CUENTOS Y RELATOS

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EL RAYO DE LUNA
María Sánchez Fernández (España)

Un rayo de luna se escapó del cielo y atravesó las negras aguas del mar. Era como un cuchillo cortante que a su paso dejara una herida abierta de intensa luz plateada. Ahondó tanto y tanto que llegó a profundidades insospechadas por él. Allá, en aquel fondo, advirtió que todos los habitantes de las aguas dormían. Escudriñó curioso, y vio qué diferente era aquel mundo del suyo. Él conocía los  espacios abiertos en donde sus amigas, las estrellas, titilaban y, a veces, también se escapaban en vertiginosa carrera hacia el infinito. También conocía las exuberancias de la tierra pero… el misterio del mar; no.

Se movía de acá para allá despertando con su luz a miles de seres asustados que huían despavoridos de aquella extraña presencia. Vio un inmenso coral que movía unos brazos blanquecinos y rojos en los que había prendidos jirones de algas flotantes. Una enorme raya se detuvo, curiosa, a mirarlo para después seguir su camino.

El rayo de luna estaba fascinado, pero también un poco aturdido, él no quería despertar el pánico entre aquellos seres fantásticos, sólo quería conocerlos y ser amigo de todos. Con infinita delicadeza rozó la cola de un gran pez espada  que se hallaba dormido en una oquedad de la roca. Éste se despertó y, algo asustado, se dispuso a atacar, pero vio que ante él no había enemigo alguno sino algo sin cuerpo cuya presencia era muy agradable.

El pez espada preguntó:

— ¿Quien eres tú, que nunca te vi?

— Soy un rayo de luna.

–¿Y qué es un rayo de luna? No puedo tocarte pero a través de ti puedo ver cuanto hay cerca de mí.

Y el rayo de luna sonriendo con su luz más blanca dijo:

— Tengo miles de hermanos y somos hijos de un cuerpo del cielo al que llaman Luna. Esta noche quise escaparme en solitario y visitar tu mundo.

Entonces el pez espada respondió:

— Eres mi huésped, ven conmigo y te lo mostraré.

Y visitaron, a través de las aguas que iban iluminando a su paso, los más bellos parajes que nunca hubiera imaginado aquel visitante que venía del espacio. Montañas vestidas de algas que, en el silencio submarino, parecían ser los fantasmas de aquellas otras montañas alfombradas de pinos verdes y empapadas de rumores que llenaban la tierra y que él conocía tan bien. Estas montañas del mar acogían, en infinitas cuevas, a miles de peces que en ellas buscaban seguridad y refugio. Moluscos de todos los tamaños se adherían a las  rocas abriendo sus conchas rosadas y mostrando en su interior una masa blanduzca que se movía perezosamente acechando alguna presa, y cuando ésta se acercaba ¡zas!, se cerraba herméticamente para engullirla en su interior.

El pez espada seguía avanzando abriéndose paso entre las aguas con su gran trompa puntiaguda, y el rayo de luna le seguía fascinado envolviéndolo con su manto de luz. Un banco de pececillos rojos pasó ante ellos haciendo cronométricos zigzagueos, y un gigantesco pulpo extendía sus abotonados brazos queriendo tocar aquel extraño visitante que se movía entre los personajes marinos.

–Me gusta tu mundo.– Dijo el rayo de luna–. ¿Podrías invitar a mis hermanos?

Y el pez espada respondió:

–Puedes llamarlos ahora mismo, mientras las aguas sean negras. Después se volverán azules y vuestra tenue luz se perdería en ellas

Y el rayo de luna llamó a sus hermanos con su  magnetismo cargado de magia, y al momento todos acudieron en tropel, y con gran algarabía de risas de plata invadieron las negras profundidades.

¡Qué orgía de luz y de colores explosionó en el fondo del mar! Rivalizaban el capricho y la originalidad en la forma de todos sus moradores. Peces alargados, redondos, achatados, de figura esférica o triangular, con ojos enormes y gráciles aletas; otros de cuerpos pequeños y grandes tentáculos; preciosos moluscos de las más variadas formas…, y tantos y tantos colores…, infinidad de colores rivalizaban por su propio protagonismo.

Las aguas se ondulaban vestidas de transparente blancura con el ir y venir de sus millones de habitantes.

La gran fiesta comenzó y todos danzaron con loco frenesí. Grupos de peces dorados trazaban  círculos perfectos en torno a una gran masa de coral que alargaba sus ramificaciones rojizas como queriendo alcanzar aquella maravillosa luz que todo lo envolvía. Otros grupos de peces –siempre en perfecta formación y vestidos con la más exquisita originalidad−, abrían sus salientes bocas cantando burbujas. Un grupo de delfines se sumó al regocijo del momento emitiendo alegres sonidos que acompañaban a una diminuta orquesta formada por caballitos de mar y por oscuras ostras que abrían y cerraban sus conchas con perfecto ritmo, mostrando su intimidad nacarada. Un gran tiburón cruzó rápidamente, sin detenerse, tendría prisa por resolver algún asunto urgente.

La fiesta estaba en su punto culminante. La alegría rebosaba más allá de lo imaginable. Los rayos de luna reían y reían, y las aguas del mar nocturno –antes negras y quietas−, se movían alborozadas en sus ondas profundas y blancas.

De pronto, nuestro rayo de luna dejó de reír y prestó atención. Más tarde dijo:

–Hermanos, nos llaman desde arriba. Nuestra madre, la Luna, se retira. Ya baja por el cielo en busca del horizonte.

