CRÓNICAS, ARTÍCULOS Y ENSAYOS ESPAÑOL

 

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LA DAMA  DE  HONOR 

Por: Leonora Acuña de Marmolejo
Ciudadana Colombo-Americana

Cuando Alejandro llegó al altar de la Iglesia de San Bernardo aquella soleada mañana para contraer matrimonio con Julieta su adorada novia, pensó que ésta estaba deslumbrante. Mas al mirar a su corte de honor, vio con gran admiración a la dama principal,  una hermosa joven (que apenas sí llegaría a los veinte años), ataviada  con un   hermoso vestido largo de  tul color verde esmeralda como sus  nostálgicos ojos de profunda mirada.

Una vez ya consumada la ceremonia y cuando Julieta salió al atrio del templo, le presentó a su marido la corte de gentiles muchachas que la habían acompañado, entre ellas a Zoraida la dama de honor. Cuando Alejandro muy cortesmente le dio la mano, a pesar de encontrarse en el éxtasis de su amor por quien ahora era su esposa,                     una emoción extraña invadió su cuerpo. Él no le dio mayor importancia a esto, mas durante la fiesta de bodas y sin proponérselo, se dio cuenta de que sus ojos siempre se encontraban con los de la joven sin dejar de admirar su singular belleza y ese aire de niña ingenua que tenía.

A la sazón él trabajaba en una empresa automotriz en Las Vegas, y Julieta en Nueva York como secretaria en una firma de Bienes Raíces, en donde se habían conocido cuando él fue a solicitar los servicios de esta oficina, porque planeaba comprar un apartamento. Finalmente y ya con planes de matrimonio en su cabeza, había adquirido una propiedad en Manhattan.

Cuando él y Julieta se casaron, se comprometieron a nunca mencionar la palabra divorcio. Y ese deseo de permanecer unidos por siempre, se les hubiera cumplido si hubiesen continuado juntos por su ruta.  Mas dos meses después de la boda, ocurrió algo inesperado e infausto que cambió sus destinos: Deseando disfrutar de su luna de miel, lo cual no se les había dado porque cuando se casaron no pudieron hacerlo debido a compromisos impostergables de la firma para la cual trabajaba Alejandro, acordaron tomarse unas dos semanas de licencia en sus respectivos trabajos, a fin de disfrutarlas ya como marido y mujer y entonces determinaron que lo harían en Nuevo México que tánto le gustaba a Julieta y en donde vivian algunos primos suyos.

Así pues en una soleada mañana y con rumbo al lugar elegido, abordaron la pequeña avioneta piloteada por  Rolando Amézquita, el gentil amigo de estudios de Alejandro, quien muy generosa y amablemente se había ofrecido a llevarlos. Se encontraban felices dentro de la cabina haciendo planes para disfrutar al máximo su tiempo de estadía allí, cuando intempestivamente la avioneta empezó a moverse violentamente  al entrar  en una turbulencia en una zona ya cercana a su destino y el piloto -que no era muy experimentado-, perdió el control y el aparato  empezó a caer en picada. Instintivamente Julieta y Alejandro se abrazaron aterrorizados. En un santiamén la avioneta se estrelló estrepitosamente;  se envolvió  en llamas, y quedó destrozada.

Cuando la patrulla de auxilio llegó, ya el piloto y Julieta habían fallecido debido a las serias fracturas craneanas que habían sufrido por el terrible impacto. Alejandro fue conducido al hospital en donde debió permanecer internado en cuidados intensivos debido a las contusiones recibidas, mas tras de unas semanas de exitoso tratamineto fue  dado de alta.

Muy conmocionada, Zoraida  supo del fatal accidente y de la intempestiva muerte de su  amiga con quien había tenido amistad desde que estudiaban en la universidad, y entonces fue a casa de Alejandro para presentarle su sentido pésame. Éste que se encontraba  sumido  en  un  mar  de  dolor  inconsolable,  agradeció  sus  reconfortantes

muestras de condolencia..

