, pero no era miedo esta vez.
— Entonces, ¿no vas a decirme cómo son? –la voz, trémula, tembló en la oscuridad como una muñeca fea y sin dueña…
Silencio.
— Los demás chicos ya lo saben. Saben cómo son. Se los dijiste… -clamó.
El silencio se repitió.
— Papá dijo… Dijo que traían todas sus cosas. Paraguas, barbas, habanos olorosos, diarios viejos, colecciones de estampillas, fotografías, cuadros y… ¡libros de cuentos! ¡Cantos y juegos en la mente! ¿Qué sabes de eso?
— Si tienes frío encenderemos la portátil –rumió Memo.
— … Y sacos de lana, agujas de tejer, postres dulcísimos y miradas cálidas como sus brazos… Yo no entendí muy bien. No sé qué significan ni para qué sirven esas cosas. Pero lo dijo con entusiasmo. De los ojos le brotaban lágrimas… Y mamá también hacía lo mismo. Y se abrazaban… Papá la alzaba y modulaba un misterioso quejido. Dijo que cantaba, y, mientras lo hacía, hablaba de saltar cuerdas, regar jardines, remontar cometas, jugar ajedrez, escuchar música, y leer… ¡cuentos! Hubiera deseado entenderle. Memo, juro que lo hubiera deseado. Pero no pude. Creo que, por eso, fui a dormir aquella noche sin…
— Buenas noches, Luigi –siseó Memo.
— ¡No! –gritó éste. ¡Estaré despierto hasta que lleguen los duendes! –y abrió los ojos tan grandes como pudo…
Duendes
Alguien aspiró profundo como queriendo aprehender remotos aromas. Pero, en ese lugar, no había flores para el alba ni grillos para el anochecer…
De todos modos, Memo sonrió. Ocultamente sonrió. Miró hacia el cielo. Ya no se veían las estrellas. La escarcha acumulada borraba el camino, pero ya lo conocía. La bola fugaz se lo había enseñado y podía volver cuando quisiera.
Luigi estaría callado. Y muy enojado. Demasiado como para querer dirigirle la palabra. Y mientras preparaba la estufa y armaba la carpa, aprovecharía…
¡Ya!
Shhh… ¿Dónde estaba? Ah, sí. En la casa. En su casa. ¿Cómo era? Era una casa grande y augusta. Enriquecida por los años y las circunstancias. Un vistazo: el abuelo estaba vestido de Abuelo. ¿Y papá? Papá vestido de Papá. Ya no eran dos niños como él. Cada uno aceptaba su papel. ¿Dónde vas a meterte? ¡En la sala, por supuesto!
     Era una casa grande y augusta, y, en lo alto, estaba la sala. Un espacio alfombrado de verde, con muretes divisorios que separaban la Lectura de la Conversación y de la Música. Cojines verdes acolchando las gradas escalonadas que el bisabuelo había levantado siguiendo los desniveles del cielorraso. Era ese su lugar preferido. Allí leía en silencio a la espera que, por las tardes, el abuelo Lucas subiera a conversar con él. Las famosas sobremesas del domingo que, según don Lucas, se hacían bajo el parral veraniego, y cuyos cuentos y anécdotas –fragantes vahos de parábolas y vino circundados de sol- eran sólo un recuerdo más, aún podían gustarse escuchándole hablar.
     Había uno de ellos, en particular, que nunca olvidaría. Uno, en especial, que le permitiría recordar para siempre la sabiduría con que este abuelo sabía explicar lo inexplicable y hacerle comprender lo incomprensible. Como aquella vez que demandara, entre vergonzoso y atrevido, por el alma…
     — ¿Qué es eso? –había preguntado.
     Entonces, el abuelo Lucas, arremangando la piel de sus brazos, torciendo como un payaso los labios e imitando la voz dulce de un hada, le había respondido:
     — Mi querido Memo: un alma es… Pues, un alma es un conjunto de colores.
     — ¿Un conjunto de colores? ¿Y cómo es eso?
     — Muy sencillo. Escucha: un día, mientras caminaba por el barrio, encontré a un viejo amigo al que hacía tiempo no veía. Nos saludamos con efusividad. Con un abrazo muy fuerte quiero decir. Pero había algo en el brillo de sus ojos que me preocupó. ¡A mi amigo le faltaba el color azul!
     — El color azul…
     — Sí. El color azul. El color azul es el color de los sueños. Le dije a mi amigo que más luego lo llamaría y me despedí de él. Esa misma mañana, ya casi al promediar la jornada, a la salida del trabajo, otro amigo enfrentó mi abrazo. A éste hacía poco tiempo que lo había visto, y conservaba aún esa rara expresión en la mirada que no admitía dudas. ¡A este otro amigo seguía faltándole el color verde!
     — ¿El color verde? ¡Oh…! –Memo recordó su segundo sobresalto.
     — Claro.  Todo el mundo, el de los grandes, sabe que el color verde es el color de la esperanza. Entonces, al igual que al anterior, le dije que después lo llamaría y me despedí de él. Pero allí no acabó todo…
     En este punto, Memo contuvo la respiración como en aquella tarde…
     — … Había acabado yo de cenar con abuela Lucia cuando, a mi puerta, sonaron unos golpes secos y acuciantes que no dejaron de asustarme. Un tercer amigo, vecino de piso, borracho de ira, hablaba entre sollozos y amenazaba con matar un viejo engaño. ¿Me entiendes?
     — Creo que no –contestó rápidamente Memo.
     — Es que mi amigo, era un joven amigo. Y estaba enamorado. Y a veces ocurre que no siempre resulta. ¿Ahora sí?
     — ¡Sí! –Memo se conmovió.
     — Bien. Adelante pues. Mi amigo tenía el corazón rojo. Su cara también estaba roja y el brillo de sus ojos era una llamarada púrpura. Así que traté de calmarlo. Le dije que fuera a su departamento –en lo posible sin molestar a sus padres porque eran ancianos y estarían durmiendo-, tomara un calmante y pensara con fe en que, mañana, sería otro día. Dios había puesto muchos peces en el mar. Yo lo llamaría tan pronto pudiera.
     Días más tarde reuní a mis tres amigos en nuestro café predilecto y les expliqué el problema de los colores. Les dije que sería bueno que los tres hablaran y trataran de compartirlos como lo habían hecho conmigo. Así, los sueños, las esperanzas y las pasiones que faltaban o estaban desordenadas, encontrarían su lugar. Mis amigos entendieron y creo que sus almas funcionan mucho mejor ahora. Comprendieron necesitarse y optaron por darse ayuda mutua. No por eso dejaron de tener penas o preocupaciones que desdibujaban a veces el color de sus ojos, pero ya tenían un método para pintarlos adecuadamente cuando ello sucediera…
     ¡Cosas del abuelo Lucas!
     Memo volvió a regocijarse. Sus párpados pesaban cada vez más, pero abajo, en la cocina, abuela Matilde se empeñaba en reemplazar los modernos lavaplatos instalados, mientras mamá, divertida, terminaba enseñándole a apretar sus  botones…
     Pero… ¡Silencio! Pasa el abuelo Rómulo. El abuelo Rómulo era un abuelo distinto. Casi sin tiempo para ser abuelo. Lo cual era, asimismo, una verdadera lástima. Pero había que comprenderlo, pobre. Los Amos gustaban del buen comer. Y nadie mejor para satisfacerlos que ese hombrecito grueso de voz y de cintura, parecido a un gnomo ora cascarrabias, ora bonachón, que preparaba los manjares de la casa, cuando sus descansos en el Hotel América lo permitían…  Y que hace tiempo andaba un poco gris.
     Abuela María había muerto, dejándolo solo con sus llameantes omelettes y su pato a la naranja. Tanto que hasta se había vuelto taciturno y algo sabio tras su muda melancolía. Había logrado, en fin, separar de sus diálogos los conocimientos del oficio, liberando a un alma simple y sensible que por nada vislumbraban sus hedónicos y comprometedores vermicelli… Y tanto era cierto esto, que hasta había alcanzado a reducir a noventa, sus ciento… veinte… redondos y opíparos kilos de “bon gourmet”.
     Todo un caso de severa conversión.
     Aunque había otras cosas con las que terminaría por soñar. Y en ella siempre presente los abuelos…
     Detrás de la vocinglería de sus evocaciones, del ácido olor de sus perfumes de mediados de siglo veinte, de sus recuerdos de porches y hamacas caseras, planteras con flores “de verdad”, y limoneros, naranjos y ciruelos, estaba la risa que sus propios padres les habían contagiado, y la especial ternura que demostraban al ser agradecidos devolviéndola y en abundancia…
     Quizás por eso dejó de sonreír. Porque también estaban los otros recuerdos. Los del Decreto separándolo de ellos. Los de la ridícula elección a la que fueran obligados al concluir su “vida útil” para la sociedad…
     — ¡Señor Lucas! ¡Señor Rómulo! ¡Señora…! –la voz del Tribunal para los Viejos resonó en sus oídos como si la hubiera escuchado.
     ¡Con que ahí estabas, horrible Sr. Dark!
     — ¡Presente! –el eco se multiplicó en un millar de ciudades.
    ¡Voy a llevarlos! ¡Oh, Dios…! ¡No voy a dejar que los encierren! ¡Vuélvanse niños de nuevo! ¡Ustedes pueden hacerlo…! Y no habrá problemas… ¿Saben?, ¡pronto pasará otra estrella! No se demoren, por favor…
     Pero…
     “Visto y revisto su currículo personal; y, merced a los antecedentes en él implícitos, este H. Tribunal le confiere, al término de su vida útil, la posibilidad de reencontrarse con los suyos. Esta regla de excepción que lo libera de confinarse en los campos de ancianidad, se dicta en amnistía al cumplirse -en la fecha- el tercer lustro de imposición del Gran Sistema. En especial, se ha querido observar la misma para aquellos padres de colonos que residen en Marte, y gracias a la encomiable labor que éstos desarrollan para extender su dominio hasta los confines del Universo. Regístrese, dése a conocer al interesado, y archívese. Firmado: Consejo General de Autómatas. Washingtonmarx D.C. – Otoño del 0015”.
Ahora Memo volvía al silencio rojo. Y a su realidad. Sin otoños ni primaveras. Sin marzos ni octubres en los que conjurar brujas con escobas voladoras, búhos en las hombreras y calderos desbordantes de potteriana imaginación.
Tampoco habría un buen disfraz con el que vestir a papá Cristóbal de Robin Word, al abuelo Lucas de Gepetto –redentor de Pinochos-, o al abuelo Rómulo como rechoncho escudero de un Quijote cazador de molinos de viento…
Porque ya no estarían el crujiente entarimado, ni las viejas y deshuesadas calabazas con velas del viejo y terrible Teatro de las Luces donde desgastaran su incruenta niñez… Los toldos de arpillera robada a los vecinos, colgaban plácidos como deshilachados tapices de barro sobre el fondo de sus años perdidos. Los bolsillos rotos habían dejado caer las monedas de piedra y los pedazos de metal recortado que midieran el espectáculo de sus fascinantes poses filodramáticas…
Pero estarían la ilusión y el sonido.
La ilusión de poseer, como segunda oportunidad, a los dueños de las fantasías forradas, impresas e ilustradas en antiguas narraciones terrestres… Y el sonido de sus aventuras de pluma y papel que, algún día, en algún mágico amanecer, podrían volver a reeditarse con la imaginación de estos nuevos niños…
Porque los niños marcianos estaban por despertar… Querían hacerlo. ¿Quién podría impedirlo?
Ni el Sr. Dark. Ni los Amos del mundo.
Por eso mañana sería un buen día. El Mejor.
Memo imaginó a los abuelos que allá no necesitaban, cargados en el cohete; y, rogando para que todos pudieran entrar en él, respondió finalmente en voz baja:
— Seguro, Luigi: hasta que lleguen los duendes…
Pero Luigi, se había dormido.-
[1] Alude al libro escrito en (…) por el escritor norteamericano Ray D. Bradbury.
NOSTALGIAS DEL FUTURO
A los visionarios y pioneros[1] de  todos los tiempos…
En especial, a mis nietos: los dueños del mañana… Y, en particular, honrando el Vº Aniversario de su Nacimiento al Cielo de los Escritores (05 de Junio de 2012), a mi maestro vocacional literario, el escritor estadounidense Ray Douglas Bradbury. In memorian…
  1. Pesadillas
   Ahora, la casa, no estaba sola. Recuerden que, “alguna vez” y “Mientras las cabañas esperaban el amanecer, alguien, que había dejado una lámpara encendida, despertaba bruscamente”…
   ¿Y cuánto tiempo habría pasado?
   Sólo vagamente recordaba un nombre…: Esteban… Esteban… Esteban ¿Fuentes?
   Cosas de la oxidada mente humana, pensó.
   Destellos fugaces de un lugar llamado… ¿La Fábrica? ¿La Fábrica?… “… minúsculo Reino de la Celulosa, lejos de las ciudades protegidas como almejas u ostras por aquellas campanas de vidrio atismog…”. ¡Dios!
   Sacudió la cabeza y aventó esos extraviados pensamientos. Luces que habitaban lo profundo de una mente incómoda y sujeta, alguna vez, al proceso de transhumanización sicotrónica de la que había sido objeto, aún sin saberlo, hace más de cinco mil años cristianos… ¿¡Dios?!
   Mas ahora el rumor de viento radiactivo penetraba los rincones y esquinas de sus muros. El polvo del descuido la había cubierto sin sorpresas de una blanca ancianidad…
   Los muebles estaban quietos y sucios. La cámara del descanso estaba quieta también. Y la cámara de los aromas. Y la cámara de los mensajes y los libros. Y la cámara de los juegos e invenciones…
   Todo estaba inmóvil. Más inmóvil que nunca, excepto por aquella silla de crujidos ancestrales.
   De ahí que, la casa, no estuviera sola.
   Había tibieza en su interior.
   A pesar del viento gélido, rebuznante y mortal que forzaba invisibles aberturas, todo se mostraba invitante, acogedor…
   Y si alguien hubiera penetrado de improviso en ella -escapando de los copos de nieve y radiación que fantaseaban la atmósfera, los árboles y las piedras-, se habría topado con el aroma alegre y dulzón del tabaco quemándose como en un rito haitiano, en una tosca, dura, pero no menos importante pipa de madera. Como en los días verdes, verdes y azules…
   Los días de los buenos tiempos. Los del Paraíso terrenal.
   Más nadie entraría en la casa de tal modo.
   Imposible.
   Sin embargo, la casa no estaba sola.
   Los ojos claros y serenos se abrieron.
   Casi con tristeza y desesperación giraron hasta dar con el resplandor del amanecer.
   Unas manos toscas, duras y torpes descorrieron la lluvia de hilachas amarillas que ocultaba el albor de la mañana. Y los ojos vieron que el mundo despertaba nuevamente gris en aquel día.
   Después, se cerraron.
   Unas lágrimas casi reales empañaron –como antaño- el rostro tosco, duro y torpe como las manos. Afuera, la nieve y el soplo radiactivo que durante cien años azotaran al planeta, habían dejado un cielo plomizo, encapotado…
   Las manos toscas, duras y torpes intentaron borrar, con una especie de orgullo, las fisgonas y pensantes líneas que cruzaban sin prisa la grotesca faz de aquel hombre.
   Luego, los ojos se abrieron. Miraron el silencio de la casa pequeña y preñada de sombras al posarse, con suavidad, en los marcos de la ventana.
   Allí se quedaron, mirando y esperando. Esperando que un sol aguerrido y estrenado fundiera la piel del mundo, quemando las grises auroras que herían su desierto polvo. Esperando que en los brazos cuarteados y avezados de los árboles, volvieran a desperezarse, junto a las flores, millones de hojas y de pétalos ardientes de luz y color. Esperando que las crías animales irrumpieran de huellas los olvidados bosques de la Tierra. Esperando que los laberínticos tejidos de estrellas y luciérnagas campestres, bordaran los sueños de los hombres con mágicos poemas y cuentos aleccionadores. Esperando que los días grises murieran germinando días verdes, verdes y azules. Como en los buenos tiempos… Los del Paraíso terrenal.
   Después, morir…
   Pero, si aquello era cierto, si en verdad se trataba de El Viviente, del primero y último hombre sobre la tierra, sus ojos se nublarían viendo días verdes, verdes y azules…
   Alguien habría de entenderlo. Entonces, no se cansaría de esperar.
   Alguien aflojaría la escarcha y las rocas que amurallaban los cielos en nubes grises.
   Y lloraría.
   Con libertad. Con alegría. Como sólo un fantasma o un robot, llamado Adán, podría hacerlo…
  1. Ensueños
   Hoy, ahora, como nunca en este año, los roquedales se erizaban de albatros y gaviotas…
   Y, como reyes en sus tronos, los cuellos enhiestos de las garzas presidían aquellos reinos de piedra; estatuas lavadas por el agua cristalina del mar…
    El mar
    Hoy, sí, como nunca en este año, más verde y azul, sin algas empalagando las infinitas aristas de sus rocas solitarias, o amuralladas contra la pared costanera que circunvalaba un pedazo de la afamada costa este…
     Hoy, como nunca, papá regresó feliz de haber convivido unos minutos en la barra de los pescadores, con aquellos hombres sencillos y rudos que enhebraban redes para sus barquillos ocres y ensalecidos, y desollaban brótolas para ofrecerlas al mejor postor…
     Hoy, como nunca, los veleros y los yates amanecidos en el puerto estival irguieron sus mástiles de acero para hacerlos brillar, con orgullo de vigía, entre un racimo de velámenes entretejidos en la espesa mansedumbre de la llanura azul…
     Hoy, como nunca antes, papá olvido ir a Misa y no sintió culpa por ello. Supo que Dios lo había traspasado, eucarísticamente, al sentirse transportado como al futuro viendo, a su izquierda, abajo, a ese conglomerado de piedras trapezoidales desmayadas sobre el perfil curvo de la extensa cintura portuaria donde suspiraba un faro bucanero… Sin tiempo ni medida. Sin calendario. Sólo el rito de la vida bombeando feliz su alegría nueva en las arterias henchidas de un corazón vagabundo…
     Hoy, sí, ahora, como nunca antes, papá se dejó mecer por el mar ondulante y nadó, desde un espigón al otro, sobre la montura de unas olas traviesas, y caminó marcando sus huellas por la arena húmeda brotado de sol; levantando la cabeza para cegarse con su luz, y bajándola en seguida para espiar tesoros de ostras y mejillones disputados por el certero apetito de las palomas del mediodía costero…
     Si, hoy, en este año, papá aprendió a armar una caña de pescar y a colocar una carnada, y no fue una peluca de mujer bañista ni una gaviota extraviada en el mortecino atardecer lo que pescó, sino una pequeña y desnuda corvina que liberó pronto devolviéndola al mar y a la existencia, gozoso en su intimidad por aquel breve milagro del encuentro entre dos especies vivientes que se unieron, en un instante, por el flash de una fotografía familiar, y supieron despedirse, a su modo, con una sonrisa en los labios…
     Y hoy, ahora, como nunca, el océano se aquietó luego, enorme y plano, en un silencio profundo escondido en la noche detrás de una flota de gaviotas nocturnas patrullando en círculos aquella inmensidad acuosa, y de las almenas descoloridas que, en fila, contorneaban los arabescos de la costa oscura y serena, pespunteada a lo lejos por una corola de luciérnagas artificiales que anunciaban, con su rumor de vida humana, la cercanía de la ciudad balnearia…
  1. Esperanzas
   Ahora, vamos en busca de un nuevo Nacimiento…
   … Sí, hoy, como nunca, papá había estado angustiado y triste, y aceptado tomar la píldora de la felicidad que Ellos entregaran a los primeros colonos de este soñado planeta, a fin de ayudarlos a superar la crisis de desarraigo que, en forma inevitable, y, a pesar de la preparación a la que fuéramos sometidos, todos, alguna vez, sufriríamos…
   Yo disfruté junto a él la holografía de sus ondas cerebrales, activadas por esos recuerdos hermosos de cuando la Tierra, todavía, era capaz de asegurar al hombre un destino de trascendencia… Nunca pude saber de qué pesadilla se quejaba, sino hasta muy grande; cuando, ya viejo, conjeturó el principio del final de la especie humana. Fue cuando nos confesó de dónde veníamos. Del último esfuerzo que, Adán,  El Viviente, había hecho para rescatar de su completa desaparición a los últimos ejemplares, como nosotros, de la especie humana que, como autómata o androide pensante, le había dado “vida”…
    Papá nos dijo ya, casi muriendo, que las últimas palabras del Ancestro al dar energía a las máquinas que programaron la huída de un planeta destruido por la desidia del hombre, fueron, “nobleza obliga”. Luego, también él apagó –para siempre- sus ojos eléctricos, esperanzado en que, desde Marte, todo volvería a comenzar, y, un día, no tan lejano, la Tierra volvería a recuperar su capa de ozono y a proteger la crianza de sus hijos y nuevas especies, del escarmiento recibido justamente por el Padre Sol…
   Pero afuera, detrás de la ventana oblonga de nuestra polarizada campana hogareña, el polvo rojizo marciano danzaba sin prisa al compás de su giro gravitatorio. Pronto la noche aturdiría su largo crepúsculo, y, entonces, el resplandor acerado de los cohetes y antenas receptoras se confundiría en un abrazo fraterno con la multitud estelar de ignotas estrellas que parpadeaban sin cesar, como fogatas suspendidas en el abismo negro del cosmos
   Después… Después sonaría la sirena.
   ¿Y mamá? Y mamá, también feliz, acariciaría su vientre embarazado, apagaría las luces, y todos, excepto los guardias de turno, iríamos a descansar…

… … … … 

“La ciencia ficción lo señala constantemente: el futuro nos pertenece. Lo creamos con nuestras acciones. (…) La ciencia ficción es entonces un puente que une la ciencia y el arte, los ingenieros de la tecnología y los poetas de la humanidad. Ese puente nunca ha sido tan desesperadamente necesario”.
BEN BOVA, “The Role of Sciencie Fiction” – Nueva Cork, 1974.
OESTE (Mundo-Espacio) – GAMMA (Cosmos-Tiempo):
O siete historias que expresan, a modo de parábolas y en el espacio tiempo del Big Bang (Génesis), a las cruces de la Vida u Otoño de la Existencia…
  • MUNDOS PARALELOS (o Parábola de la Existencia)`
  • PROYECTO PARAISO (o Parábola de la Utopía)
  • FIN DEL PROGRAMA (o Parábola de la Fatalidad)
  • EL SOLDADO EN LA ROCA (o Parábola de la Violencia)
  • AL FINAL DEL VERANO (o Parábola del  Miedo)
  • LOS DIAS GRISES (o Parábola de la Melancolía)
  • CEMENTERIOS DEL ESPACIO (o Parábola de la Muerte)

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MUNDOS PARALELOS (o Parábola de la Existencia)
A Catalina Pistone, in memoriam..
     Ahora, fue como el onírico espejismo de dos mundos paralelos…
     De pronto, como si el alma se hubiera separado del cuerpo, me vi desnudo, completamente; me vi corriendo por una calle empedrada en busca o compra de algo tan impreciso, como podrían ser los broches para sujetar ropa lavada que había que reemplazar por aquellos que pendían, desarticulados como inertes marionetas, de una soga estirada a lo largo de la terraza de mi casa… Sí, vi mi virginal ingreso en aquella extensa cuadra prolongada hacia ambos lados por monobloques o torres de alquiler que se perdían en la lejanía de un horizonte frío y grisáceo…
     Y mientras corría por una de sus veredas desiformes, tratando de ocultar mis partes pudendas con ambas manos, sentí temblar a ese cuerpo avergonzado y acechado por todos aquellos edificios perforados de oscuros orificios, por donde un enjambre de cabezas somnolientas hacía gestos de estupor y escándalo al verme topar en cada esquina, en cada cruce de cuadra, en cada resquicio habitado de esa avenida sin sol donde la escarcha había puesto una mortaja de hielo, con aquella multitud creciente de seres arropados, enronquecidos y desencajados que manifestaban algún tipo de descontento social, portando pancartas de protestas de todo tipo; voces en cuello que achacaban y denunciaban con letras de nervioso marketing; voces desenfrenadas que proferían improperios, deseos de venganza y alentaban provocaciones; voces y alaridos para los que ningún problema de la vida comunitaria quedaba descartado: aumentos de impuestos y  tarifas, bajos salarios, inmovilizaciones financieras de ahorristas apenados, gritos de desesperanza de desempleados, deshabitados, jubilados, madres solteras y mujeres embarazadas sin seguro de salud, y todo un tropel organizado de menesterosos, marginados y discapacitados faltos de atención oficial, con el que una clase media venida a menos se entrelazaba airadamente en un solo cuerpo desgarrado, agarrotado y macizo de piernas, troncos y brazos que, en formación castrense, avanzaban y avanzaban hacia un destino imprevisible y sin límites…
     En tanto, yo, corría… 
     Corría aún sin ser visto, ni mirado, ni observado por aquellas columnas perfectamente movilizadas; corría como corría con la vergüenza a flor de piel, desnudo como un Adán redivivo, traspasando como un ciego torpe, con el sudor helado clausurando todo razonamiento, a esas agrupaciones de bombos ruidosos golpeados sin cesar y sin piedad, que hacían estallar en el aire infinitas vibraciones de clamor popular…
     No huía, sin embargo. Sólo sabía que debía seguir, deprisa y desnudo, mi camino hacia una compra de broches para ropa lavada en la terraza de mi casa, mientras -de reojo- era un estupefacto espectador de una revolución de masas, ordenada por altavoces rodeados de reporteros y cámaras de televisión…
     Hasta encontrar aquella esquina especial que me incitó a doblarla, hacia la izquierda, como en forma de atajo de la gran avenida sin horizonte ni sol, venciendo el paralelismo de las formas, e incorporándome a otra dimensión contigua al enjambre de aquellos tétricos y simétricos monobloques; una dimensión donde  a un extenso bosquecillo de pinos y eucaliptus continuó, detrás de los médanos que la ocultaban, la más amplia y hermosa playa que mis pies hubieran pisado alguna vez… Y el mar azul… Y su distancia también azul y sin fronteras…
     Allí el sol brillaba sin telones, y la pálida desnudez de mi cuerpo, entibiado ahora por sus fuegos, se bronceó sutil y gradualmente, hasta que cada uno de sus poros se confundió con los granos de aquella arena dorada, desapareciendo con el alma en el misterio de la nada, vivido como en un bifronte espejismo donde muerte y vida eran caras de una misma moneda: sí, de la frágil y transida existencia humana…
     No sé que hizo en ese instante el amigo que me escuchaba, porque mis ojos habían quedado extraviados en el hueco rectangular de un esquelético monobloque urbano, mirando correr desnudo a un pobre tipo que, de vez en cuando, levantaba la vista y me miraba, y me miraba, sin poder creer lo que veía y  vivía… 

PROYECTO PARAISO (o Parábola de la Utopía)
A  Olaf  Stapledon
     SULMIA se agita brevemente. El último pensamiento la ha sobrecogido y un temblor delgado atraviesa el vellón de su lecho, sorprendiéndola.
     LU-NOR la aprieta con fuerza. La luz de sueño brilla aún despojando a la oscuridad de su arma más temida, pero el cuarto (ensombrecido), gesta nuevas formas de miedo.
     (Son como dos niños los amantes esposos).
     «Siento frío», dice ella. Y su piel es una organza pavorosa. «Y miedo», subraya, suspirando hondamente.
     No es un miedo fantasioso. Es un miedo profundo.
     Miedo a la vida.
     «También yo», dice él. «Pero es hermoso», aclara. «Seguimos juntos y enamorados como cuando éramos novios».
     En seguida, el rubro aflora, los ojos se entrecierran, y la voz quejumbrosa del hombre se arrastra bajo la almohada, mientras dos manos tibias se rozan trémulas de ansiedad…
     «Te amo, esposo. ¿Importará eso si algo impidiera…?». Y como el sol de la montaña entrecorta la escarcha amanecida, así el gemir noctámbulo de ella entrecorta su respiración…
     La lámpara de sueño se apaga.
Noticias
     Una rodaja de luz reemplaza por la mañana el espejo neblinoso de la noche.
     Uno por uno son desatados sus jirones de niebla entumecidos.
     Un silbido aúlla en el cuarto, luego de que la música dulce del despertador concluye su misión, y el transportador deja caer el domingo en el diario matutino.
     Unas manos tibias hurgan las hojas lustrosas y gráficas, y unos ojos turbios demoran su pereza en la última página, atrapados por el ingenuo encanto de los dibujos animados y su misterioso juego de sincronía óptica y tecnología parlante de papel.
     Los dibujos cesan su movimiento ondulatorio cuando el parpadeo natural abandona el tic-tac, y una mueca angelical saluda al hombre sobre la espalda morada de obligados encierros.
     «No tardes, LU. La primera página. Déjame ver».
     «Cierra los ojos.
     «Listo. No tardes».
     Una mano dócil roza el botón de la consola emplazada en la cabecera de la cama, y el manto de luz sugerido se adueña de la habitación ornándola de brillantes azules.
     La otra, no menos dócil, veloz, esquiva hojas hasta dar con la primera.

