MARÍA SÁNCHEZ FERNÁNDEZ

Biografía literaria de María Sánchez Fernández

         María Sánchez Fernández nace en Almería y crece y se educa en Úbeda (España) donde reside y trabaja en su gran pasión que es la literatura. Decoradora, escritora y poeta. Estudió composición, armonía y piano con su padre, Emilio Sánchez Plaza, notable músico y compositor.

          Tiene publicados numerosos libros.

          En poesía: “Notas íntimas”, “Júbilo, pasión y gloria”, “Desde mi orilla”, “Pintar palabras”, ”En los silencios del alma” y “El jardín de las Palabras Vivas” 

          En prosa: “Doce relatos breves”, -segunda edición 2017-, “En el desván de los Sueños y “Comentarios sobre rincones de Úbeda” (obra que acompañó a una colección de acuarelas de su hermano Emilio)  

          En temas para niños: “Retablo de Navidad” –obra poético musical ya en su segunda edición– y  el libro didáctico “Canciones infantiles”.

          En música tiene compuestas y armonizadas para coral numerosas canciones, nanas y  villancicos.

Es autora de letra y música del “Himno a los Poetas del Mundo”

          Ha prologado a diversos poetas de distintos países: (España, Suecia, Puerto Rico, Argentina, Portugal, Israel)

          Figura en varias antologías de ámbito nacional e internacional y es colaboradora en relevantes revistas nacionales e internacionales.

           Ha pronunciado importantes pregones, entre  ellos el Pregón Oficial de la Semana Santa de Úbeda en el año 1995, el Pregón Oficial de la Patrona  de Úbeda, Stma. Virgen de Guadalupe, en el año 2001 y en 2014 el Pregón Oficial del Corpus Christi en Úbeda.

           Ha impartido charlas literarias en centros docentes e intervenido en diversos recitales poéticos.

           Su obra se ha estudiado en la tesis doctoral  POESÍA FEMENINA ANDALUZA A FINALES DEL SIGLO XX de Susana de los Ángeles Medrano.  Universidad de Patagonia “San Juan Bosco”  – Argentina

           Pertenece a varios grupos literarios.

           Es miembro de la Sociedad General de Autores de España.
Miembro de REMES ( Red Mundial de Escritores en Español)
Miembro de Poetas del Mundo
Miembro del Comité Editorial de Aristos  Internacional Miembro del  Círculo Universal de los Embajadores de la Paz France/Suisse

           Premios literarios:

Año 1997

 Premio Literario “Revista Gavellar” por la Casa de Úbeda en Madrid

Año 1998

 Primer Premio del Certamen Nacional de Poesía “Virgen del Carmen” Úbeda (Jaén) España

Año 1999

Primer Premio del Certamen Nacional de Poesía convocado por la Unión de Cofradías  Úbeda. (Jaén) España

                                             

                                                

Videos

A mi padre

http://www.youtube.com/watch?v=ph_fc4vJJ_k

Las cuatro estaciones

http://www.youtube.com/watch?v=Y1OnlO56OhA

Desde mi orilla

http://www.youtube.com/watch?v=_87iEMnd67Y

La primavera

http://www.youtube.com/watch?v=g-0Wb-z7HF8

Canto a San Juan de la Cruz

http://www.youtube.com/watch?v=xQOuGiLuqlg

Soneto al Santo Cristo del Perdón

http://www.youtube.com/watch?v=gIwTznTcTLw

 HIMNO A LOS POETAS DEL MUNDO

 http://www.youtube.com/watch?gl=IL&hl=en&v=njuqnsIXQ_U

Asociaciones culturales a las que pertenece

Movimiento POETAS DEL MUNDO

Red Mundial de Escritores en Español (REMES)

Colabora en las revistas internacionales Aristos Internacional (España), eisfluencias, Fénix y Logos (Portugal)

Relación con la Bellas Artes

Como amante de la música ha pertenecido durante veinte años a la Agrupación Coral Ubetense a la que le unen unos lazos entrañables de cariño y amistad.

RELATOS BREVES

La noche de los gatos

      El viento rompió sus fuertes cadenas y corría suelto, enloquecido, como una enorme bestia furiosa que quisiera abatir con sus zarpas todo cuanto se le pusiera al alcance.

      Las nubes se rompieron y dejaron  escapar, entre grises girones, las grandes masas de agua que en ellas se encerraban.

      Lluvia y viento se enlazaban aquella noche en fantásticos esponsales. Eran como dos amantes que se aman y se detestan al mismo tiempo entre furiosos abrazos y caricias desmedidas.

      La ciudad estaba desierta. Sólo deambulaban por sus estrechos callejones ruidosos arroyuelos que bajaban  tumultuosos por la empinada pendiente puliendo los salientes adoquines. Al final de su trayecto eran devorados por las hambrientas alcantarillas.

      La puertas y ventanas de todas las viviendas estaban bien cerradas. El viento hacía crujir las maderas que gemían doloridas, amenazando con su empuje y violencia arrancarlas de los goznes que las sujetaban.

      Los cables del tendido eléctrico se movían en una danza endiablada. Uno de ellos se soltó del poste que lo sostenía, y en su enloquecido danzar se abalanzó sobre un compañero que también bailaba y, en un furioso rechazo, lo colmó de improperios y amenazas entre grandes aspavientos de crujidos y chispazos.

     Las  tímidas farolas que tenían la misión de iluminar la noche se apagaron, quizás un poco avergonzadas por aquel comportamiento tan poco civilizado de esos parientes suyos.

      La ciudad quedó sumergida en la más negra oscuridad. Solamente podían verse algunas ventanas iluminadas por la tenue luz de una vela.

      ¿Qué podía ocurrir en esos hogares una noche así?

      Tras los cristales de una de esas ventanas un hombre joven con la cara muy pálida y grandes ojeras, que la llama de la cera acusaba despiadadamente, hacía largas sumas de debe y haber.

      A través de otros cristales una mujer planchaba con pesadas planchas de hierro, heredadas de su madre, grandes pilas de ropa blanca que al día siguiente había de entregar.

      En una tercera ventana una joven amamantaba a un niños mientras le cantaba una dulce nana.

      Y así transcurría la vida en aquellas viviendas cerradas al temporal.

      Tras otros cristales, la luz de la vela se extinguía paralelamente a otra vida.

      En una esquina un perro vagabundo apuntaba con su hocico a ese cielo embravecido llorando por alguien que se iba, o quizás llorando por su propio abandono y triste soledad.

      Masivos grupos de gatos en celo lanzaban en la noche sus largos lamentos pasionales mientras corrían enloquecidos perdiéndose en la oscuridad..

      Inesperadamente algo ocurrió. El viento dejó de bramar; la lluvia cesó y el perro solitario y los gatos lujuriosos también enmudecieron.

      Se oyó tenue y dulce una bella melodía que inundaba las tinieblas como el más hermoso resplandor. Era nacida de las cuerdas y el arco de un viejo violín.

      El viento , amansado, preguntó:

      − ¿Quién eres. Siento tu presencia, pero no puedo tocarte.

     Y la melodía, suave como un susurro, le respondió:

      −Soy la Música. Me llaman “el divino lenguaje de Dios”. Allá donde me encuentre se dulcifican los más amargos sentimientos y el corazón más duro e insensible se torna blando como la espuma y se desborda en limpias lágrimas de gozo.

      La lluvia, después de un largo silencio preguntó:

      −¿Cuál es tu origen? ¿De dónde vienes? Te escucho y creo adivinar en ti algo mío; algo que me pertenece.

      Y la melodía, inflamada en un ardiente estado de éxtasis, se fue elevando y elevando más y más hasta tocar las alturas y como un canto de ángeles dijo:

      −Mi origen está en todo lo creado. Está en la tierra y en todas sus criaturas que cada amanecer explosionan en cantos de alegría. Mi origen está en el agua; cuando canta al correr de los arroyos; cuando sueña al caer en suave lluvia; cuando suena en el vaivén acompasado de las olas. Mi origen está en el aire, que silba enamorado sus canciones; suave, si es brisa que mueve los trigales; apasionado, si es viento que mueve tempestades. Mi origen está en el fuego que canta enardecido mientras danza contorsionando su lúdica figura.

      Soy la Música y ese es mi origen, pero el hombre, a quien Dios hizo a su forma y semejanza, me transformó en melodía y vierte en mí sus más puros sentimientos. A través de mis sonidos se asoma el alma según su estado emocional. Por eso unas veces lloro en mis cadencias y otras río con el más estremecido de los gozos.

      El viento y la lluvia se alejaron en silencio y meditaron en su largo retiro esas palabras que en ellos calaron para siempre..

      La nubes se hicieron ligeras  y corrían divertidas por un cielo ya esclarecido, como blancas palomas de algodón. Dejaban asomarse en cortos intervalos la cara redonda y pálida de la luna llena que, en esos brevísimos instantes, iluminaba con generosidad los tejados amarillos de la ciudad, esa noche tan especial que estaba sumergida en tinieblas, bañándolos preciosamente con brillantes tintes plateados.

      Los gatos corrían y gritaban en su orgía de enamorados, y alguna vez que otra, se detenían atentos para escuchar la dulce melodía del viejo violín.

      Amaneció un día claro e intensamente frío. Las calles, todavía húmedas, dejaban ver algunos charcos que se habían congelado. La vida surgía a borbotones. Bandadas de vencejos oscurecían el azul del cielo; los árboles lucían su ramaje  limpio y brillante, dejando resbalar algunas gotas de agua que todavía permanecían prendidas en ellos. Grupos de niños con libros y carteras corrían y gritaban alborozados mientras chapoteaban n el hielo de los charcos. Los mayores se dirigían taciturnos a sus trabajos, con el sueño todavía pegado a los ojos. Una mujer llevaba con gran esfuerzo una enorme cesta de ropa blanca limpia y planchada. Un perro flaco y de hocico puntiagudo dormitaba en un rincón secando sus tristes huesos con los pálidos rayos del sol matinal. En grupo, los gatos callejeros se hallaban durmiendo enroscados en apretado círculo, quien sabe si soñando con lunas llenas o en amores prendidos en la oscuridad.

      En una calle céntrica, muy próxima al mercado, un hombre ciego tocaba un viejo violón del que arrancaba las más hermosas melodías que se soñar se pueda.

       “Zenón”

      Nunca supo donde había nacido ni quienes fueron sus padres. Su recuerdo más lejano estaba en un gran solar abandonado y tenía mucho frío y mucha hambre. Siempre se dedicó a husmear en los cubos de basura para poder alimentarse, y siempre anduvo de acá para allá como un mal paria.

      ¡Cómo añoraba un hogar! Muchos días se iba a un parquecillo donde muchos perros, más afortunados que él, paseaban con sus dueños luciendo bonitos collares. ¡Cómo los envidiaba! Él no tenía a nadie, ¡siempre solo!. Hubiera dado toda su libertad por ser como uno de ellos. Muchas veces se acercaba a alguna perrita para hacerle una caricia, pero siempre, siempre, lo echaban con malos modos diciéndole;. “¡fuera de aquí, que tienes pulgas! Él se sentía tan desgraciado, que se iba a llorar a su roncón favorito: un escalón bajo un escaparate.

      Un día su corazón latió más aprisa. Vio como se acercaba un niño con una cartera llena de libros, silbando una canción y dando con la punta de sus botas patadas a una pequeña piedra. El perrillo no lo pensó dos veces. Salió corriendo tras ella y se la trajo en la boca. Esperó moviendo la cola a que volviera a tirarla, y así, piedra y perro fueron yendo y viniendo el trayecto hasta el Instituto.