Así continuó entre ellos una amistad muy sincera y alentadora, y como buenos

amigos amalgamados por el recuerdo siempre presente de Julieta, a veces salían juntos a comer a algún restaurante o iban a cine, o a disfrutar sanamente de una obra teatral. Pero ocurrió que poco a poco se volvieron casi inseparables, y un buen día, Alejandro se dio cuenta de que estaba enamorado de Zoraida; a más de su belleza física y espiritual, le atraía ese aire mesmeriano de niña-mujer que la hacía tan especial y femenina,  y al declararle su amor  supo con gran beneplácito que ella también estaba enamorada de él, mas que por cierto pudor no le había manifestado sus sentimientos.

Tras de un buen tiempo de  noviazgo, acordaron casarse y precisamente en el mismo templo de San Bernardo, como un gesto de solidaridad y amor hacia Julieta. ¡Cosas del destino! Se dijo Alejandro en el momento de recibir la bendición del sacerdote, pensando: Hoy he venido a contraer matrimonio  con quien en mi  boda anterior fuera ¡La Dama de Honor!

CARIÑO VERDAD
Amado Blanco Pedrero
México

Ha llegado el mes de mayo y con él fechas importantes, como el día primero que se festeja, como en todo el mundo, el día del trabajo, tres de mayo día de la Santa Cruz, día cinco celebración del triunfo de tropas mexicanas sobre el llamado mejor ejército de mundo, las tropas de napoleón III en 1862, diez de mayo festejo a las madres, quince de mayo día del maestro, como podemos darnos cuenta es un mes muy alegre aquí en México.

Las madres han sido festejadas de diferentes maneras; como con bellas poesías y canciones, sin embargo, Dios no me dotó de ese sentimiento que tienen los vates, que van más allá de la manera de expresarse de cualquier ser humano.

Siempre he pensado que los poetas son personas especiales, tienen una capacidad de expresarse tan bonitas que, creo yo, han nacido con ese don. Pienso que si no fueron escogidos por Dios directamente,  fue un ángel el que colocó su mano en la cabeza del futuro poeta y lo sentenció: “tú serás poeta”. Debería existir una Ley Universal de protección al poeta. Detener un poeta es parar al mundo, es dejar a la vida monocromática y eso es vivir la vida en la semioscuridad. Ahora en este mes, si la poeta es madre bendito Dios!! Felicidades.

Pero eso no me quita el derecho de decirle a mi madre que la quiero y la recuerdo con frecuencia, que aun siento su cariño, cariño verdad.

Debo confesarles que, cariño verdad es el título de una canción que popularizaran aquí en México, un grupo famoso en toda América Latina. Los Churumbeles de España. Este excelente grupo, hasta donde sé, no fue conocido en Europa, es más, ni en el mismo España. Veamos que nos dice Google al respecto.

Fue formado por Pepe Fernández Ruiz, quien había nacido en Lorca (Murcia), en la posguerra española. Tras varios meses en un campo de concentración, huyó a Cuba para fundar su orquesta junto a otros diez músicos de los círculos republicanos y antifranquistas. Ya con el nombre de Los Churumbeles de España se asentaron en México como base de operaciones, recorrieron con éxito Argentina, Chile, Colombia y casi todo el resto de América Latina. Su buena estrella también brilló en los mejores Night-Club de Chicago, Los Ángeles, Las Vegas y Miami. Fallece en el estado mexicano de Querétaro a los 90 años de edad.

Quien sería un pilar en esta famosa orquesta sería ni más ni menos que Juan Legido, conocido como el Gitano Señorón, cantó casi todos los éxitos de Los Churumbeles, hizo películas y siempre brillando con luz propia en sus presentaciones. Muere en un hotel en Colombia.

Cuando conocí a Los Churumbeles me enamoré de la música que con tanto profesionalismo interpretaban, recuerdo haberlos visto allá por 1965. Excelentes!!

La lista de éxitos es muy grande, por eso los invito a buscarlos en Google como Los Churumbeles de España y ahí encontraran la razón del porqué triunfaban en cualquier escenario que se presentaban. Por supuesto que me gustan varias canciones más de ellos, pero por esta vez me quedo con “Cariño Verdad”.