Todos se unieron en un inmenso haz de luz, y diciendo adiós a sus amigos salieron del mar y ascendieron a la altura mezclándose con los claros rosados del alba.

MI ISLA. ( Premiado en la Ciudad de Puebla, 1984 )
Angelina Sara Baca Vaca (México)

Esta es la historia de una isla pequeña y olvidada en la inmensidad del océano; la que a pesar de su insignificancia, palpitaba en su interior, vibraba como las islas más grandes y hermosas, interesantes y conocidas.

Ella, aparentemente dormitaba apacible y serena, bañada por las aguas del mar que estrellaba sus olas, jugueteando,contra los acantilados que la rodeaban; pero cuando se enfurecía, lo escuchaba aullar en tanto se mecían sus palmeras, tal si un gigante soplara con indecible fuerza.
Cuando esto pasaba, la falsa armonía que supuestamente gozaba, se rompía aún más; su interior se turbaba profundamente y, lo mismo que el océano, una fuerte tormenta la sacudía, barriendo con lo que encontraba a su paso. Sus habitantes: simios, aves, reptiles, fieras; igual
que su flora: orquídeas exóticas, helechos exuberantes,flores multicolores y llenas de encanto;
se extrañaban al sentir esta conmoción tan poco usual, acostumbrados a la placidez que gozaban, aunque ella se destrozara por dentro

A su lado, pasaban barcos más o menos hermosos, grandes y lujosos transatlánticos, barcas de humildes pescadores, no por esto, menos valiosos; pero todos seguían su ruta, indiferentes, sin repararen la pequeña isla que dejaban atrás, donde la primavera lucía sus galas y todo era natural, sin que la mano del hombre hubiera intervenido para nada; peto los viajeros preferían pasar de largo y visitar otros lugares más sofisticados y vistosos. Un día, mi isla presintió que el
verano se avecinaba; en los últimos atardeceres de junio, se embriagó con la la claridad propia de este mes; contemplaba las aves revolotear sobre ella, admirar su belleza y finalmente,posarse
en alguno de sus peñascos; para después, en el rojizo ocaso,escucharlas trinar como en un susurro, mientras el día moría.

El estío llegó con negros nubarrones que presagiaban tormenta; los fuertes aguaceros que por las noches caían, deshojaban las flores, y sus pétalos esparcidos sobre las rocas recién lavadas por la lluvia, semejaban ilusiones rotas arrancadas del árbol de la vida. Mi isla, sobrecogida, comprendió y sintió el cambio.
Esta época fue muy dura para ella porque no lograba acostumbrarse al nuevo clima: si bien el verano, gran acuarelista,había pintado su ropaje de verdes diferentes y sombreados, produciendo claroscuros bellísimos ; no por eso dejaba de sentir cierta melancolía; recordaba sus veredas floridas, y ahora el otoño se anunciaba tapizándola con su manto dorado, como imperial alfombra de exóticos dibujos. Un ligero vientecillo, quizá un poco frío,agitaba la maleza,
y los árboles, a medio vestir, no guardaban nidos en sus ramas faltas de follaje.

Así, la tarde llegó a mi isla; pasó la nitidez de la mañana y el esplendor del mediodía; de pronto se encontró entre los celajes del atardecer, que visto poéticamente nos parece encantador; pero si nos adentramos en su bruma, sentimos nostalgia y pesadumbre.
Un día desapacible y tristón en que caía una ligera llovizna, un hermoso barco ancló frente a mi isla y un reducido grupo de personas echaron una ojeada sobre ella; para después, indiferentes, regresar a él. Pero una de ellas se adentró un poco más, no sé que atrajo su atención, tal vez comprendió la soledad de aquel lugar; quizá los años le habían enseñado a no juzgar por las apariencias, ya que cada sitio guarda bellezas escondidas para quien las descubre.
Esta persona, una dama de aspecto agradable y blanca cabeza, con un cutis que a pesar de la edad, tenía cierta tersura y encanto; llamaba la atención por la vitalidad que desbordaba plena de vivacidad y simpatía. Mi isla se preguntó por qué aquella viajera se internaba en ella; estaba tan acostumbrada a pasar inadvertida, que no se explicaba esto, como le pasa hasta la fecha.
Con paso menudo y ágil,exploró sus arideces; su mirada sagaz descubrió las grietas que comenzaban a resquebrajar la roca misma. Y acaso pensó que la vida, no se había extinguido
totalmente entre las oquedales, como suele suceder. Cuando se alejó, mi isla quedó pensativa,
en calma, anhelando que algún día se repitiera el milagro de ver aparecer un barco y de él, descendiera aquella dama que tanto bien le había hecho.Su deseo de cumplió; esta señora sembró y esperanzas donde había espinas y cardos. Mi isla comprendió que la bondad de esta mujer, era innegable; y a ella se aferró con sencillez, sin rebuscamientos. Al parecer a ella no le disgustó volver; y así nuevos brotes de verdor aparecieron, alguna tímida flor asomó, a la que siguieron otras, salpicando de colorido el paisaje.

Ahora mi isla, mi pequeña y olvidada isla, siente que esta persona, con su gran calidad humana,convirtió un erial en campo de resplandores; al conjuro de su fe, mi isla adquirió un nuevo concepto del mar que la rodea, de los seres que allí habitan y de sí misma.jamás volverá a sentirse empequeñecida o frustrada; tampoco se siente grande, pero tiene una comprensión de valores; que antes, jamás logró.
Este es un pequeño y sincero reconocimiento para este ser que tanto ha hecho por mi otoñal isla, la que anhela, cuando llegue su invierno, sea tan bello como el de la dama de mi cuento.

