NARRATIVA SOBRE EL MAR

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EL MAR, UN MILAGRO CONTINUO
Carlos Benítez Villodres
Málaga (España)

Ciertamente, el mar es un milagro continuo, una maravilla que seduce y fascina y deslumbra a cualquier persona que a él se acerque o nade sobre sus olas a veces sosegadas a veces embravecidas. Mario Benedetti en su poema “El mar” dice: “¿Qué es, en definitiva, el mar? / ¿por qué seduce? ¿por qué tienta? / suele invadirnos como un dogma / y nos obliga a ser orilla”. Bellas e impactantes preguntas del autor de “La tregua” (1960) que nos hace evocar su inmensidad, el canto de sus olas, su superficie ondulante y azul…
 La mar es misteriosa y atrayente, poderosa y cambiante… “La mar no tiene caminos, refiere Alessandro Baricco, la mar no tiene explicaciones”. Sus aguas, placenteras o bravías, disminuye el estrés, encripta nuestros problemas cotidianos, nos enseña quiénes somos, en definitiva, la mar es incomparable y, mientras nos acaricia el cuerpo, sentimos, en esos momentos, que estamos en sus brazos, que disfrutamos con cada ola, que se incrusta en nuestra esencia con una energía muy poderosa, que nuestro mundo se detiene.
            Cuando estamos sobre su cuerpo, el mar hace que nos evadamos del día a día, de la monotonía, del trabajo…, gracias a la influencia mágica que penetra hasta los últimos rincones de nuestra psique. “Cuando mis pensamientos están ansiosos, inquietos y malos, manifiesta Rainer Maria Rilke, me voy a la orilla del mar, y el mar los ahoga y los manda lejos con sus grandes sonidos anchos, lo purifica con su ruido, e impone un ritmo sobre todo lo que en mí es desorientado y confundido”. Sus aguas serenan, emocionan, alegran… nuestro mundo interior, ya que ellas conexionan férreamente con nuestro sistema nervioso central. Por ello, nos sentimos sumamente complacidos ante tanta belleza, ante tanta majestuosidad, ante tanta fragancia solo propia de ellas.
            La vida de cualquier ser humano es como el mar. Hay etapas en las que el estado anímico está sereno, transparente, en paz consigo mismo y con los demás… En otras, la vida interior está encrespada, opaca, borrascosa… El mar es libre, y él representa la libertad que el mundo no proporciona al caminante que marcha por el tiempo hacia el último horizonte. “El mar, dice Julio Verne, es el vehículo de una existencia prodigiosa y sobrenatural. Es movimiento amor y libertad, es el infinito hecho vida”.
            Asimismo, la mar nos pone en contacto con la naturaleza. Él mismo es naturaleza. El reflejo de la luz sobre su cuerpo ondulante impacta placenteramente en nuestro orbe íntimo, haciéndonos más humanos, más felices, más sanos… “Necesito el mar, asevera Pablo Neruda, porque me enseña”, porque él es parte imprescindible de nosotros. Del mismo modo, puede mejorar la fructificación en nuestro trabajo diario, acrecentar nuestra placidez, mermar el desasosiego que nos desanima, nos hastía, nos abisma e incrementar nuestra diligencia, profesionalidad, en definitiva, intensificar nuestros éxitos en todos los campos que cultivamos.
            Si desde el hogar se ve directamente el mar, sus inquilinos no tiene ni tendrán accesos de angustia psicológica. Ello es primordial para tener buena salud, incluso nos impulsa y nos estimula a la creatividad y a la meditación, pues nos sosiega y potencia nuestra consciencia acerca de nuestro entorno, de nosotros mismos y nos conecta con el resto del mundo. Un misterio. Sí, un misterio, pero quien lo vive sabe que es una realidad, una realidad misteriosa
            Estar en el mar o residir ante él nos hace sentir que somos unos privilegiados, pues su belleza nos influye a vivir en el presente, ya que el mar ejerce un efecto maravilloso sobre nuestra mente.
            Básicamente, el efecto relajante del mar se debe a que le da una especie de vacaciones a nuestro cerebro por su sobreestimulación a la que nos exponemos continuamente. “El mar, una vez que lanza su hechizo, refiere Jacques Yves Costeau, lo mantiene a uno en su red de maravillas para siempre”. De hecho, vivimos en un entorno sobrecargado de estímulos, estos nos bombardean provocando una sobreestimulación que termina pasándonos factura ya que genera un estado de tensión constante que nos impide relajarnos.
            Sin embargo, ver el mar y escuchar el sonido de las olas nos permite desconectarnos de ese entorno caótico, es como si creara una burbuja a nuestro alrededor. De hecho, el movimiento del mar y su inmensidad tienen un efecto casi hipnótico, el cual genera esa sensación de tranquilidad y bienestar que nos permite recargar energía.
           Al entrar en el mar, parece que nos sonríe, que es nuestro amigo, nos convertimos en sus invitados de honor, lo que debemos agradecérselo, ¿cómo?, no ensuciando sus aguas y la arena de las playas, no pescar peces en vía de extinción, es decir, peces protegidos, no arrojar a las aguas de la mar sustancias tóxicas para el hombre y para los peces…
            Concluyo este texto con unos versos de Benedetti: “es probable que nunca haya respuesta / pero igual seguiremos preguntando / ¿qué es por ventura el mar? / ¿por qué fascina el mar? ¿qué significa / ese enigma que queda / más acá y más allá del horizonte?”.