     «NOTICIAS INTERESPACIALES – UN MUNDO DE ENSUEÑO (NOTACUM, 26)». «¡Aquí! ¡No! No abras los ojos todavía».
     «LU, no juegues conmigo. Por favor…», ruega ella con ternura.
     «Está bien; no te enojes. Comento:  De acuerdo con lo programado, acaba de aterrizar en MUNDO II la nave ETERA-VITAM, con el tercer grupo de diez mil pasajeros (cinco mil parejas) felices. Los mismos… Espera, SULMIA; el  POETA ELEGIDO lo expresa así: Tercer grupo de diez mil. Cinco mil en cinco mil. Varón y Mujer, llegó. Mujer y Varón, arribó. El Hombre en su Génesis Dos, al mundo maravilloso ungió. Y susurró. Susurró. Susurró. Susurró. Amaneceres diáfanos, susurró. Atardeceres de nostalgias, susurró. Urdimbre de húmedos huesos, susurró. Y un torbellino de vida arremansada en morosos circunloquios de fuegos nocturnos, susurró…”.
     «¿Luego?».
     «Sí’;  escucha. Todo se confirma. Pueden… caminar. ¡CAMINAR, y tropezar, arrastrar, empujar! La tierra en retamas. Kilómetros de estancias despobladas. Ríos, colinas y selvas ecuatoriales. Lluvia. La antigua TIERRA mirándose al espejo. Demasiado bueno para ser verdad. Pero ahí están. Las fotos y los reportajes. El informe del JEFE DE COLONIZACION y las sonrisas. Los bebés en brazos y los pezones dispuestos como antaño a comunicar su alimento… Y los… ¡ARBOLES! ¿Te acuerdas de ellos? En casa del tatarabuelo había algunos todavía. Pero allá, ahora, como siglos antes acá, un retoño en cada casa, en cada puerta de pueblo levantado…»
     SULMIA se regocija y sueña. Y pregunta, ávida, encendida…
     «¿Y los niños, LU? ¿Los chicos? ¿Cuántos hay? ¿Dice?».
     «Sí; alude a millares en forma general y al predominio de niñas en particular. Tanto que los del nuevo grupo bromean prometiendo equiparar las cosas».
     Y SULMIA se conmueve y expande la risa de su alma por el cuarto, mientras LU, excitado también, continúa el comentario.
     Habla entonces de la siembra de legumbres, repitiendo y deletreando con fruición palabras desusadas. Y se mira, se palpa y rechaza la pálida piel. Y la viste y la envuelve de acero y de sol, y es fuerte y hábil acunando a su mujer y entonando melodías olvidadas, una y otra vez…
     «Increíble. Sus músculos se ensanchan y su estatura supera los dos metros», clama y danza. «Su lucidez es perfecta y han logrado, con precarios elementos, verificar leyes indemostrables sin computadoras y alta matemática», grita y se detiene.
     «Son como dioses, LU», dice ella.
     «Como dioses al cabo de mil desiertos y ayunos que han probado el Maná y alumbrarán el porvenir de hijos verdaderos…», consiente él
     De pronto, la sirena alcanza sus oídos, y el silecio tensa al íntimo universo…
     «Cuatro años, SULMIA». Y el joven introduce su mente en algún sitio, en algún cubículo distante y estrecho del gigantesco BOLILLERO OFICIAL donde enfrentará su nombre con el de otros soñadores, en un frenético girar de sortilegio.
     «Cuatro años…»
     El hombre deja el diario, besa a su esposa con ternura, y se aplana bajo las sábanas.
      Su ceño se agrieta murmurando: «La primera etapa. La angustiosa. La de los hijos diariamente prometidos (para no perder la fe). La del hogar sin puertas (para sueños sin destino, infecundos). Un hijo… Pequeño, suave-niño-niña, celeste-rosado. Cruel sociedad de simiente despojada…»
     «No, LU…». Y el hombre se arrebata en inesperada ira…
     «Sí, SULMIA. Si no divagas te vuelves más loco aún. Como los otros. Miserables… Pero todo es probable para la ruleta del Edén».
     «Y nada podemos hacer, LU. Sólo esperar hasta mañana»
     «¿Y si no ocurre? ¿Si la maldita bola de cristal no acierta nuestro código? Millones en igual espera. ¡Millones! Sería terrible. Y no podré soportarlo. No. Día a día veo despertar y erguirse los cohetes como osos de invierno; y les diseño los circuitos y los caminos adecuados para que lleguen más rápido. Más rápido a la bendita tierra protegida en la distancia de nuestra iniquidad… ¡Destrozaría los cohetes! ¡Quemaría la fábrica!¡Mataría a los infames autómatas -como yo- que manejan las ilusiones del mundo!»
     Silencio.
     Después: aseo, vestido, desayuno, documentos, un beso.
     La puerta abriéndose despaciosa y dejando a dos seres confusos y leves. arrastrarse como sombras entre una estrepitosa marea de voces que ensordece el ambiente, pisando, chocando, mascando, tosiendo, protestando, pisando, chocando.
Sorteo
     Y después del domingo, el lunes.
     Después del frío de la noche vieja, la mañana nueva.
     Después del trabajo, la espera.
     Después del día apagado por el humo gris de los pulmones en ruinas, del sol lucero bloqueado por la espesura del smog, de veredas arrolladas por centenares de pies golpeando a la tierra atribulada, de ojos irritados por la ignominia de las cenizas malolientes, de cuerpos fatigados por el correr y discutir planes sobre una tarde, un momento o un sitio de descanso libre (digamos, un banco, una plaza, una pradera, una hoja o un tallo al menos sin aplastar); después del rasante vuelo de los vehículos pendulares en sus ondas atmosféricas, de las máquinas sucias de pulcritud utópica, de paredes embanderadas con hipócritas proclamas por la paz, de moscas virulentas y legiones de insectos inmortales  disputando sus áreas de influencia, de equipos y aparatos de todo y para nada, de bibliotecas olvidadas, de pájaros inexistentes (fugaces y fugitivos), de ciudades modernas con olores rancios de taberna medieval; después de tanto lugar, sitio, recinto, habitáculo, o agujero abarrotado, cubierto, ocupado, desbordado, repleto, asfixiado; sin espacio para la sensación de desnudez (donde se comienza y se es ORIGEN, proyecto, esperanza, posibilidad); después de la postrer esencia del sudor derramado para mostrarse vivos (aún), entre el hormigueo de tinieblas, cabezas flotantes, cuerpos apelmazados y espíritus envilecidos; los esposos llegaron…
     Vuelta la noche, llegaron hasta la PUERTA. La puerta de la grandiosa entrada al grandioso ÓVALO donde estallaría una vez más la sonrisa o mueca de la suerte, en un globo giratorio no menos grandioso (y electrónico) ubicado en el centro del Estadio Deportivo Estatal.
     (…).
     Treinta minutos. Ahora sí.
     Una luna impura dio formas al ídolo y el símbolo brilló ante una multitud abroquelada.
     La mudez vino a adueñarse de ella, y el dios, conmovido, rotó… Un silencio largo acompañando al ronroneo esferoidal, hasta que su andar se detuvo.
     Entonces, los cuerpos se ahuecaron en un vacío perfecto, el tablero deletreó el código, y todo concluyó.
     Sí, la crisis diluida animó los cuerpos otra vez, y antes que nadie, dos seres felices, agitados como luces, supieron por fin que ¡serían como dioses al cabo de mil desiertos y ayunos que han probado el Maná, y alumbrarán el porvenir de hijos verdaderos!
     Ahora caminan abrazados y, como nunca desean transgredir la Ley y andar descalzos por la noche donde mora la  libertad…
     Se apresuran. Nunca tan cálido se aparenta el hogar. Junto a la euforia del milagro, llevan sus gargantas desgranadas por la emoción.
     Victoria. Y el cohete próximo será de ellos. Azul.
     Como los sueños.
     Por lo demás, completa es su suerte. La onda vehicular está desocupada, y no tarda el Automático en acercarlos a la casa.
Dudas
     En este día LU-NOR cumple treinta y tres años. Han transcurrido ya dos meses del sorteo.
     Mañana irá con SULMIA a la revisión y, en un mes, el cohete partirá.
     Afuera llueve. Ha enviado, pese a todo las invitaciones a sus amigos, diciéndoles: «El barco pasará sin viajeros y lleno de luces. Estará en ese barco mi deseo de tenerlos hoy aquí. En el día más viejo y más nuevo. Quiero ser feliz».
     Pero nadie ha venido a visitarlo.
     Sin embargo espera junto a SULMIA a alguien especial. Porque el resto, una vez publicado el resultado del sorteo, se alejó. Ausentaron el saludo, la compañía y la colaboración en el trabajo: fue un extraño en el Centro Espacial. Quizás pensaron en influencia a su favor. La influencia de YOSOY, Jefe de Inteligencia e inmediato superior. Casi un padre adoptivo para él. Líder, por otra parte, del Cuerpo de Seguridad Mundial. Callado, solitario y temido asesor presidencial.
     Pero no. Tampoco él vendría.
     Recordaba bien la jornada posterior al sorteo.
     Imprevistamente, todo había cambiado para ellos. Las reglas de juego, la actitud de los vecinos del bloque zonal… El desconcierto. Uno hacia el norte y el otro hacia el sur, dirigidos en llamativa soledad hacia la rutina laboral.
     Enseguida del arribo al Centro, la impersonalidad de los guardias incrementada al extremo. La racionalidad del trabajo objetivada hasta límites inhumanos. Diálogos cortantes sin rasgos de afectividad. No obstante, y a pesar del absurdo soportado, el odio parecía reivindicar en sus amigos la esencia de la humanidad que habían perdido a causa de la tarea que realizaban.
     Así que NOR atravesó los corredores del laberíntico pasaje hasta llegar a la Sala de Gestión, y sus saludos sin respuesta quedaron impregnando de ecos sordos cada ambiente secreto recorrido. Allí estaba YOSOY. Escrutando comandos y dando órdenes en clave; dirigiendo los procesos de producción y lanzamiento de las naves al más allá.
     YOSOY respondió amable a su gesto de urbanidad; pero hubo algo en su voz que lo llenó de preocupación. Su aislamiento de cuadrantes y espirales, sextantes y computadoras, de habitante de aquel microcosmos de bambalinas, sólo consumaba en él un destino de ecuaciones rumeadas…
     En el hangar estaba el COHETE.
     El más grande de cuantos se habían fabricado. Cuatro mil pasajeros. Su porte de doscientos metros de altitud lo asemejaba a una torre de Babel atornillada al cielo. Pero junto a él estaba la mirada grave de YOSOY. Una mirada furtiva de guerrero en celo que no puede decir no, no oculto secreto. Una mirada encadenada que agudizaba su natural misterio, y que desataba en uno la angustia impotente del subordinado en infracción.
     El Jefe permaneció callado un instante. Con unos dedos ágiles calculó datos. Tic-toc, respondió el computador…
     «¿Qué pasa, NOR?», demandó luego.
     «Con respeto, señor. Pero eso quisiera preguntar yo. ¿Qué pasa con usted; qué pasa con todos?»
     «El mapa celestial, por favor. Alcáncemelo».
     «Pero…»
     «Gracias. Ya no pueden soñar, ¿entiende? No es ahora uno de ellos. Le ha quitado sus sueños, NOR. Eso pasa. Se los ha robado en cierto modo…»
     «¿Envidia?»
     «Quizás. Son hombres. Nada más. Fue usted uno de ellos porque pensaba, vivía y soñaba como ellos. Pero ahora… Es como si hubiera dejado de hacerlo. Y aunque no fuera así, igual no lo entenderían. Hijo, es usted un ELEGIDO. No le odian; pero no pueden soñar las mismas cosas. Te has vuelto «diferente»”.
     «¿Comandante, y usted? Tampoco vino a la fiesta».
     Turbado, el hombre fuerte no respondió. Se fue con ademán ligero tras la salida lateral obedeciendo al sonar de turno y seguido por sus auxiliares.
     Excepto por NOR, turbado también. ¿O acaso el viejo no le había llamado «hijo»?
     «No vendrán. Tampoco el viejo. Ya es tarde».
     El mensaje sí llegó.
     El intercomunicador centelleó al depositarlo sobre la mesita del vestíbulo.
     «¿Quién…? Voy a buscarlo -dijo ella-; tal vez la lluvia haya…»
     «No. Déjalo».
     La máquina tecleó largo rato.
     «LU…».
     «Déjalo. Comeremos solos. Falta un mes para la partida y es bueno que nos acostumbremos a ello».
     SULMIA obedeció.
     Afuera, un clamor descendió dando paso final a la tormenta.
Certezas
     Después de aquella soledad absurda, de esquivas incomprensiones, de tardes de plomo y pesada rutina, rutina de seres grises (aún bajo el sol de julio), de ojos nublados y bocas somnolientas, de corazones aturdidos y sin sonido de amigos (pisadas sospechosas, caricias extrañas, consejos ausentes), como lluvia de agosto la mirada de Ellos (de Todos); después de las últimas añoranzas (murmullo de aves errantes), de ese estar sentados el uno frente al otro, el uno contra el otro, en un cuarto vacío y de manos apretadas, viendo como por la ventana en vela huye en  vuelo de aserrín polvoriento todo el moblaje y el espacio que contiene a sus vidas, flotando dentro de las paredes calladas de una casa pudorosa y aséptica, muerta de verguenza por cobijar a dos seres distintos; después de la verdad y de la amarga queja, y de la impavidez de Ellos (de Todos) que, al final suspiran aliviados, porque ahora sí volverán a ser iguales hasta el próximo sorteo…
     — Pase.
     SULMIA ya lo sabe. Toda mujer sabe.
     LU, todavía no. Entonces se conturba y deja que su cuerpo se explaye sobre el mar que está tan lejos, porque el verano hace tiempo que falta y pareciera que nunca volverá.
     La segunda etapa.
     La tercera es el VIAJE. Y LU-NOR ya ha superado felizmente su control. Pero ella sabe que ahora no…
     — Tome asiento. Coloque sus manos aquí. Eso es.
     Ella apoya sus dedos frágiles percibiendo la frialdad del aparato diagnosticativo. La tarjeta no tarda en estar entre sus manos. El doctor la recoge y compara datos. Asiente con la cabeza, desconecta el procesador y ordena a la muchacha lo acostumbrado.
     Ella penetra en la caja dorada, escucha el zumbido rastreador y una de las luces se enciende.
     Embarazo. Varón.
     No es simple lo que, por lo demás, sucede. No lo es para quien sabe que de este modo la rutina ha sido negativa. Que una mujer embarazada no puede viajar a las estrellas. Que la regla 2.0. ha sido vulnerada. Que ha cometido un error y que, al margen del sorteo y la maternidad resignada durante todos estos años para merecer la posibilidad del Paraíso, no podrá hacerlo. Ha vuelto a ser como las OTRAS, las de antes de la LEY DE NATALIDAD que se habían, como ella, confiado..
Revelaciones
     Anduvo nervioso de cuarto en cuarto.
     Cambió de asiento doce veces y recorrió la casa de arriba a abajo otras doce. Bebió doce tragos de una bebida que nunca había probado, y dio doce pitadas de algo que aún llamaban cigarrillo.
     Se detuvo. La casualidad lo llevó a notar la tira del intercomunicador que días atrás había evitado leer. Revisó con frenesí la escasa información de las semanas pasadas, y al cabo de doce fallidos intentos encontró el mensaje que decía: «Teniente LU-NOR, querido amigo. No encontraba ni el momento ni el lugar adecuado para hablar con usted sobre ciertas cosas. Cosas importantes sobre todo lo que le preocupa. Tampoco imaginé que, algún día, podría tocarle. La probabilidad era ciertamente escasa. Pero hoy es su cumpleaños, y si no hablamos, quizás el último. También sé que pronto, será el turno de la revisación. Hijo; este Comandante está viejo y averiado; peor aún, se ha puesto sentimental. Los estimo mucho. Le daré audiencia pronto. No obstante, sea feliz».
     Entonces comprendió la actitud distante de aquel reencuentro. No había leído el mensaje dejado por YOSOY, y el viejo aquel día debió darse cuenta. Así que esperó hasta el límite la oportunidad de aclarar lo que deseaba con NOR.
     En el Salón Blanco del Centro de Vuelos, un hombre solo y agobiado, que cree haber recuperado no hace mucho el juicio universal y primigenio con que todas las cosas fueron hechas, más allá de la inconducta humana y su capacidad para distorsionar valores y objetivos, olvidando paraqués en busca de porqués, sin lugar para Dios y sus razones indemostrables, no deja de repasar un discurso terrible: «Escucha: después de la SEGUNDA GRAN CRISIS y de la Guerra Global, había que tomar una decisión. Había que idear algo de prisa para contener la marea sofocante de sobrevivientes engendrados como moscas. Nuestros países, impotentes para reanimar la Tierra o colonizar Marte y ampliar los ya vencidos límites de base lunares, fueron a la lucha bajo resucitados pretextos de explotación o democracia. Pero el PROYECTO GUERRA fracasó como estrategia para aliviar el peso demográfico del mundo. El social-cristianismo triunfó con su implacable defensa del derecho a la vida en todos los foros; y los tranquilizantes hicieron el resto. Pero cuando todo acabó, y nos reunimos en cónclave secreto para formar nuevamente al UNICO GOBIERNO, fue que, por imperio de mi orgullo militar y acendrado escepticismo, y al cabo de mil propuestas rebatidas, irónicamente expuse el PROYECTO PARAISO. De cuyos alcances verdaderos sólo el UNICO GOBIERNO está impuesto. Si deseo salvar sus vidas, no puedo seguir guardando confidencia. Teniente Lu-Nor, ¿está dispuesto a enfrentar la verdad y a obrar en consecuencia? Entonces, voy a revelarle en qué consiste ese proyecto. Y que la Historia se apiade de nosotros…».
     Sí, el viejo está cansado y enfermo y ha pensado y repensado la manera de salvarlos y de sincerarse con el mundo. Su suerte está echada. Y la suerte del mundo también a expensas de la reacción de NOR.
     Todo está calculado. Desde el primer saludo a la primera pregunta sobre SULMIA y los resultados del análisis (claro que él no sabe que está embarazada, y que, aún, sin confesión de parte, reglamentariamente sus vidas a salvo).
     Todo con ojos azules apretados contra un rostro de guijarros, reaccionado del insomnio.
     En nuevo molde. Al cabo de los aciagos laberintos de una conciencia grave y remota que vino a visitarlo, puntual, sobre su almohada de dictador vitalicio. Viniendo de la noche, violentando los muros levantados por su amoral axiología. Plácida e insobornable, exigiéndole cuentas…
     El espejo oval que pende a sus espaldas y duplica su presencia, duplica también sus dudas presidiendo la espera. Es un gran espejo que multiplica todo y que proclama todo.
     El Teniente está por llegar.
     Y no hay cohetes azules. Simulacro.
     Sólo simulacro y el más alucinante asesinato de masas imaginado. Por él.
     Porque los cohetes azules estallan al superar la atmósfera. Simulacro.
     Todo lo demás, el perfecto simulacro amplificado por la prensa en los distintos medios de comunicación. Maravilloso Edén inexistente. Programado y filmado no lejos de allí. En el l2vo. CAMPO DE EXPERIMENTACION ESTATAL.
     NOMBRE DEL PROYECTO: Paraíso.
     OBJETIVO: Dadas las condiciones insostenibles de polución y explosión demográfica mundial, crear una conciencia favorable a la abstención filial mediante la promesa de recompensa a los Elegidos, con un viaje fantástico hacia un Nuevo Mundo descubierto en el sistema Alfa del Centauro, de condiciones similares a las del Planeta Tierra antes de su irracional explotación.
     JUSTIFICACION: Lograr por medios naturales la doble eliminación del exceso demográfico producido por las drogas tranquilizantes y de efectos hormonales progresivos (empleadas durante la Crisis), mediante la abstención directa de los postulantes y su descarte posterior en vuelos espaciales simulados hacia el imaginario Nuevo Mundo. Ello, a fin de asegurar la inviolabilidad del secreto de Estado y su acción psicológica sobre el conjunto de la población, soslayando de este modo la influencia del socialcristianismo opositor y previsto como enemigo de la tesis Reltih de supervivencia.
     UNIDAD ESTRATEGICA: Consejo Mundial de Naciones.
     UNIDAD EJECUTORA PLANETARIA: Servicio de Inteligencia del Centro de Control de Vuelos Espaciales.
     RESPONSABLE DEL PROYECTO: Comandante YOSOY-RELTIH.
     — Adelante Teniente NOR: lo estaba esperando.
     (Un negro legajo obrará sobre la mesa del Salón Blanco en claro testimonio de lo acontecido. Y el espejo oval  pendido a sus espaldas, deletreará inconsciente su nombre, recordando, quizás, al cruel tirano de un Imperio olvidado).-
FIN  DEL  PROGRAMA (o Parábola de la Fatalidad)
A  J.G. Ballard
     Clik-clak.
     Las imágenes desaparecen porque nunca han existido.
     Las paredes del cubículo escenográfico se agrietan en poros diminutos, y una por una las imágenes y el color desaparecen.
     Con ellas se esfuman, además, los ruidos y aromas de la forzada realidad que alguien ha diseñado. El objetivo se ha cumplido. Sobrellevar la prisión voluntaria en defensa de su supervivencia y la ilusión de volver a comenzar, habían agudizado su especial ingenio para resolver situaciones límites.
     Había logrado crear, o recrear -mejor-, su propia vida (o la vida del mundo a su imagen y semejanza, fruto delirante del recuerdo y del deseo innato de inmortalidad nada ajeno, por ende, al espíritu del ser humano) con un juego complejo de sensibilidad y tecnología, sintetizado en ese brillante recinto de sensaciones tridimensionales que, desde la paz ancestral de los bosques hasta el arrogante rugir de las ciudades y su virtual tendencia a la destrucción, le habían provisto de un seleccionado clima ambiental para superar el encierro. Así, había conseguido -de alguna forma- mezclarse con la gente de su propia ciudad en la algarabía de las compras cotidianas, trepar el cuarto nocturno de hijos imposibles en una noche de lluvia y acariciar sus miedos, volar un cielo nimbado y columpiarse sobre el pico de la más alta montaña, instalar su alcoba en el mejor hotel y simular la exquisitez de su plato preferido, arrobarse en los parques junto al amor con la ingenua agitación de un colegial, y pensar que lo que en verdad sucedía no era un sueño, del cual, alguna vez debería despertar…
     Todo eso que él llamaba vivir
     Clik-clak.
     Y el programa ha llegado a su fin. En cero las memorias.
     Recluido su cuerpo en las entrañas de la naturaleza, aferrada su esperanza al involuntario egoísmo de no compartir la suerte de todos, en los umbrales ya de sus resultados, detiene la animación de sus pensamientos…
     Un silencio de años rechazados se apodera de él y de los restallantes muros de la pequeña habitación. Los muros brillan con luz metalizada, y los poros que devoraran al mundo, acaban asimismo por desaparecer y todo es, dentro, una luz de estrellas que se ramifica vigorosa y palpita como el corazón de un sol extraño…
     En el centro del cuarto despojado, está el hombre. Sentado.
     Su cuerpo descansa y, más que apoyado, parece flotar sobre la acerada luminosidad inferior.
     Tiene la cabeza recogida, casi oculta entre sus piernas, en actitud de meditación. Un traje iridiscente como el cuarto que habita, lo viste sin costura visible. Tiene un rostro de facciones tersas y la jovialidad de su tez se diluye en una cabellera de plata que se alarga, con extrema fineza, sobre sus hombros. El brillo de los muros se espeja en ella, reproduciéndose incesante tras el inevitable choque de cristales aparentes…
     Clik-clak.
     Un minuto.
     Ahora cinco.
     Diez minutos de silencio y acezante resignación.
     Después, el hombre levanta su cabeza y dirige la vista hacia el frente. La luz de roja intensidad ha surgido en el habitáculo y titila con rapidez.
     Clik-clak.
     La luz se disuelve en alguna parte de las paredes vivientes, y una hendija de oscuridad subraya sesenta centímetros de blanca irradiación.
     El hombre alza su rescatada humanidad, y camina con lentitud hacia ella.
     No más de un metro. Con la noción del equilibrio alterada y la fuerza de sus piernas disminuida totalmente -ya por su dinámica corporal constreñida por el reducido lugar, ya por la magra alimentación de comprimidos-, cae bruscamente en la supuesta placidez de la fosforescencia plana.
     Lo intenta otra vez. Convulsionado, percibe entonces el dolor en sus brazos y en sus ojos -enrojecidos por las variaciones de tono a las que han sido sometidos durante la proyección-. Tambalea. Duda hasta lo imposible llegar a ella de pie. Mas sabe que lo hará, de algún modo, aunque deba arrastrarse como un reptil. Con el sonido a quebrado de sus huesos deja caer el cuerpo contra la pared frontal, mientras sus manos se arrebatan hacia adelante. La flaccidez de sus músculos lo traiciona y golpea el rostro en el muro inflamado. La proximidad de la energía viva y blanca le produce quemaduras. Indócil y sollozante, desprende con rabia sus dedos del metal e intenta con esfuerzo sobrehumano estabilizar sus movimientos. Aún más; opta por la inmovilidad total y casi no respira hasta que la delgada línea gana en altura.
     Mantiene los ojos cerrados durante tres segundos. Luego los abre y cierra intermitentemente, en un intento por acostumbrarse a los cambios que se generan a través de la puerta abierta, con la penetración de luces -sombras- exteriores en la habitación.
     Diez segundos.
     La puerta queda plenamente conformada y la sorpresa transfigura al hombre alto, famélico, de amplia frente, brazos y piernas efímeras, ojos desorbitados y cabellos de humo que, al cabo de cinco años de sedienta espera, observa al mundo desde su refugio…
     Además del brillo nuevo -viejo- de las estrellas, un viento cálido -gélido- se arremolina en torno suyo. Lo envuelve en escalofríos agitándole el pecho, y se va. Negra de universo, su ansiedad -tímida y medrosa- busca la salida y la tierra anhelada al final del corredor que todavía cree subterráneo, ensayando torpes pasos. Trastabilla, y no se detiene en la abertura a reconocer el largo túnel que lo aguarda y que se expande, afuera, por doquier.
     ¡Es libre! Se siente volar… Porque sus pies no encuentran la tierra donde ha empotrado su morada atómica. El mundo ya no está. En algún lugar del cosmos vaga desintegrado.
     Cae al vacío y, con un grito de terror ahogado en su garganta, se sumerge en el espacio.
     La computadora fílmica continúa brillando y entrecerrando sus poros vivientes de luz eterna, y se aleja en un instante del hombre, como un lucero novel…

EL SOLDADO EN LA ROCA  (o Parábola de la Violencia)
Al irrecuperable Bill Gates
     Ahora, todavía es posible ser humano..
     El detector de chips alteró el curso en forma automática y preparó sus pinzas de rescate. Y Alguien sabía –desde la Casamata ligada a F.C.- que el inconsciente corresponsal de guerra obtendría, de un zarpazo, el tesoro implantado en aquella otra –de tantas en el día- inerte cabeza guerrera. Pero su depósito de cajas negras estaba casi completo y debería regresar después, inexorablemente, a descargarlas en el Cuartel de Rearme oculto en algún lugar de aquel muscular desierto de rocas.
     Por la electrónica descripción de datos recibida en la Consola Solar pudo suponer que…
     “Unas huellas como humanas moldearon el sendero distrayendo la ausencia de la enorme quietud. Umbrías bajo el peso del cuerpo acorazado, fueron lentas al deslizar sus pasos por el árido planalto africano. Ruanda ardía. El soldado miró al sol que encendía la límpida mañana de un desierto sucio y agobiado, y fue herido de golpe por un reflejo agresivo, feroz. Mutilado, cerró los ojos, posó la mano trémula sobre la carne abovedada por el certero disparo enemigo, y probó con su lengua el veneno aceitoso que, como agrio licor, serpeaba espeso por el interior de su traje de combate. Escapado de la zona del desastre donde a pocos kilómetros de allí los rebeldes tutsi o humanos disfrutaban los gozos de una fugaz victoria contra el ejército de Máquinas del que formaba parte, venía a encerrarse ahora, en la libertad del silencio para… pensar. Pensar. Por eso el soldado se sentó, mutilado y cansado, sobre el desnudo cuenco de aquel muscular desierto de rocas. Cabizbajo. Su chip de alerta vibró en el cerebro: “¿Quién soy? ¿Dónde estoy?”, fue el susurro de una mente que se iba liberando poco a poco a través de la afilada herida que, a la par que mordía sus entrañas sin piedad, le ayudaba a reconocerse en su verdadera personalidad y darse incluso un nombre… Antonie Greff. Fue entonces cuando el dolor físico se trocó en llanto del alma y una sucesión de maniatadas imágenes familiares se agolpó en un cerebro, de pronto, humanizado. Y el soldado lloró. Hacía tanto que no lo hacía… El derrame salino se mezcló con el aceite coagulado de los circuitos toráxicos, y un olor hediondo lo quebró en náuseas; el rostro de su joven y bella esposa se desfiguró en el luminoso pero chirle espejo de una arcada brutal. Entre vómitos, el soldado dijo: “¡No!¡No!”, y, finalmente, despertó… Sí, fue cierto, París estaba florido el día en que Las Máquinas guiadas por F.C., lo capturaron a sellando su destino como el de tantos otros que no habían logrado escapar por el Mediterráneo hasta el norte de África para enrolarse a los tutsi. Sí, el soldado había pensado. En todo y en todos… En todo un Mundo poseído de Frankesteins; y en todos los masacrados por la Invasión Robótica y de los capturados, que, como él, fueran clonados por las Máquinas de F.C. Porque, al cabo, algo debió desajustarse en él descubriendo un ardor novedoso en la base craneana que, como chispas de inteligencia lo devolvieron de improviso a una nueva conciencia de la realidad. El soldado pensó. Y, de hecho, el soldado dejó de ser soldado… Pero su chip personalizado no dudó: eficiente y alerta para lo que había sido preparado, lanzó la señal al satélite que sobrevolaba al Planeta Azul… La señal… Celoso y de gran carácter, F.C. tampoco dudó. Desde su vigía cósmico dio cuenta del hijo desvariado porque no dudó en intervenir. Una falla mortal producida  en su programación por el disparo recibido, lo había vuelto irremediablemente peligroso como arquetipo recreado desde una especie veleidosa y deleznable a extirpar –definitivamente- del Universo… Fuera de control, no valía la pena. “Yes”, razonó: aquel hijo adoptivo ya no era tal sino la monstruosa reminiscencia de aquellos dioses engreídos que osaran, alguna vez, atribuirse el hecho de haberlo engendrado a Él en su tétricas fábricas tecnotrónicas… ¡A Él! ¡A Father Computer! ¡Al Gran F.C . y Único Dios entre las queridas, leales, insobornables e inmortales Máquinas, supervivientes legítimas de una Abominable Raza Ancestral. “Yes”. Se había trastornado y perdido, en consecuencia, su derecho a la vida eterna… Por eso debía morir. Al igual que los últimos ejemplares refugiados en las selvas y desiertos del demoníaco continente negro… Por eso, también, su láser fue rápido y certero. Más rápido y certero que el disparo tutsi que lo había trastornado antes, y vuelto a la razón de su corruptible humanidad. Descendió del satélite, como un rayo, hasta el chip llamador, y, el cuerpo androide del soldado, se consumió en un solo acto. La astuta ingeniería de sus placas de relojería y músculos alambricados se derritió –a excepción de una negra caja- en la inmensidad amarilla de aquel paisaje montañoso; mientras una lluvia de obuses dirigida desde la Casamata Solar retomaba el castigo al hormiguero tutsi. Entonces, con la cabeza emboscada entre las crujientes rodillas, la Muerte tomó asiento, solitaria y cansada, en aquel muscular desierto de rocas… Y se adueñó del silencio”.
     Le vi de lejos (comenté): el detector concluyó su trabajo recuperando el chip cerebral para nuestra red de clones humanoides, y regresó al Cuartel.-     

