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EL MANUSCRITO

Proemio

Por María Sánchez Fernández

Ha venido a mis manos, como un gran torrente de luz, un pequeño manuscrito compuesto por veintitrés décimas. Lo he leído, lo he bebido con esa sed de belleza que a veces nos abrasa. Estamos tan saturados, tan llenos de vida material, que infinitas veces sentimos la necesidad imperiosa de hacer un hueco en nuestra alma, y ese hueco llenarlo hasta los bordes con la fresca savia que se desborda de otras almas. Este es mi caso con “El manuscrito” de Pedro González Navarrete. Él dice en su preámbulo que todos empezamos nuestra existencia con unas páginas en blanco que habremos de ir rellenando en el transcurso de nuestro camino por la vida, para después dar testimonio de lo que fuimos ante los ojos de Dios, y también, cómo no, ante los ojos de nuestros semejantes.

En su décima nº 1 nos lega su “intimidad desbordada” que se irá ensanchando generosamente en el andar de sus versos.

“… y teniendo humilde cuna
también me alumbró la luna
como a todos los pastores…”

Sí, allá en su camastro de amores en donde se abrió a la vida y la luna lo alumbró y, con su fino dardo de plata, le inyectó toda la sensibilidad que un alma pueda contener, y creció, y llenó su flamante zurrón de esperanzas y de ansias de saber.

“…Aspiraba comprender
lo secreto y lo profundo
al querer saber del mundo
aquello que no entendía…”

Y de su escondido pífano de caña modeló y sacó a la luz las más bellas melodías convertidas en poesía pura, pues soledad y ternura crean belleza. ¿Quién no se refugia en la soledad para encontrar la verdadera libertad? Y Pedro la encontró plenamente en los adentros de su alma campesina.

Y así, con su pífano de poeta, se deleitó cantando a su tierra con un verso enamorado soñando junto a los campos de verde-luna un destino de eterno trovador.

Y anduvo, y anduvo largos caminos, y aprendió infinitas cosas que nacen de la bondad. Y del mal también sacó provecho pues siempre, siempre, supo apartarlo de su senda.

“…y aunque mil veces dudé

erguida ilusión mantuve”.

En su décima nº X se nos muestra desconcertado pues nos habla de heridas del alma, de mentiras, de consternaciones, o simplemente, él creé que la vida es eso… nada. Pero no, la voluntad es hermosa, se yergue, se alza feliz y rompe sinsabores.

“Paso a paso por la vida
dando mi mano a la gente
comprendí alegremente
que perdonando se olvida”.

Y bebe de la sabiduría del anciano. Y bebe de la ilusión y de la fortaleza de los sufridos, que según él, son distintivos de grandeza, y por eso, emocionado, se inclina humildemente ante ellos.

El estío ha llegado al alma de Pedro y en ella ha crecido la dulce savia que se hallaba dormida en su interior. De esta savia ha brotado la dorada espiga de la vida que será desgranada poco a poco en un lecho de amapolas.

¡Trigo y amapolas! Naturaleza Purísima que irá meciéndose por el dulce vientecillo de un nuevo hálito.

“La alegría y el dolor
son accidentes sin nombre,
lo más profundo del hombre
es la razón de su amor”.

En la décima nº XVII nos hace observar que el verdadero Cristo está en la calle, al mismo alcance de nuestra mano. Está en el pobre, en el enfermo, en el anciano. Tratemos de aminorar su dolor.

“Procuremos con valor
el quitarles de su sien
la corona que ellos creen
soportarán de por vida,
corona que fue prendida
por los ojos que no ven”.

Y Pedro, ya en su madurez, piensa en la muerte:
“…¿por qué tan triste señora
ha de sellar nuestro pecho?…”

Para después, en un grito de alegría, romper recelos cantando con entusiasmo la liberación del alma que irá radiante al encuentro de Dios.

“ …Y el Omnipotente Dios
de mirada comprensiva
dándole la bienvenida
la fundirá con su Amor”.