EL NIÑO DEL MAR
Adrián N. Escudero (Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina) –  Agosto 2018

A los Sueños

Especialmente, a los que, como mi padre José Manuel Agustín Escudero, jamás dejaron de intentarlo… Mi padre y amigo. Mi padre y maestro. Mi padre, pujante y servidor del Bien Común y de la Familia. Mi padre amable y consecuente lector e impulsor de mis letras, junto a mi  madre, servidora santa de la Familia del Bien Común, Zulema Angélica González, nata al cielo un 17 de enero de 2015… Depositado en sus tumbas, in memoriam, un 19-09-2015 – San Genaro y 86º Aniversario del Natalicio de José Manuel Agustín Escudero: (19-09-1929/02-12-1991); y un 17-01-2016 – Día Internacional de la Religión y 1º Aniversario Fallecimiento de Zulema Angélica González de Escudero (21-02-1930/08-01-2015).
Y ahora, en particular, a los amigos y colegas del magazin virtual ARISTOS INTERNACIONAL (Alicante, España), dirigido por la reconocida escritora vasco alicantina V. Eunate Goikoetxea; y, por su digno intermedio a todos los amantes irrenunciables del Mar y sus misterios… Más allá del tiempo y la distancia, de la tierra y del Cielo, llevados a gachas por el rumor cabalgante de sus aguas de sueños y realidades, y de sus archipiélagos de consuelo y serenidad… Abrazados al Maná de la Palabra desde ésta, mi ciudad colonial, cultural, cervecera, lagunera y camalotal…

 

  

El mar…

   Desde las arenas penumbrosas de mi memoria vino aquel recuerdo.

   Quién sabe qué extraña brisa sopló sobre ella y, una tras otra, el polvo amarillento de los años rezumó las palabras por los intersticios del tiempo, anárquicas e inseguras –al principio-, ordenadas y sensibles –después-, hasta pergeñar mi imagen de niño solitario discurriendo sobre las arenas mansas –al principio, pero luego agitadas-, de otra realidad.

   Arenas de las playas del mar al que continuamente visitaba, como quien visita a su mejor amigo, pues el mar era mi amigo, y era sabio e inconmensurable como el fondo y matiz de las verdades que mi alma perseguía…

   “Había sido una larga búsqueda”, diría él

   Hablo de mi padre.