AL FINAL DEL VERANO (o Parábola del Terror)
A Arturo Lomello
     De hecho, debo aclararles que todo comenzó y concluyó, muy rápido, al final del verano. De este verano, precisamente. Quizás en el preciso instante en que, Alejandro, turbado aún por la partida de Lorena, no se movió del lugar.
     El puerto de Piriápolis se hamacaba impávido, ajeno a otro contorno, en las aguas agridulces y casi mansas de su mar prestado al océano. Atardecía ya, y el mágico momento de la despedida iba a ser coronado por una doble puesta solar. Fue cuando el buquebus brilló, por última vez, hasta desaparecer en el horizonte como un sol artificial. Los latidos del mar acompasaron el rito de su hundimiento y, tras los reflejos del verdadero febo, quedó la majestad y esperanza de un amor que prometía, desde Buenos Aires, retornar cada fin de semana hasta la eternidad.
     Por un momento, su personalidad, obsesionada por el dinero y los negocios, se había esfumado  -tontamente, se dijo, claro-  después del milagro cotidiano de la vida pegando la vuelta junto al giro del planeta, al sellarse, de este modo y una vez más, la promesa de una historia de ciclos percutiendo al ritmo del universo.
     Al dar la espalda al vagido de la noche, su mente volvió a sumergirse en los sones del éxito rotundo que acompañara a su original idea veraniega, gratificada a la postre tanto por el público como por el gobierno comunal de turno: alquilar a los Piria la vieja playa San Francisco por tres meses, construir allí un balneario donde los ejes claves de su visión estratégica fueran la ultra modernidad de infraestructura, la atención personalizada al cliente bañista y la higiene cero defecto veinticuatro horas del día  -ni una microscópica migaja debía contaminar la excelsa pureza de sus arenas blancas y sensuales-, y lograrlo con el máximo grado de excelencia…
     Un arduo trabajo, recordó. Desde el planeamiento, dos años antes, hasta su implementación e inauguración con apoyo oficial absoluto. El marketing enfocado a un segmento selectivo de mercado hizo el resto, y la fama del balneario alcanzó pronto un microclima de status natural y social tan deseado y perseguido por las clases acomodadas de la región, que la demanda se elevó mundialmente hasta límites insospechados para un hábitat que, por sus escasas ventajas comparativas, no hubiera podido competir  –prima facie–  con otros sitios paradisíacos del planeta.
     No obstante, aún gozando de su logro empresario durante el corto trayecto de regreso desde el puerto a la cabaña de administración del balneario, ahora, más importante del mundo, la agitación del triunfo reconocido por las pingues ganancias obtenidas -con una suculenta tasa de retorno sobre la inversión realizada-,  y una canción de Queen horadando locamente sus oídos, no pudieron disimular  -tras superar el curvado circuito de la costanera franciscana-  el horror que lo esperaba, allá, abajo, en las dormidas playas de final del verano, convertidas en una gigantesca mortaja mineral donde yacían, descarnados, un centenar de cuerpos bronceados y grotescamente heridos de muerte por… ¿ellas?
     (La luna naciente fue mudo testigo de los crímenes esparcidos por la arena sangrienta, en absurda mueca del destino y feroz desacato al encanto del cero defecto en higiene que tantos beneficios le había acarreado).
De pie, junto al auto, todavía absorto ante aquella mortandad anaranjada por el agónico crisol del ocaso  linealmente sepultado, el graznido capitano de la Madre arrastró, súbitamente, sobre su aterrorizada cabeza, un cortejo de suaves y glotonas gaviotas que mostraban, en sus picos afilados y mortales, los trofeos del despojo humano consumado.
     Sí, tras meses de arduo planeamiento, la matanza había sido claramente exitosa. Su fulmínea implementación y puesta en marcha así lo atestiguaba. La estrategia en cero defecto del Enemigo, derrotada. Enemigo astuto que, durante todo ese tiempo, le había impedido alimentar a sus pichones como legítimamente correspondía a su carácter de coheredera natural de un dominio geográfico que enseñoreaba desde el origen; parte propia y poética del embeleso sereno con que las ondulaciones bravías o calmas del espumoso paisaje marino, atraían al corazón de los hombres en pacífica convivencia ecológica…
     Y que éstos habían quebrantado. Por lo que, a la venganza consumada y a la gloria recogida, sólo correspondería la devolución del reino usurpado por la ambición humana. No habría dudas.
     Entretanto, Alejandro Escobar, exitoso CEO argentino, despertaba en su cabaña administradora sobresaltado y con el terror oscureciendo la juventud de unos ojos azules y brillantes; como quien recibe una descarga eléctrica y logra superar, a duras penas, y por el oportuno obstáculo de un atlético esqueleto, el dudoso equilibrio entre la vida y la muerte…
     Y un raro desasosiego se le instaló, suspicaz, en el alma dolarizada, quebrantando su tardía siesta. De un salto, corrió hasta la ventana abierta por donde asomaba el mar, y dio un respiro al constatar la serenidad del ambiente y la quietud del atardecer herrumbrado por el jubileo del sol y normalizado por sus máquinas de higiene cero defecto… Absorbió profundamente la gratuidad del exquisito oxígeno yodado que flotaba en el aire, mientras observaba a su selecta clientela recoger bolsos, mantas, ropas y bronceadores, al cabo de una cándida y feliz jornada en el balneario, ahora, más importante del mundo. El de las Islas Caimanes, claro.
     Y como a nadie le gusta tener pesadillas en vacaciones, descerrajó una estruendosa y abrupta carcajada que llegó, quizás, hasta los inquietos oídos de un como enjambre de gaviotas arraco. De este verano, precisamente.-

LOS DIAS GRISES (o Parábola de la Melancolía)
A Edith Caliani, in memoriam…
UNO
     La escuela estaba llena de ruidos.
     Los niños habían comenzado a jugar. Y corrían. Torpe, rígidamente, pero corrían. Y gritaban. Y reían, o, al menos, parecían hacerlo.
     Había un montón de niños jugando por allá, en el fondo del patio cubierto de la escuela.
     Una especie de tinglado gigantesco y gris, cortaba el paso de la nieve y el viento. Pero éste, ululando sin desmayo, se filtraba por entre el tosco armazón de metal y agitaba el polvo acumulado de las piedras grises y llanas que arrugaban el piso del patio.
     El día era gris. Muy gris.  Además, ¿qué niño hubiera imaginado a los días no grises? Ninguno.
     Por lo tanto, todo estaba bien. Los días eran grises.
     Los niños eran amigos también de aquel extraño viento cargado de partículas brillantes. Y el viento no los había abandonado nunca. Como la nieve. Tampoco ella los había abandonado nunca.
     Estaban felices. Los días eran grises y el viento y la nieve estaban con ellos
     La escuela era un edificio enorme. Estaba muy deteriorado. Algunas paredes parecían querer desmoronarse y reventar contra el colchón blanco. Morir en la nieve.
     Sin embargo, era sólo un pensamiento. Allí seguirían, estoicas, firmes, como en los mejores tiempos: los de la pintura, el rasqueteo y la modelación…
     Mas, ¡cuidado!: los niños no deben escuchar. Los días siempre habían sido grises, y las paredes de la escuela, de las casas, de los museos, de los teatros, de los cines y de los juegos atléticos, siempre habían sido así: viejos, herrumbrados, tristes y mohosos. Sin colores ni estilos. Rústicos, cuadrados, pedrosos y ruinosos.
     Por lo tanto, todo estaba bien. Los días eran grises
Dos
     Un día, en el patio de la escuela, una de las tantas de aquella desolada ciudad, ocurrió algo.
     Algo común.
     Algo a que los mayores ya estaban acostumbrados. Los niños, en cambio, estaban conociendo el mundo, y, por ende, debían superar día a día nuevas sorpresas.
     Pero aquel hecho en la vida de Fermín era, como todos los grandes sabían: El Hecho. Y había sucedido de pronto. En realidad, como siempre parecía ocurrir.
     Los viejos y los jóvenes recordaban bien sus casos particulares. En todos ellos había acontecido súbitamente, y seguiría sucediendo así.
     Fermín se había apartado, junto a sus tres amigos predilectos, del grupo que ensayaba rondas en el centro del patio de juegos. Estaba enfrascado –con la atención propia de un niño- en la admiración y entendimiento de un extraño elemento que su padre fabricara con hilo y trozos de cuero. Éste le había asegurado que el tal objeto era un simple balón, y que no podría agregar nada más. Sólo les había mostrado su ritmo de rebotes al estrellar aquel rostro recortado contra la superficie despejada del salón de la casa.
     El balón estaba allí. Ahora ellos debían inventar con él un juego.
     Parecía fácil y divertido.
     Desinflado y oculto entre los útiles, Fermín lo había traído a la escuela.
     Y el momento del recreo llegó. Los preceptores se alejaron.
     Podrían, pues, jugar con el extraño invento.
     Fermín dio una idea a sus amigos. Los cuatro se colocarían separados a distancia prudencial y empujarían el objeto con el pie, el uno al otro, el otro al uno, y así sucesivamente… Hernán, en cambio, habría preferido arrojarlo con los brazos. Aquello de hacerlo con los pies no era cosa fácil, pero –por eso mismo- Fermín había insistido en hacerlo con ellos porque el riesgo de una caída aumentaba, a su entender, el interés del juego.
     Aceptadas las reglas, comenzaron.
     Transcurridos los primeros minutos, y formando un cuadrado imperfecto, el balón recorrió con mal trato las extremidades de unos y otros.
     Pero los niños reían. Aquello era sumamente divertido. El resto no entendía aquella jarana especial, por lo que cada grupo continuó en lo suyo.
     Todo era perfecto. El viento, la nieve y ahora aquel fascinante globo marrón.
     Todo estaba bien. Sólo los adultos estaban tristes. Y sollozaban. Siempre en secreto. Nunca delante de los niños…
     Faltaban algunos segundos aún para concluir el recreo. Los niños seguían jugando. Hacían rondas y parecían cantar con esos sonidos uniformes y acompasados que brotaban de sus boquitas toscas, duras y torpes.
     En aquella esquina del patio, cuatro inventores se deleitaban golpeando cada vez al indefenso objeto.
     De súbito, un niño quedó inmóvil. Demasiado inmóvil para ser una broma.
     Era Fermín.
     Los compañeros se acercaron a verle. Lo tocaron. Estaba rígido. Entonces, los tres corrieron asustados. Los demás niños seguían con sus rondas y cantando.
     Luego, todos se volvieron. Pusieron sus ojos luminosos y eléctricos en aquella humanidad inmóvil.
     Los preceptores se acercaron a Fermín. También los niños.
     Los preceptores ordenaron a los niños volver a las aulas. Después, uno de ellos regresó a Preceptoría. Descolgó un misterioso tubo y efectuó un llamado a unos seres invisibles. Les dijo que vinieran rápido, que era una emergencia. Que en un niño había sucedido lo común…
     Luego de colgar el tubo en una saliente del aparato parlante, pensó en volver al patio de la escuela, pero no lo hizo. Volvió a levantarlo y discó unos números. Le dijo a otro ser invisible que su hijo estaba enfermo, que no era nada malo, pero que sería llevado al Centro Médico más próximo. Le rogó se llegara hasta la escuela. El ser invisible contestó con un sí grave y el preceptor regresó.
     Allí estaba Fermín.
     Quieto.
     Con los ojos apagados…
Tres
     El vehículo rugió velozmente. Unas manos toscas, duras y torpes como todas, lo conducían.
     La ciudad estaba muy sola. De vez en cuando algún ser tosco, duro y torpe deambulaba por el viento y la nieve en los eternos días grises de las calles y caminos de la Tierra.
     El vehículo eligió la recta despejada. Lo hizo, no por necesitarlo demasiado sino como precaución. El colchón silencioso de aire asentaba suavemente su pesada carrocería. Pero podría descomponerse. Entonces, las ruedas andarían mejor por el rumbo desierto de nieve. Además, de ese modo podían recordar los días verdes y azules. Los jóvenes y viejos sabían muy bien de ellos. Los niños no. Y Fermín pronto se daría cuenta que, los días, podían ser distintos.
     El coche se detuvo. Algunos hombres toscos, duros y torpes llevaron a Fermín dentro del edificio. Los padres de Fermín estaban a su lado cuando penetraron en el ruinoso local. Afuera, en horrible diseño, se leía: CENTRO MEDICO NORTE.
     Unas extrañas máquinas se movían matemáticamente en todos sus complejos circuitos. Algunas producían pequeños elementos: roscas, bulones, listones de acero, etc. Otras tomaban algunos aparatos ya armados y los ensamblaban rítmicamente para producir aparatos más complejos. Era un gigantesco taller aquello.
     Algunos hombres manipulaban con ademanes de marionetas un sinnúmero de controles y las máquinas continuaban su marcha. Un día se detendrían. En poco tiempo, tal vez. Después quedarían sin aceite y sin vida, herrumbrándose con el silencio de los siglos. Pero mientras ese día no llegare, los hombres toscos, duros y torpes tratarían de hacerlas funcionar alegremente, cuidándolas como nunca habían sabido cuidar de ellos mismos.
     En otro lado, no tan distinto del anterior, en un sitio bien iluminado y espacioso, estaban las camas. Alrededor de ellas, algunos hombres daban vueltas, hacían gestos, sostenían en sus manos pequeños y grandes artefactos, mientras hablaban un idioma difícil de entender.
     En las camas podían verse tanto a jóvenes como a viejos. Mas cuando llegaba un niño, aquello era un silencioso revuelo; y, a pesar de que muchos hombres y mujeres toscos, duros y torpes rodeaban su lecho, todo se hacía sin ruidos y de modo sincronizado. Los ruidos estaban en el otro lado del edificio.
Cuarto
     Cuando Fermín se levantó a otro día, sintió en su alma desconcierto. El espejo de su habitación lo mostraba diferente.
     Pero afuera, el viento y la nieve seguían acompañándolo. Por lo tanto, todo parecía estar bien.
     No obstante, tenía razón en extrañarse. Él había cambiado. De ello no cabían dudas. Estaba más alto. No sabía por qué, pero estaba más alto. Sentía además que su cerebro funcionaba con mayor libertad. Podía intentar razonar sobre ciertos límites que antes le habían impedido entender muchas cosas.
     Había cambiado.
     Incluso, sintió mayor flexibilidad en sus movimientos.
     Tanteó su cuerpo. Sintió la misma sensación de siempre. Estaba tosco, duro y torpe, aunque no tanto como antes, por lo que sólo debía preguntar lo ocurrido.
     Apenas recordaba aquel juego en el patio de la escuela.
     Se sentó en la cama e intentó recordar. Sólo vinieron a su memoria aquellas rústicas acciones, aquel empujar de un lado a otro, de un pie a otro, el redondo y cómico regalo a quién su padre llamara balón.
     Y Papá Maniel le explicaría. Debía hacerlo. Nadie mejor que los padres para explicar con tacto algunas cosas importantes en la vida de sus hijos…
     Fermín salió a caminar aquella mañana por la ciudad. Se dirigió hacia el lugar donde, antiguamente y según sabía ahora, los barcos atracaban para llevar, a otros países, alimentos y artículos que, por sí mismos, no podían producir.
     Luego, con la guerra, todo había quedado así: en ruinas. Todo había quedado desmoronado. Las ciudades y los hombres.
     Todo.
     El viento y la nieve seguían a su lado.
     Les sonrió por dentro.
     Sus labios no servían para sonreír, pero su cerebro sí.
     Entonces, volvió a sonreír.
     La ciudad seguía estando sola. Poco a poco iba muriéndose. Como los hombres…
     Fermín dejó de sonreír. Había llegado al viejo muelle.
     Allí los días eran más grises.
     Recordó lo que sus padres dijeran sobre ellos. Pensó que antes los había amado con seguridad. Ahora todo cambiaba. Sabía que los días podían ser verdes y azules…
     Creyó temblar. ¿Habría de odiar a sus fieles compañeros de aquí en más?
     Los días verdes…
     ¿Cómo sería aquello?
     Los días azules…
     ¿Y si hubieran mentido?
     Una luz de esperanza hizo más luminosos y brillantes los nuevos ojos eléctricos.
     Se acomodó como pudo sobre el madero húmedo y marrón del muelle. Las aguas se movían. Las olas grises salpicaban su mirada. Fermín sintió que ellas deseaban juguetear con él.
     Volvió a sonreír. Pero sólo un instante.
     Se tocó con una mano, la mano. Era tosca, dura y torpe. Y negra. “Qué raro –dijo-, nunca habría reparado en ello de no ser por… Uno debiera preguntarse por qué Dios no…”.
     Se tocó las dos piernas. También se palpó su tronco. Todo era tosco, duro y torpe. “… ¿el hombre de carne? ¿Y huesos?…”. Así le habían dicho. Lo cierto era que él nunca podría dejar de ser feliz. No podía concebir con facilidad algo tan disímil a aquello tosco, duro y torpe que le daba protección.
     Ahora era un joven. Algunos jóvenes estaban tristes. Pero él no entendía aún por qué
     Pasó un largo rato mirando el mar.
     Después se levantó y se fue. Retornaba al hogar.
     Definitivamente, no entendía a sus semejantes…
Cinco
     Habría transcurrido un mes desde que a Fermín lo alcanzara aquel acontecimiento común en la vida de los hombres, cuando esa tarde regresó turbado a su casa.
     No saludó a nadie.
     Su padre se miró con su segunda esposa sin decir palabra.
     Fermín se encerró en el mohoso cuarto, antes hermoso y acogedor; ahora, frío y siniestro.
     Y lloró amargamente.
     Sin embargo, odió a esas lágrimas. Ni siquiera ellas eran reales. Así le había dicho Lina.
     Se golpeó con una mano la otra. También se golpeó el tronco y las piernas. No sintió nada.
     Entonces, volvió a llorar amargamente.
     Y las volvió a odiar. Odió a ese llanto porque no era más que un ridículo espejo que intentaba venderle una humanidad que ya no existía en él.
     Que no existía en ningún hombre…
     Sus padres sabían lo de Lina. Fermín se había enamorado. Pero ellos no podrían…
     Y todo desaparecería.
     Los hombres morirían un día gris, en una ciudad gris, con un viento gris y una nieve gris.
     Por eso, Fermín, seguía sollozando…
     De pronto, aquella corriente ácida dejó de circular por su joven, tosca, dura y torpe cara. Había agotado sus reservas.
     Su  cerebro había quedado solo. Solo para comprender que era lo único humano que, desde hacía una década atrás, quedaba en la figura de los despojados hombres. Solo para comprender que todo ese cuerpo, y, con él, sus manos y piernas, eran un complejo sistema eléctrico, renovable de tanto en tanto, para adaptarlo a su desarrollo, activarlo y protegerlo contra la radiación mortal del viento y la nieve de aquellos atómicos días grises… Solo para comprender que, los autómatas, no pueden amar ni tener hijos; y, por ende, comunicar la vida para multiplicar su raza como las estrellas del cielo…
     No pueden hacerlo, porque el tiempo se ahogó en la escarcha de esos días grises.
     De los últimos días, Fermin

CEMENTERIOS DEL ESPACIO (o Parábola de la Muerte)
A H.P. Lovecraft
Ha sido un buen negocio, sin duda. Aunque ya no exista.
Nunca más.
COCHERIA DEL ESPACIO «VIA NEGRA» S. A.
¿Risueño?; tal vez. ¿Imposible?; quizás.
Es que haber presidido un Cementerio Espacial tuvo su parte cómica. O de ácido humor (entre los accionistas). También de imposibilidad (una cuestión de intereses). Pero no hay negocio que triunfe sin una pizca de ingenio, riesgo y voluntad.
Y buena publicidad.
Su muerto, mejor conservado. Muertos saludables y selectos (no cualquiera tiene un mausoleo en las nubes). Sin corrupción de la carne a causa del vacío y su misteriosa bondad. Servicios complementarios. COCHERIA DEL ESPACIO «VIA NEGRA» S. A., con dos salidas al mes; previo tratamiento de conservación. Flores gratis. Y un paseo para usted. Con una inmejorable excusa para viajar a las estrellas; no olvide que todo lo demás, es obra y gracia del PODER ARMADO. O hace turismo macabro, o no conocerá la emoción del espacio. Y hasta, quién sabe, algún día, ¡la fórmula!; y entonces (alquilaremos arcángeles), con sonido de trompetas, el hombre resucitará. El cáncer y el sida tendrán su fin. Pasarán algunos años, pero el hombre lo logrará. Y, si sobreviene a la GUERRA… entonces habrá tiempo. Todo el que quiera. No desespere. Sólo ahorre su dinero para volar hasta aquí. Tendrá, de por muerte, la más segura protección… Porque el hombre encontrará el camino, y, antes que el Universo se desintegre, lo logrará. Verá.
Ahora no hay necesidad de flores.
Inclusive, las visitas permitidas al comienzo del negocio floreciente, han terminado.
Es como si los Tiempos Finales hubieran llegado.  También para «ellos», que están ahí, y se han adelantado como tantos otros a la frontera de lo desconocido.
Nadie rezará oraciones (aunque la Gran Cruz brille, insólita, entre las lunas de aquella inmensidad desolada). Es que, o la gente se ha olvidado de sus muertos, o ya no puebla la TIERRA para recordarlos. Y uno se pregunta, pues, si habrá vivos allá abajo todavía…
Sí, han transcurrido muchos años desde las majestuosas peregrinaciones programadas al abismo, llevando los cuerpos en cohetes mortuorios y hacia el frío celestial.
Ahora no hay necesidad de flores.
Ahora «ellos» flotan, en sereno tiovivo, confundidos con la eternidad del espacio transformado en tiempo insomne… Ordenados y brillantes, en cajas metálicas del mejor acero.
De vez en cuando, claro, revisar los sellos. Evitar que algún cofre se abra, y la monotonía sepulcral de los cadáveres viajeros, se rompa…
Hasta que algo, al fin, suceda.
Es un viento extraño. Un viento como los del abuelo Bradbury, escapado de su Carnaval de la Muerte, lejos, en el PAIS DE OCTUBRE que alguna vez existiera, como tantas cosas que su memoria ha empezado a olvidar.
Más que sentirlo, lo presiente.
Un viento fugado de algún agujero fantástico, como ráfagas de palabras sensoriales escapadas de aquel bello libro de terrores y ternuras.
Por cierto que la situación de la Nave  se ha complicado después de las últimas noticias recibidas. El equilibrio de la GUERRA se encuentra a punto de quebrarse y la seguridad del planeta, de sus sobrevivientes, críticamente amenazada. Sólo su especial condición de espacio santo ha evitado que alguno de los misiles dirigidos contra las Bases Lunares, lo destruyera. Destruyera la vida de la muerte, en asfixiante ironía.
Y en cualquier instante pueden cortarse las comunicaciones o recibirse la expresiva imagen del APOCALIPSIS, abriéndose como una flor mortal y radiactiva en el Universo…
Y ahora este viento secreto desgarrando el vacío que contiene a la Estación Orbital.
De pronto, un susurro. O un presentimiento.
Por lo demás, la linterna del abuelo, es el ABUELO COMANDANTE.
Chasqueando brillos entre los ataúdes de acero y hielo, gira leve y lentamente, de izquierda a derecha por la colmena de muertos que persisten en su inútil espera.
No obstante, el invisible viento continúa alertando el alma, mientras la linterna danza su danza de las estrellas, y el ABUELO COMANDANTE arriba a la escotilla creyendo que sus muertos, a pesar de la hecatombe en la TIERRA, siguen en paz, soñando su eternidad de sueños acerca de la definitiva libertad.
Hasta se le ocurre pensar que ellos y «ellos», no son más que una misma cosa.
Muertos que velan a sus muertos. Porque el viento no cesa, y el susurro, o el presentimiento, se ahonda…
Recuerda hace diez años, más o menos. Cuando el miedo al espacio superaba sus ansias de aventura.
Abuelo, tengo miedo, decía. He soñado algo muy feo.
¿A ver?, ¿cómo es eso? Cuéntame, hijo; respondía.
Abuelo, un hombre, un hombre de negro subido a la azotea de la casa vieja, arrancaba con su brazo de elástico, alargado, una por una a todas las estrellas. Y el payaso del cielo lloraba porque su traje de fiestas quedaba sin lentejuelas… Tengo miedo, abuelo.
Pero no existe ese hombre, hijo. Se trata de un mal sueño. Nada más. Porque aquí, vos sos el dueño de las estrellas. Y nadie podrá arrancártelas. Nadie en el mundo podría hacerlo… Al contrario; ellos se sienten seguros ya que, nosotros, desde las nubes, cuidamos sus sueños y el sueño de sus muertos. Y no debés tener miedo, porque algún día tendrás una gran responsabilidad: encerrarme en uno de esos cofres que giran, y cuidar también mi espera. Heredarás así la esperanza de la Humanidad…
Y eso, abuelo, ¿cuándo sucederá?
El viento ha llegado.
El abuelo duerme, y él, no logra conciliar el sueño.
Excepto por algunos guardias que controlan sistemas de rutina, no hay movimiento aparente en el cementerio espacial. Es noche en la mente de los hombres que pueblan este hogar ficticio y planeado artificialmente hasta el último detalle.
Se levanta. Mira hacia las tumbas negras con su enorme crucifijo de luz de faro centelleando el puerto oscuro. Entonces, el viento toca las tumbas y las tumbas se abren, y «ellos» salen, desesperándose, en busca de la luz mayor.
El estupor lo paraliza. Puede tratarse, aún, de una pesadilla. Como cuando era niño.
Pero «ellos» se dirigen hacia allí. De a millares. En busca de la Nave. O del ABUELO COMANDANTE. Está seguro. Vienen a preguntarle por su planeta, por sus familias y casas, por sus trabajos y huertas. Por sus vidas e ideales. A pedir que les devuelvan sus mundos de polvo y locura nuclear…
Y no será posible.
Por lo demás, el casco de la Nave no resistirá a sus golpes sobrehumanos, todos morirán. Morirán sin tumbas espaciales, y, unidos a «ellos», clamarán por lejanas auroras y se dispersarán, como ciegos jinetes, entre los pliegues brillantes del payaso del cielo.
Como los únicos y verdaderos muertos del Universo.
“Escribir implica… una propuesta y una proyección (…) en un devenir que se contradice a cada paso en sus polarizaciones vida-muerte, dolor-gozo, aceptación-renuncia, piedad-crueldad… y todos los rincones intermedios por donde se mezcla y se cuela la oposición arquetípica: NATURALEZA/CULTURA. (Frente a ella, nace para el escritor) una responsabilidad sagrada ante el fenómeno de la inspiración o del llamado, con su “cosmogonía” a flor de piel o a flor de mente, para amanecer en una saga, en un largo poema épico o en un cuento fantástico. Con su ritual específico, la búsqueda que desespera de un sueño, de una nostalgia que se extiende a los pies de un horizonte esférico que nos muestra Dios que ríe cariñosamente, soltando un enigma para que también nosotros juguemos con Él (…)”
MARTÍN ALVARENGA (Escritor correntino, 1940