Más tarde medita por qué nos empeñamos en ensuciar nuestra vida, con todo lo hermoso que hay en ella, con esos siete pecados que todo lo enturbian.

¿No es mejor sembrar amor abundante por los anchos caminos de nuestra existencia? Nunca, nunca ha de faltar la esperanza de que tendremos otra morada más allá de la tierra.

Nuestro poeta termina así sus meditaciones:

“…y no te sientas contrito
si de amor te das entero
pues sólo el Dios verdadero
juzgará tu Manuscrito”.

He aquí la “intimidad desbordada” de Pedro González Navarrete. Un gran amigo y un gran poeta.

Úbeda 1997

Publicado en el periódico LA LOMA (Úbeda)

 

LA MUERTE EN LA POESÍA

¡Cómo por las rajas de la vida resquebrajada,
se entra la música  triste de la  Muerte!         

  1. Tagore

  2. El tema de la Muerte siempre ha sido uno de las más elegidos por los poetas de todos los tiempos, culturas y religiones. Su profundidad es tan enorme, enigmática e insondable que la sensibilidad se sumerge en ella y bucea hasta sus más recónditos adentros y logra arrancar de su fondo una pequeña luz que se halla escondida, que es la luz de la verdad, y de esa luz hace brotar múltiples chispas convertidas en versos.

  3. Nuestra poesía española es riquísima en esta materia. Si nos remontamos a la Edad Media, ya el siglo XIV nos lega un famoso manuscrito anónimo de 79 estrofas que se titula “Danza de la Muerte”. Este poema representa a la Muerte en forma de esqueleto que va invitando a danzar a laicos y eclesiásticos una danza macabra (del árabe macaber, es decir, cementerio).

Dice la Muerte:
                                       “…A la DanVa mortal venit los nasVidos
            que en el mundo soes de cualquier estado;
            el que non quisiere, a fuerVa e amidos
            fazer le he venir muy toste priado…”.

Más tarde, en el siglo XV, Guillén Peraza escribe “Endechas de la Muerte”. Citaré también a Jorge Manrique en sus “Coplas a la Muerte” dedicadas a su padre, don Rodrigo Manrique.

Ya en el Renacimiento el tema se suaviza para caer de lleno en la época del Romanticismo. Tenemos como ejemplo a Espronceda, Bécquer y otros muchos más.

Hoy, a principios del siglo XXI, el tema sigue vigente, aunque ahora toma otros matices, quizás más desgarrados, no con el sabor dulzón de la rima y la medida sino con el regusto agrio y amargo de una prosaica realidad.
Acabo de releer un hermoso libro que fue publicado hace muy pocos años y que tuvo un gran éxito de ventas en el mundo de los amantes la poesía. Se trata de un poemario titulado “Versos para fortalecer la tristeza” del gran escritor y poeta ubetense Manuel Fernández de Liencres. Este breve volumen se compone y divide en dos partes. La primera, “En el cementerio de Úbeda”, contiene veinte poemas cuyo tema es la Muerte.

Estos versos vibran y hacen vibrar al lector y lo adentran en el mundo enigmático, callado –¿o triste quizás?– de los muertos.
Los muertos. ¿Qué son los muertos?
El poeta canta así:
                                    “¿Qué es la muerte –os pregunto
            frente al muro de piedra duramente alzado,
            frente a la pared entre nosotros—
            sino la sensación bronca de la carne,
            de vuestra agua tibia contenida,
                                      de vuestro líquido obscuro ya sin venas,
            ya sin cuerpo, ya sin aquello
            capaz de ser río?”
         
Estremece pensar que así es porque así seremos. ¿No es terrible esta verdad? Este cuerpo nuestro, fanal un día de vanidades y alegrías; contenedor rebosante de vital energía, de ilusiones, de buenas y malas pasiones, de bondades desmedidas y también de maldades degradantes. ¿Qué hace de él la Muerte?

                                      “…¿Y qué soy yo –me pregunto ahora,
            súbitamente,
            como encontrado por primera vez–
            y qué soy yo?”