Muchas felicitaciones a las madres, a los maestros, a los albañiles ya que aquí en México se celebra el día de la Santa Cruz como el día del albañil porque colocan una cruz en el techo de la construcción y rezan algunas oraciones y posteriormente el patrón o dueño de la construcción les lleva comida y bebida espirituosa. Salud por ellos también.

     

 

DEFENSA DEL IDIOMA
Antonio Camacho Gómez
Santa Fe (Argentina) . Abril 2018.-
 En “La responsabilidad  del escritor”, el poeta Pedro Salinas expone algunos interrogantes como ¿tiene o no tiene el hombre como individuo, el hombre en comunidad, la sociedad, deberes inexcusables, mandatorios en todo momento con su idioma?, que están vinculadas con la defensa de éste. Las que responde sin circunloquios y con claridad de la siguiente forma: “No es permisible a una comunidad civilizada dejar su lengua desarbolada, flotar a la deriva, al garete, sin velas, sin capitanes, sin rumbo”.

   Dichas expresiones indican una posición comprometida con la herramienta más significativa de comunicación y entendimiento que poseen los hombres, que utilizan los pueblos  y cuya preservación del bastardeo, la pobreza léxica, la adulteración de la norma inherente a su esencia constituye una exigencia insoslayable. Así lo entienden cuantos desde Nebrija a Cuervo, desde Valdez en su famoso “Diálogo de la lengua” a Julio Casares, por citar a algunos gramáticos y tratadistas de prosapia dentro de una pléyade de preceptistas, estudiosos y luchadores por la conservación, el brillo y la pureza del lenguaje común, están directamente relacionados con la causa del castellano.

  Robustecido por la simiente vivificante de las voces americanas y abierto, pluma del alma en el decir de Cervantes, a los términos que la ciencia, la técnica, el arte, el progreso en suma, generan copiosa y constantemente.

EVITAR LA AGRESIÓN

  Pero si es conveniente y lícita la incorporación de vocablos nuevos a la lengua más que milenaria -nacida con las glosas de San Millán y Silos, impulsada por  el condado de Castilla, auténtica realidad política origen de una nación y a la que el autor del Quijote, de andadura universal, jerarquizó produciendo una obra múltiple que lo sitúa a la cabeza de las letras hispanas y entre los primeros puestos de las mundiales-, no lo es cuando ello implica alguna manera de corruptela idiomática. Extranjerismos innecesarios, destrucción de la sintaxis, deformación de vocablos, indiferencia por la ortografía -no me olvido de la propuesta del controvertido Gabriel García Márquez-, desinterés por la prosodia -la ignorancia en este sentido por periodistas y publicistas es apabullante- son males corrientes.  Los cuales muchas veces se procura justificar por pereza mental, despreocupación generalizada, abulia correctiva y hasta intereses espurios.

   No se trata de acotar el lenguaje con cerrazón purista ni de salvaguardar un academicismo a ultranza, lo cual conduciría a su empobrecimiento, o de pretender el uso de un español elitista, el de esa aristocracia idiomática integrada por los mejores poetas de la comunidad lingüística referida por Amado Alonso, sino de evitar la agresión permanente que lo corrompe en su calidad de bien espiritual y vehículo incomparable de vinculación interpersonal. Y esto es lo primordial en la celebración del Día del Idioma recordando la triste jornada del 23 de abril de 1616 en que falleció, pobre y solo, el dramaturgo, novelista y poeta Miguel de Cervantes Saavedra. Cuatro días antes, al dedicarle las aventuras de su caballero andante al conde de Lemos, había escrito: “Puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo…”.

  Cada día, el castellano interesa más no sólo en los Estados Unidos, el idioma de mayor difusión después del inglés, sino en numerosas naciones incluyendo a los países que formaban la Unión Soviética y a China. Obvio, pues, resulta subrayar el papel fundamental que deben desempeñar los veintiún pueblos unidos por tan rica y armoniosa lengua por limpiarla de impurezas, expresiones malsonantes y cualquier forma que la degrade.