PALOMITA BLANCA
Libia Beatriz Carciofetti (Argentina)


Se llamaba Elena, tenía rulos dorados y unos ojos verdes profundos como el bosque que rodeaba
mi estancia.
Su voz acariciaba mi alma solitaria de la mano de mamá…
Fue quien calmó mi primer llanto al entrar en ese mundo desconocido para mí a los cinco años…
La que limpió mis primeros mocos con su pañuelo mientras no dejaba de llorar la ausencia de
los míos.
Era como si mamá me hubiera dado un empujón para que volara sola, a pesar de que debía
hacerlo para abrirme paso en la vida.
Era la única que me daba la oportuna caricia, y tomaba mi mano para hacer las esferas en la
clase de geometría sin transportador.
La que me enseñaba a diferenciar los patitos de los pajaritos en la clase de dibujo.
La que entendía cuando quería hacer pis al cruzar mis piernas parada en fila de los nervios y me
daba vergüenza pedir ir al baño, porque había varones delante.
La que cuidaba en su escritorio de “mi almuerzo”…un sándwich untado con manteca Sancor y
salame picadillo fino, para que el gordo Lacave no me lo “usurpara” en el primer recreo.
Era quien acomodaba mis cabellos después de tanto correr al oír la campana, y me secaba con
una toallita con puntilla hecha por mi abuelita Marina, siempre impecable en mi portafolio.
Fue quien me enseñó a escribir “Mamá me ama” Mi hermana es mi amiga, mi papá es un hombre
trabajador, yo soy una soñadora..
Me enseñó que 3×4 es: 12 y 60%5 es 12… Me enseñó a aprender las capitales de los países y las
banderas, los himnos…
Me enseñó que el niño que lee se instruye, que no hay otra manera para que se grabe en el
cerebro.
Me enseñó que ser señorita no es menstruar solamente, sino comportarse como tal…
Maestra de la Escuela Nacional Nº 122 de Benavidez Provincia de Bs As.
A pesar que nunca me gustó madrugar el solo hecho de encontrármela en el colegio me hacía
disfrutar el hacerlo…
Ese día 11 de Septiembre en la fiesta del día del maestro, cuando subí a recitar de memoria el
poema para todos ellos yo la buscaba solo a ella, porque para ella lo había aprendido y mi papi
me había corregido el énfasis que debía poner en cada verso.
Mientras recitaba no encontraba ni su rostro, ni sus rulos ni sus ojos…
Una historia por una sonrisa
La señora directora se dirigió a los presentes en su alocución y dijo textualmente “La señorita
Elena Brocalio se fue de viaje” tuvo que abandonar el colegio sin previo aviso esta madrugada,
vino el director divino y se la llevó con él, pero ni lo duden que ella seguirá aquí por y para
siempre…en estos momentos si ustedes levantan la vista la verán con su delantal blanco hecho
de nubes…sonriente como siempre….
Ese fue el día del maestro más triste de mi vida….
Era un día lunes como el de hoy y yo no pude asistir por una semana a clase…era tanta la tristeza
que mi mami al ponerme de nuevo el delantal ya se daba cuenta que no podría salir de
casa…asique a pesar de haber desayunado, me dejaba volver a mi cama…
Hoy que es el día del maestro, rindo honor a todas las maestras que dejaron y siguen dejando
huellas en el corazón de sus alumnos…Que entienden que para los niños es duro el trance que
viven al dejar su espacio, sus padres; hermanos, sus juguetes; su círculo familiar; es como ir a la
escuela con “medio corazón”, que cuesta adaptarse a una vida de responsabilidades, que solo
el que estudia esta profesión porque ama y desea que su niños se instruyan merecen el mote
de maestros…
Reciban en nombre de mi señorita Elena, y en el mío mi mayor consideración y respeto…
FELIZ DÍA DEL MAESTRO/A… y recuerden que un alumno es un hijo adoptado que DIOS les puso
en sus manos , ellos necesitan todo el amor y la comprensión que les falta en su hogares, y no
son culpables de las cargas que ustedes llevan a la hora de dar sus clases Desde mi corazón al vuestro DIOS les bendiga ricamente por haber elegido esta profesión.

 

 DETRÁS DE LOS ESPEJOS
Adrián N Escudero – Santa Fe (Argentina),
27-03-2007. T.a. 05-08-2010 y 05-08-2017.
Al fantasimundo de los espejos…

“La moda no perdona; impide ver lo eterno”. Pierre-Auguste Renoir
Pintor francés (1841-1919)

   … Detrás de los espejos, al fin y al cabo, ellos nos observan y… juzgan.

   Algunos modelan sus formas de cartón piedra o plastificadas -e inertes- con cuerpo y rostro de varón o mujer… Todavía no se los encuentra seduciendo en los escaparates de luciérnagas, flores, cueros, hilos, lanas y sedas, con forma de homosexuales redimidos por la legítima legalización de su “unión civil” en algunos países autoproclamados de vanguardia social. De hecho, tal circunstancia plantea -de aquí en más-, un interesante desafío a la Industria de la Moda. Pero quizás, aún, ni el público consumidor ni diseñadores vestuaristas ni presentadores de marca ni auspiciantes de desfiles marketineros, se hayan dado cuenta todavía…

   Todavía.