En el tercer poema nos dice de la línea fronteriza entre la vida y el silencio. Siempre nos aguarda el silencio que nos llevará a la presencia del olvido y del vacío.

                                      “…Porque ¿quién era ese bachiller remoto,
            o aquella dulce adolescente no estrenada,
            o ese niño apenas despertado,
            o aquel anciano sobreviviente
            de todas las guerras, de todas las desdichas?
            ………………..

            y sin embargo
            hay algo aquí que permanece”.

Más tarde se siente inmerso en la envolvente quietud del silencio de los que duermen para siempre, pero también se siente reconfortado por el rumor cadencioso de los viejos cipreses, y evoca la dulce presencia de seis rosas rojas que derraman su lozanía sobre la dura piedra gris.
            “….Y las fosas comunes…”
            …………………  

            “….Mirad ese campo inmensamente anónimo
            clavado por astilladas cruces como gritos…”

            La tierra, como madre verdadera, abre su regazo y en él acoge la miseria de la Muerte. En ella se funden cuerpos anónimos en apretado amasijo de entrañas ya inservibles, de órbitas vacías. Unos cuerpos que un día tuvieron nombre, que fueron sementera y también fueron campo fértil, y ahora son anónimos, como si nunca hubieran sido. ¿Hay más afrenta, incluso en la misma muerte? Y como antítesis material, esos mármoles primorosamente labrados que guardan a…..

                “….Esos muertos tan antiguos
            con esos nombres bellamente dibujados
            han perdido ya su vengativo semblante,
            su potencia mortal, su fervorosa batalla
            contra la destrucción ineludible….”
            ………………..

            “….Ha cesado también su paz, ya innecesaria,
            y no podrán ser olvidados
            puesto que en nadie, ahora,
                                      existe su recuerdo.”
Conforme vamos avanzando en la lectura del libro, vemos cómo el poeta se ha ido familiarizando más con la idea de la Muerte, y sus versos se van dulcificando, como en el canto al amigo desaparecido:
            “….¿O ha sido la luz quien te ha llamado,
                tu apresurado reencuentro con la tierra?….”
                                      quien ha requerido tu viaje urgente,
O en aquel maravilloso poema que evoca la muerte tan temprana de su madre, mezclando con infinita dulzura el éxtasis cantarino de los ruiseñores que construyen sus nidos en los ramajes tan severos de los cipreses y se pregunta: “¿Mueren alguna vez los cantores?”, y prosigue en sus versos rebosantes de ternura:

                                      “…Dejadme pensar que los ruiseñores
            que mi ánimo sosiegan hoy, que lo adormecen,
            son los mismos que sollozaron
            y que enmudecieron
            la tarde aquella tan triste como lejana,
            tan desventurada para mí,
            en que la Muerte joven visitó a mi madre
            para llevársela cogida de la mano
            como a una niña.

                                                  (Señor, como a una niña)”

En su canto décimo, nos dice de aquella adolescente que llega al cementerio “con el silencio atónito en los ojos” , “Con su pecho no entregado, no recibido nunca”.
Después se pregunta: “¿Cuánta es la duración de la Muerte?, para él mismo responder: “La Muerte dura tanto como su memoria”.
Y compara a los muertos con los árboles derribados por el hacha implacable del tiempo. Ya no son nada, porque nada sienten. Un día fueron envoltorio de un alma, de un espíritu arrogante, pero ahora la materia viva se ha secado, se ha vaciado, para quedar en eso, en materia también pero ¡tan yerma y tan inútil!
Canta la muerte de la anciana que en vida se dio toda entera y….
                            
           “….Allí descansará frente al ruiseñor
            que canta la melancolía de los cipreses….”.

Y también dice en sus versos de los jóvenes que murieron apenas empezada su más   íntima primavera; y de ese niño que aparece rodeado de amor:

            “….extraño todavía a la obscura soledad
            y al silencio de la tierra….”
            ………………..
            “….¿Qué hace Dios, que aquí guarda silencio?…”.