LAS  POSTRIMERÌAS                                               
Ángel  Medina.( Málaga-España) 

(Un ensayo  no es para desvelar verdades, sino para reflexionar sobre las sombras arriesgando ideas)

La vida tiene sus días contados. Vivir equivale a la realización en el sufrimiento y, al cabo, sucumbir. Toda criatura  es como una gota segregada del infinito Océano que ha de acrisolarse en la libertad. Arrojada a las orillas del mundo será resecada por el sol ardiente de su existir para finalmente evaporarse y regresar al mar. De ahí se desprenden las postrimerías: muerte, juicio, infierno y gloria.

Ante todo ¿qué es el hombre? Un ser que sin haberlo pedido ha sido precipitado  a la tierra y sabe que ha de perecer. Y en este punto no ha de  engañarse, pues los ojos del espíritu no pueden cerrarse como los del cuerpo y él es consciente de esta realidad. En el fondo no tiene más que un deseo y una meta: escapar de la tela de araña de la extinción y  traspasar sus límites de alguna forma. Tal vez, su error consista en dejarse seducir por los cantos de sirena  y buscar lo trascendente a nivel de lo inmanente. La prueba es que en el fondo pide al mundo lo que no puede darle. Le pide subsistencia y le entrega al caos.

Se da en su interior una dualidad. De una parte admitir sólo lo que su razonamiento puede comprender y de la otra abrirse a lo indemostrable, a pesar de no tener certeza. Negación y duda-positiva: acabar en la nada o  la posibilidad de una nueva forma de continuar existiendo. El hombre no puede desprenderse con frivolidad de continuarse, o lo que es lo mismo, dejar de ser definitivamente.

La  dote de la muerte es el desvanecimiento de la representación, la  percepción por la que somos conocidos y nos conocemos. Es el  abandono del hálito oculto que ordena a  la materia, es decir, los átomos y el espacio. Pero esas partículas no tienen consciencia de ser, y por tanto, tampoco conciencia. Al morir se desintegra el cuerpo que perece y va a la tierra, pero ¿dónde queda esa sustancia capaz de dotar nuestro ser  consciente?

De hecho, somos y vivimos para existir. Existir proviene en su etimología de “existir-se”. Ser, de alguna manera fuera de la materialidad y, pereciendo,  ha de  distinguirse entre la pérdida del reconocimiento de lo palpable, y el “yo”. La ausencia  de ese “yo” significa que   es arrebatada  la esencia. Por eso se rebela a que se lo puedan quitar y, en el último instante, incapaz de defenderse de la agresión, captándolo, lanza el grito desgarrador de Unamuno, recordando a Michelet: ¡Mi yo, que me despojan de él!

Ante la dificultad de hablar de lo aún-no-vivido, tratemos de  imaginar ese momento que, como el horizonte, separa tan sólo una delgada línea del fin. Sensación de debilidad y  desconfianza, aunque no es esto el principal temor. La verdadera tragedia es advertir que la conciencia camina hacia la inconsciencia. Todo se desvanece. En el fondo no es el terror a disgregarse la apariencia, sino  la pérdida de la identidad.  Malograrse el “yo”. Pues, ¿cómo imaginarse no siendo? ¿Es acaso posible subjetivar que lo que es, deje de serlo? O peor aún ¿Que quien es camine a  dejarse?  Y en este punto es prudente la pregunta ¿Habría de sentirse tal suerte de angustia en el caso de una amputación? La respuesta sería ésta: no, porque la subsistencia continuaría. Y es que lo que se teme al morir es la pérdida total, y “todo” únicamente es el hombre que se nos muere, cuerpo, sí, pero también ese soplo vital que unifica lo visible con lo intangible de la sustancia que anima la vida. Tu “yo”. Mi “yo”.

¿De qué le sirve  ganar  todo aquello en lo que depositó las ilusiones, si acaba perdiendo su “yo”? (Mt 16, 26).  Es posible que en ese instante decisivo en el que se imponen soledad y desconfianza dude, mas ¿en qué se apoyará para dar el paso obligado de percibirse para no ser, y qué compañía compartirá su éxodo? ¿Puede confiarse a los demás? ¿A él mismo?  ¿Existe alguna suerte de esperanza más allá de la realidad que se vive en la frontera de ese trance, máxime teniéndose en cuenta el bagaje del positivismo y nihilismo que han configurado una parte del  existir? O dicho con toda la crudeza: ¿cuál es la experiencia acumulada para el viaje definitivo?