      El muchacho entró en el Centro y se olvidó por completo del animalito. Al cabo de varias horas, y ya terminadas las clases, salió a la calle y vio que el perro lo estaba esperando en la puerta muy contento y dispuesto a seguirle los pasos. Como lloviznaba, lo metió bajo su impermeable y se lo llevó a casa.

      Subió a su habitación y lo colocó en la mesa mirándolo con atención. No tenía una raza muy definida, pero era bonito. De color gris, pintado de negro. Grandes orejas le caían pesadamente, y los ojos, bajos y tristes le miraban diciéndole: “Quiéreme”.

      El muchacho lo acarició y le dijo:

      −Serás mi amigo. Como tienes cara de ser inteligente, desde hoy te llamarás “Zenón”, como aquel señor tan sabio de la antigua Grecia que enseñaba filosofía a sus alumnos. ¿Y sabea qué les decía? Pues les decía que cambiar es absurdo, que carece de sentido, que el ser es inmutable. Ya ves, todo lo contrario de lo que pensaba su colega Heráclito, que decía: “No te bañarás dos veces en el mismo río, pues todo cambia, todo está en continuo movimiento”. ¿Qué te parece? A mí me gustan más las teorías de este último, son más divertidas, pero el nombre no te encaja. Es demasiado largo. Decididamente te llamarás “Zenón”. A sí que nosotros, “Zenón y Miguel, nunca cambiaremos, seremos siempre como hoy, camaradas hasta el final.

      Y cogiéndole las grandes orejas le dio un sonoro beso en la nariz. A “Zenón” se le inundó el corazón de alegría, y dando un salto, se abalanzó sobre el muchacho. Cayeron los dos rodando por el suelo. Miguel riendo. “Zenón ladrando. Así empezó una entrañable amistad.

      ¡Qué feliz se sentía cuando su amigo lo bañaba! ¡Aquello era una delicia! Un día lo llevó a casa del doctor y le pincharon para que no enfermara. Le puso un bonito collar con su nombre y ¡qué orgulloso se sentía cuando iba luciéndolo junto a Miguel! Ya nadie le reñía , y hasta podía acercarse sin miedo a alguna perrita.

      Pasaron los meses y “Zenón” dejó de ser un cachorro. Nunca se separaba de Miguel. Le gustaba quedarse sentado ante él cuando el muchacho estudiaba en su cuarto. Éste lo hacía en voz alta, y cuando se aprendía los temas, hacía de profesor con “Zenón” y se los explicaba de la A a la Z. Así, él también se fue instruyendo aprendiendo Historia, Geografía, Filosofía, Lengua…Las Matemáticas y la Física nunca llegó a comprenderlas muy bien. Cuando Miguel le explicaba alguna ecuación o alguna fórmula, bostezaba ruidosamente, dándole a entender que se aburría. Se tumbaba y fingía dormir. Así pasó el tiempo y los dos terminaron el bachillerato.

      Un día, “Zenón” salió solo a dar un paseo. Vio un automóvil que tenía el maletero abierto y se acercó curioso a olfatear en su interior. Sin más, el maletero se cerró de golpe. Quedó atrapado. Empezó a aullar, pero nadie le oía. Notó que el coche se movía incesantemente y en seguida se dio cuenta de que iban a gran velocidad por una autovía. Pasaron varias horas: Al fin el vehículo se detuvo. Cuando abrieron el maletero saltó rápido y huyó como alma en pena por las calles de una ciudad desconocida. Era ya noche avanzada y hacía frío. Se refugió en un pequeño portal que se hallaba abierto y allí pasó la noche entre pesadillas y sobresaltos.

      Cuando llegó el día, salió a dar una vuelta para orientarse, pero aquello era horrible. Todo era desconocido para él. Le acució el hambre, pero no encontraba nada que llevarse a la boca. Vio a una niña comiéndose un bocadillo y se acercó a ella zalamero. Le dio un pedacito que comió con avidez, pero aquello no era suficiente. Pasó cerca de una señora que llevaba la cesta de la compra, y en un descuido de ella, metió la cabeza dentro de la cesta y cogió lo que pudo. Salió corriendo ganándose una pedrada en el lomo que le propinó la misma señora. ¡Cómo se avergonzaba de su mala acción! ¿¿Qué hubiera pensado de él su amigo?

      Comió y trató de orientarse. Estaba en una ciudad grande, llena de bullicio y de ruido y observó que el acento de la gente no era el mismo que el de Miguel. Al menos ya tenía una cosa en claro, ¡estaba en otra provincia! ¿Cómo podría volver?. No había que desesperar. Con astucia y buen tino todo se resolvería.

      Siempre se había fijado que en todos los vehículos de su ciudad, la matrícula tenía la misma letra. En esta, en la que él se encontraba, la letra era otra distinta. Así es que se dedicó a mirar por todos los aparcamientos. Buscó un día, y otro, y otro, pero aquella querida letra no aparecía. Desistió de este empeño y salió de la ciudad.

      Anduvo días y días hambriento y cansado. Su corazón y sus instinto lo guiaban siempre hacia adelante. Le cogieron lluvias, fríos y ventiscas, pero él no desfallecía. En las noches de tanta soledad se acordaba de Miguel y ¡cómo lloraba!

      Un día llegó a una estación de servicio atraído por el olorcillo que salía del bar.. Entró en él, y con los desperdicios que encontró en el suelo pudo saciar su apetito.

      Hizo una observación: Allí la gente hablaba igual que su dueño. Salió a la calle y vio una camioneta que estaba repostando, y, ¡Eureka! ¡Allí estaba la tan soñada letra! Dio un tremendo salto y subió detrás acurrucándose entre un montón de sacos. El camión se puso en marcha y a “Zenón” le invadió una enorme esperanza: ¿Volvería a casa? Al cabo de un buen rato el vehículo se detuvo cerca del mercado. “Zenón” saltó rápido y por poco se desmaya ¡Había vuelto!

      Salió corriendo, veloz, no quería pararse en nada. Sólo pensaba en abrazar a Miguel y pedirle perdón por aquella travesura. Llegó a casa y con la patita arañó la puerta. El corazón le latía tan fuerte, tan fuerte, que hasta le dolía. Al fin la puerta se abrió y cayó al suelo extenuado, sin fuerzas para nada.

      Cuando se recuperó, se vio colmado de cariño. Fue bañado, alimentado, y recibió tanto amor, que juró no separarse jamás de su dueño.

      Miguel se matriculó en la Facultad de Derecho y todo empezó de nuevo. Las horas interminables de estudio en el pequeño cuartito, y él ,“Zenón”, paciente, como siempre, soportaba las explicaciones como buen alumno que era. Terminó por aprenderse buena parte de los artículos del Código Penal, pues Miguel los repetía una y otra vez hasta el cansancio. Algunas veces hacían prácticas y simulaban un juicio en el que “Zenón” siempre era el acusado. Miguel, cuando hacía de fiscal decía cosas horribles de él, y en cambio cuando lo defendía. Sólo le faltaban alitas para ir derecho al cielo.

      ¡Qué orgulloso se sentía de su amigo cuando lo veía ten elocuente! Nadie tenía la suerte de tener un dueño como él.

      Paso el tiempo y Miguel terminó sus estudios. “Zenón” se sentía cansado. ¡Ya era viejo! ¡Qué vida tan maravillosa había sido la suya!

      Una tarde salió a dar un pequeño paseo cerca de casa, y vio que una niñita cruzaba la calle por un sitio indebido. Al momento intuyó el peligro. Un automóvil se le venía encima. Dio un formidable salto y se arrojó sobre la pequeña lanzándola a la acera, pero a él no le dio tiempo y quedó bajo las ruedas del coche.

      Su último pensamiento fue para Miguel.

La gruta del espíritu burlón

      Allá sobre la verde frescura de un valle, brotó alegre y graciosa una pequeña aldea.

      Salpicaban el paisaje sus blancos caseríos. Vistos desde esos caminos que serpenteaban caprichosamente la altura de los cerros que la circundaban, parecían blanquísimos pañuelos lavados en el río y tendidos en sus orillas para que el sol los secara.

      Una diminuta iglesia alzaba airosa su torre de tejado rojo, en cuyo interior guardaba celosamente una campana de voz atiplada que cantaba hermosas canciones según los acontecimientos. Unas veces volteaba contenta y decía estremecida de júbilo que la comunidad había aumentado con el nacimiento de un nuevo miembro. Otras veces lloraba amargamente cuando alguien se marchaba para siempre.

      La cinta brillante y azul de un tímido río, que antaño fue grande y caudaloso, ceñía a nuestra aldea, y a su paso, le contaba mil historias que él mismo había presenciado, e incluso vivido, en tiempos ya muy remotos.

      La vida en aquel lugar era tranquila y feliz. Nunca ocurría un hecho extraordinario que hiciera salir a sus gentes de la monotonía cotidiana,

      La mujeres trabajaban en sus labores domésticas, y ya, cuando atardecía, en la fresca bonanza de las tierras veraniegas, se reunían pequeños grupos en la puertas de sus casas y comentaban las últimas noticias de la Jornada:

      − ¿Sabes que Carmina, la hija de la “Pelusa”, se va a trabajar a la ciudad? Va a casa de unos señores que viajan mucho y ella acompañará a la señora.

      −¿Y quien le proporcionó el trabajo?

      −Pues su primo Fermín que está haciendo el servicio militar y es asistente del señor. Ella dice que así vivirá su vida y podrá conocer el mundo.

      −¿Conocer el mundo?

      −Sí, mujer, visitará grandes ciudades donde los trenes van por debajo de la tierra y el mar trae hacia ellas grandes barcos de lejanos países.

      −¡Si eso es conocer el mundo…! Pues mira, aquí en la aldea también vivimos una vida feliz. Tenemos nuestro mundo  ¡y es tan hermoso!. Bajo esta tierra no hay trenes, pero está la semilla que nos dará la espiga, y en vez de mar tenemos un hermoso río que nos trae abundantes peces

       Otra, curiosa preguntaba:

      −¿Cuándo romperá agua tu hija?

     −Pues mira, para San Antón. En la ciudad le hecho una ecografía y el doctor dice que será un niño.

     −Una eco…¿qué?

     −Mujer, estás en la luna. Una ecografía es como una “foto” que te hacen por dentro para saber si es hembra o varón.

      −¡Hay que ver las cosas de ahora! Mi madre tuvo nueve hijos y cuando la comadrona le decía: ¡Ha sido un niño!, ella exclamaba llena de alegría: ¡Alabado sea Dios, si era un niño lo que yo deseaba! O si era una niña bendecía mil veces a la Santísima Virgen María por haberle concedido sus deseos.

      Y así, transcurrían aquellas tardes de ocio en tranquila armonía.

      Los hombres, en su mayoría trabajaban la tierra, y en sus ratos libres cazaban conejos y perdices o pescaban en el río.

      ¿Y los niños? ¡Ay, los niños! ¡Siempre los grandes protagonistas de aventuras y de historias!

      Pues los niños, al salir de la escuela, retozaban como animalillos salvajes por aquellos lugares jugando a ser grandes héroes.

      Un día, un pequeño grupo se internó más que de costumbre en un bosquecillo que trepaba por la ladera de uno de los cerros que rodeaban aquel valle. Habían organizado una gran cacería en la que eran gentileshombres que cazaban en sus dominios. Llevaban como briosos corceles grande ramas de pino debidamente cortadas; como arcos y flechas unas horquillas provistas de una goma con las que lanzaban sus proyectiles en forma de pequeñas piedras, y los feroces mastines eran “García” y “Bribón”, dos chuchos de pelo corto y larga cola que movían sin cesar alborozados de ver cómo se divertían los muchachos.