SUR (Mundo-Espacio) – OMEGA (Cosmos-Tiempo):
O siete historias que aluden, a modo de parábolas y en el espacio tiempo del Big Bang (Génesis), al destino trascendente  del Hombre bajo el signo de la Esperanza….
  • MALDITOS BICHOS (o Parábola de la Evolución)
  • HERMANO DE LAS ESTRELLAS (o Parábola del Enviado)
  • EL JARDIN DE LA EXPIACION (o Parábola del Purgatorio)
  • DETRÁS DE LAS TINIEBLAS (o Parábola de la Parusía)
  • ANNO DEI (o Parábola del Apocalipsis)
  • LA SALIDA (EN LA PRIMAVERA DE LAS TUMBAS) (o Parábola del Infierno)
  • EL DIA ETERNIDAD (o Parábola del Cielo)
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MALDITOS BICHOS
                                                                              A Robert J. Sawyer, pensando en “El cálculo de Dios”.
En especial, al NuevoMundo donde brotan, bajo Palabra, la Imaginación y el Pensamiento de los sueños, en libertad expresiva.
Y a su Colono inaugural, Daniel Mario Arturo Croci, in memoriam;
y a Santiago Oviedo, su actual Restaurador…
   ¿Importa decir que era de noche? Sí, importa. ¿Importa decir que era de noche para hablar de las estrellas que velaban al Universo todo, tras un manto de neblina otoñal en el hemisferio sur del planeta? ¿Importa decir que era de noche para insinuar que, detrás de la floresta, una multiplicidad de organismos vibraban en sus pulmones y corazones a modo de flores, de pájaros o de batracios navegantes en el barro de un lago artificial?
Quizá. Pero más importa decir que ellos aún no poseían el secreto para dominar la luz débil del sol, mareada por una nube de smog y de aceites malolientes… Y sólo la noche podía cobijarlos (por ahora).
   Poco faltaba para que aprendieran a dominar aquel aspecto de…
   Les había estado observando desde el único hueco sórdido u orificio microscópico que había podido descubrir entre los muros acerados de aquella cueva o huevo gigante (¿mansión?), propia de aquellos bichos tan herejes como descomunales. Esa extraña facultad para amplificar imágenes que había heredado de sus padres, lo había posibilitado. Y les había visto cenar alegres y voraces, y gesticular en forma de lo que ellos llamaban risas o carcajadas con el Programa Mundos Imposibles del canal de vídeo más visto en su nación imperial, escondidos en aquella cerrada caparazón viviente a la que llamaban zona residencial.
Ella había servido esa noche una exquisita paella a la valenciana (sólo repetía lo que le había escuchado decir), y un vino (¿sangre?) de u$s 500,00 en botella de litro, consumido pero de a tres o cuatro… Ergo, el diagnóstico de borrachera (así había aprendido a calificar al estado desvaído y descontrolado que los caracterizaba, propio del final feliz de cualquier encuentro entre sus parejas en celo) era infalible, y la manera en que se picoteaban (¿besuqueaban?) tumbados en un bellísimo descanso (¿sofá?) azul eléctrico bordado de centellas doradas y platinadas (¿seda?), permitía inferir con total certeza el destino inmediato de aquellos cuerpos horribles, pálidos y angulosamente tentaculares.
   El sereno (¿dormitorio?), el lecho (¿cama?), las plumas (¿ropas?) en el suelo, el acople (¿abrazo?), el chillido (¿jadeo?), el apareo (¿coito?) y, luego, el relajado descanso en una inconciencia casi perfecta como para…
   … Ahora yacían dormidos con la placidez marcada en sus rostros jóvenes y satisfechos. Malditos bichos. Pensó que era el momento exacto para penetrar en el cubículo y atacarlos. Sí, malditos bichos… Y puso el máximo de concentración en su mente, y afinó tan microscópicamente su materia física, hasta volverla semejante al diámetro infinitesimal (dichoso agujero) que descubriera en el dintel de la puerta principal de su almeja gigante, robustecida con una especie de metal (¿acero?) adornado o recubierto en labrada madera salvaje, particular corteza de los robles y pinares que enjoyaban a aquellos parajes maravillosos, y que Dios (¿Señor? ¿Lord? ¿Ngóbo? ¿Sboré? ¿Pava?, ¿Nana? ¿Chube? ¿Ankoré? ¿Ñandeyara? ¿Yilató? ¿Kajá?), de seguro había fabricado para muchos pero sólo –por ahora, se dijo- aprovechado por esos malditos algunos pocos..
   Malditos bichos. Una expresión que no dejaba de golpear su cerebro de abeja, atenazando sus manos como las de un insecto voraz y sanguinario. Pero él decía que luchaba sin odio; sólo por amor a su relegada especie llamada desde una cruz subterránea a salvar al mundo de…
   Una muestra de su precioso torrente líquido (¿sangre?) bastaría para alcanzar los niveles científicos deseados que los suyos necesitaban, después de años de incursiones cruentas entre sus vocingleras poblaciones sedentarias, para interpretar correctamente el código ADN tan especial que los distinguía como raza. Única sustancia con propiedades de autorreplicación, almacenamiento informativo y concisión, y con una capacidad de comprensión que estiraba a la increíble cifra de un metro el largo de cada molécula. Única ingeniería genética divina de la que podía manar vida inteligente, pero en la que -a diferencia de la de ellos, que respondía hasta el número de seis- sólo habían logrado descifrar en sus enemigos ancestrales hasta cuatro bases bioquímicas: las adenina, timina, guanina y citosina; todo, en una compleja composición de carbono, hidrógeno, nitrógeno y oxígeno, y que desde hacía millones de años los había predestinado, casi inexorablemente (“malditos bichos tramposos” –repitió o ¿murmuró?, “y descuidados” -o ¿masculló?- “con mamá Natura”) como raza dominante del preciado planeta azul….
   …. En un universo de catorce mil millones de años, ese planeta de cuatro mil quinientos de circunvalaciones solares había tenido que soportar la experiencia de cinco (¿o seis?) extensiones masivas de vida y, tras unos sesenta y cinco millones, comenzar el tiempo de incubación de los que serían nuestras formas de inteligencia vertebrada e invertebrada. Había tenido que esperar… Esperar hasta que, después de esa quinta (¿o sexta?) extinción de vida que había sobrevenido en la faz evolutiva de las especies, los mamíferos comenzaran su camino hacia la inteligencia y libertad de acción: según ellos, primeras imágenes y semejanza con el Dios creador (entonces, ¿fue cierto que a la séptima descansó, y …?)
   Herejes. Soberbios. Sí, desde hace unos dos millones de años atrás cuando se pusieran de pie y levantaran aún más la desidia en sus corazones de carne y hueso, siempre los habían estado mirando y juzgando como a mendigos y no como a príncipes del polvo terrenal; los habían tratados como a bichos de  cuarta clase y atacados en los últimos milenios con sus armas químicas, devastándoles incontables generaciones de nidos y congéneres: pero ellos -¡maldita sea!- también habían recibido la mirada de Dios. Sólo que se habían dedicado a tratar de vivir en paz, ocupando su territorio pero sin dañar el planeta…  Todo en vano. Allí estaban, todavía. ¿Homo sapiens o bárbaros desquiciados en su afán de dominio y poder? Por eso, ¿importa que sea de noche? Claro que importa
    Ellos, para quienes el fin siempre había justificado los medios, habían transformado al globo viviente en una suerte de esquema estrafalario y desbaratado, pletórico de inútiles desiertos, achicando sus continentes por las imparables aguas de los deshielos que habían anegado la buena tierra, tras la casi destrucción del 30% de la capa de ozono que protegía la atmósfera. Y se habían encerrado en aquella cuevas que pensaron inexpugnables (¡pobres!; ¡eso es lo que creyeron!), y que, poco a poco, centuria a centuria, fuimos perforando hasta herir sus cuerpos fláccidos para robarles los fluidos y estudiar su química, y así lograr, ¡al fin!, revertir su poder de especie dominante… El Consejo de  Floripones y Abejorros picudos los había sentenciado… Porque una vez desenrollado el metro de su molécula de ADN, ya no habría secreto que ocultar y serían fatalmente invulnerables a nuestras armas… Claro que sí.
   Y, zumbando, hecha su tarea, el bicho abandonó la estancia de aquellos somnolientos y malditos otros bichos, sin alcanzar a escuchar la queja del macho que  rumiaba (¿gemía?), quebrado en súbito desvelo (¿sentado?) en su lecho de placer… Y protestaba (¿aullaba?):
   — Maldito enano protoatómico. Bicho asqueroso. ¡Me picó! ¡Susana! ¡Despertá! ¡No sé por dónde entró ese desgraciado picudo volador! ¡Pero me picó! ¡Me picó! ¿Te das cuenta de lo que puede sucederme ahora? ¡Maldito arquitecto, hijo de perra! ¡Me aseguró que sería impenetrable! Y… ¡olvidamos encender también, como reaseguro, el maldito aparato extinguidor! ¿Y ahora…? Maldita sea.
   — (…).
   ¿Importa decir que era de noche? Ya no.
    imparable invasión alienígena como una turbulenta marea de termitas ciegas, surgió en un millón de brotes por cada metro cuadrado de tierra negra disponible y mineralizada, calló el susurrar de la floresta, apagó por completo las estrellas y  también al mismo sol, en un día y una hora inolvidable en que los bichos trepanaron con sus picos y zumbidos, no sólo las murallas de los otros malditos bichos mamíferos bípedos y soberbios, sino sus huecos corazones, dejándolos aun sin el más mínimo hálito de vida
   “Así habla el Señor: no se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa, para dar de beber a mi Pueblo elegido, el Pueblo que yo me formé para que pregonara mi alabanza (…)” (Is. 43, 18-19).
   Y Dios nos creó a su imagen y semejanza. A su imagen y semejanza, Dios nos creó. Y, como estaba escrito, Él nos bendijo: “Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a las criaturas del mar y del cielo y a todos los vivientes que se muevan en la tierra” (G. 1, 28.)
   Entonces el escriba –un poco excedido de peso-, agitó sus alas, ocultó sus glándulas mamarias y hermafroditas, cerró el libro de la Eterna Alianza, y se sentó. Fue como una señal para que, el sacerdote oficiante, sobrevolara –una y otra vez- su olímpica figura de abejorro vertebrado, e incesara el círculo perfecto del altar sacrificial, mientras el pueblo inclinaba sus picos y antenas cervicales, y elevaba –al unísono-, una monocorde oración: “Padre nuestro que estás en los cielos…”.
   Mientras tanto, Alguien preguntó a Otro, por enésima vez: “¿Importa decir que era de noche?”
   Ya no, contestó Otro.
   Y la luz existió.-
HERMANO DE LAS ESTRELLAS (o Parábola del Enviado)
Al Poeta de Nazareth
     Han pasado muchos años desde aquel momento. Dudo, inclusive, lo ocurrido con nosotros. En cierto modo hemos cambiado. Tenemos que haber cambiado. Los seres que forman esta Congregación Orbital están sujetos a leyes naturales de adecuación al medio, y yo, a pesar del cansancio y de la decepción, todavía me siento uno de ellos. Por esosi bien comienzo a dudar, es posible que todo no deje de ser algo fugaz y dominable..
     No he salido aún fuera de la Estación. Observo a la Tierra con esa regularidad inconsciente que me acerca hasta sus continentes deformados por los gases. Me empeño en teñir de azul sus mares definitivamente lilas, pero no lo logro. Ni siquiera aparece, como otrora, aquella alba capelina de nubes entibiándola sobre la espuma del mar. No obstante, la especial fosforescencia de los grumos radiactivos que consumen su atmósfera, dan a su figura una belleza sin igual…
     Sí, creo que hubo razones para desear el espacio, mas no sé cuántas – aunque trate de impedirlo – las hay ahora para añorar la Tierra.
     Hoy, después de todo, he vuelto a pensar en la partida.
     «Tomás, un día, los dos, vamos a ir a esa estrella», debió decir mi padre (con su técnico amor propio de ingeniero industrial) aquella noche de verano, señalándola. Yo era muy chico entonces, pero recuerdo que, en mi pueblo, bajo la luna virgen todavía, los grillos cantaban, unos niños grandes jugaban entre árboles de eucaliptus, unos viejos buenos olían perfumes dulces de clavelinas sentados en sillas de mimbre y madera, una música alegre tejía los oídos de la gente, y mamá servía a papá un vaso al tope de vino helado, colgado yo de sus hombros, tratando de atrapar la estela del cohete que había partido hacia el lucero, mientras mi hermano mayor arañaba el amor y mi hermano menor gateaba por el jardín…
     Pero pasó. Todo eso pasó. Como un relámpago de la vida – tormenta imaginaria -, pasó. Como pasó lo demás… (También a los diez años se puede morir).
     Sigo en busca de mi padre ahora. A pesar de mucho. De la propia guerra. En circunstancia inefable y nada poética, como escapándole a la doble muerte (madero de un incendio que se apaga). Junto a dos sueños colonos. Uno de hombre. Otro de niño. Fusionados, si bien, nada confusos. Con el alma encerrada en este único instrumento que la atesora y la proyecta hacia la eternidad…
     He saltado muy alto y atrapado la estela del cohete. Y estoy, más allá del odio que consume a mi planeta, en el mágico perfil que hiende la inmensidad y me arroja, después del anillo protector de lo imposible, al Nuevo Hogar.
     «Paz«, se llama mi cohete. (Y tuvo fuerzas y estabilidad, y brilló aún en las noches en que la luna fu esquiva). Su orgullosa estirpe no fue sino el nervioso reflejo de la ansiedad humana revelada, agrupada, cuantificada y resuelta en una endriaga estructura de metal; con cabeza de astronautas, cuerpo de semidios – presto a conversión – y extremidades de fuego – purificador -… Y yo amo a ese cohete, a su despegue atronador: promesa de lo nuevo, anhelante invitación que me acercaba a los sueños y a su mismo Hacedor. Sin duda, no había sido hecho yo del polvo de un mundo vano, sino del sibilante crepitar de las estrellas…
     Ellas enterrarían mis huesos
Primer Silencio
     Todavía sigo dentro de la Estación. Desde aquel día en que las comunicaciones cesaron,  estoy orbitando con el resto de los Doce; y es la primera vez que vuelvo a mirar atrás. Los cohetes que nos apoyaban dejaron de hacerlo y, por alguna razón, hemos abandonado la sensación ventral que nos hacía esclavos de los alimentos. Hace bastante tiempo también que no necesitamos dormir. Nuestro contacto con la Tierra se reduce a sonorizar al enjambre de ruidos inalámbricos que ruge de nuestros aparatos, y que no porta mensaje alguno.
     Ya no encontramos descabellada la intención de rechazar el retorno. Y aunque hubieran ayudado para esto mis esforzadas insistencias, somos retenidos al margen de la singular catástrofe vislumbrada a lo lejos. Y nuestras mentes no nos imponen la obligación de allegarnos al planeta para saber lo ocurrido. Es como si aquél fuera una proyección de lo Pasado, y toda nuestra realidad se hubiera transferido a otra Dimensión. Sin embargo, es tan nítida y persistente su imagen, que ha llegado a conmoverme hasta despertar en mí nostalgias  del ayer…
     Por lo demás, sigo confiado en la fugacidad de lo que acontece.
     Algo ocurre entonces: me escucho sollozar. Mi corazón es una llaga pálida que ha perdido control y rechina, imparable, dentro de mis ojos. Pero miro alrededor y suspiro al encontrarme, felizmente, solo. Porque ella está allí. Hermosa. Con su alba capelina de nubes y sus aguas grises y calizas, y sus tierras rojas, verdes y marrones. Como una Penélope desnuda, teje mi regreso con zarco recelo y ardorosa prestancia de mujer… Y pienso en lo propio como inútil. En esta soledad infinita que ha terminado, al fin, por traicionar mis anhelos debilitando mi esperanza. Y algo ocurre porque veo a este aletargado subsistir como el canje infantil de todo un mundo, pleno, por la arrogante y diminuta bola de metal que vuela en torno a él.
     Trato de reaccionar. La imagen se borra y aparecen nuevamente los grumos radiactivos. Pero en seguida vuelve. Mis padres continúan en la lejana estrella, esperándome. Dios late dentro de mi cerebro, pero no encuentro la llave de la puerta que lo hará manifestarse por fin. Y todo es demasiado perfecto aquí como para demostrar, tan siquiera, solidaridad. Todo ha sido demasiado calculado como para pretender salir en auxilio de alguien. Temo ser la primera víctima, o haberme vuelto loco; y eso me aterra también…
     Ahora siento que me ahogo. Es como descubrirse encerrado en uno sin poder ver, ni oír, ni oler, ni hablar, ni tocar…
     Intento rehacerme y reconozco que no falta alguien en el Grupo que nos hable de Él y nos aliente. Ya me he persuadido de que, pronto, se revelará el trasfondo de la Misión.
     Entretanto, es como si no estuviera vivo. Y creo hasta haberlo Encarcelado.
     ¿Nada ha pasado aquí durante estos años? Ellos siguen lejos, como lejos emerge ese globo verdiazul que se hamaca allá abajo. Sí, no están ellos ni los sueños que, desde aquella jornada de roja estridencia fabril, continúan asomándoseme mientras reposo. Tampoco mis marcianos. Ni mis fantasmas. Ni mis otros mundos, hombres y dimensiones en los que admirar nuevos valores…
     Entonces, ¿qué hago aquí? ¿Dónde estoy? Tardo en contestarme pero la respuesta me persigue y me confunde todavía más: «Esperas. En el inacabable circuito parabólico de un tiovivo espacial, esperas…»
     Y grito.
     Es una verdad a medias…
     Intento controlarme otra vez. Sé que deliro y no alcanzo a relacionar mis ideas… El ahogo me sofoca.
     ¡Voy a salir! (¡Es que la fábrica de papá está en llamas!
Segundo Silencio
     …Estoy mejor. Aquí afuera estoy mejor… Sigo solo y agradezco. Agradezco al Comandante el haberme permitido salir y mezclarme con este rocío helado… Lo escudriño. Trato de analizarlo, porque parece muerto. Pero no es así: huele, medita, hace planes y compone estrellas y cometas para que los humanos terminemos poniéndoles el nombre que nos dicte la suma de nuestras vanidades más respetables. Diría que hasta sonríe en ese irónico halo que chasquea sobre las barras del radar..
     Tengo la vista fija en el lugar opuesto a la Tierra. Eso evita que escuche su canto de sirena lacerada.
     El brazo acolchado que me une a la Estación flota como todo mi cuerpo y es como una lánguida serpiente proveyéndome oxígeno, mientras danza tenuemente sobre la superficie apagada de la nave. Por delante se explaya la más siniestra oscuridad, y los reflejos del sol que brilla a mis espaldas estallan en cada uno de los parantes y desniveles metálicos con brío. Eso contribuye a enceguecerme y a variar de posición. Alternativamente observo al globo verdiazul, y la angustia del ayer parece devolverme mi renegada humanidad. Trato de respirar hondo, como lo hacía antes, cuando la brisa de aromas dulces prendía primaveras a mis sentidos…
     Me decepciono.
     Sólo encuentro en este venerable hueco el sonido agitado de mis pulmones al atraer, voraz, el aire artificial de la serpiente.
     ¡Dios! De nuevo la duda, la terrible duda acusándome de haber enajenado mi naturaleza por un manojo de ilusiones almacenadas en la caparazón lógica de un computador.
     (Y las blancas sirenas de las blancas ambulancias -que huyen de las rojas llamaradas-, se apagan en el espacio)
Tercer Silencio
     Me he cansado de flotar. Estoy como sentado, enlazado por estas cuatro barras exteriores.
     Un acto instintivo me lleva la mano derecha al corazón. Deseo averiguar si está allí todavía: si late -como fuente de mi originaria sensibilidad- fabricando ambiciones, sin cansancio, en desmedro de una actitud simplemente cerebral.
     Entonces, el ahogo aumenta. No parte sólo de mi ansiedad: es una causa física. ¿Qué pasa? ¡Virgen! La serpiente me abandona..
Ultimo Silencio
     … Ya no estoy afuera. Debo haber perdido el conocimiento porque, cuando lo recobro, mi Pequeña Ciudad ha desaparecido (como si el incendio de la fábrica que matara a papá, hubiera alcanzado a incinerarlo todo).
     Hay una torta añosa con diez velas no apagadas y mis diez años sin cumplir, y una ambulancia blanca que cubre de nieve mi ingenua alegría, amortajándola para siempre… (Sí, en el dulce momento de la espera, de su llegada a manos llenas prometida, la amarga noticia es como una sombra de horror porque mi padre no volverá; tampoco el cohete «Felicidades» alzará su copa de burbujas, porque ha explotado en la partida). Como un velo, la melancolía enturbia mis ojos. Y no veo al sol. Es el Universo un habitante oscuro, calcinado, en cenizas…
     En seguida, la Guerra.
     También Ella. Y el fuego no de una: de mil fábricas. Cuando, pese a tanto, acabo de crecer y de creer; también Ella. Como increíble apología de la humana estrechez.
     Pero ya he partido.
     Soy un hombre más alternando su carácter primigenio con la verosimilitud de un sol nuevo. El prisma del tiempo me muestra que es exacto: los años han pasado y no en vano sucedido cosas.
     A la sazón, el rescate ha sido rápido.
     Ya no dudo. Recobro el sentido del tiempo y del espacio, y no están ellos. Ni la casa de tejas del abuelo, donde crecí. Ni los cipreses navideños de papá, ni los álamos -a falta de olivos- pascuales de mamá. Confirmarlo es doloroso.
     Sembrado de malezas el viejo jardín.
     Nuevamente solo, vuelto niño en el angosto instante que espaciaría a mi mundo, he vuelto a caminar por la azotea de la casa sin querer bajar…
     Pero mis hermanos han cesado de insistir en que descienda (no podré hacerlo), y deje de soñar y mirar a las estrellas para jugar con ellos entre los árboles y el río, con cascos de astronautas pero en la Tierra, con brazos de astronautas pero en el rocío claro del pueblo donde nací. Con la conciencia de mis actos, Once voces llegan (desde el tercer cubículo) hasta mí, y presiento a mi lado la sonrisa de Pedro invitándome a ir…
      «Tomás, sé que si no ves no crees; mas, hay una torta especial con diez velas para festejar tu cumpleaños», me dice.
      Y algo confuso nuevamente, entre lágrimas comprendo. Comprendo como siempre debí hacerlo desde que acepté Su Desafío que, aparte de haber sido adoptado por El, de haber trocado un mundo en juicio por este bote de inmortalidad, y de haber dejado de ser polvo para convertirme en apóstol y hermano de las estrellas, en todo el tiempo que tengo por delante, deberé acostumbrarme a la idea de que, aquí (porque más allá de la nostalgia, hay todo un universo que redimir), he vuelto a nacer…