   Al menos, es lo que se ve cuando uno observa como “ellos” -inquilinos de lúdicos, eróticos o exóticos, pero siempre atrayentes y vidriados escaparates-, nos observan y… juzgan.

   … Porque, de hecho, también –y, al fin y al cabo-, una u otra de estas realidades diferentes de la normalidad aceptada bajo la esencia fundante del Universo, y aceptada desde el Paraíso por el hombre puesto en pie como el polvo de una estrella germinada, terminan arropando desnudeces y desvíos corporales mas con ropa varonil o femenina, sin remedio…

   Así las cosas, hoy día. Y ellos lo saben. Saben que los otros (algunos) intentan  manipular lo sagrado, pues el fin les justifica los medios, como a todo fundamentalismo puesto en práctica y que se precie de tal… Aunque lo nieguen… Y ellos lo saben. Por eso se miran y nos miran. Y  nos observan y… juzgan.

   Analizan nuestras mutantes costumbres de animales conscientes pero mortales, e, impasibles -sin una sonrisa o lágrima que les recuerde la ternura o infortunio de su impávida existencia-, saltan de un mostrador a otro, de un tabique a otro, de una vitrina a otra, hasta que la mala fortuna les fractura una de sus delicadas curvas antropomórficas, y ese otro -llamado “dueño” de tal o cual negocio de cobijo y glamour-, los abandona como si nada o nadie en un cesto de basura…

   Asimismo, claro que no son considerados como joyas primorosas, ni tan siquiera como pedrería mineral embaucadora (o baratijas que le dicen)… Tampoco como flores fugaces, plásticas y brillantes, de ésas que adornan los presillos de sus falsas cabelleras… Y nadie evalúa en su caso que, sobre una piel adecuada a la raza y sexo que representan, y producida por la artesanía de una industria de humanoides próspera y feliz, los años calendarios de doce láminas crispadas transcurren para ellos como tropeles en el día a día de una existencia inexistente (para los otros, claro); y, a saber: duros y broncos de máscaras, obsecuentes en sus roles inmutables como urbanos atrapa-pájaros nostálgicos y elegantes plantados en los otoños de hojas amarillas; contemplativos y arropados en los crudos inviernos; desafiantes y liberales en las gozosas primaveras, y exultantes como nadie en los estíos cuando el sol nos le deja apagar, sino hasta muy tarde, el falso brillo de sus ojos cristalizados…

   … Más sienten pena por nosotros, que somos, precisamente, los otros. Pena. Una pena barroca de metáforas ansiosas. Pena por nuestros pasos esquivos y apresurados en las veredas; o por las miradas furtivas hacia lo que ellos promueven o incitan o seducen a la compra; o por los cambios de ritmo y estación que, una vestimenta adecuada para cada uno de nosotros (de los otros), puede reportarles como necesidad o pasajera vanidad frente a (esos) otros ellos que somos nosotros…

   Y es que para y por nosotros, ellos deben disimular su pudor de nácar y de porcelana narcisista vulnerada cada vez que ese supremo “dueño” o vendedor de vanaglorias los despelleja y desnuda y cambia de estilo para cada temporada, y los trastoca en su dúctil y edulcorado trabajo de forjadores de ilusiones o del cambio por el cambio mismo… Y que luego los entierra sin misericordia alguna –cual grave y eficaz sepulturero-, con sus más íntimas y desconocidas vibraciones de seres creados a imagen y semejanza del hombre; y que, por esa sola razón quizás –nadie lo sabe ni entrevé-, esconden –en el secreto de una soledad mansa y aparente- un alma estética y ética transcendente como la de cualquier objeto natural o artificialmente creado, y en la que se haya utilizado la más mínima porción de la energía vivaz de un Universo ensamblado con sabiduría por el “Único Ello Que Es y Hacer Ser”, y que ellos saben, a su modo y consecuencia, imprecar a diario para adorarlo –piadosos-, y rogarle justicia y compasión…

   Sí, en tanto Gepetto (el san José de los altares postreros donde duermen los cachivaques de la Tienda) seguirá siendo, para ellos, el padre carpintero, amoroso y adoptivo, rostro visible del dios invisible o Abbá Mayor, el Calo-Collo, dios providente y vital, intemporal y  bíblico-literario en quien creer y esperar la vida eterna…  Aunque los “otros” (nosotros) piensen que, para ellos, los sueños de vida propia y encarnada, no serán más que, al fin y al cabo, vanas ilusiones de burdos maniquíes locamente adocenados, muy semejantes a la de los espejismos que habitan el alma de sus compradores de moda…

   (Mientras tanto, extraños e imperturbables, detrás de sus vestidores y espejos, ellos nos observan y juzgan. Porque está escrito en las “Las sabias aventuras de una noble Marioneta” y que nadie ha redactado todavía, ya que el mundo se ha olvidado de “Pinocho” y sus ilustres enseñanzas… También las del “Principito” y de tantos otros profetas humanoides…

    Tenaces y comprometidos con su Alianza Divina -aunque frágiles y desechables, pero in extremo insobornables-, nadie podrá impedirles que lo sigan haciendo –que nos observen y juzguen- y que un día se levanten contra nosotros (los otros) y nuestras ilusiones, falsedades y engaños, y nos reemplacen…

   Hacia el fin de los tiempos, será –sucederá-. Y desde su propia, inmarcesible e inaccesible dimensión virtual desconocida… entre la lógica y la magia).-

 

MANDATOS ANCESTRALES
Miriam Noce (Argentina)

“El azar siempre es poderoso. Ten el anzuelo
siempre listo; en el estanque más inesperado
encontrarás un pez”
Ovidio

Cuando los aplausos habían cesado, y me disponía a bajar los escalones del escenario, el murmullo de voces trajo a mi memoria pasajes que creía olvidados, voces del ayer.
Soy hija única. Mi madre veía sólo por mis ojos. De niña lucía delantales de colores para proteger la ropa. Mis padres eran de clase media, ambos empleados del Estado. Ella, católica de misa y comunión. Él la acompañaba, pero por su rostro no con mucho agrado.