Por último, con un grito angustiado, pregunta a los muertos con miedo desmedido por ese mundo insondable en el que ellos habitan:

            “….¿Podré entender vuestro lenguaje….?
            ……………
            “….¿Responderéis pues a mi llamada?….”
            ………………..
            “….En fin, que vosotros sabréis,
                           algo habréis aprendido en el otro lado…”.                       

El poeta termina saliendo nuevamente a la Vida. La gran puerta de hierro se cierra tras él y vislumbra un camino bordeado de árboles.

            “….Una música lejana, una voz amiga,
            una mirada joven
                                      adormecen otra vez mi alma, que de pronto sueña.”         
La segunda parte del poemario se titula “Instantes como heridas”. Son diez poemas en los que rezuma la melancolía, pero no la tristeza. En ellos el poeta se analiza a sí mismo como parte integrante de la tierra; siente su llamada, y desea fundirse con ella en un abrazo pasional.
                                      “….Llegará el día, la noche en que me ganes
            y vuelva hacia ti lo tuyo, tierra,
            llegará ese día….”.

Y pregunta: ¿Cómo llega la vejez?, y en un susurro oye la respuesta:
                                      “….Como la amarilla hoja del otoño,
            como la penumbra súbita del eclipse,
            como la dolorosa llaga, como la traición
            infiel de aquel amigo, de aquel hermano,
            como la insólita luz de una estrella
            acabada de nacer….”

Y canta a la inocencia de los niños: “Los niños juegan porque no saben que son niños”.  Y corren como pájaros, y se abren como flores en esa urgencia exuberante de su propia primavera.
Y también canta al Amor, a un Amor marchito y olvidado, que un día lo fue todo y hoy no es nada, pero queda la esperanza de un reencuentro. El Amor sigue latiendo en la poesía

            “….Y me amarás de nuevo gracias a mis versos
            lejanamente escritos en aquella edad
            de la que sólo el Amor tiene memoria.”

Y prosigue con júbilo cantando a la Vida que esconde bajo su cielo dichas y desdichas, para después caer en un hondo pozo de melancolías

            “….De pronto, otra vez, mi soledad de cada tarde,
            de cada noche, de cada hora,
            de pronto solo con mi soledad, de pronto solo.”
Con estas palabras de soledades se cierra el último poema de “Versos para fortalecer la tristeza” de Manuel Fernández de Liencres.

Úbeda 24 de octubre de 2017                                                                                                                 
María Sánchez Fernández            

 

EL SEGUNDO HIJO DEL MERCADER DE SEDAS
Autor Felipe Romero

Comentario a cargo de María Sánchez Fernández. Escritora y poeta española

Acabo de leer un libro apasionante del escritor granadino Felipe Romero. Es una crónica cargada de lirismo en el que describe la decadencia en Granada del Reino nazarí que en muy pocos años pasó de ser una cultura islámica floreciente a padecer las intrigas, el yugo y la intolerancia de La Inquisición. Se desarrolla en los siglos XVI – XVII bajo los reinados de Felipe II y Felipe III donde los moriscos convivían en perfecta armonía con los cristianos.

Su protagonista, narrador de la obra,  es Alonso de Granada Lomellino, hijo de un rico comerciante de sedas procedente de Génova y de una granadina descendiente de la nobleza nazarí. Él nos introduce en la trágica decadencia de su ciudad y pone de manifiesto las maniobras ocultas de algunos moriscos en torno a los célebres “Libros Plúmbeos” del Sacromonte y el empobrecimiento de la que fuera la más próspera y floreciente ciudad de la Península Ibérica al expulsar de forma radical a los que fueron artífices en todas las ramas de la artesanía y las artes plásticas como fueron los árabes. Muy joven todavía se refugia en un convento carmelitano recién fundado para adentrarse en el misticismo y humanismo de San Juan de la Cruz.