   Pero el niño miraba al mar y el mar miraba al niño, y lo hacía con un millón de ojos de espuma, y el niño llamaba al mar y el mar llamaba al niño con otro millón de bocas chorreantes, y el niño saludaba al mar y el mar saludaba al niño con otro, y otro, y otro millón de olas de aplausos y chasquidos, y el mar comenzaba a cantar y hacía cantar al niño, y ambos esperaban la somnolienta oquedad de la noche para despedirse, el niño brotado de sal y de una humedad nueva y nutriente, y el mar humanizado, después de correr como los hombres, de hablar y cantar, de gritar y soñar como los hombres –pequeños-, como los niños de enero que descubren, ¡al fin!, que están vivos…

   Del polvo seco y acre de un vetusto cajón de escritorio de antaño, forjado en la madera misionera y olorosa del peteribí, brotó aquel recuerdo.

   Fue en aquel día que papá preguntó, grave pero amablemente: “Hijo, ¿a quién preferís? ¿A él o a mí?”.

   Y hubo de repetirlo tres o cuatro veces al menos, porque el mar, advertido acaso, fermentaba al unísono ecos de lluvias antiguas y cántaros de adobe que se rompían en mis oídos, ahogándolos en la dimensión de la nostalgia.

   Es que me había encontrado nuevamente –como tantas veces- feliz, mirando el mar, y sus aguas de toboganes elásticos sabían de mi alegría por él, y se movían ansiosas queriendo atraparme. Y yo me sentía hermoso y sublimado, con unas manos suaves y sacerdotisas que tomaban puñados de arena como incienso ofrecido a la brisa perenne del mar, y una especie de lluvia de oro de sol quedaba prendida –a mis cabellos cortos y negros- como la mirada abismal de aquel soberano manto de agua viva…

   Y me sentía solo con mi cuerpo desnudo ante la tibia inquisición del sol. Sin voces de advertencia, adivinando el futuro de mis pensamientos. Libre y liviano. Volando sobre las cadencias verdes y brillantes, verdes y azules, verdes, azules y calipsas, navegando mi sombra, estremecido… Día por día. Esquivando nubes errantes.

   Hasta el próximo grito.

   Sí, había sido una larga búsqueda diría como siempre en tanto él…

   Hablo de mi padre.

   Sólo que esta vez comprendería y no habría muslo dolorido ni reproches ni ojos mojados con un agua extraña a la mansa liquidez del mar.

   Había comprendido, por cierto, lo que él significaba para mí frente a ese otro él, es decir, el mar y sus doncellas maternales. Y trataría de explicármelo.

   Y dijo que él no era otra cosa más que… la realidad: casi una máscara forzosa que apenas atinaba a sonreír con la amorosa hipocresía del que ama pero sufre. Las arrugas de su rostro empecinado lo signaban irremediablemente.

   El mar, en cambio, dijo, eran mis sueños… Mi paraíso personal. El cúmulo anhelado de mis más recónditas querencias. La amplitud de la libertad de mis objetivos. Aunque yo intuyera sólo esto. Nada más. (Diez años es poco tiempo para obrar de otro modo).

   Y allí estaba. Tan sereno y superior, que hasta el sólido mar calló, luego del tercer llamado.

   Pero no venía a traicionarme. Venía a obsequiarme el regalo de su dolida, más, al cabo, sabia adultez… Y esta vez dijo:

   “Quiero ayudarte a navegar, Gustavo. Hijo, digo, si querés, claro”. (“¿A quién preferís?”, resonaba en mi mente todavía).

   “Tengo un barco”, agregó. Y me ayudaba. Lo hacía de veras.

   El mar chilló entonces al darse cuenta, y, no muy convencido, dijo no obstante: “Andá con tu padre. Es humano como vos. No dudés. Andá con él…”.

   “Pero…”.