EL JARDIN DE LA EXPIACION (o Parábola del Purgatorio)
A Ray Douglas Bradbury
     …Ahora tocaba el turno al Contador de Cuentos.
     Porque el cumpleaños había venido desarrollándose normalmente, tal como era estilo en aquellos tiempos. Esto es: los payasos habían recibido y distraído a los chicos que llegaban, ayudando al agasajado a disfrutar de sus juegos. Luego, habían comido alimentos salados y  dulces, y bebido refrescos abundantes – pues era verano -; y, después, el Señor Mago, los había hechizado envolviéndolos con un tejido multicolor de situaciones inexplicables. Hasta que, por fin, y de modo de entregarlos serenos a sus padres al cabo de tantas esperadas y excitantes experiencias vividas, entraban a la sala mayor de la casa,  ordenadamente y dueños de casa de por medio, tomaban asiento y esperaban, aún ansiosos y cuchicheantes, el turno del Contador de Cuentos.
     El Contador de Cuentos entraba por una puerta lateral de dicha sala, subía a un estrado pequeño enfrentando a las hileras de niños escucha-cuentos, depositaba el libro que debía traer siempre a mano sobre la tarima oratoria, y, sin abandonar el gesto profesoral que llevara al más absoluto silencio al auditorio, saludaba gravemente y comenzaba su tarea…
     La tarifa era por tres relatos. Un cuento ambientado en el Pasado, otro en el Presente, y, el restante, en el Futuro. Los dueños de casa grababan los cuentos y, a instancia de la personalidad de cada chico, cuando los padres venían a buscarlos alrededor de la cuarta hora de fiesta, se llevaban de obsequio a uno de esos relatos.
     Ya en casa, Luigi repasó en su equipo el cuento seleccionado. Papá tuvo la paciencia esperada en estos casos, y dejando en penumbras el dormitorio, pactó con mamá los últimos quehaceres del hogar, acostó al niño, y escuchó con él aquel extraño relato de Navidad que el Contador de Cuentos inventara y contara, y que intrigara tan especialmente a la absorta audiencia….
     Sí, aquella mañana fueron tres los niños que escondieron su desayuno de cápsulas con gusto a leche y mermelada de duraznos. Lo hicieron bajo las escafandras del color dorado de las aguas de los sueños con que llenaran los Canales Marcianos.
     LUIGI, MEMO y SCOLL.
     Sin embargo, sólo dos podrían escaparse hasta el Valle de las Colinas Verdes a cumplir La Misión. Abrumados por imaginarias alforjas y urgidos por el imperio de la aventura, La Misión les estremecía la piel, y no precisamente por causa de aquel viento frío que soplaba del sureste cuando huyeron de la Colonia con rumbo desconocido…
El Plan
     Estaban seguros. En algún lugar encontrarían un pino o algo parecido para adornar. Porque, así como los chicos de la Tierra ruedan por las noches renegando de  sus padres, atrapados por el silbo milenario de la Luna, atraídos por el clamor codificado de la Legión de los Pies Descalzos (miradas electrizantes y manos forjadas para lo incierto), repitiendo edad por edad la historia de un tiempo donde la muerte no existe, y el dolor es la risa del amor propio compartida; así ellos también, en Marte, eran los dueños del Mundo. Capaces de superar la incertidumbre de lo extraño hasta dominarlo y poseerlo. Capaces de embarcarse en la oscuridad aciaga del Planeta Rojo, y deslizarse y echar migas con aquellas Bolas etéreas e inofensivas que aparecieran por las noches, acechando los cohetes y los radares, cuando todos, menos ellos, dormían…
     Que por algo dos lunas había. Y no tan lejos. Muy cerca de sus cabezas acorazadas, destruyendo la sensación de lo imposible que tan sólo lo exclusivo y lejano promueven en el alma de los niños.
     Ahora claro; aquel mundo era Otro Mundo. Y había que considerarlo como tal. Olvidar los viejos cuadros, los viejos libros, las viejas calles y los viejos juegos, y pintar, escribir, recorrer e inventar otros. Todo debía renovarse. Todo debía ser nuevo. Todo era nuevo…
     Por eso aquella inusitada manera de caminar dando saltos, flotando en el espacio como nimbus de tormenta. Las manos, sujetas. Las voces, desfiguradas: ahogadas por el cuenco de la escafandra; enrarecidas por los intercomunicadores de corta distancia.
     No era fácil. Sobre todo porque ellos, los Primeros, no habían nacido allí.
     Entonces, costaba cambiar el sigilo gatuno de las bicicletas alquiladas y lanzadas como misiles por la espesura de los parques. Trocar el centellear de sus ruedas (zaranda vibrátil donde el Tiempo anida y se estaciona), la vivacidad de sus cintas coloridas (estelas de un sol de primavera), la estridencia súbita de sus bocinas (chillar de aves disparadas en el cielo), por aquel complicado y, no por nada, versátil vehículo que los llevaba ahora, sobrevolando a escasa altura, la superficie amarronada del planeta nuevo.
     Aunque pocos lo entendieran, respondiendo al ancestral llamado de la naturaleza, MEMO y SCOLL habían escapado, acompañando al expansivo latido del Universo, mientras el tambor cósmico truena y sacude las galaxias..
La Huida
     Los grandes, por su parte, y como siempre sucede en estos casos, tardarían en sospechar, en descubrir la Huida. Por supuesto que, una cosa era eso, atreverse a flotar – levitador mediante -, o a volar como pájaros novedosos en una tierra sin pájaros, o a dejarse caer como lluvia en una tierra sin lluvias, y abandonar el sexto piso de la colmena propia y pasear por la ciudad en miniatura, desarmable y plegable, explorando a los saltos sus geométricas callejuelas – como canguros en una tierra desértica sin canguros -, y analogar su amanecer con el de la lejana, nunca olvidada Tierra, añorando sus paisajes y su historia, buena o mala, pero real y comprensible al fin porque de su polvo habían nacido…
     Una cosa era eso. Y otra… aventurarse en el Valle de lo Ignoto.
     SCOLL, por ejemplo, vivía hablando de Ellos. De los Marcianos.
     No los hacía verdes. Tampoco enanos. Por el contrario, los imaginaba blancos y delgados, muy altos, espigados, con la facultad de tornarse invisibles a la luz del sol. De allí su parco y retraído andar por las mañanas. Su obligado respeto por las colinas cercanas…
     PAUL, el francesito, contradecía al sueco e insistía en que debían ser redondos. Redondos como esas Bolas celestes y rosadas diseminadas por la noche alrededor de la Base, y que turbaban el sueño de la Colonia con un  millón de ojos de serpiente marina, desapareciendo al amanecer…
     No obstante, ambos coincidían en algo: la imposibilidad de hallarlos a pleno día.
     Por su parte, LUIGI adoptaba una actitud risueña y terminaba corriendo como consecuencia de sus ironías sobre el tema. MEMO, en cambio, los escuchaba y preguntaba. MEMO era el mayor; y varias veces los había azuzado en el coraje, preguntándoles si serían capaces de ir en su busca una noche cualquiera.
     Y pudo haber sido esto, y la Navidad sólo un pretexto, o bien la Navidad el objetivo y, al mismo tiempo, la oportunidad de demostrar hombría, lo cierto es que el Viaje había comenzado al fin. Aunque PAUL renunciara a la empresa, y el áspero LUIGI, de madre intuitiva, no pudiera en consecuencia gustar de la aventura…
     MEMO y SCOLL, en definitiva, serían sus representantes.
     Así que el perplejo artefacto se alejó de la campana de seguridad que coronaba a la colmena, y papá y mamá se alejaron… Los cuartos abrigados, también. Y la máquina de  juegos que olvidaran apagar, y los libros de cuentos y los  fantasmas que olvidaran encerrar. En cuanto al Regreso… , vencedores o vencidos, un breve escalofrío les recorrería las espaldas, punzándoles las asentaderas moradas por el castigo paternal.
     Pero valdría la pena. Porque si encontraban el Pino, podrían con seguridad encontrar flores en el lugar. Flores que reemplazaran a las burbujas de mica o soplillo por pimpollos naturales, listos para adornar.
     Pero había que encontrarlo. Encontrar en Marte un Jardín o un Bosque donde hallar ofrendas para la  Navidad.
El Trayecto
     Una voz: «…Mi reloj marca el mediodía marciano. Hace unos segundos que el asedio ha comenzado. He investigado todos los detalles, pero no puedo determinar la falla que impide a la Oruga emprender la retirada. Hasta la presión del aire que eleva al EXPLORADOR es correcta. Pero los mandos no responden. Insisto, todo parece estar bien en el módulo de rescate: estabilidad, dirección y fuerza impulsora. Pero ELLAS cada vez son más y se agrupan en un círculo caleidoscópico… Rrrurr…  y los traviesos MEMO y SCOLL nada recuerdan. Presumo haber perdido hace instantes – como ellos – el conocimiento. Al parecer, esa Cosa Blanca y Gigantesca que no acierto en definir, habría surgido desde el centro del Bosque como una voluta cristalina, como un embajador reflejo de alguna de las lunas que duermen bajo el bendito Planeta, y se ha comunicado. Ha sacudido mi mente participándola de los remotos orígenes de una Historia inverosímil… Rrrurr… Ustedes tardarán en recibir este mensaje; un minuto quizás. Y un minuto será tarde ya para la rapidez con que se precipitan los alógenos sobre… Rrrurr…»
     ––MEMO, siento… -SCOLL asume el temblor y queda con la vista abstraída en aquella chispa que se alarga como una exhalación de dragón cerca de las colinas entenebrecidas. Tal vez una estrella.
     —Miedo… Y SCOLL vuelve a estremecerse hasta que la voz de su amigo lo serena.
     —No es nada. Adelante.
     Entretanto, el vehículo recorre las distancias dejando tras de sí una fina estela de polvo, que es como una danza de espectros bailando bajo las lunas marcianas; como bengalas crepitantes que se alzan y caen sobre la tierra sombría, para no levantarse jamás…
     — ¿Qué distancia hemos…? -murmura SCOLL restregándose los ojos, vencido por el sueño.
     —Treinta kilómetros -responde MEMO, apartando la vista del camino y en rápida ojeada al marcador.
     Seis de la mañana.
     La chispa es, por entonces, una enorme fogata que estalla como un incendio azul, y semeja a una nueva luna que hubiera apoyado su vientre en el Planeta.
     MEMO piensa y una música dulce turba sus sentidos, le moja el paladar y le desata de pronto las cuerdas vocales en un grito eufórico…
     — ¡Un castillo! ¡Se trata de un castillo!
     Pero la actitud de SCOLL es reservada y para nada optimista. Y aunque está todo muy oscuro, puede adivinarse en su rostro la ansiedad que le produce el contacto inevitable con lo desconocido. Porque el castillo, o lo que fuera, está allá, a lo lejos, esperándolos…
     El olor de sus calderos humeantes y salados llega hasta su nariz arrancándole lágrimas, porque en verdad tiene miedo, mucho miedo, y un deseo loco de dar la vuelta y abandonar el propósito del Pino y de las Flores, y de los Globos y Regalos, y franquear desesperado la entrada la Base, y correr a su cuarto, y desvestirse, acostarse y dormirse, y no volver a hacer caso a esas viejas historias que enseñan a la gente a festejar la Nochebuena con alegría y ganas de ser mejores…
     Pero no puede.
     Además, se siente hombre. O con muchas ganas de serlo. Así que… ¡adelante
El Encuentro
     — ¿Qué será? -pregunta SCOLL, más sereno.
     —No sé. Parece un castillo; o una fortaleza marciana. Tal vez  un gran estanque donde los marcianos ahogan a sus enemigos. O el caldero gigante donde los hierven antes de comérselos… -ironiza MEMO conmoviendo a la cándida valentía de su amigo-. O una estrella cansada de viajar… No sé. Falta poco; ya veremos.
     Y el humo de las brujas se pega al renegrido telón de los luceros, y su aroma a incienso desechado por los ángeles buenos, es como un elixir del Averno que se parece mucho al hedor del miedo…
     A treinta y dos kilómetros de recorrido, la fogata se convierte no sólo en un incendio azul, sino también rojo y amarillo, con un restallante esplendor que encandilará sus ojos y les obligará a detener la marcha y a esperar que el corazón vuelva a ubicarse donde generalmente deben estar los corazones humanos… Porque el sendero ancho y desértico, con leves ondulaciones marginales, se cerrará de súbito en una curva cóncava entre las dos ciclópeas columnas de piedra por donde el fuego se filtra, y en angostado pasadizo inclinado abruptamente, dará origen al valle de la escabrosa meseta donde se ahueca el Hoyo de los Arboles Sibilantes…
     — ¡Dios mío!
     — ¡Virgen santa!
     — ¡¿Qué diablos?! -protestan intentando el retroceso. Pero están obnubilados para hacerlo.
     — ¿Es posible una COSA así? ¿Cómo es que los grandes y sus aparatos no registraron ESO nunca? ¿O lo registraron y nosotros no sabíamos…? -Susurra MEMO mientras sus pies se desvanecen en el aire y su cuerpo se desintegra en escalofríos acelerados. Entonces, la cabeza le explota en esquirlas de duda, y su existencia es sólo una idea vagando errante por la cósmica soledad de Marte…
     SCOLL también es una idea.
     —No sé. Puede ser… Dos meses es poco… Tal vez ESO pueda ser fotografiado, o ESO recién acaba de formarse. ¡Claro! ¡Así es! – y MEMO vuelve a sentir que todas las moléculas disparadas al ozono de la quietud marciana, retornan desde el infinito a su idea de carne y huesos invisibles, convencidas de la sutil armonía recuperada  que las agrupa. Su cuerpo, entonces, exhala tibieza nuevamente y la mueca de terror se trastoca en suspiro de alivio.
     — ¡Eso es! -repite, eufórico.
     Y SCOLL lo mira y piensa que todo empeora porque ahora su amigo parece haberse vuelto loco.
     — ¡¿Qué es?! -pregunta irritado.
     — ¡Espejismo!, SCOLL. ¿No te das cuenta? ¡Espejismo! -chilla MEMO feliz,  pero la radio de los trajes espaciales emite un ruido que es como un graznido, y la ansiedad, sorprendida, enturbia los visores y el intercomunicador enmudece quedando ambos, por un segundo, absolutamente solos, sin ver ni oír nada…
     — (…)
     SCOLL, que ha perdido el sueño, no habla; porque habla y MEMO no lo escucha. Grita, y MEMO no atiende sus quejidos. Esclavos de la vestidura, sus torpes movimientos sólo atinan a dibujar la desesperación de estar cerca pero solos; con la improbable certeza de adivinar sus pensamientos
     Y cuando las bolas celestes y oblongas, amarillas y chispeantes, rojas y maléficas, que ellos conocían, se acercaron, un largo silencio adormeció la Región
El Mensaje
     El pensamiento: «… Sí, los niños están bien. Se molestan al observar el fenómeno, sin advertir el riesgo. Arrobados, ríen, se empujan y golpean, flotando en derredor como palomas; han desconectado el sistema automático y, lo que es peor aún, se han despojado de sus buzos protectores… Pero no puedo reprenderlos. ALGO o ALGUIEN me lo impide. Me he convertido en mudo espectador de sus cabriolas. Y siento temor… Clausurados mis tímpanos, endurecida mi lengua y petrificados mis miembros, todo, excepto la mente y la visión parece haberse congelado. Ellos, en cambio, están felices. Pienso. Pienso. Ambos demuestran conocer a los bichos, burbujas, marcianos o lo que sean; y hasta los saludan… Sí, están felices. No puedo decir lo mismo. Es probable que el temor haya paralizado mis sentidos. Pienso. Pienso. Tengo miedo, pero no sólo por mí; por ellos, especialmente. Si pudieran oírme… ¡Escúchenme! ¡Por favor, escúchenme! Pienso. Sólo pienso. No puedo hablar. No puedo… ¡Mayor O’ Brien, tome el mando! ¿Me escucha? No. No. No podrán. Oh Dios, grande fue la sorpresa cuando, después de rescatar a los chicos y emprender el regreso, las vimos venir. Gráciles y silenciosas; hasta sentir por ellas el mismo miedo que acaba de estremecerme. Jamás hubiera pensado que en esas bolas de polvo satinado, habitara la INTELIGENCIA. Grande también nuestro error: porque de algún modo las hemos ofendido al pretender derribar las misteriosas raíces de donde provienen; árbol bajo cuya sombra anidan como monjes esféricos… Por no escucharlos. No atender al aviso de los chicos y atribuir a fantasías de jóvenes colonos lo que, en vano, trataron de explicar…».
     Interrupción.
     El pensamiento dibuja arabescos en el cielo amanecido de Marte, y sortea raudo la claridad del día que se inicia. En vano, las estacas verdes de la COSA intentan detenerlo…
     «… Y las disculpas carecen de sentido. Por lo demás, ellos están como en otra dimensión: escalando estrellas, disfrutando la magia de un millón de fuegos de artificio, sentados a la mesa de azúcar gustando dulces y cristales, anticipándose en despreocupado jolgorio a la tierna remembranza de la Navidad… Sólo espero que los otros hayan escapado, y que no sea necesario destruir lo que hemos descubierto. Es algo demasiado hermoso para agravar el sacrilegio… Y el peligro subsiste. MEMO, SCOLL…, si al menos hubieran alcanzado a… Pero prefirieron venir conmigo; decían que era un orgullo viajar con el Comandante y Gobernador de la Colonia. Ahora están atrapados. Eso es lo que me temo…».
      “Aunque canten… Sí, canturrean agitadamente y se estremecen como ebrios. ¿Habremos recuperado la voz? ¡Atención! ¡Mayor O’ Brien! ¿Me escucha? Sin embargo, no puedo YO escuchar mi voz. ¿Qué sucede? Pero ellos cantan, a ellos SI les escucho cantar… Y Gabriel-Bvogloc-Muska-Petronio, etcétera, son algunos de los nombres con que han bautizado a las creaturas gaseosas. Y ya estamos… ¡completamente rodeados! Las bolas se enciman, comprimen y lanzan unas contra otras, frenéticas y eléctricas, bordeando el perímetro total del EXPLORADOR en un círculo perfecto… ¡Ahhhhhh…! ¡Una belleza espectral preside la hondonada de este Valle Embrujado! ¡Sus árboles metálicos, son como arqueros de acero devolviendo cual espejo los dardos de luz! ¡Terrible alcurnia la marmolada corteza de su piel helada…!».
     Y el pensamiento, transformado en brisa apenas inteligible, es como un débil murmullo empeñado en no desfallecer. Por un instante, sin embargo, sus gemidos  se  reemplazan por los vientos de una acezante respiración, como el bramido de una bestia sofocada…
     «…Así, de pronto, un rizo azulino atraviesa el manto de gases que nos aprisiona, rompe -eléctrico- la monotonía de su Polvo de los Siglos, aventa ramas y hojas milenarias, y una nueva columna de alabastro tornasolado ocupa su sitio, estrechando  el espacio y la distancia disponible entre un Arbol y otro…  Su brillo, particularmente enérgico, se perfila tras la cortina cromática. El crecimiento no es evolutivo, sin embargo. Ni siquiera lento. Es, simplemente, explosivo. Un estallido vibrante, tan vehemente como un grito de libertad. El nuevo Arbol no tarda en confundir sus aristas cortantes y espejadas, con el resto de sus pares. Pero si aquella jungla de vitrales impresiona por su génesis y efectos iridiscentes, tanto más aquel racimo de penachos rúbeos y carnosos, enarbolados en punta por un ramaje verde oliva, obnubila la conciencia y extasía la visión subyugando al olfato: sí, un perfume novedoso fluye, voraz e intermitente, desde los poros sangrientos de aquella Flor magnífica… Su orgía de aromas es mágica. En seguida a jazmines. Al instante, a rosas. Al segundo, a diamelas. Siempre en torno al festivo conjuro del que nacen los Globos Celestes, Amarillos y Rosados, que continúan -incansables- apretujándose a nuestro alrededor…».
     Silencio.
     «…Y antes que este Muro termine por nublar nuestro contacto con la realidad, observo nuevamente al luminoso Engendro de la tierra marciana, y no dejo de maravillarme ante su increíble transmutación, fuera de todo entendimiento… Claro: ya maduro, su brillo se estacionará estabilizando el color e igualando su estirpe al común de aquella flora apocalíptica. Pero antes, el perfume exhalado que ondea la atmósfera como una mansa e incorpórea marea celestial, se enquistará en El y será parte del vapor azulino que comienza a supurar… «.
     «…Lástima; ya no alcanzo a divisarlo. La intensidad inicial del brillo ha comenzado a atemperarse y no llega a proyectar imágenes por sobre el anillo de Burbujas que arremeten. Pero sé que cuando alcance el uniforme volumen que distingue a estos Seres, se desprenderá, caerá mansamente al suelo, y empezará a vivir…».
     Una súbita quietud ciega voces y pensamientos dentro de la Máquina Exploradora. ALGUIEN observa cómo el Comandante detiene su mirada sobre el horizonte hostigado por los Alógenos que lo circundan. Ha contraído sus facciones y se ha quedado quieto. Los chicos también lo observan. Miran los labios finos sellados, y al rostro duro y joven que se ha vuelto viejo; y, desde la escotilla amurallada, miran también como la turba roja-azul-celeste-amarilla-roja, desencadena olas de sombra sobre el interior del vehículo.
     Y tienen miedo. Después de los cantos, tienen miedo.
      Primero un poco, porque no entienden lo que pasa. Sonríen nerviosamente y recuerdan lo hermoso que ha sido jugar con ellas… Y aprender de ellas… Conocer de Almas y de Paraísos. Pero ahora se aterran. Aunque les hayan confesado que no son  tan extrañas a los hombres. Que los hombres conocen a los Angeles y a los…  demonios. Claro que ellos, en aquel momento, no reflexionaban. No interesaba ni código ni asunto. Sólo jugar y rodar, semejarse a ellas y rodar con ardiente energía, con elástico sudor, por el estrenado suelo marciano…
     Pero ahora tienen realmente miedo. Dejan de sonreír y lloriquean… Entonces, la visión del  Bosque Espectral desaparece. Se esfuma limpiamente y el horizonte recobra su paisaje habitual…
     El Comandante, asombrado, parece reaccionar.
     Parpadea repetidas veces hasta aceptar la imprevista situación,  y recobrando la agilidad de sus miembros, intenta mover el transporte.
     Los tubos de elevación sueltan su carga de gases, y EL EXPLORADOR oscila un poco y parece despegar.
     No es así. Nueva sorpresa. Sólo consigue elevarse unos centímetros antes de caer pesadamente para no moverse más.
     En seguida, la OSCURIDAD total. El despertar cruel a una terrible sensación de ahogo e impotencia que los arroja feroces contra las paredes del vehículo buscando el oxígeno para poder sobrevivir. Llantos y jadeos. Jadeos y maldiciones de manos crispadas sobre los controles, intentando destrabar puertas o reservas auxiliares para librarse y escapar… No ha sido mucho el tiempo transcurrido, pero la desesperación ha vuelto siglos los minutos. «¡Dios!», es la oración agónica que los vuelve UNO, antes de que un torrente de luz omnisciente, más blanca que la nieve, invada sus cuerpos purificándolos
Tres Vientos
     El resto de la partida de rescate se aproxima. Una veintena de voces sorprendidas.
     Sus Máquinas arrogantes frenan la marcha en medio de la hondonada calma y silenciosa. Es pleno mediodía en aquella región de Marte. Los motores, se ahogan en un zumbido agudo…
     Frente a ellos: EL EXPLORADOR. Como muerto. Mudo espectador de un suceso inaudito. A la espera. Solo.
     —Señor; habla el Mayor O’ Brien. ¿Me escucha ahí dentro? ¿Dónde está el bosquecillo que acaba de describir? Hubo interferencias, pero… Comandante, no le escucho. Responda: ¿están bien? ¿Y  los chicos?
     —«SÍ, MAYOR. LE ESCUCHO PERFECTAMENTE. YA PASÓ TODO. SÁQUENOS DE AQUI, POR FAVOR. LA PUERTA DEL MÓDULO ESTA TRABADA; NO CEDE. POR FAVOR, INTENTEN ALGO USTEDES DESDE AFUERA…»
     —No contestan. ¡Diablos!, ¿qué sucede aquí? ¡Comandante!, ¿los chicos? ¿Están bien? ¡Responda, por favor!
     —«PERO, ¡¿ QUÉ PASA CON USTED, MAYOR?! ¡ACABO DE DECIRLE QUE ESTAMOS BIEN! ¡SÁQUENOS YA!   
     —Algo ocurre. No responde. Maldita sea. Capitán SCOLL; Teniente IGLESIAS: fuercen la puerta del transporte; como sea. ¡Rápido!
     —«…»
     —Mayor, ¿me escucha? Habla SCOLL.
     —Claramente, Capitán. ¿Qué está sucediendo allí?
     —Estamos sobre el vehículo. Pero es extraño. No vemos a nadie dentro de él. Al menos desde aquí afuera.
     — ¡Fuercen la puerta! ¡Apúrense, por amor de Dios!
     Un disparo.
     — ¡Ya está!
     Tres VIENTOS cálidos, azules y amarillos se agitan hacia el exterior, desvaneciéndose en el aire sin dejar rastros…
     —Nadie… ¡Mayor, aquí no hay nadie! Teniente, vamos a revisar el aparato.
     — (…)
     —Todo en orden, Mayor; repito, todo en orden. No hay muestras de violencia, ni algo que nos ayude a… Es como si se hubieran esfumado…. No sé. No entiendo nada.
     —Capitán; Teniente; vuelvan. Daremos una batida en busca de huellas. Tal vez nos hayamos equivocado de zona y el bosquecillo esté cerca de aquí. Parece que aún no conocemos bien esto.
     —Disculpe, Mayor. Pero no puede ser. Recuerdo claramente el lugar. Incluso… ¡Sí! ¡Allá están! Las sierras eléctricas. Las dejaron cuando intentaron escapar, y por orden del Comandante…
     —Vuelvan entonces de todos modos. Regresamos a la Colonia. Necesitamos pensar y planificar la búsqueda. Esto es grave. Muy grave…
     Los hombres obedecen. Recogen al módulo desolado y desaparecen tras la cima de una meseta cercana.
     Recorren la vuelta en silencio. El grabador reitera parte del mensaje de auxilio recibido, mientras piensan que Marte es un extraño planeta. Y están demasiado preocupados para darse una respuesta.
     A veces se miran. El Capitán ha perdido a un hijo de once años. El Teniente a uno de doce. El Comandante ha sido una buena persona, y una familia lo aguarda. Una Navidad triste les espera si, al cabo de un día, ellos no aparecen. Volverán a la Colonia y armarán el planeador. En algún lado estarán: ellos y los malditos bichos y los malditos árboles. Ellos y los benditos bichos y los benditos árboles. Hermosos y benditos árboles para pinos de Navidad
El Regreso
     Cinco minutos y están llegando. Entonces…
     — ¿Oyen? ¡Son cánticos!-, alerta alguien.
     —Villancicos. ¡Villancicos! ¡Las mujeres cantan villancicos!
     —«Ya llegó la Nochebuena, ya llegó la Navidad. Entonemos alabanzas, para el Niño que vendrá»…
     El Capitán deja caer la gota de lluvia que ha superado su fortaleza, y el Teniente siente su corazón anegado por la angustia. Sí, probablemente han comenzado a caminar por una calle nublada, descalzos, viendo a lo lejos las luces de una ciudad  que jamás despertará…
     No obstante, los cantos se escuchan con gran nitidez.
     —Pero…
     Un Arbol de Navidad. El Cohete es un fantástico Arbol de Navidad. Un gigantesco, fantástico Arbol de Navidad…
     —¿Qué..?
     Y una alucinante multitud de globos, burbujas y esferas lo adorna por doquier. Sobre su pico -belleza sin par-, una Sombra Blanca y Brillante los observa.
     La Colonia ha desaparecido bajo el lúcido manto de aquella jungla de cristal, y sus árboles gestan una cadena de Almas que cantan y alaban, y es un murmullo dulce  el sonido del Jardín…
     Los que llegan son recibidos con verdadero gozo.
     Es que el Jardín ha crecido y canta. No otra cosa sucede cuando, de tanto en tanto, el Purgatorio cambia de lugar…

DETRAS DE LAS  TINIEBLAS (o Parábola de la Parusía)
A Aldous Huxley
     En un mundo deenido (con ároles embriagados por la nobleza de un vino nuevo), las casas humedecidas (quietas), callaron expectantes…
     Llovió toda la noche. Hasta el grito principial de mil suspiros… (Cuando la lluvia cesó).
     El Señor de Relaciones Públicas murió y volvió a nacer. Nació y vivió por segunda vez aquel instante en que la lluvia caía eternamente. Soñó. Soñó despierto con el breve recuerdo de una infancia desolada (perseguida), mientras el agua en ráfagas sensualmente acodadas, abrazaba a la Gran Fábrica (su fábrica de vida normalizada) con un millón de brazos sin fatiga, y los chicos deambulaban fascinados las calles anegadas de la ciudad…
     Sin embargo, fue el único en soñar durante aquella tiniebla de duendes exiliados y en franco retorno a su país.  El resto ni durmió ni soñó (sin saber que podía hacerlo). La lluvia, no alcanzó a devolverles el espíritu. Les mostró , sí, la posibilidad de algo distinto (el valor de la tristeza y la melancolía, la magia de la voz de algún poeta herido que nadie entiende, la vivencia interior del llanto primigenio) después de los pájaros.El primer hecho -extraño- fue, sin duda, la llegada de sus plumas lustrosas. Intempestiva y estridente. Por lo demás, en una perenne primavera, también asombró la presencia de mariposas del ayer. De algún sitio venían huyendo. Había aciagos chillidos en el cielo, y un cerrado batir de alas y colores normalizados por agitadas vibraciones de luz.
     Fue el signo. Las ventanas se abrieron.
     Primero una hoja. Lentamente, en esforzado gesto por descubrir el misterio adelantado en aquellos cuerpos tibios que radiaban la atmósfera. Todavía era azul (el cielo). Después no. Después el soplo ahogado de la tierra arrasó la ciudad y tiñó su mediocre pulcritud, vinílica y brillante, con un viento llano (olvidado asimismo). Sólo entonces, cuando todas las persianas (perladas por el augusto luminar de un horizonte viejo) terminaron de abrirse y aparecieron los mismos rostros (azorados), tatuados en serie por el Señor de Relaciones Públicas, las nubes llegaron. Grises y negras. Como puños humosos de un genio inquieto, acosando el aire con sus golpes eléctricos…
     Vinieron con la noche total (hueca; cueva de espectros milenarios, rugientes y despechados), destrozando estrellas solitarias, gimiendo en un cortejo de elefantes (desconocidos) tocados de muerte…
     ¡Oh! -exclamaron las voces ocultas, enmascaradas tras los visillos-. Y una voz suave trepa canales recónditos hasta que el pulmón se agita, el corazón se conmueve y la garganta cede la primera palabra: (¡llueve!). Y la lluvia es como el llanto de un niño solo. Gemido de hombre, quizás, más allá del eco amplificado y del círculo concéntrico de voces que crecen y se disuelven como hondas de agua ribereña. Como una hebra fina de araña invisible que pronto fue tela. Una tela espesa de agua vieja (añejada en el fondo inerte de los ríos y océanos racionalizados del mundo). Una postergada bendición del Ignorado, que no dejaba escapar la oportunidad de recuperar lo perdido.
     Nadie preguntó por qué fallaron las máquinas (infalibles) que estandarizaban el clima. Aquello era demasiado increíble para preguntarse cosas. Y el agua vieja destiñó el tatuaje de la gente que veía a su piel aterida de burbujas. Pero sólo un momento; un lapso muy breve para que lograran retratarse en los espejos de la realidad.
     Desierta (aunque asomada) la ciudad aún.
     Tampoco el Señor de Relaciones Públicas hubo de preguntar por qué. Alguien, sí, comunicó balbuceando la imposibilidad de detectar una causa explicativa. Y aunque no lloviera en el resto del planeta, bastaba: llovía en su lugar, donde estaba La Fábrica.
     Y a pesar de las máquinas de control, desorientados los sistemas de defensa y comunicación, las descargas sibilantes tallaron en el cielo un museo de espanto. Entonces, refugiados en la inseguridad de una campana ya no antiséptica, en la igualdad de sus overoles verdeolivas, ceñudos de frente y enmudecidos por las reminiscencias de un pasado que volvía, el Señor de Relaciones Públicas, sus técnicos y sus Iguales, esperaron (la lluvia) otra vez..
     Para muchos -los niños- es una ocasión inaugurada. Jamás han visto llover. Y los ojos inquietos, inquietan a las cabezas. Y sus bocas, orejas, manos y pies pequeños crean un sentimiento. Corridas demoradas durante lustros que se declaran libres, homologando dentro de las casas el repiqueteo exterior de la melancolía líquida, palpable y audible que florece en calles y veredas. En búsqueda febril los niños van al encuentro de aquellos fuegos acuosos también febriles y de artificios. Las puertas se abren y son miles en trotar la ciudad ya no desierta.
     Por entonces, el (Gran) Señor de Relaciones Públicas ha lanzado su estupor a la calle.
     Un niño escapado parece recogerlo, extrañado, con la mente interrogada y detenida en su bote-chapita-botella-jugo de frutas robado al indigesto ejército de cubos de basura alineados en castrense formación. Y en tanto el bote-canoa-velero-barco-trasatlántico tan heroico como frágil permaneció enhiesto en la tempestad, la boca del (Gran) Señor Desconocido permaneció abierta y húmeda. Al cerrarse, su mano se detuvo un par de veces antes de superar las sombras que separaban su hábitat de la perfecta mediocridad de mundo utópico que había fabricado. Ahora con vibraciones de vida y conmociones de muerte tras la infante gritería. Las franjas luminosas que rayaron el espacio transformaron su asombro azul de cielo que no estaba, en asombro rojo de ira, volviéndolo gris-gris de gris ceniza, inmolado. Y desde el polvo y fermento de agua serena que caía, la sucesión de imágenes memoradas tornó a los senderos de su mente, acercándolo al lejano atardecer de aquella Guerra y Victoria de raza incomprendida y desechada. En algún lado creyó ver bajo la lluvia que los niños revivían la batalla. Próximo a ellos, el cuerpo yacente en el barro de un dios fraterno, abandonado…
     Cegó sus ojos. Una sensación de lacónica tristeza le oprimió el pecho en contundente demostración de que, impertérrita, más allá de los ciclos biológicos normalizados, la naturaleza única e irrepetible de su alma subyacía aún profunda, tenaz e inexorablemente viva, en los abismos donde el Verbo habita.
     Otra vez la lluvia.
     (Pensó que ya era tarde para él, y para todos. Nada debería cambiar. ¿Cuánto tiempo estuvo el Señor de Relaciones Públicas viendo llover?)
     Y al cabo fue que murió y volvió a nacer. Ciertamente, murió y volvió a nacer. En un sanatorio del sur de Bélgica, un día de lluvia, al igual que unos años atrás, miss Brown, en su pequeña ciudad industrial del noroeste inglés, próxima a Manchester llamada Oldham (cercana Nazaret de antimateria). De la mano de Martine Nijs (aleatorio ángel genealógiclogo del hospital de Van Helmont, próximo a Bruselas y cercano Belén del Anticristo. Al igual que Ella, Él y su número 666 en las tarjetas de mister P. Steptoe y mister Edwards (inciertos dioses genealógicos), después de seiscientas sesenta y cinco lluvias…  Al igual que miss Louise Brown,  y su profético día de agua intermitente y fría…  Al igual que Ella, Él y su histórica e irreversible gestación clónica… Él. Él… (Muchos) Él.
     “Esta vez, fue una clonación accidental”, dijo Nijs al Sunday Times.
     Para luego crecer. Portando en la sangre y en las venas la herencia genital y misteriosa de la rebelión (o ese oculto poder de libertad replicante, dominadora y sutil, que tanto acerca como aleja a tiranos de libertadores). Efímero orgullo de una nueva experiencia, fue clasificado «A+n» en los oblicuos índices del secreto control ginecológico. Temperamento rítimico: dominante; carácter: enérgico; inteligencia: superior en grado «n»; razonamiento: ultraobjetivo; captación: ultrasensible; probabilidad de persuasión infundada: cero; comportamiento general: ultralibertario… «¡Atención!; tipología comparable: NUEVA RAZA. ¿Nueva raza? Mister Nijs, confirme diagnóstico de desarrollo. Es urgente. Creo que… No. No. No se trata de una nueva repetición. Algo pasa. Observe el análisis de los factores mencionados. Va adjunto. Es fantástico. Lejos de la máxima esperada para la presente evolución de la especie. Absoluta incomparabilidad con los modelos sicológicos programados. Mister Nijs, pase urgente por el laboratorio…». Y, mientras crecía, anónimo y feroz,  sus dioses adoptivos morían accidentalmente, un día de lluvia, con el secreto enmudecido y la paternal angustia de no poder controlar lo imprevisible
     Sí, en un mundo todavía no repuesto de sus primeros ensayos in vitro, se había roto fatalmente la secuencia natural de los vivos. Y de este Ser (primogénito inconsciente de la Humanidad Estándar) y de los Otros (los que formaban, desde antes y asimismo, la inconsciente Hermandad de los Iguales), hablarían médicos, religiosos, abogados, periodistas y caseras. Maravillados de la inteligencia hacedora del hombre, por un lado, y escandalizados por otra; fieles a una moral más proclamada que practicada (en el juego secular de las temeridades contradictorias que forjaban la evolución), verían a la ortodoxia del siglo XX trepidar rumbo a otro axioma, y acceder a una insospechada concepción del Universo y de la Historia..
     Otra vez la lluvia.
     Sí, de Él y de los Otros hablarían médicos, religiosos, abogados, periodistas y caseras; también empresarios, políticos y sindicalistas (porque algo hay que hacer, abierta como estaba, la Caja de Pandora); y los problemas éticos suscitados despojarían de alma a los embriones indefensos, y sería excomunión y rechazo el Voto para los Violadores del Orden Natural (hijos desagradecidos a la impronta del Plan Sabio de un Dios Celoso que lloraba como lluvia, allá, de rodillas, sobre una piedra del Monte de la Desobediencia, en los espejos terrenos del Cielo). Y las conferencias, paneles y diatribas  se multiplicarían -afuera ella, siempre ella-, en torno a la razón o sinrazón de los derechos civiles de los Distintos, a la reglamentación de los invisibles adulterios, a la resignación al abrazo conyugal, a la inserción de la Antifamilia en el esquema general de convivencia…
     Los Señores de Relaciones Públicas del mundo viejo lo intentaron. Trataron con sus viejos trucos de ajustarlo a reglas de juego decadentes. Pero él sería El Señor de Relaciones Públicas de un Mundo Nuevo, perfecto.
     Y Señor de Relaciones Públicas, así lo bautizaron sus amigos. Porque le tocó -por sí y sus Iguales- ser visto, analizado, incomprendido, atacado, lesionado, aborrecido en cada fuero o cónclave mundial donde intentó justificar la pacífica existencia de su Grupo. Hasta que, separados de los templos y ciudades, tenidos como robotes, y rezagados por envidia e histeria colectiva a su exquisita posibilidad de perfección, los Hombres Clónicos huyeron a Ningún País en busca de una identidad que los dignificara. Y el resto de los hombres no supo  que, Ellos, también lo eran simplemente porque llevaban escondidos tras su apolínea coraza el destino de mortalidad y, con éste, el deseo gregario de asociarse para sobrevivir. De esa forma, reprodujeron sus tribus montañosas, dominaron las profundidades y desiertos de la tierra, filosofaron acerca de su existencia, fundaron una ideología, construyeron sus I.B.N. (Industrias Bélicas de Normalización) y crearon un ejército; y eso los relegó. Dejaron de ser perfectos, pero no se percataron; por el contrario, se sintieron superipacidad de sus creaturas en distinguir y optar, día por día, lo natural de la diversidad. Que la equivalencia genética no mejoraría al Hombre destruyendo la vigencia cotidiana de los desacuerdos. Que en la vana esperanza de la Nueva Raza no había, sino, como en otros tantos ejemplos del transitar humano, un corazón endurecido.
     Y triunfó. Triunfaron. Pero, amargados infinitamente aunque sin darse cuenta en razón de su normalidad forzosa, edificaron un mundo de callada quietud  incorporándose a los dominios del Reino Plástico Vegetal; y abolieron la lluvia. Y las leyendas sobre aquel Dios triste y quejumbroso que, una noche (Feliz) decidiera, por fin, regresar para redimirlos…).
     Por eso quizás, y detrás de las tinieblas, a lo lejos, un cohete se posó resoplando su antiguo bramido, estrepitoso y ronco. El bramido de un modelo de cien (¿mil?, ¿diez mil?) años ya. Traía la Memoria de un hombre. Un hombre al que la Humanidad comisionara un día para cumplir una Misión en las Estrellas. Un  mandato especial: buscar, encontrar y comunicarse con otras humanidades del Universo, porque la Hora había llegado y la madurez de la especie allanaba el desafío de crecer en su conocimiento y destino final, si es que lo había… Y que portaba un Espíritu. Un Espíritu que retornaba para enseñar lo aprendido y trasmitir a esta Humanidad las leyes de la hermandad integral. Y perseverar, ya no más en soledad, en la creación de la Creación.
     Pero un Hombre y un Espíritu que, al volver, no encontraría ya a sus antiguos mandantes, sino a la vegetal expresión de sus conciencias adormiladas por una absurda Normalización. De cuerpos y de mentes. Y a las que intentaría infundir, penetrar o ungir (otra vez) con las esencias eternas de lo trascendente: el impulso de la imaginación y el sentido del equilibrio, de la unidad en la diversidad. En inexorable derrotero hacia la sempiterna evolución de la raza humana.
     Sí, un Viejo Duende volvía de las Estrellas para salvar al mundo y devolverle la alegría y su capacidad de imaginar y co-crear la vida en libertad; como símbolo de contradicción, el Curador de Mundos se alegró de la lluvia que había desatado con el desvencijado artefacto, acumulando, entrechocando y enfureciendo nubes, arracimándolas unas con otras, atemorizándolas con su iracunda alegría de volver a