Decía el viejo erudito Spinoza que cada ser se empeña por perdurar en él y que ésta es su esencia, lo cual implica tiempo indefinido. Aquí, podemos traducir indefinido por eternidad, pues a fin de cuenta se viene  para construir el que cada cual está llamado a ser. Y en la perspectiva que se interpone entre la tierra y el cielo, se perfila el abatimiento o la confianza.

Si quien lee esta reflexión  decide quedarse en lo primero, colegirá que no tiene sentido para él continuar. Si es lo segundo, prosigamos  meditando juntos tan tremendo trance.

¿Ha caído en la cuenta el leedor acerca de la enorme sensación de orfandad  y desnudez del momento? Encuéntrase encomendado a sí mismo y es una sensación que jamás había experimentado antes.

Desconectado, consumida las últimas pizcas de oxígeno su seso se contrae hasta convertirse en un puntito diminuto que cada vez se achica más. De la muerte clínica a la cerebral. Extinguida toda percepción, en una dimensión inexplicable, percibe un fragor que instintivamente relaciona con la inmensidad. Al fondo se vislumbra algo que se le antoja un infinito mar al que van a parar las gotas que fueron mortales y, entonces, nos sabremos una de ellas. Es un lugar sin tiempo. Allí mismo se percata que es lo que eligió ser. Ya no hay plazo de rectificación.

Encerrado en su “yo” siente el peso de la responsabilidad y a su vez ansias de liberación. Quien sostenido por Cronos trató de negar otra posibilidad que la simple percepción humana que pudiera ser confirmada por su razón y  se inclinó hacia la otra incertidumbre de la incredulidad, ahora atina que fuera de la materialidad y del tiempo existe otra forma de existirse. Y es que el ser implica aceptación.

Una claridad cegadora inunda aquel lugar en el que se encuentra. Al contraste, percibe el vacío y las miserias que lleva consigo. Desea quedarse, pero su propia coherencia le hace constatar que el peso de su carga es excesivo, no siendo posible ocultarse de la luz, ni tampoco de él mismo. No es una ley externa la que le acusa, sino una balanza interna infinitamente más sensible que la de las normas y preceptos. Pura congoja.

El Juicio o examen al final de los tiempos nos  ha sido presentado de manera solemne. Basta contemplar los frescos de Miguel Ángel en  el ábside de la Capilla Sixtina o el impresionante requien verdiano compuesto para las honras fúnebres de Manzoni,  cuando se invoca al juez airado, al que sin duda ha influido la teología de la condenación. Mas surge una pregunta y no precisamente baladí: ¿Cómo armonizar la misericordia y la justicia divina? Si nos inclinamos por la conmiseración habrá de sacrificarse la justicia, y si ponemos la atención en la imparcialidad habrá de ser a costa de la misericordia. Pues ¿es concebible ser a la vez en grado sumo misericordioso y justo? En algún momento una habrá de ceder en aras  de la otra. Y ambas se relacionan a la acogida plena o al rechazo total. Al premio o al castigo.

Inimaginable momento. Indefensión. Contraste desgarrador. Al punto, un bisbiseo inunda su conciencia. Su espíritu. El alma. Su “yo” definitivo. Y aquellas palabras se deslizan para su asombro: “Has de elegir entre lo que eres y lo que estás llamado a ser”. Ser- en- el- Ser, integrándose la nada en el Todo, y el no-ser. Y  no ser implica quedar atrapado para siempre en el más absoluto, completo y consciente  desamparo. En lo que en ese momento es. En lo que cimentó durante su vida. No aceptarse equivale a admitir como último y decisivo destino esa nada que se llama la Muerte.

Tras el juicio sobreviene el momento concluyente. “To be or not to be” Es lo que Hamlet pronunciaba filosofando en su soliloquio sobre la mundanidad, pero trascendida.

En su último desamparo  el hombre no teme a algo determinado de lo que pueda escapar, sino que se siente atenazado por  un miedo acervo y radical. Recelo al aislamiento, a disponer sólo de su propia compañía. Se tiene en tan completa ausencia que su propia presencia se le antoja angustiosa.