Felipe Romero (1930 – 1998)

Notas biográficas:

Prestigioso abogado y escritor nacido en Granada en 1930. Falleció en 1998. En 1995 tras su jubilación como abogado laboralista escribió su primer libro “El Segundo Hijo del Mercader de Sedas”, que ya va por se 7ª edición. Después de su muerte apareció “El Mar de Bronce” parte de una trilogía que ha quedado truncada.

EL SEGUNDO HIJO DEL MERCADER DE SEDAS

Textos parciales del Libro

* “El alto torreón de la casa de mi padre, mi refugio favorito desde niño. Desde allí lo veía todo o no veía nada, según quisiera. La montaña, la nieve o el azul si se levanta la vista. Los hombres, el río o la miseria si dirigían los ojos hacia abajo. Allí nadie me molestaba. Pocas veces mi padre subió allá arriba y, por supuesto, mi madre jamás lo hizo”…//

//…” Arranqué amanecido hacia el Albaicín seguido de los lacayos. Subí por la cuesta de San Gregorio, tras dejar la calderería. En la calle del Aljibe del Trillo pregunté a un hombre que bajaba con un burro cargado que casi taponaba la estrecha calleja, que en aquel laberinto de callejuelas y callejones me indicase si por allí vivía el médico Alonso del Castillo”…//

//… “Bien temprano busqué un criado de la casa de mi padre y envié al licenciado Alonso del Castillo una breve nota : “Alonso de Granada Lomellino acepta vuestro ofrecimiento y espera fijéis el tiempo en que me deis lección de la lengua de mi antepasado, el que fue rey de Granada, Citiza Sai´d”…//

//…”Inicié mis estudios de árabe e inicié al tiempo mis relaciones con el morisco Alonso del Castillo, con el que iba no sólo a aprender la lengua de mis antepasados moros, sino otras muchas cosas que me serían de gozo y de provecho, y otras, para mi desgracia que producirían angustia y mucho dolor y sufrimiento”…//

/…”Es de noche y el convento duerme. En la oscuridad advierto que alguien se mueve y no lo dudo: sé que es Alberto. Ha entrado de puntillas, sin hacer ruido, y se sienta a la cabecera de mi lecho poniendo mi cabeza sobre sus faldas. Me acaricia suavemente y muy despacio deslizando luego sus manos por mi cara. Yo, sin querer, le he mordido un dedo cuando pasaba su mano por mi boca y él ni la ha retirado ni se ha quejado. Ha acercado su boca a mi oído y como un susurro desgrana lentamente el verso de Juan de la Cruz: “¡ Oh, llama de amor viva, que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro!; pues ya no eres esquiva, acaba  ya, si quieres, ; rompe la tela de este dulce encuentro”…// Al rato ha seguido también muy quedo: ¡Cuan manso y amoroso recuerdas en mi seno, donde secretamente moras, y en tu aspirar sabroso de bien y gloria lleno, cuan delicadamente me enamoras! Yo me he asido también a las palabras de fray Juan, respondiéndole: ¡Oh, cauterio suave! ¡Oh, regalada llama! ¡Oh toque delicado, que a vida eterna sabe y toda deuda paga! Matando, muerte en vida la has trocado!

//…”Sí, se debe dejar escrita la vida de los hombres que han hecho cualquier cosa que sea virtuosa o a cualquier virtud se asemeje, y mi vida creo que se puede tachar de virtuosa, aunque sólo fuese porque siempre la acepté, como única verdad verdadera, que SOLO DIOS ES VENCEDOR.”

Fuentes:
Textos parciales del libro. *
Editorial Comares – Narrativa

MI CARIÑOSO HOMENAJE A UN GRAN AMIGO POETA DESAPARECIDO
Manuel Fernández de Liencres
Por María Sánchez Fernández. (Escritora española)

Una obra para comentar y meditar
   “Inés Volvió a la Tierra” es un libro para ser comentado. Comentado y meditado. Lo leí por primera vez cuando en 1991 fue publicado por la Editorial Almazara y me fue obsequiado con una cariñosa dedicatoria por su autor.