   “Construí un barco. Un pequeño barco para navegar”, insistió papá. “¿No entendés aún?”, clamó el mar. “No hay necesidad de elegir. Tendrás que aceptar su propuesta porque no podrás dejar de ser hombre, pero si navegas en mí, tampoco abandonarás tus sueños… ¿Comprendés? Y ya no se agitó más.

   “¿Un… barco?, sonreí.

   Y esta vez, insisto, ya no hubo enojos ni muslo dolorido. Sólo la amable conferencia que terminó por aclararme lo que el mar había tratado, a su sabio modo, de explicarme. Sobre la vida, claro.

   “¡Corramos!”.

   “¡Sí!”.

   Pero papá se fue pronto. Al mundo de lo invisible, creo. Y quizás eso, o la costumbre de ver al mar ir y venir bajo mis pies, o el no haber aprendido a tiempo a navegarlo, el hecho es que aquí estoy…

   Era yo muy chico por aquellos días.

   Ahora no. Ya no.

   Ahora soy viejo (más que mi padre por aquellos mismos días). Y no tengo mar.

   Tampoco niños que buscar sobre la arena, mientras sopla una brisa que regresa el polvo amarillento de mis años, al vetusto cajón del escritorio de madera misionera y olorosa, de donde habían brotado esos recuerdos…

   Sin embargo, no he perdido la esperanza que, de pronto, algo bueno suceda. Aún conservo la maqueta del barco de papá, y puedo volver a construirlo.

 

 

LA MAR Y SUS CARACOLAS
Adriana Isabel Morán     Zarzamorá

Entre las olas

La mente, ese vasto océano de sueños. Si sabes surfear entre sus olas, qué lejos te llevan…!

En sonoridad

El sueño fue tan profundo, tan real, analógico el llanto con la sonoridad del mar golpeando en las piedras del acantilado. 11 de agosto, oliendo a sal y lágrimas, que esta espuma lave mis pies y alivie la recóndita pena genealógica confundiendo los personajes de una dramática historia familiar que alguna vez tuvo lugar….

Playa Unión

Los afanes, son sólo eso, afanes, vanagloria, vanidad, egolatría. Se disuelven y desaparecen como pompas de jabón. Lo que prevalece permanece invisible a los ojos, y es ese dulzor que empalaga la boca, cuando buscas definir qué es la paz…! 

Desde el Puerto

Hijo, quisiera abarcar el mundo, para abarcarte. Decirte que no tengas miedo, pues lo más feroz yace adentro nuestro y es lo que nos separa de nosotros mismos y del Universo. Hay que desatar el nudo y algo se disolverá. Intenta escuchar esa gota rodando por la alcantarilla, el sonido de la madrugada en la inmensidad, la calma adentro tuyo cuando nada demandas, cuando callas la mente. Sólo espera. Nada hay como ser.

La marea

Desde hace días, como marea que sube y luego baja, el pensamiento: “todo pasa, todo pasa…”, lo bueno, y por suerte, lo malo también. Tan aferrados a una idea del tiempo, los humanos, que nos parece increíble que de un día para el otro lo que parecía un mal sueño tórnase en un recuerdo borroso, y lo que percibíamos inmortal e inacabable, se disipe en la bruma de la aurora con ese gusto en la boca… y es tan sólo un instante. Y luego todo, o nada…

Desapareciendo en el mar

“Los amigos del barrio pueden desaparecer, los dinosaurios van a desparecer”… se adormece el cerro en la somnolencia de esta tarde otoñal. Tan ámbar marina que la música se deshace en colores y los colores en dorados, plateados, cobrizos. Las gaviotas se disputan un lugar de privilegio en ese palco y las voces de la gente, el graznido de las aves, la canción de Charlie, se entremezclan en mil idiomas, conformando una inédita postal, tan bella que parecería que todo culmina allí! (En TheClinic – Cerro Concepción – Valparaiso – Chile – 27 de marzo de 2016)

La sal de la mar

Te traigo a todo lugar, “adonde quiera que vaya te llevo conmigo”, te encuentro en la sonrisa de los niños, en la samba de Bahía, en las copas de las amendoeiras, en la farinha de mandioca, en la cervejabeimgelada, en la sal de la mar, en la feijoada. Y cada vez que te encuentro en una nota, sueltan mil notas en discordancia que terminan formando una canción… Y lloro. (En el Pelourinho, Bahía de todos los Santos, 31 de enero de 2015.)