El abandono es el espanto de sí mismo. Imaginemos una cripta y encerremos al hombre con un muerto. Bien es sabido que el cadáver es inofensivo, pero los fantasmas psíquicos rodearán  su mente. En realidad ese miedo no es otra cosa que la presencia de su incomunicación ante el hecho de contemplar anticipadamente la suya propia. Y sin proponérselo, el inconsciente le grita de ello. Esa sensación se disipará en el momento en que cubra la ausencia  con la compañía de otra persona,  otro tú que esté junto al yo. La razón  es que el verdadero pánico no es superado por la racionalidad, sino con la presencia de alguien que llene el espacio ausente.

Si padeciésemos un aislamiento inmenso, excluyente, agobiante y total en el que fuese imposible poder hablar a nadie; si se diese la incomunicación plena—a solas con nosotros mismos– entenderíamos lo que se llama infierno. Es ese lugar en el cual nadie puede entrar salvo el que lo tiene. Es el lugar de la desesperación y el destierro más tenebroso. ¿No es éste ese momento por el que pasamos individual y personalmente al morir?

El A.T  designa con el  término “sheol”, tanto al infierno como a la primera de las postrimerías o novísimos. De esto se puede desprender que el infierno es la permanencia en la muerte, un estado de consciencia que ha de perdurar para la eternidad, sin goce ni castigo, pero sabiéndose, y sobre todo habiendo tenido por un instante el velo-desvelado del Misterio que se ha revelado al hombre y él así lo ha percibido como el Bien total. Es ese estado en el que ya no es posible concebir la certidumbre, como narra el Dante en “La divina comedia”: “¡Perded toda esperanza los que aquí entráis!” (Canto III). De alguna manera consiste en encerrarse en sí mismo, soportar la carga acumulada que se arrastra como  experiencias, echar el ancla y mantenerse en la  extinción-consciente.

Quien palpa su impotencia  abriga  la esperanza de escuchar respuesta al grito de desgarro en su padecimiento: “¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). Llamada no a la supervivencia del cuerpo, sino al que es alfa y omega de todo. Al último abandono. A la entrega confiada. Y a pesar del aparente silencio, en su interior  puede escuchar un susurro. Por el contrario, en su infierno, oirá la voz atronadora de la muerte.

La médula de la pasión de Tánatos no es el dolor físico, sino el retiro radical. Allí, el hombre no tiene más comprensión que  la percepción de su nada. La soledad es la región de la angustia en la cual se funda el destino-sin-destino de un ser que tiene-que-ser y choca con lo imposible.

Si el desenlace terreno es el aniquilamiento, el cielo o gloria ha de ser la acogida. Difícil o imposible descripción. Lo que más puede aproximarnos son las veladas palabras de Pablo (1.Cor 2.9): “Ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el corazón humano puede imaginar”. Se trata de algo que escapa a los sentidos  y representación,  y como tal hemos de aceptar que está fuera de la experiencia. El cielo no es un espacio físico y ubicable, sino un estado.

Es la integración absoluta y eterna del “no-ser-siendo”. Es el todo eterno e integrador, dejándose atrás “lo-sido-para-ser”. Es la acogida  definitiva al hijo pródigo que vuelve a casa después de haber malgastado su  herencia,  descubriendo al regreso el amor que siempre le acompañó y jamás percibió y  que sólo  le exige la entrega confiada.

Meditemos aquí y ahora algo que nubla el entendimiento. ¿Serán al final todos redimidos? ¿También criminales valedores de Auschwitz o el Gulag,  como Hitler o Stalin, entre otros?

De esto han de desprenderse dos consideraciones: la predestinación y la libertad.

Si  se salvan todos ¿para qué se nace? A ello, añádase desestimarse el libre albedrío del hombre para poder decidir su destino, si está ya previsto de antemano. ¿Dónde situar en tal caso la libertad? Si existe el mal es porque es consentido por lo que es previo a él, esto es, el Bien, orientado hacia un fin que no ha de ser otro que practicar su elección. (Deut. 30,15). Si son salvos unos pocos elegidos, conocida de antemano la determinación ¿no resultaría incomprensible para el resto nacer, sufrir, morir y perderse, si hagan lo que hagan no alcanzarán la meta? ¿No sería más razonable humanamente no haber sido arrojados a la vida?