Notas biográficas: de Manuel Fernández de Liencres

       Nace en Madrid en el año 1922, mas siempre ha estado vinculado a la ciudad de Úbeda por lazos familiares.  Hombre polifacético y sensible. En su juventud fue piloto de las Líneas Aéreas Españolas. Escritor, poeta, pintor, guionista de cine, músico.

      Es autor entre otros de los libros “El polvo iluminado”, como coautor con Juan Pasquau, “Poemas del Dios Chino”, “El bastón de Adán” (obra teatral), “Versos Para Fortalecer la Tristeza” “Inés Volvió a la Tierra”.  En la actualidad ha residido en Úbeda hasta su muerte el pasado 20 de febrero de 2012 pintando cuadros, escribiendo versos y tocando el piano. 

Comentarios:

   Inés es una adolescente que ha sido internada en una clínica psiquiátrica cuando está aquejada de una grave enfermedad. Permanece en ella hundida en un profundo letargo durante dos años. Despierta súbitamente al principio de una primavera. Su cara sonríe pero ha dejado de ser quien fue. No recuerda nada de su corta vida pasada pero ella reconstruye un Mundo “donde la realidad es nuestra peor enemiga”

    Su terapia es escribir un diario.

    Es confiada por su familia a una enfermera, mujer fuerte e introvertida, para pasar el verano en una casita de campo junto a un barrio residencial. Vive encerrada. Su mundo es el  jardín. A través de la tapia y la reja de la finca hace múltiples amigos, como esa cabeza redonda que asoma por el muro a través de un rosal y le enseña a amar a Vivaldi y a Mozart; a la pintora Teresa, que la inicia en el arte de llevar el alma al lienzo a través de los pinceles y los colores; a la anciana y enigmática Juanita, que es un tronco de árbol tan viejo que pronto llegará el leñador con su hacha para talarlo; a Tom, el muchacho ciego que le vislumbra un sentimiento desconocido que la hace flotar como un globo.

    Inés en su jardín tiene dos grandes rosales; uno con rosas rojas y otro con rosas blancas. Quiere contarlas ¿Cuál de los dos tendrá más? Cuenta…, y cuenta…, dieciocho…, diecinueve…, ¿veinte?, nunca llega a veinte, algo fortuito siempre la interrumpe mientras miles de mariposas cruzan el cielo, ¡¡ pero no son mariposas, son las notas hechas alma y música de Vivaldi y de Mozart 

INÉS VOLVIÓ A LA TIERRA

Notas parciales del libro:

   //… Me llamo Inés, es un nombre que me gusta. Inés. Tengo catorce años y si no me muero cumpliré los quince en el mes de octubre…//  //…Cada vez que lo pienso me quedo más desconcertada. Hay problemas que nadie puede resolver. Ni siquiera los santos. Por ejemplo, contar las rosas de mi jardín. Hoy me he puesto a enumerarlas por tercer día y al llegar a la rosa número veinte he tenido que suspender la cuenta. El obstáculo esta vez ha sido una música que me llegaba del jardín contiguo, precisamente del lado en que yo me encontraba contando flores…// //…Conforme se acerca el verano las casas de la carretera se van llenando de gente. A menudo pasan por mi puerta personas que no conozco. Me ha llamado la atención una señora que todas las tardes monta un trípode, o un caballete, o como se diga, bajo los árboles y se pone a pintar un cuadro que, visto desde aquí, parece interesante…// //…Me siento atraída por ella. Tanto es mi interés que decido pedirle a Saturia que me abra la puerta y me permita aproximarme a la pintora.

//… Me gustaría pintar como tú ─ exclamo de pronto ─ . La cara de la señora se llena de arruguillas. También la nariz que es larga.

     ─ Puedes hacerlo si te lo propones. Todo el mundo puede pintar a condición de que tenga alma. Eso es lo importante.

    No esperaba una respuesta así. ¿Es que todo el mundo no tiene alma? ¿Qué tiene entonces? ¡Qué extraño!, le digo. Sonríe.

    ─ Bueno, eso sucede como con todo. Si un poeta no tiene alma nunca será un verdadero poeta. El artista debe regalar su alma a la obra de arte. Si yo quiero que este cuadro sea un cuadro tendré que darle mi alma.