      El nombre de “García” le fue puesto a uno de los perros por su gran parecido con Simón, el hijo del herrero, que tenía grandes orejas, larga nariz y, claro está, se apellidaba García. A “Bribón” se le bautizó con este nombre porque era eso; un simpático bribón. Un caradura.

      Perseguían a un enorme jabalí, que no era otro que un pobre conejo asustado que chillaba en su gran carrera al verse perseguido y acosado por aquella jauría y aquel griterío.

      El conejo corrió tanto que, ya extenuado, logró meterse por una grieta que se habría en la pendiente. “García” lo siguió, metió la cabeza por el agujero y con un gran esfuerzo y empujando con su brío natural de cazador, logró introducirse tras su presa.

      Los niños, al notar la falta del animal, lo buscaron hasta que al fin oyeron sus lastimeros aullidos. Había quedado atrapado dentro del agujero y no podía salir.

      Reunieron todas sus fuerzas e intentaron, con estacas y piedras, agrandar aquel boquete que se había tragado a “García”. Observaron que ladridos se alejaban y producían un gran eco.

      Con enorme esfuerzo y movidos por el cariño que todos sentían por el perro, consiguieron abrir una buena brecha por la que cabía perfectamente el cuerpo tendidi de una persona.

      Primero se introdujo uno, el más atrevido, y vio por la escasa luz que entraba por la grieta, que se trataba de una gran cueva. Silbó al animalillo y éste vino corriendo y ladrando de alegría. Cuando salieron al exterior, el resto del grupo preguntó curioso al compañero, y este les dijo que habían hecho un notable descubrimiento, pero había que guardar el secreto. Se trataba de una enorme cueva que desde ese día sería su guarida.

      Al día siguiente se reunieron nuevamente los muchachos y acordaron, previamente, llevar herramientas adecuadas para hacer más cómoda la entrada a la cueva.

      Trabajaron varios días para conseguir un acceso más fácil, hasta que al fin lo consiguieron.

      Los rayos del sol entraron por primera vez en aquel interior e iluminaron una gran cámara de la que se desprendían varias ramas y pasadizos.

      Los niños, alborozados, tomaron posesión de sus dominios, y allí asentaron sus cuarteles.

      Un buen día en que estaban jugando a hombres de las cavernas, oyeron como venía, desde algún punto de la gruta, un extraño ruido. Era algo así como un grito ahogado que el eco aumentaba dándole un matiz más que lóbrego.

      Prestaron atención y aquel grito se dejaba oír a grandes intervalos. Unas veces desgarrado y otras veces en forma de risa burlona.

      Un de ellos dijo:

      −Podemos hacer un conjuro. Yo me sé uno que dio muy buen resultado en una película que dieron en la “tele”. Se hace el conjuro, esperas un buen ratoy después sale el espíritu y te dice lo que quiere.

      Otro respondió con cara espantada:

      −A mi no me da ningún miedo, pero si sale ¿qué hacemos?

      En ese momento volvió a oírse el grito, pero mucho más cerca, y los niños, empujados por el terror corrieron despavoridos hacia la aldea.

      Aquella noche no pudieron dormir, y a la mañana siguiente, más de uno se llevó un buen cachete en la escuela por no prestar atención a las preguntas del maestro.

      Al cabo de varios días y con el ánimo más reforzado volvieron a la cueva dispuestos a averiguar qué podía ser aquello.

      Se llevaron linternas y, como no, sus armas de cacería. También se llevaron un libro devoto por si tenían que hacer uso de él.

      Ya, dentro de la cueva,  acordaron esperar a que el espíritu gritara y decidor por donde tenían que dirigir sus pasos.

      Cuando esto ocurrió tomaron uno de los estrechos pasadizos alumbrándose con la luz de las linternas.

      Recorrieron un largo trecho, y aquella garganta se iba haciendo cada vez más angosta. Les costaba mucho esfuerzo caminar, pues conforme se iban adentrando, las piedras del suelo eran más húmedas y resbaladizas, y más de una vez cayeron al perder el equilibrio. Los ánimos decaían. Aquella aventura no parecía muy interesante. El “Espíritu burlón” tampoco se dejaba oír y sólo estaban consiguiendo un gran número de rasguños y moratones.

      Vieron, con la escasa luz de las linternas, que al pasar un recodo de aquella galería, esta se ensanchaba, y, de pronto, como ante una visión extraordinaria, quedaron alucinados lanzando una gran exclamación:

     ¡Aquello era fantástico!

      Una enorme sala de altísima bóveda estaba enjoyada por miles de estalactitas que la luz hacía brillar dándoles diferentes tonalidades y matices. El agua que por ellas resbalaba, sonaba en aquella profundidades como un canto eterno y misterioso que se perdía en la corriente mansa…, muy mansa, de un río que por allí andaba escondido.

      Los niños no daban crédito a lo que estaban viendo. Aquello era una gruta encantada. Una auténtica gruta de leyenda.

      Ya se veían grandes héroes navegando en preciosas barcazas sobre las aguas de aquel río en busca de dragones ocultos.

      Se adentraron más y más , absortos ante aquella maravilla, y acordaron alternar el uso de las linternas para no quedarse sin baterías,

      Se internaron tanto y tanto, que cuando quisieron salir, no pudieron encontrar la galería por la que habían entrado..

      Y así pasaron las horas y vino la noche.

      La aldea se llenó de inquietud. Los muchachos no habían regresado a casa y pronto empezó la búsqueda.

      ¡Qué les habría ocurrido? Allí, en aquellos lugares no había ningún peligro. El río no era muy caudaloso. Además, todos eran muy buenos nadadores.

      La noche era ya muy avanzada y decidieron aguardar a que viniera el día..

      En aquellas horas de angustia la aldea veló. Las luces no se apagaron y las plegarias subieron a las alturas en busca de Dios.

      Cuando amaneció todos se pusieron en movimiento. Varios grupos de hombres se dispersaron por varios puntos del valle. Uno de estos grupos pudo observar que “García” y “Bribón” estaban muy inquietos. Corrían hasta el monte, se detenían y miraban hacia atrás. Volvían y saltaban emitiendo angustiosos ladridos. En sus ojillos vivaces e inteligentes se adivinaba una súplica:

      ¡Seguidnos, por favor!

      Uno de los hombres del grupo de rescate dijo:

      −Los perros quieren decirnos algo. ¡Sigámoslos!

      Y todos se dirigieron al bosquecillo que trepaba por el monte, y siempre, siempre guiados por “García” y por  “Bribón”.

      Mientras tanto, los chicos andaban perdidos en la gruta sin conseguir encontrar la salida.

      Estaban ateridos por el frío y la humedad y les acuciaba el hambre. Vieron con horror que la luz de las linternas era cada vez más débil hasta que terminó por extinguirse totalmente.

     Quedaron en la más absoluta oscuridad  refugiados en una pequeña oquedad de la roca conteniéndose las lágrimas. “Los héroes de las grandes y famosas aventuras jamás lloraban. Serían valientes y duros hasta la muerte”.

      De pronto oyeron cerca, muy cerca, aquel terrible lamento que allí, dentro de la gruta, era todavía más lúgubre. Pudieron percibir como un gran aleteo que casi les rozaba el rostro. Uno de los niños gritó, pues “algo” se le prendía en un hombro y trataba de morderle con saña. Pudo agarrar  aquella “cosa” y la apretó con tanta fuerza que esta dejó de moverse.

      El muchacho quedó inmóvil, paralizado y vencido por el pánico.

      Al momento oyeron otro grito. ¡Pero no, no era un grito, era algo muy familiar y querido.¡ Eran los ladridos de “García” y de “Bribón”! Prestaron más atención, y locos de alegría, llamaron por sus nombres a los perros.

      Pudieron ver cómo la gruta se iluminaba con la luz de grandes hachones que eran portados por varios hombres. ”García” y “Bribón” les precedían.

      ¡Al fin estaban salvados!

      Aquella mañana la aldea se vistió de fiesta. La campana de la iglesia cantó llena de júbilo sus canciones más alegres cuando vio aparecer a los niños sanos y salvos entre los ladridos alborozados de sus fieles amigos.

      Uno de los muchachos, todavía un poco trémulo, traía en sus manos, como si fuera un gran trofeo, un cuerpo inerte y negruzco, con cara de ratón y alas de vampiro.

      ¡Era el cuerpo de murciélago del “espíritu burlón”

El talismán

      El día era lluvioso. Un vientecillo frío mecía las ramas de la gran acacia que da sombre a mi casa. El suelo del jardín, alfombrado  de hojas amarillas, dejaba adivinar la proximidad del otoño.

      No había gente en la calle. No se oían los gritos y risas de los niños, y los pájaros de la gran acacia habían enmudecido.

      Me asomé a la ventana y respiré muy hondo el aire fresco y húmedo de la tarde. Quería beber esa quietud  y ese silencio. Lo conseguí, pues una inmensa paz invadió todo mi ser.

      Allá, en la lejanía, vi como se acercaba un hombre, con paso cansado, como si le pesaran los años o sus propios sufrimientos. Llegó hasta mi casa y llamó a la puerta. Era de avanzada edad, alto y enjuto, de barba cana y mirada gris. Toda su persona irradiaba un algo especial. Venía empapado y hambriento. Lo hice pasar y lo instale cerca del fuego para que se calentara y secara sus ropas. Después de comer, me dio las gracias con una corrección exquisita, y, como ausente, con la mirada perdida, comenzó un extraño relato:

      −“Nací en una tierra muy lejana. Allí donde la llanura es inmensa y las nieves son eternas. El fuego late incesantemente en sus entrañas, hasta hacerla estallar en tremendos alaridos. Torrentes rojos de lava hirviente dibujan el paisaje, dándole a la niche matices dantescos. Hermosos lagos son rodeados por magníficas montañas. ¡Y qué decir de sus ríos! Majestuosos, imponentes, cuando se lanzan al abismo en rugientes cataratas.

     ¡Tierra de contrastes! ¡Tierra de nieve y de fuego! ¡Tierra de selvas vírgenes y desiertos pedregosos!

      Vine al mundo en una pequeña aldea bordeada por prados verdes, a donde iban a pastar manadas de potros salvajes. Como ellos crecí, salvaje y libre.

      Muchos días me iba a la pradera para gozar de aquel bello espectáculo. Preciosos ejemplares de todas las capas, trotaban y se solazaban sin temor a nada. Me mezclaba entre ellos y, cuando advertían mi presencia, me saludaban con alegres relinchos.

      Un día monté a mi favorito. Un potro negro, nervioso, de larga cola y suave crin. Corrimos alegres, rápidos como el viento, por aquellas praderas. Al llegar cerca de unos arbustos vimos brillar algo muy intensamente. Mi amigo se asustó y pareció enloquecer. Relinchaba, y su boca dejaba escapar espuma blanca. No corría, volaba.

      Me agarré fuertemente a su cuello, pero perdí el equilibrio y caí al suelo. Quedé inconsciente durante mucho tiempo, pues cuando recobré el conocimiento el día ya declinaba. Miré a mi alrededor y vi como el potro pacía cerca de mí. Llamó mi atención un brillo intenso que salía de unos arbustos. ¡Habíamos vuelto al mismo lugar! Me acerqué para saber qué era aquello que tanto brillaba, y vi una piedra pequeña, de forma plana y oval a la que el sol arrancaba destellos azulados. La cogí maravillado y la guardé para incluirla en mi colección de minerales.

      Regresé a casa ya entrada la noche. Me dolía la cabeza y me acosté temprano. Quedé dormido con la piedra en la mano y tuve un extraño sueño.