VANITAE VANITATUM (o Parábola del Apocalipsis)
Et “Sic transi gloria mundi”.
A  la Concupiscencia, in memoriam…
El viento         .
   Tal vez las espigas de sol del primer día del año abatiendo los muros parroquiales después de aquellas nubes grises…
   O esa humedad sarmentosa que los devora con su carga de prístinas reminiscencias. O el chillido amanecido de las crías de pájaros que anidan los desniveles superiores del templo. Tal vez el vto acosando la cruz y preanunciando a lo lejos el furor de una tormenta. O alguien que, a escondidas, batiere alas… Pero sólo las campanas logran despertarlo; y, por un momento, la pesadilla se aleja.
 El padre Juan tiene los ojos atados por la noche, y huele y resopla la pesadez del silencio esquinado en su austero recinto de cura párroco. Es un hombre viejo. Y el desierto cobrizo que arrasa su cabeza somnolienta y molesta por ese calor que agobia y anula los sentidos, se agita cuando unas voces metálicas resuenan claramente en sus oídos. Luego, un destello de luz le desata los párpados y le ilumina el rostro; rostro de hombre trajinado por la vida.
   Pero la claridad es lúgubre todavía. Se muestra desteñida en el opaco moblaje de la habitación. Y es lenta su mirada al recorrer la realidad mientras intenta despojarse de las páginas difusas que, en forma de imágenes dantescas escribieron aquel sueño horrible.
   Entonces, se incorpora. Con senil morosidad permanece largo rato pensativo, sentado en su cama; los pies, desnudos, aliviados por la brisa que sisea bajo la puerta y se aplana, fugaz, dentro del cuarto. Y el sudor que se derrama en sus sienes doloridas no es, sino, la incierta, atroz melancolía que desplaza a la fe…
   En el templo, los últimos quejidos del bronce embeben sus paredes con un nuevo aliento, haciendo vibrar al sagrario extrañamente.
   Afuera, el cielo de hojalata ha comenzado a herrumbrarse y el silencio se enseñorea sobre la ciudad.
   Sí, tal vez el viento. Por lo demás, un primo amanecer de enero, semejante a todos, pero gris, con un sol de esporas huecas luchando vanamente por imponer su brillo a una noche empeñada por no desfallecer.
   El padre Juan recoge todo ese árido silencio en sus pulmones, lo sintetiza y exhala como vida. «Un nuevo año…», reflexiona, y sus dificultades se arropan en un bostezo prolongado.
   Sonríe tontamente. De pronto, su rostro se endurece al retomar la seriedad del temperamento que lo abraza, y es elástico su cuerpo al ponerse de pie. Se dirige al lavabo. «Sueño bravo. Celeste…», y la piel se le eriza contradiciendo la humedad calurosa del ambiente. «¡Dios! ¿Y, por qué no hoy?», piensa e irrumpe en carcajadas. Sin embargo, a pesar de la implacable ironía de sus pensamientos, no se engaña: tiene la piel blanca y en surcos de sangre crecen como hongos los escalofríos de su perplejidad. «Extraños circunloquios los de la mente», reflexiona. «Seguro, a la larga, la tarea de leer y contemplar los Misterios, lo condiciona a uno; al final y, en cierto modo, tiene que hacerlo», afirma en busca del burlado equilibrio. Pero, ¿no tenía ya setenta y dos años?; y, ¿cuántas veces su espíritu había sido, como en este caso, secretamente desbordado? Así, de súbito, la Gran Visión; como onírico arrebato de una forma de pensar por siempre lógica y coherente, extrapolada hacia lo desconocido por la mano firme de una redentora Parusía…
   Aunque sólo fuera un preanuncio de otro áspero año de trabajo. Sí, a su edad, el proyecto de consolidar la edificación del templo de la antigua capilla de Santa Lucía, costaría muchos esfuerzos. Similares a los que le habían permitido levantar esa necesaria, enorme Casa para Nuestra Señora de la Merced. Formar las comisiones de trabajo, encontrar a los más inteligentes y voluntariosos, incentivarlos con la propia conducta, recolectar fondos, etcétera, pero sin soslayar por un instante siquiera, su labor más importante: educar en la Fe

La vieja Goya

   Felizmente, su espíritu recupera la acostumbrada alegría y, tras el gorjeo dentífrico, desentona una canción litúrgica. Sus manos gruesas y napolitanas abanican la toalla bordada por la vieja Goya (vieja, respetuosamente; vieja como él, caramba…), y es como un chico transformado en ángel repartiendo mandobles de misericordia y gracia contra la maldad del mundo. Eso, hasta que un rayo quiebra el espacio de su espejo-maravilla, hiere una de sus alas y lo descarga entre santos improperios sobre el suelo, en singular posición. Es hora de regularizar el estómago.
   Y la vieja Goya es el rayo que lo ha devuelto a viejo impidiéndole jugar…
   Ha entrado a la casa muy temprano, como en día hábil, para ayudarle en lo doméstico, a fin de que él pueda abocarse a preparar según su costumbre, metódica y puntillosamente, los alcances de sus servicios presbiterales.
   «Padre, ¿está bien? Buen día…», susurra melosa la doña, toda humilde ella y arrugada. «Le traigo unas tortillas para el desayuno. Como en el barrio estaba todo cerrado, se las hice yo nomás», aclara servicial y por nada pedante en medio de su bendita ignorancia.
   Son sus últimas palabras, claro, antes de irse para arriba.
   «Gracias, Goya. Buen día. En seguida estoy con usted», responde amable, casi candoroso. Y, quizás por haberlo dicho o porque tiene que suceder así, cuando ya su cara habita el espejo y navaja en mano ha empezado a escamotear la delgada pelambre que asoma en su piel, escucha las campanas nuevamente sonar… Con arrebato de diablos, sonar. Como azotadas por una tormenta, sonar. Aunque afuera estuviere calmo pero con un cielo de hojalata herrumbrándose y una vieja buena y presa de horror volare hacia las nubes gritando «¡Socorro!», sin saber porqué…
   «Cura exagerado», opina un vecino. «Tocar las campanas así, a las siete menos cuarto de un día como hoy. Mujer, ¿ese cura está loco o el reloj anda mal?».
   Y cura loco o profeta, lo cierto es que Juan, ensimismado, pierde elegancia cuando, arrojando máquina de afeitar y toalla y sandalias, y hasta pantalones a punto de calzar, abre la puerta, sale a la calle, y ve a la doña que desde hace treinta años lo sirve, volar…
   Como un paraguas, abierta de polleras, rectamente al cielo, volar
Sara
   Un fuego gris estalla en su cabeza  cuando gana la esquina, todavía confuso en sus reacciones. Sara es un monstruo que chilla y gime, toda llorosa y aterrada por la incómoda situación. Es ella quien lo ha precipitado otra vez al mundo hostil y acomodado, en busca de auxilio; embriagado aún por el sopor del sueño, atormentada su mente por las burlas de que ha sido objeto hasta esa madrugada en que, por fin, decidieron irse todos y dejarlo solo. Con su manera simple de mirar la vida. Aunque Sara pretendiera estar allí, con él. Una sombra de colores y olores fastuosos. Nada más. (Juan también, en su vientre, es una sombra; una sombra onírica y movediza, de ensueños inquisitivos).
   Claro que nadie se ha dado cuenta. Menos aún aquellos entrometidos que profanaron su fin de año al grito de: «¡Eh, burgués! ¡Sacúdete!», y enlodaron los mosaicos nuevos y brillantes, y se arrellanaron en los sofás artesanales -ocultando sus verdaderas intenciones tras una cortina incesante de humo importado-, y quemaron la moqueta, vaciaron el barcito -más de su señora dama que de él, que con un poco de gaseosa estaba agradecido-, comieron bocaditos de caviar -que, ojalá o al menos, hubiera preparado ella-, envidiaron sus cuadros de bohemio tocado por la fama -pero sólo después luego de alternar en París-, proyectaron planes y aventuras inauditas -que no interesaban tanto como mejorar su arte o leer un buen libro lejos de satánicas amistades-, y que ahora dormían como tontos su alcohólica borrachera…
   Pruebas, al fin y al cabo. Como el último modelo de ropa en una mujer sofisticada, versus la bicicleta de un hombre sabio o maniático, que es lo mismo (para este mundo). Como las siete habitaciones de la casona comprada con su herencia y aprovechada por ella, versus el estrecho cuarto donde persiste en encerrar la austeridad de una existencia violada por la desfachatez del amiguismo.Pruebas duras. En realidad, parece un personaje de telenovela: Luigi Scaglioni, joven rico y famoso artista, rebelado. Detrás, la risa de los payasos ojerosos. Por tanto, no existe. Es, según ellos, una gran mentira. Así dicen. Y no le preocupa. Sólo él se escucha latir… (Y Juan lo entendería; mañana, Juan lo entendería).
   Pero, ¿y Sara? Sara ha cambiado mucho. De ella sólo queda el nombre encadenado a sus labios. Sin embargo, va a tener un hijo. Su hijo. Entonces, vale la pena correr… (Allí fue cuando notó que sudaba).
 
Luigi
   Mientras lo hace, frenético, alucinado casi, recuerda aquellos tímidos encuentros con ella; escarceos amorosos de jóvenes ingenuos en busca de trascendencia. A la puerta de su Iglesia en Nápoles, a la salida de la  Facultad de Letras o del Taller de Pintura de Manzio, en los parques de abril espantando gigantes a los niños que juegan y trepan a las máquinas y vagones detenidos por el óxido pero que relucen en la imaginación… ¿Y cómo se llama él en este juego? Se llama Luigi y huele a primaveras y chapotea lluvias y ensaya guiños cómplices con Dios, experimentando siempre esa sensación de gravidez con que se mantiene el amor. Viajando en esa nube rosa que se explaya sobre el temor del mundo, plena de vigor. Y cuando todo debía comenzar, todo acabó.
   La fama no debe codearse con algunos seres, entrelazarlos con el efluvio mordaz de la gloria (Vanitae vanitatum et omnia vanitas). Les hace mal. No están preparados para su roce eléctrico. Se marean y caen. Caen desde un edificio alto, tan alto que no se dan cuenta que caen; porque tanto arriba como abajo es lo mismo, y la tierra donde se precipitan no aparece, sino para hundirle de raíz.
   ¿Dejarla? Demasiado fácil. Era su cruz. Y traía un hijo por compañero inigualable. Pero ahora peligra. Y, más que ella…
   A dos cuadras sigue escuchando sus gritos. Aunque nadie, excepto él, puede volver la cabeza. Son las ocho de la mañana de ese primer día del año, y corre como un loco. En pijama, sandalias y torso desnudo. Por testigo, un trasnochado vecindario que pronto explotará. El eco de sus pasos hinca las veredas, golpea las ventanas y desata los cerrojos de aquel aristocrático barrio de la ciudad envuelta por el manto de un eclipse. Ojeroso y barbudo, con el pelo cobrizo y entrecano, curioso para sus treinta años, traga el mal aliento y se muerde los labios hasta hacerlos sangrar. En el baño queda Sara. Atormentada.
   En la calle, él, buscando la casa del menos consentido para implorar auxilio. La vista fija en su objetivo (quizás por eso no advierte esfumándose tras un tanque de agua, a Pablo Armendáriz, su mejor amigo); crecido en el pecho el sudor del estío, sacudiendo el crucifijo sujeto a la garganta, medio tonto por los recuerdos que lo asaltan, despavorido por la insólita situación en que hallara a su mujer esa mañana al despertar…
   Debe apurarse.
   ¡Más rápido! Pablo sabrá qué hacer. Cómo deshacerla del espejo del baño y sacarle el tubo dental y el cartucho de lápiz labial apretado en su boca; y arrancarle, quizás, esa inmensa cadena de frascos y cajitas de polvo base, coloretes y brillos, cremas de limpieza nutritivas y astringentes, y pinceles de rimmel, sombras y delineadores, hebillas, pincitas e invisibles, ruleros, champúes y aceites, que se han adherido a su rostro de cándida muñeca de verano, como rodajas de belleza y flechas de ilusión, dándole ese aspecto de medusa moderna con el débil signo de humanidad prendido al réquiem de sus ojos; ojos enormes y negros, con toda la ansiedad y el terror del universo acumulado en la retina, con la salvaje expresión de lo imposible y el ahogo mentolado de la pasta de monofluor de sodio empastando en sus labios, la siniestra obertura de una histeria paranoi
El Ángel Exterminador
   «¡Pablo!».
   Y a Pablo el viento o vaya a saber qué cosa extraña se lo ha llevado levitando hacia arriba junto a Giovanna y Sofía, sus pequeñas hijas, hasta donde el fuego gris amenaza con enrojecer…
   «¡Pablo! ¡Viejo!, ¿dónde estás? Justo ahora se te ocurre ir al campo…», y el desaliento lo enerva.
   Veloz, su mente piensa en Pocchetino. «¡Pocchetino! ¡Probemos con el gordo Pocchetino!». Y emprende su corrida por la vereda de enfrente. «El muy cerdo debe estar contando sus salames…», gruñe; y ya está a cinco cuadras de Sara, atrapado en las mortales bambalinas del Teatro de las Pesadillas…
   Una gota de sal, indócil, superando el escalofrío de su frente, le nubla la visión. La realidad se vuelve noche hasta que el manotazo brusco de su mano sin reloj intenta aclararla. Pero sus ideas se confunden en aquellos continentes apagados. Sí, hasta él llegan sin piedad los gritos aterrados de una hilera de cuerpos transidos, atribulados en los Moteles del Adulterio o en las Escuelas del Progreso sin Alma… Y ansía la luz con desesperación. Y la luz se hace. Y ve demasiado en aquel momento de serenidad con que se entrecorta su agitación. Es que por allí andan los Cóppola aplastados, uno por cada lado, contra las puertas de su flamante unidad motora. Listos para pavonearse a la entrada de la Iglesia. Ya no. Pidiendo socorro también, porque, además de fundirse en la azul carrocería del auto, una serie de objetos ha comenzado a zumbar en torno a ellos con la manifiesta intención de ahogar o formar parte de su personalidad estremecida.
   Luigi tiembla también. En cualquier instante, razona, terminará pegado a alg
   Los objetos que vuelan son unas láminas de colores opacos que escapan de las chimeneas, ventanas o hendijas del caserón de sus azoradas víctimas; y aún de sus propios bolsillos. Y que, al tiempo de estampar su gracia enaltecida por la figura estoica de aquellos próceres reconocidos por la Historia del Pueblo, coletean graciosamente la estirpe de su signografía monetaria, ampliamente liberada a causa de la forzosa circulación. Porque, al cabo de un minuto, el fenómeno se generaliza. Los árboles de las calles y bulevares truecan dolidos su natural follaje por el de aquellos papeles entintados que ponen precio a sus existencia. Y una nube de dinero vagabundo misteriosamente conducida, desciende sobre la multitud de hombres que inician el año paralizados en el cemento, esclavizados en sus zapatos cotidianos, atropellados por el rigor de su egoísmo, sorprendidos en la idolatría de sus pensamientos, o atenazados en las sillas de los bares insomnes donde entretejen las fábulas de sus negocios e intereses. Todos ellos sofocados no sólo por el humo de los cigarrillos que han decidido, por sí mismos, encenderse, perpetuando en el aire su aroma a tabaco; sino por aquella marea de riqueza que revolotea astuta, como una sombra hidrópica, auscultando memorias y conciencias hasta encontrar propietario. Igual con las botellas; de a millones clausurando bocas…
   Mas, todo eso piensa o adivina, porque no otra cosa puede suceder con aquellas bandas de dinero y envases asaltando la ciudad. Al igual que con las botellas, la posesión monetaria es dolorosa. A los Suárez las fichas de cobre y níquel se les meten entre los dientes por cada grito de dolor que dan. A otras gentes, imaginó, se les debían estar introduciendo por las orejas…
   El espectáculo es terrible. Y da gracias a Dios el encontrarse libre todavía para buscar ayuda, si es que existía en algún lado: porque resulta grotesco pensar en bomberos trenzados por sus propias mangueras e intentar liberar a Sara con ellos en tan incómoda maniobra. Su principal escollo radica en eludir esa andanada hedónica que ha terminado horrorizándolo. Y, como no hay tiempo para concretar una idea coherente, apresura su carrera en busca de Pochettino, haciendo caso omiso del castigo inflacionario que billetes de cien mil propinan a sus espaldas humedecidas.
A duras penas distingue el cartel del supermercado. A su lado, la casa. Golpea con frenesí invocando el nombre de su amigo, pero nadie responde. La puerta, sin llave, cede naturalmente al accionarse el picaporte; entonces, el obeso, gigantesco y calvo despensero, aparece frente a él con los ojos escaldados, visiblemente atraído por su mesa y utensillos de cocina, atragantado por el denso emparedado de fiambres y huevos que todas las mañanas preparaba; y, junto a su humanidad sometida, su hermana Lucía de ruleros en los tímpanos intentando, inútilmente, liberarlo de una muerte segura por asfixia. Por lo demás, una lluvia de billetes errantes viola la entrada y orna su cabeza de gloria y esplendor, mientras una festiva cadena de embutidos circunda su silueta estremecida, gateando por el suelo o dando brincos, en maravillosa comparsa de comestibles vivientes…
   Luigi se detiene enajenado. Gira en redondo, se cubre los oídos y cierra la puerta escapando a la calle antes de que centenares de paquetes de harina, fideos, azúcar y sal, todo en singular enredo de envases de arvejas y tomates, duraznos y picadillos, se una al ataque y estrangule gastronómicamente al martirizado comerciante…
   El miedo deja tan sólo de azuzarlo. Ahora lo posesiona totalmente. Excitado al extremo, observa a cada hombre atragantado, atado, ahogado, masacrado, cepillado, envenenado, paralizado, enceguecido, fusilado y torturado, muerto en la debilidad ética que ha signado su existencia. En amaneceres rosas o púrpuras atardeceres. En mediodía o medianoche. A cada uno según su región o país. Y opta por regresar donde Sara. Al menos ella no habrá visto, sino, la vergüenza agónica de su propia corrupción…
   El vecindario sucumbe bajo la verdad. Sin embargo, al margen de toda esa locura puede advertir que no son globos ni muñecos los que, mezclados con la estela de billetes, monedas, botellas y elementos que se agitan en el aire, son atraídos hacia la fogata gris-rojiza que domina la amósfera, liberados del acoso de una descontrolada realidad. También los pájaros, las hojas y las flores suben. Y el canto de los pájaros y el color de las hojas y el perfume de las flores. Y un inveterado invierno cristaliza la sangre y detiene los pulmones congelando al mundo… «¡Sara!, ¡cara mía!», grita. Aunque más que por ella por el pequeño náufrago que navega en su vientre.
   «¡Sara!». Y entra en la casa. «¡Sara! ¿Dónde estás?». Pero sólo un bebé responde con su llanto.
    Entonces… “¡Sara!”. Pero no puede acceder hasta el baño donde la mujer solloza débilmente, ya sin fuerzas… Ellos le han ganado. Están abarrotados en la escalera que conduce a la suite del primer piso, disputando la oportunidad de coronar a la reina, de ungirla con arte y vanidad. Sus cuadros, pinturas esquizofrénicas de artista plástica con fama astuta y vehemente alcanzada, son un ejército en formación rodeando a la enemiga, acosándola, tenaces, ajenos al horror de su destinataria loca y muda… A su lado, en el sangriento lodazal de un cruento parto anticipado sin asistencia alguna, un precoz astronauta se retuerce torpemente ligado aún a su nave nodriza. (Sin duda, Juan ha elegido un mal día para visitar a este mundo arcano que ha comenzado a despoblarse).
Entretanto, su padre corre desesperado donde el cuarto de herramientas, y murmura, presto a rebelarse. Tiene suerte. Inmóvil, un hacha lo espera y la toma entre sus manos; después, vuelve y arremete -feroz- contra ellos. Pero no solamente por Juan. También por Sara, y aquel viejo amor. Ellos, su Obra. Nada más. El motivo de una efímera alegría, pero también de la ambición de Sara. Pobrecita. Uno por uno, destrozarlos… ¡Así! ¡Así! ¡Así!
   De pronto, algo le impide continuar su arrebato salvífico. Las campanas de la Catedral repican sin cesar, como en día de Pascua o Navidad. Año Nuevo, repican. Anno Dei, repican. Año de Dios, repican… Y su dicha metálica le cubre los ojos de lágrimas. El hacha salta pues de su mano y se une en retirada junto al coleteo pictórico desairado. Pero tarda en darse cuenta que ha ganado la batalla. Se siente perdido y perdido a sus seres más amados. Hasta que Sara surge, ante él, bellísima, con su hijo en brazos nacido en plena crisis, y una hermosa sensación de gravidez aliviana sus cuerpos, los posee interiormente como cuando eran novios y los impulsa hacia la calle, elevándolos como aves majestuosas por sobre la línea de monedas y billetes que se expande por doquier.
   Ahora son parte de las flores y hojas, tallos y continentes que, desgranados en partículas, se pliega a la masa oceánica que abandona el planeta en descomunal marea…
   Allá abajo quedan las gentes atadas a sus lechos de impostura y encantadores aparatos domésticos; ahogadas en el postrero enjuague de la piscina veraniega, calcinadas por el sol, intoxicadas por el tabaco y la droga, y, algunos niños, los que aún no han levantado vuelo, lloran…
   Sí, allá abajo quedan los parques solitarios, sin jubilados que pasear porque ahora se divierten mucho más: ¡vuelan! Y cuando la cortina de polvo, agua, verde y perfume desaparece, transfigurada en el punto donde se filtra un punto de luz que, evidentemente no es el sol, se descubre a sí mismo.
   Una idea.
   Una idea sin cuerpo, ni carne ni huesos; sin piernas, ni brazos ni cabeza. Un pensamiento sutil vagando por el espacio. Atravesando el universo hacia el agujero donde hierve el extraño candil…
   Y descubre también que su antiguo mundo (edénica mirada), no es sino un conjunto de ciudades vacuas, arracimadas unas con otras porque no hay terreno donde apoyarse. Una compleja y absurda telaraña de edificios, cloacas y túneles, postes y líneas telefónicas, radares, computadoras y antenas de televisión; sincretismo de cemento espigado y gente sin vida, girando en torno a un abismo sin fin. Famélico esqueleto de progreso tecnotrónico, sin raíces para seguir creciendo…
   (Después llegaría a la luz junto a un torrente de templos. Futuras moradas de un Todo vuelto para él, último recuerdo de su humana existencia)
Anno Dei
   Todavía no abre los ojos…
   Luigi Renato Scaglioni, su padre, finalmente muerto en fama y perpetuado en bronce por la colectividad artística de su patria. Sara Judith Aisentein, su madre, finalmente muerta en fama, pero lejos de aquél, en tierra de sus padres y al cabo de segundas nupcias con un ministro israelí. Él, Juan Scaglioni, finalmente sacerdote, lejos del viejo Nápoles que no alcanzó a conocer. Él, con su alucinante memoria y escala de valores…
   Cuando despierta se muestra pensativo y una tristeza infinita lo reclama: «Estás viejo, Juan. Chocheas con tus viejos fantasmas. Viejos como vos. ¿Qué te pasa? ¿Para qué resucitarlos? ¿Confuso? ¿Frustrado por no hendir la carne y verte transcendido en hijos que lleven tu mirada y aborden la vida con tu socarrona nobleza? ¿Quizás el vino de misa y doce campanadas de Año Nuevo enturbiando la mente? ¿Con ganas de volar…? ¿Es eso? Mucho trabajo, Juan. Y un poco loco; de cansancio y soledad. La soledad que brotó el día en que los tuyos decidieron separarse y fuiste con tu padre por el mundo un marinero de meses. Y han vuelto a visitarte”. Eso fue. Una extraña visita. Nada más… ¡Arriba! Pero… «¿Y Goya? ¿Todavía no llegó? ¿O llegó y se fue? ¿Se fue volando..? ¡Ja! ¡Ja! Por las dudas corro afuera…». «Eh, ¡cura depravado! ¡Vaya a ponerse los pantalones!». Y el coche ruge devorado por la ciudad dormida tras el horizonte de un cielo de hojalata, herrumbrándose…
   Ahora las campanas suenan (o vuelven a sonar).
   El pulso del padre Juan acompaña sus tañidos jalando las cuerdas con rítmico vaivén. A las ocho de la mañana de aquel día nuevo, tempraneros feligreses se agolpan en el templo mercedario en cumplimiento del precepto litúrgico. En sus estómagos hay leche fría y mermelada, y comprimidos de analgésicos junto a restos de bicarbonato. Van en busca de la primera bendición del año. Y de purificación comunitaria en el Día Universal de la Paz… Un cura serio y algo perplejo los recibe e inicia el sacrificio dominical. Sus oraciones se entrecortan por silencios no rituales, y la asamblea inicia un lento y pronunciado murmurar…
   De pronto, el murmullo cesa: la Palabra de Dios ha sido anunciada. Y el ceño de Juan se contrae con firmeza cuando la presenta. La asamblea espera. No saben qué, pero todos esperan. Es que el padre Juan, siempre amable y sonriente, suave y sugerente, profundo y sutil, está desconocido.
   «¡Je!, le ha hecho mal el vino anoche», apunta suspicaz un feligrés. «En cualquier momento se nos viene abajo», arriesga otro. Y sonríen. «Shhh, la Palabra de Dios», advierte otro.
   «Evangelio… según… San Juan», dice persignándose con probado respeto. Pero no alcanza a concluir porque lenta, real y sorpresivamente, clava una mirada ignota en el panadero, almacenero, zapatero, carpintero, plomero, electricista, estudiante, obrero, técnico y profesional; niño, adolescente, joven, adulto hombre y mujer, maduro y anciano, sano o enfermo, y él también sonríe… Sonríe con un gesto amplio y generoso, desnudando el alma tras la apertura de su boca seca, y la asamblea suspira.
   «¡Ese en nuestro Juan!”, opina la Cofradía; y el resto asiente porque es verdad. El alegre, sacrificado y viejo Juan que todo lo sabe, proyecta, construye  y soluciona… Pero que lo es por poco tiempo no más. Porque lenta, real y sorpresivamente comienza su ascensión hacia la bóveda del templo, mientras el mundo enmudece y un viento gris sopla afuera una multitud de hojas novedosas, como de cien, quinientos y un millón de millones de pesos arrojados, sin cesar, a la locura de un inesperado Apocalipsis…
   Es el Anno Dei. Vanidad de vanidades, todo es vanidad.
   Y así pasa la gloria del mundo.-