Es posible que ni siquiera el mal pueda  sustraerse finalmente al bien. Mas, si se salvaguarda la misericordia ¿dónde quedaría, pues, la justicia? Veámoslo así. En tanto se vive, la fe habita entre la voluntad, la indecisión, la duda y la negación. Ahora, desvelado el último velo y contemplando cara a cara, entendiendo, sólo  permanece la libre y última resolución y ésta es del hombre: autoexclusión o aceptación. El veredicto no proviene de fuera, sino de su interior. En el filo de la navaja está él mismo y a ambos lados se sitúan compasión y rectitud. La oferta se mantiene intacta. En su estancia terrena podía moverle la atrición (arrepentimiento por miedo al castigo eterno); ahora es todo contrición (abatimiento  al experimentar el amor de la seducción divina sin ningún filtro). Al final se argüirá que se impone la gratuidad del cielo.  En este sentido arriesgó muchísimo Papini en su ensayo “El Diablo”, sugiriendo que al fin todo será sometido, incluso el propio tentador (1  Cor  15,28)

 RECORDANDO AL CONDE DE VILLAMEDIANA
Por Jaime O. Solís Robledo (México)

Esa tarde, cuando empezaba a oscurecer, salí de la Plaza Mayor de Madrid y al tomar la Calle Mayor apareció en mi mente aquella escena sucedida el 21 de agosto de 1622, cuando cayó abatido el Conde de Villamediana, de certero ballestazo “con impulso soberano”, como maliciosamente escribió el inmenso Luis de Góngora. Mi reacción coronó la evocación que hiciera de su persona horas antes, cuando escuchaba a un viejo acordeonista y paladeaba un vino riojano, sentado en uno de los extremos de la añeja Plaza, tan empapada de historia.

Juan de Tassis y Peralta, segundo conde de Villamediana y Correo Mayor del rey Felipe IV, será para siempre motivo de polémica: para unos, sensible y fino poeta de la melancolía y la sátira, para otros un vicioso y degenerado integrante de la corte del Rey. Su trayectoria biográfica suele ser apartada fríamente de la literaria y, en mi opinión, de allí nacen las tergiversaciones. Lo que queda claro es que de ese batidillo surgió y sobrevive una leyenda.

Sin embargo, de tantas opiniones confrontadas, obtengo un común denominador: el Conde estuvo realmente enamorado de la esposa del rey Felipe IV. En eso coinciden la mayoría de sus tratadistas, aunque alguno de ellos afirma que no fue de la reina Isabel sino de una de las mal llamadas “amantes” del Soberano, a quien se identificó con el nombre ficticio de Francelisa. Tengo en mi criterio que quienes han investigado acerca de la vida y obra poética de Villamediana, lo han hecho rigurosamente CEÑIDOS a la investigación histórica unos, y a la investigación literaria, los otros. Lo certero sería que los historiadores leyeran con detenimiento la poesía del Conde, y los literatos se adentraran en el campo de lo histórico. Por mi parte, no dejo de percibir en él a un poeta enamorado de lo imposible, y ante esa frustración, se sintió motivado para escribir inspirados sonetos, asi como para asumir actitudes suicidas en su vida cotidiana.

Muy divulgada es la versión de que en una fiesta en el palacio real, deslumbró Villamediana a los asistentes al arribar vestido con una capa cubierta de monedas de oro (algunos dicen que de plata), y con esta frase escrita: “Mis amores son reales”. Esto expandió el rumor que ya circulaba, en el sentido de que el Conde estaba enamorado de la reina Isabel y que a ella dedicaba muchos de sus versos. Amplia también es la información de que el Conde organizó la presentación de una de sus comedias, llamada La Gloria de Niquea, a la cual la reina Isabel fue invitada de honor y complació a Villamediana con su presencia. Durante el desarrollo de la obra sucedió un incendio, lo cual dio pretexto al Conde para sacar en sus brazos a la Soberana y, según declaración de un criado, acariciarle un pie. En esa época tocar a la reina era causa de ser condenado a muerte. Los especialistas en Villamediana no se ponen de acuerdo si el acontecimiento se dio en el coliseo de Aranjuez, en el palacio real o en la casa del Conde. Pero aceptan el hecho. Tampoco hay acuerdo en cuanto a opinar si fue accidente, o un ardid del Conde para tener la fortuna de tocar a la dueña de sus sueños.