     Me vi en un raro paraje donde todo tenía matices azules. Grandes rocas de variadas formas tenían irisaciones azuladas, y bordeaban un lago manso y azul. Un enorme sauce hacía llegar sus ramas hasta el suelo, pareciéndose a una cabaña. Me acerqué curioso, y en la oquedad que formaba en su interior vi que había sentado un hombre con la frente baja y las manos unidas. Parecía que oraba. Cuando advirtió mi presencia, levantó la cabeza y me miró fijamente. Era extremadamente viejo. El cabello y la barba blanquísimos, pero con reflejos azules, y su mirada, penetrante y dura. Sacó de los pliegues de su túnica una piedra brillante, plana y azul y me la dio. Me dijo: “Llévala siempre contigo; es un talismán que te hará feliz y te protegerá de la muerte”

     Bruscamente desperté  y vi que tenía en la mano la piedra azul que encontré en la pradera.

      Pasó el tiempo,  y aquel  talismán siempre lo llevé conmigo en recuerdo de aquel fantástico sueño que tuve siendo niño.

     A raíz de la muerte de mis padres, y siempre alentado por mi espíritu aventurero, abandoné mi país y me embarqué como  polizón en un buque de carga. Durante la travesía, realicé los trabajos más duros para pagar mi pasaje.

      Recuerdo que algunos día después de haber zarpado, el mar empezó a encresparse. Un viento huracanado nos amenazaba levantando olas como montañas. El barco se quejaba, crujía. La tempestad nos mantuvo en alerta toda la noche. Luchábamos contra los elementos hasta quedar extenuados. Cuando amainó la tormenta ya era de día. El barco quedó maltrecho, pero afortunadamente no hubo ninguna baja en la tripulación. Hasta el perrito que llevábamos como mascota, movía alegremente la cola al vernos a todos vivos.

      Al cabo de muchos meses, y después de haber recorrido parte del mundo, llegamos a Europa.

      Arribamos en las costas francesas. Desembarqué en el gran puerto de Burdeos, y allí quedé trabajando como cargador en el muelle.

      Más tarde abandoné aquella hermosa ciudad y me fui a recorrer el país como mozo de establo en un circo.

      Llegamos a París, y me deslumbró de tal forma su encanto, que allí me quedé por muchos años.

      Viví intensamente el mundo de la bohemia. Trabé amistad con músicos, poetas y pintores y me dediqué de lleno a cultivar mi espíritu con las bellas artes. Fueron los años más felices de mi vida, pero mi naturaleza inquieta no hallaba reposo y decidí marchar a Italia para ampliar mis conocimientos artísticos.

      Me asenté en Roma, y mi vida empezó a tomar otro giro. Quedé tan impresionado por tanta belleza en su arte sacro, que decidí probar la vida monacal. Ingresé en una congregación religiosa que dio paz a mi alma.

      Pasó el tiempo, y de nuevo empecé a añorar la libertad. Antes de tomar los hábitos me despedí de la Comunidad y me vine a España ¡Bendita tierra! Pero ya mi cuerpo cansado necesita del reposo definitivo y mi alma desea la paz eterna”

      Con estas palabras terminó su relato. Se levantó pausadamente y se dirigió a la puerta de salida. Le acompañé hasta el jardín, y allí me estrechó con afecto la mano, dándome las gracias por mi hospitalidad.

      Vi que se iba alejando con  lentitud  hasta perderse en la penumbra gris del camino.

      Cesó la lluvia y el sol se asomó con timidez. En mi mano cerrada noté que había un objeto duro y cortante. La abrí y vi con sorpresa una piedra de forma plana y oval, a la que la luz vespertina arrancaba destellos azulados.

Historia del árbol que quiso ser pájaro

      Vino al mundo en los comienzos de la primavera, cuando el ambiente es voluble y caprichoso y deja su huella soñadora en las criaturas y en las almas que empiezan a formarse.

      Nació pequeño y débil al mismo borde de un gran precipicio.

      Su madre, una hermosa y vieja raíz que por esos lugares andaba, quizás buscando libertades que siempre le fueron vedadas, le alumbró allí, ofreciéndole el más maravilloso de los regalos: la grandeza de un claro y verde valle.

      Creció muy lentamente, y, desde los primeros esbozos del gran árbol que más adelante sería, fue alegre y comunicativo. Sus primeras amigas fueron las hormigas, ¡estaba tan cerquita de ellas! Era tan pequeño que casi rozaba el suelo.

      Miraba curioso  a un gran hormiguero  que desplegaba toda su actividad cerca de su mismo pie. Las veía ir y venir, sin detenerse jamás, a no ser que cambiaran algunas impresiones entre ellas. Les acuciaba la prisa, y siempre iban cargadas con enormes pesos que soportaban  yendo en pequeños grupos y a veces en solitario.

      En una ocasión pudo observar a una de estas hormigas que trataba de arrastrar con grandes esfuerzos el cuerpo de un enorme escarabajo que acababa de pasar a mejor vida. Recorría un corto trecho y se detenía a descansar. Jadeando, y con un gran suspiro decía así:

      −Esta carga es demasiado para mí sola, ¡pero tengo que conseguirlo!

      El arbolillo la miraba curioso y un poco angustiado por la suerte y la salud de su amiga, y le dijo:

      −¿ Por qué no pides ayuda a tus hermanas?

      Y la hormiga, con palabras entrecortadas por el cansancio, le respondió:

      −He de hacerlo yo sola; mis hermanas están demasiado ocupadas construyendo nuevas galerías y ampliando nuestras despensa. La comunidad  va en aumento y hay que agrandar el hormiguero.

      Ya que hubo descansado y tomado nuevos alientos, fue llevando poquito a poco, sin prisas, pero con tesón y coraje, su rico botín hacia el boquete de entrada hasta conseguir introducirlo en el interior.

      ¡Como las envidiaba! Activas, incansables de acá para allá, y él siempre tan estático. Nunca se movía, a no ser cuando a veces jugaba con el aire.

      Creció con el tiempo, y poco a poco aquel hormiguero se fue haciendo ante su vista tan pequeño que ya apenas podía divisarlo. Añoraba a sus activas amigas; sus idas y venidas y esos brevísimos diálogos que con ellas entablaba.

      Alguna que otra vez lo visitaban subiendo a sus altas ramas y le contaban, mientras iban recolectando alguna que otra cosilla, las noticias de allá abajo.

      Al crecer en tamaño y corpulencia, también crecieron sus inquietudes. Miraba el gran abismo que se abría bajo su tronco y se maravillaba de aquella gran belleza.. Los colores rivalizaban entre si, y a veces se mezclaban como en una enorme paleta que estuviera dispuesta para que los pinceles del mejor de los artistas creara la más hermosa obra de arte.

      Toda la gama de verdes estaba allí, exultante; desde el verde-plata del olivo, al oscuro, casi bronce, de la acacia; el verde tierno del trigo recién nacido y el verde amarillento de los sauces, que acompañaban llorando, no se sabe si de gozo o de melancolía, todo el curso del gran río. Los tonos violáceos se sucedían desde las brumas lejanas de la serranía, hasta las pequeñas violetas y lirios silvestres que crecían por doquier. Grandes manchas rojizas y amarillas salpicaban el paisaje. Eran macizos de amapolas y jaramagos.

      Nuestro árbol lloraba estremecido. ¡Así era de sensible! Y de tanto y tanto mirar se fue inclinando hacia el abismo, como queriendo tomar parte con su presencia física de aquella visión extraordinaria.

      Sus ramas se hicieron grandes y poderosas, formando una copa compacta y cónica.

      En ella se refugiaban numerosas criaturas, porque a todas acogía con amor. La cigarra, en las pesadas noches de verano, cantaba sobre sus ramas las canciones más interminables y monótonas. Numerosas aves formaron en ella sus nidos, y tuvo el inmenso placer de ser testigo del nacimiento de muchas vidas.

      Fue cobijo y alimento del gusano que genera la seda, viendo complacido como engalanaba su ramaje con preciosos capullos verdes, blancos y amarillos que más tarde se abrirían dejando escapar el vuelo de una mariposa.

      Fue amigo de todos, y de todos recibió sus confidencias.

      Un claro día, vio como un hermoso pájaro sobrevolaba la inmensidad de aquel valle. Lo llamó con un susurro de hojas que el aire movía, y aquel ave vino a posarse en una de sus ramas.

      −¿Me llamas −preguntó−

      −Sí, te llamo porque quiero ser tu amigo. Eres hermosa como ninguna otra ave. ¿Quién eres y cual es tu nombre?

      −Dicen que soy un ave rapaz. Mi nombre es Águila Real.

      −¡Águila Real! ¡Qué hermoso nombre! Ningún otro te hubiera encajado mejor. Tienes la majestad de una reina cuando planeas por el espacio. ¡Cómo te envidio, mi bella amiga!

      −¡Me envidias tú a mí!, pero ¿por qué?. Yo tengo que luchar y defender mi nido, mientras que a ti nada te falta; lo tienes todo.

      −Todo lo tengo menos libertad y unas hermosas alas para volar.

      −Cada cual tiene su destino. A mí me fue designado el espacio, las grandes alturas, mientras que tú está predestinado a estar clavado en la tierra. Los dos destinos, el tuyo y el mío, son hermosos e importantes.

      Y el águila, remontando el vuelo, se alejó confundiéndose en el cielo.

      A nuestro árbol le invadió la melancolía, y cada día le acuciaba más y más su gran deseo de ser un pájaro, y de tanto mirar al vacío se fue inclinando de forma tan alarmante que hasta sus raíces se resintieron.

      Llegó el invierno. Sus hojas amarillearon y cayeron muertas al suelo formando una mullida alfombra.

      Los pájaros huyeron buscando la bonanza de otras latitudes y entonces quedó mudo y triste en su soledad. Únicamente subían a visitarlo de vez en cuando las hormigas, sus viejas amigas.

      Un día el cielo amenazaba tormenta. Las nubes, grises y oscuras, se agolpaban, y el viento rugía amenazador.

      Nuestro amigo pudo advertir que se movía más que otras veces, y una luz de esperanza se encendió dentro, muy dentro de él.

      De pronto, inesperadamente, un golpe de viento le empujó de tal forma que, sin saber como, se vio libre de cadenas y sus raíces se desprendieron de la tierra.

      Voló y voló por aquel ansiado espacio. Se sintió ligero y feliz y pudo ver más de cerca todo aquello que siempre había admirado durante su larga vida.

      El viento lo empujaba, y como un gran proyectil cayó sobre las aguas, grises y turbulentas de su amado río.

      Él todavía estaba vivo y, henchido de felicidad, se dejó llevar por la corriente hacia un destino que nunca jamás hubiera sospechado fuera el suyo.

Pequeño relato de un hecho real

      Todos decían que era bonita, pero ella nunca llegó a creerlo. Se miraba en su madre que, según opinión de parientes y amigos, eran  igualitas, como dos gotas de agua, y solo veía a una rata rubia y muy peluda, de largo rabo y hico puntiagudo.

      Había nacido en una gran madriguera y pertenecía a una ilustra familia. Su padre, un orondo y barrigudo ratón, era Ministro del  Subsuelo y Red de alcantarillado, su abuelo, por parte materna, fue Consejero de Economía u Nutrición.

      Creció y se educó conforme a su escala social. Estudió Ciencias de la Reproducción Ratonil e hizo la carrera de canto.

      No había otra rata más distinguida en  toda la comarca. Tuvo varias proposiciones de emparejamiento de lo más ventajosas, pero ella siempre quiso conservar su libertad.