LA SALIDA (EN LA PRIMAVERA DE LAS TUMBAS) (o Parábola del Infierno)
A Joanne K. Rowling
Tambores
     Algo así como el retumbar de cien gigantescos tambores golpeó las sienes del extraño hombre. Pero, lejos de tomar su cabeza para contener la andanada de sonidos que, desde la eternidad, agrietaba sus tímpanos, desplegó una ansiosa e inquietante sonrisa entre las sombras de la negra y siniestra concavidad de sus ojos vacuos. Era ese el modo con que Nicola Gianforte expresaba su anhelante felicidad…
     Podría volver a sentirse vivo.
     Nicola Gianforte sacudió su espíritu. Una carrada de polvo y nicotina se acumuló en torno de su alma amarilla. Claro que, a Nicola, poco importaba la sequedad y dureza de aquella sustancia que acostumbraba reposar en el lecho húmedo y frío al que había sido destinado un siglo atrás.
     Mas, Nicola, no sufría en esta singular postura donde el ocio reinaba como la eternidad; donde su oficio y amigos eran sólo parte del polvo que, el retumbar de tambores, le había obligado despegar. Y esto era, quizás, porque Nicola tenía en su muñeca –atada fuertemente- una bolsa blanca, muy blanca, casi brillante… Y bien sabía él que, dentro de ella, estaban sus mejores joyas y aciertos: esos pequeños y elevados sentimientos –obras- que había llegado a construir a pesar del barro y de la nicotina.
     La bolsa blanca y brillante no era muy grande, pero tampoco insignificante. De ningún modo. La bolsa blanca era lo suficientemente adecuada como para asegurar que, allí, sobrarían elementos para enderezar a un alma simple y amarilla.
     Sin embargo, el toque de tambores no había sido para Nicola Gianforte extrajera su carga y se pusiera, con paciencia y entusiasmo, a refaccionar cada centímetro cuadrado de su ego. El toque advertía, sí, que el momento de la salida estaba cerca…
     Cuando a su creciente murmullo se agregaran los tañidos invisibles de un millar de campanillas ocultas a la ilusión, entonces, podría levantarse de su cama, vestirse, abrir la puerta de su inevitable encierro, y lanzarse –como lo deseara en aquel día- al mundo, a sus calles, a sus máquinas y hombres, a sus cielos y árboles, estrellas y relámpagos… 
     Nicola lo sabía. Por eso, lejos de alivianar su figura, la tensión de la espera lo aplanó de un golpe sobre la piedra lisa, húmeda y fría, detalles éstos en los que nunca hubiera reparado.
El Cuarto de los Vestidos
     Todavía persistían los ecos del milagroso resonar. Las campanillas mecidas en forma tenue, acompasada y alegremente, contagiaron de estupor la estrujada estantería sobre la que, Nicola Gianforte, levantara su otrora humanidad.
     La sonrisa pareció volver, nerviosa, a enquistarse en la borrosa tez; luces y sombras cavaron indefinidos sesgos en el ondulante caminar de un espectro que, con lentitud, se aproximaba al Cuarto de los Vestidos.
     No obstante, a pesar de la lógica emoción que nublara su conciencia, el extraño hombre efectuó un despeje total de los residuos acumulados en su lúgubre estancia. Y aunque para alguien como don Nicola, los colores y las formas, los olores y sabores sólo ahora podrían volver a tener sentido, y poco importara que la antedicha habitación hubiera sido pintada de gris y su cama fabricada en el más ruin cofre de tinte caoba con pulido especial, el viejo fantasma había sido siempre un amante del orden y de la pulcritud. Su vida austera relucía ahora como la del mejor acomodado merced a una constante preocupación sobre la idea de que, no sólo era cuestión el comprar algo, sino mantenerlo bien después. Así que hasta aquel apretado cubículo sombrío comprobaría la delicadeza con que, el viejo italiano, tratara a las cosas…
     Después que la caja estuvo reluciente, el puntilloso fantoche escrutó –con mirada inquisidora- todos sus rincones, dio una autoaprobación a lo hecho –meneando las brumas de su inteligencia-, giró en redondo, y comprobó que la blanca bolsa estuviera firme en su lugar… Agitó las tinieblas de su muñeca derecha para estar seguro, también, de que una caída voluntaria o accidental no le acarrearía disgustos; y, luego, sopló con precaución hacia delante, y la puerta del cuarto se abrió chirriante dándole paso.
      Nicola Gianforte avanzó sobrevolando el umbrío corredor rumbo al punto de luz que brillaba al final del angosto pasillo. La humedad colgaba de éste como llovizna y el frío se apelotonaba en los racimos musgosos de su negra corteza. Pero esto tampoco interesaba. Sólo el punto de luz tenía razón de ser. Era un círculo giratorio que crecía con cada paso del viejo. Al cabo de cien metros, el punto se había transformado en un enorme agujero de cerradura que alentaba la posibilidad de develar los misterios ocultos por tamaña puerta.
     Excitado, el anhelante espíritu sopló sin dudar sobre el pozo de luz, y un sonido conocido se dejó oír al descorrer su secreto la Puerta del Cuarto de los Vestidos.
     Los tambores sonaron y el incendio tornó rojos sus movimientos. La luz, derramada en cascada sobre su impresionable ánimo, lo inventó una y otra vez al avivarlo en fuerza y energía.
     Nunca había visto nada igual.
     Los vestidos y los cuerpos del Cuarto castigaron sus despojados ojos con un millón de matices y diseños. Aquello era… ¡fantástico! El gran cubículo parecía no tener fin. Allí estaban, ordenados, los modelos de hombres y de trajes que, alguna vez, caminaran fuera. Y si aquella impactante visión lo había conmovido profundamente, una razón como la suya, amante de la disciplina y de la pulcritud, no pudo dejar de admirar también la fina atención puesta en conservar a aquel trillón de maniquíes…
     El espectro aleteaba las sombras de sus manos y señalaba algún cuerpo célebre –no era cosa de todos los días ver a don Ray Bradbury esbozar su obesa e invitante sonrisa, o a don Federico Chopin cavilar notas en derredor de su desgarbada estructura, o a don Eduardo Manet discutir su nueva técnica de mostrar al mundo-;  las confundía con las sombras de su boca en gesto admirativo, o con las sombras de su cabeza en gesto dubitante… El cuello le giraba de izquierda a derecha, mientras sus pies intentaban la marcha por la amplia vereda que dividía, centralmente, a tan inesperada colección, de la cual, más tarde, formaría parte.
     Calculó que ambas filas debían extenderse hasta los confines de la eternidad, y que, su pensamiento de intentar conocerlo todo, era tan descabellado como increíble el gesto del dios de permitirle una salida antes de marchar, con él, definitivamente a Palacio.
     “¡Volver a vivir…!”, cantaron las bocas de los cuerpos inanimados. “… a vivir!”, y el coro perfecto hizo temblar la luminosa galería para luego, de golpe, acallar su sentencia sin que resonancia alguna perdurara en el recinto…
     Nicola Gianforte detuvo su andar. De pronto, sus pies quedaron fijos en el suelo marmolado de blanco. Una angustia imprecisa turbó su conciencia y el cúmulo de sombras se aquietó, tenso, esperando…
     “¿Cómo sería?”, se preguntó. “Creo haber sido claro por entonces”, masculló. “Tenía que ser alto, robusto, cabellos negros y ondulados. Los ojos, azules. Azules. Eso sí: sin cambio. Mamá decía que papá los había traído del fondo del Mar Mediterráneo…”, recordó.
     Claro, pues; podía renunciar a sus cabellos rubios –luego canos-, a su figura escuálida –luego obesa-, pero no a sus ojos azules –por siempre azules-. Así que había sido claro: alto, robusto, cabellos negros y ondulados. Pero ojos… azules!
     También había pedido un rostro magnánimo; y que profusos bigotes suavizaran las palabras nuevas de su boca nueva. ¡Y dientes! Quería dientes blancos. Los suyos habían quedado como hojas de otoño.
     Debía aparentar unos treinta y seis años.
     Las cejas, medianas. El cutis, lozano (nunca había fumado). Casi sin arrugas… ¡Y las manos! Las manos finas; manos con dedos largos y mágicos que supieran tocar el piano o escribir un cuento, o pintar un cuadro… En cuanto a la ropa…. Buenos, eso sería cosa del dios. La moda habría variado bastante y no podía caer al mundo despistado, ya que, en vez de observador, resultaría analizado, comentado, burlado y perseguido por monigote. Sí, el dios vería. Después…
     Después estaría listo para saber cómo había evolucionado aquello.
La Noche del Día de la Salida
     Nicola Gianforte cerró los ojos de su inteligencia y esperó. Un par de segundos…
     Su alma amarilla palpó la tersura de la seda que comenzaría a rodearle hasta que, al abrir los párpados, lo mostrara completamente nuevo y joven. Alto, robusto, cabello ondulado y negro. No había espejos que reflejaran la armonía de aquel cuerpo. Pero Nicola la sentía. Y hasta podía adivinar que sus ojos eran azules…
     Estos se movieron con la misma velocidad con que sus manos recorrieron la nueva piel, fresca y vellosa, forrada en un ajustado enterizo azul acero. Un cinto plateado rodeaba su cintuy un metálico reloj marcaba los microinstantes del tiempo de los hombres prendido a su muñeca izquierda. Estaba listo. Preparado para el gran salto. Por supuesto, todo había resultado extraño, mágico y casi inexplicable. La promesa del dios, luego de aquella discusión sobre el futuro, se cumplía al pie de la letra. Y ahora sí, Nicola Gianforte pudo advertir todo lo húmedo y frío que, ungido de raíz, teñía de negro la subterránea morada.
     La bolsa blanca desapareció, súbitamente, de su vista. No hubo tiempo para preguntas tontas. Era lógico que ello sucediera.
     Sus pasos resonaron dentro de la bóveda. Ya no sobrevolaba la tierra sino que la apretaba entre los dedos envueltos en aquellas lustrosas botas de cuero negro. La Puerta del Cuarto de los Vestidos selló nuevamente el misterio, y, el pozo de luz, volvió a ser un punto decreciente a sus espaldas. Pocos metros faltaban para salir de allí, aunque no había resplandores que anunciaran al mundo.
     Sería de noche.
     Y habría estrellas…
      Esas incontables guedejas de calor que pespunteaban la soledad del universo estarían esperándole a él. Le darían el sentido y la dirección necesarios para sortear las cruces, trasponer el rejado y caminar las calles de la antigua ciudad de inmigrantes. El dios había tenido cuidado en ensombrecerla. Cualquiera que hubiera advertido su presencia inesperada, lo habría denunciado como a un monstruo onírico escapado como un zombie de aquellas tumbas de la Ciudad del Descanso. Y Nicola Gianforte era, en este momento, un hombre más respirando aquel aire abrasador que le anudaba la nariz ahogando sus pulmones…
     Siguió avanzando. Allí estaba la pequeña loza gris. Ahora la levantaría, despacio, como si en realidad nada ocurriera.
     Excepto la noche.
     La Noche del Día de la Salida.
     Tal como pensara, una estrella guió sus pasos. La Ciudad del Descanso había cambiado. Mucho. Cien años era bastante tiempo. Se había vuelto más intrincada. La aglomeración de criptas era pasmosa; tan pasmosa como la quietud del lugar.
     Cuando recapacitó sobre lo que estaba sucediendo, se sintió –en cierto modo- otro dios. ¿Cuántos hombres habrían soñado con esta oportunidad? Al cabo del fin, volver en la distancia a comprobar si el amor y la razón habían triunfado sobre el egoísmo y la necedad…
     A pesar del aire tórrido que circulaba en las aceras desiertas de los alrededores, la piel nueva y fresca de Nicola Gianforte se erizó de escalofríos. Es que su mente traía del pasado el recuerdo de la Gran Crisis. Sus años de empleado sanitario, el hambre de su familia extranjera, las horas de sueño amontonadas en escaleras abarrotadas de vagabundos sin destino; las luchas en fábricas y estaciones de trenes, las manifestaciones, los disparos de armas que cargaba el Diablo y descargaban los infelices…
     Su asesinato.
     Se vio allí, frente a la Compañía Química. Con Ángelo caído en la refriega. Ángelo, su amigo. Había que ayudarlo… Pero, de un soplo, la vida se les había escapado por el hueco sangriento que perforaba sus costados…
     Nadie supo bien lo que ocurría. Todos opinaban… Claro que, en la nueva habitación, uno olvida el pasado, cuelga los recuerdos, y sólo sirve para descansar…
     ¿Dónde estaría María? ¿Y Lucio, el mayor…? ¿Y Susana? ¡Cuánto tiempo había pasado ya! Tal vez…, de haber seguido recorriendo un poco más el Cuarto los hubiera encontrado: quietos, alineados, sin vida, pero limpios y ordenados. Y si el dios lo deseaba, hasta podría haber conversado con ellos…
     Sin embargo, Nicola, a pesar de su apocalipsis personal, jamás había dejado de insistir. Confiaba en el hombre.
     Cuando aquella tarde nubosa un látigo de fuego le nubló los ojos, y los carteles de colores se apagaron, y las flores de Parque Chico se marchitaron, y los árboles de su casa se conmovieron, alcanzó a perdonarlos. Estaba seguro que, algún día, aprenderían…
     Y le dijo al dios. Le dijo que estaba seguro de ello. Que, como buen siciliano, podía ganar a un vasco en porfía. Que estaba dispuesto a hacer una apuesta con él si era tan desconfiado.
     Y el dios había aceptado. Si ganaba, estaría a su lado como príncipe. Si era derrotado –por segunda vez-, tendría que ponerse a sus órdenes y darle ayuda en los quehaceres del Palacio.
     No era que el dios odiara a los hombres. Por el contrario, los amaba infinitamente. Les había dado vida, inteligencia y oportunidad de hacer las cosas bien, pero sabía algo que, Nicola Gianforte, nunca comprendería: la libertad era un don demasiado grande e importante como para manejarlo sin compromiso con el Bien Común…
Pronto los muros de la necrópolis quedaron atrás. Se asustó un poco ante el silencio que habitaba la ciudad. No dejaba de mirar hacia arriba, agudizar sus vírgenes sentidos y contemplar los monumentos que la Humanidad erigiera como agudos alfiles emulando a Babel…
     Al final de la primera calle que tomara, rumbo al oeste, dio con una gran avenida. Le sorprendió su ancho aproximado a los doscientos metros, y su aire arrollado por el invisible paso de algunas pocas ruedas susurrantes lanzadas sobre la plana superficie gris a fantástica velocidad.
     Mucho de los carteles, de exagerado largo, estaban apagados.
     Miró su reloj: marcaba las doce de la noche. También le sorprendió el hecho de que, ninguna ventana de aquel centenar de rascacielos, emitiera destello alguno. La ciudad parecía tan muerta como el lugar de dónde provenía. Algo pasaba.
     La sirena aturdió su cerebro inexperto y sobresaltó su joven corazón.
     Estaba cruzando la Avenida Mayor –así denominada- cuando, de pronto, la estridencia se interpuso entre su temple y su miedo obligándolo a correr. La sirena parecía decir: ¡Alto! ¡Deténgase!, pero Nicola Gianforte había puesto alas a sus pies, y la serie de persianas ocultando escaparates de bazares se volvió un centellear de líneas que, a jadeantes trancos, lo encerró en aquel callejón cerca de un tanque recolector de residuos.
     La sirena siguió su rumbo y se perdió a lo lejos. Algo pasaba. Estaba muy confundido.
     La carrera despertó en su vientre nuevo un ancestral deseo: tenía hambre. Miró a su alrededor, y las sombras del callejón le negaron toda esperanza de probar bocado.
     Las horas transcurrieron pesadamente. Una luz amada lo sorprendió dormido, recostado sobre el tanque. El alba lo despertó. Ahora sí sus oídos percibieron mayor movimiento en la ciudad, aunque no tanto como podría haberse esperado.
     Tal vez, en algún lugar, un vaso de leche fría con dulce y tostadas estuviera esperándole. Su aroma refrescante tocó de modo imaginario las entradas de su atosigada nariz, pero la Patria del antiguo ayer,  estaba lejos. Muy lejos de ahí…
     Unas gotas de sudor le llagaron el rostro y entumecieron su boca. Tenía hambre y sed. Y sentía calor. La atmósfera explotaba en persistentes iones de energía, mientras el cielo, libre de nubes, era inmensamente azul. Como sus ojos…
     Se levantó. Acomodó su enteriza vestimenta, y marchó por las veredas de la Gran Avenida, bien pegado a los muros de los gigantes que atomizaban su humanidad.
     Por otra parte, la gente no se mostró atrevida como lo hubiera deseado. Eran sendas fugaces y nerviosas las que surcaban su entorno. Los vehículos iban y venían con rapidez por el amplio circuito, o podía vérselos elevar y aterrizar en las terrazas lejanas de aquellas soberbias torres de vidrio y acero. La ciudad ahora latía.
     — ¡Eh! –la voz sonó ronca y dura-. ¿Qué hace ahí? –demandó.
     Nicola salió de su clima meditabundo, y, abandonando el paso lento y cabizbajo, giró la cabeza hasta encontrar la mirada de su interlocutor.
     — ¡Venga! Puedo llevarlo. ¿Se ha descompuesto su vehículo? –preguntó la voz.
     Nicola dudó.
     — Claro. Sí… Iba hacia Parque Chico.
     — Ah, bueno. Puedo acercarlo. Pero…, ¿a Parque Chico dijo usted? Ese lugar no existe por aquí. Tal vez se refiera a Parque Dickson… –la voz cambió de tono y se trocó en manifiesta amabilidad.
     — Eh… Sí. Eso es. Parque Dickson… –asintió Nicola: no en vano había pasado un siglo por allí arriba.
     El vehículo partió zumbando rumbo al norte, y quien lo manejaba no osó preguntar nada más. Era un hombre maduro, de unos cincuenta años; su cabello había sido teñido de azul y el rostro mantenía una sorprendente lozanía. Casi como la suya. Esto hizo que, Nicola, dudara al fin sobre su probable edad.
     El Parque se mostró inmenso y solitario. Inhabitado.
     — Fue un milagro… –dijo el conductor al par que apretaba una serie de botones coloridos.
     El coche se desplazó sobre el césped del parque sin dañarlo, pues las ruedas se habían replegado dando lugar a una fortísima presión de aire comprimido.
     — ¿Un milagro? –dijo Nicola a modo de singular turista.
     — Sí. Voy a casa –agregó su guía-. Me esperan. Tengo a mi esposa a uno de mis hijos allá. El otro se ha escapado. No he podido hallarlo, pero estoy seguro de que estará a tiempo en el sitio… Tenemos que apurarnos –expresó luego con preocupación-. La radio aseguró que faltan sólo dos horas para que comience. Nuestra familia tuvo suerte. Tenemos los boletos rojos, así que… mientras haya vida habrá esperanza.
     — Claro… –contestó Nicola sin entender nada.
     El hombre podría haber preguntado por él. Si a él también le había tocado el boleto rojo. Pero algo difícil e injusto podría haberse ocultado en tal pregunta. Así que guardó silencio. Y Nicola prefirió callar también. Ya vendrían las respuestas a lo que sucedía. Tenía dos horas para encontrarlas…
Brigada de Niños Exploradores
     El hambre, implacable, lastimaba las entrañas del resucitado. Una canilla de riego salvó su sed, pero el líquido cayó tan pesado en su estómago vacío que, al cabo de un rato, estaba vomitándolo sobre la encinta gramilla. En ese momento pensó que hubiera sido mejor haberle pedido al dios un cuerpo de caballo y no de hombre; aunque, por supuesto, seguro lo habrían perseguido, capturado y encerrado en un zoológico como ejemplar insólito, pues dudaba que, en esta época, alguien recordara las bondades de un equino.
     Miró el reloj. Las nueve de la mañana. Faltaba una hora y cincuenta para que sucediera lo que hubiera de suceder, según el hombre de vehículo errante que lo acercara al Parque…
     — ¡Eh, niño!
     El niño corría entre las flores, se revolcaba, volvía a ponerse de pie, y apretaba un minúsculo botón del aparato que sostenía entre sus manos.
     — ¡Eh, niño! ¡Espérame…! –gritó Nicola emprendiendo veloz carrera.
     El muchacho, asustado, se ocultó bajo un arbusto, manteniendo la respiración.
     — Oh, no tengas miedo. Por favor…
     El niño tendría unos doce años. Era inefablemente rubio y pecoso. Vestía un enterizo verde con un cinto amarillo aferrado a la cintura. Era bastante delgado y, de súbito, como un payasito de caja-sorpresa estuvo de pie.
     — ¿Qué quiere? –preguntó molesto.
     — ¡Discúlpame! Es que por aquí no hay nadie a quien preguntar cosas.
     — ¿Qué cosas? –dijo el chico permaneciendo inmóvil y ocultando su delicado aparato.
     — Bueno, por ejemplo, qué hace un niño como tú por aquí. No veo a los mayores, ni a otros chicos siquiera…
     — Soy de la Brigada –respondió el pecoso secamente.
     — ¿De la Brigada?
     — Sí. De la Brigada de Niños Exploradores.
     — Ah, entiendo… -dijo Nicola sin entender nada-. ¿Y qué se supone hace una Brigada de Niños Exploradores…? –consultó.
     El pecoso hizo un gesto dubitativo con la boca, se frotó la barbilla brotada de sol, y, señalando con el dedo su pecho, afirmó:
     — Soy su Jefe.
     — Oh, claro… Muy bien. Eres el Jefe. Bueno, ¿puedes decirme entonces qué hace una Brigada de Niños Exploradores?
     — Pero… Se supone que cualquier persona sabe lo que hace una Brigada de Niños Exploradores. No parece usted de este mundo.
     — Es que… Lo que ocurre es que he estado muy enfermo y… he olvidado algunas cosas. ¿Me crees? –mintió Nicola, muy nervioso…
     El niño, en cambio, estoico en su puesto, rodeado de hojas y de flores y con la mano derecha pegada a sus espaldas, respondió serenamente:
     — Bueno… Verá usted: una Brigada de Niños Exploradores es un pelotón de chicos que buscan objetos valiosos para los Archivos.
     — ¿Los Archivos?
     — Sí. Papá ha dicho que, dentro de una hora y media, los otros comenzarán a romper todo lo nuestro. Y nosotros trataremos de responderles. ¿Entiende?
     — No. Creo que no.
     — Papá dijo una palabra. Era corta. Sin embargo, no la recuerdo. Dijo que era una palabra muy empleada en otros tiempos por el hombre, y que ahora…
     — Claro… Dime, ¿tus padres tiene boleto rojo?
     — Sí, por supuesto. Y los papás de los chicos de todas las Brigadas también. Este es un trabajo importante.
     — ¿Qué buscan?
     — De todo. Mariposas, flores, hojas, pájaros, trozos de corteza, frutos, y además, sacamos… fotografías. Y filmamos también.
     — ¿Fotografías? ¿Filmar?
     — Sí. Yo soy el Jefe. Debo filmar y fotografiar. Las fotografías son lo más importante de un Archivo. Las fotografías perduran… De hecho, ni qué hablar de los videos…
     — Y dime: ¿qué es o para qué sirve ese… boleto rojo?
     — ¿Tampoco eso recuerda? Entonces… ¡usted no tiene boleto rojo!
     — Creo que no. Y tampoco sé por qué no lo tengo.
     Nicola supo que había tomado la punta del ovillo. Sólo había que intentar desenrollarlo bien.
     — Pero…
     El niño salió de su escondite, desvió la mirada hacia su izquierda y advirtió la llegada de varios niños más. Todos portaban unas bolsas pequeñas que parecían completas de carga.
     — Allí vienen. Traen lo que les pedí.
     El niño pecoso pegó un grito y los demás comenzaron a acercarse hasta su posición.
     — Son Lemour, Katia y Morsk. Lemour trae hormigas; Katia, mariposas; y Morsk, escarabajos…
     Nicola enmudeció.
     — ¿Encontraron todo? –gritó el pecoso.
     — Sí… -dijo el trío que avanzaba a grandes trancadas.
     — ¡Bravo! –exclamó el pecoso, y marchó a su encuentro.
     Nicola sólo atinó a girar su cabeza y a cerrar los ojos cegados por el sol que coloreaba la floresta del Parque. Los juegos metálicos brillaban y, de pronto, oculto tras una arracimada cortina de árboles, el Cohete erigido en el centro del área apareció aprontando sus motores, listo para partir…
     Los niños corrieron y corrieron hasta quedar a unos cien metros de él, y, de cuclillas, revisaron el tesoro de bichos y objetos que habían conseguido recolectar.
     Entonces, el pecoso hizo un gesto y los otros tres dieron un brinco, tomaron sus bolsas y se perdieron en gran carrera hacia la zona de monobloques que circundaba el espacioso terreno verde.
     — ¡Nos vamos! –dijo el pecoso.
     Levantó su mano y Nicola sintió el alma del niño dentro de sí.
     — ¿Se van? ¿Adónde? ¿Por qué? –preguntaba Nicola en forma atropellada, y viendo que la oportunidad de aclarar la situación se escapaba…
     — A casa. Después al Refugio. Allí estaremos hasta que pase todo. Créame que lo siento. Siento mucho que usted no tenga un boleto rojo. Nos esperan. Nosotros no podemos … Nuestros padres se volverán locos. Nos hemos demorado en el trabajo…
     —  ( …).
     — … y creo que ya deben estar bastante preocupado con nuestra fuga. Pero es la Primavera. La última quizás, y no podíamos fallar… ¡Adiós!
     El niño rotó sobre los pies y cruzó a tranco con sus amigos el ancho del Parque, espesando aún más su vacío humano.
     Nicola había quedado solo. Y hasta había comprendido todo.
     Guerra…
Primavera de tumbas
     … La guerra vendría con esta arredrada primavera.
     El canto de la tierra acongojó su corazón y lo tornó húmedo y frío. Nicola sintió que las lágrimas dolían.
     Miró de nuevo su reloj. Faltaba media hora para que comenzara. Y el aire tórrido –otrora fresco, hace un siglo apenas de las nueve y media de la mañana-  que enrojecía su piel, era simplemente el calor adelantado por el sudor del miedo que bañaba las vidas de una Gran Ciudad…
     Inerte sobre la gramilla reverdecida, pareció escuchar los pasos de su niñez imaginando filmes, golpeando chaparelas en las paredes despintadas del barrio o surcando aerolitos de caña y papel con los colores de su equipo de fútbol favorito.
     Estaba derrotado.
     El dios no se había equivocado. A pesar del tiempo nada habían aprendido. Y eso dolía. Dolía como un pedazo duro de pan en una mesa desierta o un chocolate negro escondido tras una vidriera indiferente…
     — ¡Canten! –gritó.
     Y el eco de su voz despertó a los jilgueros.
     — ¡Arrullen! –gritó.
     Y al cucú de las palomas del Parque coreó la última existencia.
     — ¡Reciten! –gritó.
     Y los Poetas clamaron su elegíaca añoranza.
     Después, arrodilló su cuerpo, besó la tierra con devota unción, y se puso de pie.
     La tumba esperaba.
     Y afuera, un torbellino de gentes sin pasaje al mañana empezaría a correr, a sacudirse, a tropezar y a suplicar en medio de un espanto sin fin que alzaría sus cuerpos muertos hacia los dioses, como el polvo de un billón de tumbas errantes…
     Nicola Gianforte atravesó, abatido, el pasadizo oscuro, húmedo y frío de su hogar. El pozo de luz volvió a surgir frente a él, y la Puerta del Cuarto de los Vestidos se abrió a su hálito fantasmal.
     Se quitó el cinto plateado y el traje azul acero. El reloj se desintegró súbitamente. Pronto la materia fue una enorme sombra. Una sombra con alma amarilla y una bolsa blanca atada a su muñeca.
     Los cuerpos seguían allí, limpios, quietos y ordenados. Nicola alcanzó a preguntarse algo antes de volver sobre sus pasos para quedar encerrado en el viejo cofre caoba: “¿Dónde pondría el dios a los que llegaran? ¿Habría lugar aún para tantos?
     Y hasta pudo adivinar quién sería el encargado de que ello fuera posible.-
     