Desde pequeña fui a la iglesia. Mi madre me narraba como “cuentos” la vida de los santos y las virtudes de las santas a imitar. A los siete años tomé la primera comunión y la confirmación. No me dejaban ir a la casa de mis compañeras. Nosotras las esperábamos con la merienda lista para hacer luego los deberes. Mis salidas eran siempre con ella: a la iglesia, algún velatorio o a visitar las tías-abuelas de la familia.

A partir de los diez años, a escondidas, papá me prestaba algunos libros o revistas que devoraba cuando mamá salía a hacer mandados. Papá, igual que yo, no tenía voz ni voto en las órdenes de la casa. Vivía resignado a su suerte. No recuerdo haberlo escuchado esgrimir sus legítimos derechos sobre algo. Me consolaba: éramos dos en el infortunio. 

Mis compañeras del colegio religioso al que asistí desde Jardín de infantes me respetaban mucho. Mi madre era de la Comisión cooperadora además de presidenta del Club de madres. Eran conocedoras de su  carácter exigente y religioso. Por los cuchicheos, las sonrisas y los gestos, la mayoría ya sabían  picardías aportadas por sus hermanos varones. A mí no me las contaban.

-Se te escapa un comentario y tu madre nos hace echar- me decían preocupadas.
-Chicas, por favor, que sea obediente, no quiere decir que piense igual que ella.
-Leticia, vos no te das cuenta, tu madre es el diablo con polleras. Te maneja. No queremos caer en esa bolsa.

De nada valían mis reclamos. Siempre terminaba sola. Cuando ocurrían estos hechos, a la noche, mientras me detenía a esperar el sueño, resonaban sus palabras: “Quiero que estudies, que seas maestra. Nunca empleada pública como yo. Un título te habilita. Casate con tu primer novio, joven, bella y pura como santa María Goretti. Vos sabes cómo te quiero y deseo lo mejor para vos.”
Cuando cumplí diecisiete, comprendí que mi madre había empezado a urdir su propósito. No tuve fiesta ni con las chicas del colegio, ni con las del coro parroquial. Sí una cena formal, con un amigo de mi papá, su esposa y su hijo de diecinueve años, recién recibido de bachiller.

Mi madre se esforzó sobre manera en cómo debía vestirme. “Debes estar sobria, moderada en tus sonrisas, contestar únicamente si te preguntan”. Creo que entre ambas familias formalizaron un pedido de mano encubierto. Horacio resultó ser un muchacho agradable, simpático, predispuesto. Lo conocía desde chico, cuando las familias nos visitábamos. El tiempo cambia las fisonomías. De aquél gordito rubio a hoy había mejorado. De él me atrajo su mirada. Capté complicidad, sencillez, el aliado ideal para mis ocultos planes.

Esa noche, terminada la cena y hecha la promesa formal de una nueva reunión familiar, mi madre se sentó junto a mí en la cama. Tomó mis manos y sentenció: “A partir de ahora hay un cambio en tu vida. Horacio va a llegar a ser el novio perfecto. Sus padres te quieren.  Él ayuda a su padre en el negocio. Con el tiempo será su mano derecha. Estudia mucho, logra buenas notas. Así el año que viene te casas. Está saliendo todo como lo soñé. Estamos orgullosos de vos. No te olvides, debes llegar virgen al matrimonio, una ofrenda a Dios y a tu marido.”

Como siempre, escuché y en mi interior dije “amén”.

Horacio también era temeroso de sus padres, y aún más de la fama de mi madre; pero con buenos argumentos supe hacerle ver mi cariño incondicional. Fue fácil quererlo. Fue el primer hombre que pude mirar (con permiso), y que gracias a Dios me gustó. Lo sentí casi un ángel al aceptar las condiciones impuestas. Visitas: los días martes, jueves y sábados. Horario: de 19 a 21. Lugar: el porche de  mi casa (parados, por supuesto). Desde el primer día de noviazgo nos prometimos sacarnos una foto besándonos bajo el luminoso resplandor del farol del porche, el día de nuestra boda.

Algunas veces íbamos al cine con mamá. Recuerdo con nitidez cómo resonó su voz en el cine al ver que Horacio retenía mi mano: “no hagan escándalo.” Cuando se prendieron las luces, a sala llena, pensaba que todos buscaban mi rostro.  

Los mandatos ancestrales se fueron cumpliendo en riguroso orden. Mi madre cuenta que su abuela la controlaba: todos los meses debía mostrar su ropa para constatar que no existía embarazo. Ella me educa en rigidez y principios que yo acepto; pero Horacio cumplirá mi mandato. Será la tabla del naufragio que me permita salir de esta situación.

Horacio tenía planes distintos a los míos. Deseaba noviar varios años para ahorrar y comprar un departamento. En cambio yo aceptaba ir a vivir con mis suegros. La casa en una amplia esquina  era de dos pisos. Quería huir, abandonar los lugares de la infancia y adolescencia. Sufría la dominación en carne propia. Necesitaba construir; mejor, inventar mi propia vida.