      Un día conoció a un humilde roedor que era subalterno de su padre y, como además de ser apuesto era poeta, se enamoró perdidamente de él. ¡Pobre  ratita! Su familia, al enterarse de aquello amores, se opuso rotundamente. Ella fue recluida en otras dependencias  y al pobre enamorado lo despidieron de su empleo.

      ¡Cuántas fatigas para verse! ¡Qué hermosas baladas cantaban a dúo en los breves instantes de sus encuentros!

      Una noche, el pequeño roedor no llegó a la cita. ¿Qué habría pasado? ¡Ah, el destino! Había caído preso en las garras de aquel horrible gato, y cantando una balada se murió.

      ¡Pobre enamorada! Esperando un día, y otro, y otro… Ya desesperada huyó de su agujero y se fue en busca de su amor perdido.

      Salió a la luz del día. ¡Qué enorme era todo fuera de la madriguera! Corrió asustada, sin descanso y, ya rendida, se refugió bajo un montón de leña seca.

      Allí vivió escondida varias semanas. Sólo salía en la noche para procurarse agua y alimento.

      Durante el día, observaba por una rendija a los humanos, llamados hombres, mujeres y niños. ¿Qué horror le causaban! Eran enormes, como montañas ambulantes. Andaban a grandes zancadas, y pisaban tan fuerte, que hacían crujir la tierra.

      En sus noches de soledad, ¡cómo añoraba su mundo perdido! ¡Estaba tan lejos de los suyos…!

      Un día sintió la necesidad de ser madre, pero no tenia compañero. Su único y primer amor se fue para siempre a cantar baladas al cielo gris de los ratones.

      Cerca del montón de leña que era su refugio, había un gran almacén de desperdicios del que era Administrador y Dueño Absoluto un maduro y bonachón ratón, que era soltero por vocación, tenía grandes orejas, grandes bigotes y era algo miope.

      Una noche la abordó cuando salía a buscar su subsistencia, y le ofreció su corazón, su ayuda y todas sus pertenencias a cambio de sus favores.

      La ratita aceptó complacida, ¡pues se encontraba tan sola en el mundo! Se emparejaron y al cabo de dos semanas se cumplió su gran anhelo. Le  nació una preciosa camada  de ratoncillos suaves y sonrosados.

      ¡Con cuánta ternura los cubría! ¡Qué inmenso placer sentía cuando sus boquitas succionaban con avidez su vientre! Nunca fue tan feliz, ni tan siquiera cuando cantaba baladas a la luz de la luna con su enamorado poeta.

      Una mañana, salió a dar un paseo mientras sus hijos dormían. De pronto oyó gritos, carreras, ¿qué estaba pasando? Vio un grupo de mujeres, ¡enormes todas!, que corrían. ¡Santo Dios, si era a ella a quien seguían! Corrió despavorida, con el lomo erizado y gritando siempre el nombre de su compañero, ¿Dónde estaba que no la defendía? Subió como pudo por un gran canalón que había en la fachada de una casa, pero el pánico le paralizó sus patitas. Miró hacia abajo y vio escobas y palos. Caras horribles que la amenazaban. Pero ¿por qué, Señor, por qué? Perdió fuerzas y cayó al suelo. Intentó levantarse y correr, pero no pudo. Se sintió acorralada, agredida, humillada, y vio como se le venía encima una gran escoba. Ya no pudo ver más.

      Horas más tarde, yacía inmóvil en mitad de la calle. Una niña muy pequeña, mientras mordía un pedazo de pan, acariciaba con su manita, muy dulcemente, el cuerpo inerte de la ratita madre.

      La jaula                      

    Había una vez un país grande y floreciente  en donde se hallaba asentada una hermosa población que era el orgullo de todos sus habitantes.

      Esta población, desde sus comienzos milenarios, fue cuna de grandes hombres que forjaron para ella una gloriosa historia.

      Los hubo guerreros, eminentes políticos, hombre de Estado, escritores, matemáticos, filósofos, poetas, músicos…

      A lo largo de su vida como gran ciudad, cada época fue dejando en ella los vestigios de su forma de vivir. Vestigios que perduraron a través de los siglos y fueron celosamente cuidados y conservados hasta formar de ella una maravillosa muestra del buen gusto y bien hacer.

     ( ¡Sosegados y dulces lugares que fueron las últimas imágenes urbanas que vieron, antes de cerrarse para siempre, los ojos del poeta más grande que jamás tuvo la Historia!)

      Hermosos palacios que un día fueron vivienda de hombres ilustres, después pasaron a ser centros destinados a la Cultura y a la Administración como bibliotecas, museos, establecimientos en donde se celebraban grandes conciertos y exposiciones artísticas o donde se impartía la enseñanza de música y danza. Todo el ambiente  que se respiraba en aquella tranquila ciudad era el de la cultura en todas sus facetas.

     Un buen día, sin saber como, frente a una hermosa casa-palacio de bellísima fachada, apareció como por arte de magia, una enorme jaula de hierro pintada de blanco. Las personas que por allí pasaban quedaban atónitas. ¿Qué era aquello? ¿Qué significado tenía? Se alzaba desde el suelo con desafiante arrogancia hasta llegar  a la misma cornisa del tejado. La jaula tenía dos puertas; por una se entraba a su interior, y por la otra, de salida, se accedía a aquella noble casona que la Administración  había destinado para la recaudación de impuestos del contribuyente.

     ¿Sería una broma del Destino? ¿Quizás un símbolo? ¿O quizás sería un mal hechizo? Aquella casa digna, sin duda, debía tener un maleficio, pues cuando el ciudadano iba a cumplir sus deberes con el Estado quedaba alucinado. En su interior, y en el gran patio central  rodeado por una preciosa arcada de piedra tallada, había una gran cúpula de hierros extrañamente dispuestos y pintados  en un tono estridente que dañaba  la vista.

     La cúpula se alzaba imperiosa, soberbia, como queriendo aplastar aquellos vestigios de serena belleza. Aquellas reliquias intactas en su forma y estilo que había permanecido allí durante tantos y tantos años para solazar a quienes las visitara.

     El caso fue que el Concejo se reunió en un Pleno extraordinario para deliberar  y decidir qué hacer con aquél suceso tan insólito.

     Vinieron especialistas y parapsicólogos a examinar esa muestra de mal gusto, y nadie entendía cómo pudo llegar ese laberinto de hierros a nuestra ciudad.

      Intentaron quitarla, arrancarla, pero ni los hombres más fuertes ni las grúas mas potentes pudieron moverla de aquel sitio.

     Así transcurrieron varios años y la gente terminó por acostumbrarse a pasar por la jaula como aves de paso. Entraban y salían de ella con toda naturalidad, hasta que un día, por arte de magia, la jaula desapareció de aquel lugar. ¿Se acabó el maleficio? ¿Aquella casa quedó liberada?. No totalmente. Aquella cúpula aplastante seguía amenazando con sus hierros violáceos la paz espiritual de aquellas nobles gentes.

     Un buen día llegó a nuestra ciudad un viajero. Venía a visitarla desde muy lejanas tierras; de otro país. La fama de su patrimonio artístico lo trajo hacia ella.

     En una vía de acceso vio una gran señal informativa con unas hermosas letras que decían: CIUDAD MONUMENTAL, y su espíritu se inundó de gozo. Un poco más adelante, en una bifurcación de caminos pudo ver una “cosa” horrible. Vio una enorme jaula de hierro pintada de blanco y que guardaba en su interior una enorme piedra arenisca deforme y mal cortada. Se diría que había sido arrancada, sin compasión de la cantera.

     El visitante, atónito, se detuvo ante esta muestra tan mal interpretada de lo que se puede llamar arte. Fue lo primero que vieron sus ojos y quedó tan aturdido que no pudo explicarse como a aquella ciudad la habían propuesto como Patrimonio de la Humanidad.

     Siguió adelante y tuvo un respiro, pues pudo divisar cuatro torres −bastante desiguales− que pertenecían a un hermosísimo conjunto arquitectónico.

     Se introdujo de lleno en sus calles, y entonces pudo deleitarse por entero de la belleza de lo que es arte puro.

     Él pensaba: “No me lo puedo explicar, No lo concibo. ¿Cómo una “cosa “ así pueda dar la bienvenida al visitante que viene con el ánimo de recrearse con la vista de la belleza? Eso no es vanguardismo; es mal gusto.

     Comentó el caso con las buenas gentes y todas decían lo mismo; que aquella jaula nadie la había puesto allí. Que un día desapareció de un lugar para aparecer en otro. Todos eran contrarios a este acontecimiento. El misterio seguía sin resolverse. No cabía duda que era un maleficio que algún día se destruiría.

     El viajero salió de la ciudad con el alma solazada, y al llegar a la jaula se detuvo.

     La miró detenidamente y vio como sus garras de hierro se hundían  pertinazmente en el suelo.

     −¿Quién te puso ahí? − le preguntó.

     Y la jaula en su duro mutismo ¡le dijo tantas cosas…!

     Oyó como un gemido y se percató que la mole que había en su interior lloraba.

     −¿Quién eres y por qué lloras?

    Y ella le respondió con un suspiro entrecortado:

     −Soy aquello que llamaban sensibilidad y el materialismo me ha convertido en piedra.

     El viajero siguió su camino pensativo y no consiguió comprender.

        Estío

     El sol apuntaba madrugador en el cerrillo. Las gallinas del coral desperezaban sus alas con alegres cacareos, mientras “Moruna” y “Pintada” rumiaban pacientemente a la espera de que alguien viniese a ordeñar sus repleta ubres.

     La aldea despertaba a un nuevo día que prometía ser hermoso. Una fresa brisa mecía las espigas, que de puro doradas parecías primas del sol, mientras el agua del arroyo, cantando y riendo, se ocupaba de sacar brillo a las piedras que encontraba en su camino.

     A lo lejos se oyó ladrar a un perro, y mezclado a sus ladridos la esquila de un rebaño. Sí, era que Juan, el pastor, iba al monte a apacentar sus ovejas. A Juan le gustaba ser pastor y le gustaba ir al monte. Allí se encontraba a sí mismo y podía pensar y soñar. Recordaba que cuando era niño, el maestro le contaba maravillas; que la tierra que pisamos es redonda; que el cielo que no cubre es infinito y que hay mares inmensos poblados de plantas y criaturas. Juan amaba a sus ovejas, amaba al monte y amaba a sus perros, pero a veces añoraba  ser un caminante y conocer tierras extrañas para él. Le había dicho de grandes ciudades donde todo es bullicio y ruido y la gente no se conoce entre si. Juan sonrió y miró en torno suyo. Vio que el cielo estallaba de puro azul, que en la hierba brillaba todavía el rocío de la mañana y que el aire estaba preñado de perfumes. Se acordó de Pablo, Pancho y Tomás, sus amigos, y sonrió feliz. Era hermoso vivir en la aldea. Pensó en la muchacha que vivía en la casita del camino y su alma se inundó de gozo. Sí, era feliz allí en su mundo que nunca cambiaría por otro.

     “Canelo”, su perro, ladró nervioso, y vio como corría tras una ovejilla casquivana que estaba empeñada en explorar el monte por su cuenta. Corrió y saltó hasta lograr hacerla entrar en el redil. Después de mirar y ver que todo estaba en orden ladró contento, se tumbó y fingió dormir.

     El camino corría alegre hacia el valle persiguiendo a las amapolas que salían a su encuentro. Se oían risas y parloteos de muchachas que se mezclaban con la campana de la iglesia que llamaba a la oración del mediodía.

     Una voz joven llamó:

     −¡¡ “Moruna”…!!  ¡¡”Pintada…”¡¡

     Siendo contestada por mugidos largos y melancólicos.