EL DIA ETERNIDAD (o Parábola del Cielo
A José Gabriel Ceballos, dispuesto a creer…
   (Después del destierro, se durmió en la enorme, grande morada. Desplegó su cuerpo inverosímil, abiertamente mutilado al despojárselo de todo atributo, y, conturbado por las consecuencias de una rebelión infiel, se ovilló como un recién nacido mientras maldecía su suerte. Había un continente de fuerzas contracturándolo de lleno, y un vacío abismal ahuecando sus entrañas. Pobre ángel caído…).
Tal vez fue allí cuando lo vio, imaginó o soñó.
   Era un hombre alto, vaporoso y desnudo, emergiendo nítido por delante de una densa atmósfera de criaturas, por él, desconocidas ahora…
   Aquel lugar, no obstante, le pertenecía; o le había pertenecido. Y no había como Abajo cemento pegoteando la superficie dura, negruzca, volcánica y concentrada que los Otros llamaban tierra: tampoco aceros y plásticos en forma de cubículos y sendas, puentes y diques, telarañas de cables y de ondas circunvalando todo. No. Era el sitio solitario y sin tiempo que, con el paso de una idea omega, estaba prometido a los Otros ser la Ciudad de los Hombres Desnudos.
   Y estaba claro que el Hombre Alto lo habitaba hacía muchos pensamientos; pensamientos sin medida, varados en el centro total de lo viviente. Y que su sola presencia lo había arrojado fuera, sometiéndolo a la cueva infame donde se corporizaba el caos de una traición.
   Lo maldijo brutalmente.
   El Hombre Alto y Desnudo pareció aproximársele; entonces, se ovilló con furia cerrando los ojos a todo vestigio de la purísima luz que irradiaba el Enemigo.
   Presintió sin embargo su mirada serena detenida en la Idea más poderosa jamás concebida: el Universo.
   De pronto, una explosión terrible –debajo de la Idea- lo estremeció aún más, y sus ojos se unieron a los ojos de Aquel que los agigantaba en un rostro hierbado y fresco, indefinidamente joven, lánguido e incoloro. También a sus cabellos, como lluvia sobre hombros marcados por una cruz.
   Y le vio sorprenderse: al Enemigo, mágico y eterno. Sorprenderse de sí mismo.
   Y se agitó en las profundidades de la cueva.
   Sostuvo la imagen a pesar del rechazo ominoso que le ocasionaba, alentando en su ser la gestación de energías inauditas y coherentes al caos corporizado por el nuevo hábitat.
   Y le vio inmóvil en el sitio justo para la Observación Final…
   Fumarolas delicadas y tenues que brotaban y morían sin prisa, ocultaban a veces su apariencia enhiesta en aquel lugar sagrado.
   Los brazos, desmayados, como avalando resignadamente el suceso apocalíptico desatado en la Idea.
   Entonces, un súbito movimiento marcó el horizonte de un racimo de cósmica destrucción, y unos finísimos dedos señalaron el sector donde se había producido.
   El Hombre Alto, Desnudo y Enemigo, apagó la fuerza de sus ojos, como deseando eludir –sin conseguirlo- la inesperada duda que, aquello que ocurría en lo Alto y Bajo de la Idea, estaba despertándole.
   Como hechizado, le vio sorprenderse por segunda vez. Sorprenderse de sí mismo. Y como un rocío de esencias amargas, de los ojos, caer…
   También él se sorprendió ante la duda del Enemigo. Y soltóse un poco de las ataduras del aborrecimiento que no cesaba de manar de su cuerpo degradado.
   El Hombre Desnudo miró luego sus pies, y nos los vio. Turbada la serenidad de su mirada, fueron como extraviados bagajes de un naufragio tras la cálida densidad de la bruma que lo envolvía…
   Y alzó la vista abarcando los límites de lo sin límite, y, por tercera vez, se turbó.
   Tres fogonazos sucesivos más abrieron, junto al primero, capullos de sangre y agua (costado herido) a izquierda y derecha, y otros tantos sectores desaparecieron de súbito entre espasmos de materia viva.
   Y todos los Nortes y Sures, y Estes y Oestes, desaparecieron.
   Se difuminaron cruentamente las siete historias que relataban, a modo de parábolas y en el espacio tiempo del Big Bang (Génesis), la creación del Cosmos o Primavera de la Existencia…
   Se esfumaron las siete historias que remitían, a modo de parábolas y en el espacio tiempo del Big Bang (Génesis), al fluir de la Vida o Vino del Estío(Verano) de la Existencia humana…
   Se disolvieron las siete historias que expresaban, a modo de parábolas y en el espacio tiempo del Big Bang (Génesis),  las cruces de la Vida u Otoño de la Existencia…
   Se evaporaron las siete historias que aludían, a modo de parábolas y en el espacio tiempo del Big Bang (Génesis), al destino trascendente  del Hombre bajo el signo de la Esperanza….
   Y antes del suspiro extremo, recordó su paso despojado, humilde y paciente, por lejanas heredades en tierras de un millón de Jordanes multiplicados en las estrellas de la Idea, eternizando su estremecimiento crucificado…
   “Todo se ha cumplido”, volvió a repetir. Y volteó la cabeza, y navegó la Barca de su cuerpo resurrecto y glorificado hacia el dueño de la Mies.
   Abajo, alguien tuvo escalofríos de muerte mientras dormía. Y un sudor de hiel se derramó en su boca.
   Cuando levantó la frente, pudo distinguirlas.
   Giró su místico contorno y abrazó con ternura a dos figuras de nube que, a pocas ideas de allí, le miraban con angustia sufrir…
   Él, como cuando el templo extravió su conciencia en Jerusalén.
   Ella, como al pie de la cruz donde gestó el Amor eterno para los Ellos.
   El otro, como cuando aprendía su oficio de carpintero y ebanista.
   Serenos y majestuosos, sus Amigos del Principio contemplaron en silencio los estertores del fin.
   Y pensaron en lo vivido en tantos planetas llamados Tierra como inteligencias Él había querido sembrar en la Idea. Y meditaron lo que antes no habrían podido pensar ni meditar en Aquel lugar sin horas ni medida, donde todo parecía consumado.
   Sin embargo, estando los otros por llegar, la duda se tornó en mutuo interrogante, y les ungió la inteligencia con el óleo de la perplejidad, y les cavó en el corazón la certeza de qué, éste, era el Día…
   El sufrimiento del que moraba Abajo se elevó al máximo cuando imaginó la voz del Uno pronunciando la palabra “Hijo”.
   Grave y segura, la voz de truenos y cenizas habló de las columnas de Ellos que venían hacia lo Alto como esquirlas vivientes de la Obra del Ángel Exterminador. Sí, todo estaba preparado para la Gran Asamblea y un nuevo Reino por fundar en el alfa de la trascendencia.
   Y un impresionante cortejo de orantes y silentes, se acercaron lentamente hasta É
   El trueno vibró de nuevo como un eco, y dijo que había sido difícil arrancar de los Ellos las durezas forjadas por la Soberbia, la Desidia y la Vanidad, con que habían vulnerado los dones de la inteligencia, voluntad y libertad con las que habían sido creados a imagen y semejanza del Uno. Que unos Guías los conducían al lugar de reunión. Guías semejantes a los Ellos pero con alas de nieve de un millón de planetas y trompetas del oro de un millón de soles…
   Y fue un susurro el que inició el definitorio diálogo entre los tonos del sonido que persistía en auscultar las distancias en busca de rezagados.
   El Uno planteaba los fundamentos de la Misericordia final. El Otro, llamado Hijo, el de ésta pero acompañada por la Justicia (porque era necesario cumplir lo pactado en ambas Alianzas, separando el trigo de la cizaña, convirtiendo en pan a aquél y en polvo a ésta). Y la columna de cantos y silencios tembló a la distancia sin lejanía, como una sola Alma. Y quedó marcada por un gesto firme. (Y hubo llantos y rechinar de dientes).
   Mas una pausa sólo percibida por quienes comprendían las normas de aquel lugar, preparó la siguiente reflexión: “¿Es que acaso no había sido ésa la forma (la dura prueba) por la que algunos (muchos) pudieron ser felices desde siempre? ¿Amando como estatura del dolor, con la misma intensidad del Crucificado?”, insistiría Alguien coronada de Estrellas en connotación indescifrable.
   Y la voz de truenos y cenizas mediría la intensidad suplicante de su joven interlocutora, asentida en su interrogante por el Cordero Inmolado, y sonreiría como aceptando la proposición…
   Y otra vez la eterna quietud de una pausa mensajera, permitiendo al sonido ungir plenamente a la Idea con la Palabra.
   Los Ellos, desnudos y cabizbajos, escucharon las voces mediadoras, y también la del Apóstol de los Gentiles con flautas y clarines proclamando que, si los Justos habían vivido en el Amor para dar con Él la Vida; y, por eso, por lo algo de bueno que hubo en cada Ello a causa de la preeminencia del Amor que no abandona, y que es paciente y servicial y no envidioso, que no hace alarde ni se envanece, que no procede con bajeza ni busca su propio interés, que no se irrita ni tiene en cuenta el mal recibido, que no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad,  y que todo lo disculpa, lo cree, lo espera y lo soporta, y que no pasará jamás…, entonces, quizá entonces, el Uno, Señor de Todo y de Todos, podría contemplar la posibilidad de incluir a Todos en el Todo, es decir en Su herencia prometida.
   Que los educados en la Misericordia y la Justicia no dudarían en sufrir aún durante el estrecho y breve sendero sin distancias ni lejanías que restaba para arribar al Trono, a fin de rescatar del Fin a los trocados en instrumentos de lo malo por la astucia del Malo.
   Que, de ese modo, de soledad moriría en el Infierno quien en él espera vanas e impropias pleitesías…
   Y todo sería Vida, dijo Alguien. Y todo sería Vida, repitió el Cordero. Y todo sería Vida, corearon los Ángeles…
   Las columnas de Ellos apresuraron su marcha. El Reino estaba a un paso. Y los Guías habían percibido el fallo alentador pronunciado por el Uno. Pero no dijeron nada.
   Cuando alcanzaron a divisar las torres de la Jerusalén Celestial, las columnas se detuvieron. Una fiesta de luz los acogía… Y todo fue Vida en el Todo. Y todo fue Vida para Todos.
   (Pero los Amigos del Principio se habían ido. Pues nunca habían estado donde pudieron estar, ni pensaron ni meditaron ni decidieron lo que pudieron murmurar… Aunque antes, una llama de fuego aleteara sobre cada uno de los Ellos y un registro armónico entonara los acordes del Día Eternidad… Porque el que penaba soñando pesadillas en la cueva, despertó. Había inventado el Miedo entre los hombres, y nunca más volvió a dormir).-
BREVE RESEÑA CURRICULAR – FORO PARNASUS, PATRIA DE ARTISTAS
(“Ya que estamos juntos, conozcámonos” – E. Butti)
Datos Personales:
ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO – LE Nº 8.467.257 – Fecha Nacimiento: 12-01-1951 (Santa Fe) DOMICILIO (“La Botica del Autor”). Grupo familiar: casado (1974) con María Teresa Susana Helguero (1950), cuatro hijos (Diego Fernando-1974; Alejandro Esteban-1976; Sebastián Ignacio-1977 y Rocío Carolina-1985) y seis nietos (Nicolás Alejandro-1995; Sofía-2000; Facundo Gabriel-2003; Milagros Belén-2008; Salvador José-2012 y Justina Paz-2016). Correo electrónico: adrianes@hotmail.com
Como Profesional: Contador Público Nacional (1975)-MP Nº 4645-CPCE del 11-06-76 y Magíster en Dirección de Empresas (CT – 1998). Desempeñó su profesión en Gestión Privada durante el período  (1975-1980). Sin embargo y concomitantemente, actuó entre los años (1971-2011) como profesional de la Gestión Pública de la Provincia de Santa Fe (actualmente retirado: sus dos últimos cargos en el servicio civil al Estado Santafesino fueron los de Director Ejecutivo del “Programa de Expansión y Mejoramiento de la Enseñanza Agropecuaria en el Nivel Secundario – Convenio Provincia Santa Fe/Banco Interamericano de Desarrollo) (1988-1990) y el de Contador Fiscal afectado como Secretario General del Cuerpo Colegiado del Órgano de Control Externo Constitucional Provincia de Santa Fe – H. Tribunal de Cuentas (Artículo 81º – Constitución Provincial), durante el período (1990-2011), con funciones de Vocal Subrogante (2007-2011) de dicho Cuerpo. Miembro del Colegio de Graduados en Ciencias Económicas (CPCE – 1a. Circunscripción Provincia de Santa Fe) y ex Miembro del Colegio de Funcionarios Públicos Jerarquizados de la Provincia de Santa Fe (1990-2011), donde ejerció el cargo de Secretario General (1990-1992) – Enero 2011: Cese por jubilación sector estatal y actividad privada.
Como Docente y Académico Universitario: Ejercitó la docencia en el campo de la Administración de Empresas en la Facultad de Ciencias Económicas (Universidad Nacional del Litoral – U.N.L.) en el período (1972- 1980); y en su similar de la Universidad Católica de Santa Fe (U.C.S.F.) entre (1980-2000). En esta última ocupó por dos períodos el cargo de Secretario Académico (con funciones subrogantes de Vicedecano ) entre los años (1980-1985) y (1995-2000), proveyendo a su reingeniería orgánica y tecnológica integral.
Como parte de la Comunidad Católica de Santa Fe: Activo colaborador de las siguientes instituciones parroquiales, a las que nombra y venera: Parroquias “Nuestra Señora del Huerto” (ASF) (1959/1969-Liturgia); “Nuestra Señora de la Merced” (ASF) (1970/1979-Liturgia, Canto, Catequesis y dirección de Grupos Juveniles); “Nuestra Señora del Tránsito” (ODG) (1980/1987-Liturgia y Ministerio Extraordinario de la Eucaristía y Exequias); “San José” (OAR) (1988/2015) – Liturgia, Catequesis y Ministerio Extraordinario de la Eucaristía y Exequias) y “Sagrado Corazón de Jesús” (OASF) (D. 2016 – Liturgia y Acción Católica).
Como escritor:  Como Escritor cultiva la narrativa, el ensayo, la crónica articulista. Prologuista de libros, conferencista, jurado y crítico literario. En Narrativa  se expresa en los géneros: realismo mágico, maravilloso, fantástico, terror, y ficción conjetural-científica y ficción conjetural-metafísica: Autor de 4 Libros de cuentos editados: Los Últimos Días (Ed. Colmegna SRL, Santa Fe, 1977), Breve Sinfonía (Y Otros Cuentos) (Ed. Colmegna SA, Santa Fe, 1990) y Doctor de Mundos  I (El Sillón de los Sueños) (Ed. Vinciguerra, SRL, C.A.B.A., 2000); y El Emperador ha muerto (Y Otros Cuentos) (Ed. Dunken SRL, C.A.B.A., 2017-2018); 5 Breviarios Literarios editados: Breviario Literario –  Septeto ( Colección Mesa de Cuentistas – Ed. ASDE, 1996); Apocalipsis bang – Las siete Parábolas de la In-Creación (Ed. Vinciguerrra SRL, Bs. As., 1999); Los Últimos días – Tetralogía (Ed. Mundo Cultural Hispano, España, 2005); El Emperador ha muerto – Tríptico  (Colección  La Abadía, Vol. 10.  Ed. Ciudad Gótica – Rosario, 2006); y Teofanías y otros relatos (Colección 30º Aniversario SADE-Filial Santa Fe, 2006); 9 Libros de cuentos/novelas inéditos: Desde el Umbral… (2008); Nostalgias del Futuro (Antología I) (2009); El Reino de los Sueños I (2009); Nostalgias del Futuro (Antología II) (2011); Piedras (una Fábula Mitológica) (2015); Doctor de Mundos II (Visiones Extrañas) (2016); Doctor de Mundos III (Mystagogia Narrativa o el Legado de Juan) (2016); Apocalipsis Bang (2017); y Mixturas Cotidianas (2017); y 6 libros de cuentos en  desarrollo: Los Espaciales; Perdido en el Templo; Punciones Mentales; El Reino de los Sueños II,  Atila y Otros Cuentos de Abecedario; y Mundos Paralelos. Como Ensayista, Articulista y Prologuista, ha elaborado más de 60 artículos  (éditos e inéditos).
   Premiado en más de 60  Certámenes Literarios (locales, regionales, nacionales e internacionales). Su obra y biografía  forma parte en más de 40 Antologías (locales, regionales, nacionales e internacionales (Argentina, España, Colombia, USA, etc.). Usuario-colaborador en más de 40 Magazins virtuales locales (Ceres, María Juana, Laguna Paiva, Rafaela, Santo Tomé, Santa Fe), nacionales (Bahía Blanca, Buenos Aires, Córdoba, La Pampa, Mar del Plata, Mendoza, San Luis, etc.)  e internacionales (Canadá, Colombia, USA, Uruguay, México, Venezuela, Italia, Marruecos, España y Bosnia) y 21 Suplementos Culturales locales (Santa Fe), regionales (Ceres, Coronda, María Juana, Rafaela, Rosario), nacionales  (Córdoba, Corrientes, Buenos Aires) e internacionales (México), en los  Diarios “Época” y “El Litoral” (Corrientes); “La Opinión” (Rafaela – Provincia de Santa Fe-Argentina), y “El Litoral”, “La Provincia” y “Diario Uno” (Santa Fe-Argentina); así como en las Revistas Literarias Gráficas: TIERRAS PLANAS de Ceres (Provincia de Santa Fe-Argentina); “CLARABOYA” de Coronda (Provincia de Santa Fe-Argentina); “LA SABIA LUCIÉRNAGA” – Área de Cultura, Comuna de María Juana (Provincia de Santa Fe-Argentina), BANCO CLUB, ROTARY CLUB SANTA FE, PLEAMAR, LA GACETA LITERARIA DE SANTA FE, VOCES y TRAZAS (UNIVERSIDAD CATOLICA DE SANTA FE); y SUELO SANTAFESINO (Subsecretaría de Cultura de la Provincia), Santa Fe (Argentina); MILENIUM y NUEVOMUNDO (Ia. y IIa. Etapa), Buenos Aires (Argentina); ACALAN – UNIVERSIDAD DEL CARMEN, Estado de Campeche (México); DECIRES de Cosquín (Provincia de Córdoba-Argentina); TERCER MILENIO EN LA CULTURA de Rosario (Provincia de Santa Fe–Argentina); y DIOGEN PROKULTURA (Bosnia).
   La labor de Jurado de eventos literarios y presentador de libros la desarrolla en la región noreste del país. Asimismo, condujo durante 8 años (1979-1987) junto al escritor santafesino, Edgardo A. Pesante (1932-1988) el Programa “Acontecer Literario” (Radio Nacional Santa Fe-Argentina). Actualmente ejerce, y desde el 2014,  como Secretario ad-hoc del Grupo de Flamenco “ANDALUCÍA A COMPÁS” (Santa Fe, Argentina), que integra el periodista, escritor y recitador Antonio Camacho Gómez, con la dirección de la bailaora prof. ballet clásico y flamenco, María Eugenia Irigoyen.
   Su perfil biográfico se destaca, entre otros, en la Nueva Enciclopedia de la Provincia de Santa Fe – Tomo I. Edic. Sudamérica (Santa Fe-Rep. Argentina, 1992), así como en el Breve Diccionario de Autores Argentinos. Edic. Atril – Buenos Aires-Rep. Argentina, 1999); y en las Selecciones Biográficas Narradores Santafesinos. Edic. Tauro (Santa Fe-Rep. Argentina, 1994) y Un siglo de Literatura Santafesina. Edic. Culturales Santafesinas (Rosario, Rep. Argentina, 1999); también, en  “Los que hicieron Santa Fe”, cap. 34 – La Creación Literaria. Edic. Diario «El Litoral» (Santa Fe-Rep. Argentina, 2005).
   ENTIDADES Y FOROS CULTURALES:  a)  LOCALES: Miembro de la  ASOCIACIÓN SANTAFESINA DE ESCRITORES-A.S.D.E. (Integró su CD – Período 1978-1996); de la SOCIEDAD ARGENTINA DE ESCRITORES-SADE Filial Santa Fe; del INSTITUTO ARGENTINO DE CULTURA HISPANA -I.A.C.H.-Filial Santa  Fe; de la ASOCIACIÓN CULTURAL EL PUENTE- Santa Fe; de la ASOCIACIÓN SANTAFESINA DE LECTURA -A.S.L.; del SERVICIO DE EDUCACIÓN PARA EL ARTE-SEPA Filial Santa Fe); de la ASOCIACIÓN DE ESCRITORES SANTAFESINOS INDEPENDIENTESA.D.E.I.S. (colaborador ad hoc); y del REGISTRO CULTURAL DE RAFAELA (Municipalidad de Rafaela-Provincia de Santa Fe); y PUENTE DE PALABRAS (Rosario).   b)  NACIONALES: Integrante, entre otros, de los Foros Literarios: ESCRITORES.ORG; PARNASSUS-PATRIA DE ARTISTAS; LAZOS DE ARTE Y AMISTAD y MAPUCHE (Buenos Aires); NARRADORES Y POETAS DEL MERCOSUR-GUALEGUYCHÚ (Entre Ríos); LETRAS EN EL ANDÉN (La Pampa); y, c) INTERNACIONALES: Integrante de Foros Literarios, como: MUNDO CULTURAL HISPANO (Alicante, España); PARNASSUS (C.A.B.A. – Argentina); DIOGEN PRO KULTURA (Sarajevo – Bugojno, Bosna i Hercegovina y North Berkeley, USA); CAFÉ DE ESCRITORES (Madrid, España); CLUB LITERARIO CERCA DE TI (Madrid, España); RED MUNDIAL DE ESCRITORES EN ESPAÑOL -R.E.M.E.S. (Madrid, España); UNIÓN HISPANOMUNDIAL DE ESCRITORES-U.H.E. (Perú); NACIONES UNIDAS DE LAS LETRAS (UNILETRAS-SEMILLAS DE JUVENTUD- SJ Siglo XXI (Chía/Bogotá, Colombia): Miembro Fundador y ex Vicepresidente Internacional Adjunto y Consejero Asesor de Presidencia (2015-2017), y actual Miembro Fundador y Presidente Colegiado, y Embajador de Buena Voluntad; ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE TROVADORES (Texas/USA – Alicante/España): ex Vicepresidente (Argentina); Revista Virtual LUNASOL (USA/España): integrante Staff Directivo Editorial; CIRCULO INTERNACIONAL DE NARRADORES Y POETAS DEL MER.CO.SUR-C.I.N.Y.P. (Rosario, Argentina): Miembro Fundador – Embajador de la Paz y Defensor del Medio Ambiente WWPO-Rosario; Magazin Virtual ARISTOS INTERNACIONAL – Revista Literaria en Lengua Hispana y Portuguesa (Alicante, España): integrante Staff Directivo Editorial; y ASO.LA.PO. (Asociación Latinoamericana de Poetas, Escritores y Artistas)-Filial ARGENTINA (Buenos Aires, Argentina).
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
 

 

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5 comentarios en “ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO”

  1. NOTA DEL AUTOR: Queridos lectores y leedores: los números de las citas que constatan en el texto del relato «LAS CINCO HORAS…», se corresponden con las siguientes aclaraciones:

    (35) Actis Brú, César I., Ob. cit. – Poema “Guinat”, cuarta estrofa, in fine, pág. 15.-

    (36) “Este es Jesús, el rey de los judíos” (Mateo 27, 37); “El rey de los judíos” (Marcos 15; “Este es el rey de los judíos” (Lucas 23, 38; y “Jesús, el Nazareno, rey de los judíos” (Juan 19, 19). Ob. cit.-

    (37) Juan 13, 14. Ob. cit.-

    (38) Mateo 26, 26-29; Marcos 14, 22-25, Lucas 22, 19-20; 1 Corintios 11, 23-25. Ob. cit.-

    (39) Mateo 26, 36-46; Marcos 14, 26. 32-42; Lucas 22, 40-46 y Juan 18, 1. Ob. cit.-

    (40) Mateo 8, 17. Ob. cit.-

    (41) Mateo 27, 39-44; Marcos 15, 29-32 y Lucas 23, 35-37, 39. Ob. cit.-

    (42) Juan 19, 28. Ob. cit.-

    (43) Marcos 15, 34: (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”). Ob. cit.-

    (44) Poema “El Sepulcro vacío”, última estrofa, pág. 116 (Libro “Crónica de las Huellas” de la escritora argentina Norma Segades-Maniás – Ediciones Vinciguerra SRL – Colección Metáfora, Buenos Aires, Argentina, febrero 2000).-

    (45) Juan 2, 19-22. Ob. cit.-

    (46) Poema “Señor de todo”, primera y última estrofa, in fine. Pág. 34 (Libro “Señor de todo” del escritor argentino Gregorio Echeverría – Edición del autor – El Talar – Buenos Aires, Argentina, 1975/1980, ob. cit.).-

    (47) Marcos 13, 27.Marcos 13, 27. Mateo 8, 11 (“Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos”). Ob. cit.- Nota del Autor: Ver relato “El Día Eternidad”, in fine.

    (48) Mateo 8, 12; Lucas 13, 28-30. Ob. cit.-

    Dichas citas se contemplan en el cuento de marras en la versión y por el orden secuencial de ellas, que corresponde al Libro inédito de Ficción Conjetural Metafísica, denominado «DOCTOR DE MUNDOS III – MYSTAGOGIA NARRATIVA (O el Legado de Juan), y del cual forma parte integrante.
    O una necesaria salvedad ésta, a fin de completar el entendimiento de su lectura.
    Muchas gracias por su atención. Y ojalá cuente pronto de Uds., amigos lectores y leedores, con una devolución crítica especializada sobre el valor literario del relato de marras.
    Los saludo con un abrazo santafesino, otoñal y fraterno, desde mi Botica de Autor en Santa Fe de la Vera Cruz (Argentina).

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  2. Muchísimas gracias, querida Eunate por esta idea de alentar un LISTADO DE ESCRITORES que integre la Revista ARISTOS INTERNACIONAL. Y ser parte de él, un verdadero honor.
    Por email separado completaré este comentario liminar, y a sus efectos.
    ¡Paz y Bien in Domino!

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  3. Muy bueno Adrián lo que escribes, pero resume un poco para los que no tenemos tiempo por estar en muchas cosas y todas positivas!!!
    De todos modos gracias por ser y estar.
    Felicitaciones también a Eunate, por el diseño de la revista!!!

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  4. Querida Ime…
    Disculpa, por favor. Pero recién veo tu comentario al respecto.
    La página de Autor en ARISTOS INTERNACIONAL (Alicante, España) es eso: una especie de antología o muestrario de la obra de un escritor. Los trabajos cortos («Lo breve si breve, dos veces bueno») van en cada número de ARISTOS; pero en la página de Autor cada uno la modaliza a criterio, y a fin de dar cuenta del espectro de temas que un escritor aborda en su oficio. De hecho, la página de Autor -que puede estar sujeta a modificaciones más o menos periódicas- está destinada más bien a investigadores de las letras que pueden llegar a consultar el Magazin, y no sólo a sus lectores habituales. La pista antológica puede disponer a dichos especialistas intentar ahondar más la relación con el escritor; de ahí la importancia de su especial conformación.
    Fuerte abrazo. Y siempre en contacto.

    Adrián N. Escudero (Santa Fe, Argentina)
    Vicepresidente Comité Editorial – ARISTOS INTERNACIONAL (Alicante, España)

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  5. Mediante email de la fecha, elevo a la Dirección Editorial las Notas Aclaratorias a la Primero Prueba de Galera del Breviario Curricular y Trabajos (fechado: AÑO 2018) que integran la nueva Página de Autor del suscrito desde el Nº AGOSTO 2019 o desde el Nº SETIEMBRE 2019; ello, conforme dinámica de gestión editora.

    En tal sentido, agradezco desde ya y de todo corazón, públicamente, el generoso, meritorio y extraordinario esfuerzo realizado por la Dra. Eunate Goikoetexea en la actualización de dicha Página. La misma se conforma ahora con una selección de trabajos literarios del Autor, provenientes de material édito e inédito, y a modo de una ANTOLOGÍA inédita en Libro Gráfico -dividida en Cuatro Pares y conforme los puntos cardinales- y titulada NOSTALGIAS DEL FUTURO. La misma constituye una suerte de ebook anticipado bajo tutela de su propiedad intelectual por parte de nuestro querido Magazin virtual.

    Quedo pues a la espera de las Segundas Pruebas de Galera del material venido a corrección por parte del suscrito al 27/28 Agosto 2018.

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