Utilizando los métodos persuasivos de mi madre, esos a los que obedezco, convencí a Horacio para casarnos al terminar mi secundario. Tratar estos temas en los días de visita, era peligroso. Las paredes podían tener oídos. Una vez al mes rateaba la clase de educación física en el turno tarde. Caminábamos por el parque Sur. Las gruesas raíces y troncos de un centenario ombú eran el refugio de nuestro amor. Las discusiones surgían al analizar cómo hacerle frente a nuestros padres. ¿Nos dominan o nos controlan? Temíamos contestar y entrar en el juego perverso de intimidar y premiar. Ejemplo de eso: mi ajuar era digno de una princesa. Por la calidad y cantidad.

De mis proyectos del futuro, casi no cuento nada. Tampoco a mi padre. Bajo presión se le puede escapar algo. Mi madre detecta mis silencios, no mis secretos, y algo alterada exclama: “A tus amigas les contás todo, y a mí nada.”

A quien llama amigas son apenas mis compañeras de escuela.

El día llegó. Todo fue como lo organizó con devota aplicación. Cumplimos lo prometido: un prolongado beso bajo la luz del farol quedó impreso en una foto. Lo que nunca imaginé fueron las copiosas lágrimas de mi madre. No me despidió complacida ni augurándome merecidas felicidades. Lloraba cómo quién despide a un muerto. Pasados algunos años me sigo preguntando ¿porqué lloró tanto?  ¿A quién despidió? ¿A la que le hacía compañía; a la que quería que la mantenga y le realice una vocación frustrada; o a aquella que dependa siempre de ella, induciéndola a la culpa si no lo hace?

Pasada la euforia del viaje de bodas, me encontré con nuevas “facturas.” No podía acercarme a casa sin oír: “Para los demás tenés tiempo, para mí no.” Así fue como abandoné la amistad con buenos vecinos, para no tener problemas con ella. Cuando transcurrió un tiempo prudencial, comenzaron las indirectas: “Fulanita compró un varón. Menganita está embarazada de cinco meses.”

Después de vivir dos años con mis suegros, con Horacio decidimos de común acuerdo poner distancia considerable para alejarnos de las maniobras de mi mamá. Elegimos un departamento alejado del centro.

Era un 2 de enero. Tarde pegajosa de verano, esperando una lluvia salvadora. Estábamos con mi madre sentadas en el patio, solas. Las lágrimas a raudales comenzaron a caer. Anunció entrecortada: “Tengo cáncer.”

Inmediatamente comenzó a enumerar los síntomas. Recordé en ese momento que el día anterior por la radio una médica había comentado lo mismo, en forma casi igual. La abracé y lloramos juntas.

Fue tema de una extensa conversación con Horacio. Convenimos en esperar quince días y acompañarla al médico. Transcurridos los días se lo dijimos. Nos miró asombrada: “¡Pero chicos, estoy bien! ¿De dónde sacaron eso? estoy muy bien.” Respondió segura de su decir.

Otra vez habíamos caído en su trampa. No sabía qué sentir: confusión, vergüenza, culpa, tristeza. “Horacio, ¿No seremos muy estrictos al juzgarla?”

Papá fue inteligente en sus últimos momentos. Para no discutir optó por fallecer mientras dormía. Ahorró palabras: ella no lo pudo criticar o desalentar.

El negocio de mis suegros, con el empuje de Horacio  está mejorando. Ha comenzado a viajar, ofrece su ropa en blanco y hogar.  A veces lo acompaño, me interiorizo en el tema, me gusta y me saca un poco de aquel: “quiero lo mejor para vos”, cuando en realidad busca lo que más le conviene a ella. Ser el centro.

Cuando Horacio murió a los veinticinco años, en uno de sus acostumbrados viajes, me di cuenta que era la oportunidad de volver a nacer. Mis suegros se portaron muy bien y me apoyaron. Buenos Aires era el destino. Con cartas de recomendación la industria textil me abrió sus puertas. Antes de irme escuché: “Para qué te vas a ir a trabajar afuera por tan poca plata. Quédate acá conmigo. Tenemos espacio de sobra. Con lo que gano nos alcanza a las dos.”

Me he adaptado rápido y bien. Cuando regreso de mi trabajo siempre mantengo una charla con Horacio, que sonriente me mira desde un portarretrato.  He volcado estas confidencias en un cuaderno. Son sinceras, a corazón abierto, a veces teñidas de tristeza. Sería hermosísimo reposar a la sombra de un árbol junto al aroma de las lavandas, dejando viejos resentimientos y fracasos.

 Sin certidumbre ni rapidez relativa, han pasado dos años. Un amigo hojeando sin mi permiso el cuaderno, encontró secretos y heridas que se fueron acumulando a través de los años. Sorprendido exclamó: “Esto está muy bien, aquí hay giros innovadores.” Halló valores en esos escritos. Hoy es un libro premiado.

Quise que todo fuera un desafío. Luzco camisa, pantalón, tiradores, zapatos de charol blanco y negro, y corbata de seda natural. Aunque estoy vestida con ropa de hombre, recibo suspiros. Supervisé todo: luces, un buen vino que amerite el motivo del festejo, y la lista de invitados. Sé que habrá un lugar vacío. Jamás me perdonó mi nueva vida en Buenos Aires, que de alguna manera la benefició, pues ingresó a un nuevo rubro: víctima. Se aprendió de memoria un corto discurso, que recita a quién quiera oírlo. Termina más o menos así: “Le enseñé a amar, pero no lo aprendió. No importa, yo la perdono.” Por las dudas, ya me desheredó.