     La joven voz pertenecía a Martina, la muchacha campesina que vivía en la pequeña casa del camino. Era la hora en que los segadores tomaban su descanso, y Martina, mientras reía y charlaba de mil cosas, miraba de vez en cuando hacia el monte. ¿Qué haría Juan? ¿Pensaría en ella? Y su cara se encendía y asomaba en ella el cielo entero. ¡Cómo le quería, Señor! Y él, ni cuenta se daba. Estaba siempre tan callado, pensando Dios sabe qué cosas…

     Muchas mañanas le veía pasar por el camino y ella, feliz, le decía:

     −¡Buenos día, Juan! ¿Vas ya para el monte?

     Y el contestaba con una sonrisa amplia que le iluminaba su rostro moreno:

     −¡Buenos días, Martina! Sí voy para allá. Hoy hará un buen día y habrá buen pasto.

     −Parió ya la “Lucera”?

     −No, pero pronto lo hará.

     Estos brevísimos diálogos eran para Martina como el rocío para las flores. Ella quisiera decirle tantas cosas que no cabían en su corazón, pero este se empeñaba en latir tan fuerte, tan fuerte…, que no las dejaba salir.

     La voz de un mozo rasgó el aire con una copla. Con una de esas coplas que saben decir el sentimiento del alma llana: amor−dolor; alegría – amor.

     La aldea latía allí, muy cerca, con sus casas brillantes de cal, sus tejados ocres y sus ventanas reventando de flores. Una bandada de chiquillos corría detrás de un cerdo que se había escapado del corral. El animal chillaba al verse perseguido por aquella “jauría”. ¡Qué extraños eran los hombres! ¿No podían dejarlo en paz? A él también le gustaba ver la calle y andar tranquilamente por ella y oler lo que le viniera en gana. Pero no, el mundo era de ellos. Vivía con sus hermanos en un espacio tan pequeño que apenas podían moverse. Sólo comer y comer. La vida tenía que ser de otra manera. Todas las criaturas de Dios tienen derecho a ver la inmensidad del cielo y correr por esos prados verdes que él nunca había visto y que tenían que ser una bendición. Recordó a su padre, que un buen día se lo llevaron y nunca más volvió.

     La tarde empezaba ya a declinar. Las calles de la aldea iban animándose con la llegada de los hombres y mujeres que venían de la siega. Los jóvenes cantaban, bromeaban y reían, y los menos jóvenes se limpiaban el sudor, suspiraban y ansiaban el descanso.

     Sentado en la puerta de su casa estaba el abuelo Antón, fumándose una pipa, mientras miraba con nostalgia la alegría de los muchachos, pensando que algún día, hace mucho tiempo, fue como ellos. ¡Pero cuánto tiempo hacía, Señor! Ya ni se acordaba. ¡Habían pasado tantas cosas desde entonces! El sol se había ocultado miles de veces, los campos  habían sido segados por tres generaciones, y hasta el lecho del arroyo se había hecho más profundo de tanta agua como había pasado por él.

     El sonido de una guitarra rompió el aire y, el abuelo Antón, siempre con sus recuerdos se vio mozo. Sus piernas ya no le pesaban y su alma era tan pura como la luz de la mañana. Tenía alegría para regalar a quien quisiera. Se veía bailar y cantar en las tardes domingueras, para luego caer rendido en un sueño que solo es privilegio de los jóvenes.

     El abuelo Antón encendió otra pipa y siguió con sus recuerdos.

     La casita del camino tenía la puerta y las ventanas abiertas de par en par. Era una invitación al aire fresco de la tarde, al piar de los pájaros y a ese cielo multicolor que más que cielo es madreperla.

     Se oyó ladrar a un perro, y mezclado a sus ladridos la esquila de un rebaño. Era Juan, el pastor, que regresaba ya del monte.

     Al pasar por la casita del camino su corazón latió con más fuerza. ¿Qué haría Martina? ¡Tenía que decirle tantas cosas….! Pero siempre le ocurría igual. Cuando estaba ante la muchacha, su lengua se volvía tan perezosa que se negaba a moverse.

     Haciendo un esfuerzo y armándose de valor la llamó. Ella al oír su voz salió contenta.

     −¡Juan! ¿Eres tú?

     − Sí, quería enseñarte algo. ¡Mira, parió ya la “Lucera”!

     Y en los brazos de Martina puso un corderillo tan blanco como los copos de nieve. Ella, temblando de alegría, hundió su cara en el suave pelillo del animal y lo besó mil veces porque venía de los brazos de Juan.

     ¡Con cuanta ternura los miró la tarde! Con tanta, que les regaló mil cosas. Les regaló el olor del trigo recién segado, las canciones de las hojas al mecerse, el croar de las ranas, el piar de los nidos…, y tantas y tantas cosas más.

El aire les trajo el sonar de la campana de la iglesia que llamaba a la oración de la tarde.

    

El perol

      Una mañana de mercado subió Damiana a la ciudad a vender sus hortalizas y una buena cesta de huevos frescos.

      Vivían allá en la huerta –donde todo es sencillo y sin grandes complicaciones–, en una pequeña casita que habían construido su marido y ella con sus propias manos, con sus propios sudores y con unos ahorrillos que tenían, fruto de muchas fatigas y privaciones. Pero allí estaba, graciosa y blanca de cal, que ella misma enjalbegaba nada más verle un mínimo roce de barro y de polvo. Los tiestos de geranios adornaban las ventanas pintadas de verde, y la chimenea, que sobresalía del rojo tejado, siempre reía a grandes carcajadas de humo que olía a romero y a tomillo quemado.

     Aquella mañana llegó contenta al mercado dispuesta a vender su fresca mercancía, y también dispuesta a comprar a un buen precio, si se terciaba, algunos utensilios que le eran necesarios en su hogar.

     De pronto quedó alucinada. Lo vio allí, en un puesto, reluciente como el mismo sol. Con su gran panza tan oronda y sus dos asas negras, como grandes orejas que enmarcaban una cara hueca y redonda.

     Preguntó el precio. Regateó y fingió no interesarle nada. Se marchó, pero no estaba tranquila. ¿Y si alguien lo compraba y se quedaba sin él? Ya lo estaba viendo allí, colgado en su cocina de fuego bajo sobre unos buenos palos de leña encendida.

    Volvió al puesto y consiguió adquirirlo a fuerza de muchos regateos por algunas pesetas menos.

    ¡Con cuánto mimo lo metió bajo su chal y qué orgullosa estaba de su compra! Siempre había soñado con tener un perol así. Desde que entró a servir, siendo todavía muy niña, en aquella casa grande donde en la cocina los había de todos los tamaños. Ahora tenía su propio perol, dorado y brillante y con sus dos grandes asas negras.

     Y el perol de nuestra historia llegó a aquella humilde casita y fue compañero y testigo de toda una vida familiar. Vio como vinieron al mundo varios chiquillos. Vio penas y alegrías. Más alegrías que penas, pues donde hay juventud y buena salud las malas rachas son menos malas.

     En él se cocieron viandas pobres y viandas suculentas, según venían los tiempos, malos o buenos, pero siempre, siempre, sabían a gloria bendita.

     Damiana lo mimaba, lo abrillantaba, lo pulía y siempre estaba allí, reluciente, presidiendo aquella entrañable cocina y colgado bajo la campana del hogar.

     Pasaron los años y aquellos chiquillos revoltosos que siempre andaban a la zaga de la madre, se hicieron grandes mocetones que trabajaban la tierra de sol a sol. Al llegar de la faena, venían hambrientos y la madre ya les había preparado en su querido perol un rico guisado de judías con tocino, o unas patatas con bacalao o un buen cocido aderezado con panceta, morcilla y chorizo, todo ello producto de los cerdos que ella misma criaba. ¡Y con qué gusto lo engullían todo! Daba gloria verlos comer, y la madre ¡qué feliz se sentía al verlos tan sanos y tan buenos mozos!

     Los muchachos se hicieron hombres. Se casaron, formaron sus propias familias y Damiana y su marido quedaron otra vez solos, como al principio, como cuando hicieron llenos de ilusiones aquella casita, pero ahora con muchos más años y muchas menos ilusiones.

    El tiempo fue pasando, y por ley de vida, aquel bendito hogar quedó desierto. Sobre la leña apagada de aquella cocina de fuego bajo, había un perol ennegrecido por los años y por la falta de uso. En su panza redonda solo se veía una gran cantidad de polvo acumulado. ¡Él no había muerto, estaba allí, se sentía útil…, pero nadie lo utilizaba!

     En esa cocina, antes tan alegre, tan llena de vida, en ese pequeño espacio que fue punto de reunión de una gran familia, sólo había tristeza y oscuridad. Por las rendijas de las ventanas cerradas entraba un poquito de luz que dejaba entrever aquella desolación.

     Un día el perol tuvo un tremendo sobresalto. Se abrió bruscamente la puerta y una pareja de jóvenes entró alegremente en la casa. Hablaban y reían sin cesar y empezaron a curiosearlo todo. Sintió una gran alegría, pues pensó que la vida activa empezaba nuevamente para él. Creyó que por aquella puerta había entrado un gran chorro de esperanza embutida en aquellos dos muchachos.

   Ella le dijo a él:

   − ¿Ves?, esta era la casa de los abuelos. Ha estado cerrada muchos años, pues mi padre y sus hermanos dejaron el campo para irse a la ciudad y todo esto quedó abandonado.

   De pronto, ella dijo con una exclamación de gozo:

   − ¡Mira! ¡Un perol! Aquí es donde la abuela guisaba. Nos lo llevaremos a casa.

   Y dicho y hecho. Lo descolgaron de donde había estado durante tantos y largos años. ¡Toda una vida! Lo metieron en el maletero del automóvil y lo llevaron a la ciudad para instalarlo en una vivienda donde no había ni polvo ni hollín.

     Le dieron un buen fregado. Lo pulieron hasta dejarlo nuevamente dorado y brillante, y él se sintió tan feliz, que hasta se emocionó de puro gozo.

     − ¿Y ahora qué?, −dijo la muchacha un tanto malhumorada− No podré cocinar en él. Nuestra cocina es de placa vitrocerámica y para el microondas no sirve.

     El marido muy convincente dijo:

     −Lo pondremos en el recibidor, sobre el arca, que también es antigua.

    El perol tembló de indignación. ¿Qué iban a hacer con su dignidad? ¡Él, convertido en un objeto decorativo!, cuando toda su vida la había dedicado a ser útil, a ser funcional.

     Y allí en el recibidor de aquella casa de ciudad quedó instalado. Colgado en la pared por una cuerda un poco rústica, para que hiciera juego y sobre una horrible arca de madera negra tallada.

     ¡Cómo añoraba su cocina! ¡Como añoraba aquél alegre cantar de los guisos que bullían  en su interior mientras se cocían. Aquellos suculentos guisos que con tanto amor preparaba su querida Damiana!

    Allí, en aquella pared pintada de blanco “gotelé”  permanecía colgado, limitándose a observar a la gente que entraba y salía. ¡Pobre destino el suyo!

   Cuando alguien entraba a la casa decía:

   − Qué perol tan bonito! Es antiguo ¿verdad?

   Y la muchacha llena de orgullo respondía:

   − Sí, era de mi abuela. En él es donde hacía esas comidas que ahora nos prohíben por eso de la línea y del colesterol ¿sabes?

    Y así se fue pasando el tiempo en aquella nueva casa y en aquella nueva forma de vida.

    El perol siguió colgado en la pared de aquel recibidor, pero de tanto y tanto limpiarlo pera que estuviera reluciente como el oro, terminó por gastarse su fondo y un día se partió. ¡Quien sabe si se partió de puro hastío!