 

¡LO VIMOS !
Miriam Noce
Santo Tomé-Argentina

 

“No soy nada. Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí
todos los sueños del mundo”
Fernando Pessoa

 

Cuando hay poco dinero en casa, mi padre me ha enseñado que hay que ser “buscavida.” Por suerte estamos en plena efervescencia política y sindical y soy mano de obra buscada. Me ofrezco para trabajar en cualquier situación. Asisto a los actos para ser presencia numerosa por una paga y comida. Esa noche somos menos a la mesa y se nota, sobre todo yo, que soy de buen comer. Casi siempre invito a mi padre para duplicar el beneficio. Otras veces me contratan para organizar los ómnibus y su traslado a los actos o asambleas. También toco el bombo, pero le escapo, como soy gringo de piel muy blanca, las ampollas me persiguen y demoran en cicatrizar, y el bajo rendimiento se nota. Me reciclo de acuerdo a las circunstancias.

   Los delegados del centro-norte eran mayoría y los del sur por años venían empujando para desplazarlos. La logística exigía la presencia de mayor número de afiliados, cánticos impactantes por letra y música con bombos y redoblantes sonoros. Debíamos ser superiores en todo.

El estadio servía para albergar 35.000 almas. Sindicalistas y afiliados de todo el país iban a llegar ese fin de semana. Las asambleas están programadas: sábado: mañana y tarde. Domingo a la mañana: anuncio de la fórmula y regreso a casa. Era un trabajo full time. Nos habían advertido: “Nada de paseos, vamos con un plan y a cumplirlo. Sí o sí.”

 El acto prometía reunir una multitud y la ciudad escogida es un modelo de turismo y movimiento incesante. A nosotros dos la curiosidad por conocerla nos impuso ser unos de los primeros en anotarnos. Buena paga, comida y a lo mejor “conocer algo” de esa maravillosa ciudad. Tenía presente que cuando estudiante leí en un cuento de Soriano, que el personaje ante la falta de plata apuesta sus ilusiones al truco, y la respuesta fue: “Ya no me quedan.” A nosotros no nos tenía que pasar eso. Algo debíamos inventar para lograr conocerlo. No podíamos estar ahí, tan cerca, casi al alcance de la mano y no poder verlo. ¡Oírlo! ¡Tocarlo!

Desde el momento que subimos al ómnibus, (creo que nunca nuestros rostros mostraron tanta alegría) un motivo nos guiaba. No lo hablamos en voz alta pero a ambos nos unía la misma ilusión. En el trayecto antes de dormir se ensayaron las consignas a cantar, otras se modificaron o se adaptaron a músicas pegadizas. Cuando reinó el silencio necesario para reponer fuerzas, se nos recordó: “Duerman, mañana nos espera un largo día; no hagan trampas ni saquen petacas o tetrabrik.” Mi padre cerró los ojos y se quedó quieto. No sé si, como yo, piensa cómo lograr lo que ambos anhelamos.

Un sol impiadoso nos despertó. El bullicio empezó a asomar. Desayunamos en un parador y comenzaron las directivas para la organización, que apuntaba a desarrollarse en condiciones ideales. Con un movimiento rápido mi padre me separó del grupo y me dio precisas instrucciones: “Quedate tranquilo y hace lo que te pido. Nadie está libre de una descompostura gastrointestinal. Así justifico tu ausencia por un rato. Sin duda, tomaste agua de más y tu organismo la desconoció. Dale pibe, todo va a salir bien.”