    //… He dedicado toda la mañana a la música y al retoque del árbol seco que es Juanita. Le he añadido más rugosidades y más grietas y ahora parece que va a desmoronarse de puro viejo. El hombre del hacha está perfecto pero produce terror a quien lo mira y se ve a las claras que arde en deseos de cortar el tronco y acabar con Juanita. Es una persona cruel. La paloma roja representa el espíritu de la anciana. Echará a volar en cuanto se le acerque el horrible leñador …// El jardín está melancólico bajo el cielo neblinoso. La música de Mozart suena como si viniera de muy lejos, de las montañas azules. Las cigarras no cantan hoy en los árboles de enfrente. Ni siquiera hay tantas moscas como en otros días. En este momento detesto la soledad. //…No quiero escribir más mi diario. No quiero escribir ni una sola letra más. ¿Para qué?

Fuentes:
Textos parciales del libro Inés Volvió a la Tierra
Editorial Almaz       

INÉS

  A Manuel Fernández de Liencres
y a Inés, su niña inventada.

El reloj de tu mundo se ha parado
en un mágico sueño de colores
donde cuentas las rosas, muchas rosas;
donde dibujas almas voladoras
con forma de palomas encarnadas.

El reloj de tus sueños te ha enmarcado
unas doradas horas que desgranas
con tus dedos de niña enajenada
engendrando y riendo melodías.

Y allá en ese jardín te abres el alma
y regalas palabras que son ecos
de hermosas sensaciones escondidas.

Eres música, Inés, música y verso
que vibra como pájaro enjaulado
que sueña con prohibidas libertades.

Y vas contando rosas…
¿Son diecinueve rosas o son veinte?
Son diecinueve rosas, nunca veinte.

Y el reloj de tu vida va marcando
un destino que es tuyo, solo tuyo,
donde revolotean mariposas
cabalgadas por míticos fantasmas
que dicen sinfonías.

El cielo se hace oscuro
y una dulce inquietud te oprime el alma.

¿Habrá más primaveras?
¿Habrá más aleteos de colores
que invadan tu jardín de limpias risas?

No lo dudes, Inés, nunca lo dudes.
Habrá más primaveras y más risas.

María Sánchez Fernández
Del libro Pintar Palabras 2001

 

 

2 comentarios en “COMENTARIOS SOBRE LIBROS LEIDOS

  1. Congratulaciones, no solamente la Revista tiene una demostracion bastante profesional sino que coloca bien definidos “Los articulos” que la integran.

    Muchas Gracias por esta excelente presentación biográfica, que a no ser por este artículo, quizas, no lo hibiese conocido.

    Me queda la inquietud y sugiero colocar en la Biblioteca, a dónde pore enviar nuestros libros PDF. para los escritores y filólogos tengan la facilidad de poder conocer a otros escritores sin conte alguno.

    Gracias nuevamente . Rafael.

  2. Mis congratulaciones por el feliz intento de la amiga escritora María Fernández, una ubedense comprometida hasta los tuétanos con su egregia ciudad española, al pergeñar un esbozo de la personalidad y obra del artista y escritor sueñero, don Manuel Fernández de Liencres. En su poema, María ha sabido condensar en emotivos versos, la impronta mágica y angelical que rodea al personaje Inés del libro “Inés volvió a la Tierra”.

    Celebrar además la incorporación de esta sección especial dedicada al comentario de libros. Es una oportunidad para que no sólo los trabajadores del verbo, sino también los estudiosos de las letras con sus trabajos interpretativos, tengan cabida en una revista que busca explorar y dar cuenta del polifacético oficio de profesores y licenciados en letras, en eso de descubrir las esencias que bullen en el alma de los escritores, antes de explotar en obras testimoniales de un mundo que nunca podremos dejar de intentar comprender y cambiar para bien de la Humanidad toda.

    ¡Ora et labora! ¡Paz y Bien in Domino!

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