Hace tiempo un dicho de Lacan me acompaña y aporta paz a mi alma: (en el buen sentido de las palabras) “a la larga siempre el esclavo mata al amo.”

Dentro del programa, me han pedido que agregue más fragmentos de la historia. Sólo leeré una parte del primer capítulo, junto a una poesía  de Mario Benedetti:

“Pausa”

De vez en cuando/ hay que hacer una pausa. / Contemplarse a sí mismo/ sin la fruición cotidiana. / Examinar el pasado/ rubro por rubro. / Etapa por etapa, / y no llorarse las mentiras/ sino cantarse las verdades.

LAS BIBLIOTECARIAS
Graciela I.Martín 

Leandro tenía la costumbre de quedarse con sus libros preferidos, a los otros los hacía circular. Aquel día entró a la biblioteca con la intención de hacer una donación y tuvo la misma sensación que había tenido unos meses atrás, ese no era el lugar de su adolescencia en el que cada rincón olía a humedad, con ese aroma único y familiar que lo hacía tierra conocida; el de ese día era un sitio oscuro, transformado en una nube polvorienta plagada de invisibles ácaros que amenazaban con destruir lo que había alrededor. Dos mujeres de mediana edad parecían ser las encargadas de la biblioteca. Leandro las saludó, pero no obtuvo respuesta; las observó durante unos minutos e imaginó que los respaldos de las sillas color marrón hacían un esfuerzo enorme para resistir el embate de esos cuerpos voluminosos.

-¡Buen día!- insistió con el saludo. Las dos giraron las cabezas al mismo tiempo, pero solo emitieron un débil… bueenn…

-Vengo a traer unos libros.

-¿Para?-dijo la más gordita.

-Esto es una biblioteca ¿no?, contestó Leandro con un tono burlón.

-Venga otro día- dijo la del rodete- y dejó un pedazo de factura, a medio comer, sobre el escritorio.

-Señora, disculpe, quiero hacer una donación, vine en taxi y no puedo volver otro día.

Ellas se miraron con la complicidad de la convivencia y al unísono susurraron:

-Déjelos donde le parezca.

Leandro estuvo a punto de preguntarles si eran alguna especie de robots gemelos, pero se contuvo. Puso la caja con los libros sobre el escritorio, al lado de la factura mordida y después salió a la calle con la frustración del que no recibe un simple “gracias” ante una buena acción.

Caminó por la Avenida y el recuerdo de las caras de las dos bibliotecarias le machacaba el cerebro con la persistencia de un pájaro carpintero. No tuvo dudas, eran muy descorteses y además absolutamente irreales.

 Unos días después y sin premeditarlo, se encontró parado frente a la puerta de la biblioteca y decidió entrar. Esa vez no se molestó en saludar; allí estaban ellas, en la misma posición en que las viera la vez anterior, con los ojos abiertos y miradas ausentes como las de las muñecas.

La caja con los libros que él había donado permanecía en el mismo lugar que las había dejado y de la factura mordida, todavía quedaban algunas migas dispersas. Leandro echó un vistazo a las estanterías.

El polvo flotaba enmascarando los libros. En un estante un papelito amarillento anunciaba “Clásicos” y allí asomaban Don Quijote de la Mancha y algunas de las obras de Shakespeare. En el lugar de las “Novelas” aparecía un gastado Cien años de soledad custodiado a la derecha por Los miserables y a la izquierda por Sobre héroes y tumbas.

Los títulos remontaron como barriletes que acarreaban recuerdos cargados de borrosas imágenes. Las etapas en las que Leandro había leído aquellas historias aparecieron frente a él como por arte de magia.

Entonces, un deseo casi abrumador lo llevó a imaginarse como el salvador de la historia, iba a reconstruir el pasado de la biblioteca, su biblioteca, que en ese momento parecía tener  algo que escapaba a su entendimiento.

En su tiempo libre y durante semanas se abocó a la búsqueda de información. Recopiló cantidades de fotos, nombres de antiguos directores, bibliotecarios, auxiliares y un sinfín de notas que de alguna manera iban armando la historia de la biblioteca fundada un 25 de febrero de 1926.

Leía todo cuanto encontraba y se dejaba embargar por la emoción que le proporcionaba el tener en sus manos el pasado del lugar que había sido su fantástico mundo de fantasía.

Entre tanto papeleo no parecía existir algo fuera de lo común, sin embargo Leandro intuía  que lo que enrarecía el ambiente, no eran los libros sino las bibliotecarias, que desde el primer momento le parecieron diabólicas.

Una mañana, cuando su avidez por lo fantástico se había agotado por el fracaso de la búsqueda, decidió terminar con el tema.

Abrió el cajón para guardar el papeleo que había recopilado y fue en ese preciso momento que una corriente de aire sopló con la fuerza suficiente para desparramar algunas fotos.

Las recogió, las ordenó, pero antes de cerrar el cajón le llamó la atención una que sobresalía del montón. La foto era de color sepia y parecía resistirse a ser archivada.

Leandro volvió a mirarla y se dio cuenta que antes no había reparado en ciertos detalles.

En la foto se veía un hombre que cortaba las cintas de la inauguración de la biblioteca; caras borrosas miraban al hombre; ojos descoloridos lo miraban a Leandro y entre tantas caras había dos que le resultaban muy familiares. Se sobresaltó.

Ahí estaban ellas, las mujeres atornilladas a las sillas color marrón.