A lo largo del día desfilaron ante los presentes con sus discursos a cuestas, el poder de los hombres seguros, magnánimos en su decir, y aquellos inseguros, autoritarios en su hablar. Cumplí con el pedido de mi padre y ante el temor del olvido anoté con lujo de detalles los horarios y recorridos. Fue una jornada larga, cansadora, excesivamente ruidosa, pero sabíamos que para eso nos pagaban. Era nuestra obligación cumplir. Después de cenar en el hotel, se reiteró el pedido: “Duerman, descansen, no se escapen a bolichear, los vamos a estar controlando. En el viaje de regreso habrá tiempo para alguna pavada. No lo olviden. Mañana es un día decisivo. Vinimos para ganar.”

Mi pensamiento era sólo uno: cumplir la ilusión de mi padre. No sentía el cansancio. ¡Qué fácil si tuviéramos dinero! Un taxi y el largo recorrido sólo serían minutos robados a la noche. Debimos esperar que el sueño invada el hotel y la seguridad somnolienta no intuya nuestra salida. El horario debía cumplirse, los ómnibus pasan cada hora y perder uno, sería desbaratar el plan. No imaginé que fuera una ciudad tan amplia cruzada por numerosas avenidas con elevados edificios y barrios residenciales. Vimos algunas confiterías abiertas a la juventud y al turismo. Para llegar a destino debimos tomar otro ómnibus que nos dejó enfrente a nuestro objetivo. Eran ya las dos de la mañana. La excitación que llevábamos cubría gozosa el dolor del cuerpo que no aquietábamos desde hacía tantas horas. Cuando el chofer nos avisó que apenas quedaban unos metros, nos largamos como poseídos.

Dejé que mi padre corriera adelante y cuando escuché su grito, supe que era el hombre más feliz de la tierra. Gritar. Reír. Reírse a los gritos. Me llamaba para que me uniera a él. La luna fue cómplice de nuestra aventura. Iluminaba el ancho boulevard y en el horizonte la luz y el murmullo del vaivén del agua le daban la bienvenida. Se sacó las zapatillas y hundió sus pies en la arena húmeda y una puntilla espumosa y movediza rozó con ímpetu sus piernas. No pude unirme a él. Estar juntos sería romper el hechizo, la magia de ese encuentro esperado tantos años.

Las agujas del reloj me despertaron del conjuro. Esos viajes eran para nosotros un trabajo, una pequeña fuente de ingresos y no quería perderlos. Tuve que llamar a mi padre. Nos esperaban dos horas para regresar al hotel. Debíamos llegar con la oscuridad. Jamás olvidaré la imagen de mi padre recortada sobre la inmensidad del mar. Todo para él. Ninguna pareja de enamorados o algún trasnochado  compartieron su mundo. Como niño pudo hacer realidad aquello de: “todo es posible.” Al volver, en vez de dormitar solo hablaba: “Conocí la tibieza del mar, ¡aunque al principio era frío! Después él y yo nos hicimos amigos. Mis pies sumergidos. Las pequeñas olas.  El ruido pegando en las rocas lejanas. La luna, su brillo. Alcancé a ver el arco de una inmensa ola. Fueron minutos, para mí fueron horas. Gracias hijo. ¡Qué tibieza rozando mis pies! ¡Qué susurro!”

Dormimos apenas dos horas. Eso no importaba. Mi padre no cesaba de repetir: “¿Cómo íbamos a volver sin conocerlo?  Habría sido un pecado imperdonable.”

Tal vez en sus oídos escuchaba el rumor o sus ojos a través de la ventana veían el ir y venir de las olas. Allí, sentado en su sillón preferido tomo un pasaje para no regresar. Habían pasado sólo cinco meses. Cuando cerré sus ojos, el rostro tranquilo me trasmitió un mensaje. Escuché con nitidez aquel grito de felicidad: “¡Lo alcanzamos!

¡Lo vimos!”