Bueno es recordar –al especular sobre las causas de su muerte-  que Villamediana ridiculizó a personajes importantes allegados al rey Felipe IV, burlándose de ellos en picarescos versos. El alguacil Pedro Vergel, a quien la esposa le ponía los cuernos y era vox populi su incómoda situación, fue uno de esos personajes. Es muy conocida la anécdota de una fiesta en palacio a la cual llegó Vergel con una diadema de diamantes, causando asombro, para que de inmediato el Conde lo satirizara con este epigrama:  “Qué galán llegó Vergel/  con cintillos de diamantes,/  diamantes que fueron antes/  de amantes de su mujer”. En razón del descaro con el que Villamediana atacaba a muchos personajes, se especula con la tesis de que alguno de ellos, o un marido engañado gracias a los servicios del Conde, haya cobrado venganza planeando su asesinato.

Largo sería este artículo si entrara yo en mayores detalles de la escandalosa vida de Juan de Tassis y Peralta, y en razón de ahorrar espacio les doy a mis lectores nombres de autores que pueden consultar si desean saber mas acerca de su vida y obra: Emilio Cotarelo y Mori, Juan Manuel Rozas, Luis Rosales, José Fco. Ruiz Casanova, Narciso Alonso Cortés, Lidia Gutiérrez Arranz y Gregorio Marañón, entre otros. Sólo quiero agregar que  en aquella época fue muy difundido el rumor que quien ordenó ajusticiar al mujeriego, jugador de gallos y naipes, aventurero y ostentoso conde de Villamediana, fue el rey Felipe IV, antaño su protector. De allí nació el siguiente epigrama escrito por Góngora:  “Mentidero de Madrid, decidnos/  ¿quién mató al Conde?/  ni se sabe ni se esconde, sin discurso discurrid:/  dicen que lo mató el Cid/  por ser el Conde lozano;/  ¡disparate chabacano! La verdad del caso ha sido/  que el matador fue Bellido/  y el impulso soberano”.

Por otra parte, transcribo la siguiente composición de don Antonio Hurtado de Mendoza:  “Ya sabéis que era Don Juan/  dado al juego y los placeres,/  amándole las mujeres/  por discreto y por Galán./  Valiente como Roldán/  y más mordaz que valiente;/  más pulido que Medoro/  y en el vestir sin segundo,/  causaban asombro al mundo/  sus trajes bordados de oro…”/  “Tal fama llegó a alcanzar/  en toda la Corte entera,/  que no hubo dentro ni fuera/  grande que lo contrastara,/  mujer que no lo adorara/  y hombre que no le temiera”.-  Por mi parte, después de disfrutar 30 o 40 sonetos de Villamediana, percibo en él un matiz de poeta enamorado de lo imposible. Y como alguna vez pasé por ese trance, le dediqué el siguiente poema:

“Yo como el conde de Villamediana/  también me enamoré de lo imposible/  sin la esperanza que tal vez mañana/  pudiera yo gozar de lo inasible. /  ¿Por qué la ingenua calidad humana/  nos conduce a laberintos de tortura?/  Yo sufro y gozo esta ilusión que es vana/  y me deleita la miel de la amargura. /  En las dolientes veredas de mi historia/  no pensé que en la etapa del invierno/  paladeara el acíbar de la gloria/  y gozara las llamas del infierno. /  La gloria siento al tenerla cerca/  y me quema el infierno al no abrazarla,/  dulce motivo de actitud tan terca/  es mi loca obsesión de contemplarla. /  Con el ilustre Conde compartimos/  el amar en silencio a quien amamos,/  y también por azar ambos sufrimos/  la frialdad de la reina que adoramos. /  Dinos Creador si es falta de cordura/  el gozar y sufrir un cruel tormento,/  pues al tener muy cerca su hermosura/  es vivir y morir al mismo tiempo”.