Leandro sonrió ante lo que estaba imaginando: “¡Ellas están ahí desde la inauguración de esta sala hace más de 80 años! El tiempo envejeció los libros, pero a ellas no las tocó. Siguen acá, con el mismo aspecto de su primer día de trabajo”.

Sí, claro, estoy loco-se dijo, y por ese día dio por terminada su tarea, guardó la foto en un sobre aparte y se acercó al escritorio de las empleadas.

-Buenos días, por hoy terminé, gracias.

Las mujeres lo miraron sin prestarle atención e inclinaron las cabezas en un saludo disimulado.

Leandro dejó pasar un tiempo y una tarde volvió a la biblioteca, decidido a quedarse para seguir hurgando. Como las mujeres parecían no registrarlo, pensó que era invisible a los ojos de las bibliotecarias y buscó un lugar donde esconderse.

Esa tarde, cuando la luz del sol dejó de filtrarse y las sombras fueron opacando las cosas, pudo ver cómo, en un brevísimo instante, las dos sillas quedaban vacías. Estaba seguro de no haberlas visto pararse, pero las mujeres ya no estaban allí.

Contuvo la respiración para no ser escuchado y la sorpresa lo inmovilizó.

En el estante más alto, los libros se reacomodaban sin que nadie los tocara. Algo agitaba levemente las páginas y se fue haciendo un espacio que fue ocupado por unas formas indefinidas. Las formas se apoderaron de las tapas de dos libros de tapas color azul.

Con un suave movimiento los dos libros se acomodaron entre un tomo de Poe y uno de Conan Doyle, lugar privilegiado si se quiere.

Leandro creyó estar alucinando. Buscó a las bibliotecarias por todo el recinto, pero ya no estaban.

Con la adrenalina golpeándole la imaginación, trepó a una escalera y sacó los dos libros que había visto acomodarse. Entonces las vio; las misteriosas formas de hacía un instante, se habían aplanado hasta convertirse en las tapas de los libros.

Uno tenía estampada la cara de la mujer del rodete y llevaba el título “1926-La vida de Isabel”, el otro, la cara de la más gordita y decía “1932- La vida de Regina”.

Leandro, entre asustado y confuso, dejó los libros en sus lugares y volvió a su escondite. Desde ahí pudo ver cómo las bibliotecarias pasaban la noche, habiéndose aplastado hasta convertirse en libros, rascándose y soplando a los ácaros que las torturaban sin piedad. Hubo un momento en que el cansancio y lo disparatado de la situación lo venció; se quedó dormido un corto rato y al despertar pensó que todo había sido un sueño.

Se puso en alerta, abandonó su escondite y cuando el sol de la mañana se filtró por el traga luz, un sonido leve, un puf…imperceptible, sonó sobre las sillas.

Los asientos se hundieron, los respaldos se acomodaron y allí estaban ellas, en sus lugares de siempre. Leandro trató de disimular su asombro y las saludó:

-¡Buen día!

-Buen día – contestaron al unísono.

– Quisiera retirar dos libros-dijo.

– ¿Cuáles?

– Están allá arriba, 1926-La vida de Isabel y 1932-La de vida de Regina. Las dos se miraron y sin dudarlo contestaron al mismo tiempo:

-Ud. está confundido, esos títulos no están en esta biblioteca. ¡Buenos días, señor!

Leandro regresó esa tarde antes del anochecer, notó que ellas no se preocupaban por él. Recorrió el lugar y buscó su escondite, esperó a que las dos sillas volvieran a quedar vacías y se repitiera lo de la noche anterior, cuando eso ocurrió se trepó a la escalera y fue por los libros.

Temblando ante la intriga los abrió lentamente, deseando saber que decían de las misteriosas  mujeres.

Fue recorriendo las páginas que se mantenían limpias, sin un rastro del tiempo transcurrido. Cada página llevaba una fecha y una hora: 25 de febrero de 1926, 25 de febrero de 1927… Al final de cada una, la frase: “Todo está bien, alguien sigue leyendo”, uno de los libros lo firmaba Isabel y el otro, Regina. En la última página de ambos tomos habían agregado un comentario:

“Desde hace un tiempo un joven se preocupa por nosotras, nos mira desde su escondite, dio buen resultado el ignorarlo, algo nos decía que era el indicado, por suerte va a publicar la historia de la biblioteca, ya era tiempo. Adelantamos esta noticia porque es importante y todavía faltan unos días para el 25 de febrero de 2017”

Leandro se acurrucó en un rincón y esperó la mañana. A eso de las diez, una joven entró a la biblioteca y preguntó -¿Alguien atiende este lugar? y como no había nadie para responder, se fue dando un portazo. Leandro acomodó los dos libros en el último estante y esperó. Unos minutos después un levísimo puf…, de almohadones que se hunden, volvió las cosas a la normalidad. Regina e Isabel ya habían ocupado su sitio, como fieles custodios de pensamientos pasados. Leandro salió a la Avenida, caminó unos pasos y se prometió no contar jamás lo que sabía ¿Quién podría creerle?                    

                                                                                                                             

 

 

2 comentarios en “CUENTOS Y RELATOS

  1. Mil gracias, Eunate y todos los que intervienen en esta hermosa revista. Es para mí, una gran emoción ver mi cuento y poema publicados junto a grandes escritores. Agradezco, Eunate, tomes en cuenta mis trabajos y felicito a los compañeros, cuyas obras se publican en este número. ¡ Enhorabuena,!

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