    Desde la pared pasó a un trastero y más tarde a un contenedor de basuras para ir a parar al saco de un trapero que lo llevó a un comerciante de metales viejos.

    Él pensaba desolado:

    − ¿Cuál será mi fin? Siempre oí decir que la materia no se destruye, se transforma. ¿Qué seré en mi nueva vida?

     Y al perol lo fundieron, y ahora en forma de alegre campanita, cuelga feliz del cuello  de una hermosa vaca lechera

   ¡¡ Al fin volvió a su querido mundo rural!

En aquel pequeño establo

     José era un joven y sencillo campesino, humilde y bueno, voluntarioso y alegre, cuya meta era el trabajo y la honradez. Vivía con María, su mujer, en una casita blanca rodeada de huertas y olivos.

     La ciudad se hallaba allí, muy cerca, abrazada por la vieja muralla árabe, mientras se recreaba, a través de su gran mirador con el verde e inmenso valle del río Guadalquivir. Allá, más al fondo, en la lejanía, se dibujaba el perfil violáceo de Sierra Mágina.

     José y María eran felices en ese mundo suyo, tan apartado y tranquilo. Él, al despuntar el día, aparejaba a “Lucio”, su burro, y bien cargado de hortalizas se encaminaba a la ciudad para venderlas en el mercado. Subía canturreando por la estrecha vereda que llega hasta la Puerta de Granada, y en el pilar adosado a la muralla, “Lucio” bebía agua hasta saciarse, mientras José liaba un cigarro y lo fumaba tranquilamente. Subían por San Lorenzo, y los cascos de “Lucio” resonaban alegremente entre los adoquines de la calle en aquellos largos silencios del amanecer.

Cuando llegaban a la Plaza del Marqués, hacían una parada y José entraba en una pequeña taberna a tomarse un aguardiente, fumarse otro cigarro y después seguir adelante.

     Una vez  vendidas sus hortalizas, cumplía los encargos de su mujer y feliz regresaba a su hogar.

     Mientras tanto, María limpiaba el establo, daba de comer a los animales, ordeñaba a “Pintada”, la hermosa vaca que era el orgullo de la pareja, y más tarde, con una gran cántara se dirigía a la ciudad para vender la leche. Éstas eran las mañanas laboriosas de María y José.

     Vivían solos, pues no tenían hijos; únicamente estaban la una para el otro. Paz, siempre paz, se respiraba en aquel bendito hogar.

     Por la tarde, al terminar la faena, les gustaba sentarse a la puerta de la casa, y mientras María cosía o repasaba la ropa, hablaban de mil cosas: de sus tiempos mozos; de la enorme sequía; de que “Pintada” pronto tendría un ternero y de tantas y tantas cosas más…

     Solamente se acicalaban y se ponían sus mejores prendas cuando subían a la ciudad en Viernes Santo, o por San Miguel, o cuando traían a la Virgen, su Patrona, del Santuario, allá en “El Gavellar”.

     Y así pasaba el tiempo.

     Una primavera, María se sintió más feliz que en otros años. En ella había algo desconocido y nuevo. Una dulce savia se removía en su interior y pronto se dio cuenta de que esperaba un hijo. ¡Un hijo, Santo Dios! ¿Habría más dicha en el mundo?

     ¡Con cuánto amor fue esperado aquel niño! ¡Cuántos proyectos para él!

     María decía:

     −Me gustaría que fuera doctor.

      Y José respondía:

     −¿Por qué doctor y no campesino como nosotros? Los doctores tratan de ayudar y sanar a las personas, pero los campesinos ayudamos y sanamos la tierra. La acariciamos, la fecundamos y la atendemos en sus constantes partos.

     Y María sonreía dulcemente y decía que sí, que su hijo sería doctor, pero doctor de la tierra.

     Y así llegó el invierno, y con él la Navidad.

     Una noche, que como todas, fueron los dos al establo a darle de comer a los animales, María dijo a José:

     −Esta noche es Nochebuena y no tenemos Belén. Así, en un lugar como este nació Jesús. ¿Por qué no hacemos nuestro propio Belén? Fíjate bien, José, tú y yo nos llamamos como Ellos; tenemos a “Pintada” y a “Lucio” y hay un pesebre de paja limpia.

     Entonces José respondió:

     − ¿Y el Niño?

     María quedó pensativa, pero al momento sonrió y entró deprisa en la casa. Trajo envuelta en un paño blanquísimo una hogaza de pan candeal horneada por ellos mismos, la puso sobre las pajas y dijo:

     −Será el Niño. ¿No fueron las palabras de Jesús mostrando un pedazo de pan: “Este es mi Cuerpo”?

     Y los dos se arrodillaron con amor y oraron.

     De pronto María tuvo una contracción, y al momento otra y otra, y vieron que ya era la hora.

     Dijo a José:

     −No me muevas. Quiero que nuestro hijo venga al mundo en un establo, como Él.

     Y después de un parto fácil, el niño nació y fue puesto sobre la paja de un humilde  pesebre.

     La noche era fría, el cielo estaba nítido y las estrellas reían. Una de ella se escapó y pasó veloz sobre aquel pequeño establo.

     El aire trajo la voz de las campanas de Santa María que llamaban a los fieles para la Misa del Gallo

La golondrina

     La primavera se dejaba adivinar en el ambiente. Los rosales mostraban sus pequeños brotes rojizos, y los árboles, todavía desnudos, quería reventar a través de sus yemas abultadas. La aves migratorias venían en grandes bandadas, de países lejanos buscando la bonanza del clima.

     Un grupo de golondrinas llegó a la ciudad. Sobrevoló una hermosa plaza poblada de jardines y allí decidió quedarse. Construyeron sus nidos en el alero que cubría la soberbia portada gótica de una iglesia que presidía aquel lugar. Iban y venían en caprichosos vuelos dando alegría y colorido a este tranquilo paraje.

     Una de estas avecillas se introdujo en el interior del templo por uno de los cristales rotos de un vitral, y allí encontró un mundo fantástico, muy distinto del suyo.. Le complacía volar y remontarse por aquel inmenso espacio de columnas y arcos apuntados que subían, alargándose, hasta la bóveda que cubría la gran planta basilical. Gozaba hasta el éxtasis  revoloteando, yendo y viniendo, y exploraba y se maravillaba con aquellas preciosas capillas cargadas de filigranas en su piedra dorada y envejecida por los años. Algunas de ellas estaban celosamente guardadas por bellísimas rejas de hierro primorosamente forjado. Por los amplios vitrales el sol pasaba, pero en forma de mil rayos multicolores

      Aquel mundo, nuevo para ella, era un mundo encantado. Volaba y volaba entusiasmada y, cuando se sentía rendida, se posaba en el hombro desnudo y frío de un hombre clavado en una cruz que, inmenso y solemne, presidía el templo desde el mimo centro del ábside.

     Al principio le observaba, infundiéndole un gran temor aquel rostro que reflejaba tanta angustia en el momento de la agonía. Aquel rostro hermoso y noble, que fue despertando en ella tanta ternura y tanto amor. ¡Cómo debía sufrir!

     Un día, con un hilillo de voz y un poco asustada le preguntó:

     − ¿Quien eres, Señor?, soy aún muy joven y no te conozco.

    Él, con  voz profunda y quebrada, pero con una inmensa dulzura respondió:

     −Mi nombre es Jesús

     −¡Qué hermoso es tu nombre, Jesús! Es ten suave como el céfiro  que mueve las espigas, y es tan dulce como el arrullo del agua. Yo soy una golondrina, y vengo de tierras muy lejanas.

     − Pequeña, tu nombre va unido al mío desde hace veinte siglos.

     −Entonces, Tú me conoces?

     −Sí, te conozco muy bien.

     −¿Sufres mucho, Jesús?

     −Sí, sufro mucho en mi carne y en mi espíritu.

     −¿Y quien fue tan cruel que te clavó en esa cruz y te coronó de espinas?

     −Fueron los hombres.

     −¡Los hombres como Tú, Señor!, pero ¿por qué?

     −Porque no supieron comprenderme.

     −¿Y vas a morir, Señor?

     − Todos los años muero en primavera. Ha de haber una víctima para la Redención.

     −No te comprendo muy bien, Jesús. ¡ dices palabras tan extrañas…!, pero yo daría mi vida con gozo para mitigar tu sufrimiento.

     El rostro de Cristo en su gran dolor se iluminó con una dulce sonrisa, y en un susurro dijo:

     −¡Bienaventurada avecilla!

     La pequeña golondrina, estremecida de amor y compasión, se posó en aquella frente atormentada, y con su corto pico intentó arrancar una por una esas punzantes espinas que hacían sangrar aquel Divino Rostro.

     ¡Le costaba tanto esfuerzo…! Eran largas y cortantes, y ella, ¡tan diminuta!

     −Te duelen mucho, Señor? Yo sufro porque Tú sufres. Te las quitaré con todas mis fuerzas y beberé tus lágrimas tan amargas.

     Y así, poco a poco, la golondrina fue extrayendo las espinas de la frente  lacerada de Cristo.

     Una mañana, cuando se iba a celebrar la misa, el sacerdote advirtió al levantar la vista, que Jesús no estaba coronado. Sorprendido vio que al pie de la cruz y sobre el altar, se hallaba la corona de espinas, y prendida a ella el cuerpo muerto de una golondrina que tenía el blanco pecho ensangrentado y atravesado por una de aquellas punzantes agujas.

LA NAVIDAD DE HALLEY
              
     Hace algún tiempo vino a caer en mis manos la famosa obra de Sigmund Freud “La interpretación de los sueños”. Comencé a leerla y quedé tan fascinada que en un par de días ya la había concluido.

     Es fabuloso poder comprobar cómo nuestra mente, al sentirse libre de control mientras dormimos, divaga y se nos escapa por los caminos más inverosímiles. Vivimos nuestro mundo cotidiano, pero deformado por mil cabriolas que nos zarandean caprichosamente.

     Una noche de invierno, próxima la Navidad, salí a la terraza de mi casa para respirar un poco de aire puro. Aunque hacía mucho frío el cielo estaba despejado. Lo miré largamente y quedé maravillada de la profundidad de su negrura que se hacía más intensa con el brillo limpísimo de los millones de estrellas que lo tachonaban. Alguna que otra se escapaba veloz y desaparecía rápidamente.

      Entré en mi habitación, me metí en la cama y conecté la radio para oír un programa informativo. Al momento me quedé dormida.

     Mi mente empezó a trabajar rápida, libre, sin cadenas, y soñé….

     Soñé con un mundo fantástico llamado “Cosmos”. Yo era una estrella fugaz que corría sin cesar por aquel espacio inmenso sin principio ni fin. Miles de cuerpos danzaban ingrávidos moviéndose acompasados por el negro silencio que cantaba eternidades.

     Me sentía liberada, etérea, y corría y corría sin dirección ni destino. En mi loca carrera llegué a una zona en la que los cuerpos celestes se apretaban entre sí formando una gran masa de brillante mutismo.

     Una multitud de estrellas de todas las clases y condiciones rodeaban curiosas y admiradas a otra de mayor tamaño y belleza. Era hermosa, rutilante, vestida de luz blanquísima con destellos rosados y lucía una enorme cola, tan ancha y tan larga que cubría todo lo que mi vista de estrella menor podía alcanzar.

     Se estaba celebrando una gran fiesta en la que cada astro mostraba sus habilidades o contaba una historia en la que había tomado parte. Una estrella pequeña y tímida entonó una breve balada que decía de tenues parpadeos. Un astro opaco y torpón narró una historia de negros y largos silencios. Otras, más alegres y divertidas, inquietas y fugaces como yo, me invitaron a danzar…, y danzamos…, y danzamos…, por una eternidad.

     La reina de la fiesta pidió la palabra y participó en aquella velada contando una hermosa historia. Su voz, de ráfaga purísima, inundó toda aquella inmensidad, y los allí presentes escuchamos con la mayor atención.

   ─  “Mi relato es corto en el tiempo, pero su contenido en esencia es largo y largo…, tan largo que nunca se acabará por los siglos de los siglos:

     En mi amplio caminar por los senderos del universo, llegué muy cerca de un planeta llamado Tierra. Curiosa me acerqué a él y me detuve. Era azul y muy bello. Formaba parte de un grupo de nueve que giran alrededor de un astro muy poderoso llamado Sol. Me aproximé cuanto pude y observé que en él se movían extraños seres de múltiples especies. Se veían grandes masas azules que se movían sin cesar y a las que ellos llamaban mares, también se veían grandes espacios verdes en los que se desarrollaba con gran profusión la vida de aquel planeta. Entre todas las especies allí habidas una dominaba a las demás: era el hombre.
    Seguí mi camino, pero siempre me detuve periódicamente en mi viaje eterno allí, sobre la Tierra, para recrearme en ella y observar a sus criaturas.

     En una ocasión pude ver que en una pequeña aldea ocurría algo extraordinario. El Sol ya no la alumbraba y estaba oscuro. Solamente mi luz la hacía visible. Gozosos grupos de hombres se dirigían a un lugar muy humilde en apariencia. Traían presentes, canciones y danzas. Me acerqué más y aquel paraje se iluminó. Observé que en un reducido espacio en el que los hombres dan cobijo a otros seres inferiores en la escala de su vida cotidiana había un hombre y una mujer que sostenía en sus brazos a un Niño recién nacido. Era el Niño más hermoso que soñar se pueda.
    Todos, al llegar, se postraron ante Él en señal de adoración.
    Mas tarde vi una gran comitiva de personas lujosamente vestidas que al llegar ante aquel humilde establo desmontaron de sus cabalgaduras y se postraron ante el Niño.

    ¡Qué belleza ante tantas muestras de amor! ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era aquella persona tan pequeña a la que todos adoraban como si fuera el mismo Dios?
     Un ser celeste, brillante como un astro pero con apariencia de hombre, pronunció unas hermosas palabras que inundaron aquel modesto lugar de dulcísimas melodías:

     GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS Y PAZ EN LA TIERRA A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD”
     La estrella enmudeció y quedó por unos instantes absorta para después proseguir:
    ─ “ En seguida comprendí. Aquel planeta Tierra había sido elegido por el Sumo Hacedor para realizar sus grandes designios. Ese Niño recién nacido sería el destino del mundo, y yo, una humilde estrella, una ínfima partícula de este Todo Inmenso había sido testigo del acontecimiento más grande jamás ocurrido. Entonces, henchida de gozo, también canté con aquellas criaturas bienaventuradas y de buena voluntad un GLORIA A DIOS”.

     Desperté de mi sueño. Tenía conectada la radio que emitía en aquellos momentos el magnífico Gloria de Saint- Saën GLORIA IN ALTISIMIS DEO.
     La teoría de Freud quedaba confirmada. Al escuchar mientras dormía aquel inmenso Gloria, esos estímulos sensoriales externos hicieron que viviera por unos brevísimos momentos la Navidad del Cometa Halley

 BREVE RECOPILACIÓN POÉTICA DE SU TRABAJO

DEL LIBRO DE SU AUTORIA
«PINTAR PALABRAS «

AL OLIVO

Mis sueños se enredaron
en el lenguaje mudo de tus ramas.
¿Qué dice ese lenguaje
que canta sentimientos sin palabras?

Es música de bronce.
Es música de plata
que brota de tu tronco retorcido
con cadencias de mítica alborada.

¡Ay olivo, tan verde como el aire
que envuelve con caricias tu enramada,
tan vieja como el tiempo…,
tan joven como el alba!

La noche en su misterio
te viste de silencio en marejadas
de luna transparente…,
de luna fría y blanca.

Derramas mil historias
sobre la dura tierra que te abraza,
y alfombras los terrones
con los suspiros verdes de tu alma.

¡Olivo, verde – bronce, plata – verde…,
tan verde como un grito que desgarra!
Mis sueños se enredaron
en el verde infinito de tus ramas.

  

                            SIERRA MÁGINA                                   

 Yo vi reír al valle en una amanecida
de pájaros chillones, donde el silencio, roto
por cantos y aleteos, caía extenuado
sobre las verdes dunas que ondulan olivares.

La bruma se crecía sobre el tranquilo río
y era gris…, y era blanca…, y era volátil sierpe
que reptaba, lamiendo golosa las riberas,
dejando en su camino sabores de milenios.

El sol se desbordaba con desmedido celo
filtrándose entre nubes y cayendo despacio
en níveas transparencias de rayos derramados
sobre las tibias fuentes de verdes aceitunas.

Y allá en la lejanía, la sierra despertaba
con los clarines blancos de aldeas y cortijos;
con las mínimas sendas marcadas por las huellas
de cascos matutinos y alientos de canciones.

La sierra me miraba. La sierra sonreía.
La sierra dibujaba sobre el pálido cielo
su gran perfil de reina que ha sido entronizada
con su cetro de siglos y manto de violetas.

UN MADRIGAL AL OLIVO

¡Cómo danzan los rayos de la luna
ceñidos a las ramas del olivo!
Y ríen entre verdes de aceituna.
Y miran a un lucero muy altivo
que envidia la fortuna
del ser del olivar su fiel cautivo.

La danza ya ha cesado.
Los rayos de la luna se han dormido,
Y en un lecho encantado
de ramajes de plata hace su nido
un jilguero, que canta enajenado
porque el amor lo ha herido.

¡Ay jilguero que cantas desamores
bajo el manto del alba ya nacida!
No sientas más temores,
que en esta amanecida
las ramas del olivo ríen flores
y sosiegan al alma malherida.

¡Ay risa plateada,
mis versos se han pedido en tu enramada!

LIRAS AL OLIVO

Me voy a la aceituna
con mi vara, mi barja y mi jumento,
siguiéndome la luna
con cara de contento
pues en olivar toma su asiento.

¡AY, luna aceitunera
que vas a la faena divertida!
Cuando el mantón te espera
para la recogida
tú te vas, pues llegó la amanecida.

Mis manos se encallecen
vareando las ramas plateadas,
pero se enorgullecen
por ser muy deseadas
y del fruto serán muy bien colmadas.

¡Hermosa atardecida
que cubre la faena de colores!
La mano encallecida
Enjuga los sudores
y bendice al olivo en sus amores.

Mi alma se ha ensanchado
y el campo se ha cubierto de canciones.
El tajo ya ha cesado
y vibro de ilusiones
evocando a mi amor tan deseado.

LA SONRISA DEL VALLE

La hierba sonreía
Pues un rayo de sol la enamoraba,
y un sauce que veía
que el rayo la incendiaba
con su verde frescura la adornaba.

La hierba se vestía
Con las flores de hermosa desposada,
y el aire sonreía
al verla engalanada
y de tenues fragancias regalada.

El sauce sonreía.
La hierbe sonreía y amor daba.
El aire sonreía
y aromas regalaba
y el valle sonreía porque amaba.


AMIGO

¡Cómo te quiero, amigo!
Mi voz se abrasa al pronunciar tu nombre,
Mas se estremece al pronunciar: ¡Amigo!

El manantial de fuego
que llevo muy adentro,
se tornará en torrente
con sólo tu mirada.

Irá hacia ti y te envolverá de gozas
su ardiente y pura llama.

¡Qué hermosa magnitud la de esa hoguera,
la de ese dulce fuego
al fundirse tu alma con mi alma!

Navegaremos por un mar profundo,
en una barca sin timón ni vela
al capricho de las olas,
¡hasta que nazca el alba!

Arribaremos en tranquila playa
Y vestiremos galas:
El oro puro y fino de su arena
y el frescor verdinegro de las algas.

Mi voz se encenderá al decir tu nombre,
y tú la apagarás con el rocío
que brota a borbotones
de ese rincón oculto de tu alma.

Hoy mi voz se estremece en un latido
que dulcemente canta:
¡Cómo te quiero, amigo!

          DEL LIBRO DE SU AUTORIA
        » EN LOS SILENCIOS DEL ALMA»

   CON VINO Y ROSAS 

El alba se anunció con vino y rosas.
La compartí contigo
en el canto más bello de mi vida.

El vino era tan dulce que embriagaba
y nos llevó a la cima de los dioses
donde las rosas blancas desgranaban
sus pétalos de nieve.

Sobre la llama viva que encendía
tu corazón y el mío
estalló un arco iris de colores.

Y vi brillar los días.
Llegaron tardes rojas.
Llegó la noche oscura.
Y el alba se anunció sin vino y rosas.

EL SUSURRO DEL ECO

 Mi canción se hizo hoguera
en una amanecida de jazmines.

El eco susurraba
tu nombre entrelazado con el mío.

MÍO

Eres mío en el alba,
cuando la luz se asoma a sus balcones
y estampa en tu mirada
el color bronceado del olivo.

Eres mío en el aire,
que ciñe mi cintura hasta quebrarla;
que alborota mi pelo
y pone alas de azúcar en mi risa.

Eres mío en la lluvia,
que acaricia mi cuerpo y lo adormece….,
y lo empapa… , y lo mima…,
y lo arrulla…, y lo acuna…

Eres mío, muy mío,
cuando te vuelves gris como la niebla
y me hiere el abrazo
vacío, lacerante, de tu ausencia.

Eres mío…, tan mío…,
que mi alma se rompe al no tenerte.

 

       NUNCA MAS FLORECIERON LAS ESTRELLAS

Venías tan radiante
que el sol palidecía
con sólo tu presencia.

Unas rosas, tan rojas como besos,
sangraban en tus manos
poniendo carmesíes en tu alma.

─ ¿Adonde te diriges – pregunté ,
que tu mirada ríe
como el agua que corre?

Y tus ojos, tan nítidos espejos
de húmedo olivar,
con verdes cuchilladas respondieron:

─ A encontrar a mi amor
que me espera impaciente
bajo el árbol dorado de la tarde.

Mi día se hizo noche,
y en el jardín oscuro de mi cielo
nunca más florecieron las estrellas.

Y YA SUPE QUIEN ERA

Aquella noche negra,
cuando el viento azotaba
mis frágiles ventanas,
cruzó con paso etéreo
la puerta siempre abierta  de mi casa.

Se inclinó junto a mí
cubriendo mi regazo
desnudo de caricias
con pétalos de rosas escarlata.

  ¿Quién eres  pregunté 
que tu aliento es de fuego
y tu perfume es alba de jazmines?
Mas no me respondió.

De su mirada verde
dejó escapar el sol de una sonrisa.
       
Mi noche se hizo día.
 Me iluminé de gozo

 ¡¡ Y ya supe quien era!!

LA RISA DE HELIOS

No quiero ser la hija de la Noche.
No quiero ser la hermana
del Sueño y de la Muerte.

No quiero ser la estrella que se apague
en la garganta negra
de un universo negro.

Yo quiero ser la hija de la Luz.
Yo quiero ser la hermana
del alba y de la rosa.

Yo quiero ser el canto que se inflama
en torbellinos áureos
y en lenguas de colores.

Yo quiero ser el grito de las nubes
que danzan embrujadas
por la llama de Circe.

Yo quiero ser el fuego transparente
que ilumine tu mundo
cual la risa de Helios.

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